24729(08-06-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24729  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE C ASACION PENAL  

                                     Aprobado  Acta  No. 55                                                                              Magistrado Ponente:   

                                     Dr. MAURO SOLARTE PORTILLA   

Bogotá,  D.  C.,  ocho  de  junio de dos mil  seis.   

Resuelve la Corte el recurso extraordinario de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  Santiago  Piedrahita  Tascón  contra la sentencia proferida por  el  Tribunal  Superior  de  Cali  el  17  de  agosto  de  2005, mediante la cual  confirmó  la proferida por el Juzgado 15 Penal del Circuito de la misma ciudad,  que  condenó  al  procesado  a la pena principal privativa de la libertad de 26  meses de prisión, como autor responsables del delito de estafa.   

Hechos     y     actuación    procesal  relevante.   

1.  El  16 de noviembre de 1994, Miguel  Javier Espitia Lloreda (propietario    de    la   firma   Helivalle   Limitada)  entregó a la firma Piedrahita Tribín y  Asociados    S.    en   C.   Automotores   Santiago   Piedrahita,   representada   por   Santiago  Piedrahita  Tascón,  la  camioneta  Toyota  Samurai, tipo Station  Wagon,  modelo  1994, de placa CBQ-197, para su venta, fijándose como precio de  transferencia    la   suma   de   $28’500.000,  y  como  comisión  del  3%  sobre  dicho  monto  más  el  sobreprecio1.   

2.  El  14  de  diciembre  del  mismo  año,  José    Luis    Lloreda    Azcarate    visitó     la   mencionada  compraventa  con  el  fin  de  cambiar  su  vehículo,  un  campero  Toyota  Land Cruiser, modelo 1994, de placa CMB-888, el  que  decidió  permutar por la camioneta dejada en consignación. El valor de la  camioneta    se    fijó    en    $28’000.000      y     el     del     campero     en     $21’000.000.  Para  completar  el  precio,  Lloreda  Azcarate  giró  a  Santiago  Piedrahita  Tascón  un  cheque  por $7’000.000.  En   la   misma  fecha  los  permutantes  hicieron  entrega  recíproca  de  los  automotores,  quedando  supeditado  el  traspaso  del  vehículo  campero  a  la  actualización de los papeles de la camioneta.   

3.   El   día   siguiente   (15  de  diciembre),  Santiago  Piedrahita  Tascón  y  Miguel  Javier Espitia Lloreda suscribieron  la  factura  cambiaria  de  compraventa  No.B381,  mediante  la  cual el primero  declaraba  haber  adquirido  del  segundo la camioneta Samurai Station Wagon, de  placa     por     valor    de    $28’000.000,  y  se  comprometía a pagar su precio mediante dos cheques  posfechados,  cada uno por valor de $14’000.000,  para ser cobrados los días  enero 18 y febrero 26 de  1995.  El  primer  cheque  fue  cancelado  en  la  fecha  convenida y el segundo  impagado por fondos insuficientes.   

4.  El 19 de septiembre de 1995, José   Luis  Lloreda  Azcarate  denunció  penalmente  a  Santiago Piedrahita Tascón,  por  el delito de estafa, presentando como fundamento fáctico de  la  queja,  que durante todo el año estuvo presionando al sindicado para que le  realizara  el  traspaso de la camioneta, sin lograrlo, y que el vehículo que le  vendió  no  era  de  su  propiedad,  sino  de la firma Helivalle Limitada, cuyo  dueño,   señor   Miguel   Javier  Espitia  Lloreda,  le    manifestó    que   el   señor   Santiago   Piedrahita  Tascón  le  debía  $14’000.000   más  los  intereses,  y  que  mientras  no  le  cancelara  esa  plata,  no legalizaría el  traspaso2.     

5. En ampliación de denuncia, llevada a cabo  el  19  de  marzo  de 1996, José Luis Lloreda Azcarate  agregó  que el vehículo campero que le entregó a su  denunciado  como  parte  de  pago  de la camioneta, aparecía en las oficinas de  Tránsito  y  Transporte  de  Cali  a nombre de William  Orozco  Barrero, sin que él hubiese realizado traspaso  alguno,  y  que  debido  a  los inconvenientes que se venían presentando con la  actualización  de  los  documentos  de  la  camioneta,  convino  con  el señor  Miguel    Javier    Espitia   Lloreda   (propietario  de  Helivalle),     un     arreglo     por     la    suma    de    $10’000.000,   para  que  le  hiciera  el  traspaso           del           vehículo3.    

