11142(31-01-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 11142  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No. 09  

          Bogotá, D.C., treinta y uno de enero de dos mil dos.   

VISTOS  

             

Revisa  la  Corte  en  sede  de casación la  sentencia  de  segundo  grado  del 4 de julio de 1995, proferida por el Tribunal  Superior  de  Bogotá,  por  medio  de  la cual confirmó integralmente el fallo  dictado  por el Juzgado Doce Penal del Circuito de la misma ciudad el 5 de abril  del  mismo  año,  en  el  que  condenó a MILLER TIQUE  VANEGAS  a  la  pena principal de 25 años de prisión  como autor responsable del delito de homicidio.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

         

En  horas  de  la mañana del 17 de abril de  1994,  en  el inmueble de la calle 16 No. 16C-18 del barrio Bosa de esta ciudad,  luego  de  una agitada discusión, MILLER TIQUE VANEGAS  hirió   con   arma   cortopunzante   a  Fidel   Enrique   Fuentes   Piraquive,  a  consecuencia  de  lo  cual falleció instantáneamente. El agresor emprendió la  huída pero fue capturado por agentes de la policía   

Formalmente  abierta  la  instrucción en la  misma  fecha de los hechos, se escuchó en indagatoria al procesado MILLER  TIQUE  VANEGAS  y  se resolvió su  situación  jurídica  con  detención  preventiva  por  el delito de homicidio.   

El  21  de  junio  de  1994  se  cierra  la  investigación  y  en  la  misma  fecha  la  defensora  pública  del  procesado  TIQUE  VANEGAS  solicita  se  fije  fecha  para  audiencia  especial  en  los términos del artículo 37 A del  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal.  Mediante resolución del 22 de los  mismos  la  Fiscalía  se  abstiene  de dar trámite a la petición por hallarse  cerrada la investigación.   

En memorial del 28 de junio, directamente el  procesado  manifiesta  su  deseo  de  acogerse  al  trámite  establecido  en el  referido  artículo  37  pero en la modalidad de sentencia anticipada, petición  que  igualmente  es  denegada  con  base  en  los  mismos  argumentos dados a la  defensora.   

El 5 de agosto de 1994 y después de negar la  nulidad  invocada  por  la  defensora, la Fiscalía Cien de la Unidad Segunda de  Delitos  contra  la Vida califica el mérito del sumario profiriendo resolución  de   acusación   contra   TIQUE  VANEGAS por el delito de homicidio.   

          El   juicio  correspondió  al  Juzgado  Doce  Penal  del  Circuito,  despacho  que  mediante sentencia del 5 de abril de 1995 condenó al procesado a  la  pena  principal  de  25  años de prisión por el delito en relación con el  cual  se  le acusó, decisión que al ser impugnada revisó y confirmó en todas  sus   partes   el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  el  4  de  julio  del  mismo  año.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

          Dos  cargos  en  acápites separados se formulan contra la sentencia  de  segundo grado, el primero al amparo de la causal tercera por haberse dictado  la  sentencia  en  un  juicio  viciado  de nulidad, y el segundo al amparo de la  causal  primera cuerpo segundo por error de hecho generado por la omisión en la  apreciación    de    unas    pruebas    y    por    tergiversación    de    un  testimonio.   

         

Primer cargo  

          La  nulidad  se  sustenta  en  las  causales  2º y 3º del anterior  artículo  304 del anterior Código de Procedimiento Penal, sobre los siguientes  fundamentos:   

          La  demandante, en su calidad de defensora pública, solicitó el 21  de  junio  de 1994 a la Fiscal Cien Delegada señalara fecha para una diligencia  de  “audiencia  especial”  en  los  términos  del  artículo  37  A  de la ley 81 de 1993 con el objeto de  “explorar  la  posibilidad  de  rebaja  de  pena”.  No  obstante,  en  la  misma  fecha de la petición la  Fiscalía  cerró  la  investigación  y  negó  el  pedimento  argumentando  su  extemporaneidad.   

          Manifiesta  que  cuando  el  Tribunal de Bogotá conoció del asunto  aceptó  que  la  solicitud  no  fue  extemporánea,  pero que en la misma no se  había   determinado   dónde   residía   la  “duda  probatoria”, situación ante la cual se ha sostenido  insistentemente  que “esos extremos se debaten dentro  de  la misma diligencia y que en ninguna parte el C.P.P. exige formalidad alguna  para  la  solicitud  de audiencia especial. Elementos estructurales del delito y  demás circunstancias se discuten en la audiencia”.    

          Considera  entonces  que la sentencia se dictó en un juicio viciado  de  nulidad, donde se conculcaron los principios del debido proceso y el derecho  de defensa.   

          El  conflicto  radica  en esclarecer si en efecto se debió negar la  petición  de  audiencia  especial,  porque  la solicitud no expresaba el previo  acuerdo   sobre  los  elementos  estructurales  del  delito.  Considera  que  la  respuesta  a  este  cuestionamiento  debe  ser negativa dado que la ley no exige  formalidad   a  la  solicitud  de  audiencia  especial,  lo  que  demuestra  una  irregularidad  sustancial  como  sustento  de  la  nulidad  deprecada, según la  previsión  contenida  en el artículo 304 del anterior Código de Procedimiento  Penal.   

          Considera  además que se violó el derecho de defensa, cuando en la  decisión  del  Tribunal  fechada  el 25 de noviembre de 1994, se dijo que ya se  tenía  “certeza  y  convicción sobre los elementos  estructurales  del  delito”,  de  donde “no  tendría  sentido  ir a la audiencia pública, sólo para que  lo condenaran a VEINTICINCO AÑOS DE PRISIÓN”.   

          Consecuentemente,  agrega,  se  violó también el artículo 2º del  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal  que  trata  sobre la presunción de  inocencia.   

          Concreta  su  pretensión  solicitando  que se decrete la nulidad de  todo  lo  actuado  en  este  proceso  a  partir  del  cierre  de investigación,  inclusive,  y  se ordene “el reenvío a la respectiva  funcionaria  para  que  practique audiencia especial, solicitada por la suscrita  defensora pública, para efectos de rebaja de pena”.   

Segundo cargo  

          En   la   sentencia   del  Tribunal  “se  presenta  una  violación indirecta de la ley, por error de hecho, por cuanto el  juzgador  ignoró  u  omitió  la  apreciación de unas pruebas, al igual que se  hizo  producir  efectos  probatorios  diversos  a  un  testimonio  cuando  está  demostrado que ello no se deriva de su contexto”.   

          De  cara al desarrollo del cargo hace alusión al testimonio rendido  por  Jackeline Vanegas ante la  Unidad  de  Investigación Previa y Permanente de la Fiscalía en la misma fecha  de  los  hechos,  preguntándose  por  qué no se apreció esta prueba cuando la  declarante  fue  “la  única  testigo presencial del  móvil  de  los hechos”, según transcripción que de  un fragmento de su exposición cita.   

          La  misma  testigo  volvió  a  declarar  el  8  de junio de 1994 en  idéntico  sentido, pero esta prueba no ha sido apreciada en toda su dimensión,  “lo  cual  resulta  grave  para  el sindicado MILLER  TIQUE,  porque  se  le hace aparecer como la persona que le quita la vida a otro  ser humano sin ninguna razón, sin ningún móvil”.   

          Insiste  en  que  la  omisión  en la apreciación de esta prueba es  “fatal”    para   el  procesado,  siendo  como  es  la  única testigo del momento exacto del suceso y  quien  además  corrobora  lo  dicho  por  MILLER TIQUE  en  la  audiencia  pública  en  el sentido de que fue  Fidel   Enrique   Fuentes   Piraquive   quien  inicialmente  lo  agredió  de manera verbal y posteriormente  “lo   sacó  a  empujones  hasta  el  patio  de  su  casa”.   

          El  testimonio  reseñado  junto con el dictamen de Medicina Legal y  la  versión  del  procesado,  constituyen tres elementos de juicio que permiten  deducir     que     MILLER    TIQUE    “recibió  un  golpe  en  el  pabellón  auricular  izquierdo y ello provocó el estado de ira primero, luego el forcejeo  y  todo  se  trajo  en  una  herida  mortal para el señor Fuentes Piraquive”.  Es entonces el estado de ira lo que pretende demostrar  “con   la   apreciación   de   las   pruebas   ya  enunciadas”.   

          A  continuación  se  refiere al testimonio de la menor Gladys   Lombo  sobre  el  que  acusa  al  Tribunal  de  haberle  hecho  producir  efectos  probatorios  diversos a su real  contenido.   

          La  mencionada  menor,  de  14  años  de  edad  para la fecha de su  declaración,  no  es testigo presencial de los hechos, razón por la cual sólo  declara  sobre  acontecimientos  anteriores  al momento exacto en que perdió la  vida   el  señor  Fidel  Enrique  Fuentes  Piraquive,  de   los   que   se   desprende   que   MILLER  TIQUE  invitó  al hoy occiso a su  casa   para   tratar  algún  asunto  personal.   Aceptando  en  gracia  de  discusión  que  ello  hubiese  sido así, no necesariamente puede concluirse de  ese  acto que la invitación lo fue “para quitarle la  vida”,  de  donde  “éste  testimonio  no  puede producir el efecto inmediato de descartar el estado de ira  que se está argumentando en esta demanda”.   

          Estima  como  norma violada el artículo 254 del anterior Código de  Procedimiento  Penal que trata sobre la apreciación de las pruebas, pues en los  fallos   de   instancia  no  aparece  la  valoración  del  mérito  que  debió  otorgársele     al    testimonio    de    Jackeline  Vanegas  y  al  dictamen sobre las lesiones personales  sufridas  por  MILLER TIQUE. A  la    declaración    de   Gladys   Lombo  cuya  valoración califica de precaria, se le dio una connotación  que en realidad no contiene.   

          De  la  misma  manera  se  vulneró  el  artículo  445 idem,   relativo   a  la  presunción  de  inocencia,  disposición  que  transcribe  en  su integridad. También considera  violado  el  artículo  247  del  mismo  estatuto, acusando al Tribunal de haber  omitido  el señalamiento de la prueba con base en la cual respaldó sus asertos  sobre  la  responsabilidad del procesado, circunstancia que infiere de un aparte  de la sentencia que cita.   

          Dice  que  habría  sido  importante  que  el  juzgador  de  segunda  instancia  señalara  las  pruebas que le permitieron descartar el testimonio de  Jackeline   Vanegas  y  lo  expuesto  por  el  procesado en el curso de la audiencia pública, donde aclaró  la  razón  por  la  cual “había mentido en anterior  oportunidad”.   

En  este punto, agrega, no puede perderse de  vista  que  al  procesado  se le recibió la primera parte de su indagatoria sin  defensor  que  reuniera  las  calidades  que exige la Constitución, luego si la  indagatoria  “es una sola pieza procesal, ella carece  de  validez  por  haberse presentado una manifiesta irregularidad en la practica  de la misma y se calificó el proceso sin que ella existiera”.   

          No  puede  rechazarse  entonces  el  estado de ira que se alega como  atenuante   de   la   pena,   pues   resulta   lógico  suponer  “que   si   una  persona  recibe  un  fuerte  golpe  en  un  oído  -en  el  pabellón  auricular  izquierdo-  según  el  Instituto  de  Medicina  Legal-  lo  natural es que ello  ocasione inmediatamente un estado de ira”.   

            Finaliza  solicitando que en subsidio de  la  primera  pretensión se case parcialmente la sentencia acusada y en su lugar  se  dicte  la  que  en  derecho  corresponda  reconociendo la atenuante punitiva  alegada.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PUBLICO  

          Primer cargo.   

          En  su concepto, el Procurador Segundo Delegado en lo Penal, empieza  por  llamar  la atención sobre el error en que incurre la demandante al invocar  a  la  vez  la  violación  del derecho a la defensa y al debido proceso, cuando  tales   cargos   debieron   ser   invocados   independientemente  atendiendo  lo  preceptuado  en  el  último  inciso  del  artículo 225 del anterior Código de  Procedimiento Penal.   

          La  nulidad  invocada  por la recurrente se sustenta en la decisión  tomada  por  el  Tribunal  Superior  el  25  de  noviembre de 1994, en la que se  resuelve  revocar  el auto fechado el 18 de octubre del mismo año por medio del  cual  el  Juzgado  12  Penal  del  Circuito  había  declarado  la nulidad de la  actuación  por  no haberse considerado en debida forma la petición elevada por  la  defensora  en el sentido de darle aplicación al artículo 37 del Código de  Procedimiento Penal entonces vigente.   

          En   dicha  oportunidad  el  Tribunal  calificó  en  todo  caso  la  propuesta  de  improcedente,  argumentando  que  “la  solicitud  debe manifestar los argumentos fácticos y jurídicos que le permiten  demostrar  la  existencia  de la duda razonable en cuanto a la ocurrencia de los  elementos  estructurales  del  hecho  punible y/o concurrencia de circunstancias  genéricas   de  agravación  punitiva”,  tesis  que  aunque  cuenta con respaldo en un sector de la doctrina, no es compartida por la  Delegada.   

          Ello  porque  en principio, no puede calificarse tal interpretación  como  extractable  del  estricto  tenor  literal de la norma en la que por parte  alguna   se  exige  cualquier requisito de índole formal, de procedencia o  de  prosperidad  que  deba  acompañar  a la solicitud de audiencia especial. Lo  único  que  puede  inferirse  del  precepto  del  artículo  37  A  es  que  la  determinación  del  factor  de  duda probatoria, es asunto que se ventilará al  interior  de la audiencia misma con el estudio de cada uno de los aspectos sobre  la  adecuación  típica,  el grado de participación, la forma de culpabilidad,  las   circunstancias   del   delito,   la   pena  y  la  condena  de  ejecución  condicional.   

          Además,   la  norma  no  hace  distinciones  de  ninguna  clase  en  relación  con  la  solicitud,  de  donde no resulta admisible distorsionarle su  sentido.  Una  explicación  de  la  disposición  en  el  sentido doctrinal que  pregonó  el  Tribunal  menoscaba el ámbito de las garantías fundamentales, en  particular  el  debido  proceso.  Ello  porque  la  misma  implica,  sin lugar a  equívocos,  la  exigencia al procesado, quien tiene la facultad para peticionar  la  práctica  de  la  sentencia  anticipada previa audiencia especial, para que  soporte  y  demuestre  al  momento  mismo  de  presentar la simple solicitud las  razones  en  que funda la duda probatoria sobre aspectos jurídicos en especial,  tarea  que  por fuerza implica un ejercicio en derecho, a más de que representa  una   exigente   labor  demostrativa  que  no  puede  atribuirse  al  sindicado,  desconocedor en principio de la técnica jurídico-penal.   

          Aunque  podría  decirse  que  en  el presente caso la petición fue  elevada  por  el defensor y no por el procesado, pero aún así, bajo las mismas  pautas  impuestas,  la  norma  no diferencia entre uno y otro, por lo que han de  aplicarse  los  mismos  derroteros  que  finalmente  conducen a la imposibilidad  normativa  de  exigirle  a  cualquiera de los sujetos procesales que encarnan la  defensa,  la  justificación  del  tópico  de  duda  en la mera solicitud de la  audiencia  especial,  pues,  reitera,  es  cuestión  a ventilar en la audiencia  misma.   

         

          La  omisión  del  desarrollo de la audiencia especial en este caso,  produjo  un  desmedro en las posibilidades punitivas a favor del procesado, pues  la  norma  prescribe  una  reducción oscilante de una sexta a una tercera parte  sobre  la  pena  correspondiente.  Con la negativa que considera injustificada e  ilegal,  se  privó  al sindicado de obtener tal gracia, o por lo menos de tener  la  posibilidad de que le fuese concedida, lo que de suyo determina también una  afectación  al debido proceso, representado concretamente en habérsele cerrado  el  paso  a  una  reducción  punitiva significativa en el evento de condena por  llegarse a un acuerdo en la audiencia especial.   

