20756(22-05-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  20756   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado   Acta   No.   056   (mayo 20 de 2003).   

          Bogotá   D.C.,   veintidós   (22)   de   mayo   de  dos  mil  tres  (2003).   

VISTOS  

Decide la Sala de fondo sobre las demandas de  casación  presentadas  por  el apoderado de Rosa Delia  García, reconocida como parte civil y por el defensor  de  DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE,  contra  la  sentencia de segunda instancia proferida por el Tribunal Superior de  Bogotá  el  20  de  agosto  de  2002,  mediante la cual fue condenado a la pena  principal  de  37  meses  de  prisión  al encontrarlo responsable en calidad de  autor  del  delito  de  homicidio culposo del que resultó víctima Doris  Adriana Niño García, decisión que  modificó  el  fallo  dictado el 26 de enero de 2001 por el Juzgado 46 Penal del  Circuito  de  esta  ciudad,  que  lo  había condenado a la pena principal de 12  años    y    6    meses    de    prisión    por   el   delito   de   homicidio  preterintencional.   

          La  Procuradora  Primera  Delegada para la Casación Penal sugiere a  la  Corte  no  casar el fallo impugnado, por la falta de técnica y de razón en  la  demanda del apoderado de la parte civil, y por no compartir las conclusiones  a las que arriba el defensor del procesado en su libelo.   

HECHOS  

          Aproximadamente  a  las  12  de  la  noche  del  14 de mayo de 1997,  Doris  Adriana  Niño García  se   trasladó   en   compañía  de  Oswaldo  Alvarez  Rueda   por  solicitud  telefónica  de  DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE  a un apartamento  que  este  ocupaba en el norte de la ciudad de Bogotá, donde se reunió con él  y  con Luz Consuelo Martínez,  y  luego  de  consumir  estupefacientes y mantener relaciones sexuales violentas  fue  enterada  del embarazo de esta última, lo que desencadenó una riña entre  las   mujeres   que   fue   acallada   por   DIOMEDES  DÍAZ  ocluyendo  la  boca  y  nariz  de  Doris  Adriana,  dando  lugar a su muerte,  asociada  a  otros  factores.  Para  ocultar  el  fatal  desenlace  Oswaldo   Álvarez   Rueda   trasladó  el  cadáver  de la víctima al Alto del Sote ubicado en la vereda de San Onofre del  municipio de Combita Boyacá.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

Con  fundamento  en el acta de levantamiento  del  cadáver  de  una  mujer sin identificar encontrado en la vereda San Onofre  del  municipio  Combita  (Boyacá)  el  15 de mayo de 2002, el Coordinador de la  Unidad  de  Fiscalías de Reacción Inmediata de Tunja dispuso al día siguiente  la  correspondiente  indagación  preliminar,  y  luego  de  practicadas  varias  diligencias  la  Fiscalía  Primera  Delegada  de la Unidad de Delitos contra la  Vida  de  Bogotá  abrió la instrucción el 3 de octubre de 1997, en cuyo marco  vinculó  a  varias  personas,  entre  ellas a DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE  quien fue escuchado en indagatoria. Al  resolverle  su  situación  jurídica  la  Fiscalía  lo  afectó  con medida de  aseguramiento  de  detención preventiva sin derecho a libertad provisional como  presunto autor del delito de homicidio agravado.   

Rosa Delia García,  madre  de la víctima, presentó a través de apoderado demanda de constitución  de  parte  civil que fue admitida el 2 de diciembre de 1997; el 23 del mismo mes  se  negó  la  solicitud de revocatoria de la medida de aseguramiento presentada  por   el   defensor   de   DIOMEDES  DÍAZ.   

Cerrada  la  investigación,  el  Director  Nacional  de  Fiscalías  asignó el proceso a la Unidad de Fiscalías Delegadas  ante  el  Tribunal  de Bogotá, correspondiéndole al Fiscal 24, quien calificó  el  mérito  del  sumario  el 27 de marzo de 1998 con resolución de acusación,  entre  otros, contra DIOMEDES DÍAZ MAESTRE  como  posible  autor  del delito de homicidio culposo; providencia  que  la  Unidad  de  Fiscalía Delegada ante esta Corporación modificó el 9 de  junio  de  1998,  al  desatar  la  impugnación  interpuesta por el defensor del  procesado,  así  como  por  el  apoderado  de  la parte civil, en el sentido de  acusar    al    referido    incriminado    por    el    delito    de   homicidio  preterintencional.   

          La  etapa  del  juicio correspondió adelantarla al Juzgado 46 Penal  del  Circuito  de  Bogotá, donde el 2 de marzo de 2000 fue declarada la nulidad  de  lo  actuado  desde la calificación de la instrucción, por la existencia de  prueba   técnica   sobreviniente   a   la  acusación  que  podría  variar  la  calificación  jurídica  del  delito,  determinación  que  fue revocada por el  Tribunal Superior de la misma ciudad el 30 de mayo siguiente.   

Realizada la audiencia pública se profirió  sentencia  el  26  de  enero  de 2001, por cuyo medio se condenó a DIOMEDES     DÍAZ     MAESTRE,    entre  otros, a la pena principal de  12  años  y 6 meses de prisión y a la accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas  por  10  años,  al  hallarlo  penalmente  responsable  en  condición  de autor del delito de homicidio preterintencional. Así mismo se lo  condenó  al  pago  de  los  perjuicios  ocasionados y se le negó la condena de  ejecución condicional.   

El  fallo  adverso  fue  impugnado  por  el  defensor  y  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá lo modificó el 20 de agosto de  2002,  en  el  sentido  de  condenar  a  DIOMEDES DÍAZ  MAESTRE  a la pena principal de 37 meses de prisión y  multa  de  $10.000.oo por encontrarlo responsable en calidad de autor del delito  de   homicidio   culposo   de   Doris  Adriana  Niño  García.   Esta   sentencia   es   ahora   objeto  de  impugnación extraordinaria.   

LAS DEMANDAS  

Libelo   del   apoderado   de   la  parte  civil   

El censor plantea tres reproches al fallo de  segundo grado, así:   

          Causal tercera:   

          Primer    motivo:    Nulidad    por   falta   de   competencia   del  Tribunal   

Considera el actor que el Tribunal de Bogotá  carecía  de  competencia para proferir el fallo atacado, pues los artículos 32  y  34  de  la  Ley  81  de 1993 disponían que el impugnante debía sustentar el  recurso  so  pena  de  ser  declarado desierto, y que la apelación permitía al  superior  revisar  únicamente  los  aspectos impugnados; normas que aún están  establecidas,  con  la  modificación  de  que  sólo se admite la sustentación  escrita del recurso.   

         

Señala,  que los artículos 194 y 204 de la  Ley   600   de   2000  regulan  los  aspectos  referidos  a  la  interposición,  sustentación,  sanción  por  no  sustentar  y  competencia  del  superior para  decidir    sobre    aspectos   inescindiblemente   vinculados   al   objeto   de  impugnación.   

          Entonces,   estima  que  si  el  recurrente  del  fallo  de  primera  instancia  no  lo  sustentó,  debió  ser  declarado desierto, y como a ello no  procedió  el Tribunal, la decisión proferida por tal corporación se encuentra  viciada de nulidad.   

          El  demandante  precisa  que  si  “apelar  significa  inconformidad  con  el acto demandado”, el  defensor  de  DIOMEDES DIAZ no  procedió  a plantearla, pues tanto en la sustentación oral del recurso como en  el  escrito  que  entregó  en  la  audiencia  de  sustentación  se  dedicó  a  “presentar  su  particular e interesada apreciación  de  la  prueba  y luego a atacar a la Fiscalía por la calificación que hizo en  la  resolución  que  culminó la etapa instructiva”;  por  tanto,  es  claro  que atacó la acusación pero no la sentencia. Y si ello  fue  así,  la  impugnación  se  quedó  sin sustento, pues nada dijo acerca de  errores  del  juez,  equívocos, pruebas mal apreciadas o fallas de la decisión  censurada.   

Para  acreditar lo expuesto, el casacionista  transcribe  apartes  de  la  sustentación  del  recurso de apelación del fallo  ofrecida  por  el defensor, de donde concluye que la sentencia no fue reprochada  con  la  exposición  oral  y escrita, y que en consecuencia, debió el Tribunal  declarar  desierto  el  recurso  interpuesto,  circunstancia  que en su criterio  determina  la  nulidad  de  lo actuado por falta de competencia del ad   quem  para  pronunciarse  en  segunda  instancia.   

          Como  normas  violadas señala los artículos 215 y 217 del anterior  estatuto  procesal  penal,  que  corresponden  a  los artículos 194 y 204 de la  normativa procesal penal en vigencia.   

          Con  base  en  lo  expuesto  solicita  a la Corte casar la sentencia  atacada,  declarar  la  nulidad  de  lo  actuado  a  partir  de la diligencia de  sustentación  del  recurso  de apelación interpuesto contra el fallo de primer  grado  y  remitir  las  diligencias  al  Tribunal  para  que declare desierto el  referido recurso por falta de sustentación.   

          Segundo   motivo:   Nulidad   por   ausencia   de   citación   para  notificación del fallo   

          Como  “otra causal de nulidad”,  el  demandante postula una irregularidad sustancial que afecta  el   debido   proceso,   pues   considera   que  el  a  quo  demoró más de cinco meses en dictar el fallo, y  pese  a  tal  circunstancia,  omitió citarlo para que concurriera a notificarse  cuando  finalmente  fue  proferido, lo que le coartó la posibilidad de impugnar  temas de su interés.   

          Precisa  que  “el problema radica en que  el  Juzgado  no  procedió equitativamente con respecto a la notificación de la  sentencia,  ya  que  si  bien es cierto las partes deben estar pendientes de las  decisiones  judiciales,  ello  es  exigible  dentro  del  término  que tiene el  funcionario  para  dictar  el  fallo,  y  si  se  quiere  hasta  en el doble del  término,  pero  lo  que  si está fuera de toda previsión es pretender que los  sujetos   procesales   deban   permanecer   durante   cinco   meses  preguntando  semanalmente  por  la  sentencia.  Esto  excede todos los marcos de diligencia y  acuciosidad exigibles”.   

          El  censor  expresa  que  el  Juzgado  envío  comunicaciones  a los  sujetos  procesales  para  que comparecieran a notificarse, pero no procedió de  igual  manera  con él, y que “cuando volvimos por el  Juzgado  a  preguntar  por  la  marcha  de  la actuación se nos informó que la  sentencia  ya  se había expedido, ya había sido notificada y sería enviado el  expediente   al   Tribunal   para   sustentación   de   la  apelación  de  los  procesados”,   proceder   con   el   cual   se   le  imposibilitó   impugnar   el   monto   de  los  perjuicios  señalados  por  el  a quo.   

          Por  lo  anotado, el censor estima vulnerado el debido proceso de la  parte  que  representa,  pues  el Juzgado, a pesar de no tener la obligación de  citarlo  para  que concurriera a notificarse,  debió proceder a ello, como  sí  lo  hizo  con  los demás sujetos procesales, pues se encontraba en mora de  proferir  el  fallo,  situación  que  evidencia un trato desigual y vulnera los  principios  de justicia equitativa, leal y observadora de las formas propias del  juicio.   

Como  normas violadas señala los artículos  29  de  la  Carta  Política, 1º, 5º, 6º, 9º, 10, 16, 17 y 21 del Código de  Procedimiento Penal vigente, y 16 de la Ley 446 de 1997.   

Por  tanto,  solicita  a  la  Corte casar la  sentencia  impugnada, declarar “la nulidad de todo lo  actuado   a   partir   de   la   expedición   de   la   sentencia   de  primera  instancia”  y  remitir las diligencias al Juzgado 46  Penal  del  Circuito  “para que notifique en igualdad  de  condiciones  a todos los sujetos procesales la sentencia que expidiera el 26  de enero del 2001”.   

          Tercer  motivo: Nulidad porque la Juez no consiguió que los peritos  dictaminaran sobre los perjuicios   

Expresa  el  censor  que  si bien el Juzgado  cumplió  con  la  designación  de  peritos  que  solicitó  la parte civil, no  adelantó  gestión  alguna  para  que  el  experticio  finalmente  obrara en la  actuación,  circunstancia  que incidió en el proceso, pues le corresponde a su  poderdante  conformarse  con  una  liquidación  de  perjuicios  “que  más  parece  la  indemnización por unas lesiones leves que el  pago  de  la  vida  de una profesional con toda una vida por delante”.   

          Cargo  segundo:  Error de hecho por falso  raciocinio   

El  impugnante  lo  formula como subsidiario  “para que sea estudiado en la eventual situación de  que  la  H.  Corporación  no  comparta  el  cargo  de  nulidad  propuesto  como  principal”.  Lo  postula  al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  por  violación  indirecta  de la ley  sustancial  determinada  por  error hecho por falso raciocinio que condujo en el  fallo  atacado  “a  conclusiones  que riñen con las  normas  de  la  experiencia,  las  leyes  de  la  ciencia y los principios de la  lógica”.   

Para  demostrarlo  el  actor  expone  que el  sentenciador  concluyó  que  “la muerte de la occisa  se  produce  por hipoxia, asfixia consecuencial a actividades sexuales violentas  con  consumo  de cocaína y maniobras del procesado DIOMEDES DÍAZ MAESTRE sobre  boca   y   nariz   de   DORIS  ADRIANA  NIÑO  GARCÍA,  que  le  produjeron  su  deceso”;   y   que   en  el  mismo  fallo  se  dijo  “que el único dictamen que le ofrece serios motivos  de  credibilidad es el emitido por la Junta de Peritos del Instituto Nacional de  Medicina  Legal  en  razón de la idoneidad de los peritos y su vinculación con  el Instituto”.   

          Además   señala   que   la   sentencia   precisa,  “respaldándose  en  autores,  que  la  muerte por sofocación es muy  rara  en  adultos,  ya  que  estos  se pueden defender de la agresión, y que en  consecuencia  esta  clase de homicidios ocurre más frecuentemente en niños, en  ancianos o enfermos débiles”.   

          Considera  el  casacionista  que  “si la  muerte  de DORIS ADRIANA NIÑO se produce porque DIOMEDES DÍAZ le tapó la boca  y  la  nariz  para  que  no  gritara  o  para que se callara, ésta no puede ser  culposa,  porque  según  nos  ha  dicho la misma sentencia, para ocasionarla se  requeriría  de  una  violencia extrema, de tal manera que el procesado tuvo que  acudir  a  violencia  extrema,  probablemente  ayudado  por  la  otra mujer para  eliminar  a  quien  acababa  de  tener  una  riña con su compañera”,   de   donde   concluye   que   “el  sentenciador  ha  violado  el  principio  lógico  de  no  contradecirse  en  la  presentación   de  la  argumentación,  porque  resulta  completamente  absurdo  proponer  que la muerte por sofocación en adultos es muy demorada y requiere de  alta  dosis de violencia, para unos folios más adelante afirmar sin ruborizarse  que  el  procesado  eliminó  a  la occisa sin intención, por haberle tapado la  boca”.   

A  continuación  el  apoderado  de la parte  civil  destaca  que  “el  yerro  en que incurrió el  sentenciador  al  caer en el falso raciocinio expuesto lo llevó a violar la ley  sustancial  por aplicación indebida de la norma que regula el homicidio culposo  y   falta   de   aplicación   del   artículo   que   consagra   el   homicidio  preterintencional.  Y  concluye precisando en cuanto a  la  trascendencia  del  yerro que “es de tal magnitud  que  es  el  fondo  de  la cuestión, pues una sentencia proferida por homicidio  preterintencional   fue   transformada   en   un  homicidio  culposo”.   

Con  base en lo anotado, solicita a la Corte  casar  la  sentencia  impugnada,  y  en su lugar proferir fallo de reemplazo por  cuyo    medio    se    condene   a   DIOMEDES   DÍAZ  MAESTRE     por     el    delito    de    homicidio  preterintencional.   

