9877 (03-04-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    DEMANDA   DE   CASACION/  FALSO  JUICIO  DE  EXISTENCIA/ FALSO JUICIO DE IDENTIDAD/ FALSO JUICIO DE CONVICCION   

Según  reiterada doctrina de la Corte, a los  errores  de  hecho  corresponden  las  siguientes  manifestaciones: a) cuando el  juzgador  ignora  una  prueba que obra materialmente en el proceso, o supone una  que  no  existe;  b)  cuando  distorsiona  el  contenido  fáctico  de la prueba  haciéndole  decir  lo  que  objetivamente  no dice; y, c) cuando al apreciar el  mérito  de  la  prueba  desconoce  de  manera  manifiesta las reglas de la sana  crítica  (Cfr.  Sentencias  de  febrero  13/95, Mag. Pte. Dr. Mejía Escobar, y  marzo 14/96, Mag. Pte. Dr. Fernando E. Arboleda Ripoll).   

Estas especies de error, a pesar de pertenecer  a  un  mismo  género, son esencialmente distintas, en cuanto que no es lo mismo  que  una  prueba  sea  ignorada  o  imaginada,  a  que haya sido tergiversada, o  apreciada  con  desconocimiento de los principios reconocidos por la lógica, la  experiencia o la ciencia.   

Por  esta  razón,  el censor, al plantear el  cargo,  debe  indicar  con  claridad  en  cuál  de  tales  yerros  incurrió el  juzgador,  no  siendo  permitido alegar a un mismo tiempo y respecto de la misma  prueba,   más  de  una  modalidad,  por  cuanto  el  planteamiento  resultaría  necesariamente equívoco.   

PROCESO                                    : 9877   

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                    Aprobado acta No.24 marzo 13/97   

                                                    Magistrado Ponente:   

                                                    Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa Fe de Bogotá, D. C., tres de abril de  mil novecientos noventa y siete.   

                      Decide la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  23  de  junio  de  1994,  mediante  la  cual  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial   de   Neiva  condenó  al  procesado  DIEGO  FERNANDO  CORTES  LOSADA  a  la  pena principal de 10  años    de    prisión,    al    declararlo    responsable    del   delito   de  homicidio.   

                      Hechos y  actuación procesal.-   

                      El  6 de  noviembre  de 1992, en el perímetro urbano del Municipio de Gigante (H), siendo  aproximadamente  las dos de la mañana, Diego Fernando Cortés Losada, Agente de  la  Policía  Nacional,  quien  se hallaba de civil, Javier Andrés Bravo Ramos,  estudiante  del  Colegio Nacional, y Mario Alberto Mora Bejarano, Director de la  Cárcel  del  lugar,  se  encontraron,  al  regresar  de una serenata, con Haner  Adrian  Romero  Falla,  Luis Mauricio Ramírez Bonilla y Oscar Luque, el primero  también   estudiante   del  Colegio  Nacional  y  los  últimos  del  Instituto  Agrícola,  quienes  les informaron que varios alumnos del citado Instituto, que  se   hallaban  departiendo  en  una  fiesta  de  despedida,  habían  pretendido  golpearlos.  El grupo decidió dirigirse al sitio de la reunión con el evidente  propósito  de  provocar  a los asistentes, presentándose un enfrentamiento, en  el  cual  Diego  Fernando  Cortés Losada no dudó en sacar su arma de dotación  oficial  para  dispararla  inicialmente  al aire y luego contra sus adversarios,  causándole  una  herida  en  la  cabeza a Luis Guzmán Ríos, que determinó su  muerte horas más tarde.     

                   La sentencia  impugnada  registró  la  secuencia  y  pormenores de los hechos de la siguiente  manera:   

                     “Siguiendo  tradición  común  en  varios  establecimientos  educativos, los alumnos de los  cursos  Décimo  del  Colegio  Agrícola  de  Gigante  organizaron una fiesta de  despedida  a  los de los cursos Undécimo, la cual se realizó en casa de Sandra  Liliana  Prieto  Ramírez,  en  la  calle  5a  No.9-43  del barrio 8 de mayo del  perímetro  urbano del Municipio en mención. Ni invitantes ni invitados estaban  autorizados  a  llevar  compañía. No obstante lo cual Juan Carlos Gaitán, con  la  anuencia  de  otros compañeros, llevó consigo a Haner Adrian Romero Falla,  Diego  Andrés Ardila, Carlos Andrés Longas y Yerid Amézquita, estudiantes del  Colegio   Nacional  ‘Ismael  Perdomo  Borrero’,  establecimiento  que  mantenía  ardiente  rivalidad  deportiva  y  cultural  con  el Agrícola. Los del Nacional  fueron  inicialmente bien atendidos. Ardila y Longas se marcharon sin problemas,  pero  luego  se  desencadenaron  incidentes  que obligaron a los organizadores a  pedir el retiro de los no invitados que quedaban.   

                    “Amézquita  y  Romero  salieron  en  compañía  de  Oscar Luque y Mauricio Rodríguez, pero  Haner  retornó acompañado de Luque y de Luis Mauricio Ramírez Bonilla, siendo  inducido   amigablemente  a  abandonar  la fiesta por la anfitriona y otras  alumnas,  entre  las  cuales  estaban  Myriam  Nelcy Villarreal y Luisa Fernanda  Ardila.  En  esos  momentos se aproximaban al lugar Mario Alberto Mora Bejarano,  ex-  alumno  del  Nacional  y  Director  de la Cárcel del lugar, Javier Andrés  Bravo  Ramos,  estudiante  del plantel ajeno a la fiesta y el procesado, quienes  habían  libado  en  lugares  diferentes  al  del  baile.  Al  ser enterados por  Ramírez  y  Romero  de los incidentes cumplidos, decidieron dirigirse al lugar,  ‘porque  la  calle  es  libre’,  desatendiendo  los ruegos de Liliana y Nelcy de  evitar  más  problemas.  Esta circunstancia no es recordada por CORTES pero sí  por Javier Andrés Bravo Ramírez, quien iba con él.   

