23103(09-02-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 23103  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 006  

Bogotá,  D. C., nueve (9) de febrero del dos  mil cinco (2005).   

VISTOS  

    Se pronuncia  la Sala  sobre  la  posibilidad  de  admitir  la  demanda  de casación instaurada por el  defensor   de   Hugo   Caicedo   Gómez  contra  la  sentencia del Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Arauca,  mediante  la  cual  lo  condenó, en calidad de autor, por el delito de  concierto    para   delinquir   agravado.   

                           HECHOS   

A  finales de l.997 y comienzos de 1.998, en  la  ciudad  de  Arauca,  hizo  aparición  un  grupo de justicia privada llamado  “Asociación    de   Servicios   Comunitarios   El  Corral”, liderado por Crisóstomo Archila Ovalle. La  entidad  se exhibía como autorizada  por la Superintendencia de Vigilancia  y  Seguridad Privada, pero se pudo establecer que la autorización correspondía  a  documento  falsificado,  pues  el  número 3758 y la fecha 9 de septiembre de  1.995  correspondían  a  un documento que avalaba el funcionamiento de la firma  “Prodesarrollo  Comunitario  Provincia Comunera Limitada”, que operaba en el  Departamento  de  Santander  y en la que el señor Archila Ovalle figura como su  representante legal.   

Durante la existencia de esa organización se  presentaron   en   Arauca,   entre   otras   conductas  delictivas,  homicidios,  desapariciones  forzadas,  amenazas  y  retenes  ilegales  en  las vías, que se  atribuyeron como obra suya.   

Adelantadas las correspondientes indagaciones  se  hizo acopio de una lista de personas que supuestamente formaban parte de esa  organización y se dispuso su vinculación al proceso.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

   El  2  de  agosto  del  2000,  la  Fiscalía  Especial  de  Derechos Humanos acusó  a  Hugo  Caicedo  Gómez  como  autor     del     delito     de    concierto    para  delinquir.   

El  Juzgado  Único  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Descongestión  de  Arauca,  que  por  competencia asumió el  conocimiento  de  la  etapa  del  juicio,  el  31  de  julio  del 2003 lo halló  penalmente responsable de esa conducta.   

Contra la sentencia, el defensor interpuso  el  recurso  de  apelación y el 30 de junio del 2004 la Sala Penal del Tribunal  Superior de Arauca la confirmó.   

                 

LA DEMANDA  

        En  criterio  del  censor,  la  sentencia  es  violatoria  del  artículo  29  de la  Constitución  Política  y  del  artículo  7º,  inciso 2º, de la Ley 600 del  2000.  Por  ese motivo, con base en el numeral 1° del artículo 207 del Código  de  Procedimiento  Penal, formula dos reproches a los fundamentos probatorios de  la sentencia:   

Primero.  

El  Tribunal  incurrió en error de hecho al  reducir   la   apreciación  de  la  prueba testimonial en  la  declaración  rendida  por  Fabián  Hernando  González  y violó de manera  indirecta  las  disposiciones  ya  citadas,  lo  mismo  que el artículo 340 del  Código  Penal,  que  describe  el  delito de concierto  para delinquir.   

En  las primeras declaraciones ofrecidas por  el  testigo González, ninguna alusión hizo a la participación de Hugo  Caicedo Gómez en la conducta materia  de  investigación.  A ella sólo decide referirse posteriormente en el trámite  de los beneficios por colaboración eficaz.   

El   declarante   señala  a  Caicedo  Gómez  como  la  persona  que le  presentó  a  alias  “Jacinto”,  buscando  incorporarlo  a la Cooperativa de  Vigilancia  y  quien  prestaba  armas  a  los  miembros  de  esa  organización.   

El  yerro  del  Tribunal  no  reside  en  la  apreciación  de  esas  sindicaciones,  sino  en  el  rechazo que le mereció la  declaración  del  testigo  ofrecida  en  la  audiencia  pública y en la que se  retracta  de  los  cargos  que  inicialmente  hizo contra su defendido. Se trata  además   de   prueba   testimonial   sobre  la  que  se  edifica  la  sentencia  condenatoria.   

