16542(11-04-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 16542  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                                DR.     JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nro: 40   

          Bogotá D.C., once de abril de dos mil dos.   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Sala  en  relación  con  el aspecto formal de la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor del procesado JOHN  FREDY  GONZÁLEZ  RAMÍREZ, contra el  fallo  proferido  por  el Tribunal Superior de Medellín el 28 de abril de 1999,  confirmatoria  de la condena de 44 años y 6 meses de prisión que el Juzgado 13  Penal  del  Circuito  de  esa ciudad le impusiera al acusado como responsable de  homicidio  agravado,  hurto  calificado  y  agravado,  y porte ilegal de arma de  fuego de defensa personal, en concurso.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          A  la  Carrera  13  con la Calle 52, sector del barrio Caicedo de la  ciudad  de Medellín, Antioquia, a eso de las 2:30 de la tarde, aproximadamente,  del  día  30  de  junio de 1996, en un vehículo automotor tipo taxi, de placas  TIV-880,  del  cual  poco antes su conductor había sido despojado violentamente  en  la  plaza  del  barrio  Campo  Valdés de esa misma urbe, hicieron su arribo  varios  individuos, quienes desde su interior y a través de las ventanillas del  mismo,  accionaron  sus  armas  de  fuego  contra un grupo de personas que en el  lugar  departían, varias de las cuales se vieron precisadas a buscar refugio en  la  casa  más  próxima,  morada  de un pariente de uno de los agredidos. Hasta  allí  se dirigieron los atacantes para proseguir con el cruento hecho, logrando  ultimar  a  Héctor  Mario  Montoya  Ortiz con múltiples disparos, y lesionar a  Claudia  Patricia  López,  Jorge  Humberto  Giraldo  Ortiz  y Juan Felipe Yepes  Flórez,   atentados  estos  últimos  cuya  averiguación  corrió  por  cuerda  separada.   

          Iniciadas  las pesquisas, desde sus albores se señaló como autores  del  aleve  acometimiento  a  Francisco  Javier García Morales, a. “Papo”,  y  a  JOHN  FREDY    RAMÍREZ    GONZÁLEZ,    a.   “El          Vampiro”.    Producida   la  captura  del  segundo,  la  Fiscalía 129 de la Unidad 3ª de Delitos contra la Vida, despacho  al  cual le correspondió abrir formal instrucción, lo escuchó en descargos, y  por  Resolución  del  3  de  marzo  de 1998 le definió su situación jurídica  imponiéndole   medida   de   aseguramiento   de   detención   preventiva   sin  excarcelación  como  presunto  responsable  del  concurso de hechos punibles de  homicidio,  hurto  calificado  y  porte  ilegal  de  armas  de  fuego de defensa  personal,  en  tanto  que  a  favor  del primero cesó todo procedimiento por la  muerte  del  sindicado  -Fls.  89  y  132 a 140-, decisión de cuya impugnación  conoció  la  Fiscalía  8ª  Delegada  ante  el  Tribunal Superior de Medellín  impartiéndole integral confirmación.    

          Fenecida  la  etapa  del sumario, por Resolución del 12 de junio de  1998  se profirió resolución de acusación contra el procesado por el concurso  de   aquellos   delitos,   todos   ellos   con  circunstancias  de  agravación,  determinación  que  el  funcionario de segunda instancia avaló por la suya del  28  de  julio  siguiente,  al  conocer  de  la apelación que contra la misma se  interpuso.   

Adelantada la etapa del juicio por el Juzgado  13  Penal  del  Circuito  de  aquella localidad, previa celebración de la vista  pública  y  conforme  con  el  pliego  de cargos, el 2 de febrero de 1999 dicha  dependencia  profirió  la  condena de la cual se hiciera mérito en el introito  de  esta  providencia,  a  la que el Tribunal Superior de Medellín le impartió  integral   confirmación   al  desatar  la  correspondiente  impugnación,  como  igualmente allí se dijera.   