          Demanda   del   defensor   de   DIOMEDES  DÍAZ   

          El  defensor  del  procesado formula un único cargo contra el fallo  proferido  por  el  Tribunal al amparo de la causal primera de casación, cuerpo  primero,   por   violación   directa   de  la  ley  sustancial  “derivada  de la indebida aplicación de los artículos 329, 330 y 37  del Código Penal de 1980”.   

Comienza  por  señalar  que “dado  que  en la sentencia acusada se modifica la valoración que en  primera  instancia  se  había hecho respecto del material probatorio recaudado,  la  presente demanda de casación se atendrá a la apreciación que de la prueba  hizo   el  Honorable  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  específicamente  en  lo  relacionado  con  aquellas  circunstancias que a su juicio ocasionaron la muerte  de  DORIS  ADRIANA  NIÑO”, la cual, según el fallo  impugnado  se  debió  “a  la  conjunción de varios  factores:  el  consumo  excesivo  de  cocaína,  relaciones  sexuales violentas,  laceración  y  hematoma  en la mucosa del labio inferior, hematoma frontal y la  impresión  que le generó la recepción de una desagradable noticia”.   

          Dice  el  defensor  que  “el  error  del  Tribunal  Superior  de  Bogotá  consistió  en entender que en el presente caso  están  dados  los  requisitos  propios  de  la  imprudencia  (culpa), cuando en  realidad  ello  no  ocurre”  conclusión  a  la cual  llegó  por  “una  equivocada interpretación de los  presupuestos  teóricos  de  la imprudencia (culpa)”,  razón  por  la  cual  “la  sentencia  se ataca como  violación   directa   por   aplicación   indebida   de   la  norma”  ya que “los artículos 37, 329 y 330  del  Código  Penal  de  1980  no son aplicables en el presente caso”.   

          Precisa  que lo procedente es invocar la indebida aplicación de los  preceptos   mencionados,   aún   cuando   en   la  exposición  “señale  que  esa  indebida  aplicación  tiene  su fundamento en la  equivocada  interpretación  que  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  dio a los  presupuestos   del   delito  imprudente  (culposo)”,  habida  cuenta  que  “la invocación de la violación  directa  por  indebida  aplicación  de  una  norma puede tener fundamento en la  errada    interpretación    que    de    la   misma   hace   el   fallador   de  instancia”   como   lo   ha   admitido   la  Corte.   

En punto de la existencia de una laceración  y  un  hematoma  hallados  en  la  mucosa  del labio inferior de la víctima, el  impugnante  expresa  que  el  Tribunal  al  momento  de  pronunciarse  sobre  la  violación  del  deber  de  cuidado  de  su  asistido  no se refirió a aquellas  heridas,  de  donde  concluye  que no se atribuyó su producción a DIOMEDES    DÍAZ,   puntualizando   que  “así  se  desprende,  por  lo  demás,  de la misma  determinación  recurrida,  en  la  cual  se  advierte  que  la laceración y el  hematoma  hallados  en la mucosa del labio inferior de la occisa no corresponden  a  un  intento  de asfixiarla mecánicamente, pero que deben ser entendidos como  producto  de  la  actividad  de  terceras  personas,  sin hacer ninguna clase de  precisión    sobre    los    posibles   autores   de   los   mismos”.   

          Por  tanto,  señala que no se ocupará de las referidas lesiones en  tanto   que   el   Tribunal   no   señala   a   su   procurado  “como  causa  de las mismas, ni sobre su producción eleva reproche a  título de imprudencia (culpa)”.   

          A  continuación  expone  el casacionista que el Tribunal consideró  que  la  “la  conducta contraria al deber de cuidado  desarrollada  por  DIOMEDES DÍAZ MAESTRE (primer extremo del delito imprudente)  consistió  en  el  suministro de cocaína a DORIS ADRIANA NIÑO, al paso que el  resultado   (segundo   extremo   del  delito  imprudente)  se  concretó  en  el  fallecimiento  de  DORIS  ADRIANA  NIÑO”. Por tanto,  como   en  relación  con  tales  circunstancias  el  ad  quem  estimó  que  se  encontraban  plenamente  demostradas,  no  niega  “la  existencia   de  tales  extremos  del  delito  imprudente  (culposo)”.   

          Pero  agrega  que  el  Tribunal  erró  al  considerar acreditada la  relación   entre   el   suministro   de  cocaína  por  parte  de  DIOMEDES     DÍAZ    a    Doris  Adriana  Niño, como violación del  deber  objetivo  de  cuidado de aquel y el fallecimiento de esta por el excesivo  consumo de tal sustancia.   

          Acto   seguido   el   defensor   se   ocupa  de  analizar  supuestos  hipotéticos  en  los que una persona responsable por ser mayor de edad, y estar  en  condición  de  comprender los peligros que la rodean y de auto-regularse de  conformidad  con  tal  comprensión  dispone  dolosa  o  culposamente  de bienes  jurídicos  de los cuales es titular, como la vida, o de otros de menor entidad,  para  concluir  que  en  tales situaciones no hay lugar a sanción por parte del  Estado  a  quien  así procede. Igualmente plantea una constelación de casos en  los  que  la  víctima  responsable  no  tiene  voluntad  (dolo) de lesionarse o  quitarse  la  vida,  pero  el resultado (muerte) sobreviene porque un tercero lo  posibilita.   

Apoyado   en   doctrina  y  jurisprudencia  extranjera  concluye  que  en los referidos casos “la  impunidad  o  responsabilidad  del tercero, depende entonces, exclusivamente, de  si  él  tenía el deber de vigilar el comportamiento de la víctima”.   

Expone   el   actor   que  “ninguna  duda  cabe de que DORIS ADRIANA NIÑO, mujer mayor de edad,  con  experiencia  en  la ingestión de cocaína y en pleno uso de sus facultades  mentales,  recibió  de  DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE  cocaína  y  la  consumió en  cantidades  tales  que  (junto con otros factores, según el ad-quem) le produjo  la muerte”.   

          Y  entonces  aduce  que  a partir de las anteriores consideraciones,  estima  que  “DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE  no puede ser  responsabilizado  como  autor de la muerte de DORIS ADRIANA NIÑO GARCÍA por el  hecho  de  haber puesto a su disposición la cocaína que ella ingirió, pues el  consumo  de la misma fue un acto riesgoso libre y voluntariamente asumido por la  víctima”,  y  que  “de  admitirse  que  cuando  un  consumidor  de  droga  (que siendo responsable la ha  adquirido  e  ingerido  en  pleno  uso  de sus facultades mentales) fallece como  consecuencia  de  su  ingestión,  quien  se  la suministró debe responder como  autor   de   un   homicidio  culposo”  tendría  que  concluirse  que  “todas  las  entregas  de  droga  a  personas   responsables  deberían  ser  punibles  cuando  menos  a  título  de  tentativa   acabada  de  lesiones  personales  (con  dolo  eventual)”.  Y  por ello “todos los expendedores  de  droga  deberían  ser  sancionados  como  autores  de  un  concurso material  heterogéneo    entre    tráfico    de   drogas   y   tentativa   de   lesiones  personales”      lo     cual     “hasta  ahora  no se ha visto en la jurisprudencia nacional ni en las  foráneas”.   

          Sobre  el  tópico  abordado,  el  defensor precisa que la muerte de  Doris   Adriana  no  puede  imputársele   a   su   defendido  “aún  cuando  al  suministrarle  cocaína  a  su amiga haya desplegado una conducta violatoria del  deber  de  cuidado,  por  cuanto  la  muerte  fue  consecuencia de la voluntaria  ingestión  de  la droga por parte de la víctima y no del mero suministro de la  misma”.   

          Ahora,  respecto  del  desarrollo  de actividades sexuales violentas  entre   DIOMEDES   DÍAZ  y  DORIS  ADRIANA NIÑO el actor  expresa  que  el  Tribunal  admitió que antes de la noche en que ocurrieron los  hechos   investigados,   víctima  y  victimario  habían  sostenido  relaciones  sexuales  violentas  acompañadas  de  la  ingestión de cocaína, razón por la  cual,   “las   lesiones   fueron   producidas  como  consecuencia  de la voluntaria práctica” de ese tipo  de   actividades   y   si   ello   fue   así  su  representado  “no  violó  el  deber  objetivo  de  cuidado, en cuanto se limitó a  mantener  una modalidad particular de relaciones sexuales con su compañera, las  cuales   en   momento   alguno   merecen   reproche   en   el   plano  meramente  jurídico”.   

         

Adicionalmente  plantea  que “si,  no  obstante lo anterior, se dijera que las relaciones sexuales  orgiásticas  (pese a no estar legalmente prohibidas) suponen la violación a un  deber  objetivo de cuidado, no debe perderse de vista que en el presente caso se  trató  de  una  actividad conjunta y voluntaria desarrollada por DIOMEDES DÍAZ  MAESTRE  y DORIS ADRIANA NIÑO GARCÍA, ante lo cual es evidente que la víctima  se   expuso   de  manera  libre  y  voluntaria  a  un  riesgo  cuyas  eventuales  consecuencias  nocivas  no  le  eran  ajenas,  dado  que (conforme fue puesto de  presente  por  el propio Tribunal Superior de Bogotá en la determinación ahora  recurrida)  en  anteriores  oportunidades  había  mantenido relaciones sexuales  orgiásticas”   con  el  procesado  “las   cuales  combinaban  con  el  consumo  de  cocaína”.   

          Luego   el   defensor  señala  que  si  de  manera  hipotética  se  considerara  que  su  representado  violó  el  deber de cuidado al sostener tal  clase  de  relaciones  sexuales,  la  muerte  de  Doris  Adriana  no  podría  ser  considerada consecuencia de  aquellas,   pues   para   que  así  fuera  sería  necesario  que  DIOMEDES  DÍAZ hubiera sido consciente del  riesgo   de   muerte   en   que  se  encontraba  Doris  Adriana al sostener relaciones en tales condiciones, y  que pese a ello hubiera decidido realizarlas.   

          Concluye  el  demandante  que  si  bien en la providencia atacada se  expuso  que las relaciones sexuales con actividades violentas sostenidas bajo el  influjo  del  alcohol  y  cocaína aumenta los efectos de esta, tal observación  científica  informa  de  cambios fisiológicos que no ponen en peligro la salud  de quienes desarrollan tales actividades.   

Acerca     de     que     DIOMEDES  DÍAZ comunicó una desagradable  noticia    a    DORIS    ADRIANA   NIÑO,  el  impugnante,  luego  de apoyarse en jurisprudencia extranjera,  así   como   en   doctrina   foránea  y  nacional  sobre  los  “daños    por    schock”   expone   que  “lo que en estos casos permite explicar el resultado  final  (colapso  nervioso)  es  la  particular forma en que cada persona resulta  afectada  por  las  impresiones  negativas que la vida de relación social puede  traer  consigo”;  y  puntualiza luego que la noticia  del   embarazo   de   Consuelo  Martínez  no representaba peligro para la integridad física de Doris  Adriana,  más  aún si se tiene en  cuenta    que    ellas    sostenían   con   DIOMEDES  DÍAZ  relaciones  orgiásticas,  como  lo  expuso  el  Tribunal.   

          Si  además  de  lo  anotado, agrega el censor, no hay prueba alguna  que  permita  afirmar  que  la  condición  sicológica de la víctima la hacía  susceptible  emocionalmente  a  la  referida  noticia,  no  se advierte conducta  alguna  violatoria  del  deber  de  cuidado de DIOMEDES  DÍAZ  que permitiera atribuirle a título de culpa la  muerte    de    Doris    Adriana   Niño.   

          Entonces,  el  casacionista expresa que sus planteamientos apuntan a  acreditar   que   su   asistido  no  violó  un  deber  de  cuidado  que  guarde  “relación      de      adecuación”    con    la    muerte    de    Doris  Adriana   o   no   creó   un  riesgo  jurídicamente  desaprobado que haya dado lugar al resultado.   

Y destaca que “si  el  honorable  Tribunal  Superior  de  Bogotá  hubiese  interpretado  de manera  correcta    las    nociones    de    ‘violación        al        deber       de       cuidado’ (o creación de riesgo jurídicamente  desaprobado),  ‘relación  de    adecuidad’   (o  realización    del    riesgo)   y   ‘previsibilidad’,  debería  haber  arribado  a la conclusión de que en el presente  caso  no  estaban  dados  los  requisitos  de  la  imprudencia  (culpa)  y,  por  consiguiente,  debería  haberse  abstenido  de aplicar los artículos 37, 329 y  330 del Código Penal de 1980”.   

          Concluye  poniendo  de presente que un correcto entendimiento de los  elementos    del   delito   imprudente   habría   conducido   al   ad  quem  a  reconocer la atipicidad de la  conducta  de  su  defendido, y en consecuencia a absolverlo por el delito objeto  de acusación.   

          Con  base  en las anteriores consideraciones, el demandante solicita  a  la  Corte  casar  la sentencia impugnada para, en su lugar, proferir fallo de  reemplazo  por  cuyo medio se absuelva a DIOMEDES DÍAZ  MAESTRE  del  delito  imputado  en  la  resolución de  acusación.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

         La  sugerencia de la Procuradora Primera Delegada para la Casación  Penal  apunta  a  que  no  se  case  el fallo impugnado, la cual sustenta en los  siguientes argumentos:   

1.  Demanda  del  apoderado  de  la  parte  civil   

1.1.   Causal   tercera.   Único   cargo  (principal)   

Dice  la  Delegada  que  si  bien  la causal  tercera  de casación permite cierta autonomía en su formulación y desarrollo,  ello  no  significa  que esté excluida de la obligación general de sujetarse a  “los  parámetros de la lógica y el sentido común,  de  modo  que  se  entienda  con facilidad los motivos de la nulidad”,  presupuestos que el actor en este caso desatendió, con lo que  impide saber cuál es el motivo concreto de nulidad que alega.   

Señala que pese a postular un único cargo,  en  su  desarrollo plantea varias irregularidades que en virtud del principio de  prioridad  lo  obligaban  a formular los diversos reproches de manera separada y  atendiendo la incidencia de cada uno de ellos en el trámite.   

El  demandante  tampoco  demostró la manera  cómo  cada  una  de  esas  supuestas  irregularidades  hubiera  podido  incidir  negativamente  en  las  garantías  de  los  sujetos  procesales, o en las bases  fundamentales de la instrucción y el juzgamiento.   

En  resumen,  el libelo adolece de falencias  técnicas  que  impiden su prosperidad, pues el censor pasó por alto principios  como  los de claridad y precisión, autonomía de las causales y de los cargos y  trascendencia,  que  deben  ser  observados cuando se alega la causal tercera de  casación.   

En  punto  de  la falta de sustentación del  recurso  de apelación interpuesto contra el fallo de primer grado por parte del  defensor  que  el  apoderado  de la parte civil reprocha, la Procuradora expresa  que  al  revisar  el proceso se puede establecer que el defensor de DIOMEDES  DÍAZ sí lo sustentó, sólo que  el  censor  olvida  que  la  impugnación  tiene  por  objeto  controvertir  los  argumentos  constitutivos  de  la  decisión  y  que  su  exposición  no  tiene  límites,  siempre  y cuando se expongan los puntos de crítica, en forma seria,  con  las  razones  de  tipo  probatorio  o jurídico que deriven en la reforma o  revocatoria que se persigue.   

          Precisa  que  el  defensor  en  la  impugnación  formuló un ataque  directo  a  los fundamentos jurídicos y fácticos de la sentencia pues analizó  el  delito  de  homicidio  preterintencional  por  asfixia mecánica, hipótesis  admitida por el juzgado.   

