14464(22-06-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 14464  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

          Magistrado  Ponente   

          Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

          Aprobado Acta No.051   

Bogotá  D.  C., veintidós (22) de junio de  dos mil cinco (2005).   

VISTOS  

En sentencia proferida por el Juzgado Tercero  Penal  del Circuito de Montería, LIBARDO ENRIQUE PEÑATA LOZANO fue condenado a  la  pena  principal  de 25 años de prisión, a la accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por  10  años  y  al  pago de los perjuicios  ocasionados, como autor del delito de homicidio simple.   

Contra la anterior decisión, el defensor del  procesado  interpuso recurso de apelación que fue desatado el 5 de diciembre de  1997  por  el Tribunal Superior de Montería en el sentido de reducir a 24 años  la   pena   principal   de   prisión   y   confirmar  en  lo  demás  el  fallo  recurrido.   

Contra el fallo de segundo grado, el abogado  del  sentenciado  interpuso  recurso  extraordinario  de  casación.  Surtido el  trámite  de  ley  y  obtenido  el  concepto del Ministerio Público, procede la  Corte a emitir pronunciamiento de mérito.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

El  26  de mayo de 1996 en el bar Cartagena,  ubicado  en  la  calle  38  con  avenidas  1ª  y  2ª de Montería, Cruz Miguel  Contreras  Luna  permaneció  desde las 3 de la tarde hasta las 7 p.m. cuando se  cerró  el  establecimiento,  tomando  licor con Liney Cecilia Méndez Márquez,  cantinera de dicho lugar.   

Posteriormente, el hombre invitó a la mujer  a  pasar  un rato con él en el hospedaje Cereté, contiguo al bar, ofrecimiento  que  aquella  aceptó  por  la suma de $ 12.000. Sin embargo, después de que la  pareja  ingresara  a dicho sitio, el administrador escuchó una discusión entre  ellos,  pues  Liney  le  reclamaba  al  hombre porque después de entregarle sus  servicios  sexuales, aquel no le quería pagar porque ella se negó a pasar toda  la  noche  con  él.  En  esos  momentos, llegó LIBARDO ENRIQUE PEÑATA LOZANO,  quien  sostenía  una  relación  amorosa  con  la citada, pues todas las noches  acostumbraba  recogerla  después  del  trabajo, y cuando observó lo que estaba  sucediendo   intervino   a   su   favor,   suscitándose   con  Cruz  Miguel  un  enfrentamiento  a  puños  que  LIBARDO culminó exhibiendo un cuchillo zapatero  con  el  cual  le  produjo  a  su  contrincante  una  herida  a nivel del tórax  lesionándole  el  corazón y produciéndole la muerte. Acto seguido arrastró a  su víctima hasta la calle dejándola allí abandonada.   

Practicado  el  levantamiento del cadáver y  escuchadas  las  declaraciones  del  dueño  del  bar  y  el administrador de la  residencia  quienes  dieron  cuenta  de  lo ocurrido antes y durante los hechos,  mediante  informe rendido por la Policía el 27 de  mayo de ese mismo año,  fueron  puestos  a disposición de la autoridad competente Liney Cecilia Méndez  Márquez   y   LIBARDO   ENRIQUE  PEÑATA  LOZANO,  quienes  voluntariamente  se  presentaron ante la defensora del pueblo.   

El  28  siguiente  se  abrió formalmente la  investigación  y  después  de indagados, a los aprehendidos se les definió la  situación  jurídica,  con  medida  de  aseguramiento consistente en detención  preventiva  para  LIBARDO ENRIQUE PEÑATA LOZANO, y absteniéndose de afectar de  igual modo a Liney Cecilia Méndez.   

Perfeccionado  el ciclo instructivo, el 8 de  julio  de 1996 se clausuró, procediéndose el siguiente 21 de febrero de 1997 a  calificar  el  mérito  probatorio  del  sumario  con  resolución acusatoria en  contra  de  PEÑATA  LOZANO,  como  autor  del  delito  de homicidio simplemente  voluntario;   mientras   a   favor   de   Liney   Cecilia   fue   precluída  la  investigación.   

Surtida  la  etapa del juicio por el Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito  de Montería, el 30 de julio de 1997 se profirió  sentencia  de  primera  instancia  de  carácter  condenatorio,  la cual, al ser  apelada  por la defensa fue confirmada por el Tribunal Superior de Montería con  la modificación reseñada en precedencia.   

LA  DEMANDA   

Primer Cargo  

Al  amparo  del  cuerpo primero de la causal  primera  de  casación,  acusa  el  demandante  el  fallo  impugnado  de  violar  directamente   el   artículo  29.4  del  Decreto  100  de  1980  por  falta  de  aplicación,  “norma  esta  que  sería  la  que el  presente  caso  reclama como aplicable, aceptando lógicamente los hechos, en la  forma    como    sucedieron,    como    también    la   prueba   recaudada   en  autos”.   

Reproduce  lo expuesto en la sentencia sobre  el  criterio  doctrinario de la legítima defensa en que se apoyó para negar su  reconocimiento  a  favor  de  PEÑATA  LOZANO,  enfatizando  que en este caso su  defendido  no  concertó  pelea alguna con la víctima, sino que fue ésta quien  sin  mediar  palabra  se  le  lanzó  a  puñetazos  con  el  fin de lesionar su  integridad  física. Además, no puede sostenerse que con esa clase de agresión  no  se  ponía  en  riesgo  su  vida  porque  un puño puesto en el cuello en el  músculo  esternocleidomastoideo “y más exactamente  en   el   punto  conocido  como  carateca  se hubiera llegado a causar su muerte de  manera  instantánea,  tal  como  ocurrió  en  un  caso ventilado en el Juzgado  Segundo  Penal  del Circuito de esta ciudad en donde se procesó al señor Fanor  Espinosa”.   

A su juicio, el procesado no estaba obligado  a  huir  ante  el  ataque  a puños, y en esas condiciones no tenía alternativa  distinta  a  la  de  defender  su vida, y si no lo hizo en los mismos términos,  sino  utilizando  un  cuchillo  -y  no  un  revólver-, seguramente es porque no  sabía  pelear.  Además,  el  uso del arma no superó el límite necesario para  repeler la injusta agresión.   

Considera,  así, que la doctrina citada por  el Tribunal no es aplicable en este caso.   

Segundo Cargo  

De  igual  modo,  en  esta  oportunidad  el  demandante  también  acusa  la  violación directa de la ley, concretamente por  inaplicación  del  artículo  30 del Decreto 100 de 1980, atinente al exceso en  las  causales  de  justificación  del hecho, la cual, dice, podía aplicarse de  manera subsidiaria.   

Precisa  que  si  bien  el  Tribunal no hizo  referencia  expresa  a esta situación, si la refirió anotando que “también   es   rescatable   de   esta  doctrina  para  resolver  negativamente  la  tesis  propuesta,  el  de  que  se dio la necesidad de que el  victimario  se defendiera con un cuchillo cuando la víctima, de haberse dado la  agresión,  solo la empleó con las manos (puños) toda vez que el occiso no era  boxeador  que  le  diera  a  sus puños la dimensión más allá de la normal en  cuanto a agresión se refiere”.   

Por  ello,  concluye, que si se reconoce que  hubo  una  injusta  agresión, actual e inminente, que ponía en peligro la vida  de  su  representado,  quien  no  debió defenderse con cuchillo, entonces, debe  reconocerse  que  actuó en exceso de legítima defensa, bien por desproporción  de  los  medios  utilizados  o  por  falta  de  correspondencia  de  los  bienes  protegidos  (integridad personal-vida), pues no puede desconocerse que para ello  deben estar demostrados todos los requisitos de dicha justificante.   

Solicita, por consiguiente, se case el fallo  impugnado y se dicte uno de reemplazo.   

CONCEPTO  DE LA PROCURADORA PRIMERA DELEGADA  EN LO PENAL:   

Para la Representante del Ministerio Público  la  demanda  no está llamada a prosperar, pues presenta errores sustanciales en  el   desarrollo   de   los   dos  cargos  que  dice  proponer  contra  el  fallo  impugnado.   

El  demandante  postula la vía directa como  motivo  de violación a la ley sustancial, pero desarrolla las censuras a partir  de  su propia percepción sobre los hechos y las pruebas, es decir, se aparta de  las   valoraciones   dadas   por   el  Tribunal  en  la  sentencia  para  el  no  reconocimiento de la legítima defensa y su exceso.   

En  efecto,  en  este caso tanto el Tribunal  como  el  Juzgado  de primera instancia partieron de la base de que el procesado  no  actuó  amparado  por la entonces causal de justificación, ni lo hizo en un  estado  de  ira  o  intenso  dolor.  Así lo demuestra con la transcripción del  aparte pertinente de la sentencia.   

Adicionalmente,  en el acápite que denomina  “Casación  Oficiosa”,  la  Procuradora Delegada advierte que en el fallo de  segunda  instancia  el Tribunal desconoció el límite legal de la pena prevista  entonces  en la Ley 40 de 1993 para el delito de homicidio, pues sin motivación  alguna  decidió  disminuir  a 24 los 25 años de pena de prisión que le fueron  impuestos  al  sentenciado  en  la  primera  instancia  como sanción principal,  aplicándole el mínimo legal previsto para dicha infracción.   

Agrega,   que   si   bien  conforme  a  la  jurisprudencia  entonces  vigente de la Corte, debería casarse oficiosamente el  fallo  recurrido  para  restaurar  la legalidad de la pena, pero en su criterio,  por  tratarse  de  apelante  único  ello  no  sería  posible sin desconocer la  prohibición  de  reforma  en  perjuicio prevista en el artículo 31 de la Carta  Política.   

CONSIDERACIONES:  

I. SOBRE LA DEMANDA  

1.  Razón  le asiste a la Representante del  Ministerio  Público  en los reparos de orden técnico que destaca de la demanda  de  casación  presentada a nombre del procesado LIBARDO ENRIQUE PEÑATA LOZANO,  pues  ninguno  de  los  dos se acoge a las reglas de técnica que le imponía el  motivo  de  violación  a  la  ley  aducido  como  sustento  de  la  pretensión  casacional.   

2.   En   efecto,   en   el   primer  cargo, aduce el censor la falta de  aplicación  del  artículo  29.4 del entonces vigente Decreto 100 de 1980, pues  en  su  criterio,  el  Tribunal  debió  reconocer  que  el  procesado actuó en  legítima  defensa  ante la agresión injusta de la víctima, quien lo enfrentó  a puñetazos.   

2.  En la postulación del reparo, el censor  afirma    que    la    norma    cuya    vulneración    denuncia    “sería   la   que  el  presente  caso  reclama  como  aplicable,  aceptando  lógicamente  los  hechos, en la forma como sucedieron”.  Con ello, sin embargo, no esta admitiendo el presupuesto obligado  que  exige  el  desarrollo  del  motivo  de  violación  invocado,  esto  es, la  aceptación  de  los hechos en la forma como fueron aprehendidos por el fallador  y  la  valoración  probatoria  en  que  se apoyó para su demostración. Por el  contrario,  la  expresión  utilizada por el censor, se muestra coherente con el  desarrollo  argumentativo,  en  tanto  que  sienta  como punto de partida que el  yerro  del  sentenciador  se presentó porque no aceptó los hechos “en la forma como sucedieron”.   

Lo anterior, desde luego, explica el desatino  del  demandante al centrar toda su exposición argumentativa a demostrar que los  hechos  ocurrieron de la manera como él personalmente los aprecia. Por eso, tal  como  lo  sostiene la Procuradora Delegada, el reparo termina desviándose hacia  el  campo  de  la  violación  indirecta de la ley, pues lo que ocurre es que el  demandante  no  comparte  los  hechos  ni  la  apreciación  probatoria  en  los  términos  en  que  fueron  presentados  en la sentencia. Si fuera lo contrario,  esto  es,  sí  se  allanara a ello, su labor expositiva necesariamente tendría  que  ser  de  puro  derecho, con el fin de comprobar, como la sentencia la   reconoció   que  en  el  caso  concreto  se  presentaron  todos  los  elementos  estructurantes  de  la  legítima  defensa,  y  no obstante ello, el fallador no  aplicó  el  artículo  29.4  del  entonces  Código Penal, negándose a hacerle  producir efectos jurídicos al supuesto fáctico allí recogido.   

Esa  situación, evidentemente, no es la que  se  presenta  en  este  asunto, pues, precisamente las citas doctrinarias en las  que  sustentó  el  Tribunal  la negativa de la legítima defensa, como la de la  aminorante  punitiva  de  haber obrado bajo estado de ira o intenso dolor, ponen  de   presente   que   el   fallador   de   segundo  grado  no  reconoció,  como  equivocadamente  lo  afirma  el  libelista, que el ataque con puños del que fue  víctima  el  sentenciado por parte de la víctima, ponía en riesgo su vida, al  punto que justificara ser repelida con un cuchillo.   

Al  respecto,  obsérvese,  qué  dijo  el  Ad Quem:   

“De   lo  anterior  se  tiene  que  es  evidentemente  cierto  lo  que  anota el señor defensor en el sentido de que el  instituto  de  la  legítima  defensa  no  es  solo  predicable  de la vida sino  además,  entre  otros,  de los bienes patrimoniales, Pero en cuanto a estos hay  una  restricción cualitativa valorable previa a una ponderación, la cual hecha  dentro  de  este caso, no se adecua a lo planteado por el señor defensor dentro  del amplio espectro en el que agita la causal de justificación.   

También  es  rescatable de esta doctrina,  para  resolver  negativamente  la tesis propuesta, el de que se dio la necesidad  de  que  el  victimario  se  defendiera  con  un cuchillo cuando la víctima, de  haberse  dado  la agresión, solo la empleó con las manos (puños) toda vez que  el  occiso  no  era un boxeador que diera a sus puños una dimensión más allá  de la normal en cuanto a agresión se refiere” (f: 64, C.T.).   

Pero  además,  si a lo anterior se agrega,  que  de  acuerdo a las constancias dejadas en la indagatoria de PEÑATA LOZANO y  el  protocolo  de la necropsia practicada a Cruz Miguel Contreras, el primero es  una  persona  de  1.82 mts. de estatura y contextura delgada, la víctima tenía  una  altura  de 1.72 mts. y contextura mediana, es decir, que desde ese punto de  vista  entre  los  contrincantes  no existían diferencias que hicieran al menos  suponer  una  mayor fuerza o ventaja en uno o en otro, además de que el segundo  se  encontraba  en  estado  de  embriaguez,  lo  cual  disminuye las capacidades  sensoperceptivas  por ser el alcohol un depresor del sistema nervioso central, y  que  al  momento  de la injurada el sindicado no presentaba señales visibles de  violencia,  necesariamente  se  impone  concluir  que lejos están los hechos de  sugerir siquiera la aludida causal de justificación.   

Además,  fue  el  propio  sindicado, quien  inicialmente  en la diligencia de indagatoria afirmó que su inmediata reacción  ante  el  puño  que le lanzó Cruz, fue la de exhibir el cuchillo que portaba y  lesionarlo.  Sobre  ese  instante,  dijo:  “…yo le  pregunté  que  porque  la  maltrataba  no  me dio explicación de nada sino que  corrió  hacia  mi  y  cuando corrió hacia mi a darme yo cargaba un cuchillo de  zapatear,  cuando  él  me tiró lo saqué el cuchillo y le di, cuando yo le di,  el  me  dijo  no me mates, entonces yo cogí y salí con la muchacha” (F. 42 ,  C.O. 1).   

Posteriormente,  al ampliar la indagatoria,  en  un torpe intento por enderezar a su favor el reconocimiento de la aminorante  punitiva    de    la   ira   o   intenso   dolor,   afirmó   que   “…cuando  me  enteré  que  la china se había acostado con ese  señor  realmente  no  se  lo  que  me dio, me enceguesí (sic), se me obnubiló  (sic)  todo  de  la  misma  ira, que me causó enterarme que la mujer a quien yo  quería  estaba  haciendo el amor con otro y me enceguesí (sic) de la misma ira  y  rabia  y  no  se  ni  lo que hice, por eso procedí así…” (f. 132 C.O.1)   

En  esa  postura  defensiva insistió en la  audiencia   pública   (f.   183   íb.).   

Adicional  a  ello,  se  tiene  que  en las  declaraciones  rendidas  tanto  Liney  Cecilia  Méndez,  Jairo  Miguel  Herrera  Hernández,  el  administrador  del  Hospedaje  “Cereté”,  únicos testigos  presenciales  de  los  hechos, afirmaron claramente que PEÑATA LOZANO intervino  en  la  discusión  que  Cruz  Miguel Contreras sostenía con la mujer, y que en  desarrollo  de  la  misma  hubo  un  cruce  de  puños  que el sindicado dio por  terminado al lesionar a la víctima con el cuchillo que portaba.   

Lo  anterior significa que, aún admitiendo  en  gracia  de  discusión,  que  la agresión a puños fue injusta, la misma no  representaba  un  peligro  real  e  inminente  en  contra  de  la vida del aquí  sentenciado,  que  justificara su comportamiento; y mucho menos que la reacción  mediante  el  uso  de  un  arma  cortopunzante  causando  una  lesión  en parte  altamente  sensible  y  vulnerable  del  cuerpo  humano resultara necesaria para  neutralizar  el ataque, o que ese proceder se pueda razonablemente apreciar como  proporcionado.   

3.  Lo  mismo  ocurre  con  el segundo  cargo,  formulado también por el  motivo  de  la  violación  directa de la ley, por la falta de aplicación de la  norma  reguladora  del  exceso en las causales de justificación, pues el censor  da  por  descontada una verdad que no existe ni ha sido reconocida, esto es, que  el  Tribunal admitió que su defendido actuó en legítima defensa. Por ello, al  contener  el  alegato  una  inconsistencia lógica insalvable, el cargo no tiene  ninguna  vocación  de  éxito,  ya  que  al  no  existir el hecho condicionante  –elementos de la legítima  defensa-    cualquier   análisis   sobre   el   supuesto   exceso   carece   de  fundamento.   

Los cargos no prosperan.  

II.  SOBRE  LA  LEGALIDAD  DE  LA PENA Y LA  PROHIBICIÓN DE LA REFORMATIO IN PEJUS.   

Para   la  fecha  de  los  hechos  y  del  proferimiento  del  fallo de segundo grado el artículo  29 de la Ley 40 de  1993,  que  modificó  el 323 del Decreto 100 de 1980 establecía para el delito  de   homicidio  “prisión  de  veinticinco  (25)  a  cuarenta  (40)  años”. No obstante ello, el Tribunal  Superior   de  Montería,  sin  explicación  ni  motivación  alguna  resolvió  reducirle  la  pena impuesta a LIBARDO ENRIQUE PEÑATA LOZANO, pues al respecto,  en  la  sentencia recurrida, luego de descartar en este evento el reconocimiento  de  la  legítima  defensa  o en su defecto la diminuente de la ira o el intenso  dolor,  expuso:   

“Así  las  cosas,  la  sentencia  será  confirmada  con la modificación de que en lugar de 25 años de prisión sean 24  los que le corresponda pagar a Libardo Enrique Peñata Lozano”.   

Tal  irregularidad  es  advertida  por  la  Procuradora  Delegada,  quien, sin embargo, no solicita la corrección, toda vez  que,  en  su  criterio, por ser apelante único impera el mandato constitucional  que prohíbe la reforma en peor.   

El   planteamiento  de  la  Delegada  del  Ministerio  Público  demanda  un  análisis  integral  del  asunto,  en orden a  dilucidar   qué   debe  hacer  el  funcionario  judicial  competente  ante  una  situación de tal naturaleza.   

Postura  de  la  Corte  Constitucional   

La  Corte  Constitucional  en  su  doctrina  auspicia    la    idea    de    que   la   prohibición   de   la   reformatio   in  pejus  contenida  en  el  artículo  31 de la Carta es un derecho absoluto, que en todo caso prevalecería  sobre  la  pretensión  de rescatar el principio de legalidad que pudiesen tener  los  funcionarios  judiciales encargados de resolver el recurso de apelación, o  de la Corte Suprema en punto de la casación.   

Estas  son  las  líneas  jurisprudenciales  destacadas:   

Primera  línea:  Sentencias   T-413/92,   T-474/92,   C-055/93,   T-596/93,  C-365/94,  T-231/94,  SU-327/95  y SU-598/95. Sostienen la tesis según la cual el superior actúa con  competencia  limitada derivada de los recursos de apelación y casación, que se  entienden  interpuestos sólo para enmendar lo desfavorable al interesado, y por  ende  en  ningún caso es factible agravar la situación del apelante único, ni  aún so pretexto de reestablecer la legalidad de la pena.   

Segunda  línea:  T-413/92,  C-055/93, C-150/93, T-289/94, C-449/96, C-538/97, T-201/97, T-766/98,  SU-646/99  y  T-141/00.  Admitieron que en ejercicio del grado jurisdiccional de  consulta    el  superior  tenía  competencia  ilimitada  para  revisar  la  decisión;  y  por  tanto,  el  grado  jurisdiccional de consulta comportaba una  excepción  al  principio  de  la  no  reformatio  in  pejus, aún cuando se afectaran intereses del apelante  único.   

Tercera  línea:  Con  la  Sentencia  SU-1722  de  2000  la  Corte  Constitucional fundió las dos  líneas  jurisprudenciales  verificables  en las providencias antes mencionadas,  para  generar  una  tercera,  la  vigente,  según  la  cual  en ningún caso el  superior  puede  agravar la pena impuesta al apelante único, ni para ajustar la  pena  a  la  legalidad,  ni  aún  en  desarrollo  del  grado  jurisdiccional de  consulta1.   

Postura  de  la Sala de  Casación Penal   

Sin  ignorar  la  doctrina  de  la  Corte  Constitucional,  desde  los  primeros  años de vigencia de la Carta de 1991, la  Sala  mayoritaria  de Casación Penal sentó una línea constante y coherente de  jurisprudencia,        según        la        cual        el       principio   de   legalidad  de  la  pena  prevalece  sobre el derecho a  la     no     reformatio    in    pejus.   

En  tal  sentido  se ha reiterado que si el  A-quo  impuso  una  pena  no  contemplada en la ley, o por fuera de los límites  mínimos  de la legalidad, el Ad-quem, al desatar el recurso de apelación, o la  Sala  de  Casación Penal, al resolver el recurso extraordinario, tiene el deber  de  corregir  la pena ilegalmente impuesta, hasta ajustarla a los límites de la  legalidad,  auque  al hacerlo se agrave la situación del apelante único; y sin  que  ello  signifique  vulnerar  el  derecho  que consagra el artículo 31 de la  Constitución Política.   

De  aquél sendero jurisprudencial se citan  algunas  providencias  a  manera  de  ejemplo,  tratando  de  abarcar  el tiempo  transcurrido  a  partir  de la entrada en vigor de la Constitución Política de  19912.   

Fecha                               Radicación                                 Magistrado  Ponente   

29/07/1992                              6304                                      Dídimo Páez Velandia   

11/11/1992                              6906                                      Juan Manuel Torres Fresneda   

25/06/1993                              6831                                      Edgar Saavedra Rojas   

09/08/1993                              7221                                      Juan Manuel Torres Fresneda   

06/10/1994                              8519                                      Ricardo Calvete Rangel   

26/10/1994                              8796                                      Edgar Saavedra Rojas   

11/11/1994                              8776                                      Jorge Enrique Valencia M.   

21/10/1997                              13493                                Carlos. A.  Gálvez Argote   

28/10/1997                              9791                                      Carlos E. Mejía Escobar   

20/05/1998                              12712                                Carlos  E.  Mejía Escobar   

12/12/1999                              11450                                 Jorge  E.  Córdoba Poveda   

22/06/2000                              13381                              Edgar Lombana  Trujillo   

02/08/2000                              15559                              Jorge Aníbal  Gómez Gallego   

20/09/2000                              12741                              Edgar Lombana  Trujillo   

23/05/2001                              13049                                Carlos  A.  Gálvez Argote   

23/05/2001                              13325                              Edgar Lombana  Trujillo   

04/07/2001                              11296                                  Fernando  Arboleda Ripoll   

23/07/2001                              13439                             Nilson Pinilla  Pinilla   

02/10/2001                              15286                                  Fernando  Arboleda Ripoll   

19/11/2001                              10154                             Nilson Pinilla  Pinilla   

26/11/2001                              10083                                 Jorge  E.  Córdoba Poveda   

12/02/2002                              15386                             Nilson Pinilla  Pinilla   

02/05/2002                              9893                                      Jorge E. Córdoba Poveda   

13/06/2002                              14718                                Carlos  E.  Mejía Escobar   

13/08/2002                              16175                              Edgar Lombana  Trujillo   

03/09/2002                              15513                                  Fernando  Arboleda Ripoll   

12/09/2002                              13571                                Carlos  A.  Gálvez Argote   

26/09/2002                              11885                             Nilson Pinilla  Pinilla   

24/10/2002                              12432                                 Jorge  E.  Córdoba Poveda   

20/102002                               15121                             Yesid Ramírez  Bastidas   

21/11/2002                              13148                              Marina Pulido  de Barón   

23/01/2003                              19218                             Yesid Ramírez  Bastidas   

22/02/2003                              17580                                 Jorge  A.  Gómez Gllego   

27/02/2003                              17817                                  Fernando  Arboleda Ripoll   

15/05/2003                              15868                              Herman Galán  Castellanos   

17/06/2003                              18684                              Marina Pulido  de Barón   

31/07/2003                              15063                              Herman Galán  Castellanos   

04/09/2003                              15444                                Jorge Luis  Quintero Milanés   

26/112003                               14066                                Jorge Luis  Quintero Milanés   

11/12/2003                              18585                              Marina Pulido  de Barón   

10/03/2004                              17490                             Alfredo Gómez  Quintero   

05/05/2004                              20208                                Jorge Luis  Quintero Milanés   

04/08/2004                              15415                             Yesid Ramírez  Bastidas   

09/02/2005                              19869                                 Sigifredo  Espinosa Pérez   

La Sala de Casación Penal ha encontrado que  la  argumentación  de  la  Corte Constitucional no abarca todos los frentes que  demanda  la  interpretación  de los valores, principios y reglas condensados en  la  Carta.  Dicha  Corporación  pareciera  defender  con criterio gramatical la  aplicación   indefectible   del   inciso   segundo   del  artículo  31  de  la  Constitución    Política,   como   si   abordase   el   estudio   con   visón  fundamentalista,  o  como  si  pretendiese  que ese precepto consagra un derecho  absoluto,  y  como  si  quisiera  establecer para los Jueces de la República la  obligación  de  permanecer impávidos ante la evidente violación del principio  de legalidad.   

La  Corte Suprema de Justicia, como máximo  órgano   de  la  jurisdicción  ordinaria,  con  facultad  constitucional  para  unificar  la  jurisprudencia  en  materia  penal,  con argumentación que estima  compatible  con  la  Carta,  con  el Bloque de Constitucionalidad, con los fines  constitucionales  del  proceso  penal,  y  con  el  ejercicio  responsable de su  misión  de Juez de mayor jerarquía, en todo caso con el deseo de acertar, pero  sin  ánimo contestatario, en atención a los principios de igualdad y seguridad  jurídica,  en pronunciamientos como los anteriores ha ponderado el valor    de   justicia   material,   el  principio del debido proceso  y   el   derecho  a  la  no  reformatio   in   pejus,  encontrando  razones  constitucionales  y  legales para sostener invariablemente  hasta  en  la última de las providencias citadas, que el principio de legalidad  involucra  un  interés  de  carácter  general,  por lo cual prevalece sobre el  derecho particular a la no reforma peyorativa.   

No  obstante,  en  las Sentencias del 18 de  mayo  de  2005,  la Sala mayoritaria de Casación Penal (radicación 22150, M.P.  Dr.        Mauro        Solarte       Portilla3;  y  22323,  M.P.  Dr. Alfredo  Gómez  Quintero4),     privilegió    el    derecho    a    la    no    reformatio  in pejus sobre el principio de  legalidad.   

En  esta  oportunidad, sin embargo, la Sala  mayoritaria  de  Casación  Penal,  por  razones  constitucionales  y legales, y  acogiendo  las  reflexiones  sobre  el contenido jurídico de los salvamentos de  voto  a  las  dos  sentencias  citadas  en  el  párrafo  anterior  de  los  Hs.  magistrados  Sigifredo  Espinosa  Pérez  y  Herman  Galán  Castellanos,  y las  aclaraciones  de  voto  del  H. magistrado Yesid Ramírez Bastidas, retorna a la  anterior  postura,  vale  decir,  a  aquella  según  la  cual  el  principio de  legalidad   de   las   penas  prevalece  sobre  el  derecho  a  la  no   reformatio  in  pejus  del  apelante  único.   

Al  retornar  al  sendero  jurisprudencial  sostenido  mayoritariamente  desde  la  entrada en vigencia de la Carta de 1991,  opera  nuevamente  un  cambio  en  la jurisprudencia, situación que puede darse  legítimamente,  porque es la propia Sala de Casación Penal la que lo promueve,  en  su  calidad  de  órgano  límite de la jurisdicción ordinaria con facultad  para  unificar  la jurisprudencia penal; porque no se trata de una modificación  arbitraria,  sino  sentada en consideraciones de seguridad jurídica e igualdad;  y  porque  el  retorno  a  la  tradicional  postura  comporta una “ganancia”  respecto  del  cometido  de  justicia material, que es impronta del ordenamiento  constitucional               colombiano5.   

Es,  entonces,  jurídicamente  viable  y  necesario  el  cambio  de la jurisprudencia para retornar a la postura anterior,  por las siguientes razones:   

1.  La  función  jurídico  política  del  Juez   

El  Juez  encarna  al promotor de todos los  cometidos  que  el  Estado  social,  democrático y de derecho aspira cumplir en  desarrollo  de  la  función  judicial  a  través de la Rama Judicial del Poder  Público.   

Cuando  el Juez vela por el cumplimiento de  los  fines  constitucionales del proceso penal, entre ellos alcanzar el valor de  la  justicia  material  dentro  de  un  marco  jurídico  (no  por  fuera  de la  legalidad),  entonces  la  actividad  jurisdiccional  se proyecta más allá del  caso    particular    hacia   el   alcance   de   los   fines   superiores   del  Estado.   

Así,  el  Juez  no  es solo un instrumento  funcional  destinado a administrar normas jurídicas, ni a repartir en términos  de  justicia  formal  lo  que  a  cada  quien  corresponde,  pues de su labor de  jurisperito  trasciende  y  debe  trascender hacia la búsqueda y alcance de los  valores superiores que caracterizan el Estado de principio a fin.   

Esos  valores fundantes de la organización  estatal  se  resumen  en  el  Preámbulo  de la Carta, desde cuya óptica, a los  Jueces  como  autoridad  pública también corresponde velar porque se asegure a  los  habitantes  del  territorio  nacional  la vida, la convivencia, el trabajo,  la justicia, la igualdad, el  conocimiento,  la  libertad  y  la  paz,  dentro de un  marco       jurídico,       democrático       y  participativo.   

De   ahí   que  no  son  legítimas  las  pretensiones  de  relegar  al  Juez  al  plano de un mero espectador, a quien no  corresponde  más  que  declarar  la  verdad  que  a  bien  tengan construir los  intervinientes  en  desarrollo del proceso penal; pues, contrario a tal postura,  el  Juez  debe  luchar por alcanzar la verdad histórica objetiva, aquella desde  la  cual  pueda  realizarse  la  idea  de  justicia  material, y no solamente la  justicia  formal6.   

En  tal  perspectiva,  no se puede pedir al  Juez  que  conoce de un recurso de apelación, ni a la Corte Suprema de Justicia  en  sede de casación, que ignore, pase por alto o soslaye una sanción impuesta  con  desconocimiento  del principio de legalidad de las penas. Ello equivaldría  a  compeler al superior funcional a confirmar una decisión injusta, sin soporte  legal,    constitutiva    de    vías   de   hecho7,  y  por  ende contraria a los  principios de estirpe Superior.   

Si  la  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus contradice en casos  concretos  el  principio  de  legalidad  de  las  penas,  y por ende el valor de  justicia  material,  el  superior  funcional  tiene  el  deber  de  restaurar la  legalidad,  porque  al  hacerlo se ubica en el sendero de la realización de los  valores  superiores  del  Estado,  entre  ellos  el  ideal  de justicia material  “dentro   de   un   marco   jurídico8”, aunque el  retorno  a  la  legalidad  conlleve  agravar  la pena, así se trate de apelante  único.   

Es  decir, sencillamente, la sanción penal  impuesta  por  fuera  del  marco  jurídico  no  es  justa, no refleja cometidos  estatales,  ni  observa los fines constitucionales del proceso penal; y, en todo  caso,    debe   ser   enmendada   para   llevarla   a   los   límites   de   la  legalidad.   

Es  indiscutible  la  fuerza  normativa  y  vinculante  del Preámbulo de la Constitución Política. En ese especial cuerpo  normativo  se  finca  el  valor  de la justicia, cuya única manera legítima de  realizarse  es  dentro de un marco jurídico, que más adelante se desarrollará  como principio del debido proceso y como principio de legalidad.   

Por  su  claridad  didáctica  se  trae  la  siguiente   cita  de  la  Corte  Constitucional  relativa  a  los  alcances  del  Preámbulo:   

“El Preámbulo da sentido a los preceptos  constitucionales  y  señala  al Estado las metas hacia las cuales debe orientar  su  acción;  el  rumbo de las instituciones jurídicas. Lejos de ser ajeno a la  Constitución,  el  Preámbulo  hace  parte integrante de ella.  Las normas  pertenecientes  a  las demás jerarquías del sistema jurídico están sujetas a  toda la Constitución y, si  no  pueden  contravenir los mandatos contenidos en su articulado, menos aún les  está  permitida  la transgresión de las bases sobre las cuales se soportan y a  cuyas    finalidades    apuntan.    El    Preámbulo    goza   de   poder  vinculante en cuanto sustento del  orden  que  la  Carta  instaura  y,  por  tanto,  toda  norma  -sea  de  índole  legislativa  o de otro nivel- que desconozca o quebrante cualquiera de los fines  en  él señalados, lesiona la Constitución porque traiciona sus principios.”  (Sentencia  C-479  del  13  de  agosto  de  1992;  Ms  .Ps.  Drs. José Gregorio  Hernández Galindo y Alejandro Martínez Caballero )   

2.  La  prohibición  de  la  reformatio   in  pejus  no  es  un  valor  constitucional,   ni  un  principio.  Es  una  regla  que  reconoce  un  derecho  fundamental   

Con  el  fin de explicar la contradicción,  los   choques  o  “antinomias”  que  aparentemente  podrían  ocurrir  entre  disposiciones   de   la   Constitución   Política,   la  Corte  Constitucional  –siguiendo a doctrinantes  del   derecho:   Hart,   Dworkin,   Bobbio,  Alexy-,  establece  criterios  para  diferenciar valores, principios y reglas.   

“De  manera  general,   la  filosofía  jurídica  contemporánea,  con  miras  a  establecer  fórmulas  para  la  resolución  de  antinomias,  especialmente  de  las que se  presentan  dentro  de  las  constituciones,  se  ha  preocupado  por precisar la  diferencia   que   existe  entre  los  valores,  los  principios  y  las  reglas  constitucionales.   

…  

En  primer  lugar  la doctrina coincide en  considerar  que  las  normas que reconocen valores son de naturaleza abstracta e  inconcreta;   para   algunos   son   normas   que   orientan  la  producción  e  interpretación  de  las  demás normas, y que en tal condición fijan criterios  de  contenido para otras normas; para otros, las normas que reconocen valores al  igual  que  las que consagran  principios, determinan el contenido de otras  normas,  y  aquéllas  sólo  se  diferencian  de  éstas  por su menor eficacia  directa,  aplicándose  estrictamente  en  el  momento de la interpretación. Lo  cierto  es  que en todas las anteriores formulaciones subyace la idea de que las  normas  que  reconocen  valores  condicionan  las  demás  normas,  y  tienen un  contenido  abstracto  y  abierto,  es  decir,  están formuladas como cláusulas  generales    que    determinan   criterios   interpretativos   del   resto   del  ordenamiento.9   

…  

En  lo  que  concierne a las reglas, tales  serían  las  disposiciones jurídicas en las que se “define, en forma general  y   abstracta,   un   supuesto  de  hecho  y  se  determina  la  consecuencia  o  consecuencias  jurídicas  que  se  derivan  de  la  realización del mismo; una  disposición,  pues,  derechamente  construida  para  regular u ordenar de forma  directa  la  vida  humana,  la  realidad  social”10  Es  decir,  virtud  de esta  estructura lógica, las reglas operan como silogismos.   

…  

7.  La  Constitución  Política  no  es  exclusivamente  un  catálogo de reglas jurídicas en el sentido explicado. Ella  obedece  a una axiología claramente definida especialmente en su Preámbulo, en  donde  se  reconocen  explícitamente  como  valores  fundamentales  la vida, la  convivencia,  el  trabajo,  la  justicia,  la  igualdad, la libertad, la paz, la  democracia,   la   unidad   nacional,   la   participación,  etc.  Además,  la  Constitución   incluye   un   título   que  bajo  el  epígrafe  “Principios  Fundamentales”  enuncia  cuales  son  las bases de la organización política,  los  fines esenciales del Estado, la misión de las autoridades constituidas, el  concepto  de  soberanía  que  determina el ejercicio del poder, la primacía de  los  derechos  inalienables de las personas, etc. De otro lado trae un catálogo  no   taxativo   de   derechos   fundamentales,   normas  que  por  su  carácter  deontológico  deben  ser  entendidas  también  como  expresiones de principios  fundamentales.   (Sentencia C.- 1287 de 2001, M.P. Dr. Marco Gerardo Monroy  Cabra.)   

La   prohibición  constitucional  de  la  reformatio in pejus no es un  valor  superior,  ni  un  principio  que  irradia  la  interpretación  de otras  disposiciones  jurídicas. Es una regla que consagra un derecho fundamental, que  contiene  un  supuesto  de hecho (ser apelante único) y una consecuencia (no se  puede agravar la pena), y opera por subsunción como un silogismo.   

La búsqueda de la justicia “dentro  de  un marco jurídico”, como se  reclama  desde  el  Preámbulo  de  la  Carta,  es  un valor superior y cometido  programático  del  Estado  social,  democrático  y  de  derecho.  Ese valor se  desarrolla  a  través  de  principios,  como  el  principio del debido proceso,  previsto  en  el  artículo  29  de la Carta, según el cual, entre otras cosas,  nadie  podrá  ser  juzgado  sino  de  conformidad  con  la ley anterior al acto  imputado.   

En ese orden de ideas, si alguien es juzgado  sin  observancia  de  la  ley,  su  juzgamiento  se  cumple por fuera del debido  proceso,  es un juzgamiento inválido jurídicamente y debe ser enmendado por el  competente.   

Esa enmienda, cuando implica agravar la pena  impuesta  al  apelante  único, se debe a que en la práctica el derecho a la no  reformatio  in  pejus  cede  ante  el  valor  de  la justicia “dentro de un marco  jurídico”,  y  cede  ante  el  principio del debido  proceso que impone ser juzgado de conformidad con la ley.   

La  prevalencia  de  los  valores  y de los  principios  sobre las reglas se enraíza a su vez en la prevalencia del interés  público  sobre  el  interés  particular,  por  ser  ésta,  la prevalencia del  interés  general,  otro principio fundamental del Estado social, democrático y  de   derecho11.   

Desde  tal perspectiva, se observa erróneo  posicionar   la  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus  en un nivel normativo y hermenéutico que no le  corresponde,  por el sólo hecho de que es un derecho fundamental contemplado en  la Constitución Política.   

3.  La  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus  no  es  un derecho  absoluto   

La   institución  jurídica  comúnmente  denominada   prohibición   de   la   reformatio  in  pejus,  o reforma peyorativa, o reforma en lo peor, ha  sido  ampliamente  alinderada  por  la  jurisprudencia  de  la Sala de Casación  Penal,   especialmente   en   cuanto   a   explicar   que,   a   pesar   de   su  constitucionalización,  el artículo 31 de la Carta no ha consagrado un derecho  absoluto  y  sin  excepción  alguna  para  quienes  apelan como parte única la  sentencia.   

Ningún derecho, incluidos los fundamentales  de  primera  generación,  es absoluto. Si lo fueran, a menudo se incurriría en  innumerables  antinomias  jurídicas  y  prácticas.  Verbi  gratia, no tendría  cabida  la  excluyente  de  antijuridicidad por legítima defensa, puesto que el  respeto    a   la   vida   del   agresor   se   opondría   como   una   barrera  infranqueable.   

Ocurre  sí  que los derechos fundamentales  coexisten,  se  complementan  unos  a  otros  y  si  es  preciso  se  restringen  mutuamente,  todo  en  función  de  la  verificación  de  los fines del Estado  social,  democrático  y  de derecho. Una norma constitucional como superior que  es,  mal  podría  ser  limitada por un precepto legal, en cambio, con el fin de  armonizar  y  posibilitar la aplicación en concreto del catálogo de garantías  fundamentales,  otra norma constitucional bien puede en situaciones específicas  confinar  su  ámbito,  siempre  que  no sea posible jurídica ni prácticamente  hacerlas converger en su plenitud conceptual.   

Uno de aquellos conflictos suele presentarse  cuando    es    necesario    interpolar    el    principio    del   debido  proceso  y  el  derecho  a  la no  reformatio  in  pejus, para  pasar  por  el  tamiz  de  estas  perentorias  garantías  fundamentales la pena  impuesta en una sentencia condenatoria.   

La  aparente  antinomia  se  platea  de  la  siguiente  manera: si la prohibición de la reformatio  in  pejus  es  absoluta,  habría  que  admitir  penas  ilegales;  pero,  es  claro que las penas ilegales no tienen cabida en el debido  proceso.  Se precisa entonces decidir: o bien la prohibición de la reformatio  in  pejus  no  es absoluta, o  bien    algunos    casos    pueden    solucionarse    por   fuera   del   debido  proceso.   

Lógico es inferir que la prohibición de la  reformatio  in  pejus no es  absoluta,  puesto  que  dentro  de  los fines constitucionales del proceso penal  está  el  llegar  a  la  justicia material, dentro del marco jurídico; y a tal  anhelo  de justicia nunca se alcanzaría si se aceptara que la pena derive de la  “ley” que el Juez genera o inventa, y no de la ley del Estado.   

Se  observa  que  el ingrediente del debido  proceso   que   a   veces   riñe   con   la  prohibición  de  la  reformatio  in pejus consiste precisamente  en  el  principio de legalidad de la pena,  según  el  cual nadie podrá ser condenado sino conforme a leyes  preexistentes al acto que se le imputa.   

La  ley  preexistente,  (salvo  la correcta  aducción  de favorabilidad), es la que esté vigente al momento de la comisión  del  hecho  punible,  en  su  cabal  cobertura, precepto y sanción, y en ésta,  máximos y mínimos de la pena principal, y penas accesorias.   

Si el juez sustituye la ley preexistente por  otra,  crea  o  se  inventa la suya, cualquiera sea la motivación para hacerlo,  atenta  contra el principio de legalidad y, por ende el superior funcional debe,  en  guarda de los valores y principios superiores del Estado de Derecho, adoptar  los  correctivos  pertinentes,  ajustando  la  pena  impuesta  a  la  norma  que  verdaderamente  corresponda,  así  el  condenado  sea apelante único y así su  situación se torne más gravosa.   

No  empece,  hay  quienes  piensan  que  el  artículo  31  de  la  Constitución  Política  consagra un derecho fundamental  absoluto,  que  no  admite excepciones de ninguna naturaleza, puesto que ninguna  norma  de idéntica jerarquía contempla limitaciones a su aplicación cuando el  condenado es apelante único.   

Al  respecto,  ha  de  afirmarse  que  tal  planteamiento  parte  de  un  supuesto  equivocado,  cual es pretender que en el  sistema  constitucional  colombiano  existen derechos absolutos. La propia Corte  Constitucional  se  ha  encargado  de  dilucidar  esta cuestión descartando esa  posibilidad:   

“Si  el sistema constitucional estuviese  compuesto  por  derechos ilimitados sería necesario admitir (1) que se trata de  derechos  que  no  se  oponen  entre  sí,  pues de otra manera sería imposible  predicar  que  todos  ellos  gozan  de  jerarquía  superior o de supremacía en  relación  con los otros; (2) que todos los poderes del Estado, deben garantizar  el  alcance  pleno  de  cada  uno  de  los derechos, en cuyo caso, lo único que  podría  hacer  el  poder  legislativo,  sería reproducir en una norma legal la  disposición   constitucional   que   consagra   el  derecho  fundamental,  para  insertarlo  de  manera explícita en el sistema de derecho legislado. En efecto,  de  ser  los derechos “absolutos”, el legislador no estaría autorizado para  restringirlos  o  regularlos  en  nombre  de  otros bienes, derechos o intereses  constitucionalmente   protegidos.  Para  que  esta  última  consecuencia  pueda  cumplirse  se  requeriría, necesariamente, que las disposiciones normativas que  consagran  los  “derechos absolutos” tuviesen un alcance y significado claro  y  unívoco,  de  manera  tal  que  constituyeran la premisa mayor del silogismo  lógico  deductivo  que  habría  de  formular  el operador del derecho. como la  concepción  “absolutista”  de  los  derechos  en conflicto puede conducir a  resultados  lógica  y  conceptualmente inaceptables, la Carta opta por preferir  que  los derechos sean garantizados en la mayor medida  posible, para lo cual deben sujetarse a restricciones  adecuadas,   necesarias   y   proporcionales   que   aseguren   su  coexistencia  armónica.”  (Sentencia  C-475 del 25 de septiembre de 1999. M. P. Dr. Eduardo  Cifuentes Muñoz.)   

El  mismo  pronunciamiento  de  la  Corte  Constitucional   explicó   que  para  solucionar  eventuales  conflictos  entre  derechos   fundamentales,   en   ciertas   condiciones  de  racionalidad  pueden  introducirse restricciones:   

“La Constitución no diseñó un rígido  sistema  jerárquico ni señaló las circunstancias concretas en las cuales unos  han  de  primar  sobre  los otros. Sólo en algunas circunstancias excepcionales  surgen  implícitamente  reglas  de  precedencia a partir de la consagración de  normas  constitucionales  que  no  pueden  ser  reguladas ni restringidas por el  legislador  o  por  cualquier otro órgano público. Son ejemplo de este tipo de  reglas  excepcionales,  la  prohibición de la pena de muerte (C.P. art. 11), la  proscripción  de  la  tortura  (C.P. art. 12) o el principio de legalidad de la  pena   (C.P.   art.  29).  Ciertamente,  estas  reglas  no  están  sometidas  a  ponderación  alguna,  pues  no contienen parámetros de actuación a los cuales  deben  someterse  los  poderes  públicos. Se trata, por el contrario, de normas  jurídicas   que   deben   ser   aplicadas  directamente  y  que  desplazan  del  ordenamiento   cualquiera   otra  que  les  resulte  contraria  o  que  pretenda  limitarlas.  La  mayoría de los derechos fundamentales pueden verse enfrentados  a   otros   derechos   o  intereses  constitucionalmente  relevantes.  En  estas  condiciones,  para  asegurar  la  vigencia  plena y simultánea de los distintos  derechos  fundamentales  y,  adicionalmente, para garantizar el respeto de otros  intereses  constitucionalmente  valiosos,  es  necesario  que  los  derechos  se  articulen,  auto  –  restringiéndose, hasta el punto en el cual resulte posible  la aplicación armoniosa de todo el conjunto.”   

Es explícita pues, la jurisprudencia de la  Corte  Constitucional  al  establecer que aún los derechos fundamentales (entre  ellos   la   prohibición   de   la   reformatio  in  pejus)   pueden   articularse  o  restringirse,  para  asegurar su coexistencia.   

4.  El  debido  proceso,  en  su componente  principio de legalidad de la pena, no admite excepciones   

Otro  sector  aduce  que el derecho a la no  reformatio  in  pejus es una  excepción  al  principio  de  la legalidad de la pena, y que así se integra de  una manera adecuada el gran principio denominado debido proceso.   

Tampoco  puede  admitirse  aquella postura,  puesto  que  un  valor  constitucional  o  un  principio  normativo  como el que  desarrolla  el  principio de legalidad no puede ser recortado o limitado por una  regla,   como   la   que   establece   el   derecho   a   la   no   reformatio  in  pejus, sino por un valor o  principio  mayor  preponderancia; o si se trata de valores de igual peso, cuando  uno   de   ellos   establezca   en   su   texto   restricciones   especiales   y  excepcionales.   

No  es  apropiado  asegurar a priori que el  derecho  a  la  no  reformatio  in  pejus  permite  excepcionar  al  principio  de  la  legalidad de la pena,  debido  a  que  el  principio de legalidad dimana de un valor anunciado desde el  Preámbulo   de   la   carta,   según   la   cual  la  justicia  debe  buscarse  “dentro   de   un   marco   jurídico”,  en  tanto  la  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus  es un derecho, que bien podría  figurar  sólo en la ley, o ser incluso de adopción jurisprudencial12   

, como ocurrió en materia penal antes de la  Carta de 1991.   

Por ello, la solución reiterada por la Sala  de   Casación   Penal   está   más   acorde   con   la   hermenéutica  y  la  principialística,  pues  en  cada evento específico analiza las circunstancias  en   que   la   no  reformatio  in  pejus  debe  ceder  ante  el  principio  de  legalidad,  claro está, sin  admitir   que   aquella   sea   excepción  constitucionalmente  establecida  de  éste13   

.  

5.  Ningún  sujeto  procesal puede abrigar  pretensiones por fuera del principio de legalidad.   

Quienes  apoyan la tesis de la prohibición  absoluta   de   la  reformatio  in  pejus  señalan  entre sus argumentos que los recursos se interponen para  mejorar  la  situación  del  interesado, para corregir lo desfavorable, y nunca  para obtener respuestas que impliquen desmejorar.   

En tratándose del apelante único, se dice  entonces  que  esa  característica  de  los  recursos  determina  y delimita la  competencia  del  superior  funcional,  quien,  por tanto, no podría agravar la  pena bajo ninguna circunstancia.   

La Corte Constitucional, que pregona la idea  anterior,  sobre  la  prohibición de la reformatio in  pejus señaló:   

“Ella   es  consecuencia  de la regla ínsita en la máxima latina “tantum devolutum quantum  appelatum”,  en virtud de la cual se ejerce la competencia del juez superior. El  ejercicio  de  las  competencias  judiciales  radicadas en el juez superior y su  límite,  ambos, se suscitan y a la vez se limitan por virtud de la impugnación  y  las pretensiones que ella involucra”. (sentencia T-474 de 1992, Magistrados  Ponentes    doctores    Eduardo   Cifuentes   Muñoz   y   Alejandro   Martínez  Caballero)   

Aunque en términos generales la apelación  está  en  relación directa con la competencia del superior, no es menos cierto  que  todas  las  situaciones  de  hecho  no  crean derechos; en tanto el derecho  positivo  solo  ampara  las  expectativas  de  los  ciudadanos que, a su vez, se  desempeñan  dentro de los parámetros que el mismo derecho establece. Así, por  ejemplo,  puede  acceder  a  la  propiedad  por  prescripción quien ha poseído  durante  cierto  tiempo  en  las  condiciones que la ley indica; no de cualquier  manera.   En   ése   mismo  género  de  reflexiones  se  ubica  el  denominado  “principio  de  confianza”,  central  en  las  teorías  de  la  imputación  objetiva.   

Al apelante único que impugna una decisión  adoptada  respetando  el  debido proceso, la Constitución y la ley le reconocen  el  derecho  a  la  no reformatio in pejus;  y  en  tales  condiciones,  el  contenido  del  recurso limita la  competencia funcional del superior.   

Pero  si  el  apelante  único  impugna una  decisión  adoptada por fuera del debido proceso, que transgrede el principio de  legalidad,  la  ley  no  le  ampara la expectativa de que su situación no será  desmejorada,  porque sería una expectativa sin fundamento legal, que el derecho  no  tolera,  en  tanto  equivaldría  aceptar una especie de aprovechamiento del  error,  de  la  negligencia o del dolo, que en materia de legalidad de las penas  no tiene cabida.   

6.  La  reforma  peyorativa para ajustar la  pena   a   la   legalidad   no   implica   sorprendimiento   para   el  apelante  único   

Quien  interviene  en  un  proceso  penal,  ocupando  el  lugar  de  cualquiera  de  los  sujetos  procesales, conoce o debe  conocer  las  leyes  que rigen la situación jurídico material que le interesa.  Así,  por  ejemplo,  el  acusado  por homicidio simple sabe y debe saber que la  pena  mínima  a  la  que  se  expone es de 13 años de prisión, porque así lo  prevé  el  artículo  103  del Código Penal, Ley 599 de 2000; si lo ignora, no  puede  pretender  que  se  le imponga una pena menor; y si le fuere impuesta una  sanción  inferior al límite mínimo, no tiene derecho a que esa pena ilegal le  sea mantenida.   

La  ignorancia  de la las leyes no sirve de  excusa,  pregona  el  artículo  9°  del  Código  Civil; y el artículo 56 del  Código  de  Régimen Político y Municipal (Ley 4° de 1913) estipula que nadie  podrá  alegar ignorancia de la ley para excusarse de cumplirla, después de que  esté en observancia por haber sido adecuadamente promulgada.   

De modo que no es cierto que se sorprenda al  apelante  único cando se le aumenta la pena para ajustarla a la legalidad, pues  el  mínimo y el máximo de sanción contenidos en cada tipo penal son conocidos  de  antemano;  y  el  interesado sabe que los establece la ley, y no la voluntad  del juzgador.   

Cuando  se  ajusta  la pena a la legalidad,  resultando  desmejorada  la situación del apelante único, no por tal decisión  se  es  desleal  ni  se  aparta  del  “juego  limpio”,  pues  se  presume el  conocimiento  previo  por todos de las reglas de juego. Estas reglas son las que  informan el debido proceso.   

Quien  impugna  una  decisión  reclamando  justicia,  no  queda  sorprendido  cuando  la respuesta que obtiene es justa, es  decir,  legítima, ajustada a la legalidad; y ello tampoco riñe con el apotegma  según  el  cual los recursos se interponen en lo desfavorable, buscando mejorar  la situación y no empeorarla.   

7.   El   silencio   de   los   sujetos  procesales   

Se dice también que la no interposición de  recursos  por  parte  del  Fiscal  Delegado, o del Ministerio Público, o de las  víctimas,  o  intervinientes,  cuando  a  ello  hubiere  lugar,  “revelan  la  conformidad  del  titular  de  la  pretensión punitiva” con los términos del  fallo,  e  implican  una  preclusión  de la oportunidad que el Estado tenía de  revisar   su   propio  acto.  (Corte  Constitucional,  Sentencia SU-327 de 1995)   

Mas allá de la discutible existencia de un  “titular  de  la  pretensión punitiva”, si los mencionados están conformes  con  la  decisión por fuera de la legalidad emitida por el Juez, no es factible  obligar a superior funcional a sumarse a dicha conformidad.   

Muchas veces esa llamada “conformidad”,  no  es  tal,  en  términos  de  lo  que  se  acepta  luego de un discernimiento  inteligente  y  en  condiciones  de  normalidad;  sino  que  es  resultado de la  inadvertencia,   del  error  y  puede  serlo  también  de  la  colusión  o  el  fraude.   

No tiene arraigo constitucional ni legal la  pretensión  según la cual ante un panorama de esa naturaleza, los funcionarios  judiciales  encargados  de  resolver  la  apelación  o  la casación tienen que  adherir a esa “conformidad”.   

El silencio de los sujetos procesales no es  vinculante  para  el  encargado de resolver la apelación o la casación, cuando  está  de  por medio el principio de legalidad. Si ello fuere así, por ejemplo,  ante  la  evidente  ilegalidad  no  sería  posible  decretar  la nulidad que no  hubiese  sido  solicitada,  pues al rehacer las actuaciones por el sendero de la  ley,  podrían  generarse consecuencias negativas, perjudiciales o gravosas para  el  apelante  único,  cuyo  recurso  habilitó  la  competencia de quien decide  invalidar el trámite.   

8. La igualdad como fundamento de validez de  la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia.   

“El fundamento constitucional de la fuerza  normativa  de  la  doctrina  elaborada  por  la Corte Suprema se encuentra en el  derecho  de  los  ciudadanos  a  que  las decisiones judiciales se funden en una  interpretación  uniforme  y  consistente  del  ordenamiento  jurídico. Las dos  garantías    constitucionales    de   igualdad   ante   la   ley   –entendida  ésta  como el conjunto del  ordenamiento  jurídico-  y  de  igualdad de trato por parte de las autoridades,  tomada   desde   la   perspectiva   del   principio   de  igualdad  –como   objetivo   y   límite  de  la  actividad  estatal-,  suponen  que la igualdad de trato frente a casos iguales y  la  desigualdad de trato entre situaciones desiguales obliga especialmente a los  jueces”.   (Corte   Constitucional,   Sentencia  C  –836 de 2001)   

Del  anterior  aserto  se  colige  que  los  derechos  fundamentales  a  la igualdad ante la ley y a la igualdad de trato por  parte  de  las  autoridades  judiciales,  sólo  son posibles cuando los asuntos  sometidos  a  conocimiento  de  los  Jueces  se  resuelven  dentro de los marcos  normativos  y  siguiendo las mismas líneas jurisprudenciales aplicables a casos  iguales.   

El Juez que en un caso específico desconoce  la  ley del Estado, donde se señalan las consecuencias condignas a los delitos,  y  sustituye  esa ley por otro precepto que él inventa, atenta en forma abierta  contra  el  derecho  a  la igualdad ante la ley, y también contra el derecho al  trato igual por parte de las autoridades.   

El Juez no puede crear una ley para resolver  un  caso  a  su antojo, sin violentar los anteriores derechos. Con todo, como es  factible  que  se  impongan  sanciones  desbordado  los  límites mínimos de la  legalidad,  es  preciso que el superior funcional corrija el error, ajustando la  decisión   a   la   legalidad,   aunque   al   hacerlo  desmejore  al  apelante  único.   

En  esta  postura  de  la Sala de Casación  Penal  se  observa  coherencia  hermenéutica  y sistemática con los más caros  valores, principios y reglas de la Constitución Política.   

El caso concreto  

El  Juzgado  Tercero  penal del Circuito de  Montería  condenó  a  LIBARDO  ENRIQUE PEÑATA LOZANO a la pena de 25 años de  prisión,  por el delito de homicidio simple, tipificado en el artículo 323 del  Código  Penal de 1980, como fue modificado por la Ley 40 de 1993, que reprimía  ese   ilícito   con   sanción   privativa   de  la  libertad  entre  25  y  40  años.   

Al desatar la apelación interpuesta por el  defensor  del  procesado,  el  Tribunal  Superior  de Montería, sin motivación  alguna,  redujo  la  pena  principal  a 24 años de prisión, vulnerando así la  normatividad  penal,  pues  impuso  una  pena  por  debajo  del  límite mínimo  legalmente establecido.   

En  esta oportunidad, aunque PEÑATA LOZANO  tiene  la  calidad  de apelante único, la Sala de Casación Penal, en ejercicio  de  sus  facultades  oficiosas,  ajustará  la  pena  al  límite  mínimo de la  legalidad,  es decir a veinticinco (25) años de prisión, sin que ello implique  vulnerar   la   prohibición   de  la  reformatio  in  pejus,  de  conformidad con lo expuesto en el acápite  anterior.   

Empero,  en  aplicación  del  principio de  favorabilidad  por la sucesión de leyes penales, con la entrada en vigencia del  Código  Penal,  Ley  599 de 2000, es preciso reducir la pena a trece (13) años  de  prisión,  que  es la mínima prevista para el delito de homicidio simple en  el artículo 103.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1. Desestimar la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor de  LIBARDO ENRIQUE PEÑATA LOZANO.   

2.   Casar  oficiosamente  y  en  forma parcial el fallo del Tribunal Superior de Montería,  en  el sentido de declarar que LIBARDO ENRIQUE PEÑATA LOZANO queda condenado en  calidad  de  autor  de  homicidio  simple  a  la  pena  principal de trece (13) años de prisión.   

En  todo  lo demás, el fallo del Tribunal  Superior de Montería permanece incólume.   

Contra  la  presente  sentencia no procede  recurso alguno.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Salvamento de voto  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                          HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

                                                                                                          Aclaración de voto   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

            Salvamento de voto   

ÁLVARO  O.  PÉREZ  PINZÓN                                          JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

      Salvamento  de  voto                                                                          Aclaración de voto   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          MAURO SOLARTE PORTILLA   

Salvamento de voto  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

        SALVAMENTO    DE  VOTO   

Con   el  acostumbrado  respeto  por  la  posición  de  mayoría,  me  permito  consignar las razones de mi disentimiento  respecto de la decisión adoptada en la presente sentencia.   

Comoquiera que el asunto en comento guarda  estrecha  relación  con  mi  postura  expuesta  en  la  sentencia  de casación  proferida  el  18  de  mayo  último, dentro del proceso radicado con el número  22150,  acogida  en  esa  ocasión  por  la  mayoría  de  la Sala, en la que se  privilegió  la  prohibición  constitucional  de  la  reforma  peyorativa  cuyo  criterio  en  esta oportunidad se recoge, me veo precisado a reproducir lo dicho  entonces  en  orden  a  exteriorizar  los  motivos  que  me  llevan  a salvar el  voto:   

“El procesado  E.  R.  S. fue condenado en primera instancia a la pena privativa de la libertad  de  cuarenta  años  de  prisión  “por  cuanto  se  le  halló responsable de  HOMICIDIO  y  LESIONES  PERSONALES  CON  FINES  TERRORISTAS, SECUESTRO AGRAVADO,  REBELIÓN  y  HURTO  CALIFICADO  y  AGRAVADO”,  y  el  procesado  L. F. P. S.,  condenado  en  segunda instancia como cómplice del delito de secuestro agravado  a  la pena de once (11) años  de prisión, sin que se les hubiere impuesto  la  pena  principal  de  multa  como  se  ordena  por  las  normas que vienen de  mencionarse.   

“Esta omisión por parte de los juzgadores  de  instancia  constituye un desconocimiento claro del principio de legalidad de  las  penas,  que  daría  lugar  a  la corrección oficiosa de la sentencia para  imponer  a  los procesados la pena pecuniaria legalmente establecida, con el fin  restablecer  la  vigencia  del  derecho, siguiendo el criterio tradicional de la  Sala,  de  acuerdo  con  el cual la tensión entre los principios de legalidad y  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus  debe resolverse dando prelación al  primero sobre el segundo.   

“Considera la Sala, sin embargo, que esta  tesis  debe  ser replanteada, en aras de dar prevalencia a la prohibición de la  reformatio  in pejus sobre el principio de legalidad, como corresponde al modelo  de  estado  social  y  democrático  de derecho que nos rige, y al contenido del  artículo  31  de  la  Constitución Nacional, amén de otras consideraciones de  orden      jurídico      hermenéutico,     que     serán     precisadas     a  continuación.   

“a).-  Cada  modelo  de Estado tiene unos  valores  que  le  dan  sentido como organización política. Si ello es así, el  modelo  de  derecho  penal que corresponde a cada modelo de Estado, no puede ser  ajeno  a  esa  axiología.  El  Estado  absolutista,  por  ejemplo,  tenía  una  estructura  de valores en la que se imponía el Estado, luego la sociedad, y por  último  el  individuo.  El Estado demoliberal, de clara ascendencia formalista,  por  su  parte,  trocó la escala e impuso en primer lugar la sociedad, luego el  individuo  y  en  tercer  lugar  al  Estado;  y  en  Estado social de derecho al  individuo, luego a la sociedad y por último al Estado.   

“Al haber avanzado hacia una organización  política   antropocéntrica   que   realza   al  ser  humano  como  eje  de  la  organización  estatal, se replantea la manera de entender y de concebir la idea  del  derecho  y la justicia como conceptos que incorporan la fuerza vital de los  derechos  humanos.  Por  esa razón, el derecho penal de estos tiempos, no puede  ser  sino un derecho limitado por la axiología del Estado y la dignidad humana,  de  modo  que  las  tensiones  que  surgen en su interior deben resolverse en el  contexto  de  los fundamentos que inspiran este modelo de organización social y  política, para el caso, a favor del individuo.   

“b).-  Por  principio,  la situación del  apelante  único  puede  mejorarse  pero  no  agravarse.  Las partes apelan para  mejorar  su  situación,  no para empeorarla; solo en ese entendido los recursos  adquieren  sentido.  Permitir,  por  tanto,  que  quien  recurre en apelación o  casación  sea  sorprendido  con una decisión más gravosa de la que pretendió  mejorar,  constituye  un  claro  desconocimiento  de  los principios y fines que  gobiernan el derecho de impugnación.   

“c).-  La  prohibición  de la reforma en  perjuicio  es  un  tema  vinculado con la noción de competencia, que como parte  del  debido  proceso  material  implica que el único juez que tiene competencia  plena  es  el  de  primera  instancia;  los  demás  (juez  de  apelación  y de  casación),  tienen  una competencia condicionada. Esto significa que el primero  puede  decidir  sin  más  limitaciones que las que le imponen la naturaleza del  asunto  y  las  garantías fundamentales, mientras que los últimos sólo pueden  pronunciarse   sobre   los  aspectos  que  son  materia  de  impugnación.    

“Cuando  el  juez  de  apelación  o  de  casación  decide pronunciarse por fuera de los marcos temáticos fijados por el  impugnante,  para agravar su situación so pretexto de salvaguardar el principio  de  legalidad,  desborda  el  marco  de  su competencia, y por ende su decisión  termina vulnerando el debido proceso.   

“d).- El principio de legalidad, tal como  ha  venido  siendo  precisado  por  la  Corte  Constitucional,  trae  aparejados  mecanismos  propios  de  protección,  como  el control por parte del Ministerio  Público  y la Fiscalía, quienes están en el deber de velar por su integridad,  de  suerte  que,  si  por  descuido  o  negligencia  de  los  agentes  estatales  encargados  de  su salvaguarda, se presentan violaciones al mismo, estos errores  no  pueden  ser  trasladados  al  procesado,  para  hacerlo  víctima  de ellos.   

“e).- El artículo 31 de la constitución  nacional,  al  disponer  que  el  superior  no puede agravar la pena impuesta al  condenado  cuando  sea apelante único, no establece diferenciaciones de índole  alguna.   

“Propender,   por   tanto,   en   una  diferenciación  a  partir  de distinguir entre la reforma peyorativa que atenta  contra  el  principio  de  legalidad de la pena, y la que no lo hace, constituye  una interpretación odiosa.   

“Estas las razones por las cuales la Sala  reconsidera  su  postura  tradicional en torno a la prevalencia del principio de  legalidad  sobre  el  de reformatio in pejus, y resuelva dar plena aplicación a  este  último,  sin  consideración a la legalidad o ilegalidad de la decisión.  Por  eso  se  abstendrá en el presente caso de imponer a los procesados la pena  de multa que los juzgadores de instancia omitieron aplicar”.   

Son  estos  breves razonamientos los que me  obligan a separarme de la decisión mayoritaria.   

MAURO SOLARTE PORTILLA  

MAGISTRADO  

fecha ut supra.  

SALVAMENTO    DE  VOTO   

Con el respeto que siempre he profesado por  las  opiniones  y  el  criterio  ajenos,  procedo  a reiterar las razones que me  llevaron  a  separarme  de la decisión adoptada en la sentencia aprobada según  Acta  No.  051  de  fecha  junio 22 de 2005, fundamentalmente en cuanto allí se  regresa  al  criterio superado mediante decisiones de mayo 18 del año en curso,  a  través de las cuales mayoritariamente frente a la tensión que se presentaba  entre  el  principio de legalidad y la prohibición constitucional de la reforma  peyorativa,  en  el  caso de apelante único uno y otra de rango constitucional,  optó  por  dar  prevalencia  dentro  del  trámite de los procesos a la segunda  (prohibición)   sobre  el  primero (legalidad), cambiando así el criterio  que con anterioridad había permeado las decisiones judiciales.   

Como  no  podía  ser  de  otra manera, mi  disidencia  en esta oportunidad no puede tener sustento distinto al consignado a  través  de  las referidas decisiones, cuyos planteamientos fundamentales fueron  los siguientes.   

En sentencia del 18 de mayo de 2005 en el  radicado  22.323, con ponencia del Magistrado Alfredo Gómez Quintero se afirmó  que  con anterioridad a esta decisión “comprendía  la  Sala  en  forma  mayoritaria que irrogar una pena inexistente, pero también  dejar  de  aplicar  la  prevista por el legislador, o imponerla por exceso o por  defecto  sin  advertir  los  parámetros  legales, conllevaba indudablemente una  infracción  al  principio  de  legalidad  que el superior funcional de quien la  impuso,  la  omitió  o la fijó por fuera de los límites prefijados en la ley,  podía  y  debía  -oficiosamente-  corregir ajustando la sanción al precepto o  preceptos   que   con   antelación   a   la   comisión   de   la  ilicitud  la  preveían”.   

No  obstante, precisó que el incremento de  la  pena  impuesta a quien luego se convierte en apelante único con ocasión de  dar   prevalencia  al  principio  de  legalidad  sobre  el  de  la  non  reformatio  in  pejus, además de que  “constituye  un  evidente sorprendimiento, respecto  del  cual ningún reclamo medió ante el superior que conoce de la apelación; y  asimismo  que  emerge  como  un  factor de incompetencia predicable del ad quem,  sobre  todo  cuando  ese aspecto no ha sido materia de discusión en el recurso,  para  la  Sala  es claro -además- que una decisión en esa dirección por parte  del  superior  no  hace  más  que  reconocer  que  por  intermedio  de quien lo  representa  -que  no es otro distinto al juez inferior- el Estado ha cometido un  error,  siendo  palmario,  igualmente,  que  en  un  evento  tal  la carga de la  corrección  comporta  un  ingrediente  peyorativo  que  vendría  a  recaer con  exclusividad  en  hombros  del  condenado como único recurrente, quien -como se  insistirá-  jamás  aspiró  a  la  hora  de  impugnar  hallarse  frente  a una  respuesta   o   una   situación   más   grave   que  la  resuelta  en  primera  instancia”.   

