23425(22-06-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  23425   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta N° 51  

Bogotá, D.C., veintidós de junio de dos mil  cinco.   

V    I    S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  formal  de  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor del procesado  ROBIN  ANTONIO  CASTAÑEDA  CASTAÑEDA contra el fallo de segundo grado del 5 de  octubre  de  2004,  proferido por el Tribunal Superior de Medellín, mediante el  cual  confirmó  la  sentencia proferida por el Juzgado 17 Penal del Circuito de  la  misma  ciudad,   condenando al procesado en cita como autor responsable  de  los  delitos  de  homicidio  agravado  y  porte  ilegal de armas de fuego de  defensa personal.   

LOS HECHOS  

Según  lo consignado en el fallo impugnado,  José  Ignacio Suárez Osorio ofreció en venta a su compañero de trabajo ROBIN  ANTONIO  CASTAÑEDA  CASTAÑEDA, un arma de fuego, acordando que la negociación  tendría  lugar el sábado 3 de mayo de 2003, día en que cada uno recibiría el  pago  del  salario  que  como  obreros  de  la  construcción “Altos Verdes”  percibían.   

Ese  sábado,  en  el centro de la ciudad de  Medellín,  lugar  a  donde  debían  concurrir los obreros a recibir su pago, y  luego  en inmediaciones del Poblado, fueron vistos José Ignacio y ROBIN ANTONIO  cuando  se  movilizaban  en la moto de propiedad del primero. Dos días después  fue  hallado  sin  vida  el  cuerpo  de José Ignacio, en una fosa ubicada en la  finca la Arboleda, en cercanías de la residencia de ROBIN.   

LA    DEMANDA    DE  CASACIÓN   

          Dos  cargos presenta el defensor contra la sentencia impugnada, cuya  argumentación bien puede resumirse de la siguiente manera:   

          Primer cargo   

          Al  amparo  de la causal primera, cuerpo segundo, acusa la sentencia  de  haber  violado los artículos 13, 29 y 230 de la Carta Política; 6, 7, 11 y  12  del  Código  Penal y 5, 6, 7, 8, 13, 20, 233, 234, 255, 249, 277, 280 y 281  del Código de Procedimiento Penal.   

          A  continuación  identifica  dos  errores  en la apreciación de la  prueba,  el  primero,  dice, en la apreciación de la prueba pericial conformada  por  la  diligencia  de  necropsia,  y,  el  segundo,  en la apreciación de los  testimonios  rendidos  por  los  testigos Nelson de Jesús David Usuga y Mónica  Molano.   

          Encaminado  a  la  demostración  del  primer  yerro,  cita  algunos  apartes  de  los  fallos de primera y segunda instancia en los que se reflexiona  sobre  el  contenido  de  la  diligencia  de  necropsia,  y se limita a hacer la  siguiente afirmación:   

         

                     “(…)  continuamos  sosteniendo  que  ROBIN ANTONIO CASTAÑEDA CASTAÑEDA que (sic) dio  muerte  violenta  a  JOSÉ  IGNACIO  SUÁREZ  OSORIO  dado  en  primer lugar las  circunstancias  de  tiempo, modo y lugar en que fue encontrado el cadáver; y en  segundo  lugar  por  la  forma en que inicialmente CASTAÑEDA CASTAÑEDA relató  los  hechos;  y  como  si  fuera  poco,  tenemos  en  tercer  lugar la     prueba    reina    técnico  científica  expedida  por  medicina  legal  (folio  121  a  124);  de  ahí que tanto el a quo como el ad quem,  basaron  sus  sentencias  EN  CONJETURAS, SOSPECHAS O CORAZONADAS dejando helado  (sic)   con   argumentos   triviales  las  reales  pruebas  que  dicen  todo  lo  contrario”.        

         

          En  relación  con los errores en la apreciación de los testimonios  citados,  sostiene  que  Nelson de Jesús David Usuga incurre en inconsistencias  que  no son posibles de enmendar a punta de conjeturas, pues nunca pudo explicar  el  sitio  exacto  por  el  que  supuestamente vio pasar a José Ignacio Suárez  Osorio  y  ROBIN  ANTONIO  CASTAÑEDA  CASTAÑEDA  y menos el lugar donde él se  encontraba,  máxime  si  se  tiene  en  cuenta  que  el  centro de Medellín es  bastante  congestionado  los  sábados;  tampoco  describió las vestimentas del  parrillero de la moto.   

