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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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              CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                    Magistrado Ponente.   

                                                    Dr. JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

                                                    Aprobado    Acta   No.   28      

Santafé  de Bogotá D. C., dos (2) de marzo  de mil novecientos noventa y nueve (1999).   

VISTOS  

          El    procesado    JOSE    RAUL   RIOS  GOMEZ quien se halla detenido en la Cárcel Municipal  de  Chinchiná  (Caldas), interpuso recurso de reposición contra la providencia  de  fecha  2  de  febrero  del  corriente  año, mediante la cual se le negó la  libertad provisional que éste demandara.   

          CONSIDERACIONES DE LA CORTE:   

         Esta  Corporación  en  proveído de fecha 2 de febrero del año en  curso  negó  a Ríos Gómez  la  libertad  provisional,  al  considerar  que  en  su  caso  no se cumplían a  cabalidad  con  todos  los  requisitos  exigidos  en el artículo 72 del Código  Penal,  es  decir,  que no obstante acreditar el factor cuantitativo y demostrar  su  buen  comportamiento  en  el  centro  de  reclusión  en  donde se encuentra  detenido,  no  se  hacia  merecedor  a  la excarcelación pretendida, puesto que  previo  el  análisis  de los antecedentes de todo orden, se pudo establecer que  el  libelista  debía cumplir con la totalidad de la pena impuesta en los fallos  de instancia.   

         Con  el  fin  de notificar la anterior decisión al procesado Ríos  Gómez  la  Secretaría  de  la  Sala  libró el pasado 4 de febrero el despacho  comisorio  No.068,  quien  al ser enterado del proveído tantas veces mencionado  en  el  acta  respectiva  dijo “Interpongo Recurso de Reposición” (fls.88 y  90),  no  obstante lo cual, dentro del término previsto en el artículo 196 del  Código  de  Procedimiento  Penal, no presentó escrito de sustentación ante la  oficina   jurídica,   ni   tampoco   hizo   llegar   a  esta  Corporación  sus  manifestaciones  de  inconformidad  con  la providencia recurrida, motivo por el  cual debe declararse desierta la impugnación.   

         En  mérito  de  lo  expuesto la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación    Penal,   declara   DESIERTO   el   recurso   de   reposición  interpuesto  por  el  procesado  JOSE     RAUL     RIOS     GOMEZ,     contra  la  providencia  de  fecha  2 de febrero del año en curso,  mediante   la   cual   se   le   negó  la libertad provisional solicitada.   

Notifíquese y cúmplase.  

JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO  

FERNANDO       E.     ARBOLEDA  RIPOLL        RICARDO  CALVETE  RANGEL                                     

JORGE        E.        CORDOBA  POVEDA                  CARLOS A. GALVEZ ARGOTE   

                        

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO                   CARLOS E. MEJIA ESCOBAR     

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA                           NILSON   PINILLA   PINILLA                 

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria  

Proceso No. 12368  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 118  

        Santafé  de  Bogotá,  D.  C.,  once de agosto de mil novecientos  noventa y nueve.   

VISTOS:  

        Examina  la  Sala,  en  sede de casación, la sentencia de segunda  instancia  proferida  por  el Tribunal Nacional, el 22 de noviembre de 1995, por  cuyo  medio  el  procesado  JOSÉ  RAÚL  RÍOS GÓMEZ queda condenado a la pena  principal  de  once  (11)  años  de  prisión  y  multa en cuantía de cuarenta  millones  setecientos  sesenta  y cinco mil pesos

  ($  40.765.000.oo), como autor de un concurso de hechos punibles de secuestro  extorsivo (tentado), lesiones personales y porte ilegal  de arma de fuego de defensa personal.   

        El  recurso  extraordinario  fue propuesto por el sentenciado y lo  sustentó oportunamente su defensor.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

        El  señor  NESTAVO ANTONIO MUÑOZ AGUIRRE administraba los bienes  de  su  padre GUSTAVO MUÑOZ ALVAREZ, sobre todo las heredades que éste poseía  en  la  vereda  Bajo  San  Juan  del  corregimiento  El  Lembo, comprensión del  municipio  de  Santa  Rosa  de  Cabal (Risaralda), entre los que cuenta la finca  “Campo  Alegre”.  El día martes 19 de enero de 1993, aproximadamente a  las  9:30 horas de la mañana, aquél recientemente había llegado al mencionado  fundo,  en  compañía  de  su  hermano GUSTAVO ADOLFO MUÑOZ AGUIRRE, cuando se  acercaron  los  individuos  JOSÉ  RAÚL  RÍOS GÓMEZ y GERMÁN GARCÍA MORENO,  supuestamente  a  solicitar trabajo, requirieron en ese sentido al administrador  y,  una  vez  escucharon  la  respuesta negativa, el primero de ellos le puso un  revólver  en  la  cabeza  y dijo que se trataba de un “secuestro”; pero, de  inmediato,  el  amenazado  se  trabó  en  una lucha cuerpo a cuerpo con los dos  extraños  y  también  hubo un cruce de disparos, porque igualmente el agredido  alcanzó a esgrimir su arma de fuego.   

        En  el curso de esta contienda, Nestavo  Antonio    Muñoz    Aguirre    y    Germán    García    Moreno   recibieron  graves  lesiones  de  arma  de fuego, el primero en el  abdomen  y  el  miembro  inferior  izquierdo,  que  le dejaron como secuelas una  deformidad  física  y  perturbación  funcional  del  órgano  de la excreción  urinaria,  ambas de carácter permanente; mientras que el segundo falleció como  consecuencia  de  heridas  ocasionadas  no  sólo con revólver sino también de  escopeta,  pues,  al  parecer,  el  herido  fue  rematado por una persona que lo  alcanzó dentro de un cafetal de la misma heredad.   

        La  Policía capturó al imputado Ríos  Gómez  en  el  sitio  “El Mico”, por la antigua  carrilera  de la vereda “La Capilla”, a quien le hallaron un revólver marca  “Smith  &  Wesson”, calibre 32 largo, provisto de cinco (5) vainillas en  el tambor, sin permiso para su porte.   

