23272(27-08-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  23272   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

  Magistrado Ponente:  

      Dr.    SIGIFREDO    ESPINOSA  PÉREZ   

  Aprobado Acta No. 154  

Bogotá, D.C, veintisiete de agosto de dos mil  siete.   

V   I   S   T   O   S   

Resuelve  la  Corte  la acción de revisión  promovida  contra  la  sentencia  del  2 de junio de 2004, mediante la cual esta  Corte  Suprema  de Justicia condenó al ex congresista ALBINO GARCÍA FERNÁNDEZ  a  las penas principales de diecinueve (19) meses de prisión y multa de $60.000  e  interdicción de derechos y funciones públicas por el mismo lapso de la pena  privativa  de la libertad, como autor responsable de los delitos de peculado por  apropiación y enriquecimiento ilícito.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

La síntesis que de los hechos fue hecha en  la    sentencia    demandada    es   del   siguiente  tenor:   

“El Fiscal 262  de  la  Unidad  Móvil  de Investigación de la Fiscalía General de la Nación,  quien  adelantaba  una  averiguación  contra  varios  servidores  públicos por  delitos  contra  la  administración  pública,  mediante  Resolución del 21 de  enero  de  1994,  dispuso  la  expedición  de copias para que se investigara al  congresista  Albino García Fernández, por razón del destino que se dio a unos  auxilios  educativos provenientes del Presupuesto Nacional y gestionados por él  para  la  vigencia  fiscal  de  1991,  en  su  condición  de Representante a la  Cámara.   

“De  otra  parte,  a  esta  actuación se  unificó  el  diligenciamiento radicado bajo el número 9612 que cursaba en esta  Corporación,  el  cual  tuvo como génesis un informe rendido por la Oficina de  Investigaciones  Especiales  de la Procuraduría General de la Nación, mediante  el  cual se puso en conocimiento de la Corte que el procesado García Fernández  presentó,  para  los  años  de  1990  y  1991,  un incremento patrimonial y un  movimiento en sus cuentas bancarias no justificado.   

     

“Mediante  providencia  del 2 de marzo de  1995,  la  Sala  consideró que el incremento patrimonial no justificado podría  tener  como  fuente los llamados auxilios educativos que el procesado gestionó,  para  esa  época,  en  su  calidad de Representante a la Cámara, razón por la  cual dispuso la mencionada unificación”.   

Por    tales    hechos,    la   Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia  profirió resolución de  acusación  el  21  de  mayo de 1999 contra el doctor ALBINO GARCÍA FERNÁNDEZ,  por  los  delitos  de  peculado  por  apropiación  y  enriquecimiento ilícito,  previstos  en  los  artículos  19, inciso 2°, de la ley 190 de 1995 (norma que  dijo  era más favorable que  el  artículo  133 del Código Penal vigente para la época de los hechos) y 148  del Decreto 100 de 1980.   

Contra  algunas  decisiones  tomadas  en  la providencia calificatoria,  el  defensor de GARCÍA FERNÁNDEZ interpuso recurso de reposición, el cual fue  despachado  negativamente en proveído del 22 de junio  de  1999, el cual surtió su ejecutoria el 14 de julio  siguiente.   

Se advierte que en la sentencia condenatoria  la  Corte  declaró  que  la  cuantía  del  peculado  ascendió  a  la  suma de  $1.278.000,    y   que   el   proceso   de   apropiación   se   culminó en el mes de enero de 1992.   

LA DEMANDA  

         La  acción  de  revisión presentada por el defensor del condenado  ALBINO     GARCÍA     FERNÁNDEZ     se  promueve  al  amparo de la causal 2ª del artículo     220     de     la    ley    600    de    2000,    por considerar que el fallo demandado no  podía  proferirse  en  relación con el delito de peculado por apropiación por  encontrarse   prescrita  la  acción  penal  respecto  de  este  hecho  punible,  fenómeno  que  dice  se  operó  en la instrucción, con base en las siguientes  razones:   

         Aunque  en  la sentencia se dijo que la  consumación  del  delito  de  peculado  se  extendió  hasta  el  mes  de  enero de 1992, lo cierto es que el  doctor  GARCÍA FERNÁNDEZ ejerció la representación en la Cámara hasta el 30  de   noviembre   de   1991,   fecha   hasta   la   cual   se   le  podía   endilgar   comportamiento  como  servidor  público,  pues  para  los  meses  de diciembre y enero siguientes era  particular  y,  por tanto,  carecía  de  la  calidad  necesaria para atribuírsele un tipo penal  que  exige sujeto activo cualificado.   

         Por  lo tanto, en relación con el delito  de  peculado  por  apropiación,  se  tiene que desde el 30 de noviembre de 1991  hasta  el  14  de julio de 1999, fecha en que quedó ejecutoriada la resolución  acusatoria, transcurrieron 7 años, 7 meses y 14 días.   

         Recuerda  que en orden a la aplicación de la ley más favorable al  procesado,  habida  cuenta  que  rigieron  tres  legislaciones  en  el  trámite  procesal,  la Sala concluyó que lo era la Ley 190 de 1995, por cuanto el inciso  segundo  del artículo 19 establecía para este delito  una    “circunstancia  específica  de  menor  punibilidad” que reducía la  pena  de la mitad a las tres  cuartas  partes si el valor  de    lo   apropiado   no   superaba   los    50  salarios  mínimos legales  mensuales  vigentes,  y en este caso el valor de lo apropiado fue muy inferior a  ese límite.   

         No  obstante,  agrega,  la aplicación del inciso 2º del artículo  19  de  la  Ley  190  de 1995 se hizo en relación con el inciso 1º de la misma  norma,  lo  cual  conllevó  a  que  se  tomara  la norma más grave, por cuanto  el   inciso   tomado   como  referente  establece  pena  de  6  a  15 años, mientras que el inciso 1º del  artículo  133  del  decreto  100  de 1980, establecía una pena básica para el  delito  de  peculado  de  2  a  10  años,  norma  que  se  dejó de aplicar sin  explicación  alguna,  apartándose  la  Corte   de   la   interpretación   que   sobre   el  principio  de  favorabilidad   adoptó   a   partir   del   fallo   del   3  de  septiembre  de  2001.   

         La  pena  básica  señalada  en el citado inciso 1º del artículo  133  del  decreto  100  de 1980, modificado por el artículo 2º de la Ley 43 de  1982  -2 a 10 años de  prisión-,  con  la  reducción del inciso 2º del artículo 19 de la Ley 190 de  1995  (3/4  partes a la 1/2), fijaba un marco legal que oscilaba entre 6 meses y  5 años.   

         Después    de    hacer   un   recuento  jurisprudencial  de la posición asumida por esta Sala  a partir del citado fallo del 3 de septiembre de 2001  en  relación con la aplicación de la favorabilidad,  reiterada,   entre  otras,  en  las  decisiones  del  11  de marzo de 2003, radicado No. 16.188, 8 de julio  de  2004,  radicado  No. 20.437, 19 de agosto de 2004, radicado No. 20.225, 6 de  octubre  de  2004,  radicado  No.  19.945  y 25 de febrero de 2004, radicado No.  21.766,  concluye  que  aunque  la  Corte  admite  la  posibilidad  de  tomar  penas de uno y otro estatuto,  para  que  se  impongan  de  cada  uno  las        sanciones        más  favorables,  se requiere  que  esa  aplicación  normativa  no  desconozca la identidad, la estructura, el  contenido  y el sentido y alcance del ‘instituto    jurídico’  que  en  el  caso  concreto  y  debidamente  particularizado  se  pretende  aplicar,  es decir, que la normatividad en  cuestión  sea  precisa,  o que el beneficio sea nítido, que no se trate de una  simple probabilidad o expectativa.   

