13305 (16-12-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    FUERO/ FISCAL  

4    El  artículo  70,  literal  c  del Código de Procedimiento Penal consagra un fuero  legal  para el juzgamiento de los fiscales ante los juzgados, adscribiendo dicha  competencia  a  los  Tribunales  Superiores  de  Distrito,  en Sala de Decisión  Penal,  siempre  y  cuando  se  trate de delitos que dichos servidores públicos  cometan   “por  razón  de  sus  funciones.”   

Tal fuero, sin embargo, dista de ser personal  o  referente  a la investidura, pues ni se extiende a la totalidad del tiempo en  que  el fiscal se desempeñe como tal, ni cubre toda clase de infracciones, sino  tan  solo  aquellas que se cometan dentro de su ejercicio funcional o por razón  del  mismo,  lo excluye no solamente los llamados delitos comunes, sino aún los  de  responsabilidad  que  se  cometan con el solo abuso del cargo, lo que parece  indicar  que  esta  competencia  especial  refiere,  a  aquella  responsabilidad  adicional  que  la  Constitución  Política  adjudica  en su artículo 6. a los  servidores  públicos,  que  a diferencia de los particulares, no solo se deriva  de  la  simple  infracción  a  la  constitución  y a la ley, sino además “por  omisión o extralimitación en el ejercicio de sus funciones.”   

Tan específica atribución implica, entonces,  dentro  de  otras  consecuencias,  que  para  aquellos  delitos  en  que  a cuya  ejecución  se  llega  tanto  por  el  abuso  de  la función como del cargo, la  competencia  se  escinda, cubriendo el fuero con exclusividad el evento primero,  en  tanto  que  si la infracción ocurre por un abuso de la investidura, habrán  de  conocer los funcionarios ordinarios, con sujeción a los demás factores que  determinan su intervención en cada caso concreto.   

Tal  es lo que sucede, entre otros, frente al  delito  de  concusión,  donde la descripción legal del tipo (artículo 140 del  Código  Penal,  modificado por el artículo 21 de la Ley 190 de 1995) admite la  ejecución  de  la conducta, sea porque el servidor público abuse de su “cargo”  ora  “de sus funciones”, siendo entendido que su aforamiento queda restringido a  la segunda de estas dos hipótesis puntuales.   

PROCESO No. 13305  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                    Magistrado Ponente:   

                                                    Dr. JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA   

          Aprobado Acta No. 155   

                                                    Santafé  de  Bogotá  D.C., dieciséis (16) de  diciembre de mil novecientos noventa y siete (1997).   

          V I S T O S:   

Por  vía  de  apelación  revisa la Sala la  sentencia  de  mayo  14  último,  en  la  que el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Quibdó  condena  al  doctor ADALBERTO PALACIOS VALOYES, ex-Fiscal  ante  los  Jueces  del Circuito, a la pena principal de 40 meses de prisión por  el  delito  de concu­sión.   

         A N T E C E D E N T E S:   

          –  El  21  de septiembre de 1.993 el Fiscal Segundo de la Unidad de  Vida  de  Quibdó,  doctor  Marcos Bejarano Sánchez, avocó el conocimiento del  homicidio  que  Jaime  Aristizábal  Salazar cometió en Orlando Aníbal López,  proceso  por  el  cual  fue  condenado  el  28  de marzo de 1.995 por el Juzgado  Primero Penal del Circuito, a cargo del doctor Horacio Rojas Pino.   

          En  este  último  mes,  la  línea telefónica número 7111159 fue  legalmente  interceptada,  pues  se  obtuvo  información  referente  a  que  el  propietario  de  la  misma,  Iván  Osorio  Restrepo,  estaba  vinculado  con el  narcotráfico.  En  esta  labor, realizada entre el 14 de marzo y el 18 de abril  de  1.995,  se escuchó a Osorio Restrepo hablar con Jaime Aristizábal Salazar,  y  a  éste  decir que “Alberto” (el aquí procesado, según se dedujo después)  había        recibido       final­mente  un  millón de pesos por “favorecer” a Aristizabal, y que el  doctor   Adalberto   le   había   dicho   que  “eso  estaba  muy  barato”  (ver  transcripción de tales grabaciones a fls. 4 y ss. 1.447 y ss.-2).   

          –    Como   consecuencia   la   Policía   puso   los   hechos   en  conoci­miento   de   la  Fiscalía  Delegada  ante el Tribunal, que luego de algunas diligencias previas,  abrió  investigación  (fl.  143-1), oyó en indagatoria a los imputados Marcos  Bejarano  Sánchez  (Fiscal  Segundo Unidad de Vida), Adalberto Palacios Valoyes  (Fiscal  4o.  Unidad  de  Patrimonio  ante  los  Jueces  del Circuito) y al juez  Horacio  Rojas  Pino (fls. 173, 184 y 202), practicó otras pruebas, dictó auto  de  detención  contra  Palacios Valoyes y se abstuvo de hacerlo respecto de los  dos      restantes,      y      al      calificar     la     instruc­ción  mediante resolución de mayo 23  de  1.996 (fl. 710-3), precluyó con relación a Bejarano Sánchez y Rojas Pino,  acusando     a     Palacios     por     el     delito    de    concu­sión.   

          De  esta  última  decisión  es  pertinente  destacar  los apartes  textuales  que a continuación se transcriben, por su incidencia en la decisión  que  ha  de  adoptar  la Corte, en cuanto luego de excluir la responsabilidad de  los  co-sindicados  como funcionarios competentes para decidir el proceso contra  Aristizabal  Salazar,  precisó  que  el  único acusado doctor Palacios Valoyes  había  actuado  no  por abuso de una función que no tenía, sino del cargo que  desempeña­ba:   

         “Se  dijo  otrora  y  hoy al no haber surgido nueva probanza que lo  infirme,  es  válido  insistir  que  en el caso que nos ocupa, surgió un claro  abuso  del  cargo  por  parte  del  Dr.ADALBERTO  PALACIOS  VALOYES.”(folio  746  del cuader­no 3 original)   

         y        sobre        tal       modalidad       más       adelante  explica:       “… si bien el doctor PALACIOS VALOYES,  era  un  vendedor  de humo, necesariamente actuó precedido del cargo de Fiscal,  pues  en  tal condición lo conocía JAIME ARISTIZABAL SALAZAR, como otrora Juez  de  Instruc­ción Criminal  y  en  la  misma le pidió que le ayudara… Tenía ARISTIZABAL la creencia y no  nos  atreveríamos  a  decir que de pronto alimentada por PALACIOS VALOYES, pues  no  hay  prueba  que  así  lo  autorice,  de  que  éste estaba en capacidad de  arreglarle   el   problema.”            (folio 750 ibídem).    

          Avocado  el  asunto  por  el Tribunal, allí se practicaron algunas  pruebas,     se     celebró     la     diligencia     de     audien­cia   pública   (fl.   906-3)  y  se  profirió  la  sentencia  que  es  objeto  de alzada (fl.973-3), la que resultó  apelada  por  el  defensor del procesado, atenido a la sustentación oral de sus  razones.   

         L A  S E N T E N C I A  A P E L A D A:   

          Considera  el Tribunal que “la prueba testimonial es diáfana” para  demostrar      la      responsabili­dad  del  acusado  en el delito por el cual se le acusa, y que tal  acervo  se compone de las declaraciones rendidas por Iván Moreno Osorio, Harold  Mena  Torres  quien  en otro asunto fue abogado de Jaime Aristizábal Salazar, y  Gabriel   Hoyos   Aristizábal,  primo  del  anterior,  en  cuanto  que  de  tal  información emerge:   

         Que  Palacios  Valoyes,  invocando  el  nombre de su colega Marcos  Bejarano  Sánchez, pidió la suma de dinero; que Jaime Aristizábal le comentó  al  doctor  Harold  Mena cómo a pesar de haber entregado el dinero antes de que  se   resol­viera   su  situación  jurídica, le decidieron en contra, y que Gabriel Hoyos Aristizábal  acompañó  a  su  primo  Jaime a la residencia del procesado Palacios Valoyes y  presenció la entrega de un dinero.   

         Esta    información   coincidía   con   la   indicia­ria   atinente   al   “tratamiento  especial”  que  se  le  dio a Jaime Aristizábal en el proceso adelantado por el  Fiscal   Bejarano   Sánchez   y   el  Juez  Rojas  Pino  el  compor­tamiento de la agente del Ministerio  Público  doctora  Elizabeth  Robledo  de García, referida familiarmente en las  conversaciones          telefó­nicas  como  “Chava”,  y  quien  pidiera  la  absolución de Jaime  Aristizábal  Salazar  con  la  tesis  gratuita  de  haber  obrado  en legítima  defensa,  tesis  que  abandonó  al  proferirse  el  fallo adverso al procesado,  omitiendo su apelación.   

         Y  con  el  reconocimiento  que hizo la sentencia del Juez Horacio  Rojas,  de  la  atenuante  de  la  ira,  sumado  a la referencia hecha por el ex  magistrado    del   Tribunal   Conten­cioso  Administrativo a Iván Osorio, al sostener que “con Horacio  no   hay   problema”   porque   le   habían   prometido   con   “un  estímulo”  (fl.98­7),  pues  esa  prueba  comportaba  a  juicio  del a-quo mérito para condenar por concusión al  doctor PALACIOS VALOYES, quien   

        “valiéndose  de  su  condición  de  fiscal  seccional  le pidió  dinero  a  JAIME  ARISTIZABAL SALAZAR para que el Fiscal MARCOS BEJARANO SANCHEZ  -con  quien actuó identificado en el propósito lo beneficiara con su decisión  dentro   del   proceso…,   contribu­ción  que  habría  prestado  bajo ese acuerdo el doctor Bejarano  para   favorecer   con   una  califica­ción favorable a Aristizabal Salazar.”   

        L  A    S  U  S  T  E  N  T  A C I O N   O R A  L:   

         El   señor   defensor   del   acusado  empezó  su  intervención  refiriendo  al  “entorno sociológico” en que se dieron los hechos investigados,  y  que  caracterizaba la actividad de las funciones públicas en el Departamento  del Chocó por “…la suspicacia, la conseja, el rumor…”.   

         A  continuación  critica  el fallo porque pese a que los doctores  Marcos  Bejarano  Sánchez  y Horacio Rojas Pino fueron objeto de preclusión en  la      providencia      calificato­ria,      la      condena      resulta     contradicto­ria al tomar como indicios contra el  acusado  la  “delincuencia” cometida por aquéllos, desconociendo los efectos de  cosa   juzgada   que   lleva  la  declaratoria  judicial  de  inocencia  de  los  exonera­dos  (fl.  63).   

         Califica  de  dudosa  la  capacidad moral del testigo Iván Osorio  Restrepo,  ya  que  se trata de un prestamista dentro del medio judicial, aparte  de  ser  un “íntimo amigo” de Jaime Aristizábal Salazar, persona que “pretende  arreglar  todo  con dinero” (fl. 68) y cuyo testimonio no obra en el proceso, lo  que   impide   afirmar   con   certeza  si  es  quien  realmente  habla  en  las  conversaciones         telefóni­cas        interfe­ridas.   

         Además  llama  la  atención  sobre  el  hecho  de que todas esas  llamadas  hubieran  ocurrido  durante  la causa seguida contra Aristizabal, pues  para  entonces ya nada tenían que ver los fiscales Bejarano Sánchez y Palacios  Valoyes  sobre  la  situación  del  entonces acusado, lo que torna ilógico que  hubieran  recibido  o  siquiera  solicitado  dinero por sus actuacio­nes.   

         Por  el  contrario,  constituye indicio de favor el reconocimiento  espontáneo  que hizo el acusado de ser conocido de Jaime Aristizábal Salazar y  también  de  que  le  encargó  un  radio  porque el suyo se le había dañado.   

         Por  otra  parte, la declaración de Gabriel Hoyos Aristizábal no  se  considera  digna de credibilidad, por no ser lógico que alguien que le va a  entregar  dinero  a un funcionario, se haga acompañar de otra persona (fl. 83),  consideraciones  que  rematan  con  la  afirmación  de ausencia de certeza para  condenar.   

         Sin   perjuicio   de   lo  anterior,  el  impugnante  cuestiona  la  competencia  del  Tribunal  para juzgar el presente  asunto,  pues  si  el  acusado  no  intervino  en el  proceso  contra  Jaime  Aristizábal,  ni  sabía que le iba a corresponder a su  colega  Marcos  Bejarano,  para  nada incidieron sus funciones de fiscal, y ello  ubicaba  la competencia en las Fiscalías Seccionales, por lo cual considera que  el fallo apelado no proviene del funcionario competente.   

         –  El  Señor Fiscal Delegado ante el Tribunal Superior de Quibdó  afirmó  que  la prueba de cargo comporta la solidez suficiente para condenar, y  tras  aclarar  que Iván Osorio Restrepo está pendiente por compare­cer a audiencia, solicita a la Corte  confirmar la sentencia apelada (fl. 91).   

         –  Por  último,  el señor Procurador Cuarto Delegado en lo Penal  estima  que  no  se  cuenta  con  la  certeza  necesaria  para conde­nar,  puesto  que todos los testigos  son  “de  oídas”,  ya que el verdadero sabedor de los hechos no apareció, y el  testigo      Iván      Osorio     Restrepo     terminó     descali­ficando su propio dicho al reconocer  sus   contra­dicciones  porque     “quería    engañar    a    mi    amigo,    el    homici­da”.    

        C  O  N  S I D E R A C I O N E S  D E  L A  C O R T  E:   

         1.-  El artículo 70, literal c del Código de Procedi­miento Penal consagra un fuero legal  para  el  juzgamiento  de  los  fiscales  ante  los juzgados, adscribiendo dicha  compe­tencia   a  los  Tribunales  Superiores de Distrito, en Sala de Decisión Penal, siempre y cuando  se  trate  de  delitos  que  dichos  servidores  públicos cometan “por        razón        de        sus       funciones.”   

         Tal  fuero,  sin  embargo,  dista de ser personal o referente a la  investidura,  pues  ni se extiende a la totalidad del tiempo en que el fiscal se  desempeñe  como  tal,  ni  cubre  toda  clase  de  infracciones,  sino tan solo  aquellas  que  se  cometan  dentro  de  su  ejercicio funcional o por razón del  mismo,  lo  excluye  no solamente los llamados delitos comunes, sino aún los de  responsabilidad  que  se  cometan  con  el  solo  abuso del cargo, lo que parece  indicar  que  esta  competencia especial refiere, a aquella responsa­bilidad    adicional    que    la  Constitución  Política adjudica en su artículo 6. a los servidores públicos,  que  a  diferencia  de  los  particulares,  no  solo  se  deriva  de  la  simple  infracción  a  la  constitución  y  a  la  ley,  sino  además “por omisión o  extralimitación     en     el     ejercicio     de    sus    funcio­nes.”   

         Tan  específica  atribución  implica,  entonces, dentro de otras  consecuencias,  que  para  aquellos  delitos  en  que a cuya ejecución se llega  tanto  por  el  abuso  de  la  función  como del cargo, la competen­cia  se  escinda, cubriendo el fuero  con  exclusividad  el  evento primero, en tanto que si la infracción ocurre por  un   abuso   de   la   investidura,   habrán   de   conocer   los  funcionarios  ordina­rios,    con  sujeción      a     los     demás     factores     que     determi­nan  su  intervención  en cada caso  concreto.   

         Tal   es   lo  que  sucede,  entre  otros,  frente  al  delito  de  concusión,  donde  la  descripción  legal  del tipo (artículo 140 del Código  Penal,  modificado  por  el  artículo  21  de  la  Ley  190  de 1995) admite la  ejecución  de  la conducta, sea porque el servidor público abuse de su “cargo”  ora  “de sus funciones”, siendo entendido que su aforamiento queda restringido a  la segunda de estas dos hipótesis puntuales.   

         2.-  Para  el  caso  que  es  ahora  motivo  de  estudio,  y  tras  reconocerle   en   ello   razón   al   recurrente,   es  de  observar  que  con  desconocimiento  de  los  términos en los que fuera concebida la resolución de  acusación,  la  Sala  de  Decisión  del  Tribunal  Superior  que  adelantó el  juzgamiento,  fundó  la  decisión  condenatoria  sobre el supuesto de un abuso  funcional  por  parte  del  fiscal  doctor  Marcos  Bejarano Sánchez, quien con  motivo   de  la  instrucción  seguida  por  el  delito  de  homicidio,  habría  favorecido  ilegítimamente  a  Jaime  Aristizábal Salazar, lo mismo que haría  luego  el juez Horacio Rojas Pino, con quienes habría actuado de común acuerdo  el  ahora  condenado  doctor  Adalberto  Palacios  Valoyes,  participando de los  abusos  de  la  actividad funcional cumplida por aquellos, con la exigencia y la  percepción directa de los dineros entregados por el particular.   

         Bajo  dichos  supuestos, no se tendría duda de que la competencia  para  impulsar  el  juzgamiento radicaría en la Sala Penal del Tribunal, porque  el  delito  sería  el  de  los doctores Bejarano y Rojas, ubicándose al doctor  Palacios dentro de una coautoría impropia.   

         No  es  esa,  sin  embargo,  la  situación que opera dentro de la  resolución  acusatoria  proferida,  y  que ya definió como ley del proceso los  diferentes     factores     determi­nantes  de  la  competencia  para  el  juzgamiento, porque así se  admita  que  fue  bajo la hipótesis elaborada por el Tribunal que se inició la  instrucción  en  este asunto, se indagó a los doctores Bejarano y Rojas, y que  se      les     mantuvo     vincula­dos,  es  innegable  que  al  calificar  de  fondo  el sumario, la  Fiscalía   excluyó  la  responsabilidad  de  aquellos,  centrándo­la   privativamente  en  el  doctor  Adalberto  Palacios  Valoyes,  pero  a  la  luz  de un supuesto dispar: el de su  exclusiva  iniciativa  para  la  exigencia  del  dinero,  echando  mano no a sus  funciones,  que nada en absoluto tenían que ver con la definición del caso que  involucraba  a  Jaime  Aristizabal,  sino  del cargo o investidura de Fiscal, de  cuyo   abuso   se   prevalía   para   exigir   de  quienes  conocían  por  esa  vincula­ción  oficial  sobre  su ascen­diente en  el   medio  judicial  del  Municipio  de  Quibdó,  la  entrega  de  unas  sumas  indebidas.       

         Siendo,  entonces,  esa resolución de acusación -se insiste- ley  del  proceso  al  excluir  la  responsabilidad del Fiscal Bejarano y la del Juez  Rojas  Pino,  como  para  acusar  dentro  de  la modalidad ya dicha al procesado  doctor  Adalberto  Palacios  Valoyes,  no  cabe  duda de su incidencia, desde su  ejecutoria,  para variar la competencia en el trámite del juicio, pues si hasta  entonces  era el Fiscal de mayor jerarquía el competente para conocer y definir  la  situación  de  los  aforados,  en cuanto atañe con el adelanta­miento    de    la    causa,    su  conoci­miento se ceñía  al  mandato del artículo 72-c del Código de Procedimiento Penal, excluyendo la  participación  del  Tribunal  cuya  competencia  no  deriva  de  la entidad del  funcionario  que  haya  proferido la acusación, sino de los puntuales preceptos  de  la  ley,  y  en particular de los factores funcional, material, territorial,  foral y de conexidad que para este caso se conjugan.   

         De   todo   lo  anterior  deriva  que  por  haber  adelantado  sin  competencia  la  presente  causa,  lo  actuado  por  la  Sala Penal del Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Quibdó  tenga  que  ser  invalidado  con  fundamento  en  la causal primera del artículo 304 del Código de Procedimiento  Penal,  anulación  que  quedará  restringida al juicio, porque la instrucción  sí   concernía   a   la  Fiscalía  Delegada  ante  esa  colegiatu­ra  hasta  el  momento  de  definir  unificada­mente   la  situación  respecto  de  los aforados, así incluyera por conexidad la de quien  con aquellos no lo fuera.   

         El  expediente  tendrá que regresar, entonces, para que previo el  cumplimiento  de  sus  desanotaciones, a la mayor brevedad proceda el Tribunal a  remitirlo  para  el  reparto  de los Juzgados Penales del Circuito de Quibdó, a  quienes corresponde impulsar y definir la causa.   

         En  mérito  de  lo  expuesto,  y  acogiendo  en ello la petición  alternativa  del  señor defensor del procesado, la Corte Suprema de Justicia en  Sala de Casación Penal,   

        R E S U E L V E:   

DECRETAR    LA    NULIDAD  de  lo  actuado dentro del presente asunto, a partir, inclusive,  de  la  constancia  secretarial de junio 18 de 1996, mediante el cual se inició  oficiosa­men­te el traslado del artículo 446 del  C.  de  P.P.  ante  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Quibdó en la  presente causa.   

En  firme  esta  providencia  vuelvan  las  diligencias  al  Tribunal  de  origen,  para  que previas sus desanotaciones las  remita  por  competencia  y  a  la  mayor  brevedad  a  los Juzgados Penales del  Circuito  de  Quibdó, a quienes corres­ponde el conocimiento de la causa.   

Cópiese,   notifíquese   y   cúmplase.   

        CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE   

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                         RICARDO  CALVETE  RANGEL                               

JORGE   E.   CORDOBA   POVEDA                            JORGE  ANIBAL  GOMEZ  GALLEGO   

CARLOS  E. MEJIA ESCOBAR                 DIDIMO PAEZ VELANDIA   

NILSON    PINILLA   PINILLA                           JUAN    MANUEL    TORRES  FRESNEDA   

Salvamento de Voto  

        PATRICIA SALAZAR CUELLAR   

        Secretaria   

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SALVAMENTO DE VOTO  

Con  mi habitual respeto por las decisiones  de  la  mayoría,  me permito presentar las razones que me llevan a suscribir la  decisión de la Sala, con  salvedad:   

1°  De acuerdo con los términos de la  resolución  de  acusación,  se  comprometió  en  juicio  al  doctor Adalberto  Palacios  Valoyes,  Fiscal  Seccional  de Quibdó,  como presunto autor del  delito  de  concusión,  por  cuanto “no puede haber ninguna duda de que si un  funcionario  judicial  en  abuso  de  su  cargo,  se  aventura  en  una  empresa  esquilmatoria,  incurre  en el delito de CONCUSION, y ese sería el caso del Dr.  ADALBERTO  PALACIOS VALOYES”,  toda vez que “si bien el doctor PALACIOS  VALOYES,  era  un vendedor de humo, necesariamente actuó precedido del cargo de  Fiscal” (fs. 746 y 759 cd. número 3).   

Adelantada la etapa del juicio, el Tribunal  Superior  de  Quibdó,  estimó que si bien el implicado no tenía facultad para  tomar   decisiones   dentro   del   proceso   que   se  adelantó  contra  quien  presuntamente   entregó dinero a cambio de beneficios, “en su condición  de  fiscal  actuó  mancomunadamente  con  quien  tenía el poder de decisión y  materializó el verbo rector SOLICITAR” (f. 989 ib.)   

2°  Es claro, que la descripción del tipo  acuñada  en  el   artículo 140 del Código Penal, modificado por el 21 de  la  ley  190  de 1995, admite ejecución, bien porque el servidor público abuse  del  “cargo”  ora  “de  sus funciones”. Estas dos formas en que el autor  puede  lograr su propósito, son  ambas expresivas del elemento  abuso  de  poder  de  la  concusión, en tanto la exigencia de la dádiva por parte del  funcionario  bien  puede  darse  como   servidor  público, para invadir la  órbita  de  otro  y  extralimitar su poder, o bien para aplicar ilegalmente las  funciones que le son propias.   

3°  Entendió  el  Tribunal  Superior  de  Quibdó,  en este caso, que  se está en presencia de abuso de la función,  y   por  esa  razón  inició  el  juicio  y  profirió  sentencia,  estando  la  corporación  investida  de jurisdicción y movida por el obligatorio propósito  de   impulsar   y  decidir  un  proceso,  para  cuyo  conocimiento  se  reputaba  competente,  realizando  además las actividades procesales apropiadas (traslado  para  preparar  audiencia,  definición  sobre  pruebas, abundante recepción de  éstas,  audiencia  pública,  etc.), sin conculcar garantías legítimas de los  sujetos  procesales ni entre éllas, en lo más mínimo, el derecho a la defensa  del funcionario inculpado.   

En  hipótesis como la ofrecida por el caso  analizado,  esto  es,  que  la  Sala de Decisión Penal del Tribunal Superior de  Quibdó  actuó   sanamente  convencida  de  ser  competente,  respetando a  plenitud  todas  las  garantías,  incluidas  las del procesado a cuyo nombre se  recurre,  no  cabe  duda que la imperfección de haberse desarrollado y decidido  el  juicio  bajo  una  competencia  superior  en  jerarquía  a  la que ahora se  reputa   adecuada,  ningún  efecto  malévolo produjo, ni causó perjuicio  alguno,  de  allí  mi  disenso  con  la  decisión  de  la  Sala al decretar la  invalidez  del  juicio,  toda  vez que las nulidades sólo pueden decretarse por  excepción  y  no  es  cualquier  irregularidad  la  que  conduce  fatalmente  a  determinarlas.   

Sobre  este  punto he venido sosteniendo en  salvedades  anteriores  (e.g.  Cas. 9272, jul.3/97, M.P. Dr. Juan Manuel Tórres  Fresneda) y ahora reitero, en síntesis:   

“… … …   

Su   odioso   potencial   invalidatorio  únicamente   puede   ser   reconocido   ante  aquellos  vicios  sustanciales  e  insubsanables,  que  hayan perjudicado severamente un alto interés legítimo de  algún  sujeto  procesal o del Estado y que tengan tal trascendencia lesiva, que  definitivamente no puedan ser redimidos.   

…La doctrina universal pregona que no hay  nulidad sin perjuicio:   

‘…las  nulidades  han sido reducidas por el número y por el contenido, los poderes del  juez  ampliados  y  adoptado  el criterio de valoración de la nulidad según la  relevancia  del  acto  nulo  en  relación  con los fines del proceso, es decir,  según  la  efectividad del perjuicio que de la misma pueda derivarse. Todas las  nulidades   son,  pues,  relativas…’  (Eugenio  Florían,  ‘Elementos      de      Derecho      Procesal     Penal’, trad. L. Prieto Castro, Ed Bosch,  Barcelona, reimpresión 1990, p. 126).   

‘En virtud del  carácter  no  formalista  del  derecho  procesal moderno, se ha establecido que  para  que  exista  nulidad  no  basta  la  sola infracción a la norma, si no se  produce  un  perjuicio  a  la  parte.  La  nulidad,  mas que satisfacer pruritos  formales,   tiene   por   objeto  evitar  la  violación  a  las  garantías  en  juicio…   

Es  por  esta  razón  por  la que algunos  derechos  positivos  modernos  establecen el principio de que el acto con vicios  de  forma  es  válido,  si  alcanza  los  fines  propuestos… o si en lugar de  seguirse  un  procedimiento  se  ha  utilizado,  equivocadamente, otro, pero con  mayores  garantías…’  (Enrique        Véscovi,       ‘Teoría          General          del          Proceso’,   Ed   Temis,  Bogotá,  1984, p. 304).   

…  Esa  afortunada  evolución           en           ‘derechos  positivos              modernos’   fue  oportunamente  asumida  por  el  derecho  procesal  colombiano, tanto en materia  civil  (art. 144.4, antiguo 156.4, C. de P. C.), como penal.  Expresamente,  el  artículo  308.1  del Código de Procedimiento Penal incluye como uno de los  PRINCIPIOS  QUE ORIENTAN LA DECLARATORIA DE LAS NULIDADES Y SU CONVALIDACION, el  siguiente:   

‘No se declarará la invalidez de un acto cuando  cumpla  la  finalidad  para la cual estaba destinado, siempre que no se viole el  derecho a la defensa.´   

… Cabe observar, sin  embargo,  que  esta  acertada posibilidad de convalidación no es necesariamente  moderna,  sino  que  es  el  fruto  de  una juiciosa evolución jurídica, cuyos  fundamentos   vienen  apuntalados  desde  los  enfoques  clásicos  del  Derecho  Procesal universal:   

‘La  nulidad  es  relativa  cuando  la  falta de  algún  requisito  no  tiene  relevancia si, no obstante, el acto es justo, esto  es,  ha  alcanzado  su finalidad. El acto es anulable cuando la nulidad no puede  ser  puesta  de  relieve  sin  una  reacción  del  sujeto  al cual perjudica su  injusticia,    y    por    eso,    protesta   su   invalidez.’   (Francesco  Carnelutti,  ‘Principios  del          Proceso          Penal’,  trad.  Santiago  Sentis  M.,  Ed.  Jurídicas  Europa-América,  Buenos Aires, 1971, p.  296).   

… Evidentemente, la trascendental misión  jurídica  de  procurar la eficaz, pronta y firme aplicación de la normatividad  sustantiva,    impone    relatividad    en    el    establecimiento    de    las  nulidades:   

“…si   efectivamente   queremos  ser  congruentes  con  los hechos, debemos adoptar un criterio flexible y abierto que  nos  conduzca  a  declarar,  más  que  una inexistencia o nulidad del acto, una  ineficacia  de  características  relativas  que tenga un amplio margen de juego  según  las consecuencias específicamente producidas o no por el acto afectado.   

De  este  modo, podremos analizar en forma  totalmente  libre  cuáles son las características especiales de un determinado  acto  irregular  y,  sin  prejuzgar  sobre  la  sanción resultante, observar el  despliegue  de sus efectos en el ámbito del derecho para decidir entonces sobre  el   grado   de   ineficacia  que  lo  afecta.  El  punto  de  partida  es  pues  necesariamente  inverso:  atiende  mejor  a  la producción de efectos y no a un  rígido  esquema  de  causas, o de delimitación personal de impugnaciones, o de  posibilidades de convalidación.   

Bajo  este  punto  de vista, la ineficacia  puede  entonces  apreciarse directamente y en forma objetiva en tanto exista una  producción  anormal  de  efectos  en  el  acto cuestionado, y la medida de esta  anormalidad   es   la   que   regirá   nuestro   criterio   para   decidir   su  clasificación.’ (Rene  Japiot,    citado   por   José   Antonio   Márquez   González,   ‘Teoría     General    de    las  Nulidades’, Ed Porrúa,  México, 1992, ps. 62 y 63).”   

   

4°  En el presente caso la fase del juicio  fue  debidamente  adelantada,  con  plena  observancia de las formas procesales,  sólo  que con mayor nivel al desarrollarse por el Tribunal frente a funcionario  que   consideró aforado, lo cual hizo viable que la impugnación viniera a  la  Corte  Suprema.  No  se  observa fundamento, ni en lo más mínimo, para que  pueda  colegirse  que  se haya irrogado algún perjuicio con la elevación de la  competencia,  ni  que  se  haya  conculcado  o  tan  siquiera  debilitado alguna  garantía procesal, mucho menos el derecho de defensa.    

5°  No  es  que  se  pretenda demeritar el  significado  de  la competencia, sin la cual no podría organizarse la actividad  judicial,  para  hacerla operativa, por especialidad o materia, territorialidad,  jerarquía  por  las exigencias de capacitación y experiencia para la atención  de  determinados  casos entre ellos los de fuero, funcionalidad y otros aspectos  objetivos   y   subjetivos,  que  ciertamente  la  constituyen  en  medida de la jurisdicción.   

Pero  no  se  puede  dar  al metro el valor  trascendental  de lo que es medido y si la jurisdicción, -como facultad y poder  de  “decir  el derecho”, etimológicamente hablando, así mismo que juzgar y  hacer   efectivo   lo  juzgado-,  es  exclusiva  y  excluyente,  indisponible  e  inabrogable,  no  ocurre  lo  mismo  con  la  especificidad  de  tal género, la  competencia,  que  si  bien  debe acatarse, su eventual inobservancia no conduce  inexorablemente   a  la  nulidad,  pues  ésta  puede  sanearse  dentro  de  las  previsiones  de convalidación establecidas en los estatutos procesales, sin que  se  encuentre  disposición  alguna  que  conduzca a que tal saneamiento deje de  operar,   per   se,   cuando   el  probable  factor  invalidatorio  provenga  de  incompetencia.   

Para  que  la  nulidad  se  genere  de modo  insubsanable,  en  un  caso  como  el  tratado,  es  preciso  comprobar  que  el  conocimiento  no  estaba  o  salió  de  la  órbita  de  facultades  de quienes  actuaron,   pero   también   que  con  tal  actuación  de  los  investidos  de  jurisdicción  pero  circunstancialmente desprovistos de competencia, resultaron  seriamente  conculcadas  garantías  fundamentales, particularmente el derecho a  la defensa y el principio del juez natural.   

No  es  ésto  lo que ocurre en el presente  proceso,  bien  distinto de una actuación desarrollada por personas carentes de  jurisdicción,  o  por  autoridad  ajena  a  la organización penal, o por quien  usurpare el cargo o la función.   

Por  el  contrario,   el  sentido  de  acierto   del   Tribunal,  válidamente  provisto  de  jurisdicción,  no  puede  castigarse  con  la  anulación,  estando  también  presente  el  a todas luces  valioso  aditamento  de  ser  poseedor de una jerarquía superior a la que ahora  emerge  en  el  entendido  que  el comportamiento reprochado surge por abuso del  cargo   que   no  de  la  función,  hipótesis  esta  última  a  la   que  literalmente  aparece  restringido  el  factor  foral, pero que frente a las dos  formas  en que el concusionario  puede lograr su propósito, “abusando de  su  cargo  o  de sus funciones”, en este caso ofrecía visos de lo uno y de lo  otro.  Así  se  lee  en  la  resolución  de  acusación:  “si bien el doctor  PALACIOS  VALOYES,  era un vendedor de humo, necesariamente actuó precedido del  cargo  de  Fiscal, pues en tal condición lo conocía JAIME ARISTIZABAL SALAZAR,  …  y  en  la misma le pidió que le ayudara”, para luego precisar: “Tenía  ARISTIZABAL  la creencia …, de que éste (el procesado) estaba en capacidad de  arreglarle el problema” (f. 750).   

6°  En resumen, no es que se desconozca el  objeto  de la competencia dentro del debido proceso; lo que se resalta es que no  existe  norma  que  impida  prorrogarla  y  subsanarla  o convalidar su eventual  defecto,  ante  la actuación de quien, oficialmente investido de jurisdicción,  de  mayor  rango  y  razonablemente  convencido  de  que  es competente, realice  actividades  procesales apropiadas, que cumplan las finalidades hacia las cuales  estén  dirigidas,  sin  conculcar  garantías  legítimas  como el derecho a la  defensa,  ni  ocasionar  efectos  anormales  o  diferentes  de  aquéllos que se  habrían  alcanzado  por  el  conducto que después se conceptúe como adecuado.   

Además  de  permitirlo  la  legislación  procesal  civil  y  penal,  lo  anterior es adicionalmente viable al tratarse no  sólo   de   un   mismo  título  y  capítulo,  sino  de  igual  hecho  punible  -concusión-,  a  cuya  ejecución se llega sea por el abuso de la función como  del  cargo  y  donde,  por  tanto,  la calificación de la modalidad de conducta  pueda ser variada.   

7º   Contra   lo  anterior  mal  podría  arguirse,   de  manera  efectista,  que  convalidar la eventual nulidad por  falta  de  competencia,  equivalga  a  prohijar  un quebrantamiento al principio  del    juez   natural  .   

Tal  admonición no resulta apropiada, pues  con  esta  norma  rectora  lo  que  se  procura es la preservación del interés  superior  a  ser  investigado y juzgado imparcialmente, por un órgano investido  de  jurisdicción  y  previamente  erigido  de acuerdo con la constitución y la  ley,  ajeno  a  presiones y dependencias. Esto es, se proscribe el procesamiento  por  jueces  especiales instituidos ex post facto, por el riesgo de que se trate  de  funcionarios  sumisos,  que no estarían únicamente sometidos al imperio de  la  ley,  de  pronto  asignados  con  un  mandato  específico  y  una decisión  preestablecida.   

Así aparece consagrado este principio en la  Convención  Americana  sobre  Derecho  Humanos  (“Pacto de San José de Costa  Rica”,  noviembre  22  de  1969),  aprobada  en Colombia mediante la Ley 16 de  1972:   

“Art.      8º.      Garantías  Judiciales.   

    

1. Toda   persona   tiene  derecho  a  ser  oída,  con  las  debidas  garantías  y  dentro  de un plazo razonable, por un juez o tribunal competente,  independiente  e  imparcial,  establecido  con  anterioridad  por  la ley, en la  sustanciación   de   cualquier   acusación   penal   formulada   contra  ella,  …”     

Y  el  Código  Penal  vigente  en Colombia  estatuye:   

“Art. 11.Juez  natural.   Nadie  podrá  ser  juzgado  por  juez  o  tribunales  especiales  instituidos  con  posterioridad a la comisión del hecho  punible, ni con violación de las formas propias de cada juicio”.   

No es este el caso, pues la correspondiente  Sala   del   Tribunal   Superior   de   Quibdó,  evidentemente  preexistía  al  acaecimiento   de   la    concusión,   estaba   plenamente   investida  de  jurisdicción  y  ni  aun por exceso de suspicacia se habrá pensado que asumió  el  conocimiento  con  alguna  intención  diferente  a  impartir  justicia  con  imparcialidad.   

8º Al Juez le corresponde acatar el debido  proceso   y,   dentro   de  él,  asumir  una  posición  ejecutiva,  que  evite  injustificados  percances nugatorios y ayude a superar el marasmo procesal, para  honrar  las verdaderas prioridades, con lo cardinal delante de lo secundario, de  manera  que  no  se  sacrifiquen la eficacia de la administración de justicia y  sus  esfuerzos  por  arribar  a  decisiones definitivas, en aras de una eventual  irregularidad que ningún efecto anormal o conculcador produjo.   

Las nulidades, incluyendo las derivables de  la  circunstancial  falta  de  competencia  en  quien  sí se halla investido de  jurisdicción,  no  pueden  declararse sólo por el quebrantamiento formal de la  ley,  mientras  no  conlleven  un  insubsanable  perjuicio real en contra de las  garantías fundamentales.   

Es  además  cuestión  de escoger entre lo  esencial  y  lo adjetivo, alternativa ya resuelta por la Constitución Política  y  las  leyes  colombianas,  que optaron por la prevalencia y la efectividad del  derecho sustancial.   

Comedidamente,  

NILSON PINILLA PINILLA  

Magistrado  

(fecha: ut  supra)  

     

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