10771 (22-09-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO  No.  10771            

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.141 sep.17/98   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  fe  de  Bogotá, D. C., veintidós de  septiembre de mil novecientos noventa y ocho.   

                   Derrotada la  ponencia  presentada  por  el Magistrado doctor Nilson Pinilla Pinilla, resuelve  la  Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia  de  23  de  febrero  de 1995, mediante la cual el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Cali  condenó  al  procesado  FERNANDO  GUTIERREZ  RICAURTE a la pena principal de 18 años y  6  meses de prisión, como autor responsable de los delitos de homicidio tentado  en   concurso   homogéneo   y  porte  ilegal  de  armas  de  fuego  de  defensa  personal.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                      El 23 de  mayo  de  1993,  en las primeras horas de la noche, Fernando Gutiérrez Ricaurte  irrumpió  armado  de  un  revólver  en  la  residencia  de  la  familia Grueso  Quiñones,  ubicada  en  la  carrera  29A  No.41-57  de  la  ciudad  de  Cali, e  inmediatamente  empezó  a  disparar  contra  sus ocupantes, causando heridas al  dueño  de  casa  Gamaliel Grueso Perea y su hijo Omar Orlando Grueso Quiñones,  quienes  fueron  oportunamente atendidos en centros hospitalarios, obteniéndose  su recuperación.   

                     Familiares  y  allegados  de  los  heridos  iniciaron la persecución inmediata del agresor,  logrando  su  captura  en el interior de una residencia cercana, donde trató de  refugiarse.  En  su  poder  fue hallado un revólver .38 largo, Smith Wesson, en  buen estado de funcionamiento (fls.29).   

                      El 26 de  mayo  la  Fiscal  del  proceso se trasladó a las instalaciones del Hospital San  Juan  de  Dios de la ciudad, donde el imputado Gutiérrez Ricaurte se recuperaba  de  algunas  heridas  causadas  en  el  momento  de  su  captura,  con el fin de  escucharlo  en  indagatoria,  pero  ésta  debió  ser  aplazada  para  el  día  siguiente  por  recomendación  médica (fls.11 vto, 12 y 12 vto). El 27, en las  horas  de  la  tarde, se llevó a cabo la diligencia, habiendo sido designada la  señora   Teresa  Wirth  Conto,  enfermera  superior  del  centro  hospitalario,  defensora  del  sindicado,  en  vista  de “que en estas dependencias no se halla  abagodo (sic) inscrito” (fls.17).   

                    El día 28,  la  funcionaria  nombró  de oficio al doctor Willian A. Hormaza Ospina defensor  de  Gutiérrez  Ricaurte,  dándole  posesión  del  cargo  el  2  de  junio,  y  notificándolo,   en  esta  misma  fecha,  de  la  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  proferida  el  día anterior contra el procesado por los  delitos  de  “homicidio  en grado de tentativa” y porte ilegal de armas de fuego  de defensa personal (fls.20 vto, 31, 39 y 40).   

                    Del proceso  hacen  parte  las  declaraciones  de  Gamaliel  Grueso  Perea (fls.21,74), Jorge  Alberto  Grueso  Quiñones  (fls.56,  72),  María  Escilda  Quiñones de Grueso  (fls.59),   Luis   Andrés  Grueso  Quiñones  (fls.61),  Carlos  Arturo  Grueso  Quiñones  (fls.64),  Lila  Chávez  Sánchez  (fls.  78),  Omar  Orlando Grueso  Quiñones  (fls.81),  Yenny  Lucía Chávez Sánchez (fls.84), Humberto Valencia  Aguilar  (fls.  86),  las  historias clínicas y los reconocimientos médicos de  los lesionados (fls.42, 93, 108, 112), entre otras pruebas.   

                      Mediante  proveído  de  17 de agosto del mismo año, la Fiscalía dispuso el cierre de la  investigación,  decisión  que fue notificada personalmente al imputado el día  siguiente.  Con  el propósito de enterar a su defensor, se libró comunicación  a  la  dirección  registrada,  pero fue devuelta debido a que el señor Hormaza  “ni   llama  ni  aparece  en  dicha  oficina”  (fls.111,  111  vto.  117  y  127  vto).   

                                                                                                                     

                      Contra la  precitada  providencia el procesado interpuso recurso de apelación, denunciando  desconocimiento   del   principio  de  investigación  integral,  existencia  de  irregularidades  sustanciales e inactividad total de su defensor de oficio, para  finalmente  solicitar libertad (fls.122). La Fiscalía se abstuvo de tramitar la  apelación  por  improcedente  y  negó  la  libertad impetrada. Para enterar al  defensor  de  esta  última decisión se le envió telegrama a la misma oficina,  habiendo  siendo  devuelto  por cambio de dirección del destinatario (fls.133 y  150).   

                                    

                     Tres días  antes   del  vencimiento  del  término  de  traslado  para  presentar  alegatos  precalificatorios,   el  procesado  otorgó  poder  al  doctor  Wildeman  Muriel  Penilla,  quien,  en  la  misma fecha, presentó memorial de solicitud de copias  del expediente (fls.146 y 147 y 151).   

                      El 17 de  septiembre,  la  Fiscalía  calificó  el  mérito  probatorio  del  sumario con  resolución  acusatoria  por  los  delitos de homicidio en grado de tentativa en  Gamaliel  Grueso  Perea y Omar Orlando Grueso Quiñones, y porte ilegal de armas  de fuego de defensa personal (fls. 153).   

                       Con  el  propósito  de  notificar  personalmente de esta decisión al nuevo defensor del  procesado  se elaboró una nota de comparencia, pero ésta no pudo ser entregada  por  falta  de dirección (fls.164 vto, 165, 178 y 178 vto).  La acusación  causó ejecutoria el 27 de septiembre (fls. 166).   

                  Dentro del  término  de  traslado  para  preparación  de la audiencia pública, las partes  guardaron  silencio,  razón  por la cual el Juzgado de conocimiento procedió a  fijar  fecha para su realización mediante proveído de 18 de enero de 1994, que  fue  notificado  personalmente al defensor el día siguiente (fls.168, 171 y 171  vto).  Por  ausencia  suya,  la diligencia no fue posible sin embargo realizarla  (fls. 179).   

                    Por auto  de  2  de  marzo se fijó nueva fecha para el adelantamiento de la audiencia. De  esta  decisión fue personalmente enterado el defensor del procesado, pero en el  acto  de  la  notificación dejó la siguiente constancia: “Me notifico, pero no  conozco  al  defendido  y no he llegado a ningún acuerdo con él. No me explico  por  qué  aparece  un  poder  a mi nombre. El acusado lo ratificará. Pasaré a  renunciar” (fls.183 y vto).   

                  El Juzgado  dispuso  escuchar inmediatamente en ampliación de indagatoria al procesado y en  declaración  a  su  defensor,  con  el  fin de aclarar lo ocurrido. El primero,  reconoció  como  suya  la  firma  que  aparece  en  el  memorial  de fecha 6 de  septiembre  de  1993,  donde figura otorgándole poder al doctor Wildeman Muriel  Penilla,  pero afirma no conocerlo, ni haber conversado con él. Recuerda que en  el  mes  de septiembre de 1993 conoció en la cárcel a William Orozco, quien se  comprometió  a llevarle la defensa por la suma de $500.000.oo, de los cuales le  entregó  $50.000.oo  para  que  leyera  el  expediente.  En  la tarde del mismo  día   suscribió  el  respectivo  poder,  quedando  pendiente la firma del  abogado,  pues  Orozco  le  explicó  que  no  podía  hacerlo  por  carecer  de  credencial.  Nunca  más  volvió  a  saber  de él. Después se enteró que era  estudiante de derecho (fls.189).   

