11132f

1999

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    PROCESO No. 11132  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.66   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe de Bogotá, D. C., once de mayo de  mil novecientos noventa y nueve.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  28  de  junio  de  1995,  mediante  la  cual  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Cali condenó al procesado HECTOR JULIAN  BERNAL  REYES  a la pena principal de cuatro años de  prisión  y  multa  de  seis  mil  pesos ($6.000.oo), como autor responsable del  delito de homicidio culposo.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                   En las horas  de  la  tarde  del  9  de  marzo  de 1993, en la residencia de la familia López  Arango  ubicada  en la calle 56B No.12A-08 de la ciudad de Cali, resultó herida  de  un  disparo  en  la región torácica la menor Marisel López Arango, cuando  departía  con  su  novio  Héctor  Julián  Bernal Reyes, quien de inmediato la  trasladó   hasta  el  centro  de  salud  más  cercano,  y  luego  al  Hospital  Departamental, donde falleció minutos más tarde.   

                      Escuchado  Bernal  Reyes  en  indagatoria, explicó que ese día Marisel sorpresivamente le  sustrajo  el  revólver  de la pretina del pantalón, colocándolo encima de sus  piernas,  al tiempo que amenazaba con botárselo, y que al procurar recuperarlo,  ella  lo  haló bruscamente hacia su cuerpo, presentándose el disparo. La menor  se  encontraba sentada en una silla y él de pie frente a ella cuando sucedieron  los  hechos.  Sostiene  que  el  arma  con la cual se presentó el accidente, un  revólver  marca  Llama,  calibre  .38  largo,  de ensamblaje nacional, es de su  propiedad, y está amparado con salvoconducto (fls.17, 35).   

                   Muy cerca de  la  pareja,  en  el mismo sitio de los acontecimientos, se encontraba la señora  María  Oliva Arango de López, madre de la víctima, revisando un cheque, quien  afirma  haber  escuchado inicialmente un ruido como “cuando voltean el revólver  o  el  tambor”, y luego, al dirigir la vista hacia ellos para indagar por lo que  estaba  ocurriendo,  la  detonación.  Su  hija  exclamó  “ay mami”, y su yerno  “ayúdenme”.  No  sabe  quién  disparó.  Ella  tenía  las manos vacías y él  sostenía  algo  en  la  mano  derecha.  Agrega  que  su  yerno  solía  exhibir  irresponsablemente   el   arma,   y  que  en  varias  oportunidades  lo  previno  diciéndole que cualquier día iba a pasar un susto (fls.10 y 39).   

                     De acuerdo  con  el  protocolo de necropsia, la menor presentaba un impacto de arma de fuego  con  orificio de entrada de 8 mm. y anillo de contusión de 2 mm., en hemitórax  izquierdo,  tercer  espacio  intercostal  izquierdo  paraesternal, que atraviesa  tórax,  lesiona  corazón,  pulmón  derecho, diafragma e hígado, con salida a  nivel  escapular  derecho,  en  dirección  adelante-atrás,  izquierda-derecha,  arriba-abajo (fls.70).   

                   A través de  testimonios  de  familiares  de  la  víctima,  logró  establecerse que Marisel  experimentaba  temor  y  aversión por las armas, siendo este sentimiento uno de  los  principales  motivos  de  disgusto  con  su  novio,  quien solía disfrutar  exhibiendo  el  revólver  de  su  propiedad   e  intimidando con él a las  personas,  según  se  desprende  de  las referidas versiones, y de los informes  rendidos  por el Dragoneante de la Policía Nacional James Eliécer Hernández y  el  Investigador del Cuerpo Técnico de la Fiscalía Diego Luis García (fls. 7,  55, 58, 61, 118, 129).   

                    Resuelta la  situación  jurídica y cerrada la investigación, se la calificó el 2 de marzo  de  1994  con resolución  acusatoria por el delito de homicidio simple, de  conformidad  con lo establecido en el artículo 323 del Código Penal (fls.200).  Apelada  esta  decisión por la defensa, la Fiscalía Delegada ante el Tribunal,  mediante  proveído  de 12 de mayo siguiente, confirmó la acusación,  con  la  aclaración de que el procesado debía responder a título de culpa, a tenor  de    lo    establecido    en    el    artículo    329    del   Código   Penal  (fls.245-1).                       

                     Rituada la  causa,  el Juzgado Veintiséis Penal del Circuito de Cali, mediante sentencia de  10  de  marzo de 1995, condenó al procesado Bernal Reyes a la pena principal de  4  años  de  prisión, y multa de $6.000.oo, y la accesoria de interdicción de  derechos  y funciones públicas por el mismo término de la pena aflictiva, como  autor  responsable  del  delito de homicidio culposo, en armonía con los cargos  imputados en la resolución de acusación (fls.307).   

                   Apelado este  fallo  por  la defensora del imputado, el Tribunal Superior, mediante el suyo de  28  de  junio  del mismo año, que ahora es objeto de recurso extraordinario, lo  confirmó  en  todas sus partes, adicionándolo en el sentido de ordenar expedir  copias  para  que  se  investigara el posible delito de porte ilegal de armas de  fuego   de  defensa  personal  en  que  hubiera  podido  incurrir  el  procesado  (fls.360).   

                           La  demanda.   

                          Con  fundamento  en  las  causales  primera  y  segunda  de  casación, sendos cargos  presenta la impugnante contra la sentencia recurrida.   

                       Causal  primera:   

                  Violación  indirecta  de  la  ley sustancial debido a un error de hecho por falso juicio de  identidad en la apreciación de la prueba.   

                    Sostiene  que  la tergiversación de su contenido fáctico proviene de la circunstancia de  haber  tomado  los  juzgadores  de  instancia  el comportamiento antecedente del  procesado,  con  respecto al manejo del arma, como fundamento de la decisión de  condena,  dándole  un valor trascendental, presentándose, en consecuencia, una  disconformidad  entre  la  realidad del ente dado (comportamiento antecedente) y  la imagen que del mismo se forma el sentenciador.   

                       Esta  violación  indirecta  se presenta respecto del artículo 29 de la Constitución  Nacional,  “al no encuadrar la valoración probatoria dentro del principio de la  sana  crítica”, lo cual condujo, a su vez, a la violación del artículo 12 del  Código Penal, que consagra las funciones de la pena.   

                     En  el  proceso  no  existe prueba cierta de las circunstancias en las cuales se produjo  el  hecho.  No  obstante, se le atribuye al procesado haber extraído el arma de  la   pretina  del  pantalón  para  alardear,  y  con  fundamento  en  ello,  la  producción  del  accidente. Es decir, se está castigando a Bernal Reyes por su  comportamiento  antecedente  en  relación  con  al  manejo  del  arma,  por  su  “chicanería”  como  lo  plantean  algunos  testigos,  y  no  por  las  precisas  circunstancias que acompañaron el hecho punible.   

                      Nadie  puede  afirmar  que  el  sindicado  haya  sacado   ese  día  el  arma para  presumir,  ni  en  el  plenario  obra  prueba  de  ello.  Y, si no hubo actos de  ostentación,  por  qué  se  le va juzgar por los “alardes” antecedentes? No se  trata  de  castigarlo  por  lo que es, o ha dejado de hacer, sino por lo que “ha  hecho”.  Pero  en este caso pervive la aberración de la peligrosidad, en contra  del principio de culpabilidad.   

                  Además de  lo  expresado,  el  juzgador dedujo como  circunstancias de agravación del  hecho  punible,  la  primera  y segunda del artículo 66 del Código Penal, pero  éstas  solo  serían aceptables si la investigación hubiera probado que Bernal  Reyes  llegó  a  “alardear” ante su novia, caso en el cual podrían pretextarse  motivos  fútiles,  o  demostrado que las circunstancias que enmarcaron el hecho  dificultaron  su  defensa. Ambas consideraciones, son igualmente el resultado de  la  tergiversación  de  la  prueba  respecto  a  la  conducta  antecedente  del  procesado.   

