10575b

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                                    

                                                                  Magistrado Ponente   

                                                                  Dr. DIDIMO PAEZ VELANDIA   

                                                                  Aprobado  Acta  No. 011   .        

Santafé  de Bogotá, D.C., veintinueve (29)  de       enero       de      mil      novecientos      noventa      y      nueve  (1999).                                                                                                                                           

          Decide  la Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  por  el defensor de HECTOR DE JESUS ECHAVARRIA MAZO contra la sentencia de enero  16  de  1995, por medio de la cual el Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Medellín  condenó  a dicho procesado a la pena principal de 26 años y 6 meses  de  prisión  como  autor  de  los  delitos  de  homicidio  y  porte  ilegal  de  armas.   

         

ANTECEDENTES  

          1.-  En la tarde del 4 de septiembre de 1993 el “topógrafo de la  construcción”  Darío  de  Jesús Martínez Flórez se encontró con su amigo  Mario  de  Jesús  Casas  Balbuena  y  se  dirigieron  a la residencia de éste,  ubicada  en la urbanización “Aldea de Itaguí” (Departamento de Antioquia),  carrera 55B No. 62-13, donde compartieron música y licor.   

Aproximadamente   a  las 9 de la noche,  arribaron  a  dicha  residencia  los  “vigilantes”  Jair  de Jesús Valencia  Pérez  y  Héctor de Jesús Echavarría Mazo. El primero “le había entregado  el  turno”  a  éste  a  las  6  de  la tarde y se encontraba ya vestido “de  civil”,  contrario  a  Echavarría  Mazo,  quien  se  hallaba  con el uniforme  respectivo.  Estos dos vigilantes también recibieron de Mario de Jesús algunos  tragos   y   también  estaba  presente  Juan  Alberto  Rodríguez,  sobrino  de  Mario.   

Pasó  algún  tiempo  y  Mario  subió  al  segundo  piso para buscar un disco que deseaba escuchar Darío de Jesús y allí  se  encontraba cuando escuchó un disparo y luego otro; bajó y encontró caído  en  el  piso  y  muerto  a  Darío  de Jesús Martínez López; “se asomó con  cuidado”   y  entonces  el  vigilante  Echavarría  Mazo  lo amenazó con  hacerle  lo  propio,  emprendiendo luego la huida en compañía de su compañero  Valencia  Pérez,  quien  luego  lesionó a otros habitantes de ese barrio y fue  golpeado por los vecinos.   

Echavarría Mazo, quien portaba una escopeta  y  con  ella  inicialmente  había  efectuado  dos disparos “al aire” en las  afueras  de la mencionada residencia, fue finalmente capturado, como también su  compañero Valencia.   

–   En  el  acto  mismo de levantar el  cadáver  de Martínez López, declaró el referido Mario de Jesús (fl.2 vto.),  quien  dijo  que, al bajar, “en las afueras de mi casa vi al vigilante Héctor  Echavarría     y    me    dijo:    ‘Salga  usted  y  su  sobrino  para darles bala también’”.    

2.-  La  Fiscalía  99  de Medellín abrió  investigación  (fl.8)  y  oyó  en indagatoria a Echavarría Mazo (fl.9), quien  dijo  que  cuando  su  compañero  Valencia  Pérez (vigilante “que trabaja de  día”,  dice)  hizo  los  dos disparos, le “siguió trabajando” y luego se  fue  para  el  hospital  para  ver  en qué podía servirle a Valencia, quien se  encontraba  lesionado  allí.  Niega  rotundamente  haber  hechos  disparos  esa  noche.   

–  En  su  indagatoria  (fls.26),  Valencia  Pérez  afirma  que  él  no tenía arma y que no hizo, por tanto, los disparos.  Agrega  que la escopeta se la entregó a Echavarría Mazo cuando “le entregué  el  turno”  y que lo único que recuerda es haber escuchado, desde la parte de  arriba  de  la  casa,  los  disparos. Reitera que en la sala de la residencia se  quedaron la víctima y Echavarría Mazo.   

