20237(11-02-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  20237   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta No. 10  

         

Bogotá  D.C.,  febrero once (11) de dos mil  cuatro (2004).   

VISTOS  

Decide la Sala sobre la admisibilidad formal  de   la   demanda   de  casación  presentada  por  el  defensor  del  procesado  JOSE    ORLANDO    VELASQUEZ    HIDALGO,  contra  la  sentencia  de  segunda  instancia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de Cúcuta el 21 de mayo de 2002, mediante la cual confirmó  el  fallo  dictado  por  el Juzgado Cuarto Penal del Circuito de la misma ciudad  que  lo  condenó  en calidad de autor de los delitos de concierto para traficar  con  estupefacientes  agravado  (artículo 8º de la Ley 365 de 1997) y tenencia  de  elementos  para  el  procesamiento  de cocaína o de otra droga que produzca  dependencia    (artículo    20    ídem).   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

Los hechos correspondientes a las actuaciones  acumuladas en la etapa del juicio se sintetizan así:   

Primero: Con base en informaciones recibidas  por  el  grupo  antinarcóticos  de la SIJIN (Cúcuta), el 7 de abril de 1998 se  registró   el   inmueble   ubicado   en   la   Avenida   5  #  33  –  62  del  Barrio  12  de  octubre del  Municipio  de Los Patios, donde se estableció que un grupo de personas cargaban  un   carro–tanque   con  diecinueve  (19)  canecas  con acetona, para ser utilizada en el procesamiento y  elaboración  de alcaloides; posteriormente se estableció que quien patrocinaba  y  encabezada  la  empresa  criminal  era  JOSE ORLANDO  VELASQUEZ     HIDALGO,     alias    “Zurca”.   

Segundo: Estableció la Fiscalía que bajo la  dirección  del procesado VELASQUEZ HIDALGO  opera  una agrupación encargada de realizar actos contrarios a la  ley,  entre  los cuales están las amenazas proferidas a la abogada María    Inés    Villamizar.   También  verificó   que  el  incriminado  lidera  una  banda  dedicada  al  tráfico  de  estupefacientes  en  el  Catatumbo  y en otros lugares, al punto que abastece de  ellos  al  Penal  de  Cúcuta,  lográndose  incautar el 27 de noviembre de 1997  trece (13) kilos de estupefacientes.   

          Los  hechos  anotados  fueron investigados por la Fiscalía Regional  de   Cúcuta   y  de  Bogotá,  respectivamente,  despachos  que  vincularon  al  demandante  mediante indagatoria, resolvieron su situación jurídica con medida  de  aseguramiento de detención preventiva sin derecho a libertad provisional, y  una   vez   cerradas   las   instrucciones   profirieron   sendas   resoluciones  calificatorias;  la  primera,  del  20  de  noviembre  de 1998, acusándolo como  presunto  autor  del  delito  de  tenencia de elementos para el procesamiento de  cocaína  o de otra droga que produzca dependencia. La segunda, del 20 de agosto  de  1999, a través de la cual se lo acusó como posible autor de los delitos de  “CONCIERTO  PARA  DELINQUIR CON FINES DE SICARIATO Y  CONCIERTO   PARA   DELINQUIR   EN  EL  TRÁFICO  DE  ESTUPEFACIENTES”.   

          En  el  juicio  las  causas  fueron acumuladas en el Juzgado Segundo  Penal  del Circuito Especializado de Cúcuta, despacho que profirió fallo el 23  de  julio  de  2001,  por  cuyo  medio  absolvió  al procesado por el delito de  “CONCIERTO    PARA    DELINQUIR   CON   FINES   DE  SICARIATO”,  pero lo condenó a la pena principal de  quince  (15)  años  de  prisión  y  multa de tres mil (3000) salarios mínimos  legales   mensuales,  como  autor  penalmente  responsable  de  los  delitos  de  concierto  para  traficar  con estupefacientes agravado (artículo 8º de la Ley  365  de  1997)  y  tenencia  de elementos para el procesamiento de cocaína o de  otra    droga    que    produzca    dependencia   (artículo   20   ídem).   

          Impugnado  el  fallo,  el  Tribunal Superior de Cúcuta lo confirmó  mediante  sentencia  del  21 de mayo de 2002, pero rebajó el quantum de la pena  de  prisión  a  doce  (12)  años;  inconforme con lo decidido, el defensor del  procesado  JOSE  ORLANDO VELASQUEZ HIDALGO  interpuso  recurso  de  casación  y presentó en tiempo el libelo  correspondiente.   

LA DEMANDA  

El  defensor  formula  dos  cargos contra el  fallo que postula y desarrolla así:   

Primer cargo: Violación indirecta de la ley  sustancial por falso juicio de existencia.   

El censor formula este reproche al amparo de  la  causal  primera de casación, cuerpo segundo, por violación indirecta de la  ley  sustancial  determinada  por un “FALSO JUICIO DE  EXISTENCIA,   PLASMADO  EN  UNA  FALSA  APRECIACIÓN  DE  LA  PRUEBA”.   

          Aduce  que  el decomiso de los insumos químicos no demuestra que su  asistido  traficara  con  estupefacientes  o  que  existiera  una  organización  criminal    permanente    para    cometer    delitos    relacionados    con   el  narcotráfico.   

          Critica  que  se  hubiera otorgado credibilidad a lo expuesto por la  abogada    María    Inés    Villamizar,  pues  considera  que esta tenía razones para declarar falsamente  ante  la Fiscalía, en procura de no cancelar una obligación garantizada con un  cheque  girado  a  favor  del  testigo  José  Orlando  Suárez  Ibarra a quien engañó; además, tenía en su  contra  varias  denuncias  y  quejas  disciplinarias, circunstancias que hacían  imperativo    no    aceptar   lo   expuesto   en   su   declaración   por   ser  mentirosa.   

          Destaca  que  el  día  en que se cobró el dinero en el parqueadero  Leydy,  no  estaba  presente  su  asistido  como  se  encuentra demostrado en la  actuación,  razón  por la cual “no puede predicarse  en  su  contra  responsabilidad penal frente a algún tipo de conducta criminal,  menos  de  tráfico  de  estupefacientes”, ni tampoco  respecto  de una organización dedicada al tráfico de narcóticos, y por tanto,  asevera  que erró “entonces en la apreciación de la  prueba  el  Honorable  Tribunal  Superior  de  Cúcuta, cuando le da  (sic)  este  hecho  el alcance de prueba  para    demostrar    la    existencia    de    un    concierto   para   traficar  estupefacientes”.   

          Igualmente  afirma  que  a  la  oficina  de  la abogada Villamizar   Vargas   no   concurrió  su  representado,  ni  persona  alguna  enviada por él, circunstancia que demuestra  que  no  estaba involucrado de alguna manera respecto de lo que allí ocurrió o  se dijo.   

          El  impugnante indica que si en el fallo de segundo grado se aceptó  que   los   precursores   químicos  eran  de  propiedad  de   Miguel  Angel  Picón Rojas, como en efecto  lo  ratificaron  los habitantes del sitio donde se encontraron, ello descarta la  intervención    de    ORLANDO   VASQUEZ  en  los  cobros,  tráfico  de  estupefacientes  o en el delito de  concierto para tal propósito.   

          Respecto  de  las  afirmaciones  del procesado en su indagatoria que  fueron  destacadas  por  el  Tribunal en el fallo, en el sentido de haberle sido  solicitado  que  recuperara una tractomula hurtada, a lo cual se negó, dado que  el  delito  lo  cometieron  “Los Mellizos”,  manifiesta  el  impugnante  que fue interpretada erróneamente  tal  prueba,  pues  era  necesario  corroborar  lo  allí  expresado, sin que lo  afirmado  por el incriminado acredite que se concertaba con varias personas para  traficar con estupefacientes.   

          En  cuanto se refiere a la captura de David  Segundo  Pérez  con trece (13) kilos de cocaína en su  poder,  señala  el  casacionista  que  lo  expuesto por este y por Yolanda  Soto Sierra en sus indagatorias no  señala  de  manera  alguna  al  procesado  VELÁSQUEZ  HIDALGO, quien sólo aparece posteriormente registrado  en  un  organigrama  elaborado  por la Policía, ubicándolo como el jefe de una  organización criminal dedicada al narcotráfico.   

