11207(03-12-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 11207  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACION  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No. 188  

Bogotá,  D.C,  tres  de diciembre de dos mil  uno.   

V    I    S   T   O  S   

   

          La   Corte proveerá sobre la demanda de casación propuesta en  contra  de  la  sentencia  de  segundo grado fechada el 9 de agosto de 1995, por  medio  de  la  cual  el Tribunal Superior de Neiva confirmó en su integridad la  condena  impuesta  por el Juzgado Séptimo Penal del Circuito de la misma ciudad  al   procesado  ANGELMIRO QUEVEDO GARZON, como autor penalmente responsable  del delito de homicidio agravado.   

            El  Procurador  Tercero  Delegado  en lo  Penal    ha    emitido    su    concepto   propicio   a   casar   la   sentencia  impugnada.   

HECHOS   Y   ACTUACION  PROCESAL   

          A  eso  de  las  ocho  de  la  noche del 1º de marzo de 1992, en la  inspección  de  policía  de Santa Ana del municipio de Colombia (Huila),   se  suscitó  un  altercado  entre  ANGELMIRO  QUEVEDO  GARZON   y   Yesid  Peña,  de  un  lado,  y  Francisco  Javela  Cangrejo,  de  otro,  en  el curso del cual se  causaron  heridas con arma de fuego al último de los citados, a consecuencia de  las  cuales  falleció  días  después en el Hospital Federico Lleras Acosta de  Ibagué.   

          Formalmente  abierta  la  instrucción  se  ordenó  librar orden de  captura  contra  ANGELMIRO QUEVEDO GARZON y    José    Yesid    Peña.  Este  último  fue  aprehendido  y  tras  escuchársele  en   indagatoria  se resolvió su  situación  jurídica  con  medida de aseguramiento de detención preventiva por  los  delitos  de homicidio, lesiones personales y porte ilegal de armas de fuego  de defensa personal.   

            En    relación   con   ANGELMIRO  QUEVEDO  GARZON  a quien no fue  posible  localizar,  se  le  emplazó  y declaró persona ausente en providencia  fechada  el  11  de mayo de 1992, fecha en la cual se le designó un defensor de  oficio que se posesionó debidamente en el cargo.   

La  situación  jurídica fue resuelta por la  Fiscalía  Segunda  de  la Unidad Especializada de Neiva mediante la resolución  fechada  el 22 de julio de 1992, en la cual se le impuso medida de aseguramiento  de  detención  preventiva.  En  la  misma  decisión se dispuso el cierre de la  investigación.   

El Fiscal calificó el mérito del sumario  mediante  resolución  del  2 de septiembre de 1993, por medio de la cual acusó  al  procesado  QUEVEDO GARZON  como  autor  de  los delitos de homicidio, lesiones personales y porte ilegal de  armas  y en relación con José Yesid Peña   se  decretó  la  extinción  de  la  acción  penal,  por  estar  acreditada  documentalmente su muerte. En la parte motiva se dejó constancia de  que  se  procedía  por el delito de homicidio agravado por la circunstancia del  numeral 7º del artículo 324 del Código Penal (fls. 173 a 180).   

          El  conocimiento  del  juicio fue asumido por el Juez Séptimo Penal  del  Circuito  de  Neiva, funcionario que tras varios intentos fallidos realizó  finalmente  la  audiencia pública el 1º de septiembre de 1994. La sentencia de  primer  grado  se  profirió el 19 de septiembre de 1994, decisión por medio de  la  cual  se  condenó  al  acusado  ANGELMIRO QUEVEDO  GARZON  a  la  pena  principal de 16 años de prisión  como autor responsable del delito de homicidio agravado.   

          Mediante  auto  del  22  de  los  mismos,  el  Juzgado  adicionó la  sentencia  para  absolver  al  procesado  de  los  cargos que por los delitos de  lesiones  personales  y  porte  ilegal  de  armas  también se le hicieron en la  resolución  de acusación, conclusión que se había dejado expresa en la parte  motiva del fallo.   

La   anterior   decisión  fue  notificada  personalmente  al procesado QUEVEDO GARZON,  de  quien  se estableció que se hallaba privado de su libertad en  la  Cárcel Judicial de Neiva por cuenta de la Dirección Regional de Fiscalía.  En  el  acto  interpuso  recurso de apelación que sustentó dentro del término  legal.   

