15663(14-03-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 15663  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                                DR.     JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nro: 32   

          Bogotá D.C., catorce de marzo de dos mil dos.   

VISTOS  

          Por  determinación del 4 de noviembre de 1998, el Tribunal Superior  de  Montería, Córdoba, confirmó con modificaciones el fallo de condena que el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito de Planeta Rica profirió en mayo 13 del mismo  año     contra    JULIO    CÉSAR    VILLALBA   GONZÁLEZ,  y  en definitiva le impuso pena de 4 años  de  prisión  y  $6.000 de multa como responsable del hecho punible de homicidio  culposo,  en  vez  de  los  16  años  de  prisión  que como autor de homicidio  preterintencional   le  dedu0jo  el  A-Quo.   

Impugnada oportunamente aquella decisión por  el  defensor del procesado, presentada la correspondiente demanda y concedida la  casación,  el libelo fue declarado ajustado a las prescripciones legales.    

Como  la  agencia del Ministerio Público en  cabeza  de  la  señora  Procuradora Primera Delegada para la Casación Penal ha  emitido   el   concepto   de   rigor,   se   apresta   la  Sala  a  resolver  lo  pertinente.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          A  consecuencia  de  traumas  múltiples por contusión, falleció a  eso  de  las 9:00 de la noche, aproximadamente, del 18 de febrero   de  1995,  en el municipio de Planeta Rica, Córdoba, el menor Julio César Villalba  Bolaños,  de  seis  años  de  edad, en quien los médicos legistas encontraron  suficientes  hallazgos reveladores de maltrato infantil crónico.  De tales  vejaciones  se  sindicó desde un comienzo al padre de la criatura, JULIO  CÉSAR  VILLALBA  GONZÁLEZ, a cuyo  hogar,  conformado por la educadora Merlyn Meira Smith Rodríguez, su compañera  permanente,  y la hija de ambos, Nayadaneth, apenas arribó el pequeño el 11 de  diciembre  anterior  a  la fecha de su deceso con el fin de que su progenitor le  proporcionara  debida  crianza,  de  la  cual  su madre, Leneyis Bolaños Ayala,  había  encargado a la abuela, Eda Lucía Ayala Aguilar, a escasos seis meses de  su nacimiento.   

          El  Cuerpo  Técnico  de  Investigación de Planeta Rica realizó la  indagación  previa  y  culminada  ésta,  las  diligencias  fueron asignadas al  Fiscal  26  de  la  Unidad  Única  de Fiscalía Seccional de dicha localidad, a  quien  le  correspondió  decretar formal apertura de la instrucción y escuchar  en   descargos   a   VILLALBA   GONZÁLEZ,  así  como a la mujer de éste, Merlyn Meira Smith Rodríguez; al  definirles    su    situación    jurídica,   les   impuso   como   medida   de  aseguramiento   detención  preventiva  sin  excarcelación  como presuntos  autores  del  hecho punible de homicidio agravado, calificación provisional que  el   funcionario   instructor  modificó  posteriormente  por  la  de  homicidio  preterintencional,  al estimar que por prueba sobreviniente la situación de los  indagados había variado sustancialmente.   

          Perfeccionada  en  lo posible la investigación, la calificación al  sumario  la  produjo  el  Fiscal  25 de aquella Unidad por resolución del 12 de  marzo  de  1996,  pero  en  esta ocasión la imputación versó por homicidio en  exceso de la causal de justificación del Art. 29-1 C.P.   

          Al  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito de la localidad en mención le  correspondió  conocer  del  juicio, despacho que por auto del 3 de mayo de 1996  decretó  la  nulidad  de la resolución de acusación por estimar que el pliego  de  cargos  adolecía  de falsa motivación (Fls. 319 a 321), cuya impugnación,  promovida  por  el  Fiscal instructor, desató el Tribunal Superior de Montería  confirmando el proveído recurrido.   

         

Producida la nueva calificación en febrero 4  de  1997  -Fls.  6  a  21 del cuaderno Nº 2-, la acusación contra VILLALBA   GONZÁLEZ   se   contrajo   al  homicidio  preterintencional  del  Art.  325 del derogado Código Penal, con las  circunstancias  de agravación específicas del Art. 324-1 y 7, y las genéricas  del  Art.  66-2  y  5  ibidem,  mientras  que  a  la  Smith  Rodríguez  se  le favoreció con preclusión de la  investigación.  Impugnada por la defensa dicha determinación, la Fiscalía 2ª  Delegada  ante el Tribunal por Resolución del 9 de abril siguiente la confirmó  con  modificaciones,  al  desechar  las  agravantes  genéricas  deducidas en el  procesatorio.   

          Por  sentencia  del  13  de  mayo  de  1998 el Juzgado Promiscuo del  Circuito  de Planeta Rica, previa celebración de la vista pública, culminó la  instancia  con  el correspondiente fallo, y conforme con el pliego de cargos, le  impuso  al  justiciable  condena  de  16  años  de  prisión.   Apelada la  sentencia  por  el  defensor,  el  Tribunal  la  confirmó  por la suya del 4 de  noviembre  del  mismo año, con la modificación a la que se hiciera alusión en  el  introito  de  esta  decisión,  fallo que hoy es objeto de la extraordinaria  impugnación.   