3.-  Se profirió auto de detención contra  los  dos  referidos  vigilantes,  por los delitos de homicidio y porte ilegal de  armas,  pues  no tenían el correspondiente salvoconducto para portar la aludida  escopeta (fl.29).   

–  Mario de Jesús Casas se ratificó en su  referido  dicho  (fl.48),  y otro vigilante del sector, Luis Norberto Piedrahita  Arenas,  declaró  (fl.59)  que  únicamente  escuchó  disparos  y  vio  que un  vigilante   uniformado  corría  con  la  escopeta  en  las  manos.  Cuenta  que  Echavarría  Mazo  cuando  ingiere  licor  pierde  el control, dispara el arma y  produce temor (fl.59 vto.).   

– El mencionado sobrino de Mario de Jesús,  Jesús  Alberto  Casas  Rodríguez, declaró (fl.59 vto.) sustancialmente en los  mismos  términos  de  su  tío  Mario,  enfatizando  en que Echavarría Mazo se  encontraba  “atrincherado”,  “después  de  que le pegó el tiro al señor  Darío”  (fl.60  vto.),  deducción  que  saca de la forma como ocurrieron los  hechos,  pues él se encontraba en el segundo piso de la residencia haciendo una  llamada telefónica.   

–  Los  policías  Henry  Oswaldo  Araújo,  Gildardo  Ramos,  José  Ubaldino  Hurtado y José Jairo González (fls.61 vto.,  63,  64  y 67), declararon que, en los vistos términos, fueron informados de la  ocurrencia de los hechos, una vez llegaron al sitio de los mismos.   

         –  Amplió  la  indagatoria Echavarría  Mazo  (fl.77)  y  reiteró  su  inocencia,  añadiendo  incluso  que  cuando  su  compañero  Valencia hizo los disparos, él estaba “en la línea de fuego” y  sufrió  las  correspondientes  heridas  en  el  cuello, cosa que posteriormente  descartó el respectivo peritaje (fl.165).   

          4.-  Cerrada  la  investigación  (fl.88), se profirió providencia  calificatoria  de  4 de enero de 1994 (fl.101), por medio de la cual se acusó a  los  sindicados: a Echavarría Mazo, por los delitos de homicidio y porte ilegal  de  armas;  a Valencia Pérez, por lesiones personales y por el mencionado porte  ilegal.   

          Apelada  esa  decisión,  la  misma fue confirmada en febrero 7 del  mismo año (fl.118).   

          5.-  El  Juzgado  Primero  Penal del Circuito de Itagüí, celebró  audiencia  pública  (fl.173) y dictó sentencia de octubre 20 de 1994 (fl.206),  por  medio  de  la  cual  condenó  a  Echavarría  Mazo a 26 años y 6 meses de  prisión y a Valencia Pérez a 2 años de esa clase de pena.   

          Esa  sentencia  fue  apelada  por el defensor de Echavarría Mazo y  por  éste, y el Tribunal de Medellín la confirmó enteramente mediante la suya  que   fue  recurrida  en  casación  por  el  defensor  del  precitado  apelante  (fl.275).   

LA DEMANDA  

         Bajo  el enunciado de “causal primera de casación” (fl.323) el  demandante  afirma  que  “no hay prueba directa” sobre la responsabilidad de  su  defendido  Echavarría  Mazo en el homicidio por el cual fue condenado, sino  que  únicamente  se aduce en su contra seis indicios al respecto: el intento de  desviar  la  investigación, de mala justificación, de oportunidad, de mentira,  de  manifestaciones  posteriores  al  delito  y  el  indicio  de  capacidad para  delinquir.   

         Considera  “equivocada”  la  valoración  que de estos indicios  hizo  el  fallador  y manifiesta que la sentencia atacada es violatoria “de la  norma  sustancial  247-1 del Código de Procedimiento Penal” (fl.324) y agrega  que  “pretendo  impugnar  la  fuente  del  indicio  (la  prueba misma en sí),  acudiendo a los errores de derecho y hecho”.   