        En  este  caso, sostiene, el instituto o fenómeno en cuestión es  el  de  la  pena  privativa  de la libertad que como pena principal se establece  para  el  delito  de  peculado  por  apropiación.  Por  lo  tanto,  se trata de  establecer  la  identidad  de  las  normas  en colisión, es decir, las previstas en los artículos 133 del  decreto  100  de  1980,  modificado  por  el artículo 2º de la ley 43 de 1982,  el artículo 19 de la ley  190  de  1995  y en el artículo 397 de la ley 599 de  2000.   

        Su         identidad,  agrega, está dada por la naturaleza  misma  del  fenómeno allí contenido, es decir, que se trata de penas y para el  evento  de  la  privativa  de  la libertad, que sólo puede comprenderse con ese  carácter,  bajo  la  calidad  de  prisión,  y  como  pena  principal,  pues la  identidad  no  es  nada distinto que lo que identifica algo, lo que hace que sea  eso y nada diverso.   

        Resalta  que  como  quiera que en punto de la técnica legislativa  utilizada  frente  al delito de peculado, se recurre a establecer circunstancias  específicas  de  agravación  y atenuación punitiva, resulta obligatorio tener  presente  que  éstas  se  integran  con el tipo básico, en la medida en que la  prohibición            básica            permanece,            “circunstanciándose  en  aquellos casos expresamente previstos por  la  ley,  bien  para agravar o ya para atenuar la pena, constituyendo, entonces,  la  pena  dispuesta  por  el  tipo básico y la correspondiente circunstancia de  agravación   o   atenuación,   el   marco   legal  de  la  pena”.   

        Pero  ello  no significa, según el demandante, que necesariamente  la  pena  del  tipo básico aún siendo más gravosa que la prevista en la norma  en  conflicto  para  efectos  de  la  favorabilidad  deba aplicarse porque  la  disminución  que prevé la  atenuante  sea más benigna, pues si todo concierne al mismo instituto que es la  pena  principal, individualizable entre la pluralidad  de  las  establecidas  por  la  ley  para  el  mismo  delito,  como sucede en el  peculado,  es  evidente  que  corresponde establecer primero cuál de las normas  potencialmente  aplicables  resulta  más  favorable  para cada una de las penas  respecto  del  tipo  básico,  y  acto  seguido,  confrontar  lo  relativo a las  circunstancias  específicas de agravación y atenuación, pudiéndose presentar  diversas hipótesis:   

        O  las  leyes  en  cuestión  las  reconocen, pero cada una con un  incremento  o  disminución,  según el caso, distinto cuantitativamente, evento  en  el  cual,  habría  de  escoger  la  más  favorable; o una de esas leyes la  consagra  y la otra u otras no, caso en el cual si se  trata  de  una  circunstancia  de  agravación no se aplicará la que la prevé,  pero  si  es  de atenuación punitiva, el marco legal punitivo se integrará con  la  que la establece, aplicándose a la pena más benigna que establezca el tipo  básico,  que  es  lo  que  aquí sucede, pues, de no ser así, de una parte, se  estará   restringiendo   la   aplicación   del   mandato   constitucional   de  favorabilidad    penal    que    no    establece    restricción    alguna  y  desconociendo  el  mandato del inciso 2º del artículo  6º   del   Código   Penal   que   dispone   su   aplicación   “sin  excepción alguna”, criterio que  acertadamente  ha  entendido  la Corte en el sentido de que en aquellos casos en  los  cuales  las  leyes  que entran en conflicto prevén varias penas, se impone  comparar  cada  una  de  ellas, con independencia de la ley, código o artículo  que las consagre.   

        Agrega      que      en      cuanto      a     la     estructura  de la norma se refiere, el  supuesto  de  hecho y su consecuencia jurídica se cumple a cabalidad, ya que lo  que  importa  es  que  estos  dos  elementos  que la integran concurran, sin que  interese  que vía de la favorabilidad, corresponda cada uno a leyes formalmente  entendidas  como distintas, pues en cuanto a la pena se refiere, se impone tomar  la  más  favorable  y  esta,  desde  luego,  es  la  consecuencia jurídica del  supuesto  de  hecho  previsto en la otra ley, teniéndose en cuenta que esa pena  de  ser múltiple, cada una se deberá individualizar, para aplicar la de la ley  que  resulta  más  benigna, integrándose la pena básica más favorable con la  circunstancia  agravante  y  atenuante  punitivamente  más benignas.    

          Es  por  ello  que en este caso, dice, al aplicarse la pena prevista  en  el  inciso  1º del artículo 133 del decreto 100 de 1980, modificado por el  artículo  2º  de la ley 43 de 1982, disminuida por la atenuante regulada en el  inciso  2º del artículo 19 de la Ley 190 de 1995, se conserva la estructura de  la norma penal.   

             

          Respecto   del   contenido  de  la norma, agrega, como este se refiere a la prohibición típica  en  cuanto  al  supuesto  de  hecho  y  al  carácter de la pena, esto es, si es  principal  o  accesoria,  a  su  calidad, si es de prisión o de arresto, y a su  cantidad,  se  tiene  que bajo dicha integración legal, se conserva, pues sigue  siendo  principal,  sigue siendo prisión y en su quantum, es el que corresponde  en  virtud  del  principio de favorabilidad, no como una probabilidad, sino como  un hecho jurídico cierto, que cumple con dichas connotaciones.   

              Finalmente,   en   cuanto   se   refiere   a   su   sentido  y alcance, para el demandante es  evidente  que  no  resultan  en  ninguna forma desconocidos, ya que de lo que se  trata  es  de  que  a quien infrinja la ley penal, en este caso por el delito de  peculado  por  apropiación, sea sujeto de una pena privativa de la libertad, de  prisión,  y  ello se cumple, debiéndose tener presente que el hecho de que por  la  aplicación del principio de favorabilidad, en su cantidad sea inferior a la  establecida  en  alguna  o  algunas  de las leyes en conflicto, en ninguna forma  está  indicando  el  desconocimiento  de los fines ni de la política penal del  Estado,  ni  de  los  fines  político-criminales  ni  de  los  fines de la pena  propiamente  dichos,  sino  que  se  conservan  dentro  de esos límites y en el  contexto   y   teleología  que  ha  reconocido  previamente  el  Estado  en  la  Constitución política y en la ley.     