          Dice  que lo mismo sucede con el testimonio de Mónica Molano, quien  en  la audiencia pública da una relación distinta de los hechos aducidos en su  primera versión.   

            Segundo cargo   

               Acusa    la    existencia   de  irregularidades  sustanciales  que afectan el debido proceso, pues la captura de  su  defendido  y  el posterior registro a su casa de habitación “fue     a     todas     luces     arbitraria     ilegal”.   

          “Para colmo  de   males”,  agrega,  no  se  observó  el  mandato  contenido  en  el  artículo  281  del Código de Procedimiento Penal, en cuanto  ordena  que  efectuada  la confesión, el funcionario judicial deberá practicar  las  diligencias  pertinentes  para  determinar  la  veracidad  de  la  misma  y  averiguar las circunstancias de la conducta punible.   

          En    este   caso,   nada   de   ello   se   hizo,   “llenándose  el  vació  (sic)  con  conjeturas  sospechosas  y  en  últimas  con  las  prueba iniciaria (sic), sin que jamás se establecieran esos  indicios  ni se aprobara (sic) el hecho indicador ni se infirieran la existencia  de otros hechos a través de los primeros”.   

         

         Concluye   señalando   que   los   errores  denunciados  se  erigen  “en  graves  licios  (sic)  de  estructura  y  con  culcación   (sic)   innegable   de   garantías   fundamentales   que   afectan  particularmente al sindicado”.   

          Finaliza  su  alegación  solicitando  que se case la sentencia y se  absuelva a su defendido.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         El  recurso  de  casación se rige por reglas de técnica y lógica  que  le son propias, cuyo incumplimiento determina el rechazo de la demanda y la  declaratoria  de  su deserción. Por esa razón, inspirado en los principios que  gobiernan   tan  excepcional  instrumento,  el  artículo  212  del  Código  de  Procedimiento  Penal  exige,  entre otros presupuestos de admisibilidad, que los  fundamentos  de  la  causal aducida para demandar la infirmación del fallo sean  claros y precisos.     

Y  por  supuesto  que  se  atenta contra la  claridad  que  debe exhibir el libelo, cuando se confunden los conceptos, cuando  no  existe  coherencia  en  las  argumentaciones,  o  cuando el planteamiento es  meramente enunciativo, como sucede en el caso bajo estudio.   

         En  efecto,  véase  cómo  en  el  primer  cargo,  el  escrito   se   compone   de   enunciaciones  sin  demos­tración   que  impiden  precisar  el  alcance   del   ataque.  Así,  el  demandante  inicia  enunciando  la  existencia  de  errores en la apreciación de la prueba técnica  (necropsia)  y  testimonial  (declaraciones  de  Nelson  de Jesús David Usuga y  Mónica  Molano),  pero  de  ahí  en adelante ningún  desarrollo  le  da  a  esa censura, pues se limita a hacer críticas generales y  desde  su  exclusi­vo punto  de  vista  a  algunos fragmentos de la sentencia que ataca y al contenido de las  declaraciones  vertidas  por los testigos a cuya credibilidad se opone, pero sin  indicar  en qué consistieron los errores que enrostra a la sentencia impugnada,  ni  mucho  menos  cuál  pudo ser la trascendencia de ellos sobre el sentido que  orienta el fallo.   

         

         En  relación  con  la prueba técnica nada concreta, y lo que hace  en  realidad  frente  a  la  prueba  testimonial,  es  destacar  unas  supuestas  discrepancias  que  encuentra  al interior de las versiones rendidas, dejando al  margen  que  la ley le otorga al juez la facultad de preferir de modo razonado y  dentro  de  un  examen  de  conjunto la versión o versiones que le ocasionan el  mayor  grado  de  seguridad  sobre  un determinado aspecto, y ello traduce en la  inocuidad  de  la  sola  manifestación  de inconformidad o de la expresión del  criterio  personal  del  impugnante,  frente  a  las  razonadas conclusiones del  fallo.   

Si  lo  que  pretendía  discutir  era  la  credibilidad  que  el  juzgador  le  otorgó  a  los  testigos mencionados, debe  reconocerse  que  una  propuesta de esta índole resulta inestudiable en sede de  casación,  por  la relativa libertad que tienen los juzgadores para valorar los  medios  de prueba, a menos que se demuestre objetivamente que en la apreciación  del  testimonio  se  desconocieron  las reglas de la sana crítica y en especial  las  previsiones del artículo 277 del Código de Procedimiento Penal que rigió  el  trámite  (Ley  600  de 2000), demostración que en forma alguna emprende el  libelista.   

          En  el  segundo cargo, el demandante aduce  la  existencia  de  irregularidades  sustanciales que afectan el debido proceso.  Sin  embargo,  la  censura  no  trasciende  su enunciado pues en lo que debería  corresponder  al  desarrollo de la premisa, nada se informa en concreto sobre la  actuación  con  la  cual  resultaron desconocidas las bases fundamentales de la  investigación                                o                               el  juzgamiento.           

         Y  si  bien  en  apoyo de la pretensión se afirma que la captura y  posterior  registro de la residencia del procesado fueron ilegales, no se indica  la  razón  de  ello,  ni  cómo esta actuación comportó un vicio in   procedendo,  condiciones  sin  las  cuales  menos  podía  acreditar  la  incidencia  del  yerro en la invalidez del  fallo.   

Siguiendo   con   la   misma   tónica,  a  continuación,  sin  ningún  argumento  adicional, se denuncia la inobservancia  del   artículo  281  del  Código  de  Procedimiento  Penal  porque  según  el  demandante  los funcionarios judiciales no evacuaron las diligencias pertinentes  para  determinar  la  veracidad  de  la confesión. El planteamiento escueto del  censor  no  prueba  la  ocurrencia  de  la  irregularidad,  ni  el  carácter de  sustancial  de la misma y mucho menos el quebrantamiento a partir de ella de una  garantía  del  procesado,  circunstancias  que  deben  ser  demostradas  por el  casacionista   como   requisito  indispensable  para  que  la  Corte  admita  la  demanda.   

Una propuesta completa de nulidad le implica  al  recurrente  señalar  con  precisión  y  claridad  los  fundamentos  que le  demuestren  a  la  Corte  el quebrantamiento de una cualquiera de las garantías  fundamentales  orientadoras  del  proceso  penal o de su estructura básica. Los  argumentos  de la censura deben demostrar que la irregularidad planteada afectó  las  garantías  de  los sujetos procesales produciendo un perjuicio tangible, o  desconoció  las  bases  fundamentales  de  la  instrucción o el juzgamiento, y  evidenciar  además,  cuando  se  trata  de  una subsanable, que no se encuentra  convalidada  y  de que a su producción no contribuyó con su conducta el sujeto  procesal.   

En   síntesis,   la   demanda  carece  de  concreción,  claridad  y  fundamentación,  presupuestos  sin  los cuales no es  posible  aprehender  su  estudio de fondo, ni por ende declarar su admisibilidad  formal,  imponiéndose  por  tanto,  su rechazo, acorde con lo establecido en el  artículo  213  de la Ley 600 de 2000. Consecuencialmente se declarará desierta  la impugnación.   

Finalmente,  no  se  observa  violación  a  garantía  fundamental  alguna  que  en  virtud del artículo 216 del Código de  Procedimiento Penal conduzca a la Sala a actuar oficiosamente.   

          En  mérito  a  lo  expuesto,  la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE  

          INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor del procesado ROBIN ANTONIO  CASTAÑEDA   CASTAÑEDA.  En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso,  conforme    a    las    motivaciones    plasmadas   en   el   cuerpo   de   este  proveído.     

Contra  este auto no procede recurso alguno.   

Cópiese,   notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                    HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                      ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO     

ÁLVARO       ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN              JORGE     LUIS  QUINTERO MILANÉS   

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                          MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria   

    

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