6. La Fiscalía 55 de la Unidad de Patrimonio  Económico  de  Cali  abrió  investigación  por  estos  hechos  y  escuchó en  indagatoria    a    Santiago   Piedrahita   Tascón,  quien  dijo que debido a inconvenientes económicos no  pudo  pagar  totalmente  los dineros adeudados a Miguel  Javier    Espitia    Lloreda   (propietario   de   la  camioneta), para que le hiciera el traspaso, y que por  eso  tampoco  le  ha  podido  cumplir  al  denunciante.  Aportó  documentos que  acreditan   que  la  Sociedad  Piedrahita  Tribín  y  Asociados  S. en C. Automotores Santiago Piedrahita fue  declarada  en  estado de quiebra en el mes de septiembre de 1995, y precisó que  el  vehículo  campero  que  recibió  de  José  Luis  Lloreda  Azcarate lo vendió casi inmediatamente, y que  él  nunca  realizó  su  traspaso,  porque  no tenía cómo hacerlo4.            

7.  En  el  curso  de  la  investigación  se  estableció  que  el campero de propiedad de José Luis  Lloreda      Azcarate     (denunciante),    fue   traspasado   a   William  Orozco  Castro  el 22 de enero de  1996  (un  año después de su permuta), supuestamente por su propietario, quien  negó    el   hecho.   Se   practicaron   entonces   pruebas   grafológicas   y  dactiloscópicas  con  el  fin  de  establecer  la  autenticidad  del  registro,  determinándose  que  se  trataba  de una operación falsa. Por estos hechos, se  dispuso  iniciar averiguación separada. En el desarrollo de esta investigación  se  recibió  también  el  testimonio de Miguel Javier  Espitia  Lloreda5.     

8.  El  10  de  enero  de  2001  la Fiscalía  calificó  el  sumario  con  resolución  acusatoria por el delito de estafa, en  concordancia  con  lo  dispuesto  en  los artículos 356 y 372 del Código Penal  (Decreto  100  de  1980). La  defensa  interpuso  recurso  de  apelación, pero no lo sustentó, razón por la  cual  fue   declarado desierto mediante resolución de 12 de julio de 2001,  que    causó    ejecutoria    el   26   siguiente6.   

9. Rituado el juicio, el Juzgado Quince Penal  del  Circuito  de  Cali,  mediante  sentencia de 20 de junio de 2005, condenó a  Santiago Piedrahita Tascón a  la  pena  principal  de veintiséis 26 meses de prisión y multa de $1.333.33, a  la  accesoria  de inhabilitación de derechos y funciones públicas por el mismo  término  de  la pena aflictiva, y al pago de perjuicios, como autor responsable  del  delito imputado en la resolución de acusación7.   

10.  Apelado  este  fallo por el defensor del  procesado,  el  Tribunal  Superior  de Cali, mediante el suyo de 17 de agosto de  2005,  que  ahora  el mismo impugnante recurre en casación, lo confirmó el los  aspectos que fueron objeto de cuestionamiento.   

La         demanda.   

Con  fundamento  en  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo primero, el demandante acusa la sentencia impugnada de violar  de  manera directa la ley sustancial, por indebida aplicación de los artículos  356  y  372.1  del código Penal de 1980 (estatuto bajo  cuya  vigencia  ocurrieron  los hechos), que definen el  delito  de  estafa  agravada  por  la  cuantía,  y  falta de aplicación de los  principios  rectores  de  legalidad  y tipicidad inequívoca, consagrados en los  artículos 1° y 3° ibídem.   

Argumenta que la doctrina y la jurisprudencia  han  concluido  que el delito de estafa es una conducta compleja, que implica la  verificación  de  ciertos  requisitos, que concatenados causalmente llevan a la  adecuación  típica, a saber: (i) Despliegue de un artificio o engaño dirigido  a  suscitar  error  en  la  víctima,  (ii)  Error  de  quien  sufre el engaño,  determinado  por  el  ardid,  (iii)  Obtención  de  un  provecho ilícito, (iv)  perjuicio  correlativo,  y  (v)  sucesión causal entre cada uno de estos actos.   

Sostiene que el Tribunal, en el presente caso,  se  equivoca al adecuar los hechos investigados en el tipo penal que describe la  estafa,   por   desconocimiento   del   orden   causal  que  se  exige  para  su  configuración,  pues  edifica  el engaño a partir de la actitud asumida por el  procesado  con  posterioridad  a  realización del negocio, concretamente en las  promesas  mendaces  que le hiciera a José Luis Lloreda  Azcarate  cuando  lo  requería para la entrega de los  documentos  de  traspaso  del  vehículo,  alterando,  de  esta manera, el orden  causal de la conducta típica.    

Los   hechos   declarados   en  los  fallos  (cuyo     contenido     dice    aceptar    en    su  integridad),      indican     que     José  Luis  Lloreda  Azcarate  realizó la  negociación  libre  de  engaños,  que  concurrió  por  iniciativa propia a la  compraventa   de   vehículos,  que  no  hubo  mentira  alguna  ni  omisión  de  información  al  realizarse el negocio, y que fue a raíz del incumplimiento en  la  entrega de los documentos de traspaso, pactado para el mes de enero de 1995,  que   se   suscitaron   diferencias   entre   las   partes   y  se  formuló  la  denuncia.   

El  Tribunal,  al  derivar  el engaño de las  manifestaciones  mentirosas  del procesado sobre la entrega de los documentos de  traspaso,  incurrió,  en  “un  razonamiento  retro  causal inaceptable, en la  medida  que  se pretende la existencia del engaño con fundamento en hechos solo  ocurridos  con  posterioridad  a  la obtención del supuesto provecho económico  ilícito.  Se  han  derivado de allí conclusiones que no podrían ser atendidas  sin  que  se  hubiera  verificado  el lamentable resultado de la negociación, y  ello   es  así,  solamente  porque  no  eran  evidentes  (porque  no  existían  antes)”.   

El principio de legalidad busca que nadie sea  juzgado  ni  condenado  por  hechos diferentes a aquellos que la ley ha definido  como  delito  y  conminado  con  pena.  Este  principio  fue  inobservado por el  Tribunal  al  confirmar  la sentencia de primer grado, pues al hacerlo, resultó  imponiendo  una  sanción  penal  a  quien  no ha desplegado una conducta que se  adecue  al  tipo,  o  lo  que  es  igual,  imponiendo  una  condena penal por el  incumplimiento  de  una  obligación  civil,  con violación de normas legales y  constituciones que prohíben la prisión por deudas.     

Sustentado en estas consideraciones, solicita  a  la Corte casar la sentencia impugnada, reconocer la atipicidad de la conducta  investigada   y  proferir  sentencia  de  reemplazo  de  carácter  absolutorio.   

Concepto  del Ministerio Público.   

El   Procurador  Cuarto  Delegado  para  la  Casación  Penal  solicita a la Corte casar la sentencia impugnada y en su lugar  absolver  al  procesado. Las razones que sustentan su postura son, en síntesis,  las siguientes:   

– La investigación demostró que el procesado  realizó  un contrato de permuta con José Luis Lloreda  Azcarate,  a  quien  entregó  el  vehículo de placas  CBQ-197,  y  que  nunca  cumplió  con  la  entrega  de  los  documentos para la  materialización  de  su  traspaso  en  las  oficinas  de  tránsito,  porque el  automotor  pertenecía  a  la  sociedad  “Helivalle  Ltda.”, de propiedad de  Miguel     Javier    Espitia    Lloreda,   a   la  cual  le  adeudaba  quince  millones  de  pesos  por  su  compra.   

–  La  normatividad  vigente  enseña  que el  negocio  jurídico  de  la  compraventa  constituye el  título,   ya  que  tiene  en  abstracto  la  aptitud  jurídica   de  atribuir  el  dominio,  y  la  tradición  de  la  cosa  vendida  el  modo.  También, que la  tradición  de vehículos automotores requiere no solo su entrega material, sino  la  inscripción  del  título  en las oficinas de tránsito, y que este último  paso  no  constituye  un requisito de validez del acto jurídico (venta), porque  el contrato sigue siendo consensual.   

