22174(17-08-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22174  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 062  

Bogotá  D.  C.,  diecisiete  (17) de   agosto de dos mil cinco (2005).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la  demanda  de  casación presentada por el defensor del procesado HÉCTOR         FERNANDO         ALARCÓN         NIÑO.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“El primero de  noviembre  de  mil  novecientos noventa y ocho, aproximadamente a las diez de la  noche,    en   el   barrio   Garcés   Navas   de   esta   ciudad   (Bogotá), ALEXANDER GARCÍA ALVARADO se  dirigía  en  compañía  de varios amigos con un equipo de sonido para amenizar  una  reunión,  cuando  fueron  abordados  por  dos  individuos  que pretendían  despojarlos  del  electrodoméstico. Ante ello el joven García Alvarado hizo un  ademán  de  resistencia,  lo  que  motivó  que  uno  de  ellos  le lanzara una  puñalada  en el cuarto espacio intercostal izquierdo, lesión que le produjo la  muerte  minutos más tarde cuando era atendido en el Cami del sector.   

“De tales hechos  se  sindicó a los personajes apodados ‘Mancorna’ y  ‘Payaso’,  quienes  fueron identificados como  HÉCTOR   FERNANDO   ALARCÓN   NIÑO   y   CARLOS   ARTURO   RINCÓN   SANTAFE,  respectivamente…”.   

2. El Juzgado Veintiocho Penal del Circuito  de  Bogotá,  mediante  sentencia  fechada  el  9  de  mayo de 2002, condenó al  procesado  Héctor Fernando Alarcón Niño  a  la  pena  principal de 26 años de prisión, a la accesoria de  interdicción  de  derechos  y funciones públicas por el término de 10 años y  al  pago  de los perjuicios, como coautor de los delitos de Homicidio agravado y  hurto  calificado  y  agravado en grado de tentativa imputados en la resolución  de  acusación,  la  cual  quedó  ejecutoriada  el  29  de junio de 2001.    

3.  Apelado  el  fallo  por el defensor del  acusado,  el  Tribunal Superior de Bogotá, el 26 de mayo de 2003, lo confirmó,  decisión  contra la cual el citado profesional del derecho interpuso el recurso  extraordinario de casación.   

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El  defensor  del  procesado  Héctor  Fernando  Alarcón  Niño,  con  fundamento  en  las causales primera y tercera de casación, presenta dos cargos  contra   la   sentencia   del   Tribunal,   cuyos   argumentos   se   sintetizan  así:   Primer  cargo   

Acusa al sentenciador de haber incurrido en  violación  indirecta  de la ley sustancial por error de hecho generado en falso  juicio  de  identidad  “al  omitir  parcialmente el  contenido de las pruebas”.   

Sostiene que el fallo impugnado se apoyó en  parte  de  los  testimonios  de los acompañantes de la víctima y de uno de los  amigos  del  procesado,  lo  que  le  permitió  concluir en la existencia de la  certeza  sobre la responsabilidad de su procurado. Sin embargo, estima que tales  declaraciones   se   parcelaron   de  manera  arbitraria,  pues  no  se  sopesó  completamente  todo lo dicho por cada uno de los deponentes y se dejaron de lado  porciones sustanciales de los mismos.   

Luego   de  transcribir  apartes  de  las  declaraciones  rendidas  por Sonia Cecilia Mayor Guarnizo, Mauricio Peña, Mario  Sanabria  y  Diana Carolina Mayor Guarnizo, afirma que ninguno de los falladores  “reparó  con la suficiente lógica  que   los   testigos   no   podían  describir  a  quien  apodaban              ‘Mancorna’,    pues    no    le    vieron   la   cara,   habían   ingerido  alcohol  en la noche de los hechos, por lo  cual  no  recuerdan  mucho, y porque en el sitio había poca visibilidad; que se  enteraron     de    él     –‘Mancorna’–  porque  les  comentaron  posteriormente;  que  al  que   sí   vieron   en  el  barrio  fue  a ‘Payaso’,  que  la  otra   persona   acompañante   del   homicida  no  hizo nada,  se  estuvo  quieto en la escena del delito; que no hay claridad sobre el número  de  acompañantes  de la víctima, entre otras contradicciones que emergen si se  usan    correctamente    los   criterios   con   que   se   debe   analizar   el  testimonio”.   

Reitera  que  el  falso juicio de identidad  consistió  en  que  el  juzgador  omitió  porciones  del  contenido  de dichos  testimonios,   generándose   la   distorsión   de  los  mismos  y,  por  ende,  produciéndose  efectos  probatorios  contrarios  a  la  verdad  que  arroja  el  proceso.   

“El  dejar  de  lado  aspectos  fundamentales  sobre la forma como los testimoniantes reseñados  por  el  fallo  se  enteraron  del  acompañante  del  homicida,  las múltiples  contradicciones  sobre  la  intervención  de  éste en la escena del delito, el  estado  de  sanidad  y  la poca visibilidad al momento de la percepción de esos  declarantes,  le  significó  al  juzgado y al propio Tribunal, apartarse de los  criterios  que rigen el análisis del testimonio, para contentarse con maximizar  apartes  de  las  versiones incriminatorias, en un intento desesperado por hacer  ver            su            ‘contundencia’         y         ‘coherencia’,  con  lo  que, no solo se varió el contenido de esas pruebas, sino que, además,  se  quebraron  los  principios de la sana crítica, que de haber sido aplicados,  el   sentido   del  fallo  hubiese  sido  necesariamente  absolutorio,  dada  la  incertidumbre    de    la    responsabilidad   de   HECTOR   FERNANDO   ALARCÓN  NIÑO”.   

Agrega  que el error acusado conllevó a la  aplicación  indebida  de  los artículos 232 y 277 del Código de Procedimiento  Penal  y  a  la falta de aplicación del artículo 7 ibídem, es decir, la duda,  motivo  por  el  cual  solicita a la Corte casar la sentencia impugnada y, en su  lugar, absolver a su defendido.   

  Segundo  cargo   

Acusa al Tribunal de haber dictado sentencia  en  un  juicio  viciado  de  nulidad,  toda  vez  que  la  responsabilidad de su  defendido  se  apoyó  en  “una  compulsa de copias  ordenada  en  una  actuación  penal  que había recaudado pruebas en contra del  citado  ciudadano,  sin  que  éste  tuviera  la  posibilidad  de  intervenir en  ellas”.   

Dice  que  durante  el  curso  de  aquella  actuación  los  testigos se refirieron sobre la persona apodada “mancorna”,   las   actividades   que  desarrolló  en el barrio Garcés Navas y lo que hizo en el sitio de los hechos,  motivo  por  el  cual  las  autoridades  decidieron iniciar investigación en su  contra,  diligenciamiento  dentro  del  cual  fue  vinculado  su  defendido y se  ordenó   el  traslado  de  las  declaraciones  allí  recibidas.  No  obstante,  “para  la fiscalía fue indiferente el hecho de que  el    procesado    no    hubiera   intervenido   en   la   práctica   de   esas  probanzas”,   las   que  sirvieron  para  proferir  resolución de acusación en su contra.   

Asevera  que en el juicio se insistió, sin  éxito,   en   la  comparecencia  de  los  testigos  de  cargo.  “Nótese  cómo  a  pesar  de la importancia para las garantías del  debido    proceso    únicamente    se   les   citó   por   escrito”,   sin   que  el  juzgado  desplegara  la  necesaria  actividad  tendiente a asegurar la presencia de los mismos.   

Considera que la ausencia de los declarantes  en  el juicio conllevó a que los “medios defensivos  del  sindicado se vieran limitados, al no poder contradecir los medios de prueba  a  medida  que  se  iban  practicando,  como  lo  autoriza la constitución y el  procedimiento”.   

Agrega  que los derechos de su procurado se  vieron  “masacrados por la forma irregular en que se  incorporaron  al expediente unos testimonios recaudados en otra actuación donde  no  intervino  HECTOR FERNANDO ALARCÓN”, situación  que  al  ser  admitida  por  el  sentenciador no sólo lesionó los derechos del  acusado  sino  que  también  se  le colocó en condición desigual frente a los  demás  sujetos  procesales, pues mientras la defensa insistía en la asistencia  de    los   testigos   con   el   fin   de   interrogarlos   y   “lograr   el  necesario  reconocimiento  en  fila  de  personas,  la  fiscalía  y  luego el sentenciador de primera instancia desplegaron una tímida  actividad  para  lograr  la  comparecencia  de  esos declarantes, limitándose a  decir    que    practicaron    las    pruebas    en    lo    posible”.   

Por  ello, estima que al dictarse sentencia  condenatoria  fundada  en  “pruebas  practicadas  y  trasladadas  sin  la intervención del sujeto procesal contra el que se hicieron  valer,  el  juzgador se apartó de las garantías del debido proceso”  e  impidió  que  la  defensa  gozara  del  derecho  al debate  dialéctico   en   el  juicio,  irregularidad  sustancial  que  conllevó  a  la  violación  de  los  artículos 29 y 93 de la Constitución Política y 5°, 13,  23, 24 y 239 del Código de Procedimiento Penal.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  la  sentencia  impugnada y, por ende, la declaratoria de nulidad de lo actuado a  partir del auto que ordenó la prueba trasladada.    

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Advierte la Sala que la demanda presentada a  nombre   del   procesado  Héctor  Fernando  Alarcón  Niño   no  reúne  los  requisitos  de  claridad  y  precisión   que  para  ser  admitida  establecen  las  normas  que  regulan  la  casación.   

Ante     todo     debe   reiterarse    que   la   demanda   de   casación   no    es    de    libre  formulación,   por   lo   que    no    es    procedente    toda   clase   de  cuestionamientos   a   una   sentencia   que  por   ser   la  culminación  de  un proceso está amparada por la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, sino que debe ser un escrito claro,  lógico   y  sistemático  en  el  que,  al  tenor  de  los  motivos  expresa  y  taxativamente  señalados  en  la ley, se denuncian errores bien sea de juicio o  de  procedimiento  en  que  haya  podido incurrir el sentenciador, procediendo a  demostrarlos dialécticamente y evidenciando su trascendencia.   

Tales  presupuestos no los reúne el libelo  que  ocupa  la  atención  de  la  Sala,  pues  si  bien el actor anuncia que lo  sustenta  en  las  causales primera y tercera de casación, de todos modos en su  desarrollo  no  se respetan los parámetros y las reglas técnicas que la ley ha  establecido para tales hipótesis.   

En  efecto,  en cuanto tiene que ver con el  primer   cargo,  se  hace  necesario  recordarle  al actor que el falso juicio de identidad “tiene  lugar  cuando el juzgador se equivoca al apreciar la prueba,  dado  que,  obrando  en  el  proceso,  al  valorarla  distorsiona  su  contenido  cercenándola,  adicionándola o tergiversándola, caso en el cual está llamado  a  señalar  mediante el cotejo objetivo de lo dicho en el medio probatorio y lo  asumido  en  el  fallo,  qué  aparte  fue  omitido o añadido a la prueba, qué  efectos  se  produjeron  a  partir  de  ello  y, lo más importante, cuál es la  trascendencia  del  yerro  en  la declaración de justicia contenida en la parte  resolutiva  de  la sentencia atacada, tópico que no puede ser demostrado con la  exposición   subjetiva  del  criterio  del  impugnante  acerca  del  valor  que  corresponde  al  medio  de prueba que estima tergiversado, pues menester resulta  que  materialmente  acredite  que el error condujo a la falta de aplicación o a  la  aplicación  indebida  de  la  ley  sustancial  en  el  fallo,  esto es, que  corregido  el  yerro,  la prueba debidamente valorada en conjunto con las demás  modifica  sustancialmente  el  sentido  de  la  decisión reprochada”1.   

Así,  resulta  claro  que  el libelista no  acató  las  anteriores premisas, pues si bies es cierto que acusa la violación  indirecta  de  la  ley sustancial por error de hecho generado en un falso juicio  de    identidad,   en   la   medida   en   que   el   juzgador   “parceló”     o     “dejó  de  lado porciones sustanciales”  de  las  declaraciones  de  Sonia  Cecilia Mayor Guarnizo, Mauricio Peña, Mario  Sanabria  y  Diana  Carolina  Mayor  Guarnizo,  yerro  que condujo a predicar la  autoría   y   responsabilidad  de  Héctor  Fernando  Alarcón  Niño,  también  lo  es que no precisó de  manera  concreta  cuáles  apartes  de dichos testimonios fueron “dejados    de   lado”,   omitidos   o  tergiversados,  ni  evidenció  la  trascendencia  del  mismo  frente a la parte  resolutiva  del  fallo  impugnado,  sin  olvidar que tampoco correlacionó dicho  error  de  apreciación  con  los  restantes  medios  de  convicción que fueron  fundamento del juicio de responsabilidad.   

Por   el  contrario,  alejándose  de  la  hipótesis  enunciada,  dedica su discurso a afirmaciones tales como que ninguno  de   los  falladores  “reparó  con  la  suficiente  lógica  que  los  testigos  no  podían describir a quien apodaban ‘mancorna’,    pues    no    le   vieron   la  cara”,   o   que   en   el  lugar  de  los  hechos  “había      poca      visibilidad”,   o   que   supieron   de  la  existencia  de  “mancorna”   porque   “les  comentaron  posteriormente”, o que  “no  hay claridad sobre el número de acompañantes  de   la   víctima,   entre   otras  contradicciones  que  emergen  si  se  usan  correctamente  los  criterios con que se debe analizar el testimonio”.   

Como se advierte, su inconformidad radica en  la  credibilidad  que  los  juzgadores le otorgaron a las citadas declaraciones,  olvidando   que   la   simple   disparidad   de   criterios   no   constituye   yerro   demandable   en casación, pues de  acuerdo  con  el sistema de apreciación probatoria que rige el juzgador goza de  libertad  para  justipreciar  los  medios  de prueba allegados al proceso, sólo  limitado por los postulados que informan a la sana crítica.   

Ahora  bien, si la inconformidad del censor  estaba  destinada  a  demostrar  una  transgresión de los postulados de la sana  crítica,  aspecto  que se deduce cuando indicó que el Tribunal “quebrantó” dichos principios o que se  “apartó  de  los  criterios que rigen el análisis  del  testimonio”,  ha  debido  fundar  el  ataque a  través  del  error de hecho por falso raciocinio, señalando cuál fue la regla  de  la  lógica,  de  la ciencia o de la máxima de la experiencia vulnerada, de  qué  manera lo fue y su incidencia en la parte dispositiva del fallo, labor que  tampoco emprendió.   

Así  las  cosas,  se  observa  que  en  la  formulación  de  la censura hay inseguridad y confusión, poniendo en evidencia  la falta de claridad y precisión para su admisibilidad.   

Finalmente,   en   lo   que  respecta  al  segundo  cargo,  el  cual  fundó  en la causal tercera de casación y que le permitió afirmar que en este  asunto  se dictó “sentencia en un juicio viciado de  nulidad”,  olvidó  el  actor  que  la  coherencia  conceptual  y  el  rigor  metodológico de la casación imponen que dentro de la  demanda  se  debe dar aplicación al principio de prioridad en la invocación de  las  causales  y  la proposición de los cargos, toda vez que es necesario tener  en  cuenta  la  incidencia procesal que genere la prosperidad de alguno de ellos  respecto     del     efecto     corrector     o    invalidante    del    recurso  extraordinario.       

Al respecto ha dicho la Sala:  

“Ello obedece a  la  lógica  sobre  el  cual  está  edificado  este  recurso extraordinario. Su  racionalidad  impone  verificar  previamente,  esto  es,  antes de cuestionar el  fondo  de  la  sentencia,  si  la estructura y los instrumentos de garantía del  proceso  no  han sufrido escamoteo alguno. Sólo entonces, una vez constatada la  legitimidad  constitucional  del  procesamiento  que  le dio origen, es factible  entrar  a  auscultar  la  sentencia  en  sí  misma, en orden a comprobar si sus  soportes  probatorios  y el raciocinio que sobre ellos se ha operado, se ajustan  o  no  a  la legalidad”.2   

Así,  entonces, cuando de varios cargos se  trata  y uno de ellos se apoya en la causal de nulidad, el método, la lógica y  la  coherencia  precisan que primero se debe despejar todo aquello atinente a la  legalidad  y  validez  tanto  del  proceso  como de la sentencia impugnada, para  posteriormente   adentrarse  en  las  demás  materias  que  involucren  asuntos  relacionados  con  la  aplicación  de  la  ley  sustancial o con la valoración  probatoria,  pues,  como  lo  ha  enseñado  la  jurisprudencia, “no  es  razonable  que primero se acepte la validez del proceso, se  reproche  su  valoración  probatoria y se censure la indebida aplicación de la  ley,  y  luego  se  cuestione  la  eficacia  y legitimidad del mismo”                   3,   como   sucede   en   este  caso.   

De otro lado, cuando de la nulidad se trata,  para  el  éxito  de  la  impugnación  se  debe  identificar  el  acto procesal  irregularmente    cumplido,   demostrarse   la   omisión   de   un   desarrollo  jurídicamente  exigible  conforme  a  disposiciones  que  lo  establecen,  y la  incidencia  de  ello  en  el  proceso  o  en  la  sentencia,  con efectos en las  garantías  constitucionales  y  legales  reconocidas a favor del procesado o de  cualquier  otro sujeto procesal, o en la estructura del proceso, y que no puedan  ser subsanadas.   

Recuérdese   que   la   argumentación  correspondiente  a  la  causal tercera de casación, si bien tolera cierto grado  de  flexibilidad,  no escapa al cumplimiento de los requisitos que la ley exige,  pues son comunes a todos los motivos de censura.   

En esas condiciones, observa la Sala que el  reproche  se  quedó en el simple enunciado, pues el actor no demostró cómo la  irregularidad  invocada  incidió de manera ostensible en las conclusiones de la  sentencia  atacada,  al punto que de no haberse cometido necesariamente el fallo  habría sido favorable a los intereses de su defendido.   

En otras palabras, constituía una carga del  censor  indicar  a  la  Corte  cómo el hecho de “no  haber  podido  intervenir”  en  la práctica de las  pruebas  testimoniales  que  fueron  trasladadas  a este proceso, conllevó a la  flagrante  violación  del derecho de contradicción y del principio de igualdad  frente  a  los demás sujetos procesales, yerro que necesariamente de no haberse  cometido,  por  lo  menos, el fallo habría adoptado otra decisión favorable al  procesado.   

Además, no ilustró a la Corte cómo dicha  supuesta  irregularidad  afectó  seriamente  las  garantías  fundamentales del  procesado  Héctor Fernando Alarcón Niño,  es  decir, no indicó y mucho menos demostró cómo tales yerros  vulneraron  tanto  la  estructura del proceso y, correlativamente, el derecho de  defensa  de  su  procurado, sin dejar pasar por alto que confundió la garantía  del  debido  proceso  con  la  de  la defensa, olvidando que han sido claramente  diferenciadas  por  la ley y la jurisprudencia, pues en la primera hipótesis se  está  en  presencia  de  un  vicio  de  estructura  mientras  en  la segunda de  garantía,   sin  desconocer  que  hay  eventos  excepcionales  en  que  con  la  irregularidad  se  quebrantan los dos derechos, pero sin que demuestre que éste  sea uno de ellos.   

De  otra parte, la censura sufre un notorio  desvío   cuando   afirma   que  los  derechos  de  su  representado  se  vieron  “masacrados  por  la  forma  irregular  en  que  se  incorporaron  al expediente unos testimonios recaudados en otra actuación donde  no    intervino    HECTOR    FERNANDO   ALARCÓN”,  aseveración  que  no  es  propia de la causal invocada, pues si consideraba que  las     declaraciones    “trasladadas”  se  practicaron  con  desconocimiento  de  las   reglas   que   la   ley  establece  para  el   efecto,   ha debido  formular  el  reproche  bajo   los   postulados   de   la  violación  indirecta de la  ley   sustancial,   por  error  de  derecho  generado  en  un  falso  juicio  de  legalidad.   

Y   si  se  entendiese   que   quiso   aludir   al  falso  juicio  de   legalidad,   de  todos  modos  no  lo  demostró,   ya   que   no   indicó   cuáles  eran  las   normas  que  condicionaban  la  validez  de tales pruebas, en qué consistió el  error y su trascendencia frente a las conclusiones del fallo.   

Por   consiguiente,   ante   las  citadas  falencias, la Corte inadmitirá la demanda de casación presentada.   

Finalmente,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  del procesado  HÉCTOR  FERNANDO  ALARCÓN  NIÑO. En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                          HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                   EDGAR   LOMBANA  TRUJILLO                       

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN           JORGE  LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                   MAURO   SOLARTE  PORTILLA   

Permiso  

                   TERESA    RUÍZ  NÚÑEZ   

                     Secretaria     

1  Casación   23032  del  22  de  junio  de  2005,  M.P.  Dra.  Marina  Pulido  de  Barón.   

2  Casación  17281  del  19  de  junio  de  2003,  M.P. Dr. Álvaro Orlando Pérez  Pinzón.   

3  Casación   18656   del   21   de   abril   de  2004,  M.P.  Dr.  Mauro  Solarte  Portilla.     

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