14898abr

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 14898  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No.  51  

          Santafé de Bogotá, D.C, tres de abril de dos mil.   

VISTOS  

          Decide  la  Corte sobre el aspecto formal de la demanda de casación  presentada  por  el  defensor de JAIME ANTONIO MURILLO VALLEJO, en relación con  la  sentencia  del  Tribunal Superior de Pereira fechada el 27 de abril de 1998,  dictada  dentro  de esta causa formada por dos procesos acumulados, decisión en  la  cual  se  le condenó a la pena principal de 60 meses de prisión como autor  del   concurso   de   los   delitos   de   hurto   calificado   y   agravado,  y  receptación.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          Los  relacionados  con  el hurto se contraen al 31 de agosto de 1994  en  la  población  de Santa Rosa de Cabal, cuando a eso de las 7 P.M. el señor  Jhon  Jairo Quintero fue despojado del vehículo de servicio público con placas  WHF-128,  por  parte  de  tres  individuos  que  fingiendo  requerir el servicio  abordaron  el  rodante, sometieron al infortunado conductor con armas de fuego y  lo amarraron.   

          Sorprendidos  los  sujetos  por  la Policía, sostuvieron un tiroteo  que  dio como resultado la captura de JULIO CÉSAR BELTRÁN MONTES, a tiempo que  los otros huyeron.   

          Requisado  el  objeto  material  del  delito, en él fue hallada una  agenda  perteneciente  a  JAIME  ANTONIO  MURILLO,  como  también la cédula de  ciudadanía    y    la   libreta   militar   expedidas   a   nombre   de   MARIO  VALLEJO.   

          El  segundo hecho se refiere al operativo practicado por la Policía  de  Manizales  el  29 de octubre de 1993 en el local ubicado en la carrera 26 No  23  -17  de  la  misma  ciudad,  lugar  en  el  que  la  autoridad encontró dos  carrocerías  de  vehículos  Mazda  sin  placas,  además de otros elementos de  diferentes    carros,    dándose   a   la   huida   dos   sujetos   que   allí  estaban.   

          Realizadas  las  tareas  investigativas  del caso, pudo establecerse  que  el  local  había sido entregado en arriendo al señor JAIME MURILLO, quien  como fiadora del negocio presentó a su esposa ROSALÍA CARDONA.   

          La  investigación  del  delito de receptación fue iniciada el 3 de  noviembre  de  1993,  por  parte  de  la  Fiscalía  13, Grupo No 2 de la Unidad  Especializada  de  Manizales,  sumario  al  cual  fue  vinculado  JAIME  ANTONIO  MURILLO,  quien  recibió  más  tarde  acusación  formal  por el mismo injusto  según  resolución  del  cinco  de  abril  de  1995  emanada  de la Fiscalía 9  Seccional Delegada ante los Jueces Penales del Circuito.   

          En   relación   con  el  injusto  de  hurto,  la  instrucción  fue  adelantada  por la Fiscalía 31 de Santa Rosa de Cabal en contra de JULIO CÉSAR  BELTRÁN  MONTES,  MARIO  VALLEJO  y JAIME MURILLO; pero el primero se acogió a  sentencia  anticipada  a  tiempo que el segundo recibió formal acusación el 20  de  febrero  de  1995,  mientras  que  el  tercero  se vio afectado con la misma  resolución el 26 de mayo del mismo año.   

          El  Juez  Penal  del  Circuito  de  Santa  Rosa  de Cabal ordenó la  acumulación  de  las  causas  y  profirió  la sentencia condenatoria de primer  grado el 19 de diciembre de 1997.   

              

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

          El  censor  solicita  la casación del fallo de condena del Tribunal  de  Pereira  para que en su lugar se profiera uno absolutorio, bajo el entendido  de  que  el  ad quem incurrió  en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por falso juicio de identidad  sobre las pruebas.   

          El  delito de receptación, dice, se dio por probado con base en que  el  procesado  fue  quien  tomó  en  arriendo el local donde se encontraron las  piezas  de  automotores,  hecho deducido a través del testimonio de José Aimer  Serrano  quien  manifestó que como fiadora del contrato había sido ofrecida la  esposa  del  justiciable  que  siempre  andaba con un señor Mario; de la prueba  trasladada  de  otro  proceso  que  se adelantaba en contra de su primo Bernardo  Vallejo  por el delito de hurto de automotores, de donde se dedujo el compromiso  del   procesado   amén   de   haber  sido  capturado  con  aquél  “olvidando    sus    documentos”;   y  finalmente,  de  la versión de Jhon Jairo Galván, citado por el arrendador del  local como testigo del contrato.   