                   El doctor  Muriel  Penilla  reconoció también como suya la firma puesta en el poder, pero  asegura  no  haber  sido  elaborado  en  las máquinas de su oficina. Conoció a  William  Orozco  por  intermedio de una alumna suya llamada Consuelo, estudiante  de  la  Universidad  Santiago de Cali, quien le pidió el favor de colaborarle a  un  amigo de William, su esposo, que se encontraba detenido. Acordaron suscribir  el  respectivo  poder  y  solicitar  copias  del  expediente con el fin de poder  estudiarlo,  comprometiéndose  el  muchacho  a  adelantar  estas  gestiones. No  volvió  a  tener conocimiento de él hasta un día que Consuelo le comentó que  se  había  ido a vivir al Caquetá. No exigió honorarios por esta gestión, ni  Orozco  fue  dependiente o amigo suyo. En principio solo se trataba de un favor,  pues  en  su oficina únicamente se tramitan asuntos de familia y sucesiones. La  situación  de  este proceso era tan desconocida para él, que cuando el Citador  del  Juzgado  lo  notificó,  le  dijo que no tenía idea de ese negocio, ni del  poder,  y  solo  ahora  que  se  hace  mención  a  Orozco,  es que considera la  posibilidad  de  que  hubiera  actuado  de  mala  fe aprovechándose de su buena  voluntad (fls.194).   

                  El Juzgado  proveyó  al  procesado  de  nuevo  defensor  de  oficio,  celebró la audiencia  pública,  y  mediante  auto  de  7 de julio decretó la nulidad de lo actuado a  partir  de  la  notificación  de  la resolución acusatoria, por violación del  derecho  de  defensa,  argumentando  que  el  acusado, desde ese momento, había  estado  desprovisto  de  ella  por  ausencia  de  abogado  (fls. 190, 215, 232).   

                       Este  pronunciamiento  fue recurrido en apelación y revocado en decisión mayoritaria  por  el Tribunal, por considerar que el doctor Wildeman conocía el contenido de  los  documentos  que firmaba y era consciente de las obligaciones que asumía al  aceptar  el  encargo,  y  si no desplegó gestión alguna durante su desarrollo,  bien  pudo  haber  obedecido  a  una  estrategia  de  su  parte  (fls.247,  266,  278).   

                    Mediante  sentencia  de  7  de octubre de 1994, el Juzgado condenó al procesado a la pena  principal  de  15 años de prisión, y la accesoria de interdicción de derechos  y  funciones  públicas  por  el término de 10 años, como autor responsable de  los  delitos  de  homicidio  tentado  en  concurso homogéneo, y porte ilegal de  armas  de  fuego  de  defensa  personal,  acorde con los cargos formulados en la  resolución acusatoria (fls.286).   

                     Apelado  este  fallo  por  la  defensa,  el Tribunal, mediante el que ahora es objeto del  recurso  extraordinario,   lo  confirmó con las siguientes modificaciones:  Incrementó  la pena privativa de la libertad a 18 años y 6 meses tras advertir  que  el a quo había omitido imponer pena por uno de los delitos contra la vida;  y,  dispuso  que el pago de los perjuicios morales debía entenderse en favor de  cada  uno  de  los  lesionados.  Complementariamente ordenó expedir copias para  investigar  penalmente  las lesiones de que se hizo víctima al procesado, y una  posible  autoría intelectual en los delitos de homicidio (fls.328). Salvó voto  uno  de sus integrantes, por considerar que el proceso se encontraba afectado de  nulidad por violación del derecho de defensa.   

                         La  demanda.   

                        Con  fundamento  en  la  causal tercera de casación la demandante acusa la sentencia  impugnada  de haber sido dictada en un juicio viciado de nulidad, por violación  del derecho de defensa y del principio de contradicción.   

                  Hace suyas  las  consideraciones  de  la  Magistrada disidente para sostener que el Tribunal  desconoció  un  hecho  indiscutible,  como es que el doctor Wildeman nunca tuvo  interés  en  defender  al procesado, ni conocimiento siquiera de su existencia.  Esto  se  deduce  de  su  declaración  y  de  lo  afirmado por su representando  respecto del acuerdo a que llegó con William Orozco.   

                     Ignora  también  el  Tribunal  que  la  actividad  del  doctor  Wildeman a lo largo del  proceso  fue  absolutamente  pasiva, totalmente inexistente, haciendo inoperante  el  derecho  de  contradicción,  como  garantía del debido proceso,  pues  solo  interviniendo  en  la  obtención  de  pruebas,  en  el  adelantamiento de  diligencias,  contrainterrogando,  pidiendo o aportando probanzas, interponiendo  recursos,  solicitando nulidades, presentando alegatos, se asegura el derecho de  defensa.   

                                           Desconoció,   así  mismo,  que  la  investigación  fue  llevada  exclusivamente  por  el  funcionario instructor, único encargado de recopilar y  practicar  pruebas,  hasta el punto que se había podido solicitar en su momento  oportuno  la  ampliación  de los dictámenes con el propósito de determinar la  gravedad  de las heridas, pues no se sabe con fundamento en cuáles elementos de  juicio  se  llegó  a  considerar  que se trataba de tentativa de homicidio y no  lesiones personales.   

                    La total  inoperancia  del  abogado hizo que se dejaran de evacuar pruebas, se precluyeran  oportunidades  procesales,  y  se  dejaran de solicitar peritaciones, como la de  balística  y  guantelete, aún cuando se diga que esta última no es una prueba  científica.   

                       Cita  jurisprudencia  de  la  Corte  para  respaldar sus asertos y señala como normas  infringidas  los  artículos  1º y 7º del Código de Procedimiento Penal, y 29  de  la  Carta  Política.  Como  consecuencia  de  la  prosperidad de la censura  solicita  casar  la  sentencia  impugnada  y decretar la nulidad de lo actuado a  partir  de  la  posesión  del  doctor  Wildeman  Muriel  Penilla  como defensor  (fls.371).   

                     Alegato  apreciatorio.   

                         El  Procurador  en  lo  Judicial  de Asuntos Penales coadyuva las pretensiones de la  demanda  afirmando  que  la  ausencia  de  defensa  técnica  es  una  verdad de  perogrullo,  que  no  puede  ser  soslayada  con  suposiciones,  y que, en estas  condiciones,  se  impone decretar la nulidad de lo actuado con fundamento en las  causales  consagradas  en los numerales 2º y 3º del artículo 304 del estatuto  procesal.  Adicionalmente  plantea  la conveniencia de que se investigue por las  autoridades    disciplinarias    la   conducta   del   doctor   Muriel   Penilla  (fls.415).   

                    Concepto  del  Ministerio  Público.                          

                    

                         El  Procurador  Primero  Delegado  sostiene que el cargo propuesto por el demandante  está  llamado  a  prosperar,  pero  considera  que  la  nulidad debe comprender  también  la  actuación sumaria, en cuanto que el procesado careció de defensa  desde la indagatoria.   

                     Destaca  que  en  la  ciudad  de  Cali,  donde  fue  recibida  esta  diligencia,  litigan  permanentemente  gran  número de abogados, no siendo por tanto excusable que el  instructor   recurriera   al   contenido   del  artículo  148  del  Código  de  Procedimiento   Penal   para   dejar  en  manos  de  una  persona  honorable  su  defensa.   

                                           Inmediatamente  después  fue  designado  defensor  de  oficio  el  doctor  William  A.  Hormaza,  pero,  a pesar de los requerimientos, éste nunca  compareció  a cumplir su encargo, habiendo transcurrido de esta manera la etapa  instructiva   

sin   haber   sido  desplegada  actividad  defensiva de naturaleza alguna.   

                       Vino  después  el  cierre  de la investigación y la designación del doctor Wildeman  Muriel  como  abogado  de  confianza  del procesado, quien no adelantó gestión  alguna,  pues  su  actividad  estuvo  limitada  a  la  solicitud  de  copias que  acompañó  con  el  memorial  poder  y  la  constancia  dejada  en  el  acto de  notificación  de  la  providencia  que  señalaba por segunda vez fecha para la  audiencia   pública,   en   el   sentido   de  no  conocer  el  proceso  ni  el  sindicado.   

                  Totalmente  inexistente  resulta  en  consecuencia la actuación de estos dos defensores: No  participaron  en  la  práctica  de  las diligencias, no solicitaron pruebas, no  presentaron   alegatos,   no   se   notificaron   de  las  decisiones,   ni  interpusieron   recursos.   Esto,   no   puede   asimilarse   a  una  estrategia  defensiva.   

                     Ilustra  sus  afirmaciones  con jurisprudencia de esta Sala y pide decretar la nulidad de  lo  actuado  desde  la  diligencia  de indagatoria, dejando a salvo los actos de  prueba, por quebrantamiento manifiesto del derecho a la defensa.   

                         SE  CONSIDERA:   

                                La  concepción  o  entendimiento  del proceso  penal  como contradictorio hace que su desarrollo deba ser asumido dentro de una  dinámica  controversial,  un  continuo  enfrentamiento  de  tesis,  de posturas  dialécticas,  un  permanente  avanzar hacia la investigación y búsqueda de la  verdad  basada  en  el  conflicto de partes contendientes. Sin oportunidades que  posibiliten  esta  contradicción,  no es posible concebir legítimo hoy día el  proceso.    

                     En  un  sistema  como  el  nuestro,  donde la función de acusación está en cabeza del  Estado,  este  entrabamiento  solo  es posible si al procesado se le ofrecen las  garantías  e  instrumentos  necesarios  para  su  ejercicio,  y se le brinda la  oportunidad   de   enfrentar  en  condiciones  de  igualdad  a  su  contraparte.   

                    A partir  de  este  principio,  surge  el  derecho  a  la  defensa técnica como garantía  fundamental  y presupuesto esencial de validez en la relación adversarial que a  través  del  proceso penal se constituye, consistente en la prerrogativa que el  imputado  tiene  de estar asistido permanentemente por un abogado que le asesore  y  represente,  y que en términos de equilibrio e idoneidad, pueda enfrentar el  órgano represivo.   

   

                       Esta  posibilidad  de  oposición  y refutación de la pretensión punitiva del Estado  debe  ser real, continua y unitaria, características que se oponen a lo formal,  lo  temporal  y  lo  soluble.  No  es,  ni  se trata, de llenar una exigencia de  carácter  normativo,  sino  de  velar  porque  este  derecho  logre  material y  efectiva  realización,  obligación  por  cuyo  cumplimiento  debe propender el  funcionario      judicial      encargado      de      la      dirección     del  proceso.       

                  El derecho  a  la defensa técnica o profesional es una prerrogativa intangible. El imputado  no  puede renunciar a ella, ni el Estado a su obligación de garantizarla. Si el  procesado  no  quiere  o  no  está en condiciones de designar un abogado que lo  asista  en  el  trámite procedimental, el órgano judicial tiene la obligación  de  proveerselo,  y  de  estar  atento  a  su  desempeño,  asegurándose que su  gestión  se cumpla dentro los marcos de diligencia debida y ética profesional,  propósito  que  por  igual debe buscar en tratándose de abogados de confianza,  designados a instancia del propio implicado.     

                   No es que  el  órgano judicial pueda interferir en la estrategia defensiva del abogado; ni  más  faltaba. Mucho menos que pueda imponerle unos determinados derroteros a su  gestión  controversial.  De  lo que se trata es de evitar que el abandono de la  gestión  encomendada,  entendida  no  como  inactividad  contenciosa, sino como  ausencia  absoluta  de  presencia  procesal, desquicie la estructura básica del  proceso.   

                         En  cumplimiento  de  su  función  el  defensor  puede,  por su parte, ejercitar de  manera  amplia  el  derecho  de  contradicción mediante una activa controversia  conceptual  o  probatoria,  u  optar  por  un  silencio expectante dentro de los  límites  de  la  racionalidad,  como  estrategia  defensiva, susceptible de ser  determinada   a  través  de  actos  procesales  que  permitan  inequívocamente  establecerla.   

    

                       Esta  maniobra  de  simple  supervisión del trámite procedimental, caracterizada por  la  ausencia de actos positivos de gestión, debe diferenciarse de la situación  de  abandono  de  la  función  encomendada, que se presenta cuando el defensor,  además  de  renunciar  a los actos de contradicción probatoria e impugnación,  no  hace  presencia  procesal  alguna,  ni  asume  posturas  de las cuales pueda  deducirse una mínima actividad vigilante.   

     

                    El cargo  por  violación del derecho de defensa formulado por la casacionista se funda en  la  circunstancia  de  haber  estado  su  defendido  desprovisto  de  asistencia  técnica  durante  el  tiempo  que ofició como defensor suyo el doctor Wildeman  Muriel  Penilla,  quien  nominalmente figuró como defensor desde la fase de los  traslados  para  la presentación de los alegatos precalificatorios, hasta antes  de   la  celebración  de  la  audiencia  pública,  cuando  el  funcionario  de  conocimiento  oficiosamente optó por reemplazarlo designando a la doctora Nubia  Stella  Ramírez  de  Torres,  después  de  que  hiciera expresa su voluntad de  renunciar  al  mandato  por  no  conocer  a  su  poderdante, ni el contenido del  proceso.       

                         La  situación  fáctico procesal en que se funda este reproche es incontrovertible.  Aún  al  margen  del contenido de las explicaciones suministradas por el doctor  Muriel  en  su  declaración jurada sobre la forma como terminó siendo defensor  del  procesado  Gutiérrez  Ricaurte,  sin  tener  conciencia  de  ello, y de la  reafirmación  que  en  tal  sentido  hizo  el  procesado,  suficientes, por sí  mismas,  para  concluir  la ausencia de  defensa técnica, la verdad es que  durante  el  tiempo que ostentó la condición de defensor no adelantó gestión  alguna  orientada  a  ejercer su encargo, y el expediente no ofrece elementos de  juicio que permitan calificar su actitud de estrategia defensiva.   

                         La  actividad  del doctor Muriel se reduce, como se dejó visto, a la presentación,  en  una  misma fecha, del memorial poder y del escrito de solicitud de copias, y  a  la  manifestación  de renuncia seis meses más tarde, después de haber sido  notificado  por  segunda vez de la fijación de fecha para la celebración de la  audiencia  pública,  situación  que claramente indica su desatención hacia el  proceso,  expresada  en la total ausencia de actos de contradicción probatoria,  impugnatorios y de vigilancia del acaecer procesal.   

                   De suerte  que  aún  prescindiendo  de  su  dicho,  en  el  sentido  de  no  haber  tenido  consciencia  de  las  obligaciones adquiridas al suscribir el memorial poder, la  conclusión  frente  a  las  actuaciones suyas en el proceso no sería distinta,  pues  consciente  o  no  del  compromiso contraído, la verdad es que durante el  tiempo  que  detentó  una  tal  condición tampoco ejecutó actividad alguna de  contenido defensivo.   

                   El doctor  Muriel  en  absoluto  hizo  presencia  procesal  como para pensar que su actitud  obedecía  a  una  maniobra  defensiva, y no podía ser de otra manera porque su  voluntad  nunca  fue  asumir  dicho  encargo,  sino  incursionar  con  no claros  propósitos  en  un  proceso  cuya materia no dominaba, pretextando defender una  persona  que  no  conocía,  y  aduciendo un poder cuyo contenido ignoraba, todo  dentro   de   los   marcos  de  una  actitud  de  irresponsabilidad  profesional  crasa.    

                       Solo  intervino  en  el  acto  de  la  notificación  del  proveído de citación para  audiencia,  cuando  había ya precluido toda oportunidad para impugnar el pliego  de  cargos  y  solicitar  pruebas, sin que exista actividad procesal suya alguna  que  permita  inferir,  en  términos  al  menos  de  probabilidad,  que tuviera  conocimiento de lo que estaba ocurriendo al interior del proceso.   

                         Ni  siquiera  a  través de las citaciones judiciales que debieron efectuarse con el  propósito  de  enterarlo  de las providencias dictadas puede deducirse que haya  tenido  posibilidad  de conocer lo que estaba aconteciendo, puesto que la única  que  se hizo, con el fin de imponerle el contenido de la resolución acusatoria,  no  logró  ser  entregada  por  falta  de dirección (fls. 164 vto., 165, 178 y  vto.).   

                    En estas  condiciones,  mal  puede su silencio calificarse de maniobra orientada a obtener  resultados  favorables  para  su  defendido. Su inactividad, lejos de revelar el  propósito  de  sustraerse  a  las  alegaciones,  impugnaciones  y  controversia  probatoria  en  cumplimiento  de un plan estratégico defensivo preconcebido, lo  que  traduce  es  el  abandono  total  del asunto, pues, como viene de verse, no  existe  elemento  de  juicio alguno indicativo de que el defensor hubiera estado  al        menos        atento        o        vigilante        del       acaecer  procesal.         

                     Es  de  precisarse  que  la contundencia de la prueba incriminatoria no es argumento que  justifique   la   ausencia   de  defensa  técnica  sobre  el  entendido  de  su  innecesaridad,  pues  ello  equivaldría  a  legitimar  la  falta  de asistencia  profesional  cuando  aparezca  prueba  extrema  que comprometa al procesado, con  desconocimiento   del  carácter  absoluto  de  esta  garantía  procesal,  y  a  presumir,  sin  fundamento razonable alguno, que en estos casos la mejor defensa  es  la  inactividad,  desconociéndose  así  las  características básicas del  proceso, que, como tales, no admiten este tipo de diferenciaciones.   

                                           Inaceptable  resulta,  así  mismo, entender que la determinación  de  investigar  disciplinariamente al abogado  negligente suple los vacíos  defensivos  de  su  desatención y convalida la actuación procesal, no solo por  las  razones  que  vienen  de  anotarse,  sino porque contraría el principio de  autonomía del proceso penal.   

                     Razón,  por  tanto, le asiste a la casacionista al demandar de la Corte la ineficacia de  la  actuación  por  violación  del  derecho  de  defensa, y su reposición con  observancia  de  la  garantías  fundamentales,  pues  es  claro  que el acusado  careció  de  asesoría  técnica  durante  todo  el tiempo que el doctor Muriel  fungió como su apoderado.   

    

                         El  Procurador  Delegado  solicita  a  la  Corte, en su concepto, hacer extensiva la  nulidad  de  la actuación a la fase del sumario, a partir de la indagatoria, en  razón  a  que  la ausencia de defensa técnica fue un continuo de la actuación  procesal,  desde  la  referida  diligencia,  en  la cual se designó defensor de  oficio   del   procesado  a  una  empleada  de  la  clínica  donde  se  hallaba  hospitalizado.     

                     La Sala  comparte  este  planteamiento.  Examinada  la actuación sumarial se advierte lo  siguiente:   

                    1. En la  indagatoria,  la  funcionaria  instructora,  después  de dejar constancia en el  sentido  de  que “en estas dependencias no se halla abogado inscrito”, procedió  a  designar  la  enfermera  superior  Teresa  Wirth  Conto para que asistiera al  imputado  Gutiérrez  Ricaurte,  desconociendo  el  mandato del entonces vigente  artículo  148  del  estatuto  procesal,  que  solo permitía esta habilitación  excepcional  cuando  el  funcionario  estuviera  en  imposibilidad  material  de  nombrar  un  abogado  inscrito,  debido a la ausencia de ellos en la ciudad sede  del  despacho  judicial,  situación que no podía ser predicada de la ciudad de  Cali  (Cfr.  Cas.  mayo  9/95, Mag. Ptes. Drs. Duque Ruiz y Mejía Escobar; Cas.  mayo  19/95,  Mag.  Pte. Dr. Saavedra Rojas; Cas. mayo 8/96, Magistrado Pte. Dr.  Torres Fresneda, entre otras).      

                    Es claro  que  para  la época de la indagatoria la referida norma se encontraba vigente y  era  aplicable,  pues  su  inexequibilidad  solo  vino  a  ser declarada el 8 de  febrero  de  1996,  pero  también  lo  es  que  en  la  ciudad  donde se estaba  cumpliendo   la   diligencia   concurren   permanentemente  abogados  inscritos.   

                         No  obstante  esto,  la  Fiscal no adelantó gestión alguna encaminada a proveer de  asistencia  técnica  al procesado, como era su obligación hacerlo, dando lugar  con  su  comportamiento  negligente a una irregularidad más, inexcusable, si se  toma  en  cuenta  que de antemano había señalado fecha para la realización de  la  diligencia,  y  que  era  de  obviedad  suma precaver que en una clínica no  encontraría abogados.   

   

                  Ya ha sido  dicho  que  el  derecho  a  la  defensa técnica es garantía fundamental que el  funcionario  judicial  está en la obligación de asegurar en todo momento de la  actuación  procesal,  y  que  es él quien debe proveerla cuando el imputado no  quiere  o  no está en condiciones de designar un abogado de confianza. De allí  el  deber  que  surgía  para  la funcionaria de procurar su concreción en este  caso.   

                    Hoy día  esta  norma  no  tiene  aplicación, siendo obligación del funcionario judicial  proveer al procesado en todos los casos de defensa técnica.    

                  2. El día  siguiente  de  la indagatoria (mayo 28) el instructor designó al doctor William  A.  Hormaza  Ospina defensor del oficio del procesado, quien tomó posesión del  cargo  el  2  de  junio,  fecha  en  la  cual  fue  notificado  de  la medida de  aseguramiento  (fls.20  vto.,  39  y  40), sin que con posterioridad se advierta  intervención   procesal   suya   de  índole  alguna.  Y  en  las  dos  únicas  oportunidades   que  fue  requerido  para  que  compareciera  a  notificarse  de  decisiones  tomadas  dentro  del  proceso  (cuando  se  dispuso  el cierre de la  investigación  y  se  resolvió  una  solicitud  de  libertad presentada por el  propio  sindicado),  las  comunicaciones  no  pudieron  ser entregadas por haber  cambiado de dirección (fls. 117, 127 y vto, 133 y 150).   

                    Ni en el  sumario,  ni  el  juicio,  como  puede  verse, el sindicado fue asistido por los  profesionales  designados  defensores  suyos,  evidenciándose con ello un total  desamparo  del  proceso  y  el  abandono  de  los  compromisos adquiridos con su  defendido  y  la administración de justicia, situación que vicia de nulidad la  actuación  por  afectación  del  derecho  de defensa, a partir inclusive de la  diligencia  de  indagatoria, comprendiendo todos los actos que dependen de ella,  menos los de prueba.   

                    Libertad  del procesado.   

                         La  declaración  de  nulidad  de  la  actuación  a  partir  de  su vinculación al  proceso,  impone  ordenar  la  libertad  inmediata e incondicional de Gutiérrez  Ricaurte,  con  la advertencia de que solo producirá efectos si no es requerido  por otra autoridad judicial en virtud de proceso diferente.   

                                           Prescripción  del  delito  de  porte  ilegal de armas.   

                  Puesto que  con  ocasión  de  la  decisión  que  debe  tomarse  se  consolida el fenómeno  prescriptivo  de  la acción penal en relación con el delito de porte ilegal de  armas  de  defensa  personal,  descrito  en el artículo 1º del Decreto 3664 de  1986,  cuyo  texto  fue  incorporado como legislación permanente por el Decreto  2266   de   1991,   la   Sala   declarará   extinguida  la  acción  por  dicho  ilícito.   

                         El  término  de prescripción para este delito, según lo dispuesto en el artículo  80  del  Código  Penal, es de cinco años, tiempo que se habría cumplido el 23  de mayo último.   

                      Otras  decisiones.   

                    No puede  la  Corte  dejar  de  registrar  el reprobable comportamiento profesional de los  doctores  William  A.  Hormaza  Ospina  y Wildeman Muriel Penilla en el caso sub  judice,  ni de censurar la falta de ética de quienes, estando llamados a asumir  el  encargo  de defensores de oficio, aceptan este compromiso con menosprecio de  la  función  social  que  deben  cumplir,  de  las obligaciones que asumen, los  intereses en conflicto y los fines de justicia.   

                     Con el  objeto  de  que  se  investigue,  si  hubiere  lugar  a ello, la conducta de los  abogados  doctores  William  A.  Hormaza  Ospina  y  Wildeman Muriel Penilla, se  ordenará  expedir  copias  de  la  actuación  procesal  con  destino a la Sala  Jurisdiccional   Disciplinaria  del  Consejo  Seccional  de  la  Judicatura  del  Valle.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Primero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         1.  CASAR   la   sentencia  impugnada.   

                         2.  DECRETAR LA NULIDAD   de  lo  actuado  a partir inclusive de la diligencia de indagatoria del imputado  Fernando     Gutiérrez     Ricaurte,   con   la   aclaración   que   no   comprende   los  actos  de  prueba.   

                         3.  DECLARAR  PRESCRITA  la  acción  penal  en  relación con el delito de porte ilegal de armas de fuego de  defensa    personal.   Precluir,   por   tanto,   la   instrucción   por   este  punible.   

                         4.  ORDENAR   LA   LIBERTAD  inmediata  e incondicional del procesado Gutiérrez Ricaurte, con la advertencia  que  solo  produce  efectos  si  no  es requerido por otra autoridad judicial en  virtud de proceso diferente.    

                         5.  DISPONER  la expedición  de  copias  de  la  actuación  procesal  con destino al Consejo Seccional de la  Judicatura   del  Valle,  Sala  Jurisdiccional  Disciplinaria,  para  los  fines  indicados en la parte considerativa.   

                                           Notifíquese    y    devuélvase    al    tribunal    de   origen.  CUMPLASE.   

                                      JORGE  CORDOBA  POVEDA                                      

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

CARLOS        A.        GALVEZ  ARGOTE             JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             CARLOS      E.     MEJIA  ESCOBAR                                

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA            NILSON  PINILLA  PINILLA   

                                                                             Con  salvamento de voto   

                         

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                               ***********************************   

SALVAMENTO DE VOTO  

Con  el debido respeto, me permito expresar  las  razones  de  la  salvedad  de  mi  voto  frente  a la decisión  mayoritaria,  que  al  no  acoger la  ponencia  que  presenté  y  sustenté  ante  la Sala, en mi derrotada propuesta  de “Desestimar la demanda de casación interpuesta  por  la  defensora  del  procesado  FERNANDO  GUTIERREZ  RICAURTE”  y “Casar  parcialmente,  de oficio, la sentencia proferida el 23 de febrero de 1995 por el  Tribunal  Superior  de  Cali,  Sala Penal, únicamente en el sentido de fijar en  quince  (15)  años  la  pena de prisión, quedando sin modificación en todo lo  demás”,  optó  por  casar  y  anular lo actuado,  inclusive  a  partir  de la indagatoria, con la aclaración de no comprender los  actos de prueba.   

Como  fundamento  de la mencionada ponencia  sostenía  y  ahora  reitero, en lo que fue el proyecto de “consideraciones de  la  Corte”,  que  a  continuación  transcribo  en  distinto  tipo  de  letra,  agregando lo que aparece del punto 5° en adelante:   

1°.  Al  contrario  de  lo indicado por el  Procurador  Primero  Delegado  en  lo  Penal, el defensor de oficio designado al  día  siguiente  de  la  indagatoria  (f.  20 v. cd. 1°), se posesionó el 2 de  junio  de  1993  (f.  39  ib.)  y  el mismo día le fue notificada la detención  preventiva  decretada  contra su asistido, “haciéndole saber que proceden los  recursos  de  reposición y apelación”, que no interpuso teniendo tiempo para  hacerlo,  al  igual  que  pudo  acudir  a  todas  las  posibilidades  de defensa  consagradas  por  la  ley,  entre  ellas, por ejemplo, la solicitud de sentencia  anticipada  para  alcanzar  un tercio de rebaja en la punibilidad. Si nada hizo,  debe  entenderse que no lo encontró de provecho para su defendido, dentro de su  autónomo criterio profesional.   

Ese  defensor fue reemplazado por el doctor  WILDEMAN  MURIEL  PENILLA, según el poder a éste conferido durante el traslado  para   alegar,   previo   a   la   calificación  de  la  instrucción  (f.  146  ib).   

El  mandato  aparece  con  constancia  de  presentación  personal  y,  en  oposición  a  lo afirmado por la recurrente, a  dicho  defensor  le  fue  reconocida personería el 14 de septiembre de 1993 (f.  148  ib.),  sin perjuicio de que pudiese actuar a partir de la presentación del  mencionado  poder,  al tenor de lo dispuesto por el artículo 142 del Código de  Procedimiento Penal.   

Se  discute  si  la pasividad del apoderado  configura  violación  del derecho de defensa, porque dice que no se entrevistó  con  el  sindicado,  ni  lo  conoció,  no  interpuso  recursos,  no  alegó, no  solicitó  ni  intervino  en  el  acopio  de  las  pruebas y manifestó no haber  actuado  por no saber que era defensor, pues las copias solicitadas no le fueron  entregadas  (-a pesar de haber dispuesto la Fiscalía expedírselas, en la misma  resolución  que  obra al citado folio 148 y ser efectivamente tomadas, f. 149-)  y  sólo  después  de  estudiado  el  proceso  suele  decidir  si asume o no un  caso.   

Como  bien  lo anotó el Tribunal, no está  demostrado  que  lo afirmado por este defensor corresponda a la realidad, por el  silencio  que guardó la primera vez que se notificó personalmente del auto que  señaló  fecha y hora para la celebración de la audiencia pública, (f. 171 v.  ib.),  a  pesar  de  haber  concurrido, con lo cual reveló que estaba atento al  desenvolvimiento procesal.   

Esa  actitud  contrasta  con  lo  aseverado  posteriormente  cuando, en la segunda oportunidad, se notifica en forma personal  del  auto  que  señala  nuevamente  fecha  y hora para la realización de dicha  diligencia  y  deja  la constancia que se mencionó en la síntesis del concepto  de  la  Procuraduría  Delegada, la cual, de ser real lo allí expresado, debió  surgir desde el primer momento y no después.   

Tampoco  es verosímil que no supiera de la  existencia  del  poder.  Así  lo  hubiera  redactado  otra  persona,  luego  de  suscribirlo  el  sindicado  y  pasado por la Oficina Jurídica de la cárcel, el  abogado  WILDEMAN  MURIEL  PENILLA  lo  firmó  en  señal  de aceptación y fue  personalmente  presentado  e  incorporado  al proceso, junto con la petición de  copias  por  él  mismo  suscrita,  en  donde  expresamente  señala  que  está  “obrando  en calidad de defensor… para cumplir con los fines de mi oficio”  (f.  147 ib.). Desde la presentación del poder surgió la obligación adquirida  en  el mandato, de lo cual debe ser consciente como profesional del derecho, sin  que  resulte válido pretextar que sólo asume tal función una vez estudiado el  asunto  y  mientras  tanto  carece  de voluntad de representar los intereses del  poderdante.   

Por  ello,  no  es  aceptable  que desde la  suscripción  del  poder, su aducción al proceso y durante todo el tiempo de su  vigencia,  el  apoderado  careciera  de la intención de defender a su asistido,  siendo que con aquellos actos acreditó lo contrario.   

De otra parte, la pasividad del apoderado no  puede  considerase  per  se  como  ausencia de defensa. La falta de alegatos, no  interposición  de  recursos, ni petición de pruebas, no necesariamente revelan  negligencia,  pues muchas veces la suficiencia del acopio probatorio y su fuerza  de   convicción   llevan  a  asumir  tal  posición  y  dejar  para  el  final,  particularmente  en  la  audiencia  pública,  la  exposición de los argumentos  defensivos  fácticos  y jurídicos, sobre todo en casos como el presente, donde  hubo   flagrancia   y  captura  en  tal  estado  y  abundancia  demostrativa  de  cargo.   

Así,   lo  que  ahora  está  sucediendo  constituiría  el  insólito  y  más desleal engendro de un artero mecanismo de  defensa  para  causas  perdidas,  en  el  cual después de sólo avizorar y nada  exponer,  se  arriba  a  la  audiencia  sin  posibilidades  de  mejorar la causa  encomendada  y  entonces  se  efectúa  una  manifestación  de  extrañamiento,  generando  con  la  nulidad  por  la provocada apariencia de falta de defensa el  más   fenomenal   resultado:   la   libertad   y  muy  probable  impunidad  del  encartado.   

No  solicitar  pruebas  no puede tomarse en  abstracto  como  ausencia  de  defensa,  es  indispensable  especificar  cuáles  dejaron  de practicarse y en qué forma habrían llegado a cambiar la decisión.  Aunque  la  casacionista  acusa  no haberse practicado “toma de guantelete, al  igual  que  reconocimiento  en  fila  de  personas” (f. 376 ib.), no acierta a  demostrar  su trascendencia, o en que medida esos medios repetitivos cambiarían  la  situación  del  procesado,  a  quien  las víctimas y varias otras personas  vieron  claramente  cuando  efectuó  los  disparos,  lo  siguieron  de  cerca y  capturaron,  a muy corta distancia en espacio y tiempo, junto con un revólver y  seis vainillas, todas con “signos de percusión” (f. 29 ib.).   

Lo  mismo  acontece  con  la  omisión  de  solicitar  la  ampliación  de  los  dictámenes  de  los médicos forenses para  establecer  la gravedad de las heridas, porque la intención de causar la muerte  no  se  determina  con  esa  experticia,  sino que existe libertad probatoria al  respecto  (art.  248,  253, 273 C. de P. P.) y aún en eventos de lesiones leves  el  animus  necandi  puede  establecerse  por  otros factores, como la distancia  entre  el  atacante  y  la  víctima,  el  arma  utilizada, la dirección de los  disparos  hacia  partes vitales del cuerpo contra el cual se apunta, -que fueron  impactadas  en  este  caso, con buena suerte y atención que impidieron alcanzar  el  resultado  mortal,  por circunstancias ajenas a la voluntad del agresor-, la  trayectoria   del   proyectil,   los  movimientos  agresivos  y  defensivos,  el  desarrollo  de  los  hechos,  etc.  No es indispensable que concurran todos para  establecer  la  intención  homicida y una vez comprobada, como aconteció en el  asunto examinado, viene a resultar superflua dicha ampliación.   

No impugnar una decisión sí puede y suele  obedecer  a  una  táctica  del  apoderado,  o  a  conformidad  por considerarla  acertada  e  inexorable.  En  el  presente  caso, e independientemente de que el  procesado  mismo  haya  ejercido  su  derecho material de defensa, interponiendo  recursos  y solicitando su excarcelación, no se alcanza a vislumbrar una razón  sensata  para  que  un  defensor experimentado recurriera contra medidas como la  resolución   de   la  situación  jurídica  con  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  menos  aún  la  de  acusación,  basadas  en pruebas y  fundamentos  legales  sólidos,  en  las  cuales  se  omitió considerar que las  tentativas  de  homicidio podrían registrar causales de agravación punitiva de  las  previstas  en el artículo 324 del Código Penal (30 de la ley 40 de 1993),  particularmente  en  los  numerales  4°  (“las razones para ello según se ha  dicho  estriban  en  el pago que el sindicado recibió por cometer su crimen”,  se  lee  en  el fallo de primera instancia, f. 303 ib.) y 7°, por el ostensible  aprovechamiento  de las circunstancias de indefensión en que se encontraban las  víctimas,  desprevenidas  en  el  interior de su vivienda, a donde se introdujo  violentamente  el  actor,  constituyendo aquellas causales serias probabilidades  de  consideración  judicial,  si  llegare  a  prosperar la nulidad y el proceso  tuviere que ser retrotraído a la instrucción.   

Tampoco   haber   sido  el  Fiscal  quien  “exclusivamente”  realizó  la  investigación  es una irregularidad, porque  él  es  el  director  del proceso durante la instrucción y legalmente se la ha  confiado  la  función de orientarla y diligenciarla, tanto en lo favorable como  en  lo desfavorable al imputado, sin que en ésto se advierta desviación alguna  en el caso concreto que está siendo estudiado.   

No debe perderse de vista que el derecho de  defensa  consiste  en  la  posibilidad de contradecir las pruebas, solicitar las  consideradas  convenientes  al  propio  interés, participar en su allegamiento,  presentar  argumentaciones  y  rebatir  las  contrarias, impugnar las decisiones  adversas,  solicitar  nulidades,  etc., asistido de un abogado. Este, de acuerdo  con  su fuero interno, su capacidad, su estilo y la actitud ética, determina el  momento  y  la forma de ejercer la defensa, según la táctica adoptada, la cual  puede  abarcar  desde  el empleo asiduo y a veces reprochable de todas las   atribuciones,  o  sólo de algunas, hasta únicamente ejercer control expectante  sobre  el  proceso,  con  prescindencia de utilizar tales facultades si advierte  que  lo  que pueda realizarse por su postulación llegaría a redundar en contra  del  asistido,  e interviniendo sólo cuando es obligatorio (indagatoria y otras  diligencias donde tome parte el procesado, audiencia pública).   

Posibilidades  aquéllas  que  en  ningún  momento  de  la instrucción ni del juicio fueron cercenadas al sindicado, quien  contó  con  defensor  de  confianza  o  de  oficio  en  las  diferentes  etapas  procesales,  sin  que,  se insiste, pueda la administración de justicia aceptar  la  argucia  de que se alegue falta de defensa constitutiva de nulidad, luego de  voluntaria  inacción  ante  una  carga probatoria irrefragable, o la pretendida  ausencia  de  convenio  con el asistido y el desconocimiento del poder por parte  de  quien lo aceptó, firmó y presentó, asumiendo la calidad de defensor en la  que   expresamente   manifestó   obrar   (f.   147   ib.)   y   luego  pretende  ignorar.   

Para  concluir  este  punto  y ratificar lo  expuesto,  cabe recordar la jurisprudencia de esta corporación, que reiteró en  su  pronunciamiento  más  reciente  sobre  el tema referido (agosto 11/98, rad.  13.029, M. P. doctor Ricardo Calvete Rangel):   

“Para el tema concreto planteado, esto es,  la  presunta violación del derecho a la defensa, no es suficiente extrañar que  el  defensor no hubiera pedido pruebas, o que no hubiera interpuesto recursos, o  que  no  se hubiera notificado personalmente de las decisiones. Es necesario que  se  demuestre  que  con  esa  actitud  se dejaron de allegar elementos de juicio  fundamentales  para  la  decisión,  o  que  no  obstante  ser  evidente que los  intereses    del    procesado    se    lesionaron    no    hubo   una   oportuna  impugnación.   

… es precisamente la ley procesal la que  autoriza  las  notificaciones  por estado. Igual aspaviento hace con la ausencia  de  recursos,  desde luego sin intentar siquiera una explicación sobre por qué  estima  que  si  se  hubiera  recurrido el auto de detención, la resolución de  acusación,  o  la  sentencia,  la  situación del procesado hubiera sido mejor.  Acaso   ante   la   claridad   de   lo  sucedido  era  viable  demostrar  la  no  responsabilidad?  O  se  podía esperar una pena más benigna…? Cuáles fueron  las  pruebas  de  descargo  que  se  dejaron  de practicar, y a qué aspecto tan  importante  conducían,  de  modo que el hecho de no haberlas pedido lesionó el  derecho de defensa?   

…  hubiera sido interesante conocer qué  fue  lo  que  no  hizo  el  defensor  que afectó de manera tan grave, como para  llevar a la nulidad, la garantía de la defensa técnica.   