          Entonces   puntualiza  que  “el  alcance  probatorio  no  permite afirmar que ORLANDO VELASQUEZ hubiese estado involucrado  con  esa  conducta criminal. No existe un indicio al respecto, concluir, como lo  hace  la sentencia de segunda instancia es errar en la apreciación de la prueba  fatalmente  y  dejar de analizar la razón de un organigrama de la Policía como  el   mencionado   y   aceptarlo   así   porque  si,  equivale  ha  (sic)   violar  el  Debido  Proceso  y  el  Derecho  a  la  Defensa,  a  mas  de  la ley sustancial ya anunciada, porque ese  organigrama   no   tiene  respaldo  probatorio,  ni  siquiera  declaraciones  de  policías  o  agentes  que  hubieren  intervenido en su elaboración”.   

          E   indica  que  “es  evidente  que  ese  organigrama  llevó  al Juzgador de Segunda Instancia a errar en la apreciación  de  la  prueba, generando esa apreciación equivocada la causal de casación que  se invoca en esta demanda”.   

También refiere el actor que en el fallo se  afirma  que  hubo  una  llamada  del  procesado ORLANDO  VELASQUEZ    a    Yamile  Soto,  sobre  lo  cual  estima  que  se  trata  de una  suposición,  “puesto que no existe cotejo de voces,  ni  interrogatorio  a  las personas supuestamente intervinientes, a pesar de que  estuvieron  ambas  detenidas”, de suerte que no puede  concluirse  que  su  procurado  fue quien efectuó dicha llamada telefónica, la  cual,  a  su  vez, “tiene un diálogo ínfimo de solo  14   interlocuciones   que   nada   delictivo   o   incriminatorio   dice,  para  nadie”.   

Entonces,   concluye   el  censor  que  el  incriminado  ORLANDO VELASQUEZ  fue     involucrado     en     los     hechos    investigados    “únicamente  por  voluntad  de  quien elaboró el organigrama que se  menciona,  pero  sin  sustento  alguno”,  y  que por  tanto,  “no prueba lo que se dice y por el contrario,  analizado   de  acuerdo  con  la  sana  crítica  y  con  el  contenido  de  las  declaraciones  de  los  involucrados  y  la  realidad  que se observa, lo único  cierto  es  que  ORLANDO  VELASQUEZ  nada  tiene  que  ver  con este tráfico de  estupefacientes  abortado  y  menos, que este configure un grupo dedicado a esas  actividades”.   

Añade  el  censor  que  la  declaración de  Iván  Gómez, quien señala  al     sindicado    VELASQUEZ    HIDALGO  como  jefe de una banda de sujetos que trafica con estupefacientes  en  la  Cárcel  de Cúcuta “es etérea, vaga y nunca  pudo  ser  enfrentada,  generándose  una  tacha  sobre  la misma, puesto que el  Derecho  a  la  Defensa y el de contrainterrogar a los testigos de cargo, fueron  vulnerados”,   dado   que   nunca   se   permitió  interrogarlo ni fue ratificado en su declaración.   

Igualmente   expone   que  “puede  observarse  claramente como el Tribunal mismo, se deja llevar  por  la idea vendida por la prensa y la autoridad de Policía y termina diciendo  que  el  fundamento  de  ese concepto es ¡el comportamiento del procesado en la  ciudad!    Sin    que    exista   prueba   alguna”;  “lo  anterior significa que también en este caso la  sentencia  de  Segunda  Instancia,  da  valor  de  prueba  a unos hechos, que no  prueban  lo  que  se dice, es decir, se interpreta falsamente la prueba y se cae  en  error  de  hecho,  generándose  la causal de casación invocada”.   

Finalmente anota el defensor que de no haber  incurrido  en  los  yerros que denuncia, el fallo habría sido absolutorio, y no  habría  violado  el  precepto  que tipifica el delito de concierto para cometer  delitos  de  narcotráfico, ni los artículos 9º y 10 de la Ley 599 de 2000 que  regulan  los  conceptos  de  conducta  y  de  tipicidad,  dado  que se “dio el  tratamiento  de  conducta  punible   a  una  supuesta  acción notoriamente  atípica”,  y  se  condenó  a  un  ciudadano  por un comportamiento que no se  adecua a la estructura del tipo mencionado.   

          Con  fundamento en lo expuesto, el actor solicita ala Corte casar el  fallo  impugnado  respecto  del delito de concierto para delinquir y proferir el  fallo   “que   en  derecho  corresponda”.   

Segundo cargo: Violación indirecta de la ley  sustancial por inobservancia de las reglas de la sana crítica.   

          Comienza  el  censor  señalando que “han  sido  violadas  directamente por APLICACIÓN INDEBIDA por parte del Sentenciador  de  Segunda  Instancia,  las  normas  contenidas  en  los artículos siguientes:  Artículo  43  de la Ley 30 de 1986 (norma vigente para la fecha de los hechos),  artículos  9  y 10, del Código de Procedimiento Penal (sic), que se refieren a  la    Conducta    Punible   y   a   la   tipicidad,   puesto   que   no   fueron  aplicadas”.   

          Para  demostrarlo  asevera  que su representado fue condenado por el  delito  de tráfico de estupefacientes, esto es, “por  las  sesenta  y  siete  canecas de precursores incautadas en el municipio de los  Patios,  el  7  de  abril  de 1998”, para lo cual, el  Tribunal  tuvo  en  cuenta  que  fue “contactado para  solucionar  el  problema  del  hurto de una gandola”,  sin  tener  en  cuenta que “lo dicho por un procesado  en  la  indagatoria,  no  tiene  la  gravedad  del juramento y si se produce una  autoincriminación,  ella  debe  ser  corroborada  de  manera  plena”.   

          Refiere  que de lo expuesto por el sindicado no se infiere que fuera  el  dueño de los precursores, razón por la cual se contrarió la lógica, como  parte de la sana crítica.   

Afirma el censor que se encuentra demostrado  en   la   actuación   que   el  dueño  de  los  precursores  era  Miguel   Angel  Picón  Vargas,  y  no  su  representado,  como  fue  expuesto por varios declarantes, motivo por el cual no  podía  el ad quem indicar que  el  hurto  de  aquellas  sustancias  determinó  en  el  procesado  ORLANDO  VELASQUEZ  interés por recuperar  su  valor  en  su  condición  de  propietario,  y  por  tanto,  “darle  a  este hecho la inferencia que le dio el Honorable Tribunal,  equivale  a ratificar el error de apreciación que genera la imperiosa necesidad  de casar la sentencia impugnada”.   

También  expone  el  demandante  que  en la  denuncia   de   la  abogada  María  Inés  Villamizar  Vargas   expuso  que  René  Arayón,   José   Orlando  Suárez   y   alias   “El  Chopo”  la  amenzaron  de  muerte  el  13 de mayo de  1998   en  el  parqueadero  Leydy diciéndole que si dos de sus clientes no  devolvían  el  valor  de  la  acetona hurtada, ORLANDO  VELASQUEZ  tomaría  represalias,  sin  que  se  haya  acreditado  que  lo  afirmado  por  los  mencionados  individuos fuera realmente  cierto,  y  por  ello no puede establecerse relación alguna entre su asistido y  los  precursores,  en  especial porque la denunciante indicó que el propietario  de   la   acetona   era   Orlando  Suárez,  y por ello considera que el Tribunal incurrió en “apreciación   abiertamente   contraria   a  la  lógica”.   

          Indica   el  defensor  que  José  Orlando  Suárez  Ibarra, prestamista y comerciante en la plaza  de  mercado  de  Cúcuta, denunció a la abogada María  Inés  Villamizar relatando los sucesos acaecidos en el  parqueadero  Leydiy de una manera diversa a como los expuso esta en su denuncia,  y  precisó  que  intentó  cobrar  a la citada profesional un cheque que por la  suma  de nueve millones de pesos ($9.000.000.oo) giró de la cuenta corriente de  la  empresa  Multiventas  Ltda,  que resulto impagado por haber sido previamente  embargada la cuenta.   

          Entonces  el  censor  expone que la denunciante consiguió eludir el  pago  de  sus  obligaciones y a la vez obtuvo que se le brindara protección por  parte  de la Fiscalía, y por ello se encuentra demostrado que su testimonio fue  mentiroso,  no debió ser aceptado, y que al apreciarlo el Tribunal incurrió en  “violación indirecta de la ley sustancial por error  de  apreciación,  derivado  del  error  de  hecho  ya  especificado”.   

Adicionalmente  anota  que  “se  dice  que  se presentaron en la oficina de MARIA INES VILLAMIZAR  algunas  personas  a  cobrar  una  deuda o ejecutar a la mencionada profesional.  Debe  tenerse  en  cuenta  que esto ocurrió antes de los hechos sucedidos en el  edificio   Leydy,  pero  estas  afirmaciones  llegan  al  proceso  deformadas  y  allegadas  al  proceso  después de que se había judicializado y desvirtuado lo  ocurrido   en  el  parqueadero  del  edificio,  en  donde  sí  había  testigos  imparciales,  que  no  es  el caso de quienes se encontraban en la oficina, pues  estos   eran   la  denunciante,  su  secretaria  y  la  mujer  del  ‘MELLIZO’,  dueño  de  los insumos”;  por  tanto, “al aceptar el Tribunal  ese  hecho  como  prueba  del narcotráfico, nuevamente cae en un grave error de  apreciación,  configurando aún más la causal de casación alegada”.   