En el expediente no obra prueba que acredite  cuáles    eran    las    armas    que   supuestamente   prestaba   Caicedo al grupo de antisociales liderados  por  Crisóstomo Archila, ni existe la que demuestre que fueron aportadas por la  Brigada  18.  Todo se reduce entonces a una versión contradictoria ofrecida por  quien   en  el  interés  de  obtener  unos  beneficios  por  delación,  decide  involucrar a personas inocentes.   

Con  el  error  del  sentenciador se crea un  supuesto   fáctico  equivocado  que  compromete  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia  y,  por  tanto,  se  hace  necesario  adecuar la interpretación a la  realidad que muestra el contenido de la prueba.   

Segundo.  

Incurrió  el  sentenciador  de  segunda  instancia   en   error   de  hecho por falso raciocinio al  otorgar  credibilidad al testimonio de Crisóstomo Archila Ovalle, con quebranto  de  las  reglas  de  la  sana  crítica,  y  violación  indirecta   del  artículo  29  de  la  Constitución  Política  y  del inciso 2º del artículo 7º de la Ley  600 del 2000, por  desconocimiento de la duda en favor del procesado.   

Se  sabe  que  Archila  Ovalle es proclive a  formular  juicios de responsabilidad a personas inocentes. Negó su presencia en  el  municipio  de  Arauca, pese a conocerse que fue quien abanderó la creación  de  una  “Cooperativa  de  Vigilancia”  en  esa  localidad.  Se  trata de un  timador,  mentiroso  empedernido  a quien así se le otorga crédito para fundar  en  su  testimonio  la  base  de  la  sentencia  condenatoria por concierto para  delinquir.   

Las  reglas  de  la experiencia enseñan que  quien  alguna  vez  ha  mentido siempre lo hará. Los señalamientos que Archila  hace   para  incriminar  a  su  defendido  solo  buscan  alcanzar  beneficios  y  tratamientos más benignos.   

La  demostración  de los cargos debilita el  soporte  lógico  de  la sentencia. La certeza jurídica que allí se predica no  se  puede  soportar  en  la  apreciación sesgada y equivocada de las pruebas de  cargo  que  obra  en  el  expediente.  Aflora  la  duda  a  favor  del  Sargento  Caicedo  Gómez  y por tanto  debe  casarse  la  sentencia  para  en  su  lugar  proferir  la  absolución que  corresponda.   

CONSIDERACIONES   

Responde la Sala:  

La demanda no se ajusta a los requerimientos  contenidos  en  el  artículo 212 del Código de Procedimiento Penal. Por eso se  inadmitirá. Las razones son las siguientes:   

1.  Los  dos cargos formulados se apartan de  modo  ostensible  de  las  pautas  establecidas  en  el  numeral 3° de la norma  procesal  acabada de citar, pues en el desarrollo de los reproches el demandante  deja   de   lado   los   principios   de  claridad  y  precisión  que  gobiernan la casación en punto de la  confección de la demanda. Veamos:   

El   primero.   

Califica  el  demandante  como  error   de   hecho   por   falso   juicio  de  identidad  el  desdén  del  sentenciador al mérito de la retractación  que  el  testigo  Fabián  Hernando  González  hizo en el curso de la audiencia  pública  y  con  la  que  deben  entenderse  diluidos los señalamientos que en  declaración  pretérita   hizo  a  Caicedo Gómez  en   el  trámite  de  beneficios  por  colaboración  eficaz.   

Conviene   recordar  que  la  censura  por  errores  de hecho fundados en  falso  juicio  de  identidad  imponen  al  censor  el  deber de señalar en concreto el contenido material del  medio  de  prueba,  el  criterio  expresado por el juzgador sobre su significado  frente  a  la objetividad de la prueba, el alcance y los términos de referencia  que  patentizan  la  mutación  de su contenido, los pasajes que se recortaron o  los  que  a  él  se  adicionaron para transmitirle efectos que objetivamente no  dimanan de él.   