         A  continuación  aduce  que  los  referidos  indicios son “meras  elucubraciones  inequitativas,  ilógicas,  injustas”  (fl.324),  dedicándose  luego  el  casacionista  a  examinar uno a uno los 6 indicios citados, y en esta  tarea,  pretender rebatir los mismos desde su personalísimo punto de vista. Con  este  propósito, en suma, alega que en todos esos 6 casos, el procesado no hizo  cosa    diferente   a   defenderse,   acudiendo   al   correspondiente   derecho  constitucional y legal.   

         Al  finalizar  su  escrito impugnatorio, estima el censor: “Ahora  bien,  pregunta  el  suscrito,  ¿cuál  móvil  llevaría  a  ECHAVARRIA MAZO a  perpetuar  un  homicidio  en  la  persona de DARIO DE JESUS MARIN FLOREZ, siendo  como  lo fue, persona a la que apenas momentos antes, segundos, había conocido?  ¿Cuál  sería  el  móvil?  ¿Cuáles  fueron  los  motivos  determinantes que  influyeron  en  el  homicidio  de  DARIO  MARIN? El no investigar tales motivos,  constituyen  una  flagrante  violación a lo preceptuado en el artículo 334 del  Código de Procedimiento Penal” (fl.326 y 327 infra.).   

         Pide,  pues,  a  la  Corte  casar  el fallo recurrido y absolver al  procesado Echavarría Mazo.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PUBLICO  

        -Al  respecto  conceptúa el señor Procurador Segundo Delegado en  lo  Penal  que  “desconocimiento total de los principios básicos que orientan  la  técnica  que  rige  el  recurso  extraordinario  de casación, es lo que se  desprende  de  la  simple  lectura  de  la  demanda  por  parte  del  demandnate  (sic)…” (fl.8 y 9 cdno. Corte).   

        Entiende  la  Delegada  que “la pretensión del autor no es otra  que  la  de  cuestionar  sin  ninguna  consideración  la decisión del ad quem,  cuando  éste,  previo un cuestionamiento lógico estableció sin equivocaciones  de  ninguna  índole  que  Héctor  de  Jesús Echavarría Mazo fue el autor del  homicidio  cometido  en  la persona de Darío de Jesús Marín Flórez” (fl. 9  infra.).   

        “Otras  de las falencias” (fl.10) que la Delegada le encuentra  al  libelo  acusador  es que éste no examina la totalidad de las pruebas que el  fallador   consideró  para  proferir  el  fallo,  “toda  vez,  que  de  forma  tangencial  se limita a afirmar con respecto al acervo probatorio tal como si se  tratara  de  un  alegato de instancia, que su pupilo fue condenado a veintiséis  años  de  prisión ‘por  el  punible  de homicidio, SIN PRUEBAS, únicamente con seis indicios inventados  por     el     fallador    y    confirmados    por    el    Tribunal’” (fl.cit.).   

        La  Delegada,  pues, conceptúa que el fallo no debe ser casado en  parte alguna.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

        Considera         la  Sala  que  la primera y capital equivocación del casacionista  es  la de que impugna exclusivamente la prueba en que fundó la condena el fallo  de  primera  instancia y no en la que en definitiva analizó y tubo en cuenta el  Tribunal en la sentencia objeto del recurso extraordinario.   

        En  efecto:  si bien es cierto que el fallo dictado por el Juzgado  Primero   Penal   del  Circuito  de  Itagüí  adujo  en  contra  del  procesado  Echavarría  Mazo  los  seis indicios a los cuales se circunscribe la alegación  del  demandante,  también  es  cierto  que el Tribunal de Medellín, al revisar  como  segunda  instancia  tal  fallo,  profirió  el  suyo  que si bien terminó  confirmando  el  primero se apoya en razones diversas aunque fundadas en pruebas  indirectas  sobre  el  señalamiento  de  la  autoría  material  del  procesado  recurrente.   