                      “Gustavo  Arteaga  y  María  Albenia  Calderón  Calle,  alumnos  del  Agrícola  que  se  retiraban  de  la  fiesta,  recibieron ofensas verbales de Haner y Mora, ante lo  cual  retornaron  al lugar. Posiblemente informaron del incidente, puesto que un  grupo  de  diez o quince participantes de la fiesta, salió de ésta contestando  las  ofensas  en términos similares. Algunos hicieron ademán de recoger piedra  la  que,  según  se  constató en diligencia de inspección judicial, no es muy  abundante en el sector.   

                       “CORTES  LOSADA,  apartó  bruscamente  a  Sandra  Liliana, afirmando que iba arreglar el  problema.  La  muchacha  y  su  compañera  Myriam  Nelcy  corrieron a buscar un  teléfono.  El agente sacó su arma de dotación, la cual portaba contraviniendo  órdenes  de  no hacerlo cuando estaba franco. Según Haner Adrian Romero Falla,  estudiante  del  Nacional,  fue  esta  actitud  del procesado la que provocó el  lanzamiento  de piedras por los alumnos del Agrícola. CORTES disparó al aire y  al  no detenerse los del grupo, volvió a hacerlo, lesionando mortalmente a Luis  Guzmán Ríos.   

                     “La caída  de  su  compañero exacerba los ánimos de los estudiantes del Agrícola quienes  la  emprenden  contra  el hombre armado, sin detenerse ante nuevas detonaciones.  Joaquín  Guillermo  Suárez  (Joaco)  persiguió  al  hombre  armado que había  abatido  a  Guzmán  Ríos,  logró  alcanzarlo  y  propinarle golpes. El hombre  intentó  disparar  pero  ya  no  tenía  balas,  logrando  escabullirse. Según  algunos  testigos,  entre  otros  Javier  Andrés  Bravo  Ramos,  Joaco  gritaba  pidiendo  una  peinilla,  circunstancia que éste no recuerda y que el procesado  usó   para   justificar   su   actitud”   (fls.7   y   8   del   cuaderno   del  Tribunal).   

                           La  investigación  fue  iniciada  por la Fiscalía Seccional 17 de Garzón (Huila),  que  escuchó  en  indagatoria  al  Agente de la Policía Diego Fernando Cortés  Losada  y  resolvió  su  situación  jurídica  con  medida de aseguramiento de  detención preventiva, por el delito de homicidio (fls.3, 28 y 37).   

                        En  su  injurada,  el  procesado manifestó que la agresión provino de los estudiantes,  quienes  al  enterarse  que  era  policía  arremetieron  contra  él  a piedra,  viéndose  obligado  a  disparar  su  arma  en un ángulo de 65 o 70 grados para  disuadirlos,  pero  como  no  lo  lograra,  hizo  otro tiro más bajo, “para que  zumbara  el  oído  a los agresores”, sin intención de herir, presentándose el  infortunado  desenlace  (fls.28  y  ss).                    

               

                          Sus  compañeros  de  diversión,  Mario Alberto Mora Bejarano y Javier Andrés Bravo  Ramos,  aseguraron que cuando Cortés Losada disparó no estaba siendo objeto de  agresión  física  y solo cuando sacó el revólver, los estudiantes se armaron  de  piedras (fls.9 vto. y 50). El segundo de estos testigos, a la pregunta de si  Diego  había  sido  agredido  físicamente por alguien cuando hizo los primeros  disparos,  respondió:  “No  porque  él iba solo, él solo se dirigía hacia el  grupo  yo no escuché que Diego dijera nada, cuando él iba llegando desenfundó  el arma y no vaciló en hacer los dos disparos” (fls.50).   

                   Haner Adrian  Romero  Falla  y  Luis  Mauricio Ramírez Bonilla, sostienen que los estudiantes  atacaron  con  piedra  al  agente  de  la  policía  y  que éste, con el fin de  hacerlos retroceder, hizo los disparos (fls.4 y ss. y 57 y ss).   

                   Del grupo de  personas  que  se  encontraban  en  la  fiesta  cuando  los  hechos  ocurrieron,  declararon,  entre  otros,  Jaiver  Bonilla  Ramírez,  Myriam Nelcy Villarreal,  Sandra  Liliana  Prieto  Ramírez,  Joaquín  Guillermo Suárez y María Albenis  Calderón Calle, estudiantes todos del Instituto Agrícola.   

                       Jaiver  Bonilla  Ramírez,  sostiene  que cuando Haner Adrian regresó con sus amigos en  compañía  del agente de la policía, a quien no conocía, hicieron un disparo,  y  que  al  salir  a  la  calle  escuchó de boca de ellos que había llegado la  autoridad,  que  quién era el valiente que se las iba a montar. En ese momento,  su  compañero  Luis  Guzmán  Ríos les dijo que el problema era con él, y fue  entonces  cuando  el  policía  levantó  el  arma  y  le  disparó. Después se  escucharon  otras  detonaciones, cuando el tipo huía y era atacado a piedra por  algunos de los presentes (fls.10 y ss).   

                     Myriam  Nelcy  Villarreal  y  Sandra  Liliana  Prieto  Ramírez, afirman haber salido al  encuentro  del grupo del cual hacía parte el policía, con el fin de evitar que  llegaran  hasta el lugar de la fiesta, pero que sus ruegos y súplicas no fueron  escuchados  por  éstos.  Sandra  Liliana  sostiene  que  ellas inicialmente les  obstaculizaron  el  paso,  pero que Haner Adrian logró escabullírseles y junto  con  Luis Mauricio insultaron a sus compañeros Gustavo Arteaga y María Albenis  Calderón,  quienes  pasaban por el lugar. La pareja se devolvió y minutos más  tarde  aparecieron  en  la  esquina  los  muchachos  de la fiesta. Empezaron las  ofensas  verbales  entre  ambos  grupos,  ellas  no sabían que el procesado era  policía  ni  menos  que  estuviera  armado, de un momento a otro el tipo se les  soltó  y  todos se dirigieron hacia la esquina donde estaban los del Instituto,  iban  a  la  par  cuando  se escuchó un disparo. No supo quién lo hizo. Myriam  Nelcy  corrió  a  buscar un teléfono para llamar a la policía pero la señora  de  la  casa  no le contestó. Ella, salió en busca de la mamá de Haner Adrian  con  otra  compañera, cuando iban a mitad de camino escuchó el otro disparo, y  estando  allí se oyó una detonación más. Dice que es mentira que el policía  se  dirigiera al cuartel y que cuando sonó el primer disparo, los del Instituto  no  habían lanzado ninguna piedra, puesto que ella estaba de espaldas, evitando  que  los  del  grupo  de  Haner  Adrian  avanzaran,  y  si lo hubieran hecho, la  habrían lastimado (folios 53 vto. y 79).   

                    Joaquín  Guillermo  Suárez,  dice que cuando se escucharon los disparos estaba bailando,  pero  ante  los  gritos  de  “mataron  a  Luis”,  salió a la calle e inició la  persecución  del hombre del arma, a quien tumbó y logró darle unos puños. El  tipo  le  apuntó  y  accionó  el  gatillo pero ya no tenía balas, sin embargo  logró  safársele y huir, porque su intención era entregarlo a las autoridades  (fls.114).  De este incidente da también cuenta el testigo Javier Andrés Bravo  Ramos (fls.49 vto).   

                     María  Albenis  Calderón  Calle, se refiere en su testimonio a los ultrajes de que fue  objeto  por  el  grupo del que hacía parte el procesado cuando en compañía de  su novio Gustavo Arteaga pasaron por cerca de ellos (fls.81 vto.).   

                     El día  siguiente  a  los  hechos, se practicó reconocimiento médico legal al imputado  con  el  fin de determinar la presencia de lesiones en su cuerpo, encontrándose  laceraciones  y  escoriaciones en algunas de sus partes y una herida superficial  en   la   rodilla   izquierda,  causadas  por  trauma  contundente  y  abrasión  (arrastre).  Posteriormente, a instancia de la defensa, el Instituto de Medicina  Legal  efectuó  examen psicológico a Cortés Losada, cuyos resultados muestran  una  persona  con  vínculos  afectivos  adecuados  y  patrón de enfrentamiento  evitativo,  destacándose  en  su  personalidad  los  rasgos  obsesivos, lo cual  devela  un  yo  rígido,  inflexible,  que  se  libera  durante los períodos de  embriaguez,  produciéndose  conductas  como desinhibición, e inadecuación que  muestra  también  la afloración de los impulsos. Agrega el dictamen que, en su  caso,  el  equilibrio  que  mantenía sobrio se rompió con el consumo de licor,  presentándose  la  impulsividad  que  lo  llevó a cometer los hechos (fls.27 y  201-1).   

                     Con el  propósito  de  establecer  la ubicación de la residencia donde se realizaba la  fiesta  y  de  las  personas  que  declararon  en  el  proceso,  así  como  las  condiciones  de  visibilidad  y  las  características  del sector, se practicó  también  inspección  judicial  al  lugar  de los hechos, con la asistencia del  procesado y algunos testigos (fls.118 y ss-1).   

                  Cerrada la  investigación,  la  Fiscalía  la  calificó  con resolución acusatoria por el  delito  de  homicidio,  de  conformidad  con lo previsto en el artículo 323 del  Código  Penal  (fls.158 y ss). El juzgado Segundo Penal del Circuito de Garzón  Huila  asumió el conocimiento del proceso, y mediante sentencia de 4 de febrero  de  1994,  condenó  al  procesado  Diego  Fernando  Cortés  Losada  “a la pena  principal  de  20  meses  de  prisión,  e interdicción de derechos y funciones  públicas,  por el período de prueba de dos años”, al hallarlo responsable del  delito  de  homicidio,  cometido  en  exceso  de  legítima defensa, conforme al  artículo 30 ejusdem (fls.219-1).   

                     Apelado  este  fallo  por  el  Fiscal  y  el  representante  del  Ministerio Público, el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de Neiva, mediante el suyo de 23 de  junio  de  1994,  que  ahora  recurre  en  casación  la  defensa,  excluyó  la  diminuente  punitiva del artículo 30, condenando al acusado a la pena principal  de  10 años de prisión y la accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas  por el mismo término. Modificó también la condena por los daños y  perjuicios  decretada  en  primera  instancia y dispuso la captura del procesado  (fls.5 y ss. del cuaderno del Tribunal).   

                                  

                         La  demanda.-   

                        Con  fundamento  en  la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo, el recurrente  acusa  la  sentencia  impugnada  de  ser  violatoria  de  la ley sustancial, por  errores  de  hecho  en la apreciación de los testimonios de Haner Adrian Romero  Falla,  Javier  Andrés  Bravo Ramos, Mario Alberto Mora Bejarano, Luis Mauricio  Ramírez   Bonilla,   el  dictamen  médico  legal  sobre  lesiones,  el  examen  psicológico,   la   inspección   judicial,   el  protocolo  de  necropsia,  la  indagatoria  y  el  “indicio  de  personalidad  del  procesado”, a los cuales se  refiere de la siguiente manera:   

                    1.   Testimonio  de Haner Adrian Romero Falla.  De  esta  prueba  el  Tribunal  deduce  que fue “la actitud del  procesado  la  que  provocó  el  lanzamiento  de  piedras  por  los alumnos del  Agrícola”  y que las voces pidiendo un machete y las escoriaciones y abrasiones  en  el  cuerpo  del  Agente  se  presentaron  después  de los disparos, pero el  testigo  afirma  que  primero  ocurrió el lanzamiento de piedras y después los  disparos, de donde la tergiversación de su contenido es palmaria.   

                   Incurrió  el  Tribunal,  por  tanto,  en  error de hecho por falso juicio de identidad, al  recortar  de  este  testimonio lo relativo a la agresión de que fue víctima su  representado  y  los  disparos  que debió hacer en actitud preventiva. Además,  desconoció  la  experiencia,  que  enseña  cómo se enceguecen las masas en su  actividad  agresiva y cómo son de peligrosas. En síntesis, fuera de mutilar la  prueba,  dejó  de someterla a la sana crítica, aplicando los conocimientos que  depara la lógica y la experiencia (fls.34 cd. Tribunal).   

                    También  incurrió  en  error  de  hecho  por  falso  juicio  de identidad, al mutilar el  reconocimiento  médico  legal  sobre  lesiones, en cuanto que no solo dictamina  presencia  de  “escoriaciones”  y  “abrasiones”,  sino también una herida en la  rodilla   izquierda,   “concluyendo  el  galeno  oficial  que  se  empleó  arma  contundente, y la piedra es contundente” .   

                         2.  Testimonio de Javier Andrés Bravo Ramos.  Está  dentro  de los medios de prueba que la sentencia acusada  tiene  como  indicativos  de  que  la  pedrea fue posterior a la “agresión” del  procesado.   

                    El error  del  Tribunal,  radica  en  no  haberse  percatado  de todo el contenido de esta  declaración  y  haberla  tomado  solo  en  parte, mutilando su pleno contexto y  modificando  su significado probatorio, por lo cual incurre en un nuevo error de  hecho  por falso juicio de identidad. Para el censor, el ad quem se circunscribe  a  la  inicial  afirmación del testigo de que las agresiones de los estudiantes  eran  verbales y que solo después de los dos primeros disparos algunos de ellos  se   armaron   de   piedras,  siendo  que  el  declarante  relata  otros  hechos  importantes,  de  los  que  se  deduce  que  su representado fue rodeado por los  estudiantes  y  que  luego  de  haberse escuchado “como cuando tiran piedra”, es  cuando se hace el disparo fatal.   

                         3.  Testimonio     de     Mario     Alberto     Mora  Bejarano.  Es  otra  de  las  pruebas  que  sirve de  fundamento  al  Tribunal  para afirmar que la pedrea fue posterior a los hechos.   

                    También  en  la apreciación de este elemento de prueba el Tribunal comete error de hecho  por  falso  juicio de identidad, puesto que solamente recoge la aseveración del  testigo  de  que  al  procesado  “no  lo  estaban  atacando”, alterando su poder  probatorio.  La sentencia no precisa en qué momento fue esa ausencia de ataque,  como  sí  lo  hace  el  testigo  cuando sostiene que los estudiantes recogieron  piedras  “y  nos  las lanzaban”, habiendo observado que el agente corría con un  arma  en  la  mano y que hizo dos disparos al aire. Y si el procesado huía, era  porque  se  sentía  agredido.  Y  si  el  grupo de estudiantes lanzaba piedras,  “había  agresión  a  piedra,  y  ella  era  en primer plano contra el policía  armado. Así lo indica la lógica” (fls.36 ibidem).   

                   Cuando el  testigo  afirma  que  al  procesado  no  lo  estaban  atacando, se refiere a los  primeros  disparos. En ningún momento alude a la ausencia de ataque cuando hizo  el  disparo  mortal,  después  de  haber  intentado  detener  al  grupo con los  primeros tiros al aire.   

                         4.  Testimonio     de    Luis    Mauricio    Ramírez  Bonilla.  A  este  declarante  el  Tribunal le resta  credibilidad  argumentando  que  se contradice al afirmar en un principio que el  policía  recibió  una pedrada antes de sacar su arma, y luego que tal hecho no  lo  percibió  sino  que  lo  dedujo  del gesto de dolor del procesado. Además,  porque  es  refutado por Javier Andrés Bravo, Haner Adrian Romero y Mario Mora,  quienes   sitúan   la  pedrea  después  de  la  agresión  a  Cortés  Losada.   

                       Este  testigo  tiene  la calidad especial de ser estudiante del Instituto Agrícola. A  folios  58,  enfatiza:  “Antes  de  escucharse  los disparos fue cuando a él le  pegaron  y  fue cuando él sacó el arma”. El Tribunal incurre en error de hecho  por   falso  juicio  de  identidad  puesto  que  no  contempla  esta  importante  narración  y en vicios de lógica al deducir la supuesta contradicción, cuando  ella   no   existe.  De  este  modo,  “sobrepasa  su  facultad  legal  de  libre  apreciación  probatoria  para  penetrar en el campo vedado del pecado contra la  lógica     al     encontrar    una    contradicción    inexistente”    (fls.38  ibidem).   

                         5.  Dictamen  médico  legal  sobre lesiones.  Esta  prueba  no solo habla de escoriaciones y abrasiones, sino  también  de  una herida superficial en la rodilla izquierda, producida con arma  contundente,  plenamente  compatible  con  la causación mediante una piedra. Al  desconocer  el  Tribunal  la  parte del dictamen que describe esta herida, está  mutilando  la  prueba  y  de  contera incurriendo en un error de hecho por falso  juicio de identidad.   

                    Luego se  refiere  a  la  incidencia  en el fallo de los medios de prueba examinados, para  afirmar  que  si el Tribunal los hubiera analizado en conjunto y con sujeción a  las  reglas  de  la  sana crítica, hubiera concluido que su representado actuó  defensivamente,  frente  a  un  peligro  inminente,  actual  e  injusto, sin que  intencionalmente lo hubiera generado.   

                        6.-  Examen  psicológico. En  la  apreciación  de  esta  prueba  el Tribunal incurrió igualmente en error de  hecho  por  falso  juicio  de identidad, al estimarla solo en forma parcial. Con  relación   a   sus   conclusiones,  la  sentencia  textualmente  sostiene:  “El  miedo   es una emoción asténica o depresiva, en tanto que la impulsividad  o  agitación lo es esténica. Según el dictamen médico legal, no fue miedo lo  que  sintió  el  procesado  ante  los vociferantes muchachos del Agrícola. Mal  podía  sentirlo  sabiéndose  poseedor  de  un  arma  de fuego, de la que ellos  carecían.  Y  de  tener  un adiestramiento militar, ajeno a las experiencias de  los estudiantes” (fls.41).   

                         El  Tribunal  cercena  de  esta  prueba lo referente al “patrón de enfrentamiento”,  que  es  evitativo, y la  rigidez  del super-yo que hace que el procesado tenga sentimientos de culpa y de  autoreproche.  Cuando  en  el  examen  psicológico  (fls.203) manifiesta que le  tiene  miedo  a  las  peleas, está ratificando su calidad de evitativo, lo cual  significa que no busca el conflicto sino que lo elude.   

                    Si el ad  quem  hubiera  analizado  este  concepto,  habría  entendido  que  cuando Diego  Fernando  intervino entre los dos grupos de estudiantes, no buscaba el conflicto  sino evitar que continuara. De allí la incidencia del error.   

                  El segundo  aspecto,  referente  al  super  yo,  como  código  de nuestra conciencia que se  impone  con  fuerza  decisiva,  tampoco  es tenido en cuenta en la sentencia. En  cuanto  más  rígido sea, tanto más estaremos aferrados al camino de lo bueno,  y  precisamente  el  examen psicológico nos dice que el procesado no solo tiene  un  “yo  rígido”,  sino  “un  super-yo  con rigidez”. Por tanto, si el Tribunal  hubiera  tenido  en cuenta esta parte del dictamen, habría tenido un magnífico  elemento  de  juicio para entender que Cortés Losada tiene una personalidad que  no  encuadra  con  la  idea de acabar con la vida de un semejante, y que dado su  patrón  de  enfrentamiento  evitativo, al intervenir en la contienda lo hizo no  con   ánimo   camorrero,   sino   de   alguien   que  quiere  evitar  problemas  (fls.42).   

                   Agrega el  demandante  que  el dictamen no afirma la ausencia de miedo, como sí lo hace el  Tribunal,  de  donde surge claro el error de hecho denunciado. Y si bien, en una  clasificación  antigua  de  las  emociones,  se la ubicó entre las asténicas,  nunca  se  le  negó  su capacidad de generar reacciones destructivas-ofensivas.  Entonces,  cuando el ad quem deduce ausencia de miedo en el procesado “según el  concepto  de medicina legal”, no solo está haciéndole decir a la prueba lo que  no  reza,  sino  que  yerra  en  el sometimiento de ella a las reglas de la sana  crítica.   

                  Finalmente  sostiene  que  la impulsividad a que el  examen se refiere, no es tenida en  cuenta  como causa del actuar del procesado, “sino como una manifestación de la  conducta  liberada  del  habitual equilibrio o control comportamental, debido al  consumo  de licor” (fls.45), cuya acción, permitió que este hombre, mesurado y  prudente,  se tornara impulsivo, pero el dictamen no afirma cuál es la causa de  la impulsividad, ni está diciendo que el miedo no lo fuera.   

                   Por causa  de  este  desacierto,  el  Tribunal  descarta  lo  que  en sana lógica se puede  deducir  como  verdadera  motivación  de  haberse  disparado a menor altura con  pretensión intimidante.    

                         7.  Inspección      judicial,      necropsia      e  indagatoria.  El ad quem incurrió en error de hecho  por  falsos  juicios  de  existencia  al  ignorar las dos primeras pruebas, y en  falso juicio de identidad al recortar el contenido de la última.   

                     En  la  inspección  judicial  el  procesado  aclaró  que  al  utilizar  la  expresión  “disparé  mas  bajo  para  que  zumbara  el  oído  a  los agresores”, no quiso  significar  que  la  bala pasara por un lado de las orejas, sino simplemente que  bajó  la inclinación del arma. También aclaró que cuando hizo el disparo que  lesionó  al estudiante, el movimiento de su brazo se proyectaba de arriba hacia  abajo,  lo  cual coincide con la trayectoria del proyectil, según la diligencia  de  necropsia,  y  con  la  mayor  estatura del procesado. Pero estas pruebas no  fueron apreciadas por el Tribunal.   

                   Del plano  levantado  en  la  inspección,  surge  también que su protegido retrocedió 15  metros  antes  de  hacer  el segundo disparo, y la experiencia enseña que quien  retrocede  está eludiendo el peligro. Así mismo, que la distancia con el grupo  era  de  8.30  metros,  lo  cual  permitía  errores  en  el acierto del blanco.   

                    Si el ad  quem  hubiera  examinado  conjuntamente  esta  pruebas, habría entendido que el  procesado  estuvo  en  disposición de evitar el peligro, huyendo inicialmente y  retrocediendo  luego, pero la persistencia en la agresión del grupo lo forzó a  una  reacción defensiva sin que ella estuviera necesariamente acompañada de la  intención de matar.   

                         8.  Indicio  de  personalidad  del procesado.  El  Tribunal  omitió  estimar  que  el  procesado ha tenido un  pasado  limpio  y  una  personalidad  que  le ha permitido ajustar su vida a los  mandatos  de  la  ley   y  la  moral,  como lo muestran la conclusiones del  examen   psicológico,   las  propias  manifestaciones  de  su  protegido  y  la  declaración de María Luz Cardozo de Luna (fls.49).   

                                           Seguidamente  el  casacionista  se  refiere a las declaraciones de  Sandra  Liliana y Myriam Nelcy, para controvertir la afirmación del Tribunal en  el  sentido  de  que al acusado le quedaba la opción de retirarse. Sostiene que  las  testigos  ciertamente  le  presentaron  esa  alternativa al procesado, pero  antes  que  el  grupo de estudiantes saliera a atacarlo, no en el momento en que  se  presentó el peligro real. Además, Sandra Liliana se encontraba de espaldas  cuando  se  escuchó  el  primer  disparo,  por  lo  cual  no  pudo apreciar ese  instante,  aparte que Myriam Nelcy la infirma, al sostener que ellas corrieron a  buscar  un  teléfono  y  cuando  estaban  golpeando  oyeron  la detonación, no  antes.   

                     Bajo el  subtítulo  “Inexistencia del Dolo”, el recurrente se adentra en el análisis de  las  conclusiones  de  la sentencia en este punto, para sostener que el ad quem,  al   deducir   responsabilidad   a  título  de  dolo  eventual,  desconoce  “el  racionamiento  (sic)  lógico”,  lo  cual  no  le  está  permitido dentro de la  facultad  de  libre  valoración probatoria. En ningún momento, el procesado ha  aceptado  que disparó contra el grupo, y ya se vio que los disparos se hicieron  para  intimidar, sin ánimo de impactar. Si hubo imprudencia o temeridad en esta  acción,  no  se  estará en el campo del dolo, ni siquiera del eventual, puesto  que  en  ningún momento el procesado previó la muerte, ni la lesión personal.  Prácticamente   lo   que   se   está   deduciendo   es   una   responsabilidad  objetiva.   

                  Y disparar  a  corta  distancia,  no  siempre  trasciende  los  límites  de la imprudencia.  Hallándose   el   procesado   en  estado  de  embriaguez  y  nervioso  por  las  circunstancias  del  momento,  era factible que al disparar por encima del grupo  le  fallara  el  pulso, como acepta que le falló, actitud que, en sana lógica,  “no  alcanza a trascender el campo de la temeridad sin llegar a la asunción del  riesgo constitutivo del dolo eventual” (fls.52).   

                  Finalmente  sostiene:  “De  esta  manera, la conclusión de culpabilidad y responsabilidad a  que  llegó  el  H.  Tribunal en la sentencia acusada, es el claro efecto de los  errores  de  hecho  resaltados en esta demanda y en su actuar contraviniendo los  mandatos  de  la  lógica,  el  sentido  común y de la experiencia a que estaba  obligada  la  Corporación  dentro  de  su  libertad  de valoración probatoria”  (fls.55).   

                   Pide, por  tanto,  que  se case la sentencia impugnada y en su reemplazo se profiera la que  en derecho corresponda.   

                    Concepto  del Ministerio Público.-   

                     Para el  Procurador  Primero  Delegado en lo Penal los errores de apreciación probatoria  planteados  por  el  casacionista,  son  fundamentalmente de valoración, que de  tergiversación   de  su  contenido.  Desde  esa  óptica  hace  las  siguientes  precisiones:   

                  El Juez no  está  obligado  a  guiar  su  juicio  de certeza por la totalidad de una prueba  insularmente  vista,  de  manera que ella resulte imperativa, como si no hubiera  otros  elementos  de  convicción,  ni  existiera  la posibilidad de inveracidad  parcial  de  la  que es objeto de examen. Hoy día el juzgador puede tomar parte  de  una  declaración o de una prueba por considerarla convincente, sin que ello  anule  el  conocimiento derivado del segmento que acoge. Esto fue lo que hizo el  sentenciador  en  relación  con  el testimonio de Haner Adrian Romero Falla, al  tomar  su  primera  parte  como válida para su juicio crítico, y guiarse en lo  demás  por  otros  elementos  de  prueba.  Por  ello  no puede afirmarse que se  mutiló  o cercenó. De pensarse lo contrario, bastaría que un testimonio fuera  acogido  solo  en  parte  por  el Juez, para que se diera un error probatorio de  tergiversación.   

                   En cuanto  al  dictamen  médico  sobre  lesiones,  estima  que la objeción que se hace no  tiene  incidencia  alguna por fuera de la valoración de las pruebas, puesto que  el  recurrente  pretende  afirmar  que  se  desconoció la agresión anterior al  disparo  fatal,  en la idea que este último fue una reacción al inicial ataque  del grupo, para sustentar una defensa justa.   

                  Admitiendo  que  faltó  mencionar  la  lesión  en  la rodilla, es claro que al problema se  reduce  a  la  valoración  del  conjunto de la prueba, visto que el Tribunal ha  dicho  que  tales  efectos fueron posteriores a los disparos, como reacción por  el  homicidio,  lo que permite afirmar que la censura sería irrelevante para la  decisión,  de  cara  al  criterio  judicial  sobre  el  desarrollo fáctico del  suceso.   

                  En seguida  se  refiere  al error en la apreciación del testimonio de Javier Andrés Bravo,  para  sostener  que el casacionista, de nuevo, vuelve a considerar como error de  mutilación,  que se tome como base del conocimiento judicial un fragmento de la  versión  del  deponente. “El hecho que se atienda una parte de la prueba misma,  y  se desvalore en el resto con base en otras pruebas del proceso, es un tema de  valoración  probatoria,  que  no  permite casar la sentencia ante el sistema de  libre  persuasión  racional  del funcionario judicial sobre el acervo común de  pruebas” (fls.15).   

                     Similar  consideración  hace  al  referirse  al  ataque de que es objeto la sentencia en  virtud  de  la  apreciación  del  testimonio de Luis Mauricio Ramírez Bonilla,  agregando  que  el  propio  recurrente  admite que el juzgador lo examinó en su  integridad,  solo  que  le  negó  credibilidad,  de  donde  el  yerro sería de  valoración, no de contemplación objetiva de la prueba.   

                         En  relación  con  el  examen  psicológico,  precisa  que  sus conclusiones pueden  servir  como  referente  de  la  personalidad  del  autor  del ilícito, pero no  desvirtúan  la  objetividad  de  facto  que  el  sentenciador  ha  valorado, ni  significa  que  el  autor  no  rompa  con  ellas ante un estímulo en un momento  determinado.   

                     Y,  en  cuanto  a  la  inspección  judicial,  afirma que los datos allí registrados no  fueron  desconocidos  por  el  Juez,  sino valorados de modo distinto a como los  presenta  el actor. Lo que realmente se cuestiona es el significado de los datos  y  el  hecho  que  se  desatienda uno frente a otro, todo lo cual se ubica en el  campo de la valoración de las pruebas.   

                    Concluye  diciendo  que los errores denunciados no existen objetivamente y que, por tanto,  la sentencia no de be casarse.   

                         SE  CONSIDERA:   

                                           Insalvables  inconsistencias  de orden técnico se advierten en la  presentación  y desarrollo de la demanda de casación que impiden su estudio de  fondo.   De   una   parte,  la  formulación  dentro  de  la  misma  censura  de  proposiciones  jurídicamente  irreconciliables,  desacierto  que la Delegada no  analiza  en  su concepto, y de otra, la indiscriminada alegación de errores por  cercenamiento  de  los  medios  probatorios,  omisión  en  su  consideración y  desconocimiento  de  las  reglas  de la sana crítica, como si se tratara de una  misma  modalidad  de desacierto, aspecto, este sí, estudiado ampliamente por el  representante  del  Ministerio  Público,  cuyos  argumentos  la  Sala  prohija.   

                         El  estatuto  procesal  penal  permite al impugnante en casación la formulación de  cargos  excluyentes  en  el  cuerpo de una misma demanda, pero exige que lo haga  separadamente  y  de manera subsidiaria (art.225.4). Si este requerimiento no se  cumple,  el  escrito  deberá  desestimarse,  pues  en  virtud  del principio de  limitación  que  preside el recurso, a la Corte no le es permitido corregir las  deficiencias   del   libelo   ni   escoger  uno  de  entre  dos  o  más  cargos  contradictorios.   

                       Como  quedó  consignado al resumir la demanda, el actor inicialmente plantea en favor  de  su  representado la existencia de una legítima defensa, cuyo reconocimiento  invoca  al  amparo  de  los  errores  de  apreciación  probatoria  denunciados.  Simultáneamente,  y  con  apoyo  en argumentos similares, aduce la inexistencia  del  dolo  como  forma  de  culpabilidad,  dando a entender que su conducta pudo  haber  sido  imprudente,  es  decir, culposa, aún cuando también afirma que el  Tribunal Superior dedujo responsabilidad objetiva.    

                  Esta forma  de  argumentar,  desconoce  el  principio lógico de no contradicción, toda vez  que  una  conducta no puede estar amparada por una causal de justificación y al  mismo  tiempo  ser  culposa.  Si  la  antijuridicidad se niega, no es procedente  cuestionar  la  culpabilidad,  y  si  esta  última se afirma, necesariamente se  estará  admitiendo  que la conducta es típica y antijurídica (arts.3º, 4º y  5º     del     C.    P.).            

                    Además,  el  planteamiento  en  su  segunda parte, es equívoco, porque el demandante, al  negar  la  existencia del dolo, no presenta solución al caso, dejando entrever,  como  ya  se  anotó,  que  la  conducta  pudo haber sido culposa, pero también  inculpable,  con  lo  cual  introduce un nuevo elemento  de confusión a su  discurso.   

                     En las  anotadas  condiciones,  la  demanda  se  torna inexaminable, pues el recurrente,  dentro  del  cuerpo de una misma censura, presenta tres propuestas incompatibles  en  relación con una misma conducta (justificación del hecho, inculpabilidad y  culpabilidad   culposa),   planteamiento  que  contraviene  no  solo  el  citado  artículo  225  del  estatuto  procesal,  según  el cual los cargos excluyentes  deben   enunciarse   y   desarrollarse  en  capítulos  separados  y  de  manera  subsidiaria, sino elementales principios de lógica.   

                     La otra  inconsistencia  técnica,  referida  a la confusión que el actor crea alrededor  de  las distintas modalidades de error de hecho, y que fue ampliamente analizada  por la Delegada en su concepto, amerita algunas precisiones.   

                     Según  reiterada  doctrina  de  la  Corte,  a  los  errores  de  hecho corresponden las  siguientes  manifestaciones:  a)  cuando  el juzgador ignora una prueba que obra  materialmente  en  el proceso, o supone una que no existe; b) cuando distorsiona  el  contenido  fáctico  de  la prueba haciéndole decir lo que objetivamente no  dice;  y,  c)  cuando  al  apreciar  el mérito de la prueba desconoce de manera  manifiesta  las  reglas  de  la sana crítica (Cfr. Sentencias de febrero 13/95,  Mag.  Pte. Dr. Mejía Escobar, y marzo 14/96, Mag. Pte. Dr. Fernando E. Arboleda  Ripoll).   

                      Estas  especies  de  error, a pesar de pertenecer a un mismo género, son esencialmente  distintas,  en  cuanto  que  no  es  lo  mismo  que  una  prueba  sea ignorada o  imaginada,  a que haya sido tergiversada, o apreciada con desconocimiento de los  principios reconocidos por la lógica, la experiencia o la ciencia.   

                    Por esta  razón,  el  censor, al plantear el cargo, debe indicar con claridad en cuál de  tales  yerros  incurrió  el  juzgador,  no  siendo  permitido alegar a un mismo  tiempo  y  respecto  de  la  misma  prueba, más de una modalidad, por cuanto el  planteamiento resultaría necesariamente equívoco.   

                   Retomando  el  contenido de la demanda y las conclusiones de la sentencia de segundo grado,  plasmadas  en  la  narración  de  los hechos, se advierte, inicialmente, que la  mayor  parte  de  los  errores  que  el libelista presenta como de identidad por  cercenamiento  de  la  prueba,  no  tienen  tal entidad, sino que corresponden a  desaciertos  en  la  valoración de su poder persuasivo, por no haber sido en un  todo acogidos por el juzgador.      

                   Pero esta  no  es  la  única  deficiencia técnica en que el actor incurre. También aduce  modalidades  de  error excluyentes en relación con los mismos medios de prueba,  como  ocurre  con  los  testimonios de Haner Adrian Romero Falla, Javier Andrés  Bravo  Ramos,  Mario  Alberto  Mora Bejarano y Luis Mauricio Ramírez Bonilla, y  los   reconocimientos   médico   legales,   respecto  de  los  cuales  denuncia  mutilación  de  su  contenido  y  desconocimiento  de  las  reglas  de  la sana  crítica,  dando  a  entender  que estas dos clases de error confluyeron, con lo  cual el planteamiento termina siendo contradictorio.   

                                                                                                                                                                                                                                                

                   Al margen  de  las  anotadas  falencias  técnicas,  la  Corte  de  todas maneras considera  oportuno  señalar  que  los  reparos  de apreciación probatoria que la demanda  contiene,  resultan  infundados,  sea  cual fuere la modalidad de error de hecho  dentro  del cual se analicen. El único reproche con algún soporte real, sería  el  relacionado  con  la distorsión del testimonio de Haner Adrian Romero Falla  en  su  expresión  fáctica,  ya  que el Tribunal ciertamente lo cita entre los  declarantes  que  sitúan  los  disparos  antes  del lanzamiento de las piedras,  cuando,   según   se   dejó   visto,  afirma  todo  lo  contrario;  pero  esta  equivocación  en  nada modifica las conclusiones de la sentencia, puesto que no  fue  el  único  elemento  de prueba que sirvió de soporte al fallo de condena.  También  lo  fueron  los  testimonios de Sandra Liliana Prieto Ramírez, Myriam  Nelcy  Villarreal,  Javier  Andrés  Bravo  Ramos y Mario Alberto Mora Bejarano,  estos  dos  últimos  acompañantes del procesado y por ende supuestas víctimas  también  de  las agresiones de los estudiantes del Instituto, quienes, al igual  que  Sandra  Liliana,  desmienten  que hubiera existido un inicial apedreamiento  por parte de éstos.   

                     En  lo  demás,  la  demanda  carece en absoluto de fundamento. La pequeña herida en la  rodilla  izquierda  del  procesado, que el dictamen médico legal sobre lesiones  personales  describe,  no  prueba  que el ataque de los estudiantes hubiese sido  primero.  Ni  siquiera  que  dicha  lesión  haya  sido  causada  con una piedra  arrojada  por ellos, como se ha empeñado en afirmarlo el impugnante, pues igual  resultado  pudo  presentarse  en  el  enfrentamiento  que el agresor sostuvo con  Joaquín  Guillermo  Suárez  después de ocurridos los hechos. De todas formas,  las  posibilidades  de causación de esta herida son tan variadas, que el reparo  termina apoyándose en simples conjeturas.   

                    En torno  al  examen  psicológico,  basta  decir,  con  el Ministerio Público, que dicho  estudio  puede  servir  como  referente  de la personalidad del autor del hecho,  pero  no  de  una  verdad  necesariamente  ajustada  a  sus patrones de conducta  habituales,  en  cuanto  que  las características de la personalidad no indican  fatalmente  que el autor no pueda llegar a romper con ellas, aspecto que destaca  el  Tribunal  apoyado  en  las  propias  conclusiones de la pericia, en la cual,  después  de  hacerse  referencia  a los principales rasgos comportamentales del  procesado,  dentro  de  los  que  se  destacan  un  yo  rígido  y un patrón de  enfrentamiento  evitativo,  se  lee:  “Esa falta de flexibilidad que presenta se  libera  siempre  durante  los  períodos  de embriaguez produciéndose conductas  como  desinhibición  e inadecuación que muestra también la afloración de los  impulsos.  En  su  caso  el  equilibro  que  mantenía  sobrio se rompió con el  consumo  de  licor  produciéndose la impulsividad que lo llevaron a cometer los  hechos que ya conocemos” (fls.204).   

                  Los mismos  argumentos  son  válidos  para  desatender las afirmaciones del casacionista en  relación  con  el  error  de  existencia,  por  haber supuestamente ignorado el  Tribunal   el   indicio  de  “personalidad  del  procesado”,  inferible  de  las  características        de        ésta        y       su       pasado       sin  reproches.          

   

                      Tiene  igualmente  razón  la  Delegada  cuando sostiene, al referirse a la inspección  judicial,  que  los  registros  fácticos  tomados  en esta diligencia no fueron  desconocidos  por  el  ad  quem,  sino  valorados  en  forma  distinta a como lo  pretende  el  impugnante.  No  se olvide que la reconstrucción de los hechos se  hace  partiendo  de  la  versión  de los testigos y el procesado, por lo que el  Tribunal,  al  desechar  las  afirmaciones  de  este último sobre la forma como  habrían  ocurrido, desestimaba, no ignoraba, lo dicho por él en su indagatoria  y en la inspección a ese respecto.   

                     Dígase  finalmente  que  no es cierto que el protocolo de necropsia respalde la versión  del  procesado,  en  el  sentido  de que al momento de disparar tenía levantado  ligeramente  el  brazo,  en  la  forma  indicada  en  la  fotografía No.5 de la  diligencia de inspección judicial.   

                                           Elementales  reglas  de balística enseñan que la trayectoria del  proyectil  a  través  del  cuerpo humano no está determinada por el movimiento  ascendente  o  descendente  del brazo del agresor al producirse el disparo, sino  por  la  ubicación  del  arma  al momento de la detonación, la posición de la  víctima  al  ser  impactada  y la naturaleza del tejido interesado, entre otros  factores.   

                  De acuerdo  con  el  protocolo  de  necropsia,  la  bala  que  hizo  blanco en la cabeza del  estudiante  Luis  Guzmán  Ríos,  penetró  de  arriba  hacia abajo (fls.63-1),  trayectoria  que, conocida la ubicación de la víctima, descarta la afirmación  de   que   el   agresor   tenía   levantado   el   brazo   cuando  accionó  el  arma.   

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo expuesto, LA CORTE SUPREMA, SALA DE CASACION PENAL, oído el concepto del  Procurador  Primero  Delegado, administrando justicia en nombre de la república  y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                    NO CASAR  la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al Tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                      CARLOS    A.    GALVEZ  ARGOTE                                      

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA            JORGE ANIBAL  GOMEZ GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                            DIDIMO   PAEZ   VELANDIA   

                         

NILSON    PINILLA   PINILLA                              JUAN   MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

Patricia Salazar Cuéllar  

SECRETARIA       

                                                    

     

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