18631(22-10-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 18631  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                                                                                                         Magistrado Ponente:   

                                                                            Dr.   CARLOS   AUGUSTO  GÁLVEZ ARGOTE   

                                                                           Aprobado Acta No.  159 (18/10/01)   

Bogotá, D.C., veintidós (22) de octubre de  dos mil uno (2.001).   

          VISTOS:   

Se  pronuncia  la  Sala  sobre  el  que  se  denominara  recurso  de  hecho,  interpuesto  por el defensor del procesado LUIS  FRANCISCO  BARAJAS  ORTIZ,  condenado  por  los delitos de secuestro extorsivo y  hurto  calificado  y agravado, contra el auto de abril 30 del año en curso, por  medio  del  cual  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  judicial de Bucaramanga  denegó  el  extraordinario  de  casación  por  haber  sido formulado de manera  extemporánea.   

ANTECEDENTES:  

Mediante  sentencia  de marzo 5 de 2.001, el  Tribunal   Superior  de  Bucaramanga,  por  virtud  del  recurso  de  apelación  interpuesto  por el defensor del acusado Barajas Ortiz, confirmó la que dictara  el  Juzgado  Primero  Penal del Circuito Especializado de la misma ciudad, el 27  de  septiembre  de  1.999,  condenando,  entre  otros,  al  enjuiciado a la pena  privativa   de  libertad  de  27  años  y  6  meses  de  prisión  al  hallarlo  responsable,  como  autor  intelectual,  de  los  punibles  antes  relacionados.   

Notificado  tal  fallo, inclusive por edicto  que  permaneció  fijado hasta el 13 de marzo de la anualidad que transcurre, el  defensor  presentó,  el  6  de  abril  siguiente, escrito ante notaría de este  Círculo  manifestando  interponer  contra  aquél  el recurso extraordinario de  casación, siendo recibido en el Tribunal el día 16 de dicho mes.   

En  esas condiciones, la citada Corporación  profirió  el auto de abril 30 denegando, por extemporáneo, el medio defensivo,  toda  vez  que  no  fue  interpuesto  dentro  de  los  15  días siguientes a la  ejecutoria del fallo de segunda instancia.   

Dicho  proveído fue oportunamente impugnado  por  el  defensor,  quien  interpuso  los recursos de reposición y de hecho por  considerar  que  el  Tribunal  contabilizó erradamente un término de 15 días,  cuando,  por  favorabilidad,  aplicando  la Ley 553 de 2.000, ha debido computar  uno  de 30, máxime que a pesar de la declaratoria de inexequibilidad, ese lapso  aún  regía  toda vez que el fallo de inconstitucionalidad fue notificado el 16  de   marzo   de   2.000,   fecha   en   que   el   edicto   correspondiente  fue  desfijado.   

Resuelto adversamente a las pretensiones del  defensor  el  recurso  de  reposición,  porque  en  criterio  del ad quem no es  admisible  la  invocación  del  principio  de  favorabilidad frente a normas de  procedimiento  que  no  afectan  derecho sustancial alguno y porque la norma que  preveía  la  oportunidad  de formulación de demanda de casación en la Ley 553  de  2.000  fue  declarada  inexequible  desde  el 28 de febrero, sin que en ello  incida  en  manera  alguna  la  notificación por edicto, pues ésta sólo tiene  efectos  de  publicidad,  se dispuso la compulsa de copias, ante la Corte, tanto  de  las  ya  referidas  providencias como de la actuación procesal pertinente a  fin de resolver el recurso de hecho.   

CONSIDERACIONES:  

1. Habiendo entrado en vigencia la Ley 600 de  2.000,  diríase, en principio, que el otrora recurso de hecho, hoy de queja, se  hace  improcedente  frente  a  la  decisión  denegatoria  del extraordinario de  casación  por  cuanto  su  artículo  195 solamente lo hizo viable “cuando el  funcionario  de  primera  instancia  deniegue  el  recurso de apelación”; sin  embargo,  interpuesto  como fue aquél, hallándose en vigor el Decreto 2.700 de  1.991  y  dada  la  favorabilidad  que  en  relación  con el derecho de defensa  representa  el estudio acerca de si la impugnación extraordinaria fue o no bien  denegada  y  por  cuanto,  de  conformidad  con el artículo 40 de la Ley 153 de  1.887  “las actuaciones y diligencias que ya estuvieren iniciadas, se regirán  por  la  ley vigente al tiempo de su iniciación”, no puede menos la Corte que  abordar  su  análisis  con  base  en  el  ordenamiento que entonces lo reglaba.   

2. Importa, por tanto, ante el silencio de la  Corte  Constitucional en modular los efectos de su fallo de inexequibilidad y la  inseguridad  y  desorden  que  con  el  mismo  se  produjo  en  el  trámite del  extraordinario  medio  defensivo,  sin que se reparara además en la ruptura que  con  ello  hizo  del sistema y del debido proceso que en materia tan especial ha  de  existir,  establecer, por la vía hermenéutica que ante aquella omisión se  autoriza  al interprete, dado el efecto legislativo negativo que sin duda alguna  comporta   un  fallo  de  inconstitucionalidad,  cuál  era  precisamente  dicha  normatividad,  sobre todo porque aquella declaratoria de algunos preceptos de la  Ley  553  de  2.000,  incluyó  al que señalaba la oportunidad en que había de  interponerse   el   medio   defensivo   y   presentarse   la   demanda   que  lo  sustentara.   

En  dicho  propósito,  proferido  el citado  fallo   de   inexequibilidad  el  28  de  febrero  de  2.001,  surge  un  primer  cuestionamiento  acerca  de  cuándo  ha de entenderse que surte sus efectos una  tal  decisión o a partir de cuándo ha de decirse que lo fallado, por virtud de  ese  control,  se  hace  exigible,  o,  en  términos  generales,  si  la  Corte  Constitucional  no  hace  uso  de  su  prerrogativa de modular los efectos de su  decisión,   a   partir   de   cuándo   debe   entenderse  que  se  surten  los  mismos?   

En  procura de hallar una respuesta es claro  que   el   Decreto  2.067  de  1.991,  “por  el  cual  se  dicta  el  régimen  procedimental  de  los  juicios  y  actuaciones que deban surtirse ante la Corte  Constitucional”,  no  contiene  disposición alguna, limitándose simplemente,  en  su  artículo  16  a expresar que “la sentencia se notificará por edicto,  …  dentro de los seis días siguientes a la decisión”, acto procesal que en  criterio  de  la  Sala y al contrario de lo que sostuviera el  Tribunal, se  constituye  ciertamente  en  un  condicionamiento  de exigibilidad, pues una tal  decisión   concurre,   así   sea   negativamente,   a   la  construcción  del  ordenamiento,  extrayendo  de  éste  la  norma cuya inexequibilidad se declara,  máxime  sus  caracteres  erga  omnes, impersonales, generales y abstractos, por  manera  que  si  la  vigencia de una ley se sujeta, en términos generales, a su  promulgación,  la misma razón de publicidad debe observarse frente al acto que  la  saca  del  tráfico  jurídico,  toda  vez  que sus efectos trascienden a la  creación  de  derecho, a la conformación del orden jurídico, más aún cuando  la  propia  Corte  Constitucional ha señalado, (auto de junio 14 de 2.001, M.P.  dr.  Jaime  Araujo  Rentería),  que,  “de conformidad con el artículo 49 del  Decreto  2067  de  1991  contra (sus) sentencias … proferidas en desarrollo de  los  numerales  primero,  segundo,  tercero,  cuarto  quinto,  sexto, séptimo ,  octavo  y décimo del artículo 241 de la Constitución Política Colombiana, no  procede recurso alguno ni solicitud de nulidad alguna”.   

La    notificación    del    fallo   de  constitucionalidad,  por  edicto, es sin duda alguna un acto-condición procesal  que,  además  del  efecto  de  publicidad y de conocimiento que de él alcancen  formalmente  los  asociados,  permite  hacerlo exigible, obligatorio, lo que era  bastante  claro  en  vigencia del Decreto 41 de 1.971 cuando disponía que “la  sentencia  proferida  en  asuntos  de constitucionalidad será publicada al día  siguiente  al  de  su  fecha”  y  que  “cumplida  dicha formalidad, el fallo  quedará  ejecutoriado”,  no  así,  la  obligación  secretarial  de  remitir  “inmediatamente  copia  de la sentencia a la Presidencia de la República y al  Congreso  de  la República”, prevista en el artículo 16 del Decreto 2.067 de  1.991,  toda  vez  que,  como  lo  señalara la Corte Constitucional en el fallo  C-113/93,  “ejecutoriada  la sentencia, ha concluido el proceso y no hay lugar  a  seguir  hablando de régimen procedimental, sencillamente porque no hay en lo  sucesivo  más  actos procesales qué regular, pues sería discutible en extremo  considerar  como  tales  el  envío  de  copias  de  la  providencia  a  algunos  funcionarios    o   la   publicación   de   la   providencia   en   la   Gaceta  Constitucional”.   

Bajo  dichas  consideraciones,  entonces, el  fallo  de  inexequibilidad  referido  a  algunas  disposiciones de la Ley 553 de  2.000,  no  surtió  sus  efectos, no extrajo las normas declaradas inexequibles  del  ordenamiento,  a  partir  de la fecha en que se profirió, ni de aquella en  que  se  remitió  o  se  recibió por los funcionarios citados copia del mismo,  sino  desde  el  día  siguiente  a aquél en que se produjo la desfijación del  edicto.   

Por  eso,  notificado  como  fue  el  fallo  C-252/01  por edicto que permaneció fijado hasta el 16 de marzo, las normas que  por  medio  de él se declararon inexequibles, salieron efectivamente de nuestro  ordenamiento jurídico a partir del día siguiente.   

3.  Como en esas circunstancias el artículo  6º  de  la  Ley 553 de 2.000, modificatorio del 223 del Decreto 2.700 de 1.991,  fue  declarado  inexequible,  excepción  hecha  de  su inciso final, y allí se  señalaba  la  oportunidad  en  que  debía  formularse la demanda de casación,  estableciendo  un  término  de  30  días,  posteriores  a  la ejecutoria de la  sentencia  de  segunda instancia, cuál entonces era el procedimiento que debía  y  debe  seguirse  para  esos  efectos?   Acaso, debía entenderse, como lo  entendió   el   Tribunal,   reincorporadas  al  ordenamiento,  aquellas  normas  derogadas por las que luego fueron declaradas inexequibles?   

Si  bien  el principal efecto de un fallo de  inexequibilidad  consiste  en  extraer  del  ordenamiento la norma objeto de ese  pronunciamiento,  siendo  sus  alcances  superiores  a la simple declaración de  contrariedad  con  la  Carta  por  cuanto, sin duda alguna, influye en la manera  como  se regula la actividad del asociado o del Estado, permitiendo que éste en  un  evidente  ejercicio  de  su  poder  político  reordene el sistema, es claro  también  que  no  tiene, en cambio, consecuencias derogatorias por razón de su  misma  inconstitucionalidad,  de  modo  que,  no  habiendo,  por eso, lugar a la  aplicación  del  artículo  14  de  la  Ley  153 de 1.887 en cuanto dispone que  “una  ley derogada no revivirá por solas las referencias que a ella se hagan,  ni  por  haber  sido  abolida la ley que la derogó” o que “una disposición  derogada  sólo  recobrará su fuerza en la forma en que aparezca reproducida en  una  ley  nueva”,  debe asentirse en que ciertamente las normas derogadas, por  unas  que  fueron  halladas  contrarias  a  la  Carta,  y  en  cuanto regulen la  actividad  estatal,  recobran su vigencia, pues el principio de legalidad dentro  de  un  Estado  de  Derecho, implica que toda la acción de éste ha de hallarse  reglada  al  punto  que  al  funcionario público sólo le está permitido hacer  aquello  que  la ley y la Constitución le autorizan, mientras que el particular  puede  hacer todo aquello que no esté expresamente prohibido, pudiendo, en esas  condiciones,  existir  ciertamente  para  el  asociado  un espacio no sometido a  regulación  legal, sin que suceda lo mismo respecto a las funciones del Estado,  por  ello  disponen  los artículos 6º de la Carta que “los particulares solo  son  responsables  ante  las  autoridades  por  infringir la Constitución y las  leyes”,  mientras  que “los servidores públicos lo son por la misma causa y  por  omisión  o  extralimitación  en el ejercicio de sus funciones”, 121 que  “ninguna  autoridad  del  Estado podrá ejercer funciones distintas de las que  le  atribuyen  la  Constitución  y  la  ley  y  el  122 que “no habrá empleo  público que no tenga funciones detalladas en ley o reglamento”.   

Bajo  tal  precisión  y  con  el ineludible  sustento  que representan los principios de libertad y legalidad en un Estado de  Derecho,  así  como la capacidad política que a éste le es aneja, los efectos  de  la  declaratoria  de  inconstitucionalidad, en criterio de la Sala, difieren  entonces,  según  la  materia que la norma inexequible haya pretendido regular.  Así,  si  se  trata  de  leyes  exclusivamente  prohibitivas,  sancionadoras  o  limitativas  de  la  capacidad  de la persona o de sus derechos, su contrariedad  con  la Carta Política, implica que sus temas corresponden a aquél concepto de  espacio  no  regulado  legalmente  y  que  en  consecuencia, por tratarse de una  restricción  a  las  libertades  o  al ámbito meramente personal quedaría por  fuera  del  principio  de  legalidad que atañe al asociado y no se entenderían  revividas   las   prescripciones   que   hubieran   sido  derogadas,  pues   regresándose  al  principio  general  de la libertad recobraría vigencia el ya  señalado  fundamento  esencial  del  Estado  de  Derecho,  según  el  cual  al  particular   le   está   autorizado   todo   lo   que   no  esté  expresamente  prohibido.   

Diferente  es  la  situación  cuando la ley  encontrada  inexequible  regula  también  la  actividad del Estado, o la manera  como  el  particular  puede  acceder  a  las  esferas  de  poder  en  procura de  satisfacer  sus pretensiones, o ejercer, o hacer exigibles sus derechos, pues en  tal  evento,  porque  toda  función  pública debe estar prevista en la ley, no  siéndole   posible   al  funcionario  realizar  nada  diferente  a  lo  que  la  Constitución  y la ley le señalen, aquella declaración sí tiene la virtud de  reincorporar  los  preceptos derogados, toda vez que, además que en ese ámbito  si  no  resulta  lógico hablar de espacio no regulado legalmente, de concluirse  lo  contrario podría llegarse a extremas situaciones de afectación de derechos  fundamentales,  verbi  gratia,  el  acceso  a la administración de justicia, si  declarada  como  fue,  inexequible la norma que regulaba la manera de interponer  la  casación,  no  se  entendiera reincorporada la que había sido derogada por  ésta,  porque  entonces habría que concluirse que esa específica materia, que  atañe  a  la  actividad del Estado y a la manera como el sujeto procesal ejerce  su  derecho,  quedaría  sin  reglamentación,  máxime  que si se acudiere a la  analogía  para  excluir  la  existencia  de  lagunas  en  el ordenamiento, o al  principio  de  integración  o  remisión a que se refiere el artículo 23 de la  Ley  600  de  2.000,  y  con  ello  se  aplicase la normatividad propia de otros  regímenes,  como  el Procesal Civil, por ejemplo, se estaría trasplantando una  figura  que no resultaría propia del proceso de que se trate, con clara mengua,  además,  del  principio  de  especificidad.  Es que, si se entienden, como así  sucede,  reincorporadas  al ordenamiento las normas derogadas por las que fueron  encontradas  contrarias  a  la  Carta Política del Estado, no se produce en tal  caso  laguna  o vacío alguno que deba ser suplido por la aplicación analógica  de  otra  norma  o  por  la  integración  que  con  respecto a otro específico  régimen  quepa  hacerse, pues indudablemente aquél efecto logra la regulación  que  le  es propia al asunto según su naturaleza, porque se trata de normas que  de modo especial lo preceptuaban.   

Pero además de que, indudablemente, el vicio  de  constitucionalidad,  afectando  la  validez de la norma por no avenirse a la  Carta  Política  del  Estado,  le  niega  los efectos jurídicos que en ella se  hayan  previsto,  también la desposee de cualquiera otro que llegare a producir  en  el  ámbito  que  pretendía  regular;  así,  dicho  defecto  le suprime la  consecuencia  derogatoria a la norma en sí misma, que fue declarada inexequible  y  hace  a  la  vez  ineficaz  cualquier disposición que tácita o expresamente  prevean  un  tal  efecto,  pues  es obvio que ni aún en el último caso podría  entenderse  suprimida  o reemplazada una norma por aquella que no tuvo en cuenta  los     principios     constitucionales    regentes    de    la    organización  estatal.   

También,  históricamente, en nuestro medio  la  tendencia  ha  sido  la  de  negar efectos derogatorios a la norma declarada  inexequible  y  la  de  que  se  reincorporen  al ordenamiento los preceptos que  habían  sido sustituidos; así lo señaló la Corte Suprema de Justicia cuando,  en  sentencia  de  junio  22  de  1.982,  al controlar la constitucionalidad del  artículo  146  del  Decreto  294  de  1.973  afirmó  que,  “al ser declarada  inexequible  la  modificación introducida en el parágrafo del artículo 208 de  la  Constitución  por  el  acto  legislativo  número  1  de 1979, y revivir el  antiguo  parágrafo  de  dicha disposición, adoptada como artículo 67 del Acto  Legislativo  número  1 de 1968, recuperó también su vigencia el artículo 146  acusado  y  por  tanto,  la  Corte puede ejercer su jurisdicción constitucional  sobre  la  norma  demandada”,  y  el  Consejo  de  Estado,  Sala  de  Negocios  Generales,  cuando,  al  absolver consulta del Ministerio de Hacienda, expresó,  en  noviembre  7  de  1.958,  que  “aplicando  los  conceptos  y  conclusiones  precedentes  al  caso  consultado por el señor Ministro de Hacienda, el Consejo  de  Estado  considera  que la derogatoria que hizo el Decreto-Ley número 700 de  1954  de  preceptos  pertenecientes a otros estatutos, debe tenerse por no hecha  desde   la   fecha  de  ejecutoria  del  fallo  de  la  Corte  que  declaró  la  inexequibilidad  de  tal  decreto,  y  que,  en consecuencia, tales normas deben  aplicarse  mientras  no  hubiesen  sido  derogadas  por  otros decretos-leyes no  declarados inexequibles…”.   

Y  si  bien,  no ha expuesto las razones que  sustancialmente  la  han  llevado  a  una  tal  consideración,  similar  línea  jurisprudencial  ha  proseguido  la  Corte  Constitucional  dejando en claro que  “en principio la declaratoria de inexequibilidad de  una   norma,   que   había  subrogado  otras  disposiciones,  tiene    como      efecto      revivir      los    contenidos    normativos    derogados”   (C-1548/00),  “implica  la  reincorporación  al ordenamiento jurídico de las disposiciones  por  ella  derogadas  siempre  que ello  se  requiera  para   asegurar    la    supremacía    del   texto  fundamental”  (C-501/01),  porque  “la  decisión  de  inexequibilidad  es  diversa  de  una  derogación,   y  por  ello  puede  implicar  el  restablecimiento  ipso  iure de las disposiciones derogadas  por  la  norma  declarada  inconstitucional”,  toda  vez que, “como la norma  derogatoria  no  era válida, por estar en contradicción con la Carta, entonces  es  perfectamente  lógico  expulsarla  del  ordenamiento,  por ministerio de la  inexequibilidad,   de   forma   tal   que   puedan   revivir  las  disposiciones  derogadas.” (C-055/96).   

4.  Así  pues, restablecidas las normas que  del  Decreto  2.700 de 1.991 se referían a la casación, derogadas por aquellas  que  fueron  declaradas  inexequibles,  bajo el entendido que el mismo efecto se  surte  en frente de la Ley 600 de 2.000, como que los preceptos relacionados con  el  extraordinario medio de impugnación, siendo reproducción de los contenidos  en  la  Ley  553,  también  se  declararon  contrarios  a  la  Constitución, y  comprendiéndose,  por  tal  razón,  la  ineficacia  que  en  relación con las  primeras   se   predica   del   artículo   535   de  aquella  ley,  el  recurso  extraordinario,  a partir de la fecha en que el fallo de inexequibilidad produjo  sus   efectos,   ha   de   proponerse,   sustentarse  y  tramitarse,  según  el  procedimiento  que  pasa  a  precisarse, fundado tanto en la nueva normatividad,  esto  es  Ley  600  de  2.000,  como en las disposiciones que se reincorporan al  ordenamiento,  por  consecuencia  de la inconstitucionalidad de aquellas que las  habían  derogado,  mientras  que,  si  la  sentencia  de  segunda  instancia se  profirió  antes del 17 de marzo de 2.001, valga decir durante la plena vigencia  de  la  Ley  553  de  2.000,  el  medio  extraordinario  de  impugnación, ha de  tramitarse  con  exclusivo apego a dicha normatividad, idéntica a la que en esa  materia  estableció  la  Ley  600, pues, como ya se expresara, “los términos  que  hubieren  empezado  a  correr,  y  las  actuaciones  y  diligencias  que ya  estuvieren   iniciadas,  se  regirán  por  la  ley  vigente  al  tiempo  de  su  iniciación”:   

4.1. El recurso extraordinario, en cuanto no  se  trate  obviamente  del excepcional, en términos del artículo 1º de la Ley  553  procedía  y  procede,  en  los del 205 de la Ley 600, contra sentencias no  ejecutoriadas  proferidas  en  procesos  que se hubieren adelantado por punibles  que  tengan  señalada  una  pena cuyo máximo sea o exceda de seis años, si la  sentencia  se  dictó  antes  de entrar en vigencia la Ley 553, o sea superior a  ocho  años,  si el fallo se profirió luego de entrar a regir la precitada ley.   

4.2.  De acuerdo con el procedimiento que se  revive,  luego  de  la declaratoria de inexequibilidad de las pertinentes normas  de  la  Ley  553  de  2.000,  y a su vez de la Ley 600, el recurso de casación,  excepcional  o no, ha de interponerse dentro de los quince (15) días siguientes  a la última notificación de la sentencia de segunda instancia.   

4.3.   Si   el   recurso   se   interpone  oportunamente,  el  funcionario ad quem, dentro de los tres días siguientes, al  vencimiento  de  los  quince  referidos en el numeral anterior, decide, mediante  auto  de  sustanciación  si  lo  concede  o  no,  haciéndose extensiva una tal  determinación  cuando  el  recurso  se  interponga  de  modo  excepcional, pues  indudablemente  en  ello,  las  leyes  553   y 600 de 2.000 comportaron una  modificación  en  la  medida en que establecieron que “de manera excepcional,  la  Sala  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  discrecionalmente  puede  admitir  la  demanda…”  (negrilla  fuera  de  texto),  mientras  que  el  procedimiento  derogado en ese  aspecto   enseñaba   que   la   Corte,   “puede   aceptar   un   recurso   de  casación”.   

Por  tanto,  se  reitera,  corresponde  al  funcionario  de  segunda instancia conceder o no el recurso extraordinario, bien  que   se   trate   de   casación   común  o  discrecional,  mediante  auto  de  sustanciación,  pudiendo  negarse a su concesión sólo en cuanto se interponga  de  manera  extemporánea,  pues  las demás condiciones de viabilidad, salvedad  hecha  también de la presentación oportuna de la demanda, atañe analizarlas a  la  Corte  en el momento en que proceda a calificar el libelo de conformidad con  el artículo 213 de la Ley 600 de 2.000.   

Contra  esa  providencia  de sustanciación,  luego  del  citado  fallo de inexequibilidad, cabía el recurso de reposición y  el  de  hecho, si por alguna circunstancia el ad quem denegaba la concesión del  medio  extraordinario.  A  partir de la vigencia de la Ley 600, sólo procede en  su  contra el de reposición, según se infiere del inciso final de su artículo  210  y  de  la  exclusión  que,  en  relación  con  el de queja, se hizo en el  artículo 195.   

4.4. Si el recurso extraordinario se concede,  en  el  mismo  auto  el ad quem debía y debe disponer traslado de 30 días para  cada  uno  de  los recurrentes para que presenten la demanda, luego del cual, si  ésta  se  presenta  en  oportunidad  ha  de  surtirse  el traslado a los demás  sujetos  procesales,  por  el  término  de  15  días,  según  lo señalaba el  artículo 7º de la Ley 553 y establece el 211 de la Ley 600.   

Si la demanda se presenta fuera del período  señalado,  el  ad  quem  debe  así declararlo en proveído contra el que sólo  procede  el  recurso  de  reposición,  según  lo  preceptuaba la Ley 553 en el  inciso final de su artículo 6º y prescribe el 210 de la Ley 600.   

4.5   Concluido  dicho  trámite  ante  el  funcionario  de  segunda  instancia,  el  asunto  pasa  a  la  Corte,  donde, de  conformidad  con  el  artículo  9º  de  la  Ley  553 se calificaba la demanda,  efectuándose  actualmente  similar  procedimiento en términos del precepto 213  de la Ley 600.   

5. Dadas las anteriores precisiones, como en  este  asunto la sentencia de segunda instancia fue proferida el 5 de marzo, esto  es,  cuando el fallo de inexequibilidad C-252 aún no surtía sus efectos, ha de  afirmarse  que  la  ejecutoria  e  impugnación  de  aquella  se  regía  por el  ordenamiento  entonces vigente, valga decir, de modo exclusivo por la Ley 553 de  2.000,  la  cual  había suprimido la competencia del Tribunal para pronunciarse  sobre   la   concesión  del  medio  de  defensa,  siendo  el  trámite  debido,  simplemente,  el  de presentar la demanda dentro de los treinta días siguientes  a  la  ejecutoria del proveído de segunda instancia, para que, luego de surtido  el    traslado    a    los   no   demandantes,   fuera   la   Corte   quien   la  calificara.   

En el evento que se examina, ese término de  30  días, establecido por el artículo 6º de la Ley 553, fenecía el 8 de mayo  y  sin  embargo  el  Tribunal,  bajo un equivocado criterio, lo truncó el 30 de  abril,  dictando  un  auto  que  señaló  extemporáneo el medio extraordinario  cuando,   ni   siquiera  tenía  facultad  alguna  para  pronunciarse  sobre  el  mismo.   

En tal orden, resulta incuestionable que el  ad  quem,  precisamente  por  carecer  de atribución para pronunciarse sobre la  concesión  o  no del recurso, porque la sentencia fue dictada en vigencia de la  Ley  553  de  2.000, máxime que dicha etapa desapareció en el esquema previsto  por  la  citada  normatividad,  dictó  un  auto  viciado  de nulidad con el que  además  terminó  recortando  el  lapso  que  el  interesado en la impugnación  tenía  para  formular  la  correspondiente demanda, por ello la Sala declarará  nulo  el auto de abril 30 de 2.001 dictado por el Tribunal y, en aras de rehacer  la  actuación,  se  dispondrá  que,  remitiéndole  estas diligencias para que  hagan  parte  del  respectivo  expediente,  permita  completar el período de 30  días,  descontado  el que corrió hasta el 29 de abril, para que quienes tengan  interés,  presenten  la  demanda de casación con arreglo a los preceptos de la  Ley  553 de 2.000, antes de que algunos de sus artículos hubieren sido hallados  contrarios a la Constitución.   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE:  

1.  DECLARAR LA NULIDAD del auto fechado en  abril  30  del  año  en  curso  por  medio  del  cual  el  Tribunal Superior de  Bucaramanga  denegó la casación interpuesta por el defensor del procesado Luis  Francisco Barajas Ortiz.   

2. A fin de rehacer la actuación, disponer  que  ante  el ad quem se permita, en los términos indicados en la parte motiva,  la  conclusión  del  lapso  previsto  en  el  artículo  6º  de  la Ley 553 de  2.000.   

3.   Remítanse   las  diligencias  a  la  Corporación de origen para que hagan parte del expediente.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese,      comuníquese      y  cúmplase.   

CARLOS EDUARDO MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                            JORGE  ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA   

         Aclaración de voto   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS           CARLOS  AUGUSTO   GÁLVEZ   ARGOTE                        

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                      EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

                                                                                                      Aclaración de voto   

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                                                                                    NILSON        PINILLA  PINILLA   

         Aclaración   de  voto                                                                     Aclaración de voto   

Teresa Ruiz Núñez  

Secretaria  

    

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