          Esta  situación  se  adecua  del  todo  en la causal de nulidad del  numeral  2º  del  artículo 304 del anterior Código de Procedimiento Penal, en  tanto  se  está  en  presencia  de  una  irregularidad sustancial que afecta el  debido  proceso  y  por  ello  enmarcable  en  la  causal  tercera de casación.   

          Aunque  de  lo expuesto devendría concederle razón a la impugnante  en  su  solicitud  final  de  declaratoria  de  nulidad desde el mismo cierre de  investigación  a  fin  de realizar la diligencia de sentencia anticipada previa  audiencia  especial,  encuentra  la  Delegada  que  a su juicio se consolida una  situación  más  favorable  al  procesado,  sobre  la  cual  se referirá en el  acápite   correspondiente   a   la   nulidad  oficiosa  que  más  adelante  se  planteará.     

             De  otro  lado, en la demanda se hace alusión a la eventual  concreción  de  nulidad,  con las afirmaciones efectuadas por el Tribunal en la  misma  providencia  de  fecha  25  de  noviembre  de 1994, que en criterio de la  impugnante  configuran  una  forma  de  pre-juzgamiento que vulnera el principio  fundamental  de  la  presunción de inocencia. Aunque el planteamiento se pierde  por  el  logro  del  objetivo  propuesto  en  el argumento principal, merece sin  embargo respuesta en el concepto.   

          Si  el Juez al ejercitar el control de legalidad al acuerdo derivado  de  la  audiencia  especial,  o  el  superior por vía de apelación, o aquellos  funcionarios    que    “a   posteriori”  conozcan  del  acuerdo con cimiento de nulidad, expresan que en  los  aspectos acordados no existía duda, no se está incurriendo en algún tipo  de  pre-juzgamiento,  pues  simplemente  están  investidos de esa potestad para  declarar sobre tales puntos la nulidad concerniente.   

          Así  pues,  no  se  trata de un atropello al principio rector de la  presunción  de  inocencia,  sino  de un estudio necesario y consecuente con una  aceptación  de  cargos, ya que la gracia punitiva que se concede por virtud del  acuerdo  de  audiencia  especial no se basa en que éste sea ilimitado, sino que  está  circunscrito  a los aspectos referidos en la norma siempre y cuando no se  perciba  duda probatoria, lo que obliga en primer orden a asumir dicho estudio a  la  Fiscalía  en  el  seno  de  la  audiencia  y  luego  al Juez en su control.   

            En  consecuencia,  este  segundo  aspecto esbozado al interior del  mismo  cargo,  lesivo,  en  el  particular  criterio  de  la  demandante,  de la  presunción de inocencia, carece de razón.   

Segundo cargo  

          La  Delegada encuentra que la fundamentación del cargo no se ajusta  debidamente  a  la técnica que regula el recurso extraordinario, lo que frustra  las posibilidades de éxito de su pretensión casacional.   

          Así,  destaca  en  primer  lugar,  que  la  impugnante  parte en su  enunciación  de  invocar  la  supuesta incursión en un error de hecho sobre la  apreciación   probatoria  adoptando  la  ruta  del  denominado  “falso   juicio  de  existencia”,  en  el  sentido   de   que  el  juzgador  ignoró  u  omitió  la  apreciación  de  las  declaraciones   de   Jackeline  Vanegas  y  Gladys  Lombo,  pero    en    su    sustentación   se   apunta   por   una   senda   totalmente  equivocada.   

          Respecto    de    la    declaración   ofrecida   por   Jackeline  Vanegas, aduce la demandante que  “esta  prueba  no  ha  sido  apreciada  en  toda  su  dimensión  en  la sentencia”, para elaborar a partir  de  aquí  una censura sesgada respecto del contenido de la prueba, e igual hace  sobre  la  declaración  de  Gladys Lombo, involucrando  con  poco  orden la propia versión del sindicado y el  dictamen  de  Medicina  Legal  sobre  las  lesiones  presentadas por éste, para  invocar  finalmente  la  aplicación  del  estado  de  ira  del artículo 60 del  Código Penal de 1980.   

          No  tuvo  en  cuenta la libelista que el yerro alegado -falso juicio  de  existencia-  le  imponía  ahondar en la demostración de las razones que la  llevaron  a afirmar que tales medios de convicción habían sido omitidos por el  juzgador,  y  en últimas lo que hace es cuestionar la valoración del contenido  de  las pruebas, esto es las dos declaraciones referidas. Podría entenderse que  el  propósito  de  la  demandante  más  bien fue encaminado a discernir en las  lindes  del falso juicio de identidad, pero tampoco la propuesta es clara en ese  sentido,  y  sólo  conduce  a  la  absoluta  perplejidad que impide conocer con  certeza el andamiaje de su pretensión.   

          Pero  aún  haciendo  caso  omiso a las anteriores imprecisiones, la  crítica  que  la  demandante  eleva  en punto a las pruebas es incorrecta, pues  atiende  más a los dictados de instancia que a los que fijan los parámetros en  el recurso extraordinario.   

          En  primer  lugar,  la  revisión  del  juicio del fallador sobre el  mérito  de las pruebas cuando han obedecido los postulados de la sana crítica,  implica  un  error  de  derecho por falso juicio de convicción, improcedente en  esta  sede  salvo  casos  excepcionalísimos,  por razón del desplazamiento del  sistema  de  tarifa  legal  al sistema de libre apreciación que rige en nuestra  legislación.  De  allí que la apreciación ceñida a los parangones referidos,  es  aquí  incontrastable  porque es tarea factible, exclusivamente, en el curso  ordinario del proceso.   

          En  segundo lugar, el error de hecho por distorsión de la prueba es  estrictamente  objetivo.  El  falso  juicio de identidad sólo se suscita por el  cercenamiento   o  agregación  del  contenido  de  la  prueba,  sin  que  tenga  aceptación  la  sugerencia  basada  en posiciones particulares o subjetivas del  impugnante   en   materia   de   apreciación   probatoria.   Por  consiguiente,  planteamientos  con ribetes de esa naturaleza no logran remover los cimientos de  apreciación  probatoria  adjudicados  por  el  fallador,  cuando  ellos  vienen  precedidos de la doble presunción de acierto y legalidad.   

De  otro  lado,  al  interior  del  cargo la  casacionista  patentiza  una  presunta  irregularidad ocurrida en la indagatoria  inicial  de  su defendido porque no contó con asistencia profesional. La simple  enunciación  de  este  cargo  resulta  incomprensible,  en  la  medida  en  que  configura  una  causal  diversa  de casación con sustento en el numeral 3º del  artículo  220  del  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal,  por  eventual  violación   al   derecho  de  defensa,  razón  por  la  cual  se  imponía  su  proposición  por  separado  y  subsidiariamente  al  tenor  de lo normado en el  último  inciso  del  artículo  225 idem. Vasta  ha  sido  la jurisprudencia de esta Sala para concluir que la  causal de nulidad en casación no es de libre corte o postulación.   

          En  criterio  de  la  Delegada,  de  todas  maneras la irregularidad  alegada  no  constituye  menoscabo al derecho de defensa, pues si bien es cierto  que  el  sindicado  no contó con la asistencia de profesional en su indagatoria  inicial,  en  la  que  fue asistido por un particular, no se advierte, en primer  lugar,   que   en   tal  diligencia  se  le  hayan  atropellado  sus  garantías  fundamentales,  y  en  segundo  lugar, su defensa fue provista en el término de  ejecutoria  de  la  resolución de su situación jurídica, al posesionarse como  defensora  la abogada que ahora funge como casacionista, advirtiéndose a partir  de su posesión un ejercicio diligente de su gestión.   

          Resalta  además  que esa versión fue ampliada en dos oportunidades  a  lo largo del proceso, en las que contó el procesado con la valiosa asesoría  de  su  defensora, siendo importante resaltar que en la última intervención en  el  curso  de la audiencia pública modificó radicalmente las circunstancias de  su aceptación de los hechos.   

          En  ese  orden  de  ideas, considera la Delegada que no se consolida  con  la  irregularidad  existente  una  afectación  marcada  de  las garantías  procesales  del  sindicado  TIQUE  VANEGAS.   

          Por  último,  encuentra  que  en  punto  a las normas aludidas como  infringidas,  la  casacionista  se  abstiene  de  determinar  el  sentido  de la  violación,  predicado  inevitable en la causal esgrimida, de cara a la técnica  del   recurso,   instaurada   para  desentrañar  el  verdadero  alcance  de  su  pretensión.   

          Tampoco,  en  el  contexto  del  libelo se explican las razones para  considerar  violado  el  artículo  445  del  anterior  Código de Procedimiento  Penal.   

          En consecuencia el cargo no está llamado a prosperar.   

          Petición de casación oficiosa   

          Sometido  a  revisión  el  expediente, encuentra la Delegada que el  procesado   directamente  solicitó  el  trámite  de  la  sentencia  anticipada  consignado  en el artículo 37 del estatuto procesal entonces vigente, según se  verifica  en el memorial que obra al folio 93 del cuaderno original, petición a  la  cual  se  abstuvo de dar trámite la Fiscalía mediante resolución de julio  1º    de   1994   con   el   argumento   de   que   se   hallaba   cerrada   la  investigación.   

          No   obstante,   para  la  fecha  de  la  petición,  el  cierre  de  investigación  no  se  encontraba  ejecutoriado,  dado  que a la par se le daba  trámite  al  recurso  de  reposición interpuesto por la defensora contra dicha  decisión, el cual vino a ser resuelto el 8 de julio siguiente.   

          De  allí que, en criterio de la Delegada, la petición fue oportuna  y por tanto no debió ser declarada improcedente.   

          El  artículo 3º de la ley 81 de 1993, presuponía que la petición  de      sentencia     anticipada     podía     interponerse     “ejecutoriada  la  resolución  que  defina la situación jurídica y  hasta  antes  de  que  se  cierre la investigación”,  pero  ello  no quiere decir que la oportunidad fenezca con el mero proferimiento  del  decreto  de  cierre,  pues  los  efectos  reales  de  dicha  providencia se  consolidan  con  su  debida  ejecutoria,  momento  a partir del cual se entiende  clausurada la instrucción, y no antes.   

          La  negativa  tajante  de la Fiscalía a dar trámite a la petición  se  erige  en  una  evidente violación al debido proceso en la medida en que se  inobservaron  la  “plenitud de las formas propias de  cada   juicio”,   al   cerrarse   al  procesado  la  posibilidad  de  amparo  al procedimiento especial consagrado en el artículo 37  del  ordenamiento  procesal entonces vigente, en desmedro de ventajas de índole  punitiva  como  las  consagradas  en  la  norma  a  las  que  finalmente no pudo  acceder.   

          Se  configura  en  consecuencia la causal prevista en el numeral 2º  del  artículo  304 del anterior Código de Procedimiento Penal para declarar la  nulidad,  concordante  con  la  causal  tercera de casación, al evidenciarse un  “error   in   procedendo  de  garantía”  que impone la recomposición del trámite a partir inclusive de  la  resolución  del  1º de julio de 1994, por medio de la cual la Fiscalía se  abstuvo  de  darle  curso  a  la  petición  impetrada  por el procesado para el  desarrollo  de  la sentencia anticipada, para que en su lugar se proceda a darle  curso al trámite de rigor.   

         

          Encuentra   la   Delegada   más  favorable  para  el  procesado  el  acogimiento   de   la  petición  circunscrita  en  la  nulidad  oficiosa  aquí  planteada,  pues  la  gracia  punitiva  concedida  en el artículo 37 supera los  beneficios otorgados por el artículo 37 A.    

          En  conclusión,  sugiere  que se decrete oficiosamente la casación  del  fallo impugnado acorde con los planteamientos que anteceden, coherentes con  la  fundamentación  que  se  esboza  en  el  primer  cargo  por  la impugnante.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Cargo   primero                 

Estima  la  demandante  que la sentencia del  Tribunal  fue dictada en un juicio viciado de nulidad por no haberse atendido la  solicitud   de   terminación   anticipada   del  proceso  por  la  vía  de  la  “audiencia   especial”  conforme  a  las  previsiones  del  artículo  37  A  del  anterior  Código  de  Procedimiento   Penal,  elevada  antes  del  cierre  de  investigación  por  la  defensora   pública   del   procesado   MILLER  TIQUE  VANEGAS.   

Para determinar si el error en realidad tuvo  ocurrencia,  la  Sala  hará una síntesis del trámite surtido en torno a dicha  solicitud:   

La Fiscalía 100 de la Unidad Segunda de Vida  decidió    la    situación   jurídica   de   TIQUE  VANEGAS  mediante resolución del 20 de abril de 1994,  y  en  auto  del 21 de junio siguiente dispuso el cierre de la investigación al  hallar  recaudada  la  prueba  necesaria para su calificación. El mismo día se  radica  memorial  suscrito  por  la  defensora  pública  del  procesado,  quien  solicita  se  fije  fecha para la “audiencia especial  de  que  trata  el  art.  37  A  de la Ley 81/93”, en  atención  a  que  “después  de  hacer  un detenido  estudio  del  sumario, considero que es pertinente una audiencia, como verdadera  economía  procesal,  además  porque  la investigación no ha sido cerrada y se  podría    explorar    esta    posibilidad   de   rebaja   de   pena”. (fl 88. C.O No 1)   

          Mediante  auto del 22 de los mismos, la Fiscalía se abstiene de dar  curso  al  pedimento  de  la  defensora  pública  señalando  que  en  la fecha  “ya    se    profirió    el    cierre    de    la  investigación”.   

          La  defensora interpone entonces recurso de reposición  contra  el  auto  que  decretó  el  cierre, argumentando en esencia que la petición de  “audiencia   especial”  había  sido  radicada  antes  del proferimiento del auto y que de todas maneras  por  no  hallarse ejecutoriado no existía razón lógica para negar el acceso a  la audiencia solicitada.   

          El  29  de  junio  siguiente  se  radica  memorial  suscrito  por el  procesado    MILLER   TIQUE   VANEGAS   en  el  cual  solicita  “se  autorice la  aplicación  del  art.  37  del  C.P.P.  de  SENTENCIA ANTICIPADA, y disponer la  diligencia  a  su más pronta conveniencia” (fl. 93),  petición  que igualmente fue denegada con los mismos argumentos ofrecidos en la  respuesta a la petición de la defensora.   

          Mediante  resolución del 8 de julio, la Fiscalía Delegada niega la  revocatoria  del  auto de cierre de la investigación insistiendo en la negativa  de  darle  curso  a la audiencia especial. Se considera en esta decisión que la  petición  no  sólo  no se presentó en la oportunidad debida, sino que además  “como  bien  se  puede  observar  a  través  de  la  investigación,  no  existe  duda  probatoria  sobre la existencia de los medios  estructurantes  del  hecho  punible investigado, requisito sine quanum (sic) que  se deben dar, a la aplicación del mencionado artículo 37 A”.   

          Ante  dicha  determinación,  la  defensora  solicita  nulidad de la  actuación  al  considerar  que  con  la  omisión  al  trámite de la audiencia  especial  se  limitó  el derecho de defensa del procesado y consecuentemente se  violó  el  debido proceso. Esta nueva petición es despachada desfavorablemente  en  la  providencia  de julio 13, en la cual la Fiscalía reitera los argumentos  expuestos  en  la  resolución  que  negó  el  cierre,  agregando  que  ante la  inexistencia  de  duda  probatoria  el funcionario no está en la obligación de  llevar a cabo la diligencia.   

          Impugnada  la  decisión,  es  confirmada por un Fiscal de la Unidad  Delegada  ante  los  Tribunales de Bogotá y Cundinamarca, autoridad que además  de  la  extemporaneidad de la petición señala que la prerrogativa concedida en  el  artículo  37  A  del  Código  de  Procedimiento  Penal entonces vigente es  discrecional del ente investigador.   

          Proferida   la   resolución   acusatoria,   ante   el   Juzgado  de  conocimiento  la  defensora insiste en la nulidad planteada, petición  que  en  principio  recibe una respuesta favorable en la providencia de octubre 18 de  1994  mediante la cual la Juez Doce Penal del Circuito anula el trámite surtido  a  partir  inclusive del auto de cierre de la investigación, disponiendo que en  su  lugar  se  adopte  la  determinación  que  corresponde  a  la  solicitud de  audiencia  especial,  decisión  que al ser impugnada  por la Fiscalía, se  revoca  por  el  Tribunal  de  Bogotá  en  el  proveído  del  25  de noviembre  siguiente,  en  el  cual se aduce que si bien la petición no fue extemporánea,  la  misma  no  obligaba  a  la  Fiscalía  ante la ausencia de los requisitos de  fundamentación  necesarios para demostrar la existencia de duda razonable, que,  de   hecho,   había   sido   descartada   al   decidir   el  cierre  del  ciclo  investigativo.   

          Antes  de  entrar a dilucidar el punto planteado por la demandante y  el  Procurador  Delegado,  quienes  aducen  que  la  omisión  al trámite de la  audiencia  especial  en  este  caso  generó  menoscabo a las formas propias del  juicio,  es  necesario  recordar la posición de la Corte frente a la naturaleza  de  los  institutos  de  la terminación anticipada del proceso, y especialmente  sobre  las  consecuencias que la omisión al trámite de la sentencia anticipada  puede  acarrear  cuando  la  petición  ha  sido  elevada en debida forma por el  interesado.  Así,  en  fallo  de fecha 16 de abril de 1998, radicación 10.379,  con  ponencia  conjunta  del Magistrado Carlos Eduardo Mejía Escobar y  de  quien ahora cumple igual función, se dijo:   

“La  sentencia  anticipada y la audiencia  especial  son  ritos  alternativos  especiales,  que  significan un abandono del  procedimiento  ordinario,  en  pro  de  loables  fines  de  economía  procesal,  descongestión  del  aparato  de  la  justicia  y  agilización  del  respectivo  proceso.   De modo que, como lo proclamó Carrara, sería un enorme engaño  a  la  sociedad  que  el  legislador se ocupara de regular todo un procedimiento  especial,  si,  a  la vez, no se prevé una consecuencia para su desconocimiento  injustificado,  pues,  en  tal  caso,  la  eficacia  del  rito  no  depende  del  cumplimiento  de  esas  imperativas  reglas  sino  del gusto de los funcionarios  judiciales.  Así  entonces,  satisfechos  por el peticionario los requisitos de  admisibilidad  y  procedibilidad  de  la  sentencia anticipada o de la audiencia  especial,  el  debido  proceso  constitucionalmente  prescrito  ya  no  será el  ordinario  sino  el  que  disponen  los  artículos  37  y  37A  del  Código de  Procedimiento  Penal,  máxime  que  la  regulación  de  la  primera figura fue  hallada  conforme  con  dicha garantía fundamental por la Corte Constitucional,  según  se  decidió  en  la  sentencia  de  constitucionalidad  C-425 del 12 de  septiembre  de  1996,  cuya  ponencia  presentó  el  magistrado  Carlos Gaviria  Díaz.   

“De  acuerdo  con  el  artículo 29 de la  Constitución  Política,  toda  persona  tiene  derecho  a  un  debido  proceso  público  y “sin dilaciones injustificadas”, con más veras si el interesado  lo  propicia  con  su propia voluntad y actividad (sentencia anticipada), razón  por  la  cual, aunque se adelante una actuación plena en etapas y formalidades,  una  vez  cumplidos  los  presupuestos del rito especial, negarlo y continuar el  procedimiento  ordinario  comporta  una  “dilación injustificada”.  Se  palpa  en nuestro medio una especie de superstición judicial consistente en que  a  mayor dilación en el procedimiento mayor oportunidad de defensa, pero ocurre  que  el  proceso  de sentencia anticipada, si proviene de una voluntad clara del  procesado  (y ello hace parte del control de los funcionarios judiciales), es la  mejor  opción  de  defensa  libremente  escogida  por  él  (no impuesta por el  funcionario),  máxime  que  tal  actitud,  si  se  concreta,  le representa una  significativa rebaja de pena.    

“Pretender que la mejor defensa es la que  propugna  a  cualquier  precio  por la absolución, aun en contravía de la más  comprometedora   evidencia   procesal,   no   es   más   que   un  mal  hábito  lamentablemente   consolidado   en   el  pensamiento  de  algunos  abogados.  La  procuración  sincera  y  sensata  de aminorantes del juicio de reproche o de la  pena,  sobre  todo  cuando se hace oportunamente, puede dibujar mejores perfiles  de  defensa  que  un  empecinamiento  engañoso  y  con  ínfulas  de  habilidad  jurídica no procedente en el caso.   

“Lo  que  en  frase tradicional se conoce  como  “pronta  y cumplida justicia”, o proceso rápido, según la dogmática  procesal,  es  un  derecho  fundamental  que  realizado  protege  no  sólo a la  sociedad  sino  también  a la persona que está sub judice.  Este valor de  la  celeridad,  lo  mismo  que  los  de  la participación democrática, defensa  auténtica  e  igualdad  de  oportunidades,  que  hacen parte del debido proceso  penal   en   línea   constitucional,   se   ven   afectados   cuando  se  niega  injustificadamente  la  opción  de  sentencia anticipada y, en consecuencia, la  decisión  que  así  lo haga estará afectada de nulidad. (Const. Pol. art. 29;  Ley 74 de 1968, art. 14; y Ley 16 de 1972, art. 8°)”   

         

          Sin    embargo,   con   posterioridad   determinó   igualmente   la  Sala1   que   entre   las  instituciones   de   la   sentencia  anticipada  y  la  audiencia  especial  hay  ostensibles  diferencias  que  inciden  frente  a  la eventual nulidad que puede  acarrear la omisión de su trámite.   

          En  efecto,  a la sentencia condenatoria, previa audiencia especial,  se   llegaba   en   virtud   de   un   acuerdo  transaccional,  cuando  existía  “duda             probatoria” sobre alguno o algunos de los aspectos  a  que  se  refiere  el  artículo  37 A del anterior estatuto procesal, esto es  frente  a  “la  adecuación  típica,  el  grado  de  participación,  la  forma  de  culpabilidad,  las circunstancias del delito, la  pena   y  la  condena  de  ejecución  condicional,  la  preclusión  por  otros  comportamientos       sancionados       con       pena      menor”.   

En cambio, a  la sentencia anticipada se  arribaba  y  se  arriba  según  la  previsión contenida en el artículo 40 del  nuevo  Código  de Procedimiento Penal, no en virtud de un consenso, sino porque  el  procesado,  motu  proprio,  acepta  la responsabilidad penal respecto de los  cargos formulados sin condicionamientos ni controversia.   

Tal  era  la  razón  por  la  cual  en  la  terminación  anticipada  del  proceso por el trámite de la audiencia especial,  se  convocaba  previamente  a debatir los puntos que proponían el procesado (ó  su  defensor),  o  el  fiscal,  y  con relación a los cuales se consideraba que  existía  duda  probatoria.  Así,  una  vez  presentados los cargos por el ente  acusador,  se  entraba  a  debatir   tales  aspectos,  de  manera que si se  llegaba  a un acuerdo, el cual debía constar en un acta, el proceso se remitía  al   juez   del   conocimiento,   quien  entonces  debía  dictar  la  sentencia  “de  conformidad  con  lo  acordado  si encuentra el  acuerdo  ajustado  a  la  ley  y  siempre  que  no  se  hayan  violado  derechos  fundamentales del procesado”.   

De  acuerdo con lo anterior, si el instituto  procesal  de  la audiencia especial se fundamentaba en la duda probatoria, dicha  razón  explica  que  la  ley  facultara  al  fiscal  para  negarse a citar a la  diligencia  cuando  consideraba que aquélla no existía y, por lo tanto, que no  había  nada  que debatir, como se desprende de lo estatuido en el primer inciso  del  derogado  artículo 37 A en comento y en su parágrafo 2°, al tenor de los  cuales  el  citado  funcionario  judicial  no  estaba  obligado a concurrir a la  audiencia   “cuando   advierta  que  existe  prueba  suficiente  en  relación  con  los  aspectos  sobre  los cuales pueda versar el  acuerdo”.   

Con  base en tales presupuestos, estableció  la  Sala  en  la  ya  citada  sentencia  de  febrero 15 de 2000, una fundamental  diferencia  entre  estas  dos  formas de terminación anticipada del proceso, en  cuanto   a   las   consecuencias   de   su   no  verificación:  “Si  no  se cumple el trámite de la sentencia anticipada, legalmente  solicitado  por el procesado, habrá nulidad por quebrantamiento de la garantía  del  debido  proceso.  En  cambio,  si  no  se sigue el trámite de la audiencia  especial   porque  el  fiscal  considera  que  no  hay  duda  probatoria  y,  en  consecuencia,  que  no se requiere ninguna audiencia para polemizarla y procurar  un acuerdo, no habrá nulidad”   

          Como  se  dijo,  en  el presente caso la  casacionista  reprocha  haberse  pretermitido  sin  justificación  razonable el  especial  rito  previsto  en el artículo 37A, solicitado antes de la ejecutoria  del  auto  que  decretó el cierre de la investigación, con lo que considera se  quebrantó  la  garantía  del  debido proceso, aspecto en el cual es coadyuvada  por el Procurador Delegado.   

          Aunque  inicialmente  la  negativa  al  trámite  de la audiencia se  sustentó  en  su  extemporaneidad  al  entender  el  Fiscal  instructor  que la  oportunidad  había fenecido con el sólo proferimiento del auto que decretó el  cierre  de  la  investigación,  lo  cual  ciertamente  va  en  contravía de la  interpretación  que viene sosteniendo la Sala desde el ya citado fallo de abril  16  de  1998,  en  el  sentido de que la oportunidad para la aplicabilidad de lo  dispuesto  en  los  artículos  37  y 37 A del derogado Código de Procedimiento  Penal  se  proyectaba  hasta  la  ejecutoria  de  la  resolución del cierre, se  encuentra  sin  embargo  que  dicha interpretación fue suplida por el fiscal al  resolver   el   recurso   de  reposición  al  auto  que  dispuso  clausurar  la  investigación,  toda  vez  que en esta resolución claramente expresó que para  él  nada  había que discutir, pues no existía duda probatoria que justificara  la  citación  a  audiencia  y que, por lo tanto, el proceso debía continuar su  curso normal. Así se consignó:   

          “Como  bien  se puede observar a través de la investigación, no  existe  duda  probatoria  sobre  la  existencia de los medios estructurantes del  hecho  punible  investigado,  requisito sine quanum (sic) que se deben dar, a la  aplicación del mencionado artículo 37 A”.   

         

          De  allí  que si el Fiscal hizo uso de la facultad conferida por el  inciso  1°  y  el  parágrafo  2°  del  artículo 37 A comentado, al negarse a  convocar  la  diligencia  por  no  haber  encontrado  duda  probatoria sobre que  discutir,  ninguna  consecuencia  negativa  puede tener ello para la validez del  proceso.   

          De  otro lado, el estudio que por ministerio de la ley debe efectuar  el  Fiscal  al  verificar la procedencia de la petición, o el Juez al ejercitar  el   control  de  legalidad  al  acuerdo  derivado  de  la  audiencia  especial,  pronunciándose  sobre la existencia o no de la duda probatoria, no significa un  pre-juzgamiento,  pues  simplemente  se  está  haciendo uso de la potestad para  declarar   sobre   aspectos   de   procedibilidad   contemplados  en  la  norma.   

Por    consiguiente,    el    cargo   no  prospera.   

          Segundo cargo   

          Insalvables  inconsistencias  de  orden  técnico se advierten en el  desarrollo  de  este  cargo  que  el  demandante  anuncia al amparo de la causal  primera  por  “violación  indirecta  de la ley, por  error  de  hecho,  por  cuanto  el juzgador ignoró u omitió la apreciación de  unas  pruebas,  al  igual que se hizo producir efectos probatorios diversos a un  testimonio   cuando   está   demostrado   que   ello   no   se   deriva  de  su  contexto”.   

          Si   el  ataque  se  dirigió  por  la  vía  del  falso  juicio  de  existencia,  como  sucede  en  el  primer  cargo  realizado por el censor cuando  atribuye  al  Tribunal  no  haber apreciado la declaración de la única testigo  presencial   de   los   hechos   Jackeline   Vanegas,  así  como  el  dictamen  de  Medicina Legal sobre las  lesiones  causadas  al  procesado  y  la  versión  rendida  por  éste,  le era  imperativo  al  casacionista  probar  la  influencia  de  la irregularidad en el  sentido  del  fallo  impugnado,  lo cual lógicamente le implicaba enfrentar los  términos sobre los cuales el mismo está construido.   

          Sin  embargo, cuando se adentra en la fundamentación de este cargo,  lo  que  deja  en  claro  no es precisamente que el sentenciador haya omitido la  consideración  de  dichos  medios  de convicción, sino que lo que cuestiona es  que  no  haya  derivado a partir de los mismos que su defendido actuó dentro de  los parámetros del artículo 60 del Código Penal de 1980.   

          Así,  en  relación  con  el testimonio de  Jackeline    Vanegas,    dice    que   esta   prueba  “no  ha  sido  apreciada en toda su dimensión en la  sentencia”,   pues   la  testigo  afirmó  que  fue  Fidel    Enrique    Fuentes    Piraquive  quien  agredió  inicialmente  al  procesado  en  forma  verbal  y  posteriormente  “lo sacó a empujones hasta el patio  de  su casa”, situación que generó el estado de ira  que  alega.  Pero  precisamente  sobre  este  aspecto  consignó  el juzgador de  primera instancia la siguiente reflexión:   

“Respecto  de  la reacción irascible que  alega  la defensora, se introdujo en el comportamiento de su patrocinado, por lo  que  solicita  en  subsidio  se  reconozca  que  actuó  en  este estado, con la  consecuente  disminución  de la punibilidad; precisa el Despacho que no aparece  en  el  investigativo  prueba  alguna  que demuestre que MILLER TIQUE reaccionó  imbuido  por  estado emocional o de dolor que permita el cambio a tal aserción.  Pues  si bien es cierto se argumentó por la testigo Jackelin Vanegas que cuando  MILLER  penetró  con  el  occiso  a  la  casa,  éste  lo  empujó en repetidas  ocasiones,  y aquél, el procesado, que lo golpeó en el pabellón auricular, no  aparece   por   ningún   lado   afirmación  de  que  obró  movido  por  tales  circunstancias  que lo llevaron a utilizar el arma cortopunzante, o lo que lo es  lo mismo que fueron determinantes en su comportamiento”.    

          No  es,  entonces,  que  el  Tribunal  haya  omitido  considerar  el  mencionado  testimonio,  sino  que  no  le  otorgó  el alcance que a juicio del  censor  debía  dársele.  De  allí que el anunciado falso juicio de existencia  por  omisión  de  la  versión  rendida  por Jackeline  Vanegas,    no   guarda   correspondencia   con   su  fundamentación.   

          Lo  mismo  acontece  con  las  distintas  versiones  rendidas por el  procesado,  incluida aquella ofrecida en el curso de la audiencia pública sobre  cuyo  análisis  se  refirió  ampliamente  el  juzgador  de  primera instancia,  llegando a la siguiente conclusión:   

“En un comienzo sostuvo (el procesado) que  lo  hizo  por  defender  a su señora y por defenderse a sí mismo, después que  por  él  solo,  empero en ninguna de las circunstancias que aduce afirma que su  reacción  estuvo  motivada por el supuesto comportamiento injusto que hacia él  realizaba  el  occiso,  pues la aparente ofenda (empujones) no introdujo ninguna  reacción  en  su  psiquis,  porque lo único que hizo siempre fue defenderse de  quien  ni  siquiera  tenía  arma  de igual categoría a la que uso, como quedó  demostrado   en   la   inspección   del   cadáver   y  levantamiento”.    

         

Razonamientos  que  fueron  avalados  por el  Tribunal,   quien   al  referirse  a  las  distintas  versiones  del  procesado,  señaló:   

“A  ello se aúna la coartada infructuosa  que  el  procesado  ha  esgrimido  en  sus  intervenciones.  Así tenemos, en su  primera  versión,  haber actuado en defensa de su compañera quien era asediada  en  ese  momento  por el hoy occiso, lo que fue desmentido por aquella de nombre  Flor  Alba Ramos quien inclusive dijo no encontrarse en ese instante  en el  lugar  de  los  hechos  sino  donde  un  vecino  extendiendo  una  ropa. Y en la  audiencia  simple  y  llanamente  que  fue agredido por lo que tuvo necesidad de  defenderse”.   

         (…)   

“En cuanto a la petición subsidiaria, del  estado  de  ira  tenemos  que no hubo una súbita representación de una afrenta  porque  como  bien  se  dijo,  ni  siquiera  su  compañera se encontraba en ese  momento  en  el  lugar  de  los  hechos,  como para afirmar que la reacción fue  contemporánea  con  la  ofensa,  por  lo que también estuvo bien la decisión,  teniendo  en cuenta las circunstancias del hecho, su naturaleza, de no reconocer  la  atenuante  del  ímpetu  de  la ira, causado por la injusta provocación”.   

         

De  otro  lado,  la  impugnante alega que el  juzgador  le  “hizo    producir    efectos    probatorios   diversos”  a  la  declaración  de  la  menor Gladys  Lombo,  pues si en gracia de discusión se aceptara su  dicho  en  el  sentido  de que MILLER TIQUE    invitó   a   su   casa   a   Fuentes  Piraquive  en  la  mañana  del  17  de junio de 1994,  “no necesariamente debemos concluir nosotros que era  para  quitarle la vida. Eso no se desprende de esta declaración”,  afirmación  de la cual podría pensarse que lo que se pretende es  un  error  de  hecho  por  falso  juicio  de identidad.   

Sin  embargo, el alegado yerro teóricamente  consiste  en  una  intensificación  o  reducción  material del contenido de la  prueba  como actitud meramente descriptiva y no prescriptiva del juzgador, quien  en  tal  caso  se  limita  a  invocar  datos  relevantes  que no pertenecen a la  realidad  de  las declaraciones, o a soslayar otros igualmente determinantes que  sí hacen parte de facticidad del medio probatorio.   

Para demostrar semejante dislate, lo primero  que  debe  intentarse es la confrontación del texto del fallo impugnado que, en  relación con el testimonio de la citada menor, dijo:   

“En  efecto,  al  respecto  Gladys  Lombo  afirma  que  estaba  hablando  con  el  occiso  cuando  se  acercó MILLER TIQUE  convidándolo para que fueran a la casa.   

“Es decir, que Fuentes Piraquive no llamó  a  MILLER TIQUE, sino que éste fue hasta donde estaba él y echándole el brazo  por  la  espalda  lo  llevó  hasta  la  casa  porque  tenía  algo que decirle,  cuestión  que  permite  asentir  que  MILLER  TIQUE  no  se acercaba con ánimo  fraternal  hasta  donde estaba el occiso, a quien guardaba resentimiento por los  consejos  que  le  daba a su esposa a la que quiso involucrar afirmando que todo  sucedió  por  que  aquél la estaba irrespetando, pero ella no lo siguió en su  coartada….   

“Y  es que no puede dejar de creerse a la  deponente  Gladys  Lombo  porque  no  obstante  su  corta  edad  y el tiempo que  transcurrió  entre  las declaraciones que rindió (8 meses) su recuerdo aparece  intacto,  pues  depone  de manera clara y precisa sin incurrir en contradicción  alguna, como sí sucede con el procesado”   

Como  se  ve, lo que hizo el Tribunal fue un  razonamiento   inferencial  de  lo  dicho  por  la  testigo,  a  partir  de  los  antecedentes  conocidos  en el proceso, frente al cual la demandante no intentó  una  controversia  seria encaminada a demostrar que se manipuló la prueba. Y si  se  llegara  a  aceptar que con la censura lo que aquélla pretendía establecer  era  que  el  examen de tal declaración se hizo a espaldas de los postulados de  la  sana  crítica  (error  de  hecho por falso raciociono), se echa de menos el  señalamiento  del argumento irracional del juzgador en la ponderación de dicho  aserto,  o  el  atropello  a  las  pautas  de  la  ciencia  o a las reglas de la  experiencia.  Ninguna  de estas hipótesis se atina a mostrar en el libelo, pues  todo  lo  que  se  percibe  es el deseo de disentir de la valoración probatoria  hecha en las instancias.   

            

          Las   censuras  quedan  así  reducidas  a  la  no  bien  disimulada  inconformidad  de  la  demandante  con  las  razonadas  atestaciones que hizo el  sentenciador  a  la  luz  de  otras probanzas que dejaban sin piso el pretendido  estado  de  ira  como  circunstancia atenuante de responsabilidad, planteamiento  que  resulta  extraño  a  la casación, donde el examen que el fallador hace de  las  pruebas sólo es atacable en la medida en que esté afectado por errores de  hecho o de derecho realmente trascendentes.   

          Como  si  lo anterior fuese poco, con un total desconocimiento de lo  que  es  la  técnica  casacional,  al  interior  del  mismo cargo la demandante  patentiza  una  presunta  irregularidad  ocurrida  en la indagatoria inicial del  procesado  al realizarse sin la debida asistencia profesional, lo que representa  una  causal  diversa  de  casación con sustento en el numeral 3º del artículo  220   del  Código  de  Procedimiento  Penal  vigente  para  el  momento  de  su  presentación.   

          Esta   incomprensible   manera   de  alegar  resulta  ayuna  de  los  postulados   de   claridad  y  precisión  propios  de  la  casación,  pues  la  irregularidad  argüida  debió ofrecerse separadamente en aras del principio de  autonomía  de los cargos, situación que de suyo es suficiente para rechazar la  censura.   

         

          No  obstante,  encuentra  la Sala que la pretendida irregularidad no  constituye   una  afectación  de  las  garantías  procesales  de  MILLER  TIQUE  VANEGAS. En efecto, revisada  la  actuación  pertinente  se  observa  que,  ciertamente,  como  lo  anota  la  demandante  en la oportunidad en que el procesado rindió su primera indagatoria  estuvo  representado por una persona sin formación jurídica pero de reconocida  honorabilidad,  según  se concluye sin dificultad del acta de fecha abril 17 de  1994,  que  contiene  las  incidencias  de  su desarrollo visible a folio 16 del  cuaderno N° 1.   

          Pero  ello no es motivo suficiente para concluir en su irregularidad  o  invalidez,  porque  tal  como  insistentemente lo ha sostenido la Sala, no se  entiende  violado  el  derecho  de  defensa  técnica,  cuando  se  designa como  representante  una persona honorable en las diligencias de indagatoria cumplidas  antes  de  la  declaratoria  de inexequibilidad del inciso 1° del artículo 148  del  anterior  Código de Procedimiento Penal, ocurrida el 8 de febrero de 1996,  pues  el  fallo de inconstitucionalidad rige hacia el futuro y, antes de él, la  decisión  de  acudir  a un defensor lego en derecho estaba apoyada en una norma  que  no  había  sido retirada del ordenamiento jurídico y, por ende, gozaba de  presunción de constitucionalidad.   

          Finalmente,  como  lo  apunta el Ministerio Público, el reclamo por  la  presunta  vulneración  del  precepto  contenido  en  el  artículo  445 del  anterior  estatuto  procesal,  no  es  menos  informal  para  los  fines  de  la  casación,  pues  si  el reparo estaba orientado a destacar cómo a pesar de que  la  prueba  sólo  daba  para sembrar incertidumbre el Tribunal no lo consideró  así   aduciendo  certeza  donde  sólo  podía  haber  perplejidad,  se  hacía  imprescindible  la demostración de los errores de hecho que habrían llevado al  sentenciador  a  forjar  esa  falsa  convicción, así como la trascendencia que  éstos  supuestamente  tuvieran  en  la  parte  dispositiva del fallo, labor que  presupone  la realización de una nueva valoración de la prueba no afectada por  los vicios.    

Sobre    la   petición   de   casación  oficiosa   

         De  acuerdo  con  la  reseña procesal consignada al inicio de estas  consideraciones,  se  tiene  que  el  procesado  MILLER  TIQUE  VANEGAS,  con  fecha  29 de junio de 1994, hizo  llegar  al  fiscal  instructor  memorial  en  el  cual  solicita “se  autorice  la  aplicación  del  art.  37 del C.P.P. de SENTENCIA  ANTICIPADA,   y   disponer  la  diligencia  a  su  más  pronta  conveniencia”  (fl.  93),  petición  esta que no obstante haber sido  formulada  antes de la ejecutoria de la resolución que decretó el cierre de la  investigación  fue  denegada con el argumento de su extemporaneidad, situación  que  en  criterio  del  Procurador  Delegado  se  erige  en  una   evidente  violación  al  debido proceso al cerrarse al procesado la posibilidad de amparo  al  procedimiento  especial  consagrado  en  el  artículo  37  del ordenamiento  procesal  entonces vigente, en desmedro de ventajas de índole punitiva como las  consagradas  en la norma a la que finalmente no pudo acceder, razón por la cual  solicita  se  declare  la  nulidad  de  la  actuación  a partir inclusive de la  resolución  de  1º  de  julio  de  1994  por  medio de la cual la Fiscalía se  abstuvo de darle curso a la petición impetrada por el procesado.   

No  obstante, a la luz de los principios que  rigen  las  nulidades, no siempre la ausencia de una formalidad en la ejecución  de  un  acto  procesal  implica su invalidez pues el mismo puede ser convalidado  por  las  partes,  caso  en  el  cual  se  torna  idóneo  para  dar  paso a las  subsiguientes etapas del proceso.   

Del  análisis  de  la  secuencia  procesal  subsiguiente  a la petición del procesado MILLER TIQUE  VANEGAS,  y  la  actitud  asumida  por  la defensa, se  concluye   que  los  interesados  declinaron  ese  propósito,  o  cuando  menos  consintieron  la situación fáctico procesal que se presentó al negársele por  extemporánea  la  petición,  provocando,  con  su  actitud  procesal,  la  convalidación  de  la  irregularidad,  pues  en relación con el primero jamás  insistió  en su pretensión, y en cuanto a la segunda su interés siempre giró  alrededor  de  la  audiencia  especial  a  que se refería el artículo 37 A del  derogado  estatuto  procesal,  que  insistentemente  se le negó por las razones  conocidas.   

Precisamente  acerca de la convalidación de  las  irregularidades  por  la  conducta observada por los sujetos procesales, la  Sala ha precisado que:   

“…cuando  el  vicio   compromete   un   acto  de  postulación  discrecional  de  los  sujetos  procesales,   como   por   ejemplo  el  derecho  de  impugnación,  sus  efectos  convalidatorios   dependerán   no   solo   de  su  trascendencia,  sino  de  la  circunstancia  de  no  haber  sido  saneado  con  motivo  de la actitud procesal  asumida   por   la   parte  afectada,  pues  si  guarda  silencio  frente  a  la  informalidad,  o  concita  la  prosecución  del trámite procesal haciendo caso  omiso  de  ella,  habrá  de  entenderse  que  dispone  del  derecho  que le fue  socavado,  renunciando  a  su  eventual ejercicio, y que el vicio, por tanto, ha  sido  convalidado”  (Sentencia  de  casación  del 27-04-00. Radicado 12.029.,  M.P. Fernando Arboleda Ripoll)   

          La  sentencia anticipada es un acto de postulación discrecional del  procesado  pues  sólo su voluntad clara de renunciar al procedimiento ordinario  la  hace  viable,  y  no  por  la  imposición  del  funcionario, de donde en el  presente  caso  si éste era su verdadero interés, debió persistir en la etapa  del  juicio  con  la  consiguiente  rebaja  como  si hubiese ocurrido en la fase  instructiva,  solución  que  desnaturaliza  el  poder de invalidación que a la  irregularidad le atribuye el Ministerio Público.   

          A  dicha  solución  arribó  la  Sala  en el citado fallo del 16 de  abril de 1998, que frente al punto dijo:   

         

          “Y  en  cuanto  a  la  presunta  desintegración de las bases del  procedimiento,  no  se  advierte  de  tal entidad el efecto de la irregularidad,  porque  el  juzgado  no  se  inventó  el procedimiento especial, si se tiene en  cuenta  que  la sentencia anticipada es un rito cuya procedencia se regula tanto  para  la  fase  de  la  instrucción  como en la del juzgamiento. Ahora bien, el  reconocimiento  de una reducción de la tercera parte de la pena, en lugar de la  sexta  parte  que  era la procedente para ese entonces para la etapa del juicio,  no  sería  un  error  de  procedimiento  (in procedendo) sino del mérito de la  decisión  final  y  concerniente  a  la aplicación del derecho (in iudicando),  pues  si se recuerda la letra de los incisos 4° y 5° del articulo 37 del C. P.  P.,  la dismunición de pena la hace el juez en la sentencia, después de que ha  declarado  ausencia  de  violación de garantías fundamentales. Por ello, si la  situación  hubiese  sido  otra,  esto  es,  si,  no  obstante  haber solicitado  oportunamente  la  sentencia  anticipada en el sumario ésta sólo se realiza en  el  juicio  con  la  rebaja  de  pena  correspondiente  a  este  último momento  procesal,  la  solución tanto en sede de apelación como de casación no sería  la  nulidad del fallo sino su corrección para ajustar la pena de acuerdo con la  reducción   autorizada   para   la   oportunidad   inicialmente   rechazada.”   

Las razones expuestas constituyen fundamento  suficiente   para   negar   la   solicitud   de   nulidad   presentada   por  la  Delegada.   

          Al  margen  de  lo  anterior, en cuanto se relaciona con la eventual  aplicación  de  la  favorabilidad  por el tratamiento punitivo más benigno del  nuevo  Código Penal para el delito de homicidio, el Juez de Ejecución de Penas  y  Medidas  de  Seguridad,  decidirá lo pertinente de acuerdo con la previsión  contenida  en  el  artículo  79, numeral 7º del nuevo Código de Procedimiento  Penal (Ley 600 de 2000).   

          En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACION  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y por  autoridad de la Ley,   

R E S U E L V E  

No casar la sentencia recurrida.  

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese, devuélvase al Tribunal de origen y  cúmplase.   

                 ALVARO ORLANDO PEREZ PINZON   

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE    E.    CORDOBA  POVEDA   

HERMAN            GALAN  CASTELLANOS           CARLOS  A.  GALVEZ  ARGOTE                

JORGE        ANIBAL       GOMEZ  GALLEGO                 EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO               

CARLOS        E.        MEJIA  ESCOBAR                    NILSON PINILLA  PINILLA                        

No hay firma  

Teresa Ruíz Nuñez  

Secretaria  

    

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