         Igualmente   dijo   la   Sala  que  “la  prohibición  a  la  reformatio  in  pejus  se  nutre  de todos los ingredientes  propios  de  una  garantía  fundamental  y  que -en esa calidad- hace parte del  debido  proceso,  sin  que  su pleno reconocimiento deba ceder ante otro derecho  constitucional  como  el  de  legalidad, en la medida en que la preservación de  éste  trae  aparejados  sus  propios  mecanismos de garantía, como son -de una  parte-  los  medios  de impugnación y -de otra- plurales sujetos procesales por  cuya  actividad,  presencia  y  compromiso,  a  través  de  la  activación  de  aquéllos,   pueden   evitar   la   vulneración   de  la  mencionada  garantía  fundamental”.   

Y   adujo   sobre   el   particular  que  “al  adoptarse  por  nuestro legislador el sistema  penal  con tendencia acusatoria y separarse por ello las esenciales funciones de  acusación  y  juzgamiento,  radicando aquélla y la de investigación en cabeza  de  la Fiscalía, de modo que el juzgador pasó a ocupar su papel por naturaleza  de  imparcialidad  e  independencia  desprendiéndose por tanto de muchas de las  atribuciones  que le correspondían aún de oficio en el sistema inquisitivo que  venía  rigiendo,  es patente que al ente investigador no sólo por virtud de la  carga  de  la  prueba  que  la  ley  le  ha  deferido  (artículo 234 ídem), le  concierne  en  tanto  sujeto  procesal representar en la etapa de juzgamiento el  interés    del    Estado   por   sancionar   al   infractor   penal”.   

Por   tanto,   consideró  la  Sala  que  “cuando  una  sentencia  amenaza  o  infringe  el  ordenamiento  legal  en  desmedro  de  los intereses del Estado o de la sociedad  misma,  es  a  la  Fiscalía  o  al  Ministerio  Público  a  quienes  atañe la  restauración  del  régimen  legal  vulnerado  por  vía  del  ejercicio de los  correspondientes  medios  de impugnación, ordinarios o extraordinarios, sin que  le  sea  dable  al  juez  -a riesgo de derruir la estructura del sistema- asumir  oficiosamente   las   labores   que   sólo  a  aquellos  conciernen”.   

Por ello se concluyó que, “si  a  pesar  de la ilegalidad que pueda comportar un fallo, ni la  Fiscalía,  ni  el  Ministerio  Público  en  cuanto  defensor  del ‘orden  jurídico,  del  patrimonio  público    o   de   los   derechos   y   garantías   fundamentales’  (artículo 122 ibídem), acuden a  los  medios  previstos  por el ordenamiento para evitar dicho atentado, no puede  tal  omisión  sino significar su asentimiento con aquél y la renuncia a que el  Estado  examine  su  propia decisión, de manera que aún hipotéticamente en el  caso  de  que  ninguno  de  los sujetos procesales recurriere la sentencia del a  quo,  con  todas  las  falencias  que  pueda acusar ella haría tránsito a cosa  juzgada”.   

Ahora  bien,  igualmente  en la dirección  conceptual  de  hacer  prevalecer  el  principio  de  la prohibición de reforma  peyorativa   sobre   el   de   legalidad,   se   precisó   que  “el  principio  de no agravación o de no reforma en perjuicio, que  en   términos   idénticos  se  concibe  para  la  apelación  y  la  casación  (artículos  204 y 215 de la Ley 600 de 2.000), como la imposibilidad, cuando se  trate  de  sentencia condenatoria, de ‘agravar  la  pena  impuesta,  salvo  que  el Fiscal, el Ministerio  Público   o   la   parte   civil,   cuando   tuviere   interés,   la  hubieren  demandado’, implica que  cuando  aquél o éste sean formulados exclusivamente por el procesado condenado  o  su  defensor,  el  ad  quem, ni la Corte -respectivamente- podrán agravar la  situación  del  recurrente  aumentando  la  pena  impuesta  por  el  a quo o el  juzgador  de  segunda  instancia  según  se  trate  de  la alzada o del recurso  extraordinario”.   

Y   que   por   ello,   “la  situación del apelante único por tanto podrá mejorarse pero  jamás  hacerse  más  gravosa,  pues  es  apenas  obvio  y el artículo 206 del  Código  de  Procedimiento  Penal  prevé  como uno de los fines de la casación  (‘reparación  de  los  agravios   inferidos   a  las  partes’),  que  los  recursos se entienden interpuestos en aquello que de  la  providencia  recurrida  le  sea  desfavorable  al  impugnante.  Es  que  los recursos como medios procesales de defensa se proponen  no  para  que  al  recurrente  se  le  desfavorezca  sino  para controvertir los  fundamentos  en que se apoya la decisión en aras de que su situación jurídica  -si  no  consigue  que la medida judicial que lo afecta sea revocada- se vea por  lo  menos favorecida (negrilla y cursiva en el texto).   

Además,    porque    “no  resulta  en  consecuencia  lógico  en  ese  contexto  que  al  condenado  como apelante único que pretende su absolución o una más benéfica  situación,  le  sea  finalmente  agravada  cuando  evidentemente  ese no era su  objetivo   ni   ese   es   el  propósito  de  los  medios  de  impugnación  en  general”.   

        En  punto  del  alcance  del  artículo  20  de la Ley 906 de 2004,  puntualizó  la  Sala  que  “un sencillo análisis  comparativo  al  rompe  deja  al  descubierto que el reseñado dispositivo legal  (‘El superior no podrá  agravar       la       situación      del      apelante      único’)  trasciende  los  límites  de la  garantía  fundamental  reglada  por  el  inciso 2o del artículo 31 de la Carta  (‘El superior no podrá  agravar  la  pena  impuesta  cuando el condenado sea apelante único’),   sin  que a tal previsión  legislativa  se  le  puedan imputar efectos violadores del mencionado límite al  ius  puniendi,  dado  que  frente  al poder de configuración del legislador una  regulación   como  la  comentada  perfectamente  armoniza  o  articula  aquella  limitante  con  la  asignación  de  competencia  del ad quem, en este caso para  restringirla,  pero  siempre guiado o con atención a la filosofía propia de la  interposición  del  recurso,  al  cual  se  acude -como se dejó dicho- bajo el  ideal  de  mejoría, pero nunca con la aspiración de recibir una respuesta más  gravosa,   pues  de  así  ocurrir  -entre  cosas-  en  una  tal  situación  se  predicaría  ausencia  de  interés  para recurrir”.   

Más  adelante precisó que “la  novel  regulación  ha  concebido y estructurado un más amplio  mecanismo,  cuyos  alcances  buscan  servir  de  protección de las garantías e  intereses  del  apelante  a  través  de  la  fijación  de una limitación a la  competencia  de  la segunda instancia, lo que equivale a decir que al ad quem le  queda  restringida  o limitada su facultad de decisión en todo caso de apelante  único,  pudiendo  máximo  -dentro de una perspectiva de modificar en perjuicio  la  providencia  recurrida-  confirmar  el  pronunciamiento de primera  instancia,  manteniendo sí -obviamente- la capacidad para revocarla o morigerar  sus efectos”.   

A  manera  de  ejemplo señaló la Sala que  “con   la   nueva   regulación   normativa  (para  manejar algunas de muchas  hipótesis)  bien podrá un sindicado que es afectado con resolución acusatoria  por  homicidio  simple en  estado  de  ira  -así  calificado  por  el  a  quo-  acudir en apelación en la  búsqueda  de  una  favorable preclusión           con           la          absoluta          tranquilidad  que  en  el  peor  de los  casos  la  calificación será mantenida por la segunda instancia, como que para  ésta  resulta  imposible  desmejorar la situación procesal, no obstante contar  -en  ese  caso  y  en  virtud de las normas anteriores- con la competencia plena  para  aplicar  la  reformatio  in pejus. Frente al artículo 20 de la Ley 906 de  2004,   esa   eventual   agravación   es   un  imposible  jurídico”.   

De  lo  expuesto  también se concluyó que  “-en  cuanto  a la regulación de la prohibición a  la  reformatio  in  pejus-  la  nueva normatividad legal (art. 20 Ley 906/04) se  ofrece  indiscutiblemente  más generosa en su cobertura, no sólo en cuanto que  cobija   todas   las   providencias   apelables   sino   también  a  todos  los  intervinientes  en  la  actuación,  en  la medida en que ostenten la calidad de  apelantes  únicos, a diferencia de lo que ocurre con la aplicación escueta del  artículo  31  de  la  Carta o aún del que pareciera amplio artículo 204 de la  Ley  600/00.  De  esta  manera,  en  razón  a  ese vasto campo de acción puede  pregonarse  que  la  nueva  normatividad  es  más  favorable que la regulación  normativa de la mencionada Ley 600”.   

A  partir  de ello, entonces, estimó que  “el  principio  de  no agravación inhibe en casos  como  el  examinado  la  oficiosidad  de  la  Corte,  como que ella sólo sería  plausible  en  la  medida en que su propósito fuera el de mejorar la situación  del   procesado   en   tanto   se   trate   de   único   impugnante”.   

De  manera  similar, en Sentencia del mismo  día,  esto  es,  del  18  de  mayo  de  2005, radicado 22.150, con ponencia del  Magistrado  Mauro  Solarte  Portilla, en punto de la tensión entre el principio  de  legalidad y de non reformatio in pejus,  la  Sala  decidió  dar  prelación  a este último sobre aquél,  fundamentalmente con base en las siguientes consideraciones:   

“a).-  Cada  modelo  de  Estado  tiene  unos  valores  que  le dan sentido como organización  política.  Si  ello  es así, el modelo de derecho penal que corresponde a cada  modelo  de  Estado,  no puede ser ajeno a esa axiología. El Estado absolutista,  por  ejemplo,  tenía una estructura de valores en la que se imponía el Estado,  luego  la  sociedad, y por último el individuo. El Estado demoliberal, de clara  ascendencia  formalista, por su parte, trocó la escala e impuso en primer lugar  la  sociedad, luego el individuo y en tercer lugar al Estado; y en Estado social  de   derecho   al   individuo,   luego   a   la   sociedad   y  por  último  al  Estado”.   

“Al   haber  avanzado  hacia  una  organización política antropocéntrica que realza al ser  humano  como eje de la organización estatal, se replantea la manera de entender  y  de  concebir  la idea del derecho y la justicia como conceptos que incorporan  la  fuerza  vital  de  los derechos humanos. Por esa razón, el derecho penal de  estos  tiempos,  no  puede  ser  sino  un derecho limitado por la axiología del  Estado  y  la  dignidad  humana,  de  modo  que  las  tensiones que surgen en su  interior  deben  resolverse  en el contexto de los fundamentos que inspiran este  modelo  de  organización  social  y  política,  para  el  caso,  a  favor  del  individuo”.   

“b).-  Por  principio,  la  situación  del apelante único  puede   mejorarse   pero  no  agravarse.  Las  partes  apelan  para  mejorar  su  situación,  no  para  empeorarla;  solo en ese entendido los recursos adquieren  sentido.  Permitir,  por  tanto, que quien recurre en apelación o casación sea  sorprendido  con  una  decisión  más  gravosa  de  la  que pretendió mejorar,  constituye  un  claro desconocimiento de los principios y fines que gobiernan el  derecho   de   impugnación”   (subrayas  fuera  de  texto).   

“c).-  La  prohibición  de  la reforma en perjuicio es un tema vinculado con la noción de  competencia,  que  como  parte del debido proceso material implica que el único  juez  que  tiene  competencia plena es el de primera instancia; los demás (juez  de  apelación  y  de  casación),  tienen  una  competencia  condicionada. Esto  significa  que  el  primero  puede  decidir sin más limitaciones que las que le  imponen  la  naturaleza  del asunto y las garantías fundamentales, mientras que  los  últimos  sólo  pueden  pronunciarse sobre los aspectos que son materia de  impugnación”.   

“Cuando el juez  de  apelación  o  de  casación  decide  pronunciarse  por  fuera de los marcos  temáticos  fijados por el impugnante, para agravar su situación so pretexto de  salvaguardar  el  principio de legalidad, desborda el marco de su competencia, y  por   ende   su  decisión  termina  vulnerando  el  debido  proceso” (subrayas fuera de texto).   

“d).-   El  principio  de  legalidad,  tal  como  ha  venido  siendo  precisado por la Corte  Constitucional,  trae  aparejados  mecanismos  propios  de  protección, como el  control  por  parte del Ministerio Público y la Fiscalía, quienes están en el  deber  de  velar por su integridad, de suerte que, si por descuido o negligencia  de  los agentes estatales encargados de su salvaguarda, se presentan violaciones  al  mismo,  estos  errores  no pueden ser trasladados al procesado, para hacerlo  víctima de ellos”.   

“e).-   El  artículo  31 de la constitución nacional, al disponer que el superior no puede  agravar  la  pena impuesta al condenado cuando sea apelante único, no establece  diferenciaciones de índole alguna”.   

“Propender, por  tanto,   en  una  diferenciación  a  partir  de  distinguir  entre  la  reforma  peyorativa  que  atenta contra el principio de legalidad de la pena, y la que no  lo      hace,      constituye     una     interpretación     odiosa”.   

“Estas  las  razones  por las cuales la Sala reconsidera su postura tradicional en torno a la  prevalencia  del  principio  de  legalidad  sobre  el  de reformatio in pejus, y  resuelva  dar  plena  aplicación  a  este  último,  sin  consideración  a  la  legalidad  o  ilegalidad  de  la decisión. Por eso se abstendrá en el presente  caso  de  imponer  a  los  procesados  la  pena  de  multa que los juzgadores de  instancia omitieron aplicar”.   

         Así  las  cosas,  estimo  que  en  el  caso  de  la  especie  y  de  conformidad  con  las  anteriores  consideraciones  de  la  Sala,  no  resultaba  procedente    ajustar    la    pena    impuesta    al   procesado   LIBARDO  ENRIQUE PEÑATA LOZANO al mínimo  dispuesto  en  la  ley para el delito de homicidio, pues con ello se dio una vez  más   prelación  al  principio  de  legalidad  sobre  el  de  la  non  reformatio  in  pejus,  postura  que  precisamente   había  sido  recogida  mediante  las  decisiones  cuyos  apartes  fundamentales   vienen   de   incorporarse   y   con  la  cual  entonces  estuve  completamente    de   acuerdo,   y   ahora   reitero   como   sustento   de   mi  disidencia.   

Con toda atención,  

MARINA PULIDO DE BARON  

Magistrada  

Fecha    ut  supra.   

SALVAMENTO DE VOTO  

(Casación No. 14.464)  

He  salvado  el  voto  porque no estoy de  acuerdo  con  las  afirmaciones que se hacen ahora, a pocos días del bienvenido  cambio  que  había  operado  la  Corte.  Sobre  el amplio tema del principio de  prohibición  de la reformatio in peius, muchas  veces  he  expuesto  mi  pensamiento,  que hoy simplemente  reitero  y  resumo  diciendo  que  del  artículo 31 de la Carta emana la pureza  íntegra  de la prohibición; que no hay pugna entre los principios de legalidad  y  de  prohibición  de  la  reformatio  in  peius, pues este no es más que una  excepción  a  aquél; que la concreción  del  veto  al empeoramiento de la situación del condenado es de  mayor  trascendencia  que  la  abstracción  de  la legalidad del delito y de la  pena;  que tanto el axioma de la legalidad como el postulado de la no reforma en  peor  integran,  con  otros  derechos,  el  debido  proceso, es decir, la amplia  legalidad;    que    si   hubiera   –que  no  la  hay-  colisión  entre legalidad y prohibición de la  reformatio  in  peius, primaría ésta porque es derecho fundamental específico  y,  por tanto, inalienable; que en un Estado social y democrático de derecho lo  más  importante  es  el  hombre  y  sus derechos; que el principio de legalidad  nació  para  proteger  a  las  personas  sometidas  a  proceso  y  a  todos los  ciudadanos,  de  los  eventuales  abusos  del  poder  y, por tanto, no puede ser  utilizado en determinados casos en contra éstas; etc.    

Álvaro Orlando Pérez Pinzón  

22.7.2005  

ACLARACIÓN  DE  VOTO  

De manera respetuosa me permito plasmar el  motivo  de  mi  aclaración  de  voto sobre un punto muy concreto, pues estoy de  acuerdo con todos los aspectos contenidos en la providencia.   

En  efecto,  al  ser claro que en un Estado  social  democrático  de  derecho  impera  un  sistema  penal  de  garantías  y  protecciones  que  se  materializan  a  través  del debido proceso como máxima  expresión  del  principio  de  legalidad,  necesariamente se impone colegir que  este  principio,  el  de  legalidad, involucra un interés general que prevalece  sobre  el  derecho  particular  a  la  no  reforma  peyorativa,  toda vez que la  imposición  de  una  sanción  por debajo del límite mínimo, como sucedió en  este  caso,  en  manera  alguna  la  contempla  la  ley, situación que sin duda  transgrede  la legalidad de la pena, imponiéndose por ello el deber legal de su  corrección  por  parte  del  funcionario  competente,  así  ello  implique  el  desmejoramiento  de  la situación del procesado, pues lo contrario conllevaría  a  la  confirmación  de  una  decisión  injusta,  sin sustento legal y, por lo  mismo, constitutiva de una vía de hecho.   

Ahora bien, dentro de ese marco conceptual,  la  vía  de hecho cobra mayor relevancia cuando la sanción impuesta por debajo  del  límite  mínimo  contemplado  en  el  respectivo  tipo penal no cuenta con  ningún  apoyo  argumentativo o ninguna consideración jurídica que la sustente  y  la  justifique,  situación  que  con  mayor  razón  impone  el  deber de su  corrección  frente a los parámetros propios del acatamiento de la legalidad de  la   pena,   no  pudiéndose  constituir  la  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus  en impedimento que  permita  la  rectificación  del  yerro  dentro  del  ámbito  de  la legalidad.   

Ello fue lo que exactamente sucedió en este  asunto,  pues  el  Tribunal,  sin  explicación  ni motivación alguna, decidió  modificar  la  pena  impuesta  al  procesado fijándola en 24 años de prisión,  cuando  era  claro  que la normatividad vigente para ese entonces señalaba como  pena mínima para el delito de homicidio la de 25 años.   

Así,  casos  como  éste  no  pueden  ser  ignorados  por  el  juzgador de segunda instancia que conoce de la apelación ni  por  la  Corte  Suprema de Justicia en sede de casación bajo el argumento de la  preeminencia  de  la  prohibición  de  la reforma peyorativa, pues de ser así,  insisto,  implicaría  soslayar  el principio de legalidad de la pena, aceptando  lo  inaceptable,  como  es  el que se permita la imposición de una sanción sin  motivación  alguna  y  con total desconocimiento de la legalidad de la misma y,  de  paso,  la  aceptación  de una decisión injusta, contraria a los principios  constitucionales y constitutiva de una vía de hecho.    

Son   estos  breves  argumentos  los  que  sustentan mi aclaración de voto.   

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Magistrado  

Fecha, ut supra.  

    

1 ROA  MONCADA  PATRICIA.  El  principio  de  la  no reformatio in pejus y principio de  legalidad   en   materia  penal.  Once  años  de  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional  Colombiana.  Universidad  de  los  Andes,  Facultad  de Derecho.  Observatorio    de    justicia    constitucional.    Bogotá,    Legis,    2001,  pg.211.   

2  La  Constitución  Política  de  1991, empezó a regir el 7 de julio de 1991. Corte  Constitucional, Sentencia C-002 de 1999.   

3 Con  salvamento  parcial  de  voto de los Hs. magistrados Sigifredo Espinosa Pérez y  Herman  Galán  Castellanos;  y aclaración de voto de los H. magistrado Álvaro  Pérez Pinzón.   

4 Con  salvamento  de  voto  del H. magistrado Sigifredo Espinosa Pérez; y aclaración  de  voto  de  los  Hs.  Magistrados  Álvaro  Pérez  Pinzón  y  Yesid Ramírez  Bastidas.   

5 Los  anteriores  son  los  requisitos  de  validez  para el cambio de jurisprudencia,  propuestos  por  el  profesor  Diego  Eduardo  López  Medina, en su texto “El  Derecho   de   Los   Jueces”.   Bogotá,   Ediciones  Uniandes,  Legis,  2000.  Pg.133.   

6  RAMÍREZ  BASTIDAS,  Yesid.  Sistema  Acusatorio  Colombiano. Bogotá, Ediciones  Doctrina y Ley, 2005. “Reflexiones de un comisionado”.   

7  Salvamento   de  voto  del  H.  magistrado  Sigifredo  Espinosa  Pérez,  a  las  Sentencias   de  casación  del  18  de  mayo  de  2005,  radicaciones  22150  y  22323.   

8  Constitución Política de Colombia. Preámbulo.   

9 Cf.  Parejo  Alfonso,  Luciano.  CONSTITUCIÓN  Y VALORES DEL ORDENAMIENTO. Artículo  incluido  en  ESTUDIOS  SOBRE  LA  CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA. HOMENAJE AL PROFESOR  EDUARDO  GARCÍA  DE  ENTRERRÍA.  Tomo  I  págs  122  y  siguientes.  Ed.  Civitas,  Madrid  1991.  En  este  artículo,  el  autor  analiza las posiciones  doctrinales  de  Eduardo  García de Entrerría, Gregorio Peces Barba, A. Pérez  Luño, M. Aragón, L. Prieto Sanchiz, y Ronald Dworkin.   

10  Parejo  Alfonso,  Luciano.  CONSTITUCIÓN  Y VALORES DEL ORDENAMIENTO. Artículo  incluido  en  ESTUDIOS  SOBRE  LA  CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA. HOMENAJE AL PROFESOR  EDUARDO GARCÍA DE ENTRERRÍA. Tomo I págs 123   

11  Constitución Política, artículo 1°.   

12  No  está  por  demás  recordar  que la institución  jurídica   de  la  reformatio  in  pejus  tiene extirpe civilista y entre nosotros, sólo a partir de 1972,  gracias  a  jurisprudencia  de  esta  Sala  hizo  su  ingreso  al proceso penal.  (Sentencia  del 27 de noviembre de 1972; M.P. Dr. Mario Alario Di Filipo; Gaceta  Judicial, Tomo 143, pg. 461)   

13  Para  el  H. Magistrado Yesid Ramírez Bastidas la prevalencia no debe platearse  entre  el  principio  de legalidad y el principio de no reforma peyorativa, sino  con   el  debido  proceso  público:  “En  fin:  no  comparto  el  dilema  simplista  de  o  principio de legalidad o principio de no  reforma  peyorativa,  pues  el  verdadero  principio-derecho  fundamental que en  estos  casos  debe  primar  es  el  del debido proceso  público  (art.  29  Const. Pol.) que comprende a los  dos  subprincipios  enunciados, como lo demandan principios hermenéuticos   tan  caros  al  juez  constitucional  como   los  cuasi  idénticos  de  la  ponderación  y  de la racionalidad.” Aclaración de  voto a la Sentencia del 18 de mayo de 2005, radicación 22323.     

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