LA DEMANDA  

          Dos cargos contra la sentencia recurrida  propone  el  censor,  quien  como  agente  del Ministerio Público en la segunda  instancia  estima  que  el  fallo  viola  la  ley  sustancial.  El  primero, por  violación  directa  en  la  modalidad de interpretación errónea, y el segundo  por    infracción    indirecta    por    falso   juicio   de   existencia   por  omisión.   

         

          Primer cargo.   

          Al  amparo  de  la  causal  primera, cuerpo primero del Art. 220 del  anterior  C.  de  P.  P., el casacionista sostiene que el fallador infringió en  forma  directa  el  Art. 325 del C. Penal, por interpretación errónea, dejando  consecuencialmente  de  aplicarlo,  en  cuanto  le  atribuyó  al  precepto  que  tipifica  el  homicidio  preterintencional  un  sentido  que no tiene, que le es  extraño  y  contrario  a su significado, pues, en contravía de su comprensión  natural  y  obvia,  el  Tribunal  sostuvo en el fallo impugnado que “el homicidio ultraintencional requiere  que  el  agente  prevea  el  resultado  no  querido, vale decir, la muerte de la  víctima.” En apoyo de su  aserto,  el  demandante  transcribe los apartes pertinentes de la providencia en  los que dice se hace tal afirmación.   

          Para  el  Tribunal,  agrega,  en  el  homicidio  ultraintencional el  agente  tiene  que  haber  previsto la muerte de su víctima, porque si no la ha  previsto  el crimen es culposo; de esta manera confunde el homicidio intencional  que  se comete con dolo eventual o indeterminado o alternativo, con el fenómeno  de  la preterintencionalidad en el que el resultado más grave es el imprevisto.   

Y acudiendo nuevamente a la transcripción de  lo  que  según  el  demandante  el Juez Colegiado dio por probado -el resultado  muerte-,  mas  no  su  previsión  -la cual estimó dudosa-, critica al Tribunal  Superior  por  no haber entendido lo que la Fiscal que profirió la acusación y  la  Juez  que  dictó el fallo de primera instancia dieron por establecido en el  proceso,  a  partir del añejo concepto que los antiguos tratadistas tenían del  fenómeno  de la preterintencionalidad: Dolo respecto de las lesiones -resultado  querido-  y  culpa  o  imprevisión  para  la  muerte  -resultado  no  querido-.   

Y, acogiendo el argumento en el que se finca  la  acusación  para la imputación del homicidio preterintencional, sostiene el  libelista:  “Ninguna otra  cosa  podía  decir  la  Fiscal.  Porque  el  sujeto  Villalba González tuvo la  intención  (he aquí el dolo) de lesionar con sevicia a su hijo pero no previó  (he  aquí  la  culpa)  que  con  esas  lesiones  le  iba  a  causar  la muerte.  Conclusión:       he      aquí      el      estereotipo      de      homicidio  preterintencional.”   

Otro  tanto  hace con la sentencia de primer  grado,  para  enrostrarle  al  Tribunal  haberse equivocado en su conclusión en  cuanto  estimó  que  el  procesado  debía  responder a título de culpa por el  homicidio  de su hijo, por no haber previsto el resultado, puesto que ella es la  imprevisión de lo previsible.   

Si  al sentenciado se le hubiese probado que  previó  la  muerte  de  su  hijo,  esto  es, el resultado no querido, refuta el  casacionista,  de  seguro  que hoy sería reo de homicidio agravado “cometido    con    dolo    eventual,  indeterminado     o     alternativo.”  Para  reforzar su tesis de que el Ad-Quem  al  proferir  su sentencia erró en la interpretación  de  la  norma  que  tipifica  el  homicidio  preterintencional,  en tanto que la  ubicación  correcta  de la conducta punible atribuible al procesado la hicieron  las  funcionarias  de  la  primera  instancia  que  estuvieron  a  cargo  de  la  acusación  y  el  fallo,  el  censor  acude a citas de lo que sobre el tema han  tratado  algunos  doctrinantes, para rematar diciéndole a manera de aclaración  al       Tribunal       que,      “previsible  no  quiere  decir  previsto,  sino  todo  lo  contrario:  previsible       pero,      sin      embargo,      no      previsto.”   

En relación con el aspecto de la incidencia  del  yerro  que  el  censor  le  atribuye  al  Tribunal,  asegura  que  una  tal  equivocación  derrumba  la  presunción  de acierto y legalidad que cobija toda  sentencia  judicial,  en  cuanto  ésta  no  puede ser veraz cuando se ignora el  significado   de   la  preterintencionalidad,  al  punto  de  confundirse  dicho  fenómeno   con   el   delito   intencional  cometido  con  dolo  indeterminado,  alternativo  o eventual, reitera, yerro que resulta más notorio y rayano con lo  absurdo,  cuando  se  exige  la prueba de la previsión del resultado no querido  por el agente.   

El  fallo  de  segunda instancia termina por  lavar sin fundamento alguno,  la  conducta  dolosa  del  procesado  con  la  que  se  inició  el iter  criminis,  puesto que como no halló  la  prueba  de  que  VILLALBA  GONZÁLEZ  previó      la      muerte     de     su     hijo,     “arriba  a  la  conclusión gratuita de  que    el   homicidio   es   culposo.”   

Ese  el  sentido  de la violación argüida,  razón  por la cual el actor solicita se case la sentencia recurrida para que en  su   lugar   la   Corte  profiera  otra  que  confirme  la  dictada  en  primera  instancia.   

Segundo       cargo.   

Al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo  del  Art.  220  del  derogado  C.  de  P. Penal, el demandante acusa la  sentencia  de  segundo grado de violar la ley sustancial, en la medida en que el  juzgador  incurrió  en  error in iudicando  por  aplicación  indebida  del  Art.  329  del  antiguo C. Penal,  producto  de  lo  cual  se  configuró  un  error  de  hecho  en  cuanto omitió  totalmente  la  consideración  de  las  siguientes pruebas: a) La confesión de  tortura  que  el  procesado admitió en sus descargos. b) Las fotografías de la  víctima.  c)  El  protocolo  de necropsia. Y d) Los testimonios de los forenses  Carlos Enrique Vargas M. y Edinson Rafael Fontalvo S.   

En   el   desarrollo   de  la  censura  el  casacionista  sostiene  que  el  Tribunal sin realizar el más mínimo ejercicio  mental,  concluyó  que  el  homicidio  cometido  por  el  procesado  fue  en su  modalidad   culposa,   presentando   la  conducta  punible  atribuible  a  éste  “libre   de  intención  criminal,  exenta de dolo”,  con  la  afirmación simplista de que no previó la muerte de su hijo.  Sin  embargo,  omite  explicar cómo esas  “flagelaciones” de las que el encartado hizo víctima  a  su  descendiente  y  que  el  propio juez colegiado reconoce en su sentencia,  “se  convierten  en daño  meramente  culposo,  o  sea,  deterioros en el cuerpo y la salud ocasionados sin  intención.”   

Todo  lo  que  el  juzgador  de  la  segunda  instancia  adujo  como fundamento de su tesis, agrega el censor, fue que como no  está  probado  que  el  acusado  previó el resultado, la culpabilidad que cabe  endilgársele  en  el  susodicho homicidio es a título de culpa, dado que ésta  “es la imprevisión de lo  previsible”,  reduciendo  aquellas  flagelaciones  a un accidente culposo cualquiera no empece a catalogar  una  tal  conducta de grave. Un error de juicio de esa naturaleza sólo se puede  cometer  dándole  la espalda a las pruebas, asegura, y pretender la ausencia de  propósito  de dañar o lesionar en el agente, significa que el Tribunal no tuvo  en  cuenta  los elementos de persuasión que plenamente demuestran lo contrario,  los cuales ni siquiera son mencionados en la sentencia impugnada.   

El  acta  de  autopsia, las fotografías del  cadáver,  las versiones de los médicos forenses y la confesión del procesado,  reitera  el  demandante, resultan testimonios elocuentes en la demostración del  procedimiento  de tortura al que se sometió al menor. ¿Cómo explicar que todo  ello  no  fue intencional, o que fue legítimo?, se pregunta el libelista.   Ignorar  la  existencia  de  dichas  pruebas,  es  la fuente del error de juicio  cometido por el Tribunal, remata.   

Finalmente, glosa el censor el reconocimiento  que  a  favor  del  procesado  hiciera  la Colegiatura de la atenuante genérica  prevista  en  el  Art.  64-6 del C. Penal anterior, en el entendido de que no es  que  el  encartado  hubiese  asumido conducta posterior al hecho -traslado de la  víctima  al  centro  asistencial-  con la cual procurar hacer menos nocivas las  consecuencias  de  su  acto,  sino que habida cuenta de los destrozos orgánicos  causados  en  el  infante,  y  la  evidencia  de su muerte cercana, no tuvo otra  salida en ese instante que buscarle asistencia médica.   

Que  se case la sentencia impugnada para que  en  su  lugar la Corte profiera otra que confirme la dictada por el A-Quo,    es    la    aspiración    del  casacionista.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          1.  En  relación  con el primer cargo, aunque la Delegada admite la  impropiedad  de su formulación en cuanto que si el precepto infringido se dejó  de  aplicar por virtud de su errónea interpretación, lo que se debió postular  fue  su  falta de aplicación dado el sentido de la violación argüida, como lo  viene   enseñando  la  Sala.   No  obstante,  considera  que  el  sustento  demostrativo   del   yerro   alegado,  acorde  con  su  enunciado,  “permite   abordar  su  análisis,  al  entenderse   que   se  quiso  referir  a  un  error  de  selección.”   

          Bajo  ese  entendimiento,  estima la agencia del Ministerio Público  que  frente  a  la ocurrencia misma del quebranto le asiste razón al impugnante  extraordinario,  puesto  que,  en  su  sentir,  el  Tribunal  se equivocó en el  sentido  otorgado  a  uno  de  los  requisitos  exigidos para que la conducta se  enmarque  dentro de la figura de la ultraintención, yerro que se originó en la  consideración     del     Ad-Quem     respecto    a    que    para   la   configuración   del   homicidio  preterintencional  no  basta  con  demostrar  el  resultado,  sino  también  su  previsión.   

