12246(18-04-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    República de Colombia  

         

Corte Suprema de Justicia  

Proceso No 12246  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 44  

          Bogotá,   D.C.,   dieciocho   (18)   de   abril  de  dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

          Se  decide el recurso de casación interpuesto por la defensora del  señor  JESÚS  REINALDO  OLAYA AVENDAÑO   contra   la  sentencia  dictada  por  el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca el 3 de mayo de 1996.   

HECHOS  

          El  3  de  julio  de  1994,  en  un  establecimiento  público  del  municipio  de  Supatá,  Cundinamarca, JESÚS REINALDO  OLAYA  AVENDAÑO dio muerte a JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ  MORENO  con arma blanca, en represalia por un pisotón que acababa de recibir de  éste. Ambos se encontraban ingiriendo bebidas alcohólicas.   

ANTECEDENTES PROCESALES  

          El  Juzgado  Promiscuo Municipal de Supatá decretó la apertura de  instrucción  el  8  de julio de 1994 (fl. 2) y el siguiente día 12 escuchó en  indagatoria  a JESÚS REINALDO OLAYA AVENDAÑO (fl. 18), contra quien tres días  después  dictó  medida de aseguramiento de detención preventiva por el delito  de  homicidio  agravado  (fl.  37).  Remitió  posteriormente  el  proceso  a la  Fiscalía  Seccional  de  Pacho,  que  después  de  clausurar la investigación  calificó  su  mérito  el  26 de octubre de 1994 con resolución acusatoria por  ese  ilícito  (fl.  167),  decisión  que fue confirmada por un fiscal delegado  ante  el Tribunal Superior de Cundinamarca el 4 de enero de 1995 (fl. 5 cuaderno  F.D.T.S.).   

El 15 de noviembre de 1995, el Juzgado Penal  del  Circuito  de  Pacho  condenó  al  señor  OLAYA  AVENDAÑO  a  la  pena  de  30 años de prisión como  autor  del  delito  de homicidio simple, a la interdicción o inhabilitación en  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas por el mismo término y al pago  de  los  perjuicios  causados  con  la  infracción  (fl.  328),  sentencia  que  confirmó   el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca  el  3  de  mayo  de  1996,  modificando  sin  embargo  las penas de prisión e inhabilitación, que redujo a  25 y 10 años, en su orden (fl. 19 C.T.).   

LA DEMANDA  

          La  defensora  formuló  dos  cargos contra la sentencia de segunda  instancia:   

          1.  Que  se  dictó  en  un  juicio  viciado  de  nulidad porque el  procesado  no  estuvo  asistido  por  un  abogado  titulado  en la diligencia de  indagatoria,   omisión   que,   como   posteriormente   lo   dijera   la  Corte  Constitucional   al  declarar  inexequible  el  artículo  148  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de 1991, vulnera el derecho de defensa. Ninguna incidencia  tiene  el  que  para  la  fecha  de  la  injurada  aquella norma no hubiese sido  declarada   contraria  a  la  Constitución,  pues  debe  darse  aplicación  al  principio  de favorabilidad porque la sentencia condenatoria no se encuentra aun  ejecutoriada.  Además,  la  violación  del  derecho  de  defensa  tuvo  graves  implicaciones  para  el  procesado,  pues no pudo enfocar sus exculpaciones a la  demostración  de  la  legítima  defensa  o del estado de ira. Solicita que, en  consecuencia,  se  declare  la  nulidad  de  lo actuado en la etapa instructiva.   

2. Que el juzgador violó de manera directa  el  artículo 60 del Código Penal de 1980 por interpretación errónea, pues no  obstante  aceptar  la  presencia de los elementos constitutivos de la ira, niega  su  reconocimiento con el argumento de que el comportamiento de que fue víctima  el  señor  OLAYA  no  fue  grave.  El  error  consistió,  afirma, en que el Tribunal hizo una apreciación  subjetiva  del concepto “grave” que trae la norma al hacer una exigencia que  ésta    no   consagra.   El   Ad   quem  sólo  enmarcó  la  ofensa dentro de la circunstancia del pisón  que  le  propinó  la  víctima  al procesado, sin tener en cuenta que ese hecho  hacía  parte  de  la ofensa grave e injusta que aquél emprendió contra éste,  como    lo   sostuvo   OLAYA   AVENDAÑO   en  la  indagatoria,  cuando  afirmó  la  existencia  de  grave  enemistad  con  el  occiso, quien desde el comienzo lo miró mal y aprovechó su  paso hacia el baño para pisarlo y empujarlo.   

Pide que se case el fallo impugnado y en su  lugar  se  disminuya  la  pena  prevista  para  el  homicidio, en la proporción  señalada por el artículo 60 del anterior Código Penal.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          El  Procurador  Tercero Delegado en lo Penal sugiere que no se case  la sentencia, por las siguientes razones:   

          Primer cargo.   

          No  debe ser atendido, porque la indagatoria se realizó de acuerdo  con  una  disposición  que  para  entonces  se encontraba vigente. La posterior  declaratoria  de  inexequibilidad  rige  hacia  el  futuro,  como  lo enseña el  artículo  45 de la Ley Estatutaria de la Administración de Justicia, porque la  Corte  Constitucional  no  le  dio  un  efecto distinto. Tampoco tiene cabida el  principio  de  favorabilidad,  porque no se trata de un problema de sucesión de  normas.   

Segundo  cargo.   

          Considera  equivocada  la formulación del ataque por la vía de la  interpretación  errónea, porque esta modalidad de violación directa supone la  aceptación  de  los  hechos  y  de  las  pruebas  como  fueron expuestos por el  Ad  quem, lo que no ocurre  en  este  caso,  en  el  que  se  aprecia  de  manera evidente la divergencia de  criterios  entre  demandante  y fallador sobre la gravedad del comportamiento de  la víctima.   

Además, no es admisible hablar de error de  interpretación  si  la no concesión del estado de ira se deriva de la ausencia  de  alguno  de  los  requisitos  exigidos  por  la norma, no de su exégesis. Y,  cuando  desvía  la  censura hacia la falta de aplicación de la ley sustancial,  se  equivoca  al  afirmar  que  el  juzgador  reconoció  los  elementos  de  la  diminuente,  pues  no  es  verdad  que  se  hubiese  aceptado  el  relativo a la  gravedad,  exigencia  que, por el contrario, sostuvo de manera expresa que no se  cumplía.   

          En    estas    condiciones,    concluye,    el    cargo   no   debe  prosperar.   

CONSIDERACIONES  

          La  Sala  no  casará  la  sentencia  recurrida, por las siguientes  razones:   

          1. Con relación al primer cargo.   

          El  inciso  1º.  del  artículo  148  del Código de Procedimiento  Penal,  que  permitía la designación de un ciudadano honorable para asistir al  imputado  en  la  indagatoria  cuando no había abogado inscrito que lo hiciera,  fue  declarado  inexequible por la Corte Constitucional mediante sentencia C-049  del  8  de  febrero  de  1996,  es decir, muchos meses después de que al señor  JOSÉ    REINALDO    OLAYA    AVENDAÑO  se le proveyera de defensor iletrado “por carecer esta cabecera  municipal  de  abogados  titulados”,  según  constancia que el 12 de julio de  1994  dejó  consignada  la  juez  promiscua  municipal  de  Supatá  en el acta  correspondiente (fl. 18).   

          Como  ninguna  advertencia  hizo  la  Corte Constitucional sobre el  efecto  temporal  del fallo, atendiendo la preceptiva del artículo 45 de la Ley  270  de  1996,  ó  Ley  Estatutaria  de  la  Administración  de Justicia, debe  concluirse  que  éste  rige  hacia  el  futuro,  de  manera que no se afecta en  ningún  sentido  la que para entonces era una situación jurídica consolidada.   

          No   retroactiva   la   sentencia  de  constitucionalidad,  resulta  igualmente  inadmisible  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  que  reclama  la  demandante  como que éste, de acuerdo con el reiterado criterio de  la  Sala, presupone la existencia de un conflicto de leyes en el tiempo. Así se  desprende  con  claridad  del  texto del artículo 29 de la Carta, al ordenar la  aplicación   preferente   de   la  ley  permisiva  o  favorable  frente  a  la  restrictiva o desfavorable.   

          El reproche no prospera.   

          2. Con relación al segundo cargo.   

          Reiteradamente   ha   dicho  la  Corte  que  “la  interpretación  errónea  de  la  norma sustancial supone su aplicación, pues esta modalidad se  configura  cuando  el fallador selecciona adecuadamente el precepto que gobierna  el  caso  y  lo  utiliza  en  su solución, pero le da unas connotaciones que no  tiene  o  unos  efectos jurídicos que la norma no produce. En cambio, cuando la  disposición  se deja de lado por un equivocado entendimiento de su alcance o de  su  significación  jurídica,  el  concepto  de la violación será la falta de  aplicación   aunque  ésta  se  haya  producido  en  razón  de  la  incorrecta  apreciación,   pues  lo  que  finalmente  interesa  examinar  para  quebrar  la  legalidad  del fallo es la decisión que tomó el juzgador, es decir, no aplicar  la norma”.   

          Ambas  modalidades  de  violación directa de la ley implican, como  se  sabe, la aceptación de los hechos y de las pruebas como fueron entendidos y  valoradas  por  el  juzgador, razón por la cual el impugnante se debe limitar a  realizar un estudio de la sentencia estrictamente jurídico.   

          Estas  precisiones  ponen  de  presente  los  notables  defectos de  técnica  en  que ha incurrido la casacionista, quien indistintamente se refiere  a  la equivocada interpretación del artículo 60 del Código Penal de 1980 -que  corresponde  al  57 de la Ley 599 de 2000- y a su falta de aplicación o, lo que  es   lo  mismo,  al  no  reconocimiento  de  la  circunstancia  que  prevé  esa  disposición.   

          La  falta  de  técnica  subsistiría  aun  si se entendiera que el  sentido  del ataque se reduce a la falta de aplicación de la norma que consagra  el  estado de ira o de intenso dolor, pues centrada la  acusación   en  la  valoración  que  hizo  el  Tribunal  de  la  gravedad  del  comportamiento  atribuido  a  la víctima, es evidente  que  el  reproche  no podía plantearse a través de la violación directa de la  ley  sustancial  sino  de la transgresión mediata del  precepto.   

          Tampoco   es   verdad   que  el  fallador  hubiese  aceptado  “la  existencia  de  los elementos constitutivos del estado de ira”, como lo afirma  la  casacionista,  pues el mismo texto que transcribe de la sentencia se encarga  de  desmentirla  al  reconocer  el  Tribunal  que  “… si bien las anteriores  precisiones  conducen  a tener por suplidos la mayor parte de los requerimientos  consagrados   en   el   artículo  60  del  Código  Penal  para  que  opere  su  reconocimiento,  como  la  vivencia emocional propiamente dicha que el estímulo  recibido   produjo   en  el  procesado  y  su  carácter  injusto;  a  juicio  de  la  Sala  no  ocurre  lo  mismo con el tercer factor  exigido  por la norma, el cual dice relación a la gravedad que debe revestir el  comportamiento ajeno”.   

          Tal  conclusión  de  la  demandante  es  producto  de  la  lectura  inconexa  o  fragmentaria de la providencia, en la que efectivamente después de  atribuir  al  pisotón  la  causa de la “agresiva y desmedida reacción” del  procesado  y  descartar  algún  enfrentamiento  anterior  con  MARTÍNEZ MORENO  porque  “al  reencontrárselo  el  día  de  los hechos no se acordaba bien de  él”,  admite que “un pisón puede llegar a tener virtualidad desencadenante  tanto  de  intenso dolor como de ira” pues, como lo señala algún tratadista,  “el   estímulo   que   finalmente  desata  la  reacción  no  tiene  que  ser  necesariamente  de  mucha  envergadura”,  lo que no ocurre en este caso porque  “…  del contexto existencial del procesado … se infiere que la entidad del  agravio  sufrido  no  alcanzó  el  grado  de  gravedad  exigido frente al mismo  procesado”,  quien  ni  siquiera  le atribuyó su reacción a ese hecho sino a  una   cortada   que   recibió,   agresión   que  fue  plenamente  desvirtuada.   

          Si  a  lo  dicho  se  agrega  que  la  libelista  pasa  por alto el  coherente  y  sustentado análisis del Tribunal, para acusarlo -sin explicar por  qué-  de constituir “interpretaciones forzadas en contra de los intereses del  enjuiciado”,  la  falta  de  solidez  del  cargo deviene evidente y, por ello,  tampoco este segundo reproche tiene vocación de prosperidad.   

          Del principio de favorabilidad.   

          Por  último,  en  cuanto se refiere a la aplicación del principio  de  favorabilidad  en razón de la vigencia de la Ley 599 de 2000, como la Corte  no  casará el fallo impugnado y, por lo tanto, no puede actuar como tribunal de  instancia,  su examen le corresponderá al juez de ejecución de penas y medidas  de  seguridad,  de  acuerdo  con el numeral 7º. del artículo 79 del Código de  Procedimiento Penal.   

          En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

          No casar la sentencia impugnada.   

          Cúmplase y devuélvase al Tribunal de origen.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE E.  CÓRDOBA POVEDA   

No hay firma  

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS            CARLOS A.  GÁL­VEZ  ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO              ÉDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

CARLOS   E.   MEJÍA   ESCOBAR                                NILSON      PINILLA  PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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