El  Tribunal  Superior  de Neiva en fallo de  agosto   9   de  1995,  confirmó  en  su  integridad  la  sentencia  impugnada.   

LA  DEMANDA  DE CASACIÓN   

          Dos  cargos  en  acápites separados se formulan contra la sentencia  de  segundo grado, el primero al amparo de la causal tercera por haberse dictado  la  sentencia  en  un  juicio  viciado de nulidad, y el segundo, al amparo de la  causal  primera  cuerpo  segundo  por errores en la apreciación de las pruebas.   

          Cargo primero.   

          La  nulidad  que  invoca  a partir del trámite del traslado para la  preparación  de  la  audiencia  pública,  se  sustenta en la falta absoluta de  defensa  que  como garantía constitucional se establece en los artículos 29 de  la  Carta  y 1º y 304-3 del anterior Código de Procedimiento Penal, causal que  no  se  hubiese  presentado  si  el  abogado designado de oficio “hubiera  sido  medianamente  diligente; es decir, si el procesado no  hubiera   sido   víctima   de  la  displicencia  profesional  del  defensor  de  oficio”. En respaldo a su tesis cita la sentencia de  esta  Sala de Casación Penal de mayo 8 de 1970.              

         

Tras  señalar que la sentencia del Tribunal  violó  las  normas  arriba  citadas  incluyendo el artículo 147 del Código de  Procedimiento  Penal,  especifica  que  en  el  presente  caso  se designó como  defensor  de  oficio  del  procesado  ANGELMIRO QUEVERO  GARZON    al    abogado  Hernando      Ramírez     Chaux,     quien  aunque  tomó  posesión  del cargo el 11 de mayo de 1992, no  desarrolló  ninguna  actividad  profesional  relacionada  con los deberes de su  cargo  al  punto  que en varias ocasiones debió aplazarse la audiencia pública  señalada, por excusas presentadas por el defensor oficioso.   

          Pero  lo  más  crítico de la orfandad de la defensa se concreta en  el  acto de la audiencia pública donde el defensor se unió a los argumentos de  la  Fiscalía declarando probados los cargos, omitiendo luego interponer recurso  alguno,  situación  que  pone en evidencia el incumplimiento de los deberes que  el  cargo  le  imponía. Además “nunca solicitó una  prueba,  no  participó  en  ninguna diligencia de declaración de terceros para  controvertir,  no presentó alegatos de conclusión, no interpuso recursos, pero  si lo acusó”.   

          La   falta   de  defensa  técnica  se  presentó  durante  toda  la  instrucción,  la  etapa probatoria del juicio, la audiencia pública, e incluso  después, al no interponer los recursos de ley.   

          El  Tribunal  desatinadamente  consideró que el defensor no siempre  está  obligado  a  solicitar  la  absolución y que en este caso el profesional  designado  asistió  al  enjuiciado  desde el momento en que se le vinculó como  persona  ausente.  Pero,  agrega,  el  sólo  hecho  de  que se haya nombrado un  defensor  de oficio no basta para la defensa, es necesario que dicho profesional  ejerza  los  deberes  que  el  cargo  le  impone,  tales como solicitar pruebas,  intervenir  en  su  práctica  y presentar alegatos, entre otros. La obligación  establecida  en el artículo 147 del Código de Procedimiento Penal y el decreto  196,  artículo 47-6, no se limita a la audiencia pública. El defensor no puede  asumir una actitud de inercia.   

          Cargo Segundo   

            Con  apoyo en la causal primera, cuerpo segundo, del artículo 220  del  Código  de  Procedimiento Penal de 1991, el demandante alega la violación  indirecta  de la ley sustancial “por errores respecto  del material probatorio”.   

          Bajo  lo  que  titula  “las  bases de la  causal”,  dice  que hay violación directa de la ley  sustantiva  ya  que  al  incurrir  en errores de apreciación de las pruebas, el  Tribunal  concluyó  equivocadamente  respecto de las normas sustanciales. De no  haber  sido  cometidos los errores, la decisión habría sido absolutoria porque  no  existe  en el proceso prueba que conlleve a certeza sobre la responsabilidad  del procesado.   

          Como  violación inmediata alude a la sana critica señalando que es  el   sistema   imperante  en  el  ámbito  probatorio  de  conformidad  con  las  previsiones  contenidas  en  los  artículos  254  y 294 del anterior Código de  Procedimiento Penal, normas de cuya vulneración acusa al Tribunal.   

          Tras  hacer  algunas  disquisiciones  sobre  los límites de la sana  critica,  señala que en el presente caso resulta válido reprochar el análisis  que  de  la  prueba  efectuó  el  Tribunal  porque  no  puede  desconocerse  la  confesión   de   José   Yesid  Peña,  los    dictámenes    de    balística,    ni   la   “reminiscencia  de  las  armas de fuego que portaban”. La  prueba  objetivamente  vista  enseña  una  cosa y el interprete  concluye otra.   

          Bajo  lo  que  cita  como  violaciones mediatas dice que el Tribunal  quebrantó  el  artículo  21  del  Código  Penal  de 1980 al equivocarse en la  apreciación   de   la   confesión   de  José  Yesid  Peña,    pues   la   norma   exige   la   presencia  “certera  o  plena”  del  nexo de causalidad.   

          La  sentencia  violó  los artículos 234 y 294 del anterior Código  de  Procedimiento  Penal,  lo  que  conllevó  a la violación del artículo 247  idem  , porque no obra en el  expediente  plena  prueba  objetiva que determine “la  certeza  subjetiva  del  hecho  punible  y de la responsabilidad”.  En  el peor de los casos, se habría violado también directamente  el  artículo  445  del mismo estatuto, ante la incertidumbre que podría surgir  “de      la     divergencia     de     criterios  judiciales”.   

         

Para  que  hubiera  relación  causal en los  términos  del citado artículo, el deceso de Francisco  Javela  Cangrejo ha debido depender del comportamiento  de  ANGELMIRO QUEVEDO GARZON y  así  era  necesario demostrar que el fallecimiento de la víctima provino de la  acción  del procesado o estaba supeditado a la conducta de éste, de lo cual no  hay prueba en el expediente.   

          El   defensor   de   José   Yesid  Peña  planteó  con  claridad  el  asunto concluyendo que la  acción  de  la  cual  dependió la muerte de Francisco  Javela  Cangrejo  no  había  sido  ejecutada  por  el  procesado      QUEVEDO     GARZON,     conclusión  que se deriva no sólo de la confesión de José  Yesid  Peña  sino  además  de los  resultados  de  las pruebas de balística y testimonial, esta última al indicar  que el procesado QUEVEDO portaba una pistola y no un revólver.   

          El  Tribunal valoró erróneamente las pruebas porque concluyó algo  que  no  dicen  las  mismas,  de  donde  incurrió en error de derecho por falso  juicio  de  convicción. La ley exige plena prueba o certeza del hecho punible y  de  la  responsabilidad, pero el Tribunal le dio un alcance absoluto a la prueba  testimonial  y  desechó  la prueba de la confesión reseñada y el resultado de  balística.   

          Aunque  no  se  tuviera  en  cuenta  la  confesión  de Peña,  se  presentaría una duda que debe  resolverse  a  favor del procesado, reconocimiento que el Tribunal no hizo y por  ello incurrió en un error de derecho semejante al anterior.   

          Los   testigos  Miguel  Angel  Hernández,  Joaquina   Javela  Cangrejo,  Oscar  García  Torres,  Celmira  Firigua,  Isidro  Garzón,  Aminta García, Nohemy Bastidas y  Pedro  Nel Ortigoza, se limitan a afirmar  que    el    procesado   QUEVEDO   GARZON  llegó  al  lugar  de  los hechos e hizo unos disparos, pero nadie  asegura haberlo visto disparar contra la humanidad de la víctima.   

          El  Tribunal  incurrió  en  un  error  de hecho por falso juicio de  existencia  al  no considerar la prueba de balística en la cual se informó que  los  proyectiles  encontrados  correspondían  a un arma de fuego tipo revólver  calibre  32,  compatible con las características de la que portaba Yesid  Peña,  cuya confesión también se  desconoció.   

          Finalmente,   también   erró   el   Tribunal   al  agregar  a  sus  consideraciones  condiciones  de enemistad entre las familias del procesado y la  víctima, las que no tienen que ver con lo acaecido.   

