23668(25-05-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 23668  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta No. 041.  

          Bogotá   D.C.,   mayo   veinticinco   (25)   de   dos   mil   cinco  (2005).   

VISTOS  

          Decide  la  Sala  sobre  la  admisibilidad  formal  de la demanda de  casación  presentada  por  el  apoderado  de  la  parte  civil, en contra de la  sentencia  del Tribunal Superior de Bogotá, de fecha agosto 9 de 2004, por cuyo  medio  confirmó  la  dictada  por  el Juzgado 18 Penal del Circuito de la misma  ciudad  el  30  de  abril  de  2003,  mediante  la cual absolvió a JULIO   CESAR  y  EDGAR    MAURICIO   PATIÑO   MELO   y   GERMÁN  ECHEVERRI  BERMÚDEZ de los cargos  que  por el delito de estafa agravada les fueron formulados en la resolución de  acusación.     

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          El  día  13  de  diciembre  de  1995,  se  celebró  un contrato de  compraventa   entre   la  señora  Constanza  Colombia  Botero,  representante  legal de la firma de corretaje  financiero    “Botero    Gutiérrez    Asociados”  y  el  señor  EDGAR MAURICIO  PATIÑO  MELO, en la misma calidad respecto de la firma  “PT&R  Ltda.”,  por concepto de unas aceptaciones bancarias que el Banco  del  Estado iba a conceder a esta última empresa por valor de $ 240.000.000,oo,  para  lo  cual la primera giró el cheque No. C1868034 de la Caja Agraria por la  suma de $ 201.075.000,oo.   

          Sin  embargo,  ocurrió  que  el  banco  no  otorgó  nuevo  cupo en  aceptaciones   bancarias  a  la  firma  “PT&R  Ltda.”,  por  lo  que  la  negociación  se  frustró,  sin  que  a  la  giradora  del  título valor se le  restituyera el dinero cancelado.   

            La  Fiscalía  166  de  la  Unidad  Séptima de Patrimonio de esta  ciudad,   con   fundamento   en  los  hechos  anteriores,  declaró  abierta  la  investigación,  en  cuyo  marco  fueron  vinculados,  mediante  diligencias  de  indagatoria,      JULIO     CESAR      y     EDGAR    MAURICIO     PATIÑO    MELO   y  GERMÁN ECHEVERRY BERMÚDEZ,  en  contra  de  quienes  se  dictó  medida  de  aseguramiento de  caución prendaria por el delito de estafa agravada.   

          Clausurada  la  instrucción, se profirió resolución de acusación  el  10  de  mayo  de  1999  en contra de los mencionados por el mismo delito que  sustentó  la  medida  de aseguramiento.  Esta decisión fue confirmada por  la   Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  de  Bogotá  el  19  de  noviembre  siguiente.         

La   etapa   de  juzgamiento  correspondió  adelantarla  al  Juzgado  18 Penal del Circuito de Bogotá despacho que, una vez  se  surtió  el trámite legal pertinente, mediante sentencia del 30 de abril de  2003,  absolvió  a  los  sindicados  del  cargo  proferido  en su  contra.   

          Impugnada  la anterior decisión por el apoderado de la parte civil,  se  pronunció  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  el  9  de  agosto  de 2004,  confirmando        la       decisión.           

Contra  la  determinación  del  ad-quem,  el  apoderado  de la parte civil  interpuso  recurso  extraordinario  de  casación, el cual sustentó mediante la  demanda   que  actualmente  se  encuentra  a  consideración  de  la  Sala  para  establecer su admisibilidad formal.   

LA DEMANDA  

          Un  solo  cargo  formula  el  apoderado  de la parte civil contra el  fallo  de  segundo  grado,  con  fundamento  en  la  causal primera de casación  prevista  en  el  artículo  207  de  la  Ley  600 de 2000, por  violación  indirecta  de la ley sustancial a consecuencia de un error de hecho originado en  falso  juicio  de  identidad “por vía de agregados,  mutilaciones y agregaciones”.   

          Para  el  actor,  la  violación  señalada conllevó la aplicación  indebida  de los artículos 9 al 13 del Código Penal y 57, 60 al 63, 140, 141 y  410  del  estatuto  procesal  penal y la inaplicación de los artículos 28, 29,  246,  247 y 248 del primer ordenamiento en cita y, 26, 27, 45 al 48, 56 y 59 del  segundo.   

          Señala    el    actor    que    por    cuenta    del   “epidérmico  análisis    probatorio del H. Tribunal lo  llevó  a  confirmar  la  sentencia  del  a  quo, por lo mismo a incurrir en los  errores  de  éste”.  Para tal efecto, comienza  por  relacionar múltiples medios de prueba de carácter documental, testimonial  y  pericial,  así  como  las  distintas  normas  que  regulan  la  apreciación  probatoria,  para  de ahí afirmar que “tergiversa el  H.  Tribunal  el  contenido  de los medios de prueba anteriormente citados, así  como  el  contenido objetivo de la denuncia presentada por el suscrito en contra  de         los        procesados”.     

          A  su  juicio,  el  Tribunal  incurrió en tergiversación porque al  concluirse  en el fallo que no se presentaba el delito de estafa con base en que  la  perjudicada  sabía  que  las  aceptaciones  bancarias  no existían para el  momento  en  que  se  llevó a cabo la compraventa, se advierte su confusión en  torno  al  negocio  jurídico que existe detrás de las aceptaciones bancarias y  porque  esa  valoración  va en contravía de lo que se precisó en la denuncia,  en  la  indagatoria de JULIO CÉSAR PATIÑO,  en  lo  señalado  por  Ángela  Bernal  Luzardo,  apoderada del anterior, en lo que se sostuvo  en  la resolución de acusación del 10 de mayo de 1999 y en la copia del cheque  girado  por Botero Gutiérrez,  en  concordancia  con  lo  que  establecen  los artículos 1284, 1853 y 1857 del  estatuto  procesal civil, acerca del contrato de compraventa, sus elementos y en  relación con el momento en que éste se entiende perfeccionado.   

          Con    base    en    lo    anterior,    colige    que   “contrario  a lo que afirma el a quo y se adhiere el ad quem, ella  confirmó   antes  de  perfeccionar  el  contrato  de  compraventa  que  la cosa ofrecida en tal calidad, las  aceptaciones  bancarias,  existieran  o fueran a existir en el futuro, seguridad  que  se  la  entregó  el señor GERMÁN ECHEVERRI BERMÚDEZ, motivo por el cual  ella   contrató”   (subrayas   tomadas  del  texto  original).   

                 De esa manera,  en  su criterio, se mutiló toda la prueba que relacionó previamente, según la  cual  Constanza Botero compró  las  aceptaciones  a la firma “PT&R”, aspecto que hasta la misma defensa  de  los  encartados  ha  corroborado,  pero  el ad-quem  incurre en tergiversación al convertir el negocio que  se   llevó   a   cabo   en  un  contrato  atípico  que  denomina  “fallida        negociación       de       las       aceptaciones  bancarias”,  en  donde  la  mencionada  entregó  $  201.075.000,oo,    a    cambio    de    una    mera   expectativa   “contrariando   los   principios   de   la   lógica   y  la  sana  crítica”.   

También   yerra  el  Tribunal,  continua,  “al  suponer  que  los  acuerdos  civiles  no pueden  generar  responsabilidad  penal alguna”, pues si bien  en  este  caso  el  hecho generante fue lícito (el contrato de compraventa), no  así     el     generado    (defraudación    a    la    señora    Botero);      además,     porque  “vender lo que no se tiene no es delito, pero vender  lo  que no se tiene ni se tendrá, es una estafa”, lo  cual  le  lleva a concluir que la tergiversación “es  evidente,  clara,  ostensible y protuberante y su error es enorme, habida cuenta  que  desde  la denuncia se aclaró la naturaleza del negocio jurídico celebrado  entre CONSTANZA BOTERO y PT&R”.   

Además de lo anterior, el censor indica que  también  se  incurrió  en  “mutilación”  con  respecto  al certificado de  existencia  y  representación  legal  expedido  por  la  Cámara de Comercio de  Bogotá   sobre   la  firma  “PT&R”,  específicamente  en  torno  a  la  facultades  del  representante  legal,  pues  de  acuerdo  con  el  monto  de la  negociación  comprometida  en este caso, se requería de la autorización de la  junta   de   socios   de   dicha   firma   que   nunca  se  obtuvo  “lo  que  permite  inferir el ánimo defraudatorio en los hermanos  JULIO  CESAR  PATIÑO  Y  EDGAR MAURICIO PATIÑO en colaboración con el gerente  del    Banco    del    Estado    GERMÁN    ECHEVERRI   BERMÚDEZ”.          

          A  renglón  seguido,  advierte  que  como  dicho  medio  de  prueba  “nunca  fue analizado por la sentencia recurrida, no  obstante   se  sabía  de  su  existencia, puede colegirse que tal yerro es  menester  demandarlo  por  error  de  hecho  en  la modalidad de falso juicio de  identidad por vía de mutilaciones”.   

