22407(08-07-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22407  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 59  

          Bogotá,   D.   C.,   nueve   (9)   de  julio  del  dos  mil  cuatro  (2004).   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Sala  sobre  la  admisibilidad  de  la demanda de  casación    excepcional  presentada  por  el  defensor del señor JAIRO CASTILLO  ORTIZ  contra  la sentencia dictada el 23 de enero del  2004  por el Tribunal Superior de San Gil, que lo condenó a un año de prisión  por    el    delito   de   falsedad   en   documento  privado.   

ANTECEDENTES  

          En  el  año  de  1997,  la  Corporación  Solidaria  para  la Salud  Subsidiada  E.  S.  S.  “SALUDDAR  A.  R.  S.”, del municipio de San Gil, le  compró  al  señor  JAIRO  CASTILLO ORTIZ,  propietario  del almacén Electrohogar, una nevera que debía ser  entregada  al  señor  Plinio  Enrique Ordóñez, ex alcalde de El Socorro, como  regalo  de  bodas. Ante la petición que le formularon la gerente y la contadora  de  esa  entidad, el vendedor anotó en la correspondiente factura que la compra  cuyo pago reclamaba correspondía a 150 planchas eléctricas.   

          Adelantada  la  correspondiente  investigación,  el 31 de julio del  2000  se  acusó  al  procesado  como  autor del delito de falsedad en documento  privado  y  cómplice  en  el  de  peculado  por  extensión, en la modalidad de  peculado por apropiación a favor de terceros.   

          Por  sentencia  del  28 de agosto del 2002, el Juzgado Primero Penal  del  Circuito  de  San  Gil  absolvió al procesado de los cargos imputados. Sin  embargo,  apelada  por  la  representante  del  ministerio público en cuanto se  refería  al  delito  contra  la fe pública, la providencia fue revocada por el  Tribunal  Superior  de  la  misma  ciudad,  que  condenó al señor CASTILLO   a   un   año  de  prisión  e  inhabilidad  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas por igual  término.   

LA DEMANDA  

          El    defensor    solicita    que    se   admita   la   casación   excepcional,  tanto  para  la  garantía  de los derechos fundamentales como    para   el   desarrollo   de   la  jurisprudencia.   

Sobre  el  primer  aspecto,  sostiene que al  señor  CASTILLO  ORTIZ se le  vulneró su derecho a la defensa técnica porque:   

Uno. A pesar de la  diligencia  que  había  demostrado  quien  la venía ejerciendo hasta cuando se  produjo  el  fallo  absolutorio, ningún argumento expuso dentro del término de  traslado   a   los   no   recurrentes  para  enfrentar  los  expresados  por  la  impugnante.   

Dos. Durante más  de  9  meses,  entre  el  15  de  abril  del  2003 y el 28 de enero del 2004, el  procesado  careció  de defensor pues quien lo venía representando falleció en  la  primera  fecha  anotada y el Tribunal sólo le designó uno de oficio cuando  ya había revocado el fallo absolutorio.   

Al formular y desarrollar el cargo con apoyo  en  la  causal  tercera de casación, afirma que la omisión en que incurrió el  abogado   le   permitió   al   Ad  quem  acoger  los  discutibles  planteamientos  de  la  apelante, por la  ausencia  de  enfoques discrepantes que bien podían exponerse como en efecto se  expresan  en  la  parte  final  del  libelo.  Igualmente  la  garantía resultó  afectada  por  la  ausencia  de  defensor  durante  un prolongado período, pues  además  de  lo  previsto en los artículos 29 de la Constitución Política, 14  del   Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos  y  8º  de  la  Convención  Americana  de Derechos Humanos, conocida como Pacto de San José de  Costa  Rica,  la  norma  rectora  contenida  en  el artículo 8º del Código de  Procedimiento  Penal  ordena  que  la  defensa  sea  ininterrumpida. En el mismo  sentido  se  ha  pronunciado  la  Sala  de  Casación  Penal, que sin embargo ha  estimado  que  si durante el tiempo que no se contó con defensor no se efectuó  ninguna  actividad  trascendente no hay lugar a la nulidad; de manera que sí es  trascendente  en este proceso, porque fue en ese lapso que se profirió el fallo  condenatorio.   

          Con   relación   al   segundo  tema,  el  desarrollo   de   la   jurisprudencia,  el  demandante  considera  importante que la Corte puntualice su posición al respecto porque el  único  antecedente  lo  constituye  la  sentencia del 29 de noviembre del 2000,  radicado  13.231,  aprobada  apenas  por  una  mayoría  de  cinco  votos  y con  salvamento  de tres magistrados. La insularidad de la providencia, la levedad de  esa  mayoría,  la  apreciable renovación de la Sala en sus dos terceras partes  desde  entonces  hasta  ahora  y  la  solidez  de  los argumentos expresados por  quienes   se   apartaron   de  la  decisión  mayoritaria,  aconsejan  el  nuevo  pronunciamiento  de la Corte Suprema de Justicia sobre punto tan discutible como  el  de la tipicidad de una conducta que pudiese implicar falsedad ideológica en  documento privado.   