–  El  casacionista  escinde  el título       del       modo  de tradición, y sustentado en esta  diferenciación  alega  que  en  relación  con  el  contrato de compraventa del  automotor  celebrado  entre Santiago Piedrahita Tascón  y  José  Luis  Lloreda  Alzcarate  no  medió ningún  ardid,  porque  el comprador llegó voluntariamente al establecimiento, y que la  existencia  de  dicho  elemento  se  hace  derivar  de  las mentiras posteriores  alrededor del traspaso.   

–  Esta  crítica no coincide con la realidad  procesal,  porque  el  Tribunal  consideró  demostrado la presencia del engaño  desde  el  principio,  a  partir de afirmar que la fama del procesado en el ramo  comercial  de  la  venta  de automotores indujo a José  Luis  Lloreda  Azcarate  a  confiar  en  él, y que al  realizar  el  negocio  no  lo  puso al tanto de la suma de dinero que adeudaba a  Helivalle  Limitada  y  que debía cancelar para poder cumplir con el compromiso  que adquiría de realizar el traspaso.   

– Aunque el casacionista manifiesta que acepta  los  fundamentos  fácticos  del  fallo,  es claro que desvía el desarrollo del  cargo,  puesto  que  finca  el  ataque en deducciones ajenas al mismo. Pero este  error  en  la  selección  de  la  causal, no impide su estudio, “porque de su  texto  surge  clara  la pretensión de la falta de adecuación de la conducta al  tipo  penal  de  estafa,  esencialmente  por falta de sucesión causal del daño  patrimonial  ajeno  y  el  artificio  o  engaño  anterior,  necesaria  para  su  estructuración”.   

– La escritura pública de constitución de la  Sociedad  Piedrahita  Tribín  y  Asociados  S. en C.  Automotores  Santiago  Piedrahita, indica que su objeto  social,  además  de  la explotación de bienes inmuebles urbanos y rurales, era  “la  compra  y  venta  de vehículos automotores nuevos y usados”, para cuya  realización  podía  celebrar  todo  acto  lícito  de comercio. Y el giro y la  costumbre  propios  del  negocio  de  compraventa  de  automotores posibilitaba,  debido  a  la  actividad  de  intermediación,  que  el bien se vendiera y sólo  después se pagara al consignante.   

– Los artículos 1871 del Código Civil y 907  del  Código  de Comercio, autorizan la venta de cosa ajena, a condición de que  el  vendedor la adquiera y la entregue al comprador, y el artículo 1377 ejusdem  estipula  que  por  el  contrato  de  consignación  o  estimatorio  una persona  denominada  consignatario  contrae  la obligación de vender mercancías a otra,  llamada  consignante,  previa la fijación de un precio que aquél debe entregar  a éste.   

– El denunciante relata que hizo el negocio de  la  camioneta con el procesado porque le gustó, y porque le llamó la atención  que  los papeles del automotor se hallaban a nombre de Helivalle, una empresa de  tradición,  y  solo  le  enrostra al vendedor que no le hubiera informado en el  momento  de  la  permuta de la deuda que tenía con Helivalle. Este silencio fue  tenido  por  el  juzgador  como  determinante  para la realización del negocio,  además  de  la  confianza  que  generó  en  el  denunciante  la buena fama del  establecimiento.   

–  Aparte de que en este tipo de negocios son  permitidas  cierta  clase  de  inveracidades, lo probado muestra que cuando  se  realizó el negocio entre denunciante y sindicado la camioneta se encontraba  en  consignación,  y  que solo hasta el día siguiente se estipuló la forma de  pago     con     Miguel     Espitia    (representante  de  Helivalle), fijándose  un  primer  pago para el 18 de enero y otro para el mes siguiente. El primero se  hizo  efectivo en la fecha indicada. El segundo se postergó, y finalmente no se  canceló,  pero  en  todo caso la deuda no surgió sino después del instante de  la permuta.   

