21001(23-09-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21001  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 106  

          Bogotá,  D.  C.,  veintitrés  (23) de septiembre del dos mil tres  (2003).   

VISTOS  

          Mediante  sentencia  del 19 de noviembre  del  2002,  el  Juzgado  Penal  del  Circuito  del Archipiélago de San Andrés,  Providencia   y   Santa   Catalina   absolvió   a   los  señores  Édgar   Gómez   Romero  y  Carlos  Elías  García  Núñez  de  los  cargos que les fueran formulados.   

          El  fallo  fue  recurrido  por  los  delegados de la Fiscalía y del  Ministerio  Público  y,  en  decisión  del  31  de enero del 2003, el Tribunal  Superior  lo  revocó.  En su lugar, declaró a Gómez  Romero    y    García  Núñez  penalmente  responsables, como coautores, del  delito     de    homicidio    agravado,     en    concurso    –para  el  último-  con  el  de  lesiones  personales.  En  su orden, les impuso las sanciones de  32  años y 6 meses y 38 años de prisión; la inhabilitación para el ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por iguales lapsos y les negó la condena de  ejecución condicional.   

          El  defensor  de  los dos procesados acudió a la casación, que fue  concedida.   La  Sala  se  pronuncia  sobre  los  presupuestos  formales  de  la  sustentación presentada.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          En  horas  de  la  noche  del  11  de  noviembre  del  2001, se  celebraba  una  reunión  en  el  barrio  Back  Road  de la Isla de San Andrés.  Aproximadamente  a  la  una de la madrugada del día 12, se presentó una riña,  en  medio  de la cual Édgar Gómez Romero  y  varios  amigos  suyos esgrimieron y dispararon armas de fuego y  causaron  lesiones a Antonio González Martínez, Carlos Zúñiga Escobar y Juan  Manuel  Zúñiga Escobar. Como consecuencia de ellas, el último falleció el 14  del   mismo   mes.   Como   integrantes  del  grupo  agresor  fueron  señalados  Walter Guanga y Carlos          Elías          García         Núñez.   

          Adelantada  la  correspondiente  investigación,  el 25 de abril del  2002,   los   señores   Romero  Gómez  y      García     Núñez   fueron  acusados  como  coautores  del  concurso  de  delitos  de  homicidio agravado y lesiones personales.   

          Proferidas  las  sentencias  de  primera  y  segunda  instancias, se  acudió a la casación.   

LA DEMANDA  

          El apoderado formuló 3 cargos. Los desarrolló así:   

         

          Causal  primera,  cuerpo  segundo.  Violación  indirecta de la ley  sustancial.   

          Infracción  de los artículos 29-2 del Código Penal, y 7, 20, 232,  234  y  238  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  a causa de un error   de   hecho   por   falso  juicio  de  identidad.   

          El   Ad   quem  concluyó  en  un  inexistente  acuerdo  previo  por parte de los imputados para  cometer  los  delitos.  Para hacerlo, tergiversó las pruebas, “restándole lo  que  en  verdad  significan  y  quisieron  decir  los  testigos”. La sentencia  incurrió  en errores de apreciación y de valoración, “de igual manera no se  apreciaron  las  pruebas  en  su  conjunto…  con  una  pobreza argumental y un  abierto  desconocimiento  de  la  sana crítica concluyó el tribunal de que por  haber  estado  los  procesados  en  el lugar de los hechos eran culpables”. La  intención  de  Gómez Romero  no  fue  la  de  matar,  porque,  si  así  hubiera  sido, habría podido seguir  disparando contra el herido y otras personas.   

          Analizó  las  declaraciones  de  Fermín  Jairo Livingston y Édgar  Alberto  Mestra Pérez y concluyó que nada describieron sobre el acuerdo previo  que  dedujo  el  fallador,  además  de  que señalaron a Andrés Guanga como el  autor de la muerte.   

          La  Corporación  tuvo  que  acudir a la imaginación para tener por  demostrado  lo  que  no  estaba,  al  extremo  que “la fantasía jurídica del  tribunal  pudo  más que la verdad y realidad probatoria… recurrió al invento  probatorio”,  en  tanto que “Para nada tuvo en cuenta… las indagatorias de  los  procesados  y los interrogatorios que se dieron en la vista pública, donde  cada  uno  dice  la  verdad”.  Por  su  parte,  el fallo de primera instancia,  “resulta  contundente…  (y) es un fiel reflejo de las pruebas obrantes en el  expediente”.   

          Solicitó  se  case la sentencia, para que en su lugar se absuelva a  los  acusados. “Subsidiariamente y con base en los mismos argumentos impetro a  favor de los mismos la duda (in dubio pro reo)”.   

