13170(11-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    República   de  Colombia   

       

Corte Suprema de Justicia  

Proceso No 13170  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 74  

         Bogotá,   D.   C.,   once   (11)   de   julio   de   dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

         En  sentencia  del  17 de septiembre de  1996,  el  Juzgado  Primero Penal del Circuito de La Dorada (Caldas) declaró al  señor  Inocencio  Arévalo  responsable  del  delito  de  homicidio  en  la  persona  de MARITZA HERRERA, se  abstuvo  de  imponerle  medida  de  seguridad  pues lo encontró inimputable por  trastorno  mental  transitorio sin secuelas y lo condenó a pagar los perjuicios  causados.   

         Recurrida  la  decisión  por  el  apoderado de la parte civil y el  fiscal  delegado,  el  Tribunal  Superior  de  Manizales  la  confirmó  el 6 de  diciembre  del  mismo  año,  pero  la  modificó  en  el  sentido de considerar  imputable     al     señor    Arévalo,  por lo que le impuso la pena principal de 25 años de prisión y  la  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y funciones públicas por 10. El  defensor  interpuso  recurso  de  casación  el 13 de diciembre de 1996, que fue  concedido  el  10  de  febrero  de  1997. La Sala se pronuncia de fondo sobre el  recurso  interpuesto, obtenido ya el concepto del Procurador Segundo Delegado en  lo Penal.   

HECHOS  

         El  señor Inocencio Arévalo   hacía  vida  marital  con  MARITZA  HERRERA  MARROQUÍN  en  el  municipio  de La Dorada (Caldas). El 31 de diciembre de 1995, a eso de las 10:30  de       la       noche,       con      un      destornillador      Inocencio  agredió  a  la  mujer y tras  causarle  múltiples  heridas,  se auto—lesionó  con  el  mismo  elemento; como consecuencia del hecho, la  mujer falleció horas más tarde.   

         

ACTUACIÓN PROCESAL  

         La  Fiscalía  27  Seccional  de La Dorada abrió investigación el  tres  de  enero  de  1995  y,  tras  escucharlo  en indagatoria, el siguiente 10  decretó     la     detención     de     Inocencio  Arévalo     como     autor    del    delito    de  homicidio.   

         El  20  de  marzo  de 1996, se clausuró la instrucción y el 23 de  abril   se   acusó  al  señor  Arévalo  como  autor  del delito por el cual se lo detuvo. Agotada la fase  de  juzgamiento,  el  Juez Primero Penal del Circuito de La Dorada profirió, el  17  de  septiembre  de  1996,  la sentencia condenatoria ya reseñada, decisión  que,  apelada por la parte civil y la fiscalía, y con las modificaciones arriba  citadas,  fue  confirmada  por  el Tribunal Superior el 6 de diciembre del mismo  año.   

         

LA DEMANDA  

         El  defensor  formula  dos  cargos  con  base en la causal primera,  cuerpo  segundo,  por  violación indirecta de la ley sustancial. Los desarrolla  de la siguiente manera:   

         1°)    En    el    primero,  dice  que  el  Tribunal  tergiversó  las  pruebas porque no las  analizó  en  conjunto, y aceptó como ciertos hechos que no lo fueron, a la vez  que  desconoció  otros  plenamente  establecidos.  Agrega  que  no estimó unos  medios   practicados   en   forma  legal,  con  lo  que  aceptó  como  probadas  circunstancias  inexistentes.  Al  explicar  la  censura, afirma que se creyó a  OLGA,  ESPERANZA  y  CATALINA  COBILLOS  ANDRADE, a pesar de que solo ofrecieron  opiniones  personales y de existir otros elementos de juicio, como la confesión  y  las declaraciones de PAULINA ARÉVALO y ALFONSO RONDÓN TORRES, de los que no  se  puede  prescindir  pues  éstas  prueban que el agente estaba intoxicado por  alcohol  y  padecía  un desequilibrio psicológico que lo tornó en inimputable  transitorio.   

         Añade  que  se  aceptó  como  cierto el hecho dudoso descrito por  OLGA  COBILLOS  relativo  a  que Inocencio  también  intentó  agredirla  a  ella,  evento  que calló en su  primera  versión,  lo  que  generó  dudas que, violando la ley, se resolvieron  contra  el  procesado,  con  base  en  lo cual el Tribunal asignó un caprichoso  patrón  de  conducta  a quien padece un trastorno mental, porque concluyó que,  de    estar   afectado   mentalmente,   también   hubiera   agredido   a   esta  mujer.   

