12741(28-09-00)

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso Nº 12741  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado ponente:  

Dr.   EDGAR   LOMBANA  TRUJILLO   

Aprobado  Acta  No.  149  (septiembre  5  de  2000)   

Bogotá D.C., veintiocho (28) de septiembre de  dos mil (2000)   

          Decide la Corte el recurso extraordinario  de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  LUIS  HELMER  BOLAÑOS CASIERRA contra la sentencia del 15 de  enero  de  1996,  mediante  la  cual  el entonces Tribunal Nacional confirmó la  condena  impuesta  a  dicho  procesado  por  un Juzgado Regional de Cali, con la  modificación  en  el  sentido  de  fijar la pena principal en cincuenta y cinco  (55)  años de prisión, como coautor penalmente responsable del doble homicidio  agravado  del  que fueron víctimas los agentes de Policía Nacional JUAN CARLOS  MAZUERA  GONZALEZ  y  FABIAN  MARTINEZ LOPEZ, en concurso con el delito de hurto  calificado y agravado.   

ANTECEDENTES  

1.  Refieren los  autos  que  en la noche del 2 de octubre de 1993, cuando los agentes de Policía  Nacional  JUAN  CARLOS MAZUERA GONZALEZ y FABIAN MARTINEZ LOPEZ, en cumplimiento  de  labores  propias  del  servicio patrullaban una zona marginal del barrio Las  Orquídeas  de  la ciudad de Cali, fueron atacados por tres sujetos desconocidos  que  luego  de herir gravemente a los custodios del orden emprendieron la huida.   

          Los uniformados fallecieron poco después  en  un  centro  asistencial  como  consecuencia  de  las  heridas que les fueron  causadas.   Entre  tanto,  los  moradores del lugar reportaron el suceso en  forma  inmediata  a  las  autoridades,  y  dispuesto  el  operativo  con miras a  verificar  la  captura  de  los  agresores,  los  policiales  que  asumieron las  pesquisas  iniciales fueron alertados en el sentido que uno de los delincuentes,  herido  durante la reacción de los gendarmes, se había fugado en dirección al  sector conocido como Mojica.    

Iniciada  la  búsqueda  en  ese  paraje  de  invasión  y  en  el caño aledaño, ubicaron a un individuo oculto en el tejado  de  una humilde vivienda, de donde descendió por pedido de los uniformados para  constatar  éstos,  entonces,  que  tal  sujeto,  identificado como LUIS  HELMER  BOLAÑOS CASIERRA, presentaba  una  herida  de  arma  de  fuego en el hombro izquierdo, pero además, que en el  sitio  en  el  cual  se había refugiado se encontraba el revólver de dotación  oficial del abatido MAZUERA GONZALEZ.    

           2.   Con  fundamento   en   el   reporte   de  la  aprehensión  del  sujeto  BOLAÑOS  CASIERRA  y  en  las actuaciones  preliminares   llevadas  a  cabo,  la  Fiscalía  Regional  de  Cali  abrió  la  correspondiente  investigación  en  resolución  del 4 de octubre de 1993 en la  que  ordenó  vincularlo en indagatoria, a quien afectó en providencia del día  14  de  los  mismos  mes  y  año,  con  detención  preventiva por el delito de  homicidio  tipificado  en  el  artículo 8º del Decreto 2790 de 1990, subrogado  por el Decreto 099 de 1991 (fls. 28, 31, 39).   

          Dispuesta  la clausura del instructivo y  agotados  los  trámites  de rigor, el director del sumario calificó su mérito  probatorio  el 15 de junio de 1994, con resolución acusatoria en la que imputó  al  sindicado la autoría del doble de homicidio comprobado en autos, tipificado  en  el  artículo  323  del  Código  Penal,  con la circunstancia agravante del  artículo  324-8º ibídem, por la consumación de la conducta en miembros de la  Fuerza   Pública  en  servicio  activo  y  por  razón  de  él,  disposiciones  subrogadas  por los artículos 29 y 30 de la Ley 40 de 1993; en concurso, con el  delito  de  hurto  calificado  adecuado  a  los artículos 349 y 350 del Código  Penal,  agravado  con  sujeción al ordinal 11º del artículo 351 ejusdem (fls.  149, 172).   

          Recurrida  la  calificación  por  la defensa, la Fiscalía Delegada  ante  el  entonces  Tribunal  Nacional  le  impartió  confirmación integral en  providencia del 5 de septiembre siguiente (fls. 190 y 209)   

          Surtido  el  rito de la causa, con fecha  junio  30 de 1995, un Juzgado Regional de Santiago de Cali profirió el fallo de  condena  en  congruencia  con  la resolución de acusación, en el que impuso al  sindicado  BOLAÑOS  CASIERRA  la  pena  principal  de  cuarenta  y  ocho (48) años de prisión, además de la  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el lapso  máximo  legal de diez (10) años (fls. 347), decisión que el Tribunal Nacional  confirmó  en  sentencia  del  15  de  enero de 1996, con la modificación en el  sentido  de  imponer al citado procesado la pena de cincuenta y cinco (55) años  de prisión (fl. 3 cdno. Tribunal Nacional).   

LA DEMANDA  

El  defensor  del  procesado  desarrolla  la  censura  a  través de varios reproches que erige contra la sentencia de segunda  instancia  de  manera  subsidiaria y con observancia del principio de prioridad,  de   conformidad   con   el  artículo  225-4º  del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

1.   Así,  al  amparo  de  la  causal  tercera  prevista  en  el artículo 220 ibídem eleva un  primer  cargo,  que  hace  consistir  en el proferimiento del fallo en un juicio  viciado  de  nulidad  por  la  existencia  de  irregularidades  sustanciales que  afectan  el  debido  proceso,  anomalías que al tenor del artículo 304-2º del  estatuto penal adjetivo generan esa grave consecuencia procesal.   

          Hace  consistir  ese inicial reproche, entonces, en que la medida de  aseguramiento    endilgó   al   sindicado   BOLAÑOS  CASIERRA  la  autoría  del  doble homicidio agravado,  exclusivamente,  mientras  que  en  la resolución de acusación se le dedujo el  compromiso  en  esos  delitos  en  concurso  con el hurto calificado y agravado,  hechos  punibles  por  los cuales fue finalmente condenado tanto en primera como  segunda instancia.   

Ante  la  situación  así  configurada  el  recurrente  afirma  la  transgresión  de  los  artículos  387, 389 y 438 de la  codificación  procesal  penal, de conformidad con los cuales se exige que antes  de  la clausura del ciclo instructivo se defina la situación jurídica respecto  del  delito  de  que se trata, requisito que fue obviado de manera manifiesta en  el  presente  asunto,  pues  la  imputación  del  ilícito contra el patrimonio  económico  se  formuló  tan  solo a partir de la providencia enjuiciatoria, en  consecuencia,  el sindicado fue sorprendido con ese cargo privándosele por ende  de  la  posibilidad  de  controvertirlo,  esto  es,  se produjo un infranqueable  menoscabo  del  derecho  de  defensa  que,  a  juicio  del  recurrente, impele a  declarar    la    nulidad    desde    la   resolución   de   clausura   de   la  investigación.   

          2.   Con  fundamento  también  en la  causal  tercera  de casación, pero por violación del derecho a la defensa y al  tenor  de  los  artículos  304-3º del Código de Procedimiento Penal, 29 de la  Constitución  Política,  8º  de la Ley 16 de 1972 mediante la cual se aprobó  la  convención  interamericana  de  derechos humanos, y 14 de la Ley 74 de 1968  que  incorporó  a  la  legislación  interna el Pacto Internacional de derechos  civiles  y  políticos, el impugnante solicita la declaratoria de nulidad partir  de  la  providencia que dispuso la práctica de pruebas en la etapa de la causa,  porque  se  omitió  recaudar  las  que resultaban pertinentes para demostrar la  responsabilidad penal.   