          La  Unidad Investigativa de Policía  Judicial,  adscrita  a  la Policía Nacional acantonada en el municipio de Santa  Rosa  de  Cabal, practicó como primeras diligencias de investigación, el mismo  día  de  los  hechos,  el  levantamiento  del  cadáver  y  los  testimonios de  Germán  Galeano  Usquiano  y  Gustavo Adolfo Muñoz  Aguirre.   Posteriormente,  el Fiscal Treinta y  Uno  Delegado  ante  los  Jueces Penales del Circuito de dicha población abrió  formalmente  la  instrucción,  recibió  indagatoria  al  imputado Ríos  Gómez y definió su situación  jurídica,  por  medio  de  medida  de  aseguramiento  consistente en detención  preventiva,  como  autor  de  un  concurso  de  delitos  de  secuestro extorsivo  (tentado),  lesiones  personales  y  porte  ilegal  de  arma de fuego de defensa  personal (fs. 11f. y v. y 40).   

        Asumida  la  investigación por un fiscal regional de la ciudad de  Medellín,  el  funcionario  calificó  el mérito del sumario el 25 de marzo de  1994,  providencia  en  la  cual  dictó  resolución  acusatoria por los hechos  punibles  de  lesiones personales (arts. 331 y 334 C. P.) y porte ilegal de arma  de  fuego  de  defensa  personal  (Decretos  3664/86,  art. 1° y 2266/91), pero  precluyó  la  instrucción  por  la  hipótesis  de  secuestro (fs. 230).   Apelada  esta  decisión  por el Ministerio Público, la Fiscalía Delegada ante  el  Tribunal  Nacional  proveyó  en  segunda instancia el 19 de agosto de 1994,  oportunidad  en  la  cual  revocó  la  aludida  preclusión y, en lugar, acusó  igualmente  por  el delito de secuestro extorsivo, en la modalidad de tentativa,  previsto   en  el  artículo  6°  del  Decreto  2790  de  1990  (adoptado  como  legislación  permanente  por  el artículo 11 del Decreto 2266 de 1991), y a la  vez  confirmó  la  acusación  que  se  había  dispuesto  por  los injustos de  lesiones  personales  y  porte  ilegal de arma de fuego de defensa personal (fs.  267).   

        Para  la  siguiente  fase procesal asumió el conocimiento un juez  regional  de la misma ciudad, abrió el juicio a pruebas, citó para sentencia y  ordenó  el  traslado  a  los  sujetos  procesales  para  presentar  alegatos de  conclusión  (fs.  292  y  333).   El mismo funcionario dictó sentencia de  primer  grado  el 28 de junio de 1995, por medio de la cual condena al acusado a  la  pena principal de 11 años de prisión y multa por valor de $ 40.765.000.oo,  como   autor  de  los  delitos  indicados  en  la  resolución  acusatoria  (fs.  371).   

        El  fallo  fue objeto de impugnación en lo concerniente al delito  de  secuestro,  pero el Tribunal Nacional lo confirmó en la sentencia que ahora  es   objeto   del   recurso   extraordinario   (cuaderno   2ª   instancia,  fs.  2).   

        No  sobra  advertir  que,  por disposición de los funcionarios de  instancia,  ya  son objeto de investigación las completas circunstancias en que  recibió   muerte   el   individuo  Germán  García  Moreno.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN:  

        El  casacionista  propone  tres  cargos  en contra de la sentencia  impugnada, así:   

        1.   El  primero  se  refiere  a  una nulidad originada en la  indagatoria,  por  supuesta  violación  del  debido  proceso  y  el  derecho de  defensa,  diligencia  en  la  cual  al imputado Ríos  Gómez   apenas   se  le  hicieron  tres  preguntas  abstractas  sobre  el  delito  de  secuestro,  la última de ellas atinente a la  rutina  de  saber  quién era el responsable de los hechos investigados, a pesar  de  que tal acto constituye un importante medio de defensa.  Además, no se  ahondó  en  el  interrogatorio  sobre las particularidades del hecho punible de  secuestro  extorsivo,  de  acuerdo  con la redacción de este tipo en el Código  Penal,  pues  el  vocablo  “secuestro”  es  genérico  y las preguntas deben  apuntar   a   concretar  si  el  hecho  constituye  la  modalidad  simple  o  la  extorsiva.   Aparte de querer saber si en el momento de desenfundar el arma  los  actores  le  dijeron  a  la  víctima  que  se trataba de un secuestro, los  requerimientos  de  indagación fueron ajenos a este delito, porque se limitaron  a   explorar   la   conversación   entre   Germán  y   Nestavo,  el  cómo  iban  vestidos  los presuntos secuestradores, a qué  distancia   se   mantuvo   Ríos  Gómez de su compañero y la víctima, etc.   

        Agrega  que ni siquiera hubo interrogatorio por el delito de porte  ilegal  de  armas  y,  peor  aún,  el  revólver  incautado  tampoco se puso de  presente al imputado para su debido reconocimiento.   

        Si  en  la  indagatoria  no  hubo  preguntas específicas sobre el  delito  de  “secuestro  extorsivo”,  y  tampoco se constata en el proceso la  existencia  de  una  ampliación  de dicha diligencia, entonces los funcionarios  judiciales  no  podían  dictar resolución acusatoria por dicha infracción, ni  mucho   menos   emitir   la   sentencia   condenatoria  con  base  en  el  mismo  cargo.   

        Reclama   el   censor   entonces   la   casación   del  fallo  y,  consecuentemente,   la  nulidad  del  proceso  a  partir  de  la  diligencia  de  indagatoria.   

        2.   El  segundo cargo se expone como violación indirecta de  la  ley  sustancial,  por un presunto error de hecho y la exclusión evidente de  la   regla   del   in  dubio  pro  reo.    Explica   que  ningún  medio  de  convicción  apunta  a  demostrar  la  exigencia  de un provecho económico para configurar el delito de  secuestro  extorsivo, razón por la cual resulta sorprendente que el Tribunal, a  partir  de  una lógica abstracta y puramente formal, “infiera o suponga” la  finalidad  extorsiva.   En  efecto,  la  certeza del hecho punible no puede  surgir  de  una  simple operación mental del fallador, a partir de la posición  económica  de  la supuesta víctima, pues dicha situación no constituye prueba  inconcusa de la buscada intención extorsiva.   

        El  artículo  247  del C. de P. P. enseña que en el proceso debe  obrar  prueba  que  conduzca  a  la  certeza del hecho punible, y, en este caso,  ocurrió  lo  contrario,  porque  como  no  había  medios  de  convicción  que  indicaran  los  objetivos del secuestro simple, entonces para el sentenciador la  situación aparecía como un secuestro extorsivo.   

        Para  tratar  de cubrirse aparentemente con el sagrado manto de la  sana  crítica, apoyado en la supuesta experiencia cotidiana, el Tribunal vuelve  al  campo  de  las  “inferencias”  cuando alude a la complejidad del proceso  criminal  en el secuestro, según el cual primero se selecciona la víctima y el  lugar  donde  se  va  a  mantener  retenida, después viene la aprehensión y el  ocultamiento  de la misma y, una vez los secuestradores la tienen a buen seguro,  ahí  sí  se  le  hacen a los familiares y allegados las exigencias económicas  del  caso.   Desde  luego  que  todo  esto, según lo piensa el accionante,  requiere  una  sofisticada  organización  criminal  que  no  se  da  en el caso  concreto,  porque  ello  demanda  la  participación  de  varios individuos y la  utilización  de  armamento  pesado,  vehículos,  chalecos  antibalas  y  otros  instrumentos aptos para realizar el plan.   

        Dice  que  la  realización  de  semejante delito no es posible en  cabeza  de  dos  personas  que  caminaban  por  una  carretera solitaria, que ni  siquiera  contaban con un vehículo que les permitiera evadirse rápidamente del  lugar  con  su  víctima.   Ningún  delincuente, por insensato que sea, se  arriesgaría  de  tal manera, ni menos trabajaría sobre la hipótesis de llegar  a   utilizar   el   vehículo  de  la  víctima,  máxime  que  ni  siquiera  lo  conocían.   

         

        Agrega  que  un  argumento  abstracto  como el de los pasos que en  términos  generales  dan  los  delincuentes  que se deciden a secuestrar, no es  suficiente  ni  constituye  prueba  de  certeza  del  hecho  punible  ni  de  la  intencionalidad demostrada por los presuntos autores.   

        La  certeza  en  este  caso  no  surgió  de  la prueba legalmente  producida,  sino  de  supuestos  que  obedecen  a la conjetura y el capricho del  juzgador,  pues  el  delito  no  puede  inferirse  abstractamente, “menos aún  deducir  un  hecho  punible  a  partir  de  la no comprobación de otro de menor  entidad,  v. gr., puesto que no se demostró secuestro simple es inequívoco que  se trata de secuestro extorsivo”.   

        Desde  este punto de vista, continúa el actor, el sentenciador le  ha  otorgado  a  la  prueba  testimonial  un  sentido  que  no  corresponde a su  verdadero contenido fáctico.   

       Repara  que  en ambas sentencias se le da plena credibilidad a los  testimonios  de los hermanos Nestavo y Gustavo Muñoz  Aguirre,  porque  no  existe  en  ellos  ánimo  de  perjudicar  y  además  el segundo declaró el mismo día de los hechos, pero no  se  tiene  en  cuenta  que  los  consanguíneos sí tuvieron tiempo de conversar  cuando  el  uno  llevó  al  otro  al centro hospitalario, máxime que no existe  prueba  de  que  el  primero en realidad haya perdido el sentido, lo cual indica  que  bien  pudieron  ponerse de acuerdo para rendir testimonio.  Tampoco se  ha  advertido  que  la  imputación del secuestro es una cortina de humo tendida  por  los  hermanos,  con el fin de justificar la muerte infligida a Germán    García   Moreno,   quien,  después  del  combate  a  tiros  de revólver, fue eliminado a sangre fría con  tiro de escopeta.   

       Puede  ser  que  la  explicación  del  procesado no sea creíble,  admite  el  demandante,  tal  vez  porque  no  había  razón  para que, ante la  respuesta    negativa    de    Nestavo,  aquél  procediera  a  desenfundar un arma de fuego, pero de esa  falta  de  credibilidad  no  podría surgir una responsabilidad por un delito de  secuestro  extorsivo  que  no está demostrado.  El artículo 254 del C. de  P.  P.,  agrega,  remite al juzgador a la apreciación conjunta de las pruebas y  conforme  con  la  sana crítica, pero el sentenciador en este caso se ha valido  de conjeturas a las que también llega arbitrariamente.   

       Termina  la fundamentación del cargo con la afirmación de que en  este  proceso se imponía la aplicación del in dubio  pro  reo,  conclusión  a  la  que se arriba por las  razones  de  hecho  y  de  derecho  expuestas por él.  En consecuencia, el  procesado  debe  responder  sólo por los delitos de lesiones personales y porte  ilegal   de   arma   de   fuego,   mas   no   por   la  tentativa  de  secuestro  extorsivo.   

       Solicita  la  casación  del  fallo para que la Corte reconozca el  in   dubio  pro  reo  y  absuelva al procesado del cargo de secuestro extorsivo.   

       3.   El tercer cargo se maneja como violación directa de una  norma  de  derecho  sustancial, ya que se aplicaron indebidamente los artículos  6°  del  Decreto  2790  de  1990  y  11 del Decreto 2266 de 1991, y se dejó de  aplicar  el artículo 269 del Código Penal, antes de la modificación de la ley  40 de 1993.   

       Expone    cómo    es   obvio   que   la   víctima   Nestavo   Antonio  Muñoz  Aguirre  no  tenía  las calidades que menciona el Decreto 2790, ni en el obrar del procesado  se  demostraron  objetivos  terroristas, razón por la cual habría de suponerse  que  tales  propósitos  eran  económicos.   Sin  embargo,  el fallador de  segundo  grado, cuando se refiere a una finalidad erótico-sexual no demostrada,  tiene  la  mente  puesta  en  el  secuestro simple del artículo 269 del Código  Penal,  que obviamente se aplicaría sin la reforma hecha por la ley 40 de 1993,  pues entonces no estaba vigente.   

         Ahora  bien,  el  mismo  texto  de  la  sentencia  dice  “que  no  se  demostraron  finalidades  económicas  de  tipo  lucrativo,    pues    descarta    el    hurto    calificado    y    ¡extorsión!…”,  sin  embargo  el  fallador  condena  por  el  delito de secuestro extorsivo, a sabiendas de que la  tipificación  de  dicha infracción exige que “a la tentativa de secuestro se  acompañe  la  extorsión  y  esto debe ser demostrado y no inferido, deducido o  supuesto” (fs. 58).   

       En  estas  condiciones,  el  sentenciador  debió aplicar la norma  más  favorable, que era la referente al secuestro simple y no la del extorsivo,  que en este caso se aplicó indebidamente.   

       Pide  que  se  case la sentencia para condenar al procesado por el  delito de secuestro simple.   

CONCEPTO DEL PROCURADOR:  

       El  Procurador  Primero  Delegado  en  lo  Penal conceptúa en los  siguientes términos:   

       A.   Causal  tercera.               Con  arreglo  a  la  jurisprudencia  sobre  el tema de la presentación de cargos por  invalidez  del  proceso,  la censura carece de fundamento porque no demuestra la  clase  de  nulidad  invocada,  ni determina la manera como sus objeciones pueden  afectar  la  regularidad  del  proceso  y  violar la garantía fundamental de la  defensa.   

       Mas,  a  pesar  de  las falencias técnicas, el cargo es infundado  porque  en  la  injurada  sí  aparecen  preguntas  y  respuestas  concretamente  relacionadas  con  el  delito de secuestro.  Para demostrar este aserto, el  Procurador   transcribe   extensamente   los   apartes  correspondientes  de  la  respectiva acta.   

       En  cuanto  al  ilícito  de  porte ilegal de arma de fuego, es el  mismo  procesado  quien  en  la  indagatoria acepta haber disparado un revólver  calibre  32, que antes de los hechos le había pasado su compañero Germán  García  Moreno,  aparato que  igualmente le fue decomisado al momento de la captura.   

       Así  entonces, los cargos por los delitos de secuestro extorsivo,  en  el  grado de tentativa, lesiones personales y porte ilegal de arma de fuego,  se  han  perfilado  con  nitidez  desde  la  indagatoria  y  se precisaron en la  situación  jurídica  y la resolución de acusación, contando el procesado con  la defensa técnica adecuada en el curso de todo el proceso.   

       Propone que se desestime esta censura.   

       B.   Causal  primera.   Expone  que  el  primer  cargo  aducido  por  esta vía se  refiere  a  violación  indirecta  de la ley sustancial por falta de aplicación  del  artículo  445  del  C.  de  P. P. (duda), debido a un error de hecho en la  apreciación  de  la  prueba  (falso  juicio  de  identidad);  pero,  replica el  Delegado,  el  libelista no determina claramente los fundamentos de la causal ni  la trascendencia del supuesto error cometido por el fallador.   

       Con  todo,  en cuanto al falso juicio de identidad respecto de los  testimonios    de    Nestavo   y   Gustavo   Muñoz  Aguirre,  el  reproche  es  infundado,  porque  los  juzgadores  no  desbordaron  el  contenido exacto y el alcance de estas pruebas,  sobre   todo  en  el  punto  referente  a  la  afirmación  coincidente  de  que  José  Raúl Ríos Gómez  y  su  acompañante,  después  de  intimidar  a  la  víctima con revólver, le  dijeron:  “quieto que esto es un secuestro”.   

       Todo  cuanto  evidencia el libelista es el deseo de contraponer su  personal  criterio  al análisis y valoración jurídica que hizo el juzgador en  relación   con   dichos  testimonios.   Mas,  agrega,  tal  posición  del  impugnante   no  puede  aceptarse  en  casación,  porque  es  potestad  de  los  falladores  valorar  las  pruebas dentro del marco de la sana crítica, salvo el  error de hecho que en este caso no se demuestra.   

       El  recurso  de  casación no puede convertirse en un nuevo debate  axiológico  sobre  los  medios  de  prueba  tenidos  en  cuenta  en el fallo de  instancia,  pues  es  facultad  del  juez  actuar  conforme  con  su convicción  racional,  siempre  y  cuando  no  se  violen las reglas de la sana crítica por  omisión,  suposición o tergiversación de las mismas, cosa que no demuestra el  impugnante, ni tampoco advierte el Ministerio Público.   

       En  consecuencia, como no existe error de hecho en la apreciación  de   la   prueba,  resulta  injustificada  la  petición  del  demandante  sobre  aplicación   del   in  dubio  pro  reo;  además,  porque  los sentenciadores no han expresado duda y la  consideración  subjetiva  del  recurrente no puede remover la soberana facultad  judicial de valoración probatoria.   

       Pide, en consecuencia, rechazar la censura.   

       Argumenta   el   Procurador   que  el  segundo  cargo,  igualmente  presentado  al  tenor  de  la  causal  primera,  hace  relación a la violación  directa  de  la ley, por aplicación indebida del artículo 6° del Decreto 2790  de  1990 (art. 11 Decreto 2266 de 1991) y falta de aplicación del artículo 269  del Código Penal.    

       En  realidad,  la norma procedente era la que aplicó el Tribunal,  ya  que  ella se refiere al secuestro que “persiga los objetivos enunciados en  el  artículo  268 del Código Penal…”, lo cual significa que dicho precepto  modificó  la  mencionada norma del Código Penal, en cuanto aumentó el mínimo  y el máximo de la pena prevista para el secuestro extorsivo.   

       Ni  siquiera  sería  aplicable la ley 40 de 1993, pues los hechos  examinados  ocurrieron  el  19  de  enero  y  dicha  ley empezó a regir al día  siguiente.   

       Propone  que  se  deseche  este otro cargo y, finalmente, solicita  que no se case el fallo recurrido.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA:  

       PRIMER CARGO:    

       Se  examinará,  en  primer  lugar,  lo concerniente a la nulidad,  pues  se aduce en el libelo que la indagatoria, medio de defensa por excelencia,  no  contiene  preguntas  concretas  relacionadas  con  los  delitos de secuestro  (tentativa)  y  porte  ilegal  de  arma  de  fuego.  Esta omisión, dice el  actor,  lastima el debido proceso y la garantía de defensa, pues, si no se hizo  un   interrogatorio   sobre  el  respectivo  supuesto  fáctico,  la  situación  jurídica  y  la calificación sumarial no podían contener reproches por dichas  infracciones.   

       Es  verdad que la ausencia de interrogatorio al imputado sobre los  hechos  que  originaron  su vinculación por medio de indagatoria, dado que ello  dificultaría  la  contradicción  y la defensa, puede generar vicio de nulidad,  pues  tal sería la consecuencia de desconocer flagrantemente lo dispuesto en el  artículo   360   del  Código  de  Procedimiento  Penal.   Es  que  si  la  indagatoria  es  presupuesto  procesal  de  la situación jurídica, oportunidad  esta  en  la  que  el funcionario judicial debe formalizar la imputación que le  permita  al  sindicado  saber  e  introducirse  en los cargos de los cuales debe  defenderse  en  el  curso procesal, no hay duda que una falta de correspondencia  sustancial  y manifiesta entre ambas diligencias puede obstaculizar el ejercicio  de la defensa (C. P. P., arts. 385 y 389).   

       En  efecto, la situación jurídica no es una mera decisión sobre  la  libertad  o la detención del sindicado, sino que, acorde con sus exigencias  formales,  cumple  también  un  papel  de  información sobre los hechos que el  Estado-jurisdicción   investiga,   su   calificación   jurídica   y  la  pena  correspondiente,  y  tal  determinación,  obviamente,  está  limitada  por los  hechos  y cargos que se hayan explorado en la diligencia de indagatoria, pues es  lo  que se infiere lógicamente de la legal vinculación antecedente-consecuente  que existe entre una y otra.    

       Mas  ocurre que el acta de la indagatoria recibida en este proceso  no  tiene  los  vacíos  que le imputa el demandante, porque la primera pregunta  sobre  los  hechos, abierta para respetar en serio la espontaneidad del imputado  y su derecho a la no autoincriminación, es del siguiente tenor:   

       “Diga   si  tiene  conocimiento  cuál  es  el  motivo  de  esta  diligencia  sin  fórmula de juramento.  En caso  cierto,   haga   un   relato   claro   y   preciso   de   los   hechos   que  la  originaron”     (fs.     12.      Se    ha  subrayado).   

       La  respuesta  del  sindicado fue inmediata y espontánea, porque,  después  de expresar que se desplazó a la vereda “El Lembo”, en compañía  de   Germán   García,  dijo:   “…  En el trayecto del camino él me  pasó  un  revólver  calibre  treinta  y dos para que yo lo llevara…”.   Y  agrega:  “… yo me asusté al ver que el  señor  también  me  apuntó  a  mí  con  un  revólver  de  él  y  saqué  el  que yo llevaba, el cual me había pasado Germán, y  le  disparé  como en dos oportunidades, él también  me  disparó…”.   Admite,  igualmente,  que  después  del incidente se  internó  en un cafetal, corrió “hacia la carretera del ferrocarril” y ahí  se  encontró  con los agentes, quienes lo interrogaron y le encontraron el arma  (fs. 12v.  Énfasis agregado).   

       Ya  en el interrogatorio detallado y concreto, en relación con el  arma,  el imputado manifestó:  “No tengo conocimiento porqué lo portaba  (se  refiere  a  su compañero).  Me entregó el  revólver  y  me  dijo que como yo había sido agente, no había problema si los  compañeros  agentes  nos  encontraban  en  el camino y nos requisaban, o sea la  policía  que  estuviera patrullando por ahí” (fs.  13f.  Se ha destacado).   

       Los  datos  obtenidos  con  las manifestaciones del procesado eran  suficientes  para establecer si se configuraba el delito de porte ilegal de arma  de  fuego,  pues,  como él dijo claramente que portaba un revólver ajeno, ello  bastaba  para aprehender la requerida ilegalidad de la conducta.  Es cierto  que  el  arma  decomisada  no  fue exhibida al sindicado para su reconocimiento,  pero,  una  racional comprensión y aplicación del artículo 365 del Código de  Procedimiento  Penal,  indica  que  si  el  imputado admitió que el instrumento  había  sido  encontrado  en  su  poder,  lo que seguía era la solicitud de una  explicación  sobre  el  particular,  inquietud  que  él  ya  había satisfecho  espontáneamente.   

       En  relación  con  la  hipótesis  de  secuestro,  además  de la  pregunta  exploradora inicial, la diligencia de indagatoria muestra el siguiente  escrutinio:   

       “PREGUNTADO.   No  obstante  lo  expresado por usted, se afirma en estas  diligencias  que  usted  llegó  con su amigo Germán García Moreno a esa finca  desenfundando  ambos  sendas  armas  de  fuego  para  intimidar   al   señor   Nestamo  Muñoz  Aguirre,  al  parecer  con  fines  de  secuestrarlo;  éste  desenfundó  su  arma de fuego  habiéndose  producido  intercambio de disparos a través de los cuales resultó  muerto  su  compañero  Germán García Moreno.  Qué tiene para manifestar  al      respecto.      CONTESTÓ:   No.   Es mentiras porque  en  ningún  momento para poder secuestrar a una persona bajaríamos dos a pie y  con  un mecho de revólver como el que llevábamos.  Yo creo que si se va a  secuestrar  a  alguien  deberían ser seis o siete personas y con buenas armas y  con    algún    vehículo   para   transportarlo,   no   así   como   llegamos  nosotros.   No  es  cierto  que  mi  compañero  llevara    armas”…    “PREGUNTADO:   Igualmente  se  afirma  en  estas diligencias que estando  ustedes  en  esa  finca llamaron al señor Nestamo Muñoz a quien le dijeron que  si  tenía  llenada  de  bolsas,  que de un momento a  otro,   el   más  mono  se  le  tiró  encima  y  le  dijo:   ‘quieto  hijueputa  que  esto  es un  secuestro’,  yéndose  también  encima  la  otra  persona  quien  también sacó arma; que cuando esta  persona     huyó    para    su    apartamento,    ustedes    lo    ‘encendieron   a  plomo’.   Qué tiene para manifestar  al      respecto.       CONTESTO:   Mentiras.   Porque  el  que se arrimó para llamarlo  fue  el  señor Germán, cuando el patrón salió, los dos se pusieron a charlar  y  luego  pasó  lo que antes comenté, en ningún momento observé que hubieran  personas        cerca.         No        más”.         PREGUNTADO:      Se  investiga  un  concurso de hechos punibles.  Tentativa de  secuestro   y  lesiones  personales.   Díganos  entonces  si  se  considera  o no responsable de esos hechos.  CONTESTO:       Me  considero  que  no  soy responsable del concurso de delitos ya  que  en  ningún  momento  fui  en  son  de secuestrar al señor ni de agredirlo  físicamente, simplemente a buscar el trabajo que el  compañero  me había comentado.  Eso es todo” (fs. 13f. y v.  Se ha  señalado).   

       Es  claro  que  el instructor, en la diligencia examinada, le puso  de  presente  al  imputado  los  antecedentes y circunstancias consignadas en la  actuación,  que lo señalaban como autor o partícipe de sendas infracciones de  secuestro  (tentado), lesiones personales y porte ilegal de armas; pero, lo más  trascendental,  el  indagado  tuvo  la  oportunidad  de  expresarse y defenderse  libremente  de  cara  a  los  supuestos  de  hecho  que  configuraban  las  tres  hipótesis  delictivas  que  dieron  lugar  a  su vinculación procesal, lo cual  significa  que en ese momento procesal ejerció a plenitud su derecho de defensa  (C. P. P., arts. 352 y 360).   

       No prospera la censura.   

       SEGUNDO CARGO:   

       Aunque  el  demandante  comienza  por  criticar la manera como los  juzgadores  optaron  por  el  delito  de  secuestro  extorsivo  y  no  por el de  modalidad  simple,  en  el  sentido  de  que  supusieron  la  finalidad de hacer  exigencias  económicas a la víctima o a su familia, lo cierto es que, después  de  cierta  saturación  y desorden en las objeciones, se advierte como tenor de  la  queja  que  la “suposición” se debió a que ellos le dieron a la prueba  testimonial  un  sentido  que  no  corresponde  a  su  contenido fáctico.    

       Antes  de  dicha expresión, el censor había hecho una cita de la  sentencia   del   Tribunal,   según   la   cual   era   obvio   “inferir”  que  el  propósito de los  sujetos  era  el  de  obtener  un provecho económico, “… puesto que ningún  medio  de  convicción  apunta  a  demostrar  que  pretendieron  privarlo  de su  libertad  para  uno  de los objetivos que tipifican el secuestro simple, v. gr.,  una  finalidad  erótico-sexual,  o  que  se  tratara  de  un  delito  de  hurto  calificado,  o de una extorsión, etc., y antes bien su modalidad y la posición  económica  de  la  víctima  quien  como  se  sabe  es  dueño  de finca, hacen  suponer   que  por  su  liberación  se  iba  a  exigir  el  pago de una suma de dinero” (cuaderno 2ª  instancia,  fs.  11).   De  igual  manera,  el  actor  se  refirió  a  los  testimonios    de    Nestavo   y   Gustavo   Muñoz  Aguirre, el primero de los cuales apenas dijo que el  agresor  le  manifestó:   “quieto  (…)  que esto es un secuestro”; y  así,   con   expresiones   similares,   lo   corrobora  su  hermano  en  sendas  declaraciones.   

       En   este   orden  de  ideas,  aunque  con  cierto  desgreño,  el  recurrente  alcanzó  a  afirmar que el contenido de los mencionados testimonios  no  se refería a la finalidad de provecho económico declarada por el Tribunal,  lo  cual podría significar que hubo un desbordamiento de la expresión material  de  dichas  pruebas  y,  consecuentemente, que se fingió la existencia de dicho  ingrediente  subjetivo  del  tipo.  Esta objeción, obviamente, corresponde  al   error   de   hecho   por  falso  juicio  de  identidad,  y  como  tal  debe  estudiarse.   

       Es  necesario advertir previamente que, en relación con el delito  de  secuestro  extorsivo examinado en este proceso, la norma aplicable es la del  artículo  6°  del  Decreto  2790 de 1990, acogido como legislación permanente  por  el artículo 11 del Decreto 2266 de 1991, dado que los hechos acaecieron el  19  de  enero  de  1993,  y  no  es  pertinente  la  Ley  40 del mismo año, que  sustituyó  aquellas  disposiciones,  pues  ella  apenas empezó a regir al día  siguiente.   Así  entonces,  el  precepto procedente dice que el delito de  secuestro  se sancionará con prisión de veinte (20) a veinticinco (25) años y  multa  de  un  mil  a  dos  mil salarios mínimos legales mensuales, entre otras  alternativas  comportamentales, cuando “persiga los  objetivos   enunciados   en  el  artículo  268  del  Código  Penal”.   Y los objetivos que trae esta disposición, según los  cuales  el  secuestro  de  una  persona  se  califica como extorsivo, son los de  “exigir  por  su libertad un provecho o cualquier utilidad, o para que se haga  u    omita    algo,    o    con    fines    publicitarios    o    de   carácter  político”.   

       Cuando   las   normas  contienen  expresiones  afines  tales  como  “perseguir  objetivos”,  o  “con  el propósito”, o “para”, o “con  fines”,  que  corresponden  a   predicados  de  verbos rectores y denotan  sólo   finalidad  y  no  necesariamente   otra   conducta  concreta  o  realizada,  con  razón  dice  la  dogmática   jurídico-penal  que  tales  manifestaciones  se  identifican  como  elementos  subjetivos  del  tipo de secuestro extorsivo, distintos del dolo, que  como  tales  no exigen su cristalización para que sea completa la tipicidad del  delito.   Desde  luego  que  la  adecuación  típica  del hecho punible de  secuestro   extorsivo   sí   exige  un  comportamiento  externo  y  central  de  “arrebatar”,  “sustraer”,  “retener”  u “ocultar” a una persona,  pero  no  es  necesario  que  se  haya  concretado,  verbigracia,  una exigencia  económica,  pues  basta que el sujeto haya privado de la libertad a la víctima  asistido de dicho propósito.   

       Se  hacen  estas aclaraciones para advertir que el falso juicio de  identidad  planteado  por el actor, aunque formalmente es correcto, parte de una  falacia  porque  los testigos no podían manifestar lo que no percibieron, pues,  según  lo  afirmado, los atacantes amedrentaron a la víctima con arma de fuego  y  simultáneamente  dijeron  que  se trataba de un secuestro, pero, en el mismo  acto,  ellos  no  hicieron  exigencias  económicas.  Estas pretensiones de  lucro,  de  otra  parte  y  se reitera, no necesariamente tienen que concretarse  para  que  la  conducta de arrebatar a una persona sea idónea como realización  del delito de secuestro extorsivo.   

       Desde  tal  perspectiva,  el Tribunal jamás le puso a decir a los  testigos  lo  que ellos no manifestaron o percibieron, sino que, por tratarse de  un  ingrediente subjetivo del tipo, infirió la finalidad extorsiva del contexto  de  la  actuación  delictiva.   En  efecto, la indagación directa que los  visitantes  hicieron  por el “patrón” y no por otra persona residente en la  finca,  unida a la amenaza inmediata con revólver, la advertencia de rendición  (“quieto”)  porque  se trataba de un “secuestro” y la reacción violenta  de  los  sujetos  (descerrajaron  disparos) ante la repulsa de la víctima, todo  cumplido  por  dos  extraños dentro de un paraje rural, son elementos objetivos  de  los cuales puede inferirse verosímilmente la finalidad extorsiva de obtener  un  provecho,  máxime  que  el  escogido  fue precisamente la persona que en el  lugar  y  en ese entonces aparecía con valiosos bienes inmuebles propios y como  administrador de la visible fortuna de su progenitor.   

       Es  verdad  que  la posición económica de la víctima, como dato  aislado,  nada  diría  en  relación  con un eventual propósito de lucro, pero  cosa  distinta revela ella cuando se usa un revólver para poner al dueño de la  fortuna  en  situación  de  indefensión y simultáneamente tronarle que estaba  frente a un “secuestro”.   

       Ahora   bien,   como  ninguna  información  o  manifestación  de  voluntad  sugería  que  los  actores  tuvieran  propósitos erótico-sexuales o  cualquiera  otro distinto de los previstos en el artículo 268 del Código Penal  o  ánimo  de  apoderamiento de bienes (hurto calificado) o de dejar sentada una  exigencia  económica  sin  necesidad  de  secuestrar  a  la víctima en el acto  (extorsión),   razonablemente   el   Tribunal  se  valió  de  estas  ausencias  informativas  para  reafirmar la existencia de una finalidad de lucro económico  que  ya había declarado.  El sentenciador también reforzó su convicción  sobre  el propósito lucrativo, por medio de una regla de la experiencia, según  la  cual  “…  en  esta  clase  de delitos se sigue por los secuestradores un  proceso  criminal,  que,  como  bien  se  sabe, no permite pasar de unos actos a  otros,  hasta  tanto no se hayan ejecutado los primeros, itinerario criminal que  comienza  con  la  selección  de  la víctima, el lugar donde lo van a mantener  retenido,  luego  viene su aprehensión y ocultamiento, y una vez los criminales  se  sienten  sobre  seguro  con  el  secuestrado,  entonces  sí,  hacen  a  sus  familiares  y allegados las exigencias del caso para su posterior liberación”  (fs. 9 y 10, cuaderno de 2ª instancia).   

       Es  obvio  que las reglas de experiencia, por ser generalizaciones  basadas  en  vivencias  análogas  y de relativo cumplimiento estable, no pueden  ser  el  fundamento  único  y  toral  para  declarar  la existencia de un hecho  material  o  psicológico  que  pueda  ser objeto de prueba, pero sí es posible  invocarlas  como  refuerzo  de  las  decantadas  pruebas  o  indicios  sobre  el  mismo.   

       Lo     que    hizo    el    Tribunal    fue    una    inferencia,  no la disposición de una  mera  conjetura,  porque  las premisas ni la conclusión se han apuntalado en la  sola   valoración   o   imaginación,  sino  que  el  juzgador  partió  de  la  constatación  de  datos  objetivos  conocidos  que  por  su  armonía revelaron  unívocamente   la   existencia   de   un   hecho   desconocido  (propósito  de  lucro).    Además,   no  puede  desconocerse  que  todo  el  procedimiento  probatorio   en  sí  es  una  inferencia  inductiva,  porque  si  la  actividad  demostrativa  se  refiere  a  un  hecho  pasado  denominado delito, éste jamás  podrá  observarse  directamente  por  el  funcionario  judicial sino que él lo  aprehende  por  medio  de  una  reconstruccción  histórica  que le brindan las  pruebas  y  también  por  el  uso  de la razón, como operación intelectual de  índole  inductiva  y  probabilista,  para  pasar  de  los  datos  verificados o  conocidos a la conclusión o elemento desconocido.   

       El  resto del cargo se refiere a un cúmulo de observaciones sobre  la  credibilidad  de  los  hermanos Nestavo Antonio y  Gustavo   Adolfo   Muñoz   Aguirre,   o  a  la  racionalidad  de  sus manifestaciones sobre la existencia del hecho constitutivo  del  delito  de secuestro extorsivo tentado, pero todo se reduce a un propósito  de  emular  con los sentenciadores de instancia en relación con la ponderación  crítica  de  la  prueba,  actitud  que  definitivamente  no se ha admitido como  objeto  propio del recurso de casación, porque, en esta sede extraordinaria, el  control  de  la  prueba  sólo  puede  hacerse  por  medio  del señalamiento de  carencias  significativas  en  el uso de la lógica o en la construcción de los  juicios empírico-racionales o científicos.   

       Entre  las dos hipótesis explicativas de lo ocurrido, una que los  extraños    visitantes    de    la    finca   administrada   por   Nestavo  Antonio  Muñoz Aguirre fueron  en  busca  de  trabajo,  otra que lo hicieron con el propósito de secuestrar al  administrador,  nada  serio contiene la demanda para demostrar que hubo un error  judicial  al  proclamar  la segunda de ellas, pues, en favor de su explicación,  la   judicatura   ha   esgrimido  racionalmente  que  por  las  dimensiones  del  enfrentamiento  armado  entre  los circunstantes se infiere que el motivo no fue  una  simple discusión por trabajo sino la repulsa al secuestro; que en lugar de  los  hechos, a la hora del levantamiento del cadáver, se detectaron las huellas  de  lucha  referidas  por  la  víctima  del  secuestro,  máxime  que el occiso  presentaba  tatuaje  en  el  orificio  de  entrada  de  la herida ocasionada con  revólver  (fs.  271);  que  no  es  común  y corriente que se vaya a buscar un  trabajo  tan  humilde  como  el  pretendido, provisto de un arma de fuego y a un  lugar  apreciablemente  retirado  de  su  residencia; que si la presencia de los  extraños  era  con  tan  pregonados  propósitos  inofensivos, y sólo por mala  comunicación  se  produjo una riña imprevista, cuál sería la razón para que  el  procesado  ocultara  todo  lo  acaecido  a  la  policía en el momento de la  captura;  y  que  la  versión sobre el conato de secuestro no fue deliberada ni  suministrada  a  la  hora de nona sino que, el mismo día de los hechos, surgió  en   la   declaración  que  Gustavo  Adolfo  Muñoz  Aguirre     le    entregó    a    la    policía  judicial.   

       Ahora  bien,  frente  a  lo  que se ha demostrado cabalmente en el  proceso,  no  deja  de  ser  especulativo, en orden a controvertir esa realidad,  decir  que en la nueva versión del secuestro extorsivo, al momento de arrebatar  la  víctima,  se  da  todo  un  aparataje  traducido en la participación de un  nutrido  grupo  de  personas,  el  uso  de armas automáticas y granadas, varios  vehículos,  chalecos antibalas, camuflados y otros elementos más idóneos para  asegurar  el  resultado,  nada  de  lo  cual  ocurrió  en  este caso.  Sin  embargo,  ni la certeza ni la duda pueden construirse sobre ficciones, porque si  racionalmente  se  ha  descrito  una  realidad ya probada, no puede regresarse a  hipótesis  lo  que  la  prueba  señala  como  acaecido de manera distinta a la  imaginada  o  pregonada  por  el  actor.   Adicionalmente, es cierto que la  experiencia  nos  enseña la ocurrencia de secuestros tan espectaculares como el  descrito  en  la  demanda,  pero también nos ha puesto en contacto con otros de  realización  más  discreta  y,  por  ende, a veces por ello con pretensión de  mayor efectividad como el que se ha examinado en este proceso.   

       Carece  de  fundamento  este  segundo  reparo  y, en consecuencia,  también se desestimará.   

         

       TERCER CARGO:   

       Se   recuerda  que  el  demandante  estima  que  hubo  aplicación  indebida  del  artículo  6°  del  Decreto  2790  de  1990,  norma  referida al  secuestro  extorsivo,  y  falta  de  aplicación  del  artículo 269 del Código  Penal,  que  regula  el  secuestro  simple.   En  esta  última censura sí  refulge  la  disonancia  técnica, pues, cuando inicialmente el actor aspiraba a  demostrar  una  violación  directa  de  la  ley  sustancial, que aleja entonces  cualquier  discusión  sobre  los hechos y la prueba, en el desarrollo del cargo  se  compromete  nuevamente  con  juicios  sobre  la prueba de la cual pudo haber  surgido   la   finalidad   extorsiva   en   lugar   de   otro   propósito  más  simple.   

       En  efecto,  la  conclusión  del  demandante  sobre  un  error de  exclusión  evidente  de  una norma sólo surge al revivir la controversia sobre  el   propósito   del   sujeto   que  verdaderamente  se  ha  demostrado  en  el  proceso.   No  está  satisfecho  el actor con las conclusiones probatorias  del  fallador,  así  discrepara  de  su adecuación legal, cuando afirma:   “porque  si  no  se  demostraba  el secuestro simple había que suponer que se  trataba   de   un   secuestro  con  finalidades  de  tipo  extorsivo.   Las  suposiciones del fallador  lo  llevan  a  aplicar de manera indebida una proposición legal que no casa con  la  proposición  fáctica”  (fs.  58,  cuaderno  2ª  instancia.   Se ha  subrayado).   

       Aducir  que  hubo  “suposiciones”  del  juzgador  en  lugar de  “prueba”,  es  poner de nuevo y contradictoriamente las cosas en el campo de  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  porque  es  un  aspecto que  precisamente  riñe  con  la promesa inicial de discutir sólo el encuadramiento  legal de los hechos probados.   

       Claro  que  el  recurrente sí intentó acomodaticiamente quedarse  en  el  ámbito de la violación directa, cuando argumenta que en el texto de la  sentencia  se  descartó que el motivo de la visita del procesado fuera el hurto  calificado  o  la  extorsión,  a  pesar  de  lo  cual  se impuso la condena por  secuestro  extorsivo.   Y  trata  de  reforzar  el argumento con una enorme  confusión  que  nuevamente  despliega  falacia,  según  la  cual  para  que el  secuestro  sea extorsivo el arrebatamiento como conducta debe acompañarse de la  “extorsión”  y,  como  el  Tribunal  excluyó  esta figura (al igual que el  hurto  calificado)  en  la  examinada visita del procesado a la finca, significa  que se equivocó en la aplicación de la ley.   

       Desde  luego que el ad quem   desechó   el   hurto   calificado   y   la  extorsión  en  el  comportamiento  verificado, pero una cosa es la figura delictiva autónoma de la  “extorsión”  y  otra  la  “finalidad  extorsiva”  que sí acompaña las  conductas  de  sustracción,  arrebatamiento,  retención  u ocultamiento de una  persona como núcleo que define el delito de secuestro extorsivo.   

       Como   tampoco   fructifica   esta   última  objeción,  la  Sala  desestimará la demanda.   

       En  mérito  de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

       No  casar  la  sentencia de fecha, origen y contenido indicados en  la motivación.   

       Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL             JORGE  ENRIQUE   CÓRDOBA   POVEDA               

CARLOS   A.   GALVEZ  ARGOTE                               EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUES                             CARLOS    E.    MEJÍA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN            NILSON  PINILLA PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.  

    

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