LA DEMANDA  

          Dos  reparos  formula  el  demandante  contra el fallo recurrido, el  primero  como  principal,  por nulidad, al amparo de la causal 3ª, y el segundo  como   subsidiario,   por   la  vía  de  la  violación  indirecta.     

         

         

1.    Primer  cargo.   

            Con  fundamento  en  el  Art.  304-3  del C. de P. Penal anterior,  invoca  el  censor  la  nulidad  sustento  del  reproche aduciendo violación al  derecho de defensa.   

          En  el  desarrollo  del cargo sostiene el casacionista que entre las  diversas  pruebas  practicadas durante la investigación, el instructor escuchó  el  testimonio  de la señora Luz Stella Ortiz de Montoya, madre del interfecto.  La  declarante  en  mención,  dice,  suministró  los nombres de algunos de los  protagonistas  del  luctuoso  evento  -determinadores  y  autores materiales-, y  entregó  un  anónimo  que desde la cárcel le enviaron, no obstante lo cual la  Fiscalía  ninguna  atención  prestó  a  esa  información,  pues  fácil  era  constatar  su  veracidad  dado  que  la  delación versaba sobre el móvil de la  ilicitud   y  la  identidad  de  uno  de  los  coautores,  personaje  este  cuya  localización  ninguna  dificultad  entrañaba habida cuenta de su condición de  futbolista profesional integrante de un conocido Club de la ciudad.   

          Por  la falta de iniciativa del instructor, la investigación devino  incompleta,      asegura      el      actor,     por     cuanto     “quedaron    enormes    vacíos    que  posteriormente        no        pudieron        ser        llenados.”   Así,   por   ejemplo,  se  omitió  confrontar  los  dichos  de  los  testigos  de  cargo,  Jorge Humberto Giraldo y  Claudia  Patricia  López,  con  lo aseverado por Juan Felipe Yepes acerca de lo  que  ocurrió  en el interior de la vivienda donde trataron de eludir el ataque,  para  así  poder establecer no sólo lo realmente acontecido, sino también las  condiciones  de  percepción  de los declarantes a fin de determinar quién dijo  la  verdad,  lo  cual  se  hubiera  podido lograr con una inspección judicial a  dicho  lugar.  Tampoco  se oyó a los moradores de la casa, quienes “algún  dato  de  interés”    pudieron    haber   aportado   al  esclarecimiento de los hechos.   

En  suma,  no se profundizó en aspectos tan  trascendentales   para  la  investigación,  como  el  verdadero  móvil  de  la  ilicitud,  quiénes  fueron  los otros partícipes en el delito, la veracidad de  la  coartada  del procesado en cuanto a encontrarse ausente de la ciudad para la  fecha  de  los  acontecimientos, quién tiene la razón respecto de la identidad  del  homicida,  si  Juan  Felipe  Yepes Flórez, cuya descripción del autor del  crimen  difiere  en mucho con los rasgos físicos que ostenta el procesado, o si  los testigos que lo señalan como tal.   

Se conformó pues el funcionario que dirigió  la  instrucción,  con  vincular  a  la  encuesta  a  su  defendido merced a los  señalamientos  que  de  él  hicieron  aquellos testigos, descargando sobre sus  hombros  todo  el  peso  de  la  ley.   De  una  tal manera se violentó el  principio  de  investigación  integral,  y  por  contera el derecho de defensa,  aduce     el     censor,     en     el    entendido    de    que    “se  tramitó  el  proceso totalmente en  contra  del procesado Ramírez González”.  Por  modo  que,  al  omitirse  averiguar  por los aspectos que lo  favorecían,   se   le   privó   “de  elementos  que tienen incidencia en la deducción o exoneración  de responsabilidad.”   

Como   preceptos  infringidos  señala  el  demandante  los  Arts.  304-3  ,  333  y 1º del C.P.P anterior y 29 de la Carta  Política.   

Que  se  case  la  sentencia recurrida es la  aspiración   del   actor,   declarándose  la  nulidad  del  proceso  desde  la  Resolución  de  cierre  de  la  investigación,  a  fin  de  que se reenvíe la  actuación a la Fiscalía para lo de su competencia.   

