10747 (17-07-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 10747   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 106  

Santafé  de  Bogotá,  D.  C., diecisiete de  julio de mil novecientos noventa y ocho.   

VISTOS:  

          Se  ha  cumplido el trámite de rigor para llegar al examen, en sede  de  casación,  de  la  sentencia proferida por el Tribunal Superior de Pereira,  por  medio  de  la  cual  condena al acusado JESÚS EDURIÁN MORALES MEDINA a la  pena  principal  de  treinta  (30)  años  y  seis  (6)  meses de prisión, como  responsable  de  un  concurso de delitos de homicidio (3) y porte ilegal de arma  de fuego de defensa personal.   

          El  recurso  extraordinario  fue  interpuesto  por el procesado y la  sustentación   la   hizo   oportunamente   el  defensor  público  que  le  fue  asignado.   

RELACIÓN DE LOS HECHOS:  

          Apenas  habían  pasado  algunos  minutos  después  de  las 3 de la  mañana  del  día sábado 31 de julio de 1993, cuando un individuo irrumpió en  el  establecimiento  denominado  “Bar  Latino”, situado en la carrera 15 con  calle  19  del  municipio  de  Santa Rosa de Cabal, departamento de Risaralda, y  disparó   un   arma   de   fuego   en   contra  de  los  señores  Humberto  Antonio Velásquez García, Juan de Dios Marín Castaño y  Jhon  Jairo Carmona Londoño, quienes compartían copas  en  una  misma  mesa  del  local, acción violenta en la cual los tres agredidos  perdieron la vida al recibir heridas mortales.   

          Como  de  inmediato  algunos testigos presenciales suministraron los  rasgos  físicos  del  homicida  y  la  vestimenta que llevaba al momento de los  hechos,  la  policía  emprendió  la búsqueda y, aproximadamente a las 4 de la  madrugada,  las unidades correspondientes advirtieron que un individuo salía de  un  potrero  en  el  barrio  Betania de la mencionada comprensión municipal, lo  abordaron  y  constataron  que  iba  sin  camisa,  tenía su cuerpo y las demás  prendas  de  vestir  impregnadas  de  lodo  y llevaba consigo un revólver marca  Smith  & Wesson Magnum, calibre .357, distinguido con los números 218-k-701  y  8385,  cachas  ortopédicas y de color plateado, y seis (6) cartuchos calibre  .38    largo,    arma    para    cuyo    porte    no    tenía   el   respectivo  salvoconducto.   

          En   razón   de   estas   circunstancias,  la  policía  retuvo  al  sospechoso,  quien  se  identificó  como  JESÚS EDURIÁN MORALES MEDINA (alias  “chucho”)  y,  después de practicar importantes diligencias habilitadas por  la  situación de flagrancia, lo dejó a disposición de la Fiscalía General de  la Nación.   

         

ACTUACIÓN PROCESAL:  

          Abrió  formalmente  la  investigación  el  Fiscal  Treinta  y  Dos  Delegado  ante  los  Jueces Penales del Circuito de la misma localidad, escuchó  en  indagatoria al imputado y, por medio de resolución del 5 de agosto de 1993,  dictó   en   su  contra  medida  de  aseguramiento  consistente  en  detención  preventiva,  sin  beneficio  de  excarcelación,  por un concurso de injustos de  homicidio  (tres)  y  porte  ilegal  de  armas  (cuaderno  N°  1,fs.  21,  26 y  44).   

          Debidamente   clausurada   la   instrucción,  se  calificó  según  providencia  del  23  de noviembre de 1993, por cuya virtud el instructor acusó  al     procesado     Jesús     Edurián    Morales  Medina,  como  autor  del  concurso de hechos punibles  antes mencionado (fs. 133 y 142).   

          Pero  ocurre  que  el acusado MORALES MEDINA debió enfrentar no una  sino  tres (3) causas, que fueron acumuladas en el Juzgado Penal del Circuito de  Santa  Rosa  de  Cabal, así:  la primera, radicada con el número 5017, se  adelantó  por  un  concurso tres (3) delitos de homicidio y uno de porte ilegal  de  arma  de  fuego  de  defensa personal, cuyas víctimas fueron los ciudadanos  Humberto  Antonio  Velásquez  Mejía,  Juan  de  Dios  Marín  Castaño  y  Jhon  Jairo  Carmona  Londoño; la  segunda,  correspondiente  al  radicado  número  5106, fue seguida por el hecho  punible  de  homicidio  por  cuyo  medio se hizo víctima al señor Alvaro   Maldonado  Arias,  y  en  la  que  aparece  como  coprocesado  el  individuo  ALVARO OBANDO JIMÉNEZ; y la tercera,  clasificada  con el número 5140, vincula también al mismo coacusado y de igual  manera  se  impulsó  por  un  delito  contra la vida del ciudadano Jorge  Maldonado  Palacio (cuaderno N° 5,  fs. 1).   

          Realizada  la  audiencia pública, el Juzgado de conocimiento dictó  fallo  el  26  de  septiembre  de  1994,  por cuyo medio declaró responsable al  acusado  Morales Medina de los  cargos  de  homicidio  y  porte  ilegal  de  arma  de fuego de defensa personal,  contenidos  en la primera causa y, consecuentemente, le impuso la pena principal  de  treinta  (30)  años  y  seis  (6)  meses  de  prisión  y  la  accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones públicos por el término de diez (10)  años;  ordenó el comiso del revólver y se abstuvo de tomar decisión sobre el  valor  de los perjuicios, habida cuenta de que no se concretaron en el curso del  proceso  y  tampoco  se  conocen los titulares de la indemnización (cuaderno 5,  fs. 39, 43v. y 62).   

          En  relación  con  los  cargos  atribuidos en los otros dos juicios  acumulados,   el   juez   absolvió  de  responsabilidad  tanto  a  Morales    Medina   como   al   coacusado  Alvaro   Obando   Jiménez  (idem,    fs.    93    y  ss.).   

          Por  obra del recurso de apelación interpuesto por el defensor y el  condenado,  aunque  sólo  sustentado por éste, el Tribunal Superior de Pereira  dictó  sentencia  de segunda instancia el 23 de noviembre de 1994, en razón de  la  cual  confirma la mayor  parte  de  lo decidido en el fallo de primer grado, aunque revoca el numeral 7°  de  la  resolución  para  imponer  condena  en  abstracto  por  los  perjuicios  derivados de los delitos contra la vida (cuaderno 5, fs. 132).   

          Uno  de los magistrados que participaron de la Sala de Decisión del  Tribunal,  aclaró  el  voto  para  decir  que  la  dosificación  de la pena no  corresponde  a  la  realidad  social ni a la equidad.  En efecto, según su  pensamiento,  la ley 40 de 1993 fue dictada en un contexto histórico-social que  demandaba  la  necesidad de combatir la extorsión y el secuestro, razón por la  cual  sus  preceptos relacionados con el delito de homicidio no pueden aplicarse  a casos que no involucren esa definida finalidad.   

          Agrega  el  magistrado  disidente  que leyes como la citada surgen a  manera  de  mecanismo  adecuado  para  atacar  una problemática social, grave y  especial,   que  por  ende  se  refiere  sólo  a  conductas  que  motivaron  su  expedición,  sin  que pierdan vigencia las normas que no tocan con el fenómeno  resaltado.   De  modo  que  un  simple homicidio, desconectado de cualquier  relación  con  el secuestro y la extorsión, no puede ser cubierto con el mayor  reproche   y   rigor  punitivo  que  comporta  el  Estatuto  Antisecuestro  (fs.  157).   

LA DEMANDA DE CASACIÓN:  

          El  actor  recurre a la causal establecida en el numeral 1°, inciso  primero  del  artículo  220 del Código de Procedimiento Penal, pues estima que  la    sentencia    impugnada   es   violatoria   de   una   norma   de   derecho  sustancial.   

          El  agravio  se  sitúa en el momento de la medición judicial de la  pena,  pues  la  instancia  debió  haber  tenido en cuenta el artículo 323 del  Decreto  100 de 1980, que prevé una pena para el delito de homicidio simple que  oscila  entre  10  y 15 años de prisión, en lugar del aplicado artículo 29 de  la ley 40 de 1993.   

          Como  fundamento  del recurso, el censor hace suyas las motivaciones  introducidas    en    la    aclaración    de    voto,    pero    adiciona   las  siguientes:   

          1.   El  solo  encabezamiento del texto de la ley 40, “Por el  cual  se  dicta  el  Estatuto Nacional contra el secuestro”, da a entender sin  lugar  a  dudas  que  el  objeto  de mayor represión era ese execrable delito y  otros  que  de él se desprendieran, como es el caso del homicidio, que no pocas  veces  se  comete  sobre  personas  violentamente privadas de la libertad.   Agrega  que  uno  debe  ser  el  tratamiento  punitivo  para los individuos que,  generalmente  agrupados  en  bandas  armadas,  han  hecho  del secuestro una mal  denominada  “industria”,  que  no  sólo produce daño a las víctimas y sus  familiares  sino  también  a  la  economía  del  país;  pero otra debe ser la  estimación  legal de la conducta homicida del ciudadano común y corriente que,  sin   otras   motivaciones   ni   pretensiones,   acaba   con   la  vida  de  un  semejante.   

          2.   Arguye  que  no pretende desconocer la gravedad del delito  de  homicidio  en  sí, pero cuando su modalidad es simple la sanción aplicable  será  la  prevista  en  el artículo 323 del Decreto Ley 100 de 1980, porque de  verdad  no cree que el legislador haya pensado en “darle al homicida común el  mismo  tratamiento que al asesino despiadado y con innobles motivaciones como es  el caso de los secuestradores” (cuaderno 5, fs. 208 y ss.).   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO:  

          El  señor  Procurador  Primero  Delegado  en  lo  Penal, en preciso  concepto,  le  propone a la Sala que no case la sentencia impugnada y exhibe las  siguientes razones:   

          1.   El  sentido  de la ley se desentraña a partir de métodos  tales  como  el  gramatical  y teleológico, como lo enseña el artículo 27 del  Código  Civil,  norma de cuyo texto emerge la necesidad de respetar la claridad  del  capítulo  VI  de  la Ley 40 de 1993, relativo al aumento de penas, pues en  dicho  apartado se hace una regulación independiente dentro del contexto de las  materias   tratadas   en  el  estatuto,  que  no  genera  absolutamente  ninguna  confusión.   Los  artículos  29  y  30  de la Ley 40, agrega, simplemente  retoman  la descripción legal de los comportamientos y circunstancias previstos  en  los  artículos  323  y  324 del Decreto Ley 100 de 1980, adicionando a este  último  una causal de agravación, pero le aparejan un incremento significativo  de las penas de prisión.   

          2.   La  propia  técnica  de  redacción que utiliza la ley en  cuestión,  trasunta  en  la  mera literalidad de los artículos 29 y 30, indica  que  por  su  conducto  no  se  construyeron tipicidades especiales, sino que se  reelaboraron  las  que  ya  existían  en  los  textos  originales  del  Código  Penal.   

          3.    Basta   la  lectura  de  los  preceptos  examinados  para  establecer  que  el  legislador  no  hizo  allí distinción alguna, por ejemplo  cuando  el  homicidio  se comete en conexión con el delito de secuestro, razón  por  la  cual  no  le  es  permitido  al  intérprete  discriminar  por  vía de  interpretación,  como  para que se llegue a pregonar que aún continúa vigente  el   Decreto   Ley   100   de   1980   para   eventos  ajenos  a  esa  modalidad  delictiva.   

