13053(18-01-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 13053  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 004  

          Bogotá, D. C., dieciocho de enero de dos mil dos.   

VISTOS  

          En  relación con sentencia fechada el 6 de marzo de 1996, elaborada  en  segunda  instancia  por  el  desaparecido Tribunal Nacional, se interpuso el  recurso  extraordinario  de  casación  por  el defensor del procesado ARTURO DE  JESÚS  MENDOZA MARÍN.  Éste fue condenado finalmente a la pena principal  de  trece  (13)  años  de  prisión  y multa por valor de sesenta (60) salarios  mínimos  legales  mensuales,  como  coautor  de  los  delitos  de  terrorismo y  rebelión  descritos  y  sancionados en  los artículos 1° del Decreto 180  de  1988  y  1°  del  Decreto  1857 de 1989, respectivamente, ambos erigidos en  legislación permanente por el Decreto 2266 de 1991.   

          Como  existe  el  concepto  de  la  Procuraduría  Delegada  para la  Casación, la Corte proveerá de fondo sobre la demanda planteada.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

          El  17  de  marzo del año de 1991, aproximadamente a las ocho de la  noche,  varios  individuos  posteriormente  identificados como integrantes de la  organización   subversiva   denominada   Fuerzas   Armadas  Revolucionarias  de  Colombia,  Ejército  del  Pueblo,  FARC-EP,  a  la  altura  de  la  finca “El  Porvenir”  situada  en la vereda Namay del Municipio de Albán (Cundinamarca),  dinamitaron  el  gasoducto  que transporta el combustible desde la refinería de  Barrancabermeja,  acto  en  el  cual  no  sólo se produjo la destrucción de la  tubería,   sino   que  el  escape  del  derivado  petrolífero  y  el  incendio  ocasionaron   heridas   a  algunas  personas  (incluidos  los  realizadores  del  atentado),  daños  en la escuela del sector, en las viviendas, así como en las  aves que se hallaban en galpones y otros semovientes.   

          Como   algunas   unidades   militares   se   desplazaron  al  lugar,  procedieron  a  instalar retenes y entonces en una vivienda situada en la vereda  “De  Torres”,  comprensión territorial del municipio de Guayabal de Siquima  (Cundinamarca),  fue  sorprendido  el individuo ARTURO DE JESÚS MENDOZA MARÍN,  quien  presentaba  heridas  propias  de la conflagración que él mismo desató,  así  como  fue  incautado  material  de  guerra  e intendencia perteneciente al  Frente XII de las FARC.   

          1.   Con  base  en las diligencias preliminares adelantadas por  la  Unidad  Investigativa de Orden Público de la SIJIN, Seccional Cundinamarca,  el   Juzgado   de   Instrucción   de  Orden  Público  de  esta  ciudad  abrió  investigación el 22 de marzo de 1991 (C. 1, f. 82).   

          Fueron  vinculados por medio de indagatoria ARTURO DE JESÚS MENDOZA  MARÍN  (f.  124), entre otros, y según resolución del 23 de abril de 1991, se  profirió  detención  preventiva  en  contra del ciudadano antes mencionado, de  ORLANDO  BOLAÑOS  TORRES,  JORGE  ELIÉCER  MELO  ARIZA, DIOSITEO IBAÑEZ MESA,  JAVIER  OSORIO VELA, JOSÉ OSORIO MORENO, NEVILLES MORENO NARANJO, HERMES MORENO  NARANJO,  ORLANDO  BARBOSA VÁSQUEZ, MARÍA ALEXIS MORENO SILVA y CÉSAR ARMANDO  RUIZ  QUINTERO,  como  coautores  de  los  delitos de terrorismo y rebelión (f.  180).   

          2.    Como   fue   infructuoso   un   intento   para   terminar  anticipadamente  el  proceso,  el  fiscal  regional  cerró investigación y, de  acuerdo  con  providencia  del 28 de mayo de 1994, calificó el mérito sumarial  por  medio  de  resolución  compleja  de  acusación  y preclusión, la primera  modalidad  en contra de ARTURO DE JESÚS MENDOZA MARÍN, ORLANDO BOLAÑOS TORRES  y  JHON  ROMERO  GARCÍA, como coautores del delito de rebelión, descrito en el  artículo  1°  del  Decreto  1857  de  1989,  en  concurso con el de terrorismo  previsto  en  el  artículo 1° del Decreto 180 de 1988.  La preclusión se  adoptó a favor de las demás personas vinculadas (f. 192).   

          3.    Ejecutoriada   la   resolución  acusatoria,  asumió  el  conocimiento  un  juez  regional  de  esta  capital,  funcionario que dispuso la  ruptura  de  la  unidad  de proceso en virtud de una solicitud de libertad hecha  por  BOLAÑOS  TORRES  y  la  firmeza  de  la  sentencia  anticipada adoptada en  relación  con  ROMERO  GARCÍA, razón por la cual este proceso continuó sólo  en relación con MENDOZA MARÍN.   

          4.   El  Juzgado Regional abrió el juicio a pruebas, negó por  inconducentes  algunas solicitadas por el procesado y parejamente, por medio del  auto  fechado  el  25  de enero de 1995, hizo citación para sentencia, conforme  con las normas entonces vigentes (fs. 223 y 224).   

          5.   Según  fallo  fechado  el  20  de  noviembre  de 1995, el  Juzgado  Regional  de  Bogotá  condenó  al  acusado  MENDOZA  MARÍN a la pena  principal  de  ocho (8) años, diez (10) meses y veinte (20) días de prisión y  multa  en  cuantía  de 6.7 salarios mínimos legales mensuales, como coautor de  los  delitos  de  rebelión  y terrorismo.  De igual manera, el fallador de  primera  instancia  le impuso la sanción accesoria de interdicción de derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  término  de  la  pena  aflictiva  y la  obligación  indemnizatoria  a  favor  de  la  Empresa Colombiana de Petróleos,  ECOPETROL.   

          6.   Interpuesto  y  sustentado el recurso de apelación por el  procesado  y  su  defensor,  el  Tribunal  Nacional  dictó  el fallo de segunda  instancia  que ahora es objeto de casación, tanto en sede de apelación como de  consulta,  decisión  por  medio  de  la  cual incrementó las penas principal y  accesoria,  la  primera  a  trece  (13)  años  de prisión y multa por valor de  sesenta  (60)  salarios  mínimos  legales mensuales, y a la segunda a diez (10)  años  de interdicción de derechos y funciones públicas (cuaderno Tribunal, f.  3).   

RESUMEN DE LA DEMANDA DE CASACIÓN  

          El  actor  señala  concretamente  dos  (2) cargos por la vía de la  causal  primera  de  casación,  como  violación  directa de la ley sustancial,  propone  en  tercer lugar una excepción de inconstitucionalidad respecto de las  normas    de    orden    público   y   después   hace   unas   consideraciones  finales.   

          PRIMERA CENSURA   

          Aduce  el  censor  que la sentencia del Tribunal es violatoria de la  ley  sustancial  “por  interpretación  errónea; por aplicar normas que no se  deberían  o  por  dejar  de  aplicar  las  que  si eran aplicables a los hechos  investigados”  (f. 71).  En efecto, agrega el actor que fueron violadas o  no  aplicadas las siguientes normas:  el artículo 125 del Código Penal de  1980,  modificado  por  el  artículo  1° del Decreto 1857 de 1989, relativo al  delito  de  rebelión;  al  artículo 187 del mismo estatuto, relacionado con el  delito  de  terrorismo;  los artículos 3 y 6 de la Ley 5ª de 1960, aprobatoria  de  los  Convenios  de  Ginebra;  el artículo 29 de la Constitución Política,  atinente  al  debido  proceso;  el  artículo  31  de  la  misma  Carta sobre la  prohibición   de   reformatio  in  pejus;  el  artículo  9° del Código Penal de 1980, referente a la cosa  juzgada;  y  el  artículo  1°  del  Código  de  Procedimiento  Penal de 1991,  regulador del debido proceso.   

          Como  fundamentos  de la violación, el demandante esgrime que erró  el  Tribunal  al  poner a concursar el delito de terrorismo con el de rebelión,  como  conducta  independiente  cometida con dolo eventual, en vista del supuesto  temor  y zozobra que ocasionó en la población la voladura del gasoducto.   Olvidó  el  juez  que  el  acto  cometido  es propio de la guerra, porque en la  modalidad  de  la  lucha  armada  revolucionaria,  concretamente de la guerra de  guerrillas,   las   tácticas  y  estrategias  militares  obligan  a  atacar  la  infraestructura  económica como objetivo militar, en vista de que lo perseguido  es el triunfo de una de las partes en conflicto sobre la otra.   

          La  guerra  de guerrillas, propia de la rebelión, no consiste sólo  en  el  combate  abierto,  sino  que  en  la  fase  del  ataque  clandestino los  guerrilleros  se  aplican  a  acciones  individuales entre las que sobresalen el  sabotaje,   las   incursiones   armadas   a   poblaciones  y  la  ejecución  de  personalidades.   De  modo  que,  según el pensamiento del demandante, los  actos  de  sabotaje son acciones de guerra encaminadas dentro de la rebelión, y  no     pueden     considerarse     entonces    como    delito    autónomo    de  terrorismo.   

