16682(13-08-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 16682  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

          Magistrado Ponente   

          DR. EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

          Aprobado Acta No. 093   

Bogotá  D. C., trece (13) de agosto de dos  mil tres (2003).   

  VISTOS  

         Decide  la Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  por  el defensor de Jhon Alexander Ortega Ortiz  contra la sentencia del 28  de  julio  de 1999 por medio de la cual el Tribunal Superior de Tunja revocó el  fallo  absolutorio  proferido   por  el  Juzgado 1º. Penal del Circuito de  Chiquinquirá  ,  y  en su lugar lo condenó a la pena de 25 años y 11 meses de  prisión  y  a la interdicción de derechos y funciones públicas, como autor de  los  delitos  de homicidio y porte ilegal de armas de fuego de defensa personal.   

HECHOS  

         Jhon  Alexander  Ortega  Ortiz  y  Luis Antonio Piñeros Rodríguez  trabajaban   en   la  empresa  de  transporte  urbano  “Taxis  Furatena”  de  Chiquinquirá;  el  primero  como  controlador  de tiempo y rutas y, el segundo,  como  conductor  de  buseta.  Como  éste incumplió en varias oportunidades las  reglas  de  horarios y rutas, Ortega Ortiz le llamó la atención, razón por la  cual  Piñeros  Rodríguez  lo  agredió  física  y verbalmente. Las directivas  sancionaron  entonces  a  Piñeros  Rodríguez  prohibiéndole la conducción de  automotores  afiliados  a  dicha  empresa.  Tiempo  después, el 4 de octubre de  1997,  aproximadamente  a  las 2 p. m.,  Piñeros Rodríguez quiso realizar  el  recorrido  en la buseta de su padre mientras éste iba a la casa a almorzar,  pero  no  pudo  hacerlo  porque  Jhon  Alexander  Ortega  se  dio  cuenta  y  lo  desautorizó,  lo  que  originó  un  fuerte  altercado  entre  ellos.  Entonces  Piñeros  Rodríguez  le  entregó la buseta a su progenitor y manifestó que se  marchaba  en su campero Daihatsu a jugar bingo. Cuando llegó al establecimiento  abierto  al  público,  localizado  en la carrera 8ª No. 15-20 y se disponía a  salir  del  automotor,  fue  ultimado  violentamente  por  disparos  de  arma de  fuego   hechos  por  un  individuo que se transportaba en el taxi de placas  XHB-452,  conducido  por  Reinaldo Ortega Suárez (tío de Jhon Alexander Ortega  Ortiz),   y   en   el   que  inmediatamente  emprendió  la  huída.     

         

         ACTUACIÓN  PROCESAL   

         1.  Con  fundamento  en  el informe de la policía, la Fiscalía 22  Seccional  de  Chiquinquirá ordenó la apertura de investigación el  5 de  octubre  de  1997 y vinculó a la investigación a Reinaldo Ortega Suárez   y  Jhon  Alexander  Ortega Ortiz; al primero, mediante diligencia de indagatoria  y,  al  segundo,  a través de declaración de persona ausente. Al definirles la  situación  jurídica,  los  afectó  con  medida de aseguramiento de detención  preventiva,  mediante  resoluciones  del  15  de octubre 12 de 1997 y junio 8 de  1998  (fols.  76  y  362), respectivamente, a Reinaldo Ortega como cómplice del  delito  de  homicidio en la persona de Luis Antonio Piñeros Rodríguez y a Jhon  Alexander  como autor de este ilícito así como del de porte ilegal de armas de  fuego de uso personal.   

         2.  Cerrada  la  instrucción,  la  Fiscalía  calificó el mérito  probatorio  del  sumario,  profiriendo  resolución  de acusación contra Ortega  Ortiz  y  Ortega  Suárez ; el primero, como autor de los delitos de homicidio y  porte  ilegal  de  armas  de  fuego  de  defensa  personal  y,  el segundo, como  cómplice  del delito de homicidio, mediante resolución del 29 de septiembre de  1998, la cual quedó ejecutoriada el 8 de octubre de 1998.   

