23275(22-06-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  23275   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                               DR.    SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ   

                            Aprobado Acta Nº: 51   

          Bogotá D.C., veintidós de junio de dos mil cinco.   

VISTOS  

Se  pronuncia  la  Corte en relación con el  aspecto  formal  de  la  demanda  de  casación  instaurada  por  el defensor de  JAMES  RODRÍGUEZ  JIMÉNEZ,  contra  el fallo del 23 de mayo de 2004, obra del Tribunal Superior de Cali, por  cuyo  medio  confirmó integralmente la condena de veintisiete años de prisión  que  el Juzgado Noveno Penal del Circuito de dicha ciudad le impuso al procesado  en  sentencia  del  28 de agosto de 2003, al hallarlo responsable, en calidad de  coautor,   de   las   conductas  punibles  de  homicidio  agravado  en  concurso  heterogéneo  con hurto calificado agravado, merced a los sucesos acontecidos el  17  de  febrero  de  1999  cuando  a  eso  de  las  10:00 p.m., aproximadamente,  irrumpieron  dos  individuos  en el parqueadero “Panamericano” ubicado en la  calle  13  con  carrera  tercera  esquina,  céntrico  sector de la localidad en  mención,  y  del  lugar  se  sustrajeron  una fotocopiadora, un computador y un  teléfono.  Para  facilitar  el  ilícito  despojo,  los intrusos amordazaron al  celador  nocturno  de  dicho  establecimiento,  Marino  Jaime Ortiz González, a  quien,  además,  hirieron  con  arma  cortopunzante  en  región  abdominal,  a  consecuencia  de  lo  cual  falleció dos días después en la Clínica Valle de  Lilí,   centro   asistencial   al  cual  se  le  trasladó  en  razón  de  las  complicaciones    orgánicas   que   presentó,   luego   de   ser   intervenido  quirúrgicamente  en  el  Instituto  del Seguro Social donde inicialmente había  sido internado.   

Previo a su deceso, la víctima comunicó a  su  familia  y  a  algunos  allegados  la  identidad  de  uno  de sus atacantes,  indicando   que   se   trataba  de  JAMES  RODRÍGUEZ  JÍMENEZ,  a  quien  se  le procesó y condenó en los  términos precisados con antelación.   

LA  DEMANDA   

Al  amparo  de  la causal primera, un único  cargo  formula  el  libelista  al  denunciar  que la sentencia recurrida en sede  extraordinaria  es  violatoria  de  la  ley  sustancial  de manera indirecta, en  cuanto  el  juzgador  incursionó  en  un  error  de  hecho  en  la apreciación  probatoria.   

Sustenta  el  reparo,  en  las  múltiples  contradicciones   que  dice  observar  en  los  testimonios  de  oídas  que  se  constituyeron  en  pilares  fundamentales de la declaración de condena atacada;  el  de  la  esposa  del  interfecto,  María del Pilar Lozano de Ortiz; el de su  hijo,  Andrés  Felipe  Ortiz  Lozano;  y el de su patrón, Orlando José Medina  Buenaventura,  cuyas  aserciones,  aduce el censor, no se encuentran fincadas en  la verdad real.   

Respecto  de  la declaración de la cónyuge  del  occiso,  en primer término advierte el demandante que las tres deponencias  rendidas   por   ella   en   igual  número  de  apariciones  procesales  sufren  “extraña metamorfosis”,  en  cuanto  el  sentido  y  teleología de la primera se muta por adición en la  segunda,  lo  que  igualmente  sucede con la tercera, no existiendo por lo tanto  unidad  conceptual  sólida  en  relación con lo que supuestamente le expuso el  hoy  difunto  acerca de lo ocurrido.  Así, inicialmente éste dizque no le  quiso  decir quienes fueron sus agresores; empero, en su siguiente intervención  ya   afirma  que  su  marido  le  manifestó  que  los  atacantes  habían  sido  James  N.  y  Cristian  N.; en tanto que en la audiencia  pública   con   mayor   precisión   y   “especial  lenguaje”  refiere  que  el victimario respondía al  nombre  de  James Rodríguez.  Sin  embargo,  niega que en esta ocasión aquél le hubiese mencionado el nombre  del  segundo  agresor,  de  quien  sólo  expresó se trataba de “un negro”.   