        De  los  siguientes  párrafos  -fls.295  a  297- se desprende sin  dubitación ninguna la legitimidad del anterior aserto:   

        “En  ese  orden  de ideas ha destacarse el testimonio del señor  Mario   de   J.  Casas  Balbuena,  de  significativa  importancia,    dada   la   objetividad   de   sus  aseveraciones,  las  óptimas  condiciones  en  que  percibió lo que atesta, su  desinterés  por  perjudicar  infundadamente,  en  materia  tan grave, al señor  Echavarría  Mazo  con  exclusión  de  Valencia  Pérez,  por  no  tener  nexos  afectivos  o  de  otra  clase con ninguno de los dos (adviértase que el primero  era  nuevo  como  celador en el barrio y que el segundo era apenas conocido suyo  por  razón  de  su  trabajo)  y,  en  fin,  el  hecho de que la imputación del  testigo,  aunque  inconfundible,  no es directa en la  persona  de  Echavarría  Mazo  como tal sino  en la del celador uniformado  que  responde a ese nombre, lo que revela la seriedad  de  su  dicho,  pues  nada  se  opone  a  que,  sin  menoscabar el mérito de su  declaración,  mediante  un  razonamiento  lógico  deductivo  excluyera  a Jair  directamente  de  esa  acción,  si  se  tiene  en  cuenta  que, al contrario de  Echavarría  Mazo,  era conocido suyo y que se hallaba sin escopeta y vestido de  civil,  hechos  uno  y otro fácilmente advertibles y que efectivamente observó  nítidamente.   

        Frente   a   ese   singular   cuadro  fáctico  adquiere  especial  relevancia  el  hecho de que el señor Casas Balbuena  indique  también al compañero de Jair como autor de los disparos producidos en  la  calle  poco  antes  de  que  los  dos  se  presentaran  por segunda vez a su  casa,  conducta  esa  claramente  sintomática  del  ánimo  beligerante  que  abrigaba esa noche Echavarría, algo no extraño a él  si  se  advierte lo notificado por su colega Luis Norberto Piedrahita Arenas, en  cuanto  que  ‘era  una  persona  que  se  ponía  a  beber  uniformado  y  se  emborrachaba y nos tocaba  correrle,  porque  se  ponía  hacer  disparos  al aire y uno por prevenir se le  escondía’  (Fs.  59 y  vto.).   

        Con   ese  testimonio  y  el  de  Juan  Alberto  Casas  Rodríguez,  de igual repercusión probatoria y tan merecedor de  crédito  como el de don Mario -si se tiene en cuenta  que  no  conocía  aquel previamente a los procesados ni al ahora extinto, y que  tenía  investidura  oficial,  lo  que  avala  su  imparcialidad-,  se  demuestra  en  forma inequívoca que el celador que se hallaba  esa  noche  uniformado  y  armado  de  escopeta era Echavarría Mazo,  aspecto  el  primero aceptado incluso por éste, y corroborados  ambos  por  el  vigilante  Luis Norberto Piedrahita Arenas, quien sin presenciar  los  episodios  a que se refieren los hechos, observó aisladamente a un celador  uniformado  que  corría  en  poder  de una escopeta, sin constatar de quién se  trataba.   

        Sentada   esa   premisa,   vigorizada   además  por  el  mencionado  reconocimiento informal  que  de Echavarría Mazo hicieran don Mario y su sobrino la noche de los hechos,  y  por  la  información  que  en  igual  sentido  suministraron  en  esa  misma  oportunidad  a las autoridades, aflora la conclusión de que fue el procesado en  referencia  el  autor  de  la agresión mortal al señor Darío de J. Marín. Se  trata  de  un  señalamiento  que,  aunque  en cierta  forma     indirecto,     por    las    especiales  circunstancias   antecedentes y concomitantes de que está rodeado y de las  personas   de   quienes   proviene,   entraña  una  incriminación      directa      de      evidente     significación.   

        Tal   conclusión  lleva  insita  la  aceptación  del  dicho  del  coprocesado  Jair de J. Valencia Pérez en cuanto atribuye a Echavarría Mazo la  autoría  del  homicidio, por lo que adquiere el carácter de prueba directa con  esa connotación…”   

        Luego   el   referido   fallo   de  segunda  instancia  afirma  la  credibilidad  que merece la imputación hecha por el cosindicado Valencia Pérez  y  de  la  “inestable  y  contradictoria  posición  del procesado Echavarría  Mazo”  (fl.297  infra)  y  de  los  consecuenciales  indicios  “que SECUNDAN  eficazmente  la  prueba  de  cargo reseñada en precedencia” (fl.298 supra, se  subraya).   