2.   Segundo  cargo.   

Subsidiariamente  plantea el demandante como  censura  la  violación indirecta de la ley sustancial derivada de la equivocada  apreciación  de  las pruebas, incurriendo el juzgador en manifiestos errores de  hecho por falsos juicios de identidad y de existencia.   

2.1 En relación con la primera modalidad de  yerro    -falso   juicio   de   identidad-,  sostiene  el  censor  que  si  bien el sustento de la condena lo  constituye  los  testimonios  de Jorge Humberto Giraldo Ortiz y Claudia Patricia  López,  sus  dichos  no  merecen crédito alguno, ni por su aspecto objetivo en  relación  con las circunstancias de modo y de lugar en que dicen percibieron lo  ocurrido,   ni   desde   el   punto   de  vista  subjetivo  y  moral.   

2.1.1.  Lo primero, porque la dama no empece  aseverar   que   entre   los   atacantes   reconoció  al  acusado  RAMÍREZ  GONZÁLEZ,  también  dijo haber  estado    situada    “de  espaldas”   cuando   los  agresores  hicieron su arribo al escenario de los hechos y accionaron sus armas,  posición  que  conservó,  resulta  fácil  inferir, aduce el libelista, cuando  despavorida  huyó  a buscar refugio en la casa más cercana, logrando ocultarse  en  la cocina del inmueble desde donde vio ingresar a los homicidas dispuestos a  rematar a la víctima.    

Lo  que  en realidad se hizo en la sentencia  recurrida  fue “desvertebrar  esos  elementos  probatorios en su sentido objetivo, llegando a otorgarle a esas  atestaciones    un    grado   de   confiabilidad   que   no   tienen”,   puesto   que,   conforme  con  esa  narración,   refuta   el   demandante,  resulta  inexacta  la  afirmación  del  sentenciador  en  cuanto  que  la  testigo  en  cita  siempre tuvo una posición  estratégica  y  estuvo  en condiciones óptimas de percibir lo ocurrido. Luego,  ese   testimonio  “no  fue  apreciado  entonces  por  el fallador de acuerdo con los criterios que establece  el art. 294 del C.P.P.”   

Empero,  si  Jorge  Humberto  Giraldo Ortiz,  quien  igualmente  asevera  haberse  escondido  en el mismo sitio en que lo hizo  Claudia  Patricia,  afirma  no haber presenciado el instante en que se ultimó a  Montoya  Ortiz,  resulta  inexplicable,  deja  entrever  el  censor, que no haya  apreciado lo mismo que vio su novia.   

“Entonces, estos  testimonios   por  el  aspecto  objetivo  -reitera  el  impugnante  extraordinario- resultan poco idóneos para  brindar  certeza  acerca  de  la responsabilidad que le pueda caber al sindicado  Ramírez   González  en  los  hechos  del  30  de  junio  de  1997.”    

2.1.2. Y, desde el aspecto subjetivo y moral,  los  dichos  de  los  testigos  de  cargo  en  mención también dejan mucho que  desear,  cuestión  en la que no reparó el juzgador, como quiera que el proceso  es  claro  en  indicar la enemistad acérrima existente entre Giraldo Ortiz y el  sentenciado,  por  lo  que  su declaración y la de su novia Claudia Patricia en  contra    de    RAMÍREZ    GONZÁLEZ   resultan           “afectadas”,  dado  que  les asistía marcado interés en querer perjudicarlo, como bien puede  inferirse  de la posición asumida por Claudia Patricia cuando inicialmente dijo  desconocer   la   identidad   de   los   autores   de  aquella  agresión,  para  posteriormente  resultar  señalando  al  procesado  como  victimario.  En igual  sentido  se comportó el mentado Jorge Humberto, inclusive, ambos difieren en la  descripción física que del encartado hacen.     

          En  sentir  del demandante, de una tal manera se configuró el error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  argüido, al otorgarle el fallador  entero   crédito  a  las  dicciones  de  los  mentados  testigos.  “Si  el  Tribunal hubiese apreciado esos  elementos  de  prueba en forma correcta – testimonios de Claudia Patricia López  y  Jorge  Humberto  Giraldo  Ortiz-  tenía que haberles restado todo crédito y  ello  habría  conducido  a  una  decisión  de  absolución  en  beneficio  del  procesado RAMÍREZ GONZÁLEZ.”   

          2.2.  También incurrió el juzgador en el falso juicio de identidad  alegado,  en  la  apreciación de los testimonios de Juan Felipe Yepes Flórez y  John  Jairo  Ruda  Morales,  aduce el censor, puesto que en su valoración sólo  tomó    fragmentos    de   sus   atestaciones,   con   lo   cual   alteró   su  contenido.   

          Dicho  vicio  consistió, según el censor, en que el Tribunal en su  fallo   afirmó  que  dichos  deponentes  dijeron  al  unísono  no  conocer  al  sindicado,  bien  por  lo  sorpresivo  del  ataque  o  por  miedo  a posteriores  represalias.  No  pudieron  individualizarlo,  porque  tan  pronto  empezaron  a  disparar,  ambos  emprendieron  veloz  carrera,  agregando  Ruda  Morales que no  logró  ver  el rostro de quien se movilizaba en la parte trasera del automotor,  el  mismo  que Claudia Patricia López identificara como John Fredy Ramírez, a.  “El  Vampiro”.  Mal  puede  entonces  Ruda  Morales  asegurar   que   ninguno   de   los   agresores   era  el  apodado  “El          Vampiro”.   

          Sin   embargo,  puntualiza  el  casacionista,  el  juzgador  omitió  referirse  a  lo que dijo Yepes Flórez en el sentido de que si bien no conocía  a  los  tres  agresores  que vio en el interior del vehículo, el que inició el  ataque  fue  el  que  iba  al  lado  del conductor, y que solamente uno de ellos  ingresó  a  la citada vivienda a rematar a la víctima, personaje aquel a quien  describió por su aspecto físico.   

En  relación  con  la  declaración de Ruda  Morales  -al  efecto  el  recurrente  transcribe  los  apartes pertinentes de su  atestación-   sostiene  que  lo  que  el  testigo  dijo  fue  que  en  el  taxi  marchaban    tres  hombres,  de los cuales sólo alcanzó a ver al que  se  apeó,  que  era  el  que iba en el puesto de adelante, pues al conductor no  logró  verlo  bien,  como tampoco vio la cara del que se encontraba en la parte  posterior del vehículo.   

Empero,  contrario  a  lo  argüido  por  el  Tribunal,  sí  es  cierto  que  el testigo afirmó conocer a alias “El          Vampiro”,  de  quien da a conocer su fisonomía  -coincidente  con la que de él se plasmó en el acta de indagatoria, asegura el  actor-.  Por esa razón advera este declarante que de los dos sujetos que logró  ver  en  el  carro,  ninguno  de  ellos era el vampiro.  A renglón seguido  advierte:   

“(…) no obstante  haberse  traído  al  fallo  algunos  fragmentos  de  estos  dos testimonios, el  Juzgador  parceló  apartes muy importantes de sendas deponencias, y de ahí que  haya  llegado  a  la  conclusión  equivocada  de que ellos dicen al unísono no  conocer  al  sindicado, o que no estaban en capacidad de individualizarlo, o que  sus  dichos  no  sirven para demostrar la no presencia de John Fredy en el lugar  de los hechos.”   

Y  concluye  manifestando el censor que, los  juzgadores  al valorar los elementos de convicción arrimados a al averiguatorio  -especialmente  los  testimonios  de  Claudia  Patricia  López y Jorge Humberto  Giraldo  Ortiz,  base principal de la condena- no cumplieron con la crítica que  los  mismos  deben  soportar  a  la  luz  de los artículos 246, 250, 254 y 294,  inclusive,  la  prueba testimonial que los favorecía también fue mal apreciada  y  de ahí las deducciones equivocadas. “En  la  sentencia  aquí  cuestionada  no  aparecen convincentes las  razones  para brindarle credibilidad a la prueba de cargos y negársela a la que  es   indicativa   de   no   responsabilidad  en  el  hecho  por  parte  de  John  Fredy.”   

Resulta  pues  clara,  aduce  finalmente, la  transgresión  a  los Arts. 323 y 324-7, 350-1, 351-6 y 372 del C.P. anterior, y  el  1º  del Decreto 3664 de 1986, por aplicación indebida, así como por falta  de aplicación de los Arts. 246, 250, 254 y 294 del C. de P. P.   

3.  Erró  también  el juzgador, asegura el  demandante,  al omitir apreciar la experticia que da cuenta de la confrontación  de  dactiloscopia  efectuada  entre  las impresiones dactilares del procesado, y  las  halladas  en  el  interior  del  vehículo  en  el  que  los  agresores  se  movilizaban.    

No tener en cuenta en la sentencia una prueba  legalmente  aducida al proceso, no objetada por los sujetos procesales y de suma  importancia  para  la  adopción  de  la  decisión en cuanto se ha señalado al  procesado  como  partícipe  de  esa  acción  vandálica, configura un error de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia, asevera el actor. De haberse estimado  dicho  medio  de  prueba, hubiese cobrado fuerza la exculpación del sentenciado  respecto    a    su    total   ajenidad   en   los   hechos;   y,   “Al   no   haber   certeza   sobre   la  responsabilidad  del  justiciable  en  las citadas ilicitudes queda incólume la  inocencia  alegada  por  el  procesado  al  rendir sus descargos, y la sentencia  debió  ser  absolutoria,  vale  decir,  debió  revocarse  el  fallo de primera  instancia.”   

Con una tal omisión se inaplicó el Art. 273  del   C.P.P.   y   se   aplicó   indebidamente   el   Art.   247   ibidem, afirma el demandante, “puesto  que  esta  prueba  conduce a la  exoneración   de   responsabilidad   para  el  procesado  John  Fredy  Ramírez  González.”    

Como igualmente violadas reputa el actor, las  mismas  normas  reseñadas  en el acápite atinente al yerro por falso juicio de  identidad.   

Casar  totalmente  la sentencia impugnada, a  fin  de  que se dicte la de reemplazo absolviéndose de todo cargo al procesado,  es la final pretensión del recurrente extraordinario.   

             

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.    La  nulidad.   

         Cualquiera  sea la causal invocada, la demanda de casación no es un  escrito  de  libre  elaboración,  reitera  una  vez más la Sala, puesto que de  manera  taxativa  el  Art.  225 del anterior C. de P. Penal, o el 212 del actual  -Ley  600  de  2000- relaciona los requisitos que es menester cumplir para tener  una  demanda  en  forma.   A  ese  rigor  técnico no escapan las nulidades  atacables  en  casación  al  amparo  de  la  causal  3ª, correspondiéndole al  libelista  exponer  debidamente  los argumentos que conciten el estudio de fondo  de  la  Corte,  en procura de lograr el rompimiento de los fallos que carecen de  legalidad, pues, como lo tiene dicho la Corporación:   

“(…)  si  se  trata  de  un medio para preservar la estructura del proceso y las garantías de  los  sujetos  que  en  él intervienen, quien la aduzca no sólo debe acatar los  principios  que  rigen la casación, sino que también ha de correr con la carga  de  una  adecuada  sustentación,  dejando  claramente  establecido, entre otros  aspectos,  el  motivo  de  la nulidad, la irregularidad sustancial que alega, la  manera  como ésta socava la estructura del proceso o afecta la garantía de las  partes,  la incidencia trascendente en el fallo, con la demostración de que, de  no  haberse  incurrido  en  ella,  otra  hubiera  sido  la  decisión, así como  también  el señalamiento del momento procesal en que queda el proceso luego de  invalidar la actuación viciada.   

“Además, si la  nulidad   está  referida  a  la  violación  del  principio  de  investigación  integral,  no  basta  enumerar  las  pruebas supuestamente omitidas, sino que es  preciso  señalar  su  fuente,  conducencia, pertinencia y utilidad, amén de su  incidencia  favorable  a  los  intereses del procesado frente a las conclusiones  del  fallo,  puesto  que, como también lo ha señalado la Sala, la no práctica  de   determinada  diligencia  no  constituye,  per  se,  quebrantamiento  de  la  garantía  fundamental  que  se  reputa  violada,  comoquiera que el funcionario  judicial,  dentro de la órbita del Art. 334 del C. de P. Penal y conjugando los  criterios   de   economía,  celeridad  y  racionalidad,  está  facultado  para  decretar,  bien  de oficio, ora a petición de los sujetos procesales, solamente  la  práctica  de  las  pruebas  que  sean  de  interés para la investigación,  procurando  siempre  el  mejor  conocimiento de la verdad real (…)”.  Auto  de  marzo  12  de  2001,  Rdo.  16.463, M.P. Jorge Aníbal Gómez Gallego.   

         Un  tal  ejercicio  es  el que el censor incumple, en cuanto no supo  concretar  de  qué  manera  la  vinculación de quienes la madre del interfecto  referenció  en  su  testimonio  como  presuntos partícipes de la delincuencia,  hubiese  beneficiado  al  procesado  coadyuvando  sus  voces  de inocencia, pues  imprecisa  resulta  la vaga, abstracta y genérica afirmación acerca de que, si  no  se  hubiera  dado aquella omisión, “a  lo  mejor  se  hubiese encontrado el verdadero móvil del hecho y  los  verdaderos  responsables  del mismo”.    

Aparte  de que un tal aserto no pasa de ser  simple   especulación,   una   vez   más  advierte  la  Corte  que   “cuando  el  ataque  se  funda  en una falta de investigación integral, porque se dejaron de  practicar  pruebas  capaces  de  hacer variar la decisión condenatoria, resulta  apenas  lógico que respecto de cada uno de los elementos de convicción echados  de  menos  se  requiera  su  confrontación  con  los  tenidos  en cuenta por el  juzgador,  para a partir de dicho contraste poder observar cómo los extrañados  por  el  casacionista,  sin  hesitación  alguna,  harían  sucumbir  los otros,  dejándolos   sin   fuerza   para   sostener   el   juicio   de  responsabilidad  penal.” -Auto del 4 de mayo  de 2000, Rdo. 14.867, M.P. Jorge Aníbal Gómez Gallego-.   

Esa tarea de contraste fue la que el censor  olvidó  realizar,  omisión que deviene inexcusable cuando paladinamente admite  en  la  demanda  que  sobre el justiciable recayó el juicio de responsabilidad,  merced  al  señalamiento  directo  que de él se hizo como autor de las citadas  delincuencias.   

Se  ignora  igualmente,  qué situación de  favorabilidad  le  podía  haber reportado al procesado la reclamada inspección  judicial  al  sitio donde se ocultaron los agredidos, pues, sólo atina el actor  a  sostener  que  como  Juan  Felipe  Yepes  Flórez logró refugiarse tras unos  muebles   ubicados   en   la   sala   de   la   casa,  bien  puede  presumirse    que   estuvo   en   mejores  condiciones  de  percibir  los  hechos que los dos testigos de cargo, quienes se  escondieron  en lugar contiguo, en la cocina del inmueble. De haberse practicado  dicha  diligencia,  “tal vez  se  habría  llegado  a  la  conclusión”,  conjetura  una  vez  más el demandante, que quien dijo la verdad  acerca  de  la  identidad  del  homicida  fue aquél y no éstos, en tanto Yepes  Flórez supuestamente estuvo más cerca del agresor.    

Y,  ¿qué  datos de interés plausibles de  mejorar  la  suerte  jurídica  del  acusado  hubieran  podido  suministrar a la  investigación  los  moradores  del  lugar,  cuyas atestaciones también dice el  censor  echar  de  menos?   Ello  también  se desconoce.                             

En  fin, retomando las palabras del censor,  aquí   si   cabe   decir   que   los  “enormes        vacíos”  de  los  cuales  se  duele  para  catalogar  la  investigación de  hallarse    supuestamente    incompleta,    menos   fueron   llenados   con   la  demanda.   

2.  La violación  indirecta.   

2.1.  Los  falsos  juicios de identidad alegados.   

La crítica en relación con esta censura se  centra,  de  un  lado,  en  el  grado de confiabilidad  que  el  juzgador otorgó a los dichos de los testigos  de  cargo,  Claudia  Patricia  López  y  Jorge  Humberto  Giraldo Ortiz, prueba  testimonial  que,  en  sentir  del casacionista, por su aspecto objetivo deviene  inidónea   para   brindar  certeza   acerca   de  la  responsabilidad  del  sentenciado,  como  tampoco  es  digna  de  crédito desde el  punto  de  vista  subjetivo.  Y,  del  otro,  en  que  el  juzgador parceló  apartes  muy  importantes de las  atestaciones  de  Juan  Felipe  Yepes Flórez y John Jairo Ruda Morales, lo cual  condujo a la alteración de su contenido.   

2.1.1. En relación con lo primero, recuerda  una  vez  más la Sala que la credibilidad no  es de suyo censurable en casación, ante la práctica abolición  en  nuestro  medio  del sistema de tarifa legal, pues, la valoración probatoria  la  realiza el juez con libertad, aunque sujeto a las reglas de la sana crítica  que  lo  llevan  a  una persuasión racional, conforme los dictados de los Arts.  254  y  294  del  derogado  C. de P. Penal, cuya inobservancia daría lugar a un  falso raciocinio y no al falso juicio de identidad argüido.   

Por consecuencia, en la tarea de valoración  probatoria  que  al  juez le corresponde, ningún quebranto de la ley sustancial  se  origina  cuando  al  fincar  su  decisión el funcionario le resta mérito a  alguno  o  algunos  medios  de  convicción, en tanto acoge otros, pues, como lo  viene  señalando la jurisprudencia de la Sala -y ahora lo reitera- esa potestad  no  es  más  que  la  facultad  discrecional  que  la propia ley le confiere al  juzgador  en  el  ejercicio de la función de valorar la prueba (Arts. 454 y 255  ibidem).   

Luego,  ante  la  indemostración  de  las  violaciones  a  las  leyes  de  la experiencia, la lógica, la racionalidad y el  sentido  común,  única limitante que se le impone al juez con el método de la  libre  apreciación racional para justipreciar la prueba, el juicio del fallador  siempre  resultará  prevalente  frente  a  la  opinión  que  sobre esos mismos  elementos pueda tener el demandante en casación.   

2.1.2.  Y en cuanto a la alegación cifrada  en  la  inexistencia  de  pruebas  que  pudieran  generar  el  grado  de certeza  requerido  por  el  anterior Art. 247 del C. de P. Penal para proferir sentencia  de  condena,  impropiamente  planteado  también por el demandante como un falso  juicio  de  identidad  con fundamento en el supuesto error de percepción en que  pudieron  haber  incurrido  los  testigos de cargo, adviértese que un tal vicio  “como  una  modalidad  del  error  de  hecho  que es, se presenta en la contemplación material de la prueba  por  parte del sentenciador, esto es, cuando se tergiversa o altera el contenido  fáctico  de la prueba al momento de su apreciación, lo que hace suponer que el  medio  llega  íntegro,  de  tal  manera  que  los  defectos  o  errores  en  la  percepción  del  testigo no pueden dar lugar a un falso juicio de identidad por  distorsión,  porque ésta no se habría dado en la estimación del medio (no es  error  del  juez)  sino  en  su  producción  (el  yerro lo comete el órgano de  prueba).”  -Auto del 12 de  marzo de 2001, Rdo. 16.463, M.P. Jorge Aníbal Gómez Gallego-.   

2.1.3. En relación con el reparo hecho por  el  defensor contra la sentencia recurrida también bajo el auspicio de un falso  juicio  de  identidad,  pero por la supuesta parcelación que de los testimonios  de  Juan  Felipe  Yepes  Flórez  y John Jairo Ruda Morales hizo el Tribunal, al  rompe  se  advierte  que  el  planteamiento quedó en el simple enunciado, en la  medida  en  que  ningún  error se demuestra en la apreciación de la prueba que  sin  fundamento  alguno dice cercenó el fallador, reduciéndose la censura a la  presentación   de   otra   óptica   muy  particular  que  sobre  la  relación  jurídico-procesal   tiene   el   demandante,   como   cabe  advertirse  de  las  transcripciones   pertinentes   realizadas   en  el  libelo  de  aquellas  pieza  procesales.   

Lo que en verdad se descubre en el discurso  del  demandante respecto del yerro pretextado, se itera, es su ilusa pretensión  de  oponer sus propias conclusiones a las que con autoridad arribó el Tribunal,  con  olvido de que en una tal confrontación estas últimas devienen prevalentes  por   la   doble   presunción   de  acierto  y  legalidad  que  acompañan  sus  fallos.   

2.2.  El  falso  juicio de existencia.   

Finalmente  dígase  que  como  el  actor  igualmente  formuló  como  yerro del Tribunal un falso juicio de existencia, su  demostración  implica  que  el actor señale de manera clara y precisa el medio  de  prueba  que  fue  ignorado  no obstante obrar en el expediente, o el que fue  tenido  en  cuenta  sin  estar  en  el proceso, amén de su trascendencia, valga  decir,  que  si  no  hubiera tenido lugar una tal falencia, el sentido del fallo  hubiera sido otro.   

En  punto de la trascendencia de esta clase  de  yerro,  de  nada  sirve  acreditar  el  falso  juicio de existencia frente a  algunos  de los elementos de prueba que se resienten de aquel defecto -ignorados  o  supuestos-,  tiene  sentado  la  jurisprudencia  de  la  Corporación, si los  restantes  que  obran  en  el  proceso  soportan  las  premisas  conclusivas del  fallador,  lo  cual  significa que el ataque a través del error de hecho impone  el  examen  global  de todo el material probatorio que fue objeto de valoración  en  el  fallo  impugnado,  a  fin  de  demeritar la restante prueba en la que se  fundamenta el fallo cuestionado.   

Con esto último incumple el actor, pues, le  bastó  señalar  que  las impresiones dactilares halladas en el vehículo en el  que  se  dice  se movilizaron los atacantes, no correspondían a las huellas del  encartado,   para   colegir   de   un   tajo   que   dicha  prueba  “conduce    a   la   exoneración   de  responsabilidad   para   el   procesado”,  sin  preocuparse en derrumbar o desvirtuar el sustento probatorio  en que, como lo admite en la demanda, se finca la condena.   

En resumen, la demanda deviene inepta por no  satisfacer  las exigencias formales previstas en el Art. 225 del C. de P. Penal,  por  lo  que  a  la  Sala  sólo  le  es  dable disponer su anticipado rechazo y  declarar por consiguiente la deserción del recurso.   

        En  mérito  a  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de Casación Penal,   

RESUELVE  

        Inadmitir   la   demanda   de  casación  presentada  por  el  defensor  de  JOHN FREDY RAMÍREZ  GONZÁLEZ.  En  consecuencia,  se declara desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  concedido  en  razón  de  este  asunto  por  el Tribunal Superior de  Medellín.   

         Contra  la  presente decisión no procede recurso alguno, conforme a  lo  normado  en  los  Arts.  197  y  226  del  Dto.  2700  de 1991, aplicable al  caso.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.  

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                              JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS               CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                       

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO               EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

                   

CARLOS        E.        MEJÍA  ESCOBAR                           NILSON PINILLA  PINILLA                                

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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