16895(06-12-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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              Proceso     No  16895   

          CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA   

          SALA DE CASACIÓN PENAL   

          Magistrado Ponente   

          Dr. JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

         Aprobado acta N° 191   

Bogotá D. C., seis (6) de diciembre de dos  mil uno (2001).   

         V I S T O S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda  de  casación  presentada  a  nombre  del  procesado  AUGUSTO SUÁREZ PELÁEZ.   

         A N T E C E D E N T E S   

1.-   El  Tribunal de Bogotá sintetizó los hechos, así:   

         “Estando  al  relato procesal se tiene  establecido  que  entre  el  aludido  implicado  y  el  señor  Guillermo Moreno  Martínez,  se  llevó  a  cabo  un  contrato  de  permuta, mediante el cual, el  procesado   se   comprometió   a  hacerle  entrega  a  Moreno  de  un  inmueble  (apartamento)  ubicado  en  la calle 96 N° 28-40, apartamento 210, torre 11, lo  que  debía hacerse dentro de los sesenta días siguientes a la celebración del  negocio  jurídico. A su turno, Moreno Martínez hizo entrega al inculpado de un  vehículo  Mercedes  Benz,  modelo  85,  de  las  características reseñadas en  autos.  Consta,  igualmente, que el acusado vendió el rodante sin que haya dado  cumplimiento    a    lo   pactado,   ‘toda    vez    que    no   tenía   la   calidad   de   propietario  inscrito’”.   

2.-   El Juzgado 29 Penal del Circuito  de  Bogotá,  mediante  sentencia del 30 de junio de 1999, condenó al procesado  AUGUSTO  SUÁREZ  PELÁEZ a  las  penas  principales  de  18  meses de prisión y multa de cien mil pesos, al  pago  de  la  suma  de ciento ocho millones quinientos mil pesos por concepto de  condena  en  perjuicios  y  a  la  accesoria  de rigor, como autor del delito de  estafa.   

Inconforme  con  la  anterior decisión, el  defensor  la  recurrió,  siendo  confirmada  integralmente  por  el Tribunal de  Bogotá, el 8 de septiembre de 1999.   

         LA DEMANDA DE CASACIÓN   

El  defensor del procesado inicia el libelo  con  una  larga  y profusa transcripción de apartes de piezas probatorias, así  como  de  un resumen  de aspectos que considera relevantes de los fallos de  primera  y  segunda  instancia, respecto de los cuales emite distintos puntos de  vista, para concluir:   

“Quiere  decir lo anterior, que todas las  manifestaciones  realizadas  pretendiendo  demostrar  que  mi  defendido,  es un  criminal  porque ha prometido en propiedad inmuebles que no son de su propiedad,  y  pretendiendo investigadores y juzgadores fundamentarse en ello para demostrar  que  nunca  ha  estado  en condiciones de adquirir inmuebles para entregarlos en  propiedad,  no  son  sino  simples  afirmaciones  graciosas,  carentes  de  todo  fundamento  real  y  legal,  puesto  que  obran en el expediente tres Escrituras  Públicas, que demuestran lo contrario …”   

Insiste   en   pretender   demostrar   la  “verdad  real”  de  lo  sucedido  en  la  negociación celebrada entre su representado y el denunciante,  pues,    caso    contrario,    a    su    juicio,   no   puede   “fundamentarse  ningún  proceso  ni procedimiento legal”.   

Afirma igualmente que, de conformidad con el  acervo  probatorio,  se demuestra sin duda alguna, que su procurado es inocente,  siendo  únicamente  una víctima de quien lo denunció, personaje que propició  un  proceso  penal  fundado  en “FALSEDADES, FRAUDES  PROCESALES,     FALSAS    IMPUTACIONES,    CONSTREÑIMIENTOS,    etc”,  con  el  fin  de  lograr una indemnización a la que no tiene  derecho,  “por  no deberse y no haber delito que la  justifique”.   