Respecto  de  la censura del apoderado de la  parte  civil  dirigida a reprochar la demora del Juzgado en proferir el fallo de  primer  grado,  la  Delegada  expone que diversos factores como el volumen de la  actuación,  la  vigilancia  de  los  medios  de  comunicación,  las múltiples  solicitudes  de los sujetos procesales e inclusive el trámite de una acción de  tutela  por  esta  Corporación,  adicional  a  la  carga  laboral ordinaria del  Juzgado,  tuvieron  relación con la oportunidad para proferir la sentencia, sin  que  se evidencie excesivo el tiempo que se tomó la funcionaria para proceder a  ello;   situación   que  además  per  se,   como  lo  ha  señalado  la  jurisprudencia,  no  conduce  a  la  declaratoria de nulidad de la actuación.   

En  cuanto  se refiere a la queja del censor  porque  la  sentencia  de primera instancia no le fue notificada, la Procuradora  expone  que  el  Juzgado dio cabal cumplimiento a las normas procesales, sin que  el  envío  de  la  comunicación  echada  de  menos por el impugnante configure  irregularidad  alguna,  más  aún  si  se  tiene  en  cuenta  que los medios de  comunicación publicitaron el fallo y su sentido.   

         Acerca    de   la  alegación    del    casacionista    en    la   que   refiere  que el juzgado se limitó a decretar el avalúo  pericial  de los perjuicios pero no realizó labor alguna para que la diligencia  se  efectuara,  la  Representante del Ministerio Público indica que el actor no  precisa  qué  pretende  en  concreto  demostrar  con  ello, y que si la juez de  primera  instancia  atendió  los  parámetros señalados en la ley, es evidente  que el reproche resulta insustancial.   

          Concluye, entonces, que  este cargo no puede prosperar.   

1.2.   Causal   Primera.   Cargo   Único  (subsidiario)   

Comienza  la Procuradora por señalar que le  asiste  interés  al  recurrente  para  impugnar, pues si bien su pretensión no  está  referida  al  resarcimiento  de  perjuicios, también es cierto que ahora  puede  intentar  hacer  efectivos sus derechos a la verdad o a la justicia, como  lo ha reconocido la Corte Constitucional.   

Estima  la  Delegada que la presentación de  esta  censura  evidencia yerros técnico-conceptuales que la tornan impróspera,  habida  cuenta  que  se limita a plantear una controversia sobre la credibilidad  del  dictamen emitido por la Junta de Peritos del Instituto Nacional de Medicina  Legal,  afirmando  que  el  Juzgado  violó el principio de no contradicción al  apreciarlo,  pero  no  demostró  el  impugnante que tal apreciación se hubiera  alejado  de  las reglas de la sana crítica, y que por tanto hubiera conducido a  una decisión ilegal.   

Además  dice  que  el  actor  se  limitó a  censurar  una  sola  prueba  de  cargo,  olvidando  los demás medios de prueba,  postura  inadmisible  en  sede  casacional,  de  la  cual se advierte que lo que  pretende  únicamente  es  que  sean admitidas sus particulares consideraciones,  desconociendo la realidad jurídico procesal.   

Tampoco el impugnante, expone la Procuradora,  intenta   la   comprobación   de   algún   error  de  apreciación  probatoria  trascendente cometido en la sentencia recurrida.   

Y  agrega  que  el fallador de segunda   instancia  no alteró el contenido material del dictamen conjunto de peritos, ni  en   la   apreciación   del   mismo  infringió  el  principio  lógico  de  no  contradicción  pues  fue  consignado en los exactos términos expuestos por los  legistas  y  fue valorado a la luz de los principios de la sana crítica. Asunto  diverso  es que el Tribunal no aceptara la posibilidad que éste medio de prueba  plantea.   

Por  tanto,  estima  la  Delegada  que  esta  censura no está llamada a prosperar.   

2.  Demanda  del  defensor  de  DIOMEDES DÍAZ   

La  Representante  del  Ministerio  Público  comienza  por  destacar  que  este  libelo  se ajusta a la técnica propia de la  causal  primera de casación, cuerpo primero, exigida para los eventos en que se  plantea aplicación indebida de una norma sustancial.   

Comienza señalando acerca del suministro de  cocaína  por  parte del procesado a la víctima, tenido por los falladores como  uno  de  los  factores  que causaron la muerte de DORIS  ADRIANA  expresa  que  no  es aplicable el ejemplo del  expendedor  de  estupefacientes  citado por el defensor, pues las conclusiones a  las  que  arriba  parten  de  unos  supuestos  diversos  a los acreditados en la  actuación.   

          Para  explicar  su  criterio la Procuradora se detiene a analizar la  “autopuesta  en  peligro  de la víctima”  por  incidir  directamente en la valoración jurídico penal de  la  conducta del autor. Entonces dice que en tratándose de víctimas mayores de  edad,  con capacidad para tomar decisiones, para asumir la responsabilidad de su  comportamiento  y  ejercer  el dominio sobre el suceso (conciencia y libertad en  la    decisión    ante    el    peligro),    es   necesario   establecer   unos  límites.   

          Por  ello, el contexto en el cual se desenvolvía la relación entre  DIOMEDES DÍAZ y Doris    Adriana   Niño   jamás   puede  compararse  a  la  relación  entre  expendedor y consumidor de estupefacientes,  pues  al primero no le interesan los actos subsiguientes a la adquisición de la  droga  ilícita;  en  tanto  que,  en  el  “contexto  común”  entre procesado y víctima, y en este caso,  según  lo relatan las amigas de esta, se advierte una relación afectiva, en la  que   Doris   Adriana  era  consciente  que DIOMEDES DÍAZ  frecuentaba  otras mujeres, le insinuó tener relaciones orgiásticas, consumía  droga,   la   obligaba   a   consumir  cocaína,  quedó  embarazada  y  abortó  voluntariamente  sin  que  él  lo supiera. Destaca la Delegada que de la prueba  científica   y   testimonial   la  Juez  de  primera  instancia  concluyó  que  Doris   Adriana   no   era  consumidora  habitual,  por  lo que no podía presentar tolerancia al consumo de  cocaína.   

          Hechas  las  anteriores  observaciones,  la  Procuradora  analiza  a  continuación  las  situaciones  que  pueden  ser  consideradas  “como   elementos   adicionales   a   los   anteriores   factores  de  riesgo”,  y  entonces  expone  que  contrario  a  lo  afirmado  por  el  ad quem, el  encuentro     entre    DIOMEDES    DÍAZ   y   Doris   Adriana  Niño  no  se desarrolló en circunstancias similares a las de anteriores  reuniones,  pues  en  esta  ocasión, adicional a las relaciones sexuales y a la  ingestión  de licor y estupefacientes se presentaron las siguientes situaciones  especiales:  1)  Se encontraba presente la compañera del procesado Luz   Consuelo   Martínez;   2)  Esta  y  DIOMEDES   DÍAZ  ingerían  desde   el   miércoles   anterior   licor,  sostenían  relaciones  sexuales  y  probablemente   consumían   cocaína;   3)   Las   relaciones   sexuales  entre  DIOMEDES DÍAZ y Doris   Adriana  se  llevaron  a  cabo  en  presencia  de  Luz Consuelo o  con  la  participación  de ella; 4) Las relaciones sexuales fueron violentas; y  5)  DIOMEDES  DÍAZ le dio a  Doris  Adriana la noticia del  embarazo      de      Luz     Consuelo.   

          Entonces   dice   que   los  factores  de  riesgo  que  Doris     Adriana     y    DIOMEDES  DÍAZ  habían  aceptado  fueron  incrementados  en  el último encuentro, por causas que provinieron directamente  de  aquel,  quien  insistió  para que “Doris Adriana  acudiera  a  su apartamento, no previó que la presencia de sus dos amantes bajo  el  influjo  de  bebidas  embriagantes y estupefacientes, la ejecución de actos  sexuales  violentos  con ellas o al menos con una de ellas, y al enterarse Doris  Adriana   después   de  la  jornada  de  esparcimiento  que  se  encontraba  en  circunstancia   de   inferioridad   al   no   estar   embarazada,   debieron  trascender  al  campo  de  la  previsibilidad,  porque  ya  en  anterior oportunidad se había presentado un roce  entre  ellas, pues a pesar de sus recomendaciones sobre tolerancia y buen trato,  los  celos  tenían  que  aflorar”  (subrayas  en el  texto).   

          Se  observa  de  acuerdo  a lo anterior, agrega la Representante del  Ministerio  Público,  que  no  es  de  recibo  asumir que con el suministro del  alcaloide  DIOMEDES  DÍAZ se  desentendió  de la situación subsiguiente, pues este se encontraba involucrado  en  el  riesgo  asumido  por  Doris Adriana,  así  se  tratara  de  un acto realizado por una persona mayor de  edad.   

          Es     decir,    puntualiza    la    Procuradora,    “los  actos  voluntarios  de  la  víctima no se constituyen en actos  independientes  de  la  primera situación de riesgo, sino parte de ella, por lo  que  su  aparición no interrumpe y crea una nueva conducta violatoria del deber  de  cuidado,  sino  la continuidad de las actuaciones  violatorias  del deber de cuidado creadas por Diomedes,  quien   continuaba   con  el  deber  de  protección  específico  de  la  integridad  de  Doris Adriana, por  cuanto  la  muerte  fue  la  consecuencia  de  la  ingestión  de  la  droga, de  aguardiente,  de  las prácticas sexuales violentas y de la nefasta noticia dada  cuando  Doris  Adriana  afectada por el consumo de droga, no estaba en capacidad  de  reaccionar  de  manera normal ante la situación”  (subrayas y negrilla en el texto).   

Sobre  el  riesgo  permitido  en los delitos  imprudentes,    la    Representante   del   Ministerio   Público   expone   que  “en  la  imputación  por  imprudencia  el  operador  jurídico  necesita  hacer  dos  remisiones  sociales:  una  genérica, el deber  objetivo  de  cuidado,  y  otra  más  específica en relación a ciertos hechos  acontecidos  en  el  ejercicio  de  actividades riesgosas, para determinar si el  autor,  con  su  conducta,  ha  elevado o incrementado el riesgo permitido (…)  pues  si el peligro es admisible hasta ciertos márgenes, las interferencias que  se   deriven   de   las   puestas   en   peligro   permitidas   no   pueden  ser  antijurídicas”  como  en  efecto  se  desprende del  artículo 26 de la Carta Política.   

En consecuencia señala, que “el  deber  objetivo de cuidado no es más que el punto de equilibrio  que  la  sociedad  ha  encontrado  para  la  permisión  de  conductas entre las  necesidades  de  protección  de  dichos  bienes y el interés general en que la  interacción     social    no    se    convierta    en    un    caos”.   

          Así  las cosas, la Procuradora indica que comparte las afirmaciones  del   el   ad   quem,  pues  DIOMEDES   DÍAZ   MAESTRE  “desarrolló  la noche del 14 de mayo y la madrugada  del  15,  actividades  riesgosas,  conocía  correctamente  la situación en que  actuaba  y adoptó conductas que ponen en evidencia el efecto causal en orden al  resultado  producido.  Vulneró la norma jurídica que prohíbe el suministro de  estupefacientes   cuyo  efecto  nocivo  para  la  salud  de  Doris  Adriana  era  previsible   tanto   desde   un   juicio   abstracto  como  concreto”.   

          Y  precisa  que  las  normas  en las que se fundamentó la decisión  tomada  por  el Tribunal Superior -artículos 37, 329 y 330 del Código Penal de  1.980-,  fueron  interpretadas  y  aplicadas  en  debida  forma,  no  solo  para  modificar  el  numeral primero de la sentencia proferida por el Juzgado 46 Penal  del   Circuito  de  Bogotá,  sino  como  base  de  la  condena  a  DIOMEDEZ  DÍAZ  como  autor del delito de  homicidio culposo agravado.   

Por  lo  expuesto, considera que el cargo no  puede prosperar.   

Con   fundamento   en   las   anteriores  consideraciones,  la  Procuradora  Primera  Delegada  para  la  Casación  Penal  solicita a la Corte NO CASAR la sentencia objeto de impugnación.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          Cuestión preliminar   

          Previo  al estudio de las demandas de casación y en atención a que  en  este  caso  el  defensor  técnico  del  procesado  que  acudió a esta vía  extraordinaria   de   impugnación   demandando   el   fallo   del  ad  quem  también  intervino  durante  el  traslado  previsto  en el artículo 211 de la Ley 600 de 2000 para cuestionar la  demanda  de  otro  de  los sujetos impugnantes (parte civil), obligado se impone  acudir  a  la preceptiva de dicha normatividad, a fin de concluir a partir de su  contenido  y  alcance  si  tal  conducta  procesal  resulta  de recibo o, por el  contrario,   afecta   el   equilibrio   que   debe  existir  entre  los  sujetos  procesales.   

En efecto, la preceptiva del referido canon,  es la siguiente:   

“Art.  211.-  Traslado  a los no demandantes. Presentada la demanda se surtirá traslado a los  no  demandantes  por  el  término  de  quince (15) días para que presenten sus  alegatos.   

Vencido el término anterior se remitirá el  original del expediente a la Corte”.   

Claro  resulta  entonces  concluir  que  la  intervención  de los no demandantes en los términos previstos por la norma que  viene  de  transcribirse,  se  encuentra  consagrada en beneficio de quienes han  guardado  silencio  respecto  del  fallo  objeto  de  censura para garantizar el  principio  de  igualdad  de  oportunidades  para  las partes y asegurar el cabal  ejercicio  de  la  dialéctica  propia del proceso. Pero en modo alguno para que  quienes  han  impugnado  la  sentencia  y  han acudido a presentar dentro de los  términos  la  respectiva demanda de casación, tengan una posibilidad adicional  de  intervención,  que se agotó precisamente con la interposición del recurso  y  la  presentación  del  respectivo libelo, a través del cual pueden expresar  los   reproches   que   consideren  pertinentes,  desde  luego,  respetando  los  principios  que  rigen  la  técnica  casacional  y  aportando  a los mismos los  fundamentos  de  hecho  y  los  de  derecho  necesarios de acuerdo con la causal  seleccionada.   

          Una  intelección  diversa  de  la  norma  conduciría,  sin lugar a  dudas,  a  crear  una  situación  de  desequilibrio en las oportunidades que el  esquema  procesal  vigente  ha consagrado a favor de los sujetos procesales, que  definitivamente  la  ley  no  establece  ni  permite y que la Sala tampoco puede  patrocinar.   

          Adicional   a  lo  expuesto,  jurídicamente  imposible  resultaría  reconocer  la  calidad  de “no demandante”  a  quien  por  razón  de  haber  acudido  a  la  casación con  observancia  de  los presupuestos de procedencia, legitimación y oportunidad, y  haber  cumplido  dentro  del término con la carga procesal de presentación del  respectivo   libelo,   justamente   adquirió  dentro  del  proceso  la  calidad  contraria,  esto  es,  la  de “demandante”.   

Por  las anteriores razones, en la medida en  que    el    defensor    del    procesado    DIOMEDES  DÍAZ   ostenta   la   calidad   de   “demandante”  del fallo de segundo grado,  dado  que  en  oportunidad  legal interpuso el recurso extraordinario que le fue  concedido  y  en  el  término  para  la  presentación  del  respectivo  libelo  procedió  a  ello,  es  claro  que  no  procede en esta decisión incluir en el  acápite       de      “Antecedentes”  referencia  alguna  al escrito presentado durante el traslado a  los  “no demandantes”, ni  tampoco  hacerlo objeto de ponderación, habida cuenta, se repite, que a través  de  la  demanda de casación tuvo oportunidad suficiente de señalar las razones  de  disenso  con  el fallo de segundo grado, la cual ha sido ya tenida en cuenta  por   la   Procuradora   Delegada   y  lo  será  por  la  Sala  en  el  momento  oportuno.   

