19719(11-03-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  19719   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                              DR.   JORGE   ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nº: 32   

          Bogotá D.C., once de marzo de dos mil tres.   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Corte  en  relación  con el aspecto formal de la  demanda    de    casación   formulada   por   el   defensor   de   PEDRO  PABLO  LÓPEZ  GRISALES,  contra el  fallo  del  6  de  abril  de  2002  proferido  por el Tribunal Superior de Cali,  confirmatoria  de  la  condena  de 25 años y 6 meses de prisión que el Juzgado  1º  Penal  del  Circuito  de  dicha  ciudad  le impuso al procesado al hallarlo  responsable  de  las  conductas punibles de homicidio agravado y porte ilegal de  armas de fuego de defensa personal, en concurso.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

          En  horas  de la madrugada del 29 de diciembre de 2000, en el sector  de  la  carrera  29 con calle 38 del barrio El Diamante de la ciudad de Cali fue  lesionado  con  proyectiles  de  arma  de  fuego  el  ciudadano  Andrés Gustavo  Galíndez, a consecuencia de lo cual falleció.    

PEDRO  PABLO  LÓPEZ  GRISALES  fue  señalado como el individuo que facilitó a Fernando NN., alias  “El  Gordo”,  el  artefacto  letal,  y  en tal condición fue vinculado a la  investigación  por  la  Fiscalía  100 Seccional de la Unidad de Vida, Libertad  Sexual  y  Dignidad  Humana  con  sede  en  Cali,  despacho que al resolverle la  situación  jurídica  al  implicado profirió en su contra medida de detención  preventiva  sin  derecho a gozar de la libertad provisional.  Perfeccionada  en  lo  posible  la  instrucción,  por  Resolución  del 23 de abril de 2001 la  citada  dependencia  calificó  el  sumario  dictando  resolución de acusación  contra  el  justiciable  como  presunto  coautor  de  las  conductas punibles de  homicidio  agravado  y  porte  ilegal  de  arma de fuego de defensa personal, en  concurso.   

Habiéndole correspondido conocer de la etapa  del  juicio  al  Juzgado  1º  Penal  del  Circuito  de Cali, concluida la vista  pública  y  conforme  con el pliego de cargos profirió condena de 25 años y 6  meses  de  prisión  en  fallo  del  19  de  diciembre  del  mismo año, de cuya  impugnación   conoció   el   Tribunal  Superior  de  la  ciudad  en  mención,  Colegiatura  que  le impartió integral confirmación por el suyo del 6 de marzo  de 2002, como quedó dicho en el acápite precedente.    

  LA  DEMANDA   

          Por    considerar   que   se   han   violado   normas   sustanciales  “ya  que al parecer se han cometido errores de hecho  y  de  derecho”,  dice el censor formular demanda de  casación contra el fallo impugnado.   

          En   desarrollo   del  cargo  único,  el  casacionista  arguye  que  analizadas   suficientemente   las   pruebas  practicadas  en  el  proceso,  las  argumentaciones  del  juzgador  se  fincan  en  las  declaraciones  rendidas por  Andrés  Devia  Serna  y  Teresa  Jhoana  Devia Gómez, de cuyos dichos no le es  difícil  a la justicia entender que tienen interés en mentir habida cuenta que  del  examen  de  sus  manifestaciones contradictorias, indubitablemente surge el  ánimo  en ambos de obtener una condena para el acusado dada la enemistad habida  no  sólo  entre  éstos y aquéllos, sino también entre los citados testigos y  Fernando  NN. a. “El Gordo”, a quien igualmente se le endilga la autoría de  las delincuencias por las cuales se juzgó a su defendido.   

          De  la  historia  delincuencial  de  los  mencionados  personajes no  solamente  habla el propio implicado, sino también todos los demás declarantes  que  se  hicieron presentes al proceso, incluido el padre de Devia Serna. Luego,  sus  exposiciones  juramentadas,  cargadas  de animadversión -la testigo era la  amante  del  interfecto,  explica-,  mal pueden constituirse en fundamento de un  fallo  condenatorio,  máxime  si entre sus aserciones no existe uniformidad. Si  Devia  Serna y Teresa Jhoana dijeron encontrarse a más de una cuadra del teatro  de  los  acontecimientos,  no  pudieron  ver  lo  que narraron, que LÓPEZ   GRISALES  le  entregara  el  arma  homicida  al  “Gordo”,  pues,  amén  de  esa  distancia, la hora en que los  hechos  sucedieron  impedía  que  la mencionada pareja percibiera tal secuencia  fáctica.   