La respuesta a los anteriores interrogantes  ha  debido  formar  parte de la sustentación del recurso, pues lo que se anotó  en  la  demanda  no es otra cosa que posibilidades procesales cuya trascendencia  se   ignora   porque   el   actor   no   la   mencionó,  mucho  menos  intentó  demostrarla…   

La actitud pasiva del defensor no es en sí  misma  indicativa  de  ninguna  irregularidad,  pues  como  lo  ha  reiterado la  jurisprudencia,  hay  casos,  y éste podía ser uno de ellos, en donde la mejor  defensa  es  dejar  que  el  Estado  asuma  toda  la  carga de la prueba ante la  evidencia  de que las que se pidan perjudican al acusado; o en donde no conviene  recurrir  dado  el  acierto  indiscutible  o  la  generosidad del fallador. Esos  pueden  ser  también  méritos  de  una  buena  defensa,  y demostración de un  comportamiento ético y serio de un abogado…”   

Por  todo  lo  anteriormente  analizado,  no  prospera  el único cargo aducido en la demanda y  ésta será desestimada.   

2°.  Aun  cuando  no  está incluida en la  censura  formulada  por la casacionista y el Procurador 66 en lo Judicial Penal,  no   recurrente,  estima  debida  a  “las  válidas  razones  que  se  dejaron  consignadas  en  aquella  diligencia”,  considera  la  Corte  conveniente  dar  respuesta  a  la  adicional  observación  planteada  por  el Procurador Primero  Delegado  en  lo  Penal,  sobre la circunstancia que él considera generadora de  nulidad,  al  haber  sido el procesado oído en indagatoria sin la asistencia de  un defensor titulado en derecho.   

Dicha injurada fue recibida el jueves 27 de  mayo  de  1993  a partir de las tres de la tarde (fs. 17 y 12 v. cd. 1°), en el  hospital  donde  era  atendido  de  las  heridas  que  al ser capturado el lunes  anterior,  24  de  mayo,  le habían infligido al parecer familiares de GAMALIEL  GRUEZO  PEREA  y  OMAR  ORLANDO  GRUEZO QUIÑONEZ, contra quienes muy poco antes  había  disparado  el  arma  de  fuego  de  defensa  personal  que  portaba  sin  autorización legal.   

Como  se aprecia, aun cuando la indagatoria  haya  sido  recibida en Cali, sede de gran cantidad de abogados, lo fue donde no  es  normal  que  se  encuentre  alguno  disponible  (un  hospital), cuando ya el  término  legal  para  allegarla iba a vencer (la tarde del tercer día después  del  de la captura, mismo en que fue puesto a disposición de la Fiscalía, f. 1  ib.,  que  por  ende  se  encontraba apremiada a recibirla, sin que la salud del  aprehendido lo hubiere permitido antes).   

En  la fecha de la indagatoria aún regían  el  inciso  1°  del  artículo  148  del  Código  de  Procedimiento Penal y el  artículo  34  del  decreto  196  de  1991, que permitían encomendar la defensa  durante  su  recepción  a  cualquier  ciudadano honorable que no fuere servidor  público,  “cuando  no  hubiere abogado inscrito que lo asista en ella”, que  fue  exactamente  lo  que  sucedió,  según  hizo constar la señora Fiscal, en  expresión  sobre  la cual no existe motivo alguno para dudar, ante la respuesta  del  por indagar de no tener a quien nombrar y su expresa solicitud de que se le  designara  de  oficio:  “Teniendo  en  cuenta  que en estas dependencias no se  halla  abogado  inscrito,  se procede a nombrarle como defensor para esta única  diligencia  a la señora… sin tacha alguna para el desempeño del cargo”. El  mismo  día  siguiente  le  asignó  defensor  letrado  de  oficio,  como  ya se  detalló.   

Los  citados  preceptos  fueron  declarados  inexequibles  más  de  dos  años  después,  el 8 de febrero de 1996, mediante  sentencia  C-049  de  la  Corte Constitucional, M. P. doctor Fabio Morón Díaz,  providencia  que  sólo tiene efectos hacia el futuro, en virtud de que la Corte  ningún  pronunciamiento  realizó sobre una hipotética retroactividad. Como ha  señalado  esta  Sala  (e. g. sentencias de casación de fecha junio 26/96, rad.  9280,  M.  P.  doctor  Ricardo  Calvete Rangel y julio 25/96, rad. 9577, ponente  quien  ahora  desempeña  igual  labor),  frente  a la obligación de recibir la  indagatoria  dentro  de  un  término de tan inminente vencimiento, la Fiscalía  aplicó  una  disposición  entonces  vigente,  lo cual no puede censurarse como  irregularidad.   

Cabe recordar, para concluir este punto, que  el      legislador      no      utilizó      el      término      “donde”, expresión de lugar, sino  “cuando”, expresión  de  tiempo,  que  por ende no debía entenderse como referida a la no existencia  de  abogado radicado en la localidad, sino a no ser hallado alguno disponible en  el momento en que la diligencia tenía que practicarse.   

Resulta  palmario, de otra parte, que ni la  casacionista,  ni el representante del Ministerio Público, reprocharon la falta  de  actuación,  ni las dificultades para localizar al abogado que oficiosamente  tuvo  a  su  cargo  la defensa del implicado durante la mayor parte del período  instructivo.   

    

3°.  Por  último,  oficiosamente  ha  de  ocuparse  la Corte, en atención a lo estatuido por el artículo 228 del Código  de  Procedimiento  Penal,  de la forma como el Tribunal resolvió la apelación,  interpuesta  únicamente  por el procesado y sustentada por su defensora, contra  el  fallo  de primera instancia, en cuanto aumentó a 18 años y 6 meses la pena  de  prisión  determinada por el a quo. Esto expresó dicha corporación (f. 340  cd. 1°):   

“…  el  fallo  que  se examina… debe  modificarse  en  cuanto  a  la  pena  principal  impuesta, como quiera que en su  tasación  sólo  se  tuvo  en  cuenta uno de los homicidios tentados y el porte  ilegal  de  armas,  situación por la cual la Sala en obedecimiento al principio  de  la legalidad de la pena, considera necesario adecuar la sanción principal a  las  disposiciones que regulan la materia (artículos 22-26-61-67 del C. P.), lo  que  en  el  fondo  comporta  la cabal observación de la garantía procesal del  debido   proceso,   establecido   en   el   artículo  29  de  la  Constitución  Nacional.   

Así entonces, se parte de doce (12) años  y  seis  (6)  meses  de  prisión para sancionar la tentativa de homicidio en la  persona  de OMAR ORLANDO GRUEZO QUIÑONEZ, cifra a la cual se aumenta por virtud  del  concurso (tentativa de homicidio en Gamaliel Gruezo Perea y el porte ilegal  de  armas  de uso y defensa personal) seis (6) años, para un total de DIECIOCHO  (18) AÑOS Y SEIS (6) MESES DE PRISIÓN.”   

Comentó luego que ese ajuste a la sanción  principal  no  implica  vulneración al precepto contenido en el artículo 31 de  la  Constitución,  que  proscribe  la  reformatio in  pejus,  pues  el  aumento lo efectúa obedeciendo al  citado  principio  de  legalidad  de  la  pena,  en sustento de lo cual pretende  apoyarse  en  lo  determinado  por  esta  Sala en el fallo de casación de fecha  julio 29 de 1992, rad. 6304, M. P. doctor Dídimo Páez Velandia.   

Contrario a lo manifestado por el Tribunal,  encuentra  la  Corte  que  el  a  quo sí tuvo en cuenta, aunque no con adecuada  explicitud,  el concurso de tentativas de homicidio: “… se atentó contra la  vida  de  varias  personas… llegó en busca de sus víctimas, personas con las  que  no  tenía  ningún  nexo”.  Así,  el  mínimo  de  25 años de prisión  previsto  para  el  homicidio  simple doloso por el artículo 29 de la ley 40 de  1993,  vigente  al tiempo de los hechos, lo adecuó a 28, “sobre los cuales se  dará  aplicación a lo dispuesto en el artículo 22 C.  P. lo que conlleva  a  una  rebaja  de la mitad quedando la pena a imponer en CATORCE (14) AÑOS, la  que  incrementará en un año más por el porte ilegal de armas para un total de  QUINCE (15) AÑOS de PRISION” (f. 303 cd. 1°).   

De  otra  parte,  esta  pena de 15 años de  ninguna  manera  se  halla por debajo del mínimo normativamente válido para un  concurso  de  tentativas de homicidio y porte ilegal de arma de fuego de defensa  personal,  en  un  caso  donde,  ciertamente  con  lenidad, tampoco se estimaron  causales  de  agravación punitiva, pues tal tope viene a quedar en 12 años y 6  meses  en  la  mínima fijación posible para la tentativa (“…no menor de la  mitad  del mínimo…”, art. 22 C. P.), que se puede aumentar “hasta en otro  tanto”  por  el concurso de hechos punibles (art. 26 ib.), tasación dentro de  la  cual  cabe,  así  sea  con  notoria  benignidad, la de QUINCE (15) AÑOS DE  PRISION  impuesta  por  el  Juez  de  primera  instancia,  que  de tal manera no  contraviene  el  principio  constitucional  de legalidad y debe ser restablecida  por  la  Corte, ya que el Tribunal no la podía incrementar al no mediar recurso  que se lo permitiera.   

4°. En providencia del 7 de julio de 1994,  el  Juzgado  19  Penal del Circuito de Cali dispuso compulsar copias para que el  Consejo  Seccional de la Judicatura del Valle investigue la conducta del abogado  WILDEMAN  MURIEL  PENILLA,  por  su  grave  actitud como defensor del procesado.  Orden  que  conserva  validez,  a pesar de estar contenida en el mismo texto del  auto  anulatorio  revocado  por  el  Tribunal,  pues  aquélla no fue materia de  apelación  y  acertadamente no hubo pronunciamiento del ad quem al respecto, ni  podía  haberlo,  siendo  la manifestación de la autoridad que, en su criterio,  se  consideró  en  la  obligación  de  poner en conocimiento del competente la  falta  disciplinaria  que,  a  su juicio, emergía de la conducta del litigante.  Como   no   aparece  constancia  del  cumplimiento  de  esa  orden,  deberá  la  Secretaría  de  dicho  despacho  proceder  en consecuencia, en el evento de que  aún no se haya realizado lo indicado en tal auto.   

5°.  La doctrina universal pregona que no  hay nulidad sin perjuicio:   

“…las nulidades han sido reducidas por el  número  y  por  el  contenido,  los  poderes  del  juez ampliados y adoptado el  criterio  de  valoración  de  la  nulidad según la  relevancia  del  acto  nulo  en  relación con los fines del proceso,  es  decir, según la efectividad del  perjuicio   que   de   la   misma  pueda  derivarse.  Todas  las nulidades son,  pues,    relativas…”  (Eugenio  Florián,  “Elementos  de  Derecho  Procesal  Penal”,  trad. L. Prieto  Castro, Ed. Bosch, Barcelona, reimpresión 1990, p. 126, resalté).   

“En virtud del carácter no formalista del  derecho  procesal moderno, se ha establecido que para  que  exista nulidad no basta la sola infracción a la norma, si no se produce un  perjuicio  a la parte. La nulidad, mas que satisfacer  pruritos  formales,  tiene  por  objeto evitar la violación a las garantías en  juicio…   

Es  por  esta  razón  por  lo que algunos  derechos  positivos  modernos  establecen el principio de que el acto con vicios  de  forma  es  válido,  si  alcanza  los  fines  propuestos… o si en lugar de  seguirse  un  procedimiento  se  ha  utilizado,  equivocadamente, otro, pero con  mayores  garantías…”  (Enrique  Véscovi,  “Teoría General del Proceso”, Ed.  Temis, Bogotá, 1984, p. 304, resalté).   

Esa  afortunada  evolución  en  “derechos  positivos   modernos”   fue   oportunamente  asumida  por  el  derecho  procesal  colombiano,  tanto  en  materia  civil (art. 144.4, antiguo 156.4, C. de P. C.),  como penal (art. 308.1 C. de P. P.).   

6°.  Cabe observar, sin embargo, que esta  acertada  posibilidad  de  convalidación no es necesariamente moderna, sino que  es  el  fruto  de  una  juiciosa  evolución jurídica, cuyos fundamentos vienen  apuntalados    desde    los    enfoques    clásicos    del   Derecho   Procesal  universal:   

“La nulidad es relativa cuando la falta de  algún  requisito  no  tiene  relevancia si, no obstante, el acto es justo, esto  es,  ha  alcanzado  su finalidad. El acto es anulable cuando la nulidad no puede  ser  puesta  de  relieve  sin  una  reacción  del  sujeto  al cual perjudica su  injusticia,   y   por   eso,  protesta  su  invalidez.”  (Francesco  Carnelutti,  “Principios  del  Proceso  Penal”,  trad.  Santiago  Sentis  M.,  Ed. Jurídicas  Europa-América, Buenos Aires, 1971, p. 296).   

7°.   Evidentemente,  la  trascendental  misión  jurídica  de  procurar  la  eficaz,  pronta  y firme aplicación de la  normatividad  sustantiva,  impone  relatividad  en  el  establecimiento  de  las  nulidades:   

“…si   efectivamente   queremos   ser  congruentes  con  los hechos, debemos adoptar un criterio flexible y abierto que  nos  conduzca  a  declarar,  más  que  una inexistencia o nulidad del acto, una  ineficacia  de  características  relativas  que tenga un amplio margen de juego  según   las   consecuencias  específicamente  producidas  o  no  por  el  acto  afectado.   

De  este  modo, podremos analizar en forma  totalmente  libre  cuáles son las características especiales de un determinado  acto  irregular  y,  sin  prejuzgar  sobre  la  sanción resultante, observar el  despliegue  de sus efectos en el ámbito del derecho para decidir entonces sobre  el   grado   de   ineficacia  que  lo  afecta.  El  punto  de  partida  es  pues  necesariamente  inverso:  atiende  mejor  a  la producción de efectos y no a un  rígido  esquema  de  causas, o de delimitación personal de impugnaciones, o de  posibilidades de convalidación.   

Bajo  este  punto  de vista, la ineficacia  puede  entonces  apreciarse directamente y en forma objetiva en tanto exista una  producción  anormal  de  efectos  en  el  acto cuestionado, y la medida de esta  anormalidad  es la que regirá nuestro criterio para decidir su clasificación.”  (Rene  Japiot,  citado por José Antonio Márquez González, “Teoría General de  la Nulidades”, Ed. Porrúa, México, 1992, ps. 62 y 63).   

8°.  Claro  está  que  los  comentarios  efectuados  desde  el punto 5° inclusive, no tienen el propósito de desconocer  el  constitucional  mandato,  contenido  en  el  artículo  29  de la Carta, que  instituye  la  defensa  como un derecho inalienable que, entre otras garantías,  demanda  que  el  sindicado  sea  asistido  por  un  abogado,   durante  la  instrucción  y el juzgamiento. Pero es que lo importante en los derechos es que  sean  preservados  eficazmente  y  no  en  apariencia,  como  se  derivaría del  titulado  en  ciencias jurídicas que, a pesar de mantenerse  muy escénico  en  todas  las actuaciones, en nada acierta a atenuar la perdición de su causa;  asunto  contrario  a lo sentenciado en este caso, donde el procesado resultó en  gran  parte  ganancioso,  así  no se le hubiera evitado la condena, ineluctable  por la evidencia obrante en su contra.   

Podría  suceder en este proceso que, si se  reactiva  como  debe  ser,  nada logre  el más conspicuo profesional, más  allá  de  la  ya  obtenida impunidad por el porte ilegal del arma, cuya acción  tuvo  que  declarar  prescrita la Sala a consecuencia de la nulidad, fruto de la  maulería abogadil.   

Por   el  contrario,  va  a  afrontar  la  probabilidad  de  que el enjuiciamiento y la condena incluyan la agravación del  homicidio  por los factores comentados en la página 6 de este salvamento,   y  así  la  sentencia  contra  la  persona  a  cuyo  favor quiso preservarse la  apariencia  de la defensa por encima de su resultado, devenga más gravosa. Pero  ya no sería encontrado sobre quien hacerla efectiva.   

Con todo respecto,  

NILSON ELIAS PINILLA PINILLA  

Fecha: ut supra  

    

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