          Gracias  al  juego  de palabras y expresiones de negación, acota la  Procuradora  Delegada para la Casación Penal, incurre el Tribunal en confusión  “entendiendo  que  uno de  los  elementos  para hablarse de la preterintención, es que se haya previsto el  resultado  muerte,  cuando  lo  que justamente se exige es que el resultado más  grave,  no  se  haya  previsto  por  el sujeto agente  aunque   sea   previsible  (se  resalta).”  De  una  tal  manera  se  aparta  el  fallador  del  sentido  jurídico y el significado gramatical que se atribuye al  término  previsión, en punto  al    delito    preterintencional,    pasando   seguidamente   a   explicar   su  afirmación.   

          De   las   manifestaciones   conclusivas  del  juzgador  de  segunda  instancia,  inconsistentes  por demás, y que el censor reproduce en la demanda,  surge  la  validez  de esta censura, deja entrever la Delegada, pues, aquéllas,  dos   cosas   diversas   presenta,   “una  duda,  sobre  la  previsión,  que  no desarrolla, y a renglón  seguido,  señala  que  está probada la imprevisión, entendida esta expresión  de  acuerdo  con  el contexto del fallo, como no previsión. Lo que quiere decir  que  en  efecto  Villalba  González  no  previó  el resultado muerte que se le  imputa.   

          “Es   justamente   éste  -prosigue   el  Ministerio  Público-,  el  elemento   que   se  exige  para  que  se  entienda  la  ocurrencia  del  delito  preterintencional  que se estudia, ahora si lo que el Tribunal planteaba era una  duda  con  relación  a  que  el  resultado fuera previsible, este señalamiento  básicamente  es  consecuencia  de la inferencia que se haga frente a los medios  de   prueba   existentes,   labor   que   no  abordó  el  fallador.”   

          Como  el  yerro  argüido tiene por sustento la propia equivocación  del  Tribunal,  porque  resulta  evidente  que  le atribuyó a un elemento de la  conducta  preterintencional  un  sentido  jurídico  y unos efectos que no tiene  -derivados    del   entendimiento   errado   de   la   expresión   “previsión         de        lo  previsible”,  aclara  la  Delegada-,  el  cargo  debe  prosperar,  siendo por lo tanto pertinente casar el  fallo  y  dictar  el  de  reemplazo  acorde  con  la  condena  proferida  por el  A-Quo,   es   decir,   por  homicidio preterintencional.   

          2.  Respecto  del  cargo  subsidiario  contenido  en  la demanda, la  agencia  del  Ministerio  Público  se  muestra  de  acuerdo  con el reproche al  manifestar  que  en  la  sentencia  de segunda instancia, se dejaron de apreciar  medios   de   prueba   trascendentes  “cuyo  estudio  necesariamente variarían la definición del grado de  culpabilidad       en      que      actuó      el      incriminado.”   

         En  efecto,  sorprende  cómo  el Tribunal no hace alusión alguna a  los  elementos  de  juicio  relacionados  por el censor como dejados de valorar,  máxime  cuando  su  estudio  se  lo  imponía  el  hecho  de  que  en  ellos el  A-Quo  fincó  el  grado  de  culpabilidad   deducido   al   agente,   que   luego   el   propio  Ad-Quem  modificó.  Esa variación, acota  la   Procuraduría,   obligaba   a   la  Corporación  a  realizar  un  esfuerzo  argumentativo  tendiente  a  desvirtuar  razonadamente  la  decisión de primera  instancia,   cuyo   soporte  precisamente  lo  constituye  las  pruebas  que  la  Colegiatura   omitió   considerar.    No   acopió  pues  el  Tribunal  la  información  contenida  en el expediente y de la cual valerse para sustentar su  decisión,  razón  de  ser  para  que  su fallo resulte deficiente e incapaz de  derrumbar el de primer grado.   

         Después  de  transcribir  la  conclusión  a la que arribó el juez  colegiado  en  relación  con  el  grado de culpabilidad que del actuar del  agente   predica,   sostiene   la   agencia   del  Ministerio  Público  que  la  demostración  que  el  Tribunal dice echar de menos acerca de que la muerte sea  previsible,   pero   no  prevista  ni  querida  por  el  sujeto  activo,  se  la  proporcionaba  las  pruebas  que  dejó  de valorar, las cuales eran suficientes  “para inferir que Villalba  González  no  previó  lo  previsible.”   

Al efecto analiza cada uno de los elementos  que    el    actor    afirma   no   fueron   estimados   por   el   Ad-Quem    para    terminar    diciendo:   

“Con   este  contenido,  de  haberse apreciado las pruebas de manera conjunta, atendiendo las  previsiones  de  los artículos 254 y 294 del Código Procesal anterior, y en el  Código   de   Procedimiento  Penal  vigente,  los  artículos  238  y  277,  la  consecuencia  lógica,  era  construir  a  través  de  esos  hechos indicadores  probados,  la  inferencia  lógica,  como  con  acierto  lo  hizo el fallador de  primera instancia.   