          En  seguida  refiere  que  el fundamento de la responsabilidad en el  delito  de  hurto  de  automotores  se  desprendió  de  la agenda y la lista de  precios   de   repuestos   de   vehículos  encontrada  en  el  rodante;  de  la  circunstancia  de que en el año 1993 el procesado había montado un taller para  desguazar  vehículos; y de la circunstancia de que a los pocos días del delito  en Santa Rosa resultó capturado como sospechoso de otro atraco.   

Además, agrega que el Tribunal aceptó el no  reconocimiento  del  justiciable  por  parte del denunciante, la pérdida de sus  documentos  y  que  el  cosindicado  Julio  César  Beltrán  dijo que los otros  asaltantes  eran  familiares  entre  sí;  hechos  a  partir de los cuales en el  proceso  se  dio  por establecido que el individuo con quien se encontraba JAIME  MURILLO en el taller era Mario Vallejo.   

          En   lo  que  denomina  “DESARROLLO  DEL  ANÁLISIS   JURÍDICO   PARA   PROBAR   LA   CAUSAL   INVOCADA”,  asevera  que no hay un juicio lógico para imputarle al procesado el  delito  de  receptación,  pues  hay una tergiversación del testimonio de José  Aimer  Serrano,  quien  únicamente  hace  alusión  a  un  supuesto contrato de  arrendamiento  no probado, no a un delito de receptación, por lo que se falseó  su   expresión   fáctica   “hasta  llegar  a  una  deducción  equívoca  y  poco probable en el sentido de querer inferir el hecho  de       la       supuesta       huida       por       parte       de      Jaime  Murillo        -que  infiere el Tribunal- de dicho  establecimiento  la  noche  del  29  de  octubre  de 1993, sin existir medio que  sugiera su presencia en dicho lugar”.   

          Señala   que  las  demás  fuentes  por  medio  de  las  cuales  se  estableció   la  responsabilidad  del  justiciable  son  una  violación  a  la  existencia  misma del análisis de los medios probatorios por alteración de sus  contenidos,   ya   que   “Son   tomados   en  forma  fraccionaria  de la prueba en su totalidad y por tanto desfigura con su omisión  del  texto  completo  su  contenido, haciéndole expresar algo que no dice, pues  infiere  una  seria  responsabilidad  penal  en  los  hechos  ocurridos el 28 de  septiembre  de 1994, pero sin embargo no hay constancia de haberse solicitado su  vinculación  a  dicho proceso penal, no hay un hecho delictivo indicado, hay un  hecho  indicador  de  la compañía de Jaime Antonio Vallejo al señor Beltrán,  pero  no se lo vincula a un hecho delictivo no hay cosa atestada, por lo cual se  quiere  generar  un  falso juicio de contenido con la prueba trasladada a que se  refiere  el Tribunal en su providencia, y así darle una realidad probatoria que  no tiene”.   

          En  punto  del  testimonio  de  Jhon Jairo Galván, vierte idéntico  comentario  asegurando  que  de  éste  sólo  se  puede inferir lógicamente el  alquiler  del  local  “pero  jamás  el hecho de ser  Jaime  Murillo su arrendador, y mucho menos de ser una de las personas que huía  el día 29 de octubre de 1993 de dicho establecimiento locativo”.   

          A  renglón  seguido discute que el procesado sea una persona hábil  para  escapar,  como  quiera  que  tal  hecho carece de respaldo probatorio pues  aceptándose   que   tal   conclusión  del  Tribunal  fue  consecuencia  de  la  declaración  de  un  agente  de  la  Policía  que participó en la captura del  acusado  “no  se puede inferir que mi prohijado haya  participado de los hechos que ahora son objeto de debate”.   

          Del  delito  de  hurto  de  automotores repara que el hallazgo de la  agenda  y  de  un  listado  de  precios  de  autopartes  en  el  rodante birlado  “es un hecho no determinante de responsabilidad más  aún  cuando  no  está  demostrada la segunda circunstancia el haber montado un  taller  para  desguazar  vehículos pues en un hecho no probado en el plenario y  que fue producto de una mala interpretación en la prueba”.   

          Agrega  que  el hecho de que MURILLO fuera capturado como sospechoso  de  otro  atraco  no  significa  que  sea  partícipe  de esa clase de delitos y  “mucho  menos  que sea autor o partícipe más si no  obra  prueba  dentro  del  plenario  donde se manifieste de manera categórica y  enfática que fue procesado y condenado por ese hecho delictivo”.   

          Luego  da  punto  final  al  cargo  afirmando  que  siempre se quiso  vincular  procesalmente  al señor Mario  Vallejo con el acusado en los dos  hechos  que  se investigan, sin ser creíble tal deducción habida cuenta que no  se  demostró  dentro del averiguatorio por la receptación que aquél fuera una  de  las  personas  que  se  encontraban en el inmueble el día del allanamiento,  conclusión  errada  por  estar  basada  en  hechos  que  no se pueden tener por  ciertos  para  llegar  a la convicción del Tribunal, como si el único familiar  de Mario fuera Jaime y aquél el único que llevara ese nombre.   

          Sólo   al   final   y   bajo   el  título  “NORMAS  SUSTANCIALES  INFRINGIDAS”  la  demanda  cita  los  artículos  1,  2,  6,  228,  230, de la  Constitución  Política,  y  los  artículos  246,  247,  y  248 del Código de  Procedimiento Penal.   

          Con   estos  reparos  concluye  que  “la  sentencia  de  segunda  instancia  debe  ser calificada como injusta”  y  la  única forma de reparar el agravio es revocando el fallo  recurrido.    

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          El  libelo  no  está  llamado  a  pasar  el  examen preliminar pues  adolece  de  graves  falencias  de  orden técnico, empezando porque no denuncia  violación  a  ninguna  norma  del código sustantivo penal, por lo que se   ignora  cuál precepto aplicó mal, dejó de aplicar o interpretó erróneamente  el sentenciador.   

          Pero  como  la  demanda  se  apoya en el cuerpo segundo de la causal  primera  del  artículo  220 del C. de P. Penal, para por este medio impugnar la  prueba  indiciaria,  necesario  resulta  recordar  cómo  esta  Sala  ha  venido  señalando  las  pautas  que  imprescindiblemente  deben  tener  en  cuenta  los  censores  a  fin de propiciar el estudio de fondo de sus demandas, cuando quiera  que  éstas  constituyan  una  arremetida  en  contra  del  medio de convicción  indirecto.   

          En   efecto,   atendida  la  naturaleza  rogada  de  este  medio  de  impugnación   y   por   estar  regida,  entre  otros,  por  los  principios  de  limitación,  no  contradicción  y  razón  suficiente,  el  casacionista está  sujeto  en  su  pretensión  a  una  serie  de formalidades cuyo desconocimiento  genera  para  la  Corte  la imposibilidad de ejercer el control de legalidad del  fallo, tema central de la casación.   

          Por  lo anterior resulta claro que cuando el ataque se dirige contra  la  prueba  indirecta,  a  más de individualizar el medio de convicción que se  duele  del  vicio,  debe  el  censor  determinar  en cuál de los momentos de su  formación  se presenta el supuesto yerro y cuál su modalidad; y si los errores  se  presentan  en la apreciación de los hechos indicadores, el impugnante está  obligado  a  identificar  las  pruebas  que  sirven  de apoyo a esta premisa y a  señalar  si  el  yerro es de hecho -falso juicio de existencia, de identidad, o  de  raciocinio-,  o de derecho -falso juicio de legalidad o de convicción-; mas  si  lo  cuestionado  es  la  inferencia lógica o el valor probatorio dado a los  indicios  en  su examen conjunto, es necesario que demuestre la transgresión de  los  principios  de  la  lógica,  de  las  reglas  de  la  experiencia o de los  postulados  de  la  ciencia,  en que incurrió el tribunal en su discernimiento.  Todo  lo  anterior  sin omitir el ejercicio de presentar a la Corte cómo sin el  sustento  de  los  indicios  equivocadamente  apreciados,  el  sentido del fallo  cambiaría radicalmente.   

          No  obstante,  tal  tarea  brilla por su ausencia en la demanda cuyo  aspecto  formal  se  revisa, pues el censor después de anunciar un falso juicio  de  identidad  sobre  las  pruebas,  desarrolla un anodino e ingrávido discurso  dirigido  desordenadamente  a  combatir tanto la inferencia lógica del juzgador  como  el sustento del hecho indicante, pero sin cuidarse de que en homenaje a la  técnica  del recurso y por ser excluyentes los cargos, era su deber formularlos  en  forma separada, toda vez que la arremetida en contra de la inferencia supone  la  aceptación  de  la correcta demostración del hecho indicador; pero como la  demanda  pretermite  estas pautas, deja planteado en este punto un contrasentido  que  hace imposible una respuesta al reproche, por la total ausencia de claridad  y precisión en su formulación.   

          Sobre  este  aspecto  véase,  por  ejemplo,  cómo cuando el censor  aduce  la  tergiversación  del  testimonio  de  José  Aimer  Serrano,  termina  afirmando  gratuitamente  que  se  falseó  su expresión fáctica como medio de  convicción,  la  cual sólo se reducía a la supuesta existencia de un contrato  de  arrendamiento,  “hasta  llegar  a una deducción  equívoca  y  poco  probable  en  el  sentido  de  querer inferir el hecho de la  supuesta  huida  por  parte  de  Jaime  Murillo  -que  infiere  el Tribunal”-,  para  con  ello deducirle al procesado responsabilidad  penal por el delito de receptación.   

          Otro   tanto  ocurre  cuando  se  refiere  a  la  prueba  trasladada  “que  se adelantaba en contra de Bernardo Vallejo”  y  a  las expresiones de éste en el sentido de que el  día  en que fue capturado se encontraba en compañía de su primo hermano Jaime  Antonio  Murillo  Vallejo, pues afirma que tales pruebas fueron fraccionadas del  acervo  en  su  totalidad  por  el  Tribunal,  de  ahí  que  haya  inferido  la  responsabilidad  penal de aquél con respecto al delito de hurto de automotores,  siendo  verdad  que  no  existe  constancia  alguna acerca de la vinculación de  MURILLO al proceso en el que se investigó tal delito.   

          Una  tal  falencia  se  repite  al  exponer  el  censor  que  de  la  atestación  de  Jhon  Jairo  Galván Moreno simplemente se puede inferir que el  procesado  alquiló el local, jamás que era autor del injusto de receptación y  menos  que  hubiera  sido una de las personas que huyó del mentado sitio cuando  el  29  de  octubre  de  1993  allí  acudieron  los  agentes  de  la  policía,  descubriendo   que   el   inmueble  estaba  destinado  a  desguazar  vehículos;  consideración  esta  que  lo  lleva  a  afirmar: “En  conclusión  de  ese  primer  hecho indicador no se puede inferir un hecho o una  cosa  atestada,  de  la  forma  como  lo  pretende  hacer  en su sentencia el ad  quem.”.   

          En  el  mismo desatino incurre cuando asegura que del testimonio del  agente  de  la  Policía  que  participó  en  el  operativo que terminó con la  captura  del  procesado  antes  de  poder  burlar el cerco montado en el retén,  “no   se   puede  inferir  que  mi  prohijado  haya  participado de los hechos que ahora son objeto de debate”.   

          Ahora  bien,  en  punto  del  delito  de  hurto  de automotores, sin  señalar  ningún yerro en la construcción de los indicios, el censor se limita  a  afirmar  que  hechos  tales como el hallazgo de la agenda del procesado junto  con  una  lista  de  precios  de  repuestos  dentro  del  vehículo  del que fue  despojado  Jhon  Jairo  Quintero,  el  haber  sido capturado el justiciable como  sospechoso  de  un  delito  similar,  y  el haberse afirmado que tenía un local  destinado  a  desguazar vehículos, son indicios que utilizó el Tribunal apenas  para crear hipótesis.   

          Como  se ve, el actor no hace cosa diferente a oponer resistencia al  fallo,  dejando de lado lo que la técnica de la casación obliga a hacer en una  demanda  idónea para suscitar el estudio de fondo del asunto, esto es, plantear  los  cargos  de  manera  clara  y  precisa  con  la  debida  demostración  y el  señalamiento    de    su    trascendencia    para    quebrar    la    sentencia  atacada.   

          Así  las cosas, como el actor se dedicó fue a elaborar inferencias  personales,  que frente a las del fallo atacado resultan inocuas por estar éste  asistido  de  la  doble  presunción  de acierto y legalidad, la demanda deviene  inepta  para los fines de la casación, razón por la cual de conformidad con el  artículo  226  del  C.  de  P,  Penal  debe inadmitirse de plano, declarando la  deserción del recurso oportunamente interpuesto.   

          En   tal   virtud,  LA  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

1°.-   RECHAZAR  IN  LIMINE  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor del procesado  JAIME ANTONIO MURILLO VALLEJO.   

          2°.-DECLARAR   DESIERTO   el  recurso  de  casación  concedido  por  el  Tribunal  Superior de Pereira dentro del presente  asunto.   

          3°.-  DEVOLVER el expediente a su lugar de  origen.   

          Por  alcanzar  ejecutoria  al  momento de su suscripción conforme a  los  artículos  197  y  226  del  C.P.P.,  esta  decisión  no  admite  recurso  alguno.   

Comuníquese y cúmplase  

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                    JORGE  E.  CÓRDOBA  POVEDA           

CARLOS   A.   GÁLVEZ   ARGOTE                                                         JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO              

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                           CARLOS  E  MEJÍA  ESCOBAR              

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ PINZÓN                   NILSON PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

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