          Dice  el impugnante que la actividad desplegada por ARTURO DE JESÚS  MENDOZA  MARÍN no llevaba implícito el propósito de producir terror y zozobra  en  la  población  y sobre ello tenía plena conciencia, de modo que de ninguna  manera  podía  llegarse a la “fatal deducción” de que el acto cometido por  el  procesado  buscara atentar contra la población civil.  En vista de que  tanto  el  acusado  como  sus  compañeros  resultaron lesionados en la acción,  cómo  podría pensarse razonablemente que él pretendiera realizar el acto para  comprometer  su  propia  vida  y  la  de sus acompañantes o la de la población  civil?.   

          Apoyado  en  la  definición  clásica de guerra suministrada por el  alemán  Clausewitz, según la cual aquélla es la continuación de la política  por  medios  violentos,  además de la distinción entre guerra regular y guerra  irregular,  el  actor  sostiene que los pequeños ejércitos de guerrilla tienen  que  acudir  a  la  sorpresa  para  que  el enemigo posicionado no pueda repeler  eficazmente  el  ataque,  tratando  de minar de esta manera su moral y asestarle  derrotas parciales.   

          Apunta  el  impugnante  que  existe  una  confusión  en las Fuerzas  Armadas  y  los  miembros  de  la  Rama  Judicial  respecto  de  la relevancia y  aplicabilidad  del  Derecho  Internacional Humanitario, porque éste también se  aplica  a  los  conflictos  internos,  de  modo  que  a  los  enemigos  no puede  tildársele   de   criminales  y  terroristas.   Son  aplicables  pues  los  Convenios  de  La  Haya,  los Convenios de Ginebra y los protocolos adicionales,  tal  como  quedó plasmado en las sentencias de constitucionalidad C-574 de 1992  y C-225 de 1995.   

          Por  otra  parte,  si  el  Estado Colombiano aprobó y ratificó los  Convenios  de  Ginebra  de  1949,  por  medio  de  la Ley 5ª de 1960, así como  también  lo fueron los protocolos adicionales de 1977 e igualmente fue aceptado  el  Protocolo  II  en  la  Ley  171 de 1994, queda claro que las normas sobre la  guerra  no  pueden  ser  desconocidas por los militares en el combate ni por los  fiscales,  jueces y magistrados en la aplicación o administración de justicia,  cuando se trate del juzgamiento de rebeldes.   

          Apunta  el  demandante  que  la  rebelión es un delito complejo que  comporta  conductas  conexas  con  el alzamiento armado, pues, de acuerdo con el  artículo  127  del Código Penal de 1980, están exentos de pena los rebeldes o  sediciosos  por  delitos  cometidos  en  combate  y,  como se sabe, la contienda  abarca  los  enfrentamientos  entre ejércitos o los hostigamientos militares de  la clase del acto que se atribuye al acusado.   

          Y  en  relación  con  el supuesto terrorismo, resulta obvio para el  impugnante  que  la  guerrilla  al  igual  que  el ejército colombiano utilizan  artefactos  explosivos  en  la  guerra  (granadas,  bombas  de diferente poder y  otros),  que  realmente  son  armas.  Claro que no quiere decir lo anterior  que  el  delito  de terrorismo no puede cometerse cuando se utilicen explosivos,  pero  tampoco  significa  que  su utilización siempre degenera en el punible de  terrrorismo,  pues, como lo sostuvo la Corte Suprema de Justicia en la sentencia  del  6 de septiembre de 1989, dicho delito exige que por parte del sujeto exista  el  propósito  de  provocar  o  mantener  un  estado  de  zozobra  o  terror la  población o a un sector de ella.   

          El  acto terrorista es un acto de violencia planeado y realizado con  la  deliberada  intención  de causar pavor a las víctimas, testigos y miembros  de  la  población  afectada.   No  todo  lo que aterra es acto terrorista,  porque,  verbigracia,  el  secuestro  y  asesinato  de  un niño cometido por un  delincuente   sexual  es  un  acto  que  aterra,  pero  mal  puede  considerarse  terrorista a su autor.   

          En  el  caso  de  MENDOZA MARÍN no aparece nítida la intención de  causar  terror  en  la población, porque ni siquiera sabía lo que conducía la  tubería,  pues,  de  percatarse  que  era gas, sin duda no lo habría hecho por  elementales  razones  de  seguridad  para  la  comunidad y su propia vida.   Además,  el  hecho se dispuso y ejecutó en un sitio despoblado, por lo menos a  un kilómetro de la casa más cercana.   

          Anota  el  defensor  que  en  este  evento  el  fallador  violó  el  principio    del    non   bis   in   idem,  cuando  dedujo  el  delito  de  rebelión  en  concurso con el de  terrorismo,   ya   que  la  primera  conducta,  por  ser  compleja,  absorbe  la  segunda.   Por la mera apreciación subjetiva no puede condenarse dos veces  por el mismo hecho.   

          Para  el demandante existe una carga de subjetivismo en la sentencia  de  los  juzgadores,  porque aluden al procesado como un “sujeto” integrante  de  la  “cuadrilla  XXII”,  que  actuó  de manera demencial, de modo que al  fallador   le  interesó  más  el  peligrosismo  que  se  aparta  de  la  tesis  culpabilista  patrocinada  por  el Código Penal de 1980.  Cabe preguntarse  entonces   si  la  condena  impuesta  al  procesado  fue  obra  de  un  acto  de  administración  de  justicia o más bien de la venganza frente al enemigo, dado  el ensañamiento que se advierte en el fallo.   

          Pide,  como  consecuencia,  que  se case la sentencia impugnada y se  condene  al  procesado sólo por el delito de rebelión, para imponerle una pena  de 5 años de prisión y multa de 100 salarios mínimos legales.   

          SEGUNDA CENSURA   

          Afirma  el  censor  que la sentencia demandada resulta violatoria de  la  ley  sustancial “por interpretación errónea”, por aplicación indebida  o  falta  de  aplicación  de  ciertas  normas.   En  efecto,  sostiene  el  demandante,  el  fallo  ha  vulnerado  los  artículos  31  de  la Constitución  Política  y  17  del Código de Procedimiento Penal de 1991, en cuanto prohiben  la  reformatio in pejus; y el  artículo  206 del último estatuto citado, modificado por el artículo 29 de la  Ley   81  de  1993,  según  el  cual  son  consultables  las  decisiones  allí  enumeradas, “cuando no se interponga recurso alguno”.   

          En     relación     con    la    prohibición    de    reformatio   in   pejus,   el  recurrente  advierte  que  la  claridad  de  las  normas  es  tal  que el tribunal no podía  arrogarse  la  competencia para conocer sobre toda la decisión, cuando sólo el  sindicado  y  su  defensor  propusieron  la  apelación.   Cita en apoyo la  sentencia  de  unificación  de  tutela  

SU-327 de  1995,   según   la   cual   la   prohibición  constitucional  de  reformatio  in  pejus no admite excepciones  cuando  el procesado sea apelante único.  “La no interposición oportuna  del  recurso  de  apelación  por el fiscal o el Ministerio Público, revelan la  conformidad  del titular de la pretensión punitiva con los términos del fallo,  e  implican  la preclusión de la oportunidad que el Estado tenía de revisar su  propio acto…” (f. 106).   

          Como  en este caso el fiscal y el Ministerio Público no apelaron el  fallo  de  primer  grado, pues apenas lo hicieron el procesado y su defensor, la  competencia  del  Tribunal  Nacional  estaba  circunscrita  de  manera  única y  exclusiva   al   recurso   de   apelación   y   sólo   a  los  puntos  en  él  expuestos.   

          Pide  entonces  el defensor que se case la sentencia impugnada y, en  su  lugar,  confirmar integralmente el fallo del juez regional; así como que se  expidan  copias para investigar la supuesta conducta de prevaricato cometida por  los miembros del Tribunal.   

          EXCEPCIÓN DE INCONSTITUCIONALIDAD   

          El  actor  hace  una  reseña de los Protocolos I y II adicionales a  los  Convenios de Ginebra de 1977, en cuanto establecen garantías fundamentales  para  las  personas  que queden privadas de la libertad en poder de una parte en  conflicto;  la  necesidad de una sentencia emitida por un tribunal imparcial; el  aviso  sin  demora  sobre la acusación; la responsabilidad penal individual; la  legalidad  de  los  delitos  y  las  penas;  la  presunción  de  inocencia;  el  pronunciamiento  público  de  la  sentencia;  el  derecho a interponer recursos  judiciales,   entre   otros   (artículos   75   Protocolo  I  y  6°  Protocolo  II).   

          Como  lo  ha  reconocido  la  Corte Constitucional en las sentencias  C-547  de  1992  y  225  de  1995,  los  principios  del  Derecho  Internacional  Humanitario  consagrados  en  los  Convenios de Ginebra y en sus dos protocolos,  por  el  hecho  de  constituir  un  mínimo  ético  aplicable  a situaciones de  conflicto    nacional    o   internacional,   hacen   parte   del   ius  cogens  o  derecho consuetudinario de  los  pueblos  y  entonces  resulta  de  obligatoria  aplicación, máxime que el  artículo  93  de la Constitución Política de Colombia le da prevalencia en el  orden interno.   

          Estima  el  censor  que  la legislación de orden público y toda la  estructura  de  esa  jurisdicción  son inconstitucionales por violar las normas  internacionales  sobre  derechos  humanos  y  en  particular  sobre  el  Derecho  Internacional  humanitario,  razón  por  la  cual  solicita  una  excepción de  inconstitucionalidad.   

          CONSIDERACIONES FINALES   

          En  el  último  capítulo  de su exposición, el demandante observa  que  el  hecho de que el procesado no haya aceptado los cargos formulados por la  Fiscalía  no  puede  convertirse  en  una  causal de agravación o de venganza,  porque  se transformaría la administración de justicia en una parte interesada  en las resultas del proceso.   

          La  objetividad  y  la  imparcialidad  deben caracterizar los fallos  judiciales,  con  mayor  razón  cuando se trata del juzgamiento de delincuentes  políticos  o  de sus opositores, pues, en caso contrario, sería preferible que  dicha  actividad  judicial la adelantaran los militares, pues por lo menos ellos  viven  y  sienten  la  guerra  en  carne  propia  y en consecuencia entienden la  dinámica  de  la misma y pueden comprender perfectamente cuál es la actuación  de sus enemigos.    

          Sobre  el  tema  de  la  imparcialidad  del  juez  y  de los delitos  políticos,   el   actor  hace  una  cita  del  maestro  Carrara,  pero  ninguna  pretensión formula en particular.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

         El  Procurador  Tercero Delegado para la Casación Penal (E) examina  los   dos  cargos  propuestos  por  el  demandante  y  hace  una  consideración  adicional;  pero  anota  previamente  que  la  demanda contiene serias falencias  técnicas,  pues  invoca  la  causal  primera  de casación, cuerpo primero, por  interpretación  errónea,  mas  termina  por  aludir a los otros sentidos de la  violación  (falta de aplicación y aplicación indebida), como si se tratara de  la  misma  forma  de  quebranto.  Por otra parte, el actor en un solo cargo  involucra  materias  que debió proponer en censuras separadas, como cuando hace  referencia  a la vulneración del principio del non bis  in idem.   

         1.   En  relación  con  el primer cargo, el Procurador señala  que  la  exclusión  evidente,  la  aplicación  indebida  y  la interpretación  errónea  de  una  norma, constituyen tres sentidos diversos de la violación de  la  ley sustancial.  Por tal razón, resulta impropio afirmar, como lo hizo  el  censor,  que  el  fallo  incurrió  en interpretación errónea por falta de  aplicación o aplicación indebida.   

         Aunque  puede  descubrirse  como  eje de la censura la inconformidad  por  la imputación del delito de terrorismo, lo cierto es que los esfuerzos del  impugnante  no  se  orientaron  a  la  anunciada  interpretación  errónea  por  atribuir  un  sentido  diverso a la norma del artículo 187 del Código Penal de  1980  o  la  asignación  de  efectos que no pertenecen a su contenido, sino que  controvierte  la  opinión  de  los  falladores  en  cuanto  a  que  los  hechos  encuentran  adecuación  en  el  tipo  penal de terrorismo, para concluir que se  subsumen en la conducta de rebelión.   

         Como  se  trata de una mera oposición a los criterios expuestos por  el  juzgador,  el  Procurador anuncia la inadmisibilidad del argumento en virtud  de  la  presunción  de  acierto  y legalidad que cubre los fallos de instancia,  máxime  que  en  este caso se demostró no sólo la militancia del procesado en  el  grupo  subversivo,  con el propósito de derrocar al Gobierno Nacional, sino  que  en ejercicio de esa actividad el acusado provocó terror en la población y  daños  en  bienes  y  personas,  todo  lo cual provino del acto de dinamitar la  tubería  de  conducción del gas.  Fueron dos bienes jurídicos vulnerados  con  la  conducta  del  procesado,  claramente  diferenciados,  por  un  lado el  régimen constitucional y por el otro la seguridad pública.   

         No  obstante  que  el  casacionista cita las normas del Protocolo II  Adicional  a  los  Convenios de Ginebra, en cuanto a las diligencias penales, la  protección  de  las  personas privadas de la libertad y las garantías penales,  en  cambio  se  abstiene  de  traer a colación las disposiciones del título IV  dedicado  precisamente a la protección de la población civil, preceptos según  los  cuales  el  ordenamiento  internacional  prohibe  a las partes en conflicto  atacar  a la población civil, así como las obras o instalaciones que contengan  fuerzas peligrosas, aunque sean objetivos militares.   

         A  pesar de que el conflicto interno de Colombia puede reconocerse a  la  luz  del Protocolo II, de igual manera el estatuto impone obligaciones a las  partes,  en  este  caso  a las fuerzas armadas del Gobierno y los grupos armados  organizados,  en  el  sentido  de  no ejecutar acciones como las examinadas, con  mayor  razón  en  este caso cuando no sólo se ocasiona un grave perjuicio a un  medio  de  importancia  para la comunidad, como es el transporte de combustible,  sino  que  también  se  produjeron  lesiones en la población civil aledaña al  lugar.   

         Argumenta  el  Procurador  que  no  pueden equipararse las acciones,  métodos  y armas que utilizan las fuerzas armadas regulares del Estado y los de  la  subversión,  porque,  en  principio,  la  función  de  las  primeras es la  protección del régimen constitucional que la segunda ataca.   

         Le  parece  al  Procurador  que  la  conducta del procesado no puede  conciliarse  con  normas internacionales como el Protocolo II, porque obviamente  causa  terror una explosión que produce heridas a varias personas, causa daños  en  la  edificación  de  la  escuela  pública,  sin  contar  con  el perjuicio  ecológico  y  humano  que  debe  seguir  a  un  esparcimiento  de  gases  en el  lugar.   

         La  disposición  del delito de terrorismo no va en contravía de lo  que  se  ha  denominado  la  “humanización  de  la  guerra”,  pues,  por el  contrario,  el  propósito  sería  el  de  reducir el ámbito de la lucha a los  participantes  y  salvaguardar  a  la  población  civil,  porque el Estado debe  buscar  la  protección de los ciudadanos como obligación constitucional, en su  vida  y en lo que pueda afectar la convivencia pacífica, objetivos que también  ha  pregonado  la  organización guerrillera como defensora de los intereses del  pueblo,  pero  que  en  casos como el examinado le produce un daño directo a la  población.   

         Considera   el  Procurador  que  es  correcta  la  apreciación  del  Tribunal  de  un  hecho  punible distinto por el acto que tiene el propósito de  causar  terror  en  la  población,  diverso  a  la  simple rebelión, porque la  organización  al  margen de la ley puede buscar el derrocamiento del Gobierno a  través  de  los  enfrentamientos  militares,  mas  no  por  medio  de  “actos  esporádicos  y  aislados  de violencia y otros actos análogos”, como lo dice  el  artículo  1°,  numeral  2°  del Protocolo II adicional a los Convenios de  Ginebra.   

         Los  Convenios  de  Ginebra  y  los  Protocolos Adicionales señalan  limitaciones  a  los  combatientes,  de modo que si los grupos enfrentados no se  acogen  a  ellas  deberán someterse a las sanciones de la normatividad penal de  cada Estado.   

         Como  el cargo se convirtió en una mera oposición de criterios, le  parece al Procurador que no puede prosperar.   

         2.   En  cuanto al segundo cargo, el demandante sostiene que la  demanda  no  presenta  un  desarrollo  ordenado,  pues  no resulta coherente que  primero  se  refiera  a  lo  dispuesto  en  el  artículo  206  del  Código  de  Procedimiento  Penal de 1991, después exponga su oposición a la negativa de la  rebaja  de  pena  por confesión; posteriormente incorpore aspectos relacionados  con  la  competencia  del superior; de modo que la sustentación se convierte en  un ataque al análisis del fallador.   

         Por  otra parte, el censor apenas alude al artículo 206 del Código  de  Procedimiento  Penal de 1991 para señalar que el Tribunal no podía conocer  de  la  sentencia  por  la  vía de la consulta, cuando no se interponga recurso  alguno;  pero  olvida  que no pocas decisiones de la Corte Suprema de Justicia y  aún  la  sentencia  del  13  de  noviembre  de  1997,  proferida  por  la Corte  Constitucional,  señalan  que el grado jurisdiccional de la consulta permite al  superior  decidir  sin  limitación  alguna,  aunque  no  por  ello se afecta el  principio  de  prohibición de reforma peyorativa descrito en el artículo 31 de  la Constitución Política.   

         De  acuerdo  con el artículo 206, son consultables las providencias  adoptadas   en   los   procesos   de  conocimiento  de  los  fiscales  y  jueces  regionales.   Entendió  el  Tribunal  que  la consulta es una institución  establecida  en  garantía  tanto  del  sindicado  como  del Estado y las demás  personas  que  intervienen  en el proceso, razón por la cual el superior podía  revisar oficiosamente.   

         La  consulta  no  es  sólo  una  garantía  para  los  derechos del  procesado,  dado  que  su trámite es obligatorio y no potestativo como si lo es  la  apelación.   Aunque  en este caso el procesado interpuso el recurso de  apelación   –único-,  la  decisión  revisada  es  de  las que tiene previsto el grado de consulta y en su  virtud   el   superior  revisó  para  hacer  más  gravosa  la  situación  del  procesado.   

         Conforme  con  la decisión de la Corte Constitucional, el principio  de  no  reformatio in pejus es  una  manifestación  del  principio  de  congruencia  entre las pretensiones del  recurrente  y  la  competencia  del  fallador, pero no opera en relación con la  consulta   porque   el   objeto   es  diverso,  permitiéndole  al  ad    quem    decidir   sin   limitación  alguna.   

         Tampoco   tiene   vocación   de   éxito  del  cargo,  concluye  el  Procurador.   

         3.   A  la  manera  de  consideración adicional, el Procurador  Delegado  observa  que  no  es  procedente la excepción de inconstitucionalidad  planteada  por  el actor, porque en este caso se han respetado las normas de los  Protocolos  I  y II, conforme con el artículo 93 de la Constitución Política,  sólo  que  el  recurrente  le  hace  al texto constitucional un agregado que no  contiene,  en  el sentido de que los derechos humanos allí expresados no pueden  ser limitados “durante conflictos armados”.   

         Además,  en  este caso no se observa ni se demuestra en concreto la  violación  de las normas internacionales o su limitación a consecuencia de los  estados  de  excepción.   Aunque  en  el fondo pretende plantearse que las  normas  sobre  competencia  y  procedimiento  de  la  justicia regional resultan  transgresoras  de  los convenios internacionales, resulta pertinente examinar el  contenido  de  la  sentencia  C-040 de 1997 (febrero 3), por medio de la cual se  declararon  exequibles  los  artículos 71-4 y 89-2 del Código de Procedimiento  Penal de 1991, tal como fueron modificados por la Ley 81 de 1993.   

         Adicionalmente,  la pretensión del impugnante se construye sobre su  consideración  particular  de  que  esta  situación  se  adecua a un conflicto  armado,  como  presupuesto  de  inaplicabilidad  del  estatuto  penal, lo que en  realidad aquí no tiene aplicación.   

         Pide la Procuraduría no casar la sentencia impugnada.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         OBSERVACIÓN INICIAL   

         Ocurre  que  el  procesado  ARTURO  DE  JESÚS  MENDOZA  MARÍN  fue  investigado  y  acusado  por  sendos delitos de REBELIÓN y TERRORISMO, conforme  con  lo  previsto  en  los artículos 1° del Decreto Legislativo 1857 de 1989 y  1°  del Decreto Legislativo 180 de 1988, adoptados como legislación permanente  por los artículos 8° y 4° del Decreto 2266 de 1991, en su orden.   

         Pues  bien,  conforme  con  el  mencionado artículo 1° del Decreto  1857  de  1989, la rebelión tiene prevista una pena privativa de la libertad de  cinco  (5)  a  nueve  (9)  años de prisión, lo cual significa que esta última  cifra  sería  el  indicativo del término de prescripción, tal como lo dispone  el  artículo  80  del  Código  Penal  de 1980 y lo reitera el artículo 83 del  nuevo  estatuto punitivo (Ley 599 de 2000), vigente a partir del 25 de julio del  pasado año.   

         Sin  embargo,  de  acuerdo  con el artículo 84 del anterior Código  Penal  (artículo 86 del actual), el término de prescripción se interrumpe con  la  resolución  acusatoria o su equivalente debidamente ejecutoriada y entonces  comienza  a  correr  de nuevo por lapso igual a la mitad del inicial, sin que en  todo   caso   pueda   ser  inferior  a  cinco  (5)  años  ni  superior  a  diez  (10).   

         De  modo  que,  en  el  caso  del delito de rebelión previsto en el  artículo   1°   del   Decreto  1857  de  1989,  interrumpido  el  término  de  prescripción  por obra de la ejecutoria de la resolución de acusación, debía  comenzar  a  correr  de  nuevo  por  un  término  de  cinco  (5)  años, tiempo  satisfecho   el  21  de  julio  de  1999,  supuesto  que  la  acusación  estaba  ejecutoriada   desde   la   misma  fecha  del  año  de  1994  (cuaderno  1,  f.  192).   

         Así  las  cosas, la Corte declarará la prescripción por el delito  de  rebelión,  ordenará  cesar  todo  procedimiento  en contra del acusado por  dicha  infracción,  conforme  con  el artículo 36 del Código de Procedimiento  Penal  de 1991 (o el artículo 39 del nuevo estatuto procesal penal –Ley  600  de  2000-) y, si es del caso,  readecuará la pena impuesta.   

         PRIMER CARGO   

         El  actor  estima  que el fallo ha incurrido en la causal primera de  casación,  como  violación  directa  de  la ley sustancial por interpretación  errónea  y  cita como normas transgredidas los artículos 125 y 187 del Código  Penal  de  1980,  así  como  los  artículos  3°  y 6° de la Ley 5ª de 1960,  aprobatoria  de  los  Convenios de Ginebra.  La inquietud se circunscribe a  que,  por  obra  de  un  manejo  arbitrario de las invocadas normas, el fallador  atribuyó  al  acusado  el concurso de delitos de rebelión y terrorismo, cuando  en  verdad  la primera conducta, por ser compleja, comprendía en su desvalor el  de la segunda.   

         De  la manera como lo observó el Procurador Delegado, la demanda se  refiere  impropiamente  a  una  supuesta  violación directa por interpretación  errónea,  dada  la  aplicación  indebida  de  ciertas  normas  y  la  falta de  aplicación  de  otras.   En  verdad, la aplicación indebida y la falta de  aplicación  de un precepto no son formas de interpretación errónea del mismo,  sino  que  los  tres constituyen sentidos diversos y lógicamente reñidos de la  violación directa de la ley sustancial.   

         En   efecto,   afirmar   que   una  disposición  fue  erróneamente  interpretada  significa  que se acepta la aplicación de la misma, mas no con el  sentido  y  trascendencia que caprichosamente se le dio en el fallo, sino con el  que  en  sana  hermenéutica  le  corresponde.   De igual manera, cuando se  postula  que  la  norma  fue  erróneamente  interpretada, se supone que no hubo  falta de aplicación o exclusión evidente de la misma.   

         Sin  embargo, la Corte entiende que el impugnante lamenta finalmente  con  claridad  que le hayan aplicado indebidamente a su defendido la norma sobre  terrorismo  (art.  187 del C. P. de 1980, modificado por el art. 1° del Decreto  180  de  1988) y le hayan dejado de aplicar los preceptos sobre los Convenios de  Ginebra  y sus protocolos adicionales, porque a la consideración del impugnante  el  estallido  intencional del gasoducto constituye una forma de hacer la guerra  para  procurar  el  derrocamiento  del  Gobierno,  razón  por  la  cual  no era  procedente  el  concurso  de  la  rebelión  con  el  delito de terrorismo, pues  bastaba  la  disposición típica compleja del artículo 1° del Decreto 1857 de  1989.   

         Con  todo,  basta resaltar que la demanda discrepa de que el acusado  haya  estado asistido del propósito de provocar o mantener un estado de zozobra  o  terror  en  la  población  o  en un sector de ella (ánimo terrorista), como  hecho  psicológico constitutivo del delito de terrorismo al tenor del artículo  1°  del Decreto 180 de 1988, sesgo que entonces contradictoriamente pondría la  reclamación   en   los  términos  de  la  violación  indirecta     y     no     de    la    violación  directa  de  la ley sustancial  inicialmente planteada.   

         Se  ha  reiterado  por  la jurisprudencia que el manejo al garete de  las  objeciones por violación directa o violación indirecta no es un asunto de  mera  denominación, simplemente porque la primera implica la aceptación de los  hechos  declarados  en  la  sentencia  impugnada en toda su extensión, pues, de  otra  manera,  el  impugnante  tendría  la  carga  de  demostrar cabalmente los  errores  de  hecho  o de derecho cometidos en la apreciación de la facticidad y  de la prueba que la sustenta.   

         El  desvío  de  la  demanda  se  hace  notorio  en  las  siguientes  expresiones:   

“Ante el asunto en estudio, es obvio, que  la  actividad  desplegada  por  ARTURO  DE  JESÚS  MENDOZA  MARÍN en  ningún momento llevaba implícito producir terror y zozobra en  la  población y sobre eso tenía plena conciencia, de  ninguna  manera  se  puede llegar a la fatal deducción que el acto cometido por  MENDOZA  MARÍN  buscaba  atentar  contra  la  población  civil.   Es  muy  disiente  (sic) el hecho de que como tarea militar tenía sus debidas medidas de  seguridad   –como   lo  plantean  las  estrategias  y  tácticas  de  guerra- y sin embargo por un hecho  fortuito    el    mismo    encartado   resultó   víctima.    Ante  este hecho se puede deducir que nadie atenta contra su propia  vida   y   menos   en   la  forma  como  le  ocurrió  al  encartado.   Creeríamos  pues  que él hiciera la tarea militar con el  ánimo  de  atentar contra su propia vida, la de sus compañeros y la vida de la  población  civil?.   De  ninguna manera lo creemos así y causa hilaridad,  por   decir  lo  menos,  que  se  pretenda  ver  la  acción  como  un  “hecho  demencial” (cuaderno Tribunal, f. 82.  Énfasis  agregado).   

“No quiere decir lo anterior, que jamás  pueda  tipificarse  el  terrorismo  cuando  se  utilicen  explosivos.  Pero  tampoco  quiere significar que su utilización siempre degenere en el punible de  terrorismo” (fs. 90).   

“El  acto  terrorista  es  un  acto  de  violencia   planeado   y  realizado  con  deliberada  intención  de  empavorecer  a las víctimas, a los testigos y a los miembros de  la  población  por  él  afectada.   No todo lo  violento  es  terrorista.   No  todo  lo  que  aterra  es terrorismo.   Para  que haya terrorismo es preciso que la violencia  se  aplique  con  la  finalidad  primordial  de infundir un sentimiento de pavor  respecto   a   un   mal   amenazante   o   a   un   peligro   temido.   El  secuestro  y  asesinato de un niño por un delincuente  sexual  es un acto de violencia que a muchos aterra, pero mal puede considerarse  como  terrorista  a su autor.  Las operaciones bélicas dirigidas contra un  objetivo  legítimo  situado  en  las  vecindades de una zona residencial causan  terror   en   los   civiles,   pero  no  constituye  acto  de  terrorismo.   El  terrorismo  es  el  empleo de la violencia con el  propósito  específico de causar terror, conducta que  no  puede  ser  confundida  con  otras  cuya  realización  afecta  el  régimen  constitucional,   la   tranquilidad  pública,  la  libertad  de  trabajo  o  el  patrimonio  económico”  (fs.  92  y 93.  Se ha  subrayado).   

“En el actuar  de  ARTURO DE JESÚS MENDOZA MARÍN, no aparece ni la intención o el propósito  de  causar  terror  a  la población, es más, él no sabía que tenía o venía  por  el  tubo  de conducción, de haber sabido que era gas no lo hubieran hecho,  por  elementales  razones de seguridad para la población y para su propia vida,  el  hecho  planificado  y  ordenado se realizó en un sitio despoblado, distante  por  lo  menos  un  kilómetro de la casa más cercana; sobre este particular no  caben  especulaciones  o  tergiversaciones  por  parte  del juzgador”  (fs.  93  y  94.   Lo destacado  pertenece al texto original).   

“En  el caso de ARTURO DE JESÚS MENDOZA  MARÍN,     el     fallador     viola     el    principio    del    ‘non    bis    in   idem’ al aplicar el delito de rebelión en  concurso  con  el  de  terrorismo, ya que como se vio anteriormente el delito de  rebelión  es  un tipo penal complejo y que por consiguiente subsume la conducta  punible  cometida  por  el  encartado.   Extenso  fue el análisis sobre la  guerra  y  en  especial  la  guerra que se vive en el país para entender que la  conducta  punible  que se le debe atribuir a MENDOZA MARÍN es la aplicable a la  rebelión  y  no la de terrorismo, ya que este se cae por su propio peso con los  argumentos  expuestos.   No se puede pues por la  mera  apreciación  subjetiva  de los hechos condenar por rebelión y terrorismo  la  conducta  asumida  por  MENDOZA MARÍN, ya que estaría siendo condenado dos  veces  por  el mismo hecho”  (f. 95.  Subrayas fuera de texto).   

“Las anteriores aseveraciones nos llevan  a  la  conclusión  de que a MENDOZA MARÍN se le está condenando dos veces por  el   mismo  delito,  solamente  que  lo  hacen  desde  posiciones  subjetivas  contrarias  a  derecho y con base en tesis peligrosistas  que  ya  hace  tiempo  dejar  de  regir el Código Penal en Colombia”     (f.     96.      Se    ha  destacado).   

         Así  entonces,  el  demandante  discute  el ánimo terrorista en la  acción  desplegada  por  su  defendido  MENDOZA  MARÍN;  le  parece  que dicho  propósito  criminal  fue  inferido  arbitrariamente  por  el juzgador desde una  “apreciación   subjetiva”   de  la  prueba  o  a  partir  de  “posiciones  subjetivas”  o  “peligrosistas”; estima irracional la inferencia de que el  procesado   haya   actuado  con  disposición  terrorista,  cuando  en  el  acto  comprometió  su  propia  vida  y  la  de sus compañeros de acción; en fin, el  impugnante   no   sólo  objeta  los  hechos  y  las  pruebas  tal  como  fueron  configurados    por   el   fallador,   sino   también   el   mérito   de   las  últimas.   

         No  se  trata de una exigencia acentuadamente formal, simplemente el  actor,  si  prefería  pasarse a la modalidad de la violación indirecta, debió  demostrar  los  meros  enunciados  de  la  “apreciación subjetiva” o de las  supuestas  “posiciones  subjetivas”  del  juzgador  en la estimación de los  hechos   y   las   pruebas,  mas  no  de  cualquier  manera,  sino  mediante  el  señalamiento  concreto  y  discriminado  de  los  errores de hecho o de derecho  trascendentales  en  que  pudo haber incurrido el Tribunal, como lo demandaba el  artículo  220,  numeral  1°  del  Código  de Procedimiento Penal de 1991 y lo  requiere también el artículo 207-1 del actual estatuto procesal.   

         Es  que  en  realidad  el  fallo  del Tribunal hace precisos juicios  probatorios   y  jurídicos  para  justificar  la  concurrencia  del  delito  de  terrorismo,  en  respuesta  a  la  misma inquietud de delito único de rebelión  planteada  por el actor en el memorial de apelación, valoraciones que no fueron  refutadas  en debida forma por el censor, a través de la mínima técnica de la  casación, y que ostentan el siguiente tenor:   

“De  hecho,  cuando  se  obró de manera  demencial  al  colocar  aproximadamente  20  libras  de  dinamita  a  los  tubos  conductores   de   derivados   del   petróleo  que  avanza  por  la  población  cundinamarquesa   de   Albán,   en  medio  de  asentamientos  humanos  con  sus  respectivos  medios  de  subsistencia  rural como lo es la siembra y el cuido de  diferentes  clases  de  animales  domésticos,  y luego ser detonada mediante el  sistema  de flash hasta obtener una explosión y llama de incalculable magnitud,  que  si  no  cobró  vidas  humanas  si se ensañó en la integridad personal de  muchos  moradores  del lugar, sus plantaciones y la mayoría de sus rebaños, se  hizo  palpable  el  propósito terrorista que animaba a ARTURO DE JESÚS MENDOZA  MARÍN  y  los  otros  coprocesados.   Y  no  puede  desconocerse el ánimo  terrorista,  si el mismo se hace, más que deducible, ostensible y evidente, del  sólo  hecho  de  acopiar  diez  kilos  de  dinamita,  sustancia  inflamable por  naturaleza,  a unos tubos por cuyo interior transita en grandes cantidades, otro  elemento  inflamable  como es el gas y otros compuestos del petróleo, aún más  letales  cuando  se  les  quiere  conciliar  con  fuego  de  lo cual resulta una  explosión,  cuyo  estruendo  no  es  difícil  de  imaginarlo,  sin  embargo de  ausencia  de  conocimiento  sobre  la ciencia que se ocupa de ello, ahora, mucho  menos  las  pérdidas y perjuicios materiales cuyo rastros no se extinguen de la  misma  manera  tan  instantánea  como  los  de una explosión, por bárbara que  sea.   

“Entonces,   si   la   conflagración,  interesando  tan  sólo  para  el sentido auditivo de la gente de la región fue  tremenda  llevándolos  a  alterar  tanto su tranquilidad como estado de ánimo,  que  los  sumió  en  una desmesurada desesperación y tribulación, porque a su  susto  se  sumó el que sintió la población infantil que aunque no alcanzaba a  entender,  si  alcanzaba a percibir por sus sentidos aún en vía de desarrollo,  la  contaminación  auditiva y ambiental propiciada por personas inescrupulosas,  que  dio  al traste de una forma abrupta con el ambiente de seguridad y armonía  en   que   realizaban   sus   actividades  pueriles”  (Cuaderno Tribunal, fs. 16 y 17).   

         Tampoco  se  ha refutado por los medios indicados de la casación la  expresión  del  dolo  que  el  Tribunal, con base en la providencia dictada por  esta   Corte   el   14   de   diciembre   de   1994,   hizo  en  los  siguientes  términos:   

“El  acto terrorista puede ser realizado  con  dolo  directo  o eventual, y éste se deduce del medio utilizado, del lugar  en  que  se  ejecuta el hecho, y de la indiferencia del lugar no obstante que es  claro,  ostensible y evidente, que con esa conducta se generaría una situación  de   terror,   zozobra   y  alarma  colectivas”  (f.  19).   

         No  omitió  el  Tribunal la consideración de los contenidos de los  Convenios  de  Ginebra  y  sus Protocolos Adicionales sobre la reglamentación y  limitación  de  los  actos  y  medios  en el despliegue de una guerra externa o  interna,  así  no  los  haya  citado  por sus denominaciones o en detalle, pues  siempre  hizo  énfasis  el  juzgador  en  la protección de la población y los  bienes  civiles,  como  elementos que el mismo Derecho Internacional Humanitario  pone  a  salvo y por fuera de cualquier propósito de guerra o subversivo.   En efecto, señaló el Tribunal:   

“Pero  claro,  ARTURO  DE  JESÚS MENDOZA  MARÍN,  cumpliendo  órdenes  de  algún nivel de la comandancia de la Farc, en  compañía     de     otros     de     sus     compañeros    de    ‘lucha’, osaron hacer explotar el poliducto de  Albán  para  presionar  al Gobierno de alguna manera al diálogo, a decretar en  su  favor  una  amnistía, etc., o tal vez, simplemente, causar un traumatismo a  la  infraestructura petrolera, lo cual hasta ahí configuraría el dolo directo,  pero  si  no  se  cuidaron  de que dicho atentado fuera a afectar a la comunidad  civil,  a  la  fauna,  la  flora, a las especies hídricas, pues es claro que al  derramarse  cualquier  clase  de  compuesto  petrolífero o de extenderse por la  atmósfera  en su estado gaseoso, interesa otros bienes jurídicos que están en  cabeza  de los coasociados considerados en conjunto, es claro que existe un dolo  eventual,  que  en  lo  que  se analiza fue el que conllevó a que los hechos se  vieran   matizados  de  terrorismo  y  se  tiene  que  responder  por  ese  dolo  eventual” (fs. 21 y 22).   

         Así las cosas, no hay lugar a la primera censura.   

         SEGUNDO CARGO   

         La  segunda  objeción  se  presenta  por la misma vía de la causal  primera,  como  violación  directa  de  la  ley  sustancial, merced al supuesto  desconocimiento  del artículo 31 de la Constitución Política y los artículos  17  y  206  del Código de Procedimiento Penal, según los cuales el superior no  podrá  agravar  la  pena impuesta cuando el procesado sea apelante único, aún  en los casos de consulta.   

         La  exposición  del  cargo,  en  principio,  incurre  en las mismas  confusiones  del  anterior,  respecto  de los sentidos de la violación directa,  pues  finalmente  el actor no alcanza a precisar si en el fallo cuestionado hubo  falta  de  aplicación,  aplicación  indebida o interpretación errónea de los  preceptos antes citados.   

         Pero,  una  vez  más  se  acude  a la flexibilidad por razón de la  certeza  de  la  inconformidad, el censor finalmente se duele de que el Tribunal  Nacional  le  haya  incrementado  la  pena  impuesta  en  primera  instancia  al  procesado,  a  pesar de que solamente hubo apelación a su favor y, como lo dice  el  artículo  206, la consulta sólo procede “cuando no se interponga recurso  alguno”.   

         Para  resolver  la  censura,  se  tendrán  en cuenta las siguientes  reflexiones:   

         1.   Esta  curiosa  tesis  de  que  la  mera interposición del  recurso  de  apelación  bastaría  para burlar el mandato legal de la consulta,  desafortunadamente  ya fue prohijada por la Corte Constitucional en sentencia de  unificación  de  tutela  (SU-1722  de 2000), obviamente sin efectos imperativos  erga omnes, de acuerdo con la  previsión  del  artículo  48  de  la  Ley  270  de  1996  (Estatutaria  de  la  Administración de Justicia).   

         2.   En  efecto, la Corte Constitucional, de acuerdo con lo que  expone  en  el  fallo  mencionado,  estima  que  la  consulta es una herramienta  residual  y  subsidiaria  al  recurso  de  apelación,  motivo  por  el  cual la  interposición  de  este  último  excluye  la  primera,  y  así,  en  caso  de  impugnación  única  a  favor  del  condenado,  el  superior deberá limitar la  revisión   a   los   aspectos   desfavorables   y   no   podrá   agravarle  la  pena.   

         3.   Sin  embargo, una interpretación integral, coherente y no  sesgada  del  texto del artículo 31 constitucional, indica que el Constituyente  estableció  de  manera  independiente  y  al  mismo  nivel  la  apelación y la  consulta,  como  medios  que  podían  abrir  la segunda instancia en el proceso  penal  colombiano,  el  primero  por obra del ejercicio libre de las partes y el  segundo  por  la  insustituible  voluntad  de  la ley.  Por ello, el inciso  primero   del   citado  canon  dice  sentenciosamente:   “Toda  sentencia  judicial  podrá  ser apelada o consultada,    salvo    las   excepciones   que   consagre   la   ley”   (se  subraya).   

         4.   Y  la  prohibición de reformatio  in  pejus  sólo se contempla para el caso alternativo  único  de  la  apelación, sin que la voluntad del apelante pueda sustituir una  consulta  establecida  por  ministerio  de  la  ley, sino que serían fenómenos  concurrentes,  ya  que la segunda le permite al superior decidir sin limitación  alguna,  como  lo  prevé el artículo 217 del anterior Código de Procedimiento  Penal,    en    el    mismo    sentido    del    artículo    204   del   actual  ordenamiento.   

         5.   Como  la  sentencia  SU-1722  no  quiso  aproximarse  a la  trajinada  naturaleza  jurídica  de  la  consulta,  según  la  cual ella es un  mecanismo   automático   de  revisión  sin  límites  asignado  a  la  segunda  instancia,  que  opera  por  ministerio  de la ley y, por ende, no depende de la  voluntad  de las partes, entonces la Corte Constitucional cayó en el sofisma de  presentar  la  institución como repelente con el recurso de apelación, a pesar  de  lo  cual  les  atribuye  el mismo mérito de evitar la reforma en peor, pero  olvida  que  procesalmente sí es posible que una decisión de primera instancia  sea  examinada  por  el superior en virtud del doble grado de la apelación y la  consulta,  pues  ésta  se  establece  previa y oficiosamente en la ley y no por  ello  se  inhibe  la  voluntad  de  los  sujetos  procesales  para  impugnar  la  providencia si la estiman agraviante.   

6.  En medio de la confusión entre el  recurso  de  apelación y el grado jurisdiccional de la consulta, y su relación  con    la    no   reformatio   in   pejus,  la  Corte  intentó una interpretación literal de los artículos  206,  217 y 227 del Código de Procedimiento Penal (a la postre no tan literal),  para señalar:   

“Para entrar a  definir  la  situación  planteada  la  Corte  entra  a  analizar los siguientes  aspectos:   

“a) El antiguo artículo 206 del Código  de Procedimiento Penal disponía lo siguiente:   

“En  los  delitos  de  conocimiento de los  fiscales  y  jueces regionales son consultables cuando  no  se interponga recurso alguno, la providencia   mediante  la cual se ordena la cesación del procedimiento, la preclusión de la  investigación,  la  providencia que ordena la devolución a los particulares de  bienes  del  imputado o sindicado presuntamente  o que sean objeto material  del   mismo   y   las   sentencias   que   no   sean  anticipadas”.      (subrayadas      fuera     del  texto)   

“El  actual  el  artículo  217  C.P.P.  dispone lo siguiente:   

“la  consulta  permite al superior decidir  sin  limitación  sobre  la  providencia  o  la  parte  pertinente  de  ella, la  apelación  le permite revisar únicamente los aspectos impugnados. Cuando  se  trate  de  sentencia  condenatoria no se podrá en caso  alguno  agravar la pena impuesta, salvo que el fiscal o el agente del ministerio  público  o  la  parte  civil  cuando  tuviere  interés  para ello, la hubieren  recurrido”. (subrayadas fuera del texto)   

“Y el artículo 227 del C.P.P, relativo a  la no reformatio in pejus en sede de casación  dispone:   

“Cuando se trate de sentencia condenatoria  no  se  podrá  agravar  la  pena  impuesta,  salvo que el fiscal, el ministerio  público   o   la   parte   civil,   cuando   tuvieren   interés,  la  hubieren  recurrido”.   

“La situación jurídica planteada en las  citadas    disposiciones    tiene    a   juicio   de   Corte,   las   siguientes  explicaciones:   

“-  Como  se  observa  en  primer lugar,  el     grado     jurisdiccional     de    consulta  operaba en los asuntos que eran de competencia de los  jueces  regionales,  como  un  mecanismo  residual  y  subsidiario.   Lo   anterior,   indica  que  fue  el  propio   legislador  quien  en  forma  clara  restringió la posibilidad de  acceder  a  dicho  nivel de control jurisdiccional, al  condicionar  la  consulta,  a  que el fallo de primera instancia no hubiere sido  impugnado dentro del término legal.   

“- A su vez, el  artículo  217  del  C.P.P.,   es  claro  al  ordenar  que  no   puede  agravarse  la  situación  del condenado, salvo en el evento en que el fiscal, o  al  gente  del  ministerio  público  o  la  parte  civil, hubieren recurrido la  decisión de primera instancia.   

“- Similares consideraciones caben acerca  del    art.    227    del   C.P.P.”   (las  subrayas  pertenecen  al  texto original de la sentencia, pero  las negrillas son agregadas).   

7.   La  expresión  “son     consultables    cuando    no    se    interponga    recurso  alguno”,  utilizada  en el artículo 206 del Código  de  Procedimiento Penal, corresponde al modo verbal del subjuntivo presente, que  como  tal  revela  una  hipótesis  o  suposición, de modo que simplemente hace  énfasis   en  la  automaticidad  u  operatividad  ope  legis del grado jurisdiccional de la consulta, así no  se  haya  interpuesto  recurso  alguno.   Es  decir,  aunque  las partes no  interpongan  recurso  alguno,  de  todos  modos  en relación con las decisiones  señaladas en la norma procederá la consulta.   

8.     No   obstante,   la   Corte  Constitucional,  en  su afán de interpretar acorde con el propósito de mostrar  una  repulsa  entre  impugnación  y  consulta, trastornó el modo verbal porque  convirtió  el  subjuntivo  presente  en un subjuntivo pretérito perfecto, para  hacerle  decir,  verbigracia,  “cuando  no  se haya  interpuesto   recurso  alguno”,  que  significa  una  acción  real  (u  omisión, como en este caso) ya pretérita o consumada.   Por   ello   se   atrevió   a   postular   equívocamente  que  “Lo  anterior,  indica  que  fue  el propio legislador quien en forma  clara   restringió   la  posibilidad  de  acceder  a  dicho  nivel  de  control  jurisdiccional,  al condicionar la consulta, a que el  fallo  de  primera  instancia  no  hubiese  sido  impugnado  dentro del término  legal”       (se  subraya).   

9.  Por otra parte, no es cierto que el  artículo  217  sea  claro  en  cuanto  que no puede agravarse la situación del  condenado  en  sede  de  consulta, porque, en primer lugar, el precepto encabeza  con  una  facultad  ilimitada  del  superior  para  decidir  la consulta (“sin  limitación”)  y,  en  segundo  lugar,  la  prohibición  de agravación de la  sentencia   condenatoria  se  condiciona  a  que  la  decisión  “la  hubieren  recurrido”,  es  decir,  a  que  se  haya  interpuesto un recurso que no puede  confundirse   con   la   consulta   que   es   ajena   a   la  voluntad  de  las  partes.   

10.  De igual manera, el fallo acude a  un argumento de las consecuencias y señala:   

“De   no   entenderse   así,   sería  desvirtuada  la  naturaleza  jurídica  de  la  no  reformatio in pejus que como  garantía  establece  la  imposibilidad  jurídica  de  hacer  más  gravosa  la  situación  del  condenado,  en aquellos casos en que éste actúe como apelante  único.  Adicionalmente,  admitir  que por el grado de consulta, cuando concurre  con  la  apelación,  que  es  automático  y  no  provocado, pueda favorecer un  aumento   en  la  condena  del  procesado,  resta  toda  eficacia  al  principio  constitucional,  como  que  comienzan a serle introducidas excepciones  que  repugnan   con   el  contenido  mismo  de  dicha   garantía”.   

Sin embargo, la ajenidad de la consulta con  la  prohibición  de  reformatio  in pejus  no le resta eficacia a ésta, porque, en primer lugar, aún dentro  del  rango  de  la  apelación,  fueron  el  constituyente  y  la ley quienes la  limitaron  a  los casos de impugnación única a favor del condenado, y segundo,  la  consulta se ha establecido legalmente para algunas decisiones de la justicia  especial  regional de antes, o de los jueces penales del circuito especializados  de  ahora  (art.  206  C.  P.  P.  de  1991), de modo que la oportunidad para la  prohibición   seguiría   vigente   en   relación  con  el  mayor  volumen  de  providencias  que  emiten  el  resto  de los funcionarios judiciales (fiscales y  jueces) y que no son consultables.   

         11.   Por  último, la sentencia de la Corte Constitucional, en  criterio   que   resulta   coincidente   con   el   señalado   en  la  demanda,  declara:   

“En este sentido, el Estado, la sociedad  y  los  particulares  cuentan con sus representantes y los medios jurídicos que  le  otorga  la ley, para impugnar la apelación cuando consideren que ella no se  ajusta  al  principio de legalidad de la pena.  Si esta inconformidad no la  plantean  los  referidos  sujetos procesales, dentro de la oportunidad legal que  les  otorga,  habrá  de  entenderse su conformidad con la decisión del juez de  conocimiento,  pues  su  silencio  hace  entender  que  no  tienen reparo alguno  respecto de lo allí contenido.   

“En  este estado de cosas, el legislador  según  lo  consagrado en el artículo 206 del C. P. P. con el fin de proteger y  garantizar  el  principio constitucional de la no reformatio in pejus, restringe  el  grado  de  control  de  la  consulta,  a  que  no  sea  interpuesto  recurso  alguno.   Lo  cual  marca  un  límite  ineludible  en  el  ejercicio de la  función  punitiva del Estado, y a su vez, un límite en la labor interpretativa  del operador jurídico”.   

         Se   afirma   entonces   que  en  la  dinámica  del  proceso  penal  colombiano,  tanto  el  Estado  como  la  sociedad y los particulares tienen los  representantes  que  defiendan sus respectivos intereses y que, si ellos guardan  silencio  y sólo recurre el acusado u otro sujeto a su favor exclusivamente, no  habría  razón  para  que  la  segunda  instancia  le  restara  alcances  a  la  prohibición   de   reformatio  in  pejus      y,      por     el     pretexto     de     la     consulta,   agravara  la  situación  del  condenado  como  único  apelante.   Sin  embargo, lo dicho se perfila más  como    argumento    de    lege   ferenda  y  de  la  más  pura  estirpe  acusatoria,  para propugnar por la  abolición  del  instituto  de  la  consulta  que  no  sólo  es  extraño  a la  mencionada  estructura  asépticamente  considerada,  sino  que  tiene  un tinte  francamente    inquisitivo.     Debería   buscarse   una   interpretación  sistemática  de  la  institución  a  la  luz  de  la Carta Fundamental, porque  definitivamente  ésta  la  consagra  y  la  ley procesal penal la desarrolla en  consecuencia  (Const.  Pol.,  artículo  31,  inciso  1° y C. de P. P. de 1991,  arts. 206 y 217).   

         No prospera entonces la segunda censura.   

         EXCEPCIÓN DE INCONSTITUCIONALIDAD   

         Por  último,  el  actor  se  ha  referido  a  una  “excepción de  inconstitucionalidad”  respecto  de  las normas que regulaban la jurisdicción  de  orden público, convertida en jurisdicción especial regional después, pero  no  señala  cuál  sería  la  causal  por  vía de casación para llegar a tal  inaplicación, mucho menos la desarrolla y la demuestra.   

         En  efecto, el artículo 4° de la Constitución Política prevé la  aplicación   preferente   de   las   normas   constitucionales,   en   caso  de  incompatibilidad  manifiesta  de ellas con las disposiciones legales, pero, como  la  Corte no advierte de entrada tal incongruencia, el actor debió enunciar las  normas  de  la  jurisdicción  regional  o  de  orden  público  contrarias a la  Constitución  o a las normas de los derechos humanos y el Derecho Internacional  Humanitario,    y    después   demostrar   el   sentido   y   alcance   de   la  violación.   

         Con  todo,  si  se  advierte  laxamente  que  el impugnante ataca en  conjunto   la   constitucionalidad   de  la  competencia  y  los  procedimientos  especiales  de  la  jurisdicción  de  orden  público  o regional, vale la pena  anotar  que  la  Corte  Constitucional  los  declaró ajustados a la Carta en la  sentencia  C-093 de 1993.  De igual manera, por medio de la sentencia C-040  de   1997,   la   misma   Corporación  declaró  exequibles  las  restricciones  procedimentales  establecidas  en  el  artículo  13 del Decreto 2790 de 1990 y,  además,   afirmó   el  fallo  expresamente  que  tales  limitaciones  no  eran  contrarias  al  artículo  6°  del  Protocolo  II  Adicional a los Convenios de  Ginebra,  incorporado  a  la  legislación  nacional  en virtud de la Ley 171 de  1994.   

         De   este  modo,  tampoco  quedan  temores  de  inconstitucionalidad  manifiesta, así no haya habido un cargo planteado en debida forma.   

         Así las cosas, no se casará el fallo impugnado.   

         No  obstante,  como quiera que la cesación de procedimiento implica  la  exclusión  del delito de rebelión, acorde con las operaciones hechas en el  fallo  impugnado sólo quedará vigente la pena de diez (10) años de prisión y  multa   por   valor   de   diez   (10)   salarios  mínimos  legales  mensuales,  correspondiente  al  delito  de terrorismo, pues deberá descontarse la sanción  de  tres  (3)  años  de prisión y multa en cuantía de cincuenta (50) salarios  mínimos  legales  mensuales,  que  el  Tribunal había deducido en razón de la  rebelión,  máxime  que el artículo 343 del vigente Código Penal no varió la  penalidad  mínima  de  diez  (10) años antes prevista para el hecho punible de  terrorismo, límite del cual se partió en el fallo examinado.   

         Esta  providencia sólo es notificable en lo atinente a la cesación  de  procedimiento,  para  efectos del conocimiento, porque aquélla se dicta por  una  causal  eminentemente  objetiva  y,  así entonces, como la sentencia no se  casa  quedaría  ejecutoriada  el  mismo  día de su adopción (Ley 600 de 2000,  art. 187, inciso 2° y C. P. P. de 1991, art. 197).   

         Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  ley,   

RESUELVE:  

         1.   Cesar procedimiento a favor del procesado ARTURO DE JESÚS  MENDOZA  MARÍN,  en  cuanto al delito de rebelión, por cuanto la acción penal  está prescrita.   

         2.  No casar el fallo impugnado.   

         3.   En  consecuencia  de  lo  dicho  en el numeral primero, el  procesado  MENDOZA  MARÍN deberá pagar la pena principal de diez (10) años de  prisión  y multa por valor de diez (10) salarios mínimos legales mensuales, en  lugar   de  lo  dispuesto  en  el  fallo  impugnado.   En  lo  demás  rige  éste.   

         Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Salvamento parcial de voto  

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL             JORGE      E.     CÓRDOBA  POVEDA   

        Aclaración parcial de voto   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS           CARLOS  A. GÁLVEZ  ARGOTE                 

        Salvamento parcial de voto   

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                 EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO                   

CARLOS   E.  MEJÍA  ESCOBAR                              NILSON  PINILLA  PINILLA                          

        Salvamento  de  voto                                    No  hay  firma   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria.  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

(Casación 13.053)  

         

Señores Magistrados:  

          Como  lo  dije  en Sala con todo respeto, me aparto de la decisión  tomada  en  cuanto  observo  que  ha sido violado el principio constitucional de  prohibición  de  la  Reformatio  in  Pejus  porque el Juez de segunda instancia  aumentó  las  penas  con el argumento de la “consulta”. Como reiteradamente  lo  he  dicho  en  diversos  salvamentos, en la sentencia de segundo grado no es  posible  incrementar  la sanción o imponer una pena no determinada por el A-quo  cuando  el procesado sea apelante único, como tampoco en razón de la consulta.  En breve síntesis estas son las razones:   

          1.   Como  se  dijo,  la  prohibición  mencionada  es  un  derecho  constitucional,  fundamental,  y  por  lo  tanto,  por  ningún motivo puede ser  cercenado,  ni  siquiera  con  el  argumento  de  que  el principio de legalidad  también es constitucional.   

          2.  En  materia  de hermenéutica constitucional, como se sabe, las  reglas  generales  de  interpretación  jurídica son insuficientes, de donde se  desprende  que  ante  el  conflicto  de  derechos  de  ese orden, se debe acudir  preferencialmente  al  criterio  de  la ponderación o balanceo. Siendo así, el  parangón  entre  legalidad  y  prohibición  de  la reformatio in pejus lleva a  concluir  que  en  un  Estado  social  y  democrático  de  derecho prima éste,  primero,  porque nuestra Carta sigue dando mayor importancia al hombre, sobre la  sociedad  y  el  Estado; y segundo, porque los derechos fundamentales del hombre  son  inalienables  y  de  preeminencia,  como  manda  el  artículo  5°  de  la  Constitución.  Como  la prohibición de la reformatio es un derecho del hombre,  mientras  la  consulta, se dice, existe en pro del interés general, no hay duda  que ésta debe ceder ante una impugnación.   

          3.  Cuando  se  trata de un conflicto entre consulta e impugnación  tampoco  surge  incertidumbre  en  cuanto  ésta  desplaza a aquella pues por su  origen  la  consulta  ha sido un mecanismo instituido para que el funcionario de  segunda  instancia  conozca  la decisión de primera instancia en aquellos casos  en  los  cuales los sujetos procesales no han apelado. Por lógica y por sentido  común,  si  un  sujeto  procesal interpone el recurso, el juez de segundo grado  tiene  que  limitarse  exclusivamente al interés del impugnante. De otra parte,  como  la  consulta  se  ha  previsto  en  resguardo  de la generalidad y para la  Constitución  es  más  importante  la  individualidad,  cualquier conflicto se  tiene  que  resolver  en  protección  de  ésta.  No  puede  olvidarse  que  la  filosofía  que  se  conoce  como Estado social y democrático de derecho, no es  una  filosofía  diversa  del  individualismo  complementado  por la revolución  francesa,  sino  una  limitación  al  exagerado  individualismo,  es decir, una  cortapisa  al  “dejar  hacer,  dejar pasar”, para socializar los “derechos  del hombre”.   

          4.  No  obstante,  de  acuerdo  con nuestra normatividad si alguien  aparte  del  procesado recurre en apelación en contra de la situación de éste  sí  es  posible desmejorarla por la potísima razón de que el segundo grado se  alcanza  por  el interés de otro u otros sujetos procesales salvo que, ese otro  recurrente  lo  haga,  de cualquier manera en pro del procesado. Responsabilidad  grande  tienen  ante  el  país,  por  ejemplo,  el  Ministerio  Público  y  la  Fiscalía,  entre otras cosas, para objetar decisiones ilegales, responsabilidad  que   no   compete   y   no   tiene   porque   asumir   la   Corte   Suprema  de  Justicia.   

          5.  No  sobra  tener  en  cuenta  que  la búsqueda de retorno a la  legalidad,  en  la  que  tanto  enfatiza  la  Sala, de una parte, no es de mayor  trascendencia  que  la prohibición de la reformatio in pejus y, de la otra, que  si   ese   fuera   el   argumento,   jamás   procedería  la  prohibición  del  empeoramiento,  por  cuanto,  en últimas, todo se reduciría a violación de la  legalidad,  lo  cual  haría superflua la prohibición constitucional al veto de  la reformatio in pejus.   

          6.  Ya que todo el país habla de “sistema procesal acusatorio”  es  hora  de  reflexionar  recordando  que  uno de los requisitos estructurantes  esenciales  de  este  tipo de proceso es, precisamente, “la prohibición de la  Reformatio  in  Pejus”.  Siendo  así,  no  sobra  recordar  que  el principio  acusatorio,  con  todo  aquello  que  le  es  inherente, ha sido recogido por la  Constitución Política.   

          7.  Y,  por último, basta leer los dos incisos del artículo 31 de  la  Constitución  para concluir: si el primero dice que toda sentencia judicial  puede  ser  apelada  o  consultada  y el segundo afirma que el superior no puede  agravar   la  pena  cuando  el  condenado  es  apelante  único,  de  la  simple  gramaticalidad   o   literalidad   resulta   que   la   apelación  desplaza  la  consulta.   

          8.   Y   ya   frente   al   caso   concreto   importa   agregar  lo  siguiente:   

          a.  Con  base en los antecedentes inmediatos del artículo 31 de la  Constitución  se  concluye  que el inciso primero y el inciso segundo provienen  de  dos  artículos  que  fueron  presentados  en  la  Asamblea  Constituyente y  debatidos  en  la  misma  con independencia, es decir, sin la “unificación”  que  aparece  en  el  texto  final  y  de  la cual parte la decisión tomada. En  efecto,  el  primer  inciso  corresponde  al  original  “Principio  de las dos  instancias”  y el segundo al original “Principio de la no agravación”. De  la  misma manera emana de esos precedentes que el primer principio se refería a  todas  las partes del ordenamiento, mientras el segundo lo hacía exclusivamente  a la materia penal.   

          Con  fundamento  en  la  historia  reciente de la norma se extracta  como  corolario  que  el  segundo  inciso  del  actual  artículo  no  puede ser  explicado  a  partir  del  primero.  De tal forma de interpretación se infiere,  entonces, que la apelación desplaza, hace residual, la consulta.   

          b.  La  decisión tomada interpreta el artículo 206 del Código de  Procedimiento  Penal  anterior  con fundamento en un análisis gramatical según  el  cual  por tratarse del subjuntivo presente la consulta procede “así no se  haya   interpuesto   recurso  alguno”.  La  interpretación  del  suscrito  es  diferente:  si se trata del subjuntivo –modalidad  verbal  que  se  caracteriza  por  la subordinación, la  dependencia,  la  existencia  de  una condición-, la consulta solo es viable si  desaparece  o  se da la “condición”. De modo que la institución mencionada  tiene  vida  solamente  en  aquellos casos en los cuales no se interpone recurso  alguno.   

          c.  Pero,  además,  el  análisis gramatical que hace la decisión  resultaría  sin  soporte  pues que la sentencia condenatoria por los delitos de  terrorismo  y  rebelión  finalmente  carecían  de  posibilidad  de agravación  excepto  los  casos previstos en la parte final del artículo 217 del Código de  Procedimiento Penal anterior.   

          d.  Con  el  propósito de dar otro fundamento a la providencia, la  Sala  acude  al  artículo  204-4 del actual Código de Procedimiento Penal para  indicar  que  tanto  ayer  (artículo  217)  como  hoy  la consulta permitía al  superior  decidir  sin  limitación. Vistas las normas en abstracto y aislado lo  pertinente  del  conjunto  regulativo del fenómeno, el argumento tendría peso.  Pero  lo  pierde  si  se observa como el artículo 204-4 no podría ser aplicado  sin  su  presupuesto, que lo era el artículo 203, disposición esta que, de una  parte,  fue  declarada inexequible y que, de la otra, no comprendía como objeto  de  consulta  las  sentencias  condenatorias por los dos delitos mencionados. La  comparación  no  puede  ser  hecha entonces sin tener en cuenta aquello que era  materia    de    prohibición   o   de   permisión   en   cada   uno   de   los  estatutos.   

          Así  las  cosas, la postura del suscrito resulta clara: si por las  razones  dichas  el Tribunal Nacional no podía incrementar ni la prisión ni la  multa,  y  lo  hizo, la Corte debería casar la sentencia y retornar las penas a  las  cantidades  fijadas  en  primera  instancia,  en  guarda  del  principio de  prohibición de la Reformatio in pejus.   

De los Señores Magistrados  

Seguro  Servidor   

Álvaro  Orlando  Pérez  Pinzón   

    

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