         3.  La  causa  la  adelantó  el Juzgado 1º. Penal del Circuito de  Chiquinquirá  y  la  concluyó  con la sentencia fechada el 9 de abril de 1999,  que  absolvió  a  Jhon Alexander Ortega Ortiz de los cargos que le formulara la  fiscalía  por los delitos de homicidio y porte ilegal de armas de fuego y   condenó  a Reinaldo Ortega Suárez a la pena principal de 150 meses de prisión  y  a  la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por diez  (10) años, como cómplice del delito de homicidio   

         

         Al  ser  apelada esta sentencia por el procesado Ortega Suárez, su  defensor   y  el Procurador Judicial 215 de Chiquinquirá, el Tribunal  Superior  de  Tunja  la  revocó, y en su lugar condenó a Jhon Alexander Ortega  Ortiz   a  25 años y 11 meses de prisión , a la interdicción de derechos  y  funciones públicas por el término de 10 años, como autor de los delitos de  homicidio  y  porte ilegal de armas de fuego de defensa personal, mediante fallo  del   28  de  julio  de 1999. Así mismo, revocó la sentencia condenatoria  dictada  en  contra  de  Reinaldo  Ortega  Suárez,  y  en  su  lugar ordenó la  cesación  de  procedimiento,  por  extinción de la acción penal a causa de su  muerte, acaecida el 12 de julio de 1999.   

         El     representante     de    Ortega    Ortiz    inter­puso  el  recurso  extraordinario  de  casación,     presentó     oportuna­mente       la      de­manda,      fue      ad­mitida  y  se  recibió concepto del Procurador Tercero Delegado en  lo Penal.   

  LA   DEMANDA   

         

         1.  Con  fundamento  en  la  causal  primera  de casación , cuerpo  segundo,  consagrada  en  el  artículo  220  del Código de Procedimiento Penal  anterior  (Decreto  2700  de  1991)  el casacionista formuló un sólo cargo. Lo  enunció así:   

         “  …  censuro  la  sentencia  por  violación indirecta de unas  normas   de   derecho   sustancial  por  aplicación  indebida  de  las  mismas,  provenientes  de error de hecho en la apreciación del valor probatorio otorgado  a  los  indicios, incurriendo en falso juicio de identidad consistente en que el  sentenciador  de  segunda instancia sí valoró las pruebas, pero por defecto le  otorgó  un alcance que no corresponde a su contenido fáctico…”.   

         Señala  como  normas  infringidas,  por  falta de aplicación, los  artículos  247,  248,  254,  294,  300,  301,  302  y  303  del Código de  Procedimiento  Penal,  así  como  los  artículos  201  y 323 del Código Penal  derogado,  por  aplicación  indebida, porque “en la  sentencia  atacada  se  adecuó  la  conducta  del agente a lo estatuido por los  artículos  323  y 201 del C. P., aduciendo la existencia de indicios necesarios  que la demostraban y que no existen…”.   

         2.  Sostiene  el libelista que la sentencia impugnada se fundamenta  en  los  indicios  de  enemistad  que  existía  entre  el  procesado y Piñeros  Rodríguez  ,  manifestaciones  anteriores  al  delito,  móvil  para delinquir,  ocultación  y  rebeldía, en cuya valoración asegura que el Tribunal incurrió  en  error  fáctico evidente, porque contradijo ostensiblemente las reglas de la  sana  crítica y faltó a los dictados del sentido común. Agrega que al aceptar  tales   indicios   como  contingentes,  los  mismos  no  producen  sino  duda  o  probabilidad,  mas  nunca  la  certeza  que  se requiere para proferir sentencia  condenatoria.       

         3.  En  relación  con  el  indicio de enemistad, asegura que “no  existe  ninguna  prueba fehaciente que lo justifique”. Indica que este indicio  surgió  del  testimonio  de  los parientes del occiso y de los señores Roberto  Reyes  y Darío González Ortega, quienes dieron cuenta de las desavenencias que  existieron  entre  el  procesado  y  el occiso, pero que no es exacto deducir de  ellas  una  “enemistad  grave”,  pues  si  bien es cierto que Jhon Alexander  Ortega  le  llamó  repetidas veces la atención a Piñeros Rodríguez, ello fue  en  cumplimiento  de  sus  funciones  laborales.  Así  mismo,  la  denuncia que  formuló  en  su  contra por las lesiones de que fuera víctima cuando aquél lo  golpeó,  no  pueden  tenerse  como  manifestaciones  de enemistad, sino como el  ejercicio de un derecho.   