De   modo  inexacto  y  contradictorio  el  demandante   se   refiere   a   un   falso  juicio  de  identidad  por  “reducción  del  contenido”  de  una  declaración  que  se  dejó  de  apreciar.  Las primera  expresión  tendría  que  ver  con la valoración de la declaración, es decir,  con  el raciocinio judicial, y  la     segunda    con    el    falso    juicio    de  existencia,  más  no con el error propuesto, o sea el  de identidad.   

Confronta,  desde  su  visión  personal, el  alcance  de la retractación hecha por el testigo en la audiencia pública, pero  no  explica  con  razones  suficientes  por  qué  esa última versión debe ser  creída  y preferirse a la  anteriormente rendida  por el declarante y  en  la  que  hace  comprometedores  señalamientos  en  contra  de  Caicedo Gómez.   

Aunque   los   errores  de  contemplación  probatoria   pueden   conducir  a  falsos  juicios  de  identidad  derivados de una apreciación equivocada de  la  evidencia por distorsión,  adición,   tergiversación     y     omisión   más   o   menos   parcial,  lo  pretendido  por  el  censor  es el reconocimiento incondicional del contenido   de  la  última  declaración  vertida  por  el  testigo  Fabián  Hernando  González, con prescindencia de la  anteriormente   rendida,   a   la   que   el  sentenciador  restó  credibilidad, que  no        la        ignoró,        desconoció       o      tergiversó  como  de  manera  confusa  lo  expresa el demandante.   

La  censura,  más  que  a  la  desfiguración      o     mutación   de   la   prueba,  apunta  al  grado  de credibilidad que el  sentenciador  otorgó  al  considerar  indemne  el  poder  incriminatorio  de la  versión  ofrecida  por  el  testigo  Fabián Hernando González en el curso del  trámite  de  la  colaboración  eficaz, no obstante su retractación durante la  audiencia  pública,  acto  que  para  los  juzgadores  de  instancia se percibe  acomodado.   

El cargo y su desarrollo así planteados por  el  censor  riñen  con  las  directrices  de  la  casación,  pues el censor no  concreta   el   segmento   de   la   declaración   que  pudo  ser  cercenado,           adicionado       o       tergiversado.   La   presentación   del  reproche,  como  se  decía  al  inicio,  carece  de la suficiente claridad y el  demandante    no    precisa   el   sentido   de   la   expresión   “reducción   del   contenido   de   la  declaración”.   

En    términos   ambiguos,   se   mueve  simultáneamente  entre  la  censura por error de hecho  por   falso   juicio   de   identidad  y  error    de    hecho   por   falso  juicio  de  existencia, y en veces,  como    ya    se    ha    hecho   notar,   parece   refutar   las   valoraciones          obviamente   intrínsecas  que  hacen  los  funcionarios   judiciales.   Con  otras  palabras,  no  ofrece  a  la  Corte  la  posibilidad de auscultar su concreta posición conceptual.   

Yerra, por supuesto, cuando pretende edificar  como   error   de   hecho   por   falso   juicio   de  identidad  el  acto  de  valoración  probatoria  del  sentenciador  que,  para  el  caso de la retractación del testigo, le impone la  tarea  analítica  de  cotejarla con las afirmaciones precedentes del atestante,  con  miras  a  fijar  fundadamente  en  cuál  momento  el  declarante  dijo  la  verdad.   

La   fundamentación   del   reproche,  en  síntesis,   resulta   precaria.  El  censor  descontextualiza  el  acto  de  la  retractación  del  testigo  y  no  ofrece  argumentos  atendibles  que permitan  descubrir  qué  motivos  explican la veracidad de su última afirmación o  la  falacia  de  su  declaración  precedente  ni  muchos menos los fragmentos o  pasajes desfigurados.   

          Para  resumir,  el propio actor, con sus palabras, da toda la razón  a la Corte. Así escribe al concluir el primer cargo:   

“Se hace necesario corregir el Falso  Juicio  de  identidad, originado por  el   yerro   interpretativo,  adecuando  la  interpretación  a  la  realidad  del contenido  de  la  prueba,  que  no  hace  más que desvirtuar la hipótesis fáctica de la  Sentencia condenatoria” (destaca la Sala).   

El   segundo.   