En la demostración del cargo y con carácter  puramente  enunciativo,  el  impugnante  echa  de  menos varios de los medios de  convicción  cuya  recepción  demandaron la defensa y el Ministerio Público en  el  curso  del  proceso.   Es el caso entonces, de las citas efectuadas por  BOLAÑOS   CASIERRA  en  la  indagatoria  y que el censor prescinde de especificar; de la prueba técnica con  miras  a  esclarecer  el  tipo  de  proyectil que lesionó al sindicado y si fue  detonado  con  el  arma de los agentes; de los testimonios de Heberth Guerrero y  Adela  Caicedo  sobre  la  conducta  y  actividades habituales del encartado, de  utilidad  para desvirtuar la endilgada pertenencia a una banda delictiva; de las  ampliaciones  de  las  declaraciones  de  los uniformados Wilson Ariel Guerron y  Norberto   Orduz   Prada,   alusivas   a  las  circunstancias  que  rodearon  la  aprehensión;  así como de las averiguaciones sobre el motivo por el cual no se  practicó  al  procesado la prueba de guantelete con posterioridad a su captura,  ni  se  realizó  el  examen  de  dactiloscopia al arma que supuestamente le fue  encontrada.   

Esos elementos de convicción, en opinión del  casacionista,     habrían     respaldado     el    aserto    de    BOLAÑOS  CASIERRA  en  el  sentido que al  momento  de su retención no portaba el arma de uno de los uniformados abatidos;  asimismo,  resultaban  pertinentes  para  aclarar  que  el  agente  Wilson Ariel  Guerron  no  fue  presencial  de  los  sucesos,  como  dejó  entrever al rendir  testimonio  en  las  diligencias con una intención en manera alguna establecida  en  el  plenario;  en  fin,  surgían  determinantes  para  dilucidar  la verdad  histórica  y,  por ende, la inocencia del acusado, más aún, cuando la condena  se   fundamentó   en   las   declaraciones   de   oídas  rendidas  durante  la  investigación  por  quienes  tenían vínculos y relaciones institucionales con  las víctimas.   

3.  Con apoyo en  el  artículo  220,  numeral 1º, cuerpo 1º del Código de Procedimiento Penal,  el  recurrente imputa a la sentencia de segundo grado la violación de una norma  de  derecho  sustancial;  cargo  que  deriva en dos de sus modalidades, pero que  refunde  en  la ulterior sustentación de la censura, por estar orientadas ambas  a  demostrar el endilgado desconocimiento de la prohibición de la reformatio in  pejus   

Aduce entonces, la interpretación errónea de  los  artículos 206 y 217 de la codificación procesal penal, así como la falta  de  aplicación  de  los  artículos  17  de  ese  estatuto  ritual  y  31 de la  Constitución  Política,  pues el Tribunal Nacional fundamentó el agravamiento  de  la  pena  en  la  procedencia  de  la consulta respecto del fallo de primera  instancia,  perdiendo  de vista, a juicio del recurrente, que de conformidad con  tales  disposiciones  ese  grado de jurisdicción no resulta viable frente a las  sentencias  apeladas,  más  aún,  que  cuando  el sindicado ostenta calidad de  apelante  único,  como sucedió en el presente proceso, cobra plena vigencia la  prohibición de toda reforma peyorativa.   

En  ese  orden de ideas, el impugnante estima  que  el  ámbito  de  la  competencia  del  Tribunal  estaba  deslindado  por el  inconformismo   del   apelante,   por   consiguiente,   que  únicamente  podía  pronunciarse  de  fondo  sobre  la solicitud de absolución invocada a favor del  acriminado  BOLAÑOS CASIERRA,  sin  posibilidad  de  enmendar supuestos errores del a quo en la tasación de la  pena,  correctivo  que se materializó aquí con menoscabo de los derechos de su  asistido.   Trae  como  argumento de autoridad, finalmente, la sentencia de  la    Corte    Constitucional    SU   –  327 del 27 de julio de 1995, M.P. Dr. Gaviria Díaz, para insistir  en  la  tesis  de  una  competencia restringida en el caso concreto a los puntos  materia  de disentimiento, que no podía ser desbordada a través del aumento de  la   sanción   impuesta   por  el  a  quo,  máxime  que  ninguna  discrepancia  exteriorizaron  respecto  de  ella  la  Fiscalía  y  el  Agente  del Ministerio  Público.   

Con  base  en esos raciocinios pretende de la  Corte,  de  conformidad  con  el artículo 229 numeral 1º del estatuto procesal  penal,  que  se  case  la  providencia  impugnada,  y   por  lo  tanto,  el  proferimiento  del  fallo de sustitución correspondiente en el que se prescinda  del  aumento  de  pena  deducido  por  el  ad  quem  al  desatar  la  apelación  interpuesta contra la sentencia de primera instancia.   

CONCEPTO DE LA PROCURADURIA  

El  Procurador  Primero  Delegado  comparte  algunas    de    las    apreciaciones    del    recurrente,    como    pasa    a  reseñarse.     

           1.   En  relación  con  el  cargo  inicial,  que  rotula  equivocadamente bajo la causal  primera,  advierte  que  en  la  medida  de  aseguramiento  proferida  contra el  sindicado  en  los  albores de la fase investigativa no se le dedujo la autoría  del  delito de hurto calificado y agravado, finalmente imputado por la Fiscalía  en  la  resolución  acusatoria  con  inobservancia  del  artículo  438  de  la  codificación  penal  adjetiva,  pues  esa norma dispone de manera tajante y sin  posibilidad  de  excepciones  que  “en ningún caso  podrá  cerrarse  la investigación si no se ha resuelto la situación jurídica  del procesado”.     

Frente  a  ese  supuesto,  en criterio de la  Delegada,  se  configura  una  violación  del debido proceso y del derecho a la  defensa,  en  consecuencia,  solicita  la  nulidad  de lo actuado a partir de la  clausura  del ciclo instructivo, únicamente en lo atinente al punible contra el  patrimonio  económico, desde luego, y con las repercusiones correspondientes en  la  adecuación  de  la pena, pues de ella debe descontarse el monto impuesto al  acusado por dicho concepto.   

          Agrega  que  la  Corte  en  pasados  pronunciamientos ha excluido la  nulidad  cuando  tratándose  de  varias  hipótesis  delictivas,  se  cierra la  investigación  sin  resolverse  la situación jurídica del sindicado por todos  los  delitos  finalmente  atribuidos  en  la providencia enjuiciatoria, criterio  sustentado  en  la  comprensión  de  que  el  ejercicio  de la acción penal se  legitima  siempre que el procesado sea interrogado puntualmente sobre los cargos  fácticamente  demostrados  en  el  informativo  (providencia del 10 de marzo de  1998, M.P.  H. Dr. Páez Velandia), pero del cual disiente.   

          Plantea  en sustento, que la imputación  efectuada  en  el  curso  de  la  investigación  y  en  la  fase de la causa es  jurídico  –  sustancial para garantizar de manera cierta el derecho de defensa,  pues   una   acusación   puramente  naturalística  priva  al  procesado  y  su  representante  judicial  de  pautas  claras  y  confiables  para la petición de  pruebas,  la  interposición  de  recursos,  solicitar  libertades,  rebatir los  elementos  descriptivos,  normativos  y subjetivos de los tipos penales, en fin,  para   una efectiva controversia, máxime ante los yerros frecuentes de los  funcionarios  instructores  en  la  adecuación  típica  de las conductas o con  ocasión  de cargos surgidos en el curso de las pesquisas.  Por esa razón,  en  opinión  de  la Procuraduría, la norma parcialmente transcrita consagra la  prohibición  de  finiquitar  la investigación sin una definición previa de la  situación jurídica por el delito de que se trata.   

          2.   En cuanto a la nulidad pretendida  por  el  casacionista  como  consecuencia  de la omisión de algunas pruebas, la  Delegada  de  conformidad  con  el  criterio  pacífico de la Sala estima que la  censura  no  puede ser acogida, pues los elementos de juicio echados de menos en  las  presentes diligencias, de haberse allegado al informativo, en manera alguna  cambiarían  el  carácter  condenatorio  del  fallo ante la existencia de otros  medios  de  convicción  que,  en  todo  caso,  demuestran  en  forma  plena  el  compromiso    de    BOLAÑOS    CASIERRA en el concurso de hechos punibles objeto de la causa.   

          Con  esa  orientación  destaca  las  declaraciones  de  los agentes  Adolfo  Mora  Pastrana  y  Wilson  Guerrón  Díaz,  el  informe rendido por los  uniformados  Carlos  Coral Ceballos y Carlos Martínez, el testimonio de Ruby de  la  Cruz  Arboleda,  moradora  de  la vivienda en cuyo tejado fue descubierto el  sindicado,  así  como  los  indicios  de presencia y mentira, que en conjunto y  atendido  el  principio de libertad probatoria muestran el carácter innecesario  de   las   pruebas   que   no   fueron   recaudadas   durante   el   curso   del  proceso.   

3.  Tratándose  del  último  cargo  formulado,  el  Agente del Ministerio Público advierte que  conoce  la postura de la Sala sobre la preponderancia del principio de legalidad  frente  a  la  limitación  de la reforma peyorativa en detrimento del sindicado  apelante  único,  que  opera  cuando  en  la  determinación  de la pena se han  respetado  los  lindes  señalados  para la misma en la disposición infringida;  criterio   del   cual  disiente  por  cuanto  estima  que  las  previsiones  del  constituyente  de  1991 en la materia no pueden ser objeto de condiciones ajenas  a  la  Carta  Política,  máxime  que la prohibición de la reformatio in pejus  además  de  que constituye una garantía de rango superior, concurre también a  integrar el derecho fundamental al debido proceso.   

Evoca   el   pronunciamiento  de  la  Corte  Constitucional  de  fecha julio 27 de 1995 para afirmar que el ad quem carece de  competencia  para  pronunciarse  sobre  la  legalidad de la sanción irrogada al  sindicado  apelante  único,  dado  que  el  sistema  acusatorio  y el anunciado  principio  restringen  su  ámbito funcional a los aspectos objeto de la alzada;  asimismo,  que  frente  a  un  fallo  de contenidos ilegales, su impugnación en  orden  a  corregirlos  corresponde  al  Fiscal y al Ministerio Público, sin que  resulte   viable  una  intervención  oficiosa  del  juzgador  para  suplir  las  omisiones  de  esos sujetos procesales; y finalmente, descarta la prevalencia de  principios  en  el entendido que debe propugnarse por su aplicación armónica y  sistemática,   pero   además   de   conformidad   con   su   especificidad   e  incondicionalidad.   

Tratándose  de las providencias de la otrora  justicia  regional  susceptibles  de  consulta,  entre  ellas  las sentencias no  anticipadas,  la Procuraduría Delegada en abierta oposición con el criterio de  la  Sala,  estima  que  ese  grado  jurisdiccional no procede cuando se trata de  fallo  que  únicamente  apela  el  procesado,  pues en tales eventos el recurso  interpuesto  enerva  la  consulta con las limitaciones que deriva a su vez en el  ámbito de la competencia del ad quem.   

Estima  viables las consideraciones expuestas  por   la   Corte   Constitucional   en   la  materia,  cuando  concluye  que  el  desbordamiento  de  la  competencia so pretexto de enmendar alguna irregularidad  en  el  proceso  o  la  sentencia,  y  que  se refleja en el empeoramiento de la  situación  punitiva del acriminado, encubre sin remisión a dudas la violación  del  comentado  mandato superior; de igual modo, que si bien esa Corporación en  fallo  del  13  de  noviembre  de 1997, referido al artículo 217 del Código de  Procedimiento  Penal, declaró exequible la facultad otorgada en ese precepto al  superior  para  decidir  la  consulta  sin  limitación  alguna, en opinión del  Ministerio  Público  no  opera  cuando  ese  grado de jurisdicción concurre al  mismo  tiempo con la apelación interpuesta con carácter único por el proceso,  máxime  que  esa  temática  en  manera  alguna  fue  abordada  en  el  control  constitucional de dicha norma.   

Por lo expresado en los acápites precedentes,  la  Delegada  acoge  el cargo formulado por el recurrente, y en armonía con esa  postura,  solicita  que  se case parcialmente la sentencia recurrida dictándose  en  esta  Sede  el  fallo  de  reemplazo que restablezca la sanción impuesta al  procesado por el juzgador a quo.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

La  Sala brindará respuesta a la demanda con  la  misma  secuencia  observada en ella para la formulación de los cargos, ante  la  prioridad que ostentan los reparos elevados inicialmente por el impugnante a  la  sentencia  de segunda instancia al amparo de la causal tercera del artículo  220  del estatuto procesal penal, a través de los cuales pretende la anulación  parcial del trámite, por lo menos.   

Primer Cargo.  

De  la  simple  revisión  del  expediente se  constata  que  una  vez  efectuada  la  indagatoria del aprehendido BOLAÑOS  CASIERRA,  dentro  del  término  legal,  la  Fiscalía  delegada  ante  los  entonces  Jueces  Regionales de Cali  definió  su  situación  jurídica  en resolución de fecha octubre 14 de 1993,  con  medida  de  aseguramiento de detención preventiva por la presunta autoría  del  delito  de  homicidio  agravado noticiado en las presentes diligencias, sin  que  en la calificación típica consignada en esa providencia y, menos aún, en  su  acápite  resolutivo,  se  le dedujera de manera simultánea, en concurso de  hechos  punibles,  el  compromiso como ejecutor del hurto recaído sobre el arma  de  dotación  de  uno  de los uniformados abatidos en los sucesos materia de la  investigación correspondiente (fls. 32, 39).   

No es menos cierto, como destacan al unísono  el  recurrente  y la Procuraduría Delegada, que la imputación erigida en tales  términos   contra  el  sindicado  se  mantuvo  incólume  hasta  el  cierre  la  instrucción,  y  que  en  la  calificación del mérito probatorio de la misma,  además   de   atribuírsele  al  mencionado  BOLAÑOS  CASIERRA  la  perpetración del homicidio al tenor del  artículo  323  del  estatuto  punitivo,  con  la  circunstancia intensificadora  contemplada  en  el  artículo  324-8º ibídem, disposiciones subrogadas por la  Ley  40  de  1993, se le derivó responsabilidad también en el aludido atentado  contra  el  patrimonio económico, adecuado a la figura descrita en el artículo  349  de  la  codificación  citada,  calificado  y  agravado  con  apego  a  los  artículos 350, 351-11º ejusdem (fl. 172).   

Sin  embargo,  ningún eco puede concederse a  las   objeciones   erigidas  a  la  legalidad  del  trámite  a  partir  de  esa  circunstancia,  pues  no  se atisba en ella la afirmada transgresión del debido  proceso  y  del derecho de defensa, como sostuvo la Sala cuando abordó en otras  diligencias  esa  específica  temática  a  través de decisión evocada por la  Procuraduría  en  el  concepto rendido en esta Sede, en la que plasmó criterio  que  por  su  actualidad  y vigencia debe reiterar en el caso de autos.  La  Corporación precisó en esa oportunidad:   

“El  inciso primero del artículo 438 del  Código  de  Procedimiento Penal dispone que, “En ningún caso podrá cerrarse  la   investigación   si   no   se  ha  resuelto  la  situación  jurídica  del  procesado”.  A  su  turno,  el artículo 387 ibídem señala que dentro de los  cinco  o de los diez días siguientes a la indagatoria, según que la persona se  encuentre  o no privada de la libertad, el funcionario judicial deberá resolver  la  situación  jurídica  dictando medida de aseguramiento si hay prueba que la  justifique, o absteniéndose de hacerlo.   

“Con  medida de aseguramiento o sin ella,  una  vez  definida la situación jurídica la instrucción del proceso continúa  sin  que  haya  ninguna  norma  que  diga  que  si  se amplía la indagatoria es  necesario  volver  a  definirla,  y  realmente  una  orden en ese sentido sería  absurda  desde  el  punto  de  vista de la agilidad que debe tener la actuación  sumaria,  especialmente  si  se  tiene  en cuenta que la etapa de investigación  termina  con  un  nuevo  y  más  riguroso examen de la situación jurídica, en  donde  no  solamente  se evalúan las pruebas recaudadas y se mira lo atinente a  la  medida  de  aseguramiento, sino que si se profiere resolución de acusación  se  concreta  la  denominación  jurídica  de los hechos por los cuales debe el  imputado  responder en juicio. El sindicado puede solicitar cuantas ampliaciones  de  indagatoria  considere  necesarias (art. 361 C. de P. P.), pero ese no es un  mecanismo  que obligue al funcionario judicial a proferir sendas definiciones de  la situación jurídica.   

“Así las cosas, independientemente de que  en  la  definición  de  la situación jurídica se haya impuesto o no medida de  aseguramiento,  del  número  de delitos allí endilgados, y de la denominación  jurídica  que  se  les  hubiere  dado, es en la   resolución   de   acusación   en   donde  se  definen  los  cargos,   por  lo  tanto  creer  que entre las dos providencias debe  existir  congruencia es darle al primer pronunciamiento un alcance que no tiene,  y  desconocer  lo  obvio,  esto  es,  que  si  después de definir la situación  jurídica  se  puede seguir investigando, es de esperarse que las nuevas pruebas  puedan  dar  lugar  a  que  lo  consignado  en  ese  proveído  sufra  profundas  modificaciones.  Incluso  podrían  presentarse  cambios  sin  que surjan nuevas  pruebas,  simplemente  porque  al  momento  de  calificar  ya se tenga una mejor  comprensión    de   lo   ocurrido   y   un   más   informado   criterio   para  decidir.   

                   “Trasladando   lo   anterior  al  campo  de  la  casuística  para  una  mejor  ilustración,  podrían  darse,  entre otras, las siguientes situaciones: a) que  en  la  definición de la situación jurídica se impute un delito, y al momento  de  la  calificación  se  estime  que los hechos investigados dan lugar a dos o  más  punibles  en concurso; b) que en la definición de la situación jurídica  se  de  a  los  hechos  una  denominación, y en la resolución de acusación se  considere  que  es  otra;  c)  que  en la primera oportunidad se diga que no hay  lugar  a  medida  de  aseguramiento por no haber suficientes elementos de juicio  sobre  la  tipicidad, la antijuridicidad, la culpabilidad, etc., y en el momento  de  la  calificación se encuentre que hay mérito para enjuiciar por uno o más  ilícitos.   

                                  En  síntesis,  lo que se califica a continuación del cierre de la instrucción son  los  hechos  que  fueron  objeto  de  la misma, y sobre los cuales se indagó al  sindicado,  y para hacerlo el criterio que se hubiere expuesto en la definición  de  la  situación jurídica no constituye ninguna limitante, todo lo contrario,  si  en  ese  pronunciamiento  se  hubiere   cometido  algún  error,  es la  oportunidad  para subsanarlo. Dicho de otra manera, si bien la definición de la  situación   jurídica   es   un   requisito   procesal  para  poder  cerrar  la  investigación,  su contenido no limita el de la calificación.” (sentencia de  única   instancia  del  31  de  julio  de  1997,  H.  M.P.,   Dr.  Calvete  Rangel).   

Tampoco  resulta  acertado  sostener  que  el  sindicado  fue  sorprendido  como  consecuencia  de la imputación del hurto del  revólver   a  partir  de  la  resolución  acusatoria,  exclusivamente,  delito  calificado  y  agravado  conforme  a  la  adecuación  típica  definida  en esa  providencia,  pues  desde  los  albores  del  instructivo  se  le  impuso  de la  investigación  simultánea que se adelantaría en estas diligencias de ese otro  ilícito  de  notoria  conexidad  con el homicidio, tanto así, que la actividad  defensiva  desplegada  en  el  curso  del  sumario  también  se extendió a esa  conducta  que  la  Fiscalía finalmente subsumió en concurso de hechos punibles  en  un  atentado contra el patrimonio económico; situación que desvirtúa, por  ende,  la  alegada  imposibilidad  de  controvertir dicho cargo con insoslayable  quebranto de las garantías fundamentales del acriminado.   

La     captura     de     BOLAÑOS  CASIERRA  en  poder  del arma de  dotación  de  uno de los policiales ultimados por el grupo de delincuentes, fue  referida  en la resolución que fundamentó su encarcelamiento por razón de los  sucesos  reportados  en  autos;  de  igual  modo,  la providencia que dispuso la  apertura  del  instructivo  ordenó  la práctica de las pruebas requeridas para  establecer  si  el  revólver  incautado  en  verdad  pertenecía  a  uno de los  occisos,  y confirmando con mayor contundencia que ese ilícito proceder en modo  alguno  se  sustrajo al objeto de la investigación, menos aún, al conocimiento  del  sindicado  permitiéndole  brindar  las  explicaciones correspondientes, se  tiene  que cuando rindió injurada aludió al hallazgo del revólver en el sitio  donde    fue   aprehendido,   suceso   respecto   del   cual   fue   interrogado  reiterativamente  además  en  el  curso  de  esa  diligencia  (fls. 17, 28, 33,  34).   

Asimismo,   aunque  la  determinación  que  definió  la  situación  jurídica no endilgó la configuración del hurto y la  responsabilidad   de   BOLAÑOS  CASIERRA  en su comisión, tal episodio delictivo se involucró en todo caso  en  el  análisis de la prueba y para discernir la medida cautelar que resultaba  pertinente  proferir  en  detrimento  del  sindicado,  como  se evidencia en las  múltiples  alusiones  en  esa resolución al decomiso en poder del indagado del  arma  ilegítimamente sustraída al agente de policía nacional abatido (fls. 39  a  43).   En  ese  orden  de  ideas, tal conocimiento que ahora se pretende  desconocer  para  alegar un inexistente menoscabo del derecho a la defensa y del  debido  proceso,  así  como la imposibilidad de controvertir un ilícito que se  censura  formulado  a  partir  de  la  determinación  enjuiciatoria,  es el que  explica  que el procesado con precedencia a la clausura de la etapa instructiva,  mediante  memorial  en  el  que  formuló  varias  peticiones,  exteriorizó  la  comprensión  de esa circunstancia estimada hasta entonces solo como un elemento  de  juicio  para  erigir  en  su  contra  el  compromiso en la perpetración del  homicidio  (fl.  147),  y que simplemente fue atendida de manera posterior en la  resolución  acusatoria  para  valorarla más allá de ese inicial y restringido  alcance,  esto  es,  para  estructurar  con  asidero  en ella la consumación en  concurso  efectivo  de  hechos  punibles  del  hurto perpetrado con ocasión del  ilícito despojo del revólver.   

En  esas  condiciones la nulidad propuesta no  tiene cabida y, por lo tanto, el cargo no prospera.   

Segundo cargo.  

          En  una  misma  censura  el casacionista  afirma  la  existencia  de  dos  irregularidades  vinculadas  a  la  inactividad  probatoria  de  los funcionarios judiciales bajo cuya dirección se adelantó el  proceso  en  primera instancia, pero sin demostrar su realidad y, menos aún, la  trascendencia  que  tienen  en  forma  individual o en conjunto los elementos de  convicción  echados  de  menos  para  trocar  la  naturaleza  de  la  sentencia  recurrida.   

          Plantea  en  ese discurrir argumentativo  que  no  se  evacuaron  las  citas  propuestas  por  el  indagado,  de  las  que  simplemente  asegura  resultaban  pertinentes  para dilucidar la responsabilidad  penal  en  el  evento  examinado;  y  frente  a ese reproche, dos aspectos deben  tenerse  en  cuenta  de  antemano  pues desvirtúan la firmeza de la pretensión  invalidatoria.   En  primer término, que en el desarrollo de la censura el  impugnante  omitió  precisar  los  medios  de  persuasión  cuya  práctica fue  desdeñada  en  el  curso  del  proceso, explícito señalamiento que se exigía  para  perfilar  en  debida  forma el cargo formulado; pero primordialmente y, de  otra  parte,  que ese puntual ataque a la legalidad de la actuación cumplida no  emerge  del  todo  exacto  o carece de la incidencia requerida para propiciar la  nulidad, como pasa a demostrarse.   

                     El sindicado  BOLAÑOS CASIERRA en  la  indagatoria  rendida en estas diligencias realizó varias citas, es cierto, pero  no  todas  estaban  vinculadas a hechos fundamentales, esto es, en relación con  la   imputación,  la  culpabilidad,  las  circunstancias  modificadoras  de  la  infracción  u  otros  tópicos  esenciales  para  su  defensa, a extremo que el  incumplimiento  del deber procesal de verificarlas determine la existencia de la  anomalía  invocada;  adversamente,  mientras  que algunas estaban encaminadas a  brindar  asidero a la versión explicativa, las restantes aludían simplemente a  su  conducta  social precedente y a la afirmada ocupación lícita para la fecha  de los sucesos (fls. 31 a 36).   

En  el  primer grupo se ubican, entonces, las  referencias  a  Wilberto  Casierra  y  a  su  esposa, con quienes relató había  departido  minutos antes del incidente concluido con la captura, así como a los  habitantes  de la vivienda donde se realizó la aprehensión, cuyas versiones se  ordenó  recaudar,  de  oficio  y a petición de la defensa, tanto en la fase de  investigación  como  en  la  causa, con resultados parciales que en modo alguno  pueden  atribuirse  a  la  incuria  de  los  funcionarios judiciales o, en otros  términos,  a  la  violación del debido proceso y del derecho a la defensa como  afirma  el  casacionista,  al  insinuar  el  incumplimiento del imperativo de la  investigación integral (fls. 41, 106, 111, 237, 256).   

Efectivamente,  en  las  diligencias  rindió  declaración   juramentada   RUBY  DE  LA  CRUZ  DE  ARBOLEDA,  moradora  de  la  edificación  en  la  que  se  refugió  el  acusado (fli. 296); y de las demás  personas  citadas  para  dicho  efecto,  la  Jefatura  de  la Unidad de Policía  Judicial  comisionada  para  recibir  sus  testimonios  rindió oportuno informe  sobre  las causas que determinaron la imposibilidad de obtener su comparecencia,  imputables  al  propio  sindicado  y  al  apoderado  de  entonces,  quienes nada  hicieron   por   aportar   los  datos  que  permitieran  su  localización  para  convocarlos al proceso para dicho fin.   

En el reporte aludido se consigna que ante la  ausencia  en  el  proceso  de  las  direcciones  exactas  de esos deponentes, de  quienes  simplemente  se  señaló que residían en el barrio La Casona, dado el  vínculo  de  parentesco que los unía con el sindicado se pretendió obtener su  comparecencia  a  través  de  la  esposa  de  éste LUZ DARY CASTILLO, pero con  fallido  desenlace,  pues  de  las  dos  nomenclaturas que registró a su vez el  encartado,  una  se  constató  inexistente  y  la  restante  correspondía a la  vivienda  de  otra familia cuyos integrantes no conocían siquiera al indagado o  a su compañera.   

Ahora  bien,  ninguna  actividad  desplegaron  instructor  y  juzgador  con   miras  a  evacuar  los testimonios de Hebert  Guerrero,  Adela  Caicedo,  Ezequiel  N.,  Juan Carlos N. y Oscar N., igualmente  citados  por  el  acusado  en  la  injurada  (fl.  36);  sin  embargo,  de tales  exponentes  se predica idéntica imprecisión del encartado en torno al lugar de  eventual  ubicación  para  los  fines  procesales,  frente  a la cual en manera  alguna  podían  exigirse  esfuerzos  descomunales de los funcionarios bajo cuya  dirección  se  adelantó  el  proceso,  pero  además,  el  conocimiento que se  pretendía  vertieran  en  las  diligencias  en  nada  se  vincula  con aspectos  cruciales    para    la    defensa    de    BOLAÑOS  CASIERRA.    De ellos precisó éste, simple  y  llanamente,  insiste  la  Sala, la posibilidad de que constataran su impoluta  conducta   social  anterior,  así  como la ocupación lícita desempeñada  para la época de los sucesos.   

El  casacionista  soslaya  el  alcance de esa  clara  referencia  que  fluye  de  la revisión de la indagatoria tratándose de  tales  declarantes,  para  afirmar  que  sus  versiones  echadas  de menos en el  informativo   resultaban  indispensables  en  el  propósito  de  desvirtuar  la  pertenencia  del  sindicado  a  una  banda delictiva, perdiendo de vista que ese  argumento  mediante  el  cual  sustenta  en  buena parte el pedido invalidatorio  pierde  cualquier  atisbo  de  éxito,  porque BOLAÑOS  CASIERRA  no enfrenta aquí imputación por el punible  de  concierto, pero principalmente, en virtud de que esa circunstancia insinuada  en  uno  de  los  informes  policiales  (fl.  74), en manera alguna fue invocada  siquiera  en  los  fallos  de  primera  o  segunda instancia para estructurar la  responsabilidad penal del procesado.   

En   fin,   desatendió   un  requerimiento  ineludible  para  la  prosperidad  de  la  nulidad del proceso en esta sede como  consecuencia  de la omisión de pruebas, consistente en demostrar que los medios  de  persuasión  dejados  de  recaudar  durante  el  trámite  respectivo surgen  fundamentales  para  las  conclusiones  fácticas o jurídicas, a extremo que de  haber  sido  incorporados  al plenario excluirían o atenuarían por lo menos la  responsabilidad  penal  pregonada  en  la sentencia recurrida; exigencia que mal  puede  asegurarse satisfecha respecto de los testimonios aludidos de prescindida  práctica,  ajenos  por  completo,  insiste  la  Sala, al esclarecimiento de los  episodios a los cuales se contrajo la presente causa.   

Esa trascendencia reflejada en la probabilidad  seria  de  que  la  prueba  de  omitido  recaudo tenga la capacidad de modificar  favorablemente  la  situación  jurídica  del  sindicado  en  lo  atinente a su  responsabilidad  o grado de participación, tampoco se evidencia respecto de los  otros  elementos  de  juicio igualmente echados de menos por el impugnante, como  destacó  la  Procuraduría  Delegada  en  su concepto y replicó el Tribunal al  desatar   la   apelación  interpuesta  contra  la  determinación  del  a  quo,  oportunidad  en la cual la defensa esbozó argumentos similares a los planteados  en  esta Sede para reivindicar desde entonces la anulación del trámite (fls. 8  y 9 cdno. Tribunal Nacional).   

Efectivamente,  frente a la condena dispuesta  en  los fallos de primera y segunda instancia, que para este análisis conforman  unidad   jurídica   inescindible,   sustentados   en  el  cúmulo  de  indicios  estructurados  a  partir  de  las  circunstancias  que  rodearon  la captura del  sindicado  BOLAÑOS CASIERRA,  quien  para  ese momento presentaba herida en uno de sus brazos, de la relación  material  que se constató ejercía sobre el arma de dotación oficial de uno de  los   uniformados  abatidos,  así  como  de  las  falacias  detectadas  en  sus  descargos,  ningún  influjo  puede  concederse  para debilitar las conclusiones  allí  esbozadas  en  torno  al  compromiso  del  justiciable,  a  los medios de  convicción  presentados  con  carácter  puramente  enunciativo  en la demanda,  dirigidos  algunos  a  esclarecer aspectos accesorios a los sucesos investigados  en autos, en tanto que otro emergía a todas luces impracticables.   

Así,  ninguna  finalidad  trascendente  se  vislumbra  respecto a la contundencia de la condena, en las averiguaciones sobre  los  motivos por los cuales no se llevaron a cabo las pruebas de guantelete y de  balística,  ésta  última  sobre el arma incautada bajo la órbita de custodia  del  implicado;  como  tampoco  en  las  ampliaciones  de los testimonios de los  uniformados,  cuando  el  relato  sobre la captura del sentenciado y el decomiso  del  revólver asignado al agente ultimado, que fue el atendido para derivar los  indicios  de  cargo,  no le ofrece controversia al recurrente, quien simplemente  arguye  en  esencia  que  a  través  de esas pruebas la investigación tendría  certidumbre  sobre  acontecimientos que otros elementos de juicio demostraron en  el  plenario, como es el caso de las condiciones que rodearon el hallazgo de las  armas   y    del  radio  de  comunicaciones  en  el  lugar  del  siniestro;  finalmente,  con  la  misma  nimiedad  para  resquebrajar  los fundamentos de la  sentencia  adversa  al  procesado,  se  tiene  la  pericia  echada de menos para  dilucidar  el  arma  con la cual fue lesionado BOLAÑOS  CASIERRA,  perdiendo  de vista el impugnante al elevar  el  reparo, que la superficialidad de la herida, sin recuperación del proyectil  que  la  había  causado,  tornaba irrealizable esa prueba técnica.   

En  síntesis, como no aparece demostrado que  de  las  supuestas  deficiencias  de  la  investigación  en el plano probatorio  devendría  consecuencias  favorables  para el acusado, este otro reparo tampoco  está llamado a prosperar.   

Tercer Cargo.  Causal Primera.  

La  censura  final  se  hace  consistir en el  desconocimiento  de  la  prohibición  de la reformatio in pejus tratándose del  sindicado  apelante  único;  y en esa materia, como bien recuerda el Procurador  Delegado,  la  Sala ha reiterado en varias oportunidades, que cuando el juzgador  a  quo vulnera el principio de legalidad de las penas al proceder a su fijación  con  desconocimiento  de  los  lindes  máximo  y  mínimo  establecidos  en las  disposiciones  infringidas,  el juzgador ad quem debe o está obligado de manera  válida  enmendar  la  aflicción  ilegalmente así señalada, sin que exista en  ese   evento  una  transgresión  del  enunciado  principio  de  traducirse  esa  corrección en un acrecentamiento de la pena.   

          Sin  embargo,  en  el presente asunto el  problema  jurídico  se muestra ajeno a ese derrotero de tiempo atrás decantado  en  la  jurisprudencia  de la Sala, que parte de una realidad negada por el  Agente  del  Ministerio  Público, esto es, de las posibles antinomias entre los  principios  recogidos  en  la  Carta Política, que a pesar de integrar su texto  normativo  no concurren siempre de manera armónica y sistemática a regular una  específica  situación  de  hecho,  de  manera que para la resolución de tales  conflictos   surge   necesario   establecer   criterios   de  prevalencia  entre  ellos.   

La  controversia  se  centra  aquí,  por  el  contrario,  en una temática distinta aunque en todo caso igualmente relacionada  con  el  ámbito  de  aplicación del comentado instituto, concretamente, en las  facultades  que  le  asisten  al juzgador ad quem para la revisión integral del  fallo  sometido  a  consulta por disposición de la ley, cuando paralelamente es  objeto  del  inconformismo  del  procesado  o su defensor; tópico sobre el cual  Corporación  también  asentó  el criterio que brinda completa respuesta a las  apreciaciones  del  recurrente  y  de  la  Delegada,  razón  por  la cual baste  simplemente reiterarlo ahora:   

                                                      “Repetidamente  ha sido sostenido que el instituto procesal de la  consulta  no  es medio de impugnación o recurso, sino un mecanismo de revisión  de  la  legalidad  de ciertas decisiones judiciales, que opera por ministerio de  la   ley,   que   debe   cumplir   el   superior  jerárquico  de  quien  la  ha  proferido.   

                                 “A  diferencia  de los recursos, que son potestativos de los sujetos procesales y se  fundan  en  razones de interés particular, la consulta opera por mandato legal,  se  apoya  en  razones  de  interés  general,  y  es  de  carácter imperativo,  particularidades  que  hacen que su cumplimiento no pueda dejarse al arbitrio de  las  partes,  ni  siquiera  de  la  voluntad  del  funcionario  judicial  que ha  proferido la decisión.   

                            “A estas  diferencias  habría  que  agregar las no menos importantes que en el ámbito de  la  competencia funcional del superior se presentan, acorde con la naturaleza de  cada  uno  de  estos  institutos.  Mientras en la apelación, la competencia del  superior  tiene  carácter  limitado,  en  cuanto  solo  puede  revisar aquellos  aspectos  que  son  objeto  de impugnación, en la consulta la competencia es de  plena justicia e ilimitada.   

                           “De plena  justicia,  porque  está  facultado para examinar la decisión consultada en sus  distintos  aspectos; ilimitada porque puede revocarla o modificarla en cualquier  sentido,   sin  condicionamientos  de  índole  alguna,  aún  en  disfavor  del  procesado,  según  lo  establece  el  artículo  34  de  la  ley  81  de  1993,  modificatorio   del   217   del  estatuto  procesal,  y  ha  sido  declarado  en  pronunciamientos  de  exequibilidad  por la Corte Constitucional (Cfr. C-583/97,  Mg. Pte. Doctor Carlos Gaviria Díaz, entre otras).   

                           “Frente a  estas  premisas,  mal  puede compartirse la postura de la abogada demandante, en  el  sentido de que la simple interposición del recurso de apelación contra una  decisión   consultable,   cualquiera   sea  el  aspecto  impugnado,  enerva  la  posibilidad  de  que  el  superior pueda entrar a considerar los aspectos que no  han sido objeto de tacha por el apelante.   

                             “No se  discute  que el artículo 206 del Código de Procedimiento Penal, modificado por  el  29 de la ley 81 de 1993, adolece de graves falencias en su redacción, y que  si  el  exégeta  aprehende  literalmente  su  texto,  necesariamente habría de  concluir   que   cuando   se   interpone  algún  recurso  contra  la  decisión  consultable,   trátese   de  reposición  o  apelación  –  la  norma  no  hace  distinciones  -,  no  habría  lugar a este grado jurisdiccional. Recuérdese el  texto de la disposición:   

                                                    “Providencias  consultables.  En  los  delitos de conocimiento de  los    fiscales    y    jueces   regionales,   son   consultables   cuando  no  se interponga recurso alguno,  la  providencia  mediante  la  cual  se ordena la cesación de procedimiento, la  preclusión  de  la  investigación,  la providencia que ordena la devolución a  particulares  de  bienes  del imputado o sindicado presuntamente provenientes de  la  ejecución  del  hecho  punible  o  que  sea objeto material del mismo y las  sentencias que no sean anticipadas” (negrilla fuera de texto)”.   

                                                    “Lógicamente   el aspecto puramente literal no puede ser el  único  norte  en  el  proceso  de  interpretación de una norma. También ha de  auscultarse  la  teleología  del precepto y el sistema al cual se integra, y en  esta  medida es claro que la interpretación propuesta por la actora contraviene  la naturaleza y razón de ser del instituto de la consulta.   

                             “Ya ha  sido  dicho,  en  doctrina  reiterada,  que  este  nivel  de revisión opera por  mandato  legal,  y  que  su  operancia  no  puede depender de la voluntad de las  partes,  de suerte que baste la interposición del recurso de alzada para que el  superior   deba   inhibirse  de  revisar  los  aspectos  no  atacados,  quedando  circunscrita   su  competencia  funcional  al  examen  de  los  que  lo  fueron.  Admitirlo,  sería  entronizar un mecanismo de burla a la ley, y permitir que el  interés  general  que  fundamenta  la  consulta  ceda paso al particular de los  sujetos   procesales   (Cfr.   oct.22/97)   Mg.   Pte.   Dr.   Ricardo   Calvete  Rangel).   

                                “La  expresión  “son consultables cuando contra ellas no se hubiere interpuesto el  recurso  de  apelación”,  utilizada  en  normatividades anteriores (ley 17 de  1975,  art.  1º  y Decreto 050 de 1987, art.210), e incorporada hoy con algunas  variantes  en  el  texto  del artículo 29 de la ley 81 de 1993, tenía entonces  razón  de  ser  porque el recurso de apelación otorgaba competencia al ad quem  para  conocer sin limitaciones de la providencia impugnada (Ley 17 de 1975, art.  3º  y  Decreto  050  de  1987,  art.  538), tornando por contera innecesaria la  consulta,     e     imprimiéndole    a    ésta    un    verdadero    carácter  subsidiario.   

                           “Frente a  la  normatividad  actual,  en que el recurso de apelación otorga competencia al  superior   para   decidir   únicamente   sobre  los  aspectos  impugnados,  una  consideración  de  esta índole pierde vigencia, no siendo posible postular que  la consulta es subsidiaria de la apelación.   

                                “La  supletoriedad  del instituto de la consulta ha de ser entendida en relación con  los  aspectos  que no han sido objeto de apelación, y sin que la interposición  del  recurso  comprometa  la  potestad del ad quem, derivada de la ley, de poder  reformar  sin  limitación  alguna la decisión consultada, aún en los aspectos  impugnados y en perjuicio del procesado.   

                                                    “Totalmente  equivocado  resulta,  por  consiguiente, impugnar un  determinado  aspecto de la decisión consultable, en el entendido de que así se  impide  su  examen  integral  por  la segunda instancia, o que de esta manera el  procesado  en cuyo nombre se apela amparado por el principio de no reformatio in  pejus”    (sentencia   de   octubre   21   de   1998,   H.MP.   Dr.   Arboleda  Ripoll).   

          La  posición  de la Corte Constitucional tratándose del ámbito de  la  reformatio  in pejus frente a las sentencias objeto de consulta al tenor del  artículo  206 del Código de Procedimiento Penal, subrogado por el 35 de la Ley  504  de  1999,  como era y es el caso de la sentencia emitida en este proceso de  conformidad  con  las  disposiciones  citadas,  en  manera  alguna  riñe con el  criterio  reiterado en el presente asunto, como se destacó también en otras de  las   determinaciones   de   la   Sala   a   la   que   conviene   hacer  exacta  referencia:   

                             “Ahora  bien,  entrando  a  responder  de  fondo el tema propuesto se advierte que no le  asiste   razón  al  recurrente  cuando  reprocha  al  sentenciador  de  segunda  instancia  la  falta  de  aplicación del art. 31 de la Carta Política, bajo el  entendido  de que al procesado no se le podía ser desmejorada su situación por  ser  apelante  único,  pues como reiteradamente lo ha sostenido la Sala, cuando  opera  el  grado jurisdiccional  de la consulta el superior funcional puede  revisar  en  su  integridad  el fallo así haya sido impugnado, pudiendo incluso  agravar la situación del procesado recurrente único.   

                              “Este  criterio  es  compartido  por  la  Corte  Constitucional  y en ese sentido se ha  pronunciado  en varias oportunidades, entre otras, en la sentencia de tutela 289  de  1994….(sentencia  de  octubre  27  de  1997,  H.MP.  Dr.  Ricardo  Calvete  Rangel).   

            

          No  sobra agregar, por una parte, que la  posición  de  la  Corte Constitucional evocada en los términos transcritos, la  ratificó  en el fallo de unificación de tutela que el impugnante y la Delegada  traen  a  colación  parcialmente y con desviación de su sentido como argumento  de  autoridad  para derivarle unas consecuencias del todo opuestas (sentencia SU  –  327  del 27 de julio de  1995,  M.P.  Dr.  Carlos  Gaviria  Díaz);  por  la  otra,  que  en  el  control  constitucional  que  le  es  propio, declaró ajustadas a la Carta Política las  facultades  ilimitadas  conferidas  al  juzgador  ad  quem tratándose del grado  jurisdiccional  de  consulta  (sentencia C-583 del 13 de noviembre de 1997, M.P.  Dr. Carlos Gaviria Díaz).   

Así  las  cosas, esté último cargo tampoco  sale avante, en consecuencia, el fallo no se casará.   

En  mérito de lo expuesto, La Corte Suprema  de  Justicia  Sala  de  Casación  Penal,  en  desacuerdo  con  el  concepto del  Ministerio  Público,  Administrando  Justicia  en nombre de la República y por  autoridad de la Ley.   

RESUELVE  

          NO  CASAR  la sentencia impugnada. En firme  devuélvase al Tribunal de origen.   

Cópiese y cúmplase.  

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                              JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                             JORGE    ANIBAL    GOMEZ  GALLEGO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUES                                             CARLOS E.  MEJÍA ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PEREZ  PINZON                              NILSON    E.    PINILLA  PINILLA   

Salvamento parcial de voto  

TERESA RUIZ NÜÑEZ  

Secretaria  

SALVAMENTO PARCIAL  DE VOTO  

( Casación 12.741 )  

         Señores Magistrados:   

         Como   anuncié   en   la   Sala   respectiva,  permítanme  salvar  parcialmente  el  voto,  porque  no estoy de acuerdo con las afirmaciones que se  hacen  sobre  la  prohibición  de  la  reformatio in  pejus   y  sobre  la  prevalencia de la consulta  sobre  el  recurso  interpuesto  por  el  procesado  como impugnante único. Las  razones son las siguientes:   

          1.   Cuando   el  procesado  es  recurrente  único  en  materia  de  apelación  y de casación, por ningún motivo es posible empeorar su situación  jurídica, por esto:   

         1.1.  El  artículo 31-2 de la Constitución Política establece la  prohibición  de  la  reformatio in pejus,    como    uno    de   los   derechos  fundamentales,    reconocido   a   título   de  principio.  Expresamente  dice:   

“  El  superior  no  podrá agravar la pena  impuesta cuando el condenado sea apelante único”.   

         El  C.  de  P.P.  en  una  de  sus normas  rectoras, el artículo 17, dispone:   

            “El  superior  no  podrá  agravar  la  pena  impuesta cuando el  condenado sea apelante único”.   

         En  materia  de  casación, el artículo 227 del C. de P.P. adhiere  al  importante  principio  y  acude  a  la  rúbrica  o  rótulo de principio   de   no   agravación,  que  describe así:   

          “Cuando  se  trate  de sentencia condenatoria no se podrá agravar  la  pena impuesta, salvo que el fiscal, el ministerio público o la parte civil,  cuando tuvieren interés, la hubiera recurrido”.   

         

         Es   claro,  entonces,  que  la  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus cuando el condenado  es  recurrente  único  con  miras  al  debate en segunda instancia o en sede de  casación,   es   derecho  –  principio  fundamental  -constitucional,  norma  superior  legal que  rige  el  procedimiento  y  regla  que     reitera     el    principio    –    derecho  constitucional.  Desde  este punto, por donde o desde  donde   sea   vista,   la   prohibición   limita  cualquier  actuación  en  su  contra.     

         1.2.  Es  cierto que la Corte Suprema de Justicia debe velar por la  legalidad,  por  las  garantías  y por los derechos. Pero también lo es que no  todo  le puede corresponder a Ella, pues igualmente la Fiscalía y el Ministerio  Público,  por  ejemplo, poseen vocación para buscar otra instancia, otra sede.   

        1.3.  En  el  asunto  que  convoca  la  atención  de  la Sala, el  Tribunal  Nacional aumentó la pena impuesta en 1ª. instancia, desacomodando la  constitucionalidad  porque  ello  está  expresa  y genéricamente vetado por la  Carta.   

        1.4.   El  principio  constitucional  con  rango  de  derecho   fundamental   conocido  como  prohibición  de  la  reformatio in pejus  (artículo  31-2),  no permite excepciones, como se desprende de  su  simple  literalidad.  Y  si  no  las  permite,  porque ni las expresa ni las  insinúa,  se revitaliza la máxima antiquísima: Ubi  lex  non  distinguit,  nec  nos  distinguere debemus:  cuando la ley no distingue, tampoco debemos distinguir.   

        1.5.  En  esta,  y muchas otras decisiones, la Sala mayoritaria da  preferencia  al  principio  de  legalidad  cuando  lo  parangona  con  el  de la  prohibición  de  la  reformatio in pejus.   El  pensamiento  del  suscrito  es  que,  de  una  parte,  los  principios  constitucionales  no  se  encuentran jerarquizados ni se repelen por  opuestos  antagónicos,  y, de la otra, que hallándose al mismo nivel, ocupando  el  mismo status, el tratamiento merecido por la legalidad y por la prohibición  de    la    reformatorio    in   pejus  es  el  mismo,  como  que ambos son principios y no uno de ellos  principio  –el   de   legalidad-y   el   otro  –el de prohibición de  la  reforma  in  pejus-  una  mera  regla.   

        Al  contrario de lo que se acaba de exponer al inicio del párrafo  anterior,  los principios se pueden complementar y robustecer, vgr., como ocurre  con  presunción  de  inocencia,  defensa, cosa juzgada, debido proceso concreto  etc.,  que  se  auxilian  y,  entre  todos  ellos, y otros, conforman el extenso  principio    conocido    como    debido    proceso  amplio.     

   

        Salvo  muy contadas hipótesis, una característica general de los  principios  es que admiten excepciones. Así se dice de la cosa juzgada, del non  bis  in  idem,  de  la  defensa  letrada,  del proceso público, etc. Bien puede  afirmarse,  entonces,  que  una  excepción  a  la  legalidad  como principio es  la      prohibición     de    la     reformatio in   

pejus,  excepción  tan  alta  que  ha  recibido  la  categoría  de derecho y principio  constitucional.  Esto  no  es extraño a nuestra normatividad pues, por ejemplo,  el  principio  de  favorabilidad -retroactividad, ley intermedia, lex tertia- es  una  excepción  al  principio  de  legalidad  en  su forma de ley preexistente.   

        2.  También  se afirma que cuando la sentencia admite el grado de  consulta,   el   ad-quem   puede   conocer   ilimitadamente,   no   obstante  la  interposición   del  recurso  de  apelación  por  el  procesado,  como  único  impugnante. A ello, dígase:   

        2.1.    El    artículo   31   de   la   Constitución   Política  dispone:   

         

        “Toda  sentencia judicial podrá ser apelada o consultada, salvo  las excepciones que consagre la ley”.   

        “El  superior  no  podrá  agravar  la  pena  impuesta cuando el  condenado sea apelante único”.   

        De aquí resulta:   

        a)  Por  la  “O”,  son  fenómenos diferentes y oponibles. Por  tanto,  si  se  apela,  no  procede  la consulta; y si se acude a la consulta es  porque no se apela.   

          b)   Cuando   el   inciso   2°.  hace  la  afirmación  transcrita,  tajantemente   está  diciendo  que  el recurso de apelación desplaza toda  posibilidad de consulta. Ese es el mensaje lógico si se mira el   

origen  y  la historia del principio de la  doble  instancia,  regido  por    el    interés    de    quien   se   siente  afectado   y   no   por  el  ánimo  o  “interés  general”.    Bastaría    preguntarse,    siendo  realistas,  a quién le interesa, salvo -y en veces-  a  los  protagonistas  del  conflicto,  que  abstractamente, en nombre suyo y de  todos  sus  semejantes,  el estado-legislativo quiera la protección general. Si  ello  fuera  así, si prevaleciera el interés general sobre el particular, como  dice  la decisión mayoritaria, le correspondería a la Constitución y a la Ley  sencillamente   abolir   la   apelación   y   disponer,   en   todo   caso,  la  consulta.   

          2.2.  Se  dice que la “primacía del interés general”, sustento  de  la  consulta,  es  uno  de  los  pilares del Estado Social y Democrático de  Derecho.  Ello  no  es tan cierto si se repara el nacimiento de tal filosofía y  si  se  tiene  en  cuenta  que,  conforme  con  su  historia, el Estado Social y  Democrático  sigue  siendo “individualista”, en el sentido de que implica e  impone  un orden de preferencia: el hombre, la sociedad y el Estado. La fórmula  Estado  Social  y  Democrático  de Derecho no coloca al hombre en el 2°. ni el  3er.  sitio.  Lo  ubica  en  el  primero  y,  por  consiguiente,  el “interés  general”,  en  este  tema,  tiene que ceder ante el interés particular, sobre  todo  cuando  ese  “interés  particular”,  que engendra un recurso, ha sido  reconocido  como  de  rango constitucional, integrante del debido proceso y, por  supuesto,  con  categoría de derecho fundamental. No es pensable, entonces, que  un    derecho    con    tales    características,     sea    inferior    a    un  “grado”    en  pro  de un  interés  general,  abstracto,  es  decir, en aras de un supuesto derecho que es  “común” y que aparta, separa al hombre.   

        En  suma, la impugnación que lleva el proceso a la 2ª. instancia  y  a  la Corte, fija una barrera infranqueable al poder del Poder Judicial: este  no  puede  desmejorar  la  situación  del  hombre  que  recurre  sólo, pues la  prohibición  de  la  reformatio in pejus,  como  derecho  fundamental que es, porta en su naturaleza, como  surge  del  artículo  5º.  de  la  Constitución, su carácter de inalienable.   

        Si  en  el  asunto  que  ocupa la atención de la Sala el Tribunal  Nacional  aumentó  la  pena de 48 a 55 años de prisión con el argumento de la  consulta,  siendo  el  procesado  apelante  único,  no hay duda que vulneró el  principio  mencionado  y,  por  tanto,  se  imponía  casar  en forma parcial la  sentencia para retornar, ahí sí, el proceso a la legalidad.   

                   

                                     De    los    señores  Magistrados   

                                                Seguro Servidor   

         

                                   Alvaro   Orlando   Pérez  Pinzón   

                                                                                

    

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