14167(01-08-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 14167  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No. 87  

          Bogotá, D.C., primero de agosto de dos mil dos.   

VISTOS  

             

Revisa  la  Corte  en  sede  de casación la  sentencia  de  segundo  grado  del  4  de  septiembre  de 1997, proferida por el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  por  medio  de  la  cual se confirmó el fallo  dictado  por  el  Juzgado  Sesenta  y Uno Penal del Circuito de la misma ciudad,  condenando  al  procesado  JOSÉ UBÍN LINARES MAHECHA  a la pena principal de 40 años de prisión como autor  responsable del delito de homicidio agravado.   

HECHOS   Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

         

Hacia  las  cinco  de  la  tarde  del  11 de  diciembre  de  1995,  los  esposos  Carlos  Mauricio  Rodríguez y Bertha Lucía  Concha  Escobar  se disponían a abordar un vehículo de servicio público en la  Avenida  Caracas  con  calle  22 sur de Bogotá, automotor en el que pretendían  transportar  algunos materiales para la actividad de marquetería artesanal a la  que  se dedicaban, cuando al mismo sitio arribó el vehículo, también taxi, de  placas  SFR  633  conducido  por  JOSÉ  UBÍN  LINARES  MAHECHA,  quien  al ver  interrumpida  su  vía por el primer automotor comenzó a pitar insistentemente,   

          Carlos  Mauricio  Rodríguez  ocupado en cargar los materiales   mientras  su  esposa  vigilaba  los  demás  que  permanecían en la acera de la  avenida  le  protestó al taxista, pero aquél persistió en la utilización del  altisonante  mecanismo  de  su  vehículo  por  lo  que  la  dama se unió a las  protestas  de  su  esposo.  Entonces  fue  cuando LINARES MAHECHA descendió del  automotor  y  se dirigió hacia la mujer en actitud agresiva, por lo cual Carlos  Mauricio  se  interpuso  entre  los  dos  y  como  aquél  levantó  los brazos,  Rodríguez  se cubrió el rostro y se inclinó escuchando una fuerte detonación  proveniente  del  arma  que  percutió JOSE UBÍN, quien presuroso regresó a su  vehículo alejándose del lugar.   

          Sólo  después  de  unos instantes Carlos Mauricio advirtió que su  pareja  yacía  herida  en el piso por lo que comenzó a solicitar auxilio y con  la  colaboración de otro rodante condujo a su señora al Hospital del barrio El  Tunal, a donde infortunadamente llegó sin vida.   

   

Formalmente  abierta  la instrucción por la  Fiscalía  64 Delegada de la Unidad Quinta Especializada de Vida, se escuchó en  indagatoria   al   procesado   JOSÉ   UBÍN  LINARES  MAHECHA,  contra  quien  se  había  librado  orden de  captura,  y  se  resolvió su situación jurídica con detención preventiva sin  derecho a excarcelación por el delito de homicidio agravado.   

Perfeccionada    en    lo   posible   la  investigación,  el  instructor  procedió a su cierre, decisión contra la cual  el  defensor  interpuso  recurso  de  reposición  y  deprecó  el  trámite del  artículo   37   A   del   Código  de  Procedimiento  Penal  entonces  vigente,  pretensiones  que  fueron  resueltas  en  forma  negativa  el 9 de mayo de 1996.  Mediante  resolución  del  30  siguiente, la Fiscalía calificó el mérito del  sumario  acusando  formalmente  al procesado por el delito de homicidio agravado  por  la circunstancia tipificada en el numeral 4º del artículo 324 del Código  Penal de 1980 modificado por el artículo 30 de la ley 40 de 1993.   

         

          Ejecutoriada  la  acusación,  el  Juzgado  Sesenta  y Uno Penal del  Circuito  de  Bogotá  avocó  conocimiento de la causa y corrió traslado a los  sujetos  procesales  conforme  a  lo  normado  en  el artículo 446 del anterior  estatuto  procesal  penal,  término  dentro  del  cual  la defensa solicitó la  declaratoria  de nulidad de todo lo actuado a partir inclusive de la clausura de  la  investigación,  por  no  haberse  dado curso a su petición de terminación  anticipada  del  proceso  en  los  términos  del  artículo  37  A idem,  pretensión  que fue negada en auto  del 12 de agosto de 1996.   

Después   de  varios  intentos  fallidos,  finalmente   se  realizó  la  audiencia  pública  de  juzgamiento  y  mediante  sentencia  del  29  de mayo de 1997 se condenó al procesado a la pena principal  de  40  años  de  prisión por el delito en relación con el cual se le acusó,  decisión  que  impugnada  revisó  y  confirmó  en  su  integridad el Tribunal  Superior de Bogotá el 4 de septiembre de 1997.   

LA  DEMANDA  DE CASACIÓN   

          Un  único  cargo al amparo de la causal tercera formula el defensor  contra  la  sentencia impugnada en tanto considera que la misma fue proferida en  un  juicio viciado de nulidad por violación a las garantías de debido proceso,  igualdad  y  derecho  de  defensa del procesado JOSÉ UBÍN LINARES MAHECHA, por  diferentes motivos que sustenta así:   

          1.   “La  sistemática  negativa  a  apreciar  cualquier  aspecto  que pudiera disminuir el juicio de reproche, y, en  consecuencia,  el  monto  de  la  pena  a  imponer a Linares Mahecha”.   

En   orden  a  la  comprobación  de  esta  aseveración,   destaca   el  demandante  que  el  funcionario  de  instrucción  “dilató   la  entrega  y  sometimiento”  de  su  defendido,  circunstancia  que reportó “el  desmejoramiento de las condiciones que la ley ofrece a cualquier  persona que cometa un delito y se someta a la justicia”.   

Tal  hecho,  agrega,  fue  el  inicio de una  cadena  de  decisiones  y  actuaciones de la Fiscalía, el Juzgado y el Tribunal  que   llevaron  a  una  condena  desmesurada  en  su  duración  contra  LINARES  MAHECHA.   

Considera  errada  la apreciación que en su  momento  hicieron  los  falladores  de instancia en torno de los mecanismos para  “someterse  a la justicia, confesar y obtener rebaja  de  pena”, en tanto consideraron que la operancia de  estos   institutos   sólo   era   viable  en  los  casos  de  duda  probatoria,  interpretación    que    desdice    del   “mandato  constitucional  y  legal  conforme  al  cual  en  estos  eventos  se  impone  la  absolución del procesado”.     

         

Advierte     que    el    a-quo   puso   a   decir  “al  art.  37 A del C. de P.P. una cosa que no dice: que la audiencia  especial  procede para los casos de duda probatoria”,  cuando   lo  que  procede  “en  los  casos  de  duda  probatoria  es  la  absolución  del procesado”. Así  transcribe  la  norma  en  comento  para  manifestar que la referencia a la duda  probatoria  que  se  hace  en  el inciso 1º del citado artículo 37 A (anterior  Código  de Procedimiento Penal) ha de entenderse referida a los comportamientos  respecto  de  los  que  procedería  la  preclusión,  toda  vez que esta figura  “está   diseñada,   precisamente,   para  que  el  procesado  confiese  los  delitos  por  los  que  está  siendo  investigado. La  audiencia   especial   se   debe   referir,  necesariamente,  a  la  aceptación  (confesión)  de  unos  hechos delictivos respecto de los cuales, obviamente, no  existe   duda   probatoria,  justamente,  porque  la  confesión  desvirtúa  la  presunción de inocencia”     

Con  la  irregular  lectura  que de la norma  hicieron  los  falladores,  se  vulneraron los derechos fundamentales del debido  proceso  e  igualdad  del aquí procesado, pues en otros casos la misma Sala del  Tribunal  aceptó  la  celebración  de  la  audiencia  solicitada  antes  de la  ejecutoria del cierre de la investigación.   

Insiste   en   que  el  predicado  “duda  probatoria”       se       refiere       al       sujeto       “preclusión”,   pues   mal  podría  el  legislador  haber  ideado una institución que tiene como finalidad concretar la  calificación  jurídica de la conducta, el grado de participación, la forma de  culpabilidad,  las circunstancias del delito, la pena y la condena de ejecución  condicional,     en    los    casos    de    “duda  probatoria”.   

De  otro  lado,  agrega, la confesión no es  plena  prueba  en  nuestro sistema legal y por lo tanto la misma no puede servir  en  forma  aislada  para  proferir  la  sentencia  condenatoria, “cuyos   aspectos   se   concretan   en   la  audiencia  especial”.  La   preclusión   a   que   se   refiere  la  norma,  “tiene    que   ver   con   la   preclusión   por  comportamientos  por  delitos  menores  a  los que se aceptan, aquí sí, cuando  exista   duda   probatoria   sobre  su  ocurrencia”.   

A renglón seguido, muestra su inconformismo  por  la  forma “irregular”  como  fue  desplazado  el  defensor  de  confianza  por  el  nombramiento de uno  ex  oficio para la diligencia  de  audiencia  pública,  cuando existía de por medio una excusa médica que no  ha  sido  contradicha  en  ninguna  forma.  Cita  los  planteamientos de algunos  doctrinantes   nacionales   para  aseverar,  a  partir  de  esa  glosa,  que  la  circunstancia  denotada es irregular, con trascendencia suficiente, y violatoria  de  los  artículos  13  y  29 de la Carta Política, así como del 1º y 20 del  anterior Código de Procedimiento Penal.   

2. “Violación del  derecho  de  defensa  por la negativa a practicar pruebas que podrían variar la  calificación jurídica de la conducta del sindicado”.   

En  desarrollo  de  esta  segunda  premisa  asevera  que  desde  los  albores del sumario solicitó que se  indagara  sobre  la identidad y localización del conductor del vehículo que se  aprestaba  a tomar la víctima y su esposo, porque su testimonio era fundamental  para  establecer  la posibilidad de que “el  deceso  de  la señora Bertha Lucía Concha Escobar hubiera sido  consecuencia  de  una  riña imprevista o se hubiera ejecutado en estado de ira,  causado por comportamiento ajeno, grave e injusto”.   

          Con  esta  prueba  lo que pretendía demostrar es que se estaba ante  un  delito de homicidio simple y atenuado “y no de un  asesinato,  como  lo  hizo la fiscalía con el antijurídico recurso de negar la  práctica     de     unas     pruebas    a    todas    luces    pertinentes    y  conducentes”.   

         

          Cuestiona  el  que  se hubiese considerado como argumento para la no  práctica  de  esta  prueba, la dificultad para encontrar al referido conductor,  pues   esta   era   una   obligación   del  Estado,  quien  para  esos  efectos  “cuenta   con   los  organismos  de  investigación  competentes  para realizar todos los esfuerzos posibles a fin de averiguar todas  las  circunstancias  de  tiempo,  modo  y  lugar  en que ocurrió el delito para  asignarle una correcta calificación jurídica”   

Agrega que aun cuando es  consciente  que el trabajo propuesto a la fiscalía no era sencillo, tampoco era  imposible  “pues se trataba  de   establecer   dentro  del  gremio  de  los  denominados  ‘taxistas’  de Bogotá  quien     de     ellos     había    presenciado    el    homicidio    que    se  investigaba”, búsqueda que  se  habría limitado con la descripción que de este personaje hizo el procesado  como   una   persona   “de  contextura    gruesa    y    con   algunas   canas   en   su   cabello”.    

Además,  la  fiscalía  habría  podido  practicar  una  inspección  judicial en el lugar de los hechos  para  establecer  “si allí  existe  una de las llamadas ventas estacionarias o ambulantes, esto es, personas  que  permanecen  en un mismo sitio de la ciudad durante todo el día y averiguar  si alguna de ellas fue testigo del incidente”.   

          Concluye  la  censura  afirmando que de acuerdo con la Constitución  Política  y  las  normas  procesales,  la Fiscalía estaba en la obligación de  averiguar   tanto   “la   responsabilidad  como  la  inocencia  del acusado”, así como las circunstancias  “que   agraven   o   aquellas   que   atenúen   su  responsabilidad   penal”.  La  violación  de  este  principio  “genera la vulneración del debido proceso  con  detrimento  cierto  del derecho de defensa y, por tanto, debe decretarse la  nulidad que estamos solicitando”.   

CONCEPTO  DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

         

El  Procurador  Segundo Delegado en lo Penal  encuentra  que  la  fundamentación  del  cargo  no  se  ajusta debidamente a la  técnica  que regula el recurso extraordinario, lo que frustra las posibilidades  de éxito de su pretensión casacional.   

          Así,  destaca en primer lugar que cuando se pretende la denuncia de  infracciones  a  la  garantía  del  debido  proceso  se impone demostrar que la  estructura  lógica  de  los  ciclos de investigación o juzgamiento se ve en un  todo  resquebrajada  a  consecuencia  de  la  estructuración de irregularidades  sustanciales  que se reportan transcendentes en detrimento de las garantías del  imputado.   

          La  primera  circunstancia  denotada por el recurrente, en relación  con  la  supuesta  dilación en la entrega de su defendido, no constituye evento  atentatorio  del  postulado del debido proceso, pues el rito de la actuación no  se  ve  afectada  con tal procedimiento, máxime cuando la vinculación procesal  del    implicado    obedeció    a   los   presupuestos   legales   para   dicho  trámite.   

          Sobre  el  segundo  motivo de inconformidad, destaca que a partir de  la  redacción  del  artículo 37 A del anterior Código de Procedimiento Penal,  se  colige  que  la  diligencia  de audiencia especial sólo procede en aquellos  ciclos  de  investigación en los que se presenten hipótesis de duda probatoria  referida  a  todos  y cada uno de los aspectos aludidos en la misma norma, pues,  de  no  ser  así,  no  tendría  razón de ser el instituto, porque sólo en la  medida  en  que  la  instrucción se vea inmersa en extremos de duda, la actitud  transaccional  del procesado puede redundar en la tramitación de la diligencia,  con las proyecciones de reducción punitiva en su favor.   

          De  allí, agrega, aunque el trámite de la audiencia especial puede  ser  deprecado  por  el procesado o su defensor, no se reporta obligante para el  fiscal,  quien  puede  optar por su realización, atendiendo a las hipótesis de  duda  probatoria  que  para el momento se presenten respecto de los factores que  han   de  ser  objeto  de  la  imputación,  o  por  su  rechazo,  cuando  dicha  circunstancia  no  se  presenta,  como  se  deduce del parágrafo 2º del citado  precepto  cuando  señala  que  “el fiscal no estará  obligado   a  concurrir  a  la  audiencia  cuando  advierta  que  existe  prueba  suficiente  en  relación  con  los  aspectos  sobre  los cuales puede versar el  acuerdo”,  caso  en el cual tan sólo le es dable al  procesado  acudir al otro mecanismo de terminación anticipada del proceso, esto  es,  al  contenido  en  el  artículo  37  del  estatuto  procesal  vigente a la  sazón.   

          Por  consiguiente,  en  el  acto  de  denegación  de  la  audiencia  especial  solicitada  por  el  defensor, en modo alguno se vulneró la garantía  del debido proceso.     

          Frente  a  la alegada violación simultánea del debido proceso y el  derecho      de      defensa      como     resultado     del     “irregular”  reemplazo  del  defensor  de  confianza  por  uno  designado  de  oficio  para  los  efectos  de  la audiencia  pública,  ningún  esfuerzo  de  comprobación  obra  en  la demanda en aras de  constatar  la  efectiva  configuración del yerro de procedimiento que se alega,  con  lo  que  el  reproche  se ve en un todo desprovisto del necesario ejercicio  demostrativo que debe respaldarlo.   

          Para  el Procurador el hecho de que se hubiese designado un defensor  de  oficio para que asistiera al procesado en el curso de la audiencia pública,  en  modo  alguno  puede  proyectarse  a  la  categoría  de irregularidad que le  imprime  el  recurrente,  porque  tal actitud del a quo  obedeció  a  la  reiterada  renuencia del defensor de  confianza  para  comparecer  a dicho acto, actitud que no podía prohijarse como  válida cortapisa para la celebración de tan imprescindible rito.   

          Finalmente,  el  yerro  sustentado  en el pretendido desconocimiento  del  postulado  de investigación integral, carece de la debida comprobación de  la  trascendencia,  pues  aunque  el  libelista  identifica los medios de prueba  respecto  de  los  que  acusa su no práctica, no demostró la incidencia de tal  pretermisión.   

          Así las cosas, teniendo en cuenta que el  censor  ni  siquiera hace un formal requerimiento en punto de la declaratoria de  nulidad,  en  tanto  no  identifica  la  oportunidad procesal a partir de la que  pretende  un  tal  pronunciamiento,  la  censura  no  está llamada a prosperar,  razón por la cual solicita la desestimación del cargo.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

Antes de acometer el estudio por separado de  cada  una  de las irregularidades planteadas por el casacionista como fundamento  de  la censura de que la sentencia del Tribunal de Bogotá fue dictada dentro de  un  proceso  viciado  de nulidad, la Corte no puede dejar pasar desapercibida la  falencia  adversa a la esperada lógica en el planteamiento de la demanda, en la  medida  en  que  indiscriminadamente  invoca,  en  el  primer  punto  del cargo,  diferentes   irritualidades   que   a   juicio   del   casacionista  constituyen  independientemente razones de nulidad.   

Esta informal manera de alegar resulta ayuna  de  los postulados de claridad y precisión propios de la casación, pues si las  irregularidades  argüidas  eran diferentes, en aras del principio de autonomía  de  los  cargos  lo  menos  que  se  podía  esperar  del impugnante era que las  diferentes  censuras  se  ofrecieran  separadamente,  indicando  como es obvio a  partir  de  cuál  momento  cada  irregularidad  estaba  llamada  a invalidar el  trámite,   priorizando  el  orden  en  que  la  Corte debería estudiarlas  según  el  mayor  alcance  invalidatorio,  aspecto  sobre el cual, como bien lo  señaló la Delegada, nada propone el censor.   

Pero no sólo por estos defectos de forma la  demanda  deviene  impróspera,  porque  tampoco  en  el  aspecto material de los  reparos tiene razón el censor, como pasa a señalarse:   

         

          Nulidad   por   haberse   dilatado   los  mecanismos  de  entrega  y  sometimiento    a    la    justicia    del   procesado   JOSÉ   UBÍN   LINARES  MAHECHA   

          El  cargo  se concreta a señalar que con fecha 30 de enero de 1996,  se  presentó  ante  el Fiscal instructor un memorial suscrito por el procesado,  ofreciendo  su  entrega  y  sometimiento a la justicia, petición que se habría  podido  resolver  desde  el 8 de febrero siguiente, pero antes de que este hecho  se    produjera,   JOSE   UBÍN   fue   capturado   por   las   autoridades   de  policía.   

          Un   tal   planteamiento   no  tiene  prosperidad  alguna,  pues  no  especifica  el  censor  de  qué  forma  la  captura  del  procesado,  antes  de  concretarse  su entrega, haya afectado la estructura básica del proceso y menos  se  demuestra  la  ocurrencia  de  una  eventual  contrariedad  formal  con  las  disposiciones   aplicables,   que   ni   siquiera   se   mencionan,  razón  que  irremediablemente  lleva,  por  falta  de  sustento,  a  la desestimación de la  censura,  sin  que  sobre  recordar  que la nulidad, como instrumento procesal o  sanción  máxima establecida legalmente para garantizar el debido proceso no es  un   fin  en  sí  misma,  lo  cual  significa  que  sólo  las  irregularidades  sustanciales  que  lo afecten, según lo expresaba el artículo 304 del anterior  Código  de  Procedimiento  Penal  (hoy  306  de  la ley 600 de 2000), tienen la  virtud de conducir a la invalidez de la actuación.   

          Nulidad   por   omisión   al   trámite   de   la   “audiencia especial”   

Estima  la  demandante  que la sentencia del  Tribunal  fue dictada en un juicio viciado de nulidad por no haberse atendido la  solicitud   de   terminación   anticipada   del  proceso  por  la  vía  de  la  “audiencia   especial”  conforme  a  las  previsiones  del  artículo  37  A  del  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal,  elevada  antes  del cierre de investigación por el mismo  defensor del procesado.   

Para determinar si el error en realidad tuvo  ocurrencia,  la  Sala  hará una síntesis del trámite surtido en torno a dicha  solicitud:   

          La  Fiscalía  64 Delegada decidió la situación jurídica de JOSÉ  UBÍN  LINARES MAHECHA mediante resolución del 16 de febrero de 1996, y en auto  del  22 de abril siguiente dispuso el cierre de la investigación, decisión que  se  notificó  personalmente  al  procesado  y  al  Ministerio  Público  y  por  anotación  en  estado  el 29 de los mismos. El 2 de mayo, cuando aún no había  surtido  el término de ejecutoria, se radicó memorial suscrito por el defensor  del   procesado,   solicitando   la   reposición   del  cierre  “a  fin  de  que  se  fije  fecha  para  que tenga lugar la audiencia  especial   de   que   trata   el  artículo  37  A  del  C.P.P.”  (fl. 184).   

          Mediante  providencia  del  9 de mayo de 1996, la Fiscalía niega la  reposición    deprecada    señalando    que   la   petición   “resulta  extemporánea  para el momento procesal por el que transita  la  actuación”, al entender que ella sólo es viable  “hasta  cuando  no  se  ha producido el cierre de la  investigación,     sin     necesidad     que    esta    providencia    adquiera  firmeza”.   

          Ya  en la etapa del juicio, dentro del trámite del entonces vigente  artículo  446  del  decreto  2700  de 1991, el defensor solicitó nulidad de la  actuación,  entre otras razones, por haberse negado el trámite de la audiencia  especial  solicitado  antes  de  la  ejecutoria del cierre de la investigación.  Esta  petición  fue despachada desfavorablemente en la providencia de agosto 12  de  1996,  en  la  cual el Juzgado de conocimiento no sólo avala los argumentos  que  en  su  oportunidad  expuso  la  Fiscalía, sino que además señala que la  diligencia   no   era  procedente  por  cuanto  no  se  estaba  en  un  caso  de  “duda probatoria”, ya que  el  procesado había aceptado su responsabilidad, la cual tenía respaldo en los  diferentes medios de prueba allegados.   

          Antes  de entrar a responder el reclamo del demandante, es necesario  recordar  la  posición  de la Corte frente a la naturaleza de los institutos de  la  terminación anticipada del proceso, especialmente del beneficio que para la  época  de este juicio consagraba el artículo 37 A del Código de Procedimiento  Penal  vigente  a  la  sazón,  y  sobre  las consecuencias que la omisión a su  trámite  puede acarrear cuando la petición ha sido elevada en debida forma por  el  interesado.  Así, en el fallo de 31 de enero del año en curso, radicación  11142, con ponencia de quien aquí cumple igual función, se dijo:   

“Entre  las instituciones de la sentencia  anticipada  y  la  audiencia  especial  hay  ostensibles diferencias que inciden  frente   a   la   eventual   nulidad  que  puede  acarrear  la  omisión  de  su  trámite.   

“En  efecto, a la sentencia condenatoria,  previa  audiencia  especial,  se  llegaba en virtud de un acuerdo transaccional,  cuando   existía  “duda  probatoria”  sobre  alguno  o  algunos  de  los  aspectos  a que se refiere el  artículo  37  A  del  anterior  estatuto  procesal,  esto  es  frente  a  “la  adecuación  típica,  el grado de participación, la forma de culpabilidad, las  circunstancias  del  delito,  la pena y la condena de ejecución condicional, la  preclusión     por     otros     comportamientos     sancionados    con    pena  menor”.   

“En   cambio,   a    la  sentencia  anticipada  se  arribaba  y  se  arriba  según  la  previsión  contenida en el  artículo  40  del  nuevo  Código  de  Procedimiento  Penal, no en virtud de un  consenso,  sino  porque  el  procesado,  motu proprio, acepta la responsabilidad  penal   respecto   de   los   cargos   formulados   sin   condicionamientos   ni  controversia.   

“Tal  era  la  razón  por  la cual en la  terminación  anticipada  del  proceso por el trámite de la audiencia especial,  se  convocaba  previamente  a debatir los puntos que proponían el procesado (ó  su  defensor),  o  el  fiscal,  y  con relación a los cuales se consideraba que  existía  duda  probatoria.  Así,  una  vez  presentados los cargos por el ente  acusador,  se  entraba  a  debatir   tales  aspectos,  de  manera que si se  llegaba  a un acuerdo, el cual debía constar en un acta, el proceso se remitía  al  juez  del  conocimiento,  quien  entonces  debía  dictar la sentencia “de  conformidad  con lo acordado si encuentra el acuerdo ajustado a la ley y siempre  que no se hayan violado derechos fundamentales del procesado”.   

“De  acuerdo  con  lo  anterior,  si  el  instituto  procesal  de  la  audiencia  especial  se  fundamentaba  en  la  duda  probatoria,  dicha  razón explica que la ley facultara al fiscal para negarse a  citar  a  la  diligencia  cuando  consideraba que aquélla no existía y, por lo  tanto,  que  no había nada que debatir, como se desprende de lo estatuido en el  primer  inciso del derogado artículo 37 A en comento y en su parágrafo 2°, al  tenor  de  los  cuales  el  citado  funcionario  judicial  no  estaba obligado a  concurrir  a  la  audiencia  “cuando  advierta que existe prueba suficiente en  relación    con    los    aspectos   sobre   los   cuales   pueda   versar   el  acuerdo”.   

“Con   base   en   tales  presupuestos,  estableció  la  Sala  en  la  ya  citada  sentencia  de febrero 15 de 2000, una  fundamental  diferencia  entre  estas  dos formas de terminación anticipada del  proceso,  en  cuanto  a  las  consecuencias  de su no verificación: “Si no se  cumple  el  trámite  de  la  sentencia anticipada, legalmente solicitado por el  procesado,  habrá  nulidad  por  quebrantamiento  de  la  garantía  del debido  proceso.  En  cambio, si no se sigue el trámite de la audiencia especial porque  el  fiscal  considera  que  no hay duda probatoria y, en consecuencia, que no se  requiere  ninguna  audiencia  para  polemizarla y procurar un acuerdo, no habrá  nulidad”   

          En  el presente caso, aunque la negativa al trámite de la audiencia  especial  se  sustentó  en  su extemporaneidad al entender el Fiscal instructor  que  la  oportunidad  había fenecido con el proferimiento del auto que decretó  el  cierre de la investigación, lo cual vendría a entrar en contradicción con  lo  que posteriormente, a partir del fallo del abril 16 de 1998 sostuvo la Sala,  en  el  sentido de que la oportunidad para la aplicación de lo dispuesto en los  artículos  37  y 37 A del derogado Código de Procedimiento Penal se proyectaba  hasta  la  ejecutoria  de  la  resolución  del  cierre de la investigación, se  encuentra  sin  embargo  que  dicha  interpretación resulta irrelevante pues la  misma  fue  suplida  al negarse la reposición del auto que declaró la clausura  de  la investigación, toda vez que con esta determinación claramente el Fiscal  daba  a  entender  que  para él nada había que discutir, pues no existía duda  probatoria  que justificara la celebración de la audiencia y que, por lo tanto,  el  proceso  debía continuar su curso normal, al tenor de la facultad conferida  por    el   inciso   1°   y   el   parágrafo   2°   del   artículo   37   A,  comentado.   

Por    consiguiente,    el    cargo   no  prospera.   

Nulidad por el “irregular” reemplazo del  defensor   de   confianza   por   uno   de  oficio  para  evacuar  la  audiencia  pública   

          El  reproche  se formula sin ningún tipo  de  desarrollo  conceptual, toda vez que dicha situación se presentó en razón  a  que  era  evidente  la  actitud dilatoria del defensor de confianza, quien no  obstante  las  múltiples  fechas  que  se señalaron para la realización de la  audiencia  pública,  tal  como  consta  a  los  folios  336, 353, 377 y 385, no  cumplió  con el deber de comparecer para asistir a su prohijado, lo que motivó  la  designación  de una defensora de oficio en aras de garantizar el derecho de  defensa  y  con  el  fin  de obtener una pronta y debida justicia, por lo que se  puede  decir  que  el reemplazo que en tales condiciones se efectuó  no constituye irregularidad alguna que amerite la declaratoria de  nulidad.   Sobre  esta  temática  la  Sala  se  pronunció  en  los  siguientes  términos:   

         “Independientemente  de  tales  yerros  técnicos,  tampoco  le  asiste razón al recurrente, pues si bien es cierto que  la  Sala  acepta que se debe preferir el defensor de confianza al de oficio, que  debe  ser  la excepción, para una mejor garantía de tal derecho fundamental en  un  Estado  Social  y  democrático  de derecho, también lo es que si citado el  abogado  nombrado por el procesado, es renuente a comparecer, la administración  de  Justicia  que  no  puede  someterse  a  dilaciones  injustificadas,  no debe  permitir  a  los  sujetos  procesales  que  acudan a maniobras dilatorias que no  sólo  afectan  el  derecho  del  acusado  a  que  se  le  juzgue en un término  prudencial,  sino  también  el de la víctima, que en un sistema constitucional  que  reconoce  que todas las personas gozarán de igual protección por parte de  las  autoridades,  tiene,  de  igual  manera,  derecho  a  una justicia pronta y  eficaz”.(Casación  del  1º  de  octubre de 1996, Magistrado Ponente Jorge E.  Córdoba Poveda).   

                 Como  con  acierto  lo  destaca  el Procurador, la prerrogativa que  tiene  el  procesado de contar con un defensor de confianza que lo represente en  el  curso  de  la  actuación,  en  medida  alguna puede supeditar al aparato de  justicia  para  que  se  abstenga de actuar hasta que la libérrima voluntad del  defensor  permita  el  adelantamiento  del  trámite, pues la imperiosidad de su  pronto   decurso  de  igual  forma  opera  respecto  de  los  restantes  sujetos  procesales,  a  quienes  tal  y  como  se  predica  frente  al  imputado, se les  garantiza  una  rápida  administración  de  justicia, de donde en esa tarea no  pueden aceptarse dilaciones injustificadas.   

Ninguna  violación  a  los  postulados  del  debido  proceso  y  el  derecho  de  defensa  puede admitirse en la designación  oficiosa  de  un  defensor  para el acto de la audiencia pública, toda vez que,  ante   la   renuencia  probada  del  defensor  de  confianza,  no  quedaba  otra  alternativa al a-quo.   

En    consecuencia,   no   prospera   el  cargo.   

Nulidad  por  violación  del  principio  de  investigación integral   

Pregona   el  casacionista  la  violación al derecho de defensa originada en la transgresión  del  postulado  de  la  investigación  integral,  por no haberse identificado y  localizado  al conductor del automotor de servicio público que era abordado por  la  víctima  y  su  esposo  para  el  momento  de  los hechos y, por no haberse  realizado  una  diligencia de inspección judicial al lugar  a  efecto  de  determinar  la  eventual  presencia  de vendedores en el sector que hubiesen  podido declarar acerca de lo sucedido.   

De   acuerdo   con   dicho  principio,  el  funcionario  judicial tiene la obligación de investigar tanto lo favorable como  lo  desfavorable a los intereses del sindicado y de las demás partes, según lo  dispuesto  por  los artículos 250, inciso final, de la Constitución Política,  y  249  y  333  del  Código  de  Procedimiento  Penal  vigente a la sazón (hoy  artículos  234  y  20  de  la  ley 600 de 2000), y su conculcación tiene lugar  cuando  se dejan sin verificar las citas lógicas y racionales de las que pueden  resultar  pruebas  no  superfluas,  pertinentes y conducentes, que eventualmente  demostrarían,   para   el   caso  del  procesado,  ausencia  o  atenuación  de  responsabilidad.   

Pero como también lo ha reconocido la Sala,  no   puede   existir  el  deber  de  comprobar  aquellas  referencias  etéreas,  imprecisas,  fantasiosas,  o indeterminadas, y tampoco es suficiente para alegar  su  conculcación  las manifestaciones en abstracto de que dejó de investigarse  determinado   aspecto,   sino  que  es  indispensable  especificar  las  pruebas  concretas  que  lo  demostrarían  y  su  trascendencia, o sea, que llevarían a  variar el sentido del fallo.   

          Sobre  este  último  aspecto,  el  atinente  a la trascendencia, en  fallo  del  22  de  junio  de  1999  con  ponencia  de  quien aquí cumple igual  cometido, se dijo que:   

“(…) por definición descarta cualquier  posibilidad   de   plantear   tesis   conjeturales,   opinativas   o   puramente  especulativas,  en  la  medida  en  que  si  bien  es cierto que no en todas las  investigaciones  aparecen  incorporados  tantos  medios  probatorios  como  para  afirmar  que no quedó uno solo por practicar, también lo es que la certeza por  cuyo  conducto  el  juzgador  predica  la responsabilidad penal no depende de la  cantidad  de unidades de información ordenadas y practicadas sino de la entidad  demostrativa,  de  la  capacidad  suasoria  de aquéllas con que cuenta el plexo  probatorio,  que  en  caso  de  ser  suficientes  para el logro de los fines del  proceso,  deviene  inane  cualquier  hipótesis  contraria  pretextada  bajo  el  auspicio de la omisión probatoria”.   

En  el  caso  a  estudio, se advierte que el  censor  dejó  el  reproche en el simple enunciado, en razón a que se limitó a  señalar  los  medios  de convicción omitidos, pero sin demostrar su incidencia  frente  al  juicio de responsabilidad adoptado en la sentencia. Así, además de  su   advertencia   en   el   sentido   de   que  “es  posible”  que  el  deceso  de  la  víctima  hubiese  redundado   de   una  “riña  imprevista”  o  “en  estado  de  ira”,  ningún esfuerzo de constatación se observa en la demanda, en  el  cometido  de  lograr  la  comprobación  de  estos  supuestos de atenuación  punitiva,  los  que como se ve, tan sólo se presentan en un plano eminentemente  conjetural y especulativo.   

Pero además, suficientes elementos de juicio  tuvo  a  su alcance el juzgador para desechar los argumentos de la defensa sobre  una  eventual  legítima  defensa o un estado de ira causado por grave e injusta  provocación. Así los consignó en el fallo de primera instancia:   

“En  las  condiciones  anotadas,  en modo  alguno  puede  tener  cabida  la  aceptación  de  la  legítima defensa como lo  impetra  la  señora  defensora  del  procesado, toda vez como ya se analizó de  acuerdo  a  las  circunstancias  en  que  se encontraba JOSÉ UBÍN frente a sus  posibles  agresores,  no  tenía  la  necesidad  de  defenderse  y  mucho  menos  ameritaba  hacer  uso del revólver y más aún cuando tenía pleno conocimiento  que  la pareja no poseía armas, por cuanto tuvo tiempo suficiente para observar  que  los  mismos  lo que pretendían era subir a un taxi de servicio público el  material  de  marquetería que era el único medio para su subsistencia, de ahí  que  jamás  estuvo  JOSÉ  URÍN en peligro actual o inminente para que hubiese  tenido   la   necesidad   de   defender   un   derecho   propio   o   el  de  un  tercero.   

En  lo  que tiene que ver a que se tenga en  cuenta  a favor del implicado la diminuente punitiva prevista en el artículo 60  del  Código  Penal, tampoco es viable, habida consideración a que la ira o mal  humor   a   que   se   refiere   el  procesado  se  encontraba  al  momento  del  acontecimiento,  ello no obedeció a comportamiento grave e injusto por parte de  la  víctima  o  de  Carlos  Mauricio, ya que simplemente le solicitaron tuviera  paciencia  y esperara un momento o adelantara por la izquierda y si en verdad se  encontraba  de  mal  genio  por  la lluvia como él mismo lo afirma, ello no era  causa  suficiente  para  que  se  presentara  una disminución de sus facultades  volitivas  o  cognoscitivas para que reaccionara de la manera como lo hizo…”  (fl. 494).   

Así  las  cosas,  como  el  asunto  se  reduce  a la escueta mención de  potenciales  elementos de convicción, sin la comprobada circunstancia de que su  falta  de  incorporación  al  proceso  corresponde  al  soslayo  de la verdad a  través  de  la  arbitraria  omisión  probatoria  en  detrimento  del ejercicio  racional  de  la  defensa,  no  queda alternativa diferente a dejar incólume la  doble  presunción  de  acierto y legalidad con que a esta sede llegó ungida la  sentencia impugnada.   

                  Como en este  caso  no  hay lugar a la casación y, por ende, se le tributará ejecutoria a la  sentencia,   cualquier   decisión   sobre  la  eventual  favorabilidad  deberá  adoptarla  el  juez  de ejecución de penas y medidas de seguridad por la puesta  en  vigencia  del  nuevo  Código Penal, conforme con la facultad prevista en el  numeral  7°  del  artículo  79  del Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de  2000).   

                    En mérito  de  lo  expuesto,  LA  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACION  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

R   E   S  U  E  L  V  E   

No  casar la sentencia recurrida.   

                   Contra esta  decisión no procede recurso alguno.   

Cópiese, devuélvase al Tribunal de origen y  cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE    E.   CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS          CARLOS  A.  GÁLVEZ  ARGOTE                

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                 EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO               

CARLOS        E.        MEJÍA  ESCOBAR                     NILSON PINILLA  PINILLA                        

Teresa Ruíz Núñez  

Secretaria  

    

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