          Por  ello, agrega, no podría afirmarse como argumento en contra que  cuando  el  legislador  de  1995 dispuso en el inciso 2º del artículo 19 de la  ley  190  la  circunstancia  específica  de  atenuación  punitiva respecto del  peculado  por  apropiación  cuando  su  cuantía  fuese  inferior a 50 salarios  mínimos  mensuales  legales  vigentes,  lo  hizo porque incrementó la pena del  tipo  básico de 2 a 10 años para fijarla entre 6 y 15 años, y que por ello no  sería  posible integrar el inciso 1º del artículo 133 del decreto 100 de 1980  con  el inciso 2º del artículo 19 en cita, pues debe tenerse en cuenta que los  fines  político-estatales  que  inspiran  y  justifican  la  concepción  y  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad, sustentados en fines políticos,  humanitarios  y  sociales,  vienen  a  sufrir  una conceptualización diversa en  estos  eventos,  siendo esta especial forma de concebir estos fenómenos los que  en  el  fondo  explican  y  justifican  la  inclusión  de  la expresión “sin  excepción”,  que  se  introdujo  en el inciso 2º del artículo 6º de la Ley  599 de 2000.     

          Se  trata,  según  el  revisionista,  de  aplicar  el  principio de  favorabilidad  respecto de la pena privativa de la libertad en la misma forma en  que  la Corte lo hizo en relación con la multa y la interdicción de derechos y  funciones públicas.   

        En  esas condiciones, concluye, si se admite que el marco punitivo  que  le  correspondía  al  condenado ALBINO GARCÍA FERNÁNDEZ oscilaba entre 6  meses  y  5  años,  para  efectos de la prescripción, por tratarse de servidor  público,   ese   lapso   máximo   se  incrementaría  en  una  tercera  parte,  obteniéndose  un  total de 80 meses, es decir 6 años y 8 meses, lapso superado  en  la  etapa instructiva, pues la acusación quedó ejecutoriada el 14 de julio  de  1999  y  la  fecha  en que el doctor GARCÍA FERNÁNDEZ cesó en   el   desempeño   de   sus  funciones  como  representante,   transcurriendo  entre  uno y otro acto un lapso de 7  años  y 7 meses –según  se  afirma  en  memorial  aclaratorio  de  la  demanda-,  de  tal  forma  que la  prescripción  se  consolidó  el  último  día  del mes de septiembre de 1997,  mucho antes de la ejecutoria de la acusación.   

        Y  si  ese  lapso  se  contara  en extremo, esto es, atendiendo el  último  día  del  mes de enero de 1992, como se dijo en el fallo demandado, el  término  transcurrido  hasta  la  ejecutoria  de  la resolución de acusación,  sería  de  7  años,  5 meses y 14 días, según lo afirma en el mismo memorial  aclaratorio.   

De esa forma, dice, procede la aplicación  de  la causal segunda de revisión invocada, que pide sea reconocida en el fallo  correspondiente,  dejándose  sin valor la condena por el delito de peculado por  apropiación  y,  por  contera,  la  cesación  de  procedimiento  por ese hecho  punible.   

        Sostiene  que  como  al  tasarse la pena en el fallo demandado, se  tomó  como  pena base para su individualización judicial la correspondiente al  delito  de  peculado  por  apropiación,  ello  significa  que  al  prosperar la  revisión  del  fallo  por  esa  conducta,  se  requiere  dictar  una  sentencia  sustitutiva  que  permita tasar e imponer la pena que le pudiere corresponder al  doctor   GARCÍA   FERNÁNDEZ   por   el  delito  de  enriquecimiento  ilícito.   

        No  obstante,  como  desde  el momento en que cobró ejecutoria la  resolución  de acusación -14 de julio de 1999- hasta la fecha de presentación  de  la  demanda,  han  transcurrido más de 5 años y 6 meses que corresponde al  término  de  prescripción  para este delito en la etapa de la causa, se impone  la cesación de procedimiento también por esta conducta.   

ALEGATOS DE LAS PARTES  

1. Del Ministerio Público  

El  Procurador  Segundo  Delegado  para  la  Investigación  y  el  Juzgamiento Penal empieza por señalar que el alcance que  la  Corte  Suprema  de  Justicia  le  ha  dado  al  principio  de favorabilidad,  especialmente   al   tema  relacionado  con  la  Lex  Tertia  no  es  el  aducido  por  el demandante, quien  pretende  desarticular  el  contenido  de la norma penal, específicamente en lo  que  tiene  que ver con las circunstancias de mayor o menor punibilidad, pues la  conjugación  de  normas  entre sí, debe respetar las condiciones que impone el  juzgador.   

Para   el  Procurador  Delegado,  bajo  las  circunstancias  en  que  se  desarrolló  la  conducta,  el  comportamiento  era  adecuable  al  inciso  2º  del artículo 133 del Código Penal, vigente para la  época  de  los  hechos,  que  establecía  una  pena de 4 a 15 años, es decir,  desfavorable  frente  a la señalada en el inciso 2º del artículo 19 de la ley  190  de  1995,  que  sancionaba  la misma conducta con prisión entre 1 año y 6  meses y 7 años y 6 meses.   

Esgrime  que  la  diminuente  traída  en los  incisos  segundos  de  ambas  normas,  tienen su razón y explicación lógica a  partir  de  los  incisos  primero  de  cada  norma,  es  decir,  “su  existencia  depende de éste”, como  lo entendió la Corte al aplicar la favorabilidad.   

Por  lo  tanto,  considera  que no es posible  atender  la  propuesta  del demandante, “por cuanto  las  circunstancias  de menor punibilidad consagradas en el tipo penal especial,  son  elementos  inescindibles  del mismo”, además de  que  no  es  posible  aducir  que el peculado fue inferior a $500.000, cuando se  sabe que la cuantía ascendió a las suma de $1.278.000.   

Corolario  de  lo  anterior,  dice, es que el  término  de prescripción para la conducta juzgada era de 10 años, dado que el  delito  se  cometió  por  servidor público en ejercicio de sus funciones y con  ocasión  de  ellas, razón por la cual el máximo de la pena aplicable -7 años  y  6  meses-  debió  aumentarse  en  una tercera parte. Aquel lapso, agrega, no  transcurrió  en  la instrucción. Y en el juicio tampoco alcanzó a transcurrir  el  mínimo  para  que  operase el fenómeno tratándose de servidor público, a  saber,  6  años  y  8  meses,  según  antecedente  jurisprudencial que cita al  respecto.   

Concluye  así  el Procurador Delegado que la  acción  penal  por  el delito de peculado que fue objeto de juzgamiento en este  proceso,  no  se encontraba prescrita para cuando se dictó la sentencia, razón  por  la  cual  la  acción  de  revisión  promovida  por el apoderado de ALBINO  GARCÍA  FERNÁNDEZ  no está llamada a prosperar, y así solicita sea declarado  por la Sala.   

2. Del apoderado del condenado  

        El  apoderado  del  accionante retoma los planteamientos expuestos  en  la demanda para reiterarlos con el fin de obtener  la  declaratoria  de  la  prescripción  de  la  acción  penal y la consecuente  cesación  de  procedimiento  tanto  en  relación con el delito de peculado por  apropiación    como    por   el   enriquecimiento   ilícito.    

        Insiste    en    que    en  la  sentencia  demandada  la Corte desconoció el principio de  favorabilidad  a  la  hora de determinar las normas positivas aplicables al caso  respecto  del  delito  de  peculado  por apropiación, porque desconoció que el  inciso  primero  del artículo 133 del Decreto 100 de 1980, establecía una pena  básica  entre 2 a 10 años de prisión, mientras la norma que aplicó señalaba  una  punibilidad  básica  de 6 a 15 años de prisión, siendo evidente la mayor  benignidad  de la primera, la cual debía ser disminuida de la mitad (1/2) a las  tres  cuartas  (3/4)  partes  por  concurrir  la  circunstancia  de  atenuación  específica  prevista  en  el inciso 2º del artículo 19 de la Ley 190 de 1995,  por  ser  la  cuantía  de  lo  apropiado  menor  de los cincuenta (50) salarios  mínimos mensuales vigentes.   