–  Como el saldo fue finalmente cancelado por  el  denunciante,  el  Tribunal  concluyó  que  éste resultó perjudicado en su  patrimonio  económico,  surgiendo así el elemento típico normativo del delito  de   estafa.   Pero   este  hecho  (el  del  pago  del  saldo)  sobrevino  por  iniciativa  del  denunciante,  cuando  ya avanzaba la investigación por el delito de estafa, y si bien el pago  se  debió  al  incumplimiento,  y  entre  uno  y otra situación existe un nexo  causal  inobjetable,  no  puede  perderse  de vista que las acciones y omisiones  producen  un  número indefinido de consecuencias jurídicas, “y que el objeto  de  la  imputación  de  carácter  penal  solo  puede  llegar  hasta el último  instante en que el sujeto domina sus actos”.   

– En el caso analizado no puede afirmarse que  el  procesado  tuviera  la representación de que la falta de pago sobrevendría  de  modo  inevitable,  ni  mucho  menos  que  obtendría  un provecho económico  ilícito  al  quedar exonerado del pago del saldo, en perjuicio del denunciante,  quien  al  realizarlo,  quedaba  habilitado  para  recuperar la suma entregada a  través   de   las   acciones  civiles  pertinentes,  por  subrogación,  o  por  repetición.   Y   los   hechos  que  se  presentaron  con  posterioridad  a  la  negociación  no  permiten  dar  por  demostrado que el propósito del procesado  hubiese sido  defraudar el patrimonio ajeno.   

–  Nada  indica,  de  otra  parte,  que  la  constitución   de  la  empresa  fuese  solo  una  fachada  o  maquinación  del  representante   legal  para  pescar  incautos  y  obtener  de  ellos  beneficios  económicos  distintos  de  los  propios del negocio. Por el contrario, no puede  desconocerse  la declaración del estado de quiebra, lo cual vendría a explicar  los  motivos  de  las cesaciones en los pagos, que impidieron el cumplimiento de  las obligaciones adquiridas.   

–  Cierto es que al delito de estafa se puede  llegar  a  través  de un contrato de carácter civil o comercial, pero no basta  acreditar  el simple nexo causal de un incumplimiento con el daño, es necesario  verificar  que  la  víctima llega a la desposesión patrimonial inducida por el  error  que  originan  el  artificio o el engaño. Y este nexo causal “no se da  por  su  simple  ocurrencia como una causalidad formal o neta”, sino que ha de  nutrirse  de especiales contenidos valorativos que llevan a la configuración de  la  norma  ,  como  el  análisis  de  la  idoneidad  del  engaño, la calidad y  condiciones  de  la  persona  a quien van dirigidos y la trascendencia del error  que vicia la voluntad.   

–  Del  proceso  surge  como  verdad  que  el  denunciante  conocía  al  momento  de  la  realización  de  la  permuta que el  vehículo  ofrecido  era  de  propiedad  de la firma “Helivalle Limitada”, y  justamente  por razón de ello convino realizar las gestiones del  traspaso  del  automotor  que  entregó, cuando se hiciera lo propio con el que adquiría,  en  un  plazo  prudente.  Por  tanto,  mal  puede  concluirse  que  un  error lo  determinó  a  negociar,  pues el no pago, aunque era probable, era imposible de  ser  advertido. De suerte que, la falta de certeza sobre la intención maliciosa  del  procesado,  corrobora  la  ausencia  de  postración  de la tipicidad de la  conducta.        

SE        CONSIDERA:   

1.  El  delito  de  estafa  hace parte de los  llamados  por  la  doctrina  tipos  penales  de medios  determinados,   que   son  aquellos  en  los  que  la  descripción  legal  señala expresamente las modalidades de la acción, o forma  como  debe  llegarse  al  resultado,  por oposición a los llamados resultativos,  en los que no se exige una  modalidad   conductual   específica   que  preceda  la  vulneración  del  bien  jurídico,   como   el   homicidio,  donde  cualquier  conducta  basta  para  la  producción    del   resultado   (muerte).   

2.  En  este  tipo  de  delitos  (de  medios  o  modalidades  conductuales  predefinidas),  el  resultado  no  es  suficiente  para  la  tipificación  de la  conducta.  Es  necesario,  además,  que la acción que conduce al mismo se haya  presentado  en  la  forma  específica  como  lo  indica  la norma, tanto en sus  contenidos  modales  como  causales,  y  que  la  producción de cada uno de los  elementos  estructurales  de  esta  secuencia  conductual  haya sido debidamente  probada en el proceso.   

