9272 (03-07-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    COMPETENCIA-Cuantía/   DELITOS  CONTRA  EL  PATRIMONIO ECONOMICO   

Si  de  conformidad  con  el artículo 73 del  Decreto  2700  de  1991,  la  competencia de los juzgados penales municipales se  definía  en  relación  con  los delitos contra el patrimonio económico (entre  ellos  el  de  estafa),  por  razón de la cuantía, en cuanto ella superase los  diez  (10)  salarios  mínimos  mensuales,  sin  exceder  de  cincuenta (50), es  innegable  que  de  la  infracción  de  que  aquí  se trata debían conocer en  adelante  esos  despachos  y no los jueces del circuito, pues el Decreto 3074 de  1990  había  fijado  para  la vigencia del año de 1991 un salario diario de un  mil  setecientos veinticuatro pesos ($1.724,oo) equivalente a un salario mínimo  mensual  de  cincuenta  y  un  mil  setecientos  veinte pesos ($51.-720,oo), que  multiplicados  por  cincuenta (50) arrojaban un total de dos millones quinientos  ochenta  y  seis  mil  pesos  ($2.586.000,  oo),  superiores  a los dos millones  doscientos  mil  pesos ($2.200-.000,oo) que constituyen el objeto material de la  estafa.   

Que  la  referencia  del  inciso  final  del  original  artículo  73  del  Código  de  Procedimiento  Penal  a  la fijación  definitiva  de  la cuantía tomando en cuenta “el valor de los salarios mínimos  legales  vigentes  al momento de la comisión del hecho” (invariable frente a la  modificación  de  la  Ley  81 de 1993), es una indicación al monto del salario  base  que  año  tras año fija el Gobierno Nacional y no al número de salarios  que  indica  la ley de procedimiento para delimitar las competencias, es además  un  tema  que  la  doctrina de esta Sala ha tenido la oportunidad de precisar de  forma  repetida,  como en tal sentido se indica, entre otras, en providencia del  22  de  marzo  de 1994, al dirimir una colisión de competencia, advirtiendo que  muy a pesar de que pudiera pensarse que:   

“La  forma  en  que  se  redactó este aparte  normativo  es  ambigua  pues  ella da a pensar que una vez señalada la cuantía  del  hecho  punible,  no es posible volver a modificar la competencia. Ello, sin  embargo,  carece  de  toda lógica, porque, mal podría el legislador establecer  una  prohibición  o  una limitación para que él mismo, posteriormente, tomara  determinaciones  distintas y cambiara las competencias conforme lo aconsejen las  necesidades  sociales  y la política criminal. Evidentemente, se ha de entender  que  lo  que  se  fija definitivamente no es la competencia sino la cuantía del  delito  por  el  cual se procede, pues, se reitera, es absurdo que se legisle en  una  materia  en  el  sentido  de  prohibir  que  se  pueda legislar a ese mismo  respecto”.   

Estas  verdades, que ni siquiera desconoce el  criterio  disidente,  se  tratan  de minimizar diciendo que la competencia puede  definirse  por  interpretación  judicial,  o afirmando que un error judicial en  tema  de competencia no es causa de efectos “malévolos”, ni de perjuicio, ni de  conculcación  de  garantías  fundamentales,  ni  mucho  menos integra un vicio  sustancial  capaz  de  invalidar  el  rito,  porque  la competencia apenas es un  factor  regulador del trabajo judicial, de donde una anulación solo redundaría  en descrédito de la justicia.   

Tal  interpretación  no puede en modo alguno  ser  auspiciada por la Sala, pues ella parte de una infortunada confusión de la  causal  primera  con  la  segunda  de  nulidad previstas en el artículo 304 del  Código  de Procedimiento Penal, cuya autonomía impide, precisamente, calificar  la  competencia  (causal  1a.)  bajo  el  criterio  de  la  sustancialidad  o la  insustancialidad  que  informan  y  definen con exclusividad la trascendencia de  las  irregularidades  que  pudieran  afectar  el  debido  proceso  (causal 2a.).   

Muy al contrario, por integrarse el tema de la  competencia  a  la  estructura  de  las normas de procedimiento, cobra con ellas  como  lo  advierte  el  artículo  6o.  del  Código  de  Procedimiento Civil su  carácter  de  regla de orden público, cuya obligatoriedad ata al juez y obliga  a  las  partes,  al  punto  de  no  ser  susceptible ni del desconocimiento o la  arbitraria  modificación  por parte de aquel, ni de renuncia ni convención por  los intervinientes procesales.   

Menos  posible  considerar  que las reglas de  competencia  tengan una naturaleza meramente adjetiva o ancilar, susceptible por  ello  de  aplicación  que  quede al vaivén de las interpretaciones judiciales,  pues  ellas responden a la estructura misma del debido proceso, lo que involucra  la  efectividad  de  toda  una  serie  de  garantías superiores de las que hace  parte,  por  vía  de ejemplo, el principio constitucional de la doble instancia  (artículo  30  superior),  el  que  se  haría  inoperante  bajo  la  irregular  expectativa  de  que  las  altas   jerarquías  puedan,  por solo arbitrio,  asumir  los  asuntos  del  conocimiento  legal  de  sus  subordinados,  porque a  diferencia  de  lo  que por expreso mandato de ley sucede en lo civil (artículo  21  C.  de  P.C.),  en  lo  penal  no  existe  autorización  para  alterar  por  convención  las  competencias, como tampoco la posibilidad de validar su vicio,  luego de que se ha incurrido en él.   

Proceso No. 9272  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                    Magistrado Ponente Dr.:   

                                         JUAN  MANUEL TORRES FRESNEDA   

                                                    Aprobado Acta No. 65 (junio 11/97)   

                                                    Santafé  de  Bogotá  D.C.  julio tres (3 ) de  julio de  mil novecientos noventa y siete (1997).   

         

         V I S T O S:   

                                  Por  no  haber sido aprobada la  ponencia   inicial­mente  presentada  al estudio de la Colegiatura, se procede a decidir de acuerdo con el  criterio  mayoritario  de  la Sala respecto de la demanda de casación formulada  por  el señor defensor de la acusada NIEVES CECILIA DAVID BASTIDAS en contra de  la  sentencia  del  25  de  octubre  de 1993 dictada por el Tribunal Superior de  Santafé   de   Bogotá  para  confirmar  la  condena  impuesta  en  la  primera  instan­cia, por la que se  sanciona     a     la     acusada     con     la     pena     princi­pal   de  dieciséis  (16)  meses  de  prisión   y  cinco  mil  pesos  ($5.000)  de  multa  como  responsa­ble  de  un delito agravado de estafa.   

         H E C H O S:   

                                  El  día  14 de agosto de 1991,  NIEVES  CECILIA DAVID BASTIDAS, empleada de manejo de la empresa VEHIAUTOS LTDA.  de  esta  capital,  acudió a las oficinas de la Gerencia para manifestar que el  presunto  comprador  de  un  vehículo automotor había desistido del negocio, y  que  “se encontraba furioso” reclamando por la devolución del dinero. Bajo esta  información  se  ordenó  hacer  el  reembolso  pertinente,  pero más tarde se  descubrió  la  trama  urdida  por la empleada, quien prevalida del cargo había  elaborado  con anterioridad un cheque por la suma de $2’200.000 con destino a la  adquisición  de  un  vehículo a nombre de Luis Sarmiento, expidiendo un recibo  de  ingreso,  y  ocultando los comprobantes respectivos. Luego se conocería que  el  pretendido  Sarmien­to  sólo  existió en la imaginación de la implicada, lo que no obstó para que el  cheque se cobrara e hiciera efectivo dos días más tarde.   

         A C T U A C I O N  P R O C E S A L:   

                                    El  gerente  de  la  empresa  VEHIAUTOS  LTDA.,  señor Juan Félix Cáceres Castellanos instauró denuncia en  contra  de  NIEVES  CECILIA  DAVID  BASTIDAS,  que  por reparto correspondió al  Juzgado  Setenta  y  Cuatro de Instrucción Criminal de Bogotá, el que luego de  oír  en  indagatoria  a  la implicada y de practicar otras diligencias, en auto  del  22  de  mayo  de  1992  le  definió  la situación jurídica con medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin excarcelación por los delitos de  falsedad,  estafa  y  hurto agravado en concurso material (fls.74 y ss. cuaderno  original).   

                                  El 15 de octubre del mismo año,  ya  en  vigencia del Decreto 2700 de 1991, la Dirección Seccional de Fiscalías  de  Santafé  de  Bogotá asignó el proceso al Fiscal 186 de la Unidad Séptima  de     Patrimonio     Económico,    quien    avocó    el    conoci­miento    y    ordenó   cerrar   la  investigación   con   auto  del  23  de  noviembre  siguiente  (fls.179  y  180  ibidem).   

                                  El  2  de  febrero  de  1993 la  Fiscalía  profirió  resolución de acusación en contra de la procesada NIEVES  CECILIA  DAVID  BASTIDAS por el delito agravado de estafa, modificando la medida  de aseguramiento por caución prendaria (fl. 209 ibidem).   

                                   Llegadas  las  diligencias  al  Juzgado   Trece  Penal  del  Circuito  de  Santafé  de  Bogotá  se  avocó  su  conocimiento  adelantando  el  juicio hasta su finalización, tras de la cual se  profirió  sentencia  de  condena  en contra de la acusada el 7 de septiembre de  1993  como autora del delito agravado de estafa, imponiéndole la pena principal  de  dieciséis  (16)  meses de prisión y multa de cinco mil pesos ($5.000.oo) e  interdicción  en  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas por un lapso  igual  al  de  la privación de la libertad, lo mismo que el deber de indemnizar  los       perjuicios       materia­les     causados    en    un    valor    de    $2’200.­0­00.oo,   “con   el  interés  legal  vigente  causado  desde  la  fecha  de  los  hechos, hasta el momento de hacerse  efectiva  la  liquidación”,  otorgando  la  condena  de ejecución condicional.  Apelado  el  fallo  por  la defensa y confirmado sin modificación alguna por el  Tribunal,  el  defensor  de  la  acusada  interpuso el recurso extraordinario de  casación.   

                                Preciso  es resaltar, además,  que  el representan­te de  la  acusada  había  reclamado  la  nulidad  del proceso por incompe­tencia  y  violación del derecho de  defensa,  pero  su  petición  fue  denegada  por  el  ad quem que la consideró  extempo­ránea por haber  sido  presentada  durante  el  término  de  traslado  para  preparación  de la  audiencia,  tema sobre el cual se pronunció la segunda instancia despachándolo  negativamente  tras  afirmar  que  la  nulidad  “no concurre en la situación de  autos,  pues  de  conformidad  con  lo  dispuesto en el artículo 73 del C. P.P.  ‘…la        cuantía        se        fijará        definitivamen­te  teniendo  en  cuenta el valor de  los  salarios  mínimos  legales vigentes al momento de la comisión del hecho’,  que  lo  fue en el año 1991, época para la cual eran inferiores al monto total  de la defraudación ilícita.” (fls.18 y 19).   

        L A  D E M A N D A:   

                                Invoca  el  censor  la  causal  tercera  de  casación invocando el ordinal 1o. del artículo 304 del C. de P.P.  para  acusar  la sentencia por haber sido proferida dentro de un proceso viciado  de  nulidad  por  falta de competencia, toda vez, que ni el juez del circuito ni  el   Tribunal   tenían   el   conoci­miento  del  asunto,  ya  que  para  la  época en que tomaron las  determina­ciones   de  fondo  había  entrado  en  vigencia  el  Nuevo  Código  de Procedi­miento Penal (Decreto 2700 de 1991),  cuyo  artículo  73.1  asignaba  a los jueces penales municipales la competencia  privati­va para conocer  de  procesos  por  delitos  contra  el  patrimonio  económico, cuya cuantía no  excediera de cincuenta salarios mínimos mensuales.   

                                Añade  que  de acuerdo con el  Decreto  2867  de  1991,  el salario mínimo legal mensual para la época en que  entró   a  regir  el  mencionado  estatuto  (1o.  de  julio  de  1992)  era  de  ($65.190.oo),   lo   equivale  a  decir  que  para  entonces  corres­pondía conocer a los jueces penales  municipales  de  delitos  contra  el  patrimonio  económico en cuantías que no  superaran  los  $3’259.500,  de  modo que como el delito de estafa averiguado no  superaba  el  valor  de  los  $2’200.000,  no  cabe  duda  que  su  conocimiento  correspondía    a   esos   jueces   y   no   a   los   del   Circui­to.   

                                También fueron desconocidos, a  juicio  del censor los artículos 1o. del Código de Procedimiento Penal y 29 de  la  Constitución Política, en cuanto “nadie podrá ser juzgado sino conforme a  las  leyes  preexistentes  al  acto  que  se  le  imputa,  ante  juez o tribunal  competente  y  con  la  observancia de la plenitud de las formas propias de cada  juicio”.  En  consecuencia  solicita casar la sentencia y declarar la nulidad de  lo  actuado  a partir del 1o. de julio de 1992, fecha a partir de la cual entró  a regir el Nuevo Código de Procedimiento Penal.   

        C  O  N  C  E  P  T  O   D  E  L   P  R  O  C  U R A D O  R:   

                                El  señor  Procurador Segundo  Delegado  en  lo  Penal  concede  la razón al demandante en el fundamento de su  censura,  por  lo  que estima procedente casar la sentencia recurrida y declarar  la  nulidad  impetrada pero a partir de la resolución de acusación, excepto en  lo  dispuesto  en  el  numeral  4o.  de esa providencia que resolvió remitir el  asunto    al   “Juzgado   de   conoci­miento  -Penal  del  Circuito-“, para que en su lugar se ordene el  envío   a   los   juzgados   penales  municipales  -reparto-,  por  ser  de  su  competencia.   

                                Observa que el conocimiento por  razón  de  la  cuantía se fija definitivamente “teniendo en cuenta el valor de  los  salarios mínimos legales vigentes al momento de la comisión del hecho”, y  como  para  la época de la defraudación denunciada (1991), ese valor se había  previsto  en  los $51.720,oo, dicha suma tenía que multiplicarse por 50 que era  el  número de los salarios mínimos mensuales señalados de límite, por lo que  resulta    la   suma   de   $2.586.00­0.oo  como  límite que no supera la cuantía del ilícito materia  de este proceso, que solo alcanzó a los $2’200.000.   

                                De  lo  anterior  concluye que  desde   el   momento   mismo   en  que  entró  a  regir  el  nuevo  Código  de  Procedi­miento  Penal  operó  la  variación  de  competencia,  y  frente  al caso que se examina ello  determina  la  remisión  del  proceso a los jueces penales municipales, pues al  calificar  el  mérito  del  sumario  el  instructor  valoró y concluyó que el  delito  por el que debía procesarse a la imputada era únicamente el de estafa,  cuya   cuantía   radicaba   el   conocimiento   en   los   jueces  de  inferior  jerar­quía.   

                                   Discrepa   “del   criterio  eminentemente          formalis­ta  del  que  se  sirvió  el  Juzgado  13 Penal del Circuito para  despachar  negativamente  la solicitud de nulidad deprecada por el defensor, …  pues  por  encima  de  la  forma  -extemporaneidad de la petición- nacida de la  oportunidad  para  la  invocación de las nulidades previstas en el art. 306 del  C.P.P.  …no relevan al funcionario de decretar las nulidades que aún fuera de  dicho término advierta…”.   

                                Y  por lo anterior concluye en  que  una  vez demos­trada  la  nulidad  prevista  en  el  ordinal  1o.  del  artículo  304  del Código de  Procedimiento  Penal,  procede  en  su  criterio  la  declaración  del  defecto  procesal    mencionado    a    partir   del   proveído   calificato­rio,  que  deberá  quedar  vigente,  excepto  lo dispuesto en su numeral 4o. -ya reseñado-, para en su lugar ordenar  la  remisión  a  los  juzgados penales municipales -reparto- por ser éstos los  competentes.   

        C  O  N  S I D E R A C I O N E S  D E  L A  C O R T  E:   

                               Comparte la mayoría de la Sala,  por  ajustarse  a  derecho  y a la realidad que emana de la actuación, tanto el  reclamo  de  nulidad  que  presenta el casacionista, como las ponderadas razones  que  a su libelo adiciona la Procuraduría Delegada, en cuanto ninguna duda cabe  sobre  la  incompetencia  del funcionario a-quo como del Tribunal para conocer y  fallar  la  presente  causa, lo que genera la causal primera de nulidad prevista  en  el artículo 304 del Código de Procedimiento Penal, y de contera redunda en  la  necesaria  invalidación  de  lo  actuado,  en  cuanto la incompetencia, por  contrariar  el princi­pio  del  debido  proceso  de  ley,  no  es vicio irrelevante o que normativamente se  autorice menospreciar o convalidar en modo alguno.    

                                La  anterior conclusión emana  tras  observar  la  naturaleza  del  hecho,  su cuantía y las disposiciones que  paulatinamente  adjudicaron el conocimiento para esa clase de infracciones desde  la  ocurrencia  de  los  hechos,  lo  que  a  las claras indica que a partir del  momento en que esta actuación   

quedó restringida al cargo de estafa, ya en  vigencia   del   Decreto   2700  de  1991,  la  competencia  era  del  exclusivo  conoci­miento  de  los  jueces  penales  municipales, siendo irregular su avocación como el impulso del  juicio por parte de un Juzgado del Circuito.   

                               En efecto, si de conformidad con  el  artículo  73  del  Decreto  2700  de  1991,  la competencia de los juzgados  penales  municipales  se  definía  en  relación  con  los  delitos  contra  el  patrimonio  económico (entre ellos el de estafa), por razón de la cuantía, en  cuanto  ella  superase los diez (10) salarios mínimos mensuales, sin exceder de  cincuenta  (50),  es  innegable  que  de  la  infracción  de que aquí se trata  debían   conocer   en   adelante   esos   despachos   y   no   los  jueces  del  circui­to,   pues  el  Decreto  3074 de 1990 había fijado para la vigencia del año de 1991 un salario  diario  de un mil setecientos veinticua­tro  pesos ($1.724,oo) equivalente a un salario mínimo mensual de  cincuenta    y    un    mil    setecientos    veinte   pesos   ($51.­720,oo),   que   multiplicados  por  cincuenta  (50) arrojaban un total de dos millones quinientos ochenta y seis mil  pesos  ($2.586.000, o­o),  superiores   a   los  dos  millones  doscientos  mil  pesos  ($2.200­.000,oo)  que  constituyen el objeto  material de la estafa.   

                                Que  la  referencia del inciso  final  del  original  artículo  73  del  Código  de  Procedimiento  Penal a la  fijación  definitiva de la cuantía tomando en cuenta “el valor de los salarios  mínimos  legales  vigentes  al  momento  de la comisión del hecho” (invariable  frente  a  la  modificación  de la Ley 81 de 1993), es una indicación al monto  del  salario  base  que año tras año fija el Gobierno Nacional y no al número  de  salarios que indica la ley de procedimiento para delimitar las competencias,  es  además  un  tema  que  la doctrina de esta Sala ha tenido la oportunidad de  precisar  de  forma  repetida,  como  en  tal sentido se indica, entre otras, en  provi­den­cia  del  22  de  marzo  de 1994, al  dirimir  una  colisión  de  competencia,  advirtiendo  que  muy  a pesar de que  pudiera pensarse que:   

        “La  forma  en  que  se  redactó  este aparte normati­vo  es ambigua pues ella da a pensar  que  una  vez  señalada  la  cuantía del hecho punible, no es posible volver a  modificar   la   competencia.   Ello,  sin  embargo,  carece  de  toda  lógica,  por­que, mal podría el  legislador  establecer  una  prohibición  o una limitación para que él mismo,  poste­rior­mente,    tomara   determinaciones  distin­tas     y  cam­biara     las  competencias   conforme   lo   aconsejen   las   necesidades   sociales   y   la  políti­ca  criminal.  Evidentemente,  se  ha  de entender que lo que se fija definitivamen­te  no  es  la  competencia  sino la  cuantía  del delito por el cual se procede, pues, se reitera, es absurdo que se  legisle  en  una  materia  en el sentido de prohibir que se pueda legislar a ese  mismo respecto”.   

                                Estas verdades, que ni siquiera  desconoce  el  criterio  disidente,  se  tratan  de  minimizar  diciendo  que la  competencia  puede  definirse  por  interpretación judicial, o afirmando que un  error  judicial  en  tema de competencia no es causa de efectos “malévolos”, ni  de    perjuicio,   ni   de   conculca­ción  de  garantías  fundamentales,  ni  mucho  menos integra un  vicio  sustancial  capaz  de  invalidar  el  rito,  porque  la compe­tencia apenas es un factor regulador  del  trabajo  judicial,  de donde una anulación solo redundaría en descrédito  de la justicia.   

                                Tal interpretación no puede en  modo  alguno  ser  auspiciada  por  la  Sala, pues ella parte de una infortunada  confusión  de  la  causal  primera con la segunda de nulidad previs­tas  en el artículo 304 del Código  de  Procedimiento  Penal,  cuya  autonomía  impide,  precisamente, calificar la  competencia   (causal   1a.)   bajo  el  criterio  de  la  sustancialidad  o  la  insus­tancialidad  que  informan     y     definen     con     exclusividad    la    trascen­dencia  de  las  irregularidades que  pudieran afectar el debido proceso (causal 2a.).   

                               Muy al contrario, por integrarse  el  tema de la competencia a la estructura de las normas de procedimiento, cobra  con  ellas  como lo advierte el artículo 6o. del Código de Procedimiento Civil  su  caracter  de  regla  de  orden  público,  cuya obligatoriedad ata al juez y  obliga    a    las    partes,    al   punto   de   no   ser   suscep­tible  ni  del  desconocimiento o la  arbitraria           modifica­ción  por  parte  de aquel, ni de renuncia ni convención por los  intervinientes procesales.   

                               Menos posible considerar que las  reglas  de  competencia  tengan  una  naturaleza  meramente  adjetiva o ancilar,  susceptible   por   ello   de   aplicación   que   quede   al  vaivén  de  las  interpre­taciones  judiciales,    pues    ellas   respon­den    a    la   estruc­tura  misma del debido proceso, lo que involucra la efectividad de  toda  una  serie  de  garantías  superiores  de las que hace parte, por vía de  ejemplo,  el  principio  constitucional  de  la  doble  instancia  (artículo 30  superior),  el que se haría inoperante bajo la irregular espectativa de que las  altas   jerarquías  puedan,  por  solo  arbitrio,  asumir  los asuntos del  conocimiento   legal  de  sus  subordi­nados,  porque  a  diferencia de lo que por expreso mandato de ley  sucede  en  lo  civil  (artículo  21  C.  de  P.C.),  en  lo  penal  no  existe  autorización    para    alterar    por    convención   las   compe­tencias, como tampoco la posibilidad  de validar su vicio, luego de que se ha incurrido en él.   

                                 Por  lo  anterior  es  valido  reiterar  lo  dicho  por  la Sala en fallo de casación del 17 de abril de 1995,  con  ponencia  de  quien  conduce  por  sustitución  en  este asunto, en cuanto   

              “No  puede desconocerse que la  competencia  para  juzgar  es uno de los principios basilares del debido proceso  que  atañe  con  el  principio  del  juez  natural y la organización judicial,  expresamente     consagrado    en    el    artículo    29    consti­tucional    cuando    refiere   al  juzga­miento  ante  el  “juez   o   tribu­nal  competen­te”,  y  esa  especial        connotación        impide        al        funciona­rio   judicial  pasar  por  alto  o  desconocer       tal       requisi­to  al  asumir  el conoci­miento  de  los  procesos,  o adoptar en ellos decisiones, defecto  que  de  ocurrir,  tampoco  puede  subsanarse sino mediante la decla­ratoria     de     nulidad    por  incompe­tencia  que  se  advierte   en   los   artículos  304-1  y  305  del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

        Desde   luego   que  la  pérdida  irremediable  de  tiempo  y  de  acti­vidad   de   la  jurisdicción  derivada de una invalida­ción      es      causa      de      natural     desa­zón,   tanto  ante  el  riesgo  de  fenómenos  como  la  prescripción  -en  este  caso  aún distante- como por la  inope­ran­cia   de   una   justi­cia  tardía. Mas, no por esas solas  consideracio­nes,  aún  siendo   impor­tantes,  podría   la   Corte   rehuir   el   deber   oficioso   de   escudri­ñar      y     corregir     las  irregulari­dades  sustanciales   que   afecten   el   proceso,   y   menos   so   pretexto  de  la  preva­lencia    del  dere­cho material, pues  no  resulta  de  su  arbitrio  fallar  a voluntad, sino dentro del más estricto  ceñi­miento  a la ley,  de   la   cual   emanan   tanto   el   poder   coercitivo   como   sus  precisas  faculta­des.   

        Desde    este    punto   de   vista   no   podrá   valorarse   la  compe­tencia  como  una  simple  forma­lidad legal  y     menos     creerse    que    su    inobservancia    se    subsa­ne    con   el   silen­cio,    la    voluntad    de   los  suje­tos  procesales, o  la  indife­rencia de los  fun­cionarios, pues sin  ella  el valor jurí­dico  de  las  decisio­nes se  verá               perma­nente­mente    interferido   por   la   ilegitimidad   repre­sentada en la suplantación del juez  natural,   verdade­ro  deten­tador  del  poder  conferi­do por el Estado  para  juz­gar­.  Desde  otro  aspecto, la tesis de  que  el  juez  de  mayor  jerarquía,  por  ser  más  capacitado  puede  asumir  competencias  asignadas a su inferior, no solamente es arbitraria y opuesta a la  ley,     sino    que    irremediable­men­te  lleva  al  riesgo  de  abolir  en  la  práctica toda la estructura organizativa  jurisdiccional, y de paso el principio de la doble instancia.   

        El    derecho    a    ser    juzgado   “conforme   a   las   leyes  preexisten­tes  al acto  que  se  le  imputa,  ante  juez  o  tribunal competente y con observancia de la  plenitud  de  las  formas  propias  de  cada juicio” es además una garantía de  rango  superior  que  no  accidentalmente  se  consagra en la Carta sino de modo  coherente  con  compromisos  suscritos por Colombia en el ámbito internacional,  sin      que      pueda     válida­mente  sostenerse  que  haya  dentro de la Constitución política  preceptos  de  mayor  jerarquía  (en  este  caso  por  vía de ejemplo el de la  efectividad  del  derecho  sustancial  que  se  consagra  en  el  artículo  228  superior)  frente  a  otros,  pues  ello  implicaría  el  desconoci­miento   de  la  natura­leza   armónica   de  esas  normas  supremas     y    de    la    doctri­na        constitu­cio­nal de  invariable  arraigo en nuestro derecho, según la cual todos los preceptos de la  Carta     se     integran,    comple­mentan           y          sirven          recíproca­mente   para  su  inter­pretación    más    adecuada   y  certera.   

        Así,  entonces,  mal  puede  sostenerse  que  so  pretexto  de la  operancia   del   derecho   sustancial  sobre  las  formas  puedan  sacrificarse  principios    como   el   de   legali­dad,   o   el   del   juez   natural,  pues  no  resulta  difícil  compren­der   que  la  operancia     de     aquel    impera­tivo  práctico  de  eficacia solo puede realizarse al interior de  un  proceso  debido  y  no  mediante  la  adopción de decisiones arbitrarias de  cualquier funcionario incompetente.   

        En   otros  términos,  valga  apuntar  que  lo  impor­tante  para  un estado de derecho no  es  el  que se emitan muchos fallos de condena, sino que éstos se produzcan con  respeto   pleno   de   los   principios   y  las  garantías  consti­tucionales que son el presupuesto de  legitimi­dad  de  las  decisio­nes judiciales,  y  cuyo  extrañamien­to,  así    fuese    por    motivos    de    conveniencia    o    pragma­tismo,  tornarían  el ejercicio del  poder del juez en prototipo de arbitrariedad y tiranía”.    

                                Prospera, entonces, la censura,  por  lo  que  procederá  la  Sala  a  casar  el fallo recurrido y en su lugar a  declarar    la    nulidad   de   lo   actuado   a   partir   inclusi­ve,  del auto de febrero 19 de 1993,  mediante  el  cual  asumió el Juzgado Tercero Penal del Circuito de Santafé de  Bogotá  el  conocimiento  de  la causa, porque a diferencia de cuanto asumen el  casacio­nista   y  el  Ministerio  Público,  la  Corte  encuentra que si al momento del cierre y de la  calificación  de  fondo,  la  instruc­ción  incluía un cargo de falsedad, la competencia le asistía a  la   Fiscalía   ante   los   Juzgados   del  Circuito  para  pronun­ciarse y valorar esa conducta. Si al  hacerlo  asumió  que  el  concurso  era  tan  solo aparente, califi­cando  el  caso  bajo  el  exclusivo  cargo  de  estafa,  era  de  allí  de  donde  se  variaba  hacia  el  futuro la  competen­cia,  y  ello  implica     que     la     actuación     viciada     sea    exclusi­vamente la del juicio, sentido en el  que  se  dispondrá  la  reposición  de  lo  actuado,  por  parte,  ahora,  del  funciona­rio  competen­te.   

                                En  mérito de lo expuesto, la  Corte  Suprema de Justicia en Sala de Casación Penal, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

        R E S U E L V E :   

                                  PRIMERO.-  CASAR  el  fallo  impugnado      por     el     defen­sor    de    la   proce­sada  NIEVES  CECILIA DAVID BASTIDAS, en el sentido de decretar la  nulidad  de  lo  actuado  a partir del auto de febrero 19 de 1993, por medio del  cual  impulsó  el  Juzgado Tercero Penal del Circuito de Santafé de Bogotá el  trámite de la presente causa, y   

                                   SEGUNDO.-   Ordenar   como  consecuencia  la  remisión  del  expe­diente  por  competencia  a  los  Jueces  Penales  Municipales  de  Santafé   de   Bogotá,   a   fin  de  que  previo  reparto  se  proceda  a  la  reposi­ción   de  la  actuación   viciada,   con   fundamento  en  las  razones  dadas  en  la  parte  considerativa.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL            RICARDO   CALVETE  RANGEL     

                                                                                                      No firmo   

JORGE        E.        CORDOBA  POVEDA            JORGE   ANIBAL   GOMEZ  GALLEGO   

CARLOS        E.        MEJIA  ESCOBAR            DIDIMO PAEZ  VELANDIA             

NILSON           PINILLA  PINILLA            JUAN  MANUEL        TORRES       FRESNE­DA                        

Salvamento de Voto  

        HUGO HUMBERTO RODRIGUEZ CORTES   

        CONJUEZ   

        PATRICIA SALAZAR CUELLAR   

        Secretaria.   

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Proceso   No.   9272   Salvamento   de  Voto   

        SALVAMENTO DE VOTO   

        Con  mi  habitual  respeto  por  las decisiones de la mayoría, me  permito  transcribir textualmente, a manera de salvedad frente a la decisión de  la  Sala,  el  proyecto  que sometí a su consideración en este asunto, el cual  fue rechazado por todos los demás integrantes.   

        Como  en los puntos precedentes se mantuvo el tenor de la ponencia  derrotada,  con  el cambio de palabras y algunos giros, incluyo a continuación,  por  ser  además lo trascendente, el texto exacto de las consideraciones que me  llevaron   a   proponer  “NO  CASAR  la  sentencia  impugnada”,  en  las  cuales  persisto.   

“1�  Es claro, como sostienen el recurrente y el Ministerio Público,  que  con  la  entrada en vigencia del Código de Procedimiento Penal de 1991, la  competencia  de  los  Jueces  Penales  Municipales  se  amplió  para conocer de  procesos  por delitos contra el patrimonio económico, en atención al factor de  la  cuantía,  de  20 (art. 72.1 D. 050/87) a 50 (art. 73.1 D. 2700/91) salarios  mínimos  legales  mensuales,   y  que  en  el  caso tratado el valor de lo  apropiado,  establecido  en $2.200.000, es inferior a la cantidad de $2.586.000,  límite   de   competencia  fijado  a  los  mencionados  jueces,  resultante  de  multiplicar  el  valor  de  un salario mínimo mensual vigente para la época de  los  hechos  ($51.720  durante  1991),  por  cincuenta  (50), que es la cantidad  legalmente  prevista  para definir este factor de competencia, de acuerdo con el  sobreviniente ordenamiento procesal penal.   

Igualmente  descuella  que  la disposición  contenida  en  el  inciso primero del parágrafo del mencionado artículo 72 del  decreto  050  de  1987,  fue  casi exactamente reproducida en el inciso entonces  final  del  también citado artículo 73 del decreto 2700 de 1991, que estatuye,  en    igual    vigor    desde   el   1� de julio de 1992:   

        “La   competencia  por  la  cuantía  se  fijará  definitivamente  teniendo  en  cuenta  el  valor  -‘la  cuantía’  en  el  texto anterior, única  modificación-  de  los  salarios  mínimos  legales  vigentes  al momento de la  comisión del hecho.”   

2�   Los  funcionarios  de  instancia  adelantaron  el  proceso  que  culminó  con  fallo de condena, racionalmente convencidos de su competencia. En  demostración  de  éllo  ha  de  recordarse  una  vez  más  lo  que  con  toda  naturalidad  expresó el Tribunal en el fallo recurrido, al referirse al reclamo  de la defensa en este aspecto:   

        “En  cuanto  a  la  incompetencia  que  se  alega, debe tenerse en  cuenta  que  no  concurre  en la situación de autos, pues de conformidad con lo  dispuesto   en  el  art.  73  del  C.  de  P.  P.  ‘…la  cuantía  se  fijará  definitivamente  teniendo  en  cuenta  el valor de los salarios mínimos legales  vigentes  al  momento de la comisión del hecho’, que lo fue en el año de 1991,  época  para  la  cual  eran  inferiores  al  monto  total  de  la defraudación  ilícita.”   

Es  el  entendimiento  franco  de  que  los  procesos  deben  continuar  sometidos a la competencia que desde el principio se  les  fije legalmente, para que no reboten de despacho en despacho, al vaivén de  las   inestabilidades   legislativas,   crematísticas   o   territoriales,   en  peregrinaje  que  ha  sido  reconocido  como  una de las relevantes causas de la  ineficiencia  judicial,  de  la  cual ésta será otra muestra, de insuflarse la  nulidad.   

Resulta evidente, en este asunto, que no se  está  en  presencia de una abusiva arrogación de competencias, en ningún caso  perpetrada  por  la Fiscalía que declaró cerrada la investigación y calificó  el  mérito del sumario (decisión que desestimó la concurrencia de los delitos  de  falsedad  en  documento  privado y hurto, para proferir acusación sólo por  estafa);  como  tampoco  por  el  Juzgado  13  Penal del Circuito de Santafé de  Bogotá,  que adelantó el juicio y profirió sentencia de primera instancia, ni  por   la  Sala  de  Decisión  Penal  del  Tribunal  Superior,  que  desató  la  apelación.   

Estos despachos están legalmente investidos  de  jurisdicción  en  sus  respectivos  ámbitos,  y  actuaron  movidos  por el  obligatorio  propósito de impulsar y decidir un proceso, para cuyo conocimiento  muy  razonablemente  se  reputaban  competentes,  frente  a la hermenéutica que  estimaron  atinada  sobre una normatividad como la vista, realizando además las  actividades  procesales  apropiadas,  sin conculcar garantías legítimas de los  sujetos  procesales ni entre éllas, en lo más mínimo, el derecho a la defensa  de la implicada.   

En  hipótesis como la ofrecida por el caso  concreto  analizado,  esto  es,  que  los  funcionarios  de  instancia  actuaron  sanamente  convencidos  de  ser  competentes,  respetando  a  plenitud todas las  garantías,  incluidas  las  de  la  inculpada a cuyo nombre se recurre, no cabe  duda  que la imperfección de haberse desarrollado y decidido el juicio bajo una  competencia  superior en jerarquía, ningún efecto malévolo produjo, ni causó  perjuicio alguno, de allí que la invalidez pretendida   

no  esté llamada a prosperar, toda vez que  las  nulidades  sólo  pueden  decretarse  por  excepción  y  no  es  cualquier  irregularidad la que conduce fatalmente a determinarlas.   

Su   odioso   potencial   invalidatorio  únicamente   puede   ser   reconocido   ante  aquellos  vicios  sustanciales  e  insubsanables,  que  hayan perjudicado severamente un alto interés legítimo de  algún  sujeto  procesal o del Estado y que tengan tal trascendencia lesiva, que  definitivamente no puedan ser redimidos.   

3�   La   doctrina   universal   pregona  que  no  hay  nulidad  sin  perjuicio:   

                    “…las  nulidades  han sido reducidas por el número y por el contenido, los poderes del  juez  ampliados  y  adoptado  el criterio de valoración de la nulidad según la  relevancia  del  acto  nulo  en  relación  con los fines del proceso, es decir,  según  la  efectividad del perjuicio que de la misma pueda derivarse. Todas las  nulidades  son,  pues,  relativas…”  (Eugenio  Florián, “Elementos de Derecho  Procesal  Penal”,  trad.  L.  Prieto  Castro, Ed. Bosch, Barcelona, reimpresión  1990, p. 126).   

                 “En virtud  del  carácter no formalista del derecho procesal moderno, se ha establecido que  para  que  exista  nulidad  no  basta  la  sola infracción a la norma, si no se  produce  un  perjuicio  a  la  parte.  La  nulidad,  mas que satisfacer pruritos  formales,   tiene      por       objeto   evitar la violación a las   

                 garantías  en juicio…   

                    Es por  esta  razón  por  lo  que  algunos  derechos  positivos  modernos establecen el  principio  de  que  el acto con vicios de forma es válido, si alcanza los fines  propuestos…  o  si  en  lugar  de  seguirse  un procedimiento se ha utilizado,  equivocadamente,  otro,  pero  con  mayores  garantías…”  (Enrique  Véscovi,  “Teoría General del Proceso”, Ed. Temis, Bogotá, 1984, p. 304).   

4�  Esa  afortunada  evolución en “derechos positivos modernos” fue  oportunamente  asumida  por  el  derecho  procesal  colombiano, tanto en materia  civil  (art.  144.4,  antiguo  156.4, C. de P. C.), como penal. Expresamente, el  artículo  308.1  del  Código  de  Procedimiento  Penal incluye como uno de los  PRINCIPIOS  QUE ORIENTAN LA DECLARATORIA DE LAS NULIDADES Y SU CONVALIDACION, el  siguiente:   

                    “No se  declarará  la  invalidez  de  un  acto  cuando cumpla la finalidad para la cual  estaba destinado, siempre que no se viole el derecho a la defensa.”   

5�  Cabe  observar,  sin  embargo,  que esta acertada posibilidad de  convalidación  no  es  necesariamente  moderna,  sino  que  es  el fruto de una  juiciosa  evolución  jurídica,  cuyos fundamentos vienen apuntalados desde los  enfoques clásicos del Derecho Procesal universal:   

                       “La  nulidad  es relativa cuando la falta de algún requisito no tiene relevancia si,  no  obstante,  el  acto es justo, esto es, ha alcanzado su finalidad. El acto es  anulable  cuando la nulidad no puede ser puesta de relieve sin una reacción del  sujeto  al  cual  perjudica  su  injusticia,  y por eso, protesta su invalidez.”  (Francesco  Carnelutti,  “Principios  del  Proceso Penal”, trad. Santiago Sentis  M., Ed. Jurídicas Europa-América, Buenos Aires, 1971, p. 296).   

6�  Evidentemente, la trascendental misión jurídica de procurar la  eficaz,  pronta  y  firme  aplicación  de  la  normatividad  sustantiva, impone  relatividad en el establecimiento de las nulidades:   

                    “…si  efectivamente  queremos  ser  congruentes  con  los  hechos,  debemos adoptar un  criterio  flexible  y  abierto  que  nos  conduzca  a  declarar,  más  que  una  inexistencia  o  nulidad  del acto, una ineficacia de características relativas  que  tenga  un  amplio margen de juego según las consecuencias específicamente  producidas o no por el acto afectado.   

                    De este  modo,   podremos   analizar   en   forma   totalmente   libre  cuáles  son  las  características  especiales  de  un determinado acto irregular y, sin prejuzgar  sobre  la  sanción  resultante,  observar  el  despliegue  de sus efectos en el  ámbito  del  derecho  para decidir entonces sobre el grado de ineficacia que lo  afecta.  El  punto de partida es pues necesariamente inverso: atiende mejor a la  producción  de  efectos y no a un rígido esquema de causas, o de delimitación  personal de impugnaciones, o de posibilidades de convalidación.   

                  Bajo este  punto  de vista, la ineficacia puede entonces apreciarse directamente y en forma  objetiva  en  tanto  exista  una  producción  anormal  de  efectos  en  el acto  cuestionado,  y la medida de esta anormalidad es la que regirá nuestro criterio  para  decidir  su  clasificación.”  (Rene  Japiot,  citado  por  José  Antonio  Márquez  González,  “Teoría  General  de la Nulidades”, Ed. Porrúa, México,  1992, ps. 62 y 63).   

7�  De  otro  lado,  en  el  presente  caso  la  doble instancia fue  preservada,  sólo  que  con  mayor nivel al generarse ante el Tribunal, lo cual  hizo  viable  el  recurso  extraordinario  de casación que ahora se decide. Por  acá  tampoco,  de  ninguna  manera,   puede colegirse que se haya irrogado  algún  perjuicio con la elevación de la competencia, ni que se haya conculcado  o  tan  siquiera debilitado alguna garantía procesal, mucho menos el derecho de  defensa.   

8�  El  fenómeno  invalidatorio,  que  demanda  el  casacionista  y  coadyuva  el  señor  Procurador Delegado pero desde diferente momento procesal,  emana  de  la  reforma  legislativa  en  lo referente a la determinación de las  competencias,  relacionada  para  el caso con los procesos por delitos contra el  patrimonio  económico,  en  atención  al  factor  de  la  cuantía,  veleidoso  criterio  derivado  simplemente  de la necesidad de regular el trabajo que, como  se  ha  venido  repitiendo,  fue elevado de 20 salarios mínimos mensuales (art.  72.1  D.  050/87)  a  50  (art. 73.1 D. 2700/91), lo cual conduce frente a casos  como  el  acá  analizado,  donde  la  cuantía   se  halla  entre esos dos  valores,   al   surgimiento   de   posiciones   encontradas,  acerca  de  si  la  competencia   que venía adjudicada a los jueces del circuito se mantiene o  debe pasar indefectiblemente a los municipales.   

Esta  Sala  había  venido  optando por lo  segundo,  “…  muy  a pesar de la persistente incorporación en los Códigos de  Procedimiento  (vigente  y  derogado)  y  en  la  ley 81 de 1993 de la regla que  adscribe  el  conocimiento  definitivo  en  razón  de  la cuantía ‘teniendo en  cuenta  el  valor   de los salarios mínimos legales vigentes al momento de  la  comisión del hecho’, cuya previsión induciría en principio a pensar en la  inmutabilidad   de   la  adjudicación”,  según  expresó  la  corporación  en  providencia  de  fecha abril 17 de 1995, casación 8954, M.P. doctor Juan Manuel  Torres  Fresneda,  sobre  asunto similar al que ahora se ventila, oportunidad en  que  se  llegó  mayoritariamente  a  una  determinación  contraria, de acuerdo  con   inveterado  criterio  que  ahora  expresamente  se  rectifica por las  razones que vienen siendo explicadas.   

En dicha providencia también se recuerda la  de  fecha  marzo  22  de  1994  (colisión  de  competencia 9214, M.P. Dr. Edgar  Saavedra  Rojas),  donde  la  Sala  reconoce  que “la  forma  en que se redactó este aparte normativo es ambigua pues ella da a pensar  que  una  vez  señalada  la  cuantía del hecho punible, no es posible volver a  modificar  la  competencia”, interpretación que, sin  embargo, consideraba ilógica.   

9�   No   es   que  se  pretenda  demeritar  el  significado  de  la  competencia,  sin  la  cual  no podría organizarse la actividad  judicial,  para  hacerla operativa, por especialidad o materia, territorialidad, jerarquía  por  las  exigencias  de  capacitación  y  experiencia  para  la  atención  de  determinados  casos  y  la decisión de recursos, funcionalidad y otros aspectos  objetivos   y   subjetivos,   que    ciertamente  la  constituyen  en   medida de la jurisdicción.   

Pero  no  se  puede  dar  al metro el valor  trascendental  de  lo que es medido y si la jurisdicción, como facultad y poder  de  “decir  el  derecho”,  etimológicamente  hablando,  así mismo que juzgar y  hacer   efectivo   lo   juzgado,  es  exclusiva  y  excluyente,  indisponible  e  inabrogable,  no  ocurre  lo  mismo  con  la  especificidad  de  tal género, la  competencia,  que  si  bien  debe acatarse, su eventual inobservancia no conduce  inexorablemente  a  la  nulidad,  pues  ésta  puede  sanearse,  dentro  de  las  previsiones  de  convalidación consagradas en los estatutos procesales, sin que  se  encuentre  disposición  alguna  que  conduzca a que tal saneamiento deje de  operar   per   se   cuando   el   probable   factor  invalidatorio  provenga  de  incompetencia.   

Para  que  la  nulidad  se  genere  de modo  insubsanable,  en  un  caso  como  el que motiva este recurso extraordinario, es  preciso  comprobar  que  el  conocimiento  no  estaba  o salió de la órbita de  facultades  de  quienes  actuaron  y,  también,  que  con tal actuación de los  investidos   de   jurisdicción   pero   circunstancialmente   desprovistos   de  competencia,   resultaron   seriamente   conculcadas  garantías  fundamentales,  particularmente   el   derecho   a   la  defensa  (artículo  308.1,  C.  de  P.  P.).   

No  es  ésto  lo que ocurre en el presente  proceso,  bien  distinto de una actuación desarrollada por personas carentes de  jurisdicción,  o  por  autoridad  ajena  a  la organización penal, o por quien  usurpare el cargo o la función.   

La  buena  fe  y  el  sentido de acierto de  quienes,   válidamente   provistos   de   jurisdicción,  continuaron  actuando  convencidos  de  ser competentes, no puede castigarse con la anulación, estando  también  presente  el a todas luces valioso aditamento de ser poseedores de una  jerarquía  superior  a  la  requerida  después  de la reforma que introdujo la  confusión.   

No  es desacertado acoger que, inducidos “a  pesar  en  la  inmutabilidad  de  la adjudicación”, los funcionarios judiciales  considerasen  que   una  vez  definida  la  cuantía  del hecho punible, no  resultaba  pertinente  modificar  la  competencia,  de  acuerdo  con el precepto  iterado  en  el  penúltimo  inciso  actual  del  artículo  73  del  Código de  Procedimiento  Penal,  que  ciertamente  invita  a  tal  entendimiento,  cuando,  además,  la  razón  de  ser  de  esta  disposición  radica en la necesidad de  estabilizar   la   competencia  y  disminuir  los  riesgos  de  vaivén  de  los  expedientes   que,  como  ya  se  refirió,  es  una  de  las  concausas  de  la  ineficiencia judicial.   

10�  No  puede  olvidarse  que  de  acuerdo  con  lo dispuesto por el  artículo  219 del Código de Procedimiento Penal, uno de los fines primordiales  del  recurso  extraordinario  de casación está constituido precisamente por la  efectividad  del  derecho  material,  misión  que  se  encuentra  avalada,  con  prevalencia  “sobre  cualquier  otra  disposición  de  este  Código”,  por  un  principio  rector  del  derecho  procesal  penal colombiano (arts. 9�  y  22  C. de P. P.) y por la propia  Constitución  Política  (art.  228),  preceptiva que resultaría desdeñada de  optarse por la declaratoria de nulidad en este caso.   

11�  Todo  lo  anterior es confrontable con la efectista aseveración  de  que  convalidar  de tal manera la eventual nulidad por falta de competencia,  equivale   a   prohijar   un   quebrantamiento  al  principio  del  juez natural.   

Tal  admonición no resulta apropiada, pues  con  esta  norma  rectora  lo  que  se  procura es la preservación del interés  superior  a  ser  investigado y juzgado imparcialmente, por un órgano investido  de  jurisdicción  y  previamente  erigido  de acuerdo con la constitución y la  ley,  ajeno  a  presiones y dependencias. Esto es, se proscribe el procesamiento  por  jueces  especiales instituidos  ex post facto, por el riesgo de que se  trate  de  funcionarios  sumisos,  que  no  estarían  únicamente  sometidos al  imperio  de  la  ley,  de  pronto  asignados  con  un  mandato específico y una  decisión preestablecida.   

Así aparece consagrado este principio en la  Convención  Americana  sobre  Derechos  Humanos  (“Pacto  de San José de Costa  Rica”,  noviembre  22  de  1969),  aprobada  en  Colombia  mediante la Ley 16 de  1972:   

                     “Art.  8�.     Garantías  Judiciales.   

                    1. Toda  persona  tiene  derecho  a  ser oída, con las debidas garantías y dentro de un  plazo  razonable,  por un juez o tribunal competente, independiente e imparcial,  establecido  con  anterioridad  por  la  ley,  en la sustanciación de cualquier  acusación penal formulada contra ella, …”   

Y  el  Código  Penal  vigente  en Colombia  estatuye:   

                  “Art. 11.  Juez   natural.  Nadie  podrá   ser   juzgado   por   juez  o  tribunales  especiales  instituidos  con  posterioridad  a la comisión del hecho punible, ni con violación de las formas  propias de cada juicio”.   

Evidentemente,  el  Juez  Trece  Penal  del  Circuito  y  la  correspondiente  Sala de Decisión Penal del Tribunal Superior,  ambos  de  Santafé  de  Bogotá,  preexistían  al  acaecimiento  de  la estafa  perpetrada  por  la  procesada,  conducta  que  les correspondió conocer en sus  respectivas  instancias  por reparto entre sus congéneres y porque precisamente  así  lo disponía la normatividad procesal previa, siendo una reforma posterior  al  hecho  punible  la  que,  según  argumentan  el  casacionista  y  el señor  Procurador   Segundo   Delegado  en  lo  Penal,  desprendería  el  caso  de  su  conocimiento para trasladarlo a estrados de menor nivel.   

12�   En  síntesis,  no  es  que  se desconozca el objeto de la  competencia  dentro  del  debido  proceso;  lo  que  se resalta es que ha de ser  instituida  de  manera  estable y sin ambiguedades, pero que, además, no existe  norma  que  impida prorrogarla y subsanar o convalidar su eventual defecto, ante  la  actuación  de  buena fe de quien, oficialmente investido de jurisdicción y  razonablemente  convencido  de que es competente, realice actividades procesales  apropiadas,  que  cumplan las finalidades hacia las cuales estén dirigidas, sin  conculcar  garantías  legítimas  como  el  derecho  a la defensa, ni ocasionar  efectos  anormales  o  diferentes  de aquéllos que se habrían alcanzado por el  conducto que después se conceptúe como adecuado.   

Además  de  permitirlo  la  legislación  procesal  civil  y  penal,  lo anterior es adicionalmente viable por tratarse de  factores  de  competencia versátiles e insubstanciales como la cuantía, que de  ninguna   manera  puede,  per  se,  tener  entidad  para  derrumbar  un  proceso  penal.   

Al  Juez  le  corresponde  acatar el debido  proceso   y,   dentro   de  él,  asumir  una  posición  ejecutiva,  que  evite  injustificados  percances nugatorios y ayude a superar el merasmo procesal, para  honrar  las verdaderas prioridades, con lo cardinal delante de lo secundario, de  manera  que  no  se  sacrifiquen la eficacia de la administración de justicia y  sus  esfuerzos  por  arribar  a  decisiones definitivas, en aras de una eventual  irregularidad que ningún efecto anormal o conculcador produjo.   

Las nulidades, incluyendo las derivables de  la  falta  circunstancial  de  competencia  en  quien  sí se halla investido de  jurisdicción,  no  pueden  declararse sólo por el quebrantamiento formal de la  ley,  mientras  no  conlleven  un  insubsanable  perjuicio real en contra de las  garantías fundamentales.   

Es cuestión de escoger entre lo esencial y  lo  adjetivo, alternativa ya resuelta por la Constitución Política y las leyes  colombianas,  que  optaron  por  la  prevalencia  y  la  efectividad del derecho  sustancial.   

No prospera el cargo.”  

        Comedidamente,   

        NILSON PINILLA PINILLA   

        Magistrado   

(fecha: ut supra).  

   

    

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