“Ahora bien, si  el  Tribunal  consideraba  que las pruebas no podían conformar estos indicios y  por  ende  no compartía la decisión, habría precisado exponerlo razonadamente  y  no  como  lo  hizo,  afirmar contrario a la realidad, que no se expuso prueba  para  imputar  la  preterintención, ignorando que a ella se llegó a través de  la prueba indiciaria (…)”   

En  suma,  considera el Ministerio Público  que  aún  siendo  previsible  el  resultado  -los antecedentes de maltrato y de  violencia  de  los  que  da  cuenta  la  prueba  pericial, aunados a las propias  manifestaciones  del  procesado  y  al  hallazgo  de  destrozos orgánicos en el  menor,  así lo muestran-, el procesado no lo previó, no empece que el Tribunal  haya  estimado  que  sobre este elemento no habían pruebas, cuando lo cierto es  que  existían  de  sobra.  A  una tal inferencia es posible llegar,   “teniendo  como  sustento el que en otras oportunidades le infirió maltratos al menor y no  se produjo el resultado fatal.”   

Así  las cosas, inaceptable la tesis de la  defensa,  la  cual  el  Tribunal  tácitamente acogió, concluye la Delegada, en  cuanto  que  para  la  imputación  de la culpa resultó menester admitir que la  intención  del  agente  en  ese  primer  evento  fue  la de corregir y no la de  lesionar,  olvidándose  que  la  facultad  que  le  asiste  a  los  padres para  reprender  a  sus  hijos  conforme  a  las  normas  del C. Civil, no autoriza el  castigo  físico,  de  modo  que  quien  opta  por  él,  de  suyo  incorpora la  intensión  de  lesionar,  así  el  daño  sea  de menor entidad; esta tesis la  reivindica con un pronunciamiento de la Corte Constitucional.   

En  consecuencia,  considera  el Ministerio  Público   encontrarse  demostrado  el  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  por  omisión,  y  su  incidencia  en  el  fallo, razón por la cual  prohíja la pretensión subsidiaria del impugnante extraordinario.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         Cuestión previa. Aspecto técnico.   

Inconsistencia   de   carácter  técnico  encuentra  la Procuradora Delegada en la sustentación del primer reparo que por  violación  directa  plantea  el  actor,  en  el entendido de que si se dejó de  aplicar  la  norma  por  virtud  de  su  errónea interpretación, lo que debió  postular  fue  su falta de aplicación “porque  lo  que  cuenta  finalmente  es  la  posición que adopta el  sentenciador,  es  decir,  inaplicar  la  disposición,  como lo ha dicho la Corte.   

Advierte así el Ministerio Público, que el  demandante  alegó  simultáneamente  dos  de  los  sentidos  de  la  violación  respecto  del  mismo  precepto  sustancial  -interpretación errónea y falta de  aplicación-,  no  obstante  lo cual considera que como el sustento demostrativo  del      yerro      argüido      “resulta        acorde       con       el       enunciado”,  una  tal  circunstancia  permite el  examen de la censura.   

Sobre  el punto, es menester precisar que  dicho  cuestionamiento  carece  de  fundamento,  pues, como lo dijera la Sala en  pronunciamiento  del  26  de  septiembre  de  2000,  Rdo.  13.466, M.P. Fernando  Arboleda Ripoll:   

“Dentro de la  clasificación  de  los sentidos de la violación en aplicación indebida, falta  de  aplicación  e  interpretación errónea, denominada trimembre, de pacífica  aceptación  por  la  jurisprudencia  de  la  Corte, la interpretación errónea  tiene  un  marco  de  caracterización  inconfundible:  se   estructura   cuando   el   juzgador  selecciona  correctamente  la norma que debe regir el caso, y la aplica, pero le otorga unos  alcances    que   no   tiene,   o   unos   efectos   jurídicos   que    no  causa.   

“Este concepto  de  la  violación, desde el punto de vista de su estructura a la que como error  debe  corresponder,  no  puede  ser  confundido  con las fallas de inteligencia,  hermenéutica,  o  equivocada  comprensión  del texto legal, que con frecuencia  llevan  al  intérprete a la aplicación o inaplicación del precepto, y que por  regla  general  subyacen  en  toda forma de violación de la ley por aplicación  indebida.  Cuando  esta  situación  se  presenta,  es decir, cuando la norma es  dejada   de  aplicar,  o  aplicada  indebidamente  en  razón  a  un  equivocado  entendimiento  de  su  alcance  o  significación  jurídica,  el concepto de la  violación  será,  según el caso, falta de aplicación o aplicación indebida,  mas no interpretación errónea.   

“Lo que ocurre  es  que  a  los  dos últimos conceptos de la violación (falta de aplicación y  aplicación  indebida),  se  puede  llegar  por  distintos  motivos:  porque  el  juzgador  se  equivoca sobre la existencia del precepto; porque incurre en falsa  apreciación  sobre su vigencia en el tiempo o en el espacio; por desaciertos de  carácter  hermenéutico,  o  por  errores  en la apreciación de la prueba. Por  ende,  si  lo planteado es que al sentido de la violación (falta de aplicación  o  aplicación  indebida)  se  llegó  por  razón  de  uno  cualquiera de estas  razones,    no    habrá    lugar   a   sostener   que   el   planteamiento   es  contradictorio.    