3. En el caso de la estafa, la norma exige que  el    resultado    (obtención    de   un   provecho  económico),  esté  antecedido  de  varios  actos,  a  saber:  (i) Que el sujeto agente emplee artificios o engaños sobre la víctima,  (ii)  que  la  víctima incurra en error por virtud de la actividad histriónica  del  sujeto agente, (iii) que debido a esta falsa representación de la realidad  (error)  el  sujeto  agente  obtenga  un  provecho económico ilícito para sí o para un tercero, y (iv) que  este     desplazamiento     patrimonial     cause     un     perjuicio     ajeno  correlativo8.    

4.  Como puede verse, el precepto, además de  exigir  la presencia de ciertas modalidades conductuales previas a la obtención  del    resultado    (provecho   ilícito),   demanda  que  las  mismas  se  presenten  en  específico  orden  cronológico  (primero  el artificio, luego el error y  después  el  desplazamiento   patrimonial), y que  entre  ellas  exista  un  encadenamiento causal inequívoco, es decir que el uno  conduzca   necesariamente  al  otro,  de  suerte  que  si  estos  requerimientos  conductuales  no  se  presentan,  o  presentándose  concurren en desorden, o la  cadena  causal  se  rompe,  trastoca o invierte, no podrá hablarse de delito de  estafa.     

5.  La demanda de casación se sustenta en la  argumentación     de     que     el    Tribunal    deriva    el    engaño tipificante del delito de estafa,  de  la  actitud  mentirosa  asumida  por  el  procesado  con  posterioridad a la  celebración  del  negocio  jurídico, específicamente de las promesas mendaces  que   sistemáticamente  le  hizo  al  denunciante  sobre  la  realización  del  traspaso,  lo  cual,  en  sentir  del  censor,  altera  el encadenamiento causal  requerido  para la tipificación de este hecho punible, porque en dicho quehacer  secuencial  el  engaño debe  preceder          la         obtención         del         provecho,         no  sucederlo.        

6.  Revisada  la  sentencia  impugnada,  se  establece  que  las  premisas  sobre  las  cuales  se  edifica  el ataque no son  exactas,  porque el Tribunal, distinto a lo sostenido por el casacionista, parte  del   supuesto   de   que   el  engaño  se  presentó  antes  de  la  realización  del  negocio,  y  que la  existencia  de  este  elemento  estructural  del delito deriva de dos realidades  fácticas  que  hicieron  que  el  denunciante  incurriera en error: (i) el buen  nombre  del  cual el procesado gozaba en el ramo comercial para la época de los  hechos,  y  (ii)  el  silencio  que  guardó  sobre  la  deuda que mantenía con  Helivalle Limitada. Veamos:        

“La  honestidad  en los negocios que debía  ostentar  el señor Santiago Piedrahita Tascón, quien se había ganado una fama  por  su  experiencia  en  el ramo, el conocimiento del señor José Luis Lloreda  Azcarate  sobre  la  actividad  de  aquél  en  dicha  rama  de  compraventa  de  automotores  fue lo que lo indujo a confiar en él, para entregarle su vehículo  a  cambio  de  otro,  haciendo  entrega de un cheque por valor de $7’000.000,   sin   ser   advertido   el  comprador  sobre  la deuda que pesaba sobre el mismo y que debía cancelar antes  para  poder realizar el traspaso correspondiente, es decir que hizo promesas que  sabía  no podía cumplir, y por el contrario mantuvo en engaño al señor José  Luis  Lloreda Azcarate, cuando cada vez que le solicitaba solución al problema,  se  las  ingeniaba  en  palabrería  para convencerlo de darle un tiempo más”  (página 6 del fallo).   

7.  Esta disconformidad entre los fundamentos  fácticos  del  fallo  y  los  argumentos  de la demanda, comporta, como bien lo  sostiene  el Procurador Delgado en su concepto, el desconocimiento por parte del  actor  de  los  hechos declarados probados por los juzgadores, y por contera, la  desviación   del  motivo  de  casación  propuesto,  pues  el  que  se  plantea  (la   violación   directa   de  la  ley),  presupone realizar el debate en el campo del raciocinio puramente  jurídico,  a partir de la aceptación incondicional de los hechos en los cuales  se  sustenta  la  decisión  impugnada, regla que el libelista en rigor técnico  desatiende.       

8. Pero esto, como de igual manera lo destaca  la  Delegada, no impide el estudio de fondo del asunto, si se toma en cuenta que  del   contenido  de  la  demanda  surge  con  claridad  que  la  pretensión  de  absolución  se  sustenta  en  la  ausencia  de  acomodamiento  de  la  conducta  investigada   en  el  tipo  penal  que  describe  la  estafa,  por  ausencia  de  encadenamiento  causal  entre  el  desplazamiento patrimonial y la existencia de  una  actividad  engañosa  precedente, de la que se hubiese servido el procesado  para inducir en error a su víctima.    

9.   Como   ya   se  dejó  consignado,  el  engaño  estructurante  del  delito  de  estafa  se  hizo  derivar de la conjugación de dos factores. De una  parte,  la  buena  reputación  de  que  gozaba  el procesado en el mundo de los  negocios   de   compraventa   de  vehículos,  lo  cual  indujo  a  José  Luis  Lloreda  Azcarate a confiar en  su  palabra,  y  de  otra,  el  haber callado sobre la deuda que contrajo con el  propietario  de la camioneta, con el argumento de que si esta situación hubiese  sido  conocida  por  el  denunciante,  se  habría malogrado la celebración del  negocio.    

10. El prestigio o buen nombre de una firma o  de  una  persona de negocios solo puede ser considerado artificioso en la medida  que  sea  irreal,  ficticio,  o  aparente,  es  decir,  en  cuanto la verdad que  encierra  no coincida con la realidad. Si la condición que se anuncia o pregona  es  verdadera,  no habrá engaño, porque engañoso no es lo que seduce o atrae,  sino  aquello  que  se  presenta como verdadero siendo falaz, o lo que es igual,  aquello  que   tiene  apariencia  de verdad, de legalidad o de licitud, sin  serlo.   

    

11.  La  Sala coincide con la Delegada en que  sociedad  Piedrahita  Tribín  y  Asociados  S. en C.  Automotores  Santiago  Piedrahita,  de  propiedad  del  procesado,  no  era una empresa fachada, ideada por su propietario para engañar  incautos.  La  prueba  aportada  al  proceso  indica que se trataba de una firma  comercial  conocida en el mercado, legalmente constituida, con trayectoria en el  ramo  desde  1990,  sin problemas judiciales, y que su propietario durante buena  parte   de   su  vida  había  trabajado  exitosamente  en  el  negocio  de  los  automotores.    

12.  La  investigación tampoco ofrece prueba  alguna  de  la  que  surja  que   para  la  época de la realización de la  permuta  la empresa del procesado ya experimentara problemas económicos, que de  antemano   permitieran   prever   su  incapacidad  para  cumplir  a  futuro  los  compromisos  que  venía  adquiriendo.  El fallo del Tribunal, por el contrario,  reconoce  que  la firma, para entonces, se encontraba bien económicamente, como  también  que el procesado gozaba de buena fama por su trayectoria y experiencia  en  el  negocio  de  los  automotores,  y  que  los  problemas  económicos solo  empezaron     a     presentarse    en    el    año    siguiente    (1995).     

13.   Frente  a  este  realidad  mal  puede  invocarse,   entonces,  para  efectos  de  la  configuración  del  engaño  como  elemento estructurante del  delito  de  estafa, la circunstancia de gozar el procesado de buena reputación,  pues  esta circunstancia, como ya se dejó consignado, solo puede ser catalogada  de  engañosa  en  la  medida que sea aparente, y del proceso no surge que en el  caso  del  implicado  lo  sea,  o  que  éste  se hubiese aprovechado de una tal  circunstancia  (buen  nombre)  para  adquirir  compromisos  que de antemano sabía que no estaba en condiciones  de cumplir.    

14.   El   otro   argumento  del  Tribunal,  consistente  en  que  el procesado, al  celebrar el 14 de diciembre de 1994  el  negocio  de  permuta, omitió informar al denunciante de la deuda que había  contraído   con   Helivalle,   se   sustenta  en  una  exigencia  materialmente  irrealizable,  si  se toma en cuenta que las condiciones de pago de la camioneta  con  el  representante  de  la referida firma solo se pactaron el día siguiente  (15  de diciembre de 2004), y  que  la  omisión  que  se le atribuye, de llegar a aceptarse que constituye una  actitud  maliciosa,  propia  de  una  puesta en escena, solo podría imputarse a  partir de ese momento.        

15.  Es  verdad no discutida, igualmente, que  José  Luis Lloreda Azcarate,  al  momento  de la celebración del negocio, sabía que el vehículo exhibido en  la  Sala  de ventas del establecimiento comercial del procesado pertenecía a la  firma   Helivalle,   porque   así   lo   reconoció   en   ampliación   de  su  denuncia9,  y  porque  de  lo convenido entre las partes en relación con los  plazos  para  la  realización de los traspasos así se infiere,  de suerte  que  esta  otra  presunta  actitud  artificiosa del procesado (que  no  lo  puso  al  tanto de que el carro no era de su propiedad)  tampoco   pudo   haber   viciado  su  consentimiento.   

16.  Dígase,  por  último,  retomando  al  respecto  los  argumentos  expuestos  por  la  Delegada  en su concepto, que los  hechos  que  sobrevinieron  a  la  celebración  del negocio, vinculados con las  manifestaciones  mentirosas  que  el  procesado  le  hizo al denunciante durante  buena  parte  del  año  2005  para   justificar  el  incumplimiento  en la  realización  del  traspaso,  además  de  no  haber  determinado causalmente la  realización  del  negocio,  no  prueban que le intención inicial del procesado  hubiese  sido  la  de  defraudar  el  patrimonio ajeno. E igual acontece con los  relacionados  con  el  falso traslado del campero, no solo porque se presentaron  un  año después del negocio, sino porque en el proceso no existe prueba alguna  que indique que en ellos hubiese tenido participación el acusado.   

17.  Las precisiones que vienen de hacerse, y  las  que  el  Procurador Delegado adicionalmente consigna en su concepto, que la  Sala  comparte, dejan en claro que los elementos estructurales del tipo penal de  estafa  no  concurren  en  el  caso  en estudio, y que los juzgadores erraron al  declarar  probada  su  tipicidad.  Por  tanto,  se  estimará  la  censura, y se  absolverá  al  procesado  Santiago Piedrahita Tascón  de   los   cargos  imputados  en  la  resolución  de  acusación,  en  aplicación  de lo dispuesto en el artículo 217.1 del estatuto  procesal penal.    

En mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en nombre de la  república y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1. Casar la sentencia impugnada.   

2.    Absolver  al   procesado   Santiago  Piedrahita   Tascón  de  los  cargos  que  le  fueron  imputados   en   la   resolución   de  acusación  como  autor  del  delito  de  estafa.   

Contra   esta   decisión   no   proceden  recursos.   

NOTIFIQUESE Y CUMPLASE.  

MAURO SOLARTE PORTILLA  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PEREZ               ALFREDO GOMEZ  QUINTERO               

EDGAR            LOMBANA  TRUJILLO             ALVARO                                  O.                                 PEREZ  PINZON                     

Permiso  

MARINA        PULIDO        DE  BARON              JORGE      L.     QUINTERO     MILANES          

YESID            RAMIREZ  BASTIDAS                JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

Teresa Ruiz Núñez  

Secretaria    

1  Folios 75-76 del cuaderno original 1.   

2  Folios 1-3 ídem.   

3  Folios 14-15 ídem.   

4  Folios 18, 26-28 ídem.   

5  Folios 13, 69, 145, 150,172 ídem.   

6  Folios 188-198, 225, 230 y 233 ídem.   

7  Folios 286-310 del cuaderno original 2.   

8  El  artículo  356  del  Código  Penal de 1980, norma bajo cuya vigencia ocurrieron  los  hechos,  es  del siguiente tenor: El que induciendo o manteniendo a otro en  error,  por medio de artificios o engaños, obtenga provecho ilícito para sí o  para  un tercero con perjuicio ajeno, incurrirá en prisión de uno a diez años  y multa de un mil a quinientos mil pesos.   

9 En la  ampliación  de  denuncia  José  Luis Lloreda Azcarate dice textualmente: “me  gustó  por  los  papeles  que  estaban  a  nombre  de Helivalle, una empresa de  tradición, por eso le hice el negocio de la camioneta”.     

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