        A    dicha    equivocación   del   casacionista,   cabe   agregar  otras:   

        a.-  Es  conveniente,  en  procura  de  la  claridad  y precisión  requeridas,  que los demandantes en casación citen por su nomenclatura legal la  causal  que  aduzcan  y,  dentro  de  esta causal, señalen también la clase de  violación  que  planteen:  si  directa  o  indirecta.  En este caso el actor ha  debido,  por  tanto,  citar  el  artículo  220,  numeral  1º  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  y dentro de ese artículo, citar el apartado segundo, que  es  el  que  contempla  la  violación  indirecta (a través de la prueba); y si  encontró  que  el  fallador  cometió  “errores  de hecho y de derecho”, ha  debido  por  lo menos decir en qué consistía cada uno de ellos, y qué pruebas  afectaban.   

        b.-  Ahora  bien:  como  el  casacionista fue expreso en decir que  impugnaba   “la   fuente   del  indicio”  (no  la  “inferencia  lógica”  definitoria  del indicio, art.300 C.P.P.), estaba en la obligación de demostrar  si  con  respecto  a  algunas  de   esas  pruebas  se incurrió en error de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad  (hacer  valer  una  prueba  sin  los  requisitos  legales  para  ello)  o  en  error  de  hecho  por  falso  juicio de  existencia  (olvido  o  suposición)  o  de  identidad  (distorsionamiento de la  prueba,  ilogicidad  en  su  asunción).  Pero  nada  de esto hizo el censor; se  limitó  a  disentir  del criterio judicial en una alegación libre no técnica,  lo cual no es de recibo en casación.   

        c.-  Cuando  la  citada normatividad habla de “violación de una  norma  sustancial”,  se  refiere  a que la norma que debía regir el caso (por  .ej.  aquí  el  artículo  323  del  C.P.,  tipificante  del  homicidio) no fue  aplicada,   fue   aplicada   indebidamente  o  fue  erróneamente  interpretada,  hipótesis   que   doctrinariamente   se   conocen   como   los  “sentidos de violación”.   

        En   ese   entendido,   la  violación  sustancial  que  alega  el  casacionista   del   artículo   247-1   del  Código  de  Procedimiento  Penal,  no reviste ese carácter.  Repítese  que  en  este  caso  lo  que  ha debido plantear el censor (según su  demanda)   es  la  indebida  aplicación del artículo 323 del Código Penal.   

        d.-  Finalmente, lo argüido por el actor al término de su libelo  acusador,  de  que  el  sentenciador  violó  el  artículo  334  del Código de  Procedimiento  Penal  (“objeto  de  la  investigación”),  entraña   un   cargo   que   se   sale   de   la  causal  primera  aducida,  toda vez que esa violación traduciría un  cargo  de  nulidad,  donde  le  toca   al  actor  demostrar qué pruebas se  dejaron   de  practicar  y  la  incidencia  de  las  mismas  en  el  fallo.  Esa  “mezcla” de cargos, pues, constituye yerro del casacionista.   

        Por   lo   dicho,   entonces,   la   sentencia   atacada   no   se  casará.   

        Con  base  en  los  expuesto la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal,  de acuerdo con el Ministerio Público, administrando justicia  en     nombre     de     la     República     y    por    autoridad    de    la  Ley,                

R E S U E L V E  

        DESESTIMAR       la       demanda  presentada.      En     consecuencia,     NO  CASAR el fallo recurrido.   

        Cópiese y cúmplase.   

JORGE    CORDOBA    POVEDA        

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL              RICARDO   CALVETE   RANGEL                

CARLOS        A.        GALVEZ  ARGOTE                       JORGE A. GOMEZ GALLEGO   

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO                        CARLOS    E.    MEJIA    ESCOBAR                     

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA                                NILSON  PINILLA  PINILLA                                                    

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria  

    

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