Lo que sigue a la introducción de los cargos  por  sí  mismo  refleja  el  equívoco  del  casacionista.  En  efecto, como es  fácilmente  perceptible,  comienza por afirmar que disputa con base en un falso  “juicio  de  convicción por desacato de las normas sobre la SANA CRÍTICA”,  y   posteriormente   se   traslada   a   otro   terreno,   el  del  falso  raciocinio, con soporte en lo mismo:  la  indebida  sana  crítica.  Para contestar el reproche bastaría decir que no  pueden  coincidir respecto del mismo factum      el      falso      juicio     de  convicción,  que  es  una  especie  del  error   de   derecho,  y  el  falso     raciocinio,    que    engendra  error de hecho.   

Pero, además:  

Bajo   un  supuesto  error por “falso  juicio  de  raciocinio”,  el  censor  dirige  su  reproche sobre la inmerecida  credibilidad  que  se dispensó a la declaración de Crisóstomo Archila Ovalle,  medio  de prueba que –dice-  sirvió  de  soporte  para afirmar la certidumbre sobre la responsabilidad penal  de Caicedo Gómez.   

Para  el  demandante, esa credibilidad riñe  con  los  postulados  de  la  sana crítica, en concreto contra las máximas  de  la  experiencia que aconsejan  el  desprecio de la declaración rendida por quien se sabe redomado, mitómano y  timador.   

A  partir  de  su  apreciación  personal sobre las calidades del testigo,  el  censor  edifica  un dogma  irrebatible a partir del cual ese declarante  nunca  pudo ser creído. Lo que la máxima de la experiencia aconseja y el orden  jurídico  postula  es  que  para  la apreciación  del testimonio se deben  tener    en    cuenta    varios    factores,   entre   ellos   la   “personalidad     del    declarante”,  que  si  bien involucra la  conducta  y  reconocimiento  social  del  atestante,  en modo alguno descarta de  manera  rotunda  que  aún  el  procesado  o imputado y hasta aquel que pudo ser  perjuro en el pasado, pueda ser creído en el presente.   

No   se  trata,  entonces,  de  una  regla  invariable   o   monolíticamente   inamovible.   Además,  esa  máxima  de  la  experiencia  que  tímidamente  insinúa el censor como fundamento del reproche,  no  resulta  adecuadamente  enunciada,  como  que se levanta sobre la deleznable  consideración  personal que las declaraciones del testigo le merecen y que a su  juicio  lo  muestran  como  sujeto  susceptible de ser descalificado moralmente.   

En  últimas,  se trata de un enunciado  que  por  la cortedad de su fundamento no puede ser tenido como formalmente apto  para  temer  el  desconocimiento,  en  la sentencia atacada, de una máxima  de  la  experiencia como componente singular  del método  de  la  sana  crítica  que  gobierna  en  nuestro  ordenamiento  el  proceso de  valoración probatoria.   

          Una  adecuada  fundamentación  del  reproche  por error derivado de  falso  raciocinio  por desconocimiento de una máxima de la experiencia exige al  censor  la  indicación  precisa  de  la  fuente  de  conocimiento  que  por sus  especiales  caracteres  le transmiten las notas de universalidad y validez. Para  el  caso,  cuáles las reglas y fundamentos gnoseológicos que de manera rotunda  obligan  a  desestimar,  siempre y en todos los casos, el testimonio de quien se  sabe  ha  mentido  alguna  vez  o  es  destinatario de notoria mala reputación.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación    Penal    de    la    Corte    Suprema    de    Justicia,   

RESUELVE   

INADMITIR   la  demanda   de  casación  presentada  por  el  defensor  de Hugo Caicedo Gómez.    

Contra  ésta  decisión no procede ningún  recurso.   

Notifíquese y cúmplase.  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ            HERMAN  GALÁN CASTELLANOS   

                                                                                                          Permiso   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                ÉDGAR      LOMBANA  TRUJILLO          

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN           JORGE LUIS  QUINTERO MILANÉS   

YESID                        RAMÍREZ  BASTIDAS                        MAURO  SOLARTE PORTILLA   

                                          

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

                                            Secretaria   

    

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