Agrega  que en todo caso, aun si se mantiene  la  tesis  mayoritaria,  es necesario el desarrollo jurisprudencial que delimite  las  particularidades,  especificaciones y connotaciones de la conducta, como si  puede  tenerse  por delegatario de función certificadora un honesto comerciante  que  para  salvar su derecho al precio de la cosa vendida acepta la presión del  comprador que lo obliga a cambiar la denominación del bien.   

          El  cargo correspondiente lo presenta al amparo de la causal primera  de  casación,  cuerpo  primero,  por la violación directa de la ley sustancial  que  se  deriva  de  la aplicación indebida del artículo 289 de la Ley 599 del  2000,  idéntico  al  221  del Código Penal de 1980 que regía para la fecha de  los hechos.   

          En desarrollo del reproche, señala:   

          Uno.  El  Tribunal  concluyó que como el  epígrafe  de  la norma citada no indica si se refiere a la falsedad material en  documento  privado  o  a  la  ideológica,  debe  entenderse que alude a las dos  porque   cuando   el   legislador  no  distingue  no  le  es  dable  hacerlo  al  intérprete.   

          El  mismo  entendimiento  obtiene  del  análisis  del verbo rector,  porque  falsificar significa faltar a la verdad alterando el contenido legítimo  de   un   documento   o   insertando   en  él  declaraciones  contrarias  a  la  verdad.   

          Dos.  En  la  sentencia  de  la  Sala  de  Casación  Penal  que  le  sirvió  de  soporte  al Ad  quem,  se  afirma que los particulares tienen el deber  de  veracidad  cuando expresa o tácitamente lo impone la ley y se cumplen otras  condiciones  como  la  capacidad  probatoria  del documento, su utilización con  fines  jurídicos  y  la  extinción  o modificación de una relación jurídica  sustancial  con  perjuicio de un tercero, estableciendo tres exigencias para que  la    falsedad    ideológica    de    particular   pueda   tener   realización  típica.   

          Después  de analizar las razones en que se sustentó el fallo de la  Corte  y las expuestas en el salvamento de voto, opta el casacionista por acoger  las   últimas   para  solicitar  que  se  varíe  la  jurisprudencia  sobre  el  tema.   

          Tres.  Anota,  sin  embargo,  que  aun de  persistir  la  Sala  en  su  tesis,  debe considerarse que el deber de veracidad  exigible  a  los  particulares  no  se  predica  respecto  de un comerciante que  extiende  una  factura  por  elementos  distintos a los que en realidad vendió,  pues  no  realizaba  oficio  ni  pertenecía a grupo, asociación, colegiatura o  gremio  que  debiese  dar  fe  con  carácter probatorio de hechos de los cuales  hubiera  tenido  conocimiento en ejercicio de su actividad profesional, como los  médicos,  revisores  fiscales  o administradores de sociedades que es a quienes  se  refiere  la  sentencia  en  que  se  apoyó el Tribunal; tampoco actuó como  delegatario  estatal  de  una  facultad  certificadora de la verdad ni la ley le  impone  el  deber  de  veracidad,  como  se  expresa  en  el  mismo  fallo de la  Corte.   

          Cuatro. Finalmente, después de referirse  in  extenso  a  la doctrina  nacional  y extranjera que rechaza la falsedad ideológica en documento privado,  el  demandante  solicita  casar  la sentencia impugnada y, en su lugar, proferir  otra de carácter absolutorio.   

CONSIDERACIONES  

          Verificado  que  efectivamente el quántum  punitivo  previsto  para  el  delito  de  falsedad  en  documento  privado  no permite acudir a la casación común u ordinaria, la Sala  se  ocupará  del  examen  de  los  requisitos  de la demanda, para concluir que  respecto  del  primer  cargo  que  desarrolla  el  primer  motivo  de  casación  excepcional  deberá ser inadmitida y que con relación al segundo se declarará  ajustada.   

Estas son las razones:  

          Una.   El  principio  de  trascendencia,  consagrado  en  el  numeral  2º  del artículo 310 del Código de Procedimiento  Penal,  enseña  que  no  toda  irregularidad  conduce  a  la  invalidez  de  la  actuación,  sino  que es preciso que ella sea de naturaleza sustancial y afecte  materialmente  las  garantías  de los sujetos procesales o desconozca las bases  fundamentales de la instrucción y el juzgamiento.   

          A  pesar  de  los  esfuerzos  del  demandante  por demostrar que los  motivos  de nulidad que aduce cumplen con esta exigencia, en realidad carecen de  capacidad  suficiente  para lesionar el derecho de defensa que se dice vulnerado  por  la inactividad del abogado que representaba al procesado cuando se expidió  el  fallo  de  primera  instancia  y  por  la ausencia total de defensor para la  época en que se dictó la sentencia de segundo grado.   

          Lo  primero,  porque  de acuerdo con los reconocimientos que hace el  casacionista  a  la  excelente  intervención  del  defensor,  que  condujo a la  absolución  de  su  cliente, es lo cierto que la argumentación que dio lugar a  la  “triunfante  posición  jurídica”  quedó consignada en el expediente y  pudo    ser   confrontada   también   por   el   Ad  quem  al  momento de revisar la providencia impugnada,  de  manera  que  las  razones  que dejaron de plantearse en el traslado a los no  recurrentes  no  serían novedosas posiciones que obligaran indefectiblemente al  Tribunal a confirmar aquella decisión.   

          Bien  podría  considerarse, contrario a lo que estima el libelista,  que  la  omisión denunciada no fuese producto de la negligencia del abogado que  agenciaba    los   derechos   del   señor   CASTILLO  ORTIZ,  sino  que  obedecía  a una actitud consciente  derivada  de  la completa exposición argumental que había realizado durante el  curso   del   proceso,   la   que   además  fue  acogida  por  el  A quo.   

          Lo  segundo,  porque  aunque  ciertamente  la  Corte ha reivindicado  siempre  la  absoluta  vigencia  del principio contenido en el artículo 8º del  estatuto   procesal   en   cuanto   ordena   que  la  defensa  sea  ininterrumpida,  no  es la temporal falta  de  defensor  la  que genera por sí misma la irregularidad sustancial, sino las  consecuencias  negativas  que  se  derivan  de  esa ausencia porque no se puedan  realizar  actos en beneficio de la gestión encomendada, se afecte la vigilancia  letrada  que siempre se debe mantener del trámite del proceso para detectar las  dificultades  que  en el mismo puedan surgir o, en fin, como dijo la Sala en una  de  las  providencias que reseña el demandante, se limiten “las posibilidades  de desarrollo del contradictorio”.   

          Nada  de  ello  sucedió en este caso, pues el procesado careció de  defensor  durante  parte  del  período  en que el proceso estuvo a despacho del  Tribunal  para  proferir  el  fallo  de  segunda  instancia  y hasta después de  dictado  éste,  de  manera  que  el  único perjuicio que eventualmente podría  sufrir  el  procesado  era  que  no  se interpusiera oportunamente el recurso de  casación, situación que obviamente no se presentó.   

          Intrascendentes  las  irregularidades  acusadas  por  el  censor, la  demanda, se insiste, será inadmitida por este aspecto.   

          Dos.  Con  relación al segundo motivo de  casación,  en  cambio,  que  se  formula reclamando de la Corte el desarrollo         jurisprudencial  específicamente    respecto    de    la    tipicidad    de    la   falsedad     ideológica     de     particular     en     documento  privado y los eventos en los que, de configurarse, les  sería  exigible  a  los particulares la obligación de decir verdad, la demanda  se  declarará  ajustada  porque,  además  de reunir los requisitos legales, se  refiere a un tema que en verdad amerita una mayor precisión.   

          En  el  antecedente  citado por el casacionista, la Sala mayoritaria  planteó un doble problema jurídico que exigía su atención:   

a)  Los  particulares  pueden incurrir en el  delito de falsedad ideológica de documentos privados?   

b)  En caso positivo, en qué condiciones le  es exigible al particular el deber jurídico de decir la verdad?   

La  Corte  constató  que  tales  cuestiones  habían dado lugar a posiciones doctrinarias contrapuestas:   

“1.  Quienes  son  del criterio que no les  asiste  compromiso  con  ella,  y  que  por  tal motivo,  no pueden ser, en  ningún  evento,  sujetos  activos  de  falsedad  ideológica.   2. Quienes  consideran  que lo tienen en determinados casos, cuando la propia ley, expresa o  tácitamente,  les  impone  la  obligación  de  hacerlo, evento en el cual, por  tanto,  incurren  en  el  citado delito, si faltan al deber de veracidad que por  mandato     legal     les     es     exigible”.1   

          Y tomó partido por la segunda,   

          “…  aunque  solo  en cuanto la fuente del deber de veracidad sea  la  propia  ley,  y  se  cumplan  otras condiciones, como que el documento tenga  capacidad  probatoria,  que  sea utilizado con fines jurídicos, y que determine  la  extinción  o  modificación  de  una  relación  jurídica  sustancial  con  perjuicio  de  un  tercero  (Cfr. Casación de 18 de abril de 1985, con ponencia  del     Magistrado      doctor     Fabio     Calderón     Botero,    entre  otras)”.   

          Precisó  entonces que   

“… el ordenamiento jurídico, con no poca  frecuencia,  impone  a  los  particulares,  expresa  o tácitamente, el deber de  decir  la  verdad  en  ciertos  documentos  privados,  en  razón  a la función  probatoria  que  deben  cumplir  en  el  ámbito  de  las relaciones jurídicas,  haciendo  que, frente a esta clase de documentos, se genere un estado general de  confianza  entre  los  asociados, derivado de la circunstancia de encontrarse su  forma  y  contenido protegidos por la ley, que puede resultar afectada cuando el  particular,  contrariando  la  disposición  normativa que le impone el deber de  ser        veraz,        decide        falsear        ideológicamente        el  documento”.            

“La obligación de decir la verdad deriva,  en  algunos  casos,  de la delegación que el Estado hace en los particulares de  la  facultad certificadora de la verdad, en razón a la función o actividad que  cumplen  o  deben  cumplir  en  sociedad,  como  ocurre,  verbigracia,  con  los  médicos,  revisores fiscales y administradores de sociedades, quienes, frente a  determinadas  situaciones,  y  para ciertos efectos, deben dar fe, con carácter  probatorio,  de  hechos de los cuales han tenido conocimiento en ejercicio de su  actividad profesional”.   

          Además, suministró algunos ejemplos:   

          “Es  lo  que  acontece,  por  ejemplo,  con  los  certificados  de  nacimiento,  defunción,  o  de  muerte  fetal  que  deben  expedir los médicos  (artículos  518,  524, 525 de la ley 009/79, y 50 y 52 de la ley 23 de 1981), o  con  los  que  deben  emitir  los  administradores de sociedades y sus revisores  fiscales  por fuera de los casos comprendidos en la regulación contenida en los  artículos  43  de  la ley 222 de 1995 y 21 de la ley 550 de 1999 (artículo 395  del Código del Comercio)”.   

         

          Y reconoció que   

          “En  otros  eventos,  el deber de veracidad surge de la naturaleza  del  documento  y su trascendencia jurídica, cuando está destinado a servir de  prueba  de  una  relación  jurídica  relevante, que involucra o puede llegar a  comprometer  intereses  de  terceras personas determinadas, como acontece cuando  la  relación  que  representa  trasciende la esfera interpersonal de quienes le  dieron  entidad  legal con su firma, para modificar o extinguir derechos ajenos,  pues  cuando  esto sucede, no solo se presenta menoscabo de la confianza general  que  el  documento  suscita  como  elemento  de  prueba  en  el  ámbito  de las  relaciones  sociales,  y por consiguiente de la fe pública, sino afectación de  derechos de terceras personas, ajenas al mismo”.   

          Después  de  referirse  a  la historia del surgimiento de la norma,  finalmente aclaró, refiriéndose al caso concreto,   

          “…que  la  Sala mayoritaria no está abogando por la    punición  de  la simple mentira, ni por ende de las meras afirmaciones mendaces  que  los  particulares o servidores públicos puedan hacer en los documentos que  presentan  con  el  propósito  de  obtener la liquidación y pago de cesantías  parciales.  Lo  que  ocurre es que en el presente caso la conducta del procesado  determinó,  adicionalmente, la afectación de una relación jurídica existente  con  el  Banco,  al  privarlo,   como  ya  se dejó dicho, de una garantía  previamente  constituida para respaldar el pago de una obligación adquirida con  la  entidad,  conducta  que implica la realización de la configuración típica  prevista en el artículo 221 del Código Penal”.   

          Resulta  pertinente,  entonces,  abordar  de nuevo el estudio que se  propone  en  la  demanda,  no  sólo  sobre  la  tipicidad  de  la conducta sino  también,  admitida  ésta,  sobre los eventos en los que a los particulares les  es exigible el deber de veracidad.   

         

En  consecuencia, la Sala de Casación Penal  de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

         

          1.   Inadmitir  la  demanda  de  casación  discrecional   respecto   del   cargo   principal  de  nulidad,  y  admitirla  con relación al subsidiario de  violación directa de la ley sustancial.    

          2.   Correr   traslado   del   asunto  al  Procurador Delegado en lo Penal, para que rinda su concepto.   

          Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                 ALFREDO         GÓMEZ  QUINTERO   

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO            ÁLVARO O.  PÉREZ PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN              JORGE   L.  QUINTERO MILANÉS   

No hay firma  

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS             MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Sentencia  del 29 de noviembre del 2000, radicado 13.231, M. P. Fernando Enrique  Arboleda Ripoll.     

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