12390(23-07-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 12390  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                      Magistrado  ponente   

                      Dr.  EDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

                    Aprobado Acta  No. 084   

          Bogotá   D.C.,   veintitrés   (23)   de  julio  de  dos  mil  tres  (2003).   

VISTOS  

          Decide  la  Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  por  el   defensor  del  procesado  José  Raúl  Taborda  Mesa,  contra la  sentencia  del  31  de  mayo  de 1996, mediante la cual el Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Cali  confirmó  la sentencia proferida el 6 de julio de  1995   por el Juzgado 16 Penal del Circuito de la misma ciudad  que lo  condenó  a  la  pena  principal  de  25  años  de  prisión, a la accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término de la  pena  privativa  de  la  libertad,  y  al  pago de los perjuicios materiales, al  hallarlo responsable del delito de homicidio.   

HECHOS  

          Sucedieron  el  19 de mayo de 1994, aproximadamente a las 6:30 de la  mañana  en  el  sector de la Galería Santa Helena de la ciudad de Cali, cuando  se  presentó  una  discusión  entre   Alfonso  Lozada  Guayacundo,  quien  trabajaba  como  “carretero”   en la citada plaza de mercado, y José Raúl  Taborda  Mesa,  que  había contratado sus servicios, en razón a que el primero  le  cobró  mil  pesos  por  el  acarreo  y el segundo aseguraba que el mismo no  valía  más  de 500 pesos, ante lo cual Lozada Guayacundo protestó e insistió  en  dicho  valor,  motivo por el cual Taborda Mesa le disparó con su revólver.  Al  recibir  el  impacto  Lozada  Guayacundo se cayó, luego logró levantarse y  corrió  hacia  la  puerta  del granero “Río Negro”, situado a pocos metros  (Carrera 29 A No. 19-128) donde finalmente falleció.   

         Instantes  después  y  aproximadamente  a  media  cuadra del lugar  donde  ocurrieron los hechos, la Policía capturó a José Raúl Taborda Mesa, a  quien  un  testigo  presencial señaló como autor del homicidio. En su poder se  encontró  un  revólver,  con  señales de “haber sido disparado después que  fuera limpiado por última vez”.   

                     

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          Con   fundamento   en   las   diligencias   adelantadas  durante  la  indagación  preliminar,  la  Fiscalía14  de la Unidad Especializada de delitos  contra  la  Vida,  la  Libertad   y  el  Pudor  Sexuales de Cali ordenó la  apertura   de  investigación  el  20  de  mayo  de  1994  y  vinculó  mediante  indagatoria  a  José  Raúl Taborda Mesa. Al definirle la situación jurídica,  lo  afectó  con  medida de aseguramiento de detención preventiva como presunto  responsable  del  delito  de  homicidio  en  la  persona de  Alfonso Lozada  Guayacundo,  mediante  proveído  de  mayo  25  de  1994  (fol. 47).     

          Cerrada   la   etapa  instructiva,  la  Fiscalía  14  Seccional  de  Cali   calificó  el  mérito  del  sumario  el  15  de septiembre de 1994,  profiriendo  resolución  de  acusación  en contra de José Raúl Taborda Mesa,  como  autor  del   delito  de  homicidio  agravado (Fol. 158). Apelada esta  decisión  por  el defensor del procesado, la Unidad de Fiscalías Delegada ante  el  Tribunal  Superior  de  Cali  la  confirmó  integralmente el 9 de noviembre  de  1994 (fol. 194).   

La causa la adelantó el Juzgado 16 Penal del  Circuito  de Cali y la concluyó con la sentencia fechada el 6 de julio de 1995,  por  medio  de  la  cual  condenó  a  José  Raúl  Taborda  Mesa a 25 años de  prisión,  a  la  interdicción  de  derechos y funciones públicas por el mismo  lapso  y  al  pago  de  los  perjuicios materiales, tasados en $744.538.60, como  autor  del  delito  de  homicidio   de que trata el artículo 323  del  Código Penal anterior (fol.324)   

          Apelado   este   fallo   por   el   apoderado   del   procesado,  el  Tribunal   Superior  de  Cali  lo  confirmó  en todas sus partes, mediante  sentencia del 31 de mayo de 1996 (fol.398).   

El defensor del procesado inter­puso  el  recurso  extraordinario  de  casación,     presentó     oportuna­mente       la      de­manda,      fue      ad­mitida  y  se  recibió concepto del Procurador 2º. Delegado en lo  Penal .   

LA  DEMANDA   

         Con   fundamento   en   las  causales  1ª.  y  3ª.  de  casación  consagradas  en  el  artículo  220  del Código de Procedimiento Penal anterior  (Decreto  2700  de  1991)  el  casacionista  formuló  dos cargos. Los enunció,  así:   

          Primer cargo ( violación indirecta)   

          La  sentencia de segunda instancia incurrió en violación indirecta  de  una  norma  de derecho sustancial “por error de derecho en la apreciación  de la prueba testimonial”.   

          Como  fundamento  de  la  censura  indica  que el Tribunal con clara  violación  del  artículo  294 del Código de Procedimiento Penal derogado, que  señala  los  criterios  que  deben tenerse en cuenta para la apreciación de la  prueba  testimonial,  le  dio credibilidad al testimonio de cargo rendido por el  joven  Carlos  Arturo  Ramírez  Roarez  y,  por  el  contrario,  descartó  las  declaraciones  exculpativas  de  Marlene  Rodríguez, Humberto Martínez, Manuel  Tiberio  Ríos  Ocampo,  Arbey  González   Salazar y José David Londoño,  quienes   son  coincidentes  en  señalar  que  Taborda  Mesa  no  tuvo  ninguna  intervención en el homicidio que se le atribuye.   

          Sostiene  que  en  la  valoración del testimonio de Ramírez Roarez  los  falladores  no tuvieron en cuenta las reglas de la sana crítica y por ello  en forma errada le dieron credibilidad.   

No advirtieron que el menor mintió acerca  de  su edad, al decir que tenía 15 años, cuando en realidad tiene 17 años y 5  meses;  tampoco  observaron  la “personalidad frágil” del citado testigo, a  quien   califica   de    “precarios   principios   morales,   sociales  y  familiares”,   dado   que   se   trata  de  un  individuo   desocupado  e  indocumentado,  de quien se ignora el lugar de su residencia. Igualmente pasaron  por  alto  que  no  se le puede tener como a un “testigo de visu, presencial y  directo  de  lo ocurrido”, pues como él mismo lo reconoció sólo escuchó el  disparo  y,  por lo tanto, no vio que el procesado sacara y accionara el arma en  contra   de  Alfonso  Lozada  Guayacundo.  Así  mismo,  no  se  fijaron  en  la  descripción  que  el  menor hace del presunto homicida que no corresponde a las  características  del  procesado,  tal  como aparecen descritas en el acta de la  indagatoria,  pues  mientras  que el testigo habla de “un señor gordo, peludo  más  o menos bajito”, la Fiscalía lo describe como una persona de contextura  gruesa,  cabello  negro,  de  bigote,  cejas  pobladas,  ojos cafés, de 1.73 de  estatura”.   

          Por  el  contrario,  en  forma inexplicable los sentenciadores no le  dieron  crédito  a  los  testimonios de Marlene Rodríguez, Humberto Martínez,  Manuel  Tiberio  Ríos  Ocampo,  Arbey  González   Salazar  y  José David  Londoño,   quienes   son  ciudadanos  de  bien,  plenamente  identificados,  de  residencia  conocida  , dedicados a actividades comerciales lícitas. De acuerdo  con  sus  declaraciones  Taborda  Mesa no puede ser el autor del homicidio, pues  siempre  estuvo  al  lado  de  Marlene  Rodríguez  y, además, como lo señalan  Manuel  Tiberio Ríos Ocampo y José David Londoño, cuando Marlene Rodríguez y  José  Raúl  Taborda  se hicieron presentes en el negocio ya había ocurrido el  asesinato.           

   

          Indica  igualmente que es contrario a la lógica y al sentido común  que  si  Taborda  Mesa  hubiera  sido  el  autor  del homicidio permaneciera tan  tranquilo  en  el  mismo  lugar,  al  igual  que  sus  acompañantes. Tampoco se  compadece  con la personalidad del procesado,  con su condición de persona  trabajadora,  sin  antecedentes  criminales, padre de tres menores, que no opuso  resistencia  alguna  a  sus  captores,  que  pudiera  cometer  un  crimen de esa  naturaleza  por  un  motivo tan fútil y miserable como lo es el negarse a pagar  la  irrisoria  suma  de  mil  pesos,  máxime cuando está demostrado que él en  ningún  momento  requirió  de  los servicios de un carretero, pues el carro lo  tenían  aparcado  cerca  del  lugar  donde  tenían  los  productos, que por su  cantidad tampoco necesitaban ser transportados en una carreta.   

          Considera  que  “si se hubiera tenido en cuenta la sana crítica y  la  inferencia  lógica,  de una manera dialéctica” el Tribunal no le hubiera  dado  credibilidad  al  testigo único de cargo y habría declarado la inocencia  del inculpado.   

          Segundo cargo (causal tercera)   

          La  sentencia  impugnada fue dictada en un juicio viciado de nulidad  por  violación  del  derecho a la defensa y del debido proceso, en razón a que  no  se le brindó al defensor la posibilidad real de contrainterrogar al testigo  Carlos  Arturo Ramírez Roarez, a pesar que lo solicitó reiteradamente, primero  en  la  fase  probatoria  del  juicio  y,  después, en el curso de la audiencia  pública.  Señala  que  esta  prueba  era  de  vital  importancia,  dado que la  sentencia  se  fundamenta  esencialmente  en  dicho testimonio. Importaba por lo  tanto  demostrar  que  dadas  las condiciones de sociabilidad y antecedentes del  testigo,  su  versión no merecía credibilidad y, además, que no es cierto que  el  menor  hubiera  visto  al  procesado  cuando accionaba el arma en contra del  occiso,  como  equivocadamente  lo  infiere  el  juez de primer grado, ya que el  testigo fue enfático en afirmar que sólo escuchó el disparo.   

          Agrega  que  si  bien  el  juez  de  primera  instancia  ordenó  la  ampliación  de  dicho  testimonio,  no se realizaron las diligencias necesarias  para   lograr   su  ubicación  y  asegurar  su  comparecencia  a  la  audiencia  pública.     

          Afirma  igualmente  que  se  vulneró el principio de investigación  integral,  pues  a  pesar de que no fue posible realizar el contrainterrogatorio  al  testigo  de  cargo,  el  juzgado omitió practicar diligencia de inspección  judicial  al  lugar  de  los  hechos, con el fin de verificar las condiciones de  visibilidad   y  audición,  así  como  las  distancias  desde  las  cuales  se  percibieron  los  hechos  por  los  diferentes  testigos.  Tampoco  se logró la  ampliación  del  testimonio  de  los  agentes  de  policía que suscribieron el  informe  que dio origen a la presente investigación, ni se ordenó la práctica  de   las   pruebas   que  se  solicitaron  (  los  testimonios  de  José    Aldemar   Moncada   y   Javier   Gonzáles,   y  solicitud  de  informes  a  las  Inspecciones  de Policía de los  barrios   El  Jorge  y  La Independencia de Buenaventura) tendientes a  demostrar  el  uso  del  arma por parte del imputado semanas antes de los hechos  que  se  investigan, así como los atracos de que fuera víctima en la ciudad de  Buenaventura,  que  lo  llevaron a adquirir legalmente el revólver que le fuera  incautado.   

          Solicita  a  la  Corte casar la sentencia impugnada y” en su lugar  la  anule  o  la  derogue,  ya sea revocándola o modificándola, conforme a los  cargos presentados”.   

      

CONCEPTO DE LA PROCURADURÍA  

Segundo cargo (nulidad)  

Señala  el  Procurador  Delegado  que  en  acatamiento  al  principio  de  prioridad,  este  cargo  ha debido plantearse en  primer  lugar  y  el de violación indirecta de segundo y como subsidiario, pues  de  prosperar  la  anulación  propuesta  no  habría  lugar  a  considerar este  último.    

         Asegura  que  en  la  formulación  de  esta  censura  el libelista  incurrió  en graves falencias técnicas, que por sí solas son suficientes para  la   improsperidad   del   reproche,   pues   omitió  precisar  con  la  debida  claridad   el  efecto  de  la  nulidad  propuesta;  no elevó una petición  concreta  ni  especificó desde cuándo se presentó dicho fenómeno ni a partir  de qué momento debía remitirse la nulidad advertida.   

         En relación con el contrainterrogatorio  al  testigo  Ramírez  Roarez,  señala  que  si  bien  está  de  acuerdo en la  importancia  de  dicha  diligencia   para el esclarecimiento de los hechos,  así  como  en  su conducencia y pertinencia, la omisión de su práctica no fue  producto  de  la irresponsabilidad de los funcionarios judiciales o de un juicio  equívoco  sobre su incidencia, pues  la administración de justicia agotó  ingentes  esfuerzos  para  lograr  la  ubicación  y  comparecencia  del  citado  testigo.  Estima  que  la  no  producción  de  dicha  prueba  fue  “ajena  a la  administración  de  justicia”  y,  en  tales  condiciones,  carece de razón el  demandante.   

         Por  lo  que hace a la solicitud de la inspección judicial y   cuya  negativa  se  censura,  considera  que  en  forma  motivada  dentro  de la  audiencia   pública se declaró su total improcedencia, pues para su cabal  perfeccionamiento  se  requería la presencia del testigo y, además, su rechazo  se  hizo  de  conformidad con las previsiones contenidas en el artículo 448 del  Código  de  Procedimiento Penal. Agrega que el afán garantista del funcionario  lo  llevó  al  extremo  de  conceder  un recurso de apelación propuesto por la  defensa  contra  esa  negativa, el cual era claramente improcedente como lo hizo  ver el Tribunal.   

         En  relación con las otras pruebas que se echan de menos, como son  los   testimonios  peticionados  y  la  solicitud  de  informes  a  las  inspecciones de policía de los barrios  El Jorge y   La     Independencia     de    Buenaventura,    considera    que    estuvieron  bien denegadas, pues su petición se hizo por fuera del  término  previsto en el artículo 446 del citado Código. En conclusión,   no    existió    transgresión    alguna   al   principio   de   investigación  integral.   

         Estima,   por   lo   tanto,  que  la  censura  no  debe  prosperar.   

         Primer cargo (violación indirecta)   

         Considera  que  el censor se equivocó al plantear la censura, pues  el  desacato  a  los  principios  de  la  sana crítica en la apreciación de la  prueba  no  constituye  un  error  de  derecho, como lo propone el libelista sin  especificar  su  especie,  si  se  trata de un falso juicio de legalidad o de un  falso  juicio  de  convicción,  sino  que configura un error de hecho por falso  juicio de identidad.   

         El  cargo,  por  consiguiente, tampoco puede tener éxito. Primero,  porque  la  sentencia  goza de la doble presunción de legalidad y acierto; para  desvirtuarla  se debe presentar una crítica precisa y verdadera, so pena de ser  inane.  Segundo,  porque  en  virtud  del principio de limitación no es posible  subsanar    las    falencias    de    postulación    en    que    incurre    el  impugnante.   

         Agrega  que  en la formulación del cargo el libelista incurrió en  las siguientes falencias.   

         a)  No  supo concretar en qué consistieron los supuestos desapegos  a  los  preceptos de la lógica en la valoración de la prueba testimonial, pues  se  limitó a anteponer su criterio al del fallador, mostrando de este modo “una  disparidad  de  su lógica individual”, pretendiendo únicamente que prevalezcan  sus  consideraciones  particulares  sobre  el  caudal probatorio, reviviendo con  ello  un  debate  superado  en  instancias  y  que  no  es  admisible en sede de  casación.   

         b)  Desatendió  la  obligación  de derruir todos los elementos de  convicción  tenidos en cuenta por los falladores de instancia, pues su crítica  se  circunscribió  casi  que  enteramente al testimonio de Ramírez Roarez, sin  advertir  que  los  juzgadores  tuvieron   en  cuenta  para  condenar otras  pruebas  aparte  de  la  fundamental  conformada por la declaración de Ramírez  Roarez,  como  fue  una  serie de indicios graves de responsabilidad, tales como  los  de  presencia,  porte  del  arma,  el positivo en la prueba de parafina, el  accionamiento  reciente  del  arma que “por manera alguna el censor se ocupó en  atacar”.   

         c)  Las  alegaciones exculpativas que hace el demandante sobre “las  condiciones  personales  del  agente” en aras de demostrar su imposibilidad para  cometer  el  homicidio,   así  como  los  reparos  que  hace del principal  testigo  de  cargo  para  restarle  credibilidad,  son  impertinentes  frente al  “derecho  penal  de  acto  que  desde  1980  exhibe el Código Penal Colombiano,  condiciones  personales aquéllas que son miradas para efectos de los subrogados  penales  y  los  fines de la pena, “mas no, insístase, en el juicio de reproche  por la responsabilidad penal” .   

         CASACIÓN OFICIOSA   

         Pide  que  se  case oficiosa y parcialmente la sentencia con el fin  de  dejar  en su término legal la pena accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas,  pues  la  de  25  años  impuesta  es  contraria  al  principio  de  legalidad  de  la pena. De acuerdo con el artículo 44 del C. P.,  modificado  por  la  ley  365  de  1997,  la  duración  máxima  de  la pena de  interdicción   de   derechos   y   funciones   públicas   es   de   diez  (10)  años.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         De  conformidad con el orden que impone la lógica, se iniciará la  contestación  de  la demanda con respecto al segundo cargo, esto es, el fundado  en  la  causal tercera de casación, pues de resultar próspero tornaría inocuo  el   estudio   jurídico   de  la  censura  propuesta  con  base  en  la  causal  primera.   

             Segundo cargo (causal  tercera)   

         1.   Asegura  el  casacionista  que  la  sentencia  impugnada  fue  dictada en un juicio viciado de nulidad por  cuanto  no  se  llevó  a  cabo  la  diligencia de ampliación del testimonio de  Carlos  Arturo  Ramírez  Roarez,  así  como  de  los  agentes  de policía que  suscribieron  el  informe  que  sirvió  de  base  para el inicio de la presente  investigación,    y   le   fueron   negadas  varias  pruebas,  tales  como  inspección  judicial  al  lugar de los hechos, los testimonios de José Aldemar  Moncada  y  Javier  Gonzáles,  e  igualmente  la  solicitud  de  informes a las  Inspecciones  de  Policía  de  los  Barrios  El  Jorge  y  La  Independencia de  Buenaventura  .  En  su  sentir, tal omisión vulneró el derecho de defensa, el  debido  proceso  y  el principio de investigación integral, específicamente en  cuanto  tiene  que  ver  con  el  principio  de contradicción  probatoria,  porque  al  no  obtenerse  la  comparecencia  del  único  testigo de cargo a la  audiencia  pública  se  le privó de la posibilidad de poderlo contrainterrogar  y,  con  ello,  demostrar  los vacíos y contradicciones de dicho testimonio, en  virtud  de  los  cuales  no  se  le podría seguir otorgando la credibilidad que  hasta el momento se le venía dando.   

         2.  Como lo observa el Ministerio Público, la formulación de este  cargo presenta graves inconsistencias técnicas.   

         2.1.  En  primer  lugar,  el actor postula en forma simultánea dos  motivos  de  nulidad,  el atentado al debido proceso y la violación del derecho  de  defensa, basados en la misma circunstancia. A ese respecto conviene precisar  que  en  el  trámite  de un proceso los funcionarios judiciales pueden realizar  actos  o  incurrir  en  omisiones  que signifiquen el quebrantamiento del debido  proceso  y  a  la  vez la conculcación del derecho de defensa, como ocurriría,  por  ejemplo,  en  un  proceso adelantado por los cauces ordinarios en el que se  suprimiera  la  etapa  probatoria  de  la  causa.  En este evento, además de la  alteración  del  trámite  procesal  preestablecido  legalmente, se le estaría  impidiendo  al  sujeto  pasivo  de  la acción penal el ejercicio del derecho de  controvertir  la imputación que le hace el Estado a través de nuevas pruebas o  de la contradicción de las ya existentes.   

         2.2.  Sin  embargo,  cuando  la omisión solamente recae en algunos  específicos  elementos  de  convicción,  como  en  el  caso  que  es objeto de  estudio,  la  estructura  del  procedimiento  no  sufre  menoscabo alguno y, por  tanto,  no   es  posible  pregonar la violación a la garantía fundamental  del debido proceso ni se puede hablar de una causal de nulidad.   

         2.3.  En  segundo  lugar, una concreta inactividad probatoria sólo  podría  llegar  a adquirir la virtud de invalidar la actuación cuando la misma  signifique  una contundente violación al derecho de defensa. Por ello, es carga  procesal  que  compete  al demandante demostrar la forma en que esa vulneración  se  ha  consumado  y  el alcance lesivo de la omisión probatoria con respecto a  los    intereses    del   procesado.   Este   cometido   no   lo   cumplió   el  libelista.   

         2.4.  En tercer término, con clara violación de las exigencias de  claridad,  precisión  y  fundamentación  del cargo consagradas en el artículo  225  del  C.  de  P. P. que entonces regía (hoy, artículo 212-3), el censor no  sólo  omitió  indicar  con  la  debida  nitidez   el efecto de la nulidad  invocada,  sino  que  olvidó  formular  una  petición  concreta,  pues si bien  argumentó  que  se incurrió en un vicio en el curso de la actuación procesal,  no  supo  especificar desde cuándo se presentó dicha irregularidad ni a partir  de  qué  momento  debía  declararse  la invalidez advertida. Además, en forma  confusa  solicita  simultáneamente  que  al casar la sentencia se “anule” o  “modifique”;  no  tuvo  en  cuenta  que la invalidación no da lugar a fallo  sustitutivo,  sino  que  impone,  en  principio,  la  obligación de devolver el  asunto  a  las  instancias para que se rehaga la actuación viciada.     

            

         3.  Por  otra  parte,  como  lo  señala  el  Procurador Delegado,  tampoco  se  advierte afectación alguna al derecho a la defensa en razón a las  pruebas  dejadas  de  practicar  o  en  virtud  de las que fueran negadas por la  judicatura, por lo siguiente:   

        4.   El   hecho   de   que   no  se  hubiera  podido  realizar  la  ampliación   del  testimonio  del  menor  Carlos  Arturo  Ramírez  Roarez  durante  la  vista  pública  no  significa,  como  equivocadamente lo estima el  libelista, que se haya vulnerado el derecho de contradicción.   

          Debe  recordarse que la declaración del citado testigo fue recibida  por  la  Fiscalía el 19 de mayo de 1994 (fol. 11 y 14), el mismo día en que se  inició  la  indagación preliminar. Sobre el contenido de este testimonio se le  interrogó  al  procesado  en  la  diligencia  de  indagatoria y se hizo expresa  alusión  a  dicho  elemento  probatorio  en  la  resolución que le definió la  situación   jurídica,   señalándosele   como  fundamento  de  la  medida  de  aseguramiento  de  detención preventiva impuesta a Taborda Mesa (fol. 27 y 48).  El  defensor  del  acusado  en  sus  varias  intervenciones  en  el  curso de la  instrucción  (fol.  35  y  70),  se  abstuvo de solicitar la ampliación de esa  declaración.   

          Al  iniciarse  la  etapa  del  juicio,  el  Juzgado  le notificó al  procesado  que  se estaba corriendo el traslado previsto en el artículo 446 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  durante  el  cual  su  defensor solicitó la  mencionada  ampliación.  El  despacho  accedió  a dicha petición (fol. 222) y  repetidas   veces   citó   mediante  telegrama  al  deponente  y,  ante  su  no  comparecencia,  libró  la respectiva orden de  conducción por la Policía  Nacional (fols. 265, 266, 267, 281, 282, 283).   

   

          Emerge  de  lo  anterior  que  el incriminado y su defensor tuvieron  conocimiento   de  la  prueba  en  cuestión,  que  pudieron  haber  tratado  de  contradecir  oportunamente.  Si  no  lo  hicieron  y  esperaron  al  juicio para  intentarlo,  no  es  retardo imputable a la administración de justicia, que sí  lo  escuchó desde el principio y luego efectuó lo que estaba a su alcance para  lograr  infructuosamente la comparecencia del testigo.   

          Además,  resulta  evidente  que el demandante confunde controvertir  una  prueba  con  confrontarla  en el acto mismo de su recepción o ampliación,  para  el  caso  con  la  presencia  personal  del testigo, que ciertamente no es  imprescindible,  pues  bien  se  puede discutir su verosimilitud, como en efecto  hizo  la  defensa  desde  antes  de que se resolviera la situación jurídica al  procesado   y   en   diferentes   actuaciones   posteriores   (fols.   53,   149  178).   

          Por  último,  debe resaltarse que el libelista omitió demostrar la  trascendencia  de  la  prueba dejada de practicar. Olvidó que la posibilidad de  declarar  la nulidad no deriva de la prueba en sí misma considerada, sino de su  confrontación  lógica  con  todo  el acervo probatorio tenido en cuenta por el  juzgador  como  soporte  del  fallo,  a  efecto  de  demostrar  que  de  haberse  practicado  la  prueba  echada  de  menos,  la  decisión  sería muy diferente,  necesariamente  a favor del procesado, erigiéndose entonces como único remedio  procesal  la  invalidación  de  la  actuación  censurada con el fin de que los  elementos  de  convicción que se echan de menos puedan ser tenidos en cuenta en  el proceso.    

         

          5.  Tampoco  constituye violación al derecho de defensa la negativa  de  las declaraciones, las constancias de algunas Inspecciones  de Policía  de  la  ciudad  de San Buenaventura y la inspección judicial solicitadas por el  defensor  en la etapa del juicio.     

         

          En  primer lugar, porque los testimonios y certificaciones referidos  fueron   peticionados   de  manera  extemporánea   (fol.  239,  241),  con  posterioridad  al  auto  que  decretó las pruebas en la etapa de la causa. Y la  diligencia  de  inspección  judicial,  como lo señaló el Juzgado, resultaba a  todas  luces  impertinente, dado que si su objetivo era desvirtuar el testimonio  del  joven  Ramírez  Roarez, poniendo de presente las supuestas contradicciones  contenidas  en su versión, mal se podría lograr este objetivo sin la presencia  del citado testigo.   

        En  segundo  término,  del  trasfondo  de la argumentación   emerge  que  para el impugnante la inspección judicial era necesaria para tener  la  oportunidad  de  demostrar  las  supuestas  incoherencias que le atribuye al  testimonio  de  Ramírez  Roarez.  Tal  postura  no revela violación alguna del  derecho  a  la  defensa; solo pone de manifiesto la reticencia del recurrente en  aceptar  las  conclusiones de los juzgadores, para quienes la versión del menor  merece  total credibilidad, dadas las circunstancias en que percibió los hechos  y la espontaneidad y coherencia de su relato.   

        Además,    como    la    Corte    lo   ha   reiterado1,    la  negativa  a  practicar  pruebas  no  constituye per se violación del derecho de  defensa,  pues se requiere además que éstas sean sustanciales porque apunten a  excluir  o  atenuar la responsabilidad del procesado, para lo cual el demandante  debe  acreditar,  más  allá  de  las simples conjeturas o suposiciones, que de  haberse  practicado esa prueba, sin ninguna duda, el sentido del fallo impugnado  hubiese    sido   diferente.   Esa   demostración   no   fue   hecha   por   el  casacionista.   

        Así  las  cosas, la Sala no encuentra que se haya estructurado la  causal  de  nulidad  que  plantea  el  actor y por tanto habrá de rechazar este  cargo.   

          Primer Cargo (violación indirecta)   

          1.  Esta  censura  pregona la violación  indirecta  de  la ley sustancial por haberse incurrido en error de derecho en la  apreciación  de  los  testimonios  de  Carlos  Arturo  Ramírez Roarez, Marlene  Rodríguez,  Humberto  Martínez,  Manuel  Tiberio Ríos Ocampo, Arbey González  Salazar  y José David Londoño Hernández, en razón a que en su valoración no  se  tuvieron en cuenta los principios de la sana crítica a que hace alusión el  artículo 294 del C. de P. P. anterior (hoy, artículo 277).   

          2.   Son  evidentes  los  yerros  técnicos  en  que incurre el  demandante,  pues  no  obstante  que  acusa  la  sentencia del Tribunal de haber  violado  indirectamente  la  ley  sustancial,  olvidó  integrar la proposición  jurídica  del  cargo  que postula; omitió indicar de manera concreta y precisa  cuál  o  cuáles  fueron  las  normas  de derecho  sustancial objeto de la  violación,  así  como  el  sentido de la transgresión, si lo fue por falta de  aplicación  o  aplicación  indebida,  aspectos  estos que no les son dado a la  Sala  entrar  a  determinar  o  inferir,  supliendo  la actividad del censor, en  virtud  del  principio  de limitación que gobierna este extraordinario recurso.   

          3.  Además,  en  el  desarrollo  del  reproche  el  casacionista se  aparta   abruptamente  de  la  propuesta  inicial  (  error  de  derecho) e  incursiona  en  el  sendero  del error de hecho, pues acusa al Tribunal de haber  desatendido  los  postulados de la sana crítica en la apreciación de la prueba  testimonial aludida en la demanda.   

         4.  Como  lo  ha  reiterado  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  los  errores  de  derecho en la  apreciación  de  la prueba pueden ocurrir por dos vías distintas: falso juicio  de legalidad y falso juicio de convicción.   

4.1.    El  juicio  de  legalidad  se  relaciona  con el proceso de formación de la prueba, con las normas que regulan  la  manera  legítima  de  producir  e  incorporar  la prueba al proceso, con el  principio   de   legalidad  en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los  presupuestos y las formalidades exigidas para cada medio.   

El error por falso  juicio  de  legalidad  “gira alrededor de la validez  jurídica  de la prueba, o lo que es igual, de su existencia jurídica (concepto  que  no debe ser equiparado con el de existencia material), y suele manifestarse  de  dos  maneras:  a)  cuando  el juzgador, al apreciar una determina prueba, le  otorga  validez jurídica porque considera que cumple las exigencias formales de  producción,  sin llenarlas (aspecto positivo); y, b) cuando se la niega, porque  considera  que  no  las reúne, cumpliéndolas (aspecto negativo).” (Sentencia  del  27  de  febrero  de  2001,  radicación 15.042. M. P. Dr. Fernando Arboleda  Ripoll).   

4.2.  El juicio de convicción, que consiste  en  una  actividad  de pensamiento a través de la cual se reconoce el valor que  la  ley  asigna a determinadas pruebas, presupone la existencia de una “tarifa  legal”  en  la  cual por voluntad de la ley a las pruebas corresponde un valor  demostrativo  o  de  persuasión  único,  predeterminado  y  que  no  puede ser  alterado por el interprete.   

4.3.  El  falso  juicio  de  convicción  se  produce,  entonces,  cuando  el juzgador le concede al medio probatorio un valor  que  la ley no le asigna, o le niega el mérito que expresamente se ha dispuesto  en  ella.  En  consecuencia  sólo se da, de manera excepcional, cuando  se  trata  de  medios  de  convicción  sometidos en su valoración al método de la  tarifa   legal,  desconociéndose  el  precepto  que  regula  su  eficacia   probatoria,  por  eso  el  yerro  es de derecho y no de hecho. En estos casos se  debe  establecer  el  alcance  asignado  por  la  ley  a un determinado medio de  prueba,  la  evidencia  apreciada equivocadamente por el juzgador en razón a lo  dispuesto  por  el  ordenamiento jurídico y  la incidencia irrefutable del  yerro en el fallo para cambiar su sentido.   

Sobre el carácter excepcional de este yerro,  se ha pronunciado la Sala en los siguientes términos:   

“Como  excepción, el legislador colombiano,  por  ejemplo,  en  los  artículos  15  y  50  de la Ley 504 de 1999, adoptó un  sistema  tarifario al determinar con el primero qué pruebas no tienen capacidad  suficiente  para  condenar,  y  en  el  segundo,  negó  valor  probatorio a los  informes   de  Policía  Judicial  y  a  las  versiones  suministradas  por  los  “informantes””  (sentencias  del  23 de julio de 2001, Rad. 16.695, M. P. Herman  Galán  Castellanos;  y  del  19  de  junio  de 2003, Rad. 17.281, M. P. Álvaro  Orlando Pérez Pinzón).          

4.4. En cada evento el yerro demostrado en la  forma  antes  señalada,  en operación de causa a efecto, debe enlazarse con la  verificación  de  su  trascendencia  sobre  el  sentido  del  fallo,  y  con la  violación  de  determinada ley sustancial por falta de aplicación, aplicación  indebida  o  interpretación  errónea,  todo  en  procura  de  verificar que la  sentencia  impugnada  es  manifiestamente  contraria a derecho, pues se trata de  cuestionar   su   estructura   lógico-jurídica;   no   de  reabrir  el  debate  probatorio.   

         

          5.  Es  claro  que el censor no realizó tal demostración. En lugar  de  acreditar  que  en la sentencia impugnada se incurrió en un falso juicio de  legalidad  o  de  convicción  en  la  apreciación  de  la  prueba  testimonial  invocada,  dirigió  todos  sus  esfuerzos  argumentativos  a  comprobar que los  falladores  de  instancia  en  la  valoración  de  dichos medios de persuasión  desconocieron  los postulados de la sana crítica, incursionando, se reitera, en  un  error  de  hecho  por falso raciocinio, que antes se postulaba como error de  hecho  por  falso juicio de identidad, pero que tampoco desarrolló debidamente,  pues  no  señaló cuál postulado de la lógica, ley de la ciencia o máxima de  la  experiencia  fue desconocida por el fallador en la apreciación de la prueba  referida,  ni  indicó  cuál  es el aporte científico correcto, la regla de la  lógica  apropiada  o  la  máxima  de  la  experiencia  que  debió  tomarse en  consideración  y en qué forma, ni tampoco demostró la trascendencia del error  indicando  cuál  debía  ser  la  apreciación  correcta  de  las  pruebas  que  cuestiona,  que  habrían  dado  lugar  al  proferimiento de un fallo distinto y  favorable al procesado.    

   

          6.  En  conclusión,  los  razonamientos  dirigidos  a cuestionar la  valoración  efectuada  por  el  Tribunal  de  los  elementos de convicción que  sirvieron  de  fundamento  a la declaración de responsabilidad de Taborda Mesa,  si  bien los fincó el casacionista en un supuesto error de  derecho que no  atinó  a  precisar,  en  el  desarrollo  de  la  censura no logró demostrar la  existencia fáctica del  yerro denunciado.   

Toda  su  argumentación estuvo enfilada a  cuestionar  la  valoración  probatoria  efectuada  por  el Tribunal que no a la  demostración  del   error  invocado.  Olvidó  que  el Juez goza de cierta  libertad  en  la  apreciación  de las pruebas y que el corolario de ello es que  las  conclusiones  que  derive del examen de las mismas, en cuanto no se aparten  de la sana crítica, son indiscutibles en casación.   

Aunque el censor realizó un gran esfuerzo  dialéctico,  no  logró  demostrar  que la sentencia se haya distanciado de los  principios  de la lógica, pues aunque es reiterativo en afirmar que se violaron  postulados  de  la  lógica no dijo cuáles ni en qué forma se quebrantaron, ni  cuáles  reglas  de  la experiencia dejaron de observarse; simplemente, mediante  una  nueva  valoración  probatoria  opone  sus conclusiones a las del Tribunal,  para  que  la  Sala  escoja  entre  ellas,  sin  percatarse  que  las  de  éste  prevalecen,  dado  que  la  sentencia  llega  a  esta sede amparada por la doble  presunción de acierto y legalidad.   

   

El    cargo,    por   consiguiente,   no  prospera.   

    

CASACIÓN OFICIOSA.  

        Razón  le  asiste  al  representante  del  Ministerio Público al  solicitar  la  casación parcial y oficiosa de la sentencia recurrida, en lo que  tiene  que ver con la condena a la pena accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas,  pues habiéndose fijado la privativa de la libertad en 25  años,  no  podía  imponerse  aquella por el mismo lapso desbordando el límite  legal,  si  se  tiene  en  cuenta  que  de  conformidad  con  lo dispuesto en el  artículo  44  del  Código  Penal  de  1.980, la duración máxima para la pena  accesoria  en  mención  era  de  tan  solo diez (10) años. Por este motivo, la  Sala,  con  fundamento  en  las  facultades  conferidas por el artículo 216 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  casará  oficiosa  y  parcialmente  el fallo  impugnado  en  el  sentido  de  imponer  como  término definitivo de la pena de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  el señalado en el Código  Penal recientemente derogado, es decir, diez (10) años.   

         

CONSIDERACIÓN  FINAL   

          Con  la  entrada  en  vigencia  del  nuevo  Código  Penal,  Ley  599 de 2000, surge la posibilidad de  aplicar  las  disposiciones  que  este  régimen  contempla,  por  favorabilidad  respecto  de las anteriores, si a ello hubiere lugar. No obstante, como el cargo  no  prospera,  la  Sala  no  adquiere  competencia  para decidir al respecto. En  cambio,  al  quedar  ejecutoriada la sentencia, la competencia radica en el Juez  de  Ejecución  de  Penas y Medidas de Seguridad, como lo dispone el numeral 7°  del  artículo  79  del  nuevo Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000),  solución  que  se  ajusta  a  derecho  y que garantiza el principio de la doble  instancia.   

        En  mérito  de  lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia en Sala  de   Casación   penal,   oído    el  concepto  del  Ministerio  Público,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

RESUELVE   

          PRIMERO.   DESESTIMAR      la    demanda    de   casación   presentada   en   este  proceso.   

        SEGUNDO.   CASAR    PARCIALMENTE   Y   DE  OFICIO   la sentencia recurrida,  en el sentido de  fijar  en    diez  (10)   años   la  pena  accesoria  de  interdicción  de  derechos y funciones  públicas  que  debe  purgar el sentenciado José Raúl Taborda Mesa,  en  calidad  de autor del delito de  homicidio   agravado   cometido   en   la   persona   de    Alfonso  Lozada  Guayacundo.    

Contra  la  presente sentencia no procede  recurso alguno.   

       Cópiese,  notifíquese y devuélvase el expediente al Tribunal de  origen.   

         

       Cúmplase.   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Comisión    de  servicio   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS                    CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                       

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                  EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                        

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN                                MARINA  PULIDO  DE  BARON            

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                    MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia  del  14  de  noviembre  de  2000,  Rad. 12.388, M. P. Álvaro orlando  Pérez Pinzón.     

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