15189mar1

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 15189  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No. 38  

          Santafé de Bogotá, D.C, catorce de marzo de dos mil.   

VISTOS  

          De  acuerdo  con  lo  previsto  en  el  artículo 235 del Código de  Procedimiento  Penal,  examina la Corte la viabilidad de la demanda de revisión  presentada  por  el  defensor  del  condenado  WILSON  MONROY GAITÁN, contra la  sentencia  de  segunda instancia proferida por el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Neiva el 9 de diciembre de 1996, confirmatoria de la que en primer  grado  había  emitido  el Juzgado 2 Penal del Circuito de la misma ciudad el 17  de  octubre  de idéntica anualidad y mediante la cual se le declaró penalmente  responsable  de  los  injustos  de  homicidio,  en la persona de Diógenes Tovar  Ramírez,  y  porte ilegal de arma de fuego de defensa personal, imponiéndosele  la  pena  principal  de  25  años  y  6  meses  de  prisión,  la  accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones públicas por el término de 10 años,  más  la  obligación  de  resarcir  los perjuicios materiales y morales en suma  equivalente a 800 gramos oro.   

HECHOS  

          Al  desatar  la  apelación  de  la  sentencia  de  primer  grado el  Tribunal los narró de la siguiente manera:   

“Ocurrieron la noche del 8 de abril de 1995  en  el  Parque  de la Inspección de Policía El Toro, comprensión municipal de  Alcegiras,  Huila,  cuando  al  encontrarse  en  una  venta de empanadas, Wilson  Monroy  Gaitán  y  Diógenes Tovar Ramírez, tuvieron un altercado que culminó  con  la  muerte  de  éste  último  a  causa  de  dos tiros de revólver que le  propinó el primero”.   

LA DEMANDA  

          Con  base  en  la causal tercera del artículo 232 del código penal  adjetivo,  el  accionante  exora la revisión del fallo cuestionado afirmando la  existencia  de un hecho nuevo, desconocido por los juzgadores pues jamás llegó  al  proceso,  con  pruebas  que  en  conjunto  tienen  el  valor suficiente para  modificar    la    responsabilidad    penal    que    le   fuera   deducida   al  sentenciado.   

          Al   efecto   sostiene   que   la   investigación   no  apuntó  al  esclarecimiento  del  itinerario  del  occiso  momentos  antes de producirse los  impactos  que  segaron  la vida de la víctima, como tampoco de las personas que  departían  con ésta, sino que se centró en los pormenores del resultado final  y  a  un  interrogatorio  superficial  de  algunos de sus acompañantes que nada  aportaron al conocimiento de la verdad.   

          En  seguida  hace un relato según el cual junto a la mesa en que se  encontraba  el  occiso  dentro  de la cantina de la señora Ana Rita de Trujillo  acompañado  de los señores Rigoberto Tovar, José Lizardo Tovar, Eliecer Pinto  y    Elver    N    “El    Calbo”,   asegura, también  se  hallaban  Orlando Arias, Jorge Mauricio Lozano y Edgar Salazar, personas que  nunca  fueron  llamadas  a declarar y quienes  escucharon a Diógenes decir  que  mataría  a  Wilson  cuando  éste  pasó  por cercanías del lugar junto a  Orlando  Gaitán  Yanguma, tomó su arma y al observar que tan sólo contaba con  una  o dos balas le solicitó munición a Elver, salió del establecimiento ante  la  mirada  de  los  testigos  y  cuando  todo  hacía  pensar que cumpliría su  propósito  al  llegar  al puesto de empanadas de la señora Nohemí, escucharon  los  disparos  que  para  sorpresa  de todos dieron como resultado la muerte del  señor Tovar.   

          Hecho  nuevo que, asevera el demandante, por petición suya dieron a  conocer  los  testigos ante la Notaría Quinta del Circuito de Neiva, dejando al  descubierto  la  conducta  premeditada y determinada del occiso al momento de ir  en  búsqueda  de Monroy, quien desconocía el designio criminal del perseguidor  “y suscitó el dudoso desafío que dieron como hecho  cierto     los     investigadores    y    falladores    en    sus    respectivas  decisiones”.   

          Al      pasar      al      título      denominado      “FUNDAMENTOS  DE  HECHO  Y DE DERECHO”,  el  accionante  resalta la importancia que en toda investigación penal tiene la  observación  integral   e  imparcial de los hechos, tarea con que se logra  el  esclarecimiento  de  la  verdad  real y no de la parcial como ocurrió en el  caso,  en  el que, reitera, lo que constituye el nuevo hecho no sólo refulge de  la  prueba  nueva  aportada  sino  también  de  la  apreciación  que del mismo  hicieron  los  acompañantes  del  occiso,  esta  la razón para que el indagado  hubiera  manifestado  que  una vez herida mortalmente la víctima fue perseguido  por  el  hermano  de  ésta,  en tanto que la señora María Nohemí -dueña del  expendio  de empanadas- afirmó que se oían disparos por el lado del puente, es  decir,  el  consanguíneo  no  fue  ajeno  al propósito del occiso de ultimar a  Monroy.   

          Esta  situación  hace  fácil  comprender  el  proceder  rápido de  Diógenes  al  llegar  a la venta de empanadas, hecho uniformemente depuesto por  los  testigos  Enith  Marín  Sánchez, Leidy Patricia Perdomo y Orlando Gaitán  Yanguma,  de ahí que con buen criterio no se pueda establecer de acuerdo con la  versión  de  las  damas  quién  fue  el  incitador  o  provocador “de  un  preconizado  desafío  que nunca existió” ya   que   el  designio  criminal  de  quien  resultara  luego   víctima,  había  sido  tomado  y  decidido  antes  de llegar al sitio donde se  finiquitó  el  suceso;  planteamiento  que  conlleva al demandante a considerar  creíble   lo   que   dijo   escuchar  la  testigo  Leidy,  concordante  con  el  desenvolvimiento  buscado  por  Diógenes,  no  así  con  lo  sostenido  por la  nerviosa  e inducida Enith quien en su ampliación aseveró no recordar la frase  “que   si   se   iban   a   matar”,  alocución  que  se  aduce  pronunciada  por  el  procesado  con  la  inmediata   producción   de   los   disparos   que   privaron   de  la  vida  a  Tovar.   

          De  esta  forma  consolida  en  el nuevo hecho la explicación de la  posición  vacilante  y mentirosa de los testigos José Lizardo Tovar y Eliécer  Pinto,  de  quienes asegura trataron de acomodar al occiso montado en un caballo  y  a  toda  costa  negar que en el momento final del suceso se encontraban en la  cantina  y  que  el  difunto  portaba un arma, maniobra no obstante insuficiente  para  ocultar  que los mentados estuvieron en el sitio, constituyéndose así el  indicio  que  permite  descubrir  la agresión inminente que se cernió sobre el  procesado,  de parte de una persona peligrosa, pendenciera y belicosa que tenía  antecedentes  en  contra  de  la  familia  de  aquél,  según da cuenta la  versión   de  Alfonso  Gaitán  y  el  denuncio  formulado  por  Wilmer  Monroy  Gaitán.   

          Por   todo   lo   anterior   aduce  que  el  procesado  “tenía  en  peligro  su  vida  inclusive  antes  de  intercambiar  cualquier  palabra con el hoy occiso que salió de la cantina ANA RITA TRUJILLO,  a  matarlo,  en fin, con ese propósito se dirigió hasta él, siendo entendible  la  inminencia de la agresión, porque la decisión de matar ya la había tomado  desde  cuando  cargó  el  arma con ese propósito, otro fenómeno es que WILSON  MONROY,  no  es  el  que  primero  dispara,  sino el que responde, luego no cabe  predicar  que  él  previó el ataque inminente que desencadenaba DIOGENES (sic)  en  su  contra,  algo  que  era  inesperado,  sin embargo, logró responder a la  agresión  debido  al  miedo  que  encarnaba DIOGENES (sic), para su familia y a  tener   en   su   poder   un  arma  idónea  y  adecuada  para  responder  a  la  agresión”.   

          Finaliza  afirmando  que entonces el proceder del procesado entraña  una  legítima  defensa  pues “la agresión o peligro  si  fueron actuales e inminentes y mediaron al momento de la reacción defensiva  de WILSON”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          La  acción  de  revisión, mecanismo excepcional a través del cual  la  ley  brinda  al  ciudadano  la  oportunidad  para  que  se restaure el valor  axiológico  de  la  justicia quebrantado mediante un fallo ejecutoriado, supone  de  parte  del  demandante  la  irrefutable  comprobación  de cualquiera de las  causales   previstas   en   el   artículo  232  del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

          Tratándose  de  la  causal  tercera, que es la que en esta ocasión  propone  el  actor como fundamento de su libelo,  la Corte ha enseñado que  la  prueba  nueva  es  aquella que surge después de la emisión de la sentencia  condenatoria  y  por  cuyo  desconocimiento  en  las  instancias  procesales  el  funcionario  no  pudo  valorarla,  dejando  por  ello de apreciar hechos con los  cuales  no  le  hubiera  sido posible como autoridad judicial el establecimiento  del  juicio  positivo  de  responsabilidad  penal  de  la  condena  impartida al  procesado.   

          De    esta    forma    la    aparición   de   hechos   “nuevos”  o  de  pruebas con idéntico  carácter,  constituye  el  eje  central  desde  el  cual  debe  proyectarse  la  petición  de  revisión,  razón  por  la cual en ningún caso la acción puede  convertirse  en  escenario  de  debate  sobre  puntos  ya  resueltos durante las  instancias  so  pretexto  de la existencia de elementos por cuyo desconocimiento  se produjo el fallo adverso a los intereses del procesado.   

          Es  el  caso  frente  al cual se encuentra la Sala, amén de que con  las  declaraciones que dice el accionante no fueron arrimadas al trámite cuando  era  de  vital  importancia  adjuntarlas  porque con ellas se demuestra el hecho  nuevo  de  la  voluntad criminal que tenía el occiso antes de ser fulminado por  el  hoy  condenado,  no  hay  asomo  de  que por ello el fallo hubiese resultado  condenatorio en claro desconocimiento de una legítima defensa.   

          A  esta  conclusión  se  llega  si  se  atiende  al contenido de la  sentencia,  pues en ésta quedó descartada la unidad de acto requerida entre la  supuesta  agresión  y  la defensa con que el libelista pretende sacar avante su  pretensión  con  el  argumento  de  que el occiso fue visto y escuchado por los  testigos  Orlando  Arias,  Jorge  Mauricio Lozano y Edgar Salazar, cuando al ver  pasar  al  procesado  Wilson   manifestó que lo iba a matar y al efecto se  valió  de  uno  de sus acompañantes para cargar el arma dirigiéndose hacia la  supuesta víctima para materializar el designio criminal.   

          El  Tribunal  después  de  valorar las pruebas determinó que en el  lugar  de  los  hechos  –el  expendio  de  empanadas-  y  en  el momento en que se produjeron los disparos se  encontraban  Enith  Marín,  Leidy  Patricia  Perdomo y Orlando Gaitán Yanguma,  quienes  si  bien no fueron uniformes en declarar cuál de los protagonistas fue  el  que  provocó  al  otro,  tal  hecho  pudo  aclararlo  con  la  injurada del  procesado,  el  cual  reconoció  haber  iniciado el intercambio de palabras que  molestó  a  la  víctima  y  concluyó  con  el  reto  al  que ilícitamente se  sometieron los rijosos.   

          Se lee en la sentencia:   

          “Del  análisis  conjunto de los testimonios referidos se advierte  que  previo  al  desenlace trágico hubo un intercambio de palabras, que partió  precisamente  de  Monroy  Gaitán,  reclamo  que fue la ignición para rememorar  desavenencias  familiares  suscitadas  meses  atrás,  y de esa manera surgir el  reto  a  que aluden al unísono Enith Marín, Leidy Perdomo y Orlando Gaitán, y  que  resulta  reafirmado  por el inculpado, destacándose enseguida el encuentro  físico,  donde  se  sostiene  por los deponentes mencionados -excepto Enith -se  esgrimieron  armas  de  fuego  de  parte  y parte, culminando en forma rápida a  consecuencia de los medios utilizados por los contendientes”.   

          Este  análisis  permitió  al  Tribunal  deducir la responsabilidad  penal  del  procesado,  la  misma  que ahora resulta imposible desconocer con el  argumento  de  que  aparecieron  pruebas  que  destacan  el  hecho  nuevo  de la  anticipada  voluntad  que  tenía  Tovar de matar a Wilson, pues en la sentencia  con  que  el  asunto  se  convirtió  en  res iudicata,  paladinamente   se  descartó  la  aducida  legítima  defensa  en  el actuar del inculpado, habida cuenta que el homicidio no fue cosa  distinta  al  resultado  de  la  riña que propició el ahora accionante, razón  más  que  suficiente  para  que  los  testimonios  que  acompañó a la demanda  resulten  absolutamente  estériles  para  promover  siquiera la revisión de un  fallo  que  por  su  ejecutoria  está  ungida  de  los  atributos  de acierto y  legalidad.   

Y  un  tal  empeño  se  hace  todavía más  improcedente  si  se para mientes en que en un sistema como el nuestro, donde la  responsabilidad  penal  es  de acto y no de autor, en el hipotético caso de que  hubiese  existido  intención  criminal  en  la  mente del occiso al salir de la  cantina   donde   se   encontraba,   tal  propósito  no  trascendió  al  mundo  fenomenológico,  por  lo  que  dentro  del  contexto  fáctico de la situación  averiguada  no se dieron ni la actualidad ni la inminencia de una agresión ante  la  cual  debía responder el procesado, sino que todo tuvo desarrollo dentro de  una  particular  situación  en la que los contendientes se batieron en duelo en  igualdad  de  condiciones,  previa  disputa verbal iniciada por Wilson, de quien  también   dedujo  el  juzgador  fue  el  primero  en  esgrimir  un  arma  y  en  disparar.   

          Así  las  cosas,  las  atestaciones  traídas  por el accionante no  aportan  ningún  elemento nuevo que por desconocido durante las instancias, por  razones  de  justicia,  sea  menester  revisar el fallo ejecutoriado para ver de  concluir  si  debe  sucumbir  la  responsabilidad  que  le  fuera  endilgada  al  inculpado.   

          En  este  orden  de ideas, como aquellos elementos de convicción no  alteran  la  esencia  del  juicio,  lo  que  se plantea es un tema ya debatido y  decidido,  por  lo  que  la presunción de acierto y legalidad del fallo atacado  permanece  incólume,  sin  que  la  impropiedad  en  que  también  incurre  el  demandante  al  atreverse  a  medir  el grado de credibilidad que en su opinión  merecen  los  testimonios  arrimados  al  proceso  -por ejemplo el de Enith, que  califica  de  inducido-,  pueda  tampoco  concitar  la  apertura del trámite de  revisión.   

          Por  lo  anterior,  ante las deficiencias de que se duele el libelo,  se impone su rechazo de plano.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL   

RESUELVE  

          1.  Reconocer  personería  al Dr. Gerardo  Castrillón  Quintero  en  los  términos del poder conferido por el sentenciado  WILSON MONROY GAITÁN.   

          2.   RECHAZAR  IN  LIMINE  la  demanda  de  revisión  presentada  contra  los  fallos  de  primera y segunda instancias, de  fecha,   naturaleza   y   origen   indicados   en   la   parte  motiva  de  este  proveído.   

                                              

CÓPIESE, NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE  

   

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                          JORGE    E.    CÓRDOBA    POVEDA           

CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                            JORGE ANÍBAL  GOMEZ GALLEGO   

MARIO    MANTILLA   NOUGUES                              CARLOS  E.  MEJÍA     ESCOBAR                       

ALVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                                         NILSON PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

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