19180(29-09-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 19180  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 81  

          Bogotá,  D.  C.,  veintinueve (29) de septiembre del dos mil cuatro  (2004).   

VISTOS  

          Mediante  sentencia  del  31 de mayo del  2001,  el  Juzgado  2°  Penal  del  Circuito de Quibdó declaró responsable de  homicidio  simple, a título  de   autor,   a  Septimio  Guerrero  Perea,  y  a  Édgar Huertas Lozano responsable,   como   autor,  de   la   contravención   de   lesiones  personales dolosas.   

          A   Guerrero  le  impuso  25  años  de  prisión,  e  interdicción  del  ejercicio de derechos y  funciones públicas durante 10 años.   

          A   Huertas  lo  sometió a arresto e interdicción por 14 meses.   

          Les  dedujo, además, la obligación de indemnizar los perjuicios, y  les negó la condena de ejecución condicional.   

          El  fallo  fue  apelado  por  el  apoderado  de  la  parte civil, el  procesado  Guerrero Perea y su  defensor.   

          El  2 de agosto del 2001, el Tribunal Superior de la misma ciudad lo  ratificó,  pero  modificó  la  situación  de  Édgar  Huertas  Lozano,  a  quien,  en  lugar  del  cargo  de  lesiones    personales,    le    imputó    coautoría    en   el   homicidio  simple y le fijó como sanción  14   años   de   prisión.   En   este  tope  dejó  la  pena  de  Septimio  Guerrero  Perea, por aplicación  favorable de la Ley 599 del 2000.   

          Los  apoderados  de los procesados acudieron a la casación, que fue  concedida.  La  Sala  resuelve  de  fondo,  una  vez  recibido  el  concepto del  Procurador Primero Delegado en lo Penal.   

HECHOS  

          Aproximadamente  a  las 10 de la noche del 22 de agosto del 2000, el  joven  Noel  Alexander  Robledo Moreno, acompañado de varios amigos, ingresó a  la  discoteca “Capricornio”, ubicada en la “zona rosa” de Quibdó. En el  lugar    se    encontró    con   Septimio   Guerrero  Perea,    con    quien   había   tenido   problemas  anteriormente.  Se  dieron unos puños, el último se alejó un momento y cruzó  algunas  palabras con Édgar Huertas Lozano,  con  quien  regresó,  y los dos increparon a Noel Alexander para  que salieran a arreglar el problema.   

          En  la entrada del establecimiento, Huertas  Lozano  le  dio  un  cabezazo  a  Robledo  Moreno y le  fracturó   un   diente.   Guerrero  Perea  esgrimió  una  navaja  y le causó una herida en el cuello. En el  suelo  la  víctima, los dos agresores siguieron golpeándolo, conducta a la que  se sumó William Jair Borja Córdoba, menor de edad.   

          El  25  siguiente  se  produjo  el  deceso de Noel Alexander Robledo  Moreno,  como consecuencia de infarto cerebral producido por herida cervical por  arma blanca.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

         

          Adelantada  la  correspondiente  investigación,  el 16 de noviembre  del     2000     los    procesados    fueron    acusados    como    coautores  del  delito  de  homicidio   agravado.  La  decisión  fue  ratificada por la segunda instancia el 3 de enero del 2001.   

          En  la  sentencia de primer grado, el Juzgado 2° Penal del Circuito  de      Quibdó      dedujo      responsabilidad      en     el     homicidio     exclusivamente     para  Septimio   Guerrero  Perea,  degradado  a simple porque no  concurría  exactamente  la  causal específica de agravación establecida en el  No.   7   del   artículo   324  del  Código  Penal  de  1980.  A  Édgar  Huertas  Lozano no lo condenó por  ese  delito,  sino  por  la contravención de lesiones  personales  dolosas,  porque con “el cabezazo que le  propinara  a  NOEL  le fracturó un diente”.   

          El     Tribunal     confirmó    la    condena    de    Guerrero  Perea  y  responsabilizó  a  Huertas  Lozano            de            coautoría    en    el    homicidio           simple.   

          Concluyó   que   los  tres  agresores  conformaron  una  “empresa  criminal”  que  tuvo  el  dominio del hecho, comportamiento que realizaron con  división  de  trabajo,  y que sus integrantes previeron la agresión conjunta y  asumieron  cualquier  riesgo  o  resultado que se presentara contra la víctima.   

          Agregó    que    la    parte    proporcionada    por   Huertas   Lozano  para  la  comisión  del  delito   fue  el  golpe  con  la  cabeza,  conducta  con  la  cual  “atacó  y  apabulló”  a  Robledo  Moreno,  para  que pudiera ser herido por Guerrero   Perea,   tras  lo  cual  todos  continuaron golpeándolo.   

LAS DEMANDAS  

          A favor de Édgar Huertas Lozano.   

          Su defensor formuló dos cargos. Los desarrolló así:   

          Primero  (principal).  Causal tercera. La  sentencia  se  dictó  en  un  juicio  viciado  de  nulidad  por irregularidades  sustanciales que afectaron el debido proceso.   

          La  acusación,  en  sus dos instancias, fue por homicidio agravado.  Por    tanto,    el    juez   A   quo   sólo  podía  absolver  o condenar por esa conducta; o condenar por  cualquiera  de  los atentados contra la vida; o reconocer atenuantes; o degradar  la participación; o anular el trámite.   

          No  podía,  en  cambio,  agravar  la  situación  del  imputado  ni  condenarlo   por   una   conducta   diferente,   para   el   caso   contravención  de  lesiones. Esto fue lo  que  finalmente  hizo. Y menos podía hacerlo si se tiene en cuenta que también  cambió   la   situación   fáctica  –la  fractura  de  un diente-, hecho que ni siquiera fue investigado.  Si  el  juzgador estimaba que la condena era procedente por otra infracción, ha  debido declarar la nulidad.   

          En  su  fallo, el juez no se pronunció sobre el homicidio objeto de  acusación.  En  consonancia  con  sus  argumentos, tenía que absolver por este  delito   y   compulsar   copias   para   que   por  separado  se  averiguara  la  contravención.   

          El   Ad   quem  también  erró porque condenó por un homicidio que no existía en la sentencia  de  primera  instancia.  Debía  decretar  la  nulidad  para que el A  quo  fallara  esa  conducta,  y  no se  infringiera el principio de la doble instancia.   

          Solicitó  la invalidación del trámite a partir de la sentencia de  primera  instancia,  para  que  se  resolviera  sobre  el  cargo formulado en la  acusación.   

          Segundo  (subsidiario).  Causal  primera,  violación  indirecta.  Aplicación indebida de los artículos 29 y 30 de la Ley  599  del  2000,  producto  de  errores de hecho debidos a los siguientes juicios  errados:   

          1.     Falso    raciocinio.  El  Tribunal  concluyó  que  el  autor  de  la herida mortal fue  Septimio Guerrero. No podía,  entonces,   condenar   a   Huertas  Lozano  como  coautor.  El fallo reconoció que el encuentro entre aquel y  la víctima fue casual y que hubo una riña inicial entre ellos.   

          Quienes  intervinieron  en  el hecho sabían que el segundo episodio  sería  continuación de esa pelea y, por tanto, la conclusión del fallador, en  torno  a  que  aceptaron  cualquier riesgo que se presentara contra la víctima,  fue  desbordada,  fue  más  allá de lo que revelaba el hecho indicador, porque  Édgar Huertas no asumió una  conducta    totalmente    excedida:    que   Guerrero  Perea  sacara  una navaja y la pasara por el cuello de  la    víctima,    cuando    previamente,   en   la   pelea   inicial,   no   la  esgrimió.   

          La   experiencia   indica,   además,   que  quien  tiene  rencillas  anteriores,  ante  el nuevo encuentro, si está armado, extrae el objeto sin que  sus compañeros participen de esta decisión.   

          2.     Falso    raciocinio.  La  Corporación  incurrió  en  el  sofisma  de  “petición de  principio”,     al     afirmar     que     Huertas  Lozano  debió  formarse  la  imagen  de una riña con  resultado  fatal, pues conocía la enemistad previa y, sin embargo, intervino en  todo  el  acontecimiento  en  forma  preconcebida,  cuando  lo  cierto es que si  estableció  que  hubo  una riña, es obvio que quien interviene en ella no mide  ninguna consecuencia.   

          3.  Falso juicio de existencia.  El  Tribunal  dio  por probado, sin que obrara elemento de juicio  alguno  al  respecto, que el procesado actuó en todas las fases del delito, con  adecuado   y   preconcebido   reparto   de   trabajo,  con  unidad  de  designio  criminal.   

          Pidió  se  case  la  sentencia  y,  en  su  lugar,  se  absuelva al  sindicado.   

          En nombre de Septimio Guerrero Perea.   

          Su apoderado formuló los siguientes cargos:   

          Primero.  Violación  indirecta  de  los  artículos  7  y  232  del  Código de Procedimiento Penal, por errores de hecho  derivados    de    falsos   raciocinios, así:   

          1.  Testimonio de Yarlin Conto López. Transcribió las conclusiones  del  Tribunal,  afirmó  que no realizó una verdadera crítica y que se abstuvo  de exponer las razones de sus inferencias.   

          La       testigo      –aclaró-  dijo  que  vio  lo  sucedido a distancia y que mientras se  desarrollaba  el  hecho informó a sus amigos, lo que significa que su atención  no  estuvo  en todo momento centrada en el conflicto. Además, como explicó que  cuando  llegó  ya  la  víctima había sido “chuzada”, el señalamiento que  hace  a  Septimio  Guerrero a  título  de  autor  fue  producto  de  su  razonamiento,  no  de su percepción.   

          Un  raciocinio  correcto  llevaba  a  pregonar  que  esa  prueba  no  generaba certeza.   

          2.  Declaración  de  doña  Mirna  Eyda  Moreno Blandón, madre del  occiso,  quien  dijo  que  antes  de  fallecer,  aquel  pudo  pronunciar algunas  palabras y señaló al procesado como autor del hecho.   

          De   la   declaración  del  médico  Jorge  López  Valencia  surge  contradicción  respecto  del momento en que el lesionado adquirió conciencia y  aquel  en  que  supuestamente  dialogó  con  su  progenitora, además de que el  experto  solo anunció una “posibilidad” sobre ese aspecto, no una realidad,  como  entendió  el  Ad quem.  Agregó  que  de la declaración no se desprendía que la víctima hubiera hecho  afirmaciones,  sino otra cosa: la testigo simplemente interpretó algunos gestos  de la víctima.   

         3.  Versión  del menor William Jair Borja. Se le concedió eficacia  a  pesar  de su interés en descartar su propia responsabilidad, que previamente  había   reconocido   ante   terceros   que   declararon  en  el  expediente,  y  atribuírsela     a    Guerrero    Perea.   

         Por  aplicación  errada  de  los  criterios de la sana crítica, el  Tribunal  dedujo  responsabilidad,  cuando  la  incertidumbre sobre el autor del  golpe mortal no fue descartada.   

         Segundo.   Causal   primera.  Violación  indirecta  de  los  artículos  7  y  238  del  Código  de Procedimiento Penal,  producto  de  falso  juicio de existencia, que se presentó así:   

         1.  El  Tribunal desconoció los testimonios de Nixon Mena Mena y de  Javier  Alexis  Serna  Gil, quienes afirmaron que William Jair Borja despojó al  primero  de  una  navaja y con ella se dirigió a la discoteca, elemento que fue  reconocido por ellos.   

         2.  Con  esas  pruebas  y el testimonio también omitido del portero  Luis  Arcindo  Ramos,  quien  dijo que todos los clientes fueron requisados para  impedir  que  ingresaran armas, se demuestra que la navaja no podía ser portada  dentro del establecimiento por el acusado.   

         3.  Fueron  excluidas  las  versiones  de  Alirio  Antonio  Sánchez  Mosquera,  Paola  Andrea  Huertas  y  Jorge  Álvaro  Gómez  Palacios,  quienes  expresaron  que  en  su presencia William Jair Borja reconoció haber causado la  herida.   

         4.  Lo  mismo  sucedió  con  el  dicho  de  Yuri Yesid Peña, quien  relató  que  unas  personas  decían  que  el  agresor  había  sido “Seti”  (Septimio)   y  otros  que  “Tass” (William Jair).   

         La  apreciación  de esos elementos de juicio conducía a inferir la  inexistencia de certeza.   

         Pidió  casar  el  fallo para que el procesado sea absuelto con base  en   el   principio   in  dubio  pro  reo.   

EL MINISTERIO PÚBLICO  

         Sobre Édgar Huertas Lozano.   

         El  Procurador Primero Delegado recomendó casar la sentencia en los  términos  reclamados  en  los  dos  cargos de la demanda, con base en similares  argumentos.   

         Sobre Septimio Guerrero Perea.   

         La demanda se debe desestimar, porque:   

         1.  Primer  cargo.  El  testimonio  de  Yarlin  Conto López sí fue  apreciado  por  el  Tribunal  en  su  contexto,  pues  refirió  que a distancia  presenció  el  hecho  y  que  una  vez  vio  lesionado a su novio, avisó a sus  amigas, esto es, que su desatención fue posterior a la lesión.   

         El  censor,  no  el  Ad  quem,  fue  quien  se equivocó en la apreciación de la declaración de  Mirna    Eyda    Moreno   Blandón   –madre  de quien falleciera-, porque la declaración del médico y el  estudio  de Medicina Legal respaldaban la posibilidad de que el paciente, que se  hallaba  consciente, hubiera podido expresarse con dificultad. Y la Corporación  no  encontró  motivo  para  dudar  que la señora no hubiera contado la verdad,  esto  es,  que  a  su pregunta de quién le había causado la herida, su hijo le  dijo que “Seti”.   

         La  valoración  judicial  del  testimonio  de William Borja tampoco  adolece  del  vicio  alegado  por  el  defensor,  quien,  igual que en el evento  anterior,  se  limita  a  oponer  su  estimación  a  la  del juez colegiado. El  Tribunal,  con acierto, concluyó que Septimio Guerrero  Perea  elaboró  una coartada con el fin de imputar el  hecho  al  menor  de  edad,  quien,  por  esta  circunstancia,  no  respondería  penalmente.  Fue  la sana crítica la que llevó al Ad  quem a desechar los testimonios de quienes acudieron a  respaldar la mentira.   

         2.  Segundo  cargo. El Tribunal sí apreció las pruebas citadas por  la  defensa,  pero  no les concedió valor alguno, circunstancia que descarta el  falso juicio de existencia.   

         La  omisión  del relato del portero de la discoteca, quien dijo que  requisaba  a  todos  los  que  ingresaban  al  sitio,  pierde  entidad  ante  la  conclusión   judicial   de   que  el  autor  de  la  lesión  fue  Guerrero Perea.   

CONSIDERACIONES  

Sobre la demanda a favor de  

Édgar Huertas Lozano.  

         La nulidad.   

         Revisado    el    proceso    en    detalle,    se    establece    lo  siguiente:   

         1.   La   fiscalía  de  primera  instancia  acusó  a  Huertas  Lozano como coautor del delito de  homicidio agravado, cometido  en  la  persona de Noel Alexander Robledo Moreno. Para hacer la imputación, los  hechos fueron reseñados así:   

         “GUERRERO  PEREA  y  EDGAR HUERTAS quienes guardaban rencor contra  NOEL  ALEXANDER… al parecer reclamaron a NOEL… dentro de la discoteca, donde  EDGAR  HUERTAS  LOZANO  y  NOEL  se  tiraron  a  las  manos, es decir, se dieron  trompadas,  situación  que  fue calmada por los que concurrían el lugar… los  agresores  instaron  a  NOEL  ALEXANDER  a  que  salieran para que arreglaran el  problema,  concretamente  SEPTIMIO…  y es cuando este se dispone a salir de la  discoteca  al  parecer  con  ese  fin  y  sorpresivamente recibe un golpe que le  propina  EDGAR  con  la  cabeza,  el  cual de una vez le lesiona los labios y le  parte  un diente luego SEPTIMIO y WILLIAM JAIR agreden simultáneamente a golpes  a  NOEL,  quien  no se defiende sino que trata de evadir los golpes que recibía  de  los  tres  agresores  y  es  cuando  SEPTIMIO  saca una navaja que portaba y  lesiona    gravemente    a    NOEL    no   obstante   ello   le   siguen   dando  golpes…”.   

         En  el  proceso de valoración, el fiscal delegado concluyó que los  tres  agresores  actuaron  con  predisposición y voluntad de causar daño, como  consecuencia  del  problema  anterior,  y  que  la  actuación  de  Édgar  Huertas imposibilitó la defensa de  la  víctima,  circunstancia  aprovechada  por Septimio  Guerrero para propinarle la herida mortal. Finalmente,  anotó:   

         “El  hecho  de  que  en  una  pelea  realizada por varias personas  contra  una  en  donde una de los asociados imposibilita la defensa del agredido  como  en el caso que nos ocupa que EDGAR cogió por las manos a NOEL ALEXANDER y  al  mismo  tiempo  lo  golpeaba,  además de que era golpeado por WILLIAM JAIR y  SEPTIMIO  GUERRERO, facilitando el propósito o la agresión se vislumbra una un  despliegue  de  actividades  con  un  designio  común existiendo un concurso de  voluntades,  debe  necesariamente  hablarse  de  una solidaridad criminal… por  manera  que  no  obstante  haber  sido  SEPTIMIO  GUERRERO la persona que hirió  mortalmente  a  ROBLEDO MORENO quienes participaron en la agresión responderán  solidariamente    aunque    no    todos    hayan    utilizado    arma    en   su  contra…”.   

         “Se  evidencian  en  la  culminación de este episodio sangriento,  una  serie  de  factores  circunstanciales  que  probatoriamente  contribuyen  a  consolidar  la  coautoría  impropia:  pues  se sabe que los implicados en forma  unánime  y  voluntaria  se  dispusieron  a  agredir  a NOEL ALEXANDER y una vez  cometido  las  lesiones  trataron  de  mantenerse  en  la clandestinidad y hasta  intentaron  escapar…  por  lo  que todos se encuentran incurso en el delito de  homicidio    agravado…   todos   aportaron   objetivamente   a   producir   el  deceso…”.   

         2.  La  fiscalía  del Tribunal ratificó la decisión. Resumió los  hechos  de  manera  semejante  y  agregó que luego del primer roce Septimio  Guerrero  Perea sostuvo una breve  conversación  con  Édgar  Huertas Lozano,  diálogo  que  “necesariamente  estuvo  dirigido  a  obtener su  concurso, para unificar fuerzas y oponerlas a Noel Alexander”.   

         

         Ocurrido   lo   anterior  –agregó-,    se    presentó    la    conducta    de    Huertas  Lozano.  Dedujo,  así, que no se  trataba   de   una   “riña   imprevista”,   sino   que   “preexistió  la  representación   mental   anticipada”,   hecho  “que  posibilitó  que  los  agresores  escogieran el momento, los instrumentos y porque no, se distribuyeran  el  trabajo.  Tenía  porqué  saber EDGAR HUERTAS LOZANO, de la intemperancia y  agresividad de su entrañable amigo SEPTIMIO…”.   

         3.  La  acusación, es claro, formuló el cargo por coautoría en el  delito   contra   la   vida,   y   coligió   que   el  golpe  que  Édgar  Huertas había dado a la víctima y  el  hecho  de asirla de sus brazos, constituían su comportamiento, eficiente al  resultado muerte.   

         4.   Para  respetar  la  congruencia,  ab  initio,  el  juzgamiento  y  la  sentencia  han debido  resolver sobre esa conducta.   

         Cuando  se profirió el fallo de primera instancia regía el Decreto  2700  de 1991. El numeral 3° de su artículo 442 establecía que la resolución  acusatoria  debía  contener  “la  calificación jurídica provisional, con el  señalamiento  del  capítulo  dentro  del  título  correspondiente del Código  Penal”.   

         La  exigencia legal de citar el título y el capítulo permitía que  sin  vulnerar  la  consonancia,  el  juzgador, para ubicar el comportamiento, se  pudiera  mover dentro de los diferentes artículos que conformaban el capítulo,  siempre  y cuando la conducta escogida no resultara más gravosa que la atendida  en el calificatorio.   

         5.  El  A quo, en  principio,  habría  incurrido en la irregularidad analizada. En efecto, expresa  y   precisamente   en  relación  con  Édgar  Huertas  Lozano  no  se pronunció sobre el delito de homicidio  en  la parte resolutiva de su sentencia, para absolverlo o condenarlo. Condenó,  sí,  pero por una contravención de lesiones personales, que dedujo de  la  fractura  del  diente  que  con  el  golpe  de su cabeza el procesado dio a Noel  Alexander Robledo Moreno.   

         Dijo  el  juzgador  que  no  se  había probado el acuerdo ni que el  acusado tuviera intención de matar. Afirmó:   

         “Es  cierto  que  la  participación  de  EDGAR fue vital para que  SEPTIMIO  lograra  acuchillar  mortalmente  a NOEL, pues el solo cabezazo con el  que  le  fracturo un diente dejo fuera de combate a éste, pero de ello no puede  inferirse  dolo  de  matar en la conducta de EDGAR, pues bien pudo tener dolo de  lesionar…”.   

         Luego  de  explicar  que  la  fiscalía  había  presumido  el  dolo  homicida, anotó:   

         “Siendo  así las cosas, el acusado EDGAR HUERTAS LOZANO no podrá  responder  por el delito de HOMICIDIO que se le imputa, sino por la contravención   especial   de  lesiones  personales        dolosas        –responsabilidad  individual-,  toda  vez  que  es  un hecho cierto e  inocultable,  reconocido  por  el  mismo  procesado,  que con el cabezazo que le  propinara  a  NOEL  le fracturó un diente…”.   

         Para  realizar esa mutación, el juzgador se apoyó en una sentencia  de  la  Corte  del  29  de  julio  de 1998 (M. P. Carlos Eduardo Mejía Escobar,  radicado  10.827),  pieza que a pesar de haber sido transcrita en lo pertinente,  no  fue  bien entendida, pues en ella claramente se indica la posibilidad de que  el  fallo  cambie  la  conducta,  pero no respecto del  género  delictivo.  Y  la misma decisión reitera que  “Por   lo  tanto,  el  juzgador  puede  realizar  los  ajustes  que  considere  necesarios,   siempre  y  cuando  no  contraríe  el  capítulo  señalado en la resolución acusatoria…”  (La Sala subraya, ahora).   

         Hasta  aquí,  podría  decirse,  entonces,  que  el juez de primera  instancia se habría equivocado.   

         6.   En   las   condiciones  expuestas,  hasta  ahora,  formalmente    asistiría   razón   al  casacionista  pues  el  A quo  habría errado en la solución adoptada.   

         Pero   no   sucede   lo  mismo  en  relación  con  la  postura  del  Tribunal.   

         Obsérvese:   

         Contra  esa  decisión  de  1ª  instancia, el apoderado de la parte  civil  interpuso  el  recurso  de apelación, con solicitud precisa a la segunda  instancia  de  que reconsiderara la postura de la primera, porque en su criterio  los  acusados Guerrero Perea y  Huertas    Lozano   eran  responsables   del   homicidio   agravado a título de coautoría. Expresamente manifestó:   

         “…  se  sabe  procesalmente que el hoy occiso fue golpeado en la  cara  para  luego  ser apuñalado y así lo resalta la sentencia… cuando dice:  ‘fue  atacado primero por  EDGAR  HUERTAS, quien le propina severo cabezazo que fractura un diente incisivo  superior,  momento  de  aturdimiento  que  fue  aprovechado  por  SEPTIMIO  para  propinarle       una       cuchillada      en      el      cuello…’. Todo lo anterior demuestra que estos  hechos  fueron  producto  del  diálogo  sostenido  en  la  barra  por  los  dos  personajes  que  aquí  se  procesan,  y son estos los argumentos que utilizaré  para probar la COAUTORIA…”.   

         De  otra  parte,  hizo manifiesta su inconformidad con la deducción  de  responsabilidad  para  Huertas  Lozano por la contravención de lesiones personales. Dijo:   

         “Desconociéndose  así el actuar premeditado y simultáneo que el  mismo  juzgador muestra una y otra vez… está comprobado procesalmente que los  aquí  implicados  sostuvieron  un  diálogo  por  dos  o tres minutos… tiempo  suficiente  para  que  los  implicados  acuerden  lesionar  de  la manera en que  ocurrió  al  hoy occiso… son estas y muchas otras las razones que me permiten  seguir insistiendo en la existencia de la coautoría…”.   

         “En  el  caso que se debate se ha comprobado plenamente que el hoy  occiso  fue  distraído  por  un golpe propinado a la altura de los labios, para  que  una  vez  inconsciente recibiera otra herida en el cuello, lo que demuestra  una  vez  mas  que  la  participación  de  los  procesados fue simultanea luego  entonces  no  se  puede pretender hablar de dos hechos aislados por que se trata  de  un  solo  hecho con el cual se violentaron varios tipos penales, la conducta  penal  de  menor  valor  deberá subsumirse en la de mayor valor en cuyo caso el  homicidio subsumiría a las lesiones personales…”.   

         “Con  todo  lo anterior esta parte civil sustenta su inconformidad  considerando   que   se   encuentra   plena   y   claramente   comprometida   la  responsabilidad  jurídica  de  los  aquí procesados por el delito de homicidio  agravado…”.   

         Así las cosas, la nulidad no puede prosperar, porque:   

         a)  La  parte civil, habilitada para hacerlo, recurrió la sentencia  de  primera  instancia. Si el Tribunal, en su fallo, coincidió parcialmente con  sus  argumentos, ninguna irregularidad surge del procedimiento, porque esa es la  razón  de  ser  de  los  recursos: permitir que el Ad  quem  corrija los yerros del juez, sobre todo a partir  de las propuestas que le formulan los impugnantes.   

         b)  La  decisión  de  la segunda instancia respetó la congruencia,  pues  adecuó  los  hechos  al  delito  de  homicidio, el mismo que básicamente  había  plasmado la fiscalía en su acusación y que fue objeto de juzgamiento y  debate en la audiencia pública.   

         c)  El  Tribunal  tampoco  infringió  el  derecho  fundamental  del  artículo  31 de la Constitución Política de Colombia, que prohíbe agravar la  situación  del  condenado,  porque  la  garantía  está  supeditada  a  que la  impugnación  sea  utilizada  exclusivamente por el procesado, o por otro sujeto  procesal  en  su  favor. Mientras tanto, tal condición no opera en este asunto,  porque  la  parte  civil  apeló el fallo precisamente para reclamar condena por  homicidio e incremento sancionatorio por ese delito pero agravado.   

         d)  Por  si  fuera  necesario,  agréguese:  el  casacionista  se ha  ocupado  también de violación al derecho de defensa porque si la 1ª instancia  no  condenó  por  el  homicidio  sino  por  las  lesiones,  y  el  Ad   quem  lo  hizo  por  el  homicidio,  maltrató  tal  garantía por cuanto imposibilitó el contradictorio frente a la  calificación finalmente deducida.   

         Se contesta:   

         Evidentemente,  con  base  en  la  ley vigente para la época de los  hechos,  la  jurisprudencia venía afirmando que cuando se acusaba por un delito  y  se  condenaba  por otro recogido en capítulo diferente, por regla general se  producía  causal  de  nulidad,  excepto  si  el procesado resultaba beneficiado  porque se mejoraba o, al menos, no se empeoraba su situación.   

         Sin  embargo,  como  es apenas obvio y se entiende implícito en ese  criterio,  si  se  cambia  de  capítulo  nace  motivo  de anulación, porque es  lesionado    el   derecho   de   defensa,  toda  vez  que el procesado y/o su apoderado han carecido de toda  posibilidad  de  oponer  su  opinión  a  la subsiguiente decisión judicial. En  sentido  contrario,  si  se varía de capítulo pero la posibilidad de mutación  ha  sido  captada y debatida por la parte defensiva, por supuesto no hay lugar a  la invalidación.   

         Expuesto  de  otra forma, la variación de la calificación comporta  nulidad    si    se    vulnera    el   derecho   de  defensa  o,  con  otro giro, para que haya nulidad por  esa       razón       se       requieren      dos      cosas,      acumulativas:  primero, que se pase de un  capítulo   a  otro;  y,  segundo,  que  ese  paso  se  de  con  violación  del  derecho         de         defensa.   

         En  un  asunto similar por este aspecto, en el que hubo cambio de un  delito  más  grave  a  otro  menos  grave,  sobre  el tema en cuestión dijo la  Corte:   

         “…por  principio, no se admitía el paso de un capítulo a otro,  fundamentalmente   porque   con   ello  se  podía  desconocer  el  debido  proceso, en cuanto se cercenaba    o   limitaba   el   derecho   de   defensa,   toda   vez  que  eventualmente  un  procesado  podría  resultar  sorprendido con el tránsito de un capítulo a otro”.   

         “Con   criterio   material,   sustancial,  sin    embargo,    en   este   asunto   no   fue   vulnerado   el   debido  proceso como manantial asegurativo  del   derecho  de  defensa,  porque  el  apoderado  de  la  doctora… siempre supo que dentro del proceso se  hablaba  de  las  dos  imputaciones,  de una o de otra, y en todo momento estuvo  atento al tema…”.   

         “ … ”   

         “Como  se  ve,  el  cargo  por  cohecho  impropio  no  era  nada  extraño, así jurídicamente  privara    el   hecho   por   concusión.  Ampliamente  fue  disputado el tema, incluida la audiencia y, por  tanto, no fue conculcado el derecho de defensa”.   

         “ … ”   

         “Por    tanto,    no   hubo   lesión   alguna   al   debido   proceso  en  su  manifestación  orientada    al    resguardo    del    derecho   de  defensa.        Si       bien       formalmente    podría    pensarse   en  afectación  del  rito  justo,  no  ocurre  lo  mismo  desde  el  punto de vista  material”   (sentencia   de  2ª  instancia  del  22  de  octubre  del  2003,  radicación número 21.340).   

         En  resumen, si como consecuencia del traslado de una imputación de  un  capítulo a otro, se empeora o mejora la situación jurídica del sindicado,  hay  lugar a nulidad de lo actuado, siempre que, en cualquiera de los dos casos,  se haya desconocido el derecho de defensa.   

         Ello  no  ha  sucedido  en  este  caso,  porque  la  defensa  no fue  deteriorada, no fue sorprendida.   

         Nótese:   

         Uno.  En  la resolución que resolvió la  situación    jurídica,    a    Huertas     se     le     imputó    homicidio  agravado.   

         Dos.  El  mismo  cargo  se  le hizo en la  acusación, en las dos instancias.   

         Tres.   En  la  audiencia  pública,  la  fiscalía  pidió  condena  por  homicidio;  la  parte  civil, fallo en el mismo  sentido,      por      coautoría      en      el     homicidio     agravado;   y   el  ministerio  público  solicitó   para   Huertas  condena por lesiones personales.   

         Cuatro.  En el mismo debate, tanto vocero  como   defensor  de  Huertas  trataron  de  desvirtuar el homicidio diciendo, en esencia, que no existía dolo  de  este  delito,  sino  intención de pelear, de reyerta. Agregaron que no hubo  acuerdo  previo  frente  al  delito  contra  la   vida  y por tanto tampoco  coautoría,  a  la  vez que cuestionaron la causal de agravación deducida en el  calificatorio.   

         Cinco.   Producida   la  sentencia,  que  condenó   a   Huertas  por  lesiones,  el  apoderado  de  la  parte  civil  la apeló. Dijo en sustancia que  pretendía  condenación  por coautoría en el homicidio, que este era agravado,  y   que   Huertas   debía  responder  por  esta  forma  delictiva  y  no  por la contravención de lesiones  personales.   

         Seis.  Aprovechando  el  traslado  que se  hace  a los no recurrentes cuando se ha interpuesto el recurso de apelación, el  apoderado    de    Huertas  intervino  para  hacer “algunas consideraciones en relación con el alegato de  apelación  de  la  Parte Civil en el proceso de la referencia, para ser tenidas  en  cuenta  por  el Honorable Tribunal Superior”. Fundamentalmente, expuso: no  niega  que  su defendido hubiera propinado un cabezazo a la víctima; su cliente  no  entró  en  pacto  o  acuerdo  alguno  para  matar y, por tanto, no pudo ser  coautor;  convino,  sí,  para  pelear, “para la reyerta, para un zafarrancho,  pero  no  para  matar”. Luego, con apoyo en importante doctrina, insiste en la  ausencia  de  los  requisitos  de la coautoría y del dolo homicida, y concluye:  “Edgar  Huertas  no  tiene por qué responder por homicidio, pues no estuvo en  su voluntad cometer homicidio”.   

         De  esta  breve reseña se desprende sin duda que desde el principio  se  venía imputando a Huertas  perpetración  del  homicidio a título de coautor; que esto era suficientemente  conocido  por  la defensa; y que ésta, desde el comienzo hasta la finalización  del  proceso  regular,  hizo  hincapié  en  que  no  podía ser ajusticiado por  homicidio.   

         Si  desde el principio hasta las últimas el procesado y su defensor  sabían  del cargo que se disputaba por homicidio, inclusive hasta para oponerse  a  los  propósitos  de  la  parte  civil  cuando  impugnó  la sentencia de 1ª  instancia,  no  se  ve  cómo  se  pueda  afirmar  ahora que la sentencia de 2ª  instancia,  que  lo  responsabilizó  por lo que pedía el apoderado de la parte  civil  y  que  ya  habían  solicitado  éste y la fiscalía en la audiencia, es  decir,     por     homicidio,     sea    una    decisión    que    sorprenda  al letrado defensor y que, por  eso,   se   haya   resquebrajado   el   derecho   de  defensa.   

         7.  Es  verdad,  en  la  parte  resolutiva  de  la  sentencia de 1ª  instancia  no  se  absolvió  ni  se  condenó por el homicidio. Se condenó por  lesiones.    Formalmente,  entonces,  podría  afirmarse  que  no  habría resuelto lo relacionado con este  delito.  Pero la realidad, lo  material  o sustancial,  como  se desprende de todo el contexto del fallo, es que no condenaba, es decir,  que  absolvía, por el homicidio porque no había coautoría ni dolo frente a la  conducta  consistente  en  matar.  Más  allá  de lo puramente formal, está lo  fundamental.   

         Sobre los errores de hecho.   

                    

         1.  El  Tribunal  no  infringió los postulados de la sana crítica,  esto es, no incurrió en falso raciocinio.   

         El  Ad  quem, es  verdad,  afirmó  que  el  autor  de  la herida mortal con la navaja había sido  Septimio   Guerrero  Perea.  Pero,   a   la   vez,  demostró  que  Édgar  Huertas  Lozano,    con    sus   actos,   había   desplegado  comportamiento eficaz al resultado muerte.   

         El  Tribunal,  avalando  el  estudio  realizado  por el A  quo, otorgó eficacia al testimonio de  Yarlin  Conto  López, en cuanto esta observó cuando “Edgar Huertas apuñeaba  a  Noel  Alexander,  asestándole  una  cabezada  en  la región bucal con tanta  fuerza  que le fracturó un diente. Esto lo aprovechó Septimio para lesionar al  mismo con un arma que ella no identificó”.   

         Si  bien  el  Tribunal  dijo  que se había presentado una riña, lo  hizo  en  el  contexto  de los antecedentes entre las dos partes, que llevaron a  que  el  día de los hechos se desencadenara la disputa. Pero dividió el suceso  en  dos  actos:  de  una  parte,  el  enfrentamiento  inicial entre Guerrero  Perea y la víctima, escena a la  que  limitó la denominada riña, que no pasó a mayores por la intervención de  un  tercero que los separó; y, de la otra, segundo momento, que comienza cuando  Septimio  Guerrero  Perea se  dirige  al  mostrador,  se encuentra con Édgar Huertas  Lozano   –“hubo  cierto  marco  deliberativo”-  y,  después,  regresa con  éste  en  búsqueda  de Robledo Moreno, a quien se desafía para que salieran a  “arreglar   el  problema”.  Y  continuó  la  segunda  instancia  con  estas  palabras:   

         “Edgar  agredió  al  finado  en el pasillo de la salida… lo que  aprovechara  Septimio  para chuzar a éste con una navaja, lo cual le produjo la  muerte.  Y  Edgar  enfrentó  al  occiso a sabiendas de la corpulencia de éste,  pero  a  ello  se  decidió  porque  contaba  con  la  presencia  de  los  otros  compinches,  quienes también arremetieron contra el damnificado. El contexto de  los  hechos  refleja  que  previamente  al  ataque  contra Noel, la trilogía de  atacantes  previeron  la  agresión,  lo  cual  comporta  que  cada uno de ellos  aceptaba  cualquier  riesgo  o  resultado  que se presentara contra la víctima,  más  cuando  existía animadversión entre ésta y Guerrero Perea, y que según  éste y sus amigos, habían sido amenazados de muerte por aquel”.   

         “Por  manera,  que  estima  la  Sala  que el a quo se equivocó al  calificar  la  conducta  de  Edgar  como  lesiones  personales,  pues  fue quien  inicialmente  atacó  y  apabulló  a  Robledo  Moreno,  para luego ser agredido  letalmente  por  Septimio  Guerrero, quien fácilmente logró su objetivo por el  estado  en  que  se  encontraba  aquel.  Hubo  división  de  trabajo,  por  las  consideraciones  expuestas,  vale  decir, que Edgar desempeñó el citado papel,  después  de  lo  cual  Septimio  complementó el ataque de éste en la forma ya  conocida…  Obsérvese  además,  que  no  obstante  que  éste  fue letalmente  lesionado   en  el  cuello,  se  continuó  la  agresión  por  los  anteriores,  incluyéndose  a  Edgar  Huertas,  ejecutorias estas que fueron enervadas por la  intervención de algunas personas”.   

         Las   razones   del  Ad  quem,  entonces,  no  contrarían las pruebas, ni se muestran opuestas a  como  las  cosas  se  desenvuelven  normalmente.  En  efecto,  a  partir  de los  antecedentes  probados,  de  las  circunstancias  concomitantes  y  de los actos  posteriores,   el   juzgador   dedujo  que  el  comportamiento  de  Huertas   Lozano,   luego  del  cruce  de  palabras  con  Guerrero Perea,  consistió  en  mermar  la  capacidad  de  respuesta de la víctima, a lograr su  aturdimiento  (la  apabulló  o  aplastó, dijo el fallo), es decir, a compartir  consecuencialmente  el  obrar del último, quien, prevalido de esa circunstancia  favorable, pudo asestar la puñalada.   

         De  tal  manera  que la censura no puede enseñar ninguna ilegalidad  del  razonamiento  judicial,  razonamiento  que,  tal  como  se ha señalado, no  desbordó  la  sensatez, la prudencia, esto es, no desconoció los postulados de  la sana crítica.   

         En  síntesis,  la  censura propuesta es bastante limitada: se queda  en   la   simple   oposición  valorativa  a  los  juicios  realizados  por  los  jueces.   

         2.  El  Tribunal  no  supuso prueba alguna. Ya se dijo que concedió  plena  eficacia  al  testimonio  de  Yarlin  Conto  López,  quien observó a la  víctima         discutiendo         con         “Seti”        (Septimio). Esta su narración:   

         “luego  él  se  quedó  en la puerta de salida y SETI se dirigió  hacia  adentro  como  hacia  el  baño o a la barra no estoy segura para donde y  trajo  a  EDGAR  HUERTAS  y  entonces allí fue cuando NOEL entró… y ellos lo  empujaron  o  sea  EDGAR HUERTAS y SEPTIMIO (A. SETI), y le dijeron que fueran a  arreglar  ese  problema  de una vez afuera y lo empujaron y él salió con ellos  no  alcanzaron  a  llegar hasta la calle… cuando vi que EDGAR HUERTAS le pegó  primero,  dándole  puños  en  la cabeza y le dio un cabezazo en la boca que le  partió un diente mientras SETI aprovechó y lo chuzó…”.   

         La  conclusión  judicial  consistente  en  que  hubo  un momento de  diálogo  y  acuerdo  entre  los  dos agresores tiene respaldo probatorio. De la  declaración      transcrita      –no  controvertida  por el impugnante- se desprende que sí existió,  pues  luego de la escaramuza inicial, Septimio Guerrero  Perea    fue    en    búsqueda    de   Édgar  Huertas  Lozano, con quien habló,  regresó   con   éste   y  los  dos  –no  sólo  el  primero- retaron a la víctima a que saliera y cuando  se  disponía  a hacerlo, el último la agredió, posibilitando que Guerrero  Perea  causara la herida mortal.   

         Esto,    entonces,    no   fue   imaginado   por   el   Ad  quem. A partir de ahí, junto con los  antecedentes    demostrados   de   roces   entre   los   dos   acusados   y   el  finado1,  concluyó  que hubo consenso para la agresión, con la asunción,  a  título  de  dolo  eventual,  de  los  resultados  por  parte de Huertas Lozano.   

Sobre la demanda a favor de  

Septimio Guerrero Perea.  

         El cargo primero.   

         1.  El  Tribunal no incurrió en falso raciocinio en la apreciación  del  testimonio de Yarlin Conto López. Para el casacionista, la declarante dijo  que  a  distancia  había  visto  lo sucedido y que, mientras se desarrollaba el  hecho,  dio  aviso a sus amigos, “lo que implica que su atención no estuvo en  todo  momento en la secuencia de los hechos, acepta además, que cuando llegaron  ya  lo habían chuzado, lo que indica que no apreció el momento definitivo y su  conclusión  respecto  de  que  Septimio  fue el autor del golpe fatal, no es el  resultado de su percepción, sino de su razonamiento”.   

         El  estudio  de las palabras de la testigo indica que el defensor se  equivoca,  pues  sólo valora apartes de la declaración y no su texto integral.   

         En  su versión, luego de describir el roce inicial y la invitación  de  los procesados a la víctima para que salieran a “arreglar el problema”,  la  señorita  Conto  López  afirmó: “vi que EDGAR HUERTAS le pegó primero,  dándole  puños  en la cabeza y le dio un cabezazo en la boca que le partió un  diente  mientras  SETI  aprovechó y lo chuzó pero no le alcancé a ver con que  lo chuzó… SETI fue el que lo chuzó pero no sé con qué…”.   

         El  relato  no  admite  dudas:  la  testigo percibió directamente a  Septimio  (alias “Seti”)  cuando  causó  la  herida  con  arma cortopunzante, aunque no se percató de la  clase de elemento utilizado.   

         La  afirmación  de  la  declarante  según  la  cual  avisó  a sus  compañeros  “que  le  estaban  pegando  a Noel”, pero que cuando “salimos  corriendo”  “ya  lo  habían chuzado”, carece del alcance suministrado por  el  casacionista,  pues se encuentra en perfecta ilación con la totalidad de su  relato.  En  tal contexto, es incontrastable que las voces de auxilio o de aviso  a sus amigos, las emitió sin perder de vista el suceso.   

         En  otra  parte  de  su  testimonio explicó que dada la golpiza que  recibía  su  novio,  “hice bulla”. De aquí resulta que la atención de los  presentes,   incluidos   sus   amigos,  la  logró  por  medio  de  sus  gritos,  comportamiento que no le impedía presenciar el acontecimiento.   

         En  estas  condiciones,  el  Tribunal  acertó  al  concluir  que la  declarante  vio  cuando  Septimio Guerrero  lesionaba  a  la  víctima, que con sus voces de auxilio logró la  intervención  de  un  agente  de la policía, y que su señalamiento se produjo  sin contradicción alguna.   

         El  propio  censor  transcribió apartes del fallo, conforme con los  cuales  la responsabilidad se dedujo no sólo a partir del testimonio analizado,  sino  también  de  los rendidos por William Jair Borja y por la progenitora del  fallecido.   En   esas  condiciones,  si  se  hubiera  incurrido  en  el  yerro denunciado, ninguna incidencia  tendría  en  el  sentido  de  la decisión, porque aquellos elementos de juicio  serían suficientes para sustentarla.   

         2.  Para  el  impugnante  existe  discrepancia  entre lo narrado por  Mirna    Eyda    Moreno    Blandón,   madre   de   la   víctima   –quien  afirmó que en un momento dado,  a  eso  de  las  8:30 horas de la mañana, ésta recobró el conocimiento y ante  sus  preguntas le dijo que “Seti” era el autor de la lesión-, y lo descrito  en  un  dictamen médico, que registró movimientos en su miembro inferior a las  10:45.   

         Sobre el tema, la Sala observa:   

         a)  La  misma comparación propuesta por el casacionista muestra que  la  relación es ilógica, pues los dos datos se refieren a momentos diferentes.  Por  tanto,  lo  uno  no  se  opone  a lo otro, toda vez que los dos eventos han  podido  tener  ocurrencia.  Además,  el propio demandante cita las palabras del  médico  Jorge  Elin  López  Valencia –ratificantes  de su dictamen-, de acuerdo con las cuales el paciente  estaba   consciente  y  pudo  responder  o  hablar  con  su  progenitora.  Estas  expresiones  roboran  la  conclusión sobre la credibilidad que se ha otorgado a  la testigo.   

         El  recurrente, así, no probó ninguna infracción a los postulados  de  la  sana  crítica.  Simplemente,  sin  éxito,  hizo  uso  de  su  personal  inteligencia sobre los elementos de juicio.   

         b)  No  es  cierto  que la señora Moreno Blandón hubiese declarado  que  no  había  escuchado  ninguna sindicación de labios de la víctima y que,  más  bien, con fundamento en  los gestos de su hijo, hubiera extraído sus  propias conclusiones.   

         En  el  folio  60  aparece  la declaración de la señora Mirna Eyda  Moreno  Blandón. Con claridad expresó que a eso de las 8:30 de la mañana Noel  Alexander  comenzó  a  reaccionar  y  a  su  interrogatorio  sobre el autor del  hecho,    

“él  me  respondió  con  la  voz  entre  cortada  y  con  dificultades para expresarse fue Seti, yo le pregunté quien es  Seti  porque  la  verdad  nunca  había  escuchado  ese  nombre, me respondió y  gesticuló con la mano, el más alto de los tres”.   

         En  consecuencia,  es nítido que del testimonio se desprende que el  herido  se  refirió a “Seti” (Septimio)  como  el agresor, y que las señas se relacionaban exclusivamente  con la estatura del procesado.   

         3.   Sobre  la  eficacia  que  los jueces concedieron a la versión del menor William Jair Borja  (alias  “Tass”), lo único que hace el actor para aludir al falso raciocinio  de   los   jueces   es   escribir   sobre   su   propia   forma  de  valorar  el  testimonio.   

         

         El  apoderado  dijo  que  el  testigo  tenía  interés en evadir su  responsabilidad,    motivo    por    el    cual    señaló    a    Guerrero  Perea  como  autor.  Agregó  el  censor  que  por  eso  el  testigo  negó  que previamente, delante de terceros,  hubiera aceptado ser el causante de la lesión.   

         Se responde:   

         a)  Por  oposición  a  la  censura,  los fallos no desconocieron la  situación particular del declarante procesado.   

         El  de  primera instancia, con fundamento en las posturas procesales  de  William  Jair,  pero  también  del análisis conjunto de todas las pruebas,  concedió  eficacia  a  aquella  y  no  creyó las explicaciones de Septimio  Guerrero, como tampoco las de las  personas  que  acudieron  a decir que aquél había reconocido ser quien portaba  la navaja y había causado la herida.   

         Además           –concluyó-,    el   menor   tenía   respaldo   en   los   términos  incuestionables  utilizados por Yarlin Conto, en la declaración de la madre del  afectado y en el indicio de mala justificación.   

         b)  Similar  fue  el  razonamiento  del Ad  quem,   que  añadió  como elemento de juicio la  declaración  de  Lesli María Cuesta, quien parcialmente presenció el suceso y  escuchó   que  “todo  el  mundo  dice  que  Seti  fue  el  que  le  pegó  la  puñalada”.   

         Sin  duda  los  jueces  acertaron  en  su  deducción:  cometido  el  homicidio,    Septimio   Guerrero   Perea  entregó  la  navaja  al menor de edad para que, prevalido de esta  situación,  el infante dijera que había sido el agresor; pero éste no aceptó  y refirió la verdad.   

         El   cargo   segundo.  Falso  juicio  de  existencia por omisión.   

         Dígase:   

         1.  El  Tribunal no desconoció los testimonios de Nixon Mena Mena y  de  Javier  Alexis  Serna Gil, quienes afirmaron que William Jair Borja despojó  al  primero  de  una  navaja y con ella se dirigió a la discoteca, elemento que  fue  reconocido  por  ellos.  Tampoco,  los  de  quienes  afirmaron que el menor  admitió haber sido el agresor.   

         Por  el  contrario,  los  jueces  hicieron  referencia expresa a los  asertos  de  esas  personas,  pero  no les concedieron eficacia. Aseveraron, con  apoyo  en  la  totalidad  del  material  probatorio,  que  sus afirmaciones para  respaldar  la  excusa  de  Guerrero  Perea  no  eran  más  que una “trama” orientada a que el párvulo se  responsabilizara del hecho, pero que éste no había aceptado.   

         2.  Con  fundamento  en  las pruebas que se han citado, el juez y el  Tribunal   llegaron  a  la  certeza  de  que  Septimio  Guerrero  causó  la herida mortal y que, realizado el  comportamiento,  entregó  el arma al menor William Jair Borja, instándolo para  que    asumiera    la    responsabilidad,    con    el   fin   de   obtener   su  exoneración.   

         Si  el Ad quem no  se  ocupó  de las declaraciones de Oswaldo Anilio Moreno y de Yuri Yesid Peña,  en  nada  injurídico  incurrió  porque  según  el  propio  recurrente, Moreno  simplemente  se refirió a que los intervinientes en el hecho debían clarificar  “quién  metió  la  puñalada”,  esto  es,  que  a  él nada le constaba al  respecto,  mientras  Peña tampoco presenció el suceso y solamente escuchó que  unas  personas  decían  que  el  autor de la agresión había sido “Tass” y  otras que “Seti”.   

         3.  También  es  intrascendente  la  exclusión  del testimonio del  portero  Luis  Arcindo  Ramos,  pues  si  bien  éste dijo requisaba a todos los  clientes  antes  que ingresaran al establecimiento, lo cierto es que el Tribunal  demostró   que  Septimio  Guerrero  Perea fue quien causó la herida con una navaja.   

         Con  base  en  lo  expuesto,  la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         

         No    casar   la   sentencia   impugnada.   

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ               ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN            JORGE  LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS               MAURO      SOLARTE  PORTILLA   

                                           Permiso   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1.  La  misma testigo, así como Lesli Rentería Cuesta y  Carmelo   Antonio   Moreno  Córdoba  dieron  cuenta  de  una  “paliza”  que  “Seti”  y  Édgar  le  habían  dado  a  un  tercero, a quien Noel Alexander  defendió.   Esto   desencadenó  promesas  de  represalias  por  parte  de  los  sindicados.     

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