          Causal tercera, nulidad.   

          Primero.  En  la  instrucción  y  en  el  juicio   se   incurrió   en   irregularidades  sustanciales  que  afectaron  el  debido   proceso.  En  su  indagatoria,    Édgar   Gómez   Romero  manifestó  que  aceptaba los cargos por  lesiones,        no       por       homicidio,  y se le impidió hacerse a la  rebaja  de  una  tercera  parte  de  la pena; también citó varios testigos que  estaban  en  el  lugar,  que  no  fueron  llamados  a  declarar, con lo cual fue  infringido   el   mandato   de   una   investigación  integral. La resolución de acusación fue ilegalmente  motivada.  No se notificó la iniciación de la fase del juicio, lo que impidió  a la defensa pedir pruebas.   

          Reclamó  la  nulidad  desde  la diligencia de descargos, o desde el  comienzo del juzgamiento.   

          Segundo.  En  la  instrucción  y  en  el  juzgamiento    se   lesionó   el   derecho   a   la  defensa.   La   acusación  y  el  fallo  de  condena  carecieron  de  motivación y  sin “la más mínima existencia de pruebas  para  ello…  la  más  mínima  sospecha  se  ha  convertido  en la guillotina  jurídica…  que jamás en nuestra legislación es medio de prueba, y lo que es  peor  aún,  les  da  un  concepto  errado  al  erigirlo en indicios”. El juez  colegiado   no   apreció   en  forma  racional  y  científica  los  medios  de  convicción,  “pues  el fundamento de la sentencia es gaseoso, abstruso y poco  claro”.  Al “no darse claridad (motivación) a la providencia acusatoria y a  la SENTENCIA”, se vulneró la garantía de contradicción.   

          Pidió  se  anule el fallo del Tribunal, o desde el momento previo a  la resolución de acusación.   

CONSIDERACIONES  

          De  conformidad  con  el  artículo 213 del Código de Procedimiento  Penal,  “Si  el  demandante  carece  de  interés  o  la demanda no reúne los  requisitos  se  inadmitirá  y  se  devolverá  el  expediente  al  despacho  de  origen”.   

          A  ello  procederá  la  Sala,  pues  el  escrito  no  cumple con la  exigencia   del   artículo   212-3,  esto  es,  el  actor  no  presentó  “La  enunciación  de la causal y la formulación del cargo, indicando en forma clara  y  precisa sus fundamentos y las normas que el demandante estime infringidas”.   

          Las siguientes, son las razones:   

          El  impugnante  no  recordó  el principio  de   prioridad,  en virtud del cual quien hace reproches al fallo invocando varias  causales,  debe  postularlos  en  orden  lógico, comenzado por aquella de mayor  amplitud.   

          Desde   este   punto   de   vista,   los   motivos  de  nulidad  tienen  que  ser  propuestos  en  primer  término  pues  si  uno  de  ellos,  o  todos,  prosperan,  se impone la  invalidación   de  lo  actuado, evento en el que sería superfluo ocuparse  de    otros    reproches,    vgr.   los   relacionados   con   la   violación       de       la       ley       sustantiva.   

          El  recurrente  no explicó, y le correspondía hacerlo, que los dos  reparos      por     nulidad     fueran     formulados     como     subsidiarios.  Con  ello  se  apartó del  artículo  212 del Código de Procedimiento Penal, pues según este es permitido  formular  cargos  excluyentes,  siempre que se haga de  manera subsidiaria.   

          Fíjese  la  atención en esto: el actor reclamó coetáneamente, de  una   parte,   dictar   sentencia   absolutoria   de  reemplazo,  consecuencia  de  la  causal  primera  de  casación;    y,    de    la    otra,    anular   la  actuación, resultado de la causal tercera. Y como una  cosa  no  puede  ser  y  no  ser,  a  la  vez, por el mismo respecto, rompió el  principio  lógico  de  no contradicción.  La  situación  es  nítida: o fueron desconocidas las garantías  fundamentales   –debido  proceso  y/o  derecho  de  defensa-,  en  cuyo  caso se impone la anulación del  proceso;  o  éstas fueron respetadas  íntegramente, evento en el cual sí  es posible pensar en proferir una sentencia sustitutiva.   

          Y, en detalle, respóndese la demanda:   

         

          Sobre las nulidades.   

          El debido proceso.   

          Se   objeta   a  la  justicia  que  no  se  hubiera  desplegado  una  investigación   integral.  Dijo  el  actor que se violentaba tal axioma porque no fueron practicados varios  testimonios.   

          De   entrada   se   percibe  que  no  explicó  cuáles  fueron  las  declaraciones  omitidas  y  que,  además,  no  demostró  la  incidencia de las  omisiones  en  la  situación  de  los  procesados, como tampoco qué se habría  logrado en pro de los mismos si se hubieran recibido.   

          Pero    hay    algo    más:    la   infracción   al   principio   de   investigación  integral  constituye,   en  estricto  sentido,  más  allá  de  quiebra  al  debido  proceso  abstracto, violación al  derecho  de  defensa.  Por  tanto,   lo   apropiado   era   aducirla   dentro   de   este  y  no  dentro  de  aquél.   

          El   censor  utilizó  la  siguiente  frase:  “la  resolución  de  acusación  fue  ilegalmente  motivada, lo cual viola el debido proceso”. Pero  avanzó  hasta  allí  y  allí  se  quedó. No desarrolló sus palabras, ni las  corroboró.  La  Corte,  entonces,  no puede tratar de desentrañar la razón de  ser  de  los  términos usados por el casacionista. Era él quien debía cumplir  esa labor.   

          Para  concluir  sobre  este  punto,  afirmó  el actor que se había  faltado  a  las  formas  propias del juicio porque    no “se le  notificó  a  las  partes  sobre  el inicio de la causa… y por ello no pudo la  defensa solicitar pruebas ni pedir nulidad”.   

          Sin  embargo,  no  indicó el apoyo jurídico de su conclusión y la  norma   que   citó,  el  artículo  400  del  Código  de  Procedimiento  Penal  –apertura  a  juicio-, no  exige notificación.   

          Pero,  además,  a renglón seguido afirmó que había sido enterado  del  auto  que  señalaba  fecha  para  la  audiencia  preparatoria.  Es  claro,  entonces, que no pudo haber  ninguna  afectación pues precisamente dentro de esta diligencia se puede aducir  la nulidad.   

          La  respuesta  a  la  demanda  en  este  tema  es  elemental:  si lo  aseverado  por  el  demandante  como  ruptura  del  debido  proceso choca  de  frente  con normatividad totalmente objetiva,  y  si  el  mismo libelista enseña que no pudo haber vulneración  alguna  porque aquello que dice inicialmente es negado de inmediato, lo imputado  carece de fundamentación y de desarrollo.   

          El   derecho  de  defensa           .   

          En  primer  lugar,  comenta  el  demandante  que fue desconocida tal  garantía  porque  “la  sentencia  del  tribunal  es  abiertamente  carente de  motivación”. Pero:   

          No   hizo   las   citas  correspondientes  a  la  demostración  del  aserto.   

         El     cargo     que    presentó    como    primero    –violación   indirecta   de   la  ley  sustancial  por  falso  juicio de identidad- niega franca y rotundamente aquello  que  en  este afirma. Y no se puede aceptar tanta contradicción. Mientras ahora  le  reprueba  al  juez que no hubiera motivado su sentencia, en el otro cargo le  cuestiona  largamente  las  fundamentaciones  que  hizo en su fallo. Es nítido,  así,  que  del  análisis  contextual  de  la  demanda  resulta el carácter de  sin  sentido de este reparo.  Mejor  dicho,  el propio actor se encarga de dejar sin desarrollo aquello que ha  propuesto.   

         Basta mirar el escrito de casación para  roborar  lo  dicho:  que  el  Tribunal basó su decisión de condena “en meras  sospechas”  que convirtió en “guillotina jurídica” y a las que “les da  un  concepto  errado  al  erigirlo en indicios”. Es palpable, entonces, que el  Ad quem argumentó su fallo,  lo  que  se  ratifica  con otras palabras del demandante: “el fundamento de la  sentencia  es  gaseoso,  abstruso y poco claro”. Y, como también es obvio, el  hecho  de  que  el letrado no comparta las razones del sentenciador no significa  que no las tuviera.   

         

         Sobre  la  violación indirecta de la ley sustancial debida a error  de hecho por falso juicio de identidad.   

         Al  actor  le  competía  señalar que en el proceso de aprehensión  del         medio,         el         Tribunal        había        distorsionando los alcances reales de uno  o  varios elementos de juicio, es decir que les había suministrado un contenido  diverso  al que en realidad tenían. No lo hizo. Prefirió realizar un análisis  personal  de  las  pruebas  de  cargo  para pedir a la Sala que privilegiara sus  conclusiones,  por  encima  de las extractadas por la justicia. Por supuesto, no  obró  bien,  pues  el  juez  de  casación  no  ha sido creado para que compare  planteamientos,  sino para que examine si en verdad el juez de segunda instancia  al  proferir  su  sentencia  ha  incurrido en los errores que como protuberantes  debe indicar el actor.   

         En  materia  de  casación  el  censor tiene como carga demostrar la  ilegalidad  de la decisión.  Para  ello,  debe indicar en forma precisa  los yerros que imputa. Esto, desde luego, no puede ser suplido con  la  confección  de  estudios  genéricos   ni   con   la  invitación  que se haga a la Corte para que se convierta en tercera instancia,  confronte  los  fallos de primera y segunda instancias y, finalmente, desconozca  la vigencia de éste y restablezca la de aquel.   

         El  apoderado no probó ninguna tergiversación. Con ello, entonces,  es claro que el Tribunal no incurrió en falso juicio de identidad.   

         Y,   de   pronto,   sin   explicación   alguna,  se  trasladó  del  falso juicio de identidad al  falso   raciocinio.  Basta  recordar   sus  palabras,  expresadas  luego  de  que  afirmara  que  se  había  infringido  el  artículo  238  del Código de Procedimiento Penal, norma que se  refiere  a la apreciación de las pruebas con fundamento en la sana crítica: el  juzgador  incurrió en “una pobreza argumental y un abierto desconocimiento de  la  sana  crítica… (La) errática posición de la sentencia es contrario a la  filosofía  de  la  sana crítica, que debió aplicarse a las pruebas para luego  asignarle el valor a cada una”.   

         Como  se  percibe  con facilidad, entonces, enunció falso juicio de  identidad    y    luego    se    pasó    al   falso  raciocinio.       Esto,       obviamente,      es  incorrecto.   

         En  la  hipótesis  de  que  el demandante hubiera atinado porque la  modalidad   desarrollada   fuera   falso  juicio  de  identidad  –como  se  sostuvo  por  la jurisprudencia en una época- o porque se  quisiera  entender  que,  salvo  un lapsus,  realmente  se  inclinaba  por  el falso  raciocinio,    tampoco   produciría  frutos  su  escrito  pues en este último evento siempre es imprescindible que el impugnante  demuestre  cuáles  reglas  de  la  experiencia,  principios  lógicos  o  leyes  científicas  (componentes esenciales de la sana crítica) han sido desconocidos  por  la judicatura y, a renglón seguido, cuáles reglas, principios o leyes han  debido  ser  los  aplicados,  y  de qué manera, en el caso concreto. De nada de  esto se ocupó.   

         En  otro  sitio  del  libelo,  volvió  a  tomar  rumbos diferentes.  Concretamente,   a  pesar  de  haber  anunciado  infracciones  por  falso  juicio  de  identidad, de nuevo se  fue  para  otro  lugar,  ahora  al  falso  juicio  de  existencia.   En  efecto,  afirmó:  “Necesitó  el  fallador  de  segundo  grado  de  acudir  a  la imaginación… Recurrió a unos  pobres  argumentos  de  imaginación  para  deducir la certeza para condenar. La  fantasía  jurídica  del  tribunal  pudo más en la sentencia que la realidad y  verdad  probatoria…  recurrió al invento probatorio”. Esta conducta tampoco  la podía adoptar.   

         Si  se  aceptara  lo  anterior como jurídico y válido, habría que  acotar  algo  más:  aparte  de  sus  términos  genéricos,  el  recurrente  no  especificó  los  medios  probatorios  supuestos, inventados o imaginados por el  Tribunal.   

           Expresó  que “en la sentencia se le añade a las pruebas hechos  no  dicho  por  los  testigos”,  palabras  que  ciertamente dan para pensar en  falso  juicio  de identidad.  Pero  no desarrolló ni demostró la idea. No concretó los medios cognoscitivos  que  sufrieron la infracción, como tampoco, específicamente, los textos que al  ser agregados cambiaron el sentido de las pruebas.   

         Después   retornó,  en  contra  de  la  violación  propuesta,  al  falso  juicio de existencia,  con  estas  frases: “para nada  tuvo en cuenta… las indagatorias de los  procesados  y los interrogatorios que se dieron en la vista pública, donde cada  uno dice la verdad”. Ya se ha dicho que no podía hacerlo.   

         

         De  todo  lo  anterior se desprende que el escrito presentado por el  defensor  no  reúne  los  requisitos  elementales  básicos exigidos por la ley  procesal penal.   

         Consecuente  con lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

         

         Inadmitir   la   demanda   de  casación  presentada.   

         Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

Notifíquese y cúmplase.  

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS             CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                              

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO            ÉDGAR   LOMBANA  TRUJILLO                        

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN             MARINA      PULIDO     DE  BARÓN                          

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS            MAURO   SOLARTE  PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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