9765 (04-02-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    HOMICIDIO-Ley  40  de  1993/  LEGALIDAD DE LA  PENA   

1.   La   Corte  Constitucional,  en  sentencia  No.565 de 7 de diciembre de 1993, al estudiar la  exequibilidad  de  los artículos 1º, 28, 29, 30 y 31 de la ley 40 de ese año,  analizó,  entre otros aspectos, el relativo a la unidad de materia del proyecto  de  ley,  declarando,  a  partir de este análisis, la constitucionalidad de los  citados preceptos.    

Siendo   ello   así,  no  cabría  aplicar  excepción  de inconstitucionalidad por este específico motivo, toda vez que el  órgano  encargado  de  este  control  ya  se  pronunció  con autoridad de cosa  juzgada  sobre el punto (artículos 243 de la Carta Política y 48 de la ley 270  de  1996),  como  se  desprende  de  los  siguientes  apartes de la sentencia de  exequibilidad:             

                     

“Aclaración  preliminar.   Debe   la   Corte  comenzar  por  dejar  claramente  establecido que entre los tipos penales a que se refieren las normas  demandadas,  cuyo  aumento  de  penas  le  corresponde examinar en este estrado,  hay  la debida unidad de materia. Ella es evidente en  su  conexidad axiológica, dada por la identidad de los bienes jurídicos que el  legislador  busca proteger al incriminar el homicidio y el secuestro,  la  cual  en este caso se refleja en el incremento del quantum de  los  límites  mínimo y máximo de las penas en ambos casos de 25 a 40 años de  prisión,  y  en  su agravación por razón de análogas circunstancias, en cuya  virtud se enlazan recíprocamente.   

En cuanto a lo primero, y según se analizará  en  detalle  más  adelante,  los  delitos  de secuestro y homicidio, por igual,  lesionan  de  manera  grave  los  bienes  supremos  de  la vida, la libertad, la  dignidad,  la  familia y la paz, entre otros derechos fundamentales que consagra  la constitución.   

“En cuanto a lo segundo, es sabido que por lo  general,  con  el objeto de obtener la unidad, provecho o finalidad perseguidos,  los  autores  o  partícipes  en  el  delito de secuestro presionan la entrega o  verificación  de lo exigido, con la amenaza de muerte o lesión de la víctima.  Del  mismo modo, lamentablemente, las más de las veces a ella le sobrevienen la  muerte  o  lesiones  personales  por causa o con ocasión del secuestro. De ahí  que  las  circunstancias mencionadas se hayan erigido en causales de agravación  punitiva,  las  primeras del delito de secuestro (artículo 3º, numerales 7º y  11  de  la ley 40 de 1993) y las segundas del delito de homicidio (artículo 30,  numeral 2º, ibídem)” (negrillas fuera de texto).   

2.  No  es  cierto  que  la ley 40 de 1993 se  refiera  exclusivamente  al  tema  del  secuestro,  o  que  el  legislador  haya  pretendido  limitar  la aplicación de sus artículos 29 y 30 a los casos en los  cuales  el  homicidio guarde algún nexo con el citado delito contra la libertad  individual.   

La mencionada ley, en su enunciado, además de  noticiar  la  adopción  del  estatuto  nacional contra el secuestro, anuncia la  expedición  de otras disposiciones, dejando de esta manera en claro que el tema  del secuestro constituía materia dominante, pero no única.   

3.  El  capítulo  relativo  al  “aumento   de   penas”,   en   donde  se  establecen   los   incrementos   punitivos  para  los  delitos  de  homicidio  y  extorsión,   surgió   de  la  necesidad  de  adoptar  una  política  criminal  coherente,  que  armonizara  las nuevas penas previstas para el secuestro con el  esquema  punitivo  básico del Código Penal, y con las establecidas para hechos  punibles  que,  como  la  extorsión  o  el  homicidio,  comprometen bienes  jurídicos   de   igual   o   mayor   valor.  Esto  explica  las  modificaciones  paralelamente  introducidas  a  los  artículos  28  y  44  del  Código  Penal.   

Cierto es que el proyecto inicial ingresó al  Congreso  sin  estas  reformas,  pero  en el curso de los debates se planteó la  necesidad  de  incluirlas para darle coherencia, como se desprende del contenido  de  la  ponencia  en  la  Cámara,  en donde se dijo: “En el curso de la fecunda  discusión  que  esta  iniciativa  ha  tenido  en  el Senado se planteó, no sin  razón,  que  no  podría  tratarse  punitivamente la conducta del secuestro con  mayor  severidad  que  la  del  homicidio.  Ello  condujo  a  que  se  adoptaran  decisiones  legislativas,  agravando  también  las  penas para el homicidio que  mantuvieran  principios  universales  de  la  ´dosimetría penal´” (Gaceta del  Congreso de nov.18/92).    

4.  El texto de los artículos 29, 30 y 32 es  de  tal  claridad  que  cualquier  pretensión encaminada a limitar o ampliar su  sentido     resulta     un    despropósito.    La    expresión    “quedará       así”,      utilizada  sistemáticamente  por  el legislador para anunciar las nuevas disposiciones, no  permite  abrigar  dudas  sobre  la subrogación de los artículos 323, 324 y 355  del Código Penal, ni la autonomía de los nuevos preceptos.   

5.  Un  estudio sistemático-teleológico del  citado   estatuto  devela  igualmente  la  inconsistencia  de  la tesis que  propugna  por  una  aplicación  limitada de los artículos 29, 30 y 32, pues el  numeral  11  del artículo 3º ejusdem,   recoge como circunstancia de  agravación  punitiva  para  el   secuestro  extorsivo,  la  hipótesis del  concurso  con los delitos de homicidio y lesiones, no siendo por tanto de recibo  la  afirmación de que la pena prevista en los citados artículos solo puede ser  aplicada  en  casos  de conexidad. Absurdo sería, ha dicho la Sala, “considerar  que,  en  un  mismo  estatuto  legal, el legislador fije dos penas bien diversas  para  unos  mismos  hechos,  ésta  que  acaba de señalarse de un máximo de 60  años,  y  la  otra  de  un tope de 40 del artículo 29, lo que por fuerza de la  razón  conduce,  fatalmente,  a  la  certidumbre de que la pena en este último  artículo  erigida, para nada demanda la correlación con el secuestro, sino que  es  definitivamente  independiente  de  tal  circunstancia”  (Casación de 21 de  noviembre de 1995, Magistrado Ponente Dr. Galvez Argote).   

La  Sala,  en  jurisprudencia  reiterada,  ha  sostenido   que   el   carácter   normativo   de   la   Carta  Política  y  la  constitucionalización   del   principio   de  legalidad,  impiden  postular  la  prevalencia  del  mandato que proscribe la reforma peyorativa de las sentencias,  y  su consiguiente aplicación, con desconocimiento de aquél. La Constitución,  se  ha  dicho, garantiza la irreformabilidad de las sentencias sobre el supuesto  que  el acto jurisdiccional no desborde la legalidad básica, entendida como los  límites  a  partir  de  los cuales, o dentro de la cuales, la ley le entrega al  Juez  la  facultad de juzgar (Cfr. Sentencias de  Julio 29/92 Mag. Pte. Dr.  Páez  Velandia, agosto 31/95 Mag. Pte. Dr. Calvete Rangel y oct.28/97 Mag. Pte.  Dr. Mejía Escobar, entre otras).   

PROCESO  No.  9765            

         CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

         SALA DE CASACION PENAL   

                                                                 Aprobado acta No.12   

                                                                 Magistrado Ponente:   

                                                                 Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe  de  Bogotá,  D.  C.,  cuatro de  febrero de mil novecientos noventa y ocho.   

                     Decide la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  4  de  mayo de 1994, mediante la cual el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Cali  condenó al procesado ANGEL ARGELIO CASTILLO  CASTILLO a la pena principal de 25 años de prisión,  como autor responsable del delito de homicidio.   

                     Hechos y  actuación procesal.-   

                     El  4 de  febrero  de  1993,  frente a la residencia marcada con el No.50-07 de la carrera  38B  de aquélla ciudad (barrio El Retiro), Angel Argelio Castillo Castillo puso  fin  a  una discusión que sostenían en esos momentos Sandra Lucía Gil y Emiro  Riascos   Torres  (a.  Elmer),  propinando  a  este  último  heridas  con  arma  cortopunzante que horas más tarde produjeron su muerte.   

                   Iniciada la  investigación  por  estos  hechos,  la  fiscalía  vinculó al proceso mediante  indagatoria  a Castillo Castillo, definió su situación jurídica con medida de  aseguramiento  de  detención preventiva y, mediante proveído de 10 de junio de  1993,  calificó  el  mérito  del  sumario con resolución de acusación por el  delito de homicidio (fls.18, 42 y 184).   

                    Rituada la  causa,  el  Juzgado  Trece Penal del Circuito de Cali condenó al procesado a la  pena  principal  de  10  años  de  prisión, y la accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por el mismo término, como autor responsable  del  delito  imputado  en  la  providencia acusatoria, aclarando que aplicaba la  pena  prevista  en el artículo 323 del Código Penal, y no la establecida en el  29  de  la  ley  40  de  1993,  por  no  estar  relacionado  el  hecho con actos  terroristas ni secuestro (fls.302 ss).   

                  Apelado este  fallo  por  la  defensa,  el Tribunal Superior de Cali, mediante el suyo de 4 de  mayo  de  1994,  que ahora el Procurador 64 en lo Judicial recurre en casación,  lo  modificó para aplicar al procesado la pena mínima prevista en el artículo  29 de la ley 40 de 1993 (fls.322).   

                          La  demanda.-   

                         Con  fundamento  en  la  causal primera de casación el demandante acusa la sentencia  impugnada  de  violar  de  manera  directa  la  ley  sustancial, por aplicación  indebida  del  artículo 29 de la ley 40 de 1993, y falta de aplicación del 323  del Código Penal (Decreto 100 de 1980).   

                   Después de  transcribir  apartes  de  la  sentencia No. C-565 de la Corte Constitucional, de  diciembre  7  de 1993, en la cual se estudió la exequibilidad de los arts. 1º,  28º,  29º,  30º  y  31º de la ley 40 del mencionado año, el censor sostiene  que  la  Corporación,  al examinar y afirmar la unidad de materia del proyecto,  aludió  a  la  relación  existente entre el delito de secuestro y el homicidio  conexo  con  éste,  en  modo  alguno  al  homicidio  cometido por fuera de esta  hipótesis,  puesto  que,  de  haberlo  hecho,  habría  tenido  que declarar la  inconstitucionalidad  de  los  referidos  artículos 29 y 30, por violación del  mandato  contenido  en  el  158  de  la  Carta  Política,  cuyo  texto  pasa  a  transcribir para acotar:     

   

                     “De  tal  manera  que,  la  norma constitucional impone al legislador que en todo proyecto  de  ley  se  guarde  armonía  y  unidad de materia, premisa igual para la Corte  Constitucional  declarar  la exequibilidad de los artículos relacionados con el  homicidio.   

                     “Y si lo  anterior  se  impuso  para  el  legislador,  y para la Corte Constitucional, con  mayor  razón,  es imperativo para el juzgador, la rama judicial, aplicar la ley  para  cada  caso  particular,  si  las  leyes  guardan  armonía  con los hechos  investigados.  Esto  quiere  decir, que en el caso del delito de homicidio, para  que  se sancione conforme a la ley 40 de 1993, es necesario que el hecho punible  este  integrado o conexo al delito de secuestro, única forma para reconocer que  la  normatividad se refiere ´a una misma materia´, como lo impone el artículo  158  de  la Constitución Nacional. Por consiguiente, es explicable que la Corte  Constitucional,  anote  en  el  resuelve  la  exequibilidad  de  la ley ´en los  términos de la presente sentencia´.   

               Además,   si  se  consulta  la  voluntad  del  legislador,  se  advertirá que su propósito fundamental fue castigar con mayor  severidad  los  delitos  de  secuestro  y  extorsión, tal como se desprende del  contenido  de  los  artículos  11  y  33  de  la  ley, en cuyo texto no se hace  referencia  al homicidio, precisamente porque dicho estatuto no le es aplicable,  salvo que concurra con el secuestro.   

                 El aumento  de  las  penas  para  el  homicidio  debió  hacerse  para nivelar la punición,  teniendo  en cuenta que el secuestro extorsivo adscribía pena de prisión de 25  a  40 años, mientras el homicidio simple preveía pena privativa de la libertad  de 10 a 15 años, y el agravado de 16 a 30 años.   

                   Sostiene  que  el  comentario  de  la  Corte  Constitucional,  en el sentido de que sería  imposible,   por   ilógica,   la   exigencia   de   que  el  proyecto  aludiera  exclusivamente  al delito de secuestro, dejando de lado otros como el homicidio,  las  lesiones  o  la extorsión, directamente relacionados con él, no deja duda  de  la vinculación que debe existir con el delito contra la libertad individual  para que sea viable la aplicación de esta ley.   

                  Se está,  agrega,  en presencia de una situación jurídica similar a la que se vivió con  la  expedición  del Decreto 180 de 1988, caracterizada por la vigencia paralela  de  normas  penales,  pues  los  artículos  323  y  324  del Código continúan  teniendo  aplicación  en  los casos no relacionados con el delito de secuestro.  De lo contrario, será la ley 40 la que deberá aplicarse.   

                 Se refiere  luego  al  acontecer  fáctico  para  sostener  que,  como  los hechos objeto de  juzgamiento  nada  tienen  que  ver  con  el delito de secuestro, el Tribunal no  debió  haber  aplicado  la ley 40, sino el artículo 323 del Código Penal. Por  tanto,  pide  a  la Corte casar parcialmente la sentencia impugnada, para que se  corrija  el desacierto imponiendo al procesado Castillo Castillo la pena mínima  privativa   de   la   libertad   prevista  en  la  citada  norma  (10  años  de  prisión).         

                   Concepto  del Ministerio Público.-   

                   Después  de  aludir  al  contenido  de los artículos 21 del estatuto procesal penal y 27  del  código  civil,  el  Procurador  Primero  Delegado  sostiene que si bien es  cierto  la  ley  40  de 1993 adoptó el “estatuto nacional contra el secuestro”,  también  contiene   “otras  disposiciones”  con  ubicación  independiente  dentro  del  contexto  de  las  materias  allí  tratadas,  como acontece con el  capítulo  que  contempla  el  aumento  de  penas,  dentro  del cual se halla el  artículo  29,  que retoma la descripción legal contenida en el 323 del Código  Penal  con  el  único  fin  de aumentar su punibilidad, no con el propósito de  crear un tipo especial como lo sugiere el demandante.   

                   Su texto  no  involucra  afirmación o expresión alguna que permita sostener válidamente  que  solo  rige para casos relacionados con el secuestro, ni su espíritu fue el  de  crear  un  nuevo  tipo  penal, dejando vigente la norma del Código para los  otros supuestos.   

             Por  su  parte,  la  Corte  Constitucional, al  declarar  la  exequibilidad de los artículos 29 y 30 de la ley, estimó que las  penas  en  ellos  establecidas  son las aplicables en adelante para el homicidio  simple  y  el  agravado, después de admitir que los artículos 323 y 324 fueron  derogados en su integridad por las citadas disposiciones.   

                   Además,  el  artículo  40  de  la  citada  ley  consagra  tácitamente su derogación al  precisar   que   rige   a  partir  de  su  promulgación  y  “deroga  todas  las  disposiciones  que  le  sean  contrarias”, situación que analizada frente a los  efectos  jurídicos  de  los fallos de exequibilidad, según el artículo 243 de  la  Carta  Política,  “permiten  afirmar  que  no  existen  dos  normas legales  tipificantes de figuras punibles de homicidio” (fls.17 cd. Corte).   

                 Por tanto,  al  imponer  el ad quem al procesado la pena de 25 años de prisión, conforme a  las  previsiones del artículo 29 de la ley 40 de 1993, no hizo cosa distinta de  preservar  el  principio  de  legalidad  de  las  penas,  ya que el a quo, en un  evidente   error   de   selección,  dio  equivocada  aplicación  a  una  norma  derogada.   

                 Finalmente  se  refiere  al  contenido  del artículo 31 de la Carta Política para sostener  que,  en  el  caso  sub judice, tampoco se vulneró este precepto, puesto que la  garantía  que allí se consagra presupone que el acto haya sido cumplido dentro  de   los  marcos  de  la  legalidad.                                 

                                Pide,  en  consecuencia, no casar la sentencia  impugnada.   

                        SE  CONSIDERA:   

                  Tránsito  de legislación:   

                   Antes de  entrar  en  el estudio del cargo es  preciso señalar que los hechos objeto  de  juzgamiento  tuvieron  ocurrencia  el  4  de  febrero  de 1993, cuando ya se  encontraba  vigente  la  ley  40  de  1993,  lo cual descarta de plano cualquier  consideración  en torno a la aplicabilidad del artículo 323 del Decreto 100 de  1980, por razones de favorabilidad.   

                        El  cargo:   

                        En  distintos  pronunciamientos  esta  Sala ha tenido la oportunidad de analizar los  aspectos  planteados  por  el  recurrente  y  de señalar que la ley 40 de 1993,  además  de no violar el principio constitucional de unidad de materia, subrogó  de  manera  clara  los  artículos  323,  324 y 355 del Código Penal, no siendo  necesario  para  su  aplicación  la existencia de un nexo sustancial o procesal  con  el  delito  de  secuestro.  Así lo ha sostenido, entre otros, en fallos de  nov.21/95,  jul.25/96,  jul.3/97,  sep.25/97  y  dic.9/97,  en los cuales se han  hecho las siguientes precisiones:     

                   

                    1.  La  Corte  Constitucional,  en  sentencia  No.565  de  7  de  diciembre  de 1993, al  estudiar  la  exequibilidad  de los artículos 1º, 28, 29, 30 y 31 de la ley 40  de ese año,   

analizó, entre otros aspectos, el relativo  a  la  unidad  de  materia  del  proyecto  de  ley, declarando, a partir de este  análisis, la constitucionalidad de los citados preceptos.    

                    Siendo  ello  así,  no  cabría  aplicar  excepción  de  inconstitucionalidad por este  específico  motivo,  toda  vez  que  el órgano encargado de este control ya se  pronunció  con  autoridad  de cosa juzgada sobre el punto (artículos 243 de la  Carta  Política  y  48  de  la  ley  270  de  1996),  como  se desprende de los  siguientes          apartes          de          la         sentencia         de  exequibilidad:             

                   

                                          “Aclaración   preliminar.  Debe  la  Corte  comenzar  por dejar claramente establecido que  entre  los  tipos  penales a que se refieren las normas demandadas, cuyo aumento  de    penas    le   corresponde   examinar   en   este   estrado,   hay  la debida unidad de materia. Ella es evidente en su conexidad  axiológica,  dada  por  la identidad de los bienes jurídicos que el legislador  busca   proteger   al   incriminar   el  homicidio  y  el  secuestro,  la cual en este caso se refleja en el incremento del quantum de  los  límites  mínimo y máximo de las penas en ambos casos de 25 a 40 años de  prisión,  y  en  su agravación por razón de análogas circunstancias, en cuya  virtud se enlazan recíprocamente.   

                  En cuanto  a  lo  primero,  y según se analizará en detalle más adelante, los delitos de  secuestro  y  homicidio, por igual, lesionan de manera grave los bienes supremos  de  la vida, la libertad, la dignidad, la familia y la paz, entre otros derechos  fundamentales que consagra la constitución.   

                 “En cuanto  a  lo segundo, es sabido que por lo general, con el objeto de obtener la unidad,  provecho  o  finalidad  perseguidos,  los  autores o partícipes en el delito de  secuestro  presionan la entrega o verificación de lo exigido, con la amenaza de  muerte  o  lesión  de la víctima. Del mismo modo, lamentablemente, las más de  las  veces a ella le sobrevienen la muerte o lesiones personales por causa o con  ocasión  del  secuestro.  De  ahí  que las circunstancias mencionadas se hayan  erigido  en  causales  de  agravación  punitiva,  las  primeras  del  delito de  secuestro  (artículo  3º,  numerales  7º  y  11  de  la ley 40 de 1993) y las  segundas   del   delito  de  homicidio  (artículo  30,  numeral  2º,  ibidem)”  (negrillas fuera de texto).   

                   2. No es  cierto  que la ley 40 de 1993 se refiera exclusivamente al tema del secuestro, o  que  el legislador haya pretendido limitar la aplicación de sus artículos 29 y  30  a  los  casos  en  los  cuales el homicidio guarde algún nexo con el citado  delito contra la libertad individual.   

                        La  mencionada  ley,  en su enunciado, además de noticiar la adopción del estatuto  nacional   contra   el   secuestro,   anuncia  la  expedición  de  otras  disposiciones,  dejando de esta  manera  en  claro  que el tema del secuestro constituía materia dominante, pero  no única.   

                    3.  El  capítulo  relativo al “aumento de penas”,  en  donde  se  establecen  los  incrementos  punitivos para los  delitos  de  homicidio  y  extorsión,  surgió  de  la necesidad de adoptar una  política  criminal coherente, que armonizara las nuevas penas previstas para el  secuestro  con  el  esquema  punitivo  básico  del  Código  Penal,  y  con las  establecidas  para hechos punibles que, como la extorsión o el homicidio,   comprometen  bienes  jurídicos  de  igual  o  mayor  valor.  Esto  explica  las  modificaciones  paralelamente  introducidas a los artículos 28 y 44 del Código  Penal.   

                  Cierto es  que  el  proyecto  inicial  ingresó  al Congreso sin estas reformas, pero en el  curso  de  los  debates  se  planteó  la  necesidad  de  incluirlas  para darle  coherencia,  como  se  desprende  del contenido de la ponencia en la Cámara, en  donde  se  dijo:  “En  el  curso de la fecunda discusión que esta iniciativa ha  tenido  en  el  Senado  se  planteó,  no  sin  razón,  que no podría tratarse  punitivamente  la  conducta  del  secuestro  con  mayor  severidad  que  la  del  homicidio.  Ello  condujo  a que se adoptaran decisiones legislativas, agravando  también  las  penas para el homicidio que mantuvieran principios universales de  la   ´dosimetría   penal´”   (Gaceta   del   Congreso   de  nov.18/92).    

                    4.  El  texto  de  los  artículos  29,  30  y  32  es  de  tal  claridad  que cualquier  pretensión  encaminada a limitar o ampliar su sentido resulta un despropósito.  La    expresión    “quedará    así”,  utilizada sistemáticamente por el legislador para anunciar las  nuevas  disposiciones,  no  permite  abrigar  dudas sobre la subrogación de los  artículos  323,  324  y  355  del Código Penal, ni la autonomía de los nuevos  preceptos.   

                    5.  Un  estudio  sistemático-teleológico  del  citado  estatuto devela igualmente  la  inconsistencia  de la tesis que propugna por una aplicación limitada de los  artículos   29,   30   y   32,   pues   el   numeral   11   del  artículo  3º  ejusdem,    recoge  como  circunstancia  de  agravación punitiva para  el   secuestro  extorsivo,  la  hipótesis  del concurso con los delitos de  homicidio  y  lesiones,  no  siendo por tanto de recibo la afirmación de que la  pena  prevista  en  los  citados  artículos solo puede ser aplicada en casos de  conexidad.  Absurdo  sería,  ha  dicho  la  Sala,  “considerar que, en un mismo  estatuto  legal,  el  legislador  fije  dos penas bien diversas para unos mismos  hechos,  ésta  que  acaba de señalarse de un máximo de 60 años, y la otra de  un  tope  de  40  del  artículo  29,  lo  que  por fuerza de la razón conduce,  fatalmente,  a  la certidumbre de que la pena en este último artículo erigida,  para  nada demanda la correlación con el secuestro, sino que es definitivamente  independiente  de  tal  circunstancia”  (Casación  de  21 de noviembre de 1995,  Magistrado Ponente Dr. Galvez Argote).   

                 Totalmente  infundados  resultan  entonces  los  ataques  de  la demanda al fallo recurrido,  pues,  como  viene  de  verse, existen inobjetables argumentos para sostener que  las  penas establecidas en los artículos 29, 30 y 32 de la ley 40 de 1993, para  los  delitos  de  homicidio  y  extorsión,  deben ser aplicadas sin sujeción a  condicionamientos concursales.    

                   El cargo  no prospera.   

                 Reformatio  in pejus:   

                       Con  evidente  desbordamiento  de  las  pretensiones  de  la  demanda, y sin llegar a  advertir  la  necesidad  de  un  pronunciamiento  oficioso,  la  Delegada,  motu  proprio,  se adentra en el estudio del principio constitucional que proscribe la  reforma  en  peor  de  las  sentencias, con el único propósito de descartar su  posible transgresión por parte del Tribunal.   

                    Como se  recuerda,  el ad quem, al revisar el fallo de primera instancia, siendo apelante  único  el defensor del procesado, modificó la pena privativa de la libertad de  10  años  impuesta  por  el  Juzgador  de  primera instancia para, en su lugar,  aplicar  la de 25 años, prevista en el artículo 29 de la ley 40 de 1993.                                         

                       Sin  pretender  entrar en el estudio de situaciones ajenas a los cargos contenidos en  la  demanda  de  casación,  no  puede  dejar  de  precisarse  que  la  Sala, en  jurisprudencia  reiterada,  ha  sostenido que el carácter normativo de la Carta  Política  y  la  constitucionalización  del  principio  de  legalidad, impiden  postular  la  prevalencia del mandato que proscribe la reforma peyorativa de las  sentencias,  y  su  consiguiente  aplicación, con desconocimiento de aquél. La  Constitución,  se  ha  dicho,  garantiza  la irreformabilidad de las sentencias  sobre  el  supuesto que el acto jurisdiccional no desborde la legalidad básica,  entendida  como  los  límites a partir de los cuales, o dentro de la cuales, la  ley  le  entrega  al  Juez la facultad de juzgar (Cfr. Sentencias de  Julio  29/92  Mag. Pte. Dr. Páez Velandia, agosto 31/95 Mag. Pte. Dr. Calvete Rangel y  oct.28/97 Mag. Pte. Dr. Mejía Escobar, entre otras).   

                    Razón,  por  tanto,  asistió  al  Tribunal  Superior al ajustar la pena privativa de la  libertad    a   la   declarada   por   el   legislador   para   el   delito   de  homicidio.       

                   

                 En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Primero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                  R E S U E  L V E:   

                        NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                          Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                     JORGE  CORDOBA  POVEDA                                      

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

CARLOS        A.        GALVEZ  ARGOTE             JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJIA  ESCOBAR                            DIDIMO   PAEZ   VELANDIA   

                        

NILSON   PINILLA   PINILLA                              JUAN   MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

                                      Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                SECRETARIA       

                   

   

    

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