         Considera   acertadas   las conclusiones del a quo quien,  sin  aceptar   las  de  un  dictamen  técnico, arribó  a   la  inimputabilidad,  en  tanto  que  discrepa de las del Tribunal, que  dedujo   lo   contrario   al  descartar  el  estudio  que  confrontó  con  unas  declaraciones   pero sin estimar otras como la confesión,  además de  que  el  intento  de suicidio fue menospreciado, siendo que con el se acreditaba  la perturbación mental.   

         2°)       En       una      censura  subsidiaria,  el  actor acude también al “error en  la  apreciación  de  las  pruebas  que  fueron  tergiversadas  por  no  haberse  analizado  en  su  conjunto  al  negar  la  existencia  de hechos ciertos”. Su  demostración,  agrega,  es  la  misma del apartado anterior, pero para concluir  que  se  demostró  que  el sindicado obró en estado de ira e intenso dolor, no  obstante  lo  cual  el Tribunal no reconoció la atenuante a pesar de admitir el  estado  de  perturbación  emocional  en que actuó. Acota que el Ad quem cerró  los  ojos  a  la  verdad,  porque  los  testigos  son  contestes en describir la  transformación  del  procesado,  que  de  persona  cordial  y  amable  pasó  a  energúmena  y  violenta,  a  lo  cual  se sumó el desprecio que la víctima le  profesó  al  decirle  que  no lo quería e iba a abandonarlo, enfatizando en la  marcada diferencia de edades.   

         Como  consecuencia  de  tales yerros, solicita se case la sentencia  para  que  en  su  lugar  se  reconozca  la  inimputabilidad  del sindicado o la  atenuante del estado de ira.   

EL MINISTERIO PÚBLICO  

         Solicita    a    la    Sala    no    casar    la   sentencia,   porque:   

         1°)  El  actor  falta  a  la  técnica puesto que no especifica el  sentido  de  la violación indirecta que predica, error de hecho o de derecho, y  la  modalidad  de  falso juicio: existencia, identidad, legalidad o convicción,  aunque  por  los  argumentos  parece  referirse  a  todos, con excepción del de  legalidad,  sin  demostrar  los  yerros  que  pregona  pues se trenza en simples  disquisiciones  subjetivas  a efectos de sobreponer su visión personal a la del  Tribunal,  lo  que  no  es  admisible  en  casación,  máxime  que  el error de  convicción,  soportado  en que su personal estimación es la correcta, no es de  recibo   porque   no   contamos   con   un   sistema   reglado   de  valoración  probatoria.   

         No  es  cierto,  añade,  que  las  probanzas  no  se  valoraran en  conjunto,  aspecto  que,  además, no corresponde al concepto de distorsión que  se  reprocha,  pues  de  no apreciarse algún elemento, debió acudirse al falso  juicio  de  existencia por omisión, y no al de identidad. Si la pretensión era  cuestionar  el  proceso  de  estimación,  no  planteó  cómo se vulneraron las  reglas  de  la  sana crítica y acudió a personales conjeturas, lo que también  sucedió  con   las  supuestas  pruebas  omitidas,  pues  es tan confuso el  planteamiento  que  no  se  entiende  si  lo  que  endilga  es  distorsión o su  desconocimiento  en  el  fallo,  además  de  que  la  sentencia  refleja que la  pretendida  “confesión”  y  las  declaraciones sí fueron apreciadas por el  Tribunal,  de  donde  surge que la inconformidad radica en que, para el actor, a  los elementos de juicio debió darse el alcance por él pregonado.   

         2°)  La  censura  subsidiaria  incurre  en las mismas deficiencias  técnicas,  pues  con  igual  soporte busca probar el estado de ira, pero lo que  hace  es  enfrascarse  en una extensa controversia probatoria a partir, no de la  demostración  de errores, sino de su postura personal, al estilo de memorial de  instancia.  Un  equívoco  adicional  a  los  reseñados  en el aparte anterior,  radica  en  que  parte del supuesto de que el Tribunal reconoció esa situación  anímica  pero  se negó a disminuir la pena, lo que ha debido enfocar a través  de   la   violación   directa,   no  indirecta,  sin  criticar  la  valoración  probatoria.   

CONSIDERACIONES  

                       Primer  Cargo.   

         1.  Si el actor se apoya en la causal primera, cuerpo segundo, esto  es,  violación  indirecta  de la ley sustancial, le corresponde cumplir con los  requisitos  de  técnica  regulados  en  el  numeral  3°  del artículo 225 del  Código  de Procedimiento Penal de 1991 -bajo cuyos lineamientos se profirió el  fallo   de   segunda   instancia   y   se   interpuso  y  concedió  el  recurso  extraordinario-,  que  se centran en especificar “La causal que se aduzca para  pedir  la  revocación  del  fallo,  indicando  en  forma  clara  y  precisa los  fundamentos    de    ella    y    las    normas   que   el   recurrente   estime  infringidas”.   

         Como  la  censura  propuesta  carece  de la inteligibilidad, fácil  comprensión,  concisión  y  exactitud  rigurosa  que demanda el legislador, su  desestimación deviene obligatoria.   

         Escogida  esa  vía,  las  exigencias  se  traducen  en el deber de  precisar  el  medio de prueba estimado de manera errada y en el de determinar si  el     yerro     es     de    hecho    o  de derecho.  En  el primer evento, si procede de un falso juicio de  existencia,  de  un  falso  juicio   de   identidad,   o   de   un  falso       raciocinio;   y   en   el   segundo   –de  derecho-,  si  se  cayó  en  un  falso juicio de legalidad o  en   uno  de  convicción.   

         El  casacionista,  luego de anunciar “error en la apreciación de  las  pruebas”, mezcló elementos que deben ser presentados en forma separada y  que   contradicen   la   censura,   como  que  alude  a  “pruebas  que  fueron  tergiversadas”,  explicación que apunta al error de hecho por falso juicio de  identidad;  luego  quiso aclarar que no se realizaron en su conjunto, como si se  tratara   de  falso  raciocinio,  esto  es,  que  los  medios  no  habían  sido  distorsionados,   sino  que  resultaron  violados  los  postulados  de  la  sana  crítica;   a   renglón   seguido   afirma   el  abandono  de  otros  elementos  “plenamente  establecidos”,  pues  no  se consideraron “pruebas legalmente  practicadas”,  con referencia clara al falso juicio de existencia por omisión  de  la apreciación de medios obrantes en el expediente; y sobre otros, dice, se  desconoció  “el  valor  que tienen para crear la certeza requerida”, lo que  podría constituir un falso juicio de convicción.   

         2.  Aparte  esos  intercambios,  que  por  sí  solos  anulan  cada  enunciado,  de  modo  genérico, a modo de estudio de instancia, el actor dedica  tiempo  a  postular, libremente, su criterio personal con el ánimo de enfrentar  el  de  los  jueces  en  búsqueda  de  que la Corte escoja uno. Esa labor no es  propia   de  la  casación,  pues  en  ésta  compete  al  censor  derrumbar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad  que  acompaña la sentencia, demostrando  errores graves, y no simplemente especulando.   

         3.  Cuando  el  actor pretende concretar la censura, surge evidente  que  no  hay  tales  yerros  en  la sentencia del Tribunal, sino que no está de  acuerdo   con   su   estimación  probatoria.  Así,  refiere  que  el  Ad  quem  reconstruyó  los  hechos a partir del testimonio de OLGA COBILLOS ANDRADE, pero  aclara  que  el  mismo  en verdad “reviste especial importancia”, pero no es  menos   cierto   “que   existen   otros   elementos   de  juicio  –la   confesión   del   procesado  y  declaraciones  juramentadas  …  de  los que no se puede prescindir …”. Por  manera  que  resulta  claro,  en  oposición  al  enunciado del reproche, que la  versión  de  la  dama  no  fue  objeto  de  olvido,  tergiversación  o  errada  valoración,  porque  incluso  para  el  mismo  censor  “reviste  de  especial  importancia”,  además de que la señora, en términos del casacionista, “se  refiere a hechos realmente acaecidos”.   

         4.  No  hay,  entonces,  motivo  de  reproche  sobre la estimación  probatoria  del  testimonio  en  cita, como no sea la mención a que “contiene  simples  opiniones  sin  asidero  fáctico”,  frase  que  no  sólo refuta las  apreciaciones  precedentes, sino que carece de soporte, en cuanto el Tribunal no  atendió  criterios  diversos  al  recuento de hechos percibidos por la testigo,  sin  hacer  ninguna alusión, siquiera tácita, a referencias subjetivas, porque  por  tales  no pueden tenerse las expresiones de que el estado del sindicado era  normal,  pues  ello  fue  lo  que percibió la declarante, que de manera expresa  afirmó   que   “se   notaba   que  se  había  tomado  sus  tragos,  pero  su  comportamiento   era   muy   normal,   hablaba  muy  acorde,  no  se  tambaleaba  …”.   

         Tales  descripciones  no  pueden  tenerse como simples “opiniones  sin  asidero  fáctico”,  sino  como  enunciación de los hechos que, sobre el  actuar  del  acusado,  observó  la dama, máxime que el juzgador no se basó en  este  sólo relato -circunstancia que a la vez refuta a la defensa (que se queja  de  un análisis aislado, no en conjunto)- sino en lo que sobre el mismo tópico  refirieron  ESPERANZA  y  CATALINA COBILLOS ANDRADE, a partir de lo cual dio por  probada la normalidad psíquica.   

         5.   La   Sala   no   entiende   que   el  demandante  acuda  a  la  “confesión”   del  procesado  con  el  ánimo  de  privilegiarla  sobre  el  testimonio  que cuestiona. Si la confesión es una declaración que alguien hace  voluntariamente  de  sus  actos, lejos están las explicaciones del sindicado de  admitir  que en forma voluntaria e intencional causó la muerte a su compañera,  pues   que   se  limitó  a  describir  los  acontecimientos  previos  al  hecho  investigado  y   sobre éste acota que “no me acuerdo cómo llegué” al  sitio  del delito, como “tampoco me acuerdo cómo estacioné el carro”, sino  que  “dice  la gente que me caí, pues esto me lo contaron en el hospital y de  ahí  no  supe  qué  pasó”.  Sólo  una descuidada lectura de la indagatoria  puede  llevar  al censor a concluir que un relato como el aludido deba aceptarse  como  confesión  y  con  él  oponerse  a la descripción de quien “sí vio y  recuerda” lo acaecido.   

         6.  Explica  el  actor que el Tribunal desconoció que el procesado  era  víctima  de  una intoxicación etílica y de un desequilibrio psicológico  que  anularon  su  capacidad de comprensión, lo cual se demostró con el aparte  de  la  injurada  que  expresa  que  ingirió  licor  desde  temprano  y  con la  declaración  de ALFONSO RONDÓN TORRES, en el mismo sentido. No es así. Por el  contrario,   el   juzgador   aceptó   la   circunstancia  de  que  Inocencio   Arévalo  había  consumido  licor;  por  ello,  para  ubicar  los  hechos,  partió  del  testimonio de OLGA  COBILLOS  cuando  expresa que el acusado “se había tomado sus tragos, pero su  comportamiento  era  muy  normal,  hablaba  muy  acorde,  no  se  tambaleaba”,  argumento  que reforzó con el dicho de las hermanas de la anterior, ESPERANZA y  CATALINA,  conforme con las cuales, el sindicado se notaba en sano juicio, “ni  siquiera se le sentía el olor a trago”.   

         En  modo  alguno,  en  consecuencia,  el funcionario desconoció la  ingestión  de licor. Sucede sí, que dentro de la función judicial de la libre  apreciación  racional  de  las  pruebas,  concluyó  en  sentido contrario a la  defensa,   esto  es,  que  a  pesar  del  alcohol  consumido,  Don  Inocencio   estaba   en   capacidad  de  comprender  la  ilicitud  de  su comportamiento y de determinarse de acuerdo con  esa  comprensión,  pues  la  conducta “no obedecía parámetros propios de un  estado  de  embriaguez  en su fase segunda o tercera; aún es cuestionable si se  hallaba   en   el   primer  período”.  No  existe,  entonces,  yerro  alguno.   

         7.  Que  lo  que pretende el demandante es oponer su especial forma  de  estimación probatoria a la del Tribunal, se demuestra cuando dedica algunas  páginas  a  transcribir  la  decisión  del  juez  de  primera instancia en los  apartes  en  que  concluyó  el  estado de inimputabilidad, para concluir que es  esa,  y no la del Tribunal, la acertada apreciación de los elementos de juicio,  en  apoyo de lo cual acude a un escritor que trata temas de trastornos mentales,  sin  que  sus  posiciones  puedan  demostrar error alguno en al Ad quem, máxime  que,  curiosamente, éste también apoya sus conclusiones en el mismo estudioso.  Nótese   cómo,   respecto   del   dictamen   pericial,  el  censor  acepta  el  procedimiento  utilizado para su valoración, pero aclara que “Discrepo sí de  las  conclusiones  que al respecto se exponen en el fallo recurrido”, esto es,  que  deja  claro  que  no  hay  yerro alguno, sino que simplemente no acepta las  inferencias  a  que  se  llegó luego de un proceso crítico que admite válido.   

         8.  Dice el casacionista que la sentencia desconoció el intento de  suicidio,  hecho  que  demostraba  el  trastorno  mental.  Por tal “intento de  suicidio”      debe      entenderse     que     el     señor     Arévalo,  una vez causó la muerte a su  compañera  con golpes de destornillador, la emprendió con el mismo elemento en  contra  de  su  propia  humanidad.  El  reproche  no  consulta la realidad de la  sentencia,  pues  ésta  parte de censurar la de primer nivel, para apartarse de  sus  conclusiones  cuando  criticó  el  estudio  psiquiátrico que no encontró  trastorno   mental,  a  partir  de  “un  examen  somero  de  las  deponencias,  antecedentes  personales  y  específicos  del procesado, estudio de la historia  clínica  ante  las  heridas  que se auto propinó, para llegar finalmente a sus  conclusiones”,  avalando  al  experto,  por  cuanto es “Obvio que ese examen  histórico—deductivo debe  hacerse”;  por modo que sí se estimó lo que se dice omitido; cosa diversa es  que  el  Ad  quem, de acuerdo con el perito, no aceptara el proceder del acusado  -que  la  defensa  denomina  “intento  de  suicidio”-  como indicativo de su  inimputabilidad.   

         No prospera el cargo.   

         Segundo Cargo.   

        1.  La  censura  subsidiaria, que se dirige al reconocimiento de la  atenuante  punitiva  de  la  ira  o intenso dolor, y que también se plantea con  base  en la causal primera, cuerpo segundo, reporta las mismas fallas técnicas,  como  que  se  soporta  en idénticos yerros. Así, una vez más se acude, no al  señalamiento  de  errores  de  hecho  o  de  derecho  -con la indicación de la  modalidad   respectiva  de  falso  juicio  (existencia,  identidad,  raciocinio,  legalidad  o  convicción)-  sino  que  se  busca,  con palabras de elaboración  libre,   privilegiar   la   interesada  forma  en  que  la  defensa  estima  los  testimonios, por encima del trabajo realizado por el Tribunal.   

2. Por otra parte, como con acierto señala  el  Ministerio  Público,  el demandante incurre en un dislate adicional, porque  acota  que  el  estado  de perturbación emocional que reclama fue “reconocido  por  el  a  quo  y el ad quem … No hay lugar a discusión … de que el señor  INOCENCIO  ARÉVALO  …  obró en un estado e ira o de intenso dolor … porque  es  el  ad  quem  el  que  lo reconoce …”. Tal planteamiento parte de que el  análisis  del  fallador acertó, pues que aceptó como probada la atenuante que  pregona,  contexto  dentro  del cual la censura ha debido plantearse por vía de  la  causal  primera,  cuerpo  primero, que no segundo, por cuanto si el Tribunal  hubiera  tenido  por  demostrado  el  estado  de  ira,  y no hubiera aplicado el  artículo   60   del  Código  Penal  de  1980,   habría  violado  directa  –y no indirectamente- esa  disposición.  No  era  entonces  por  medio  de la violación indirecta como ha  debido  formularse  el  reproche,  además  de  que en ese supuesto no podía el  censor  cuestionar  el  análisis  probatorio, puesto que el mismo se ajustaba a  sus requerimientos.   

        Además,  se  interpretó  en  forma  errada el planteamiento de la  sentencia  censurada,  pues en ella lo que se dijo, no fue que se demostrara ese  estado  de  la ira o intenso dolor, sino que el análisis del juez, a partir del  comportamiento  probado  del  sindicado,  tendía  a  indicar  no  un  estado de  inimputabilidad,  como  el  que  finalmente reconoció, sino aquélla situación  emocional  que  daba  lugar  a disminuir la sanción penal. Sobra aclarar que, a  partir  de ese planteamiento, la Corporación descartó tanto una figura como la  otra,  pues encontró probaba la autoría en un delito de homicidio doloso, bajo  el  supuesto obvio de que el agente activo era imputable, y si bien “montó en  cólera,  en ira, se irritó porque matizado por las copas de licor llegó a los  celos  (infundados)  y  exasperó  a  la  propia Maritza … no se traduce en la  excusa  de  la  provocación, según el contenido del derecho penal”. Esto es,  se  aceptó el estado de ánimo que pregona la defensa, pero se concluyó que el  mismo  no fue producto de la provocación injusta de la víctima, sin la cual el  instituto requerido no se estructuraba.   

        Esta censura también será desestimada.   

        No se casará la sentencia impugnada.   

        En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

        No casar la sentencia impugnada.   

        Esta decisión no admite recurso.   

        Devuélvase al Tribunal de origen y cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE E.  CORDOBA    POVEDA                         

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS            CARLOS A.  GALVEZ  ARGOTE                                                     

JORGE  ANÍBAL  GOMEZ GALLEGO                EDGAR  LOMBANA     TRUJILLO                     

CARLOS  EDUARDO MEJÍA ESCOBAR            NILSON E.  PINILLA     PINILLA                              

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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