          Reitera  que  si  para la perfección del contrato de compraventa no  es  imprescindible  la  entrega  de  la cosa, reviste trascendencia jurídica el  yerro  del  Tribunal  al asegurar que la señora Botero  conocía  la inexistencia física de las aceptaciones;  pues  aquí  la  mencionada pagó el precio pactado pero nunca se le entregó la  cosa,  “porque  era  imposible  hacerlo  y  así  lo  sabían  desde  antes  de  contratar  los  señores  JULIO  CESAR PATIÑO, EDGAR  MAURICIO     PATIÑO     y     GERMÁN     ECHEVERRI    BERMÚDEZ”.   

          Luego  de transcribir en su totalidad el fallo de esta Sala de fecha  28  de  abril  de 2004, en donde se acepta la configuración del  delito de  estafa  a  partir de una negociación civil, destaca algunos conceptos relativos  a  la  naturaleza  de  la  llamada  aceptación bancaria, a partir de los cuales  colige  que no se equivoca el fallador al señalar que la representante legal de  la   firma   “BOTERO   GUTIÉRREZ”   sabía  de  la  inexistencia  física  de  los  títulos valores que  emitiría  el  banco,  pero  tergiversa  el  contenido de las pruebas indicadas,  porque  ese  conocimiento  se  circunscribía  a que las aceptaciones le serían  entregadas  el  18  de  diciembre  de  1995,  tal  como  lo manifestó el señor  JULIO         CESAR         PATIÑO.   

          En  relación con ese medio de prueba, agrega, el Tribunal incurrió  en  dos  tergiversaciones;   de  una  parte,  al  sostener  que  la señora  Constanza Botero por saber de  la  inexistencia  de  las  aceptaciones bancarias corría con la contingencia de  que  existieran  o  no y, de otro, al confundir una operación de expedición de  aceptación  con  una  de  concesión  de  cupo  de  crédito,  en  tanto  en la  comunicación   enviada   por   JULIO  CESAR  PATIÑO  a  la  mencionada,  se  afirma  que  los  obligados se  comprometían  “en  forma irrevocable” a entregar las aludidas aceptaciones,  contrario  a  lo  que  sostiene  el  Tribunal en el sentido de que sabía que se  encontraban  en  trámite,  “cosa que no se encuentra  sugerida  siquiera  en el medio de prueba y con fundamento en ello desvirtúa el  engaño de que fue víctima”.   

          El  segundo  error  aludido  se  derivó  de confundir la existencia  física  de  las  aceptaciones  con la aprobación del crédito sobre el cual se  otorgaban,  porque  la  primera obedece a la solicitud que eleva el cliente a la  entidad  bancaria  para  su  expedición, mientras que el segundo se ofrece como  consecuencia  necesaria  de  aquél, por manera que la existencia física de las  aceptaciones  determina  que  la  entidad  otorgó  un cupo de crédito para que  fuera  utilizado  por  el  cliente,  lo  que  se  confirma con la indagatoria de  JULIO         CÉSAR        PATIÑO.   

          Si  el  Tribunal,  según  el  censor,  hubiera  advertido el error,  habría  concebido  correctamente  la  forma cómo operaba la expedición de las  aceptaciones  bancarias  en  el  Banco del Estado, contenida en la comunicación  dirigida    a    GERMÁN    ECHEVERRI   por  el  Departamento  de  Crédito,  Región  Oriente,  del  23  de  diciembre de 1994 (fol. 216 del c.o. # 2).   

          A   la   vez,   habría   concluido   que  la  señora  Constanza  Botero  giró  el cheque con el  cual  compraba  las aceptaciones bancarias bajo la convicción que le dieron los  hermanos  PATIÑO y el gerente  del  banco,  en  el  sentido  de que éstas serían expedidas porque ya existía  cupo de endeudamiento aprobado.   

Corrobora   lo  expuesto,  la  inspección  judicial  que  efectuó  la  Fiscalía  166  a  las  instalaciones del Banco del  Estado,  según la cual el cupo del crédito se había vencido el 5 de diciembre  de  1995 y su renovación sólo se solicitó hasta el 14 de diciembre siguiente,  aspecto  que es ratificado por la nueva gerente del banco en desarrollo de dicha  diligencia.   

En consecuencia, el Tribunal tergiversó la  prueba  al  suponer  que la señora Botero tenía  conocimiento  de la inexistencia del cupo de endeudamiento y  confundirlo     con     la    existencia    física    de    las    aceptaciones  bancarias.   

Adicionalmente,   señala,   “determinan  las reglas de la experiencia que en una operación de  tal  magnitud,  esto  es,  más  de  mil cuatrocientos salarios mínimos para la  fecha  de  la  celebración  del  negocio  jurídico,  no  se asumen riesgos sin  necesidad”,   de   allí   que   si   Constanza  Botero  giró  un título valor  por  tan  significativa cantidad, fue bajo la seguridad de que existía el cupo.   

Igualmente,   indica,  se  tergiversó  el  contenido  de  la  inspección  judicial,  al señalar que la nueva solicitud se  había  radicado  el  15  de  diciembre de 1995 (jueves), habiendo prometido los  procesados    que    las    aceptaciones    serían    entregadas    el    lunes  siguiente.   

También  se incurrió en tergiversación al  señalar  que  la  relación de confianza entre el gerente de “PT&R” con  el      banco      era      conocida     por     la     señora     Botero,  cuando  aquél  en  declaración  preliminar  sostuvo  que  ella  no era la cliente y que su único contacto era a  través de dicha firma.   

De lo anterior infiere que si bien la señora  Botero   sabía   que  las  aceptaciones  bancarias  no  existían  materialmente el 13 de diciembre de 1995  asumió,  porque  así  se  lo hicieron creer los procesados, que el cupo estaba  libre  y  aprobado  y  que  sólo bastaba con gestionar su expedición.  Si  ella   hubiera   tenido   conocimiento  de  esas  circunstancias,  enfatiza,  la  compraventa no se hubiera concretado.   

Luego   se  refiere  a  la  situación  de  GERMÁN    ECHEVERRI,  respecto    de    quien    el    a-quo   desestimó   su   responsabilidad   por  considerar  que  no  estaba  demostrado    que    recibió    la   llamada   de   la   señora   Botero  Gutiérrez,  en  donde  le habría  asegurado    que    serían    expedidas    las    aceptaciones   a   la   firma  PT&R.   

Para  el  recurrente, tanto el Tribunal y el  Juzgado   incurrieron   en   error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  “por    vía    de    mutilaciones”  al  omitir  el  contenido  de  la denuncia, de las indagatorias de  JULIO  CESAR  y EDGAR  MAURICIO  PATIÑO  MELO  y  de  los  testimonios    de    GERMÁN   ECHEVERRI    y    CONSTANZA    BOTERO,  cuya  trascendencia  “está dada en el  elemento  coautoría  de  GERMAN  ECHEVERRI en el delito de estafa. Al probar la  llamada    se    prueba   su   participación   en   el   punible”.   

En  el  acápite  de la “trascendencia del  error”,  el  casacionista  indica  que todos los yerros denotados “fueron   protuberantes,  manifiestos  y  de  bulto”,  hasta tal punto que permiten inferir el cumplimiento de todos los  elementos  que  el  Tribunal  reconoció  para  el  delito  de  estafa,  como la  inducción  en  error,  la utilización de artificios o engaños, la producción  de un provecho ilícito y un perjuicio ajeno.   

Con fundamento en lo expuesto, el demandante  solicita   casar  la  sentencia  impugnada  y,  en  su  lugar,  se profiera  sentencia   sustitutiva   en   derecho   “con   las  consecuenciales    condenas   civiles”.    

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

De  conformidad  con  el  numeral  3°  del  artículo  212  de  la Ley 600 de 2000, la demanda de casación deberá contener  “La  enunciación de la causal y la formulación del  cargo,  indicando  en  forma clara y precisa sus fundamentos y las normas que el  demandante        estime        infringidas”1.   

Significa  lo  anterior,  que  de  llegar  a  comprobarse  que  la  demanda no reúne este requisito formal, o cualquiera otro  de  los  previstos en la misma norma, la consecuencia jurídica que surge de tal  situación   es  la  de  su  inadmisión,  a  tenor  del  efecto  que  la  misma  normatividad procesal indica.   

En  lo que respecta con la demanda objeto de  consideración  presentada  por  el apoderado de la parte civil en el proceso, y  específicamente  en  torno  del único cargo que en ella se propone, presentado  con  sustento  en la causal primera de casación, por violación indirecta de la  ley  sustancial,  a  consecuencia  de  un  error  de  hecho  por falso juicio de  identidad,  se tiene que no satisface el presupuesto formal aludido, por lo que,  acorde  con  lo  expuesto,  se  impone  su  inadmisión, conclusión a la que se  arriba a partir de los siguientes razonamientos:   

1. Dígase, en primer lugar, que en relación  con  el  extenso  listado  de  normas  que  el  demandante estima vulneradas, la  mayoría  o no tienen la connotación sustancial que se exige para la viabilidad  de  la  causal  invocada o, simplemente, no guardan relación con los argumentos  que     expone    el    censor    en    procura    de     fundamentar    su  pretensión.       

          En  efecto, fácil se advierte que la referencia a los artículos 60  (embargo   y   secuestro  de  bienes),  61  (desembargo),  62  (prohibición  de  enajenar),   63   (autorizaciones  especiales),  140  (definición  del  tercero  civilmente  responsable),  141 (facultades del tercero civilmente responsable) y  410  (decisiones  diferidas,  comunicación del fallo y sentencia) de la Ley 600  de  2000,  respecto  de las cuales el casacionista pregona aplicación indebida,  por  un  lado,  comprenden  temas  que  no  tienen  relación  con los temas que  desarrolla  posteriormente  en la censura y, por otro, se trata de normas que en  su mayor parte no tienen carácter sustancial.   

Algo  similar  ocurre  en  relación con los  artículos  26  (titularidad  de  la acción penal), 27 (deber de denunciar), 45  (titulares  de la acción civil), 47 (oportunidad para la constitución de parte  civil),  48  (requisitos  de  la  demanda  de  parte  civil) y 59 (efectos de la  declaratoria  de  responsabilidad  en los casos en que no se hubiere constituido  parte  civil  y  se  condene al procesado) también de la Ley 600 de 2000, que a  juicio  del demandante fueron inaplicados porque, como ocurre con los citados en  el  aparte previo, tampoco guardan relación con la argumentación que expone en  respaldo  o  de  su pretensión pero, más que eso, específicamente en cuanto a  las  normas  atinentes  a  la  parte civil, su enunciación causa sorpresa al no  entenderse  la  causa  para  que  se  aluda a su falta de aplicación, cuando el  recurrente  precisamente  actúa,  y  ha  actuado  en  el proceso, en calidad de  apoderado de la parte civil.   

          2.  En  segundo  lugar,  oportuno se ofrece reseñar que a efecto de  cumplir  con  el  requisito  formal  a  que se ha hecho alusión, consistente en  invocar  la  causal  y  formular el cargo indicando en forma clara y precisa sus  fundamentos,  es necesario abordar una demostración consecuente con los errores  que permiten establecer que la sentencia es ilegal.    

De  ese  modo,  en  tratándose de la causal  primera  por violación indirecta de la ley sustancial, es preciso demostrar que  la  sentencia está incursa en un error de hecho o de derecho en la apreciación  de  la  prueba  con  la incidencia suficiente para mutar lo decidido en el fallo  que se impugna.    

En  el primer caso, esto es, cuando se trata  de  un  error de hecho, es necesario que el demandante demuestre que se llegó a  él  por  virtud de un falso juicio de existencia, de identidad o un  falso  raciocinio;   en  el  segundo,  es  decir  cuando  se  alude  a un error de  derecho,  es  imprescindible  hacer  ver  que  procedió  por un falso juicio de  legalidad     o     de    convicción.          

     

          Pero   más  que  una  propuesta  enunciativa,  en  donde  se  atine  simplemente  en  la  denominación  del  tipo  error que se endilga al fallo, ha  dicho  la Sala, lo que en verdad cobra importancia es que de la propuesta aflore  una  argumentación idónea para demostrar que el fallo es ilegal a consecuencia  de  uno  de los referidos errores.  Ello como corolario de la primacía del  derecho  sustancial  sobre el meramente instrumental, en atención a lo previsto  en  el  artículo  228  de la Carta Fundamental.            

En  el asunto que concita la atención de la  Sala,  el  actor  formula  un único cargo con sustento en la causal primera por  violación  indirecta de ley sustancial originado en un error de hecho por falso  juicio  de  identidad.  Al respecto, señala con insistencia a lo largo del  escrito   que   el   juzgador  incurrió  en  tal  yerro  porque  “mutiló”,  “falseó”  y  “tergiversó” el contenido real de las pruebas, postulados  que, ciertamente, se avienen con la esencia de dicha falencia.   

Sin  embargo,  también  se  advierte  con  facilidad  que  en  el  reproche  el  actor no desarrolla una argumentación que  resulte  consecuente  con  ese  enunciado,  al  referir  coetáneamente  que  su  valoración,  en  algunos  casos,  no  consultó con las reglas de la “lógica  y   la  sana  crítica”,  presupuesto que no encaja en el falso juicio de  identidad   que   formula,   sino   en   el   denominado   falso  raciocinio  y,  adicionalmente,    como    sucede    cuando    puntualiza    que    “por  vía de mutilaciones” también se  tergiversó  el  certificado  de  existencia y representación legal de la firma  “PT&R  Ltda.”,  expedido  por  la Cámara de Comercio de Bogotá, habida  cuenta  que  no  fue  analizado en la sentencia, con lo cual insinúa un posible  error  de  hecho  por  falso  juicio de existencia por omisión, cuya naturaleza  también resulta diversa a la del error alegado.   

