9762 (17-07-95)

1995

Asistente Jurídico Inteligente

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    PREVARICATO  

Para la estructuración del prevaricato la ley  no  exige  ningún  elemento  o ingrediente subjetivo especial; basta con que el  autor  de  la  conducta  prevaricadora  la  hubiere  realizado con dolo, así la  investigación  no  haya  permitido establecer cuál fue el motivo más allá de  querer transgredir la normatividad que lo impulsó a delinquir.   

Proceso No. 9762  

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA.-                       SALA     DE    CASACION    PENAL   Santa  Fe  de  Bogotá,  D.  C.,  diecisiete  de  julio  de  mil  novecientos noventa y cinco.   

Magistrado Ponente:            Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA  RIPOLL   

Aprobado acta No.95 julio 11/95  

                      Conoce la  Sala  de  la  apelación interpuesta contra la sentencia de 12 de julio de 1994,  mediante  la  cual  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Villavicencio  condenó    al   doctor   GERMAN   EDUARDO   ZUÑIGA  PAVIA,  ex  Juez  Treinta de Instrucción Criminal de  Acacías  (Meta),  a  la  pena  principal  de  dos  (2)  años  de  prisión, al  declararlo responsable del delito de prevaricato.   

                   Síntesis de  los hechos y la actuacion procesal:   

                      1.- En el  referido  Juzgado 30 de Instrucción Criminal se adelantaba un proceso contra el  Teniente  de  la  Policía  Nacional  Henry  Hernán  Rodríguez Agudelo, por el  homicidio  cometido  en  José Valentín Estrada Villar, ocurrido el 30 de abril  de  1989,  en  la  ciudad  de  Acacías,  cuando  dicho Oficial se encontraba en  vacaciones.   

                     2.- En ese  proceso  el sindicado Rodríguez Agudelo planteó en la indagatoria la legítima  defensa de su vida, la cual nunca encontró respaldo probatorio.   

                     El titular  del  nombrado  Juzgado  Treinta,  doctor Germán Eduardo Zúñiga Pavia, una vez  oyó  en  indagatoria  al  sindicado  Rodríguez Agudelo, mediante auto de 12 de  mayo  del  referido  año  (fls.36  y ss, anexo 1), se abstuvo de proferir en su  contra  medida de aseguramiento, dando por demostrada la existencia de la causal  de justificación invocada.   

                    Apelada esa  providencia,  el  Tribunal  de  Villavicencio, mediante auto de 13 de octubre de  1989  (fls.10  y  ss,  anexo  5), la revocó y dictó el correspondiente auto de  detención.  Estimó  esa  Corporación que la justificante carecía de respaldo  procesal  y  consideró  que  “por  el  contrario,  la denuncia formulada por la  señora  madre  del occiso (fls.1) nos dice que, según lo decía la gente en el  lugar  de  los  hechos,  Henry Rodríguez ‘lo había asesinado a mansalva porque  él  no  tuvo  defensa  de  nada’. Además el acta de levantamiento del cadáver  tampoco  secundaba el dicho del sindicado” (fls.13), en razón a la ubicación y  trayectoria  de  algunos de los proyectiles que hicieron impacto en la humanidad  de Estrada Villar.   

                           Se  practicaron  otras  pruebas  que  descartaban  la  pretendida defensa justa y el  Juzgado  Treinta,  por  medio  de  auto  de 8 de noviembre de 1989 (fls.54 y ss,  anexo  3),  insistió  en  que  se  daba  la  legítima  defensa  y  reabrió la  investigacion,  ya  que,  no obstante ese reconocimiento, consideró que faltaba  la práctica de algunas pruebas.   

                   Recurrido en  apelación  dicho  auto  calificatorio, el Tribunal, mediante proveído de 16 de  agosto  de  1990  (fls.16  y  ss,  anexo  5),  lo  revocó  y dictó resolución  acusatoria  por  el  delito  de  homicidio. Estimó esa segunda instancia que el  procesado  Rodríguez  Agudelo  “naturalmente  calificó  su  confesión  con el  planteamiento  de  la  legítima  defensa, la cual, inexplicablemente, ha venido  siendo  admitida  por  el  señor  Juez  Instructor,  primero  en el auto que le  resolvió  la  situación  jurídica  al  incriminado  y, luego, al calificar el  mérito  sumarial,  pese  a  no reunirse los requisitos legales para ello y así  haberlo  resaltado  esta  Corporación,  mediante el auto de octubre 13 de 1989”  (fls.19).                       

                    Recalcó el  Tribunal  que  no  se  daba la legítima defensa “por cuanto que la vida del hoy  justiciable  en  momento  alguno estuvo en peligro, habida consideración de que  el  presunto  atacante  ‘no  sacó  arma  alguna’, según aquel mismo lo informa  (fls.19,  cuaderno  original  No.1),  ni  estaba  en  capacidad de desarmar a un  militar,  experto,  por  tanto,  en  defensa  personal y manejo de armas, y que,  además,  se  encontraba  en  sano  juicio. Entonces, la reacción defensiva que  alega,  en ningún momento fue proporcionada a la agresión y, por este aspecto,  falla flagrantemente la justificante planteada” (fls.19 ibidem).   

                          Esa  conclusión  la  apoya  el  Tribunal  en  diversos  testimonios,  en  el acta de  levantamiento  del  cadáver  de  Estrada  Villamil,  en  la  necropsia  y en la  trayectoria  de  los  proyectiles.  Esa  documentación revela que varios de los  disparos homicidas penetraron por la espalda de la víctima.   

                   2.- El 20 de  marzo  de  1990,  la  madre  del  nombrado  occiso,  Lucrecia Villar de García,  denunció  al  Juez  Zúñiga Pavia, pues estimó que las aludidas decisiones de  éste habían sido ilegales (fls.1 y ss).   

                   -El Tribunal  allegó  copias  del  proceso  correspondiente, acreditó la calidad de Juez del  denunciado,  abrió  investigación y escuchó en indagatoria al doctor Zúñiga  Pavia  (fls.68  y ss), quien dijo: “Estoy plenamente convencido en mi conciencia  no  me  perturba en estos momentos que resolví con la equidad impetrable en ese  momento”  (fls.70).  Mas adelante añadió: “en la decisión de fondo del asunto  actué  como  el  fiel  de  la balanza, no siendo proclive ni al defensor que me  pedía  cesación  de  procedimiento,  que  obviamente  no  era procedente ni la  resolución  de  acusación que pedía el apoderado de la parte civil” (fls.71).  Dice  el indagado que la fractura que tenía el procesado policial en el cúbito  y  el radio “lo ubicaba en un desequilibrio físico con respecto a su oponente”,  por   lo   cual   estimó   que   se   estaba   en  presencia  de  la  legítima  defensa.   

                    -El abogado  Carlos  Arturo  Gutiérrez Torres, apoderado de la parte civil en el proceso por  homicidio,  declaró  (fls.107 y ss.) que el Juez denunciado dictó providencias  “abiertamente”  favorables al policial sindicado, providencias que en su momento  el  Tribunal  revocó. Insiste en que la legítima defensa únicamente aparecía  en la indagatoria del sindicado.   

                    3.- Cerrada  la  investigación  en  este  asunto, se la calificó con resolución acusatoria  por  el  delito  de  prevaricato  por  acción  (art.149  C.  P.), decretándose  igualmente   la   detención   preventiva   de   Zúñiga   Pavia   (fls.135   y  ss).   

                   Celebrada la  audiencia  pública  (fls.185  y ss), se dictó sentencia de 12 de julio de 1994  (fls.199  y  ss),  mediante  la  cual,  en  consonancia  con  la  acusación, el  procesado  fue  condenado  a  la  pena  principal  de  2  años  de  prisión  e  interdicción  de  derechos  y  funciones públicas por el mismo término. Se le  otorgó  el subrogado de la condena de ejecución condicional (sólo respecto de  la  pena  privativa  de  la  libertad),  aspecto  frente  al  cual  uno  de  los  integrantes  de la Sala de Decisión expresó su salvedad, por considerar que no  ha debido concederse.   

                        3.  La  defensora  del acusado interpuso recurso de apelación contra la sentencia, toda  vez  que  en  su  concepto  el  prevaricato  no  se dio, pues dentro del proceso  adelantado  al  teniente  Rodríguez Agudelo, según ella, “faltaron por evacuar  probanzas  (no  por  circunstancias  atribuibles  a  mi  poderdante) de cardinal  importancia  para  el esclarecimiento de los hechos, para mencionar una sola, la  dueña  de  la  caseta  expendedora  de  tintos  …  quien  visualizó  todo lo  ocurrido”.  Agrega  que,  además,  el  Tribunal, al contrario de lo que hizo el  doctor  Zúñiga  Pavia,  no  consideró “el estado psíquico y la conculcación  física  que presentaba el sujeto activo (con base en el experticio del caso) en  el  investigativo  de  homicidio, configurando una legítima defensa (quizás en  exceso) no desvirtuado (sic) a lo largo del proceso”.   

                     Argumenta,  asimismo,  que la actuación del acusado “fue tan ecuánime, objetiva y sana …  que  al  detectar  esa  ausencia  de  testigos  presenciales,  consideró … no  estaban  articuladas esa y otras pruebas trascendentales, por ello, optó por lo  más  vertical  y  justo,  es  decir,  el  proferir  sobreseimiento temporal (de  aquella  época)  a  fin  de  evaluar  el raigambre probatorio necesario para la  decisión    de   fondo,   logrando   no   pecar   ni   por   exceso,   ni   por  defecto”.   

                       Más  adelante  y  partiendo  de  la base de que “no es humanamente comprensible decir  que  el  empleado oficial profirió resolución contraria a la ley porque sí, a  menos  que  se  tratara de un desequilibrado mental”, critica al Tribunal por no  haber  tenido  en cuenta que el acusado “no tuvo ningún interés económico” en  las decisiones tildadas de prevaricadoras”   

                   Niega que  su  asistido  hubiera  querido  favorecer al teniente Rodríguez, “por cuanto de  ser  así,  desde  un  comienzo  le  hubiese otorgado la libertad después de la  injurada,  lo  cual  pretendía  el defensor. Al contrario, el funcionario negó  esta   posibilidad   al   no   reunirse  los  requisitos  para  esa  alternativa  procesal”.    

                    Después  de  afirmar  que por el hecho de que el Tribunal hubiera revocado las decisiones  del  acusado  no  puede  en manera alguna imputársele el delito de prevaricato,  por  que,  “a cual funcionario no le han revocado una decisión a lo largo de su  trayectoria”,  y  de  destacar  que  “a mi patrocinado no se le logró demostrar  siquiera  sumariamente  que  hubiese procedido con intereses mal intencionados”,  termina  su  alegación  pidiendo  que  “se  revoque  integralmente la sentencia  condenatoria   emitida   contra  mi  patrocinado.  Para  que  en  su  lugar  sea  absuelto”.   

                                           CONSIDERACIONES          DE          LA          CORTE:   

                  Como se ve  por  lo  expuesto,  nada  concluyente  y  serio  plantea  la  impugnante, quien,  además,  deja de lado las ya dichas consideraciones que hizo el Tribunal cuando  revocó  el  auto  que  se abstuvo de proferir medida de aseguramiento contra el  sindicado  Henry  Hernán Rodríguez Agudelo y, luego, el calificatorio mediante  el cual se reabrió la investigación a su respecto.   

                     Es  en  cambio  patente  que  la  realidad  del  proceso por homicidio adelantado contra  dicho  policial,  descartó  siempre  la legítima defensa argüida, pudiéndose  predicar,  por  el  contrario,  que,  como  lo dijo la señora madre del occiso,  éste fue baleado a “mansalva”.   

                        Los  testigos  presenciales  Ramiro Gutiérrez Vera y Luis Alfredo Sepúlveda (fls.53  y  58  anexo  2), coinciden en declarar que vieron al sindicado disparar sin que  hubiera mediado ataque alguno por parte de la víctima.   

                      Ahora  bien:  para  mayor  abundamiento  repítase lo que consideró el Tribunal cuando  revocó  la  reapertura  de  investigación  y, en su lugar, acusó a Rodríguez  Agudelo (fls.20 anexo 5).   

                  “Es Jorge  Rey  Mora  el  testigo que dilucida la cuestión en forma más clara al sostener  que  él  se  encontraba  tomando tinto en Acacías, en espera de un camión que  debía  viajar  a  Puerto Concordia a transportar un viaje de madera, cuando ‘de  pronto  llegó  un  señor  en un carro automóvil, color azul y se bajó con un  arma  en  la  mano,  él  estaba  sin camisa y como con una sudadera, como azul,  porque  estaba  de noche todavía, eran las cuatro de la mañana aproximadamente  y  se  sacó  y  le  pegó un tiro a un señor, que el señor el que recibió el  tiro  estaba  con  otro señor ahí, cuando se voltió el que recibió el tiro y  el  otro señor le siguió disparando, hizo varios tiros, yo me di cuenta que en  la  cintura tenía un proveedor debe ser y luego se subió al carro y comenzó a  decir,  y  dijo  estas  palabras y que revire cualquier hijodeputa…’ (fls.156,  cuaderno original No.2).   

                                           Ratificando  lo  anterior,  el  Tribunal en la sentencia impugnada  estimó  que  “las  decisiones  judiciales no ceñidas a la realidad del proceso  hacían  presagiar  desde  un  comienzo  que  el  Juez Zúñiga Pavia favoreció  profusamente  al  allí implicado, convirtiéndose más que en un funcionario al  margen  de  las  resultas  del  proceso,  en  acérrimo  defensor de la causa de  Rodríguez  Agudelo,  contrariando  el derecho, el interés de la justicia, y la  parte  civil,  quien siempre reclamó una posición judicial imparcial, toda vez  que  la  actitud  del  acusado  de  afirmar hechos diversos a los verdaderamente  existentes  en  el  expediente,  imponiendo  un  criterio  carente  de  respaldo  procesal,  no  podía  significar cosa distinta que el querer malintencionado de  apartarse    de    las   prescripciones   legales   pertinentes,   desconociendo  caprichosamente  los  límites fijados por la legislación, cuando, como en este  caso,  para  el  sustento de sus determinaciones se inspiró en la existencia de  la  causal justificante del hecho de la legítima defensa, con conciencia de que  su   evocación  no  es  compatible,  según  lo  ha  dicho  la  Doctrina  y  la  Jurisprudencia,  con  cualquier  matiz  de  duda que la empañe, y si se invoca,  debe  resultar  de  las  pruebas  con  nitidez,  transparente, sin sombra que le  impida  brillar,  y es evidente que en el procesamiento conocido por el Juez Dr.  Zúñiga  Pavia  no  solo  las dudas rondaban el dicho del allí sindicado, sino  que  además  las  pruebas  de cargo eran contundentes en el señalamiento de la  inexistencia  de  la  causal  excluyente de antijuridicidad atisbada” (fls.209 y  210).   

                     Y luego  señaló:  “Pero lo que causa mayor perplejidad es cuando el funcionario citado,  consciente  y  con  conocimiento  cierto del giro total en la valoración de las  pruebas  expuesto  en  la  segunda  instancia,  que  ya  no tenía razón de ser  mantener  un  criterio  cuyos argumentos no tenían ningún apoyo en el proceso,  trascendiendo  los límites de la sana interpretación, lo que no es equivalente  a   una   disparidad   conceptual   predicable   respecto   de   las  decisiones  controvertidas,  en  torticero  acomodamiento de las pruebas se hizo persistente  en  la  guarda de los intereses del sindicado, conducta que constituye una clara  violación   a   la   facultad   legal   de   analizar  la  prueba  con  el  único  fin  de imponer su capricho en evidente rebeldía  con  los  textos  legales” (Subrayas fuera de texto,  fls.211).   

                  Ninguno de  esos  argumentos  fue  rebatido  por  la apelante, quien se circunscribe a hacer  apreciaciones   sumamente  vagas  y  subjetivas,  las  cuales  distan  mucho  de  confrontar  las  consideraciones  que tuvo el a quo para arribar a la condena de  su defendido.   

                                           Agréguese,  también,  que  al  doctor  Zúñiga  Pavia  no se le  dedujeron  los  cargos  por  prevaricato a consecuencia de la revocación de sus  providencias  (recuérdese  al respecto que los hechos fueron denunciados por la  madre  del  occiso  José  Estrada Villamil) , como parece creerlo su defensora,  pues  obvio resulta que una disparidad de criterios entre juzgadores no permite,  por    sí    sola,    inferir    que   uno   de   ellos   haya   incurrido   en  prevaricación.   

                     Lo que  sucedió  en  este  proceso  fue  lo  contrario,  esto  es, que las ya referidas  determinaciones  se  revocaron porque eran abiertamente contrarias a la realidad  procesal, y, por lo mismo, contrarias a la ley.   

                    Dígase,  además,  que asiste la razón a la defensora cuando sostiene que nadie delinque  sin  un  motivo,  y que éste no pudo ser detectado en la actuación oficial que  se  censura  al  acusado. Pero de esta premisa, que es cierta, de ninguna manera  puede  darse  por  establecida  la  inocencia  del procesado, ni ella tampoco es  óbice   para   la   confirmación   de  la  condena  impugnada,  pues  para  la  estructuración  del  prevaricato la ley no exige ningún elemento o ingrediente  subjetivo  especial;  basta  con  que  el  autor de la conducta prevaricadora la  hubiera  realizado con dolo, así la investigación no haya permitido establecer  cuál  fue  el  motivo  más  allá de querer transgredir la normatividad que lo  impulsó a delinquir.   

                   Significa  lo  anterior que el fallo impugnado se confirmará, pues no queda duda alguna de  que  tanto la providencia por medio de la cual el ex juez se abstuvo de decretar  medida  de  aseguramiento  (detención  preventiva)  al  definir  la  situación  jurídica  del  Teniente  Rodríguez,  como  aquella  en  la  que  lo sobreseyó  temporalmente,  son  manifiestamente  contrarias  a  la  ley y fueron proferidas  consciente y voluntariamente por el acusado.   

                                La  defensora  critica  la dosificación de la  pena,  porque  “se  prescindió  de  tener  en  cuenta el mínimo a imponer a un  sujeto  que  no tiene antecedentes penales que hubiera sido de un (1) año, vale  decir,  conforme  a  los  lineamientos  específicos  del  Artículo 61 del C.P.  amén,  que  se  decretó  una  inadecuada interdicción de derechos y funciones  públicas”.   

                  Sobre este  particular  aspecto,  vale  la  pena  recordar  que  fueron  dos  los delitos de  prevaricato   por   acción  que  se   le  imputaron  al  procesado  en  la  resolución   de   acusación,   tal   como   textualmente   lo   consignó   el  Tribunal:   

                       “Ese  comportamiento  engendra  decisión  contraria a la ley, constitutiva del delito  de  prevaricato,  se  repite,  porque  no  podía  desconocer el juez que estaba  siendo  injusto  con  la  parte  agraviada por el obrar del teniente Rodríguez,  dado   que   la   simple   lectura   desprevenida  de  los  autos,  para   las  dos  oportunidades  en  las  que  tomó  las  aludidas  decisiones,  le  indicaban  que  la  legítima  defensa  esgrimida  no resultaba  clara”.Las  decisiones  aludidas  las  concretó  a  continuación  el  Tribunal,  cuando expresó que “no  solamente  se  daban los requisitos legales para que se hubiera proferido medida  de  aseguramiento  al procesado Henry Rodríguez, sino para dictarle resolución  de acusación” (fl.144).   

                    Aclarado  lo  anterior, obvio resulta que no era posible imponer al justiciable el mínimo  de  pena  previsto  por  el  artículo  149  del C.P., pues en tratándose de un  concurso  homogéneo de delitos, y así lo destacó el Tribunal en la sentencia,  la  punibilidad  está reglada por el artículo 26 ibidem, en virtud del cual el  acusado  quedará  “sometido  a  la  pena  más  grave,  aumentada hasta en otro  tanto”.   

                         No  obstante  lo anterior, considera la Corte que el a quo sí incurrió en un yerro  al  condenar  al  procesado  por  un  prevaricato  que  no  se  le  dedujo en la  resolución  de acusación. En efecto, al tasar la pena se expresó que también  se  había  incurrido en prevaricato “al despachar petición de la parte civil”,  a  pesar  de  que  esta  determinación,  si  bien  fue  mencionada  en  el auto  calificatorio, finalmente no fue tenida en cuenta.   

                         Se  corregirá  este  error  y  para  ello se rebajará la pena impuesta, la cual en  definitiva  quedará  tasada  en veinte (20) meses , tanto para la prisión como  para  la  interdicción  de  derechos  y funciones públicas que en este caso es  pena  principal;  lo  anterior en observancia de los criterios tenidos en cuenta  para  la  individualización  punitiva  que,  como  lo  sostuvo  el  Tribunal  y  anteriormente  fuere  destacado,  impiden  partir  del  mínimo previsto para el  hecho juzgado a través de la fórmula del concurso.   

                    No puede  la  Sala,  finalmente, dejar de destacar el contraste que se evidencia entre las  consideraciones  del  Tribunal  sobre la gravedad del hecho, su reiteración, la  posición  del  autor al realizarlo, a propósito de lo cual rememora una de las  jurisprudencias  de  esta  Corte, con la decisión de otorgar el subrogado de la  suspensión  condicionada  de la ejecución de la pena privativa de la libertad,  aunque  obviamente  ninguna enmienda en esta sede y en relación con ese aspecto  pueda introducirse al fallo recurrido.    

                  En mérito  de   lo   expuesto,   LA   CORTE   SUPREMA   DE   JUSTICIA,   SALA  DE  CASACION  PENAL,     

                   R E S U E  L V E:   

                   CONFIRMAR  la  sentencia  impugnada,  modificándola en el sentido de reducir a veinte (20)  meses  las  penas  privativa  de  la  libertad  y de interdicción de derechos y  funciones  públicas  impuestas  al  procesado  doctor  Germán Eduardo Zúñiga  Pavia.   

                                           Notifíquese y cúmplase.   

NILSON PINILLA PINILLA, FERNANDO E. ARBOLEDA  RIPOLL,  RICARDO  CALVETE RANGEL, CARLOS E. MEJIA ESCOBAR, DIDIMO PAEZ VELANDIA,  EDGAR  SAAVEDRA  ROJAS,JUAN  MANUEL  TORRES  FRESNEDA,  JORGE  ENRIQUE  VALENCIA  M.   

CARLOS  A.  GORDILLO  LOMBANA,                                  Secretario   

     

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