Concluye  el  impugnante  que  se  violó el  artículo  43  de la Ley 30 de 1986, pues no hay prueba alguna que demuestre que  el  procesado  ORLANDO  VELASQUEZ  HIDALGO  realizó  conducta  que  se adecue a dicho tipo penal; también se  violaron  los  artículos  9º  y  10º del Código Penal pues la conducta de su  representado fue atípica.   

          Con  fundamento  en  lo  expuesto  el demandante solicita a la Corte  casar el fallo atacado y proceder a dictar sentencia absolutoria.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

Acerca  de la violación indirecta de la ley  sustancial   determinada   por   errores  de  hecho,  la  Sala  ha  puntualizado  reiteradamente  que  estos  se  presentan  cuando  el  juzgador  se  equivoca al  apreciar  la  prueba,  bien  sea  porque  obrando  en el proceso omite valorarla  (falso  juicio  de  existencia  por  omisión);  ya  porque  sin  figurar  en la  actuación  supone que allí aparece y la tiene en cuenta en su decisión (falso  juicio  de  existencia  por suposición); ora porque al considerarla distorsiona  su  contenido  cercenándola, adicionándola o tergiversándola (falso juicio de  identidad);  también,  cuando  sin  incurrir  en alguno de los yerros referidos  deriva  del  medio  probatorio deducciones que contravienen los principios de la  sana  crítica, esto es, los postulados de la lógica, las leyes de la ciencia o  las reglas de la experiencia (falso raciocinio).   

En  punto  de  los  deberes  que competen al  casacionista  de  acuerdo al género y especie de error que invoque al amparo de  la  causal  primera  de  casación  cuerpo  segundo,  tiene dicho la Sala que el  reproche  por  falso juicio de existencia por suposición de la prueba impone al  actor  señalar  el aparte del fallo que alude al medio de prueba que no obra en  la  actuación,  cómo  su inconsistente valoración frente a las demás pruebas  condujo  a  los  sentenciadores a equívocos, cuál es la trascendencia de tales  yerros  en  el  fallo y cómo al subsanar la incorrección varía lo decidido en  la sentencia atacada.   

Pero  si  se  trata  de  falso  juicio  de  existencia  por  omisión, le corresponde indicar el medio no valorado, cuál es  la  información  que suministra, qué mérito demostrativo debe serle asignado,  y  cómo  su  estimación  conjunta  con  el  resto de elementos que integran el  acervo  probatorio  conduce a trastrocar las conclusiones del fallo censurado, y  modificar lo resuelto.   

Ahora,  si  la  reprobación se orienta a un  falso  juicio  de  identidad,  debe  el actor, mediante el cotejo objetivo de lo  dicho  en  el  medio  probatorio  y lo asumido en el fallo, expresar sin ambages  qué  fue  cercenado,  adicionado  o  tergiversado de la prueba, qué efectos se  produjeron  a  partir  de  ello, y lo más importante, cuál es la trascendencia  del  error en la declaración de justicia contenida en la parte resolutiva de la  sentencia  atacada,  tópico  que  no  puede  ser  demostrado con la exposición  subjetiva  del  criterio  del  impugnante  sobre la apreciación de las pruebas,  pues  menester  resulta  que  objetivamente  acredite  que el error condujo a la  falta  de  aplicación  o  la  aplicación  indebida  de la ley sustancial en el  fallo,  esto  es,  que  corregido  el  yerro,  la prueba debidamente valorada en  conjunto  con  las  demás  modifica  sustancialmente el sentido de la decisión  reprochada.   