De  lo  anterior  se desprende que aunque el  actor  desde el punto de vista conceptual parece entender la naturaleza objetiva  del  error de hecho por falso juicio de identidad que incoa, en la demostración  no  se  ciñe  a  esos  presupuestos  al sugerir que el yerro en la apreciación  probatoria  derivó  de  otros aspectos que no concilian con éste, convirtiendo  así  la  única  censura que propone en una variedad de cuestionamientos que no  sólo  son  diversos,  sino que además son excluyentes cuando se dirigen contra  las  mismas  pruebas objeto de ataque.   Por ello, resulta conveniente  recordar  los  matices  que identifican a cada uno de los errores referidos y la  carga  que  debe  emprender el censor para demostrarlos:       

La  Sala ha señalado que en tratándose del  tipo  de  error  que  alega  el censor (falso juicio de identidad), es necesario  para  quien lo alega individualizar o concretar la prueba sobre la cual recae el  supuesto  yerro.   Luego  de  estar  plenamente  determinado  el  medio  de  persuasión  que  acusa  el  defecto  que se endilga, el demandante debe mostrar  cómo  fue  apreciada por el fallador y de qué forma esa valoración tergiversa  o  distorsiona  su  contenido  material,  en  tanto  esa es la circunstancia que  determina  su  procedencia,  en  otras  palabras,  resulta  indispensable que se  enseñe  mediante  un cotejo objetivo efectuado entre lo que valoró el fallador  y  lo  que en verdad contiene la prueba, que hubo supresión o agregación de su  contexto real para inferir que en realidad se alteró su sentido.   

Pero  lo  anterior no es suficiente para dar  por  demostrado  el  error,  pues  siempre  será  preciso  que se establezca su  trascendencia  o,  dicho  de  otro modo, que por virtud de la deformación de la  prueba  la  sentencia  se  muta en favor del interés que se representa y que el  fallo  impugnado  no  se  mantiene  con  fundamento en las restantes pruebas que  sustentan   la   determinación  adoptada.   Dicha  demostración  apareja,  igualmente,  la  obligación  para  el  censor  de  evidenciar  que  el yerro de  apreciación  probatoria,  incidente  frente  a  los contenidos declarados en el  fallo,  vulnera  una  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación o aplicación  indebida.   

Ahora  bien,  la  Sala  también  ha  sido  persistente  en  señalar  que  cuando  se  trata  de  demostrar  errores  en la  apreciación  probatoria  por  desatención  de  las  reglas de la sana crítica  (falso  raciocinio),  el  demandante  está  en  la  obligación,  ante todo, de  identificar  la  prueba  sobre  la cual recae el yerro; luego de lo cual deberá  establecer  el  mérito  que  se  le  otorgó  al  medio  de  convicción  en la  sentencia,  a la vez que debe señalar cuál es el postulado de la sana crítica  que  en  su criterio fue vulnerado, esto es, el principio lógico, la máxima de  la experiencia o la regla científica quebrantada.   

Acto seguido, debe vincular esa apreciación  con  la  regla  aludida  demostrando  en dónde radica el desvío y, finalmente,  está  en  la obligación de precisar la trascendencia del error frente a la ley  sustancial,  lo  cual le impone exponer los argumentos que lo conducen a estimar  que  la  sentencia  impugnada  se  debe  modificar  en  favor  del  interés que  representa,      como      consecuencia      necesaria     del     error     que  alega.           

         

Por  último,  si  de  lo que se trata es de  demostrar  que se incurrió en un error por omisión probatoria (falso juicio de  existencia),  es  necesario,  igualmente,  identificar  la prueba ignorada en la  sentencia    sobre   la   cual   recae   el   yerro   que   se   denuncia;   subsiguientemente,  es  indispensable  hacer ver que dicha probanza existe en el  proceso  y;  por  último, resulta preciso demostrar que fue relevante de cara a  lo  declarado en el fallo en perjuicio del interés que se representa, tarea que  implica  también,  si  es  el  caso,  efectuar  una  labor comparativa con esos  restantes  medios  de  prueba  a  fin  de establecer que no son suficientes para  mantenerlo,  pues en el evento de que ello se vislumbre, es claro que la censura  carece   de   trascendencia  y,  en  consecuencia,  no  fructifica  la  crítica  emprendida.      

          Al  confundir  el  casacionista  estas tres modalidades del error de  hecho  al  interior  de  la  misma  propuesta, cuya naturaleza y esencia como se  acaba  de  ver  es  totalmente distinta, atentó contra la claridad y precisión  que  deben  evidenciar los cargos, de conformidad con el requisito formal objeto  de     análisis,     lo     cual    es    suficiente    para    inadmitir    el  libelo.          

          3.  A lo dicho en precedencia se suma, en tercer orden, que la mayor  parte  de los reparos sobre los cuales el demandante finca el error que propone,  no  son más que la exposición de su criterio personal sobre la apreciación de  los hechos y las pruebas.   

Tan  evidente  es lo anterior que uno de los  cuestionamientos   en  los que se basa el supuesto error de hecho por falso  juicio  de   identidad  que postula, tiene asidero en la tergiversación en  que  habría incurrido el Tribunal al considerar que la conducta es atípica, en  tanto  para  dicha  Corporación  el  asunto se contrajo al incumplimiento de un  negocio  jurídico  civil  que no trasciende al ámbito penal para configurar el  delito  de  estafa,  lo  que  a la claras surge como una conclusión fruto de la  valoración  de  las  pruebas  y  de  los  hechos  que  el  juzgador  consideró  demostrados  a partir de ellas;  de ahí que, un eventual error al respecto  debió  recaer  sobre  el mérito otorgado a las pruebas en que se sustentó esa  conclusión y no en ella propiamente dicha.   

La  actitud  anterior  del  censor  revela  simplemente  su  intención por anteponer el criterio personal que le sugiere el  análisis  de  la conducta, que se enfrenta al criterio contrario que edificaron  los juzgadores en los fallos de instancia.       

En  ese propósito, además, el casacionista  termina  por tergiversar a los falladores porque no es cierto que hayan inferido  que   “los   acuerdos  civiles  no  pueden  generar  responsabilidad  penal  alguna”, lo que a su modo de  ver  constituye  una tergiversación que contraría lo que esta Sala ha expuesto  sobre  el  tema -para lo cual transcribe en su totalidad el fallo de fecha abril  28  de 2004, con ponencia del Doctor Jorge Luis Quintero Milanés- cuando lo que  en  las sentencias de instancia se señala es que en el presente caso no existen  elementos  de  juicio  que  permitan  colegir  que  se  está  ante una conducta  delictiva,  situación  muy distinta a la generalización que en forma errada el  actor  les adjudica, como si quisieran decir que en ningún caso en que se esté  frente  a  incumplimiento  de  negocios  de índole civil o mercantil se pudiera  inferir  la comisión de un delito de estafa, lo cual ciertamente contraviene el  criterio  tradicional  de  esta  Sala  en  el  sentido  de  que es indispensable  analizar  cada  caso  en  particular  para  llegar  a  una tal conclusión, como  acertadamente  lo  hicieron  los  falladores  respecto  del  asunto que ocupa la  atención.          

          4.  Otra  circunstancia que conduce a inadmitir el libelo, radica en  que,  como  fácilmente se advierte, todo el ataque que el casacionista emprende  carece de trascendencia para derruir el fallo impugnado.   

          En  efecto,  los  argumentos  del  casacionista están encaminados a  demostrar    que    Constanza   Botero   en  su  calidad  de  representante  legal  de  la firma de corretaje  “Botero  Gutiérrez”,  fue inducida en error por los procesados JULIO      CESAR     y     EDGAR  MAURICIO  PATIÑO MELO para girar el  título  valor por la suma de $ 201.075.000,oo  por concepto de compraventa  de  aceptaciones  bancarias  que  expediría  el Banco del Estado en favor de la  firma  “PT&R”  y que tal situación fue cohonestada por el gerente de la  sucursal    del   banco   donde   se   tramitó   la   solicitud,   GERMÁN  ECHEVERRI  BERMÚDEZ, al confirmar  a  la  mencionada  la  negociación  y que a partir de allí se actualizaron los  demás elementos del delito de estafa.   

          No  obstante  lo  anterior,  en  el  fallo objeto de impugnación el  Tribunal,  en orden a desvirtuar planteamientos similares expuestos por el mismo  apoderado  de la parte civil en sustento del recurso de apelación que promovió  en     contra     del     fallo     de     primer     grado,     señaló     lo  siguiente:             

“Por otra parte, advierte la Sala, que dada  la  calidad  de  comerciante  de  la  señora Botero Gutiérrez, se le impone el  deber  de conocer el manejo que se da en esta clase de transacciones comerciales  así  como  de  actuar con diligencia y prudencia en sus propios negocios;   conforme  a  lo  anterior,  no  es  dable  afirmar  que la señora Constanza fue  inducida  en  error  en  un  área  que  es  de  su dominio como es el corretaje  comercial”2   

          Es  preciso  advertir que el anterior argumento, así como todos los  contenidos   de   la  sentencia  atacada,  está  precedido  de  la   doble  presunción   de  acierto  y  legalidad,  de  modo  que  le  era  imperativo  al  casacionista   desvirtuarlo,   máxime   cuando   se   yergue   en  uno  de  los  planteamientos  basilares en que se soporta la negativa a considerar que en este  caso  se  actualizó  la  conducta  punible  de  estafa,  por  considerarse  que  Constanza   Botero  no  era  susceptible  de  ser  inducida  en  error,  dada su experiencia en el ramo y que  simplemente,  cuando  llevó a cabo la negociación, asumió un riesgo propio de  su  actividad  que  se  dirime  ante  la  justicia civil, por no trascender a la  esfera penal.   

          Al  no  haber sido puesto en discusión este fundamento del fallo en  la  demanda, se colige sin dificultad que los restantes reparos carecen de total  trascendencia    para    mutarlo   en   los   términos   pretendidos   por   el  casacionista.      

Ahora  bien,  en  lo  que  respecta  con  la  ausencia  de  responsabilidad  del  procesado  GERMÁN  ECHEVERRI  BERMÚDEZ,  no es cierto lo que se sostiene  en  la  parte  especial de la censura referida a su situación particular, en el  sentido  de  que  la absolución se basó exclusivamente en el hecho de no estar  demostrada   la   llamada  que  le  hiciera  Constanza  Botero,  toda vez que en el fallo de primer grado, que  conforma  una  unidad  jurídica  inescindible  con  el  impugnado, como así lo  reconoció  el  libelista,  se  señaló  que  aun  aceptando  lo  que  adujo la  mencionada  no  había mérito para deducir juicio de responsabilidad. Sobre ese  particular señaló dicho funcionario lo siguiente:   

“No  existe certeza sobre los términos de  la   conversación  sostenida  por  BOTERO  GUTIÉRREZ  con  el  doctor  GERMÁN  ECHEVERRI  BERMÚDEZ, ya que el procesado niega lo afirmado por el denunciante y  los  testimonios  recibidos  no  poseen la contundencia, coherencia y precisión  necesarias.    En   todo   caso,  aún  aceptando  lo  manifestado  por  la  perjudicada,  el  gerente  nunca  le  dijo  que  las  aceptaciones  habían sido  expedidas,  sino que lo serían en el futuro.  Un negociante seguro habría  pedido   esa   afirmación   por  escrito  y  luego  sí  habría  entregado  su  dinero;   al pedir esa afirmación por escrito posiblemente le habría sido  negada,  por  falta  de  atribuciones  de crédito de ECHEVERRI BERMÚDEZ, o por  razones  de política bancarias, y ello habría dejado a BOTERO GUTIÉRREZ en la  posición  de  arriesgar  su  patrimonio como lo hizo, con la expectativa de una  jugosa  utilidad.   Por tanto dicha afirmación no alcanzaría a configurar  el     engaño     necesario     para     hablar     de    estafa”.   

Los  anteriores  argumentos  tampoco  fueron  rebatidos  por  el  demandante,  motivo  por  el  cual  su prédica carece de la  entidad     requerida     a     fin    de    obtener    el    decaimiento    del  fallo.       

5.  El  principio de limitación que regenta  este  medio  extraordinario  de  impugnación,  y  que  por vía legal encuentra  consagración  en  el  artículo  216 del estatuto procesal penal, impide a esta  Sala  subsanar  las  incorrecciones anotadas en las que incurre el casacionista,  la  cuales  atentan  contra  la  fundamentación  clara  y precisa del cargo que  formula  y,  por  consiguiente,  conducen  a  colegir que el cargo no reúne los  requisitos    formales    previstos    en    el   artículo   212   ibídem.   

          Lo  anterior  se  constituye  en razón suficiente para inadmitir la  demanda  de  casación  presentada por el apoderado de la parte civil y devolver  el   expediente  al  despacho  de  origen,  como  lo  indica  el  artículo  213  ejusdem.   Además, porque no se advierte que  se  haya  incurrido  en  violación de garantías fundamentales que reclamara la  intervención oficiosa de la Sala.      

         

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  interpuesta  por  el apoderado de la parte civil, por las razones consignadas en  la anterior motivación.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase,  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                 HERMAN      GALÁN  CASTELLANOS   

ALFREDO    GÓMEZ   QUINTERO                        ÉDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

Comisión de servicio  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ PINZÓN           JORGE LUIS  QUINTERO MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                 MAURO      SOLARTE  PORTILLA   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria   

    

1  En  iguales  términos  el  mismo  numeral de los artículos 225 del Decreto 2700 de  1991  y el 8° de la Ley 553 de 2000, vigentes a partir de la fecha de comisión  de la conducta (diciembre de 1995).   

2 Folio  29 del cuaderno del Tribunal.      

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *