14566(14-02-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    República de Colombia  

         

Corte Suprema de Justicia  

Proceso No 14566  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 17  

         Bogotá,   D.   C.,   catorce  (14)  de  febrero  de  dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

         Mediante sentencia del seis de noviembre  de  1997,  el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  de  Soacha (Cundinamarca)  declaró    al    señor    Carlos   Arturo   Alonso  Romero   responsable  del  concurso  de  delitos  de  homicidio  y  porte  de  arma  de  fuego  de  uso  personal, le impuso las penas  principales  de  25  años  y seis meses de prisión y el decomiso del revólver  número  H-138776,  la  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  por cinco años, la obligación de pagar los perjuicios causados y le  negó la condena de ejecución condicional.   

         Recurrida  esta  decisión  por  el defensor, fue confirmada por el  Tribunal Superior de Cundinamarca el 29 de enero de 1998.   

         El  sindicado y su apoderado interpusieron recurso de casación que  ahora es resuelto de fondo.   

HECHOS  

         Aproximadamente  a las 9:30 de la noche del 13 de julio de 1996, en  un  establecimiento  público  dedicado  a  las  riñas de gallos, ubicado en la  vereda   “La  Pitala”  de  El Colegio (Cundinamarca), a un animal se le  cayó  una  espuela,  circunstancia  que originó una discusión, en medio de la  cual   Carlos   Arturo   Alonso   Romero  sacó  un  revólver y realizó varios disparos ocasionándole la  muerte a RICARDO MOLINA ACOSTA.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

         En   desarrollo   de   la  instrucción  fue  proferida  medida  de  aseguramiento     contra     el    señor    Alonso  Romero  y  el  28  de enero de 1997 se le acusó como  autor  de  homicidio,  decisión que recurrida fue ratificada el 25 de marzo del  mismo  año  por  un Fiscal Delegado ante el Tribunal, quien adicionó al pliego  la conducta punible de porte ilegal de armas de defensa personal.   

         El  seis  de  noviembre de 1997, el Juez Segundo Penal del Circuito  de  Soacha  profirió  la sentencia reseñada, fallo que, previa apelación, fue  confirmado  por  el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca  el  29  de  enero  de  1998.   

         Sindicado   y   defensor  impugnaron  en  casación  y  el  segundo  sustentó  el  recurso.  En  la  Corte  se  obtuvo  el  concepto  de  la señora  Procuradora Primera Delegada para la Casación Penal.   

LA DEMANDA  

         Primer cargo.   

         Causal  tercera.  Sentencia  dictada dentro de un juicio viciado de  nulidad,  frente  a  los  motivos  segundo y tercero de invalidación porque a la defensa le fue negada la  práctica  de una diligencia de exhumación de cadáver y la subsiguiente prueba  pericial  de  medicina legal. Ello, dice el actor, afectó el derecho de defensa  y  el debido proceso toda vez que en forma despótica la fiscalía descartó esa  prueba  haciendo  las  veces  de  perito,  comportamiento  judicial que impidió  establecer  con  cuál  de las tres armas esgrimidas se causó la muerte. Añade  que  esto se habría podido dilucidar con la práctica de lo pedido y agrega que  la  motivación  de  la  providencia  que  rechazó  el dictamen  carece de  soporte  científico  pues  alude  a  “tejidos  blandos”, que no lo son, y a  testigos que mienten al decir que quien disparó fue el sindicado.   

         Segundo cargo. Subsidiario.   

         

         Cuatro     imputaciones     soportadas     en    la    causal     primera    de    casación,  cuerpo  segundo, violación  de  los  artículos 201 y 323 del Código Penal de 1980, surgida de falsos juicios de identidad.   