        Cita   a   continuación   las  posiciones  jurisprudenciales  que  históricamente   ha   desarrollado   esta  Corte  alrededor  del  principio  de  favorabilidad,   destacando   que   en   la  actualidad  se  reconoce,  a  partir  del  fallo  del  3  de  septiembre  de 2001, el fenómeno hermenéutico conocido como de la Lex      tertia,      lo      cual  permite  conjugar normas  sustantivas  y  procesales,  bien unas con otras o entre ellas, siempre y cuando  “el  instituto jurídico en particular mantenga su  identidad,     estructura,    sentido    y    alcances    jurídicos”;  “se aplique siempre lo que haya  dicho   el   legislador,   no   lo   que  a  bien  tenga  idear  el  funcionario  judicial”;   y   se  respete  la  “exactitud     normativa”,    pues  “es  imprescindible tener nítido el beneficio que  la    (ley)    escogida   efectivamente   aporte   al   procesado”, según se afirma en el antecedente que cita.   

           De   esa   forma,   agrega,  la  circunstancia  específica  de  atenuación  punitiva  señalada  en el citado inciso 2º del artículo 19 de la  Ley  190  de  1995  se imponía ser aplicada, pero no en relación con el inciso  1º  del  mismo  precepto,  sino con el inciso 1º del artículo 133 del Decreto  100  de  1980,  modificado por el artículo 2º de la Ley 43 de 1982, pues es el  que  corresponde a la pena básica más benigna, sin que sea óbice para ello el  hecho  de que la circunstancias específica de atenuación punitiva se encuentre  consagrada  en un estatuto distinto a aquél en el que se prevé la pena básica  más  favorable,  pues  precisamente  en  ello consiste la aplicación de la ley  favorable  en  los  términos constitucionales del artículo 29 y en los legales  del  artículo  6º  de la Ley 600 de 2000, pues tiene que primar la aplicación  de  la  ley  permisiva  o  favorable  ante  la restrictiva o desfavorable “sin  excepción”  alguna  como  lo  reconoció la Sala en el aludido fallo  del  3  de  septiembre  de  2001,  del  cual  trae múltiples  citas.   

        En  esa  lógica,  agrega,  la acción penal estaba prescrita para  cuando  se  calificó  el mérito del sumario, pues el máximo de la pena fijada  en  la  ley  para  la  conducta imputada a su representado sería de 6 años y 8  meses,  muy inferior al transcurrido desde la fecha en que se consumó el delito  hasta  la  ejecutoria  de  la  acusación,  esto  es,  7  años,  7  meses  y 14  días.    

        Pero  además,  dice,  si  se tomare como fecha de consumación de  los  hechos  la  del  26  de  diciembre  de  1990,  cuando  se aprobó la Ley de  Presupuesto  para  la  vigencia  fiscal  del  1º de enero al 31 de diciembre de  1991,  que  fue la 46, como se da a entender en la resolución de acusación, la  prescripción  es  más evidente, pues al contabilizar los términos a partir de  allí,  habrían  transcurrido  hasta el 14 de julio de 1999, 8 años, 6 meses y  18  días,  es decir, un tiempo extremadamente superior al de 6 años y 8 meses,  requerido    para    la    prescripción    de    la   acción   penal   en   la  instrucción.   

        Agrega  que también la acusación deja entrever que los hechos se  dieron  cuando  se  expidió  el  Decreto 31066 del 28 de diciembre de 1990, por  medio  del  cual  se  “liquida  el  Presupuesto  General de la Nación para la  vigencia  fiscal  de  1991,  se  detallan  las  apropiaciones  y se clasifican y  definen  los  gastos”, lo cual significaría que habían transcurrido ocho (8)  años,  seis  (6) meses y veinte (20) días, lapso superior al requerido para la  prescripción.   

        Dentro  de  ese  contexto  de  alternativas, sostiene, no se puede  descartar  que  esa  disponibilidad jurídica pudo surgir el 28 de junio de 1991  cuando  el  Director  de  Presupuesto  del  Ministerio  de  Hacienda  y Crédito  Público  profirió  la  Resolución No. 148, modificadora de la Resolución No.  113  del  5  de  junio  de  1991,  disponiendo  que  los auxilios se atenderían  exclusivamente  por  el  ICETEX,  y si así fuera se  tendría  que  habrían  transcurrido  8  años  y  16 días, tiempo con el cual  también prescribió la acción penal.   

        Dice  que como tampoco se descartó que  el      delito      pudo     consumarse  el  2 de agosto de 1991, cuando el  Director   General   y  el  Subdirector  Técnico  del  ICETEX,  profirieron  la  resolución  No.  001374,  por  la  cual  se  reglamentó  los  aportes  para el  Desarrollo   Regional  con  cargo  al  Presupuesto  Nacional  y  de  los  Fondos  Educativos    Especiales    administrados    por    el    ICETEX,   se  tendría  un  lapso  transcurrido  de  7  años, 11 meses y 12  días,  tiempo también superior a los 6 años y 8 meses exigidos para que opera  la prescripción.   

        Y  en últimas, si se tomara como punto  de  partida  el  último  día  del mes de enero de 1992, cuando se afirma en el  fallo   que  se  adjudicaron  las  ayudas  educativas  a  los  beneficiaros  que  cumplieron  con  los requisitos preestablecidos para el efecto, se tendría como  tiempo  transcurrido  el  de  7  años,  4  meses  y 14 días, esto es, un lapso  igualmente    superior    al    requerido    para   la   prescripción   de   la  acción.   

        Así  las  cosas,  concluye  que en relación con esta conducta se  impone  declarar sin valor el fallo cuya revisión está impetrando, por haberse  proferido  en  una  acción  prescrita,  y,  consecuentemente,  que se ordene la  cesación    de   todo   procedimiento   por   el   delito   de   peculado   por  apropiación.   

        En  relación  con  el delito de enriquecimiento ilícito, insiste  en  que  al  cesar procedimiento por el peculado, se  impondría          la          vigencia      de      la  pena  por  esa  conducta, pero ello  es  un  imposible de llevar a efecto, porque la pena  para  el enriquecimiento ilícito no fue individualizada ni en su marco legal ni  judicialmente  para  su  tasación  final,  pues se tomó como base la señalada  para  el  peculado,  que  fue  incrementada  en  3  meses por el enriquecimiento  ilícito.   

        Por  lo  tanto, agrega, lo que correspondería es proceder a tasar  la  pena  por  la  última  conducta,  pero  ello  tampoco  es posible porque en  relación  con  el mismo sobreviene la prescripción,  pues  desde  la  ejecutoria  de  la  acusación  a la fecha de los alegatos, han  transcurrido  6  años,  1  mes  y  8  días, tiempo necesario para que opere la  prescripción,  cuyo  término  en  el  juicio para ese delito es de 5 años y 4  meses,  que  corresponde  a  la  mitad  de  la  pena máxima incrementada en una  tercera  (1/3)  parte,  razón  por  la  cual  también  procede la cesación de  procedimiento por este delito.   

        Concluye   su   alegato,   solicitando   que,   conforme   a   las  determinaciones  que deben adoptarse, las mismas se informen a la Mesa Directiva  de  la  Cámara de Representantes y demás autoridades que sea del caso, una vez  cobren ejecutoria, para los fines pertinentes.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          De   acuerdo   con   la   causal   segunda  del  artículo  220  del  Procedimiento  Penal  aplicable  a  este  caso  (Ley 600 de 2000), la acción de  revisión  procede  contra  fallos  ejecutoriados,  cuando  se  hubiere  dictado  sentencia  condenatoria  o  que  imponga  medida  de seguridad en proceso que no  podía  iniciarse  o  proseguirse  por  prescripción de la acción, entre otras  hipótesis.   

El  planteamiento  del  demandante en este  caso  se  contrae  a  sostener  que  el  fenómeno extintivo de la acción penal  operó  antes  de que la resolución de acusación proferida por la Corte contra  ALBINO  GARCÍA  FERNÁNDEZ  obtuviera firmeza, en tanto no se aplicó en debida  forma  el  principio  de favorabilidad de la ley penal sustantiva, por cuanto la  rebaja  de  pena  señalada  en  el inciso 2º del artículo 19 de la Ley 190 de  1995  (de  la  mitad  a  las  tres  cuartas partes), debía tener como referente  el  inciso primero del artículo 133 del   Decreto  100  de  1980,  en  cuanto  establecía  una  pena  básica  entre 2 a 10 años de prisión para el peculado  por    apropiación,   mientras   la   norma   que   se   aplicó   –inciso    1º    del    precepto  inicialmente  citado- señalaba una pena básica  de  6  a 15 años de prisión,  desfavorable     a     los     intereses     del  procesado.   

Por  el  camino  que       se       propone,       dice    el    demandante,  la  pena  máxima para el delito de  peculado   por   apropiación  en  cuantía  inferior  a  50  salarios  mínimos  mensuales,  no  sobrepasaba  los  5 años    de    prisión   (la   mitad   de  10),  que  incrementados  en  una  tercera parte por  haberse  ejecutado el delito por funcionario público  con    ocasión    al   cargo,   arrojaba   un  término  máximo  de  6 años y 8 meses para efectos de  la  prescripción, el cual  se  cumplió  antes  de  la aludida ejecutoria de la  acusación,   considerando   cualquiera   de   las  hipótesis   posibles   frente   a   la   fecha  de  ejecución de la conducta punible.   

Con tal finalidad, el demandante, valiéndose  de  la  tesis  jurisprudencial  que hoy promulga la Sala frente a la aplicación  del  principio  de  favorabilidad,  propone  una muy conveniente combinación de  preceptos  sustanciales,  de  cuya incorrección se ocupará la Sala después de  hacer  las  siguientes  precisiones alrededor de tan importante temática.    

Es  cierto,  como lo recuerda el demandante,  que  a partir del fallo del 3 de septiembre de 20011,   la   Corte   asumió   un  importante  avance jurisprudencial frente a la forma de concebir el principio de  favorabilidad,  que hasta entonces sólo podía entenderse como una unidad  de  instituciones,  para admitir  que   es   posible,   para   efectos   de  establecer  la  ley  más  favorable,  “conjugar      normas      sustantivas      y  procesales”,  bien  unas  con  otras  o entre ellas,  siempre   y   cuando   “el  precepto  conserve  su  identidad  y  sentido  jurídicos,  por más que en su aplicación concreta deba  relacionarse con otras normas”.   

Lo  importante,  dijo la Corte en el aludido  antecedente,  es  que  identificada  una  previsión  normativa  como  precepto,  cualesquiera  sea  su  conexión  con  otras,  “se  aplique  en su integridad”, porque no sería posible,  por  ejemplo,  tomar  de  la  antigua ley la calidad de la pena y de la nueva su  cantidad,  porque  un  precepto así no estaría clara y expresamente consagrado  en  ninguno  de  los  dos  códigos  sucesivos,  razón  por  la  cual  el  juez  trascendería  su  rol  de  aplicador  del  derecho e invadiría abusivamente el  ámbito  de  la  producción  de  normas  propias  del legislador, lo cual no es  posible en el sistema constitucional que nos rige.   

El paradigma propio del orden constitucional  que  rige  el  Estado  Social  de Derecho, lleva a señalar que el ejercicio del  poder  público debe ser practicado conforme a los estrictos principios y normas  derivadas  del  imperio de la Ley, no existiendo por tanto, actividad pública o  funcionario  que pueda actuar al margen de la normatividad que rige la actividad  del Estado.   

En ese contexto, el principio de legalidad  y  la  seguridad  jurídica  se  tornan  en  elementos  fundamentales  del  Estado  de  Derecho,  en  el  que las  funciones  públicas se ejercen a través de competencias y procesos con base en  normas  preexistentes  ajustadas  al  orden constitucional vigente, marco dentro  del  cual  toda  actuación  judicial  debe  adelantarse  conforme con las leyes  prexistentes  llamadas a regular el caso.   

Por  lo  tanto, el principio de legalidad  se formula sobre la base de que  ningún  órgano  del  Estado  puede adoptar una decisión que no sea conforme a  una  disposición  por  vía  general  anteriormente  dictada,  esto es, que una  decisión  no puede ser jamás adoptada sino dentro de los límites determinados  por  una  ley  material  anterior.  Siendo  ello  así, constituye un imperativo  constitucional  la observancia del ordenamiento jurídico por todos los órganos  del Estado en el ejercicio de sus funciones.   

        Ahora  bien,  el  principio  de  legalidad  está  integrado  a su vez por el principio de reserva  legal  y  por  el  principio  de  tipicidad,  los  cuales  guardan entre sí una  estrecha  relación.  De  acuerdo  con  el  primero,  sólo  el legislador está  constitucionalmente  autorizado para consagrar conductas infractoras, establecer  penas  restrictivas  de  la  libertad  o sanciones de carácter administrativo o  disciplinario,  y  fijar los procedimientos penales o administrativos que han de  seguirse  para  efectos  de  su  imposición.  De  acuerdo  con  el  segundo, el  legislador  está  obligado  a  describir  la  conducta  o comportamiento que se  considera  ilegal o ilícito, en la forma más clara y precisa posible. También  debe  predeterminar  la  sanción  indicando todos aquellos aspectos relativos a  ella,  esto es, el término, la naturaleza,  la cuantía cuando se trate de  pecuniaria,  el  mínimo  y  el  máximo  dentro del cual ella puede fijarse, la  autoridad  competente  para imponerla y el procedimiento que ha de seguirse para  su imposición.   

Aunado  a  lo  anterior,  la  separación de  poderes  es  un  mecanismo  esencial  para evitar la arbitrariedad y mantener el  ejercicio  de  la  autoridad  dentro de los límites permitidos por la Carta. La  voluntad  constitucional  de someter la acción Estatal al derecho, así como el  principio  de  la  separación de poderes, llevan a pregonar que la ley juega un  papel   trascendental   en   la  regulación  y  restricción  de  los  derechos  constitucionales y legales.   

Por  ello, las  normas  que  conforman  el  sistema  tienen  un marco básico dentro del cual se  llevan  a  cabo  los  juicios  de  valoración  y  apreciación por parte de los  jueces,  y  unas  fronteras  mas  allá  de  las  cuales  la judicatura no puede  transitar.  Así,  por  ejemplo,  en  materia  de penas, los límites máximos y  mínimos,    su    clase,    su    naturaleza   principal   o   accesoria,   son  impermeables,  porque  en  tales  eventos  la  legalidad  funciona  como  barrera  de  contención  para el  aplicador de la ley.   

Ahora   bien,  es  incuestionable  que  el  principio  de  favorabilidad  constituye  un  elemento  fundamental  del  debido  proceso,  tal  como  se  deduce de su expresa consagración constitucional en el  inciso  2º del artículo 29 de la Carta. Pero ello, no conlleva a dejar de lado  que  su  reconocimiento,  por  ser  un problema de aplicación de la ley y no de  producción  legislativa,  debe  estar  siempre  dentro  de  los  límites de la  legalidad,  al  punto  que, en el caso de las penas, aunque es posible que en el  proceso  de su individualización se tomen segmentos de uno u otro estatuto para  que  se  imponga independientemente la más favorable, esa combinación, como lo  admite  el  demandante,  no permite la transformación de la identidad y sentido  jurídicos  del precepto de que se trata, y menos que se desconozca o transforme  la     consecuencia     jurídica     para     un    determinado    supuesto   de   hecho   que   exige  su  aplicación,  pues  so  pretexto  de  una favorabilidad sin cortapisas, el   juez no puede convertirse en legislador.   

Esa la razón por la cual advirtió la Corte  en  la  sentencia  que  abrió camino a la combinación de preceptos favorables,  que   lo   importante  es  que  “identificada  una  previsión  normativa  como  precepto, cualquiera sea su conexión con otras, se  aplique  en  su  integridad,  porque, por ejemplo, no sería posible tomar de la  antigua  ley  la  calidad  de  la  pena  y  de la nueva su cantidad, pues un tal  precepto  no  estaría  clara  y  expresamente  consagrado en ninguno de los dos  códigos  sucesivos,  razón  por  la  cual  el  juez  trascendería  su  rol de  aplicador  del derecho e invadiría abusivamente el ámbito de la producción de  normas      propio      del      legislador”2.     

En  el  camino  que  propone  recorrer  el  demandante  en este evento, no se respeta el ámbito de aplicación del precepto  que  se  dice  desconocido,  porque  deja  de  lado la consecuencia jurídica al  supuesto  de  hecho exigido  en  la  hipótesis que consagra la norma cuya combinación se pretende, buscando  la  aplicación  de  una pena que no se corresponde con la predeterminada por el  legislador, tal como se entra a verificar.   

Como  se advirtió en los antecedentes del  caso,  en  la  sentencia  se declaró que la cuantía del delito de peculado por  apropiación   por   el  cual  se  condenó  al  ex  parlamentario  ALBINO  GARCÍA FERNÁNDEZ ascendió a  la  suma  de  $1.278.000 y  que  el  proceso  de  apropiación de tales dineros,  provenientes   de  los  llamados  auxilios  parlamentarios,  se  culminó  en  el  mes  de  enero  de 1992.   

        Atendiendo     esos    presupuestos  fácticos,  en  la  sentencia demandada la   Corte  reconoció  que  desde  la  época   en   que   se   consumó  el  peculado,  tres  normatividades distintas regularon el caso, a saber:   

          a)  El Decreto 100 de 1980, modificado por la Ley 43 de 1982, que preceptuaba:   

“ARTÍCULO 133  (Modificado  por  el  artículo  2° de la Ley 43 de  1982).   Peculado  por apropiación. El empleado  oficial  que  se apropie en provecho suyo o de un tercero de bienes del estado o  de   empresas  o  de  instituciones  en  que  éste  tenga  parte  o  de  bienes  particulares,  cuya administración o custodia se le haya confiado por razón de  sus  funciones, incurrirá en prisión de dos (2) a diez (10) años, multa de un  mil  a  un millón de pesos e interdicción de derechos y funciones públicas de  uno (1) a cinco (5) años.   

“Cuando    el    valor   de    lo    apropiado    pase    de    quinientos   mil   pesos   la  pena  será  de  cuatro  (4)  a quince (15) años de  prisión,  multa  de  veinte  mil  a  dos  millones  de pesos e interdicción de  derechos y funciones públicas de dos a diez años”.   

        b)  La  Ley  190  de  1995, que establecía:   

“ARTÍCULO 19.  Peculado    por    apropiación.     El   servidor     público     que     se    apropie     en   provecho   suyo   o   de   un   tercero   de   bienes   del   Estado   o  de empresas o de instituciones en  que  éste  tenga  parte  o  de  bienes  o  fondos  parafiscales, o de bienes de  particulares  cuya  administración, tenencia o custodia se le haya confiado por  razón  o  con  ocasión  de sus funciones, incurrirá en prisión de seis (6) a  quince  (15)  años,  multa equivalente al valor de lo apropiado e interdicción  de derechos y funciones públicas de seis (6) a quince (15) años.   

“Si   lo  apropiado  no  supera  un  valor  de  cincuenta  (50)  salarios mínimos legales  mensuales  vigentes,  dicha  pena  se  disminuirá  de la mitad (1/2) a las tres  cuartas (3/4) partes.   

“Si   lo  apropiado  supera  un  valor  de  doscientos  (200)  salarios  mínimos  legales  mensuales   vigentes,   dicha   pena   se   aumentará   hasta   en   la   mitad  (1/2)”.   

         c) El actual  Código    Penal    (Ley   599   de   2000),   que  reza:   

“ARTÍCULO  397.  Peculado por apropiación. El servidor público  que  se  apropie  en  provecho  suyo  o  de un tercero de bienes del Estado o de  empresas  o  instituciones  en  que  éste  tenga  parte  o  de  bienes o fondos  parafiscales,  o  de  bienes  de  particulares  cuya administración, tenencia o  custodia  se  le  haya  confiado  por  razón  o  con ocasión de sus funciones,  incurrirá  en  prisión  de  seis (6) a quince (15) años, multa equivalente al  valor  de  lo  apropiado  sin que supere el equivalente a cincuenta mil (50.000)  salarios   mínimos  legales  mensuales  vigentes,  e  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas por el mismo término.   

“Si   lo  apropiado  supera  un  valor  de  doscientos  (200)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  dicha  pena  se  aumentará  hasta en la mitad. La pena de  multa  no superará los cincuenta mil salarios legales mensuales vigentes.    

“Si   lo  apropiado  no  supera  un  valor  de  cincuenta  (50)  salarios mínimos legales  mensuales   vigentes   la  pena  será  de  cuatro  (4)  a  diez  (10)  años  e  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  término  y  multa  equivalente  al  calor  de  lo  apropiado”.   

        Como  la  cuantía ascendió a la suma  de   $1.278.000,  la  Sala  concluyó  “de      la      simple   lectura   de   las  preceptivas  transcritas”,  que   la   norma  más  favorable  a  los  intereses  del  procesado GARCÍA  FERNÁNDEZ, respecto   de   la   pena   principal  de  prisión,  era      la      contenida en el inciso 2° del artículo 19  de  la  Ley  190 de 1995, pues al no superar el valor  de  lo apropiado los cincuenta (50) salarios mínimos  legales        mensuales       vigentes  para  el  año  de  1991 (época  para  la cual, advirtió,  el  salario  mínimo  era  de $51.720), la    sanción   señalada   en   el  inciso  primero del mismo  precepto    debía   rebajarse   de   la  mitad a  las   tres   cuartas   partes,   lo   que  arrojaba  una  pena de     prisión     de    18  meses  a   7   años   y   6  meses,   inferior   a   la  señalada  para      el     mismo     supuesto  fáctico  en  los artículos 133, inciso   1º,  del  Decreto  100  de  1980,  reformado  por  la  Ley  43  de  1942  (de  2 a 10 años) y en el artículo 397,  inciso 3º, de la Ley 599  de  2000 (de 4 a 10 años).   

          La  impecable  lógica  de  la Corte puede resumirse en el siguiente  cuadro comparativo:   

Decreto  100  de  1980,  reformado  por  la  ley  43 de 1982 (art.  133)             

Ley 190 de 1995   

(art. 19)            

Ley 599 de 2000   

(art. 397)  

Cuantía             

Pena             

Cuantía             

Pena             

Cuantía             

Pena  

Hasta  $500.000 (87,71)  salarios mínimos mensuales)*             

De  2  a  10  años  de  prisión             

Hasta   50  salarios  mínimos mensuales             

De 18 meses a 7 años y 6  meses de prisión             

Hasta   50  salarios  mínimos mensuales             

De  4  a  10  años  de  prisión  

Mas  de  $500.000 (87,71 salarios mínimos mensuales)*             

De 4 a 15  años de prisión             

Entre 50 y 200 salarios  mínimos mensuales             

De  6  a  15  años  de  prisión             

Entres 50 y 200 salarios  mínimos mensuales             

De  6  a  15  años  de  prisión  

Mas  de  200  salarios  mínimos mensuales             

De 6 a 22 años y 6 meses  de prisión             

Mas  de  200  salarios  mínimos mensuales             

De 6 a 22 años y 6 meses  de prisión  

*   En   la  sentencia  de  casación  de  12  de  junio  de 2000, radicado No. 9976, la Sala  interpretó  el inciso 2° del artículo 133 del decreto 100 de 1980, modificado  por  la  Ley 43 de 1982, para señalar que la suma de $500.000, correspondían a  87,71  salarios  mínimos  legales  mensuales  para  la fecha de expedición del  precepto,  por  lo  que sólo a partir de dicho valor, actualizado a la fecha de  los hechos, se generaba el agravante.   

          Como  puede observarse, en todas las normatividades que han regulado  el  delito  de  peculado,  la  cuantía  opera como un factor determinante de la  punibilidad,  de  tal  manera  que  la  menor  o mayor proporción de la pena de  prisión dependerá siempre del valor de lo apropiado.    

En  esa lógica, en el Código Penal de 1980  (con  la  reforma  introducida  en  la  Ley 43 de 1982), el peculado en cuantía  inferior  a  los 50 SMLM (y hasta los 87,71 SMLM) estaba sancionado con una pena  de  2  a  10  años  de  prisión; para ese mismo supuesto fáctico (peculado en  cuantía  inferior  a los 50 SMLM) la Ley 190 de 1995 señaló una pena entre 18  meses  y  7  años  y  6  meses  de  prisión; y, finalmente, la Ley 599 de 2000  determinó,  para  la  misma conducta, una pena que oscila entre 4 a 10 años de  prisión.    

Bajo  ese  contexto,  para el caso de autos,  atendiendo  el  supuesto fáctico de un peculado en cuantía inferior a 50 SMLM,  la  sanción  más  favorable al procesado era sin duda la determinada en la Ley  190  de  1995,  como  lo  reconoció la Corte en la sentencia demandada, sin que  tenga  cabida  la  combinación  de  las  escalas  punitivas  que  cada precepto  contiene  atendiendo  el  valor  de  lo  apropiado,  ya  que ello conduciría al  desconocimiento  de  la  consecuencia jurídica establecida por el legislador en  cada  tiempo  para  el  presupuesto  fáctico  de  que  se  trata, al generar un  doble   reconocimiento  del  elemento  “cuantía  inferior a 50 SMLM” para un mismo efecto punitivo, pues  lo  que  pretende el demandante es que, de un lado, se aplique la pena señalada  en  el  inciso  primero  del artículo 133 del Decreto 100 de 1980  para el  peculado  en  cuantía  inferior  a  los  50  SMLM,  y,  al mismo tiempo, que se  reconozca  la disminución señalada en el inciso 2º del artículo 19 de la Ley  190 de 1995 para el peculado en cuantía inferior a 50 SMLM.   

La combinación que propone el demandante se  convierte  así  en la creación de una nueva ley, porque termina modificando la  consecuencia  jurídica  que  en  los distintos tiempos -1982 y 1995- previó el  legislador    para    un    determinado    supuesto    de   hecho   –peculado  en  cuantía  inferior a 50  SMLM-,  lo  cual  no  puede  auspiciar  la  Corte,  ya  que  ello implicaría la  invasión  abusiva  del  ámbito de producción de normas propio del legislador,  porque  un  tal  precepto,  con  la consecuencia punitiva que se pretende, nunca  estuvo   clara   y   expresamente   consagrado  en  ninguna  de  las  dos  leyes  sucesivas.            

En efecto, ni el legislador de 1982 ni el de  1995,  previeron  una pena entre 6 meses y 5 años de prisión para el delito de  peculado  por  apropiación en cuantía inferior a 50 SMLM, según se obtiene de  la  combinación  del  inciso  1º  del artículo 103 del Código Penal de 1980,  reformado  por  la  Ley 43 de 1982, con el inciso 2º del artículo 19 de la Ley  190  de  1995,  esto  es,  una  pena  de  2  a  10  años, rebajada de  la  mitad  (1/2)  a las tres cuartas (3/4) partes.   

          Por lo tanto, contrario a lo alegado por  el  demandante, no se cumple con una de las condiciones necesarias para proceder  a  la  combinación  de  normas  en  la forma propuesta, porque ella llevaría a  transformar  la estructura del  precepto,   específicamente   la  consecuencia  jurídica  determinada  por  el  legislador  en  los  distintos  tiempos  para  el  supuesto  de  hecho de que se  trata.    

Consecuencia de los anteriores razonamientos  es  que la Corte entre a declarar infundada la causal de revisión alegada, toda  vez  que  desde  la  fecha  en  que  se  consumó  el  delito  de  peculado  por  apropiación   objeto   de   la  condena  (enero  de  1992),  hasta  la  ejecutoria  de  la  resolución  de  acusación  (14  de  julio  de  1999),  no transcurrió un término de 10 años,  necesarios  para  que hubiese operado el fenómeno jurídico de la prescripción  en  el  sumario, porque es el término obtenido de aumentar en una tercera parte  el  máximo de la pena señalada en la norma aplicada por favorabilidad (7 años  y 6 meses, según el artículo 19 de la Ley 190 de 1995).   