                         La  ponderación  de  esta  circunstancia, la hipervaloración de la misma frente al  hecho  punible,  condujeron en igual forma al sentenciador a considerar un mayor  grado  de  culpabilidad,  con  incidencia  en  la  dosificación  de  la pena, y  consecuente  violación  del principio non bis in idem, además del artículo 29  de  la  Constitución  Nacional,  ya que habiéndose tipificado el hecho como un  homicidio  culposo,  y  no  habiéndose  probado  el  aludido “alarde”, no puede  predicarse un mayor grado de culpabilidad.   

                         La  culpabilidad  y  la  peligrosidad son diferentes en su esencia, y causan efectos  distintos.  Una  consecuencia  jurídica del acto culpable es la pena, en cuanto  “realidad  del reproche que grava al autor en la medida de su culpabilidad, o el  perjuicio  jurídico que le alcanza por haber invadido la esfera jurídica a él  cerrada,  y  en  consecuencia  es retributiva; más allá de ello no se permiten  los avances judiciales” (fls.401).   

                    Con base  en  la peligrosidad la sentencia plantea que en el proceso “sí está demostrada  su  imprudencia  en  el  actuar  con  su  arma  de  fuego  frente  a  una  niña  desconocedora  del  manejo  del artefacto, con el item de que varios testigos lo  señalan  como  persona  afecta  a la intimidación de otros con la misma arma”,  derivando  de  estas  consideraciones  las modalidades del hecho punible, según  las cuales no hubo posibilidad de defensa de la víctima   

                       Esta  concepción  peligrosista  es ratificada por el juzgador cuando sostiene que “en  cambio  son ostensibles las pruebas traídas al proceso que ponen de relieve una  tendencia  del señor Bernal Reyes a ´hacer disparos al aire´ o ´intimidar´a  familiares  de  la  novia,  o  en la calle a otras personas con el revólver que  llevaba  consigo,  lo  cual  no  puede  ser  aceptado  como  sintomático de una  personalidad  recta  y  sana”,  distorsionando  de  esta manera el sentido de la  prueba,  y  falseando  su  intención (sic) fáctica, en cuanto le hace producir  efectos probatorios que no se derivan de su contexto.   

                     Causal  segunda:   

                         La  resolución   de  acusación,  por  parte  alguna,  alude  a  circunstancias  de  agravación  del delito de homicidio. No obstante, en la sentencia impugnada, el  juzgador   incorpora   las  circunstancias  establecidas  en  el  artículo  66,  numerales  1º, 2º y 3º del Código Penal, para efectos de la dosificación de  la pena, al precisar:   

                     “De tal  manera,  las  pretensiones  de  la  defensa cuando aboga por un tratamiento más  tolerante  con  el  procesado  Bernal  Reyes,  resultan  totalmente  opuestas al  espíritu  de  los textos legales de que se ha hecho referencia, pues si bien es  cierto  ´sólo  podrá  imponerse  el  máximo  de  la  pena  cuando  concurren  únicamente   circunstancias  de  agravación  punitiva,  y  el  mínimo  cuando  concurren  exclusivamente  de  atenuación  (…)  (art.67 C.C.), apenas resulta  obvio  inferir que si en este caso no se aplicó ni el mínimo ni el máximo, es  porque  al  compaginarse  las  circunstancias  de  atenuación  previstas en los  numerales  1º,  6º  y  8º  del  artículo  64  del estatuto penal, con las de  agravación  consignadas  en  los  numerales  1º,  2º  y  3º del artículo 66  ibidem,  el  resultado no puede ser otro que el de aplicar una pena que promedie  ambos  extremos  y,  por  lo  tanto,  la  de  cuatro  años  que se impuso es la  adecuada,  y como tal se debe confirmar, según se adujo en párrafo precedente,  pues  la  disminución de la pena impuesta -dada la modalidad del hecho punible-  no amerita aceptación por parte de esta Sala”.   

                   En virtud  de  este  planteamiento, se presenta una incongruencia entre el pliego de cargos  y  la  sentencia,  que viola el derecho de defensa, en cuanto sorpresivamente se  dedujeron  circunstancias  de agravación no imputadas al procesado previamente,  y  que  de  no haber sido tenidas en cuenta, habrían determinado una pena menor  de cuatro (4) años.   

                        Con  fundamento  en  estas  consideraciones,  solicita   a  la  Corte  casar  la  sentencia.   

                    Concepto  del Ministerio Público.   

                     1.  En  punto  al  segundo  cargo,  de  cuyo  estudio  se  ocupa  en primer término, el  Procurador  Segundo  Delegado en lo Penal sostiene que la demandante, ab initio,  entremezcla  indebidamente  consideraciones  inherentes a las causales tercera y  segunda,  en  cuanto  alude  al mismo tiempo a la vulneración de las garantías  del  procesado  y  la  falta  de  consonancia  entre la sentencia y el pliego de  cargos,  posturas  que  no  se  compadecen  con  el  imperativo  que  reporta el  principio  de  no  contradicción,  según  el  cual,  no es viable proponer, al  interior   de   una   misma  censura,  argumentaciones  excluyentes.     

                     En  la  causal  tercera,  debe  comprobarse  la estructuración de vicios in procedendo,  esto  es,  aquellos generadores de infracciones al debido proceso, el derecho de  defensa  y la falta de competencia; en la segunda, el exceso en que incurrió el  sentenciador  al  proferir  el  fallo,  respecto  de  los linderos fijados en la  resolución acusatoria.   

                       Esta  mixtura  en  la  formulación  del  cargo,  impide realizar un pronunciamiento a  fondo  del  mismo,  pues  la  Corte,  en virtud del principio de limitación que  regenta  el  recurso,  no  puede  seleccionar  uno  de ellos, ni enmendar un tal  desacierto, imponiéndose, por tanto, su rechazo.   

                  Además de  estas  deficiencias de orden técnico, se tiene que la deducción en el fallo de  circunstanicas  genéricas  de  agravación no incluidas en el pliego de cargos,  no  genera  incongruencia  susceptible de ser alegada dentro de los marcos de la  causal  segunda,  como  veladamente lo sugiere la casacionista en el decurso del  reproche.   

                     Explica  que  la indeterminación o falta de concreción de estas agravantes, en absoluto  incide  en la calificación provisional de la conducta, como si acontece con las  de  naturaleza  específica,  que  representan además una sanción adicional al  quántum   punitivo   en   los   montos  taxativamente  predeterminados  por  la  ley.   

                        Las  genéricas,  en  cambio,  solo trascienden el ámbito punitivo para el juzgador,  atendiendo  a  su  discrecionalidad  limitada  en  mínimos y máximos, como con  acierto  lo  sostuvo  la  Corte  en providencia de 9 de noviembre de 1994, cuyos  apartes pertinentes transcribe.   

                   Considera  que  la  deducción  en la sentencia de agravantes genéricas no incluidas en la  resolución  de  acusación,  se  erige en lesiva del aspecto punitivo, y por lo  mismo,  del  derecho  de  defensa,  “lo  que  implica  su  alinderamiento en los  parámetros   de  la  causal  tercera  de  casación”,  como  claramente  quedó  establecido en el fallo de casación que viene de ser citado.   

                     Siendo  ello  así,  una  tal irregularidad debe ser postulada en sede extraordinaria al  amparo  de la causal tercera de casación, no en la forma errática como lo hizo  el  recurrente,  quien  solo  acierta  en  la  invocación de la nulidad, la que  entremezcla   con  la  causal  segunda,  sino  con  plena  comprobación  de  la  trascendencia del yerro de cara a la situación de su defendido.   

                  En el caso  sub  judice,  cierto  es  que  las  agravantes del artículo 66 deducidas por el  Tribunal,  además  de  no  haber  sido  incluidas en la resolución acusatoria,  adolecen  de  la debida motivación, pero no lo es menos que el monto de la pena  permaneció  incólume, en cuanto que su tasación se encuentra enmarcada dentro  de  los  límites  legales  del  artículo  329,  y  se atendió a la gravedad y  modalidades  del  hecho  punible,  así  como  al  mayor  grado de culpabilidad,  directrices  que  permiten  obtener el quántum equivalente al impuesto, aún en  el   evento   de  prescindir  de  la  aplicación  de  las  citadas  agravantes.   

                     Es del  criterio,  por  tanto,  que  el  cargo  no  debe prosperar, no solo debido a las  falencias      técnicas     atrás     referidas,     sino     por     resultar  intrascendente.   

                     2.  En  relación  con  el  primer  reproche  sostiene  que  la  casacionista  no  logra  individualizar  el  falso  juicio  en  la  selección de las normas, como era lo  esperado,  dejando  dicho  aspecto  inmerso  en la incertidumbre. Además, yerra  cuando  alude  a  los  mandatos  presuntamente  transgredidos,  toda  vez que la  infracción  al artículo 29 de la Carta debe ser alegada al amparo de la causal  tercera  de  casación; y,  con respecto al artículo 12 del Código Penal,  no resulta demostrada su escueta afirmación.   

                   En contra  de   la   prosperidad   de   la   censura   concurre   también   la   falta  de  individualización  de  los  medios  de prueba de donde surge el falso juicio de  identidad,  puesto  que  la  recurrente  se  limita a presentar una relación in  genere,  que  en modo alguno satisface la exigencia de concreción en punto a la  prueba  tergiversada, dando cabida a consideraciones personales sobre algunas de  las  conclusiones plasmadas en el fallo, que en manera alguna permiten demostrar  el rompimiento de las reglas de la sana crítica.   

                   Al margen  del  aspecto  técnico,  las  inferencias  a  que  alude el cargo no responden a  distorsiones  objetivas  de  la  prueba,  sino  a  evaluaciones  válidas de los  juzgadores  de  instancia,  de  las que coligieron aspectos comportamentales del  acusado.  Además,  el  reproche  que ameritó su condena no se hizo depender de  actuaciones  ocurridas  antes  de los hechos, ni por lo mismo de consideraciones  peligrosistas,             como             lo            sostiene            la  demandante.                                   

                   En cuanto  a  la  imposición  de  las agravantes genéricas contenidas en el artículo 66,  numerales  1º,  2º  y 3º, afirma que si bien es cierto carecen en absoluto de  motivación,  y  no  se  compaginan  con  la  naturaleza  culposa  del homicidio  endilgado,  también  lo  es  que  la  injerencia  de  esta  irregularidad en la  determinación  del monto de la pena resulta instrascendente, como quiera que su  tasación  persiste  en  los  términos  referidos en la contestación del cargo  anterior.                                                                                                                                 

                                           Consecuente  con  sus planteamientos, solicita a la Corte no casar  la sentencia impugnada.   

                         SE  CONSIDERA:   

                     Causal  primera:   

                       Este  cargo,  además  de  infundado,  resulta  en  su  planteamiento confuso, pues la  impugnante   hace   derivar  de  un  mismo  error  de  apreciación  probatoria,  consecuencias  jurídicas  distintas,  claramente irreconciliables, determinando  que  la  censura  se  torne contradictoria e indescifrable, con menoscabo de los  principios  de  claridad  y concreción que deben regentar la fundamentación de  todo ataque en sede extraordinaria.       

                         La  propuesta  de  impugnación,  como  se  recuerda,  parte del supuesto de que los  juzgadores  de  instancia apreciaron indebidamente el comportamiento antecedente  del  procesado  en  cuanto  al manejo del arma, hipervalorándolo, error que los  habría  llevado,  en  primer  lugar,  a condenarlo por un hecho antecedente, en  segundo  término,  a  deducir  en  su  contra  las agravantes genéricas de los  numerales  1º  y  2º  del artículo 66 del Código Penal y, en tercer orden, a  derivar  un mayor grado de culpabilidad con incidencia en la dosificación de la  pena.             

                       Esta  mezcolanza  de  pretensiones  en  la formulación del cargo, enerva ab initio su  análisis  en casación, ante la imposibilidad de poder establecer si lo buscado  por  la  demandante  es  la  absolución  del  implicado,  la  exclusión de las  circunstancias  de  agravación  previstas  en  los  numerales  1º  y  2º  del  artículo  66  del  Código Penal, o la degradación de la culpabilidad culposa,  situaciones  estas  últimas  que,  en  oposición a la primera, implicarían el  mantenimiento de la decisión de condena.    

                  Reflejo de  esta  indeterminación resultan ser los vacíos que la demanda presenta en punto  a  las  consecuencias  jurídicas  de  la  impugnación,  las  normas de derecho  sustancial  transgredidas,  y  el  sentido  de  la  violación,  así  como  las  equivocaciones  en la invocación de preceptos que, como los artículos 29 de la  Constitución  Política y 12 del Código Penal, ninguna correspondencia guardan  con la cuestión fáctico jurídica planteada.      

                   En cuanto  dice  relación  con  la  naturaleza  del error alegado, es también evidente la  falta  de claridad de la libelista, pues equipara el error de hecho originado en  la  distorsión  del  contenido  material  de  la  prueba,  con  el derivado del  desconocimiento  de las reglas de la sana crítica en la estimación racional de  su mérito, también de facto, pero de contenido distinto.   

                         El  primero,  ha  sido  repetidamente  sostenido  por  la  Corte,  surge  cuando  el  juzgador,  al apreciar la prueba, tergiversa su expresión literal poniéndola a  decir  lo  que  ella  no  dice.  Es  de  carácter objetivo, contemplativo, y su  demostración  supone  hacer evidente la falta de consonancia entre el contenido  material  del  medio  probatorio,  y  la percepción que la sentencia hace de su  texto.                                                                                                                                                                    

                         El  segundo,  en cambio, se presenta cuando el fallador, al establecer el mérito de  la  prueba,  lo  hace  con  desprecio  de  las reglas de la sana crítica. Es de  carácter  apreciatorio,  y  su demostración supone acreditar que la inferencia  realizada  no  corresponde  a  la  que  imponen los postulados de la lógica, la  ciencia o la experiencia.   

                         La  casacionista,  al  referirse  al  comportamiento  antecedente  del  procesado en  relación   con   el  manejo  del  arma,  asegura  que  esta  circunstancia  fue  distorsionada  en  su  contenido  fáctico por los juzgadores de instancia, pero  también  que  fue  sobreponderada e hipervalorada, con lo cual termina haciendo  un  planteamiento  mixto,  inaceptable  en  esta  sede  por  atentar  contra los  principios  lógicos  de  concreción y no contradicción, al ser entremezclados  dentro     de     una     misma     alegación     errores     de     naturaleza  distinta.          

                  Además de  ello,  no  precisa  de  qué  manera  los juzgadores distorsionaron el contenido  fáctico  de  dicho  elemento  de prueba, o cómo lo sobrevaloraron, ni cuál su  incidencia  en  la  parte  dispositiva  del fallo, haciendo que el planteamiento  resulte adicionalmente indemostrado.   

                   Al margen  de  estas  inconsistencias  de  carácter  técnico  y de fundamentación que la  censura  presenta,  no es cierto que el comportamiento antecedente del procesado  en  relación  con  el manejo irresponsable del arma, haya sido el fundamento de  la   condena.   Ni  siquiera  puede  afirmarse  que  haya  constituido  elemento  importante  de  convicción  en  la  determinación  de su responsabilidad, pues  cuando  los juzgadores aludieron a su conducta anterior, lo hicieron para emitir  un  juicio  negativo  sobre su personalidad, no para afirmar su compromiso penal  en  el  hecho,  como  puede claramente verse en el siguiente aparte del fallo de  segundo grado:   

                    “Y si de  la  ´personalidad  del  agente´se trata, tampoco sería atinado echar sobre el  procesado  un  manto  de  perdón  u  olvido  catalogándolo  como  un ciudadano  ejemplar  por  el  solo  hecho  de  no  registrar  antecedentes  judiciales o de  policía,  pues  no  siempre  la  inexistencia  de  éstos demuestra por si solo  nobleza  de  alma  o un comportamiento estrictamente ajustado a las reglas de la  convivencia humana, incluido el respeto a la ley.   

                  “En cambio  son  ostensibles  las  pruebas  traídas  al  proceso  que  ponen de relieve una  tendencia   del   señor  Bernal  Reyes  a  ´hacer  disparos  al  aire´,  o  a  ´intimidar´a  familiares  de  la novia, o en la calle a otras personas, con el  revólver  que  llevaba  consigo, lo cual no puede se aceptado como sintomático  de una personalidad sana y recta” (fls.376).   

                         La  conclusión  de  los  juzgadores  en  el sentido de que el procesado exhibió el  revólver  para  “alardear”,  la  obtuvieron no de su conducta antecedente, sino  del  análisis de las circunstancias que rodearon los hechos, y que los llevaron  a   descartar,  por  inverosímiles,  sus  explicaciones  sobre  la  forma  como  sucedieron.   

                    El cargo  no prospera.   

                                                                                                                                              

                     Causal  segunda:   

                       Aún  cuando  la  demandante  en  el enunciado de la censura alude a la causal tercera  como  vía  de  ataque,  es  claro  que  se trata de un error no obstativo, como  quiera  que  a  continuación  identifica  claramente la causal, al concretar el  cargo  en  los siguientes términos: “CUANDO LA SENTENCIA NO ESTE EN CONSONANCIA  CON LOS CARGOS FORMULADOS EN LA RESOLUCION DE ACUSACION”.   

                     Tampoco  resulta  ser  un  contrasentido que en el desarrollo del reproche afirme que por  virtud  de esta irregularidad se afectaron las garantías procesales y, además,  el  derecho  de  defensa  del  implicado, pues no puede perderse de vista que el  vicio  de incongruencia es de carácter in procedendo, que no solo compromete el  proceso  debido en su estructrura conceptual, sino que puede llegar a afectar el  derecho  de  defensa,  como  ocurre  cuando  el  procesado  es sorprendido en la  sentencia  con  imputaciones fácticas o jurídicas que no ha tenido posibilidad  de   controvertir,   por   no   haber   sido  deducidas  en  la  resolución  de  acusación.   

                  Respecto a  la  vía  dentro de cuyo marco debe encuadrarse el ataque cuando en la sentencia  se  deducen circunstancias genéricas de agravación punitiva no incluidas en el  pliego  de  cargos,  la doctrina de la Corte ha sostenido que, en tratándose de  circunstancias  de  naturaleza  subjetiva,  es  decir  de aquellas que requieren  análisis  o  valoraciones previas para su deducción, una tal situación genera  un  vicio  de inconsonancia, susceptible de ser alegado dentro del ámbito de la  causal segunda.   

                    Esto, en  razón  a  que  tal  tipo  de circunstancias  no pueden ser imputadas en la  sentencia  si  no  han  sido objeto de concreción en el acto de formulación de  cargos,  bien por su nominación jurídica, ora por sus elementos constitutivos,  erigiéndose,  por tanto, en parte integrante del marco fáctico jurídico de la  acusación  (Cfr.  Casación  Agosto  2/95  Mg. Pte. Dr. Ricardo Calvete Rangel,  Casación  mayo  29/97, Mg. Pte. Dr. Fernando Arboleda Ripoll, Casación febrero  25/98  Mg. Pte. Dr. Dídimo Páez Velandia, Casación Junio 25/98, Mag. Pte. Dr.  Carlos   Eduardo   Mejía,  entre  otras).                              

                  En el caso  analizado,  se tiene que el juez a quo, al realizar la dosificación de la pena,  fundamentó  en  los  siguientes  términos la decisión de imponer al procesado  como pena aflictiva 4 años de prisión:   

                     “En las  condiciones  en  que actuó el sindicado, su personalidad temeraria, la gravedad  del  hecho  y  todas  las  circunstancias  modales  acusadas  hacen parte de los  criterios  a  tener  en  cuenta  para  la graduación de la pena (art.61 Código  Penal)  donde  se  verán representados al desplazarse significativamente de los  mínimos,  tanto  como  la  imprudencia  del  procesado  se  corresponda  con la  cercanía  en  que  estuvo  de la culpabilidad dolosa que -repetimos- fue lo que  hizo  pensar  a  los  instructores  en  que tan descabellado comportamiento solo  podía verse a través de ésta.   

                                           (…)   

                                           “PUNIBILIDAD.  Consecuente  con lo comentado en la parte motiva de  este   fallo  y  por  haberse  deducido  en  el  procesado  un  mayor  grado  de  culpabilidad  que  se  refleja  en la intensidad de la imprudencia y la falta de  precauciones  en  el  comportamiento  altamente  riesgoso  asumido por el señor  Héctor  Julián Bernal Reyes, se concluye que la pena a imponer es la de cuatro  (4)  años  de  prisión  y  multa  en cuantía de seis mil pesos…” (fls.325 y  326).   

                     Apelado  este  fallo,  el  Tribunal,  en  respuesta  a las alegaciones de la defensa, que  pretendía  la  disminución  de  la  pena privativa de la libertad en un año o  más,  y el otorgamiento de la condena de ejecución condicional, se refirió in  extenso  a la gravedad del hecho, el grado de culpabilidad y la personalidad del  procesado,  para  avalar las consideraciones plasmadas por la primera instancia,  y  adicionalmente  a  las circunstancias genéricas de atenuación y agravación  concurrentes,   aspecto   en   relación   con   el  cual  hizo  las  siguientes  precisiones:   

                    “… las  pretensiones  de  la  defensa cuando aboga por un tratamiento más tolerante con  el  procesado  Bernal  Reyes,  resultan  totalmente opuestas al espíritu de los  textos  legales  de  que  se ha hecho referencia (artículos 61 y 67 del Código  Penal,  aclara  la  Sala),  pues  si  bien es cierto ´sólo podrá imponerse el  máximo  de  la  pena cuando concurran únicamente circunstancias de agravación  punitiva,    y   el   mínimo   cuando   concurran  exclusivamente  de  atenuación (…) (art.67 C.P.),  apenas  resulta obvio inferir que si en este caso no se aplicó ni el mínimo ni  el  máximo,  es  porque  al  compaginarse  las  circunstancias  de atenuación previstas en los numerales  1º,  6º  y  8º  del  artículo 64 del estatuto penal, con las de agravación   consignadas   en   los  numerales  1º,  2º  y  3º  del artículo 66 ibidem, el resultado no puede ser  otro  que el de aplicar una pena que promedie ambos extremos y, por lo tanto, la  de  cuatro  años  que  se  impuso  es la adecuada y como tal se debe confirmar,  según  se  dedujo  del  párrafo  precedente,  pues  la disminución de la pena  impuesta  -dada la modalidad del hecho punible- no amerita aceptación por parte  de esta Sala” (fls.376-1).   

                  Como puede  claramente   verse,   cierto   es   que   el  Tribunal  Superior  refirió  como  circunstancias  genéricas  de  agravación  concurrentes,  las previstas en los  numerales  1º,  2º  y  3º  (indefensión) del artículo 66 del Código Penal,  todas  de naturaleza subjetiva, y que las mismas no fueron objeto de concreción  en  la resolución acusatoria, situación que permitiría pensar que desconoció  su  marco  fáctico y jurídico, con quebrantamiento de la estructura conceptual  del proceso.   

                  Empero, no  cuesta  trabajo  advertir  que las consideraciones del Tribunal en relación con  la  existencia de un equilibrio cuantitativo entre las circunstancias genéricas  de  atenuación  y  agravación  relacionadas,  fueron complementarias a las que  sirvieron  al  a  quo  para fijar la pena en cuatro años de prisión, referidas  fundamentalmente  a  la  gravedad  del hecho, la personalidad del procesado y el  grado  de  culpabilidad,  cuya validez el tribunal avaló, de donde se sigue que  el  error, no obstante haber existido, sería intrascedente, en razón a que los  argumentos  que  llevaron al Juez de primera instancia a fijar la pena en cuatro  años,  fueron  compartidos  en su integridad por el Tribunal.      

                  El ad quem  solo  quiso abundar en consideraciones, equivocándose por partida doble; de una  parte,  porque  no  le  era  permitido  aludir  a  circunstancias  genéricas de  carácter  subjetivo no incluidas en el pliego de cargos; y, de otra, porque las  circunstancias  alegadas  resultan  abiertamente incompatibles con la naturaleza  culposa del delito imputado.   

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Segundo Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al Tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                               JORGE  ANIBAL GOMEZ GALLEGO                           

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA             CARLOS   A.  GALVEZ ARGOTE          

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             CARLOS      E.     MEJIA  ESCOBAR                                

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA            NILSON  PINILLA  PINILLA   

                         

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                                    

                      

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *