15224(13-02-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 15224  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr.  EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No. 16  

          Bogotá, trece (13) de febrero de dos mil dos (2002).   

          Decide  la Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  en      defensa      del     procesado     ARMANDO  HOLGUÍN   contra  la sentencia de fecha julio 6  de  1998,  mediante  la  cual el entonces Tribunal Nacional confirmó la condena  proferida  en  su  contra  por  un  extinto  Juzgado  Regional  de  Cali, con la  modificación  en  el sentido de aumentar la pena principal a siete (7) años de  prisión  como  autor  del  delito  de enriquecimiento ilícito de particulares.   

HECHOS  

          Dan  cuenta  los  autos  que  como  consecuencia  de las múltiples  diligencias  de  allanamiento  y  registro  efectuadas  por  el Comando Especial  Conjunto  y  la  Fiscalía General de la Nación con el propósito de capturar a  los  presuntos  dirigentes  del denominado “Cartel de Cali”, las autoridades  incautaron  títulos  valores,  órdenes  de alojamiento y facturas de hotel que  vinculaban  a  diferentes  personajes  del  ámbito  político  nacional con los  confesos   narcotraficantes   Miguel   Angel   y   Gilberto   José   Rodríguez  Orejuela.   

          Entre  la  documentación decomisada se detectaron varios cheques a  favor  del  entonces  Senador de la República ARMANDO  HOLGUÍN,   de   Norma  Cortés  Wiedmann y  Ramiro  Sarria,  esposa  y  hermano del primero, respectivamente, girados contra  cuentas  corrientes manejadas por los mencionados Rodríguez Orejuela,  que  se  hicieron  efectivos  a  través  de  cuentas  corrientes o de ahorros de las  cuales era titular el procesado.   

          Por   este   medio  el  doctor  HOLGUÍN  resultó  beneficiario  de  la  suma  de  doscientos  cuarenta  y  ocho millones seiscientos sesenta y dos mil pesos ($248.662.000), a  la  que  se  adicionaron dos millones doscientos trece mil setecientos ochenta y  cinco  pesos  ($2.213.785),  correspondientes a gastos de alojamiento y consumos  efectuados  por  aquél  en  el  Hotel  Intercontinental  de  la ciudad de Cali,  sufragados  por  la  sociedad  Inversiones  Ara  Ltda.,  en  la que se constató  tenían  participación  los  familiares  cercanos  de  los  hermanos Rodríguez  Orejuela.   

ACTUACION  PROCESAL   

          1.   Por  competencia  en  virtud  del  fuero  que amparaba al  entonces  senador HOLGUÍN y  para   la   investigación   por   su   presunta  incursión  en  el  delito  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  contemplado en el artículo 1º del  Decreto  1895  de  1989,  una  Comisión  de  Fiscales  adscrita  a la Fiscalía  Regional  de  esta ciudad, mediante resolución del 18 de abril de 1995, ordenó  la    expedición    de   copias   con   destino   a   la   Corte   Suprema   de  Justicia.   

          Con   fundamento   en   los  documentos  remitidos,  el  Magistrado  sustanciador  en  auto  del  26  de  mayo  siguiente  dispuso  la investigación  preliminar,  reconoció personería al “Dr. Hernando  Londoño  Jiménez,  como  apoderado  del  Dr.  ARMANDO  HOLGUÍN SARRIA, según  memorial  que obra en las diligencias y quien podrá actuar a partir del momento  en   que   su   representado  sea  escuchado  en  versión  libre”  y decidió finalmente, que evacuadas las diligencias ordenadas se  escucharía  en  versión  libre  al  imputado.   Después,  en  providencias  de  fechas  octubre 11 y  noviembre  30  de  1995  ordenó  otras  pruebas  (fs.   55,  186, 406, cd.  1).   

          2.   Los  resultados  de  la actuación previa determinaron la  apertura  de  la  instrucción mediante auto del 9 de febrero de 1996, en el que  se      ordenó      la      vinculación      del      doctor      ARMANDO           HOLGUÍN   en  indagatoria  y  una  vez  efectuada,  la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia resolvió  su  situación jurídica el 23 de abril de 1996 con detención preventiva por el  delito  de  enriquecimiento ilícito de particulares, tipificado en el artículo  1º  del  Decreto  1895  de  1989,  convertido  en  legislación  permanente  en  artículo  10 del Decreto 2266 de 1991 (fs.  476, cdno. 1; 2 a 33, 39 a 64,  200 a 247, 270 a 292, 316 a 336; 93 a 122, cdno. 3).   

          Clausurado  el  sumario  y  agotado  el  término  legal  para  las  alegaciones   correspondientes,  con  fecha  diciembre  16  de  1996,  la  Corte  calificó  su  mérito probatorio con resolución acusatoria en la que atribuyó  al   sindicado   la  autoría  del  hecho  punible  imputado  en  la  medida  de  aseguramiento,  mantenida  en providencia del 7 de febrero de 1997 al resolverse  el  recurso  de  reposición  interpuesto  por la defensa (fs. 1 a 66, 117 a 125  vto., cdno. 5).   

         La  Mesa  Directiva  del  Senado  de la  República    aceptó    la    renuncia    que    el    procesado   ARMANDO  HOLGUÍN hizo de su investidura  de  congresista.  En consecuencia, desaparecido el fuero constitucional que  lo  cobijaba,  esta  Corporación en auto del 6 de marzo de 1997 ordenó remitir  las diligencias por competencia a la justicia regional.   

          4.   Encontrándose  en firme la resolución de acusación, un  Juzgado  Regional  de  Cali  asumió  el  conocimiento  del proceso y surtido el  trámite  propio  de  la  causa  de conformidad con las normas especiales que la  regulaban,  profirió  el fallo ordinario de fecha 13 de marzo de 1998 en el que  condenó  al  doctor  ARMANDO  HOLGUÍN  a  las  penas principales de setenta y dos (72) meses de prisión y  multa  de $221.662.000, al hallarlo autor del delito de enriquecimiento ilícito  de  particulares,  previsto  en el artículo 1º del Decreto 1895 de 1989,   erigido en legislación permanente por el Decreto 2266 de 1991.   

          La  sentencia  de  primera  instancia fue confirmada por el extinto  Tribunal  Nacional  al  pronunciarse  sobre  la  apelación  presentada  por  la  defensa,  no  sin  aclarar  el nombre del procesado y con la modificación en el  sentido  de  fijar la pena privativa de la libertad, en definitiva, en siete (7)  años  de  prisión;  sin  embargo, en virtud de una acción de tutela promovida  por  el  procesado  contra  la  Corporación  citada  por violación del derecho  fundamental  al  debido  proceso,  derivada  del  alegado  desconocimiento de la  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus,  la  Sección  Segunda del Tribunal  Administrativo   del  Valle  del  Cauca  ordenó  modificar la sentencia de  segundo  grado,  en  el  sentido  de  “confirmar la  condena  de  seis  años  impuesta  por el Juzgado”,  orden  acatada  por el Tribunal Nacional mediante providencia del 7 de diciembre  de 1998 (fs. 328, cd. Tribunal Nacional).     

          El  Tribunal  Nacional  impugnó el fallo de tutela ante el Consejo  de  Estado, Corporación que en providencia del 19 de febrero de 1999 determinó  que  en  el  presente caso era improcedente dicha acción, por lo tanto, revocó  la  decisión  del Tribunal Administrativo del Valle del Cauca (fs. 72 y 74, cd.  Corte).   

         El  apoderado  del  doctor HOLGUÍN    interpuso    el    recurso  extraordinario  de  casación,  que sustentó oportunamente con la demanda sobre  la cual decide ahora la Corte.   

LA  DEMANDA   

          El  censor  presenta  once cargos contra la sentencia del Tribunal,  los  siete  primeros  al  amparo de la causal tercera de casación del artículo  220  del  estatuto  procesal  penal  entonces vigente (Decreto 2700 de 1991), al  estimar  que  fue  proferida  en  un juicio viciado de nulidad, en tanto que los  restantes  reparos  los   postula por la vía de la violación indirecta de  la ley sustancial.     

         El desarrollo de estas censuras es pues  el siguiente.   

         Primer cargo.   

         Demanda  la  invalidación  del  proceso  por haberse producido el  menoscabo  del  derecho  a  la  defensa  material,  pues  no se dio a conocer al  sindicado  en  forma  oportuna, según afirma, la imputación que constituyó la  génesis de la investigación preliminar.   

         En  la  sustentación  del reparo el libelista señala que una vez  fue  recibida  en  la  Corte  Suprema  de  Justicia  la documentación incautada  durante  los  allanamientos  realizados  con  el  propósito  de  capturar a los  hermanos  Rodríguez Orejuela, remitida por la Comisión de Fiscales Regionales,  las  actuaciones  ingresaron  al  Despacho  del Magistrado sustanciador el 27 de  abril de 1995.    

         El  4  de  mayo  siguiente,  el doctor  HOLGUÍN  le  informó a  esta  Corporación  su  conocimiento  sobre  la existencia de las diligencias, a  través  de  memorial  en  el  cual indicó que se encontraba dispuesto a rendir  versión libre acompañado de abogado.   

         En  auto  del 26 de mayo de 1995, el Magistrado ordenó iniciar la  investigación  preliminar y reconoció personería al profesional del derecho a  quien  el  imputado anunció que le conferiría su representación judicial para  la  versión  libre  y  espontánea.   En esta decisión advirtió, en todo  caso,  que el abogado sólo podría intervenir a partir de tal diligencia.   Posteriormente,  en  providencias  de octubre 11 y noviembre 30 de 1995 la Corte  decretó  pruebas, y el 9 de febrero de 1996 abrió la instrucción sin resolver  en    algún    sentido    sobre    la   petición   del   doctor   HOLGUÍN  de ser escuchado en versión  libre y espontánea.   

         Así  las  cosas,  concluye  el  censor,  durante  casi un año la  dinámica  investigativa  del Estado se llevó a cabo a espaldas del interesado,  situación  que  unida  a  la omisión de todo pronunciamiento sobre la versión  libre  oportunamente  solicitada,  se  tradujo  en  la  negación del derecho de  defensa,  de manera tan ostensible, incluso, que esta Corporación le reconoció  personería    a    un    abogado    a    quien    el    imputado   HOLGUÍN   no   le   había  otorgado  efectivamente el poder (fs. 53 y 57, cd.1).   

         La  actuación de la  Corte,  afirma  el  demandante, desconoció no sólo la norma constitucional que  consagra  el derecho a la defensa, sino también la específica disposición del  estatuto  procesal  penal  que  establece  el derecho que tienen los imputados a  solicitar  la  recepción inmediata de la versión libre y a designar el abogado  que los asista en esa diligencia.   

         Destaca  por  otra  parte, que durante la investigación previa se  recaudaron  las  pruebas  de cargo, concretamente, las fotocopias de los cheques  de  los  cuales  fue  beneficiario  el  acusado  y la declaración de Pallomari;  asimismo,   se   realizaron   varias  inspecciones  judiciales  en  las  que  se  incorporaron  a  los  autos  importantes  elementos  de  juicio.  Actividad  probatoria  de  tal  intensidad y trascendencia, atesta el impugnante, que si se  excluyen  los  medios  de  persuasión acopiados en la indagación preliminar la  sentencia sería necesariamente de naturaleza absolutoria.   

         Resalta    el    fundamento    constitucional   del   derecho   de  contradicción  y  la forma como puede ejercerse, antes o después de decretadas  las  pruebas,  durante  su  práctica  o  con  posterioridad  a  su realización  material,  momentos  que  estima  igualmente  importantes  y  sin posibilidad de  concederle  prevalencia  a alguno respecto de los otros, so riesgo de quebrantar  tal garantía como elemento integrante del debido proceso.   

         A  continuación  transcribe apartes de varios pronunciamientos de  la  Corte Constitucional alusivos a la efectividad de la controversia probatoria  durante  la investigación preliminar (sentencias C-150 de 1993) y a la vigencia  del  derecho de defensa en el transcurso de toda la actuación penal (sentencias  C-412  de 1993 y C-049 de 1996), para concluir que la Sala de Casación Penal al  prolongar   la  investigación  previa  por   más  tiempo  del  permitido,  desatendió    la    solicitud    elevada    por    el    doctor    HOLGUÍN  de ser escuchado en versión  libre  privándole  de  la  oportunidad  de  tener  acceso  al  proceso,  con la  consecuencia  adicional  de  haberse  acopiado  durante esta fase toda la prueba  incriminatoria que sustenta la condena.   

         Afianza  las  anteriores  conclusiones  en  un  conocido  criterio  doctrinal  sobre la nulidad derivada de la tardía vinculación del sindicado; e  insiste  en  alegar  la  vulneración del derecho de contradicción y de contera  del  derecho  de defensa, para solicitar en últimas la invalidación de todo lo  actuado  desde  la  apertura  de  las  diligencias  preliminares, incluyendo las  pruebas recaudadas durante dicho estadio.   

         Segundo cargo.   

          Al  amparo  de  la  causal  tercera  de  casación,  el  libelista  solicita  la  declaratoria  de  nulidad  de  todo  lo  actuado  a  partir  de la  investigación   previa,  “por  haber  actuado  en  situación  de  incompetencia  por  parte de quienes realizaron integralmente la  investigación             –miembros  de la Fiscalía- desconociéndose de tal manera el fuero  constitucional   consagrado   a  favor  de  los  miembros  del  Congreso  de  la  República”.   

         En  el  desarrollo  del  reparo  alude a los fundamentos del fuero  consagrado  para  el juzgamiento de quienes ocupan las más altas dignidades del  Estado,  así  como  al  origen  constitucional  o  legal  del  mismo  y  a  sus  diferencias,  que  tratándose  del  previsto con el primer carácter mencionado  para   los   congresistas   propende  por  garantizar  su  independencia  en  el  cumplimiento de la función legislativa.   

         En  el fuero constitucional, además, fue querer del Constituyente  que  en  él  no hubiera intervención de la Fiscalía General de la Nación, de  manera  que  en  relación  con  el juzgamiento de los congresistas se creó una  excepción  al  sistema  acusatorio  consagrado por la Carta Política, donde la  investigación  preliminar,  el  sumario  y  la  etapa  de  la  causa  deben ser  adelantadas   directamente   por   la   Sala   Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia.    

         Así  las cosas, afirma el censor, resulta a todas luces contrario  al  fuero  constitucional  que  el  Fiscal General de la Nación o sus delegados  intervengan  en  actividades  de  investigación  tratándose  de  los  procesos  adelantados  contra  los  miembros  del  Congreso,  más  aún, que lo hagan con  autonomía.   

         Más   adelante   y   con   idéntica  orientación  argumentativa  conceptúa  sobre  la  imposibilidad  de delegar las funciones constitucionales,  razón  por  la cual la Corte Constitucional declaró la inexequibilidad parcial  del  artículo  17-1º  de la Ley 81 de 1993, en cuanto permitía al Fiscal  General  de  la  Nación  investigar,  calificar y acusar a los funcionarios con  fuero   constitucional   “por   conducto  de  sus  delegados   de   la   unidad   de   fiscalía   ante   la   Corte   Suprema   de  Justicia”,  a  través  de  pronunciamiento  cuyas  consideraciones  transcribe  (sentencia C-472 del 20  de  octubre de 1994, M.P. Dr. Vladimiro Naranjo Mesa)  y  que  retomó esta Sala al abordar dicha temática en la providencia del 21 de  febrero de 1995, M.P. Dr. Edgar Saavedra Rojas.   

         A  partir  de  las  anteriores  premisas  el casacionista plantea,  entonces,  que  constituye  un  grave menoscabo del ordenamiento constitucional,  ocurrido   con   rasgos   de  generalidad  en  los  procesos  seguidos  en  esta  Corporación  contra  los miembros del Congreso, que prácticamente la totalidad  de  la  investigación  ha sido adelantada “por una  Unidad  de Fiscales subalternos que obedecían las directrices señaladas por el  Fiscal   General   de   la   Nación”.     

         Advierte  que  si  bien la Corte Constitucional declaró exequible  el  precepto que faculta a la Sala Penal para comisionar la práctica de pruebas  a  cualquier  autoridad judicial, tratándose de las actuaciones que la misma ha  adelantado  contra  los  congresistas, se está “en  presencia  de procesos en los cuales la Fiscalía ha actuado de manera autónoma  y    donde    de    manera    general   el   acerbo  (sic)  probatorio  incriminatorio fue practicado por  la   Fiscalía  General,  sin  que  existiera  de  por  medio  un  auto  que  la  comisionara”;             irregularidad  a  la que no fue ajena la investigación que cursó  en  esta  Corporación  contra  el  Dr.  Holguín,  según afirma el actor, pues  “las  pruebas  que  constituyen  la  médula de la  acusación  son  medios  de  convicción que fueron practicados por funcionarios  subalternos  de la Fiscalía sin que existiera de por medio un auto comisorio de  la    corporación    competente,   en   este   caso   la   Corte   Suprema   de  Justicia”.   

       Con miras a sustentar tal aserto destaca que en  el  auto  de apertura de la instrucción la Corte comisionó a la Fiscalía para  practicar  pruebas  con  amplias facultades, entre ellas, las de subcomisionar y  adelantar  las  demás  diligencias  que  estimara  necesarias; asimismo, que la  Comisión  de  Fiscales  del  denominado proceso 8.000 remitió a la Sala varios  documentos  existentes  en otros procesos a los que obviamente no tuvo acceso el  sindicado  ignorándose  en  qué forma fueron obtenidos, pues si bien se afirma  que  lo fueron en allanamientos realizados a algunos domicilios, para efectos de  determinar  la  legalidad de la prueba, no se cumplió con el simultáneo envío  de  las  copias de las providencias que los ordenaron ni de las actas levantadas  luego del cateo.   

         Por  las  razones  anteriores encuentra que fuera de la actuación  adelantada  por  la  Corte,  en  investigaciones paralelas se producían pruebas  contra  el sindicado sin posibilidad de ejercer en ellas los derechos de defensa  y  contradicción.   En  fin,  concluye, la Comisión de Fiscales actuó de  manera     autónoma     desplazando    indebidamente    a    la    Corporación  constitucionalmente  competente.   Así las cosas, afirma el demandante, en  el  caso  examinado  se incurrió en la causal de nulidad prevista en el numeral  1º  del  artículo  304  del  derogado estatuto procesal penal (Decreto 2700 de  1991).   

         Tercer cargo.   

         Acusa  la sentencia impugnada de haber sido proferida en un juicio  viciado  de nulidad por violación del debido proceso, que reclama sea declarada  a partir del auto de clausura de la investigación.   

         Al concretar la irregularidad de la que  deriva  esta  grave  consecuencia,  el  libelista  arguye el desconocimiento del  principio  de  investigación  integral,  contemplado  en el artículo 333 de la  anterior  codificación  procedimental  y  de  arraigo  en  el  inciso final del  artículo  250  constitucional,  pues se dejaron de decretar y practicar pruebas  solicitadas  por  la defensa, en tanto que otras fueron negadas con el argumento  de  resultar  impertinentes,  cuando las posteriores decisiones proferidas en el  curso  del  proceso  demostraron  una  realidad  totalmente diversa.  Tales  medios  de  persuasión,  agrega  el  casacionista,  habrían  demostrado que el  sindicado      ARMANDO      HOLGUÍN  prestó  sus  servicios  profesionales a los hermanos Rodríguez  Orejuela  y  consecuentemente,  la  inexistencia  del  delito de enriquecimiento  ilícito que le fue imputado.   

         Señala  de  manera  específica que se omitió resolver sobre los  testimonios  pedidos  en  memorial  presentado  por la defensa el 11 de abril de  1996,  con  los que se pretendía demostrar los aspectos tratados por el acusado  en  la  indagatoria.  Así mismo, que de las pruebas solicitadas en escrito  del  28  de  junio  siguiente  la  Sala  en  un inicio guardó silencio, pero en  posteriores  autos  accedió a la práctica de las declaraciones de los doctores  Juan  Fernández  Carrasquilla,  Bernardo  González, Servio Tulio Ruiz y Carlos  Julio  Castrellón, sin decidir sobre las demás declaraciones deprecadas en esa  oportunidad.   

         Por   otra  parte,  mediante  auto  del 3 de septiembre de 1996, la Corte se pronunció parcialmente  sobre  las  pruebas  solicitadas  el  9  de  agosto  del  1996,  pues rehusó la  recepción  de  las  versiones de los abogados españoles a quienes les constaba  que  el  sindicado prestó sus servicios profesionales a los hermanos Rodríguez  Orejuela,  sin mencionar o referir en ese proveído a los restantes elementos de  juicio  pedidos.   Argumentó la Sala para la negativa de dicha prueba, que  el  hecho  objeto  de la misma se hallaba probado con suficiencia en el proceso,  por     lo     tanto,     que     no     requería    de    tal    refrendación  testimonial.   

         Esta  consideración  parcial  de la prueba solicitada también se  configuró  tratándose  de  las pretendidas o allegadas en los memoriales de la  defensa de fechas 4, 8 y 23 de octubre de 1996.    

         En efecto, advierte el censor, de ellas  se  negaron  los  testimonios de Rafael Robledo Cancino, Aníbal Posso Londoño,  Francisco  José  Ferreira   Delgado,  Camilo  González  Múnera  y Fluvio  Grisales  Echeverry,  exmagistrados  del Tribunal Superior de Cali, que la Corte  estimó  inconducentes  con  miras  a  demostrar  el  prestigio  profesional del  sindicado,  que  no  fue  puesto en duda en estas diligencias, y superfluos para  acreditar    la    relación    profesional   entre   el   doctor   HOLGUÍN  y Miguel Rodríguez Orejuela,  al    encontrar    que    obraban    en    autos    otras    pruebas    que   la  establecían.   

         Esta  Sala  también  rehusó  como  pruebas las constancias del tiempo de servicio del procesado como  Senador,  los  proyectos  de  ley en cuyo trámite participó o no, así como la  sentencia  del  Consejo  de  Estado  en  la  que  tal Corporación no accedió a  decretar  la  pérdida  de su investidura de congresista, frente a las cuales se  argumentó  que  carecían  de  nexo  con  el  núcleo  de  la instrucción; las  certificaciones  relacionadas  con  el Comité de Veeduría Electoral del Valle,  la  declaración  de  Fernando  Botero  Zea  y las copias del proceso adelantado  contra  el  exPresidente Samper, impertinentes a juicio de la Corte; y la Gaceta  Constitucional  del  3  de  mayo  de  1991,  pues  adujo que el reglamento de la  Asamblea  Constituyente  y  el régimen de inhabilidades e incompatibilidades de  sus  miembros  podía ser consultado en los documentos respectivos sin necesidad  de obrar esa revista en el instructivo.   

         En   síntesis,  afirma  el  libelista,  la  Corte  y  los  demás  funcionarios  que  conocieron  del  proceso nunca se pronunciaron respecto a los  testimonios  de  Jorge  Luis  Gutiérrez,  Jesús  María Cobo, Antonio Cajelli,  Gustavo  Franco  Hernández, Tito Livio Salazar Romo, Marino Copete, Miguel Bajo  Fernández,  Carlos  Cuenca Perona, Joaquín Ruiz-Giménez Aguilar y Manuel Cobo  del   Rosal,   citados   en  la  indagatoria  y  quienes  según  el  demandante  desarrollaron  tareas  profesionales bajo la dirección del sindicado en defensa  legítima de los intereses de Miguel Rodríguez Orejuela.   

         En  lo atinente a la  trascendencia  de  los medios de persuasión echados de menos, el censor destaca  que  a través de ellos la defensa pretendía demostrar la asesoría profesional  brindada     por     el     doctor     HOLGUÍN  a  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela; aspecto que tiene una particular incidencia  en  el  caso examinado, ante las conclusiones que sobre tal vínculo profesional  expresaron  los funcionarios judiciales cuando adoptaron las decisiones adversas  al acusado.   

         Para   sustentar   esta   última   afirmación,   transcribe  las  conclusiones  de  la  acusación  sobre  la  falta de credibilidad y de respaldo  probatorio       de      la      versión      del      doctor      HOLGUÍN  cuando  imputa  los títulos  valores  objeto de la investigación al pago de honorarios, así como las que en  el  mismo  sentido  se  vertieron  en  los  fallos  de  instancia donde se negó  finalmente  la  relación  profesional  entre  aquél  y los hermanos Rodríguez  Orejuela   para  colegirse,  en  consecuencia,  que  los  cheques  recibidos  no  encuentran  justificación  en el ejercicio de la abogacía y, por lo tanto, que  fue  ilícito  el  incremento  patrimonial  que  por  razón  de ellos obtuvo el  sindicado.            

              La  situación  denunciada  se  torna  más  aberrante,  plantea  el actor, porque de los diecinueve testimonios  pedidos  para  acreditar  tal  relación profesional sólo se decretaron cuatro,  esto  es,  los de los doctores Juan Fernández Carrasquilla, Bernardo González,  Servio  Tulio  Ruiz  y  Carlos  Julio  Castrellón, a quienes el Tribunal no les  concedió    mérito    por    tratarse    de    los    juristas    “cuya  defensa de los intereses del denominado Cartel de Cali es  de   público  conocimiento”;  máxime  cuando  la  defensa  en  virtud  del principio de libertad probatoria contemplado en nuestra  codificación  procesal  penal,  optó  por  demostrar  esa  asesoría jurídica  mediante prueba testimonial.    

       En   las   condiciones  precedentes  encuentra  demostrada  entonces  la violación del principio de la investigación integral,  constitutiva  de  una irregularidad sustancial que transgrede el debido proceso,  erigida  en  causal  de  nulidad en el artículo 304-2º del derogado Código de  Procedimiento Penal   

                Cuarto cargo.   

         Con  fundamento  también en la causal  tercera     de     casación,     el     defensor    aduce    la    “nulidad  de  todas  las  pruebas”  ilegalmente  trasladadas  de  otras  actuaciones;  irregularidad que califica de  trascendente   por   derivarse  de  ella  la  vulneración  del  debido  proceso  constitucional y legal.   

         En  la sustentación del reparo plantea que algunas pruebas fueron  “transportadas    mecánicamente    de    otros  procesos” sin cumplir con las exigencias previstas  en  el  estatuto  procesal  civil,  de  imperativo  cumplimiento  en  virtud del  principio  rector  de la integración contemplado en el Código de Procedimiento  Penal,  que  si  bien  autoriza  el traslado de la prueba omite toda regulación  acerca de la forma como debe efectuarse.   

         En  el  desarrollo  de  tal  aserto  alude  en  forma  breve  a la  evolución  del  derecho  civil  y  de  sus  procedimientos para colegir que fue  abriendo  espacios  a  otras  áreas  del conocimiento jurídico; de ahí que en  muchos  códigos  de  naturaleza  diversa  a  la  civil se consagre una norma de  integración,  en virtud de la cual aquellas materias que no aparezcan reguladas  de   manera   expresa  se  sujetan  a  las  disposiciones  de  la  codificación  instrumental   civil,   como   acontece  precisamente  en  el  Decreto  2700  de  1991.   

         Discurre   sobre  la  trascendencia  del  traslado  de  pruebas  y  respecto  de  la  necesidad  de  garantizar  en  tales  eventos  los derechos de  contradicción  y al debido proceso, pues el artículo 29 constitucional dispone  la  nulidad  de  pleno  derecho  de  los  medios  de  persuasión  obtenidos con  violación   de  tales  garantías;  e  indica  que  los  precedentes  estatutos  procesales  penales  no  contenían  ninguna   previsión  acerca  de dicho  instituto,  por  lo  tanto,  como  consecuencia del principio de integración en  dicha   materia   se   aplicaban   las   normas  del  Código  de  Procedimiento  Civil.   

          Esta  situación  se  mantuvo  en  el  Decreto  2700  de  1991,  afirma el libelista, donde simplemente se autorizó el  traslado  de  pruebas  sin  precisar  cómo debe realizarse, vacío que obliga a  remitirse  entonces al estatuto procesal civil, máxime ante la imposibilidad de  sorprender  a las partes con elementos de juicio practicados en un proceso donde  no tuvieron la oportunidad de intervenir.   

         En  apoyo  de  tales  postulados  transcribe  segmentos  de  una sentencia del Consejo de Estado sobre  las  exigencias  de  validez  tratándose  de  la prueba trasladada; comenta los  fallos  de  la  Corte  Constitucional  a  través  de  los  cuales se declararon  inexequibles   algunas  disposiciones  procesales  que  pretendían  limitar  el  derecho  de  contradicción,  y  concluye  que  para  el  traslado de pruebas de  cualquier  actuación  administrativa  o  judicial a la penal deben satisfacerse  las  exigencias  establecidas  en  el artículo 185 del Código de Procedimiento  Civil,  porque de lo contrario se estaría en presencia de una prueba ilegal por  vulneración del debido proceso.   

         Acota  después  que  estas  exigencias no fueron observadas en el  traslado  de  la  indagatoria  y  la declaración de Pallomari, así como de las  inspecciones  judiciales en curso de las cuales fueron incautados algunos de los  documentos  que  soportan  la  acusación,  pruebas  que  surgen  nulas de pleno  derecho  conforme  establece el Constituyente, sin que pueda contra argumentarse  que  la  defensa tuvo la posibilidad de controvertirlas a posteriori, pues no es  menos importante la realizada al momento de su práctica.   

         Así  las  cosas,  insiste  el  demandante, se debe casar el fallo  impugnado  y  declararse  la  nulidad  de  todo  lo actuado a partir del auto de  cierre de la investigación.   

         Quinto cargo.   

         Con  fundamento  en  el  numeral 3º del artículo 220 del Decreto  2700  de  1991,  el  defensor solicita que se case la sentencia del Tribunal por  haberse   incurrido  en  violación  del  derecho  de  defensa  material  al  no  permitírsele  al  sindicado  el acceso al expediente para preparar sus alegatos  previos al fallo de primera instancia.   

         El  recurrente  señala  que en su momento la defensa solicitó el  traslado  del  sindicado  a  la  sede  del  Juzgado  competente  por  el  factor  territorial,    y    que    otro    tanto    hizo    el    doctor   HOLGUÍN  en  la  fase  final  de  la  primera  instancia  con  el  propósito  de  imponerse  en  forma  directa de la  actuación  seguida  en  su contra; sin embargo, la respuesta del juzgador a quo  fue  el silencio y la negación tácita con ostensible transgresión del derecho  a la defensa material.   

         Admite  que  el  procesado en todo caso alegó de conclusión ante  el  temor  de  no obtener una respuesta a su pedido; sin embargo, en tal escrito  anunció  que  de  ser autorizado el acceso al expediente lo complementaría con  la  alusión  más  precisa  a  las pruebas practicadas y a otros aspectos de la  actuación  que  incluso a la fecha son totalmente desconocidos para el acusado,  como  dejó  constancia  en  la  notificación personal del auto que citó a los  sujetos  procesales  para  la  sentencia  y  al  solicitar  la  nulidad de dicha  providencia.   

         Con  los  anteriores  argumentos  solicita la nulidad a partir del  auto  “de preparación para la sentencia de primera  instancia”.   

         Sexto cargo.   

         También  al  amparo  de la causal tercera, el impugnante acusa la  sentencia  de  segunda  instancia  de  la  vulneración  del debido proceso, que  deriva  de la irregularidad sustancial cometida por el  Juzgado Regional de  Cali  al remitir en forma incompleta el expediente al Tribunal Nacional para que  se  surtiera  la  apelación  interpuesta contra el fallo condenatorio de primer  grado,  concretamente,  sin  los  60  anexos donde obran pruebas fundamentales a  favor  del  procesado  con  las  que  se  demuestran los servicios profesionales  prestados   por   el   doctor   HOLGUÍN  a los hermanos Rodríguez Orejuela, desvirtuándose  por lo  tanto el enriquecimiento ilícito endilgado.   

         Con esta misma orientación destaca que  en  el  auto  mediante  el  cual se concedió la alzada se ordenó el envío tan  sólo  de los cuadernos originales, estrictamente acatada por la Secretaría del  a  quo   como se constata de las comunicaciones respectivas.  Así las  cosas,  el  Tribunal  resolvió  “con  base  en un  proceso   mutilado”.            

         Destaca que en los anexos ignorados por  la  segunda  instancia  como  consecuencia  del yerro de actividad denunciado se  encontraban  las  declaraciones  de  renta  del sindicado correspondientes a los  años  de  1990  a  1994,  necesarias  para analizar el patrimonio y concluir la  existencia  de un enriquecimiento ilícito; los documentos referidos a la compra  de  un  vehículo Mercedes Benz, su importación y posterior venta, “que  al  ser  reconocido  rebaja el crecimiento patrimonial del  sindicado  en  no  despreciable  suma  de cincuenta y cinco millones de pesos ($  55.000.000); finalmente, el cuaderno relacionado con  la  compra  de  los inmuebles que componen el patrimonio del doctor HOLGUÍN,   soporte  además  de  las  alegaciones de conclusión y al cual nadie se ha referido.    

          Dadas   las  anteriores  condiciones  encuentra  claro,  entonces,  que  la  grave irregularidad puesta de presenta se  traduce  en  la  violación  trascendente del debido proceso, constitutiva de la  causal  de nulidad prevista en el artículo 304-2º del estatuto procesal penal,  que   solicita   sea   declarada   a   partir   de   la   sentencia  de  segunda  instancia.   

         Séptimo  cargo.   

         Acudiendo   nuevamente  a  la  causal  tercera  de  casación  del  artículo  220 del derogado estatuto procesal penal, el libelista demanda que se  case  la  sentencia  condenatoria  impugnada  por  haberse  incurrido en ella en  irregularidades   sustanciales  que  afectan  el  debido  proceso,  “puesto   que  se  desconoció  el  principio  de  favorabilidad  constitucional  y legalmente consagrado”.  Tal  hecho  aparece  consagrado  como  causal  de invalidación en el numeral 2º del  artículo   304   del   C.   de   P.P.,   en   consecuencia,  debe  “decretarse  la  nulidad  de la sentencia y en su lugar se dicte  (sic) fallo absolutorio de reemplazo”.   

         En  orden  a  demostrar  la  anomalía alegada en esta censura, el  actor  discurre  sobre  el  concepto  y  la  positivización  del  principio  de  legalidad,  concebido  como  una garantía de la libertad personal de la cual se  deriva  la  prohibición del juzgamiento por un hecho no previsto como delito en  una   ley   previa,   que   señale   además  la  pena  correspondiente  y  los  procedimientos  de  obligada observancia en la investigación y el juicio.    

         Alude  a  las sentencias de control constitucional, a su relación  con  el principio de legalidad  y concluye que en  determinado momento  producen  las  mismas  consecuencias  de  una  derogatoria.  Transcribe los  comentarios  de  la  jurisprudencia y la doctrina constitucionales en la materia  para  afirmar  que  los efectos de los fallos de constitucionalidad sólo pueden  proyectarse  hacia  el  futuro  so  pena  de  vulnerar  el mencionado postulado,  integrante además del concepto del debido proceso.   

         Seguidamente  reseña  las  providencias  de las Cortes Suprema de  Justicia  y Constitucional sobre la exequibilidad de las normas que han descrito  el  enriquecimiento  ilícito de particulares,  para plantear que cuando en  la  sentencia C-127 de 1993 se sostuvo que las actividades delictivas vinculadas  causalmente  al  incremento  patrimonial  debían estar judicialmente declaradas  para  no violar el debido proceso, ello significó que desde la tipificación de  tal  delito  en  1989,  hasta  el 18 de julio de 1996, fecha en la cual la Corte  Constitucional  reconsideró  dicha  postura  en  el fallo C-319 de tal año, el  hecho  punible  en  comento  era  de carácter subsidiario, pues dependía en su  consumación   de   la   previa   condena   por   el   delito  que  originó  el  enriquecimiento.    

         En  este  orden  de ideas, concluye el  actor,  el  juzgamiento  de  conductas  anteriores  al  18  de  julio  de  1996,  considerando   el  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  como  un  delito  autónomo  de  conformidad  con  las  directrices de esa última sentencia de la  Corte    Constitucional,   constituye   una   flagrante   arbitrariedad   y   el  desconocimiento del principio de legalidad.   

         Afianza  la conclusión anterior desde la óptica del principio de  la  irretroactividad  de  la  ley  penal,  que  entiende constituye un requisito  mínimo  para la seguridad jurídica; consideraciones que traslada luego al caso  examinado,  donde  la totalidad de los cheques de los cuales fue beneficiario el  doctor  HOLGUÍN  fueron  girados  antes  del  18  de  julio de 1996, para colegir que debió aplicársele  entonces  la  jurisprudencia constitucional de 1992 (sic), de conformidad con la  cual  para  predicar  el  enriquecimiento ilícito se requería que la actividad  delictiva  de  la  cual  se derivaba el aumento patrimonial estuviera demostrada  por  sentencia  debidamente  ejecutoriada,  que  no  existía  respecto  de  los  hermanos Rodríguez Orejuela.   

         En  este  orden  de  ideas  solicita  la  anulación  del fallo de  segunda  instancia  y el proferimiento de una sentencia sustitutiva de carácter  absolutorio.   

         Octavo cargo.   

         El  recurrente  propone  esta censura por violación mediata de la  ley  sustancial,  como  consecuencia  del  error  de  derecho  cometido  por los  juzgadores   al  apreciar  las  pruebas  que  fueron  ilegalmente  allegadas  al  proceso.    Alude  el  actor  en  este  reparo,  concretamente,  a las  recaudadas   por   la  llamada  “Comisión  de  Fiscales”,  que  se  limitó  “a  remitir  una  serie  de  documentos sin que se  hubieran  enviado  las  copias  de las diligencias de allanamiento en que fueron  obtenidos”,  indispensables  para  esclarecer  su  legalidad.   

         Cita  como  normas  infringidas  los  artículos  246  y  251  del  estatuto  procesal  penal (Decreto 2700 de 1991) “y  de  manera  indirecta  el  artículo 1º del Decreto 1895 de 1989, convertido en  legislación  permanente  por el artículo 10º del Decreto 2266 de 1991 y de la  Ley 333 de 1996”.   

          En la fundamentación del reproche el  demandante  destaca  que  mientras  la  actuación contra el doctor HOLGUÍN   se   encontraba   bajo  el  conocimiento  de  la Corte, la llamada “Comisión de Fiscales” prosiguió el  instructivo  de  manera autónoma y aportó a estas diligencias los elementos de  juicio  que  no  fueron el resultado del cumplimiento de una comisión dispuesta  por  la  Corporación  competente,  respecto  de  los  cuales  nunca se informó  además  cómo  fueron  obtenidos.   Ante  tales  condiciones,  bien  puede  afirmarse  que  se  produjo  un  simple  transporte  material  de pruebas, no el  traslado de la misma legalmente efectuado.   

         Más   adelante   reitera   “que  la  mayoría  por  no decir que la totalidad de pruebas incriminantes”  se  practicaron  en  otros  procesos  en  los  que obviamente no  intervino  el  sindicado,  a  quien  no  se le permitió tampoco el acceso a las  pesquisas   preliminares   y  careció  de  oportunidad  para  contradecir  esas  evidencias.   Insiste  en  el  carácter  indelegable  de  las competencias  constitucionales,  a  la vez que plantea, por otra parte, que no existe claridad  sobre  los documentos enviados por la Comisión de Fiscales  a la Corte y a  partir  de  los cuales se iniciaron las presentes diligencias, máxime que en el  acta  del  allanamiento  en  el  que  supuestamente se incautaron no se menciona  dicho  suceso.   En síntesis, concluye, la legalidad de estos elementos de  juicio  surge  seriamente  cuestionada,  por  lo  tanto,  no pueden tenerse como  pruebas.   

         Idéntica   situación   se   configura,   afirma   el  libelista,  tratándose   de   los   cheques   girados   a  favor  del  doctor  HOLGUÍN o de sus familiares y que son  el  fundamento  de  la  imputación  erigida  por  el  delito de enriquecimiento  ilícito,  pues  en el oficio remisorio se adujo su hallazgo durante el registro  a un inmueble sin que conste tal decomiso en el acta respectiva.   

         Así  las  cosas,  se  encuentra  demostrada  la ilegalidad de los  allanamientos     y     de     las    remisiones    probatorias,    “caso  en  el  cual, por la existencia de errores de derecho, no  podían    ser   apreciadas   por   los   jueces   de   instancia”,  de manera que al haberlas atendido se incurrió en “la  violación  indirecta  de  las  normas  relacionadas con la  tipificación  del  delito  de  enriquecimiento  ilícito  de particulares y las  relacionadas  con  la extinción de dominio”.              

         Con base en los fundamentos reseñados,  el  demandante  opina  que  debe casarse la sentencia impugnada y dictarse la de  reemplazo  de  naturaleza  absolutoria,  pues  entre  las  pruebas  recaudadas y  allegadas  de  manera  ilegal  se  encuentra  toda  la  que sustenta el supuesto  enriquecimiento ilícito.   

         Noveno cargo.   

         El  censor  denuncia  la infracción directa del artículo 1º del  Decreto  1895  de 1989, “convertido en legislación  permanente  por  el  artículo  10  del  Decreto 2266 de 1991 y de la Ley 333 de  1996,   por   haber  incurrido  los  juzgadores  de  instancia  en  errores  de  derecho  al  valorar  la  prueba trasladada, que fue  ilegalmente  incorporada  a  los  autos  porque  se  omitieron  los mandatos del  Código de Procedimiento Civil.   

         Invoca  como  normas  medio  transgredidas los artículos 21, 246,  247,  251  y  254 del Código de Procedimiento Penal, así como el artículo 185  del estatuto procesal civil.   

         Después,   en   la   sustentación   del  reparo  transcribe  las  argumentaciones  que  en  relación  con  este  mismo tema formuló en el cuarto  motivo  de  casación,  a  las  que  baste remitirse ahora en esta reseña de la  demanda.   

         Concluye   el   desarrollo  argumentativo  planteando  que  si  la  indagatoria  y  declaración  de  Pallomari,  las inspecciones judiciales en las  cuales  se encontraron los documentos que fundamentan la acusación “y  otras  pruebas  que  han  sido  irregularmente  allegadas al  proceso     son    inválidas    por    mandato    constitucional”,  resulta  claro  que  el  fallo  impugnado  debe  ser  casado  y  consecuentemente   dictarse   la   sentencia   de   sustitución   de  carácter  absolutorio.   

         Décimo cargo.   

         Esta  censura  la  apoya  el  casacionista en la causal primera de  casación,  cuerpo  segundo, porque en su criterio los falladores incurrieron en  errores  de  hecho,  por  falsos  juicios  de  existencia,  al prescindir de las  pruebas  que  demostraban los servicios profesionales que el sindicado prestó a  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela,  sin  duda trascendentes, pues con ellas se  desvirtuaba   la   comisión   del  delito  enriquecimiento  ilícito  imputado.             

         Señala  como  normas medio vulneradas  las  previstas  en  los  artículos  246, 247 y 248 del Código de Procedimiento  Penal   “y  de  manera indirecta el artículo  1º  del  Decreto  1895  de  1989,  convertido en legislación permanente por el  artículo  10  del  Decreto  2266  de  1991  de  la Ley 333 de 1995 (sic)”,  normas  que  no  estaban llamadas a regular el caso examinado, pues se encuentra  demostrada  la  inexistencia  del enriquecimiento ilícito imputado al sindicado  HOLGUÍN,    quien  simplemente     recibió     unos    dineros    a    título    de    honorarios  profesionales.   

         Concreta  que  los  juzgadores  omitieron  el  análisis  de  los conceptos realizados por el doctor  HOLGUÍN  para  los  hermanos Rodríguez Orejuela sobre  varios  temas  jurídicos,  aportados en el período probatorio de la causa, las  declaraciones  rendidas  en  esa  misma fase del proceso por el abogado Lisandro  González  Barbosa,  apoderado  de  Gilberto  Rodríguez Orejuela, así como los  testimonios      de     los     ex     –  magistrados   Aníbal   Posso  Londoño  y  Camilo  González  Múnera,  quienes  confirmaron  también  esa  asesoría jurídica que les brindó el acusado a los  confesos narcotraficantes.   

         Agrega  que  los juzgadores insistentemente aseguraron la ausencia  de  documentos  demostrativos  de  la  actividad  profesional  del  sindicado en  beneficio  de  los  hermanos Rodríguez Orejuela, pero cuando se allegaron a las  diligencias   los   ignoraron   olímpicamente  en  un  claro  falso  juicio  de  existencia,   por   omisión   “total  de  pruebas  oportuna  y  legalmente aportadas y producidas dentro del proceso”.   

         Advierte  que  los  medios  de  convicción  atrás enunciados son  trascendentes  porque  revelan la relación profesional entre el encausado y los  hermanos   Rodríguez  Orejuela  destruyendo  la  imputación  por  un  presunto  enriquecimiento  ilícito,  pues  acreditado  tal  nexo profesional, los dineros  recibidos   por   el   doctor   HOLGUÍN tienen una justificación lícita.   

         Con  los  anteriores  argumentos  solicita  a la Sala que case el fallo impugnado y dicte la sentencia  absolutoria de reemplazo.   

        Undécimo cargo.   

         Con  apoyo  en  la causal primera de casación, cuerpo primero, el  casacionista  acusa  la  violación indirecta del artículo 1º del Decreto 1895  de  1989,  convertido en legislación permanente por el artículo 10 del Decreto  2266  de  1991,  y  de  la  Ley  333  de 1996, como consecuencia de “errores  de  hecho  trascendentes en la apreciación probatoria  puesto  que  se  incurrió  en  falsos juicios de identidad, al desconocerse las  reglas  de la sana crítica, que regulan la limitada discrecionalidad que tienen  los  funcionarios  judiciales  en  el  proceso  de apreciación de los medios de  convicción”.    

         En  el  desarrollo  de la censura cita  como  normas  medio vulneradas los artículos 246, 247, 253 y 254 del Código de  Procedimiento Penal.    

         Conceptúa sobre la libre apreciación  probatoria,   respecto  de  las  implicaciones  derivadas  de  la  necesidad  de  ajustarse  para tal fin a las reglas de la sana crítica, así como en relación  con  el conocimiento científico, la experiencia y la lógica, para concluir que  dicho  sistema  de análisis de la prueba no puede conducir al capricho judicial  pues quedaría socavado el modelo de Estado Social de Derecho.   

         Plantea  que  la  modalidad  de  desatino acusado se traduce en la  valoración  probatoria  efectuada en contravía de las reglas de la ciencia, la  experiencia  y  la lógica, que afirma configurado entonces  en el presente  asunto     porque     los     falladores     le     concedieron     “credibilidad  a  unos medios de prueba y se la negaron a otros,  existiendo  las  mismas  circunstancias  personales  en  relación  a los varios  testimonios  apreciados  que  hubieran impuesto una misma valoración probatoria  para  el  rechazo o la aceptación de tales medios de convicción”.   

         Precisa  seguidamente que en la sentencia del ad quem se concedió  plena  credibilidad al testigo Pallomari, pero se le negó todo mérito a Miguel  Rodríguez  Orejuela  cuando  afirmó  la prestación de servicios profesionales  por    parte    del   doctor   HOLGUÍN,  conclusión  que se ofrece caprichosa pues ambos declarantes se  encuentran   en   similitud   de   circunstancias   personales  y  sociales,  en  consecuencia,  ambos  debieron  aceptarse  como  veraces  o  ser  rechazados por  inverosímiles.   

         Advierte   con   idéntica   orientación   argumentativa  que  el  calificativo  de  delincuente es predicable de los dos deponentes citados.   Más  aún,  que el Tribunal en la valoración probatoria omitió considerar que  las   acusaciones   de   Pallomari  ameritaban  una  especial  reserva  ante  la  posibilidad  de  haber  estado  inspiradas en el único propósito de obtener de  las  autoridades  norteamericanas  beneficios  punitivos.   En fin, el  censor  afirma  como  sustento  del  reparo,  que  los juzgadores le concedieron  credibilidad  a tal testigo, “como si se tratase de  un  respetable ciudadano, olvidando que se trata de un delincuente internacional  que  se  encuentra a buen recaudo precisamente como consecuencia de sus andanzas  criminales”.   

         Aclara  que  con  este  reproche no opone su personal apreciación  probatoria  a  la del juzgador, sino que está evidenciando el grosero análisis  efectuado  por  los  falladores  de instancia al otorgarle entero crédito a las  incriminaciones  del  testigo  Pallomari  no  obstante  su pasado criminal, para  descartar  sin  embargo  todo  atisbo de veracidad en las afirmaciones de Miguel  Rodríguez Orejuela, precisamente, por calificarlo de delincuente.   

         Con  base  en  estos  planteamientos  solicita  casar la sentencia  impugnada        y        absolver        al        procesado       HOLGUÍN.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

         El  Procurador Tercero Delegado se pronuncia sobre la totalidad de  los  reparos  elevados  por  el defensor a la legalidad del fallo, y sugiere que  algunos  de  ellos  deben  encontrar  prosperidad  en  esta  sede,  en tanto que  desestima  los  restantes.   En  torno  a  tales censuras reflexiona en los  términos a continuación reseñados.   

         Primer cargo.   

         Advierte  que  la  Corte  Suprema de Justicia dispuso adelantar la  investigación   preliminar,   la   práctica  de  unas  pruebas  y  recibir  la  declaración   espontánea  del  imputado  una  vez  se  hubiesen  evacuado  las  diligencias  ordenadas, sin expresar en esta oportunidad la necesidad de evaluar  los  resultados  de  dichas  pesquisas  antes de establecer la procedencia de la  versión  libre  del  implicado,  decisión que por lo tanto no podía atar a la  Corporación en el ulterior desarrollo de la actuación judicial.   

         En  todo  caso, señala, la Sala recuperó la discrecionalidad que  había  cedido  con  el  comentado  pronunciamiento,  cuando  en  auto del 11 de  octubre  de  1995  consideró  necesario  practicar  nuevas  diligencias para el  esclarecimiento  de  los  hechos,  ocasión  en  la  cual manifestó que una vez  realizadas  se  determinaría  si resultaba procedente o no mantener la orden de  recibirle  la  versión  libre, que finalmente desestimó al ordenar la apertura  de la investigación en providencia del 9 de febrero de 1996.   

         Destaca  que  de  conformidad  con el artículo 322 del Código de  Procedimiento   Penal   vigente  para  la  época  de  las  diligencias  no  era  obligatorio  recibir la versión libre del imputado, ni aún en aquellos eventos  en  los  cuales  el  interesado  lo  solicitaba; asimismo, que era perfectamente  posible  que  el  funcionario  competente  terminara  la  indagación previa sin  efectuar  tal  actuación,  profiriendo  resolución inhibitoria o decretando la  apertura   de   la   instrucción,   sin  que  en  tales  hipótesis  resultaran  quebrantadas  las  garantías  del incriminado, pues dentro de la estructura del  proceso  penal  la  versión  del  imputado  en  la investigación preliminar no  constituye presupuesto indefectible.   

         Agrega  que  en  manera  alguna  fue  arbitraria  la  decisión de  condicionar  la  diligencia  en  cuestión al acopio de las pruebas orientadas a  esclarecer  si  había  lugar  al  ejercicio de la acción penal, y que si de su  incorporación  se  advirtió  la  necesidad  de  iniciar  la  instrucción,  la  versión  libre perdía su objeto para abrir compuerta a la defensa a través de  la vinculación mediante indagatoria.   

         Plantea  que  con  la  apertura  de  la  instrucción  sin  agotar  previamente  la versión libre no se cercenaron las posibilidades defensivas del  inculpado;  pero  además,  que  el  censor   omitió esbozar de qué forma  habría  podido controvertir en la investigación preliminar la prueba recaudada  en  dicha  fase,  a tal punto, que hubiese determinado a la Corte a proferir una  decisión  diferente  al  inicio  del  sumario.   En fin, que con la simple  alusión  a  las  maneras  como  puede ser rebatida la prueba no se satisface la  exigencia   de   demostrar  la  trascendencia  del  error  de  actividad  en  la  afectación del debido proceso o de las garantías del procesado.   

         Por  los anteriores motivos, el Ministerio Público no comparte la  propuesta de nulidad del demandante y sugiere su desestimación.   

         Segundo cargo.   

         El fuero establecido  para  los  congresistas  constituye  una  excepción a la naturaleza del proceso  penal  que  la  Carta Política concibe, porque se unifican en un mismo ente las  funciones  de  instrucción,  acusación  y juzgamiento; sin embargo, dentro del  contexto  normativo que lo regula no se advierte una competencia tan rígida que  le  impida  a  la Corte apoyarse para el cumplimiento de dicha función en otros  funcionarios,  o  que  la  sustraiga  de  la  posibilidad  de comisionar para la  práctica  de  pruebas  y la toma de decisiones que no resuelven el fondo de los  asuntos propios de la actuación penal.    

         Por   el   contrario,  las  normas  alusivas  a  la  comisión  se  fundamentan  en  la  necesidad  de adelantar las investigaciones con celeridad y  eficiencia  dentro  del  concepto  de colaboración armónica en el ejercicio de  las  funciones  estatales, también de estirpe superior,  como lo entendió  la  Corte  Constitucional  al  determinar  la  exequibilidad  de la potestad que  tienen  los  funcionarios  de  la fiscalía para comisionar a otros funcionarios  judiciales   (sentencia  C-396  de  1994,  M.P.  Dr.  Alejandro Martínez Caballero).   

         El  argumento  del libelista también pierde fuerza si se advierte  que  el artículo 333 de la Ley 5ª de 1992 faculta al Congreso de la República  para  otorgar comisiones cuando ejerce funciones jurisdiccionales de conformidad  con el artículo 174 de la Constitución Política.     

         En  este  orden  de ideas, concluye el  Delegado,  cuando la Corte Suprema de Justicia dispuso comisionar a funcionarios  de  la  fiscalía  para  la  práctica  de unas específicas diligencias, actuó  dentro  de la órbita de sus facultades constitucionales y legales, sin que ello  implique el desconocimiento del fuero que amparaba al incriminado.   

         De  otra  parte,  la  Corte  no  se desprendió de la dirección y  control  de  la  actuación,  porque nunca delegó las funciones básicas que le  competían  en  el  proceso;  por  el  contrario,  de  manera directa ordenó la  investigación  preliminar,  abrió  la instrucción, escuchó en indagatoria al  sindicado,  a  quien le resolvió la situación jurídica, ordenó el cierre del  sumario  y  elevó  la acusación.   Además, la facultad concedida al  funcionario   comisionado   para   practicar   las   restantes  diligencias  que  considerara  necesarias  no  le  permitía  extender  su  actividad  a  aspectos  reservados  a  la  Corporación competente, tan sólo lo habilitaba la práctica  de  las  pruebas íntimamente relacionadas con las dispuestas por la Sala.    

         Tampoco tiene respaldo la crítica del  demandante,  afirma,  en  el  sentido  que  la  fiscalía  adelantó  de  manera  autónoma  investigaciones  paralelas  a  las  que  no tuvo acceso el procesado;  menos  aún,  la  de haber aportado de modo ilegal elementos probatorios sin que  existiese  dentro  del proceso auto que ordenara su aducción, simplemente en la  actividad  emprendida  para  desmantelar  una  compleja  organización  criminal  inició   varias  investigaciones  penales,  y  dentro  de  esta  dinámica,  al  encontrar  evidencias  que interesaban a otras actuaciones en curso, procedió a  remitirlas a la autoridad respectiva.   

         En  lo  que  atañe  con  la técnica de la censura, el Procurador  Delegado  advierte  que  el  demandante  cuestiona  la  legalidad  de la prueba,  aspecto  que  debió  ventilar por la vía de la causal primera de casación; de  igual  modo,  que  incurrió  en  la impropiedad de alegar en forma genérica la  existencia  de  vicios  en  los elementos de juicio que sustentan la acusación,  sin  especificarlos  cuáles fueron los medios de prueba viciados, como en rigor  le  correspondía para que la Corte examinara su legalidad y la eventual ruptura  de la sentencia atacada.    

         A   partir  de  estas  argumentaciones,  entonces,  el  Ministerio  Público  afirma  que  el  reproche carece de aptitud para derruir las bases del  fallo.   

         Tercer cargo.   

         El  principio  de investigación integral no es absoluto, sino que  debe  armonizarse  con otros que rigen también el proceso penal, tales como los  de  conducencia  y  pertinencia de la prueba.  Esta integración le permite  al  funcionario  judicial  hacer  declaraciones anticipadas en relación con los  hechos  a  los que se refieren las pruebas, que no lo comprometen sobre el fondo  del  asunto en la medida que no entrañan la anticipación de criterios sobre la  responsabilidad  del  procesado.   Lo  anterior  significa,  a juicio de la  Procuraduría,  que  si  el  juez  o  el fiscal al momento de resolver sobre una  determinada  petición  de pruebas, estima que con las existentes en ese momento  se  encuentra  probado  el hecho que se pretende acreditar, debe declararlo así  sin   que   esté   obligado   a   mantener  dicha  afirmación  en  un  estadio  ulterior.   

         Trasladadas  estas reflexiones al caso examinado, encuentra que si  la  Corte  afirmó  que  estaba  probada  la  asesoría jurídica que brindó el  procesado  a  los  hermanos  Rodríguez Orejuela, esta declaración no la ataba,  como  tampoco  al juez competente al momento de dictar la sentencia, pues podía  apartarse  de ella sin contrariar el ordenamiento jurídico o generar una causal  de nulidad   

         Destaca  que  la  defensa  buscó  acreditar  el  aludido vínculo  profesional  mediante  prueba  testimonial,  de  manera  que  con la decretada y  efectivamente  acopiada  se  observó  el  principio de investigación integral;  asimismo,   que  las  peticiones  en  este  punto  no  estuvieron  orientadas  a  establecer  una  asistencia  para  asuntos  concretos y determinados, que fue lo  reprochado  por la Corte en la resolución de acusación, a modo de vinculación  permanente  para  facilitar  de uno u otro modo las actividades ilícitas de los  hermanos Rodríguez Orejuela.     

         En esta misma línea de razonamiento se  desenvolvió  el  fallo  de  segundo  grado,  donde  el Tribunal dejó en claro,  finalmente  y  a  pesar  del  carácter  deshilvanado  de  su  análisis, que la  responsabilidad  penal  surgía,  no de la ausencia de la relación profesional,  sino  de  la  ilegalidad  de  la misma, al asumir que el contrato alegado por el  incriminado  tenía  causa  ilícita.  Así las cosas, las afirmaciones del  juzgador  ad  quem,  referidas  a la ausencia de una prueba sobre las precisas y  específicas  actividades  jurídicas desempeñadas por el acusado, no niegan el  hecho  que  la Corte adujo en su momento para negar la práctica de las pruebas,  como lo asegura el censor.   

         Finalmente,  respecto  a  la  solicitud  de  testimonios  de otros  profesionales  del  derecho  sobre  la  cual  no  hubo  pronunciamiento  de  los  funcionarios  judiciales,  el  Procurador  advierte que la demanda no señala la  repercusión  que  esta  omisión  tuvo  en las garantías del procesado y en la  investigación  integral,  pues  se limita a comentar que fueron requeridos para  que  informaran  de  la  relación  profesional  del  encausado con los hermanos  Rodríguez  Orejuela,  cuando  lo  discutido no era la existencia de dicho nexo,  insiste, sino la forma como se desplegó.   

         Por  lo  anterior, como quiera que la censura carece de razón, no  puede prosperar.   

         Cuarto cargo.   

         Las  irregularidades  planteadas en este cargo se proponen bajo un  motivo  inadecuado, porque el demandante por la vía de la nulidad invoca vicios  de   legalidad  en  las  pruebas  trasladadas  argumentando  la  violación  del  principio  de  contradicción,  cuando ha debido postular tal reproche al amparo  de  la  causal primera, por violación indirecta de la ley sustancial, ya que la  falla  alegada  envuelve  un error de derecho determinado por un falso juicio de  legalidad.   

         La  razón  de ser de este requisito echado de menos en la censura  no  es caprichosa, advierte el Ministerio Público, porque la apreciación de la  prueba  ilegal,  de  tener  incidencia  en  el  fallo impugnado, no deriva en la  invalidez  del  proceso  sino en la mutación del sentido de la sentencia, desde  luego,    en   el   evento   que   se   derriben   sus   restantes   fundamentos  probatorios.   

         En todo caso, acota el Procurador, los  argumentos  que  sustentan  la  propuesta  son incompletos, pues se aboga por la  aplicación  de  las  normas  rituales civiles con fundamento en el principio de  integración,  sin  tener en cuenta la distinta naturaleza de los procesos civil  y  penal.   Además,  el actor omitió determinar con exactitud las pruebas  afectadas  con  el vicio de legalidad pregonado, para aducir de manera genérica  que  el  defecto  vicia  todas las que fueron trasladadas, como si de esta forma  pudiera   demostrarse   un  error  que  por  su  propia  naturaleza  reclama  la  individualización   de   los   medios   de   persuasión   cuya   legalidad  se  controvierte.   

         En  síntesis,  como el cargo no es idóneo para socavar las bases  del proceso, estima que no está llamado a prosperar.   

         Quinto y sexto cargos.   

         El  censor  presenta  en  dos cargos lo que entiende el Ministerio  Público  que  constituyeron  obstáculos  puestos al procesado para el adecuado  ejercicio   de   su   defensa,   que   permiten   por  lo  tanto  una  respuesta  conjunta.   

         Seguidamente  discurre  sobre  el  alcance  del derecho de defensa  partiendo  de  su  consagración como garantía integrante del debido proceso en  el  artículo  29  de  la  Carta Política, que se desarrolla dentro del proceso  penal  en  sus  vertientes  formal  y  material;  garantía  acogida con similar  contenido  en  el artículo 14-2º del Pacto Internacional de Derechos Civiles y  Políticos  de  1966,  y en los literales c. y d. del artículo 8º del Pacto de  San  José  de  Costa  Rica,  normas  superiores  con  sujeción a las cuales el  funcionario  judicial está en la obligación de permitir al procesado el acceso  a los medios de defensa legalmente establecidos.   

         Acogiendo  estas previsiones, tratándose del sindicado privado de  la  libertad,  el  legislador  previó  la  notificación  personal  de  ciertas  providencias,  la  intervención  del acusado en la audiencia y su reclusión en  una  cárcel  ubicada  en  el  mismo lugar en donde tiene su sede el funcionario  encargado  del  juzgamiento,  mecanismos a través de los cuales puede llevar el  control  del  proceso adelantado en su contra, sin que la presencia del defensor  pueda  considerarse  como  incompatible con el ejercicio de la defensa material,  pues  la  actividad  del  abogado  no  excluye  la  del  inculpado  ni  la torna  innecesaria.   

         Ahora bien, cuando la  detención  preventiva  se  cumple  por razones legales en un sitio diferente al  del  juzgamiento,  para  determinar  la  eventual  violación  del  derecho a la  defensa,  resulta  preciso  determinar si las dificultades que tuvo el procesado  para  acceder  al  expediente son consecuencia de una regulación normativa o de  una  situación  material,  pero  además, si fueron adecuadamente superadas con  mecanismos  que le permitieran conocer la actuación o enterarse de su contenido  y    desplegar    las    actividades    pertinentes    en    procura    de   sus  intereses.   

         Aduce  que de conformidad con el artículo 403 del Decreto 2700 de  1991,  en armonía con los artículos 21 y 29 de la Ley 65 de 1993, el procesado  HOLGUÍN,  dado el fuero  constitucional  de  juzgamiento  que  lo  amparaba  al  momento  de  iniciar  la  detención  preventiva, fue recluido en un establecimiento especial de la ciudad  de  Bogotá,  señalado  por  la  Sala  Penal  de  la  Corte Suprema de Justicia  mientras    esta    Corporación    fue    competente    para    adelantar    el  proceso.   

         Posteriormente,  cuando  un  Juzgado  Regional  de Cali asumió el  conocimiento  del  asunto, al tenor del artículo 21 de la Ley 65 de 1993 debió  señalar  el  sitio  de reclusión, obligación que se abstuvo de cumplir.   Ante  esta  omisión  el  defensor  elevó  la solicitud encaminada a obtener la  remisión  del acusado a la ciudad de Cali, decidida equivocadamente en auto del  23  de  abril  de  1997  como  si  se tratara de una petición de traslado, para  colegir  el  a  quo  entonces  que  estaban  insatisfechas  las  exigencias  del  artículo  75  de  la  citada  Ley,  pronunciamiento  que mantuvo al resolver el  recurso  de  reposición  presentado  por  el togado y avalado por el Ministerio  Público.   El  Tribunal  Nacional,  por su parte, se abstuvo de dirimir la  alzada  incoada  con carácter subsidiario al estimar que tal providencia no era  susceptible de este medio de impugnación.    

         Así  las  cosas, como el traslado del  sindicado  HOLGUÍN sólo  se  produjo luego de dictada la sentencia de primera instancia por decisión del  Tribunal  Nacional  del  1º de julio de 1998, ante el pedido  del Director  del  INPEC  con sustento en el artículo 21 de la precitada Ley, se le violó el  derecho  a  permanecer  recluido  en  un  establecimiento especial ubicado en la  misma sede del juzgado que conocía de su causa.   

         El  Procurador  encuentra  que al acusado también se le limitaron  arbitrariamente  las  oportunidades  de  defensa  al  privársele  del acceso al  expediente,  sin  tenerse  en  cuenta además, que en el trámite del proceso no  había  lugar  a  la  audiencia  pública,  de  manera  que tuvo que acudir bajo  protesta  a  la  presentación  de sus alegatos, donde aseveró la imposibilidad  para  referirse a todas las pruebas por cuanto ignoraba su contenido.  Esta  vulneración,  a  juicio  del  Delegado,  alcanza  la  entidad  de irregularidad  sustancial  generadora  de una causal de nulidad, que no se diluye por la activa  gestión de su apoderado.   

         Invoca  en  sustento  las  sentencias  SU-960  de  1999 y T-966 de  2000.   Precisa  que  a  lo  anterior  debe  agregarse  que  el incriminado  careció  del conocimiento íntegro de la sentencia de primera instancia, según  la  constancia  obrante en autos, así como de la oportunidad de que el juzgador  ad   quem   adquiriera  un  completo  conocimiento  del  asunto  sometido  a  su  consideración,  pues  al  Tribunal  Nacional  no  fueron  remitidos  todos  los  cuadernos  que conformaban el expediente, y los que permanecieron en la sede del  juzgado   contenían   los  documentos  necesarios  para  dar  respuesta  a  los  argumentos  planteados  por  el  acusado  al sustentar la alzada contra el fallo  condenatorio del a quo.   

         En  conclusión,  la  afectación  se  presentó  cuando  el  acusado  solicitó al juez el examen del  expediente  para  presentar  sus  alegatos  previos, por lo tanto, estima que la  nulidad     debe    declararse    desde    el    auto    de    citación    para  sentencia.   

            

         Séptimo  cargo.   

            

         El  recurrente  aduce  que  el  proceso  está  viciado de nulidad  porque  se  quebrantaron  los  principios  de  legalidad  y  favorabilidad;  sin  embargo,  el  postulado del cual parte carece de realidad, pues para la fecha de  los  hechos  el  comportamiento  investigado  estaba  previsto  en  la  ley como  delito.   

         Tampoco  se  configuró  la  lesión al principio de favorabilidad  desde  la  perspectiva del demandante, aplicable cuando hay tránsito de leyes y  que  no  es  el  caso  aquí  planteado,  donde  clama  por  una interpretación  jurisprudencial  que  estima  más favorable de la norma tipificadora del delito  imputado.   

         Conceptúa    sobre    los    efectos   de   las   sentencias   de  constitucionalidad  y  respecto  del  valor  relativo  de la jurisprudencia como  criterio  auxiliar  en  la interpretación de la ley; afirma que la referencia a  la  declaración  judicial  previa de las actividades ilícitas, contenida en la  sentencia  C-127  de  1993,  por  el  contexto en el que fue efectuada en manera  alguna  modificó  la  estructura  del  tipo penal del enriquecimiento ilícito,  máxime  que  la  Corte Constitucional en la sentencia C-319 de 1996 aclaró que  la  reconsideración allí postulada no implicaba un cambio de jurisprudencia; y  concluye  finalmente,  que  tampoco  en  este  cargo  se atisba vicio alguno, de  trámite  o  de  garantía,  con  incidencia  en  las  bases  fundamentales  del  juzgamiento, por lo tanto, el cargo debe ser desestimado.   

         Octavo cargo.   

         La  censura  desconoce las pautas técnicas de la causal invocada,  pues  cuando  se  trata  del  error de derecho por falso juicio de legalidad, no  basta  con  señalar  las  pruebas  que  supuestamente  fueron  incorporadas  en  contravía  de los requisitos legales, sino que además es necesario indicar las  disposiciones  que  regulan  la aducción de los medios de convicción reputados  como  ilegales,  su  incidencia  en  la  sentencia  impugnada y, adicionalmente,  enfrentar  sus resultados probatorios con los restantes argumentos del fallo con  miras    a    demostrar   que   los   subsistentes   resultan   precarios   para  mantenerlo.   

         En el caso de autos,  estima  el Procurador, el envío material de prueba efectuado por la Fiscalía a  la  Corte  carece  de  ilegalidad,  pues  simplemente  obedeció al principio de  informar  a  las  autoridades  competentes  acerca  de  los  hechos  punibles de  investigación  oficiosa  y de la consiguiente evidencia atinente a ellos.   Lo  importante en casos como éste, es que los sujetos procesales puedan conocer  y  controvertir  los elementos de  juicio allegados, requisito que aquí se  satisfizo sin remisión a dudas.   

         Por  otra  parte, el  censor  perdió  de  vista que de acuerdo con la técnica propia del recurso, si  la  prueba  trasladada  fue  practicada  de  manera  irregular  en el proceso de  origen,  al demandante le corresponde demostrar en qué consistió la ilegalidad  porque  se  presume  legítima atendida la fuente de la cual proviene, carga que  eludió el defensor al formular y desarrollar este reparo.   

         Resalta   que  las  sentencias  se  apoyaron,  entre otras pruebas, en los cheques girados al doctor  HOLGUÍN,  su  esposa  y hermano, cobrados a través de  cuentas  propias, en los emitidos para cancelar cuentas de alojamiento y consumo  en  el  Hotel Intercontinental de Cali, así como en el historial de las cuentas  corrientes  contra  las  cuales  se libraron, elementos de juicio cuyo acopio se  verificó  por  iniciativa  de  la  Corte,  que  además  ordenó  incorporarlos  debidamente  a  la  actuación,  aspecto  omitido  sin  mucha  sutileza  por  el  impugnante.   

         Así las cosas, como  a  la  Sala  le está vedado adicionar, corregir o enmendar las deficiencias del  libelo, el cargo no debe prosperar.   

         Noveno cargo.   

         La  sustentación  de  la  censura  es  incompleta, pues aunque el  actor  afirma  que  el traslado de las pruebas no se rigió por el artículo 185  del  C.  de  P.  C.,  no  concreta  cuál  fue la aducida de tal manera, tampoco  precisó  su  trascendencia  ni  enfrentó  los  fundamentos del fallo.  En  síntesis,  se  limitó  a  transcribir  los  argumentos expuestos en uno de los  motivos  de  nulidad,  sin  especificar  el  error  específico  denunciado y su  trascendencia   en   la  aplicación  de  la  ley  sustancial  en  la  sentencia  recurrida.     

         Estos  evidentes  vicios  de técnica,  afirma el Ministerio Público, tornan inocuo el reparo elevado.   

       Décimo cargo.   

         La    acusación  planteada  por  falsos  juicios  de  existencia  no  es cierta, pues el Tribunal  estimó  los  documentos  que  el  actor  afirma  que  fueron prescindidos en su  análisis;  por lo tanto, el problema se circunscribe a la controversia sobre la  credibilidad  asignada  a  tales  evidencias,  que  no  es  factible  alegar  en  casación  donde  los  juicios de los juzgadores sobre los medios de convicción  están revestidos de la presunción de acierto y legalidad.   

         En  cuanto  a  las  declaraciones  que  se señalan omitidas, el demandante no enfrenta el contenido  fáctico  de  tales  pruebas  con los fundamentos de las sentencias, de modo que  aflore  sin  dificultad a través de dicho cotejo que aquellas los desvirtuaban;  confrontación  eludida,  muy  seguramente, porque la existencia de la asesoría  jurídica  del  sindicado  a  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela  no  estaba en  discusión,  sino la forma como fue ejecutada en contradicción del ordenamiento  jurídico,  punto  sobre  el cual nada aportaban los testigos relacionados en la  demanda.   

         A  partir  de estos argumentos concluye, entonces, que el reproche  surge inepto para el fin postulado.   

         Undécimo  cargo.   

         El  recurrente  acusa  errores  de  hecho  por  falsos  juicios de  identidad  y  a  partir  de  tal  enunciado  aduce que en la apreciación de los  testimonios   de   Guillermo  Pallomari  y  Miguel  Rodríguez  Orejuela  no  se  respetaron las reglas de la sana crítica.   

         La   sustentación   del  reproche,  en  opinión  del  Ministerio  Público,  no  es  la  adecuada,  porque  el  censor  no confrontó el contenido  fáctico  de  la  prueba  con  el  que le asignó el juzgador, como le resultaba  necesario  para  demostrar  la realidad del desatino argüido y proceder luego a  la  precisión de la trascendencia del yerro en las bases argumentales del fallo  atacado.   

         Por  el  contrario,  con la crítica a la credibilidad concedida a  uno  de  los  deponentes  en  detrimento  de  la  veracidad  del  otro, el actor  desenfoca  totalmente el cargo, pues la casación no tiene por objeto reexaminar  la  prueba  y  su  alcance, sino verificar si en la sentencia se observó la ley  que  regula  los  criterios  de  apreciación  de  la misma.   Tampoco  demostró  de  qué  manera  el análisis de tales testimonios repercutió en la  transgresión  de  la  norma  sustancial  que  estima  violada, pues mediante un  precario  desarrollo  argumentativo  se limitó a concluir que la sentencia debe  ser casada.   

         En  este  orden  de  ideas,  concluye, este último cargo debe ser  desestimado.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

         La  Sala  iniciará  la  respuesta  a los cargos de la demanda con  apego  a  la secuencia trazada por el impugnante, como quiera que ningún reparo  suscita  desde  la  óptica  de  la  prioridad  y  la  lógica  que gobiernan la  impugnación  extraordinaria, pues se postulan en primer término los reparos de  nulidad,  además en forma separada y con un orden determinado por sus efectos o  alcances,  de  manera  que  de ser acogidos tornarían innecesario el estudio de  los  ataques  restantes,  fundamentados  en  la  violación  indirecta de la ley  sustancial.   

         Primer cargo.   

         Por  la  vía  de  la  causal  de  nulidad,  el  censor propone la  invalidez  de  todo lo actuado desde el auto a través del cual la Corte dispuso  la  apertura  de  las diligencias preliminares, extendida además a la totalidad  de   las  pruebas  recaudadas  en  dicho  estadio,  pretensión  apoyada  en  la  violación  del  derecho  a  la  defensa que el demandante estima producida como  consecuencia  de  las irregularidades que la Sala pasa a examinar en su realidad  y  trascendencia,  no  sin  precisar  de  antemano,  que  la  legalidad  de  las  actuaciones  aquí  cuestionadas,  ante  el  tránsito  de legislación sucedido  desde  entonces a la data, se determinará con apego a la norma instrumental que  preexistía  para  la  época  de  su  realización.   

         1.   Partiendo  de  la  anterior  premisa,  se  tiene  que el  demandante  plantea  el menoscabo de la referida garantía porque no se le dio a  conocer  a  su  representado  en  forma  oportuna la imputación que originó la  investigación   preliminar,  ataque  que  en  el  desarrollo  argumentativo  lo  concreta  en  el  inicio  de  la  instrucción sin resolverse en algún sentido,  afirma,      sobre      la      petición      del      doctor      HOLGUÍN  de ser escuchado en versión  libre.   

         En  la  réplica  de  este reparo, sea lo primero precisar, que el  imputado  contrario  a  lo  atestado  en  forma insistente por el defensor en la  sustentación  del  cargo,  en manera alguna reclamó la mencionada declaración  injurada  sino que exteriorizó tan sólo estar dispuesto a rendirla (f. 53, cd.  1),  distinción  de  aparente sutileza y nimiedad pero que ponderada en esencia  surge   de   verdad  trascendente,  en  cuanto  permite  diluir  de  entrada  la  aseveración  del  actor  en  el  sentido  de  haberle  sido  negada a aquél la  posibilidad  de  aportar  desde entonces sus explicaciones o en otros términos,  de  desplegar  tal  medio  de  defensa,  pues  fue  el  propio aforado quien sin  ejercitar  el  derecho a solicitar la versión libre, subordinó el decreto y la  práctica de dicha diligencia a la discrecionalidad de la Corte.   

         En  todo  caso,  tampoco  resulta cierto que la Corte en esta fase  previa  ignorara por completo la aludida manifestación del imputado, pues en el  auto  de  fecha  mayo  26  de  1995,  mediante  el  cual  dispuso  la actuación  preliminar,    ordenó    la    versión    libre    del   doctor   HOLGUÍN    pero    supeditó    su  realización  a  los  resultados  de  las  diligencias  dispuestas  en esa misma  providencia  (f.  57,  cd. 1); decisión sin duda ajustada a la discrecionalidad  concedida  en  el  artículo  322  del  estatuto procesal penal entonces vigente  (Decreto  2700  de  1991), que facultaba al funcionario judicial para efectuarla  cuando  lo  considerara  necesario,  obviamente,  para  la  consecución  de las  finalidades   previstas   para   la  indagación  previa  en  el  artículo  319  ibídem.   

         Posteriormente,  en  autos  de fechas octubre 11 y noviembre 30 de  1995,   con   el   propósito   también  de  esclarecer  la  ocurrencia  de  un  comportamiento  que propiciara la iniciación del sumario, esto es, con estricto  apego  a  los  fines  de  la  investigación  preliminar,  la  Corte  ordenó la  práctica  de  otras diligencias y precisó en el primero de ellos, además, que  una  vez  allegadas  se determinaría “si hay lugar  para  la  apertura  de  investigación  penal en contra del Dr. ARMANDO HOLGUÍN  SARRIA,  y  si  es  procedente  o  no  mantener  la  orden de recibirle versión  libre”  (f.  191,  cd.  1);  y  así las cosas, surge indiscutible que en su  momento  la  Corporación  subordinó  la versión libre del doctor HOLGUÍN,   de   conformidad  con  la  discrecionalidad  legal de la cual disponía para efectuarla o no, se insiste, a  la  incorporación a las diligencias de los elementos de juicio suficientes para  concretar   y   formular   en   su  contra  una  imputación  penal.           

         Ahora  bien,  resulta  indiferente  para la legalidad del trámite  que  en  auto del 9 de febrero de 1996 (f. 476, cd. 1), la Corte al examinar los  elementos  de  juicio  hasta entonces aportados y como lo había anunciado en la  decisión   atrás  reseñada,  en  el  implícito  entendimiento  de  encontrar  satisfechas  por  completo  las  finalidades de la investigación previa, optara  por   prescindir   de  la  versión  libre  para  decretar  la  apertura  de  la  instrucción   con   orden   de   escuchar  en  indagatoria  al  imputado.    

         En primer término, porque si se quiere  ver  en  la práctica de la diligencia echada de menos una oportunidad defensiva  que  le  habría  permitido  acceder  al  expediente,  imponerse  de las pruebas  allegadas,   controvertirlas   cuestionando   su  mérito  o  a  través  de  la  aportación  y solicitud de las que estimaba necesarias para sus intereses, así  como  para  hacerse representar por un abogado y contar con asistencia técnica,  tal  argumento  cede  al  encontrar que idénticas posibilidades se le ofrecían  con la ordenada vinculación mediante indagatoria.   

         De  otra  parte,  como  lo  ha  discernido  la Sala, por cuanto la  versión  libre  no  constituye  un  presupuesto  necesario  e indefectible para  acceder  a  la etapa instructiva, comenzada con el auto de apertura de la misma,  como  quiera  que tal decisión de conformidad con los artículos 319, 324 y 327  ibídem,  podía  ordenarse  al  quedar superadas las dudas sobre la procedencia  del  ejercicio  de  la  acción  penal,  por  razón de las cuales y con miras a  despejarlas se había dispuesto la investigación previa.   

         2.   El  recurrente  aduce  en un  segundo  reparo que la indagación preliminar se prolongó durante casi un año;  asimismo,  el  acopio  durante  ella  de  buena  parte de la prueba de cargo que  sustenta  el  fallo  de  condena,  sin  oportunidad  de  controvertirla en dicho  estadio  porque  ésta  surgía  a partir de la recepción de la versión libre,  que nunca fue realizada.   

         Al  respecto,  la Sala en modo alguno refuta la afirmada dilación  de  esta  fase,  establecida  del  simple  cotejo  cronológico,  en  tanto  que  corresponde   a  la  realidad  también  el  aporte  en  el  transcurso  de  las  diligencias  previas  de  la  prueba  documental  y  trasladada  reseñada en la  demanda;   sin   embargo,   como   lo   precisa   con  indiscutible  acierto  la  Procuraduría,  en  virtud  del  principio  de  trascendencia  que  orienta  las  nulidades  al  tenor  del  artículo  308-2º  de la codificación procedimental  entonces  vigente,  resulta  forzoso concluir que el actor no cumplió con   la  carga  que  se  deriva  de  este  postulado,  esto  es, de acreditar que las  irregularidades  acusadas  realmente afectaron las posibilidades de controversia  de  dichos  elementos  de  juicio con vulneración, por lo tanto y como asegura,  del derecho de defensa.   

         Esta justificación sobre la incidencia  de  la  anomalía  ritual denunciada, en modo alguno puede entenderse satisfecha  con   el   discurso   al   cual   acudió  el  impugnante  sobre  el  fundamento  constitucional  del  derecho  de  contradicción  y  la  manera  como  puede ser  ejercitado,  antes  o después de decretadas las pruebas, durante su práctica o  con  posterioridad  a  la  realización  material  de  las  mismas, momentos que  califica  de  igualmente  importantes y sin posibilidad de sujetarlos a un orden  de  prevalencia, pues el requisito que en materia de técnica se reclama para el  completo  desarrollo  de  la  propuesta,  no  es  la  formulación  de conceptos  teóricos   de   todos   conocidos  e  irrebatibles,  en  los  que  se  extiende  prolijamente  el  defensor,  sino  la  demostración  concreta  del  influjo que  tuvieron  las  irregularidades  advertidas  en  la tramitación del proceso para  cercenar  o  menguar  la  garantía que se afirmó conculcada y, desde luego, su  incidencia   para   viciar  de  nulidad  el  juicio  finiquitado  con  el  fallo  recurrido.   

         Específicamente,  en  cuanto interesa  para  los  actuales  fines,  el  censor  no  indicó  siquiera  de qué forma se  habrían  podido  controvertir  en  la  investigación  preliminar los medios de  convicción  acopiados  en  dicha  fase,  mediante una estrategia que además le  resultara  ajena  en  los  posteriores períodos probatorios del sumario y de la  causa,  persistiendo  entonces  el  menoscabo  alegado;  menos  aún, lo que era  susceptible  de conseguirse desde la óptica del derecho de defensa, si la Corte  en  lugar  de  dar  inicio  a  la  instrucción hubiese escuchado en versión al  imputado y prolongado la investigación preliminar.   

         En  fin,  de  las  argumentaciones  anteriores  se  colige  que la  versión   que   el   doctor   HOLGUÍN  se mostró dispuesto a rendir surgía superflua, procuradas como  estaban  las  finalidades  de  la  averiguación  previa;  asimismo, que tampoco  constituyó  una  afrenta  al  derecho  a la defensa la apertura del sumario sin  decretar  en  forma  antelada  dicha  diligencia,  sin que sobre añadir que las  restricciones  que  el  imputado tuvo hasta entonces en el acceso al expediente,  derivadas  del  carácter  reservado  de  la  actuación preliminar, encontraban  sustento   en  el  artículo  321  del  Decreto  2700 de 1991, que la Corte  Constitucional  encontró  proporcionadas a la luz de la Constitución Política  por  obedecer “fundamentalmente, a una ponderación  entre  el  derecho  al  debido  proceso – dado que se trata, en todo caso, de un  medio  de  defensa  –  y  el derecho a la verdad”1.   

         Resta           aducir  que  la  insistencia  en  la  práctica  de algunas de las  pruebas  que no habían sido evacuadas en la investigación preliminar, ordenada  en  el auto de apertura de la instrucción (f. 477, cd. 1), la intensa actividad  probatoria  en  el sumario y la causa, así como la recepción de la indagatoria  del  doctor HOLGUÍN desde  los  albores  del instructivo, le restan todo asidero a la argüida vinculación  tardía   del   sindicado,   pues   estas   circunstancias   revelan  de  manera  incontrastable  que  la averiguación no quedó agotada, como se sugiere, en esa  fase  anterior  a  la que el imputado no tuvo acceso; por el contrario, ponen de  presente  que  las  diligencias previas se adelantaron simple y llanamente hasta  cuando  quedó  esclarecida  como probable la comisión de una conducta descrita  en  la  ley  penal  como  delito   y satisfecha entonces la finalidad de la  indagación preliminar.   

         3.   Plantea  el  censor  por  último,  que  en  el auto que  dispuso  la  investigación  preliminar se reconoció personería a un abogado a  quien  el  doctor HOLGUÍN  efectivamente   no   le  había  concedido  su  representación  judicial,  pues  simplemente  anunció  tal  eventualidad  en  caso  de ser convocado a rendir la  versión  libre (f. 53, cd. 1); pronunciamiento inocuo desde todo punto de vista  porque  ninguna  consecuencia  práctica  y  real  se derivaba de él, ya que la  intervención  del profesional se sujetó al antelado agotamiento de la versión  libre,  como  lo  condicionaba precisamente el citado artículo 321 del derogado  estatuto procesal.   

         Por las anteriores razones, el cargo no prospera.   

         Segundo cargo.   

         Por  la  misma  causal tercera de casación, el demandante plantea  la  nulidad  de  todo  lo  actuado  a  partir de la investigación previa por el  desconocimiento  del  fuero  constitucional  que amparó al procesado durante el  tiempo  que  mantuvo  su investidura de congresista, al permitirse según aduce,  que     los     miembros     de    la    Fiscalía    realizaran    “integralmente          la         investigación”.   

         1.     Con    miras   a   discernir   la   realidad   de   la  irregularidad   denunciada  y  su  trascendencia  de establecerse la misma,  constituyen  punto  de  partida  los artículos 186 y 235 de la Carta Política,  desarrollados  a  su  vez  en  el  artículo  68 del estatuto instrumental penal  vigente  para la época de tramitación de estas diligencias, de conformidad con  los  cuales  la  Corte  Suprema  de  Justicia  tiene  competencia privativa para  investigar  y  juzgar  a  los  Senadores  y  Representantes  a la Cámara; fuero  constitucional  que  ciertamente  constituye una excepción al proceso penal que  con  tendencia acusatoria concibió la Constitución, puesto que concurren en el  órgano  límite  de  la  jurisdicción  ordinaria  las  funciones  básicas  de  instrucción, acusación y de juzgamiento.   

         De  ahí  que en este proceso penal especial y de única instancia  que  le  corresponde  adelantar  a  la  Corte  contra  los congresistas mientras  permanezcan  en  el  ejercicio  del  cargo  o  con  posterioridad a él, en este  último  evento  cuando  el  comportamiento punible imputado tenga relación con  las   funciones  desempeñadas,  lo  que  sea  decidido  por  otras  autoridades  judiciales  surge  viciado  de  nulidad,  pero  sin que ello signifique, como lo  entiende  de manera equivocada el libelista, una competencia con unos ribetes de  rigidez,  de  tal  extremo,  que  esté  proscrita la intervención de cualquier  forma  de  todo  funcionario  distinto  de  la  Sala  de  Casación  Penal y, en  particular,   de   los   pertenecientes   a   la   Fiscalía   General   de   la  Nación.   

          Ciertamente,  en  el  nuevo  esquema  constitucional  el  fuero especial de los congresistas, conforme ha precisado la  Sala,  está  concebido  con  miras  a garantizar la dignidad del cargo y de las  instituciones  que  representan,  pero además, su independencia y autonomía en  el  desempeño  de  sus  funciones,  e  implica  que sea únicamente la Corte en  representación  del Estado la encargada de ejercer la titularidad de la acción  penal  y,  por  lo tanto, el carácter privativo e indelegable de todas aquellas  actuaciones  o  decisiones  que  comportan  el  control del proceso, que es bien  distinto  de  la  realización directa o personal de todas las diligencias en el  respectivo  trámite,  por  la  cual propugna el demandante, involucren o no esa  potestad de dirección.   

         En  este  orden de ideas, contrario a lo atestado en el desarrollo  del  reparo,  también  en  las actuaciones penales seguidas por la Corte contra  los  congresistas  tiene  indiscutible  cabida la comisión para la práctica de  diligencias,  que  a diferencia de la delegación, ésta sí vedada sin duda, no  apareja  como  aquella el desprendimiento de la conducción del proceso, sino la  simple  facultad  concedida  en  forma  temporal  a  otro  funcionario judicial,  circunscrita  o  limitada  a  la  práctica  de  la  diligencia  comisionada  y,  obviamente,  a  las  decisiones que surjan necesarias para el cabal cumplimiento  de  la  misma.   A  tal comprensión se arriba al conciliar las finalidades  del  fuero de los congresistas con tal instituto, inspirado en los principios de  economía  procesal,  de  eficiencia  en  la  administración  de  justicia y de  colaboración  armónica  entre las autoridades públicas, igualmente de arraigo  constitucional.   

         Debe  resaltarse  que este entendimiento coincide con el pregonado  por  la  Corte  Constitucional,  cuando  al  examinar  la competencia del Fiscal  General  de  la  Nación, tratándose de los funcionarios cobijados también por  el   fuero   constitucional,   precisó  que  “Las  funciones  consignadas  en  el  artículo  251  citado  –  en  particular  la de  investigar,  calificar y acusar a los altos funcionarios del Estado que gocen de  fuero  constitucional  -,  revisten  el  carácter de indelegables y, por tanto,  sólo  el  señor fiscal general de la Nación puede asumirlas y ejecutarlas. El  espíritu  del Constituyente no fue el de que las funciones que se encuentran en  cabeza  del señor fiscal general pudiesen ser delegadas en sus subalternos. Las  anteriores  consideraciones  no  obstan  para que el señor fiscal general de la  Nación  pueda  comisionar -que no delegar- en los fiscales delegados ante Corte  Suprema  de  Justicia, el ejercicio de algunas de las funciones contenidas en el  artículo  251  de  la  Carta  Política.  Sin  embargo, la decisión final y el  compromiso  jurídico  y  político  que  ella  conlleve,  debe el señor fiscal  asumirlo  siempre,  y  en  todos  los casos, en forma personal…”2;  pronunciamiento  que  invoca  parcializadamente  el impugnante incluso en cuanto  afirma  la  imposibilidad  de la delegación, pero sin mencionar tangencialmente  siquiera  a  la  viabilidad  allí  mismo  predicada  frente  al mecanismo de la  comisión para la práctica de diligencias.   

         Por  otra  parte,  en  armonía con lo  expuesto  en  precedencia,  se  tiene  el artículo 82 del Decreto 2700 de 1991,  modificado  por la Ley 81 de 1993, artículo 12, que otorgaba a la Corte Suprema  de  Justicia  la  posibilidad  de  comisionar “Para  la   práctica  de  diligencias…a  cualquier funcionario judicial o a sus  magistrados   auxiliares”,  cobijando  dentro  de  aquella  primera  expresión  a  los  funcionarios de la Fiscalía General de la  Nación,  revestidos  por mandato constitucional de jurisdicción al pertenecer,  dentro  de  la  estructura  del  Estado,  a  la Rama Judicial del poder público  (artículos  249 a 253 C.P.).   

         

        Con  fundamento  en las anteriores premisas la Sala concluye   que  ninguna  realidad  tienen  las  críticas del recurrente cuando censura las  comisiones  impartidas  por  la Corte en la fase instructiva a la Fiscalía para  la  práctica  de  diligencias,  pues  el  restringido ámbito de las facultades  concedidas  a  los  funcionarios  judiciales  comisionados,  determinado  por la  naturaleza  misma  del  instituto  y  por  los  límites  que  en concreto se le  fijaron,  en  manera  alguna implicó, como lo atesta el casacionista, que dicho  ente  hubiese  actuado  en forma autónoma arrogándose la realización integral  de   la  instrucción  y,  menos  aún,  el  desprendimiento  por  parte  de  la  Corporación de la dirección del proceso.   

        Por  el  contrario,  el  control de la investigación por entonces  cursada  contra el aforado continuó radicado privativamente en la Corte Suprema  de  Justicia,  y  se exteriorizó no sólo a través de los pronunciamientos que  afectaron  al  sindicado, esto es, la definición de la situación jurídica con  imposición  de  medida  de  aseguramiento,  el  cierre de la investigación, la  resolución  acusatoria  y el que resolvió el recurso de reposición presentado  contra  la  misma,  sino  también,  mediante  las  providencias referidas a las  pruebas,  que  fueron  decretadas  de oficio o a solicitud de parte e igualmente  comprendidas  dentro  del  ámbito de su competencia exclusiva, en las que surge  claro  e  incontrastable  que  fue  esta  Corporación,  en  su  momento, la que  decidió  sobre la conducencia, la pertinencia y la utilidad de los elementos de  juicio  existentes  en  el  proceso,  denotando  entonces,  que mantuvo en forma  constante  el  control  de  la  investigación  que  el  actor  se  empecina  en  desconocer.   

         Ahora  bien,  que  en  el  auto  de  apertura del sumario la Corte  además  de impartir la comisión a la Fiscalía para realizar unas específicas  diligencias     hubiese    señalado    el    otorgamiento    de    “amplias   facultades,  inclusive  para  subcomisionar  bajo  su  dirección  y  responsabilidad  y adelantar las demás diligencias que considere  necesarias…”  (f.  477, cd. 1), en manera alguna  implicó  que tuviese el alcance que le asigna el impugnante, de desprendimiento  de  la  dirección  del  proceso para asumirla desde entonces en forma autónoma  los funcionarios del ente investigador.    

         Por  el  contrario,  la comisión así  dispuesta,  de  conformidad con la naturaleza de dicho instituto y con sujeción  a  sus  términos,  significó  tan  sólo que quedó comprendida la atribución  para  adoptar  las  medidas  y  proferir  las  decisiones necesarias con miras a  practicar   tales  diligencias,  como  también  para  realizar  aquellas  otras  íntimamente  relacionadas  con  las  que habían sido decretadas por la Corte y  que  eran  objeto  de  la  misma,  sin  facultar al comisionado para extender su  actividad  a los actos de dirección o control reservados al competente, ámbito  por  demás  en  momento  alguno  invadido  por la Fiscalía en el desarrollo de  dicha  comisión,  como  tampoco  en  el  cumplimiento  de las demás que fueron  ordenadas en el curso de la fase instructiva.   

         2.   Por otra parte, tampoco en el  sucesivo  envío  que  hizo  la  Fiscalía  a la Corte de documentos de eventual  interés  para  la  investigación  adelantada  contra  el  doctor  HOLGUÍN,  obtenidos  en  el  curso de  otras  actuaciones  penales  con  idéntico  origen  en  los  resultados  de los  allanamientos  efectuados a varios inmuebles en procura del desmantelamiento del  llamado  “Cartel  de  Cali”,  tuvo  esa  misma significación que predica el  demandante,  de  asunción  por parte del ente investigador de la dirección del  proceso,  a partir de la cual deriva el desconocimiento del fuero constitucional  de  aquél  y, consecuentemente, la nulidad de lo actuado en la fase instructiva  por falta de competencia.   

         En   efecto,  estas  remisiones  de  prueba  documental,  así  se  hubiesen  efectuado  por  iniciativa  de  la  Fiscalía, conforme se constata en  autos  y  se  acepta  sin  ambages  (fs.  80,  159,  161,  181, 204, 453, cd.1),  simplemente  materializaron  el  deber  de  dar  cuenta  a la autoridad judicial  competente  de  la  comisión  de  hechos  punibles  de investigación oficiosa,  imperativo  que no se agota con el mero informe al involucrar, así no lo quiera  ver  el  casacionista,  el  de  allegar  en  forma  oportuna  los  elementos  de  convicción  que  contribuyan  a  su esclarecimiento, con independencia de si la  aprehensión   material  de  tales  evidencias  se  lleva  a  cabo,  como  aquí  aconteció,  con  posterioridad  al  aviso  de  la  ocurrencia  de  la  conducta  presuntamente delictiva.   

          En  contraste,  lo  que  resulta  en  realidad  trascendente para discernir que la Corporación mantuvo el control del  sumario,  es  que  con prescindencia del origen de esta prueba documental, de si  el  envío  se realizó por iniciativa de la Fiscalía, es que la Corte efectuó  el   juicio   sobre  su  conducencia,  pertinencia  y  utilidad  al  ordenar  su  incorporación  al  expediente  y fundamentar en ella el inicio del sumario (fs.  256,  476  cd.  1), pero además, al proferir las decisiones en las cuales   fue   valorada,   actos   estos   sí  de  dirección  del  proceso.   

         3.    En  los  restantes  ataques  comprendidos  dentro  de  este  cargo,  una vez más el demandante desconoce los  parámetros   técnicos  que  gobiernan  el  recurso  extraordinario,  pues  con  palmaria   transgresión   del   principio  de  autonomía  de  los  motivos  de  impugnación,  desborda  el  ámbito  de  la  nulidad  postulada para abordar en  últimas  temáticas  del todo diferentes, concretamente, de las que son propias  de   la   causal  primera,  cuerpo  segundo,  al  plantear  aquí  también  los  cuestionamientos  repetidos  luego  en  otros cargos a la legalidad de la prueba  trasladada,  impropiedad  que  impide  por sí sola avanzar en mayores réplicas  frente a dichos reproches.   

         En     las     circunstancias     anotadas,     el     cargo    se  desestima.   

         Tercer cargo.   

         Ha  sostenido  la  Sala  y  reitera ahora, que cuando se arguye la  violación  del  principio  de investigación integral, previsto en el artículo  333  del  Decreto  2700  de  1991,  vigente  para  la  época  en la cual fueron  adelantadas  las  diligencias,  al  censor  no  le  basta con individualizar las  pruebas  conducentes,  pertinentes  y  útiles  que  se dejaron de practicar, de  decretar  o  que  fueron indebidamente negadas, sino que también le corresponde  demostrar  su trascendencia para modificar de algún modo y en forma propicia la  situación  jurídica  del  procesado, pues sólo así puede aceptarse vulnerado  con  contenido  de realidad el mandato impuesto a los funcionarios judiciales de  investigar  con  imparcialidad  tanto los aspectos favorables como desfavorables  al  procesado, requisito este último que aparece incumplido en el desarrollo de  la  propuesta,  tornándola insuficiente para alcanzar su cometido de quebrar la  legalidad del fallo.    

         Efectivamente, el actor a través de la  confrontación  de  las solicitudes probatorias de la defensa con las decisiones  judiciales   en  torno  a  ellas,  acreditó  que  algunos  de  los  testimonios  deprecados  se  sustrajeron de pronunciamiento, si bien no todos los que reseña  en  el libelo.  En concreto, se guardó silencio sobre las declaraciones de  Jorge  Luis  Gutiérrez,  Marino  Copete,  Miguel Bajo Fernández, Carlos Cuenca  Perona,  Joaquín   Ruiz-Giménez  Aguilar  y  Manuel  Cobo  del Rosal, con  quienes   la   defensa   aspiraba   a  comprobar  que  el  sindicado  prestó  asesoría  jurídica  a los  hermanos  Rodríguez  Orejuela;  en  tanto  que los testimonios de Jesús María  Cobo,  Antonio  Cajelli,  Gustavo  Franco  Hernández y Tito Livio Salazar Romo,  orientados  a  idéntica  comprobación,  fueron  decretados  finalmente  en  el  juicio,   pero   sólo  fue  posible  la  recepción  del  primero  (fs. 473, cd.5, 190, cd.6).   

         No  obstante  lo anterior, conviene destacar, el impugnante admite  en  forma  paralela  que sobre este mismo aspecto atestiguaron los doctores Juan  Fernández  Carrasquilla,  Bernardo  González, Servio Tulio Ruiz y Carlos Julio  Castrellón,  como  también  lo  hicieron,  observa la Sala, Carlos Muñoz Paz,  Carlos  Andrade  y  Marco  Fidel  Chávez;  pero  además, que sus declaraciones  fueron  objeto  de  análisis  en los fallos de instancia, sólo que negándoles  mérito  para  desvirtuar  el  carácter  injustificado  del aumento patrimonial  derivado  de  los  dineros  recibidos  por el acusado de los hermanos Rodríguez  Orejuela.   

         Plantea  también,  que  en  relación  con  otros deponentes cuya  aducción   se  solicitó  en  el  curso  del  proceso  para  obtener  idéntica  constatación  en  autos,  esto  es,  insiste  la  Sala,  la asesoría jurídica  brindada   por   el  sindicado  HOLGUÍN  a  los confesos narcotraficantes atrás mencionados, la Corte en  la  fase instructiva denegó su recaudo con asidero en razones de utilidad, pues  argumentó  la  cabal  demostración de este hecho a través de los elementos de  juicio  que  ya  habían  sido  incorporados  al  expediente.  Pero después los  juzgadores  de instancia  al colegir la responsabilidad del incriminado, en  un  nuevo  giro  adujeron  la ausencia de pruebas que acreditaran la realidad de  dicho  vínculo profesional, evidenciándose entonces, concluye el actor que los  medios  de  convicción  denegados  si  resultaban  de  pertinente  y  necesario  recaudo.   

            Enunció    en    este    reparo,  específicamente,  las  versiones  pedidas  de  Rafael  Robledo Cancino, Aníbal  Posso  Londoño,  Francisco  José  Ferreira Delgado, Camilo González Múnera y  Fluvio  Grisales; alegación que en cuanto a la exclusión de tales prueba en el  plenario  se  ofrece acorde con la realidad procesal, salvo en lo atinente a los  citados  González  Múnera  y  Posso  Londoño, quienes rindieron testimonio en  últimas  durante la etapa del juicio (fs. 311 a 314,  anexo 1).   

         Pero  cuando  se aguardaba del libelista la determinación precisa  de  la  incidencia  que  tuvo  la  omisión  y la negativa de tales elementos de  persuasión  en  las  conclusiones  de  la  condena,  sin examinar con rigor las  conclusiones  probatorias  de  los juzgadores, afirmó que de haberse allegado a  las  diligencias habría quedado establecida la asesoría profesional del doctor  HOLGUÍN  a favor de los  intereses  de  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela  y,  en consecuencia, que los  cheques  recibidos por aquél de estos últimos encontraban justificación en el  ejercicio  de  la  abogacía,  por  lo  tanto,  que  fue  lícito  el incremento  patrimonial que por razón de tales dineros obtuvo el procesado.   

         Sin  embargo,  con  este  genérico  planteamiento  el  demandante  perdió  de  vista  que  en  las  sentencias  de instancia, integradas en unidad  jurídica,  no  se  fundamentó  la existencia del enriquecimiento ilícito y la  responsabilidad  del  sindicado  en  la  exclusión tajante de la posibilidad de  haber   brindado   el   doctor  HOLGUÍN  algún tipo de asesoría a los hermanos Rodríguez Orejuela; por  el  contrario,  se aceptó tal hecho para cimentarse la condena, entonces, en la  circunstancia  de  estimarse  demostrado  en  autos,  que  en lo particular, los  cheques  investigados y constitutivos del aumento patrimonial ilícito objeto de  averiguación,  de  acuerdo  con  lo  acreditado  a  través  de  los  medios de  convicción  aducidos  a  los autos, no tuvieron origen en el ejercicio legitimo  de   la   abogacía,   menos   aún,   en   las  actividades  profesionales  que  específicamente  y  en  relación  con cada uno argumentó el incriminado haber  ejecutado     en     procura     de    los    intereses    de    los    confesos  narcotraficantes.   

         En  este  sentido surgen claros los razonamientos del a quo cuando  afirmó  que  “No  cree  este Judicatura que tanto  dinero  sea  simplemente  pagado  por  hacer  una consulta diferente a la de las  actividades  delictuosas  en  las  que  estaban  sumidos los señores Rodríguez  Orejuela,   algo   muy   raro   había   en  dichas  asesorías…” (Resalta  la Sala, f. 466, cd. 6).   

         Más  aún,  al  colegir  el  conocimiento  que  el  acusado   HOLGUÍN  tenía sobre el  origen  de  los  dineros recibidos en las actividades delictivas de los hermanos  Rodríguez  Orejuela,  el  fallador  de  primera instancia partió de aceptar la  realidad  de  los  conceptos jurídicos que aquél argumentó haberles brindado,  cuando  precisó  que  “Tampoco  es lógico que un  amigo  de  toda  la  vida  no sepa de donde provengan sus ganancias si  era  su  asesor  de  cabecera  y solicitaba información sobre  extradición,  retroactividad, colaboración con la justicia, etc…” (Negrillas fuera de texto, f. 470,  cd.  6),  para concluir en el análisis conjunto del  acervo  probatorio  que  los pagos demostrados en estas diligencias no lo fueron  “por   sus   famosas   asesorías”,  sino  provenientes  de  “negocios  fuera  de  lo  legal  y  que  nunca  pudo  demostrar su legalidad”,  máxime  al  descartar  la  veracidad  de las explicaciones que  respecto de los cheques vertió el indagado.   

         En  esta  misma  línea argumentativa se desenvolvió el análisis  del  Tribunal en la decisión objeto del recurso extraordinario, pues si bien en  ella  al brindársele réplica a uno de los argumentos de la defensa se excluyó  la  demostración  de  un contrato de mandato, verbal o escrito, en sus aspectos  “tales  como  la  capacidad, el consentimiento, el  objeto  lícito  y  la  causa lícita” (f.  53,  cd.  Tribunal  Nacional), en  cuanto   a  la  atestada  asesoría,  que  el  casacionista  afirma  se  habría  demostrado  en  su  existencia  con  la  prueba omitida y negada, el ad quem sin  repudiar  del todo dicha posibilidad únicamente coligió que tratándose de los  dineros  materia de la instrucción, “no encuentran  origen  en  el  ejercicio  legítimo  de su profesión de abogado, ya fuera como  asesor  o  coordinador de otros togados, conclusión a la que se arriba luego de  analizar   las   exculpaciones   vertidas   por  el  procesado…”   (f.   54,   cd.  ib.).   

          Así  las  cosas,  si  los  elementos  echados  de  menos  por el actor simplemente apuntaban a corroborar también con  rasgos  de  generalidad  esa asesoría jurídica que insistentemente aseguró el  encausado  con  apoyo  en  otros  medios  de  convicción  existentes  en autos,  sustraída  de  discusión por los falladores al fundamentar la condena, resulta  claro  entonces  que  sobre  estas bases conocidas en el proceso carecían de la  probabilidad  para  modificar  de  manera  favorable la situación jurídica del  procesado,  pues  nada  podían agregar los testimonios prescindidos o rehusados  para  explicar,  en  lo específico, la procedencia de los dineros representados  en cada uno de los cheques.   

         En  otros  términos,  al  contribuir  tal  prueba  simplemente  a  afianzar  un  aspecto  admitido  por  los juzgadores, su omitida práctica no se  muestra  vulneradora  del  principio  de  investigación  integral excluyéndose  entonces la causal de nulidad alegada.   

         Por lo anotado, este otro ataque tampoco prospera.   

         Cuarto cargo.   

         También   al  amparo  de  la  causal  tercera  de  casación,  el  impugnante  pretende  en el cuarto cargo de la demanda que se declare la nulidad  de  “todas  las  pruebas  que  fueron  ilegalmente  trasladadas   de   otros   procesos”;  ilegalidad  derivada,  en  opinión del censor, de la inobservancia de las disposiciones del  Código  de Procedimiento Civil alusivas a las formalidades en el traslado de la  prueba,   que   afirma   resultaban  aplicables,  en  virtud  del  principio  de  integración,   tratándose  de  los  elementos  de  juicio  traídos  de  otras  investigaciones  cursadas  en  la  Fiscalía,  pues si bien el estatuto procesal  penal  autoriza  dicho  traslado  omite  toda  regulación acerca de la forma de  realizarlo.   

         Propuesto  en estos términos el reproche, resulta evidente que el  censor  desatinó  al  invocarlo  con  sustento  en  la causal de nulidad.   Ciertamente,  de  acuerdo  con  el  reiterado  criterio  de  la Sala3, el ataque  de  la  prueba  irregularmente  allegada  al  proceso  cuando  el juzgador la ha  valorado  al  dictar  la  sentencia  estimándola  como  legalmente  producida o  incorporada,  por  constituir  un error in iudicando de apreciación probatoria,  concretamente,  un  error  de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad,  debe  efectuarse  al  amparo  del  primer motivo de casación, cuerpo segundo, máxime  que  un  desacierto  de  tal  naturaleza,  de  establecerse  en  su  realidad  y  trascendencia,   en   manera  alguna  se  comunica  a  la  actuación  posterior  aparejando  como  consecuencia  la invalidación del proceso, sino que encuentra  expedita  solución en el retiro de la prueba viciada, que por lo tanto no puede  tenerse en cuenta en el fallo.   

         Este  infranqueable  derrotero  en  materia  de  técnica  no cede  porque  en  el  planteamiento  del  cargo  se  aduzca, como se hizo en el libelo  examinado,  la  infracción  del  artículo  29 de la Carta Política, pues como  también  lo ha precisado la Corte, cuando “en esta  disposición  superior  se  prescribe  que  es  nula  de pleno derecho la prueba  practicada  con  violación  al debido proceso, es claro que se está refiriendo  al  fenómeno  de  la  inexistencia  de  los  actos  procesales,  cuyos  efectos  invalidantes  se  surten  sobre la prueba en sí misma, sin que fatalmente deban  trascender  al  resto  de  la actuación, pues la sanción político-jurídica a  este  tipo  de  irregularidades es su no apreciación como medio de convicción,  es   decir,  sin  que  se  requiera  pronunciamiento  judicial…”4.   

         En  este  orden  de  ideas,  como  resultó equivocada la vía del  ataque,  deficiencia  que  en  modo alguno puede subsanar la Corte en virtud del  principio  de  limitación,  se  impone desestimarlo no sin agregar, finalmente,  que  la  comprensión  echada aquí de menos en materia de técnica no fue ajena  del  todo  al actor, pues repitió el reparo elevado en esta censura en un cargo  posterior  con  fundamento  en  la  causal primera, donde precisamente acusó la  violación  mediata de la ley sustancial como consecuencia de errores de derecho  por falsos juicios de legalidad.   

         Quinto cargo.   

         Con   apoyo  también  en  la  causal  tercera  de  casación,  el  demandante  solicita que se case la sentencia del Tribunal por haberse proferido  en  un  juicio  viciado  de  nulidad  por  violación  del  derecho a la defensa  material.   

         En  la  concreción del reparo aduce que al sindicado HOLGUÍN  no se le permitió el acceso  al  expediente para preparar los alegatos previos al fallo de primera instancia,  pues  a  pesar  de  los  insistentes  pedidos  de  la defensa, no se efectuó su  traslado  al  lugar  donde tenía la sede el juzgado que asumió el conocimiento  de  la  causa  luego  de  la  pérdida  del fuero constitucional, situación que  según   atesta,  obstaculizó  el  ejercicio  de  sus  facultades  como  sujeto  procesal.   

         En  este  ataque el libelista pasa por  alto  que  quien  demanda  en casación por la causal tercera, tiene la carga no  sólo  de  establecer  la  realidad del error de actividad denunciado, requisito  satisfecho  sin  duda  aquí,  sino  también y con no menor importancia para la  prosperidad  de  la  propuesta, acreditar de manera precisa y clara que el vicio  incidió  en  detrimento  de  las  garantías  de los sujetos procesales o en el  desconocimiento  grave  de  la  estructura  básica  del  proceso,  conforme  lo  imponía  además el artículo 308-2º del Decreto 2700 de 1991, bajo el cual se  adelantó  la presente actuación y que exigía demostrar la trascendencia de la  irregularidad  al  revestirla  del  carácter  de  principio  orientador  de las  nulidades.   

         Efectivamente,  de  la simple revisión del expediente se constata  que  asumido  el  control del proceso por un Juzgado Regional de Cali, atendidos  los  factores  objetivo  y  territorial determinantes de la competencia, y   luego  que  el  sindicado  perdió  el  fuero  constitucional en virtud del cual  había  estado  radicada  privativamente  en  precedencia en la Corte Suprema de  Justicia,  ningún  pronunciamiento  verificó  sobre  la  cárcel  “dentro  de su jurisdicción” donde  debía   proseguir  el  doctor  HOLGUÍN  en  detención  preventiva, soslayando entonces con evidencia la  decisión  que en ese sentido reivindicaba el artículo 21 de la Ley 65 de 1993,  como  destaca  el  Procurador  Delegado.   Más  aún,  el a quo mantuvo la  reclusión  del  sindicado  en  el  establecimiento  del  Distrito  Capital  que  había   fijado  para  dicho  fin esta Corporación, en otros términos, en  sitio   diferente   de   aquél   donde   se   dio   inicio  y  culminación  al  juicio.   

         También  se establece de autos, que ante la solicitud de traslado  elevada  por  el  apoderado del procesado el funcionario de conocimiento en auto  del  23  de  abril  de  1997  examinó  la  procedencia  de lo solicitado, no de  conformidad  con  lo prescrito en el citado  precepto de la Ley 65 de 1993,  sino  a  partir  de  las  previsiones  del artículo 75 ibídem, para finalmente  negarlo  en  la  comprensión  de  no estar configurado ninguno de los supuestos  regulados  en  dicha  norma   para el traslado de los internos (fs. 199 y 206, cd. 5).   

         Igualmente  corresponde a la realidad,  que  tal solicitud fue reiterada por el defensor suplente en aras de la agilidad  del  proceso, en tanto que el apoderado principal impugnó la reseñada negativa  en  reposición  y  apelación,  ataque  prohijado  por  el  Ministerio Público  (fls.   220   a   232,   395   cd.   5)  y  definido por el Juzgado Regional en providencia de junio 6 de  1997,  mediante  la  cual  mantuvo  la  decisión  inicial y concedió la alzada  incoada  en forma subsidiaria, que finalmente el Tribunal Nacional se abstuvo de  dirimir   al  determinar  que  no  era  susceptible  del  recurso  así  incoado  (fs.   435   a   439,  cd.  5).   En   fin,  se  estableció  que  por  razón  de  las  incidencias  reseñadas,  sólo después de dictado el fallo de primera instancia, el acusado  fue   recluido   en  un  establecimiento  de  la  ciudad  de  Cali  (fs.       11      y      ss.,      cd.      Tribunal).   

         Ahora  bien,  la  Sala  admite que al tenor del artículo 21 de la  Ley  65  de  1993  atrás  citado, en armonía a su vez con el artículo 401 del  Decreto  2700  de  1991, la detención preventiva debe cumplirse en principio en  la  misma  localidad  donde  se  adelantan  las respectivas diligencias, derecho  vinculado  a  la celeridad del trámite, por ende, a la satisfacción del debido  proceso  sin  dilaciones  injustificadas,   pero   que   también,   como  lo  señala  la  jurisprudencia  constitucional  evocada  por  el  Procurador Delegado, patrocina un “contacto  directo  y  permanente  con su apoderado; conocer con  mayor  facilidad  las piezas del expediente; y, participar en la elaboración de  la  estrategia  de defensa y en la controversia de las pruebas que aparentemente  lo  incriminen.  Adicionalmente,  esta condición favorece la aplicación de los  principios  de  inmediación y eficiencia, rectores del proceso penal y garantes  del        derecho        de       defensa”5.      

         De  esta finalidad y del sentido que impregna el comentado derecho  surgen  dos  consecuencias.   En  primer  término,  que no es absoluto, de  manera  que  la  simple  detención  del sindicado en un lugar distinto al de la  sede  de  su investigador o juzgador no determina indefectiblemente la invalidez  de  lo  actuado;  por  el  contrario,  la  necesidad  de  armonizarlo  con otras  garantías  no  menos  preciadas,  como  la  vida,  la seguridad y la integridad  personal  del  interno,  al  igual  que con los motivos de interés público que  orientan  la  administración de justicia, tornan posible el internamiento en un  sitio   diferente,  como  prevé  incluso  expresamente  el  legislador  en  los  artículos  75  y  77  de  la  Ley  65  de  1993,  y  405  del  Decreto  2700 de  1991.   

         Por otra parte, en cuanto interesa para  discernir  el  fundamento  de  la propuesta, que la vulneración del derecho del  procesado  a encontrarse recluido en la localidad donde cursa la actuación, por  constituir  un  medio  para  la efectividad de las garantías cuya satisfacción  legitima  el  ejercicio  de  la  potestad punitiva del Estado, únicamente tiene  entidad  para  propiciar  la nulidad cuando por razón de dicha circunstancia se  han  obstaculizado  en  forma  tangible  las  facultades  de  las cuales goza el  incriminado  en  beneficio  de  sus  intereses,  esto  es, cuando represente una  afectación  real  y no puramente hipotética del derecho a la defensa material,  de configuración excluida en el presente asunto, anticipa la Sala.   

         En  efecto,  este  distanciamiento  del  sindicado de su juzgador,  mantenida   durante  toda  la  fase  de  la  causa,  desde  ninguna  óptica  le  imposibilitó  el  contacto  directo y permanente con su apoderado principal, un  prestigioso  abogado,  ex  magistrado  de  esta  Corporación  y  con  domicilio  profesional  en  el  Distrito  Capital,  donde  se encontraba recluido el doctor  HOLGUÍN;     en  consecuencia,  nada  le  impidió  coordinar  con  él  la estrategia defensiva,  inclusive,  imponerse por su conducto de las incidencias del juicio.     

            Con    idéntica    orientación  argumentativa,   afirma   la   Sala,  que  la  circunstancia  comentada  tampoco  constituyó  óbice  para  la  activa  intervención del incriminado en la causa  mediante  el oportuno aporte de un enjundioso alegato previo al fallo de primera  instancia;  menos  aún,  para  complementar  los  argumentos  esbozados  por su  defensor  en  la  impugnación  presentada contra dicha providencia (fs. 380 y s.s., cd. 6; 19 y s.s., cd. 7).   

         Ahora  bien,  es  cierto  que  en  este  primer escrito el acusado  arguyó  ignorancia  sobre  las pruebas recaudadas en el juicio y respecto de su  contenido,  es  decir,  una  ilegítima  restricción  de su derecho de defensa,  determinada  por  la imposibilidad de un acceso directo al expediente, reclamado  en  efecto  al  notificársele del auto de citación para sentencia, como arguye  el  actor;  desconocimiento  atestado  también  en  el  segundo memorial atrás  reseñado  así  como  al  solicitar del a quo la declaratoria de nulidad, y que  retoma   el   Ministerio   Público   para   predicar  la  prosperidad  de  este  cargo.   

         Sin embargo, este alegado cercenamiento  de  la  defensa material se muestra carente de realidad y, por ende, sin entidad  para   resquebrajar   la   legalidad   del   proceso,   conforme  es  pretendido  habilidosamente  en  el desarrollo del reproche; conclusión a la cual arriba la  Corte,  no  sólo  porque  en  el  memorial anterior al fallo de primer grado el  doctor  HOLGUÍN aludió  de  manera  expresa  a  los  testimonios  recibidos  en  el  juicio y que había  asegurado  desconocer,  concretamente,  a  las  versiones  de Carlos Muñoz Paz,  Camilo  González  Múnera,  Carlos  Julio  Castrellón  Minotta,  Aníbal Posso  Londoño  y  Lisandro González Barbosa, así como a las certificaciones juradas  de  los  congresistas Mario Said Lamk Valencia, Luis Eladio Pérez Bonilla, Luis  Emilio  Sierra  Grajales  y Luis Alfonso Hoyos Aristizabal, sino también porque  en  dicho  escrito  transcribió apartes de  estas mismas declaraciones, lo  que  obviamente  permite inferir que alcanzó por otros medios la contemplación  material    íntegra   de   los   elementos   de   juicio   recaudados   en   la  causa.   

         Esta  convicción  se  afianza  además  al constatarse que de las  restantes  versiones  acopiadas  en  el  juicio,  si  bien  no reproduce total o  parcialmente  su  contenido,  en  todo  caso  aludió  en  dicho  memorial  a su  existencia  en  autos, más aún, las invocó para contrarrestar las acusaciones  erigidas  en  su contra por el testigo de cargo Guillermo Pallomari, como sucede  específicamente  con  los  testimonios  de  Jesús  María  Cobo  y Marco Fidel  Chávez  Sánchez,  de manera que tampoco lo declarado por dichos exponentes fue  ajeno  a  su intelección.  Lo mismo acontece tratándose de los documentos  allegados  por  el  apoderado suplente en la referida fase de la actuación, que  el    sindicado   relacionó   en   forma   detallada   en   los   alegatos   de  conclusión.    

          En  síntesis,  a  partir  de  estas  exteriorizaciones   e   infirmando   sus  propio  asertos,  por  lo  tanto,  los  fundamentos  del cargo aquí erigido contra la sentencia del Tribunal, el doctor  HOLGUÍN   en   las  consideraciones  previas  al fallo del a quo evidenció un conocimiento cabal de  los  medios  de  prueba  incorporados  al  expediente  durante la causa, sin que  constituyera   obstáculo   entonces  para  asumirlo  la  detención  preventiva  cumplida  en  un  lugar  diferente  al  de  la  sede  del  funcionario bajo cuya  dirección se adelantó el juicio.    

         Esta  comprobación explica, además,  que  el  demandante en la pretendida demostración de la trascendencia del vicio  argüido,  en sendero argumentativo por el cual también transita el Delegado de  la  Procuraduría,  se limite a sostener la abstracta y genérica ignorancia del  sindicado  de  la  actuación  surtida durante la etapa del juicio, insuficiente  para  poner  de  relieve  la  afectación  real de la garantía cuya protección  reclama  a  través  de la declaratoria de nulidad, indispensable para acceder a  dicho  reclamo  en  esta  sede,  máxime  cuando  una propuesta de dicho talante  encuentra  sólida  talanquera  en  las  constataciones que en sentido contrario  surgen de la simple revisión del expediente.   

        Resta  añadir,  de  otra  parte, que la Corte tampoco discute la  constancia    del    doctor   HOLGUÍN  sobre la notificación parcial del fallo condenatorio de primer  grado,  máxime  cuando  al  parecer  fue  remitido  para  dicho efecto en forma  incompleta  (f.  19,  cd.  7), circunstancia que trae a colación por iniciativa  propia  el Ministerio Público, para apuntalar en esta irregularidad el aval que  imparte  al  pedido  de  nulidad  del  libelista  como consecuencia del presunto  menoscabo  del  derecho  a la defensa material; sin embargo, en tal postulación  no  tuvo  en  cuenta que también aquí el sindicado diluyó el mantenimiento en  esa  situación  de  ignorancia,  que  de haber persistido le arrojaría algo de  razón  a  sus  conclusiones, cuando en el escrito mediante el cual complementó  la  alzada  presentada  por la defensa contra la providencia del a quo, no sólo  admitió  su  imposición  del  contenido  de  la misma, sino que la rebatió en  varios  puntos  de  su análisis probatorio, sólo posible si se entiende que en  todo  caso  accedió  a  ella,  muy  seguramente,  a  través  de sus apoderados  principal y suplente.     

          Así   las   cosas,   la   anómala  notificación  de  la  sentencia  del  a  quo,  aunque real, fluye a todas luces  intrascendente.   

        Por    las    razones    esbozadas,   entonces,   el   cargo   no  prospera.   

        Sexto cargo.   

        En   el  último  motivo  de  nulidad,  el  impugnante  acusa  la  vulneración  del  debido proceso porque el Juzgado Regional de Cali remitió en  forma  incompleta  el  expediente al Tribunal Nacional para el agotamiento de la  segunda  instancia  respecto del fallo de condena, concretamente, sin los anexos  que  componen  la  actuación  adelantada contra el procesado.                      El  Ministerio  Público atisba en esta irregularidad, en cambio,  una afectación del derecho a la defensa.   

        La   situación  fáctica  que  sustenta  la  censura  se  ofrece  incontrastable,  pues  en  verdad  de  la  simple  confrontación del número de  cuadernos   remitidos   por  la  Corte  al  reparto  de  los  entonces  Juzgados  Regionales,  tras perder la competencia para la continuidad de la investigación  por  la  renuncia  del  sindicado  a  la  investidura  de  congresista,  con los  efectivamente  recibidos  por  la  Secretaría  común  del  citado  género  de  despachos  judiciales,  y  los  finalmente enviados al extinto Tribunal Nacional  para  la apelación incoada contra la sentencia condenatoria del a quo (fs. 167,  180,  cd. 5; 1, cd. Tribunal Nacional), conduce a afirmar que la remesa para los  fines  de  la  misma estaba integrada por la actuación original y la conformada  en  la  etapa  de la causa, que además es la que obra en la Corte para resolver  la impugnación extraordinaria.    

         Así las cosas, se echan de menos, en  síntesis,  los anexos recopilados durante la fase instructiva, que corresponden  en  buena  parte  a  publicaciones  (La  Confesión  en  Derecho  Probatorio, La  Auditoría,   Documentos   de   Extradición   Tomos   I  y  II,  Debate  en  la  Constituyente,  Mecanismo  de  defensa  de  los  derechos,  Acción  de  Tutela,  Límites  de  Colombia, Batallas con la Luz, Datos de una Biografía, Revista de  Criminología,     entre     otros),     extractos     bancarios     y     otros  documentos.   

         Frente al comprobado envío incompleto  de  las diligencias, el casacionista aduce estructurada una causal de nulidad de  conformidad  con el ordinal 2º del artículo 304 del Decreto 2700 de 1991, cuya  declaratoria  pretende  a  partir  de  la  sentencia  de  segunda instancia; sin  embargo,  en  el desarrollo del reproche pasó por alto que cuando se demanda en  sede   de   casación   la   invalidación  de  lo  actuado  argumentándose  la  vulneración  del  debido  proceso,  no  basta  con  constatar la realidad de la  anomalía  cometida  en  el  respectivo  rito,  como aquí se hizo, pues resulta  ineludible   además,  en  virtud  de  los  principios   que  orientan  las  nulidades  al  tenor del artículo 308 ibídem, demostrar que con ocasión de la  irregularidad  se afectó de manera grave el trámite culminado con la sentencia  impugnada al socavarse la estructura misma del proceso.   

        Esta  exigencia  no  fue tenida en cuenta en la sustentación del  cargo,  insiste  la  Sala,  toda  vez  que  la  labor demostrativa del censor se  encaminó  a  plantear,  con  transgresión  del  principio de autonomía de las  causales  de  casación,  que  otro  habría  sido el sentido del fallo de haber  tenido  en  cuenta  el  Tribunal  las  pruebas  contenidas  en  los cuadernos de  prescindida   remisión,   pues   las  mismas,  en  conjunto  y  según  afirma,  desvirtúan la realidad del enriquecimiento ilícito imputado.   

         Con  esta  manera  de razonar resulta  claro,  entonces,  que  el  libelista no le atribuyó a la irregularidad acusada  trascendencia  o  repercusión  alguna  frente  a  las bases fundamentales de la  instrucción   o   el  juzgamiento,  para  referirse  en  el  inconsistente  desarrollo  del reproche a una serie de situaciones que escapan al ámbito de la  causal  tercera  de  casación  y  ponen  en evidencia, por el contrario, que su  único  interés  es  propiciar  de  la  Corte  un  examen acerca de la supuesta  trascendencia  de  la  prueba  prescindida  frente a la declaración de justicia  contenida  en  el fallo recurrido, elementos de juicio que no pudo considerar el  Tribunal  Nacional  al  no  contar  materialmente con dichas evidencias, alegato  propio  de una causal del todo diferente, esto es, de la violación indirecta de  la  ley  sustancial, determinada por un  error de hecho por falso juicio de  existencia,  en  la modalidad de omisión de prueba, que en todo caso deja en el  mero enunciado.   

         

          Ciertamente,  con  tal  orientación  argumentativa  y  distanciándose  de  la  sustentación  del error de actividad  acusado,  el  demandante  plantea  que  en  los anexos sustraídos del análisis  probatorio  del  juzgador  ad  quem,  dado  el incompleto envío del expediente,  obran  medios  de  convicción que desvirtúan el cargo que afronta el sindicado  por   el   delito   de  enriquecimiento  ilícito  al  demostrar  los  servicios  profesionales       prestados       por       el       doctor       HOLGUÍN  a  los hermanos Rodríguez  Orejuela,  cuando  los juzgadores sin desconocer la posibilidad de tal asesoría  jurídica,  fundamentaron  el  fallo  de  condena  en  la  comprobación  de  no  corresponder  los  cheques  de  los  cuales  fue beneficiario el procesado a esa  alegada relación profesional.   

         Plantea asimismo, que en los cuadernos  echados  de  menos  reposan  las  declaraciones  de renta correspondientes a los  años  de  1990 a 1994, que califica de necesarias para analizar los movimientos  del  patrimonio del sindicado; al igual que los documentos referidos a la compra  de  un  vehículo,  su  importación  y posterior venta, con incidencia, afirma,  para  explicar  el  incremento patrimonial en una importante suma; y finalmente,  los  relacionados  con  la  compra  de los inmuebles que componen el capital del  procesado.   Sin  embargo,  para nada considera que la investigación no se  extendió  al origen de tales bienes muebles e inmuebles, menos aún, al aumento  patrimonial  registrado  en  sus  declaraciones  ante  el fisco durante el lapso  atrás  indicado,  pues  tuvo un objeto bastante específico y sin relación con  dichos   documentos,   esto   es,  los  dineros  representados  en  los  cheques  provenientes  de  cuentas  corrientes  manejadas  por  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela   y   de  los  cuales  resultó  beneficiario  el  doctor  HOLGUÍN.   

          En   otro   aparte  del  libelo  el  demandante  sugiere  de  manera escueta que la irregularidad acusada redundó en  detrimento  de  las  garantías  del incriminado.  Argumenta concretamente,  que  en los anexos de prescindida remisión obran los documentos que constituyen  el  soporte de las alegaciones del procesado durante la etapa de la causa, sobre  las  cuales  obviamente no se pronunciaron los falladores determinados por dicha  falencia;  planteamiento  que  retoma  el  Ministerio  Público  para  avalar la  pretensión  invalidatoria  del  libelista empero por la supuesta violación del  derecho de defensa.   

        Nada  más contrario a la realidad.  En efecto, los aspectos  contenidos   en  los  alegatos  de  conclusión  previos  al  fallo  de  primera  instancia,  en  los cuales el sindicado aludió a tópicos constatados a través  de  las  pruebas  incorporadas en tales anexos, como fue el caso de la asesoría  jurídica  brindada  por el procesado a los confesos narcotraficantes Rodríguez  Orejuela  y  de  la negociación con uno de ellos del vehículo Mercedes Benz de  placa  MD  2894,  fueron  objeto  de  expresa réplica en el pronunciamiento del  Juzgado  Regional,  sin encontrarse en tales nexos justificación legítima para  la  recepción  de  los  dineros  objeto  del  incremento  patrimonial  ilícito  investigado.   

        Por  otra  parte,  el  memorial  mediante  el  cual  el procesado  HOLGUÍN  complementó  los  argumentos  de disenso de la defensa frente al fallo del a quo (fs.  19 a 30, cd. 7), contrario a lo  que  reseña  el  Procurador Delegado, ninguna mención contiene a los trillados  anexos,  que  tampoco  se  observa  en el extenso alegato de sustentación de la  alzada  presentado  por  la  defensa  (fs.  1  y  ss.,  cd.  sustentación de la  apelación),  a tal punto que por la ausencia de los mismos el Tribunal Nacional  haya  dejado  de  considerar  alguno  de  los aspectos de inconformidad de tales  sujetos procesales.    

        En  fin,  también  aquí  debe  concluirse  que la irregularidad  acusada,    indubitada    en    su    existencia,    fluye    en    todo    caso  intrascendente.   

        Así las cosas, reparo final de nulidad no prospera.   

        Séptimo  cargo.            

        Esta  censura  la  propone el casacionista con apoyo en la causal  tercera  de casación, por haberse proferido la sentencia impugnada en un juicio  viciado  de  nulidad  por  violación del debido proceso, según afirma, ante el  desconocimiento   de   los   principios   de  favorabilidad  y  legalidad.    

         El  motivo de inconformidad radica en  que  se  examinaron  las  exigencias  de tipicidad del delito de enriquecimiento  ilícito  de  particulares,  previsto  en  el  artículo 1º del Decreto 1895 de  1989,  erigido en legislación permanente por el artículo 10º del Decreto 2266  de  1991, con sujeción a la sentencia C-319 de 1996 que le asignó un carácter  autónomo,  cuando  por razón de los mencionados postulados y atendida la fecha  de  comisión  de  la  conducta  imputada a su asistido, debieron discernirse de  conformidad  con  el  fallo  C-127  de  1993,  que  exigía  que las actividades  delictivas debían estar judicialmente declaradas.   

        En  estas  condiciones,  también  aquí  concluye la Sala que el  casacionista  equivocó  la  vía  escogida  para  postular  la censura, pues es  sabido  que  a  través  de  la causal tercera de casación, en principio, sólo  pueden  plantearse  yerros  de  actividad,  bien  de  estructura o de garantía,  mientras  que  los  errores  in  iudicando,  derivados  de  equivocaciones en la  aplicación  del  derecho sustancial como consecuencia de desaciertos de lógica  jurídica  o  de  dislates en la apreciación probatoria caen dentro del ámbito  de primer motivo de impugnación.   

        Las  anteriores  reflexiones  fluyen pertinentes en el examen del  presente  cargo,  porque  como  lo  ha  discernido  la  Corte,  la  “violación    del   principio   de   legalidad   comporta   la  transgresión   de  una  norma  de  derecho  sustancial,  en  manera  alguna  la  inobservancia  de una formalidad ritual. Por tanto, el error, en estos casos, es  in  iudicando,  en  cuanto  se  origina  en  el  ejercicio  puro  de la función  jurisdicente,  y  en cuanto tal, debe ser alegado al amparo de la causal primera  de    casación,    no    de    la    tercera”6.   

        Otro  tanto se predica tratándose de la alegada vulneración del  principio  de  favorabilidad,  pues un desatino de dicha naturaleza no configura  un  vicio generador de la invalidez de la actuación, susceptible de ser aducido  por  la  vía de la nulidad, “pues aunque se trata  de  una  garantía constitucional no tiene naturaleza procesal, ya que ampara al  procesado  en  la  aplicación  del  derecho sustancial, como lo ha sostenido la  Sala7”.   En  este orden de ideas,  como  se  traduce  en  un  desacierto del juzgador en la aplicación del derecho  sustancial  al caso concreto en las hipótesis de sucesión de normas, es decir,  respecto  de  la  vigencia  temporal  de  la  ley  penal, constituye un error in  iudicando demandable por la causal primera de casación.   

         

        La  certera  comprensión de la naturaleza del yerro demandado no  fue  ajena  del todo al demandante, quien a pesar de postular el cargo al amparo  de  la  causal  tercera,  de  afirmar  la configuración de la causal de nulidad  otrora  prevista  en  el  numeral  2º  del  artículo 304 del estatuto procesal  penal,  cayó  en  la  impropiedad  de  pretender  con  asidero  en  ella, no la  invalidación  de lo actuado desde la concreción de la irregularidad sustancial  denunciada   y   la  consecuente  reposición  del  trámite  viciado,  sino  el  proferimiento  de la sentencia sustitutiva de carácter absolutorio, petición a  través  de  la cual dejó entrever que el desacierto endilgado a los juzgadores  lejos estaba de constituir un error de actividad o in procedendo.   

        En  todo caso, al margen de esta insuperable deficiencia técnica  y  con  miras  a descartar la posibilidad de cualquier intervención oficiosa de  la  Corte  en  la  salvaguarda  de las garantías fundamentales del incriminado,  connotación  que  bien podría afirmarse respecto de una advertida vulneración  del  principio  de  favorabilidad, téngase presente que la Sala con ponencia de  quien  funge  aquí  en idéntica calidad, en reciente pronunciamiento dilucidó  los  efectos jurídicos derivados de las sentencias de control constitucional en  materia  del  delito  de  enriquecimiento ilícito de particulares, a través de  criterio    que    en    esta    oportunidad    reitera    en    los   siguiente  términos:   

         

“Ciertamente, conviene rememorar en este  punto  que de antaño la Corte Constitucional en el análisis de la cosa juzgada  constitucional  ha  distinguido  los diversos aspectos de la decisión judicial,  no  sólo  para  determinar  los  efectos  de  aquella sino también con miras a  discernir la fuerza vinculante de los mismos.   

“Así,  tratándose  de  la definición  concreta  del  caso,  es  decir  del decisum plasmado en la parte resolutiva del  fallo,  ninguna  controversia  se  plantea  respecto a la fuerza de cosa juzgada  explícita  que  concita  y a sus efectos erga omnes que obligaría incluso a la  Corte  Constitucional  conforme  se planteó en precedente acápite.     

“Idéntica consecuencia se predica de  la  ratio  decidendi,  esto  es,  de  aquellos  conceptos contenidos en la parte  motiva  pero que expresan el “principio, regla o razón general que constituye  la  base  de  la  decisión  judicial específica” (sentencia SU-047 del 29 de  enero  de  1999,  M.P.  Dres.  Gaviria  Díaz y Martínez Caballero), revestidos  también   del  carácter  de  doctrina  vinculante  y  valor  de  cosa  juzgada  implícita,  efectos  a  los  que  no  puede  sustraerse tampoco la Corporación  guardiana  de  la  supremacía  del  ordenamiento superior, máxime que aparecen  cimentados  tanto  en  la  necesidad  de  brindar coherencia y unidad al sistema  jurídico  como  en  los  principios  de  la  seguridad  jurídica  e  igualdad.   

“En cambio, en lo atinente a los obiter  dicta,  esto  es,  de  aquellas  consideraciones  incidentales  de la respectiva  providencia,  que  al  no estar vinculadas de manera inescindible a la decisión  adoptada,  simplemente  constituyen un criterio auxiliar en la labor judicial en  los  términos  precisados  en  el  inciso  2º  del  artículo  230 de la Carta  Política,  calidad  que por lo atrás anotado fluye indiscutible tratándose de  los  comentarios  esbozados  por  la  Corte  en la sentencia C-127 de 1993 en lo  atinente al enriquecimiento ilícito de particulares.   

“En efecto, sólo en el entendimiento de  que  esas  motivaciones  del fallo en comento no guardaban relación directa con  la  parte  resolutiva  del mismo, por ende, que estaban despojadas del carácter  obligatorio  que  equivocadamente  pregona  para  ellas  el Ministerio Público,  puede  entenderse  que  su  reconsideración  resultara  posible cuando la Corte  Constitucional  reexaminó  el tema en la sentencia C-319 de 1996, circunstancia  que  no se diluye porque el control de constitucionalidad se ejerciera sobre dos  disposiciones  con  fuentes  formales  diversas, es cierto, pero en todo caso de  contenido  idéntico  por  cuanto  el  artículo  10º  del Decreto 2266 de 1991  simplemente  erigió  en  norma  permanente el artículo 1º del Decreto 1895 de  1989.   

“3.2   Por  otra  parte,  de  los  escuetos  y  genéricos términos en los que se fundamentó la decisión inicial  de  la  Corte, ni aún con desbordado celo, puede colegirse que tal Corporación  no  se  limitó  a declarar la constitucionalidad del artículo 10º del Decreto  2266  de  1991  para  imponer una única interpretación posible del ingrediente  normativo  que  vincula  el  aumento  patrimonial  injustificado a una actividad  delictiva,  adversamente,  en  las  lacónicas  reflexiones sobre dicho tópico,  así  se  aluda  en  ellas a algunos derechos fundamentales sin mayor desarrollo  argumentativo,   no  es  posible  atisbar  el fundamento o la razón ligada  inescindiblemente  a  la  exequibilidad de la norma descriptiva de tal ilícito,  por  el contrario, su contenido revela que se trató de conceptos tangenciales y  sugeridos,  enunciados  más  allá  de  lo  que  resultaba  necesarios  para la  decisión  de  mantener  la  norma  examinada dentro del ordenamiento jurídico,  dotados  por ende de una fuerza simplemente persuasiva o de criterio auxiliar en  la interpretación del derecho.   

“3.3  Abundando en consideraciones,  si  a  pesar  de  lo anotado persistiera alguna incertidumbre sobre el carácter  propugnado  para  las  motivaciones  de  la  sentencia  C-127  de 1993 en lo que  respecta  al enriquecimiento ilícito de particulares, se desvanece por completo  al  constatarse  que  la  Corte  Constitucional  dentro  de  la  facultad que ha  reivindicado  para señalar los efectos de sus fallos de control constitucional,  precisó  de  manera  postrera  que los conceptos contenidos en ella tenían esa  colegida  naturaleza,  cuando sobre ese específico aspecto señaló en el fallo  C-319  de  1996:  “…la Corte se ve precisada a reconsiderar el planteamiento  hecho  en  la parte motiva de la Sentencia C-127 de 1993…Debe aclararse que no  se  trata  en  este  caso  de  un  cambio de jurisprudencia, por cuanto, por una  parte,  la  decisión  adoptada  en  esa providencia fue de exequibilidad de las  normas  acusadas,  es  decir  del  delito  de  enriquecimiento ilícito tal como  estaba  concebido  en  ellas  y, por otra parte, el articulo 48 de la Ley 270 de  1996,   Estatutaria  de  la  Administración  de  Justicia,  que  fue  declarado  exequible  por  esta  Corte  establece,  respecto  de las sentencias de la Corte  proferidas  en  cumplimiento  del  control constitucional “que sólo serán de  obligatorio  cumplimiento  y  con efecto erga omnes en su parte resolutiva”, y  que  “la  parte  motiva  constituirá  criterio  auxiliar  para  la  actividad  judicial    y    para   la   aplicación   de   las   normas   de   derecho   en  general”.   

“Este criterio fue reiterado después en  la  sentencia  de  unificación  SU-047 de 1999, M.P. Drs Carlos Gaviria Díaz y  Alejandro   Martínez   Caballero,   oportunidad   en   la   que   al   respecto  indicó:   

“En  segundo término, en varios casos,  esta  Corte  ha  aplicado las anteriores distinciones, con el fin de mostrar que  una  aparente variación de una doctrina constitucional sentada en una decisión  anterior,  en  realidad  no  tenía  tal carácter, sino que constituía la mera  corrección  de  una  opinión  incidental  de  la  parte motiva.  Así, al  reexaminar  el  alcance  del  delito de enriquecimiento ilícito en la sentencia  C-310  de  1996,  esta  corporación explícitamente se apartó de los criterios  que  había  adelantado  sobre  ese  delito  en  una  decisión  anterior (sent.  C-127/93),  en  donde  había  sostenido  que  para  que una persona pudiera ser  condenada  por  ese  hecho punible, las actividades delictivas de donde derivaba  el  incremento  patrimonial  debían  estar  judicialmente declaradas.  Sin  embargo,  la  Corte  invocó las anteriores decisiones y concluyó que no había  cambio   de   jurisprudencia,   por   cuanto  esas  consideraciones  no  eran vinculantes, al no estar indisolublemente ligadas a la  decisión  de  exequibilidad…” (negrillas fuera  de texto).   

“4.   Así  las  cosas,  la  Sala  descarta  el  afirmado  menoscabo  del  principio de legalidad del delito, y con  fundamento  en las propias consideraciones de la Corte Constitucional, la de los  postulados  de  la  favorabilidad  y  de  la  no retroactividad de los fallos de  control  constitucional, razón por la cual no encuentra viable la intervención  oficiosa sugerida por la Delegada.    

“Restaría agregar en este punto frente  a  la  alegada  vulneración  del  principio  de  favorabilidad  y afianzando la  conclusión  esbozada,  que tal postulado en casación está referido al ámbito  de  validez temporal de la ley sustancial o procesal de efectos sustanciales, de  manera  que  presupone  un  tránsito  de  legislación o en otros términos, la  sucesión  de  leyes  en el tiempo, echada de menos con evidencia en materia del  enriquecimiento  ilícito de particulares pues la norma que erigió tal conducta  en  delito,  esto es, el artículo 1º del Decreto 1895 de 1989, fue reproducida  a  cabalidad al ser elevada a la categoría de disposición permanente a través  del  artículo  10 del Decreto 2266 de 1991….”8   

        El cargo no prospera.   

        Octavo cargo.   

        El   demandante   acusa   la   violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  como  consecuencia del error de derecho cometido por los juzgadores  al  apreciar  las  pruebas  que  afirma  ilegalmente allegadas al proceso.   Alude  aquí  específicamente,  a las recaudadas por la llamada “Comisión de  Fiscales”  que  se  limitó,  según  afirma, “a  remitir  una  serie  de documentos sin que se hubieran enviado las copias de las  diligencias    de    allanamiento   en   que   fueron   obtenidas”.   

        En  la sustentación de este reparo el actor desconoce las pautas  técnicas  del  dislate  alegado,  con  sujeción  a las cuales para su adecuado  desarrollo  en manera alguna le bastaba con indicar los elementos de persuasión  viciados,  sino que también le era ineludible demostrar que en el análisis del  acervo  probatorio  los  falladores le concedieron validez a elementos de juicio  incorporados  al proceso en forma irregular desacertando, en consecuencia, en la  aplicación  del  derecho  en  el  caso  concreto,  cometido  que se satisfacía  únicamente,  conforme ha precisado de antaño la Sala, con el señalamiento del  “precepto o preceptos que establecen los requisitos  para  la  aportación  de la prueba cuestionada y que se dicen omitidos, y que a  través  de  esta  violación medio, se verificó efectivamente la transgresión  de  una  norma  sustancial como violación fin, y en qué sentido”9.   

        Lo   anterior,   porque  el  falso  juicio  de  legalidad  guarda  relación  con el proceso de formación de la prueba, con las normas que regulan  la  manera legítima de producirla e incorporarla a las respectivas diligencias,  esto  es,  con  el  respeto  del  principio  de legalidad en materia probatoria,  vinculado  a  la  observancia de los presupuestos y formalidades requeridas para  cada medio.   

        En  el  escrito  examinado, los argumentos orientados a demostrar  el  dislate  argüido  se  muestran  precarios  e  insuficientes  frente  a  las  exigencias  comentadas.   En  primer  término,  porque  el libelo  no  ofrece   

claridad  tratándose  de las formalidades  que  fueron  prescindidas  respecto  de la prueba objeto del yerro acusado, esto  es,  de  la  trasladada  de esas otras investigaciones seguidas en la Fiscalía,  determinando entonces su ilegalidad.   

        En  efecto,  en  este  punto  el  actor argumentó, respecto a la  aducción  de  tales  evidencias,  que  se  cumplió  en  el  proceso sin que la  Fiscalía  informara  cómo  fueron  obtenidas; sin embargo, después contradijo  dicho  aserto  al  admitir,  con  apego  a la realidad, que desde el comienzo la  autoridad  judicial  remitente  indicó  que las pruebas censuradas habían sido  halladas  durante  los allanamientos efectuados a varios inmuebles, para radicar  el  vicio  en  este  nuevo giro en la circunstancia de no constar el decomiso de  dichos documentos en las actas respectivas.   

         Pero  con  este  último argumento el  casacionista  comete una incongruencia adicional que obra en detrimento también  de  la  claridad  de  la  propuesta,  pues  perdió  de vista que al enunciar el  reproche  hizo  consistir  la ilegalidad de las pruebas en la realización de su  traslado  al presente trámite sin que simultáneamente se enviaran las actas de  los  allanamientos  donde  fueron incautadas, reconociendo de manera implícita,  entonces,  que  tal  suceso  si  aparece  certificado en los pormenores de estas  diligencias y que había negado en un anterior planteamiento.   

         No sobra añadir aquí, en todo caso,  que  la  remisión de las actas echada de menos fluye por demás infundada, pues  consta  en  autos  que  los  documentos  que  recogieron  las incidencias de los  cateos,  cuya  ausencia  se  acusa,  hacen  parte  de los cuadernos inicialmente  enviados  por  la Fiscalía a la Corte, a los cuales se extendió la inspección  judicial  decretada  en  la  investigación preliminar y a través de la cual se  constaron,  precisamente,  el  motivo y la forma como habían sido dispuestos al  igual  que  los documentos incautados durante su realización  (fs. 52 , 54  a 68, cd. Corte).   

        Más  adelante  se  aparta  por  completo de las falencias atrás  comentadas   y   denuncia   que   los  medios  de  convicción  cuestionados  no  constituyeron  el  resultado de una comisión dispuesta en su oportunidad por la  Corte  en la investigación adelantada contra el procesado aforado; sin embargo,  tal  reparo obedece a una apreciación puramente subjetiva del demandante, en la  que  también  se  aleja  de  la demostración de la modalidad de error aducido,  pues  no  precisa  norma  alguna que consagre la condición echada de menos como  requisito  para  la  validez de las pruebas atacadas, esto es, que establezca la  necesidad  de  acudir  indefectiblemente a la comisión para trasladar elementos  de juicio existentes en otras actuaciones judiciales.   

        En  esta  objeción  resulta  evidente  además la confusión del  demandante,  quien  se  duele  de  la ausencia de una comisión impartida por la  Corte  como  formalidad previa para la aducción de la prueba criticada, insiste  la  Sala,  cuando  lo acontecido con ella fue, como lo resalta el Delegado de la  Procuraduría,   que   la  Fiscalía  satisfizo  el  deber  de  informar  a  las  autoridades  competentes  acerca  de la probable comisión de hechos punibles de  investigación  oficiosa,  aviso  cumplido  obviamente,  con  el  consecuente  y  sucesivo  envío  de  los  medios de convicción atinentes a los mismos, pruebas  que  la  Sala  en oportunidad y debidamente ordenó incorporar como pruebas a la  actuación  diluyendo  cualquier  inquietud  respecto de su legal aducción (fs.  256, cd. 1).   

        Agrega  el  censor,  desde  otra perspectiva y plagando el reparo  erigido  contra  el  fallo  de  segundo grado de una imprecisión que constituye  inaceptable   deficiencia   técnica,   “que  la  mayoría    por    no    decir    que    la    totalidad    de    las    pruebas  incriminantes”,  no  exclusivamente  aquellas que  había  identificado  como  indebidamente  apreciadas,  se  practicaron en otros  procesos  en  los  cuales  no  intervino  el sindicado; reproche que si entiende  restringido  a  la  traída  a los autos de las investigaciones penales cursadas  para  esa  época  en  la Fiscalía, por aludir el demandante en forma seguida a  los  documentos  enviados por la Comisión de Fiscales, de todas maneras tampoco  encuentra  acogida  en  esta sede, pues tratándose de prueba trasladada como la  que  se  cuestiona  en  este cargo, el derecho de contradicción se garantiza al  darla  a  conocer  en  el proceso en el cual se pretende hacer valer luego de su  traslado,  abriéndose compuerta de este modo al debate de la misma a través de  las  diversas  manifestaciones de la controversia probatoria, como efectivamente  se    muestra    aquí    sucedido   durante   las   diversas   etapas   de   la  actuación.   

        De  otra  parte, determinando con idéntica contundencia la falta  de  prosperidad  del  reproche,  se  tiene  que  el  libelista  tampoco intentó  acreditar  la  incidencia  del  desacierto  argüido  en  las  conclusiones  del  fallo.   Ciertamente,  pregonó  la ilegalidad de la prueba remitida por la  Fiscalía  y el yerro incurrido por los juzgadores al valorarla a pesar de ello;  señaló   luego   de  manera  escueta  que  dicho  desacierto  de  apreciación  probatoria  derivó  en  la violación mediata de las normas relacionadas con la  tipificación  del  delito  de  enriquecimiento  ilícito y con la extinción de  dominio,  sin  precisar  el  sentido  de la infracción denunciada, a la vez que  asignándole  un indebido carácter sustancial a las disposiciones alusivas a la  citada  acción  real  y  patrimonial; pero además y en cuanto a la impropiedad  atrás  enunciada,  omitió  el  examen  del  acervo  probatorio  excluyendo los  elementos  de  juicio  que  aseguraba  ilegalmente  allegados, como le resultaba  necesario  para  demostrar  por  esta vía que no subsistían otros elementos de  juicio    que    mantuvieran    el    fundamento    del    fallo    de   condena  impugnado.   

        Así  las cosas, por deficiente y carente de fundamento, el cargo  se desestima.   

        Noveno cargo.   

        Le  asiste  razón  al Ministerio Público cuando afirma que este  ataque,  elevado  al  amparo  de la causal primera de casación, cuerpo segundo,  por  errores de derecho recaídos sobre “la prueba  trasladada”,  adolece también de deficiencias en  materia  de  técnica  que le sustraen  toda vocación de prosperidad, así  la   Sala   no   comparta   en   integridad   las   criticas   expuestas  en  su  concepto.   

        Efectivamente,   el   actor  acusa  la  infracción  mediata  del  artículo  1º  del Decreto 1895 de 1989, erigido en legislación permanente por  el  artículo  10º  del  Decreto  2266 de 1991, sin ninguna precisión sobre el  concepto   o  sentido  de  su  violación,  incurriendo  aquí  también  en  la  impropiedad  adicional  de  asignarle  carácter  sustancial a las disposiciones  contenidas  en  la Ley 333 de 1996, alusivas a la acción  de extinción de  dominio,  concebida  con carácter real y naturaleza distinta e independiente de  la  responsabilidad  penal,  esta última que fue la discernida en las presentes  diligencias  respecto  del  acusado  a  través  del  fallo  objeto  del recurso  extraordinario.   

        Por  otra  parte,  el  recurrente  no  omitió  por  completo  la  individualización  de  las pruebas censuradas, como afirma el Procurador.   En  efecto, en manera alguna se discute que el libelista al enunciar el reparo y  en  su desarrollo argumentativo, cumplido en verdad con la transcripción de los  argumentos  esbozados  al  sustentar   la  misma inconformidad en el cuarto  cargo  de  nulidad,  adujo  en  forma  genérica  que  el vicio de ilegalidad se  extendía  a  “la  prueba traslada”;  menos  aún,  que  en  otros  apartes  del  libelo con los mismos rasgos de vaguedad lo  planteó  frente  a  los  documentos  obtenidos  en  las inspecciones judiciales  llevadas   a   cabo   durante   el   curso   proceso,   que  por  ninguna  parte  especifica.   Así  las  cosas,  la  Corte  coincide  con el Delegado en el  sentido  que  esta  insalvable imprecisión, que mal puede subsanar la Sala ante  las  limitaciones  propias  de  su competencia en sede de Casación, impide a no  dudarlo  el  examen  de  fondo  de  la  censura  en  relación con los medios de  persuasión globalizados en dichos términos.   

         Sin embargo, tampoco puede desconocer  que  el actor a pesar de esta difusa fundamentación del motivo de inconformidad  satisfizo,  en  todo  caso,  la carga de indicar por lo menos dos de las pruebas  trasladas  objeto  de  su reproche de ilegalidad, puesto que lo aseguró incluso  repetidamente  de  la  indagatoria  y  la  declaración  de Guillermo Pallomari,  traídas  de  otras  actuaciones  penales surtidas en la Fiscalía; elementos de  juicio,  respecto de los cuales el defensor no pudo demostrar, en cambio, que en  su   aducción   se   desconocieron   los   requisitos   que   condicionaban  su  validez.   

        Efectivamente,  la  Sala  acepta las  argumentaciones   del   demandante   sobre   la   necesidad   de  garantizar  la  contradicción  de la prueba trasladada, vinculada al derecho a la defensa y, de  contera,     al     debido    proceso;    asimismo,    que    el    artículo  21 del derogado estatuto ritual penal (Decreto 2700 de  1991)  contemplaba  el  principio  de  integración  como  norma orientadora, de  conformidad  con  la  cual  en  las  materias  carentes  de  expresa regulación  surgían  aplicables las disposiciones del Código de Procedimiento Civil, desde  luego,  siempre que guardaran armonía con la específica naturaleza del proceso  penal.   

       El  desacierto del impugnante radica, entonces, en la afirmación  de  carecer  la  codificación instrumental penal de una completa regulación en  esta  temática,  perdiendo  de  vista que el estatuto entonces vigente (Decreto  2700  de  1991),  en  el  artículo  255  en  concordancia  con el artículo 186  ibídem,  a  través de una completa reglamentación autorizaba el traslado a la  actuación   penal   de   los   elementos  de  juicio  válidamente  practicados  “en  una  actuación  judicial  o administrativa,  dentro    o   fuera   del   país”,   sin   más  condicionamientos  para  su legalidad que la aportación en copia auténtica, la  traducción  al  castellano  por  perito oficial cuando se hubiesen producido en  otro  idioma  y,  finalmente, la imposición de los mismos a las partes mediante  auto   de   sustanciación   susceptible   de   notificación,  requisitos  cuyo  cumplimiento   respecto  de  la  indagatoria  y  la  declaración  de  Guillermo  Pallomari no fueron siquiera controvertidos por el recurrente.   

        En  este  punto  la  Sala  reitera  el criterio asentado de tiempo  atrás,     cuando    afirmó    que    “…respecto    de    la   prueba  trasladada  frente  a la validez en su aducción, no es el proceso de formación  en  la  actuación de origen sino el rito de su traslado y la posibilidad de que  una  vez  incorporada,  los sujetos procesales hayan podido conocerla y por ende  ejercer el derecho de contradicción.   

“Lo  anterior tiene su razón de ser en  la  independencia  que  debe  existir  entre  las  distintas jurisdicciones para  dirimir  los  conflictos.   Como  consecuencia,  los jueces al proferir sus  decisiones,  actúan  autónomamente,  sin  que  les sea permitido invadir otras  competencias.   

“…Del   contenido  de  la  norma  se  desprende,   que    es   posible  trasladar   las   pruebas   que    han   sido   practicadas   válidamente  dentro  de  una  actuación  disciplinaria,  esto  es,  que  no  hayan sido desconocidas o anuladas allí por  ilegales,   siendo  importante  determinar,  además,  que  en  su  aducción  y  contradicción  se  hayan tenido en cuenta todas las ritualidades y formalidades  previstas  por  la  ley,  que  se  haya  garantizado  su publicidad, que no sean  prohibidas  y, para efectos de su traslado, que haya una providencia que así lo  ordene,  es  decir, que se erigen en una clara voluntad del funcionario judicial  en cuanto incorporarlas o admitirlas en el proceso penal…”   

“…Sobre el punto vale la pena aclarar,  nuevamente,   que   en   materia  penal  la  prueba  trasladada  está  regulada  expresamente  por  el  Estatuto  Procesal  Penal,  por  lo  tanto no hay lugar a  acudir,  para  efectos  de  su  validez, a la normatividad civil, ni mucho menos  adicionarle  requisitos  que la ley procesal penal no ha impuesto, como el hecho  de  haber  podido  contrainterrogar  a  los  deponentes  en  las diligencias que  originaron     pruebas    objeto    de    traslado,    según    sugieren    los  casasionistas…”10.   

         Adicionalmente, en crítica en la cual  también  atina  la  Procuraduría, se tiene que el demandante omitió acreditar  la  trascendencia  del  dislate  acusado conforme se exigía para un cabal   desarrollo  de  la  propuesta,  al  conformarse  con argüir que por causa de la  ilegalidad  de  la  prueba  trasladada  surge  indefectible la ruptura del fallo  impugnado   y   el  proferimiento  de  la  sentencia  sustitutiva  de  carácter  absolutorio.    En  fin, perdió de vista que para desquiciar la doble  presunción   de   acierto  y  legalidad  de  la  sentencia  impugnada,  le  resultaba  necesario entrar a desvalorar todos los elementos de juicio sobre los  cuales  los  juzgadores  fundamentaron la certeza predicada de la existencia del  hecho punible y la responsabilidad del encausado.   

         

        Por lo anotado, entonces, el cargo no prospera.   

        Décimo cargo.   

        El  actor  acusa  la violación mediata de la ley sustancial como  consecuencia  de errores de hecho, por falsos juicios de existencia por omisión  de  prueba, al reprochar a los juzgadores el prescindido análisis de los medios  de  convicción aportados en la etapa de la causa y que demostraban, afirma, los  servicios     profesionales     prestados    por    el    doctor    HOLGUÍN  a  los hermanos Rodríguez  Orejuela.   

        Frente   a   este   reparo,  sea  lo  primero  advertir,  que  el  casacionista  en  su  presentación  eludió  el señalamiento del sentido de la  violación  denunciada  respecto  del  artículo  1º  del Decreto 1895 de 1989,  erigido  en  norma  permanente  mediante el Decreto 2266 de 1991, esto es, si lo  fue  por  su  aplicación  indebida  o  por  exclusión  evidente, y si bien del  contexto  de la argumentación así como de la pretensión elevada a la Corte se  infiere  acusada  la  primera  modalidad  de  desatino, también aquí alegó de  manera  simultánea  en  detrimento  de  la claridad exigida en la propuesta, la  infracción  mediata  de  las disposiciones legales referidas a la extinción de  dominio,   cuando   en   autos   se   debatió  y  concluyó  exclusivamente  la  responsabilidad penal del procesado en el aludido ilícito.   

        Además  de  la  impropiedad anterior, se tiene que el recurrente  soslayó  el  deber  de  demostrar  la  realidad  del  desatino  endilgado, pero  también  y  con  mayor  entidad  para  determinar  la  falta de prosperidad del  reparo,   el  de  acreditar  la  incidencia  del  yerro  argüido  frente  a  la  declaración de justicia contenida en la sentencia impugnada.   

        Así,   en  cuanto  a  lo  primero,  téngase  presente,  que  el  casacionista  acusa el prescindido análisis de elementos de juicio, que como lo  advierte  el  Ministerio  Público en el concepto, sí fueron comprendidos en la  valoración  conjunta  que  hicieron los falladores del acervo probatorio, sólo  que  en  un  sentido  contrario  al  propugnado  en el libelo, como se discierne  tratándose  de  los documentos allegados por la defensa en la fase del juicio y  que  se  afirmó  daban  cuenta  de  los  conceptos jurídicos efectuados por el  acusado  cumpliendo  encargos  de  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela,  que  el  Tribunal  Nacional  ponderó  en  el  fallo  recurrido  empero  negándoles toda  eficacia  para  desvirtuar  la  responsabilidad  penal.   Sobre  este punto  concretamente afirmó aquella Corporación:   

“Claro  está  que podría argumentarse  que  en  el  período  probatorio de la causa, se allegaron varios conceptos que  presuntamente  elaboró  el togado sobre diversos tópicos jurídicos en aquella  época,  respecto  de  los  cuales  los suscritos Magistrados ponemos en tela de  juicio  su  verosimilitud,  dado  que no fueron aportados al inicio del proceso,  como  era  lógico  que  se  hiciera,  sino  a “a la hora de nona” y como un  postrer  esfuerzo  del  implicado  por  justificar lo injustificable, como es el  recibir  durante  4  años  no  solo  una  apreciable  cantidad  de dinero, sino  atenciones  en  el  Hotel Intercontinental de Cali, de una persona de la que sin  lugar  a  dudas sabía se dedicaba al tráfico de narcóticos…” (f. 57, cdno. Tribunal).   

        Tratándose  de  esta  prueba  documental  y  de  los testimonios  recaudados  durante  la  causa,  esto  es,  de  las  declaraciones obtenidas del  abogado  Lisandro  González  Barbosa  y  de  los  ex  magistrados Aníbal Posso  Londoño   y   Camilo  González  Múnera,  quienes  según  atesta  la  defensa  confirmaron  la  asesoría  jurídica  prestada  por el sindicado a los confesos  narcotraficantes  Rodríguez  Orejuela,  el  censor también perdió de vista al  acusar  su  relegado  análisis  en  el  fallo  del  Tribunal, que si bien en la  casación  la  providencia   impugnada  es la de segundo grado, no es menos  cierto  que  ésta cuando es confirmatoria integra unidad jurídica la sentencia  de     primera    instancia,    a    tal    punto,    que    deben    entenderse  complementarias.   

         En  este  orden  de  ideas, de manera  alguna  le  resultaba  viable denunciar dicho desatino sin la confrontación del  contenido  de  ambas  decisiones, cotejo a través de la cual habría discernido  en  el  caso  examinado  que  aunque  tales  medios  de  persuasión  no  fueron  relacionados  expresamente  en  la  sentencia,  si  fueron  comprendidos  en  la  valoración  del  a  quo  sin  concedérseles  tampoco eficacia para infirmar el  carácter   injustificado  del  acrecentamiento  patrimonial  investigado.    

         Así, respecto de la prueba allegada a  los autos en el período probatorio del juicio el a quo señaló:   

“Lo  único  realmente  cierto  en este  proceso,   es  que  las  pruebas  recepcionadas  en  la  etapa  instructiva  son  suficientes  para  encontrar  que  el  procesado  sí  incurrió  en  el  delito  imputado,  ya que las pruebas debidamente atesoradas en la etapa del juicio solo  nos  corroboran  la  gran  capacidad intelectual del implicado…”  (f. 472, cd. 6)   

        Razonamiento  que se completa con los demás que fueron esbozados  en  las  motivaciones  del  fallo,  donde  se  alude  de  manera  expresa  a las  declaraciones  de  los  profesionales que atestiguaron en el juicio, así como a  su  contenido  referido a las asesorías jurídicas con las cuales se pretendió  justificar  el  aumento  patrimonial.   Se  lee entonces en la decisión de  primer grado lo siguiente:   

“…Pues en el legajo no obra constancia  ni  en  las  declaraciones  de  los  distinguidos  abogados ni en los diferentes  allanamientos  se  encontraron  cheques  o  facturas  a  nombres  de  los demás  profesionales  que acudían a dichas citas…” (f.  471, cd. 6).   

        En  otro  aparte,  con  idéntica  orientación argumentativa, el  Juzgado Regional acotó:   

“…pues las pruebas recepcionadas en la  etapa  del  juicio  son muy claras y la mayoría se basaron en declaraciones las  cuales  se receptaron casi en su totalidad pues no es mucho lo que cambiarán la  decisión   aquí   a   tomar   pues   las  declaraciones  de  los  distinguidos  profesionales  solo  sirvieron  para  seguir comprobando la gran brillantez, del  implicado   pues  efectivamente  y  sin  ninguna  duda  es  muy  brillante  como  profesional,  como  escritor,  como  Senador,  etc.,  pero  desgraciadamente  no  demostró  su  solvencia  y la procedencia de aquellos cheques…con las pruebas  atesoradas  en  el plenario es suficiente para condenar a ARMANDO HOLGUÍN, pues  el  recaudo probatorio durante el juicio no atacó en ningún momento el recaudo  de  dichos  dineros,  pues  el simple hecho de decir  que   estaba   prestando   asesorías   no  es  una  exculpación…”.   (Resalta  la  Sala,  f.  483,  cd.1)   

         

        Adicionalmente,  el  actor  dejó  a medias el reproche formulado  pues   no   intentó  demostrar  la  trascendencia  del  yerro  de  apreciación  probatoria  endilgado  a  los  juzgadores,  como  se  exigía  para  un completo  desarrollo  de  la  propuesta, pues también en esta censura se limitó a aducir  que  la  prueba omitida demostraba la relación profesional entre el procesado y  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela  destruyendo consecuentemente la imputación  del  enriquecimiento ilícito, pero sin avanzar en un nuevo análisis del acervo  probatorio  incluyendo  las  pruebas  supuestamente  relegadas  en los fallos de  instancia.   

        En  fin,  perdió  de  vista  ante  la  naturaleza  de  la causal  invocada,  en  deficiencia común además a los cargos erigidos en la demanda al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación, cuerpo segundo, que le resultaba  ineludible  el  enjuiciamiento  de  la  totalidad  de  los medios de convicción  estimados  por  el  fallador,  demostrando  que el dislate que aseguró cometido  surgía  trascendente  para  modificar  de  manera  favorable  a  su asistido la  naturaleza de la sentencia atacada.   

        En   los  términos  esbozados,  este  otro  cargo  tampoco  sale  avante.   

        Undécimo cargo.   

        Al  amparo  de  un  presunto error de hecho generado por un falso  juicio  de identidad, el casacionista acusa que el Tribunal en la estimación de  los  testimonios de Guillermo Pallomari y Miguel Rodríguez Orejuela desconoció  los  postulados  de  la sana crítica, concretamente, al concederle credibilidad  al  primero  y negarle todo atisbo de veracidad a la declaración del segundo, a  pesar   de   encontrarse   ambos   deponentes   en   idénticas   circunstancias  personales.   

        De  lo  anteriormente expuesto se evidencia que el actor confunde  la  modalidad  de  desatino  alegado,  que como es sabido se configura cuando el  juzgador  en  la  contemplación  de  la  prueba distorsiona su sentido objetivo  porque  lo  cercena,  adiciona  o tergiversa haciéndola producir efectos que en  realidad  no  se  desprenden  de  ella,  con  el  falso  raciocinio  que si bien  constituye  otra  de  las expresiones del error de hecho, a diferencia del falso  juicio  de  identidad surge entonces cuando el fallador al determinar el mérito  de   la   prueba   se   aparta   caprichosamente   de  las  reglas  de  la  sana  crítica.   

         Sin  embargo,  con  prescindencia del  requerimiento  técnico  de  la correcta nominación del dislate atribuido a los  juzgadores,  lo  verdaderamente  trascendente  para colegir la impropiedad de la  propuesta,  es  que  en  ambos  casos  se  excluye  la  posibilidad  de  que  el  casacionista  enfrente sus propias conclusiones probatorias con las del juzgador  para  que  la  Corte escoja entre ellas, pues tal valoración es inherente a las  instancias  y  ajena  a  la  impugnación  extraordinaria, donde la sentencia de  segundo  grado  arriba  amparada por la doble presunción de acierto y legalidad  determinando  la prevalencia del criterio de los falladores, como fue pretendido  en    esencia    por    el   libelista   en   este   reparo,   según   pasa   a  discernirse.   

         

        El  censor  concreta  el  ataque  en  el afirmado desapego de los  parámetros   de   la   sana  crítica  en  la  apreciación  de  los  referidos  testimonios,  cuestionamiento  propio  de un falso raciocinio que no desarrolló  con  sujeción  a  sus  derroteros técnicos.  En efecto, de acuerdo con el  criterio  de  la  Sala,  cuando  se denuncia un desacierto de esta naturaleza al  demandante  le  corresponde  señalar  el  postulado científico, la regla de la  lógica  o la máxima de la experiencia que resultó desconocida por el fallador  al  discernir  el   mérito  de  la  prueba; indicar cuál ha debido ser el  aporte  científico  correcto,  la regla de la lógica apropiada o la máxima de  la  experiencia  que  debió  tenerse  en  cuenta;  y  finalmente,  demostrar la  trascendencia  del  yerro  en  la  declaración  de justicia vertida en el fallo  impugnado,  esto  es, cómo de no incurrirse en él la decisión habría sido de  distinta naturaleza y favorable al sindicado.   

        Ninguno  de  estos  requerimientos fue satisfecho por el actor en  el  reproche  examinado,  pues  si  bien  advierte  que  no opondrá su criterio  personal  sobre la valoración de las pruebas al de los juzgadores de instancia,  a  renglón  seguido  abandona  ese  anunciado propósito para incurrir simple y  llanamente,  en la huera controversia sobre la credibilidad concedida al testigo  de  cargo  Guillermo  Palomari  y  respecto  de  la  negada al declarante Miguel  Rodríguez Orejuela.   

        Tampoco  demuestra  la trascendencia del presunto yerro, esto es,  que  de  no  haber  ocurrido  muy  distinto  habría  sido  el sentido del fallo  recurrido,  pues  sin  enjuiciar  los  restantes  fundamentos  probatorios de la  demanda  únicamente  arguye  que  por  razón  del  desatino se impone casar la  sentencia    impugnada    y    dictar   la   de   sustitución   de   naturaleza  absolutoria.   

        En  tales  circunstancias,  entonces,  este  último  cargo de la  demanda tampoco  prospera.   

         Consideraciones finales.   

          1.   Desaparecido  el  Tribunal  Nacional  por  el  vencimiento del término establecido en la Ley Estatutaria de  Administración  de  Justicia  para  el  funcionamiento de la justicia regional,  así  como  declarada  la  inexequibilidad  de la Ley 504 de 1999, que creó una  Corporación  con  jurisdicción  en todo el territorio nacional y que asumiría  la  competencia de aquél, resulta forzoso colegir que el expediente deberá ser  remitido  al  funcionario de primera instancia a través del Tribunal que por el  factor  territorial relevó en su ámbito funcional al que profirió el fallo de  segundo grado, para el presente caso, el Tribunal Superior de Cali.   

        2.   Por  último,  si bien la Sala precisó al responder el  respectivo  cargo,  que  la remisión incompleta que del expediente se verificó  al  Tribunal  Nacional  para  la  resolución  de la alzada presentada contra el  fallo  del  a  quo no constituyó una irregularidad trascendente para generar la  nulidad  de  lo actuado, en manera alguna puede desconocer que en tal situación  se  vislumbra  una eventual falta contra la diligencia y celo que deben observar  los  funcionarios  judiciales  en  el manejo de los asuntos a su cargo.  En  consecuencia,  con  miras a la investigación disciplinaria a que hubiere lugar,  se  ordenará  la  expedición  de  copias  con destino a la Sala Jurisdiccional  Disciplinaria del Consejo Seccional de la Judicatura del Valle.   

        Contra esta providencia no procede ningún recurso.   

        En  razón  y  mérito  de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE   

        1.     NO   CASAR   el   fallo  impugnado   

        2.   ORDENAR  la expedición de  las  copias  pertinentes  de  la  presente  actuación  con  destino  a  la Sala  Jurisdiccional  Disciplinaria  del Consejo Seccional de la Judicatura del Valle,  para  la  investigación  a que hubiere lugar por razón de los hechos expuestos  en  la parte motiva.  La Secretaría de la Sala librará las comunicaciones  respectivas.   

        Cópiese,  comuníquese,  cúmplase  y  devuélvase  al a quo por  intermedio del Tribunal Superior de Cali.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Salvamento parcial de voto  

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS                                     EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

FRANCISCO   ACUÑA   VIZCAYA                                                         LUIS  BERNARDO  ALZATE GÓMEZ   

Conjuez                                                                   Conjuez– No hay firma   

CARLOS   A.  CANO  JARAMILLO                          GUILLERMO  GARCÍA GUAJE   

Conjuez                                                                            Conjuez   

HUGO  H.  RODRÍGUEZ  CORTÉS                          EDILBERTO  SOLÍS ESCOBAR   

        Conjuez                                                                Conjuez- No hay firma   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  Secretaria   

         

    

1  Sentencia,   C-475  de  septiembre  25  de  1997,  M.P.  Dr.  Eduardo  Cifuentes  Muñoz.   

2  sentencia,   C-472   de   octubre   20  de  1994,  M.P.  Dr.  Vladimiro  Naranjo  Mesa   

3  Providencias  de  fechas 12 de agosto de 1992, 25 de febrero de 1993, junio 9 de  1994,  M.P.  Dr.  Guillermo  Duque  Ruiz;  14  de  julio de 1996, M.P. Dr.   Fernando  Arboleda  Ripoll;  28  de  octubre  de  1998, M.P. Dr. Jorge A. Gómez  Gallego;  28  de  enero de 2000, M.P. Dr. Edgar Lombana Trujillo; 23 de julio de  2001, M.P. Dr. Fernando Arboleda Ripoll, entre otras.   

4  Providencia de abril 20 de 1999, M.P. Dr. Carlos A. Gálvez Argote.   

5  Sentencia   T-966   de   julio   31   de   2000,   M.P.  Dr.  Eduardo  Cifuentes  Muñoz.   

6  Sentencia   del   4   de   julio   de   2001,   M.P.   Dr.   Fernando   Arboleda  Ripoll.   

7  Providencias  de marzo 3 y julio 18 de 2000, M. P. Dr. Carlos A. Gálvez Argote;  17 de julio de 2001, M.P. Dr. Jorge Córdoba Poveda, entre otras.   

8  Cfr., sentencia de abril 2 de 2001, radicado 14.536.   

9  Sentencia  de julio 12 de 1994, M.P. Dr. Ricardo Calvete Rangel; auto de abril 3  de 2000, M.P., Dr. Jorge A. Gómez Gallego.   

10  Sentencia de julio 29 de 1998, M.P. Dr. Carlos E. Mejía Escobar.     

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