En    el    capítulo   “CARGO  ÚNICO”,  acusa  al Tribunal de  haber  incurrido  en “VIOLACIÓN DIRECTA DE LA LEY O  NORMA  DE  HECHO  SUSTANCIAL”,  motivo  por el cual  solicita  que se case la sentencia y, por lo mismo, se dicte el fallo a que haya  lugar.   

En  lo  que  denominó  desarrollo  de  la  censura,       advierte      que      “seguirá  discutiendo”  los  fallos  de instancia, por cuanto  que  en  los mismos se omitieron, se supusieron y se distorsionaron las pruebas,  siendo  claro,  desde  su  perspectiva,  que  no  existe  el  elemento de juicio  “verdadero”    que  demuestre la responsabilidad de su defendido.   

Después   de   transcribir   los  hechos  procesales  narrados  en  las sentencia de primera y segunda instancia, sostiene  que  se ha dado por cierto que el señor Guillermo Moreno Martínez hizo entrega  del  automotor,  luego de haber suscrito el contrato de permuta, tal como lo han  aseverado  tanto  el  denunciante  como  el  apoderado  de  la  parte civil. Sin  embargo,  en  el  expediente  obra  el informe rendido por una investigadora del  Cuerpo  Técnico  de  Investigación,  en el que “se  encuentra  recepcionada  la  declaración  del  señor  Héctor  Ignacio Herrera  Díaz”, de la que copia un fragmento, para concluir  que  el  citado  rodante  le fue entregado a su procurado por una concesionaria,  por  lo  que,  como  lo ha sostenido Suárez Peláez, el contrato que obra en el  proceso no fue el celebrado por las partes.    

A  continuación  resalta  un  aparte de la  indagatoria  de  su defendido, sobre la cual concluye que ha quedado establecido  que  no  hubo  ninguna  relación  de  diálogo entre Héctor Herrera Díaz y su  patrocinado  para que sus versiones sean coincidentes y verídicas. No obstante,  se  duele  que  aquél  pese  a  haber  comparecido  en cuatro oportunidades, no  hubiese  podido  rendir  su  declaración,  la  que  colmaría  en  detalles las  circunstancias  de  tiempo,  modo y lugar que rodearon la entrega del automotor,  “para        que        la       ‘VERDAD        REAL’,     fuera     todavía     más  contundente”.   

Así, dice que el sólo hecho de saberse que  el  automotor  lo  recibió  el señor Herrera Díaz en el mes de enero de 1992,  lleva  a colegir que no fue como consecuencia del contrato de permuta objeto del  proceso,  el  que se celebró el 17 de febrero de dicho año, razón por la cual  no fue el generador del multicitado negocio.   

Añade:  

“En este caso no  se  puede  en  momento  alguno  partir  como  punto  cero  de  partida  para  la  investigación  de  los  hechos  denunciados,  del instante de la suscripción y  firma  de ese documento, puesto que si la entrega del vehículo se surtió desde  casi  mes  y  medio antes de suscribir ese documento, no podemos sostener que el  negocio    se    contrae   al   momento   de   las   firmas   del   ‘contrato   de   permuta’”.   

Luego  de  referirse al citado informe del  C.T.I,  en  el  que se hace referencia al testimonio de Herrera Díaz, anota que  la  Corte ha sostenido que no es prueba para condenar el dicho del denunciante y  las  argumentaciones  del  representante de la parte civil, máxime cuando en el  expediente  no  existe ningún “escrito”     que     desvirtúe     las     explicaciones     de     su  representado.   

Con   fundamento   en   los   anteriores  argumentos,   estima  que  “la  acción  penal  ha  quedado  totalmente  desvirtuada”  por  la  única  persona  que lo podía hacer, esto es, el señor Herrera Díaz, de lo que colige  que  los  juzgadores “IGNORARON LA EXISTENCIA DE LA  PRUEBA   FUNDAMENTAL  y  adicionalmente  OMITIERON  SU  APRECIACIÓN”.  Agrega  que  aunque  lo expuesto es suficiente para casar la  sentencia,  sin  embargo,  considera  oportuno  realizar  un  estudio del caudal  probatorio,  con el fin de evidenciar el yerro que acusa, para lo cual procede a  resaltar  apartes  del fallo y a criticar la poca credibilidad que se le otorgó  a  su  defendido por los distintos funcionarios judiciales en lo relacionado con  las  circunstancias  que  rodearon el contrato de permuta, vulnerándose, de esa  manera    y    según    su   criterio,   el   postulado   de   presunción   de  inocencia.     

Como  complemento del análisis probatorio  que  hace,  cita  al señor Gonzalo Santamaría como la persona que adquirió el  automotor  de  manos  de  Héctor  Herrera, persona que a su vez lo recibió del  procesado,  el  que  informó que habiendo hablando con el denunciante, éste le  dijo  que  Suárez  Peláez le iba a cancelar la obligación con una tractomula,  comentario  que califica como hábil, pues resultó creíble para los juzgadores  que  “GUILLERMO  MORENO  MARTÍNEZ  COMPRE EN DIEZ  MILLONES  ($  10.000.000)  DE PESOS MONEDA CORRIENTE, UNA TRACTOMULA QUE COSTABA  TREINTA         MILLONES        ($30.000.000)        DE        PESOS”.   

Acota:  

“Pero,  no  encuentran   los   Honorables  Falladores  ningún  fundamento  ni  asidero  que  SUÁREZ              PELÁEZ,             manifieste      que      le      entregó      la     TRACTOMULA  PARA  QUE  LA  VENDIERA, se  pagara  los  10’000.000  millones  que le había anticipado, más cinco millones de intereses al diez por  ciento  mensual,  y la diferencia la abonara al valor  del  Mercedes  Benz. Esas  manifestaciones   de   SUÁREZ   PELÁEZ   carecen  de  credibilidad…”.   

A  continuación  dice  que  en el proceso  obran  los  documentos que demuestran que tanto el denunciante como su protegido  estaban  adelantando la venta del tractocamión a una entidad financiera, dinero  con  el que se pagaría parte de la obligación, lo que, a su juicio, indica que  el citado automotor era de propiedad de su defendido.   

Agrega   que   al  haberse  ignorado  la  existencia  de  los  medios  de  convicción  y  haberse omitido su apreciación  “los  sentenciadores  han  tergiversado  o  distorsionado  el  sentido  de las  pruebas”.   

Así  mismo,  advierte que el procesado le  entregó  al señor Moreno Martínez el apartamento, junto con el poder para que  él  fuera  la  única persona que pudiera venderlo y escriturarlo, hecho que es  aceptado   por  el  denunciante,  añadiendo  los  pormenores  que  rodearon  la  adquisición del inmueble por parte de Suárez Peláez.   

Del  mismo  modo,  afirma que se encuentra  demostrado  que  el  acusado  entregó un automóvil y cuatro millones de pesos,  “y que GUILLERMO MORENO  MARTÍNEZ    quedó  comprometido  a  pagar  a  LUZ  STELLA JARAMILLO los  6’000.000  millones  y  que  en esas condiciones fue que GUILLERMO DEL CRISTO  MORENO   MARTÍNEZ   recibió  el  apartamento,  el  depósito,  el  garaje  y  las  llaves,  y  que a partir de ese instante, era la  única  persona  que  podía  realizar  la  venta  del apartamento y otorgar las  correspondientes   escrituras,   además   de   ser   quien   debía  entrar  en  comunicación  con CORPAVI  para  pagar  la  obligación  hipotecaria o procurar su subrogación”.     

En    el    acápite   “Se  ignora  la  existencia de la prueba, se omite su apreciación,  distorsionándose   el   sentido  de  la  prueba”,  asevera  que  de  la  lectura del documento donde consta la entrega del inmueble  referido,  se  advierte  que  su  defendido lo adquirió libre de todo gravamen,  salvo  la  obligación  hipotecaria,  y  que  no  sabía  que el mismo estuviese  embargado  y  “se demuestra que pagó lo que allí  se comprometió”.   

Después  de  transcribir  un  documento  obrante  en  el  diligenciamiento,  insiste  en  decir  que,  según su personal  estudio,  las  pruebas demuestran la verdad real de la multicitada negociación,  concluyendo  que  no  existió el delito por el cual fue condenado su protegido.   

Igualmente,  reprocha  que  el  juzgador  hubiese  tenido en cuenta que el procesado hubiese ofrecido otro apartamento que  no  era  de  su  propiedad,  pero  sin  avizorar  que él tenía negocios con la  constructora,   tal   como   se  demostró  con  la  respectiva  certificación,  “demostrándose  así  en  esta forma que no sólo  estaba  en capacidad de adquirir el apartamento, sino que adicionalmente, tenía  negociaciones   por   varios   apartamentos   impecablemente  atendidas  con  la  constructora,    contrariando    las    argumentaciones    de   los   Honorables  Juzgadores”.   

Finalmente,   el  capítulo  que  llamó  “CULPABILIDAD      Y      SANCIÓN”,   lo   dedica  a  reiterar,  de  manera  extensa,  todos  los  pormenores  que  rodearon la tantas veces mencionada negociación, para concluir  que  se  han  vulnerado  normas sustanciales y procesales de manera ostensible y  evidente,  así  como  el  debido proceso y los principios de contradicción, de  presunción  de  inocencia  y de lealtad, agregando que al procesado se le tomó  juramento  en  la  indagatoria  cuando hizo cargos contra personas definidas, lo  que,  a  su  juicio, imponía dar cumplimiento al postulado de la investigación  integral.   

Por  último,  teniendo  en  cuenta  los  principios  de  prevalencia  del  derecho  sustancial  y  del  in dubio pro reo,  solicita  a  la  Corte  casar  el  fallo recurrido y, en su lugar, absolver a su  procurado de los cargos imputados.   

        LA CORTE CONSIDERA   

La  demanda  de casación que a nombre del  procesado  presentó  su  defensor,  con  fundamento  en el cuerpo segundo de la  causal  primera  de  que  trataba  el  artículo  220  del  C. de P. P. (Decreto  2700/91),  vigente  para  la  época,  no reúne los requisitos formales para su  admisión.   

Ante  todo, debe reiterarse que aquella no  es  un  escrito  de libre formulación, en el que de manera libre se pueda hacer  toda  clase  de  cuestionamientos a una sentencia que llega a esta sede amparada  por  la  doble  presunción de acierto y legalidad, sino que debe ser un escrito  lógico  y  sistemático  en  el  que  se  denuncian  los errores de juicio o de  procedimiento  cometidos,  al  tenor  de  las  causales  expresa y taxativamente  señaladas  en  la  ley,  se  demuestran  y  se evidencia su trascendencia. Así  mismo,  que  su  idoneidad no depende de lo extenso del discurso sino de que, de  manera clara y precisa, se demuestren los vicios acusados.   

Estas exigencias no fueron cumplidas por  el casacionista, destacándose entre sus desatinos los siguientes:   

1.     Apartándose    de    los  parámetros   legales,  inicia la demanda con una amplia  exposición,  en  la  que,  al  estilo  de  un  alegato  de  instancia,  lanza  toda  clase de  cuestionamientos  a  la  sentencia  y a la actuación procesal, lo que en vez de  contribuir   a   la   claridad   de   la   argumentación   la  torna  oscura  y  fatigante.   

2. En el capítulo que debió dedicar a la  “síntesis  de la actuación procesal”, lejos de hacer un resumen concreto y  básico  de  la  misma,  se  explaya,  al  transcribir  in  extenso  y de manera  pormenorizada,  apartes  de piezas procesales como la indagatoria, el testimonio  del  denunciante  y  otros  elementos  de convicción, a lo que suma una abierta  oposición al mérito que les fue otorgado por los falladores.   

3. No indica cuál fue la norma sustancial  infringida  ni  se  sentido,  esto  es, si lo fue por falta de aplicación o por  aplicación indebida.   

4.  Tampoco  dice  en  qué  consiste  la  “norma de hecho”, que denuncia como quebrantada.   

5.  Desconociendo  que cuando se invoca la  violación  directa  de  la  ley  sustancial es necesario aceptar los hechos tal  como  fueron  plasmados  por  el  sentenciador  y  las  pruebas  tal como fueron  apreciadas,   siendo  el  cuestionamiento  estrictamente  jurídico,  dedica  la  disertación  a  atacar  la valoración probatoria, desviándose, por ende, a la  vía indirecta.   

6.  Con relación al mismo medio de prueba  afirma  que  “se  ha ignorado su existencia y se ha omitido su apreciación; y  con  estas  dos  circunstancias,  los  sentenciadores  han  tergiversado  o  distorsionado  el  sentido  de las pruebas”, sin que indique, en forma clara y  precisa,  a  cuál  elemento  de  convicción  en concreto se refiere, ni si hay  diferencia  entre  ignorar  y omitir y sin que se percate que con respecto a una  misma  prueba no se puede afirmar, sin violar el principio de no contradicción,  que  se ignoró y que se tergiversó, ya que en el primer evento lo que se está  aseverando  es  que  no se tuvo en cuenta, que no se consideró, y en el segundo  que si fue apreciada, pero que se falseó su contenido material.   

7.  Vulnera el principio de autonomía, al  tenor  del  cual, los cargos deben enunciarse y desarrollarse separadamente, sin  que,  por  tanto,  sea  permitido  al interior de un mismo reproche entremezclar  ataques  correspondientes  a  causales  distintas,  cuando se queja por no haber  recibido  la  declaración de Héctor Herrera Díaz y por no haberse investigado  los  cargos  que  en  la  indagatoria  hizo  el  procesado, bajo la gravedad del  juramento,  contra  personas  definidas,  lo  que,  a  su  juicio,  vulneró  el  principio   de   investigación   integral,  censura  que  ha  debido  aducir  y  desarrollar de manera separada y por la causal tercera.   

8.  Lo  único  que  aparece  claro en el  extenso  y  farragoso  escrito,  es  que  el casacionista pretende cuestionar la  credibilidad  otorgada a la versión del denunciante y negada a la del procesado  y  oponerse  a  las  conclusiones  probatorias  del  sentenciador, sin demostrar  ningún  desatino,  y  sin  percatarse que las de éste prevalecen, por venir la  sentencia   a  esta  sede  amparada  por  la doble presunción de acierto y  legalidad.   

Ahora  bien,  si lo pretendido era que el  fallador,  al  valorar  el mérito de los elementos de convicción, vulneró los  postulados  de la sana crítica y ese desacierto lo llevó a declarar una verdad  distinta  de  la  que  revela  el  proceso,  ha debido postular y desarrollar la  censura por la vía del error de hecho por falso raciocinio.   

Frente  a  los  anotados  yerros  de  la  demanda,  y  dado que la Corte, en virtud del principio de limitación, no puede  subsanarlos,  se impone su rechazo y, consecuencialmente, se declarará desierto  el recurso extraordinario de casación.   

En  mérito  de lo expuesto, LA  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

       R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   AUGUSTO     SUAREZ     PELAEZ.    En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta decisión no procede recurso  alguno,  al  tenor de los artículos 226 y 197 del Decreto 2700 de 1991, vigente  para la época.   

Comuníquese y cúmplase.  

CARLOS EDUARDO MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO   ARBOLEDA  RIPOLL                                        JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN  GALÁN  CASTELLANOS                                        CARLOS   AUGUSTO   GALVEZ  ARGOTE                        

JORGE  ANIBAL  GÓMEZ  GALLEGO                       EDGAR LOMBANA  TRUJILLO              

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                               NILSON     PINILLA  PINILLA   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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