         En  cada  uno  de  los  reproches  individualiza los testimonios de  ALBERTO  MOLINA,   FREDY  OSWALDO SANDOVAL, JOSÉ MANUEL MOLINA y SILVESTRE  BERNAL  GARZÓN, a los cuales -afirma- se otorgó un alcance objetivo probatorio  que  no  tienen,  a  pesar  de ofrecer relatos prevenidos y contradictorios. Con  ello,  el  censor  quiere  significar  que  no hubo lógica en el estudio de las  versiones  y su crítica, razón por la cual solicita la sentencia impugnada sea  remplazada por una absolutoria.   

EL MINISTERIO PUBLICO  

         La  Procuraduría  requiere no casar la sentencia, fundamentalmente  porque:   

         a)  No existe nulidad por cuanto si bien no aparece la petición de  prueba   pericial,  lo  cierto  es  que   en  el  expediente  sí  obra  la  resolución  de  la  fiscalía  que  se  refiere a ella, respuesta de la cual se  desprende  que  no hubo solicitud de exhumación. Añade que si se hubiera hecho  sin  obtener  contestación,  lo  obvio habría sido la interposición de algún  recurso,  cosa  que  no  hizo  la defensa. Explica, además, que ese estudio fue  negado  con  argumentos válidos y que, sobre la base de la libertad probatoria,  el  funcionario  encontró  testimonios  que  tornaban  innecesario el dictamen,  porque  despejaban  la  duda a que alude el censor, pues con claridad señalaban  al sindicado como autor de los disparos mortales.   

         b)  Sobre  los  cargos  por falso juicio de identidad, opina que el  demandante  no  demostró  en  qué  consistió  la  distorsión, además de que  buscaba  contradicciones  entre la posición inicial y la final de un testimonio  cuando  lo  realmente  ocurrido  es  que  la  última  complementaba la primera.   

         Por  último,  dice,   el  censor  se dedicó a cuestionar las  valoraciones  probatorias realizadas y la credibilidad otorgada a algunas piezas  por  parte  del  Ad  quem,  reproche  que ha debido enfocar como falso raciocinio, aparte de que el Tribunal  no  dejó  de  lado  las  divergencias  entre  los  varios declarantes sino que,  asumiéndolas,  concluyó en el fallo que ellas no hacían perder credibilidad a  la prueba narrativa.   

CONSIDERACIONES  

Sobre la nulidad  

         No prospera, porque:   

         1.  El demandante invoca las causales segunda y tercera de nulidad,  esto  es, violación del derecho a la defensa e irregularidades sustanciales que  afectan  el  debido  proceso. Los dos reparos han debido ser formulados en forma  independiente,  en  capítulos  separados,  porque  si  bien  eventualmente  una  infracción  puede  seguir a la otra, lo cierto es que tienen naturaleza diversa  y   generan   consecuencias  diferentes.  No  lo  hizo  así  el  censor,  quien  indebidamente  fusionó  una  y  otra  imputación sin demostrar la ilación que  hipotéticamente hiciera que una fuera consecuencia de la otra.   

         

         2.  El  impugnante  centra  la censura en que la fiscalía negó la  búsqueda  de  un  dictamen  pericial  que,  dice,  era  conducente,  necesario,  decisivo  y  objetivo  para  establecer,  previas  exhumación  del  cadáver  y  ampliación  de  la  necropsia,  las  dimensiones  de los orificios de entrada y  salida  del proyectil y, por la misma vía, determinar el calibre del arma, todo  ello  con  el  propósito  de despejar cualquier duda sobre quién disparó pues  que  de  los  hechos  surge  que  tres  personas,  y  no  solamente  el acusado,  blandieron  tales  elementos  bélicos. Añade, para insistir, que solo mediante  tal  prueba se habría podido dilucidar la incertidumbre, y que el juez carecía  de facultades para suplantar a los expertos.   

         Se contesta:   

         a)  Es  cierto  que en el expediente no obra el escrito que se dice  presentó  la  defensa  solicitando la prueba mencionada. Sin embargo, del mismo  se  desprende  que  sí hubo petición por cuanto de manera expresa la fiscalía  se   refirió  al  requerimiento  mediante  resolución  del  8  de  octubre  de  1996.   

         b)  Pero también es evidente que lo relacionado con la exhumación  del  cadáver  -aspecto  nuclear  del  reparo  casacional- no fue incluido en el  escrito  de  solicitud, afirmación que no puede ser negada con el curioso medio  al que acude la defensa,   

consistente  en  tratar  de  demostrar  lo  contrario  presentando un documento privado -anexo a la demanda- expedido por el  anterior  apoderado  en  el cual este da certeza de que en su momento incorporó  tal  punto  a su solicitud. Olvidó el impugnante que en sede de casación no es  posible  ordenar ni allegar pruebas, tarea sí permisible en los compartimientos  establecidos  en  las  instancias.  Y  mal  haría la Corte ahora atendiendo esa  misiva   carente   de   posibilidad   de   controversia   a  estas  alturas  del  proceso.   

         c)  En  la  providencia  del  8  de octubre de 1996, el funcionario  instructor  dijo  frente al escrito analizado que la defensa “ha solicitado se  practique  diligencia de inspección judicial al lugar de los hechos, además se  solicite  al Instituto de Medicina Legal de Bogotá se establezca el calibre del  arma  con la que se disparó el proyectil que causó la muerte a Ricardo Molina,  tomando como base el acta de necropsia”.   

         El  texto  transcrito  enseña  que  el  instructor  aludió  a los  aspectos  que  constituían la pretensión del letrado, contestación de la cual  emana  por fuerza que si no hizo referencia a la exhumación es porque no había  sido  pedida.  Y  esto  se  corrobora  con  la  ausencia de quejas o recursos no  obstante  la  notificación  personal  de  que  fue  objeto  el  procesado  y la  comunicación  que  por  estado  se hiciera al togado ante su no comparecencia a  pesar   de   la   información   que   le   fuera   librada   por   el  despacho  judicial.   

         Si  se  agrega  a  ello  que  el  defensor  concurrió a la oficina  instructora  el  15  de  octubre  de  1996,  cuando  aún  no se había hecho la  notificación  por  estado  de la providencia que negó la prueba -que lo fue el  día  16-,  la  conclusión  es  fácil: como a más de lo anterior el apoderado  teniendo  oportunidad  de  refutación  no lo hizo, es claro que hallaba copadas  sus  expectativas.  Por  consiguiente,  no  inquirió  en  su  memorial  por  la  práctica de la diligencia de exhumación.   

         Súmese  otra  circunstancia  determinable  con  sencillez:  en  el  escrito  que  el  defensor  en  casación  aportó  como  emanado  del  anterior  apoderado,  se  afirma que éste no recurrió la providencia del 8 de octubre de  1996,  “por  enfermedad”.  Sin  embargo,  como se ha acaba de resaltar, bien  pudo    hacerlo    porque    estando    en   términos   se   presentó   a   la  fiscalía.   

         d)  La  decisión  por  medio de la cual la fiscalía se abstuvo de  disponer  el  adelantamiento  de  la  prueba  no fue caprichoso ni subjetivo. Al  contrario,  en  ella se afirmó que resultaba “imposible determinar el calibre  del  proyectil  con  que  se  causó  la  lesión,  máxime  cuando  éste  solo  comprometió  tejidos  blandos;  además, se advierte que en el dictamen médico  solo  se  referencia  la  trayectoria, ubicación de entrada y salida, mas no el  diámetro  dejado  por  el  plomo  al ingresar al cuerpo, situación similar que  ocurre  con  la inspección judicial del cadáver. No teniendo prueba o elemento  capaz  de  demostrar el calibre del arma, como lo sería el mismo proyectil, tal  petición se despachará desfavorablemente, por inconducente”.   

         Estas  conclusiones  del  investigador  fueron  soportadas  en  los  estudios  médico-legales  que  formando  parte  del  expediente  tampoco fueron  materia  de  solicitud  de  ampliación,  aclaración  ni de objeción. Y ellas,  aceptadas  tanto  como el contenido de la resolución del 8 de octubre, muestran  a  las  claras  la  imposibilidad  de proponer en casación algo tan deleznable,  para  lo  cual  bastaría -si se quisiera ahondar en mas argumentos- recordar el  contenido  del  artículo  308-3  del  Código  de  Procedimiento Penal de 1991,  vigente  para  la  época en que fue proferida la sentencia impugnada, en virtud  del  cual  ante  una irregularidad -que no ha sucedido en este proceso- se erige  el  fenómeno  de  la  convalidación  porque  “No puede invocar la nulidad el  sujeto  procesal  que  haya  coadyuvado con su conducta a la ejecutoria del acto  irregular”.   

         e)  Tampoco  sería  viable ahora la declaración de nulidad porque  sí,  pues que si se accediera al petitum resultaría írrita la diligencia dado  el  transcurso  del  tiempo,  que impediría, por simples razones materiales, la  detección  del  diámetro  de los orificios producidos por el proyectil brotado  del  arma  de fuego. Como es elemental, si se procediera a una invalidación que  a  nada  podría  conducir  en  pro  del  procesado,  resultaría contradicho el  principio de trascendencia.   

         f) Y agréguense otras circunstancias:   

         Una.   El   recurrente   se  limitó  a  cuestionar  la ausencia de la prueba técnica pero no demostró la capacidad que  la  misma,  practicada,  habría tenido para desmoronar totalmente el fallo, que  fue soportado en otro material probatorio.   

         Dos.  Tampoco se ocupó específicamente  y  luego  de  manera  global,  de  la prueba que sirvió de apoyo a la justicia,  especialmente  la  seriamente plasmada en la sentencia de primera instancia, que  se  conjuga  de  manera inescindible con la de segunda. En efecto, dejó de lado  afirmaciones  judiciales  según  las  cuales el causante de la muerte, sin duda  alguna,  con  base  en  “variada y abundante prueba”, fue el sindicado, como  igualmente  hizo  caso  omiso  de los rotundos análisis judiciales frente a los  testimonios  de ALBERTO RODRÍGUEZ, MARÍA VICTORIA OVALLE CUENCA  GREGORIO  PÁEZ  y  AIRO  USECHE, y de la válida construcción indiciaria respecto de las  manifestaciones posteriores al hecho.   

         Y   siguiendo   la   misma   línea  negativa,  no  atendió  -para  desvirtuar-  los  estudios  jurídico  probatorios hechos por el Tribunal, quien  igualmente concluyó, sin duda alguna, en la autoría del acusado.   

        Mejor   dicho:   el  casacionista  dedicó  su  atención  a  hacer  hincapié  en  la  falta de práctica de una prueba. Pero se le olvidó que otra  -y  mucha-  era más que suficiente para condenar. Desde este punto de vista, la  anulación  de  un  proceso  por  esa carencia -si se hubiera presentado- sería  írrita.   

        Y  tres. Y para  insistir  en  su  opinión,  sigue  el  mismo camino: lo básico era esa prueba,  reafirmación   que   escuda   en   la   “falsedad”   de   los  testimonios,  sustancialmente  contradictorios. Pero no observó, y por tanto no pudo refutar,  la  fortaleza de la conclusión judicial tras comparar versiones: ciertamente se  pueden  percibir  contradicciones,  pero  los testigos en lo esencial coinciden,  motivo suficiente para otorgarles credibilidad.   

        Quiso  el  casacionista,  eso sí, formular a la Corte su análisis  de  la  prueba  de  testigos  para  oponerlo  al de los jueces, con el ánimo de  anteponer  el  suyo.  Esto, sin embargo, no es importante en casación porque en  esta  se  impone  no  el  juego  de  opiniones  sino  la demostración de yerros  palmarios. Y esta tarea no la cumplió el defensor.   

         

        En  fin,  de  una  parte, con el título de nulidad, mezcló varias  cosas,  como  se  ha  señalado:  violación  de la defensa, del debido proceso,  examen  particular de testigos, postulación de hipótesis singulares, etc. Todo  ello  en  contra  de  la técnica y de la lógica casacional elemental; y, de la  otra, no tiene razón en lo planteado.   

         

        Por consiguiente, el cargo no prospera.   

La violación indirecta.  

        Tampoco fructifica, porque:   

        1.  La  Sala  observa  de  manera conjunta los cuatro cargos que el defensor formula al amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo, toda vez que apuntan a lo mismo, vale  decir,  el reproche es igual. Trátase de falso juicio  de    identidad    emanado   de   la   tergiversación de cuatro declaraciones,  que el censor fundamenta en términos similares.   

        2.    De  entrada  se  advierte  la  ausencia   de   interés   en   el   demandante   respecto  de  este  cargo.  En  efecto:   

        a)  En su escrito ante la Corte, tras señalar los supuestos yerros  de  la sentencia, termina pidiendo sentencia absolutoria. Mientras tanto, cuando  recurrió  el  fallo  de  primera  instancia,  la  defensa  se  circunscribió a  requerir  del  Ad  quem la  deducción   de   homicidio   pero  no  a  título  de  dolo  sino  de  culpa  o  preterintención  atenuada  por  el  estado  de ira, admitiendo que Arturo  Alonso  disparó  contra Ricardo  Molina.  Como  se  ve,  las  peticiones  son  bien  diferentes  pues que una -la  primera-  admite  la  responsabilidad  y  la otra -la postulada en casación- la  niega.   

        b)  Aparte  lo  anterior,  es  indiscutible  que  el  proceder  del  defensor  es  bastante  cuestionable  porque  inicialmente  -en  la  apelación-  limitó  la  respuesta  del Tribunal a un punto -forma de culpabilidad-, y luego  le  propuso  a  la  Corte  otro  tema que no pudo ser objeto de análisis por el  colegiado  de  Cundinamarca,  dadas las restricciones previstas por el artículo  217 del Código de Procedimiento Penal de 1991.   

         

        3.  Si  se  hiciera caso omiso de lo anterior, la conclusión sobre  el  fondo  del  recurso  interpuesto  sería similar porque el casacionista, que  esbozó  unos  falsos juicios de identidad,  pero  que en verdad desarrolló su singular criterio frente a la  prueba  simplemente  con  el  ánimo  de  oponerlo al desplegado por los jueces,  creyó  que  ello era correcto en casación -que no es una nueva instancia- y se  despreocupó  por  demostrar  errores  patentes de los juzgadores. No coinciden,  entonces,  formulación  del reproche -falso juicio de  identidad-    y    desenvolvimiento    del    mismo  -planteamiento de otra manera de analizar la prueba-.   

        Añádase  algo  más:  de la demanda  surge igualmente que el  defensor  reprueba la valoración que hiciera el Tribunal de las pruebas -que lo  llevó  a  revestir  de  seriedad  la prueba testimonial-, trabajo que ha debido  enfocar  con  base en el falso raciocinio y  no  con  fundamento en el falso juicio  de  identidad  acudiendo, además, a la demostración  de   yerros   por   alejamiento  judicial  de  la  sana  crítica  por  indebida  utilización  de  las  reglas de la experiencia, las leyes de la ciencia y/o los  principios  lógicos.  Esto  último  tampoco  lo  hizo  el actor quien, resulta  obvio,  menos  atinó  a demostrar cuáles reglas, leyes o principios han debido  ser   los   atendidos   por  el  Ad  quem.   

        De  todo  lo  anterior se desprende que no es posible desconocer la  legalidad y acierto de la sentencia impugnada.   

        En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

        No casar la sentencia impugnada.   

         

        Cópiese,  comuníquese,  devuélvase  a  la  oficina  de  origen y  cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL             JORGE  E.  CÓRDOBA  POVEDA                 

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS           CARLOS  A.    GÁLVEZ    ARGOTE                                                       

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                ÉDGAR         LOMBANA  TRUJILLO           

CARLOS  EDUARDO MEJÍA ESCOBAR    NILSON   E.  PINILLA  PINILLA                       

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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