          Incurrió  pues  el  fallador  en  errores  de hecho y de derecho al  tener  por  coautor  a  alguien  que  no  cometió  delito  alguno,  reitera  el  casacionista,  fundando  la  condena  en  pruebas  que no obtienen confirmación  procesal  en  los  autos en cuanto las aserciones de los testigos de cargo en el  sentido  de  señalar a su asistido como quien facilitara el arma letal, carecen  de  veracidad;  en  tanto  desatendió de plano las exculpaciones de éste,  quien  no  empece  admitir  que  ingenuamente  acompañó en su carrera al autor  material  de  las  deflagraciones que segaron la vida de la víctima, igualmente  aduce   que   desconocía   su   criminal  designio,  lo  cual  no  fue  posible  desvirtuar.   

          Que  se  le  niegue  todo  valor  legal  a  la  sentencia  impugnada  revocándola,  y  se  deje en libertad inmediata al procesado, es la pretensión  del demandante.   

  CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          De  la  revisión  preliminar  del libelo necesario resulta concluir  que  en  el  escrito que el censor presenta como demanda de casación, no existe  siquiera  aproximación a los requisitos formales que para su admisión consagra  el  artículo  212 de la ley 600 de 2000, en procura de su curso legal con miras  a  un  pronunciamiento  de  fondo,  pues  el  actor no cumple con ninguno de los  presupuestos  relacionados  en  el  precepto  en  mención,  constituyéndose el  farragoso  alegato  en prueba palmaria del absoluto desconocimiento de lo que es  la técnica de este extraordinario recurso.   

          En  efecto,  para  comenzar ha de destacarse que del ordinal primero  de  la  citada  norma,  apenas  sí atina el demandante en señalar la sentencia  contra   la  cual  dirige  el  ataque,  empero  omite  identificar  los  sujetos  procesales;  en  cuanto  al  segundo  requisito,  por  parte alguna realizó una  síntesis  de  los hechos materia de juzgamiento, y menos reseñó la actuación  procesal  llevada  a  efecto  en  las  instancias ordinarias. Ni qué hablar del  tercer  presupuesto,  pues  amén  de pretermitir invocar la causal bajo la cual  pretende  sustentar  el  reproche,  no  se  ocupa  de indicar la modalidad de la  violación  argüida  -directa  o  indirecta-,  ni  de  señalar  el sentido del  quebranto,  esto  es,  si  se  trata  de  falta  de aplicación, interpretación  errónea  o indebida aplicación de determinado precepto sustancial, que tampoco  cita.   Por  consiguiente,  la  exigencia  legal  de  precisión y claridad  respecto  a  los  fundamentos  del  cargo,  brilla por su ausencia en el libelo.   

Lo  único  claro  que  surge  del remedo de  demanda,  es  que el reparo dice relación con las pruebas, sin embargo el actor  no  concreta  yerro  alguno de apreciación probatoria, como no sea su abstracta  afirmación  de  la  incursión  en  errores de hecho y de derecho por parte del  juzgador,  dejando a la Corte sin saber si su inconformidad con el fallo se debe  a  que  el  sentenciador  distorsionó  el  contenido  material  de las pruebas,  poniéndolas  a  decir  lo que éstas en su genuino sentido no indican -error de  hecho  por  falso juicio de identidad-, o si más bien omitió la consideración  de  algunas  probanzas legalmente incorporadas al proceso, o supuso otras que no  obraban  en  la actuación -error de hecho por falso juicio de existencia-, o si  fue  que  el  yerro consistió en estimar el material probatorio sin sujeción a  las  reglas de la sana crítica -falso raciocinio-; o si, finalmente, el dislate  está  en  haber  dado  valor a alguna prueba irregularmente allegada al proceso  -error  de  derecho  por falso juicio de legalidad-. Y, ante la presencia de una  cualquiera  de  estas  premisas,  era  menester  individualizar  los  medios  de  convicción  que se vieron afectados por tales yerros, indicando además en cada  caso  cuál  fue  la  incidencia  trascendente  de  los  mismos  en  el fallo de  condena.                  

Lo  que en definitiva pretende el recurrente  con  el  pretextado  yerro es que la Corte acoja el dicho del sentenciado, quien  se  declara  ajeno  a  los  hechos  objeto  de juzgamiento, y se deje de lado el  examen  probatorio  realizado por el juzgador, alegación de imposible recibo en  sede  de  casación  como quiera que el extraordinario recurso no constituye una  tercera instancia.    

          Pero  en  atención  a  que  la  prédica  del  censor  se sitúa en  derredor  del  tema  de  la  credibilidad,  habida  consideración  de  la  poca  confiabilidad  que  le  merecen  los testimonios acusados de mendaces, habrá de  decirse  que si existiera tarifa legal para medir y sopesar las pruebas, quizás  los  argumentos  del  casacionista  hubiesen  tenido alguna vocación de éxito,  pues  habría  bastado  con confrontar lo regulado sobre la materia por la ley y  lo  plasmado  por  el  juzgador en su fallo. Bajo tales circunstancias y una vez  constatadas  las  afirmaciones  hechas  en  la  demanda,  cualquier  divergencia  bastaría    para    posibilitar    el    desquiciamiento    de   la   sentencia  cuestionada.   

          No  obstante,  desaparecido en nuestro ordenamiento jurídico- penal  el  sistema de la tarifa legal, cualquier razonamiento sobre el particular torna  inane  los  esfuerzos del casacionista, pues, son las reglas de la sana crítica  las  únicas  limitantes  que  atan  al  fallador  en  relación con la facultad  discrecional  que  le  asiste  para  estimar  las  pruebas -la ponderación, los  conocimientos,  la  experiencia,  la  lógica  y  el  sentido  común,  son  los  parámetros  que  la  ley  le  impone  al juez en la tarea de valoración que le  compete-.   

          Si  la  sentencia  de  segundo grado arriba a esta sede de casación  ungida  con  la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, su fortaleza sólo  resultaría  comprometida en la medida en que exista una verdadera violación de  la  normatividad,  pues  se estaría desobedeciendo el imperio de la ley, repite  una  vez más la Corte.  Por eso el criterio de un sujeto procesal respecto  de  la  estimación  de  la  prueba efectuada por el juzgador, por más tinosa y  juiciosa  que  sea no deja de ser una mera interpretación individual que jamás  podrá  prevalecer  frente a la proferida por el funcionario judicial acorde con  el ordenamiento legal.     

               

          Es  que en la casación lo que simplemente se analiza es si el fallo  proferido  y  con  él la interpretación y valoración que el sentenciador hizo  de  los  hechos, las pruebas y las normas, se ajusta a la ley, reitera la Corte.  Si  tras  el  examen  imparcial y ponderado de las probanzas, y pese a cualquier  circunstancia  objetiva  extraña  a  la  prueba  -como  el  pretextado grado de  animadversión  existente  entre  los  testigos  de  cargo  y el procesado, o la  categoría  de  delincuentes  que  el  último  le  enrostra  a  aquéllos, o la  condición  de amantes de la testigo Teresa Jhoana y la víctima-, el juez llega  al  convencimiento  que  el  declarante  cuestionado  dice la verdad, este es un  raciocinio   válido   que   no   puede  ser  desconocido  por  no  vulnerar  la  ley.   

          Dentro  del  sistema  de  la  libre  persuasión racional, lo que se  impone  es  que circunstancias como las relacionadas con antelación y que aquí  el  demandante  enarbola  como motivos de tacha, se examinen dentro del contexto  general  de  las pruebas para descubrir en ellas su propia racionalidad. Para el  censor  el  supuesto interés de los declarantes en propiciar una condena contra  el  reo  -circunstancia  esta  que  no demuestra-, es fundamento suficiente para  desechar  como  verídicas  las  aserciones de aquéllos y acoger el dicho de su  defendido.   Un  tal  criterio  en lugar de acreditar el error que se aduce  del  juzgador,  lo  que  pone  de  presente  es  una particularizada visión del  sistema  de la apreciación de la sana crítica, por fuera de los marcos legales  vigentes  y  de  las  reglas  de  la lógica, la ciencia y la experiencia, pues,  ningún  yerro,  de  hecho  o de derecho, como al desgaire lo pregona sin lograr  demostrarlo, se columbra con una tal manera de razonar.   

         

Como  resulta  evidente  que  la  demanda no  cumple   en  lo  más  mínimo  los  requisitos  de  forma  y  contenido,  será  inadmitida.   

          

         

En  mérito  a  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de  Casación Penal,   

RESUELVE                             Inadmitir la demanda de  casación   presentada   a   nombre   de  PEDRO  PABLO  LÓPEZ  GRISALES.               Consecuentemente,  se   DECLARA  DESIERTO  el  recurso,  por lo  anotado    en    la    motivación    de    este   proveído.    

              Contra  este  auto  no  procede  recurso  alguno  en  virtud a lo dispuesto en los Arts. 213 y 187, inc.  2º de la Ley 600 de 2000.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.  

            

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                 HERMAN      GALÁN  CASTELLANOS   

CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                            JORGE    ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

ÉDGAR    LOMBANA  TRUJILLO                   ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

                    

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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