No resulta ser cierto que la víctima hubiese  tenido  oportunidad  de  hablar  con  su  esposa y relatarle lo que ella dice le  manifestó,  advierte  en  segundo  lugar  el  libelista, pues en ausencia de la  historia  clínica del paciente, prueba que por más que se pidió en desarrollo  del  trámite  procesal  jamás  se allegó, necesario se torna acudir de manera  supletoria   al   resumen   de  egreso  suscrito  por  dos  de  los galenos adscritos a la Clínica Valle de  Lilí,  documento  que  permite  establecer  que  a eso de las 11:00  de la  noche  del  17 de febrero cuando sucedieron los hechos, la declarante se hallaba  en  su  residencia  y sólo a las 11:30 recibió la noticia. Al hacerse presente  en   el  Instituto  del  Seguro  Social  el  herido  estaba  siendo  intervenido  quirúrgicamente,  de  cuyo  estado  de  salud  se  le informó a las 4:00 de la  mañana  del  18  siguiente  hallándose en recuperación en la sala de cuidados  intensivos.  Y,  es falso que a la declarante se le hubiera permitido hablar con  su  esposo  a eso de las 5:00 de la tarde del citado día, porque de acuerdo con  el  canon  del  protocolo  médico  en  donde  se consigna que hubo necesidad de  hacerle  intubación  orotraqueal  y  conexión  a ventilación mecánica por su  tendencia  al  choque  y  a la dificultad respiratoria progresiva después de la  cirugía,  “el  paciente  no estaba en capacidad de  interlocución  por  la  gravedad  de  su  situación  en la evolución del post  quirúrgico.”   

Idéntico  análisis realiza respecto de los  otros  dos  testimonios,  pues,  en  su  sentir, las afirmaciones del dueño del  aparcadero  donde  se produjeron los hechos y del hijo de la víctima acerca del  diálogo  que tuvieron con el paciente y en virtud del cual supieron por boca de  éste  el nombre del agresor, resultan ser falaces precisamente porque su estado  de  postración  le  impedía  cualquier tipo de comunicación con sus supuestos  visitantes.   

Por consiguiente, la valoración que de esos  medios   de   prueba  realizó  el  Tribunal  fue  equívoca,  aduce  el  actor,  “por  desatender principios de la sana crítica, de  donde  obtuvo  inferencias  erróneas  de  las  pruebas  testimoniales sobre los  hechos  objetivamente  vistos”,  desechando  de esta  manera  los criterios que para la apreciación racional de la prueba testimonial  demanda el Art. 247 del C. P. P.   

En  fin,  consideró  dignos de credibilidad  testimonios  que  por  su mendacidad perdieron su fuerza de convicción racional  para  convertirse  sólo  en  falacia,  vicio que se erige en error de hecho por  falso      raciocinio,      concluye      el     censor.                      

Como preceptos infringidos señala los Arts.  277  y  238  del  C.  de  P. Penal, y el Art. 103-2 del C. Penal por aplicación  indebida.   

Casar  la  sentencia impugnada y en su lugar  proferir  la  que  en derecho corresponda, es la petición que el censor demanda  de la Sala.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

Reiterativamente ha precisado la Sala que los  errores  de  hecho  en  la apreciación probatoria que dan lugar a configurar la  causal  primera  de  casación  por  violación  indirecta de la ley sustancial,  tienen  lugar  cuando  el  juzgador  se  equivoca al contemplar materialmente la  unidad  de  investigación,  sea porque omite apreciar una prueba que obra en el  proceso   o   porque   la  supone  existente  sin  estarlo  -falsos  juicios  de  existencia-,  o cuando al fijar su contenido la tergiversa, distorsiona, cercena  o  adiciona en su expresión fáctica, haciéndole decir lo que objetivamente no  se  deduce  de ella -falsos juicios de identidad-, o, en tercer término, porque  sin  cometer  ninguno  de  los  anteriores  desaciertos, al asignarle su mérito  persuasivo  infringe  los  principios  que  orientan  la lógica, la ciencia, la  experiencia  o  el sentido común, es decir, las reglas de la sana crítica como  método legalmente establecido para su valoración.   

En estos eventos, y en aquellos otros en los  cuales  se  denuncian  errores  de derecho, es deber del demandante señalar las  normas  procesales  que regulan los medios de prueba, acreditar cómo se produjo  su  transgresión,  y demostrar en forma lógica, ordenada y completa, cómo por  haber  incurrido  el  juzgador  en  estos desaciertos dejó de aplicar o aplicó  indebidamente  determinado  precepto  sustancial  al  punto  que,  de  no  haber  incurrido  en  tal  desatino,  el sentido del fallo habría sido sustancialmente  distinto al impugnado y en todo caso favorable al procesado.   

Atendidos  los  reparos  formulados  bajo el  único  cargo  a  examen, de entrada se observa que en cuanto dice relación con  los  posibles errores de hecho por falso raciocinio que se pregona en la demanda  de  la  valoración  de  los testimonios de María del  Pilar   Lozano   de  Ortiz,  Orlando   José   Medina   Buenaventura  y   Andrés   Felipe   Ortiz   Lozano,  el  demandante  incurre  en  grave  deficiencia  técnica  que  los  despoja  de  la  virtualidad    de    permitir    concitar    el    correspondiente   juicio   de  casación.   

En  efecto,  si bien el censor acierta en la  individualización  de los medios de prueba que en su sentir habrían podido ser  desfigurados  por el sentenciador, antes que demostrar cómo pudieron haber sido  transgredidas   por   el   Tribunal  las  reglas  de  la  sana  crítica  en  su  apreciación,  que  sería  la forma adecuada de evidenciar el vicio denunciado,  se  da  a  la  tarea  de presentar sus personales apreciaciones sobre el mérito  persuasivo  de la prueba, pues no a conclusión distinta puede llegarse si se da  en  considerar su afirmación acerca de que a partir de tales medios el juzgador  “obtuvo     inferencias    erróneas”;  como que de un examen “superficial  de   los  tres  medios  probatorios  testimoniales”,  arribó  a la conclusión de que comportaban la verdad y de que eran suficientes  para consolidar la condena censurada.   

El  demandante  no  hace  cosa  distinta  a  expresar  su propia opinión de lo que cabe desentrañarse de tales elementos de  juicio,  sin  llegar  a  hacer  evidente  que hubieran sido desconocidos por los  juzgadores  de  instancia  los  principios  de  la  lógica, la experiencia o el  sentido  común, tanto más cuanto omite la necesaria confrontación de aquellos  medios  probatorios con las premisas  conclusivas del Tribunal, para ver de  demostrar   en   qué   forma   se   pudo   haber   incurrido  en  el  pregonado  desacierto.   

Una  tal  demostración no puede tenerse por  cumplida  con  las  insulares  referencias  del  demandante,  no ya sobre lo que  concluyó  el  Tribunal,  sino  sobre  lo  que  se  precisó  en el resumen  de  egreso  de marras, según el  cual,  ese  es  su  criterio,  el  paciente  estaba en imposibilidad de mantener  interlocución   con  los  testigos cuyos dichos critica por mendaces o falaces.   

Como   sin   demostrar  error  alguno  las  anteriores  apreciaciones  se  presentan con la finalidad única de oponerlas al  criterio  valorativo  del  fallador  de  segundo  grado  en  relación  con  los  referidos  medios  de  prueba,  es  claro  que  una  tal  argumentación resulta  inadmisible  en  sede  de  casación, dada la relativa libertad de que gozan los  juzgadores  para  apreciar  las  pruebas  y  asignarles  su  mérito persuasivo,  limitada sólo por las reglas de la sana crítica.   

Resulta  evidente entonces que el demandante  en  vez de demostrar los pretextados yerros de estimación probatoria, lo que en  esencia  persigue  es  obtener  de  la  Corte  la revaloración de los referidos  medios  de  prueba,  a  guisa  de  tercera  instancia,  olvidando  que el juicio  feneció  con el proferimiento del fallo de segundo grado cuya doble presunción  de   acierto   y   legalidad  no  puede  desconocerse  sino  a  expensas  de  la  comprobación  de  que  los  razonamientos  del  sentenciador están fundados en  errores  de hecho o de derecho, verdaderamente trascendentes, en la apreciación  de los elementos de convicción puestos a su alcance.   

Así, ante los insalvables defectos de orden  técnico  y de fundamentación, a los que se suma un inadecuado señalamiento de  las  normas violadas en tanto se involucran como sustanciales algunas que apenas  ostentan  rango  de  instrumentales  -Arts.  277  y  238  del  C.  de P. Penal-,  falencias   que  la  Corte  no  puede  enmendar  por  virtud  del  principio  de  limitación   que  gobierna  la  casación,  se  inadmitirá  la  demanda  y  se  declarará  desierto  el  recurso, de conformidad con la previsión contenida en  el artículo 213 del actual estatuto procesal penal.   

Finalmente,  no  se  observa  violación  a  garantía  fundamental  alguna  que  en  virtud del artículo 216 del Código de  Procedimiento Penal conduzca a la Sala a actuar oficiosamente.   

En  mérito  a  lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE  

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor del procesado JAMES     RODRÍGUEZ    JIMÉNEZ.    En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso,  conforme  a las motivaciones  plasmadas en el cuerpo de este proveído.   

Contra  este auto no procede recurso alguno,  en  virtud  a  lo  dispuesto  en  los Arts. 213 y 187, inc. 2º de la Ley 600 de  2000.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                         HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                          EDGAR LOMBANA TRUJILLO     

ÁLVARO       ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN                JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                               MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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