Si  el  ataque está dirigido a acreditar un  falso  raciocinio,  compete  al  demandante  indicar  qué dice materialmente el  medio  probatorio, qué se infirió de él en la sentencia atacada, cuál fue el  mérito   persuasivo   otorgado,   determinar   el  postulado  lógico,  la  ley  científica  o  la  máxima  de experiencia cuyo contenido fue desconocido en el  fallo,  debiendo a la par indicar la proposición lógica, la regla científica,  o  el  supuesto  de experiencia que debió considerarse, identificar la norma de  derecho   sustancial   que  indirectamente  resultó  excluida  o  indebidamente  aplicada,  y  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del error expresando con  claridad   cuál   debe  ser  la  correcta  inferencia  de  la  prueba,  con  la  indeclinable  obligación  de acreditar que la enmienda del yerro daría lugar a  un fallo esencialmente diverso y opuesto al censurado.   

Además de lo expuesto, de conformidad con el  principio  de  claridad y precisión que rige la presentación y fundamentación  del  cargo  en  este  trámite,  corresponde  al  actor  dentro de la violación  indirecta  de  la ley sustancial por errores de hecho, identificar la especie de  yerro  que  reprocha  y  conforme  a ello desarrollar la censura, dado que no se  aviene  al  referido  principio  que  respecto  de la misma prueba y en el mismo  reproche,  o  en  otro  postulado  sin  señalar  su  prioridad,  se confunda la  argumentación    y    acreditación    propias    de    errores   de   distinta  especie.   

En  el asunto objeto de estudio por parte de  la  Sala  se evidencia sin dificultad que el defensor no sujeta la presentación  de    los   cargos   a   las   obligaciones   anotadas,   por   las   siguientes  razones:   

Respecto del primer  cargo  puede  verificarse  que  si  bien lo postula al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo, por violación  indirecta  de  la  ley  sustancial determinada por un falso juicio de existencia  “PLASMADO  EN  UNA FALSA  APRECIACIÓN     DE     LA    PRUEBA”,  el  casacionista  no  señala  con  claridad  si  se  trata de la  suposición   del   medio   probatorio  o  de  su  omisión,  circunstancia  que  ab  initio denota la ausencia  de técnica en el libelo.   

Acto seguido el demandante dirige su esfuerzo  a  reprochar  el  valor que al decomiso de los insumos químicos, así como a la  declaración    de    la    abogada    María   Inés  Villamizar,  otorgaron los falladores, sin detenerse a  señalar    en    qué   consistieron   los   yerros   por   falso   juicio   de  existencia.   

          Como  puede observarse, la censura es confusa y ambigua, pues aunque  el   demandante   denuncia  la  presencia  de  errores  de  apreciación  en  la  valoración  de  las  pruebas,  no  determina  con  claridad  si el ad  quem  omitió apreciarlas, las tuvo en  cuenta  sin  estar  presentes  en  la  actuación,  las  adicionó,  cercenó  o  tergiversó,  o  si  con  quebranto de las reglas de la lógica, la ciencia y la  experiencia arribó a conclusiones equívocas a partir de ellas.   

          Ahora  bien,  afirma  el  censor que el Tribunal erró al valorar el  acervo  probatorio,  pero  no  acredita por qué ello fue así, pues únicamente  antepone  su  particular  apreciación  de  las pruebas a la que adelantaron los  funcionarios  judiciales,  con total olvido por la dual presunción de legalidad  y acierto que corresponde al fallo atacado.   

          No  hay  duda  que  el  escrito objeto de análisis corresponde a un  alegato  de  libre  formulación  que  no se rige por la técnica propia de esta  impugnación extraordinaria,   

          Advierte  la  Sala  que  en  punto  del organigrama elaborado por la  Policía,  en  el  cual  aparece  el  procesado  como  jefe de una organización  criminal  dedicada  al narcotráfico, el impugnante no procede a señalar si tal  medio  probatorio  fue  valorado  u  omitido,  si  fue tergiversado, cercenado o  adicionado,  o  si  de  él  se  extrajeron  conclusiones  contrarias  a la sana  crítica,   pues   aunque  coloca  tal  reproche  dentro  del  falso  juicio  de  existencia,  no  señala la especie de error que endilga al fallo, y tanto menos  procede a desarrollarlo y acreditarlo.   

         Adicional   a   lo   expuesto  se  tiene  que  si  el  casacionista  consideraba  que  al valorar los falladores el referido organigrama se violó el  derecho  de defensa y el debido proceso del incriminado, le correspondía acudir  a  la  causal  tercera de casación, con las exigencias propias de demostración  que  ella  supone  e  identificando  si  se  trata de uno u otro, en atención a  que  el  primero constituye un vicio de estructura, en  tanto que el segundo, lo es de garantía.   

Por  tanto, si el recurrente consideraba que  se  presentaban  las  dos  hipótesis  de  nulidad,  ha  debido  postularlas  en  capítulos  separados,  pues  dentro  de  la  misma causal tercera no es posible  mezclar   los   elementos  relativos  a  errores  sustanciales  que  afectan  la  estructura  básica  del  proceso con el desconocimiento del derecho de defensa,  dado  que  las  consecuencias  en  uno  y otro caso afectan de manera diversa el  trámite del proceso.   

Además  se  tiene  que  el  proceder  del  demandante  viola  el  principio  de autonomía de los cargos, pues intenta, con  los  mismos argumentos y sin nitidez alguna, plantear reproches correspondientes  a diverso género de error.   

Oportuno   resulta   destacar  que  si  el  mencionado  organigrama  elaborado por la Policía fue valorado, no hay lugar al  falso  juicio  de  existencia  que denuncia, pues en tal caso competía al actor  establecer  si  su  crítica se orientaba a la legalidad del informe, caso en el  cual  debía plantear un error de derecho por falso juicio de legalidad, o bien,  si  la  censura recaía sobre las deducciones extraídas del organigrama, debía  plantear  un  falso raciocinio, o inclusive, si lo reprochado era que el informe  fue  adicionado,  cercenado  o  tergiversado, tenía el casacionista el deber de  postular    un   falso   juicio   de   identidad,   cometidos   estos   que   no  emprendió.   

          Finalmente  debe  resaltarse  que el demandante no adelanta esfuerzo  alguno  por  acreditar  que  sin  los  yerros  que de manera carente de técnica  presenta,   el   fallo   habría  sido  sustancialmente  diverso,  circunstancia  adicional  para  que  la  demanda  no  satisfaga  las exigencias de técnica que  plantea   el   legislador   para   acceder   a   este  medio  extraordinario  de  impugnación.   

Sin  duda alguna, el actor sólo se esfuerza  por  cotejar su particular valoración de los elementos de juicio obrantes en la  actuación,  con  la  apreciación  que  de  ellos  realizaron  los  falladores,  proceder  inadmisible  técnicamente  en sede de casación, en cuanto es preciso  demostrar  errores  trascendentes  de  los  funcionarios judiciales en el fallo,  para  lo  cual  no  basta  la  simple  discrepancia de criterios, cuya propuesta  corresponde a las instancias.   

         Acerca   del   segundo  cargo  que  el  defensor  plantea  al  amparo  de  la  causal  primera de  casación,    cuerpo    segundo,    por   violación  indirecta  de  la  ley sustancial por inobservancia de  las  reglas  de  la  sana  crítica,  la  confusión del censor es mayúscula al  expresar     que     “han    sido    violadas  directamente  por  APLICACIÓN   INDEBIDA   por  parte  del  Sentenciador  de  Segunda  Instancia,  las  normas  contenidas en los artículos  siguientes:  Artículo  43  de la Ley 30 de 1986 (norma vigente para la fecha de  los  hechos),  artículos  9 y 10, del Código de Procedimiento Penal (sic), que  se  refieren  a  la  Conducta  Punible  y  a  la  tipicidad, puesto que   no  fueron  aplicadas”  (subrayas  fuera de texto).   

          En  efecto,  si  el  cargo  se  postula por violación indirecta, no  puede  en  su  desarrollo  afirmarse  que  el quebranto de las disposiciones fue  directo,  y  además,  si se dice que las normas fueron aplicadas indebidamente,  resulta  inconsistente  afirmar  de  manera sincrónica que las mismas no fueron  aplicadas,  pues  obvio  es  decirlo, tal planteamiento viola el principio de no  contradicción,  en  la  medida que un suceso no puede ser y no ser a la vez, en  cuanto  si  los  preceptos  sustanciales  fueron  aplicados  indebidamente, ello  excluye  la  posibilidad  de  que no fueran aplicados, proceder que una vez más  abandona  el  rigor  propio  de  este  recurso  extraordinario  gobernado por el  principio  de claridad y de precisión, y que impide identificar el reproche que  se formula al fallo.   

          Aunque  el  defensor  señala  que  el  ad  quem  contrarió  la  lógica,  como  parte de la sana  crítica,  no  encamina  de manera alguna su esfuerzo a identificar el postulado  lógico  que  fue  quebrantado, y tanto menos las consecuencias trascendentes de  tal    presunta    irregularidad,   dejando   su   observación   huérfana   de  acreditación.   

Si bien el casacionista asevera que no podía  el  ad  quem  indicar que el  hurto  de  los  precursores  químicos  determinó  en el procesado ORLANDO  VELASQUEZ  interés por recuperar  su  valor  en su condición de propietario, olvida emprender la demostración de  errores  en  los juzgadores y se limita a exponer sus propias conclusiones sobre  el particular.   

En punto de la crítica que a la declaración  de    la    abogada    María    Inés    Villamizar  Vargas  realiza el actor, pronto se advierte que no se  ajusta  al  cargo  que  por  inobservancia  de  las  reglas  de la sana crítica  postuló,   el  cual,  como  inicialmente  se  precisó,  corresponde  al  falso  raciocinio,  con unas especiales exigencias demostrativas que no satisfizo, dado  que  orientó  la  demanda  a  exponer  su  valoración  subjetiva  del referido  testimonio,  olvidando  que  este  recurso  fue  establecido  para  denunciar  y  acreditar  errores trascendentes en los falladores, sin que el desacuerdo acerca  de la valoración de las pruebas sea causal de casación.   

Adicional   a  lo  anotado  es  pertinente  señalar,  como  lo  ha precisado de manera reiterada esta Sala que, en general,  los  casos de atipicidad se demandan por violación directa de la ley sustancial  por  aplicación  indebida  del  tipo  penal que sirvió de base a la sentencia,  caso  en  el cual resulta imprescindible que el demandante acepte los hechos tal  como  fueron  asumidos en el fallo y oriente la censura a demostrar que ellos no  se  adecuan  al  tipo penal que de manera indebida fue aplicado, proceder al que  no acudió el censor en la demanda objeto de estudio.   

Además,  ningún  esfuerzo  adelanta  por  acreditar  la  trascendencia  de  los  supuestos yerros en el fallo, esto es, no  demuestra  que  la  corrección  de la falencia determinaría necesariamente una  sentencia sustancialmente diversa a la impugnada.   

          También  debe  expresarse  que  si bien el demandante relaciona las  normas  que  estima  conculcadas por la vía indirecta, no expone minuciosamente  de  qué  manera se produjo su quebranto, habida cuenta que resulta insuficiente  hacer  un  planteamiento general, vago e impreciso que no acredita la violación  denunciada.   

No hay duda que el censor simple y llanamente  se  esfuerza  por  plantear  su  personal  percepción del asunto, para sin más  concluir     que     JOSE     ORLANDO     VELASQUEZ  HIDALGO  no  realizó conducta típica alguna, pero no  procede   técnicamente  a  señalar  con  rigor  errores  del  Tribunal  en  la  providencia atacada.   

Si lo anterior es así, evidente resulta que  la  demanda  acusa  las  graves falencias técnicas destacadas, que no pueden en  modo  alguno  ser  subsanadas  por la Corte, pues ello lo impide el principio de  limitación  que  rige el trámite casacional, por virtud del cual la Sala sólo  puede  pronunciarse  sobre  los  aspectos específicamente propuestos, salvo los  eventos  de  nulidad que pueden ser oficiosamente abordados por la Sala, siempre  que  la  demanda  haya  sido  formulada  con  estricto  apego  a  las exigencias  previstas en el Código de Procedimiento Penal.   

Así  las  cosas,  es  evidente que el actor  pretende  concurrir  a  esta impugnación extraordinaria mediante una alegación  libre,  que  no  se sujeta a las reglas técnicas propias de este trámite y que  por  tanto  no  reúne los requisitos formales exigidos por el artículo 212 del  estatuto  procesal  penal,  imponiéndose de plano su inadmisión de conformidad  con      lo      dispuesto      en     el     artículo     213     ejusdem.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         INADMITIR  la  demanda  de  casación    interpuesta    por    el   defensor   de   JOSE  ORLANDO  VELASQUEZ  HIDALGO, por las  razones expuestas en la anterior motivación.   

         De  conformidad con lo dispuesto en el artículo 187 del Código de  Procedimiento    Penal,    contra    este    proveído    no   procede   recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO             ALFREDO  GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR  LOMBANA  TRUJILLO                         ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                            JORGE    LUIS    QUINTERO  MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                 MAURO      SOLARTE  PORTILLA   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria   

    

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