16489(09-04-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 16489  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                                Dr.     JORGE    ANÍBAL    GÓMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nro. 39   

          Bogotá D.C., nueve de abril de dos mil dos.   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Sala  acerca  del aspecto formal de la demanda de  casación    presentada    por    el   defensor   del   procesado   JOSÉ  RÓMULO  MUÑOZ  MUÑOZ,  contra el  fallo  proferido  por  el Tribunal Superior de Bogotá el 3 de mayo de 1999, por  cuyo  medio  confirmó  la  condena  de  25  años  y 8 meses de prisión que el  Juzgado  24  Penal  del  Circuito  de  la  ciudad  le  impusiera al acusado como  responsable de homicidio y porte ilegal de arma de fuego.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          Del  interior  del establecimiento de comercio ubicado en la carrera  11  este Nº 1-90 de la nomenclatura urbana de esta ciudad capital, se vio salir  trastabillando  a eso de las 10:00 de la noche del 31 de diciembre de 1996 luego  de  escucharse  una  detonación,  a  Henry Ramírez Lozada, quien finalmente se  derrumbó  en  la  vía pública con herida de corazón ocasionada por proyectil  de arma de fuego que en pocos minutos le causó la muerte.   

Casi simultáneamente, del mismo sitio salió  en  veloz  carrera  el autor del disparo, JOSÉ RÓMULO  MUÑOZ  MUÑOZ,  siendo  perseguido por los amigos con  quien  Ramírez  Lozada  departía en el lugar, dándole alcance.  Retenido  en  poder  del  arma  homicida, finalmente fue entregado a la autoridad policiva  que arribó al escenario de los hechos para apersonarse del asunto.   

La Fiscalía 15 Delegada de la Unidad 2ª de  vida  abrió  formal  investigación,  y  por  proveído del 18 de abril de 1997  calificó  el mérito del sumario con resolución de acusación, imputándole al  implicado  los  cargos  de  homicidio y porte ilegal de arma de fuego de defensa  personal,  decisión  que  al  ser  recurrida  en  apelación, fue integralmente  avalada  por  la  Unidad  de Fiscalía Delegada ante los Tribunales de Bogotá y  Cundinamarca en providencia del 18 de junio siguiente.   

Adelantada la etapa del juicio por el Juzgado  24  Penal  del  Circuito  de  esta ciudad, previa celebración de vista pública  culminó  la  instancia con el fallo del 6 de octubre de 1998, por cuyo medio le  impuso  al  procesado  la condena de la que se hiciera mérito en el introito de  esta  providencia,  la  cual  confirmó  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  en  determinación  del 3 de mayo de 1999 al revisar por apelación la decisión del  A-Quo.   

LA DEMANDA  

          Al  amparo  de  la  causal  primera,  dos cargos contra la sentencia  recurrida  formula el libelista, ambos por la vía de la violación indirecta de  la   ley   sustancial,  el  primero  derivado  de  una  equivocada  apreciación  probatoria  al  dársele  valor  de  plena  prueba  que  no tiene a los indicios  soporte   de   la  condena,  y  el  segundo,  dado  el  desconocimiento  que  el  sentenciador  hizo  del  principio  del  in  dubio pro  reo.   

          Primer cargo.   

         Sostiene  el demandante que la sentencia de condena se fundamenta en  dos  pruebas de carácter indiciario, a saber: El encontrarse el procesado en el  lugar  de  los  acontecimientos, y haber admitido que fue quien disparó el arma  supuestamente homicida.    

De  tales  hechos  infiere  el  juzgador que  JOSÉ    RÓMULO    MUÑOZ    MUÑOZ    “necesariamente  es  el  autor  de  los  hechos   juzgados”,  no  obstante  indicar  la  necropsia que la penetración del proyectil fue de arriba  hacia  abajo; es que “(…)  si  el  procesado trastrabillaba, caía y sacó el arma no podía detonarla y si  lo   hubiera   hecho   la   trayectoria   habría   sido  diferente.”  El  error  del  fallador consistió,  explica  el  casacionista,  en  que  tuvo  como prueba común incriminatoria los  testimonios  de  siete  (7)  personas -cuyos nombres relaciona-, no empece a que  cinco  (5)  de  ellas  aseveraron  no  haber visto disparar al acusado; como que  dichos  declarantes  ni  siquiera  escucharon  la  detonación del arma de fuego  accionada.   

Luego  de referirse el censor a lo que en su  sentir  constituyó   el  examen  probatorio  realizado por el Ad-Quem,  estimación  por  cuyo  medio el  funcionario  de  la  segunda instancia desechó la incertidumbre argüida por la  defensa  para  en su lugar arribar a la conclusión acerca de la responsabilidad  del  encartado  en  las  conductas  punibles  juzgadas, asegura que “Lo  anterior  es  darle  a  un  hecho  indicador  la  capacidad  demostrativa  que  no tiene, pues con ello el fallador  está  suponiendo  la  demostración  de algo que está por demostrar, es decir,  que   equivoca   la   prueba   y  alcance  probatorio  del  indicio.      Y      a     renglón     seguido     agrega:     “La determinación de la inferencia que  se  pretende  hacer  a  partir del hecho indicador encontrándose en el lugar en  que  fue  asesinado  RAMIREZ  LOZADA,  lo  mismo  que la presunta confesión del  inculpado,  como  suficiente demostrativo, por sí solo de la responsabilidad de  mi  defendido  en  el  Homicidio  investigado,  rebasa  todos  los  límites  de  posibilidad  y probabilidad lógica de dicho indicio. No es entonces el hecho en  sí  mismo  lo  que  se ataca, sino el grado de inferencia lógica que de él se  pretende             extraer”.   

Concluye  el libelista que incurrió así el  juzgador  en  un  falso  juicio  de  identidad  puesto  que alteró el contenido  material  de  la prueba dándole un alcance que realmente no tiene, valga decir,  la   puso   a   decir  lo  que  ella  no  dice,  como  quiera  que  “en el caso que se demanda pone a decir  al  hecho de encontrarse el condenado en el sitio donde murió el señor RAMIREZ  LOZADA,  y  haber  supuestamente  confesado  (hechos indicadores), que según el  honorable  Tribunal  y  el  A-Quo,  es  suficiente  para endilgar el delito a mi  prohijado como autor material.”   

Conforme  con el dictamen de medicina legal,  su  defendido  no  cometió  el  homicidio  que se le endilga, ni portó arma de  fuego  de  uso  personal,  sostiene el demandante, premisa de la cual parte para  señalar    como   objeto   de   violación   directa  por  falta  de aplicación, los Arts. 247 y 248 del C.  de  P. Penal vigente para la época, lo que a su vez llevó al juzgador a violar  indirectamente  por aplicación indebida el Art. 323 del Código Penal de 1980 y  por      falta      de      aplicación     el     Art.     2º     ibidem,  en  la  medida en que no se demostró la tipicidad del  comportamiento del procesado, ni su culpabilidad.   

De haberse llevado a efecto una “adecuada        y       oportuna  investigación”, aduce el  casacionista  en  el  capítulo  de la demanda destinado a sugerir lo que debió  hacer  el  fallador,  se hubiera contado con mayores elementos de juicio para un  mejor  proveer,  por  lo menos más justo, puesto que con la manera “hipertrófica”   como  se  estimó  la  prueba,  se  perdieron  de  vista  otros  tópicos  que,  de  haberse  tenido  en  cuenta, la  conducción de la investigación hubiese contado con mejor suerte.   

Segundo       cargo.   

La   ausencia   de   prueba   “plena   e   indiscutible”  acerca  de  la  responsabilidad  del  acusado  en relación con los hechos que se le imputan, es el fundamento de esta  censura  que  al  amparo  de  la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo,  formula  el  libelista  contra  la sentencia recurrida, yerro que en su criterio  viola  en  forma  indirecta  la  norma  sustancial que consagra el principio del  in  dubio  pro reo, en cuanto  que   indebidamente   fueron   apreciadas   la   pruebas   demostrativas  de  su  inocencia.   

Así  mismo  aduce  que  el  postulado de la  presunción  de  inocencia  en materia penal resultó comprometido por cuanto de  la  prueba  acopiada  al  informativo,  mal  puede  predicarse  la certeza legal  requerida  para  condenar, pues, los presupuestos fácticos y la responsabilidad  personal  del  procesado  en  relación con el delito de homicidio endilgado, no  están  demostrados; por consiguiente, “se  violó  directamente y por aplicación indebida el artículo 323  del  Código  de  Procedimiento  Penal”,      y      de      otra      parte,     existió     “violación   indirecta   de   la  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación  del  Art.  2º del C. Penal”,   porque   sin   estar  probada  la  tipicidad  de  la  conducta  desplegada  por el justiciable, y menos encontrarse  acreditada  su  culpabilidad  en relación con el hecho investigado, el fallador  los dio por demostrados.   

En  el desarrollo del cargo deja entrever el  demandante  que  el  yerro del juzgador consistió en que cayó en el terreno de  las  especulaciones,  como  quiera  que  la prueba en que se fincó la decisión  censurada,   “está  muy  lejos  de  proporcionar  certeza  respecto  de  la  responsabilidad  penal de mi  defendido.  Los  indicios  en  los  que se basa la decisión a lo sumo tienen un  carácter  tangencialmente  significativo  a  los  hechos que se le incriminaron  pero   nunca  con  los  hechos  mismos”,  pues  los  indicios equívocos jamás podrán producir certeza en  el     fallador.          

Retomando  las  argumentaciones  expuestas a  manera  de  sustentación  del  primer  reproche,  repite  el  actor que la sola  presencia  de  su defendido en el lugar de los hechos, y su confesión acerca de  haber  disparado  el  arma  con  la  que supuestamente se cometió el crimen, no  puede  tenerse  como  prueba  necesariamente  indicativa  de  su  autoría, pues  existen  elementos  de  convicción  que  generan  incertidumbre  respecto de la  responsabilidad  que  se  pregona  del  procesado, tales como los testimonios de  Johnny  Alberto  y  Nubiel  de Jesús Guzmán, así el fallador los catalogue de  sospechosos,  y  la prueba técnica -un arma no apta para disparar y ausencia de  residuos  de  pólvora  en  la  humanidad  y  vestiduras  del  acriminado- cuyos  resultados   favorables   a  éste  el  juzgador  desecha  con  argumentos  poco  convincentes.   

A  este  propósito,  el  censor elabora sus  propias  hipótesis  en  relación con lo que probablemente pudo haber ocurrido,  desde  la  intervención  de  una  tercera  persona  habida consideración de lo  consignado  en  las  experticias  y  dada  la  trayectoria  del proyectil, hasta  haberse  podido  protagonizar  una  riña  en  cuanto que el hallazgo de heridas  producidas  con arma cortopunzante en el cuerpo de la víctima así lo confirma,  elementos  estos  que  refuerzan aún más su tesis acerca de la inocencia de su  defendido.   

Entendidas  así  las  cosas,  las  premisas  conclusivas   del  fallador  resultan  equivocadas  por  no  corresponder  a  lo  realmente  probado,  afirma el demandante, y ante la construcción de hipótesis  distintas  que conducen a inferencias diversas a las plasmadas en el fallo -como  las  elaboradas  por la defensa, agrega- no existe certeza acerca de lo sucedido  y  por consiguiente así debió reconocerlo el Tribunal absolviendo al procesado  en  virtud  de  la  vigencia del principio del in dubio  pro  reo,  habida  cuenta  de  la  existencia de   múltiples  dudas  que campean en el proceso.  Una tal equivocación devino  de  no  habérsele  dado credibilidad a la justificante aducida por el implicado  en  su ampliación de indagatoria, dicho que encuentra respaldo en las versiones  de      dos      testigos      presenciales      del     hecho,     “lo  mismo  que  a  los  exámenes  de  medicina  legal  con  relación  a  la absorción atómica y el estudio del arma  decomisada.”   

A  manera  de  resumen  de sus pretensiones,  esgrime  el  censor  como  petición  principal  la  necesidad de que se case la  sentencia  recurrida,  habida  cuenta  de  la  violación  indirecta  de  la ley  sustancial  por  “errónea  interpretación      del      único      indicio      de      cargo”  existente  contra el procesado, y en  su  lugar se disponga su absolución. En subsidio solicita se case igualmente el  fallo   impugnado,   en   ausencia  de  la  certeza  o  plena  prueba  sobre  la  responsabilidad   del   acusado,  lo  que  conllevaría  al  reconocimiento  del  in  dubio  pro  reo. O en su  defecto,  se  case  parcialmente  la  sentencia  en lo relativo al aspecto de la  punibilidad  redosificando  la  sanción  como  lo  establece  la  ley,  dado el  quebranto  de  varias  normas  sustantivas  de  la ley penal, y el Art. 29 de la  Carta Política.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          1.  Ninguna  vocación  de  prosperidad  puede  tener una demanda de  casación  cuando  la  informalidad  observada en su confección resulta patente  por  no  cumplir  con  los  presupuestos  de  claridad  y precisión que para su  admisión  exige  el  Art.  225 del C. de P. Penal de 1991, vigente a la sazón.   

Ciertamente,  no empece al anuncio de que el  ataque  al  fallo recurrido se haría por la vía de la violación indirecta por  indebida  apreciación probatoria, contradictoriamente se reputan como objeto de  violación      directa      por      falta     de  aplicación los Arts. 247 del C. de P. Penal y 2º del  C.  Penal.   En  este  evento  mal  puede argüirse falta de aplicación de  tales  dispositivos,  si  precisamente  con  fundamento  en el primero -norma de  contenido  netamente  instrumental- el juzgador dijo haber arribado a la certeza  que  le  permitió  proferir  el  fallo  de condena reprochado, y con base en el  segundo    procesalmente    halló    estructuradas   las   conductas   punibles  juzgadas.   

          2.  Ahora,  partió  el censor de la premisa de que el fundamento de  la  condena lo constituyó la prueba indiciaria destacada en el fallo, a la cual  supuestamente  el  juzgador,  amén  de  asignarle  valor de plena prueba que no  tiene,  le alteró su contenido material poniéndola a decir lo que realmente no  dice.   

          Sin  la observancia del más mínimo rigor técnico formula el actor  este  primer  reparo como quiera que, a pesar de señalar que no pretende atacar  “el  hecho  en  sí mismo  (…)   sino   el   grado   de   inferencia  lógica  que  de  él  se  pretende  extraer”, lo cierto es que  dirige  el  ataque  indistintamente  a  las diferentes fases de la construcción  indiciaria,  y  simultáneamente  contra su fuerza persuasiva, pues en ocasiones  critica  al  Tribunal por haberle dado “a   un   hecho   indicador   la   capacidad   demostrativa   que  no  tiene”,  y  en  otras por  haber    supuesto   “la  demostración”  de lo que  apenas   estaba  por  demostrar,  con  lo  cual  dizque  equivocó  “la  prueba  y  alcance  probatorio del  indicio”.   

De  esta manera desatendió el censor lo que  en  materia  de  prueba  indiciaria tiene definido la jurisprudencia de la Sala,  pues  las  glosas  en  casación  deben hacerse según se trate de cuestionar la  prueba  del hecho indicador, la inferencia lógica o el poder de convicción del  indicio,  puesto  que los errores en cada caso son de diferente naturaleza (Cfr.  Casaciones  de  mayo  30  y noviembre 27 de 1996, M.P. Fernando Arboleda Ripoll;  abril  17/97,  febrero  26/98,  septiembre  30/99  y abril 3 de 2000, M.P. Jorge  Aníbal Gómez Gallego, entre otras).   

          No  atina  entonces  el  censor  a  concretar  en  cuál tramo de la  construcción  indiciaria se presentó el supuesto yerro, si en la demostración  del  hecho indicante porque se supuso la prueba que lo sustenta o se tergiversó  trastocando  su contenido fáctico, o si más bien el desatino se presenta en la  inferencia  lógica,  caso  en  el  cual  le  era  imperativo  acreditar  que el  razonamiento  del  sentenciador  se  hizo  de  espaldas  a  los postulados de la  ciencia,  de  la  lógica  o  contrario  a  las  reglas de la experiencia, o si,  finalmente  el yerro se presenta en la apreciación del indicio al examinarlo en  conjunto  con  el  resto  de  la prueba. Nada de lo anterior precisa la demanda,  falencia  que  inhabilita  a la Corte para acometer su estudio de fondo, pues no  basta  la  simple  afirmación  de  que  el  sentenciador distorsionó la prueba  indiciaria.    

Tan  confusa  y  contradictoria  se  hace la  censura,  que  recurrentemente el censor se desvía hacia la crítica de que con  una  adecuada  y  oportuna  investigación  se  hubieran  podido obtener mejores  elementos  de  juicio para procurar un fallo más justo, afirmación de la cual,  si  el  principio  de  limitación  que rige la casación lo permitiera, podría  entenderse  que   lo  pretendido  es  la alegación del desconocimiento del  principio  de  investigación  integral,  caso  en  el cual la presentación del  cargo  tendría  que haberse encauzado por separado, como principal, y a través  de  la causal tercera, atendiéndose así al principio de prioridad y autonomía  que   rigen   los   motivos   alegables   en   esta   sede   extraordinaria   de  impugnación.   

          3.   Igualmente   informal  resulta  el  reproche  por  el  supuesto  desconocimiento  que  del  apotegma  universal  del  in  dubio  pro  reo supuestamente hizo el juzgador, puesto  que  si  lo  que  se  quiso  plantear fue que éste profirió condena a pesar de  haber  reconocido  que  la prueba sólo generaba dudas, la discusión pertinente  debió  llevarse  por  el  sendero de la violación directa, como en incontables  oportunidades  lo  ha  dicho  la Sala, sin entrar en disquisiciones relacionadas  con  el  tema  probatorio,  y  con  cita del acápite del fallo donde se hubiera  hecho  tal declaración, reclamando en consecuencia la aplicación del artículo  445  del  C.  de P. Penal que regía para la época, norma del estatuto procesal  pero de claro contenido sustancial.   

Empero, si  el  reparo está orientado es a destacar cómo a pesar de que la  prueba  sólo daba para sembrar incertidumbre, el Tribunal no lo consideró así  y  fulminó  la  condena  aduciendo  certeza  donde sólo había perplejidad, la  violación  indirecta  escogida  se erige en el camino adecuado para formular la  censura,  pero  demostrando,  eso  sí,  los errores de hecho o de derecho en la  apreciación  de las pruebas que determinaron los falsos juicios del juzgador en  la fundamentación de la condena.   

Nada de lo dicho en precedencia se observa en  la  demanda,  donde desordenadamente se discurre por distintos errores, llegando  incluso     a     afirmar    que    “resulta  francamente  contradictorio que mientras la prueba técnica  como  es  el estudio de absorción atómica y el estudio realizado a la supuesta  arma   incautada   a   MUÑOZ   MUÑOZ,   no  se  tengan  en  cuenta”,  expresión que si no fuera hecha al  desgaire  podría  corresponder  a   un  error de hecho por falso juicio de  existencia,   debido   a   que   supuestamente   el   sentenciador   omitió  la  consideración  de  dichas  pruebas;  pero fuera de la genérica afirmación del  censor  en  ese sentido ningún esfuerzo hace por concretarla en una censura con  los   atributos   de   claridad   y  precisión  que  se  exigen  en  esta  sede  extraordinaria.   

   

4.  En suma, la inconformidad del censor con  la  sentencia  atacada se reduce al grado de credibilidad que el juzgador le dio  a  los  elementos  de  convicción  erigidos  como  prueba de cargo, en tanto le  restó  mérito  a  la  señalada por aquél como demostrativas de la pretextada  inocencia  de  su  defendido,  a  las  cuales,  dice,  debió dárseles el valor  probatorio  que  realmente  tienen,  como quiera que los dictámenes de medicina  legal  y la propia exculpación del procesado avalada por dos supuestos testigos  presenciales  de  los  hechos permiten sostener que él no cometió el homicidio  que se le endilga y menos portó arma de fuego alguna.   

El parecer del libelista es en síntesis que  no  se  podía  desechar  la incertidumbre que a su juicio campea en el proceso,  dado  que  con  la  prueba  de  cargo tenida en cuenta no se podía arribar a la  certeza  que para condenar exige la ley, menos cuando resultaba posible elaborar  hipótesis  diversas  a  las  tenidas  por  el fallador como demostrativas de la  responsabilidad del reo.   

Es  evidente  que  un  planteamiento de esta  naturaleza  es  inadmisible  en  casación, porque el examen crítico que de los  elementos  de  persuasión  realiza  el  fallador  siempre resultará prevalente  frente  al  efectuado  por el sujeto procesal, a menos que éste acredite que el  raciocinio   de  aquél  está  afectado  de  errores  de  hecho  o  de  derecho  verdaderamente  trascendentes,  dada  la  presunción de acierto y legalidad que  ampara  la  sentencia  y que el casacionista debe desvirtuar para que la demanda  pueda prosperar.   

No es en consecuencia oponiendo su particular  criterio  al  realizado  con autoridad por el juzgador para concluir el grado de  convicción  que  le  merece determinada prueba, como el recurrente puede lograr  el  derrumbamiento de una providencia que goza de aquellos atributos, insiste en  reiterar  la  Sala,  puesto  que  necesario  se  torna demostrar el ostensible e  insuperable  yerro  en  que  ha incurrido el fallador en la tarea de valoración  probatoria  que  le  es  propia,  así como su incidencia en la sentencia, a tal  punto  determinante  que  sin  la equivocación dicha otra muy diferente hubiera  sido la decisión.   

La  demanda incumple las exigencias formales  previstas  en el artículo 225 del derogado Código de Procedimiento Penal, bajo  cuyo  auspicio  se  elaboró  la  demanda, por lo que a la Sala sólo le es dado  disponer  su  inadmisión y la  consiguiente deserción del recurso interpuesto.   

          En  mérito  a  lo  expuesto,  la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL   

RESUELVE  

        INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor del procesado JOSÉ    RÓMULO    MUÑOZ   MUÑOZ.   En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  interpuesto en razón de este  asunto.   

         Contra  esta providencia no procede recurso alguno, por lo dispuesto  en   los   artículos  226  y  197  del  Decreto  2700  de  1991,  aplicable  al  caso.   

         Cópiese,   devuélvase  el  expediente  a  su  lugar  de  origen  y  cúmplase.   

         

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                          JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS                                  CARLOS  A.  GÁLVEZ  ARGOTE                    

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                                  EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

                   

CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR                                                        NILSON        PINILLA       PINILLA                                

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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