          4.    De   otra  parte,  termina  el  Procurador  Delegado,  el  artículo  40  de  la  Ley  40  de  1993 contiene una derogatoria tácita de los  artículos  323  y  324 del Código Penal, argumento adicional para entender que  la  decisión  recurrida  estuvo  ajustada al derecho (cuaderno de la Corte, fs.  5).   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

          La  Ley 40 de 1993 no sólo se propuso instaurar una infraestructura  normativa  para  combatir  el  reprobable delito de secuestro, sino que también  ordenó  directamente  la  modificación  de  los  tipos  básico y especial del  delito   de   homicidio,  entre  otras  disposiciones.   Esta  ha  sido  la  conclusión  unánime  y reiterada de la Sala en pronunciamientos tales como los  del  21 de noviembre de 1995; 25 de julio y 5 de noviembre de 1996; 17 de junio,  3  de  julio,  25  de septiembre, 22 de octubre y 9 de diciembre de 1997; y 4 de  febrero de 1998.   

          Así  entonces, en el fallo de casación del 5 de noviembre de 1996,  cuya   ponencia  correspondió  al  magistrado  Carlos  Gálvez  Argote,  en  torno  a  la  aplicación de los  artículos  29  y  30  de  la  Ley  40  de  1993,  como regulación de conductas  autónomas  de  homicidio  simple  y  agravado,  sin  sujeción a un nexo con el  delito de secuestro, la Sala dijo lo siguiente:   

“En sentencias del 5 de noviembre de 1995  y  25 de julio de este año, con ponencias del Dr. Juan Manuel Torres Fresneda y  quien  ahora cumple igual función, ha afirmado la Sala que siendo imperativo el  acatamiento  de  la  cosa juzgada constitucional, inane resulta suscitar debates  sobre  asuntos  cuya consonancia con la Constitución ya ha sido declarada, como  acontece   con   los  incrementos  punitivos  para  los  delitos  de  homicidio,  extorsión  y  secuestro,  pues la Corte Constitucional en Sentencia C-565 del 7  de  diciembre  de  1993,  los declaró exequibles, considerando además, que las  razones  de  política  criminal  que  dieron  origen  a  dicha normatividad, se  basaron  en la necesidad de una mayor drasticidad en la sanción de este tipo de  delitos,  catalogados  dentro  de los de lesa humanidad, tanto por su naturaleza  como por el daño y su trascendencia dentro de la sociedad.”   

          En  relación  con  la  vigencia  de  las  nuevas disposiciones, que  sustituyeron  los  textos  originales  de  los  artículos 323 y 324 del Código  Penal,  la sentencia del 3 de julio de 1997, con ponencia de quien ahora ostenta  la misma condición, expuso lo siguiente:   

“2.    La   clara   repartición  sistemática  de  la  Ley  40  de  1993,  dividida  por  capítulos y artículos  acompañados  de la respectiva denominación, así como el objeto resumido en su  encabezamiento  (“Por  el cual se dicta el Estatuto  Nacional  contra  el  secuestro  y  se  dictan  otras  disposiciones”),  indica  sin  duda  que además de una nueva regulación más  drástica  del  delito  de  secuestro,  sus  circunstancias  y los demás hechos  punibles   que   lo  facilitan  o  perpetúan  (capítulo  I),  de  los  asuntos  procesales,  de  la  competencia  de  la Fiscalía y las labores de inteligencia  para  intervenir  esta  clase  de delincuencia (capítulos II, III y V) y de las  medidas  administrativas para combatirla eficazmente (capítulo IV), también se  adoptaron     “otras    disposiciones”   no   relacionadas   con   el  secuestro  y  su  compleja  red  operacional,  tales las previstas en el capítulo VI, artículos 28 a 33, que se  refieren  al  aumento  de penas tanto en sus límites y regulaciones de la parte  general,  como  en relación con algunas figuras delictivas de la parte especial  (homicidio, simple y agravado, y extorsión).   

“3.   El  artículo  29  dice:   “SOBRE  EL  HOMICIDIO”.—- “El artículo 323 del Decreto Ley 100 de 1980,  Código Penal, quedará así:   

         “HOMICIDIO.   El que matare a otro incurrirá en prisión de  veinticinco (25) a cuarenta (40) años”.   

“Y   el  artículo  30  encabeza:   “MODIFICACIÓN  AL ARTÍCULO 324 DEL CÓDIGO PENAL.— “El artículo 324 del  Decreto Ley 100 de 1980, Código Penal, quedará así:   

         “ARTÍCULO     324.      CIRCUNSTANCIAS    DE    AGRAVACIÓN  PUNITIVA.   

         “La  pena  será  de  cuarenta  (40)  a  sesenta  (60)  años  de  prisión,   si  el  hecho  descrito  en  el  artículo  anterior  se  cometiere:  …”.   

“Es suficiente la invocación de la letra  de  las  modificaciones  para  entender  que  la  Ley  40  no  creó  otro  tipo  circunstanciado  de  homicidio,  atinente  a  una  intensificación  de  la pena  correspondiente  a  dicho  delito por el anterior secuestro de la víctima, sino  que  retomó  las  definiciones  clásicas  de  la figura básica y agravada del  hecho  punible  contra  la  vida,  adicionó una circunstancia de agravación, y  aumentó  notoriamente  las sanciones ya previstas en el Código Penal.  La  ley  tampoco  generó  la  figura  delictiva especial que imagina la recurrente,  como  para que en el artículo 30 se hubiese titulado, verbigracia, “homicidio  antecedido  de secuestro”.  No, el legislador fundamentalmente rediseñó  con  aumentos  las  penas,  pero  sobre  la  base de una repetición de la misma  actitud descriptiva del Decreto 100 de 1980.   

“4.   Si  el  legislador  se hubiese  propuesto   intensificar  la  pena  únicamente  para  el  delito  de  homicidio  precedido   de   secuestro,   pues   la  opción  legislativa  era  adicionar   el  artículo  324  en  ese  preciso    sentido,    mas    lo    que    realmente   hizo   fue   modificarlo  y,  para  disipar cualquier  duda,   se   tomó   el   trabajo   de  regular  de  nuevo  todos  los  aspectos  comportamentales   reprobados,   aunque  básicamente  con  reiteración  de  la  descripción  conductual  originaria  del  Código  Penal, y a continuación los  conminó   con  sanciones  cuantitativamente  diferentes.   Por  ello  dice  categóricamente  cómo  quedará  la  nueva  redacción  del  tipo legal de los  artículos  323  y 324, y en parte alguna dice cómo se concebirá el nuevo tipo  penal.   

“5.  La derogación, de acuerdo con  el    diccionario    enciclopédico    de    derecho   usual   de   Guillermo     Cabanellas,    es    la  “abolición,  anulación  o  revocación  de  una  norma  jurídica  por  otra  posterior,  procedente  de  autoridad legítima”.  Esa misma derogación,  conforme  con  los  artículos 71 y 72 del Código Civil, 3° y 14 de la Ley 153  de  1887,  puede  ser  expresa  o tácita,   pero  también  puede  ser  total  o  parcial…”.    

         Y  así  entonces,  aunque podría afirmarse que los artículos 29 y  30  de  la  Ley  40  derogaron parcialmente los artículos 323 y 324 del Código  Penal,    parece   de   mayor   rigor   técnico   aseverar   que   los  modificaron, en el sentido de que el  legislador  simplemente  cambió o varió la cantidad de pena, pues ésta como tal permanece.   

         La  intensificación  de  la  pena para el delito de homicidio no es  una  conducta  inopinada del legislador, o una conclusión a la cual sólo puede  llegarse  por vía de compleja interpretación.  En efecto, la claridad del  propósito  legislativo  se  relieva  en  el fallo del 4 de febrero de 1998, con  ponencia   del   magistrado   Fernando   E.  Arboleda  Ripoll, en los siguientes términos:   

“3.   El  capítulo  relativo  al  “aumento  de penas”, en  donde  se  establecen  los incrementos punitivos para los delitos de homicidio y  extorsión,   surgió   de  la  necesidad  de  adoptar  una  política  criminal  coherente,  que  armonizara  las nuevas penas previstas para el secuestro con el  esquema  punitivo  básico del Código Penal, y con las establecidas para hechos  punibles  que,  como la extorsión o el homicidio, comprometen bienes jurídicos  de  igual  o  mayor  valor.   Esto explica las modificaciones paralelamente  introducidas a los artículos 28 y 44 del Código Penal.   

“Cierto  es  que  el  proyecto  inicial  ingresó  al  Congreso  sin  estas  reformas, pero en el curso de los debates se  planteó  la  necesidad  de  incluirlas para darle coherencia, como se desprende  del   contenido   de  la  ponencia  en  la  Cámara,  en  donde  se  dijo:   ‘En  el  curso  de  la  fecunda  discusión  que  esta iniciativa ha tenido en el Senado se planteó, no  sin  razón, que no podría tratarse punitivamente la conducta del secuestro con  mayor  severidad  que  la  del  homicidio.  Ello condujo a que se adoptaran  decisiones  legislativas,  agravando  también  las  penas para el homicidio que  mantuvieran   principios   universales   de   la  dosimetría  penal’   (Gaceta   del  congreso  de  nov.  18/92)”.   

         Ahora  bien,  dicha expresión legislativa de equiparación punitiva  de  los  delitos  de homicidio y secuestro, según lo entiende la Sala, también  es  congruente  con el espíritu constitucional.  Así, en la sentencia del  25   de   septiembre   de   1997,  cuya  ponencia  correspondió  al  magistrado  Ricardo  Calvete  Rangel, se  explica el tema de esta manera:   

“En  lo que respecta a la justificación  del  incremento  de  la  pena  para  los  mencionados  delitos,  la Corporación  Constitucional puntualizó lo siguiente:   

“Dentro  de  la  Concepción  del Estado  Social  de Derecho y con base en la importancia que a los derechos fundamentales  otorga  nuestra Carta Política, cuando se vulneran los derechos a la vida, a la  libertad  y  a la dignidad a través de los delitos de homicidio y secuestro, se  hace  necesario  por  parte del Estado la imposición de una pena y ante todo un  tratamiento  punitivo  aleccionador  y  ejemplarizante,  atendiendo  los  bienes  jurídicos  cuyo  amparo  se  persigue; es decir, que a tales hechos punibles se  les  debe  aplicar las más rígidas sanciones con el objeto de que produzcan un  impacto  que  se  encuentre en consonancia con la magnitud del delito cometido y  de los derechos vulnerados”.   

“Como   se  desprende  de  la  lectura  anterior,  es  la  importancia  de  los  bienes jurídicos tutelados lo que hace  aconsejable  el  incremento  punitivo,  pues  la vida y la libertad son derechos  fundamentales  cuyo  ataque  debe ser severamente sancionado, independientemente  de si el homicidio es conexo o no con el secuestro.   

“Y  precisamente sobre la importancia de  los  intereses  protegidos,  bien hizo el legislador al aumentar la pena para el  delito  de  homicidio, pues no sería lógico que el atentado contra la libertad  individual  resultara  evaluado como de mayor gravedad que el dirigido contra la  vida,  bien  supremo  sin  el  cual los demás derechos no tienen significación  alguna”.   

         Así  entonces,  como  la  Ley  40  de  1993  empezó  a  regir a la  medianoche  del  20 de enero del mismo año, fecha de su inserción en el Diario  Oficial,  indudablemente  sus  imperativos  mandatos debían gobernar los hechos  debatidos  en  este  proceso, supuesto que éstos ocurrieron en la madrugada del  31  de  julio  de  la  misma  anualidad.   De  modo  que, si las instancias  activaron  la  ley vigente al momento de los episodios delictivos, no ha lugar a  la  indebida  aplicación  del  artículo  29  de  la  precitada  ley  ni  a  la  consecuente  falta  de aplicación del artículo 323 del Decreto Ley número 100  de 1980.   

         Acorde  con  las  sugerencias del Procurador Delegado, la demanda no  puede prosperar.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la Ley,   

RESUELVE:  

         No  casar  la sentencia de fecha, origen y  procedencia indicadas en la motivación.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

CARLOS       A.        GALVEZ  ARGOTE                JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

EDGAR            LOMBANA  TRUJILLO                   CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR          

            

DÍDIMO            PAEZ  VELANDIA                          NILSON PINILLA PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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