Demanda   del   apoderado   de  la  parte  civil   

          Causal tercera:   

         

Primer   motivo:   Nulidad  por  falta  de  competencia del Tribunal   

          La  pretensión  del  demandante  se  orienta  a que la Corte previa  casación  del  fallo  atacado  declare  la nulidad de lo actuado a partir de la  audiencia  de  sustentación  oral  del recurso de apelación interpuesto por la  defensa  contra  la  sentencia  condenatoria  de  primera instancia, para que se  declare  desierta  la impugnación, habida cuenta que en su criterio el defensor  de       DIOMEDES  DÍAZ    no    sustentó    adecuadamente    dicho  recurso.   

          Bien  está  precisar que, contrario a lo señalado por la Delegada,  la  postulación del cargo no ostenta la totalidad de deficiencias señaladas en  el concepto.   

          En  efecto, si bien el cargo contiene tres reparos de nulidad que en  virtud  del principio de autonomía debieron ser postulados de manera separada y  con  una  prioridad  determinada  por  la  mayor  cobertura  invalidante  de  la  actuación  derivada  de cada vicio reclamado en caso de prosperar, lo cierto es  que  el  actor  deslinda  los  motivos  de  invalidación  con  precisión de la  irregularidad  de la cual se derivan así como la garantía que por ello resulta  vulnerada,  vicios  que  en último caso la Corte se vería precisada a analizar  para excluir la intervención oficiosa prevista en la ley.   

          Precisado  lo  anterior,  se tiene que al tenor de la preceptiva del  artículo  194 del estatuto procesal penal, la sustentación del recurso irrumpe  en  el  ordenamiento  como  una carga procesal para el impugnante, de ineludible  cumplimiento  si  se  aspira a lograr que por el mismo funcionario que profirió  la  providencia  atacada  esta  sea  modificada,  aclarada  o  revocada o que el  superior  funcional  de  aquél  conozca los motivos de su inconformidad con los  fundamentos  de  la  misma.  No  a  conclusión  distinta  puede  llegarse de la  consecuencia  procesal  prevista por la ley para cuando dicha carga se incumple,  que no es otra que la declaratoria de deserción del recurso.   

Sustentación  que  debe  traducirse  en  la  manifestación  de  las  razones  fácticas, jurídicas o probatorias, sobre las  cuales  se  funda  la  discrepancia  con  la  decisión  impugnada, sin que ello  implique  que  tal  intervención deba verificarse de una determinada manera, en  tanto  que  lo  que  se  ofrece  trascendental  es  que  al funcionario que debe  resolver  el  recurso  ya  sea horizontal o vertical, se le señalen en concreto  los  motivos de disentimiento, esto es, los aspectos objeto de impugnación, que  desde  otro ángulo, son precisamente los que delimitan su órbita funcional, de  conformidad  con  la  previsión  contenida  en  el  artículo  203 ejusdem.   

          Lo  anterior,  porque  es lo cierto que las disposiciones procesales  que  se  ocupan  de  la  sustentación de los recursos no señalan la forma como  debe  procederse  en  punto  de  la  satisfacción  de tal requisito, resultando  razonable  concluir  que  puede  tenerse  como  adecuada  sustentación aquélla  mediante  la  cual  en  forma  explícita  se  refutan  los  fundamentos  de  la  providencia  atacada,  con indicación de las motivaciones o conclusiones que se  consideran  equivocadas,  o  a  partir de la postulación de un criterio diverso  del  allí  contenido,  para  el  cual  se  reclama  prevalencia a través de la  impugnación.   

Auscultando desde la anterior perspectiva el  contenido  material  del  escrito  sustentatorio  del  recurso de apelación del  fallo  adverso de primera instancia, que contiene el resumen de la intervención  oral    del    defensor    del   procesado   DIOMEDES  DÍAZ durante la audiencia de sustentación, pronto se  advierte  la sin razón de la censura de la parte civil, porque lo cierto es que  con   suficiencia   argumentativa  se  cuestionaron  los  fundamentos  de  dicha  decisión,  como  sin  dificultad  se aprecia de los siguientes apartes de dicha  pieza procesal:   

          1.  En  punto de la materialidad del delito, el Juzgado se apoyó en  el  dictamen  de medicina legal que concluyó que “la  muerte  de DORIS ADRIANA, fue asfixia mecánica por sofocación, siendo elemento  a  favor  la lesión hallada en el labio inferior, causada por compresión de la  mucosa  labial  contra  la  arcada  dental”, y en el  examen  toxicológico  practicado  a  la  víctima que demostró “evidente  consumo de cocaína, lo cual se tomó como factor asociado  o coadyuvante del evento muerte”.   

          Sobre  esto, el defensor prolijamente dirigió su esfuerzo a cotejar  las   conclusiones   de   los   conceptos   médicos,   para  concluir  que  las  manifestaciones  corporales  de  la  hipoxia  derivada de asfixia mecánica o de  sobredosis  de  estupefacientes  son  iguales,  y que por tanto, la duda surgida  respecto   de   la   causa   de  la  muerte  de  Doris  Adriana,  en  su  momento  advertida  por  el Tribunal  cuando   revocó   la   nulidad  declarada  por  el  a  quo  en  el juicio, podía ser resuelta en favor de la  tesis  de  que  la  víctima  falleció  a  consecuencia  de  una  sobredosis de  cocaína.   

Para  demostrar  lo  expuesto,  el  apelante  acudió  a  la  definición  de  hematoma  y  a  sus  causas,  para concluir que  “si  bien  la lesión hallada en la mucosa del labio  inferior  de la víctima pudo deberse a un intento de sofocación, ella también  pudo  haber  sido  causada  por  un  golpe  que recibiera de una tercera persona  (piénsese  en  una  bofetada que pudo recibir mientras discutía), por un golpe  recibido  al  caer  accidentalmente sobre un objeto sólido mientras estaba aún  con  vida, o incluso al haberse golpeado contra un objeto sólido al desplomarse  como consecuencia de su fallecimiento”.   

También se apoyó en literatura médica para  evaluar  las  contusiones propias de la asfixia mecánica y deducir que si en el  caso  estudiado  únicamente se presentaron hematomas en el labio inferior de la  víctima, no fue la sofocación la causa de su muerte.   

          Igualmente  destacó que la bibliografía médica descarta la muerte  por  asfixia  mecánica  en  tratándose de adultos, dada la reacción defensiva  que  ante  la  agresión  pueden  desarrollar,  la  cual  impide la obstrucción  simultánea  de  la boca y la nariz, por tanto, en estos excepcionales casos son  evidentes  las huellas que se producen en el rostro de la víctima, así como en  la  humanidad  del  agresor,  pese  a  lo  cual,  en el cadáver de Doris  Adriana sólo aparece un hematoma en  su  labio  superior, y en sus uñas no se detectaron residuos de piel con el ADN  de          DIOMEDES         DÍAZ.   

          Adicional  a  lo  anterior,  fundamentado una vez más en literatura  especializada,  el  defensor señaló que el vómito no es característico de la  asfixia  mecánica,  pues  la  víctima tiene obturadas las vías respiratorias,  pero  sí  constituye  uno  de los criterios para diagnosticar intoxicación por  cocaína.  Por  tanto, si en el protocolo de necropsia se mencionó la presencia  de  material  alimentario  en  la  nariz de la víctima, es evidente que vomitó  antes  de  fallecer,  y  si se demostró técnicamente que ingirió cocaína, el  resultado  es  que  los  diversos conceptos allegados al proceso, arrojan serias  dudas    en    punto    de   la   muerte   de   Doris  Adriana a causa de una hipoxia por sofocación manual,  y  por el contrario, permite inferir que la hipoxia se produjo como consecuencia  de una intoxicación aguda por ingestión de cocaína.   

          2.     Respecto    de    la    responsabilidad    de    DIOMEDES  DÍAZ el Juzgado se apoyó en que  “…Medicina   Legal   científicamente   concluyó  mediante  dictamen  Nro  272. PAT. DRO –  97  Externo 78-97 que la occisa no era consumidora habitual, no se  percibían   en   ella   los   signos  clásicos  que  presentan  este  tipo  de  personas…”,    circunstancia    ratificada   con  “los  testimonios  juramentados  de sus familiares y  amigos  Rodrigo,  María  Oliva Niño García y Liliana Martínez Bernal, Blanca  Isabel  Ortíz,  quienes  aducen  que la occisa no salía de noche, no consumía  licor,     no    fumaba    y    mucho    menos    consumía    droga…”.   

          Acerca   de   ello,  el  impugnante  expuso  detenidamente  que  las  “señales  físicas  que deja en el cuerpo humano el  consumo  crónico  de  cocaína  (como  por  ejemplo  las  perforaciones  en los  tabiques  nasales),  sólo  aparecen  después  de  una prolongada exposición a  dicha  sustancia,  por  lo  que  cabe  la  posibilidad  de  que  una persona sea  consumidora  crónica  de cocaína pero, debido a que dicha adicción no ha sido  demasiado  prolongada  en el tiempo, no alcance a dejar en el cuerpo del usuario  las     huellas     propias     de     un     consumidor    crónico”.   

          Además     dijo    que    en    el    expediente    “existen  algunos  testimonios conforme a los cuales la occisa había  consumido   ocasionalmente  estupefacientes”,  tales  como  los  de  Claudia Pilar Ardila Forigua    y    José   Del   Carmen   Castilla  Villero.  Finalmente  concluyó  que las declaraciones  referidas,  aunadas  “a  los rastros que de cocaína  encontraron  los  peritos  del Instituto de Medicina Legal en la sangre de DORIS  ADRIANA  NIÑO,  permiten  suponer  fundadamente  que,  si  bien  no  puede  ser  catalogada  como  una consumidora habitual de dicha droga, tampoco se trataba de  una      mujer      que      jamás     la     hubiese     consumido”.   

3.  También  la funcionaria de primer grado  tuvo  en  cuenta  que “DORIS ADRIANA no era una mujer  de  gran  capacidad  económica, como para permitirse costear el alto precio que  para     un     adicto     demanda    sostener    dicha    práctica…”.   

La  afirmación de la Juez fue rechazada por  el  defensor,  aduciendo  que si bien “se trata   de  un  argumento expuesto de manera unánime por la fiscalía, la procuraduría  y  el  juzgador de primera instancia, el material probatorio recogido durante la  etapa  de  juzgamiento  muestra  una  realidad  diversa;  varios de los testigos  convocados  al proceso por petición del señor representante de la parte civil,  fueron  categóricos  al  momento  de  asegurar que aún cuando la empresa de la  cual  era  socia  DORIS ADRIANA NIÑO atravesaba una mala situación económica,  ella   percibía   ingresos   extras  derivados  de  trabajos  particulares  que  realizaba,  de  tal  manera  que no solo constituía el soporte económico de su  casa  sino  que, además, colaboraba económicamente con otros de sus familiares  que vivían de manera independiente”.   

          Luego  de  citar  algunos apartes de testimonios sobre la situación  económica  de  la  víctima  concluyó que “no puede  caber  la  menor duda sobre el hecho de que sus ingresos mensuales le permitían  adquirir  de  cuando  en  cuando las cantidades de cocaína que pudiera requerir  para su ocasional consumo personal”.   

4.  Respecto  de  las  causas  de  la muerte  investigada,   el   a   quo  expresó  que el dictamen pericial “integrado con los  demás  conductos  de  acreditación con que cuenta el Despacho, se tiene que el  deceso  de  DORIS  ADRIANA  NIÑO  se  produjo a causa de Hipoxia, producida por  asfixia  por  sofocación,  asociada  a  actividad  sexual violenta y consumo de  cocaína”.   

          Adicionalmente  a los argumentos que el defensor planteó al ensayar  la  demostración  de que la hipoxia no fue causada por sofocación y que fueron  destacados  anteriormente,  con  relación  al  consumo de cocaína señaló que  “si  la  muerte  de  DORIS AADRIANA NIÑO GARCÍA se  produjo  entre  las  cero (00:00) y las cinco horas (05:00) del día quince (15)  de  mayo  de  mil novecientos noventa y siete (1997), y la benzoilecgonina es un  metabolito  con  una  vida  aproximada  de  siete  (7)  horas,  entonces resulta  evidente  que  DORIS  ADRIANA  NIÑO  pudo  haber  consumido  la cocaína que se  biotransformó  en  benzoilecgonina,  entre  las  cinco  de la tarde (17:00) del  catorce  (14)  de  mayo de mil novecientos noventa y siete (1997) y las cinco de  la  mañana  (5:00)  del  quince (15) de mayo de mil novecientos noventa y siete  (1997)”,    y   que   por   ello   “no  puede  descartarse  que  la  víctima  haya  consumido  cocaína  algunas  horas  antes  de  concurrir al apartamento de DIOMEDES DÍAS MAESTRE, y  que  la  totalidad  de la benzoilecgonina hallada en su sangre (o parte de ella)  haya   sido   producto   de   esa   ingestión   anterior   a   su   llegada  al  apartamento”.   

5.  En el fallo se anotó que estaba probado  que  “una vez reunidos LUZ CONSUELO, el cantante y la  hoy  fallecida, se dedicaron a la ingestión de bebidas embriagantes, consumo de  estupefacientes  y  a  la  práctica  de  relaciones sexuales violentas, una vez  culminada  su actividad sexual, el cantante le da la noticia del embarazo de Luz  Consuelo,  evento  que  sin  duda  produjo  en la visitante una molestia, porque  profesaba  un  especial  sentimiento hacia el artista, reaccionando en contra de  su  rival.  Además  téngase  en cuenta que había aspirado cocaína, droga que  produce  excitabilidad  en  quien  la  consume,  luego  se produce algún roce o  enfrentamiento  entre  las  dos  mujeres,  quedando  en  las  uñas de la occisa  material  genético  de  otra mujer que no podía ser otra que MARTINEZ SALAZAR,  única  que compartía la habitación del cantante aquella madrugada”.   

Y continúa, “Pero  de  esta  agresión, o roce que hubo entre las dos mujeres, surgió la necesidad  de  someter  físicamente  a  DORIS  ADRIANA,  para controlarla, para evitar una  reacción  mayúscula,  dado  el estado sicosomático en que se encontraba, bajo  los  efectos  de  la  droga,  pues  sin  duda, su estado anímico no era el más  óptimo,  lo  cual  indubitablemente  la  alteraba, generándose alguna clase de  escándalo,  que no se podía permitir el reconocido intérprete vallenato, dado  que  se  encontraba  ocupando un apartamento en un estrato socioeconómico alto,  no  le  convenía  que  generara  ningún  tipo de escándalo al interior de tal  recinto,   por   tanto   era   necesario   impedir   tal   situación,  y  quien  mas  (sic) podría hacerlo si  no  DIOMEDES  DIAZ,  quien  poseía la capacidad física para dominarla, dada su  superioridad corporal…”.   

Sobre   ello   dijo   el   defensor   que  “esta  afirmación  parte  de  supuesto –tampoco  demostrado  dentro  de  esta  investigación-   de  que  ninguna  de  las  demás  personas  presentes  en  el  apartamento  donde  se  habría  producido  la  muerte de la víctima, tenía la  capacidad  física  suficiente  para  intentar sofocarla manualmente”.   

Más  adelante  expone  que  “ninguna  sorpresa  puede causar la afirmación de que DIOMEDES DÍAZ  no  era  la única persona con aptitud física para desarrollar la acción aquí  cuestionada,  por  la  elemental  razón  de  que  a lo largo de este proceso ha  quedado  ampliamente  demostrado  que en el apartamento había no solo una mujer  que  compartía la habitación con DIOMEDES DÍAZ, sino un grupo de hombres que,  cuando  menos,  tenía la misma aptitud física de mi defendido para desarrollar  la conducta que aquí se examina”.   

          Con  base  en lo expuesto el impugnante replicó que “no  existiendo  plena  prueba sobre esa importante circunstancia del  planteamiento   esbozado   en  la  sentencia  de  primera  instancia,  esto  es,  careciendo  de  medios  probatorios  que  sin  lugar  a  duda  alguna señalen a  DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE  como  la  única  persona  que  podía haber intentado  sofocar  manualmente  a  la  víctima,  no  puede  afirmarse  en  una  sentencia  condenatoria  como  la  aquí recurrida (que por su esencia requiere de la plena  prueba  sobre  los hechos materia de investigación)”  que   su   representado   intentó  lesionar  a  Doris  Adriana   con   la   obstrucción   de   su  nariz  y  boca.   

6. También adujo el sentenciador de primera  instancia  sobre  el mismo tópico que “estando en la  habitación  de  sexo  masculino  solo  DIAZ  MAESTRE, era la única persona que  podía  realizar  la  acción  tendiente  a  controlarla, ya que Luz Consuelo se  encontraba  en  estado  de  embarazo y su menor corpulencia física le impedían  hacerlo,  debiendo  intervenir  un tercero, y fue así como puso sobre la boca y  nariz  de  DORIS  ADRIANA,  la  mano con el fin de someterla a una fuerza que le  impidiera  reaccionar,  ocasionando además de la lesión en la mucosa del labio  inferior,   el   resultado  muerte  por  insuficiencia  de  oxígeno”.   

          Acerca   de   lo   expuesto   argumentó  el  impugnante  que  tales  consideraciones,  expuestas  por  el fiscal, el ministerio público y la Juez de  primera  instancia,  “no dejan ninguna duda sobre las  razones  por  las  cuales DIOMEDES DÍAZ MAESTRE habría cubierto con su mano la  nariz  y boca de la occisa: para callarla, para evitar que gritara, para impedir  que  generara  un escándalo, para controlarla. Cualquiera de esa finalidades, o  todas  ellas  juntas, no hacen nada diverso de evidenciar la ausencia de un dolo  de  lesiones  en  la actuación de  mi defendido, el cual excluye de manera  radical  y  definitiva  la  posibilidad  de catalogar esa hipotética actuación  como  un delito doloso de lesiones personales”, y por  tanto  no se cumple el primero de los requisitos señalados por la doctrina para  la   configuración  del  delito  preterintencional,  esto  es,  “el  desarrollo,  por parte del autor, de un comportamiento que pueda  ser    considerado   como   un   delito   de   lesiones   personales”.   

          7.   Sobre   la   conducta   de   DIOMEDES  DÍAZ  y  la  muerte de Doris  Adriana  señaló  la  funcionaria de primer grado que  “quedó  probatoriamente  establecido el nexo causal  entre  las  dos conductas, esto es, la lesión dolosa e inicialmente causada por  parte  de  DIAZ MAESTRE a la víctima con el fin de acallarla, controlarla, y de  otro  lado,  la  consecuencia fatal que originó la investigación: la muerte de  DORIS  ADRIANA NIÑO, la cual se produjo a raíz del acto lesivo que le impidió  la  realización  de  una  función  vital  para  el  ser  humano  como es la de  respirar,  resultado  que aunque era previsible, no fue querido inicialmente por  el cantante, que le produjo su muerte”.   

          En  punto de lo anotado adujo el defensor que no existe dentro de la  investigación  “prueba alguna que permita tener por  demostrado  que  DIOMEDES DÍAZ MAESTRE, con la intención de causar una lesión  personal   DORIS  ADRIANA  NIÑO  GARCÍA, le haya obstruido con su mano la  nariz  y la boca, como consecuencia de lo cual se habría producido el deceso de  la  víctima. Y afirmo que no está probada la realización de esta modalidad de  homicidio  preterintencional, no solamente porque no está plenamente demostrado  que  a DORIS ADRIANA NIÑO GARCÍA se le haya ocasionado la muerte a raíz de la  obstrucción  que  con  una mano se hizo de su nariz y boca, sino porque tampoco  existe  certeza  sobre el hecho de que esa actuación haya sido desarrollada por  mi defendido”.   

          Como   puede  observarse  de  la  anterior  relación  de  réplicas  formuladas  por  el  defensor a los fundamentos fácticos y jurídicos del fallo  de  primer  grado,  no  hay  duda  alguna  que, como acertadamente lo destaca la  Procuradora  en  su  concepto,  sí  hubo  sustentación del recurso interpuesto  contra  el  fallo,  habida  cuenta  que  el  impugnante  no dirigió su esfuerzo  únicamente  a  censurar  las  decisiones  proferidas  por la Fiscalía, como de  manera  inconsistente  lo  señala  el  apoderado  de  la  parte civil, sino que  identificó  los tópicos del fallo con los que estaba inconforme y acto seguido  procedió   a  plantear  sin  ambages  las  razones  y  fundamentos  jurídicos,  fácticos,  técnicos y médicos que dieron soporte, esto es, que sustentaron su  disentimiento, así como su pretensión.   

          Por  las  razones  expuestas,  estuvo  bien  que  el  recurso  fuera  concedido   y   por   ello,  actuó  el  Tribunal  con  plena  competencia  para  pronunciarse   en   segundo   grado   sobre  la  impugnación  del  defensor  de  DIOMEDES  DÍAZ,  sin que se  evidencie  irregularidad  alguna  que  haya  afectado las garantías de la parte  civil.   

          Segundo   motivo:   Nulidad   por   ausencia   de   citación   para  notificación del fallo   

          El  censor  reprocha  que  pese  a que la Juez tardó cerca de cinco  meses  en  proferir  el  fallo,  no  procedió  una  vez  lo  dictó  a enviarle  comunicación  para  que  compareciera  a notificarse, como sí ocurrió con los  demás  sujetos  procesales,  y  que por ello quebrantó el equilibrio entre los  intervinientes  en  el  trámite,  pues  cuando  compareció  a averiguar por la  decisión,  se  le  comunicó  que  ya había sido proferida y notificada, y que  había  sido  enviado  el  expediente  al  Tribunal  para  que  fuera sustentado  oralmente el recurso de apelación interpuesto por la defensa.   

Tiene  dicho  la  Sala  que el imperativo de  enviar  comunicación  previa  a  los  sujetos procesales para que comparezcan a  notificarse  de  las providencias, sólo tiene aplicación cuando la ley dispone  la   notificación  personal  como  forma  prioritaria  de  enteramiento  de  la  decisión,  no  así  cuando  el  mismo  legislador  ha dispuesto que pueden ser  notificadas    por    estado    o    por    edicto1.   

De  conformidad  con  lo  establecido  en el  artículo  187  del derogado estatuto procesal, vigente para la época en que se  notificó  el  fallo  de  primer  grado  proferido  el  26  de  enero  de  2001,  únicamente  las  notificaciones  al  sindicado  privado  de  su  libertad  y al  delegado   del   Ministerio   Público   correspondía   realizarlas   en  forma  personal.   

Igualmente  ha  puntualizado  la Sala que la  comunicación  librada  al  sujeto procesal para que comparezca a notificarse de  una  providencia  no puede ser confundida ni equiparada a la notificación de la  misma,  pues  aquella  simplemente  corresponde  a  un  medio  para dinamizar la  actuación  procesal,  en  tanto  que  la  notificación  cumple  el  sustancial  cometido  de enterar a los sujetos procesales sobre el contenido de lo dispuesto  por los funcionarios judiciales.   

          De  acuerdo  con  lo  expuesto  y  como  acertadamente lo señala la  Delegada,  es  evidente  que si al apoderado de la parte civil, en cuanto sujeto  procesal  para el que no era imprescindible la notificación personal del fallo,  se  le  notificó  la  sentencia  de  primera  instancia a través de edicto, su  reproche   carece   de  soporte  fáctico  y  jurídico,  pues  el  a  quo  no  estaba  en  la  obligación de  enviarle  la  comunicación  que  echa  de  menos,  y  en  consecuencia,  no hay  quebranto  de  las formas propias del proceso, en cuanto no se vislumbra en modo  alguno  resquebrajamiento  de  las  bases  fundamentales  del  juzgamiento  o el  desconocimiento  efectivo  de garantías esenciales, sin lo cual es improcedente  la declaratoria de nulidad que se solicita.   

          Si  a los demás sujetos procesales se les libró comunicación para  que  concurrieran  a  notificarse del fallo, estima la Sala que tales citaciones  innecesarias  no  involucran vulneración de las garantías ni resquebrajamiento  del proceso.   

          Conviene  precisar  finalmente que el impugnante alude al retardo en  el  proferimiento  del fallo de primera instancia, no para cuestionar su validez  como  parece entenderlo la Delegada, sino como argumento adicional para plantear  que  en  este  caso por lo menos, se imponía su citación para la notificación  del fallo.   

Sobre  ello  es  oportuno  señalar  que  la  tardanza  en  la adopción del fallo no releva a los sujetos procesales de estar  atentos  a  los  trámites  respectivos, en cabal cumplimiento de sus deberes de  control,  diligencia  y  cuidado,  propios  de  la  gestión  que  les  ha  sido  encomendada.   

          Tercer  motivo: Nulidad porque la Juez no consiguió que los peritos  dictaminaran sobre los perjuicios   

A  diferencia de los anteriores, este motivo  de  nulidad  quebranta los principios de autonomía de los cargos y de claridad,  nitidez  y  precisión que rigen este recurso, pues el casacionista denuncia que  el  Juzgado cumplió con la solicitud de la parte civil de que fueran designados  peritos  para  evaluar  los  perjuicios  pero  no  procuró que efectivamente se  rindiera  el  correspondiente  experticio,  y por ello se duele del monto en que  aquellos fueron tasados.   

Baste  señalar  que la censura quebranta el  primero  de  los principios señalados pues su formulación es inadecuada al ser  presentada  junto  con  otro  motivo  sustancialmente  diverso, sin que el actor  asuma,  como  es  su  deber,  que cada reproche por su objeto y efectos debe ser  propuesto  autónomamente; además viola el principio de principio de claridad y  precisión,  en  cuanto el censor no se detiene a indicar si su queja constituye  un  cargo  adicional  a  los  ya  planteados,  no señala la trascendencia de su  observación  y apenas enuncia el supuesto vicio, sin proceder a su desarrollo y  acreditación,  circunstancia  que  impide a la Sala pronunciarse de fondo sobre  el planteamiento.   

         Cargo  Tercero:  Error de hecho por falso  raciocinio   

Si  con salvedad del tercer motivo del cargo  anterior,  los  demás fueron adecuadamente formulados y sustentados, razón por  la  cual  la  Sala  procedió  a su estudio de fondo, igual no acontece con esta  censura,  pues como atinadamente lo destaca la Procuradora Primera Delegada para  la  Casación  Penal,  adolece de graves fallas que quebrantan la técnica de la  impugnación      extraordinaria,      las      cuales     conducen     a     su  desestimación.   

En  efecto,  como  el  impugnante postula un  error  de hecho determinado por falso raciocinio que condujo en el fallo atacado  “a  conclusiones  que  riñen  con  las normas de la  experiencia,  las leyes de la ciencia y los principios de la lógica”,  bien está señalar que en tratándose de esta clase de yerro,  tiene  dicho  la  Sala que compete a quien lo invoca indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio probatorio, qué se infirió de él en la sentencia atacada,  cuál  fue  el  mérito persuasivo otorgado, determinar el postulado lógico, la  ley  científica  o  la máxima de experiencia cuyo contenido fue desconocido en  el  fallo,  identificar  la  norma  de  derecho  sustancial  que  indirectamente  resultó   excluida   o  indebidamente  aplicada,  y  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del error.   

Como  puede  observarse, el apoderado de la  parte  civil incumple las obligaciones anotadas, pues aunque identifica el medio  de  prueba  y  lo que señala objetivamente en punto de la causa de la muerte de  DORIS    ADRIANA   NIÑO,  simplemente  expone  que  “el sentenciador ha violado  el   principio   lógico   de   no  contradecirse  en  la  presentación  de  la  argumentación,  porque resulta completamente absurdo proponer que la muerte por  sofocación  en  adultos  es muy demorada y requiere de alta dosis de violencia,  para  unos  folios  más  adelante  afirmar  sin  ruborizarse  que  el procesado  eliminó  a  la  occisa  sin  intención, por haberle tapado la boca”.   Vale   decir,   el  demandante  reprocha  la  “presentación  de  la argumentación”, no  así  el  quebranto  del  principio  lógico que postula en la valoración de la  prueba que menciona.   

Adicional  a  ello,  el  casacionista no se  detiene  a  explicar de qué manera se presentó la violación del principio que  anuncia,  cuál  es el contenido exacto y las implicaciones de este, tanto menos  procede  a  señalar  por  qué  resultaron  violados  de  manera  indirecta los  artículos  105 y 109 del Código Penal vigente, y en punto de la injerencia del  error  en  el  fallo  se  limita  a  expresar que “la  trascendencia  del  yerro  es  de  tal magnitud que es el fondo de la cuestión,  pues  una  sentencia  proferida por homicidio preterintencional fue transformada  en  un  homicidio culposo”, sin que proceda a indicar  de  qué manera al prescindir del error el fallo habría sido diverso, olvidando  que  también  otros  medios  de  prueba sirvieron al Tribunal para arribar a la  decisión impugnada, sobre los que no hace mención alguna.   

Así las cosas, resulta palmario que en este  cargo  el  censor  ha  incurrido  en  graves  errores de técnica, pero además,  también  se evidencia que sus argumentos carecen de razón y de sustento en las  diligencias.   

En  efecto,  el  actor  reprocha  que si el  ad  quem expresó en el fallo  que  “la  muerte  de  DORIS ADRIANA NIÑO se produce  porque  DIOMEDES  DÍAZ  le  tapó la boca y la nariz para que no gritara o para  que  se callara, ésta no puede ser culposa, porque según nos ha dicho la misma  sentencia,  para  ocasionarla  se  requeriría  de una violencia extrema, de tal  manera  que  el  procesado  tuvo  que  acudir a violencia extrema, probablemente  ayudado  por  la otra mujer para eliminar a quien acababa de tener una riña con  su    compañera”,    de    donde   concluye   que  “el  sentenciador ha violado el principio lógico de  no  contradecirse  en  la  presentación  de  la  argumentación, porque resulta  completamente  absurdo  proponer que la muerte por sofocación en adultos es muy  demorada  y  requiere de alta dosis de violencia, para unos folios más adelante  afirmar  sin  ruborizarse  que el procesado eliminó a la occisa sin intención,  por haberle tapado la boca”.   

          No  obstante,  lo expresado por el impugnante no fue lo que planteó  el   Tribunal   en   el   fallo  censurado,  pues  sobre  el  punto  expuso  que  “para  la  Sala, la lesión hallada en la mucosa del  labio  inferior  de  la  víctima  no  es hallazgo suficiente para determinar la  oclusión  de  los  orificios respiratorios y en consecuencia concluir la muerte  por   sofocación”,   y   más  adelante  dijo  que  “el dictamen pericial, los demás medios de prueba y  la  literatura  científica  analizada  en conjunto a la luz de la sana crítica  permiten  válidamente aceptar como una de las manera de explicar la hipoxia, la  señalada  por  la  junta  de  peritos ‘hipoxia  secundaria  a intoxicación cocaínica asociada a actividad  sexual     violenta     y    a    traumas    leves    a    moderados’”,   de   donde   se  desprende  la  inconsistencia en la censura del actor.   

         

Concretamente, en punto de las causas de la  muerte  de  la  víctima  el  Tribunal expuso que “el  consumo  de  cocaína  de  la  hoy  occisa,  la  actividad  sexual  violenta, la  presencia  de lesiones vitales entre las que se cuenta la laceración y hematoma  en  el labio inferior y el hematoma subgaleal en frontal izquierdo, al igual que  el  suceso  en  el  que  Diomedes  Díaz  le  dio a Doris Adriana la noticia del  embarazo  de Luz Consuelo Martínez que dieron como resultado la muerte de Doris  Adriana”,  sin  que en parte alguna de la mencionada  providencia  el  ad quem haya  aceptado  la  asfixia  por  sofocación  que  con  vehemencia,  pero  con franco  desatino  indica  el  apoderado  de  la  parte civil, razón de más para que el  cargo fracase.   

          El cargo, entonces, no prospera.   

          Demanda   del   defensor   de   DIOMEDES  DÍAZ   

Sea lo primero advertir que la Delegada para  incursionar  en  el tema de fondo planteado a través de este cargo, parte de un  supuesto  equivocado, como es considerar que el libelo en este punto se ajusta a  las    exigencias    de    técnica   contenidas   en   el   estatuto   procesal  penal.   

En   efecto,   el  demandante  selecciona  adecuadamente  la  vía  para  plantear  la  atipicidad  de  la  conducta  de su  representado,  esto es, la violación directa de la ley por aplicación indebida  de  preceptos sustanciales; no obstante, si bien en apariencia la formulación y  desarrollo  del  cargo  cumple con las reglas que para el efecto ha señalado la  jurisprudencia,  al  adentrarse en su estudio para resolver de fondo se advierte  que  el  casacionista  no acepta los hechos tal como fueron asumidos en el fallo  atacado,  pues  a  partir  de  una  valoración  probatoria  opuesta  a  la  del  ad   quem  reconstruye  el  acontecer   fáctico   de   una  manera  diversa,  pese  a  que  con  vehemencia  inicialmente  afirma  en  atención  a  la  causal  de  casación que invoca, su  esfuerzo  estará  dirigido  a demostrar los yerros del Tribunal en punto de los  presupuestos teóricos de la imprudencia (culpa).   

          Tiene  dicho  la Sala que la violación directa tiene que ver con el  yerro  en  que  incurre el juez al aplicar la normatividad que corresponde a los  hechos  materia  de  juzgamiento y se manifiesta en tres variaciones. La primera  se  configura  cuando no se aplica la norma que corresponde porque el juez yerra  acerca  de  su  existencia,  es  la denominada falta de aplicación o exclusión  evidente.  En  la segunda, el sentenciador efectúa una falsa adecuación de los  hechos  probados  a  los  supuestos  que  contempla  la  disposición y por ello  incurre  en  aplicación  indebida.  En la última, los procesos de selección y  adecuación  al  caso en cuestión son correctos pero al interpretar el precepto  el  juez  le  atribuye  un  sentido que no tiene o le asigna efectos distintos o  contrarios  a  su  contenido  que  es  la  violación consistente en interpretar  erróneamente la ley sustancial.   

Así,  cualquiera  que  sea la modalidad de  violación   directa   de   la   ley,   el   yerro   de   los  juzgadores  recae  indefectiblemente  en  forma  inmediata  sobre  la  normatividad,  todo  lo cual  implica  un  cuestionamiento  en un punto de derecho, sea porque se deja de lado  el  precepto  regulador de la situación concreta demostrada, porque el hecho se  adecua  a un precepto estructurado con supuestos distintos a los establecidos, o  porque  se  desborda la intelección propia de la disposición aplicable al caso  concreto;  aspecto que exige como punto de partida, la aceptación incondicional  de  una realidad fáctica ya definida e inmodificable dentro del proceso, lo que  impone  la  sujeción  del  demandante a la realidad probatoria declarada en las  instancias.   

Si  lo  que  no  se  comparte es el resulto  fáctico  logrado por los jueces, tales desavenencias recaen sobre las pruebas y  el  ataque  deja  de  ser  directo  para  convertirse  en indirecto, dado que la  infracción  a la ley sustancial se lleva a cabo de manera mediata, a través de  la  apreciación probatoria, según la índole de los errores que en esa materia  pueden llegar a incurrir los sentenciadores.   

          En  el  caso  objeto  de  estudio se observa que si bien el defensor  plantea  la  violación directa de la ley sustancial por aplicación indebida de  los  artículos  37, 329 y 330 del Código Penal de 1980, en el desarrollo de su  censura,  como  se  anunció,  termina  reprochando  la  valoración  que de las  pruebas  hizo  el  Tribunal  en  punto  de  la  violación del deber objetivo de  cuidado  por parte de su defendido, como se evidencia, de los siguientes apartes  de su libelo.   

          Así  pues,  desconociendo  que  en la providencia impugnada se dijo  que  “igualmente el hematoma en el labio da cuenta de  la  presión  ejercida sobre esta parte del cuerpo, que dada la intensidad de la  misma  sólo  es dable predicarla de Diomedes Díaz”,  el  impugnante  expresa  que  “lo evidente es que al  momento  de exponer en qué habría consistido la violación al deber de cuidado  de  DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE,  no hizo (el Tribunal, se  aclara)   ninguna   referencia   a   estas   últimas  heridas”   y   que   por   tanto,   “si  bien  el  Tribunal  Superior de Bogotá las entiende como causas  del    fallecimiento    de    DORIS    ADRIANA    NIÑO,    no    atribuye    su  producción” a su representado.   

          Ahora  bien,  en  otro  aparte  del  cargo  la falla surge del mismo  planteamiento  orientado precisamente a controvertir la conclusión del Tribunal  acerca  de  las  causas  del  fallecimiento  de  Doris  Adriana,  pues mientras el ad  quem   señaló  que  “el  resultado  se  puede  imputar  a  las  acciones  desplegadas por Diomedes Díaz,  contraria  una  de  ellas a la norma que prohibe el suministro de cocaína, cuyo  efecto  nocivo  para  la  salud  de  Doris  Adriana era previsible para Diomedes  Díaz.  Siendo  el deterioro de la salud y consecuencialmente la muerte de Doris  Adriana,  concretándose  la  realización  del  riesgo  creado  por  la acción  contraria  al  deber  de  cuidado  para  prevenir  el  daño  a  la salud de los  asociados  y  las  restantes  acciones  contrarias  al deber de cuidado que debe  tener  el  hombre  medio en el desarrollo de sus relaciones sociales”,   el  demandante  parte  de  la  base  de  que  “yerra  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  al dar por demostrada la  relación  existente entre el suministro de cocaína”  por   DIOMEDES   DÍAZ   a  Doris Adriana “(violación  del  deber  de  cuidado)  y  el  fallecimiento  de esta  última  debido  al  excesivo consumo de dicha sustancia (resultado)”.   

          También  se  advierte  en  el libelo del defensor, que expresamente  plantea   su   desacuerdo  con  la  valoración  que  de  las  pruebas  hizo  el  ad  quem,  al  señalar  que  “en  el  hipotético  evento  de  que  se  llegara a  sostener  que  esas  relaciones  sexuales  orgiásticas  le  son  atribuibles  a  DIOMEDES   DÍAZ   MAESTRE   como   una  violación  al  deber  de  cuidado,  el  fallecimiento  de  DORIS  ADRIANA  NIÑO  GARCÍA  no puede ser considerado como  producto  de  dichas  actividades  (pese  a que en la  sentencia  recurrida se afirma lo contrario), pues para  ello  resultaría  indispensable”  que  DIOMEDES      DÍAZ     “hubiera  sido  consciente de que al mantener relaciones sexuales con  DORIS  ADRIANA  NIÑO  GARCÍA  mientras  ella  estaba  bajo  los  efectos de la  cocaína  y  el  alcohol,  existía  el  riesgo de que se produjera su muerte y,  consciente  de  dicho  peligro,  hubiera  adoptado la determinación de sostener  dicha   clase  de  relaciones”  (negrilla  fuera  de  texto).   

Fácil   se   advierte   de  la  anterior  transcripción  que  el  impugnante no se encuentra conforme con la apreciación  del  fallador  de  segundo  grado,  y  entonces,  en  la demostración del cargo  incursiona  en  el  discurrir  propio  de  la  violación  indirecta  de  la ley  sustancial,  pues  considera  que  el  Tribunal arribó a conclusiones que no se  compadecen con las pruebas recaudadas.   

          A  su  vez,  en  otro pasaje de la demanda el impugnante arriba a la  argumentación  de  la  violación  indirecta por error de hecho determinado por  falso  raciocinio,  en la medida que censura el quebrantamiento de las reglas de  la  ciencia, que no postuló, y tanto menos desarrolló conforme a las reglas de  técnica  de  esta  impugnación  extraordinaria,  pues  expuso  que  si  en  la  providencia   atacada  se  expresó  que  “quien  se  encuentra  bajo  los  efectos  del  alcohol  y  sostiene relaciones sexuales con  actividades  violentas incrementa los efectos excitatorios de la droga, esto es,  la  excitación  cerebral  motriz,  actividad  física  y  también  excitación  genital”,  ello,  en su criterio, conduce a concluir  que  “lo  que  esta  realidad  científica  pone  de  presente  es  una  serie  de  cambios  fisiológicos  que,  por  sí  mismos, no  constituyen  un  peligro  para  la salud de quienes toman parte en esta clase de  actividades sexuales”.   

Otra circunstancia que pone de presente una  vez  más  que  el  defensor  incumple  las  reglas  de  técnica  que  rigen la  postulación  de  la  violación  directa  de  la ley sustancial se evidencia al  exponer  que  “cuando,  como en el presente caso, la  noticia  que  se  trasmite  es la de un embarazo, es evidente que no se trata de  una  información  que pudiera representar peligro para la integridad física de  DORIS  ADRIANA  NIÑO  GARCÍA,  máxime  cuando  la persona de cuyo embarazo se  trataba,   era   una   mujer   con   la  que   la    destinataria    de   la   noticia  -según  afirma  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá-  compartía relaciones sexuales orgiásticas en  compañía   de   quien   comunicaba   la  noticia”,  observación  que  riñe  abiertamente  con  lo  señalado  por  el ad  quem,  según el cual, “es  una  realidad  científica  que  una  persona que ha superado el  efecto  excitatorio  de  la  cocaína  al  que le sucede la depresión física y  psíquica,  tenga una probabilidad mayor de incrementar su hipoventilación como  consecuencia  de  la  recepción  de  una noticia desagradable que compromete su  psiquis”.   

         Adicional  a  lo  destacado,  en  otra  controversia  acerca de las  valoraciones  del  Tribunal,  el  casacionista quebranta la técnica que rige el  desarrollo   y  acreditación  del  cargo  por  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  en  cuanto  se  opone  a  la  forma  en  que  los  funcionarios que  resolvieron  la impugnación valoraron las medios probatorios; así pues, indica  que  no  hay  prueba alguna que permita afirmar que la condición sicológica de  la  víctima  la  hacía  susceptible  emocionalmente  a  la  referida  noticia,  “el  solo  hecho  de  que DIOMEDES DÍAZ MAESTRE le  haya  comunicado  a  DORIS  ADRIANA  NIÑO  GARCÍA  que  LUZ  CONSUELO MARTINEZ  (compañera  de  orgías  de  los  dos  mencionados)  se encontraba en estado de  embarazo,  no  puede  ser catalogado como un comportamiento violatorio del deber  de   cuidado,   con   base   en  el  cual  le  pueda  ser  atribuida”      al      procesado      DÍAZ  MAESTRE          la          “responsabilidad  a  título de culpa por la muerte de DORIS ADRIANA  NIÑO”;  valoración  sustancialmente antagónica a  la  ofrecida  por  el  fallador  de  segunda instancia al decir: “¿La   impresión   que  le  causare  el  enterarse  de  un  suceso  desagradable  es  causa  necesaria  de  la  hipoxia  y  fallecimiento  de  Doris  Adriana?.  La  respuesta  es  igualmente positiva en cuanto encontrándose en el  estado  depresivo  propio  del fármaco es sometida a una presión psíquica que  sin  lugar a duda alguna incrementó su hipoventilación, produciendo finalmente  su muerte”.   

          Para   finalizar   el   demandante   expresa   que   “las   anteriores   consideraciones   han   estado  dirigidas  en  su  totalidad,  a  demostrar  que  DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE  no vulneró un deber de  cuidado  que  pueda  ser  puesto  en  ‘relación  de  adecuación’  con  la  muerte de DORIS ADRIANA NIÑO”  apreciación  que  contradice  lo  expuesto  por  el  Tribunal:  “No  hay duda alguna entonces, que es la violación al deber objetivo  de  cuidado  al  que  estaba  obligado  Diomedes  Díaz  lo  que  determinó  la  producción  del  resultado, esto, es, la muerte de Doris Adriana, la que tanto,  desde   un   juicio   abstracto   como   concreto   era   previsible”.   

En  suma,  lo que en esencia se advierte es  que   el   defensor   de   DIOMEDES  DÍAZ  postula  que  una  correcta apreciación de los medios probatorios  habría  conducido  a  reconocer la ausencia de violación del deber objetivo de  cuidado  en  punto  de  la  muerte  de  Doris  Adriana  Niño,  apartándose  con  ello  de  la  apreciación  probatoria  que  sobre  tal  tópico  expresó el Tribunal, intentando oponer su  particular  valoración  del suceso a la contenida en el fallo, olvidando que un  cuestionamiento  de  tal  naturaleza  debe postularlo al amparo de la violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  y  con abandono de la técnica de casación  propia del cargo de violación directa de la ley que formula.   

A  pesar de las observaciones anteriormente  señaladas  que  conducen  a  la  desestimación  del  cargo,  menester  resulta  señalar   que  al  momento  de  desarrollar  la  Sala  los  planteamientos  que  determinarán  la casación oficiosa del fallo impugnado, abordará los tópicos  de    fondo    que    plantea    el   apoderado   del   procesado   DIOMEDEZ DÍAZ MAESTRE.   

Particularmente se analizará cuanto atañe  a  la  causa  de  la  muerte  de  Doris  Adriana Niño  García  a  partir de la prueba técnica obrante en la  actuación,  valorada  objetivamente  en  conjunto  con  los demás elementos de  persuasión,  circunstancia  que  de manera innegable habrá de reflejarse en la  adecuación  típica del comportamiento que dio lugar a este trámite judicial y  con  ello,  en  el  sentido  de  la  determinación  de  fondo que finalmente se  adopte.   

          El cargo se desestima.   

CASACIÓN OFICIOSA  

          Habida  cuenta  que el artículo 216 de la Ley 600 de 2000 exceptúa  el  principio  de  limitación  que  rige  la  competencia  de  la Corte en este  trámite  extraordinario  cuando  se  trate  de  “la  causal   prevista   en   el   numeral   tercero  del  artículo  220”,  en  cuanto puede proceder a declararla de oficio, al igual que  cuando  sea  ostensible  que  el fallo “atenta contra  las   garantías   fundamentales”,   se  impone  la  necesidad   de   acudir   a   tal   facultad   oficiosa   por   las   siguientes  razones:   

La  motivación  de  los  fallos  era  un  postulado  contenido  en  el  artículo  163  de  la  Constitución  de 1886, no  obstante,  aunque  tal  norma no fue reproducida en la Constitución de 1991, se  ha  reconocido que constituye pilar fundamental del derecho a un debido proceso,  habida   cuenta  que  comporta  una  garantía  contra  la  arbitrariedad  y  el  despotismo  de  los funcionarios, a la vez que se erige en elemento de certeza y  seguridad  para  efecto  de  ejercitar  el  derecho de impugnación por parte de  cualquiera   de   los   sujetos   procesales   intervinientes   en  el  trámite  judicial.   

          El  deber  de  motivar  no  se  satisface  con  la  simple  y  llana  expresión  de lo decidido por el funcionario judicial, pues menester resulta la  indicación  clara, expresa e indudable de su argumentación, con soporte en las  pruebas  y  en los preceptos aplicados en cada asunto, pues no de otra manera se  garantizan  los  derechos  de  los  sujetos  procesales,  a  la  vez que se hace  efectivo  el  principio  de  imperio  de la ley, esto es, de sometimiento de los  jueces al ordenamiento jurídico.   

          En  punto  de  la  garantía de motivación de las decisiones, y con  ella  del  debido  proceso,  el  artículo 170 de la Ley 600 de 2000 señala los  requisitos   que   deben   contener   los   fallos,   entre  los  cuales  figura  “la  valoración  jurídica de las pruebas en que ha  de   fundarse   la   decisión”  y  “la     calificación    jurídica    de    los    hechos”,   de   donde  se  desprende  que  si  la  sentencia  carece  de  motivación,  o  esta es incompleta, ambigua, equívoca o soportada en supuestos  falsos,  no  sólo  quebranta  el  derecho de los intervinientes en el proceso a  conocer  sin  ambages el sentido de la decisión, sino que también imposibilita  su  controversia  a  través de los medios de impugnación, con lo que, sin duda  alguna,  se  lesiona el derecho al debido proceso, que en virtud de lo dispuesto  en  el  numeral  2º  del  artículo  306 del estatuto procesal penal constituye  causal de invalidez de la actuación viciada.   

          Sobre lo expuesto tiene dicho la Sala que:   

“…si   la  sentencia  carece  absolutamente de motivación sobre un elemento del delito, la  responsabilidad  del  acusado,  o en relación con una específica circunstancia  de  agravación,  o  la  individualización  de la pena,  o no empece tener  motivación  la  misma es ambigua o contradictoria, o se fundamenta en supuestos  fácticos  o  racionales  inexistentes,  y en tal medida las consideraciones del  juzgador  no podrían ser fundamento legal y razonable de la decisión contenida  en  la  parte  resolutiva,  la nulidad se erige como la única vía plausible de  solución”2.   

Siendo  ello  así, el deber de motivar las  decisiones,  en  particular  los  fallos,  corresponde  al  funcionario  que los  profiere,  pero  también  compete  a las autoridades judiciales que intervengan  directamente  en  el  trámite  verificar  que  en  efecto  la motivación, como  condición  de  legitimidad y validez de las decisiones se encuentre satisfecha,  pues   de   lo   contrario,   han   de   proceder  a  imprimir  los  correctivos  pertinentes.   

          En  el  caso  objeto de estudio advierte la Sala que el ad  quem  al  modificar el fallo de primer  grado   que   condenó  al  procesado  DIOMEDES  DÍAZ  MAESTRE  por el delito de homicidio preterintencional,  en  el  sentido  de  condenarlo  por el de homicidio culposo agravado, faltó al  imperativo  de  motivación  de  las  decisiones,  pues  si  bien  presentó una  argumentación   sobre   ello,   desconoció  ostensiblemente  las  pruebas  que  objetivamente   conducen   a   conclusiones   diversas,  con  lo  que  dejó  su  fundamentación  ayuna  de  soporte fáctico en la actuación, habida cuenta que  el  funcionario judicial debe valorar las pruebas pero no puede crearlas y tanto  menos  trasmutar su sentido o lo que ellas informan, pues de ser así incurre en  una  motivación  aparente  y  sofística  que  socava  la estructura fáctica y  jurídica del fallo.   

Así  pues,  en punto de la prueba técnica  sobre  las  causas  de  la  muerte  de  Doris  Adriana  Niño,   el   Tribunal   comienza  por  señalar  que  “sólo  el  juzgador es quien en posesión de todos  los  datos  de la instrucción médicos y no médicos establece la calificación  legal  de  la  misma”, y entonces procede a analizar  los  diversos  experticios  y  conceptos  médicos  arrimados  a  la  actuación  así:   

1.-  La necropsia en la cual se indica que  la  “causa,  manera y mecanismo de muerte, queda en  estudio”,  de  donde  concluye  que “no   existen  hallazgos  específicos  en  la  muerte  por  asfixia  (entendida  en  el  sentido  de  hipoxia),  que  por sí solos den cuenta que la  muerte    sea    el    resultado    de    una    asfixia   mecánica”.   

2.- El  dictamen  5332  de  1997, rendido por el patólogo Nelson  Téllez  Rodríguez,  según  el  cual  “es posible  concluir que la causa de la  muerte  de  esta  persona  fue  isquemia  miocárdica  y  edema  pulmonar, ambos  inducidos  por  sobredosis  de  cocaína”. Aquí se  descarta   la   muerte  natural  y  se  dice  que  pudo  presentarse    “un  accidente,  un  suicidio  o un homicidio” dejando la  tipificación   a   discreción   de  la  autoridad  competente  “de  acuerdo  con  los restantes elementos de juicio que obren en el  proceso…”.   

3.- Ampliación del dictamen anterior en el  que        se        expresa:       “joven  que  muere  por  insuficiencia  respiratoria  aguda  secundaria  a  eventos fisiopatológicos desencadenados por  una sobredosis de cocaína”.   

4.-   Concepto  del  doctor  Eduardo  Valdés, oficio 4356 de septiembre  2  de  1997,  donde  se  establece  como  causa  de  la  muerte  “paro  respiratorio  secundario  a  intoxicación  por  cocaína, que  origina  un  cuadro  clínico  complejo  donde  se destacan síntomas síquicos,  neurológicos,  circulatorios y respiratorios que correlaciona con los hallazgos  encontrados”.   

En  cuanto a la manera en que se produjo la  muerte  indica  que  es  de  tipo  violenta y que los hallazgos, “algunos  de ellos, corresponden a lesiones ocasionadas por elementos  contundentes,  que  demuestran  la ocurrencia de violencia física que, además,  podría  estar  o  no  correlacionada con el estado de excitación psíquica por  intoxicación  cocaínica.  Hay  hallazgos  que  se  correlacionan  con  lo  que  frecuentemente   se   observa   en   prácticas  sexuales  violentas”.   

Sobre   los   anteriores   conceptos   el  ad   quem   señala   que  “son  incompletos  y  deficientes  en los exámenes,  experimentos  e  investigaciones  efectuadas,  ya  que  los médicos legistas se  abstuvieron  de  analizar  la  cadena de custodia, la calidad de los fundamentos  técnicos  y  científicos  de  las  conclusiones,  el  aseguramiento de calidad  aplicado  de  la  prueba  toxicológica  que  daba  cuenta de concentraciones en  sangre   extremadamente  elevadas  de  cocaína  y  benzoilecgonina   y  se  estuvieron    sólo    a    sus   resultados   en   los   que   cimentaron   sus  conclusiones…”.   

5.  Concepto  técnico  rendido  por  los  doctores  Arturo  González Bazurto, Humberto Torres y  Gerardo   Prada   Chona  en  el  cual  concluyen  que  Doris  Adriana no murió por  sobredosis de cocaína en cuanto no convulsionó.   

Respecto de este concepto el Tribunal expone  que  “no es de recibo para la Sala en cuanto que, es  rendido  en  gran  parte  sobre  fotografías,  llegando  a conclusiones que son  desvirtuadas  por  Instituto  de Medicina Legal y posteriormente aceptadas en el  curso  de  la  diligencia pública por los mismos peritos como son los hallazgos  que    pudieran    llevar    a    concluir    la   existencia   de   un   trauma  craneoencefálico”.   

6.-  Acerca  del  concepto  de  la Junta de  Peritos  conformada  para  absolver  los  interrogantes planteados por el Fiscal  Delegado  ante  la  Corte,  el  Tribunal  expresa  que le ofrece “serios  motivos de credibilidad y es al que debe estarse teniendo en  cuenta”  la  idoneidad  de  los  peritos, el método  utilizado,      la     fundamentación     técnico     científica     y     la  inmediación.   

         Resalta entonces las siguientes conclusiones:   

1.-  Doris Adriana  Niño  presentaba “signos de  hipoxia  y traumas contundentes en diferentes partes del cuerpo que no se pueden  atribuir  exclusivamente  al  consumo  de  cocaína.  Esto  es, que el mecanismo  fisiopatológico   de   la   muerte  de  Doris  Adriana  Niño  García  fue  la  hipoxia”.   

2.- “La presencia  de  semen  en  el cuerpo, hallazgo que en conjunto con las escoriaciones en cara  externa  de  labio  menor derecho y hacia la base del labio mayor izquierdo y de  múltiples  equimosis pequeñas en cara anterior de ambos muslos, sugieren en el  ámbito        forense        actividad        sexual       violenta”.   

3.- “La presencia  de  escoriaciones  pequeñas  y  múltiples  en hemiabdomen superior izquierdo y  flanco   derecho,  las  esxoriaciones  lineales  múltiples  en  región  lumbar  derecha,   en   tubérculo   tibial   izquierdo,   las  equimosis  en  maléelos  (sic) externo y dorso de pie  derecho  y  base  dorsal  del  quinto  dedo y hematoma subgaleal de 3 cms pueden  haberse  producido  durante  la  actividad  sexual  violenta  accidentalmente  o  inflingidas    por    agresión    de    terceros.    En    ningún   caso   son  autoinflingidas”.   

4.- “La hipoxia puede ser explicada de dos  maneras:   

a.-    “La  sofocación,    asociada    a   actividad   sexual   violenta   y   consumo   de  cocaína”.   

b.-    “La  intoxicación  cocaínica,  asociada  igualmente a actividad sexual violenta y a  traumas  leves  a  moderados,  que  se explicarían en el evento que la víctima  hubiese   desarrollado   un   delirio   cocaínico   o  convulsiones”.   

          Estima   la   Sala   que   sin   razón   alguna,   el  ad  quem marginó en la apreciación de los  medios  técnicos  de  prueba  apartes  de singular trascendencia, motivo por el  cual,  se  repite,  la  motivación  del  fallo  es  apenas aparente y carece de  soporte    en    el    acervo    probatorio,    como   a   continuación   puede  observarse.   

En  efecto,  en el concepto de los doctores  Arturo  González  Bazurto,  Humberto Torres y Gerardo  Prada  Chona  se  indica  que si bien las lesiones que  figuran  en  el  protocolo  de  necropsia,  así  como  en  las fotos tomadas al  cadáver  de  la  víctima  permiten concluir que “no  son  capaces de producir la muerte” si son aptas para  revelar  “un  episodio  de violencia física dentro  del  cual  si  se  involucran las de cara, las cuales denotan la fuerza ejercida  por  una  mano  que  oprime la boca y nariz fuertemente, con posible fractura de  los  huesos  propios  de la nariz, la marcada movilidad  de  la  cabeza con respecto al cuello y ruptura de ligamentos, como consecuencia  directa  de  una hiperextensión del mismo con rotación violencia y simultánea  de  la  cabeza  y  la presencia de vestigios de hematoma o hemorragia en la fosa  posterior  y base del cráneo que se observa en la fotografía sin número de la  segunda  exhumación, nos revela que la verdadera causa de muerte nunca pudo ser  inducida  por  una sobredosis de cocaína, sino que, su causa fue necesariamente  violenta,  toda  vez  que  los hallazgos anteriores se postulan como la causa de  muerte  más  posible…   la  isquemia  miocárdica,  edema  pulmonar y la  hipoxia  tienen  múltiples  causas.  Del  conjunto de lesiones, por su número,  magnitud  y  severidad  que  presentaba el cadáver y las inconsistencias en los  análisis  toxicológicos  puede  afirmarse  categóricamente  que Doris Adriana  Niño  García  no  murió  por  sobredosis  de cocaína y en consecuencia nunca  convulsionó…  las  lesiones  producidas  en  vida  en  la humanidad de la hoy  occisa  le  fueron  ocasionadas  en un episodio de acceso carnal violento, en el  que  dejaron  a la víctima muerta, semidesnuda, descalza, lesionada y sus ropas  rasadas  …  no  murió  por  sobredosis  de  cocaína  y en consecuencia nunca  convulsionó…”      (subrayas     fuera     de  texto).   

          Es  necesario  resaltar,  que  este concepto no concluye únicamente  que  la víctima no convulsionó, sino que, lo más importante, pone de presente  una  circunstancia  de  violencia  especialmente en la nariz de aquella, tópico  que  el  ad  quem no tuvo en  cuenta.   

   

Así  mismo,  en  la  audiencia pública el  patólogo  Enrique Prada Chona  dijo  que  teniendo  en cuenta el acta de levantamiento del cadáver, el patrón  de  las  lesiones  y  los  hallazgos  internos  del  cadáver la mujer falleció  “por     hipoxia,    es    decir,    hipoxia  me refiero a disminución de oxigeno, secundaria o causada  por  una asfixia mecánica por sofocación”. Concepto  que  también desechó el Tribunal en atención al procedimiento utilizado, pero  sin  pronunciarse en punto de su aporte, que resultaba consonante con las demás  pruebas obrantes en la actuación. (subrayas fuera de texto).   

También    el    doctor   Humberto  Torres  Llenera (químico), en la  misma  diligencia  señala:  “…uniendo  esta parte  toxicológica  con  la  parte  médica  forense  está descrito de acuerdo a las  definiciones,  de  acuerdo  a  los  conceptos  de  medicina legal, nosotros como  equipo,  llegamos  a  la  conclusión  de  que Doris Adriana Niño no murió por  sobredosis  de cocaína y que la muerte se produjo por  asfixia  mecánica  por sofocación, … por otra parte  teniendo  en  cuenta los resultados del laboratorio de toxicología, es evidente  que  la  hoy  occisa  consumió cocaína, razón por la cual se debe señalar en  este   caso   como  causa  asociada  o  coadyuvante  de  la  muerte…”. (subrayas fuera de texto).   

          No  obstante,  como  puede  observarse  en  el fallo, el Tribunal no  asume  el aporte objetivo de la prueba, y por el contrario, dirige su esfuerzo a  especular  en  punto  de  las  causas  de la muerte de la víctima para concluir  equivocadamente que se trató de un homicidio culposo.   

También  advierte la Sala que el Instituto  de  Medicina  Legal,  en oficio 625 A 99 BATRB del 29 de abril de 1997, señala:  “..  el cuerpo de la occisa presentaba un patrón de  lesiones   traumáticas   que   corresponden  a  las  descritas  por asfixia mecánica por sofocación evento  que  consideramos  como  causa  de  la  muerte  (…)  las lesiones traumáticas  observadas  en  el  cuerpo  no  se  pueden  atribuir  a  convulsiones  sino  que  corresponden  a  signos  de  asfixia  mecánica  por  sofocación y a relaciones  sexuales  con  actividades  violentas…”. (subrayas  fuera de texto).   

          Este   concepto   nuevamente  es  desatendido  por  el  ad   quem,   sin  percatarse  que  brinda  elementos  consistentes  con  los  hechos  demostrados, y explica la causa de la  muerte  de  la  víctima  en  el  ámbito  de  un  comportamiento  voluntario de  oclusión de su boca y nariz.   

          En  punto del concepto técnico de la Junta de Peritos del Instituto  de  Medicina  Legal,  respecto  del  cual  el  Tribunal señaló que le ofrecía  “serios    motivos   de   credibilidad”,  ninguna  valoración hace respecto de las observaciones que se  plasmaron  sobre  las causas de la hipoxia, pues efectivamente allí se dijo que  referidas  a  que  “un   elemento a favor” de que la  hipoxia  se  produjo  por  asfixia  por sofocación, asociada a actividad sexual  violenta  y  consumo  de cocaína “es la lesión  en  la  mucosa del labio inferior la cual esta descrita en  la  literatura  forense  como  el  resultado  de  la  compresión  con  fines de  oclusión   de   la   nariz   y   boca  ejerciendo  presión  externa  en  estas  áreas”. (subrayas fuera de texto).   

          Y   además   se   apreció   en  el  concepto  que  “la   hipoxia   secundaria  a  intoxicación  cocaínica  asociada  a  actividad    sexual   violenta   y   a   traumas   leves   moderados”  se  “explicaría en el evento que la  víctima  hubiese  desarrollado un delirio cocaínico o convulsiones”,   pero   que   sin   embargo  “esta  interpretación  no  explica satisfactoriamente la presencia de la laceración y  hematoma  observada  en  la  mucosa  del  labio  inferior,  lesión  no usual en  episodios    convulsivos”    que   “pudo  ser el resultado del intento de controlar a la persona pues se  asocia  a  intervención  de  terceros”.   

          Como   fácil   puede   advertirse,   el   Tribunal   abandonó  sin  explicación  alguna  la  información  del  concepto  técnico  que le ofrecía  credibilidad,  pues  únicamente se limitó a construir su propia percepción de  los  sucesos de espaldas a la realidad procesal, en especial pasando por alto la  prueba  científica que revelaba sin duda alguna que la hipoxia, como una de las  causas   desencadenantes   de   la   muerte  de  Doris  Adriana,   estuvo   determinada   por   la  oclusión  voluntaria  de su boca y nariz, y no por el consumo de cocaína, como se dijo en  el fallo impugnado.   

          Pertinente  resulta  destacar, que pese a reconocer la lesión en el  labio  inferior  de  la  víctima,  ningún  pronunciamiento hace respecto de su  explicación  científica  en  punto  de  la hipoxia por sofocación derivada de  asfixia  mecánica,  como  cuando  señala  que  “Fue  Diomedes  Díaz  quien  tras sostener el encuentro sexual en forma directa le da  la  no  agradable noticia para la occisa del embarazo de Luz Consuelo Martínez,  igualmente  el  hematoma  en el labio da cuenta de la  presión  ejercida  sobre  esta  parte  del cuerpo, que dada la intensidad de la  misma  solo  es  dable predicarla de Diomedez Díaz”,  pero  como  ya  se  advirtió,  ninguna  valoración  hace de tal verificación.  (subrayas fueras de texto).   

          Simplemente,  el  Tribunal  expresó,  sin más, que “como  se  señalará  para  la  Sala la prueba legal y oportunamente  allegada  al  investigativo,  analizada en conjunto (la lesión en la mucosa del  labio  inferior  es  hallazgo  inespecífico, no existen hallazgos específicos)  impide  afirmar  que  es  la asfixia por sofocación la causa eficaz y eficiente  del   fallecimiento  de  la  hoy  occisa”,  sin  que  procediera  acto  seguido  a  dar alcance a su decisión de descartar la hipoxia  por  asfixia,  que  como  se  vio,  es  la  que  objetivamente informa la prueba  científica.   

         Curiosamente,  el  ad  quem  señala  como causas de la muerte de la  víctima  el  consumo de cocaína, la actividad sexual violenta, “la  presencia  de  lesiones  vitales  entre  las  que  se  cuenta la  laceración  y  hematoma en el labio inferior y el hematoma subgaleal en frontal  izquierdo” y la noticia del embarazo de Luz  Consuelo  Martínez,  donde pronto se  evidencia  que  el  elemento  objetivo  de mayor trascendencia para acreditar la  asfixia  mecánica  pasa  a conformar una concausa de menor importancia a la que  sin  fundamento alguno le es negado su verdadero alcance material de conformidad  con la prueba técnica.   

Por tanto, no hay duda que como consecuencia  de  la  falta  de soporte probatorio para fundamentar la adecuación típica del  comportamiento  investigado  al  delito  de  homicidio  culposo,  el Tribunal se  apartó  del  recaudo  probatorio,  pues desconociendo la asfixia mecánica como  causa  eficiente  de  la  muerte  unida  a  otros  factores, acudió a construir  hipótesis  que  no  se  compadecen con la información del proceso. Además, si  bien  anunció  que  valoraría los dictámenes de conformidad con las reglas de  la  sana  crítica,  a  la  postre  no  atendió ninguna de ellas en punto de la  apreciación  de  las  causas  de  la  muerte,  como  para  descartar la hipoxia  consecuencial  a  asfixia  mecánica,  de  forma  que  con la marginación de la  lesión  en el labio inferior de la víctima, construyó una realidad diversa al  factum   y   arribó   a  conclusiones manifiestamente equívocas.   

En síntesis, el Tribunal presentó respecto  de   los  sustentos  probatorios de su fallo una motivación aparente, pues  desconoció  que  la  prueba  científica  valorada en conjunto con otros medios  probatorios  permite  concluir  que  la muerte de Doris  Adriana   Niño   fue  consecuencia  de  hipoxia  por  sofocación  propia  de  asfixia  causada por medios mecánicos, esto es, por la  oclusión  de  su  boca  y  nariz,  circunstancia  que  imposibilita adecuar tal  comportamiento  a  una  violación  del  deber objetivo de cuidado del procesado  DIOMEDES  DÍAZ,  y  por  el  contrario,   permite   concluir   que  existió  un  primer  acto  de  carácter  intencional   (doloso),   lesivo   de  la  integridad  física  de  Doris   Adriana,  que  a  la  postre,  sin  pretender  directamente  la  muerte  de  la  víctima,  excedió  lo  querido  y  finalmente   produjo  el  resultado  que  motivó  este  proceso,  circunstancia  objetiva  que  se  adecua a las previsiones señaladas por el legislador para la  conducta preterintencional.   

          Tal  motivación  aparente o sofística constituye una irregularidad  sustancial  y  trascendente  que  conculca  los pilares fundamentales del debido  proceso,  y  que  impone,  como  inicialmente se advirtió, sanear la actuación  declarando  la nulidad del fallo impugnado, de conformidad con los postulados de  la causal tercera de casación.   

FALLO     DE  SUSTITUCIÓN   

Al  concluir que en este caso ha concurrido  la  causal  tercera  de casación, la decisión que oficiosamente adopta la Sala  debe  consultar  los  parámetros  del  artículo  217 de la Ley 600 de 2000 que  dispone:   

“1.  Si  la  causal  aceptada  fuere  la  primera,  la  segunda  o  la  de  nulidad  cuando ésta afecte exclusivamente la  sentencia    demandada,    casará   el   fallo   y   dictará   el   que   deba  reemplazarlo”.   

“2.  Si  la  causal  aceptada  fuere  la  tercera,  salvo  la  situación a que se refiere el numeral anterior, declarará  en  qué  estado  queda  el  proceso  y  dispondrá que se envíe al funcionario  competente   para   que  proceda  de  acuerdo  con  lo  resuelto  por  la  Corte  “.   

La  aplicación de este precepto entendido  en  su  sentido  literal  parece  no  ofrecer  dificultad  alguna;  no obstante,  conviene  recordar que en ocasiones la Sala a pesar de casar un fallo por vicios  que  lo  afectan  exclusivamente  a  él  ha decidido anularlo pero no dictar el  sustitutivo,  reenviando  el  proceso al respectivo Tribunal para que nuevamente  lo profiera.   

          Una   reconsideración   del   tema   conduce  a  precisar  que  una  determinación    tal    puede    tener   justificación   bajo   circunstancias  excepcionales.  Ello por cuanto, el concepto que se extrae de la interpretación  de  los  dos  numerales  del  precepto  que  se  comenta, es que si el vicio que  produce  la  nulidad  está  circunscrito  al  propio pronunciamiento de segunda  instancia, no hay procedimiento alguno que se deba restaurar.   

         No  puede  dejarse  de  lado que el instituto de la casación es la  última  vía  de  impugnación  consagrada  en  la  ley como culminación de un  trámite  de  dos instancias, cuya decisión fue radicada por la Carta Política  (artículos  234  y  235)  en  la  Corte  Suprema  de Justicia como autoridad de  máxima  jerarquía  de  la  justicia ordinaria y tribunal de casación, al cual  tienen  acceso  los  sujetos  procesales  bajo  las  condiciones  de legitimidad  previstas  en  la  ley;  por tanto, el fallo de casación, cualquiera que sea su  sentido,  no  sorprende  a  nadie,  es el resultado propio y esperado de la vía  impugnaticia incoada.   

         Por lo demás, la preceptiva del numeral  1º  consulta  el  principio de economía procesal, porque después de casado el  fallo  por  concurrir  una  causal  de nulidad, lo único que queda pendiente es  dictar  nuevamente  la  sentencia  de segundo grado, cuyos parámetros deben ser  aquellos trazados por la Corte en la sentencia de casación.   

Ello significa que la sentencia que se dicta  para  sustituir  la  quebrada  por  concurrir  en  ella  la  causal  tercera  de  casación,  no  puede  ser  proferida  libremente  por  el  respectivo  Tribunal  Superior,  pues  la  ley  ordena  que  se  dicte  “de  acuerdo  con  lo  resuelto  por  la  Corte” y en esas  condiciones,  los sujetos procesales ya no cuentan con la posibilidad de obtener  el  reconocimiento  de  pretensiones  de  ninguna  índole, pues las alegadas ya  habrían  sido  consideradas  por  el  Tribunal de casación, bien al momento de  ejercer  el control sobre la demanda en punto de los requisitos formales, ora al  adoptar   decisión  de  mérito,  y  las  que  no,  no  pueden  ser  objeto  de  pronunciamiento   por   el   ad  quem,  porque  en  esa  ocasión  su  facultad  de  fallar  se encuentra  delimitada por la decisión casacional.   

          Es  de  entender  que  esas  son  las  razones  por  las  cuales  el  legislador  decidió  que  en  la  situación  descrita  en  el  numeral 1º del  precepto  citado,  el  fallo de sustitución lo debe dictar la Corte, por ser la  máxima  autoridad  en  la  rama  penal  y las decisiones que emite como juez de  casación carecen de más recursos.   

Lo contrario sería admitir que la decisión  de  la Sala de Casación Penal, dictada por el Tribunal Superior, está sujeta a  un  segundo recurso de casación; y si eventualmente surgiera otra circunstancia  susceptible  de estructurar otra nulidad, como puede ocurrir por no cumplirse lo  dispuesto  en  la  sentencia de casación, se iniciaría una cadena interminable  de  recursos  extraordinarios,  lo que desborda la estructura del proceso penal,  tal como está concebido nuestro sistema procedimental.   

         

En  esas  condiciones,  la  Sala  casará  oficiosamente el fallo impugnado y dictará el sustitutivo.   

          Realizadas   las   anteriores   observaciones  se  tiene,  como  con  suficiencia  se  abordó  en precedencia, que la prueba obrante en la actuación  es  incuestionable al señalar la hipoxia como una de las causas de la muerte de  Doris   Adriana  Niño.  La  divergencia  en  los  criterios  surge  en  punto  de  la  causa de esa falta de  oxígeno,  como  consecuencia  de  una  sobredosis  de  cocaína,  o  bien, como  resultado de la sofocación derivada de asfixia mecánica.   

Sobre  ello,  en  el  Acta  de  la junta de  peritos  del  Instituto  Nacional  de Medicina Legal del 2 de agosto de 1997, se  concluyó    acerca    de    la   muerte   de   Doris  Adriana:   

“a.  Hipoxia  producida  por  asfixia  por sofocación, asociada a actividad sexual violenta y  consumo  de  cocaína; un elemento a favor de esta opinión, es la lesión en la  mucosa  del  labio inferior la cual está descrita en la literatura forense como  el  resultado  de  la  compresión  con  fines  de  oclusión de la nariz y boca  ejerciendo      presión      externa      en      estas      áreas”.   

“b.  Hipoxia  secundaria  a  intoxicación cocaínica asociada a actividad sexual violenta y a  traumas  leves  a  moderados,  que  se explicarían en el evento que la víctima  hubiese  desarrollado  un  delirio  cocaínico o convulsiones. Sin embargo, esta  interpretación  no  explica la presencia de la laceración y hematoma observada  en   la   mucosa   del   labio   inferior,   lesión   no   usual  en  episodios  convulsivos”.   

Por tanto, es la misma prueba científica la  que  permite objetivamente eliminar la discrepancia anunciada, pues al cotejarla  con  las  huellas  exteriores  anotadas  en  el  protocolo  de necropsia, que al  examinar    el    cadáver    de    la    víctima   encontró   “lasceración     (sic)     y  hematoma  que  comprende la mucosa del labio inferior”,  que  se  relacionan como “HALLAZGOS  IMPORTANTES”,  permite  concluir  que  la  falta  de  oxígeno  no  fue  sólo  el producto del consumo de cocaína, sino particular y  primordialmente  resultado  de la asfixia causada por medios mecánicos mediante  la  oclusión  de  boca  y  nariz  de la víctima, como en efecto lo planteó el  a quo.   

Resulta  palmario,  que  si  la hipoxia fue  consecuencia   de   la   obstrucción   en   boca   y   nariz   de  Doris   Adriana,  unida  al  consumo  del  alcaloide,  tal  comportamiento  supone una lesión imputable a título de dolo,  como  que  fue  querida  por quien la realizó, que no fue otro que DIOMEDES  DÍAZ para intentar controlar la  evidente  contienda que se presentó entre Luz Consuelo  Martínez y la víctima, con ocasión de comunicarle a  esta  el  embarazo  de  la  primera.  Hecho  que se encuentra acreditado con las  múltiples    escoriaciones   encontradas   en   el   cuerpo   de   Doris  Adriana, así como con el análisis  científico  de  los  restos de piel que se hallaron en sus uñas, que según se  dictaminó,      corresponden      a      Consuelo  Martínez.   

          Lo  anterior cobra especial trascendencia si se tiene en cuenta, que  tal   como   lo   advirtiera   el  funcionario  de  primer  grado,  DIOMEDES  DÍAZ  era la única persona que  podía  superar  por  su  contextura a las contendientes, y con ocasión de ello  intentó    acallar   a   Doris   Adriana causándole la muerte no querida, pero sí   

consecuencial  a la lesión en su integridad  física.   

          Establecida  la causa de la muerte de Doris  Adriana,  ello  tiene  incidencia  en la tipicidad del  comportamiento,  pues  como  ya  se  dijo,  se  estableció que el deceso no fue  producto  de  la  violación  del  deber  objetivo  de  cuidado  de DIOMEDES  DÍAZ, sino de una acción lesiva  de  la  integridad  física  de  la víctima, concretada en oclusión de nariz y  boca,  que  le  ocasionó  las lesiones de que da cuenta la prueba pericial, por  razón  de las cuales se produjo un resultado más grave, esto es, su muerte que  era fácilmente previsible.   

          Lo  expuesto  impone  confirmar  íntegramente  el  fallo de primera  instancia,   por   cuyo   medio   se   condenó,  entre  otros,  a  DIOMEDES  DÍAZ MAESTRE a la pena principal  de  12 años y 6 meses de prisión y a la accesoria de interdicción de derechos  y  funciones  públicas  por  un  lapso  de  10  años,  como  autor  penalmente  responsable  del delito de homicidio preterintencional del que resultó víctima  Doris Adriana Niño García.   

         La   presente  providencia  no  admite  recurso  alguno,  no  siendo  reformable  ni  revocable  una  sentencia  por  el mismo Juez o Sala que la haya  proferido  (artículo  412 de la Ley 600 de 2000) y haber sido dictada ésta por  el  máximo órgano de la jurisdicción ordinaria, para resolver la impugnación  extraordinaria de casación.   

         En  mérito  de  lo expuesto, la SALA DE CASACIÓN PENAL de la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1.            DENEGAR   las   pretensiones   de  las  demandas.   

2.            CASAR   oficiosamente   la   sentencia  impugnada.   

          3.        CONFIRMAR,     en     consecuencia,     el    fallo    de    primera  instancia.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS   

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL         HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

        No hay firma   

CARLOS AUGUSTO GÁLVEZ  ARGOTE         JORGE  ANÍBAL GÓMEZ  GALLEGO   

                                                              No      hay  firma   

ÉDGAR    LOMBANA    TRUJILLO                  ÁLVARO          ORLANDO          PÉREZ  PINZÓN   

Comisión de servicio  

MARINA  PULIDO  DE  BARÓN                  JORGE  LUIS QUINTERO  MILANES   

  TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria  

    

1 Cfr.  Providencias  del  30  de  mayo  de 2002 y del 30 de noviembre del 2001, M.P. Dr  Fernando  Arboleda  Ripoll;  y  del 25 de abril del 2001. M.P. Dr. Jorge Aníbal  Gómez Gallego, entre otras.   

2  Sentencia   del   11   de   julio   de   2002.   M.P.   Dr.   Fernando  Arboleda  Ripoll.     

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