         Agrega  que  por  el  hecho  de que los familiares del procesado se  hubieran  molestado  cuando se enteraron que Piñeros Rodríguez  lo había  maltratado  y que motivados por dicho disgusto le hubieran hecho algún reclamo,  no  puede  deducirse ningún indicio de enemistad en contra suya, máxime cuando  él    no    tuvo    participación   alguna   en   tales   reclamos   ni   hizo  manifestación   de  la  que se pudiera inferir un sentimiento de enemistad  en contra del occiso.   

         Afirma  que  por  su  carácter  belicoso  y  por  su forma de ser,  Piñeros  Rodríguez tuvo problemas con muchas personas de la empresa, así como  con  los familiares de Blanca Rocío Sánchez, a quien aquél agredió en varias  ocasiones,  motivo  por  el cual un cuñado de ella, Florindo García, lo atacó  con  un  arma  de  fuego,  causándole graves heridas. Señala que frente a este  panorama,  se  desvanece  el  indicio  de  “enemistad”, pues eran muchos los  enemigos  que  aquél tenía y, por lo tanto, resulta difícil tratar de colegir  quien  lo  pudo  haber  matado,  dado  que  eran  muchos los que vivían con esa  animadversión hacia él.   

         Tampoco  se  puede deducir un indicio de manifestaciones anteriores  en  contra  del procesado por el hecho de que un familiar suyo hubiera ido donde  Piñeros  Rodríguez  a  reclamarle  por los maltratos de que hiciera víctima a  aquél.  Afirma que resulta ilógico pretender derivarle responsabilidad por los  actos ajenos.   

         

         

         Estima  que  si  no  existía  una  verdadera  enemistad  entre  el  procesado  y el occiso, pues no puede tenerse como tal las llamadas de atención  que  Ortega  Ortiz  le  hiciera en cumplimiento de su deber,  tampoco puede  afirmarse  que  el  procesado tuviera motivo alguno para querer suprimir la vida  de   Piñeros  Rodríguez,  pues  ello  significaría  pasar  al  campo  de  las  especulaciones sin fundamento.   

         En  relación  con  el  indicio de ocultación y rebeldía, señala  que  “su  talante  probatorio  se  derrumba  jurídicamente”, si se tiene en  cuenta  que  el  procesado  tuvo que renunciar a su trabajo por las amenazas que  había  recibido de la familia Piñeros, además, su no comparecencia al proceso  se  explica  por  el  temor  que  sentía  ante  las  decisiones  judiciales que  perjudican  a los inocentes y la angustia  de verse privado de la libertad,  dada   la   inseguridad   y  las  gravísimas  condiciones  que  reinan  en  las  cárceles.   

         Indica  por  último,  que  de  acuerdo  con  las  declaraciones de  Bernardo  Ortega  Suárez  y Roberto Bernardo Reyes no es posible tener a Ortega  Ortiz  como  autor  de  los delitos que se le atribuyen, pues para el momento en  que  ocurrieron  los  hechos aquél se encontraba trabajando, lo cual constituye  un claro indicio en su favor.   

         Solicita  se  case  la  sentencia  y, en su lugar, se absuelva a su  representado.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

Considera que el cargo no debe prosperar por  la  ausencia  de  fundamento  técnico  y sustancial y, por lo tanto, sugiere no  casar la sentencia impugnada.   

Sostiene  que el censor no entiende bien la  estructura  del  indicio  ni  la  forma  como  es  posible  acusar  de ilegal la  sentencia  por  errores  en su formación, porque parte de supuestos contrarios.  Así,  inicialmente  afirma  que  se  incurrió  en un  error  de  hecho  en  la  apreciación  del  valor  probatorio  otorgado  a  los  indicios,  fijando el yerro en el proceso intelectual  de  selección  del  hecho  indicado,  pero  luego  asegura  que “no       es      exacto      que      los      testigos” (parientes  de  Luis  Antonio Piñeros, Roberto Reyes y Darío González) hayan informado al  juez sobre la enemistad que  existía  entre el procesado y la víctima del delito, con lo cual fija el error  en la aprehensión del medio de prueba testimonial.   

Señala  que  esta propuesta es contraria a  las  reglas  técnicas que rigen el recurso extraordinario porque invita al juez  de  casación  a  encontrar  y  definir  el  error que fundamente la ruptura del  fallo,  en  contra  de  lo  que  impone el principio dispositivo que le exige al  demandante  la  identificación  clara y precisa de los yerros que atribuye a la  sentencia.      

El  censor  intenta  demostrar  un error de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  sobre  las  pruebas  que  acreditan la  enemistad  referida,  pero  no acreditó cuál era el verdadero contenido de los  testimonios  en  que  se  basa  el  sentenciador  ni  en  qué  forma  este  fue  tergiversado  por  el  fallador, al punto que trocara una simple desavenencia en  una enemistad grave inexistente.     

         Anota  que en últimas la discrepancia del censor no es respecto de  los  hechos  objetivos  que  permitieron  al  juzgador  la  calificación  de la  relación  como  de  enemistad  ,  sino  sobre  la  calificación  misma, que no  entraña  una  modificación  del  contenido  de  las pruebas, sino un juicio de  valor distinto.   

         Señala  que  si  se  hubieran  tomado aisladamente las condiciones  relatadas  por  los  testigos,  se  podría  explicar  el origen de la relación  hostil  entre  el  procesado  y  la  víctima  a  partir  de la actividad común  relacionada  con el transporte público, pero en el análisis integral realizada  por  el  Tribunal quedó establecido que las agresiones desbordaron los límites  laborales  para  trasladarse  al  plano personal y llegar al extremo de que Jhon  Alexander  y  sus  familiares  se  hicieron  presentes  en la residencia de Luis  Antonio  a  altas  horas  de  la  noche  con  la  finalidad de agredirlo, según  manifestación de sus progenitores.     

         

         No  muestra  tampoco  el  libelista  ninguna  tergiversación de la  prueba  en  relación  con  el  carácter  díscolo y belicoso del occiso, ni la  incidencia  que  esta  característica de su personalidad pudiera tener  en  el juicio de responsabilidad inferida al procesado.   

         Respecto  a  la  afirmación  que  hace  el  censor sobre los otros  enemigos  que  tenía  Luis  Antonio,  señala  que  la misma no pasa de ser una  simple  apreciación  personal  intrascendente  a  los  fines de la casación en  tanto  que la situación fue analizada por el Tribunal ,  y no demostró la  existencia  de error alguno en la apreciación de la prueba relacionada con este  hecho.   

         Sostiene  que  las  críticas  que  formula  el  defensor contra la  sentencia   en   relación   con   los  indicios  de  móvil  para  delinquir  y  manifestaciones  anteriores  al  delito  sólo contienen comentarios valorativos  personales  en  los que formula sus propias percepciones desligado del contenido  de  las pruebas o de la estructura compleja de la figura. Lo mismo sucede con la  crítica   elevada   al   indicio  por  ocultación  y  rebeldía,  en  los  que  controvierte  el  análisis  de  los  acontecimientos  que realiza el fallador a  partir  de  planteamientos  teóricos que no aparecen demostrados en el proceso,  por   lo   que   el   desarrollo   de   la   censura   se   queda  en  el  plano  especulativo.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  SALA   

         1.  En un solo cargo la sentencia del Tribunal Superior de Tunja es  acusada  de  haber incurrido en errores de hecho en la apreciación de la prueba  indiciaria  que  sirvió  de  fundamento  al fallo de condena. Sin embargo, como  acertadamente  lo  señala  el  Procurador Delegado, el censor dejó de lado las  pautas   de   orden   técnico   que   de  tiempo  atrás  viene  señalando  la  jurisprudencia,  pues  no  identificó  con claridad y precisión hacia cuál de  los elementos que componen el indicio es que dirige su ataque.   

         2.  Como  se  sabe,  todo indicio se configura a partir de un hecho  conocido  (hecho  indicador),  del  cual  se  deduce  la  existencia de un hecho  desconocido  o  por  demostrar  (hecho  indicado), y un juicio de razonamiento o  inferencia  que  a  partir  del  hecho conocido, respecto del cual se debe tener  certeza  jurídica  se  deduce  la del hecho por demostrar (inferencia lógica).   

         Respecto a las exigencias técnicas del  reproche,  cuando  éste  tiene  por  objeto  la  prueba  indiciaria, la Sala ha  señalado1:   

“ … en el desarrollo y demostración del  cargo,  el  censor  debe informar  si la equivocación se cometió respecto  de  los  medios  demostrativos  de  los  hechos indicadores,  la inferencia  lógica,  o  en el proceso de valoración conjunta al apreciar su articulación,  convergencia   y  concordancia,  para  llegar  el  juzgador  a  una  conclusión  equivocada.      

“La jurisprudencia tiene establecido, que  si  el  error  radica  en  la  apreciación  del hecho indicador, dado que éste  necesariamente  ha  de  acreditarse  con  otro medio de prueba de los legalmente  establecidos,  necesario resulta postular si el yerro cometido fue de hecho -por  haber  supuesto un medio inexistente, omitido apreciar uno presente válidamente  en  la  actuación,  o distorsionado su expresión fáctica haciéndole producir  efectos  que  objetivamente  no  se  coligen  de  su  contexto,  o por que en su  valoración  se  apartó  de  las  reglas  que gobiernan la sana crítica-; o de  derecho  -por  haber  apreciado como prueba del hecho indicador un medio aducido  irregularmente  a  la  actuación,  o  asignado  mérito  persuasivo distinto de  aquél prefijado en la ley-.”   

“Y  si  el  error de hecho se ubica en el  proceso  de  inferencia  lógica,  ello  supone partir de aceptar la validez del  medio  con  el  que se acredita el hecho indicador, y demostrar al tiempo que el  juzgador  en  la  labor  de asignación del mérito persuasivo se apartó de las  leyes  de  la  ciencia,  los  principios  de  la  lógica  o  las  reglas  de la  experiencia.”   

“Además, repetidamente se ha dicho por la  Corte,  que  dada  la  naturaleza  de  este  medio  de  prueba,  si  el yerro se  presenta   en  la  labor  de  análisis  de  la  convergencia y congruencia  entre   los  distintos  indicios  y  de  estos  con los demás medios, o al  asignar  la  fuerza  demostrativa  en  su  valoración  conjunta,  esto no puede  dejarse  de  precisar  en  la  demanda   y  acreditar  que  la apreciación  probatoria  que  se propone en su reemplazo permite llegar a conclusión diversa  de  aquella a la arribada por el sentenciador, pues no  trata el recurso de  dar  lugar  a  anteponer el particular punto de vista del actor al del fallador,  ya  que  en  dicha  eventualidad  primará  siempre éste, dado que la sentencia  viene    amparada   de   la   doble   presunción   de   acierto   y   legalidad  correspondiéndole    al   demandante   su   desvirtuación”.     

       

“De ahí que a efecto de demostrar el tipo  de  error cometido en la apreciación de la prueba indiciaria el demandante debe  indicar  en  qué  momento  de  la  construcción  se  produce,  si  en el hecho  indicador,  o si en la inferencia violando las reglas de la sana crítica,   para  lo  cual  ha  de  señalar qué en concreto dice el medio demostrativo del  hecho  indicador,  cómo  hizo  la inferencia el juzgador, en qué consistió el  yerro,  y  qué  trascendencia  tuvo  éste por la repercusión definitiva en la  parte resolutiva del fallo”.   

         3.  En  la  crítica que emprende el libelista en torno a  los  diversos  indicios  que  el  fallador  atribuyó  a  su representado, no tuvo en  cuenta   ninguna   de   las  pautas  señaladas,  pues  no  sólo  omitió   identificar  clara  y  nítidamente hacia cuál de los elementos que componen el  indicio  es  que  dirige  su ataque. sino que se limitó a sustentar sus reparos  con  argumentos  que  solamente  reflejan una simple disparidad de criterios, lo  que  en  sede de casación no produce ningún efecto, en tanto las apreciaciones  subjetivas   del   impugnante,   no   son  el  camino  para  incursionar  en  la  demostración de los yerros en que pueden incurrir los juzgadores.   

A  demás,  el  demandante  se  dedicó  a  criticar  individualmente  cada  prueba indiciaria, cuando ésta, de conformidad  con  el  artículo  303  del  C.  de  P.  P. anterior (hoy, artículo 287), debe  analizarse      en      conjunto,     atendiendo  su  gravedad, concordancia y convergencia, así como su  relación con los medios de prueba aportados al expediente.   

4.  Obsérvese que en la formulación de la  censura  acusa  la  sentencia  de incurrir en error de  hecho    en    la   apreciación   del   valor   probatorio   otorgado   a   los  indicios,  es decir, ubica el desacierto del fallador  en  la  fase  de  apreciación  probatoria, esto es, en el proceso de inferencia  lógica.  Sin  embargo,  en el desarrollo del cargo y cuando entra a analizar el  “indicio  de  enemistad  y  profundas  desavenencias  que  existían  entre el  procesado  y  el  occiso”,  modifica  su  posición  inicial  y asegura que la  equivocación  se  cometió  respecto  de los medios demostrativos de los hechos  indicadores,  al  señalar que “no es exacto que los  testigos  (  los  parientes de la víctima, así como  Roberto  Reyes  y  Darío  González)  hubieran informado al juzgador sobre  tal enemistad.   

Afirma  que  los citados testigos sólo se  refirieron  a  las  desavenencias  que  se  presentaron  entre  el  occiso  y el  procesado,   originadas  por  la  reacción  de  Piñeros  Rodríguez  ante  los  requerimientos  que  le  hiciera  Jhon  Alexander  para  que  cumpliera  con los  reglamentos  de  la  empresa.  Insiste en que el procesado se limitó a formular  simples  reclamos  de  orden  laboral, pero que “nunca hubo manifestaciones de  odio o de venganza”.     

Son  evidentes los desaciertos técnicos en  que  incurre  el censor. Olvidó que cuando el yerro se predica de la inferencia  lógica,  como lo planteó inicialmente, dado que la misma es el resultado de un  proceso  intelectual valorativo, la única vía posible para hacerlo es el error  de  hecho por transgresión ostensible de los principios de la sana crítica. La  hipótesis  supone,  por  lo  tanto,  la  aceptación  del  hecho indicador y la  demostración  de  que  el juzgador realizó un juicio de valor en contravía de  las  leyes  de  la  ciencia,  los principios de la lógica o de las reglas de la  experiencia.  Así las cosas, para que el cargo quede correctamente formulado es  imprescindible  concretar  el  error  y  demostrar  cómo ha sido transgredida o  desconocida  una  ley  científica,  un  principio  de  la  lógica, o una regla  constante   de   la  experiencia  común  o  aceptada  y  practicada  en  medios  especializados  de una determinada materia. Se precisa, además y ello es obvio,  la  fundamentación  correspondiente  a  la  trascendencia del error2.   

En   lugar   de   hacer   ese  ejercicio  dialéctico,  el  libelista se apartó de su propuesta inicial y decidió atacar  la  prueba testimonial en que el Tribunal  fundamenta el hecho indicador de  la  “  grave  enemistad”,  intentando  plantear  un error de hecho por falso  juicio  de  identidad sobre los medios  de persuasión que lo acreditan, el  cual,  al  igual  que  el  yerro anteriormente propuesto, se quedó huérfano de  desarrollo  y  demostración,  pues omitió señalar, como era su deber, en qué  forma  el sentenciador distorsionó  el sentido objetivo de los testimonios  en  que  se apoya, esto es, qué era lo que realmente dijeron los testigos, qué  dijo  de ellos el fallador, en qué consistió el error, y cuál su repercusión  definitiva,  al  punto  que   convirtiera  una  simple  desavenencia en una  enemistad grave e inexistente.    

        Por  otra  parte,  contrario  a  lo  afirmado  por el defensor, el  Tribunal  analizó  los testimonios sin distorsionar su contenido,  y de su  estudio  coligió  la  existencia de una enemistad grave entre el procesado y el  occiso   que  luego  compaginó  con  otras  evidencias, de cuyo estudio en  conjunto  arribó  a  la  certeza  sobre  la  responsabilidad  de Jhon Alexander  Ortega.  Así  se  expresó  el  ad quem, en relación con el indicio en estudio:   

        “En  efecto,  sobre  la  enemistad y profundas desavenencias que  existían  entre  el  procesado  y el interfecto, si bien es cierto que la mayor  parte  de  las  declaraciones  sobre  la  misma  surgen  del  testimonio  de los  parientes  de  Luis  Antonio  Piñeros,  no  es cierto, como pretende la señora  defensora  (…)  que  sean  las  únicas  pruebas  sobre  el particular, ya que  también   existen   los  testimonios  de  Roberto  Reyes  y  Darío  González,  directivos  de  la  empresa  transportadora  y  del  mismo  padre  del procesado  Bernardo  Ortega  .Además,  aún  sin  estos declarantes los testimonios de los  familiares   del   hoy  occiso  n  o  se  pueden  descalificar  por  ser  tales,  corresponden  a  la  verdad, son coherentes y concordantes sobre la materia y en  consecuencia,  aún  así  merecen  la  credibilidad necesaria para demostrar la  existencia  de  la  enemistad”  (Cuaderno Tribunal,  fol. 33).   

        Como  se  indica  en  el fallo atacado, no se trató de una simple  desavenencia  de carácter laboral que no trascendiera al campo personal. Según  lo  indica  el  Tribunal con base en el testimonio de los familiares del occiso,  después  que  Piñeros  Rodríguez  maltratara  física  y  verbalmente  a Jhon  Alexander  por  los  reclamos  que éste le hiciera y que condujeron a que fuera  suspendido  del  trabajo,  el  procesado con la ayuda de sus familiares intentó  varias  veces agredir a Piñeros Rodríguez; en una ocasión procuró arrollarlo  con  un  vehículo  automotor;  en  otra,  lo  atacaron  con botellas, cuando se  encontraba  en  un  establecimiento  de  un  señor  Bula  y, en una tercera, se  presentaron  en  su  casa  en horas de la noche y lo amenazaron con un revólver  (Cuaderno Tribunal, fol. 36).   

        5.  En relación con los indicios de “manifestaciones anteriores  al  delito” y de  “móvil para delinquir”, deducidos por el fallador,  el   casacionista   se   limita   a   sostener   que   los  mismos  “no  son  de  recibo” y a predicar  ante  sí  el “derrumbe” de tales medios de convicción, con el argumento de  que  los  mencionados  indicios  tienen  como  sustrato  la misma base en que se  fincaba  la  supuesta  enemistad  y,  por  lo  tanto,  demostrada según él, la  inexistencia    de    ésta,    quedaría    sin   piso   la   referida   prueba  indiciaria.   

        No  obstante  que en el fallo impugnado se indica con claridad que  con  posterioridad  a  las lesiones que Piñeros Rodríguez le infligiera a Jhon  Alexander,  éste en asocio de sus familiares lo amenazó de muerte en repetidas  ocasiones  (Cuaderno  Tribunal,  fol.  36),  el  censor se limitó simplemente a  negar  que  tal situación hubiera tenido ocurrencia, sin intentar demostrar que  el  fallador  hubiera  incurrido  en desacierto alguno en la apreciación de los  testimonios en que hace fincar tal circunstancia.   

        Resulta  palmario,  entonces,  que  en  el  ataque que emprende el  libelista  en  torno  a   los  citados  indicios no se ciñó a la técnica  casacional,  pues no indicó ni demostró que en su construcción   se  hubiera  incurrido  en  errores,  si  los  mismos  se cometieron respecto de los  medios  demostrativos  de los hechos indicadores, la inferencia lógica, o en el  proceso  de  valoración  conjunta  al apreciar su articulación, convergencia y  concordancia,   para   llegar   el   juzgador   a  una  conclusión  equivocada.  Simplemente,  cual  un alegato de instancia, se  circunscribió a sustentar  su  inconformidad  con  las conclusiones del Tribunal con base en argumentos que  sólo  reflejan  una simple disparidad de criterios, lo que en sede de casación  no   produce   ningún   efecto,  en  tanto  las  apreciaciones  subjetivas  del  impugnante,  no son el camino para incursionar en la demostración de los yerros  en que pueden incurrir los juzgadores.   

        6.   Las   mismas   falencias   técnicas   se  advierten  en  los  reparos    que   el   casacionista   eleva  en  relación  con  el  indicio  de   “ocultación  y  rebeldía  para  no  comparecer a juicio” observado  por  Jhon  Alexander  Ortega  con  posterioridad a los hechos y sobre el cual el  Tribunal  hace  un  serio  y  fundamentado  análisis, al resaltar que aquél no  sólo  abandonó  su  lugar  de  trabajo, sino que pese a las varias órdenes de  captura  libradas  en  su contra no fue posible hallarlo para que compareciera a  rendir  los descargos sobre la sindicación que muy bien  sabía que pesaba  en   contra   suya   (Cuaderno  Tribunal,  fol. 40). En  lugar   de  demostrar  que  en  la  elaboración  del  indicio  el  ad  quem  incurrió en error,  el  censor    restringió   sus   esfuerzos   argumentativos   a   controvertir   la  interpretación  de  los  hechos efectuada por el Tribunal, apelando para ello a  disquisiciones  generales  sobre  los errores judiciales y la inseguridad en los  centros  carcelarios, dejando la censura en un plano eminentemente especulativo,  sin  atinar  a  plantear,  ni  mucho  menos  a  demostrar,  ningún  error en la  actividad probatoria realizada por el fallador.      

7. En conclusión, la postura argumentativa  del  libelista  no  es más que la crítica a la valoración judicial y no tiene  ninguna  incidencia  en  la  validez  de la prueba indiciaria, pues se limitó a  tratar  de  explicar  porqué  no  se  le  podía  dar  a  las desavenencias que  existieron  entre  el  procesado  y  el  occiso  la connotación de “enemistad  grave”  y  a resaltar que por su carácter belicoso Piñeros Rodríguez tenía  muchos  enemigos,  algunos  de  los  cuales,  como  son los familiares de Blanca  Rocío  Sánchez,  en  alguna  oportunidad atentaron contra su vida, causándole  graves  lesiones  con arma de fuego etc., pero siempre tratando de anteponer sus  hipótesis  defensivas  que,  si  bien pueden llevar a conclusiones diversas, en  momento alguno demuestran una equivocación del juzgador.   

        Como   lo   señala   el   Procurador  Delegado,  el  argumento  persistente del censor  fue anteponer su criterio  al  del  juzgador,  discrepando  de  la  valoración  probatoria  hecha  por  el  Tribunal,   sin   acreditar   error  alguno  corregible  por  la  vía  elegida,  apoyándose  tan  solo  en comentarios valorativos personales en los que formula  sus  propias  percepciones, desligado del contenido de los medios de convicción  y de la estructura compleja de la prueba indiciaria.   

El   cargo,   por  lo  tanto,  no  puede  prosperar.   

CONSIDERACIÓN FINAL  

Con  la  entrada  en  vigencia  del  nuevo  Código   Penal,   Ley  599  de  2000,  surge  la  posibilidad  de  aplicar  las  disposiciones  que  este  régimen  contempla, por favorabilidad respecto de las  anteriores,  si a ello hubiere lugar. No obstante, como el cargo no prospera, la  Sala  no  adquiere  competencia  para  decidir al respecto. En cambio, al quedar  ejecutoriada  la  sentencia,  la  competencia radica en el Juez de Ejecución de  Penas  y  Medidas  de Seguridad, como lo dispone el numeral 7° del artículo 79  del  nuevo  Código  de  Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000), solución que se  ajusta    a    derecho    y   que   garantiza   el   principio   de   la   doble  instancia.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

NO  CASAR  el  fallo motivo del recurso extraordinario.   

Contra  la  presente sentencia no procede  recurso alguno.   

       Cópiese,  notifíquese y devuélvase el expediente al Tribunal de  origen. Cúmplase.   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS                                      CARLOS  A. GÁLVEZ ARGOTE                                    

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                                  EDGAR  LOMBANA  TRUJILLO         Comisión de servicio   

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN                                MARINA  PULIDO  DE  BARON            

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                         MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1   Sentencia  del  23  de  febrero  de  2000, Rad.13116, M. P. Fernando E. Arboleda  Ripoll.   

2   Casación  del  20  de  octubre  de  1999,  Rad.  11.113,  M.  P.  Carlos Mejía  Escobar.     

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