“Cuestión  distinta   es   que   el   demandante  invoque,  respecto  de  la  misma  norma,  interpretación  errónea y falta de aplicación como sentidos de la violación,  sin  establecer  entre  ellos  relación de determinación del uno al otro,  sino  autónoma  e  independientemente,  pues  entonces  el  planteamiento será  contradictorio,   y   por   tanto   inaceptable   desde   el   punto   de  vista  técnico.”   

Sin  embargo, ésta no es la situación que  aquí  se  presenta,  puesto  que  de la formulación del cargo se establece con  nitidez   que  el  censor  plantea  como  sentido  de  la  violación  falta  de  aplicación  de  la  norma  que estima infringida, cuya interpretación errónea  aduce  para  explicar  los motivos que conllevaron a su inaplicación, y no para  invocar  frente  al mismo precepto otro sentido de violación, lo cual surge del  propio contexto de la demanda  cuando expresa:   

“(…) acuso a  la  sentencia  dictada  por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Montería,  Sala Penal, (…) de haber violado directamente el artículo 325 del  Código   Penal,   por  interpretación  errónea  y,  consecuencialmente,  dejar  de  aplicarlo  (…) el A  Quem  -sic- atribuyó a la  norma   que   tipifica   el   delito   de   homicidio  preterintencional  (…) un sentido que no tiene, que  le  es extraño y contrario a su significado y por ello dejó de aplicarlo (…)  en  contravía de su significado natural y obvio, el Honorable Tribunal Superior  de   Montería   sostuvo,   en   la   sentencia   impugnada,  que  el  homicidio  ultraintencional  requiere  que  el  agente prevea el resultado no querido, vale  decir,   la  muerte  de  la  víctima.” -Se ha subrayado-.   

         Por       consiguiente,       establecida      esa      relación  de determinación entre la falta  de   aplicación  de  la  norma  cuya  violación  se  aduce,  y  su  equivocado  entendimiento,  la  glosa  de  la  Procuradora  Delegada,  se  reitera,  deviene  infundada.   

         Respuesta a la demanda.   

Errónea  interpretación  del Art. 325 del  derogado  C.  Penal  que llevó al Tribunal a su inaplicación, es el fundamento  del  primer  cargo  que por violación directa formula el demandante, como ya se  anunció,  como  quiera  que  por  el  equivocado  entendimiento  que  tiene del  precepto,   al   cual   le   asigna   “un  sentido  que  no  tiene,  que  le  es  extraño y contrario a su  significado”,  dejó  de  aplicarlo.   

El  Tribunal sostuvo, asegura el actor, que  para  la  configuración  del  homicidio  ultraintencional,  se  requiere que el  agente  prevea  el resultado no querido, o sea, la muerte de la víctima, y para  demostrar  su  aserto,  el  demandante  transcribe en sus apartes pertinentes el  fallo    recurrido.    Es    tan    mayúsculo   el   yerro   del   Ad-Quem,       reprocha,  que  termina  por confundir el homicidio  producido  con dolo eventual, indeterminado o alternativo con el fenómeno de la  preterintencionalidad.   

Pues  bien, el Art. 38 del antiguo C. Penal  -Dto.  100  de  1980-  normatividad vigente para la época de la consumación de  los hechos, definía la preterintención de la siguiente manera:   

“La conducta es  preterintencional  cuando  su resultado, siendo previsible, excede la intención  del agente.”   

         Esa   preceptiva  fue  reproducida  en  los  mismos  términos  como  modalidad  de  la  conducta  punible,  por  el Art. 24 del actual Estatuto Penal  Sustantivo -Ley 599 de 2000-.     

Y  el  derogado  C.  Penal  en  su Art. 325  disponía:   

“Homicidio  preterintencional.  El que  preterintencionalmente  matare  a  otro,  incurrirá  en  la  pena  imponible de  acuerdo  con los dos artículos anteriores, disminuida de una tercera parte a la  mitad.”   

En  similares  términos  fue  concebida la  citada conducta punible en el Art. 105 de la Ley 599 de 2000.   

     

Desde   la   época   de   los   trabajos  preparatorios  para  la redacción del Código Penal de 1980, los integrantes de  la    Comisión    de   1974   convinieron   en   que   el   fenómeno   de   la  preterintencionalidad  es  una  mezcla  de  dolo  y culpa que se presenta en los  tipos  de  doble resultado, el primero de los cuales debe ser imputado a título  de  dolo  y  el segundo a título de culpa. Es, por lo tanto, la realización de  una  acción que se inicia dolosamente y que produce unos resultados que exceden  el querer de quien la ejecuta.   

En  relación con el tema de la previsión,  materia  origen  del  presente  debate, la norma, cuya redacción inicial causó  controversias   por   los  términos  “representado   o  previsto”   utilizados   para   el   resultado   más   grave   -La  conducta  es  preterintencional  cuando  el  resultado excede la  intención   directa   del   agente,   de  modo  que  pudo  ser  representado  o  previsto-, fue modificada en el seno de la Comisión a  sugerencia  de  uno  de sus integrantes, pues se consideró suficiente el empleo  del  vocablo  previsto, en el  entendido  de  que  nadie  puede prever sino lo que se ha representado. En igual  sentido    hubo    pronunciamiento   respecto   de   la   palabra   directa  referida  al  propósito, pues se  estimó que ella hacía alusión específica a esa clase de dolo.   

Delimitado   así   el   concepto  de  la  preterintención,  y  con  la  advertencia  de  que  al  individuo  se le podía  atribuir     como     consecuencias    de    su    acto    sólo    “aquellas     que    pudieron    ser  previsibles”,    la  redacción    definitiva    del    texto    se    aprobó   con   la   siguiente  fórmula:   

“La conducta es  preterintencional  cuando su resultado excede la intención del agente, pero era  previsible.”   

En   las   Comisiones   de  1978  y  1979  prácticamente  imperó  la misma fórmula, sólo que la expresión “pero    era   previsible”    se   varió   por   “siendo      previsible”,  la cual se antepuso a la alocución  “excede la intención del  agente”,  modificaciones  que  en  nada  cambian  el  espíritu del precepto y antes, por el contrario, lo  tornan  más  inteligible  al  intérprete,  tal como aparece hoy definido en el  Art.  24  de la Ley 599 de 2000, que como ya se dijo, fue fiel reproducción del  38 del C. Penal de 1980.   

Realizada la anterior acotación a manera de  antecedente  legislativo,  dígase  que existe responsabilidad preterintencional  cuando   el   resultado   más   grave  es  previsible  para  el  agente, debiéndosele reprochar por no haber  reparado en esa situación pudiendo haberlo hecho.   

Luego,   para   la   estructuración  del  homicidio  preterintencional,  se  requiere  de  los  siguientes  elementos:  a) Una acción dolosa tendiente a  causar  daño  en  el cuerpo o en la salud.  b) Producción de la muerte de  la  víctima.  c)  Nexo  de  causalidad  entre  las  lesiones  y  la  muerte. d)  Previsibilidad  del  resultado  muerte.  e)  Identidad  y  homogeneidad del bien  jurídico  tutelado,  en  el  entendido de que en nuestra legislación la muerte  que  se  origina  en  unas  lesiones  personales dolosas se reprime como un tipo  especial de homicidio.   

Significa  ello  que  respecto del elemento  previsibilidad, lo que la ley  exige  en relación con el delito preterintencional es que el agente haya tenido  la  posibilidad  de  prever  el  resultado  mayor,  no que efectivamente lo haya  previsto,  valga  decir,  que a pesar de haber tenido la capacidad de prever ese  resultado más grave al inicialmente propuesto, omita hacerlo.   

Ahora  bien,  ¿Cuál es la concepción que  del  homicidio preterintencional tiene el Tribunal? Expresamente consignó en su  fallo:   

“En   el  homicidio  preterintencional  hay  un  ánimo  de lesionar y se da un resultado:  muerte.  Resultado este previsto por el agente activo  del   hecho.”   -Se  ha  destacado-.   

Seguidamente  afirma  que existe certeza en  cuanto  a  que  el  hecho  denunciado  existió,  que  el  mismo  es  típico de  homicidio,   y  que  el  procesado  lo  cometió.   Pero  en  cuanto  a  la  culpabilidad   preterintencional   que   quepa   atribuírsele   a  VILLALBA  GONZÁLEZ respecto del delito que  se  le  imputó  en la sentencia de primer grado, arguye que no ocurre lo mismo,  como  quiera  que  si  bien  está  probado  el  resultado  muerte, “su  previsión  es  dudosa”,  la  cual  dieron por demostrada los  funcionarios   de  la  primera  instancia,  acusador  y  fallador,  “sin  exponer  la  prueba.”   Y, sin más, salvo la apretada  síntesis  que  de los fundamentos de los pronunciamientos de estos funcionarios  realiza, concluye:   

“Entonces, como  a  criterio  de  la  Sala  no está probado que Julio  César  Villalba  González  previó  el resultado, la  culpabilidad  atribuible a él en el homicidio de su hijo, es dable a título de  culpa, puesto que ella es la imprevisión de lo previsible.   

“Así  las  cosas,  estando  probado el hecho típico, el daño de esa acción sobre el bien  jurídico  tutelado  (antijuridicidad material), y la imprevisión, la sentencia  se  confirmará  pero  con  la  variación  de  la  culpabilidad que señaló el  aquo.”  -Fls. 53 a 55 del  cuaderno de segunda instancia. Subrayas fuera del texto-   

                   Craso error  el   del   Ad-Quem,  habida  consideración  de  su  equivocación  acerca  del  entendimiento  que tiene del  homicidio   preterintencional,   al  estimar  que  para  su  estructuración  el  resultado  muerte debe ser previsto por el agente, cuando una tal conducta de lo  que  precisa es que exista el propósito de causarle daño a la persona que a la  postre  resulta  muerta,  muerte  que  no  fue querida  ni prevista, aunque  hubiera podido preverse.   

De ahí el yerro predicable en las premisas  conclusivas  del  Tribunal, pues, quien con dolo de lesiones prevé la muerte de  su  víctima,  y  sin  embargo obra conforme a esa representación, el homicidio  así  producido  sería  doloso  a título de dolo eventual, como con acierto lo  pregonan el demandante y la agencia del Ministerio Público.   

Irrefragable resulta que el aquí procesado  hubiese  actuado  con  dolo de lesiones, cuestión que el propio Tribunal admite  cuando  al  catalogar la conducta de VILLALBA GONZÁLEZ  como  grave reconoce que le produjo la muerte al menor  a  través  de  flagelaciones,  muestra  del  maltrato  infantil crónico al que se le venía sometiendo como lo  dictaminaron  los  médicos  forenses.  Un  tal  castigo  no se compagina con la  facultad  de  imponer correctivos que con respecto de sus hijos les asiste a los  padres,  como  bien lo acota el Ministerio Público en su concepto, “de  modo  que  optar  por él, de suyo  incorpora  la  intención  de  lesionar”,   y   en   cuya   implementación,   al  acusado  se  “le    fue    la    mano”,  como  se  dijera  en  uno  de  los  pronunciamientos de la primera instancia.   

Por  manera  que, producida la muerte de la  víctima,  resultado  no  querido  ni  previsto  por  el  justiciable, se impone  reconocer  que  el tipo en el que debe enmarcarse su conducta es el que define y  sanciona  el  homicidio preterintencional en  el  Art.  325  del  anterior  C. Penal, hoy 105 de la Ley 599 de  2000,     como     correctamente     lo     hiciera     en    el    A-Quo,   mas   no  así  el  Ad-Quem.   

Debe  aceptarse, entonces, que se violó en  forma  directa  la ley sustancial por falta de aplicación del mentado precepto,  y  por  consiguiente  impera  casar  la  sentencia  impugnada  con el fin de que  produzca   sus   efectos,   como   lo   demandan  el  censor  y  la  Procuradora  Delegada.   

Ante  la  prosperidad  de  este  reproche,  deviene inane la consideración del segundo motivo de censura.   

La       punibilidad.   

Conforme con la acusación, el A-Quo  realizó el correspondiente proceso  de  adecuación  típica  teniendo como marco punitivo el establecido en el Art.  325  del  C.  Penal  de  1980,  en  armonía  con el Art. 324-1 y 7 ibidem,  modificado  por  el Art. 30 de la  Ley  40 de 1993, cuya sanción oscilaba entre 40 y 60 años de prisión, pues la  muerte  de  la  víctima  se  perpetró en la persona de un descendiente, con el  aprovechamiento  de  su  situación de inferioridad. Como atenuante genérica se  le   reconoció  al  procesado  su  buena  conducta  anterior  (Art.  64-1).  En  consecuencia,  la sanción corporal impuesta a VILLALBA  GONZÁLEZ    se    contrajo    a    16    años   de  prisión,  cifra inexplicable  porque  si  se quiso imponer el mínimo resultante de la proporción establecida  en  las  normas  infringidas,  ese  quantum tendría que haber sido de 20 años de prisión.   

Obviamente que la penalidad que hoy apareja  el  homicidio  preterintencional es más benigna, en cuanto la sanción entraña  una  pena  cuyo mínimo es de 150 meses y su máximo de 320.  Acorde con la  regla  establecida  en el inciso primero del actualmente vigente Art. 61 para la  individualización  de  la  pena,  los  cuatro  cuartos en que debe dividirse el  ámbito punitivo de movilidad previsto en la ley sería:   

a)  Uno  mínimo  que va de 150 meses a 192  meses y 15 días.   

b) Dos medios, el primero de 192 meses y 16  días,   a   235   meses;  y  el  segundo  de  235  meses,  a  277  meses  y  15  días.       

c) Y uno máximo, de 277 meses y 16 días, a  320 meses.   

         

Como solamente concurre una circunstancia de  atenuación  punitiva  y ninguna agravante, de acuerdo con el inciso segundo del  referido   precepto  la  Sala  para  la  dosificación  de  la  pena  pertinente  únicamente  podrá moverse dentro del cuarto mínimo, es decir, entre 150 meses  y  192  meses  y 15 días, la cual, dada la gravedad de la conducta imputada por  el  daño  real  causado  -múltiples  flagelaciones  produjeron  en la víctima  desgarros  de  corazón  e hígado, a más del maltrato infantil crónico al que  se le tuvo sometida-, se establecerá en 170 meses de prisión.   

En  lo  demás,  regirá el fallo de primer  grado.   

         En  mérito a lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de  Casación Penal, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

        CASAR  el fallo impugnado. En consecuencia,  se    condena    a     JULIO   CÉSAR   VILLALBA  GONZÁLEZ  a  purgar la pena principal privativa de la  libertad  de  ciento  setenta  (170)  meses  de prisión, como responsable de la  conducta   punible   de   homicidio  preterintencional  de  la que hizo víctima a su menor hijo. En lo demás  rige     el     fallo     del     A-Quo.   

         Contra esta decisión no procede recurso alguno.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

         

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

No hay firma  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                              JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS               CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                       

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO               EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

                   

CARLOS        E.        MEJÍA  ESCOBAR                           NILSON PINILLA  PINILLA                                

No hay firma  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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