17907(04-08-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 17907  

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

                    Magistrado  Ponente:   

                    HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

                        Aprobado  en  Acta No. 065   

                      Bogotá, D.  C., cuatro (4) de agosto de dos mil cuatro (2004).   

La Sala  decide el recurso de apelación  interpuesto  por  el   Fiscal  3º  Delegado  contra  la sentencia del 3 de  octubre  de  2000, emitida por la Sala Penal del Tribunal Superior de Medellín,  mediante   la   cual  absolvió  a  OCTAVIO  SALDAÑA  AMÉZQUITA, Fiscal 252 Local  de Ebéjico (Ant.),  de los delitos de prevaricato y abuso de autoridad.   

I   ANTECEDENTES.   

1. HECHOS  

1.1.  El  31  de  diciembre   de   1997,   en  la  localidad  de  Ebéjico  (Ant.),  Darío  Uribe  Bedoya    disparó   un   revólver   calibre  32,  del  cual  carecía  de  salvoconducto,  en  contra  de  José  Alberto  Rodríguez  Marín.  Dos de  los   disparos hicieron impacto en la cara, un proyectil se alojó  en  el   carrillo     inferior    derecho     y    el    maxilar    del   mismo   lado,    otro   en   la  región  preauricular  izquierda  parte superior, siendo extraído  mediante  incisión  quirúrgica,  originándole  una  limitación para apertura  bucal  completa,  pérdida  de  dos molares en maxilar superior y pérdida de la  continuidad  en el borde derecho de la lengua, y un tercer disparo en la cadera,  lesiones  que ameritaron una incapacidad médica provisional de 30 días. Cuando  se   encontraba   el  lesionado  en  el  hospital  se  presentó  el  sindicado,  esgrimiendo  aún  el  arma  de  fuego,  pero   ante  la  presencia  de las  autoridades de policía huyó, siendo capturado inmediatamente.   

1.2. El informe de  policía  fue  presentado  al Fiscal 252 Local, el cual por resolución del 2 de  enero  de  1998  dispuso  la apertura de la investigación y la vinculación del  capturado   mediante  indagatoria,  diligencia  que  se  cumplió  en  la  misma  fecha.   

1.3.  Entre  las  pruebas  practicadas,  se  recibió  el  experticio  médico  legal   y  en  resolución  del  7  de  enero  de  1998,  se abstuvo de seguir conociendo de la  investigación  adelantada  en  contra de Darío Uribe Bedoya, aduciendo que los  hechos  eran  constitutivos de la contravención especial de lesiones personales  al  no  haberse  dictaminado por el Instituto de Medicina Legal secuelas, por lo  que  dispuso que las diligencias  fueran enviadas al Inspector de Policía.   

1.4. De acuerdo con  la  denuncia  formulada  el  8  de  junio  de  1999 por el entonces Inspector de  Policía,  Jorge  Albeiro  González  Aguirre,  quien   no  ostenta la  calidad  de abogado, éste  se  negó  inicialmente  a   recibirle  al  Fiscal   el     proceso    porque             consideraba             que      no        era      competente,      pero  que    el    Fiscal  lo había presionado  haciendo uso  de  su autoridad, para que asumiera el conocimiento, dándole instrucciones para  que   resolviera  la  situación  jurídica  del sindicado y que una vez se  reintegrara   de   vacaciones  la  Juez  Promiscuo  Municipal  le  entregara  el  proceso.   

1.5. En efecto, el  Inspector  de  Policía  avocó  conocimiento  el  8  siguiente indicando que el  competente  era  el  Juzgado Promiscuo Municipal que se encontraba en vacaciones  colectivas;   en  la  misma  fecha  resolvió  la  situación jurídica del  detenido   imponiéndole   medida   de  aseguramiento  consistente  en  caución  prendaria  por  lesiones personales y a la vez ordenó, sin poner en libertad el  sindicado,  compulsar  copias  por el presunto delito de porte ilegal de arma de  fuego,  decisión  que  notificó  el  9  de enero de 1998 al detenido, quien no  canceló la caución impuesta.   

1.6.  El siguiente  14,  el  Inspector  de Policía envió el proceso al Juzgado Promiscuo Municipal  por  competencia,  dejando  a  su  disposición  el  detenido  y el arma de  fuego.  El  mismo  día,  el  Juzgado  advirtió  la  irregular privación de la  libertad  del procesado  al estar ordenada por una autoridad administrativa  que  carecía de competencia,  ya que la conducta constituía una tentativa  de  homicidio en concurso con porte ilegal de arma de fuego, cuya investigación  correspondía  al  Fiscal  Seccional,  y  aun  si  se  tratara  de lesiones  personales  según  el  artículo  19  de  la ley 228 de 1995, la competencia le  correspondería   al   Fiscal   Local   al   prever  el  numeral  1º  del   artículo    18    ibídem    que   en   ausencia   del   juez aquél asumiría  el conocimiento. En consecuencia, ordenó  la  libertad  inmediata  del  procesado,  el   envío  las diligencias a la  Fiscalía  Seccional  de  Medellín y compulsar copias disciplinarias contra los  funcionarios involucrados.   

1.7.    La  investigación  fue  adelantada  por la Fiscalía 6ª Seccional de Medellín que  el  13  de junio de 1998 profirió resolución de acusación en contra de Darío  de  Jesús  Uribe Bedoya  por los delitos de tentativa de homicidio y porte  ilegal  de  arma  de fuego. Posteriormente, el Juzgado 3º Penal del Circuito de  Medellín  dictó  sentencia  condenatoria  que  fue  confirmada por el Tribunal  Superior del Distrito.   

2. ACTUACIÓN PROCESAL  

2.1.  La Fiscalía  Delegada   ante  el  Tribunal  Superior  de  Medellín  inició  la  indagación  preliminar  el  23  de  junio  de 1999, para acreditar la calidad de funcionario  judicial  del  imputado,  Octavio  Saldaña  Amézquita,  solicitar  copia de la  investigación    de   carácter   disciplinario,   recibió   declaración   al  denunciante, a la Juez Promiscuo Municipal y al Personero.   

2.2. Igualmente, el  imputado  fue  escuchado en versión libre y adujo que al fijarse la incapacidad  médico   legal  en  menos  de  30  días  consideró  que  se  trataba  de  una  contravención  especial y el competente para conocerla era el Juzgado Promiscuo  Municipal  por  lo  que  remitió  las  diligencias  a  la  Inspección  de  Policía,  sin  que   haya ejercido presión alguna para que éste asumiera  el proceso.   

2.3.  El  23  de  noviembre  de  1999,  el  Fiscal  3º  Delegado  ante  el  Tribunal  Superior de  Medellín  ordenó  la  apertura  de  investigación  penal  en contra del   mencionado  OCTAVIO  SALDAÑA  AMÉZQUITA,  Fiscal  252 Local de Ebéjico, quien fue escuchado en indagatoria  el  16  de  febrero  de   2000  y  el  22  siguiente definida la situación  jurídica    con   medida   de   aseguramiento  consistente  en  detención  preventiva  como  presunto  autor  de  los  delitos  de  prevaricato  y abuso de  autoridad,   medida   que   fue   sustituida  por  la  detención  domiciliaria.   

2.4. Sostuvo en la  indagatoria  que tomó la decisión de enviar por competencia las diligencias al  Inspector  de  Policía con fundamento en el dictamen médico legal y como éste  no  establecía  las  secuelas  consideró que se trataba de una contravención,  que  no recuerda si estaba la denuncia, la que en todo caso no podía ser tenida  en  cuenta,  ya que por lo general el denunciante pretende agravar la situación  para  su  agresor  y  tampoco  le  resultaba verosímil que el sindicado hubiera  pretendido  seguir  agrediendo  al  lesionado,  por  cuanto allí se encontraban  varias  personas amigas de éste, que jamás impuso su decisión al Inspector ni  le  dio instrucciones, que frente a los señalamientos del Personero, de la Juez  y  del mismo Inspector explica que obedecen a la enemistad que le tienen, y que,  en  todo  caso,  su comportamiento, si bien equívoco, por desconocer la Ley 228  de  1995,  carece  de  dolo y de cualquier interés en beneficiar al procesado a  quien ni siquiera conocía.   

2.5.   Mediante  resolución   del   18   de    abril   de    2000  fue  clausurada  la  investigación  y el 18 de mayo siguiente, la Fiscalía profirió resolución de  acusación  (fl.  304  c.o.1)  en  contra  de  OCTAVIO  SALDAÑA          AMÉZQUITA   como      autor       de      los       delitos    de   prevaricato  y  abuso   de   autoridad  por  acción  definido  en  el  artículo  149  del  Código Penal, modificado por el artículo 28 de la ley 190  de  1995,  pliego  de  cargos que cobró ejecutoria el 6 de  junio de 2000.   

3. LA ACUSACIÓN  

Realizado  un  recuento  de  la  situación  fáctica  y  del  desarrollo  de  la  investigación, el Fiscal Delegado ante el  Tribunal  Superior  de  Medellín concluye que OCTAVIO  SALDAÑA  AMÉZQUITA,  Fiscal  252  Local  de Ebéjico  (Ant.)  emitió  una  resolución de trámite mediante el cual se desprendía de  su  conocimiento  para   entregar  el proceso al Inspector de Policía, con  argumentos  manifiestamente contrarios a derecho y además, le impuso a éste su  conocimiento, arbitrariamente.   

El  pliego de cargos proferido en contra del  funcionario se sustenta en lo siguiente:   

3.1. La resolución  de  sustanciación  del  7  de  enero  de 1998, mediante la cual el  Fiscal  Local  se separa del conocimiento del proceso que adelantaba en contra de Darío  Uribe  Bedoya  es  totalmente contraria a derecho porque la conducta investigada  no  correspondía  a unas lesiones personales sino a una tentativa de homicidio,  según  se  colige  de  las pruebas allegadas hasta ese momento al proceso, esto  es,  del lugar en el que recibió los disparos, dos  en el rostro, zona que  es  bastante  vulnerable  y  del comportamiento posterior del procesado que  se  presentó  armado  en  el  hospital  siendo capturado por la policía cuando  huía.   

3.2.  Igualmente,  utilizó  una  arma  de  fuego  cuyo  porte  ilegal  era  claramente manifiesto,  lo   que   indicaba  que   la  competencia  era  de  los Fiscales  Seccionales a  los que debió   

remitir  las  diligencias  sin  romper  la  conexidad procesal.   

3.3. Se sostiene que  sin  importar  que  las lesiones fueran dolosas o que se tratara de tentativa de  homicidio,  en ambos casos, el Fiscal Local debía conocer a prevención o hasta  que  llegara  de  vacaciones  la Juez Municipal o hubiera practicado las pruebas  urgentes para remitirlo a la Fiscalía Seccional de Medellín.   

3.4. La conducta del  funcionario   no  corresponde  a  una  discordancia  de  criterio  frente  a  la  interpretación  de  una  norma,  sino  a  una  caprichosa y arbitraria forma de  proceder  del  Fiscal,  quien pretendía denotar un poder que no tenía frente a  quien  consideraba  su subalterno, forzando la atribución de una competencia de  la  que  carecía,  es  decir,  que  le  impuso  su  criterio  haciendo valer su  superioridad  con  consideraciones  jurídicas  superficiales,  pese  a  que  el  Inspector    le    sostenía    que    se    trataba   de   una   tentativa   de  homicidio.   

3.5. Se afirma que  el  comportamiento del procesado encaja en el delito de prevaricato por acción,  ya  que  la  oposición  de  la  resolución  a  la  ley,  no  fue  por errónea  interpretación  de  los hechos, de las pruebas o  de la misma  norma,  sino  que  obedeció   a   una incorrección  jurídica enmarcada  dentro  de una actuación caprichosa y arbitraria, sin que  pueda excusarse  en el desconocimiento de la ley 228 /95.   

3.6.  Precisa  la  acusación  que el procesado tenía experiencia sobre el manejo de esta clase de  asuntos,  pues   había manejado casos análogos, por lo que  conocía  la  ilegalidad  manifiesta   de  lo  decidido,  es  decir,  que  estaba  en  contravía  con los hechos y de la manifiesta arbitrariedad ejercida para que el  Inspector asumiera el proceso.   

3.7.  El  Fiscal  considera  que  el   doctor  Saldaña  no  se  conformó  con  proferir  la  resolución  contraria  a  derecho,  sino  que  se  desplazó  al  despacho  del  Inspector  y le impuso arbitrariamente el conocimiento del proceso, aduciendo la  calidad  de  superior,  comportamiento distinto a la decisión en sí misma, sin  que  sea  factible  aducir que se trataba del agotamiento mismo del prevaricato,  ya  que este delito se consuma con la suscripción de la resolución contraria a  derecho, independientemente de que se cumpla la orden que contiene.   

3.8.  La  actitud  negligente  y arbitraria del funcionario se reafirma por las declaraciones de la  Juez  Municipal, del Personero, del Inspector de Policía, de los Secretarios de  estos  Despachos, que tenían conocimiento directo de su labor, sin que resulten  desvirtuadas    por   las   presuntas   enemistades    a   que   alude   la  defensa.   

4. EL FALLO RECURRIDO  

El  Tribunal  Superior  de  Medellín,  en  sentencia    del    3   de   octubre   de   2000,   absolvió   a   OCTAVIO  SALDAÑA  AMÉZQUITA  de los  cargos  que  por  los delitos de prevaricato por acción y abuso de autoridad le  atribuyó la Fiscalía y ordenó su libertad inmediata.   

Así  fundamentó  el  Tribunal  el  fallo  absolutorio:   

4.1.  La decisión  calificada  como  prevaricadora  es  de  sustanciación  y  no  resuelve ningún  incidente  o aspecto sustancial del proceso ni se refiere a su objeto, es decir,  que  no  era  relevante y por consiguiente era de mero impulso procesal, sin que  del    mismo    se   derive   nada   “MANIFIESTAMENTE       CONTRARIO      A      LA      LEY”, pues la competencia que le atribuía  al  Inspector no implicaba un resultado nocivo para la administración pública.  Además,   con  este  tipo de decisiones, de sustanciación, no es factible  que se incurra en  el delito de prevaricato.   

4.2. Como se trataba  de  un  auto  en  el  cual simplemente se planteaba una competencia,  en el  evento  de que discrepara el Inspector Municipal le bastaba enviar el proceso al  funcionario  que  considerara competente, como así  finalmente lo hizo, al  remitirlo  al  Juzgado  Promiscuo  Municipal  a  fin  de  que  continuara con la  instrucción,   mas   no   pretextar   ingenuamente   que  había  sido  forzado  arbitrariamente  por  el  Fiscal para que conociera del proceso, afirmación que  no es creíble, ya que su superior era el Alcalde Municipal.   

4.3.  El  Tribunal  señala  que  con  la  decisión del Fiscal Local que se cuestiona no se afectó  interés  alguno,  no se causaron perjuicios ni se infirió ofensa, advierte que  dado   el   estado   de  la  investigación  el  funcionario  no  podía  dictar  ‘cátedra’  sobre  la calificación jurídica de  la  conducta  pues  ni  siquiera  se había resuelto la situación jurídica del  indagado.   Por  el  contrario,    lo   que   advierte   es   la   existencia   de    un  simple  error de   apreciación  sobre   el  cual  no se puede fincar  el   dolo  que requiere el prevaricato, ya que es requisito esencial para predicar su  contrariedad  con  la ley que se tome alguna decisión y el auto en cuestión no  decide nada.   

Agrega, que de proferirse sentencia en contra  del   Fiscal   enjuiciado  implicaría  que  el  Fiscal  en  este  asunto  y  la  Representante  de la Sociedad habrían incurrido en similar conducta al no haber  acertado  en  la  calificación  jurídica del hecho y, en el caso analizado, no  hay  ingrediente  subjetivo  ni  el   acto puede ser calificado de injusto.   

4.4.  En  torno al  punible  de  abuso  de  autoridad,  el  juez  de primera instancia indica que ni  siquiera  el  borrador  de  decisión  a  que  alude  el denunciante obra en las  diligencias,  lo  que  permite  dudar  que el Inspector hubiese sido coaccionado  arbitraria  e injustamente, por cuanto bastaba que el Fiscal hubiera suscrito la  decisión  de  separarse del conocimiento del proceso para remitir el proceso al  Inspector    sin    que    se    abrogara    la   condición   de   ‘Jefe’.   

5. ARGUMENTOS DEL IMPUGNANTE  

El  Fiscal 3º Delegado ante el Tribunal  Superior  de Medellín en la sustentación del recurso de apelación interpuesto  contra  la  sentencia  absolutoria  proferida   a favor del ex Fiscal Local  OCTAVIO  SALDAÑA AMÉZQUITA  expone los siguientes argumentos:   

5.1. La resolución  de  sustanciación   mediante la cual el Fiscal se separó del conocimiento  del    proceso    ‘era  totalmente  contraria  a  derecho  por la potísima razón de que la adecuación  típica    no    consultaba   el   mundo   fáctico   ni   jurídico’,  pues era  evidente  la  pretensión  homicida  del  sindicado,  por  lo que no podían ser  calificados  como  una  contravención  especial  para atribuirle competencia al  Inspector.   

5.2. Tampoco   se   trata   de  una  simple  discordancia  de  interpretación  como  aduce  el  defensor,  ‘sino  de  una   caprichosa  y arbitraria forma de proceder del  Fiscal   ‘,   para  hacerle  notar  al  Inspector que  tenía  poder sobre él, es decir, que no puede hablarse de interpretación sino  de  una  imposición,  aduciendo  una  pretendida  superioridad, al indicarle al  funcionario  que  debía  acatar  lo dispuesto por él, ya que se trataba de una  orden del jefe inmediato.   

5.3. Sostiene que  contrario  al  argumento  central de la sentencia impugnada, si puede incurrirse  en   el   delito   de  prevaricato  a  través  de  una  resolución  de  simple  sustanciación,  como  cuando se entrega un elemento vinculado al proceso, pues,  lo  que  debe  considerarse  es  que  se  trate  de  la  toma  de una decisión,  independiente  de  su  carácter de interlocutoria, administrativa o judicial, o  de disponer un simple trámite o que ponga fin al asunto.   

Por  consiguiente,  aun  cuando se trate de  resoluciones   de   simple   trámite,   si  con  ellas  se  está  tomando  una  determinación  que  lesione  un  bien  jurídico  determinado,  como en el caso  examinado,  en  el  que  se  desconoció  lo  dispuesto  por la ley 228 de 1995,  además  de  que  la  competencia para conocer del porte ilegal de arma de fuego  era  de  los  Fiscales  Seccionales,  y gozaba de competencia a prevención para  definir           los         aspectos    urgentes                 del                 proceso,    desconociendo     las  circunstancias de flagrancia de la captura  y la gravedad del hecho por constituir un atentado contra la vida.   

5.4.  En criterio  del   apelante,   con   la   decisión   de   sustanciación   cuestionada   pese       a       no       resolverse    ningún    asunto   de  fondo,   al contrariar las  evidencias  fácticas y jurídicas se incurre en  el delito de prevaricato.  En    el    presente    caso,    el    fiscal    no   sólo   definió   la  competencia,    sino   que   impuso la  decisión   de    manera     arbitraria    y  caprichosa,  sin  que  importe  la  motivación,  ya  que   en  el  delito de prevaricato no tiene  trascendencia,  por  lo   que  la  sentencia  atacada  no  le   dio su  verdadero sentido.   

5.5.  Respecto al  delito  de  abuso  de  autoridad  cuestiona  la deficiente argumentación en que  sustenta  el  Tribunal  la  sentencia  absolutoria  cuando  afirma  que  el acto  arbitrario  no  fue  injusto  y  que  al contar solo  con las versiones del  denunciante  y  del  procesado,  el  Tribunal se inclina sin mayor razón por el  dicho  de  éste,   aduciendo  que  no se demostró que haya entregado  personalmente el expediente.   

II CONSIDERACIONES DE LA  CORTE   

1. COMPETENCIA  

La  Corte es competente para  conocer  de  la  impugnación  propuesta  por  el  Fiscal Delegado, por haberse formulado  contra  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal Superior  de   Distrito   Judicial   de  Medellín en el proceso que se adelanta  contra   OCTAVIO   SALDAÑA   AMÉZQUITA,  en  su  condición   de  ex  Fiscal  Local  252 de Ebéjico  (Antioquia)  por  hechos relacionados con el ejercicio del cargo, de conformidad  con  el  artículo  75,  numeral  3º,  del  Código de Procedimiento Penal, sin  limitación  alguna  al  haberse formulado el recurso de  apelación por el  Fiscal Acusador.   

El  argumento  central  del  Tribunal para  absolver  al  procesado,  de  acuerdo  con  lo  señalado  por  el apelante y lo  reseñado  por  la Sala,  radica en sostener que la comisión del delito de  prevaricato  por  parte de los funcionarios judiciales sólo resulta factible en  los  casos en que éstos profieren decisiones de fondo o que pongan fin a algún  trámite  en  el  proceso  en  cuanto  sean  contrarias a la ley, no así en los  eventos  en  que  toman  decisiones  de  trámite  o mero impulso procesal, como  cuando  se  declara  incompetente para conocer de un asunto determinado, pues lo  que  hace el funcionario es  interpretar la ley y esa interpretación puede  ser  equivocada,  sin  que  el  equívoco constituya infracción a la ley penal.   

2. ASPECTO OBJETIVO  DEL PREVARICATO POR ACCIÓN   

2.1.  OCTAVIO  SALDAÑA    AMÉZQUITA,   Fiscal   252   Local   de  Ebéjico,   fue  acusado  de  los delitos de prevaricato por acción,   previsto  en  el artículo 149 del Código Penal, modificado por el artículo 28  de  la ley 190 de 1995, vigente para la fecha de los hechos y  aplicable en  todo  caso  en   virtud del principio de favorabilidad por establecer penas  menos  graves  que  el artículo 413 de la ley 600 de 2000, de la siguiente  manera:   

“El  servidor  público  que  profiera  resolución,  dictamen o concepto manifiestamente contrario a la ley, incurrirá  en  prisión  de tres (3) a ocho (8) años, multa de cincuenta (50) a doscientos  (200)  salarios  mínimos  legales mensuales vigentes, e inhabilitación para el  ejercicio de derechos y funciones públicas por cinco (5) años”.   

La  actual  descripción  de  la  conducta  punible   coincide   en   lo   sustancial  con  la  establecida por  el   artículo  149   del  anterior  Código  Penal, modificado por el  artículo  28  de la Ley 190 de 1995. Sólo se aprecian como modificaciones, que  se  aumentó  el máximo de la pena de multa y  se limitó a cinco años la  inhabilitación      del      ejercicio      de     derechos     y     funciones  públicas.      

2.2. Del contenido  de  la  norma  transcrita,  se   colige  que  es vinculante  para  todos  los  servidores públicos en sus diferentes niveles, luego sin excepción  alguna   están  obligados a aplicar la ley de una manera razonable, por lo  que  su  comportamiento  estará  incurso  en  la  prohibición  cuando éste se  traduzca    en    una    resolución,    dictamen    o   concepto   ‘manifiestamente   contrario   a   la  ley’.   

Respecto   a   esta  última  expresión,  que   constituye  un elemento normativo del tipo, la jurisprudencia de  la   Corte se ha referido en forma amplia, concluyendo   que para  que  la  actuación  pueda  ser  considerada  como  prevaricadora  cuando  esté  referida   a   la    interpretación   de  la  ley  debe  ser  ostensible   y   manifiestamente  ilegal,  “es  decir,  violentar   de  manera   inequívoca     el   texto   y   el   sentido   de   la   norma”1,    siempre   que    su   contenido  literal  y   su  finalidad    sean   claros,    pues    cuando   el  texto  y  sus  alcances    resultan   complejos,   ya   sea   porque  su  redacción   es    confusa   o    porque  admite  diversas  interpretaciones  o  incluso  éstas  resulten  contradictorias  no   será  posible  atribuirle  a  esa  interpretación   el carácter de manifiestamente   ilegal   2. Tampoco puede  señalarse   como  tales  las  decisiones desacertadas, cuando  tengan  como  fundamento  “en  un  concienzudo  examen  del  material  probatorio  y  en el análisis jurídico de las aplicables al caso, no  puede   proclamarse   la   comisión”  3   

2.3. Se concluye,  entonces,  que para que la resolución o dictamen  del funcionario público  sea     manifiestamente  contrario  a  la  ley  debe  reflejar  en  forma clara, abierta e irrazonable su  oposición  al  mandato  jurídico,  que  objetivamente  sea  el  producto   del     simple    capricho,    de    la    mera   arbitrariedad   del   funcionario,   como  cuando  carece de sustento fáctico,  jurídico o  se opone abierta o burdamente al acervo probatorio.   

Calificativos  éstos que pueden predicarse  de  toda clase de decisiones o conceptos que tome o emita el servidor público y  que  se opongan abiertamente a lo establecido normativamente por el ordenamiento  jurídico.  Es  decir, que no puede circunscribirse el ámbito de protección de  la  administración pública sólo a aquellas decisiones que tengan el carácter  de  interlocutorias  o  a  las  sentencias  para  los eventos en que el servidor  público  sea  un  funcionario  judicial,  como  equivocadamente  lo sostiene el  Tribunal,  sino  a todas aquellas en las que el funcionario tenga la posibilidad  de aplicar la ley frente a un hecho concreto.   

2.4.  En  efecto,  consultado  el  simple  significado       gramatical       se       encuentra      que      resolución  quiere  decir:  “Acción   y   efecto   de   resolver   o   resolverse.   2.  Ánimo,   valor   o  arresto. 3. Actividad, prontitud, viveza. 4.  Cosa  que  se  decide.  5.   Decreto,  providencia,  auto  o  fallo      de      autoridad      gubernamental       o  judicial.”,  y  a  su  vez  providencia  significa:  “4.  Der.  Resolución  judicial  a  la  que  no se  exigen   por  la  ley  fundamentos  y  que  decide cuestiones de trámite o  peticiones  accidentales  y  sencillas  no  sometidas  a  tramitación  de mayor  solemnidad.”.  Resolución  se  asimila a decisión,  determinación,  providencia,  conclusión,  auto,  fallo, sentencia4.   

A  su  vez,  en  materia procesal penal, el  artículo  169 del Código de Procedimiento Penal clasifica las providencias que  se  dictan  en la actuación como: resoluciones, autos y sentencias. Señala que  las  sentencias  son  las  que  deciden  sobre  el objeto del proceso, los autos  interlocutorios  los  que  resuelven algún incidente o aspecto sustancial y los  autos  de  sustanciación   cuando se limitan a disponer cualquier trámite  señalado  por  la  ley  para dar curso a la actuación y resoluciones cuando la  providencias  de  sustanciación  o  interlocutorias  son tomadas por el fiscal.  Sobre el particular, en forma reiterada la Sala ha señalado:   

“las providencias  judiciales  se  clasifican  en  sentencias  y  autos,  siendo  aquellas  las que  ordinariamente  ponen  fin  a una actuación procesal con reconocimiento expreso  de  la  culpabilidad  del  procesado -sentencia condenatoria-, o de su inocencia  -sentencia  absolutoria-,  si de instancia se trata, o definen la casación o la  acción  de  revisión; y éstas, decisiones que si resuelven algún incidente o  aspecto    sustancial   del  proceso,  se   denominarán   “autos  interlocutorios”,    para  diferenciarlos de los de sustanciación que  se  ocupan    de    meros  trámites.  Sólo  por   excepción   la   ley   denomina “sentencia” a una decisión  que  en  sede  de  casación  invalida  el  proceso,  en  los  demás  casos, la  determinación  que  en  tal  sentido  tomen  los  jueces  en las instancias, es  naturalísticamente       un      ‘auto     interlocutorio’”5.   

Es decir, que al prever el legislador que el  servidor  público  que  profiera resolución manifiestamente contraria a la ley  incurre  en prevaricato, y que ese servidor público sea un funcionario judicial  (juez  o  fiscal) no puede reducirse la posibilidad de estructuración del hecho  punible  a  que  la  resolución  sea  de  aquellas  que  pone  fin  al  proceso  resolviendo  de  fondo  el  asunto  que  se  le  plantea  o decida un aspecto de  trascendencia   del  mismo,  sino  a  cualquier  decisión,  providencia,  auto,  determinación,   aún   cuando  decida  un   simple  trámite,  puede  ser  considerada  como  un  medio propicio para que quien la emita o profiera incurra  en   el   delito   de  prevaricato,   cuando  quiera  que  concurra  en  su  tipificación  el  elemento  normativo  a  que  se  hizo referencia con amplitud  “la     manifiesta     contrariedad    con    la  ley”.  Es  por  ello,  que  sólo  en  el  análisis del caso concreto podrá determinarse la existencia del  hecho punible en cuestión.   

3. EL ASUNTO OBJETO DE DEBATE  

En  este  evento  se  encuentra debidamente  acreditada  la  calidad  de funcionario judicial del procesado, según se colige  de  la  copia  de  la  Resolución   No.  0  – 0908 del 21 de abril de 1995  emanada  del  Despacho  del  Fiscal  General  de la Nación, mediante la cual se  designa  en  provisionalidad  en el cargo de Fiscal Local, entre otras personas,  a    OCTAVIO    SALDAÑA    AMÉZQUITA,  identificado  con cédula de ciudadanía No. 6.680.872 de Paujil,  y  la  respectiva acta de posesión del 1º de junio siguiente (fls. 17 a 23 del  c.o.1) como fiscal delegado ante los jueces penales municipales.   

De acuerdo con lo que ya se puntualizó, las  conductas     del     funcionario     acusado     que     se  califican   como  constitutivas  de prevaricato y abuso de autoridad,   se  concretan en  haber emitido la resolución mediante la cual se abstiene  de  seguir conociendo del proceso en contra de Darío Uribe Bedoya aduciendo que  el    hecho    punible      investigado      era    una           contravención         simple    de    lesiones personales, cuando las pruebas existentes indicaban que  se  trataba de una tentativa de homicidio  y porte ilegal de arma de fuego,  y  aún  en  el  evento  de  que  pudieran  ser considerados como contravención  especial,  expresamente  el  artículo  19  de  la  ley 228 de 1995 le atribuía  competencia   al   Fiscal  mientras  reiniciaba  labores  el  Juzgado  Promiscuo  Municipal.  Luego,  en abierta oposición a la ley se despojó de la competencia  para remitir la actuación al Inspector de Policía.   

De  otra  parte, se le atribuye  haber  impuesto,   con   abuso  del  cargo,  el  conocimiento  de  las  diligencias  al  funcionario  de  policía,  quien  aduce  que se vio constreñido por el Fiscal,  pese  a  que  le  advirtió  que  en  su  criterio se trataba de una tentativa d  homicidio  y  no  de unas simples lesiones personales. Sin embargo, el ex Fiscal  impositivamente  le  advirtió que debía conocer del proceso hasta el reintegro  a sus labores de la Juez Promiscuo Municipal.   

3.1. DEL PREVARICATO POR ACCIÓN  

En  cuanto  atañe  con  la  decisión  de  separarse  del  conocimiento  del  proceso que se adelantaba contra Darío Uribe  Bedoya,   señalada  como  prevaricadora,  las  diligencias  hasta  ese  momento  contaban  con varios elementos de juicio que permitían al funcionario tomar una  decisión razonada y conforme con el ordenamiento jurídico.   

En efecto, para tipificar la conducta por la  cual  había  sido  privado  de  la  libertad  Darío Uribe Bedoya, la Fiscalía  contaba  con  el  informe  rendido  por  el  Comandante de Policía de Ebéjico,  en   oficio  del  1º  de  enero  de  1998 (fl. 1 c.a. R. 10924) poniendo a  disposición  al  sindicado. En dicho informe se precisa que el lesionado había  sido  herido  con  arma  de  fuego  y  estaba siendo atendido en el Hospital del  lugar,  que   los  familiares  habían alertado a la policía sobre la  presencia  del  sindicado  aún  armado  en el hospital, quien trató de huir al  advertir  que allí estaban las autoridades, siendo capturado  en posesión  de un revólver Smith & Wesson calibre 32, sin salvoconducto.   

Con  fundamento en dicho informe, el Fiscal  Local  ordenó el día 2 de enero mantener privado de la libertad al sindicado y  abrir   investigación   penal,   le   recibió   indagatoria   en   la  que  el  sindicado   reconoce  haberle  disparado  al  lesionado,  pues  iba  a  ser  atracado,  portar  el  arma  de  fuego  sin  salvoconducto;   recibió  las  declaraciones  del  dueño del establecimiento en el que se produjo la agresión  y   del    agente    de    policía    sobre   la   captura   del   sindicado   y   su  presencia  armado  en el  hospital  (fl.  13  c.a.)  y   el concepto rendido por la médico rural del  Hospital de Ebéjico del 6 de enero de 1998 (fl. 14 c.a.).   

En  el  referido  concepto se describen las  heridas  que por arma de fuego presentaba el lesionado, dos de ellas en la cara,  se   mencionan  como  posibles  secuelas:  pérdida  de  molares,  de   tejido   en   la    lengua, limitaciones en la masticación,  cicatrices  en  el  rostro, y se fijó como incapacidad médica  30 días y  laboral  de  8  días,  la  incapacidad definitiva y las secuelas se definirían  cuando  culminara  el  tratamiento.  Finalmente,  en  la denuncia el afectado le  atribuye   al   sindicado  “intento  de  homicidio,  desfiguración    del    rostro,    el   (sic)    vino   a   rematarme   al  hospital” (fl. 16 c.a.).   

Estas  pruebas  no  fueron,  sin  embargo,  consideradas  por  el  funcionario para expedir la resolución del 7 de enero de  1998,  sino  que de manera arbitraria y en abierto desconocimiento del contenido  suasorio   que éstas le indicaban, se declaró incompetente y le atribuyó  la  competencia   a  la  Inspección de Policía, en tanto se reintegraba a  sus  funciones la Juez Promiscuo Municipal, situación de la que era consciente,  así  como de que no se había resuelto la situación jurídica del capturado al  que  dejó  a  disposición  de  una  autoridad  administrativa  que carecía de  facultad   legal   para   restringir  el  derecho  fundamental  a  la  libertad.   

De   las   pruebas  que  obraban  en  las  diligencias  se  colegía  con  meridiana  claridad  que  no  se trataba de unas  simples  lesiones  personales con incapacidad que no superaba los 30 días, como  adujo  en  la resolución del 7 de enero de 1998, dando así una lectura parcial  al  peritaje  médico  legal y desconociendo el resto de la prueba que él mismo  había  practicado.   Es  así  como  del  contenido  literal  del concepto  médico  legal  se  desprendía  que  la  conducta del agresor  había sido  grave,  pues  el  lesionado  había recibido dos disparos de arma de fuego en el  rostro  que   le   habían   ocasionado  daños en  su  integridad    física    y   en  el   normal   funcionamiento  del órgano  de  la masticación al  perder  dos  molares, la continuidad del tejido de la lengua, recibir una herida  en  la mejilla de 0.8  cms. de diámetro, sin descartar un posible daño en  la  audición,  por haber recibido otro  disparo en la  espina ilíaca  postero superior derecha.   

El  dictamen  reflejaba, entonces,  la  intención  homicida  del  sindicado  y, aun leído fuera de contexto, esto  es,   sin   tener   en   cuenta   los   otros    elementos    de      juicio      allegados,    conducía    a    afirmar,  necesariamente,  que  si se tratara de lesiones personales éstas tendrían  secuelas,    debido   a  los  daños  en  la  integridad  física  del  lesionado  que  ya  se  advertían,  por  lo  que  indudablemente la competencia  radicaba en el fiscal delegado ante el juez penal municipal.   

Además,  el  funcionario  desconoció  las  previsiones  de  los  artículos  246  y  254 del Código de Procedimiento Penal  vigente  para  la época de los hechos que imponían la obligación de fundar su  decisión,  así  se tratara de la mas elemental en prueba legal, regular y  oportunamente  allegada  a  la  actuación,  y a apreciar los  elementos de  convicción  en  conjunto, de acuerdo con las reglas de la sana crítica. Por lo  tanto,  cualquier  decisión  que  tomara  sobre la competencia, en ese momento,  debía  estar  fundamentada  en  el  conjunto  probatorio   existente en el  proceso,  y  de  cuya  lectura  se  desprendía,  sin  dificultad alguna, que la  conducta  desplegada  por  el  sindicado estaba orientada  a ocasionarle la  muerte  al  señor Ramírez Marín. Es de tan elemental razonamiento este hecho,  que  el mismo afectado así lo denunció ante el Inspector de Policía y si bien  discute  el  aquí  procesado que la calificación de la víctima  no   lo   obligaba   ni  resultaba confiable, esta imputación, por lo  menos,  debió  ser  evaluada  junto  con  las  demás pruebas para llegar a una  conclusión razonable y  acorde con las previsiones legales.   

Por   lo  que  se  concluye,  en  abierta  oposición  con  el  criterio  a que arribó el Tribunal, que no se trata de una  simple  disparidad  de  criterios  frente  a  la  calificación  jurídica de la  conducta  desplegada por el sindicado Darío Uribe Bedoya,  ante lo cual el  Inspector  debió  optar  por  no  aceptar  la  competencia, sino de una abierta  contrariedad  a los mandatos legales  que  rigen la competencia de los  funcionarios   de   la  administración del Estado y en especial de la  administración   de   justicia   que  no  puede  ser  delegada  a  funcionarios  administrativos,  pues  las  restricciones al derecho a la libertad sólo pueden  tener   origen  en  mandato  judicial,  artículo  28  de  la  Carta  Política.   

El comportamiento del Fiscal Local no puede  ser  exculpado  por  la  aceptación de competencia del Inspector de Policía ni  porque  éste  no  se  hubiera  opuesto  mediante los mecanismos legales a dicha  asignación  de  competencia, su responsabilidad es distinta y personal, actitud  que  se  explica  en  parte  a  su  ignorancia  si como quedó consignado no era  abogado,   y  sus  decisiones  las consultaba antes de este episodio con el  mismo  Fiscal,  con el Personero Municipal o la Juez Promiscuo Municipal, según  sus declaraciones.   

De  acuerdo  con  las  pruebas que han sido  reseñadas,  la  calificación  jurídica que correspondía al comportamiento de  Darío  Uribe  Bedoya  no  era otra que la de tentativa de homicidio en concurso  con  porte  ilegal  de  arma  de  fuego,  ilícito  que emergía claramente  de    las  propias  manifestaciones  del  sindicado  en  la  diligencia  de  indagatoria   al  señalar  que  carecía  de salvoconducto, conductas cuya  investigación  correspondía  a  la  Fiscalía Delegada ante los Jueces Penales  del  Circuito,  literal  c)  del  numeral  2º  del  artículo 72 del Código de  Procedimiento   Penal.   Pero   ante  la  pretensión  del   ex  Fiscal  de  desprenderse  del  conocimiento del proceso no tuvo reparo alguno en disponer el  envío  de  la actuación en su integridad al Inspector de Policía, mencionando  incluso  que dejaba a su disposición el arma que se encontraba en el Comando de  Policía.   

De  lo  expuesto,  se  colige  que en clara  oposición  a  las  normas  que  definen  la  competencia,  el Fiscal acusado se  desprendió  de  la  suya  para asignarla a un funcionario de la administración  municipal  que carecía de facultad legal y judicial para mantener privado de la  libertad  al  sindicado,  so  pretexto  de  la  ausencia  de  la  Juez Promiscuo  Municipal,   sustituyendo   con   su   personal   arbitrio   la   ley   procesal  correspondiente.   

Contrario  a  lo  que se afirma en el fallo  absolutorio,  la resolución emitida por el Fiscal acusado el 7 de enero de 1998  y  a  la  que  se  viene refiriendo la Sala, sí resultaba trascendente, pues la  calificación  jurídica  del  hecho determina no solo la competencia que es uno  de  los  factores  que  determina el juez que ha de orientar el proceso, sino la  ritualidad  bajo  la  cual  debe  orientarse  el  trámite,  pues no es lo mismo  investigar  una  contravención  especial que un delito,  las restricciones  para  el  derecho a la libertad del sindicado y toda una serie de garantías que  protegen  tanto  a éste como a las víctimas y perjudicados con el ilícito son  distintas y no pueden ser desconocidas.   

Luego, son patentes los efectos nocivos para  la  administración  pública  que  se  derivan  de   una  decisión que es  contraria  a  la  ley,  los  que  por supuesto no son indispensables para que el  atentado  tenga  lugar,  como  quiera  que  se  trata de un delito eminentemente  doloso,  dolo  que  se  encuentra  evidente  en  la contrariedad de la decisión  frente  a  la  ley,  de  la  cual  se  colige que no es  necesario la   demostración  de los motivos que haya tenido el funcionario para asumirla, como  así la Sala lo ha señalado:   

“En   efecto,  si  la  administración  pública  es  el  bien jurídico tutelado, es de fácil comprensión que ella se  afecta  por  el  desorden  que origina la adopción de resoluciones o sentencias  manifiestamente  contrarias  a la ley, por generar en los asociados desconcierto  y  desconfianza  del  aparato  judicial,  pues se trata de la desnaturalización  intencional  de  un  acto  jurisdiccional  del  que se espera la imparcialidad y  responsabilidad,  especialmente  ante  hechos  tan  nefastos  para  la  sociedad  colombiana  como  así  son  los  constitutivos  de corrupción administrativa y  política,   generadora   de   los  mayores  males  que   afectan  la  vida  nacional.”6   

Entonces,  se concluye que la decisión del  Tribunal  fue  desacertada,  ya  que  el comportamiento del funcionario no sólo  encuentra  adecuación  típica  en el artículo 149 del anterior Código Penal,  modificado  por  el  artículo  28  de  la ley 190 de 1995, sino que vulneró de  manera  significativa  el  bien jurídico tutelado, la administración pública,  al  demeritar su correcto funcionamiento de acuerdo con las previsiones legales,  sin  que  en  el  caso examinado sea admisible, como excusa, la ignorancia de la  ley  que  regula  el trámite contravencional, que el mismo funcionario reconoce  haber  aplicado  en  reiteradas  oportunidades,  ante  la  clara oposición a la  normatividad  que define   la  competencia de los funcionarios de  la  administración  de justicia. Por consiguiente, se impone la revocatoria del  fallo apelado.   

3.2. DEL ABUSO DE AUTORIDAD  

La otra conducta que se imputó al fiscal en  la  resolución  de  acusación  refiere  que   el  funcionario mediante el  ejercicio  abusivo  del cargo  impuso la decisión cuestionada al Inspector  de  Policía,  aduciendo  que  ésta  estaba conforme a la ley y ser su superior  jerárquico.   

El juez de primera instancia no dio ninguna  trascendencia  a  este cargo, adujo deficiencia probatoria y no ser atendible la  versión  del  Inspector  al no haber aportado el escrito, incluso duda que haya  intercambiado  opiniones  con  el  Fiscal,  pues  no  firmó  el  auto  avocando  conocimiento de las diligencias.   

Si  bien es cierto, las versiones dadas por  las  partes  son  distintas,  por  cuanto  el  Fiscal  acusado  niega  cualquier  imputación   que   provenga  del  denunciante,  de  una  revisión  del  caudal  probatorio  se  colige  que éste cuenta con elementos de juicio para establecer  si  la  sindicación  tiene  sustento  probatorio e igualmente, si  resulta  trascendente para el derecho  penal.   

Se  advierte,  entonces,  que  mientras  el  Inspector  de  Policía,  quien  ostenta  la calidad de denunciante, señala que  ante  la  manifestación verbal de no compartir la calificación jurídica de la  conducta  le  indicó  que debía aceptar el mandato contenido en el auto,   ya  que  él  era  el  Jefe  de  Policía  Judicial  en  la localidad, según el  artículo  81  del  Código de Procedimiento Penal, además de haberle entregado  un  borrador  de  la resolución que definía la situación jurídica, el Fiscal  Local  negó  dichas  imputaciones,  aduciendo  tener una enemistad grave con el  Inspector de Policía.   

No  obstante,  que  en  el  curso  de  la  investigación  no  se  allegó  el  documento que corroboraría la versión del  Inspector  de  Policía  respecto  a  que el Fiscal le había dado instrucciones  precisas  sobre la forma de resolver la situación jurídica del capturado   ni  obra  prueba directa distinta del testimonio de aquél sobre la presión que  habría   ejercido  para  que  le  recibiera el proceso y no cuestionara su  decisión,   existen  otros elementos de juicio que permiten colegir que la  imputación que en tal sentido se formula en su contra es cierta.   

En  efecto,  no  existiendo  en  el sistema  procesal  penal  colombiano  tarifa  legal  de  pruebas,  la existencia de dicho  documento  puede  ser  acreditada por medios distintos al documento en si mismo,  ya   que   lo  trascendente en este asunto  es que se adquiera la  certeza  sobre  la  veracidad  de la afirmación y el objetivo perseguido por el  funcionario,  al  igual  que  valorar  las afirmaciones del denunciante sobre el  abuso  de  autoridad  en que incurrió el Fiscal Local, análisis que omitió el  Tribunal al decidir de fondo el presente asunto.   

Sobre  el particular no sólo aparece en el  proceso  la  denuncia  formulada  por el Inspector de Policía sino la posterior  ampliación,  oportunidades   en  las que  afirma que el Fiscal llevó  las  diligencias  relativas  a  la  captura  de  Darío Uribe, proceso  que  inicialmente   se   negó  a  recibir  porque  consideraba  que  no  era  de  su  competencia,  pues   a  su  juicio se trataba de una tentativa de  homicidio,    pero     que   finalmente  aceptó  “debido  a  la  presión  que  ejerció  sobre mi el señor Fiscal y  haciendo  uso  de  su autoridad y aprovechando el factor sorpresa y la coacción  insalvable  que  ejerció  sobre  mí,  tuve  la  obligación  de  aceptarle sus  pretenciones   (sic)   limitándome    a   cumplir  estrictamente  con  las  instrucciones   que  el me pasó en borrador adjunto a dicho expediente”.  (fl. 2 del c.o.1)   

Estas  afirmaciones  fueron  reiteradas  el  denunciante  (fl.  32  c.o.1)  al  señalar  que  el  sindicado  le aseveró que  “no  tiene ningún problema, además le estoy dando  una  orden,  me leyó un artículo del Código de Procedimiento Penal, me parece  que  el 81 y me dijo que él era el Jefe de la Policía Judicial” que  le  insistió  en  que  no  tendría ningún problema y le dijo  “limítese  a  pasar  ese  borrador y a llevarlo al  Juzgado cuando terminen las vacaciones”.   

El Tribunal argumenta que aun en el supuesto  caso     de     que     tales    expresiones      hubieran    provenido        del      acusado,        éstas    no    tendrían   ninguna  potencialidad  para  afectar  el libre  albedrío  del  Inspector,  ya  que  frente a dicha circunstancia hubiera podido  mediante   auto   sentar   su   criterio   y   devolverle   las  diligencias  al  Fiscal.   

No  obstante,  el  alcance  de  la  actitud  asumida  por  el  Fiscal  procesado no puede ser mirada de manera desprevenida y  fuera  del  escenario  en el que se produjo el hecho delictuoso que se le imputa  como  un  ejercicio  arbitrario  de sus funciones. Debe tenerse en cuenta que el  Inspector  de Policía carecía de conocimientos jurídicos, sólo era bachiller  y  a  pesar  de que llevaba varios años desempeñando el cargo no había ganado  ninguna  experiencia,  debiendo acudir al mismo Fiscal, al Personero Municipal y  a  la  Juez  para  consultar  aspectos  relacionados  con  el  ejercicio  de sus  funciones.   

Así  lo  refiere el Personero Municipal al  indicar  que  el  Inspector  de  Policía,  Jorge Albeiro González Aguirre, con  frecuencia   le  consultaba  sobre  diferentes aspectos que tenían que ver  con  el  ejercicio de su cargo, para no equivocarse.  Más precisa aún fue  Sonia   Patricia   Mejía,   Juez  Municipal  de  Ebéjico,  cuando  afirma  que  “Refiriéndome  al  señor Albeiro González es una  persona  que  carece  pues  de  conocimiento  jurídico, no obstante, ocupar ese  cargo  desde  hace  varios años, no observo que se haya preocupado por formarse  en  este  sentido,  pues  él es empírico en el área jurídica” (fl.   44   y  s.s.  c.o.1)  .   

Este   criterio  de  la  funcionaria  fue  reiterado  en  el  curso  de  su  declaración  al  aseverar que “existió  una equivocación jurídica del doctor Saldaña, al haber  enviado  unas  actuaciones  a  otro  funcionario que sabe menos que él y que no  tiene  ninguna formación jurídica”, mas adelante al  opinar  sobre  la  resolución  que  define la situación jurídica del indagado  señala  que  por  los comentarios de la Notificadora del Despacho que es esposa  del  Secretario de la Inspección de Policía, éste habría sido la persona que  transcribió  el  proyecto, y que al leer la providencia si bien no le consta el  hecho  anterior,  “pero conociendo a  Albeiro a  través   de  sus  actuaciones durante estos años se que él es incapaz de  proyectar  una  decisión  como la que observé” (fl.  49 c.o.1).   

Las  manifestaciones  de la funcionaria son  corroboradas  por las declaraciones de Martha Cecilia Calle Castrillón (fl. 118  c.o.1),  para  la  época  de  los  hechos  notificadora  del  Juzgado Promiscuo  Municipal  de  Ebéjico,  quien  advirtió  a  la   Juez sobre la irregular  situación  que  se  presentaba  en  el  trámite  del proceso adelantado contra  Darío  Uribe,  al ser remitido por la Inspección de Policía el 14 de enero de  1998,  y  a  quien  el  Secretario   de  la Inspección  le   transmitió  la  preocupación de esa oficina por el trámite de las diligencias  que  no  estaba  bien,  y  que se habría adelantado por orientación del Fiscal  Local,  quien  habría  redactado  el  borrador  de  la  providencia,  según la  afirmación del Jefe.   

Al hecho también se refiere Carlos Enrique  Restrepo  Arias (fl. 122 c.o.1), Secretario de la Inspección de Policía,   afirma  que  encontrándose de vacaciones pasó por la oficina y el Inspector le  comentó  que  se  estaba  muy  preocupado por el caso que le había remitido el  Fiscal,  indica  que  “estaba nervioso y con el  borrador  en  la  mano. Me dijo que el señor Fiscal le había dicho o mejor, le  ordenó  que  pasara  el borrador y que siguiera sus instrucciones y después lo  pasara  al  Juzgado”, explica que cree que el Fiscal  le  envío  el proceso por salir del paso, ya que se encontraba de afán, porque  se  iba para una finca donde lo esperaba la familia para festejar el año nuevo.  Agrega  que  nunca  han conocido de asuntos penales y que ni el Inspector ni él  son abogados.   

Las  manifestaciones de los funcionarios en  cuestión  coinciden  en  señalar  que  el  Inspector carecía de conocimientos  jurídicos,  afirmación  que  merece credibilidad para la Sala, pues de acuerdo  con  la propia declaración que rindió ante el Fiscal Delegado ante el Tribunal  es  bachiller, deficiencia que es señalada por el Secretario  de  esa  oficina,  la  Juez  y  el  Personero  Municipal, estos últimos a quienes les ha  consultado  diferentes  aspectos  sobre su trabajo, situación que corroboraría  el  hecho  de  que  el  Fiscal  le  entregó el borrador de la resolución de la  situación  jurídica,  que le permitió al acusado ejercer su autoridad ante el  Inspector,  y  que este no cuestionara en modo alguno la calificación jurídica  de los hechos por los que era investigado Darío Uribe.   

El   procesado  pretende  desvirtuar  las  afirmaciones  de  los  declarantes por una presunta animadversión hacia él, lo  que  explica  que  le  atribuyan un comportamiento público y social que no  se  compadece con el cargo que desempeña, y que su pretensión es perjudicarlo.  Pero,  estas  explicaciones  se  encuentran  desmentidas  con  las varias quejas  presentadas  por  los  usuarios de la Fiscalía quienes debieron recurrir varias  veces  ante  el Personero por el trato grosero y descortés que les daba, por el  cierre  de la oficina y la mala imagen que como funcionario daba a la población  debido  al  consumo  de bebidas embriagantes, incluso en horario de atención al  público.   

Todas estas circunstancias reflejan que las  imputaciones  que  hace  el  Inspector  de  Policía  al  señor Fiscal resultan  ciertas,  y  que  éste  carecía de motivos para pretender perjudicarlo, ya que  antes   de  este  problema  tenían  una  buena  amistad  y   atendía  las  orientaciones que le daba.   

De  otra  parte,  advierte  la  Sala que la  afirmación  del  denunciante  respecto  a que él consideraba que se trataba de  una   tentativa   de   homicidio  y  que  así  lo  expresó  al  Fiscal  se  ve  reflejada   en  la  constancia  de  recibido  del  expediente, en la que se  anotó   “en  la  fecha  se  hace  entrega  de  un  denuncio/expediente   por   el  delito  de  (tentativa  de  homicidio)  lesiones  personales.   Imputado:   Darío   Uribe,   ofendido:   José  Alberto  Ramírez  Marín..”  (fl. 247 c.o.1) y a la vez se radicó con  el  No.  80  como   “Infracción: Tentativa de  Homicidio,   Imputado:   Darío   Uribe,   Ofendido:   José   Alberto  Ramírez  Marín”.    Situación    que   refleja   que   el  Inspector   no  compartía  la calificación jurídica que a los hechos que  se  investigaban le dio el Fiscal, y que no podía controvertir porque según lo  expresó  no  sólo  no  sabía como resolver la situación, no se encontraba el  Personero  ni  la  juez  ni  el  Fiscal  quien  se habría desplazado  a su  finca   en  las   afueras  de la localidad y había cerrado la oficina  (fl.  33 c.o.1), incluso señala que le dijo “que le  iba  a  devolver el expediente, entonces, se paró y me dijo, “es que no es un  favor  que le estoy pidiendo, es una orden” generando  entonces   el   malestar   y   la   preocupación   a  que  hizo  referencia  el  Secretario.   

El  análisis  probatorio realizado permite  concluir  que  el  abuso  de  autoridad  imputado  al  procesado  atendiendo las  previsiones  del  Código Penal de 1980 tuvo lugar de manera independiente de la  decisión  prevaricadora,  ya  que  mediante ese comportamiento contrario a  sus  funciones,  pero  desplegado  como  Fiscal  de la localidad de Ebéjico, en  forma  arbitraria  impuso  el  conocimiento  del proceso adelantado en contra de  Darío  Uribe  al  funcionario  administrativo  que como se ha dejado consignado  carecía  de  competencia  y  de  ilustración  jurídica  para instruirlo, aún  cuando   fuera  transitoriamente,  por  carecer  de  funciones  judiciales  para  investigar y juzgar hechos punibles.   

No  obstante  que  el  anterior  raciocinio  resulta  válido  bajo  los  postulados  del  artículo 152 del Código Penal de  1980,  modificado  por  el artículo 32 del Estatuto Anticorrupción, ley 190 de  1995,  es  preciso examinar la imputación que se formula por el delito de abuso  de  autoridad  bajo la nueva codificación penal, artículo 416 de la Ley 599 de  2000,  para  verificar  el  cumplimiento  de  las  exigencias  previstas  por el  legislador  para dicho tipo penal,  ya que cualquier variación respecto de  su  tipificación  puede  implicar  que  la  conducta  se considere atípica,   sin   importar   que   la  resolución  de    acusación  se  haya   formulado     bajo     el     Código   Penal  anterior,   al resultar  imperativa  la aplicación del principio  de  legalidad  que  reclama  la  vigencia  inmediata  de la ley sancionatoria en  cuanto   resulte   del  tránsito  legislativo  la  aplicación  inexorable  del  principio de favorabilidad.   

La  Corte  ya  tuvo oportunidad de efectuar  este   análisis   en   providencia   del  25  de  junio  de  2002  7,   cuando  concluyó  que  el  artículo  416  del  Código  Penal actual, Ley 599 de 2000,  mantuvo  el  carácter  subsidiario  del  delito  de abuso de autoridad, pero le  eliminó  el carácter de tipo alternativo expresado en la posibilidad de que se  incurriera   en  dicho  comportamiento  bien  mediante   acto  arbitrario,         esto  es,  no sujeto a la ley sino al  capricho o a la voluntad  autoritaria    del    servidor    público,    o    de    manera    injusta,  es decir, en abierta oposición  a  la justicia, entendida como orden justo,  comprendida  así (la justicia) como  un contenido necesario  del   Derecho   y   éste,   desde   su   concepción  formal,  como  la  codificación  sistemática  de las  leyes             positivas.             8   

En  cualquiera de estas dos eventualidades,  alternativamente  consideradas,  se  incurría  en  el injusto penal, denominado  abuso  de  autoridad,  pero  ahora,   el tipo penal exige que el acto tenga una doble connotación, esto  es,    que    no    sólo    tenga    el    carácter    de    arbitrario        sino        que,  simultáneamente,      debe     ser     considerado    como    injusto.   

Las  consecuencias  que  se  derivan  de la  actual   tipificación   del   delito   de   abuso  de  autoridad en casos como el que es objeto de análisis,  conllevan  a  que  sólo  se  emitirá  fallo  de  condena  cuando quiera que la  acusación  se  haya  formulado  por  acto arbitrario e  injusto  y  se  cumplan  además,  las  exigencias del  inciso  2º del artículo 232 del Código de Procedimiento Penal,  en tanto  que  cuando  la Fiscalía haya proferido el pliego de cargos utilizando la forma  alternativa   del  tipo,  tal  acusación  legal  resultará  insuficiente  para  estructurar  el  tipo  penal por acto arbitrario e injusto, cuando quiera que la  conducta  no  corresponda  a ningún otro tipo penal y no sea factible modificar  la  acusación.  Por  consiguiente,  una   imputación así formulada, debe  considerarse     como      atípica.   

Como  quiera  que en el caso que examina la  Corte, la Fiscalía en la resolución de   

acusación  del 18 de mayo de 2000 (fl. 304  c.o.1)    califica    la     conducta    del    funcionario   acudiendo   a  una  de sus   modalidades, señalándola  únicamente  como arbitraria,  carece,   entonces,  la  acusación  de  la  imputación  de  la  conducta  como  injusta,  por lo que no  cumple  con  la  exigencia  legal  relativa  a  que  la  acción  prohibida  sea  considerada,       de      manera      concomitante,      como      ‘arbitraria   e   injusta’, por lo que resulta atípica frente a  la  nueva  disposición  sancionatoria,  que por principio de favorabilidad debe  serle aplicada.   

Por  consiguiente,  de  conformidad con las  consecuencias  que  el  artículo  45  de  la  ley  153  de  1887 le atribuye al  principio  de  favorabilidad derivado del tránsito legislativo para el caso que  se  analiza  se  traducirá  en  una  decisión de carácter absolutorio, ya que  implícitamente  la  nueva  disposición  le  quita  el carácter delictivo a la  conducta.   

4. SENTENCIA DE SEGUNDA INSTANCIA  

4.1.    Los  razonamientos    que   se   han   expresado   conllevan   a   que   se   revoque  parcialmente   la  sentencia  absolutoria proferida el 3 de octubre de 2000  por  el  Tribunal  Superior  de  Medellín,  para en su lugar  confirmar la  absolución    por    el    delito   de   abuso   de  autoridad     y,    a    la    vez,    condenar        a       OCTAVIO  SALDAÑA  AMÉZQUITA por el   delito  de prevaricato, ilícitos por los que fuera acusado por la Fiscalía 3ª  Delegada  ante  esa  Corporación,   al   concluir  la Sala que,   respecto  del   segundo,  están reunidas las exigencias del inciso 2º del  artículo  232  del   Código   de  Procedimiento  Penal,  pues  está  demostrada   no   sólo   la   tipicidad  de  la  conducta,  sino   que  el  comportamiento  del  administrador  de  justicia  es  clara y abiertamente   contrario a la ley.   

La  Corte,  en  asunto muy similar al aquí  analizado, manifestó:   

“Así  entonces,  es  evidente  que  al  procesado,    considerado    en   concreto,   en     condiciones   psíquicas     de    motivación   normal,    le    es   atribuible     el  injusto  típico,  a  título  de  autor,  dada  la  realización  de  la  conducta  punible,  con  dominio  funcional  de  la misma,  siéndole  plenamente exigible que hubiera efectuado una valoración integral de  los  medios  probatorios  sometidos  a  su  consideración,  sin  embargo,  como  consciente  y  voluntariamente  no  lo  hizo,  es  legítimo  el  reproche de su  comportamiento,  con  mayor  razón  si  no  obró bajo causal de inculpabilidad  alguna.” 9   

4.2 DOSIFICACIÓN PUNITIVA  

4.2.1. Para efectos  de  establecer  la  punibilidad, debe tenerse en cuenta que los hechos objeto de  juzgamiento  tuvieron  lugar  en enero de 1998, en vigencia del Código Penal de  1980,  artículo  149  modificado por el artículo 28 de la ley 190 de 1995. Sin  embargo,  al  haberse  expedido una nueva normatividad, la contenida  en el  Código  Penal  Ley  599  de 2000, se impone definir previamente cuáles son las  normas  que  deben  regir  el caso en particular en virtud de la aplicación del  principio   de   favorabilidad,   por   lo   cual   procede   a   realizarse  el  respectivo  análisis.   

El artículo 149 del Código Penal de 1980,  modificado  por  el artículo 28 la ley 190 de 1995 establece como sanción para  el    delito    de    prevaricato   por   acción,   tres   penas   principales:     la     de  prisión  de  3  a 8 años,    la       de      multa    fijada  entre   50   y   100   salarios   mínimos     legales   mensuales   vigentes   y   la  de  interdicción   de   derechos   y  funciones  públicas  hasta  por  el  mismo lapso de la pena impuesta, es decir, que sus  límites se determinan en el caso concreto.   

4.2.2.   Respecto   de  la misma conducta, el artículo 413 del nuevo Código Penal,  Ley  599  de  2000,   prevé  la  misma  pena  de   prisión,      pero    aumenta    el    máximo    de    la    multa  de  100  a  200  salarios mínimos  legales  mensuales y, a la vez, fija unos topes, mínimo y máximo de la pena de  interdicción  de  derechos  y funciones,  entre  5  y  8 años, sin que considere el límite previsto por la  anterior  disposición  cuando  señala  “hasta por  la                   pena                    impuesta”,      siendo    entonces     evidente    que    es    menos    favorable   para   el    

procesado,    al aumentar la  sanción    pecuniaria    y    elevar    el    mínimo    de   la   interdicción   de   derechos   y  funciones  públicas,  que  tendrá  que  ser superior a los cinco años, incluso en los  eventos  en que la pena privativa de la libertad oscile entre los 3 y 5 años de  prisión.   Luego,  para  efectos  de  la  dosificación  de la pena que le  corresponda  al  procesado  por  el  delito  de prevaricato por acción  le  resultan mas favorables las previsiones del Código Penal de 1980.   

4.2.3. En cuanto se  refiere  al  proceso  mismo de dosificación de la pena privativa de la libertad  que    ha    de   imponerse   a   OCTAVIO   SALDAÑA  AMÉZQUITA, igualmente, por existir claras diferencias  entre   los  dos  procedimientos  establecidos  por  las  legislaciones  que  se  analizan,  como   quiera   que  la  anterior  establece  un  margen de  discrecionalidad  reglada,  es  decir, sujeta a las previsiones del artículo 67  del  Código Penal al consagrar que sólo podrá imponerse el máximo de la pena  cuando     concurran     únicamente      circunstancias      de   agravación    y    el   mínimo      cuando    se  presenten  exclusivamente  circunstancias  de  atenuación,  artículos  64 y 66  ibídem.  Por  el  contrario,  el Código actual establece de manera rigurosa un  sistema  de cuartos, cuya aplicación se ubica mas allá del primer cuarto   cuando   concurran   circunstancias  de   agravación.   Lo   que  implica,  que  la  determinación  de  la  punibilidad  mas favorable solo puede  establecerse,   una   vez   se   efectúe   la   dosificación   por   los   dos  sistemas.   

4.2.4.  De manera  previa,     entonces,  se  definirá   si  en  el  presente  caso  concurre   alguna  circunstancia  de  agravación  o  de  atenuación  punitiva,  denominadas  en  el nuevo Código Penal como de menor y  mayor punibilidad,  ya  que  en  uno  y  en  otro  caso  incidirían  en  el  proceso de dosimetría  punitiva.   

Del contexto procesal emerge con claridad la  existencia  de  una circunstancia de atenuación punitiva o de menor punibilidad  consistente  en  la  buena  conducta  anterior  o  la  ausencia   de   antecedentes  penales  en  su  contra  a  que  se  refieren los artículos 64-1 y 55-1 de los  Códigos Penales de 1980 y de 2000, respectivamente.   

En   cuanto   hace   referencia   a   las  circunstancias  de  agravación,  no  obstante,  que  el  procesado  ostenta  la  condición  de funcionario público y que ésta hace parte de la tipicidad de la  conducta  punible  que  se  le  atribuye, no puede desconocerse la posición que  ocupaba  para  la  época de los hechos y la connotación que éste cargo tenía  en el   

ámbito  de  la sociedad donde, por cumplir  con  el encargo oficial de administrar justicia, estaba revestido de un crédito  de  rectitud,   probidad  y  confiabilidad,  por  lo que le era exigible un  comportamiento  ejemplar, que de ninguna manera condujera a perder esa confianza  y   credibilidad,   proyectada,  de  esta  manera,  al  sistema  judicial.  Esta  circunstancia,  corresponde a la contemplada por los artículos 66-11 y 58-9 del  Código  Penal  de  1980  y  del  vigente,  Ley 599 de 2000,  la que al ser  considerada    ,    incidiría    en    la    definición    del    quantum punitivo.   

En  virtud de la relevancia jurídica de la  imputación  de una circunstancia agravación, bien sea genérica o específica,  la  Corte  ha  concluido  que  su  expresión   no puede ser ajena al marco  jurídico  que  conforma  la  resolución  de  acusación y que define de manera  perentoria  la facultad sancionadora del juez, por cuanto, en tanto se configura  como  un  factor  de  punibilidad se requerirá que la sentencia guarde estricta  consonancia  con  el  pliego  de  cargos  y  por  ende,  debe estar expresamente  definida  en la acusación tanto fáctica como jurídicamente para que pueda ser  ponderada por el juez.   

En  esta  temática  ha venido avanzando la  Corte,  pues de señalar que cualquier circunstancia de agravación, específica  o  genérica,  debía estar contenida de manera inequívoca en la resolución de  acusación  o  su  equivalente,  de  manera tal que debe existir identidad plena  entre  la  sentencia  y  el  pliego de cargos en el aspecto fáctico10,  pasó  a  reconocer  con  la  entrada  en vigencia del Código de Procedimiento Penal, Ley  600  de 2000, con ponencia  de  quien   aquí cumple similar  cometido,  que  no  basta con que la resolución de acusación señale de manera  clara,  precisa  e  inequívoca  la  imputación  fáctica  que  da  lugar  a la  circunstancia  de agravación, sino que resulta indispensable que se consigne en  el   pliego  de  cargos  la  imputación  jurídica11,   la   que   viene  siendo  reiterada              sistemáticamente12,   por  lo  tanto,  deberá  verificarse  su  clara  especificación  fáctica  y  jurídica  en el pliego de  cargos  o su equivalente o en la variación de la calificación jurídica cuando  se  hubiere  producido,  para  que  sea  considerada como factor determinante de  punibilidad en el fallo.   

4.2.5.   Estas  consideraciones,  aplicadas  al  caso examinado. permiten señalar que pese a la  relevancia  que  se  le  dio  a  la función que cumplía el Fiscal acusado y la  afectación  que  para  la  administración  pública  representó  su  conducta  laboral  y  social,  no se adujo de manera clara y concisa que ello constituyera  un  motivo  que  diera  lugar a considerar como una circunstancia de agravación  de   la  conducta  por  la  cual  es  juzgado.  Del  contenido  del  pliego  acusatorio   se   advierte               que  en modo alguno, al momento de precisar  el   marco   fáctico   ni   al   determinar   la  calificación  jurídica  del  comportamiento  ilícito  que se le atribuyó en la resolución de acusación se  consignó   específicamente   la   causal  referida  a  la  posición  o  cargo  desempeñado  por  el  procesado, que permita ahora considerarla para determinar  el  ámbito  punitivo  dentro  del cual se fija la pena  a imponerle por el  delito de prevaricato.   

     

1. Lo  anterior,  permite  colegir que en el actual sistema se tendría  como ámbito de     

movilidad,  el   que   se   deriva    de    lo     previsto    por     el  artículo  149  del  Código  Penal   del  80,  según  lo ya definido, que  señala  como  extremos  punitivos  la  pena  de  prisión  de  3 a 8 años, que  traducido  en meses, oscilaría entre  36  y  96 meses, por   lo   cual,  el  primer cuarto  iría  de  36   a  51  meses,  el  segundo  de  51  a 66 meses, el tercero de 66 a 81 meses y el  último de 81 hasta 96 meses.   

Luego, al no concurrir circunstancia alguna  de agravación, la pena se dosificará dentro   

del ámbito de movilidad del primer cuarto,  que  para  el  caso  concreto  está entre  36 y 51 meses de prisión.  Atendiendo   las   anteriores   consideraciones,   se  podría  indicar  que  le  correspondería una pena de 51 meses de prisión.   

4.2.7.  Aplicadas  las   disposiciones   sobre   el  particular  del  Código  Penal  de  1980,  el  procedimiento  no  resulta tan complejo porque el marco punitivo genérico es de  36  a  96  meses y no se encuentra afectado por otros factores con incidencia en  la  determinación  punitiva  a  los  ya  mencionados.  Sin  embargo,  no  puede  imponerse  el  mínimo  de  la pena dada la gravedad de la conducta en que   incurrió,    por    lo    que    efectuado    el   balance    respectivo   entre    la  gravedad del hecho  punible  y  la  presencia  de la atenuante de la buena conducta anterior, sería  procedente  un  incremento  de  3  meses, para un total de 39 meses de prisión,  cifra  muy inferior a la determinada por el procedimiento señalado en el actual  Código  Penal  y  en consecuencia, mas benigna, razón por la cual será la que  en definitiva se impondrá.   

4.2.8. Determinada  la  pena  privativa  de  la  libertad  que  por  favorabilidad le corresponde al  procesado,  se  procederá a establecer la pena de multa.  Ésta debe   fijarse     atendiendo     las     previsiones     del   artículo     46     del    Código   Penal   del   80   que   señala  las     circunstancias    que  deben considerarse, esto  es,  la  gravedad  de  la  infracción,  el  resarcimiento del daño causado, la  situación  económica del condenado, el estipendio diario derivado del trabajo,  las  obligaciones  civiles a su cargo anteriores al delito y las que indiquen la  posibilidad de pagar.   

Preceptivas  que, aplicadas a la situación  que  se  juzga,  permiten  señalar  que  el  ilícito por el cual se condena al  procesado,  que  revistió  cierta  gravedad,  no  existía  la  posibilidad  de  resarcir  el  daño,  ya  que  la  infracción  afectó  el  buen  nombre  de la  administración  pública,  sin que se hubiera concretado daño material alguno,  devengaba   un   salario   diario   equivalente   a   10.54   salarios  mínimos  legales,   tenía  bajo  su responsabilidad tres hijos y  una deuda de  $15.000.000,  lo  que  permite  colegir  que  su  capacidad económica  era  apenas  sostenible,  por  lo  que  la  pena  de multa a imponer se tasará en el  mínimo  de  la  sanción  prevista,  es  decir,  50  salarios  mínimos legales  mensuales,   para   la   época   de   los   hechos  13.   Suma   que  si  bien  supera  el  límite  de  los  $10.000.000  que establece el inciso 1º del artículo 46 del Código Penal  de 1980, es la que ha de imponerse por ser legal.   

En efecto, pese a la aparente contradicción  entre  el  mandato  general  contenido  en el artículo 46 del Código Penal que  establece  un  límite  a la pena de multa y el mandato del legislador expresado  en   el  artículo  28   de   la   ley  190  de  1995,  que   modifica   el   artículo   149  del  Código Penal que  desborda   el   máximo   previsto,  debe  tenerse  en  cuenta  que  ésta   es       una       norma      especial    que     protege    el    bien  jurídico   de   la  administración   pública,   al  igual  que  muchas  otras  de  la  citada  ley  14,  en  las  que  igualmente  se aumenta la  sanción   pecuniaria   por  encima del límite general establecido. Dicho límite fue  aumentado  por  la ley 80 de 1993 sobre contratación administrativa, ley 365 de  1997  mediante  la cual se incrementaron las penas para combatir la delincuencia  organizada,  en  la  que  para  el  concierto  para delinquir con propósitos de  terrorismo,  narcotráfico,  secuestro  extorsivo, extorsión o conformación de  escuadrones  de  la  muerte  se  establece multa de 2.000 hasta 50.0000 salarios  mínimos  legales  mensuales, o en la ley 491 de 1999 que modifica el tipo penal  de  incendio  que  aumenta la pena de multa señalada de dos mil a cincuenta mil  pesos  a  una  de 50 a 100 salarios mínimos legales mensuales, sin que la norma  general hubiese sido modificada.   

Sin embargo, cosa distinta se presentó, por  ejemplo,   con  la expedición de la ley 40 de 1993, que aumenta la pena de  prisión  por  encima  del  límite de 30 años previsto por el artículo 44 del  Código  Penal,  para  el  homicidio  agravado a 60 años de prisión, así como  para  el  secuestro  extorsivo  a  40  años,   oportunidad  en  la  que el  legislador  modificó la norma general, artículo 44, para acomodarla a la nueva  normatividad.   

De lo anterior, se colige que el legislador  incurrió  en  un  error  de  técnica  legislativa  al no compaginar las normas  existentes   con   las   nuevas  disposiciones,   con   las   que  sin   duda  se propuso modificar  las previsiones anteriores, por  lo  que ha de colegirse que siendo el propósito del legislador el modificar los  ámbitos  de  la  sanción  de  multa  para  este  tipo de delitos, no puede ser  desconocido  por  ser  una norma especial, que  por  demás debe tener  consecuencias    prácticas    y   eficaces,   como    las    de   sancionar   con   mayor  drasticidad   conductas    como  la  que  se  analiza.   

Por  lo  que  se  concluye,  en  el caso en  particular,  que   el  artículo  28  de  la  ley 190 de 1995, modificó el  límite  establecido  por  el  artículo  46 del Código Penal para este caso en  particular,  motivo  por  el  cual  debe  surtir  los efectos pretendidos por el  legislador.   

En  cuanto  a  la  pena  principal de   interdicción   de   derechos  y    funciones  públicas  se  limitará   al  lapso de la privativa de la libertad establecida atendiendo  lo  previsto  por el artículo 149 del Código Penal del 80, es decir, 39 meses,  acarreándole   entonces   como  subsidiaria  la  pérdida  del  cargo  público  desempeñado.   

5. DE LA PRISIÓN DOMICILIARIA  

Como  quiera que no hay lugar a conceder el  sustituto  de  la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena prevista  por  el  artículo  63 del Código Penal, por superar la impuesta los tres años  de   prisión,   se   examinará   la  posibilidad  de  otorgar  a  OCTAVIO  SALDAÑA  AMÉZQUITA  la prisión  domiciliaria,  pena  sustitutiva  creada por el nuevo Código Penal para que los  condenados  a  pena  de  prisión  purguen la pena en su residencia o en el  lugar  que  determine  el  juez  y no en un centro de reclusión, excepto en los  casos  en  que  el  sentenciado  pertenezca al grupo familiar de la víctima, es  obvia  su  aplicación  inmediata  en  desarrollo al principio de favorabilidad,  cuando  quiera  que  se  reúnan  los  requisitos  legales  que  hacen viable su  reconocimiento.   

Las  exigencias  para la concesión de este  instituto  se  encuentran señaladas en el artículo 38 del nuevo Código Penal,  al  indicar que se podrá reconocer la prisión domiciliaria como sustitutiva de  la de prisión, siempre que :   

a. La sentencia se  imponga  por  conducta punible cuya pena mínima prevista en la ley sea de cinco  (5) años o menos.   

b.  El desempeño  personal,  laboral,  familiar  o  social del sentenciado permita al juez deducir  seria,  fundada y motivadamente que no colocará en peligro a la comunidad y que  no evadirá el cumplimiento de la pena.   

c.  Se  garantice  mediante  caución  el  cumplimiento  de  las obligaciones a que hace referencia  ésta preceptiva.   

En  el  caso  que  se  examina,  el  primer  requisito  se  encuentra dado, ya que el prevaricato por acción tiene señalada  como  pena mínima tanto en la legislación anterior como en la vigente tres (3)  años  de prisión.   

Respecto  a la segunda exigencia relativa a  la  evaluación  que se efectúe sobre el  desempeño del sentenciado en lo  personal,  laboral,  familiar  o  social, de la que se deduzca que no pondrá en  peligro  a  la  comunidad  y que no evadirá el cumplimiento de la pena, la Sala  observa  que  aparte  de  la  conducta  por  la  que  se le juzga no ha merecido  reproche  alguno  su  comportamiento,  lo  cual permite deducir, además, que no  evadirá  el  cumplimiento de la pena, por lo cual se le sustituirá la sanción  privativa de la libertad por la de prisión domiciliaria.   

Para   hacer  efectiva  la  sustitución,  OCTAVIO     SALDAÑA    AMÉZQUITA    deberá  suscribir  la  diligencia de compromiso a que se refiere el  artículo   38   del   Código   Penal,  garantizando  el  cumplimiento  de  las  obligaciones  que  contrae   mediante  caución  por  la  suma  de cien mil  (100.000)  pesos,  a órdenes del juez de primera instancia en el Banco Agrario,  diligencias para las cuales se le comisiona.   

En  razón de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:   

PRIMERO.   Revocar  parcialmente  la  sentencia del tres (3) de octubre de dos mil (2000), por medio  de  la  cual  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de  Medellín     absolvió    a    OCTAVIO    SALDAÑA  AMÉZQUITA, en su condición  de Fiscal 252 Local.   

SEGUNDO.  Confirmar  la  absolución en  cuanto  a  la  imputación  que  se  le  formuló  por  el  delito  de  abuso de  autoridad.                

TERCERO.  Condenar   a  OCTAVIO SALDAÑA AMÉZQUITA  a las penas principales de  treinta  y  nueve (39) meses de prisión, interdicción de derechos y funciones públicas  por  el  mismo  lapso de la pena privativa de la libertad y al pago de una multa  por  el  equivalente  a cincuenta (50)  salarios mínimos legales mensuales  para  la  época  de  los  hechos  y,  a la accesoria de pérdida del cargo como  Fiscal  Local,  como  autor  responsable  del delito de prevaricato por acción,  cometido  en  las  circunstancias  de  tiempo  y modo precisadas en el pliego de  cargos   proferido  en  su  contra  por la Fiscalía General de la Nación.   

CUARTO.  Declarar  que      el     procesado     OCTAVIO     SALDAÑA  AMÉZQUITA   no   tiene   derecho  a  la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena.   

QUINTO. Sustituir  la  pena  privativa impuesta por la de prisión domiciliaria, para lo cual   OCTAVIO  SALDAÑA AMÉZQUITA  deberá  suscribir  diligencia  de  compromiso  y  constituir  caución  en  los  términos  expresados  en  esta providencia. Se comisiona para el efecto al juez  de primera instancia.   

SEXTO.  Señalar  que  no  hay  lugar  a  imponer  condena por  perjuicios.   

SÉPTIMO.  Líbrense  las comunicaciones  a que haya lugar.   

NOTIFÍQUESE   Y  CÚMPLASE.   

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ                                           ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO                                                ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ  PINZÓN   

MARINA        PULIDO       DE  BARÓN                                                           JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID          RAMÍREZ  BASTIDAS                                            MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Decisión  del  24  de  junio de 1986, ponente doctor  Hernando Baquero Borda   

2   Providencia   del   16   de   agosto  de  1983,  ponente  doctor  Alfonso  Reyes  Echandía    

3  Se  reitera  la  providencia  del  24  de  junio  de  1986.   

4  Diccionario  de  la  Lengua  Española, Real Academia  Española,  21ª.  Edición.  Sainz  de  Robles Federico Carlos,  Ensayo de  Diccionario  Español  de  Sinónimos  y Antónimos, 4ª. Ed. Aguillera, Madrid,  1959, p. 962.   

5  Ver casación 16534 del 31 de mayo de 2001, M. P. Dr.  Edgar  Lombana  Trujillo;  auto  del  3  de  julio  de  1996, M. P. Dr. Fernando  Arboleda  Ripoll  y  sentencia del 31 de agosto de 1995, M. P. Dr. Dídimo Páez  Velandia   

6  Rad.  16320,  sentencia del 23 de septiembre de 2003,  ponente Herman Galán Castellanos.   

7  Única  14029,  ponente doctor Carlos Augusto Gálvez  Argote   

8  Concepción   positiva-formal   de  la  Justicia.  J.  FERRATER  MORA.  Diccionario  de Filosofía.  P.  1982.  Vol.  II.  Ed. Ariel  Filosofía.   

9  Sentencia de 2ª. Instancia de septiembre 23 de 2003, ya citada.   

10  Casación  del   30  de  noviembre  de  1999,  ponente  doctor Carlos   Augusto  Gálvez Argote   

11  Única instancia 16320, del 23 de septiembre de 2003.   

12  Segunda  Instancia  21942  del  5 de febrero de 2004,  ponente  doctor  Mauro  Solarte  P., Casación 20134 del 9 de junio de 2004, con  ponencia del doctor Jorge Aníbal Gómez Gallego.   

13 El  SMLM   para  1998,  era  de  $203.826,  según  Decreto  3106  de  diciembre  de  1997   

14  Peculado  por  apropiación,  concusión, tráfico de  influencias, en los que elevó el mínimo de la multa a 50 SMLM     

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