          Finalmente,   no   sobra   advertir  que  el  demandante  no  estaba  autorizado  a  rebatir  la  fecha  en que en el fallo se determinó consumado el  delito  de  peculado  objeto  de  la  condena,  pues  la  acción  de  revisión  no  constituye  una  prolongación  del  juicio  ni  corresponde  a  un  instrumento  ordinario que permita dar cabida a particulares  consideraciones  tendientes  a  cuestionar  los  soportes  de la declaración de  justicia  que ha hecho tránsito a cosa juzgada y por ello está amparada por el  doble  carácter  de  definitiva e inmutable. Finalizado el proceso, mediante la  invocación  de la causal segunda de revisión, sólo subsiste la posibilidad de  demostrar  la  existencia  de  las causales objetivas de improseguibilidad de la  acción,  puesto  que,  en  primer  lugar, únicamente en relación con ellas el  legislador  ha  previsto  su  ejercicio  y,  en  segundo  término,  como  lo ha  destacado  la  jurisprudencia  de  esta  Sala,  el extraordinario instrumento no  permite  la  continuación  del  debate  con los mismos argumentos probatorios o  jurídicos   que   sirvieron   de   apoyo   a  la  definición  del  juicio,  ni  cuestionamientos  relativos  a  la  adecuación  típica del comportamiento, las  formas  de  culpabilidad, las circunstancias de comisión del hecho o cualquiera  otra  que  pudiera  incidir  en  el proceso de individualización judicial de la  pena.   

        Por  ello,  se  reitera,  no  tienen  cabida  los  argumentos  del  demandante  dirigidos  a  cuestionar  la sentencia en  aquellos  aspectos relativos a la fecha en que se consideró consumado el delito  de  peculado,   aspecto  frente  al  cual  se  dijo  claramente en el fallo demandado que:   

“…en  cuanto  se  refiere al  ilícito  de  peculado,  es  incuestionable  que en el año de  1990,  cuando  el  doctor  Albino  García  Fernández  desempeñaba el cargo de  Representante  a  la  Cámara,  en  ejercicio  de  dicha  calidad, adelantó las  diligencias  necesarias  para que en la Ley de Presupuesto General de la Nación  correspondiente  a  la vigencia de 1991, se incluyera una partida por la suma de  $44.066.000,oo,  con destino a becas, subsidios y ayudas educativas en todos los  niveles,  dineros  públicos  que  estaban  autorizados  por  el  numeral 20 del  artículo  76  de  la  Constitución  Política  anterior  y  que  se  conocían  genéricamente como auxilios parlamentarios.   

“Incluida  dicha  partida  en  el ítem  denominado  “aportes  para  el plan y programa de fomento a empresas útiles y  benéficas  de desarrollo regional y los del sector central”, según la Ley 46  del  26  de  diciembre  de  1990,  expedidos  los  decretos  y  las resoluciones  correspondientes  a  los  procedimientos y requisitos para la ejecución y gasto  de  esos  dineros  públicos  y  una  vez  éstos  girados  al ICETEX, Seccional  Cúcuta,  los  que  se  consignaron  en el “Fondo Educativo Presbítero Manuel  Calderón  García”,  constituido  entre  aquella  entidad  y el doctor Albino  García  Fernández,  tales ayudas educativas se adjudicaron a los beneficiarios  que  cumplieron  con los requisitos preestablecidos para el efecto, trámite  que  se  cumplió   entre los meses de noviembre de  1991 y enero de 1992.   

“Así las cosas, es claro que el doctor  Albino  García  fue  gestor  de la citada partida, esto es, en su condición de  Representante  a  la  Cámara  y por su iniciativa se incluyó en el Presupuesto  Nacional  para  la  vigencia  de  1991  la suma de $44.066.000,oo con destino al  otorgamiento  de ayudas educativas. Sin embargo, la intervención del acusado no  se  limitó  a este sólo aspecto, pues es evidente que, contrario a lo expuesto  por  la  defensa, las actuaciones posteriores realizadas por García Fernández,  quien  a  partir  de  diciembre  de  1991  ya  no  era  congresista,  estuvieron  íntimamente  ligadas  con  la primigenia actividad, es decir, la entrega de los  formatos  de  solicitud,  la  selección  de los beneficiarios y el pagó de los  dineros  obedeció  a  la  facultad  derivada  de  su  carácter  de gestor como  congresista.   

“En otras palabras, la inclusión de la  partida  en el Presupuesto Nacional, los trámites, la adjudicación y los pagos  de  los  auxilios  no  se  llevaron a cabo porque fuera simplemente el ciudadano  Albino  García  Fernández, sino, por el contrario, porque se trataba de aquél  que  en  su  condición  de  miembro del Congreso y, por lo mismo, gestor de los  dineros  con  destino  a  la  región  que  representaba,  estaba facultado para  distribuir  las  ayudas  educativas,  para  lo  cual constituyó en el ICETEX de  Cúcuta  el  “Fondo  Educativo Presbítero Manuel Calderón García”. Si las  ayudas  pudieron  ser  entregadas  fue  porque  éstas  estaban supeditadas a la  función  congresal del hoy acusado, condición sin la cual no se hubiera podido  materializar   el  gasto  ordenado  en  la  Constitución  y  en  las  leyes  de  entonces.   

“Por    ello,    así   el    doctor    García   Fernández   no   fuera   congresista    para   el  momento   en   que   se   pagaron   los   auxilios,  etapa   final      del      trámite     en    general,     de    todos    modos,    desde    el   inicio   como   gestor   de  los  mismos, poseía   la      disponibilidad      jurídica      que      le   atribuyó,    por    virtud    de   la   ley,  su   administración”  (páginas  54  a  56  del fallo demandado. Se ha resaltado).   

De  allí  que  es  una  verdad  material,  judicialmente  declarada,  que  la  conducta  por  la  cual  se  condenó  al ex  parlamentario  ALBINO  GARCÍA  FERNÁNDEZ  se  consumó totalmente en el mes de  enero  de  1992, independientemente de que para ese momento no contara ya con la  investidura  congresional,  aspecto que, se insiste, no es posible cuestionar al  amparo  de la causal segunda de revisión, puesto que las causales de extinción  de  la  acción  penal  a  que  se  refiere  dicho  motivo  son  únicamente  la  prescripción,  la caducidad de la querella, la ilegitimidad en el querellante o  peticionario,  el desistimiento, la conciliación, la indemnización integral en  los  casos en que la ley le asigna a dichas figuras la potencialidad de concluir  el  proceso,  la  amnistía  o el indulto, es decir, fenómenos de demostración  objetiva.   

Por  sustracción  de  materia,  no procede  pronunciamiento  alguno  en  relación  con  la  pretendida  prescripción de la  acción  penal  por  el  delito  de  enriquecimiento  ilícito,  que  según  el  demandante,  se operaría en caso de que prospera la invalidación del fallo por  la prescripción del delito de peculado por apropiación.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         Declarar  infundada la causal de revisión  invocada.   

         Notifíquese y cúmplase   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

FRANCISCO          ACUÑA  VISCAYA                            JAIME CAMACHO FLÓREZ   

Conjuez        –               Excusa  justificada                                             Conjuez   

MIGUEL          CÓRDOBA  ANGULO               MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

                Conjuez                   

AUGUSTO          IBÁÑEZ  GUZMÁN                           ALFONSO PINILLA CONTRERAS   

                                                                                               Conjuez   

JULIO       ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA              JAVIER    DE  JESÚS ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

1  Radicado No. 16.837   

2  Sentencia  del  9  de  marzo  de  2001, radicado No.  16.837     

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