          De  llegar a prosperar este cargo segundo, solicita que en reemplazo  del fallo impugnado se dicte uno de carácter absolutorio.   

CONCEPTO  DEL  MINISTERIO  PUBLICO   

          Primer cargo.   

          El  Procurador  Tercero Delegado en lo Penal encuentra procedente la  petición  de  nulidad  al  observar  que se presentó violación del derecho de  defensa.   

          El  nombramiento  de  un  defensor  de  oficio  para  que  asista al  procesado  durante  el curso del proceso es una garantía fundamental consagrada  en  el  artículo 29 de la Carta. Pero esa designación no es suficiente, porque  es  necesario que el abogado a quien se encargue la función realice actividades  tendientes  a  garantizar  al procesado la oposición a los cargos que el Estado  formula en su contra, o la reducción de su compromiso penal.   

          La  falta  de  actividad  procesal cuando se trata de un defensor de  oficio  merece  ser  considerado  desde  una  perspectiva  especial,  estudiante  cuidadosamente   lo   que  realmente  aconteció  en  la  actuación,  pues  las  constataciones  que  se  pueden  hacer  a  través  de  la experiencia judicial,  enseñan  que  por regla general la inactividad del defensor oficioso responde a  una actitud negligente del profesional.   

          La  activa intervención del defensor se hace más necesaria cuando,  como  sucede  en  este  caso,  el  implicado no ha sido escuchado en indagatoria  respecto  de  los  hechos  que  motivaron  la  imputación,  pues  es  necesario  esclarecer,   sin   su   ayuda,   las   dimensiones   de   su  participación  y  responsabilidad en el delito.   

          La  jurisprudencia  de  la Corte ha sido reiterativa en señalar que  para  que la pasividad del defensor pueda considerarse como estrategia defensiva  debe  responder  a  elementos  de  juicio que permitan esa inferencia. Si por el  contrario,  dicha  inactividad  obedece  a  la  simple desidia o a la deliberada  intención  de  desentendimiento  de las funciones del defensor, debe declararse  la  nulidad  ante  la  desprotección  de  la garantía fundamental.     

          En  el  presente  caso  de  la  actuación no puede inferirse que la  inactividad   del  defensor  haya  respondido  a  una  manera  de  enfrentar  el  juzgamiento  en  beneficio de los intereses del acusado, pues se advierte en él  negligencia  y  desinterés, en tanto que existieron racionales posibilidades de  oposición  a  los  pronunciamientos  judiciales, algunas situaciones procesales  que  resultaba  necesario aclarar y otras líneas defensivas, todo ello aunado a  las  consideraciones expresadas por el representante del acusado en la audiencia  pública,  en  las  que ni siquiera hizo referencia a las pruebas aportadas y su  alegación  se  restringió  a  la  exposición  de  generalidades improcedentes  frente  al  caso  concreto.  La  labor del defensor se limitó a cumplir con las  formalidades  de  las  notificaciones, sin ejecutar ninguna conducta defensiva a  favor de su representado.   

          La  única  intervención que aparece del abogado es en la audiencia  pública  y  ella  no puede considerarse acto defensivo pues, como se anotó, el  profesional   simplemente   aceptó  la  responsabilidad  de  su  defendido  sin  presentar  argumentos  que  tendieran  a  controvertir  los cargos o a buscar en  relación  con  la situación procesal concreta, beneficios para el procesado, y  si  bien  planteó  la  posibilidad de que se le reconociera la diminuente de la  ira,  ningún  desarrollo  argumental  se  hizo  para sustentar la solicitud, de  manera que no fue atendida por el juez de la causa.   

          La  actividad  defensiva  pudo  haber  sido  muy  amplia dado que el  sindicado  fue  declarado  persona ausente y se presentó la confesión del otro  implicado  quien  asumió motu proprio gran parte de la responsabilidad penal en  el  hecho  al  reconocer  que disparó contra la víctima en defensa de su amigo  QUEVEDO GARZON.   

          En  sentido  contrario a lo expresado por el Tribunal, considera que  si  bien  es  cierto  que  no  siempre  el  defensor  está  obligado a pedir la  absolución,  en  el presente caso no podía partirse de este supuesto ya que el  procesado  fue  declarado  reo  ausente  y  por ello no se conocía su relato ni  existía  prueba tan contundente sobre los hechos que permitiera concluir que la  responsabilidad    de    QUEVEDO   GARZON era realmente evidente.   

          La  confesión  de Yesid Peña y  la  imprecisión  de  algunos  testigos,  aconsejaba  un  estudio  ponderado   de  las  pruebas  para  inferir  de  ellas  la  responsabilidad  del  incriminado,  por  lo que el allanamiento a la acusación sin más argumento que  la  violencia que azota al país no es más que el signo de un abandono total de  las funciones que se le encomendaron al abogado.   

          El  cargo, por consiguiente, debe prosperar declarándose la nulidad  desde  el  momento procesal en el cual se declaró persona ausente al procesado,  pues  no contó con ningún tipo de defensa debido a la inactividad del defensor  designado de oficio.   

          Segundo cargo.   

          Observa   el   señor   Procurador   la  falta  de  técnica  en  su  formulación.   

          En   primer   lugar,  enunciando  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  empieza  el  libelista  por  fundamentar  la causal diciendo que se  produjo   violación   directa   de   la   ley  sustantiva  porque  al  apreciar  erróneamente  las pruebas, el Tribunal concluyó  equivocadamente respecto  a  normas sustanciales, para sostener más adelante que el juzgador incurrió en  un falso juicio de convicción.   

          Con  estas  expresiones,  agrega, olvida el censor que la violación  directa  de  la  ley  recae  exclusivamente  sobre  la norma y que la violación  indirecta  se  presente  por  errónea  apreciación probatoria que conduce a un  quebranto del precepto sustancial.   

          Además,  al  examinar  la  demanda  y confrontarla con la sentencia  impugnada,  advierte  que  la  apreciación que hizo el Tribunal de las pruebas,  guarda  perfecta  consonancia  con la realidad procesal y que, de otra parte, el  censor  no  demuestra  error  alguno,  de  donde infiere que no es procedente la  ruptura de la sentencia atacada.   

          El  argumento  según  el  cual  el  Tribunal  habría  desechado la  confesión  de Yesid Peña sin  observancia  de  las  reglas de la sana critica, se queda en el enunciado porque  no  se  dice  en  qué  forma  fueron  quebrantadas tales reglas ni se determina  porqué  la  confesión  de  aquél,  que  no  fue  acogida  en la sentencia, es  merecedora  de  tal credibilidad que conduzca a la declaración de certeza sobre  la   ausencia   de   nexo   causal   entre  el  comportamiento  de  QUEVEDO   GARZON  y  el  resultado  muerte  producido   

            El  desconocimiento  de  la  técnica de  casación  se  hace  aún  más  evidente  cuando  el  demandante  afirma que se  valoraron  erróneamente  las  pruebas  porque  de  ellas  se dedujo algo que no  decían,  de  donde  expresa  un  falso  juicio  de  identidad  por apreciación  errónea,  pero se omiten los alcances objetivos que el libelista atribuye a las  probranzas,    ni    se    confrontan    con    las     conclusiones    del  juzgador.   

          De  otra  parte, agrega, la crítica que en la demanda se hace a los  testimonios,  radica  en  la  circunstancia  de  que  ninguno de los declarantes  afirma   haber   visto  a  QUEVEDO  GARZON  disparando  directamente  contra  Javela  Cangrejo,  lo cual es insuficiente para sacar avante el  cargo  aún  aceptando  que  se  pudieran plantear errores de derecho por falsos  juicios  de  convicción,  pues  el  juzgador puede formar su convencimiento con  testimonios  que  no  contengan un relato de hechos personalmente observados por  el  testigo, si éstos son coincidentes con otros medios de convicción y llevan  a la construcción de lo sucedido con fidelidad.   

          De  otro  lado, cuando el censor aduce un falso juicio de existencia  sobre  la prueba de balística, incurre en una contradicción no admisible, pues  sobre  esta  misma  prueba  alega  que  se  apreció en indebida forma. De todas  maneras,  de la sentencia no puede concluirse que este medio de convicción haya  sido  dejado  de  apreciar,  por cuanto sí se consideró qué clase de armas se  utilizaron  en el hecho, los calibres de los proyectiles y se analizaron los que  se encontraron en el lugar.   

          El  supuesto  error  que  atribuye  el  censor al Tribunal por haber  destacado  condiciones de enemistad entre las familias, lo cual no tiene que ver  con    lo    acaecido,    se    deja    en   una   apreciación   personal   sin  fundamento.   

          Concluye en que debe desestimarse el cargo.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          Sobre el cargo de nulidad   

          La  vinculación  al proceso de ANGELMIRO  QUEVEDO  GARZON  se  hizo  efectiva  el 11 de mayo de  1992,  mediante  declaratoria  de  persona  ausente luego de haber fracasado las  gestiones  orientadas  a lograr su captura para indagatoria. En esta misma fecha  fue  designado  el  doctor  Hernando  Ramírez  Chaux  como  su  defensor  de  oficio,  quien inmediatamente  tomó  posesión  del  cargo  (fl.109  vto).  El  22  de julio del mismo año el  funcionario  instructor  resolvió  la  situación  jurídica  del  procesado  y  clausuró  la  investigación, siendo calificada con resolución acusatoria el 4  de   agosto   de   1992,   que  no  fue  notificada  personalmente  al  defensor  oficioso.   

         Transcurrido  el  término  previsto  para  la  preparación  de la  audiencia   pública,   se   señaló   fecha  para  su  celebración  en  cinco  oportunidades  fallidas,  de  las  cuales  en tres se excusó el defensor por su  inasistencia  o  peticionó suspensión del acto aduciendo, entre otros motivos,  recarga  laboral  que  le  había impedido “estudiar  detenidamente  el  expediente  para  realizar una audiencia adecuada”  (fl.  228).  Finalmente, se celebró el 1º de septiembre  de  1994,  fecha para la cual  fungía todavía como defensor del procesado  el  doctor  Ramírez Chaux.   

         Si  se  analiza la actividad desarrollada por el citado profesional  durante   la   instrucción  y  el  juzgamiento,  se  advertirá  que  hasta  el  proferimiento  de  la  sentencia  de  segunda  instancia  no tuvo participación  distinta  de  su  intervención  en la audiencia pública, en la cual tras hacer  algunas  afirmaciones  generalizadas  sobre  la violencia que desde muchos años  atrás  viene azotando la región en  donde ocurrieron los hechos, concreta  su discurso de la siguiente forma:   

“Por eso, al juzgar a  Angelmiro  Quevedo  la  justicia no debe ser drástica sino comprensiva, juzgado  con  equidad porque así lo ordena la Constitución Nacional en su artículo 330  y  porque  así lo dictamina también el recto sentimiento de buen juzgador. Por  este  aspecto  la  defensa  solicita que se aplique la pena mínima pero además  impetra  que  se  analice  la  motivación  del comportamiento juzgado, no sólo  porque  la  investigación  de  los  motivos  determinantes está ordenada en la  norma  procesal  penal  sino  también  porque  sabemos que sin excepción, toda  conducta  humana  está impulsada por una concreta motivación. En el expediente  se  alcanza  a  aflorar  que  Angelmiro  Quevedo  perdió  un  ser  querido como  consecuencia  de  la  ya  citada  violencia.  Entonces  solicito  que el Juzgado  penetre  en  la  respectiva  investigación  para  establecer si ese antecedente  funesto    pudo   influir   como   motivo   especial,   directo   o   indirecto,  que impulsara a mi defendido  a  cometer  los  delitos en concurso de que se le acusa con una prueba tan clara  que    no    le    permite    a   la   defensa   rebatirla”   (fls.   240   y   241,  destacado  fuera  de  texto).   

          De  acuerdo  con las constancias procesales, durante los dos años y  cuatro  meses que aproximadamente transcurrieron entre la fecha de posesión del  doctor  Ramírez  Chaux como  defensor   de  oficio  de  QUEVEDO  GARZON,  y  la  celebración  de la audiencia pública, cuando por primera  vez  intervino  en  favor  suyo,  en  solo  dos  ocasiones  hizo presencia en el  proceso:  El  23  de  julio  de 1992, para notificarse del auto que resolvió la  situación  jurídica  y  decretó  el  cierre  de la investigación, y el 16 de  septiembre  de  1993, para notificarse del auto de traslado para la preparación  de la audiencia pública (fls. 147 vto y 182).   

         Desde  una  perspectiva estrictamente formal, es  claro que el  acusado  en  ningún  momento estuvo desprovisto de defensa técnica, pues, como  viene  de verse, desde su vinculación a la investigación mediante declaratoria  de   persona  ausente,  hasta  el  proferimiento  de  la  sentencia  de  segunda  instancia,  contó  nominalmente  con  un  representante  judicial  designado de  oficio,  y  después,  en el trámite de este recurso extraordinario, con uno de  confianza.   

         Pero    no    es    este   el  sentido en que debe entenderse regulado el derecho a la defensa  técnica.   La  labor  defensiva  de  asistencia  al  procesado,  idiomática  y  jurídicamente,  significa  un  despliegue  de  medios o esfuerzos encaminados a  mejorar  la situación de aquél. La jurisprudencia de esta sala ha repudiado la  pasividad   del  defensor,  de  tal  manera  que  no  basta  la  designación  o  reconocimiento  de  un profesional del derecho en el proceso, sino que se exigen  de  su  parte  actos,  que  podrían ser de vigilancia y control del curso de la  investigación,  para  que  la  defensa  sea real y efectiva y no se quede en el  plano  de  lo  nominal  e  ilusorio, pues sólo así se satisface la dialéctica  propia del proceso.    

          Por  ello,  la  Corte  también  ha  estimado que la dinámica de la  defensa  técnica  debe cubrir funciones tales como la asistencia a los actos de  defensa   material   (indagatoria,   reconocimiento   en   fila   de   personas,  declaraciones  con  reconstrucción  de hechos, sentencia anticipada), examen de  las  actuaciones  y  control  de  las  mismas, reclamo de la libertad cuando sea  procedente,  petición  y  ofrecimiento de pruebas, proposición de diligencias,  presentación  de  alegatos  de defensa e interposición de recursos (sentencias  de  23  de  noviembre  de  1995,M.  P.  Ricardo Calvete  Rangel;  18  de septiembre de 1997, M. P. Fernando  Arboleda  Ripoll; y 3 de junio de  1998,   M.   P.   Dídimo  Páez  Velandia).   

         Pero  esto,  como  también  ha sido precisado, no implica que toda  inactividad  de  la  defensa, objetivamente considerada, entrañe necesariamente  violación  de  esta  garantía  fundamental,  pues debe entenderse que no es el  hecho  material  en sí de haberse presentado una tal ausencia de gestión, sino  la  constatación  de  que  con ella se limitó o negó el derecho a una defensa  técnica,  lo  que  realmente  determina su quebrantamiento. En consecuencia, la  inactividad   del   defensor   no   siempre  conducirá  a  la  declaratoria  de  nulidad,   

         “…  salvo  que  se  demuestre  la  vulneración  de  los derechos  fundamentales       o       las       garantías       constituciona­les  en  concreto.  El  concepto  del  derecho  de  defensa  no  se  puede  construir, como lo hace el recurrente en la  abstracta  anticipación  del  resultado  absolutorio  del  juicio,  sino que se  desenvuelve  en  función  de  las posibilidades reales de contradicción de los  cargos  y  ello  depende, en buena parte, de la información que sobre el asunto  pueda   suministrar  el  procesado  (sea  reo  presente  o  ausente),  o  de  un  estratégico  silencio  que  impida la deducción de situaciones agravatorias de  su  posición jurídica, o de atenerse a que sea el Estado el que cumpla plena y  cabalmente  con  la  carga  de probar el hecho y la responsabilidad. En fin, son  demasiadas  las alternativas compatibles con la garantía de la defensa idónea,  sin  que  siem­pre, detrás  de      la     apariencia     de     inactividad,     deba     predi­carse      la      carencia     de  contradictorio.”(casación  de  marzo  26  de 1996 Magistrado Ponente Dr. Carlos  Mejía                Esco­bar).     

         Sin   embargo,  en  el  caso  sometido  a  estudio  la  inactividad  reseñada  del  defensor  de  oficio  no puede interpretarse como una estrategia  defensiva,  porque  sumado  a  la  omisión  de  una solicitud de pruebas, de la  interpo­sición    de  recursos    o    solicitud    alguna    en   pro   del   acusado,   en  la  audiencia pública el profesional  no    desplegó    esfuerzo    dialéctico    alguno    que   hiciera   patente  su  interés en defender los intereses de su poderdante,  sino    que   su   intervención   se   redujo  prácticamente  a  prohijar la petición condenatoria de la  Fiscalía,   de   espaldas   a   las   pruebas,  desconociendo     que     obraba     un    medio    de    prueba    –independientemente   de   su   valor  suasorio-   para   esgrimir  una  excusa  a  favor  del  procesado  QUEVEDO  GARZON, como que se contaba con  la  confesión del otro implicado quien asumió gran parte de la responsabilidad  en  el  hecho  alegando  una  legítima  defensa  de su amigo, el aquí juzgado.   

         Pero   además   y  por  si  lo  anterior  fuese  poco,  expresó  el  defensor  finalizando su  intervención  que  la  prueba  de responsabilidad frente a los tres delitos por  los  cuales  se  acusó  era  tan  clara  “que no le  permite  a  la defensa rebatirla”, desconociendo que  en  realidad frente a dos de los delitos, esto es el porte ilegal de armas y las  lesiones  personales,  no  se  contaba con prueba para predicar certeza sobre su  materialidad,  según lo declaró el juzgado en el fallo de primera instancia al  absolver al procesado de estos dos cargos.   

         Y  aunque  solicitó que se considerara la posibilidad de reconocer  la  diminuente  de  la  ira,  no  hizo  el  menor  análisis  demostrativo de su  pretensión,  ni  de  las  circunstancias específicas del actuar delictivo, que  insinuara,  independientemente  del  resultado  a  lograr, alguna posibilidad de  menor   compromiso,   distinta   a  la  mera  de  deprecar  una  pena  de  menor  severidad.    Esta   enervante   pasividad  evidencia  más  un  reprobable  facilismo que una expresión defensiva.   

         Y  no  puede  decirse,  como  lo  pretendió el descuidado defensor  oficioso,  que  la  contundencia  de  la prueba justifica la ausencia de defensa  técnica  en el debate público considerándola innecesaria, porque, de un lado,  para  el caso la prueba bien pudo discutirse, y del otro, si el peso de la misma  la  hacía  inexpugnable,  ello  equivaldría a legitimar la falta de asistencia  profesional  cuando  aparezca  prueba  extrema  que comprometa al procesado, con  desconocimiento   del  carácter  absoluto  de  esta  garantía  procesal,  y  a  presumir,   sin   fundamento,  que  en  casos  tales  es  la  mejor  defensa  la  inactividad.  Circunstancia  que  además,  como  ya  de  dejó  visto, no puede  predicarse  en  esta actuación donde por ausencia de la prueba necesaria debió  absolverse   al   procesado   por   dos   de   los   delitos  atribuidos  en  la  acusación.   

         Razón,  por  tanto,  les  asiste  al  impugnante  y  al Ministerio  Público,  al  demandar  de la Corte la invalidación del proceso por violación  de  esta  prerrogativa,  para  que  con  la debida observancia de las garantías  fundamentales,  se proceda a su reposición. La nulidad será decretada a partir  del  auto  que  declaró  cerrada  la  investigación, con el fin de asegurar el  ejercicio  del  derecho  a  la  defensa  técnica  desde  la  fase  instructiva.   

         La  prosperidad  de  este  cargo, torna inestudiables los restantes  contenidos en la demanda.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACION  PENAL,  administrando  Justicia  en  nombre  de  la  República  y por  autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

1.-  CASAR la sentencia impugnada, proferida  por el Tribunal Superior de Neiva el 9 de agosto de 1995.   

2.-  DECLARAR  LA  NULIDAD  de  lo actuado a  partir,     inclusive,     de     la     resolución    de    cierre    de    la  investigación.   

          Contra esta decisión no procede recurso alguno.   

Cópiese,   notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

CARLOS EDUARDO MEJIA ESCOBAR  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE    E.    CORDOBA  POVEDA   

HERMAN            GALAN  CASTELLANOS           CARLOS  A.  GALVEZ  ARGOTE                

JORGE        ANIBAL        GOMEZ  GALLEGO                 EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO               

ALVARO       ORLANDO       PEREZ  PINZON                   NILSON            PINILLA  PINILLA                        

Teresa Ruíz Nuñez  

Secretaria  

    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *