10547h

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 10547  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.86   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr.FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa Fe de Bogotá D. C., quince de junio de  mil novecientos noventa y nueve.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  12  de  diciembre  de  1994,  mediante la cual el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de Cali condenó al procesado WILLIAM ANGULO  SANCHEZ  a la pena principal de 16 años de prisión,  como  autor  responsable  de  doble  delito  de  homicidio,  en  la modalidad de  tentativa, y porte ilegal de armas de fuego de defensa personal.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                   En el mes de  febrero  de  1993,  William  Angulo  Sánchez  y  Luz  Amparo Zamora Hernández,  quienes  venían  haciendo  vida  marital  desde  hacía  dos  años, decidieron  ingresar  al  centro  de rehabilitación para drogadictos “Corporación Caminos”  de  la  ciudad  de  Cali,  con  el  doble  propósito de alejarse de la droga, y  mejorar su relación de pareja.   

                   En el mes de  abril,  Angulo  Sánchez abandonó el tratamiento por no haberse logrado adaptar  al  reglamento  de  la  institución.  Luz Amparo, continuó la terapia, y días  después  decidió  dejar  a  su compañero para regresar al seno de su familia.  Exacerbado  por  esta  determinación,  Angulo  Sánchez inició una campaña de  intimidación   y   hostigamiento   contra   ella,  sus  familiares,  y  algunos  funcionarios   del   centro   de   rehabilitación,  a  quienes  culpaba  de  lo  ocurrido.   

                      El  6 de  mayo,  en  las primeras horas de la noche, cuando Luz Amparo regresaba a casa de  sus  padres  procedente  del  instituto,  fue  sorpresivamente atacada por su ex  compañero,  quien le propinó siete puñaladas en diferentes partes del cuerpo,  así:  1)  herida  de 5 ctms. en flanco izquierdo; 2) herida de 7 ctms. en borde  externo  del pectoral izquierdo; 3) herida de 8 ctms. en cuadrante externo de la  mama  izquierda;  4)  herida  de  5  ctms. en cuadrante superointerno de la mama  derecha;  5)  herida  de 5 ctms. en región escapular izquierda; 6) herida curva  de  5  ctms. en región deltoidea posterior de brazo derecho; y, 7) herida de 10  ctms en cara anteroexterna del antebrazo derecho (fls.68 y 291-1).   

                     Recuperada  de  las  lesiones  recibidas, Luz Amparo reinició el 14 de mayo sus terapias en  la  Corporación,  acompañada de su padre Jaime Zamora Gómez, pero debido  a  que  Angulo Sánchez continuó amenazándolos a través de escritos, y había  sido  visto  armado  rondando  el barrio, el instituto decidió internarla en su  sede, a partir del sábado 29 de mayo.   

                   El lunes 31,  en   las   primeras   horas  de  la  mañana,   encontrándose  Luz  Amparo  conversando  con  su  padre  en  la  puerta  de  las instalaciones del centro de  rehabilitación,  apareció  Angulo  Sánchez,  y  después  de  llamarla por su  nombre,  procedió  a  dispararle  repetidamente  con  un  revólver, sin lograr  causarle daño.   

                     Horas más  tarde,  llamó  por  teléfono  al  instituto  para  preguntar  por lo ocurrido,  fingiendo  ser  hermano  de Luz Amparo, pero al haber sido su voz reconocida por  la  Jefe  de  la Sección Terapéutica, terminó identificándose y aceptando la  autoría  del atentado, a la vez que culpaba a su ex compañera de lo que estaba  sucediendo,  y  afirmaba  haber realizado el hecho para “hacerle pasar un susto”  (fls.13).          

                    En el lugar  del  insuceso,  agentes  de  la Policía Nacional adscritos a la Sijín hallaron  dos  proyectiles calibre .38 largo, uno incrustado en la puerta de madera que da  acceso  al centro de rehabilitación, y otro sobre el piso del parqueadero, “que  al parecer pegó sobre la pared de ladrillo” (fls.15,49-1).   

                     Preguntada  Luz  Amparo  sobre  los  hechos ocurridos el 6 de mayo en las horas de la noche,  precisó:  “Yo  venía  de  Caminos,  me  bajé  del bus, caminé una cuadra, me  faltaban  como  cuatro  cuadras  para  llegar  a  la  casa, estaba el sector sin  energía,  llovía  a cántaros, escuché que alguien corría y (sic) detrás de  mí,  voltié  de frente cuando vi que el señor William Angulo Sánchez, venía  en  carrera  ya  con  el  cuchillo  levantado  mano  derecha (sic) y me tiró la  primera  puñalada  en la espalda, le grité William me vas a matar y me dijo en  estos  términos  ´Si no sos para mí no sos para nadie´, la segunda puñalada  me  la  tiró  en  la  cara  pero le metí el brazo derecho lesionándomelo, fue  cuando  caí  y  recibí cuatro o cinco puñaladas más, él seguía dándome en  el  suelo, me hice la muerta y dejó de darme, emprendió carrera y pude ver que  efectivamente  era  él, testigos no hubo ya que como llovía no había nadie en  la  calle.  Como pude yo corría a llegar a la casa, decía Dios mío, Dios mío  me  mató, faltando media cuadra para llegar me desmayé y cuando me llevaban en  taxi  medio  recobré el conocimiento, me pude dar cuenta que era mi padre Jaime  Zamora Gómez quien me llevaba al hospital” (fls.37 vto).   

    

                      Sobre lo  acontecido  el  día  31,  manifestó  que  encontrándose  en  la  puerta de la  edificación  conversando  con  su  padre,  llegó  hasta  el  antejardín su ex  compañero  Angulo  Sánchez,  y  empezó  a  dispararle.  Ella corrió hacia el  interior  de  la  sede  y  se  desmayó.  En  el lugar se hallaban su padre y el  celador  Luis  Carlos  Velásquez  Pérez,  quien  le  gritó que corriera hacia  adentro (fls.11).   

                   Jaime Zamora  Gómez,  padre  de  Luz  Amparo,  al declarar sobre los hechos ocurridos el 6 de  mayo  en  las  horas  de  la  noche,  manifestó  que en vista de que su hija no  llegaba,  decidió  salir a llamar al instituto. De regreso, cuando se disponía  a  entrar de nuevo a la casa, escuchó  gritar “PAPA ME MATO WILLIAM”, y al  devolverse  vio  que  su  hija  venía bañada en sangre, logrando avanzar hasta  caer  en  sus  brazos.  Los vecinos le ayudaron a alzarla y a tomar un taxi para  trasladarla  al  hospital (fls.30 y vto). Y, en relación con el atentado del 31  de  mayo  expresó:  “Siendo  aproximadamente las 7:05 de la mañana, llegué al  Instituto  a  dejarle  ropa  a  mi hija, estaba yo conversando con mi hija en la  puerta  de  entrada  al instituto, y en eso se apareció el señor Wiliam Angulo  Sánchez  y  llamó  a  Amparo e inmediatamente comenzó a disparar contra ella,  Amparo  logró entrarse para el Instituto sin que William lograra hacerle daño,  e  inmediatamente él salió y se fue en una bicicleta cross en que andaba… le  hizo  como  cinco  disparos  a  una  distancia  aproximada  de 7 metros” (fls.12  vto).   

                    Luis Carlos  Velásquez  Pérez,  vigilante  del  centro  “Corporación  Caminos”, declara en  sentido  similar sobre la forma como ocurrió el atentado del 31 de mayo. Agrega  que  al  advertir la presencia de William Angulo Sánchez, alcanzó a prevenir a  Luz  Amparo,  pero de inmediato éste empezó a disparar desde el exterior de la  malla.  No logró hacer blanco porque seguramente estaba muy nervioso o bajo los  efectos  de  algún  alucinógeno, pero lo que más pudo haber favorecido fue la  malla,  por la dificultad que le daba para ver el cañón del arma, “él puso el  revólver  sobre  la  malla,  lo  metió  por  un agujero de la malla y adelante  había  un  árbol,  el árbol es delgado, sino que de pronto no le da facilidad  para un blanco preciso” (fls.119).   

                           En  indagatoria,  William  Angulo Sánchez negó su participación en los hechos del  6  de  mayo  de  1993 y, en relación con el atentado del 31 de los mismos mes y  año,  manifestó que ese día se presentó al instituto con el ánimo de hablar  con  la  doctora  Clara  Inés  Londoño Motta, pero en vista de que no lo quiso  atender  y fue descortés en el trato, resolvió hacer tres disparos a los lados  con  un  revólver  hechizo  que  cargaba,  no  con  la  intención  de  herirla  (fls.61).   

      

                   Del proceso  hacen  también  parte,  entre  otras  pruebas, las declaraciones de Clara Inés  Londoño  Motta,  Jefe  de la Sección Terapéutica de la “Corporación Caminos”  (fls.  13)  y José Edgar Rivas Salazar, Agente de Policía adscrito a la Sijín  (fls.15);  algunas  notas  manuscritas  contentivas de amenazas, dirigidas a Luz  Amparo  (fls.9,  40); y, los dictámenes médico legales de 10 de mayo de 1993 y  22  de  agosto de 1994, donde se describen las heridas y se fija una incapacidad  definitiva de 12 días con deformidad   

física  permanente  (fls.68  y  292), y el  complementario  de  fecha  23 de agosto de 1994, en el cual se hace la siguiente  precisión:  “En  respuesta  a su oficio, me permito contestarle que teniendo en  cuenta  las  características  de  las  heridas  que  no interesaron cavidades u  órganos    vitales,    se    considera    que   no   son   lesiones   mortales”  (fls.294).     

                    Resuelta  la  situación  jurídica del procesado y cerrada la investigación (fls.73, 109  y  187), la fiscalía, mediante providencia de 27 de abril de 1994, calificó el  mérito  del  sumario con resolución de acusación por los delitos de homicidio  agravado,  en  concurso  homogéneo  sucesivo,  en  la modalidad de tentativa, y  porte  ilegal  de  armas de fuego de defensa personal, conforme a lo previsto en  los  artículos  323  y 324.6 del Código Penal (modificados por el 29 y 30.6 de  la  ley  40  de  1993),  y  1º  del  Decreto  3664  de  1986,  incorporado a la  legislación  permanente  por  el  Decreto  2266 de 1991 (fls.204). Apelada esta  decisión,  la  Fiscalía  Delegada  ante  el Tribunal, por resolución de 20 de  junio  del  mismo  año, la confirmó en todas sus partes, con la aclaración de  que  no  procedía  la circunstancia de agravación prevista en el numeral 6 del  artículo  324  del  Código  Penal,  modificado  por el 30 de la ley 40 de 1993  (fls.226).   

                     En  la  audiencia  pública,  Luz  Amparo Zamora Hernández, quien había solicitado ser  escuchada  en  “ampliación  de la denuncia con el fin de retractarme del delito  de  lesiones  personales”  (fls.269), afirmó no haber visto las personas que la  atacaron,  y  haber  acusado  falsamente a su compañero para lograr alejarlo de  ella,  y  obtener la devolución de sus hijos por parte del Instituto Colombiano  de  Bienestar  Familiar. En relación con el atentado del 31 de mayo, asegura no  haber  observado  que  William  le  apuntara,  puesto  que cuando hizo el primer  disparo,  lo  dirigió  hacia  arriba,  y  ella  se  asustó  y salió corriendo  (fls.308 vto. y ss).      

                    Mediante  sentencia  de  21  de  octubre  de 1994, el Juzgado Cuarto Penal del Circuito de  Cali  condenó  al  procesado  a la pena principal de 16 años de prisión, y la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por 10 años, como  autor  responsable  de los delitos de homicidio en la modalidad de tentativa, en  concurso  homogéneo  sucesivo,  y  porte  ilegal  de  armas de fuego de defensa  personal,   conforme  a  los  cargos  imputados  en  la  resolución  acusatoria  (fls.321).   

                     Apelado  este  fallo  por  el  implicado,  su  defensor,   y  el Procurador 61 en lo  Judicial,  el Tribunal Superior, mediante el suyo que ahora recurre en casación  la defensa, lo confirmó en todas sus partes (fls.386).   

                         La  demanda.                                                        

     

                        Con  fundamento  en  las  causales  primera  y  tercera,  sendos  cargos  presenta el  recurrente contra la sentencia impugnada.   

                      Cargo  primero:   

                  Violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  error  en la apreciación de la prueba,  específicamente  de la retractación de la testigo Luz Amparo Zamora Hernández  en la audiencia pública.   

                    Después  de  transcribir  los  apartes  pertinentes  de su nuevo relato, y de mostrar sus  divergencias  con el realizado en la “denuncia”, donde señala al procesado como  la  persona  que  la  hirió  con arma blanca, sostiene que esta postura pone en  tela   de  juicio  su  dicho,  originando  una  duda  probatoria  que  debe  ser  interpretada  en favor de su representado, no desfavorablemente como lo hicieron  los fallos de instancia.   

                        Los  argumentos  que  le  dan  prevalencia  a  su  versión  incriminadora, “como son  quitarle  los  cargos  o  el  miedo,  son  suposiciones  que  no  se  encuentran  objetivamente  y  positivamente  probados  mediante  otras  pruebas,  lo  que no  permite valorarlas sino como meras sospechas o conjeturas”.   

                     En  el  proceso  no  existen  pruebas  que desvirtúen la retractación de la testigo, y  conduzcan   al   grado   de  certeza  que  se  requiere  para  dictar  sentencia  condenatoria,  razón  por  la cual se ha vulnerado el artículo 247 del Código  de Procedimiento Penal.    

                      Cargo  segundo:   

                     Nulidad  por  “error  en  la calificación del proceso, por cuanto si hipotéticamente mi  representado  hubiera  causado  las  lesiones,  se  debió  haber  calificado el  proceso por lesiones personales y no como tentativa de homicidio”.   

                    Sostiene  que  en  el proceso obran tres dictámenes del Instituto de Medicina Legal, cuyo  texto  transcribe,  de  los  cuales se desprende que las heridas que sufrió Luz  Amparo  Zamora Hernández fueron pequeñas, superficiales, tratadas a través de  sutura,  sin  necesidad  de intervención quirúrgica, que no afectaron órganos  vitales,  ni  fueron  consideradas mortales por el forense, y solo representaron  una incapacidad de 12 días.   

                     De las  versiones  de  la  testigo  se  infiere  por  su  parte  que en el momento de la  agresión  se  encontraba sola, desarmada, a merced del agresor, sin oportunidad  alguna  de  defenderse  o  evitar  el  ataque.  Si el victimario hubiera querido  causarle  la  muerte  lo  habría  hecho, pero no lo hizo, sino que le ocasionó  simples  cortadas,  cuando bastaba introducir por una sola vez el cuchillo en su  cuerpo para segarle la vida.   

                        Los  mencionados  dictámenes  médico  legales  son  prueba  categórica  de  que el  agresor  no  quiso  causarle  la  muerte  a  Luz Amparo. Los actos ejecutados no  fueron  idóneos,  ni  dirigidos  inequívocamente  a  causarla.  No  hubo  dolo  homicida  por parte del procesado, solo la intención de lesionar a la víctima,  razón  por  la  cual  se  incumplen las exigencias del artículo 22 del Código  Penal.     

                  En el caso  de  los  disparos  tampoco es posible afirmar el propósito homicida, por cuanto  las  circunstancias objetivas y positivas así lo indican: la distancia de 2 o 3  metros  entre  el agresor y Luz Amparo, la potencia del arma, y la forma como la  víctima  se  desplazó  hacia el interior de la sede, hubieran hecho de ella un  blanco  fácil  si  el procesado hubiera realmente disparado en dirección suya,  lo  cual  no  aconteció.  Tampoco,  por tanto, resulta idónea e inequívoca en  este evento su conducta, ni la intención homicida.   

                                           Consecuente  con  sus planteamientos pide a la Corte, en su orden,  casar  el  fallo  impugnado  y  dictar  el  que deba reemplazarlo, o declarar la  nulidad de lo actuado, indicando el estado en que queda el proceso.   

                    Concepto  del Ministerio Público.   

                                       

                     1.  En  respuesta  al  primer  cargo,  el  Procurador Tercero Delegado sostiene que esta  propuesta  de ataque presenta vicios de técnica, en cuanto que el demandante se  limita  a  confrontar las versiones antagónicas de la ofendida, para deducir de  allí una presunta duda que los juzgadores no reconocen.   

                   Cierto es  que  el  fenómeno de la duda probatoria puede ser planteado en casación por la  vía  indirecta,  pero ello requiere demostrar que las pruebas aportadas impiden  lograr  la  certeza  sobre el hecho o la responsabilidad del procesado, y que en  el  fallo  se incurrió en una indebida apreciación probatoria que condujo a la  aplicación  indebida  o  exclusión  evidente  del  artículo  445 del estatuto  procesal  penal, que establece, como derecho del procesado, el de presunción de  inocencia.   

                     De  la  sentencia  recurrida  y  la  propuesta de ataque que la demanda contiene, lo que  surge  es  que  el  camino  de  alegación  seleccionado  estaba  vedado para el  libelista,  porque el Tribunal no se encontró, al dictar el fallo, en estado de  duda  acerca  del  hecho  punible  o  la  responsabilidad del procesado, pues no  obstante  las  contradicciones  advertidas en el testimonio de la víctima, pudo  solucionar  el  conflicto  con  apoyo  en  otros  medios  de  convicción, y una  adecuada   valoración   de   la  situación  que  se  presentaba,  llegando  al  convencimiento  que  la  prueba  recaudada  arrojaba  la  certeza requerida para  proferir   la   decisión   de   carácter   condenatorio,   tras  un  análisis  pormenorizado   del   acervo   probatorio   frente  a  las  reglas  de  la  sana  crítica.   

                                           Objetivamente,  las  dos versiones de la testigo son antagónicas,  pero   ello,   de  suyo,  no  repercute  en  el  estado  de  convencimiento  del  sentenciador,  cuya  misión  no es simplemente leer el contenido de las pruebas  en  procura  de  su  identidad, sino realizar un estudio conjunto de ellas, para  poder  resolver  racionalmente  los  puntos  contradictorios  y las dudas que se  presenten.   

                  En el caso  sub  judice,  tanto  el Juez a quo como el Tribunal analizaron las dos versiones  suministradas  por  la  testigo,  y  concluyeron, después de un completo examen  (cuyos  apartes  principales  transcribe), que la primera consultaba la realidad  de  lo  acontecido,  y  por  eso  le  otorgaron  credibilidad,  desestimando  su  retractación   por   no  resultar  compatible  con  las  probanzas  recaudadas.   

                     De esta  manera,  pudieron  absolver  la  duda  que  objetivamente se les planteaba, para  llegar,  con  certeza,  a  la decisión de condena. Por estas razones, y además  por  hallarse el cargo antitécnicamente planteado, se impone su desestimación.   

                     2.  En  relación  con la segunda propuesta de ataque, sostiene que el planteamiento del  libelista  resulta  confuso puesto que inicialmente discute la comprobación del  dolo  homicida  sobre  la  base  de  los  elementos  de juicio  recaudados;  después  ataca  la  decisión de condena por no surgir de las pruebas allegadas  al  proceso los elementos configurativos de la tentativa; y, finalmente, pregona  la  nulidad  de  la  actuación  por  errónea  calificación  jurídica  de  la  conducta,  insinuando  que la resolución de acusación ha debido proferirse por  lesiones personales.   

                  Como puede  verse,  en el segundo de los cargos se avala el testimonio de Luz Amparo Zamora,  al  cual  se le negó validez en el primero, pero además se plantea una nulidad  desde  el acto de la calificación, contra lo argumentado en la primera censura,  donde  se  propuso violación de la ley sustancial, lo que implica la validez de  la sentencia y de la actuación.   

                  Además de  lo  dicho,  el  demandante,  al discutir el propósito homicida, no analiza sino  uno  de  los  factores  que pueden llevar a la determinación de un tal aspecto,  como  es que las lesiones causadas con arma blanca no eran mortales,  y que  las  condiciones y circunstancias en las cuales se hicieron los disparos hacían  de  la  víctima  un  blanco  fácil,  de  haber  querido el procesado causar el  resultado.   

                       Esta  postura,  empero,  no analiza sino uno de los muchos elementos que pueden llevar  a  determinar  la  intención  del  sujeto  agente,  no  siendo,  por  tanto, la  afirmación  del  actor  necesariamente  cierta,  ni  su planteamiento el único  válido  para  establecer  el  propósito  homicida.  Si  así fuera, habría de  concluirse  forzosamente  que  en  todos  los casos que se realicen disparos sin  causar  lesiones,  la  conducta  sería atípica, no obstante haberse acreditado  que el agresor pretendía causarle la muerte a la víctima.   

                     En las  sentencias  se  procedió  correctamente  al examinar no solo la gravedad de las  heridas  recibidas  por  la  señora  Luz  Amparo,  sino  también  la constante  persecución  de  que  la  hizo víctima el procesado, “el ataque que causó sin  que  mediara circunstancia alguna inmediatamente antecedente; el haber calculado  el  ataque  y  haberse provisto, de antemano, del elemento necesario para causar  las  heridas;  el  ataque  por  la  espalda;  la  cantidad de lances que hizo el  procesado  contra  la humanidad de Luz Amparo y la dimensión y localización de  las heridas”.   

                         La  intención  homicida  no se derivó, por tanto, de la letalidad de las lesiones,  sino  de  una  serie  de hechos y circunstancias que llevaron a los juzgadores a  concluir  que  el  procesado  albergó  la  intención de causar la muerte de su  compañera,  no  solo  de  ocasionarle  daños  en la salud, resultado que no se  logró  merced  a la atención médica oportuna, y la falta de “eficacia” de las  heridas para alcanzarlo.   

                         El  impugnante  se  detiene  en el análisis del aspecto objetivo de las lesiones, y  en  especulaciones  personales sobre la existencia de condiciones favorables que  hubieran  permitido al acusado lograr la muerte de su víctima, todo ello sin el  necesario  referente  probatorio, el cual, por el contrario, revela la legalidad  en la calificación jurídica de la conducta.   

                   Con apoyo  en    estos   razonamientos,   solicita   a   la   Corte   mantener   el   fallo  impugnado.   

                         SE  CONSIDERA:   

                      Cargo  primero.   

                                           Reiteradamente  ha  sido  dicho por la Corte que cuando se plantea  violación  indirecta  de la ley sustancial, por inaplicación del artículo 445  del  estatuto  procesal  penal,  que  consagra el principio in dubio pro reo, se  impone  para  el  casacionista  la  obligación  de  demostrar que en el proceso  existe   duda   probatoria   sobre  la  materialidad  del  hecho  punible  o  la  responsabilidad  del  acusado,  y  que  los  juzgadores  de instancia dejaron de  reconocerla  y  de  aplicar  las  consecuencias  jurídicas correspondientes, en  razón  a  errores  de hecho o de derecho en la apreciación de los elementos de  prueba.   

                         En  tratándose  de  errores  de  facto,  debe  ser precisado si la equivocación se  presenta  por  omisión o suposición de una determinada prueba (de existencia),  por  distorsión  de su contenido fáctico (de identidad), o por desconocimiento  de  las  reglas de la sana crítica en la valoración racional de su mérito; y,  en  tratándose  de  errores  de  derecho,  si  provienen  de la apreciación de  pruebas  que  no  cumplen los requisitos legales de incorporación al proceso, o  cumpliéndolos  han  sido  desestimadas  porque el juzgador considera que no los  reúne  (falsos  juicios  de  legalidad),  o  del  desconocimiento de normas que  regulan  su  valor  o  eficacia  probatorias  (falsos  juicios  de convicción).   

                  Finalmente  corresponde  acreditar  la  incidencia  del  yerro  en  la parte dispositiva del  fallo,  lo  cual  presupone un estudio globalizado de la prueba con inclusión o  exclusión,  según  cada  caso,  de  las  que no fueron apreciadas, o lo fueron  indebidamente,  y  una  valoración objetiva de su mérito, en orden a demostrar  que  de  ellas  no  surge  la  certeza  de  la  materialidad  del  hecho,  o  la  responsabilidad   del   procesado,   como   equivocadamente  lo  declararon  los  juzgadores  de  instancia  en  el  fallo, sino a un estado de duda razonable que  debe  ser  resuelto  en  la  forma  prevista  en el mencionado artículo 445 del  Código de Procedimiento Penal.   

                  Ninguno de  estos  pasos  ha  sido  atendido por el demandante. Su propuesta de ataque parte  del  supuesto  no  demostrado  de  que  la  retractación  de  Luz Amparo Zamora  Hernández  pone en tela de juicio la responsabilidad de William Angulo Sánchez  en  el  hecho,  y  que  en  el  proceso  no  existen pruebas que desvirtúen las  rectificaciones hechas por la testigo en la audiencia pública.   

                   Nada dice  el  casacionista  sobre  los  errores  de  apreciación probatoria cometidos, su  naturaleza,  manifestaciones, e incidencia en la parte dispositiva del fallo, ni  de  las pruebas sobre las cuales habrían recaído, y que pudieron haber llevado  a  los  juzgadores  de  instancia  a  declarar  probada  la  responsabilidad del  procesado en el hecho punible, no estándolo.   

                         La  afirmación  en  el  sentido  de  que  la  primera versión de la testigo, donde  señala  a  su  ex  compañero  como  autor  material  del  atentado, no amerita  atendibilidad  por  haber sido posteriormente desvirtuada por ella, de suyo nada  prueba,  ni  conduce a la demostración de error alguno de carácter probatorio,  pues  cuando  lo  atacado  es  el  mérito  de  una  determinada prueba, resulta  necesario   acreditar  que  la  valoración  realizada  por  los  juzgadores  de  instancia  no corresponde a la que imponen las reglas de la sana crítica, o que  existen  normas  procesales que limitan su valor o eficacia probatorias, nada de  lo cual demuestra el censor.   

                                Al   margen   de   estas  inconsistencias  de  carácter  técnico,  el  libelista  se  equivoca  al considerar que por el solo  hecho  de  la  rectificación,  la versión de la testigo pierde en todo o parte  valor  probatorio,  y  que  en  tales condiciones, no puede servir de fundamento  para  afirmar  la  responsabilidad del procesado en el hecho, pues las normas de  derecho  procesal  no  contienen  una  tal  previsión, ni las reglas de la sana  crítica permiten una inferencia de este tipo.   

                         La  retractación,  ha  sido  dicho por la Corte, no destruye per se lo afirmado por  el  testigo  arrepentido  en  sus  declaraciones  precedentes,  ni  torna verdad  apodíctica  lo  dicho  en  sus nuevas intervenciones. “En esta materia, como en  todo  lo  que  atañe  a  la  credibilidad  del testimonio, hay que emprender un  trabajo  analítico de comparación y nunca de eliminación, a fin de establecer  en  cuáles  de  las  distintas y opuestas versiones, el testigo dijo la verdad.  Quien  se  retracta  de  su  dicho  ha  de tener un motivo para hacerlo, el cual  podrá  consistir  ordinariamente  en  un  reato  de conciencia, que lo induce a  relatar  las cosas como sucedieron, o en un interés propio o ajeno que lo lleva  a  negar  lo  que  sí  percibió.  De  suerte  que la retractación solo podrá  admitirse  cuando  obedece  a  un  acto espontáneo y sincero de quien lo hace y  siempre  que  lo  expuesto  a última hora por el sujeto sea verosímil y acorde  con  las  demás  comprobaciones  del  proceso” (Cfr. Casación de abril 21/55 y  noviembre 9/93, entre otras).    

                  En el caso  sub  judice, los juzgadores analizaron ampliamente las versiones antagónicas de  la  testigo, y con criterio razonado, desestimaron la retractación, después de  tomar  en  cuenta  que el relato inicialmente suministrado al proceso coincidía  con  el  proporcionado  a  su  padre  instantes  después  de  los  hechos, y de  concluir,  con  acierto,  que  frente  a  las  condiciones  de  salud  en que se  encontraba  y  la  inmediatez  de  la  acusación, resultaba ilógico pensar que  hubiese  tenido tiempo de maquinar una falsa incriminación con el propósito de  distanciarse  de  procesado  y  lograr que el Instituto de Bienestar Familiar le  hiciera  entrega  de  sus  hijos,  como  lo  sostuvo  después  en  la audiencia  pública.   

                        Los  siguientes  apartes  recogen  en  lo  sustancial  lo  sostenido  por el Tribunal  Superior en relación con este específico aspecto:   

                    “En este  caso  desde  el mismo momento en que Luz Amparo Zamora fue recogida por su padre  cuando  acababa  de  ser  apuñaleada (sic) manifestó clara y concretamente que  William  Angulo  Sánchez  había  sido  la  persona que la había lesionado. No  existió  dubitación  alguna.  No hubo ninguna duda porque de haberla tenido de  seguro  …  no  habría señalado a su amante como el autor del atentado. Es de  humano  señalar a quien nos ha ofendido. Es la conducta lógica y justa, mas no  tratar  de  señalar  a  alguien por temor o venganza y mucho menos en un estado  grave  como  el  que  se encontraba en aquellos momentos Luz Amparo Zamora. Pero  nuevamente  volvió  a  repetir  el  señalamiento  cuanto  se  encontraba en el  hospital,  lo  que  quiere  decir  que  no se había equivocado que estaba en lo  cierto…”   

                   “El hecho  de  que  para  la diligencia de audiencia, muchos meses después, ya la ofendida  se  retracte de su imputación haciendo conocer que su señalamiento se debió a  un  sentimiento  equivocado  de  temor u odio porque temía por la muerte de sus  hijos  en  manera  alguna se puede manifestar un rotundo no en forma simplista a  esta  situación.  Para no acertar (sic) esta nueva situación se deben rastrear  los  antecedentes y el comportamiento de ambas personas, tal como lo examinó la  instancia.  Desde  este  punto de vista en ninguna manera podríamos aceptar que  Luz  Amparo  Zamora  le  haya mentido en un principio a las autoridades y podido  engañar  a  la  administración de justicia por muchos meses y así poder poner  en  la  cárcel  a  un  ciudadano  inocente.  No  es  cierto.  Si  situación es  comprensible  pero  no  se  justifica  a  la  luz de las normas vigentes… esta  retractación  no  puede  ser  tenida  en  cuenta  por la Sala, como tampoco fue  tenida  en  cuenta  por  la  instancia,  porque  en manera alguna es fruto de la  razón  y  de la justicia, simple y llanamente la ofendida se ha compadecido del  procesado  quien  por  espacio de todo este proceso ha venido insistiendo en que  la  quiere,  la  adora y se lamenta de muchas cosas o que no la ha comprendido y  por ello la ha tratado mal…” (fls.481 y 482).   

                    No solo,  entonces,  por  adolecer de falencias técnicas insalvables, y absoluta falta de  sustentación,   sino   por   resultar   la  censura  infundada,  se  impone  su  desestimación.   

                      Cargo  segundo.   

                   Al amparo  de  la  causal  tercera, el demandante presenta dentro de este cargo dos ataques  contra  el  fallo  impugnado,  con  apoyo,  respectivamente,  en  las siguientes  premisas:  1)  Que  el  procesado,  en  el  primer  atentado,  no  actuó con la  intención  de  matar,  sino  de lesionar a la víctima; y, 2) Que en los hechos  ocurridos  días  después  en el centro de rehabilitación, no albergó ninguno  de tales propósitos.   

                         En  estricto  rigor  técnico,  estos reparos debieron  haber sido planteados y  desarrollados  autónomamente,  en  capítulos  separados,  como  quiera  que se  estructuran   sobre   supuestos  fácticos  distintos,  y  suponen  análisis  y  conclusiones  diferentes.  Además  de  ello, la vía de ataque escogida para el  segundo,  no  resulta  ser  la correcta, pues si la conducta, como lo postula el  demandante,  es  atípica,  el  error  sería  in  iudicando  (no  de  actividad  procesal),   susceptible   solo  de  ser  alegado  por  la  vía  de  la  causal  primera.   

                         En  relación  con  este  segundo  reproche,  es  de  precisarse,  desde  ya, que el  impugnante  no  demuestra  la existencia de errores de estimación probatoria de  ninguna  especie,  y  sus  conclusiones  sobre  la  inidoneidad  y  ausencia  de  univocidad  de  la  conducta  imputada, y su consecuente atipicidad, no dejan de  ser   apreciaciones   personales,   que   ni   siquiera  consultan  la  realidad  procesal.   

                      Basta  confrontar  las declaraciones del vigilante del instituto Luis Carlos Velásquez  Pérez,  quien  sostiene  que  Angulo  Sánchez  apuntó  su  arma  hacia  su ex  compañera  utilizando  de  mampuesto  uno  de  los  agujeros de la malla, y del  agente  de  la  Policía  Nacional  José Edgar Rivas Rojas, quien asegura haber  recuperado  uno  de  los  proyectiles  en  la  puerta  de  acceso  al  centro de  rehabilitacion,  para  advertir que los disparos fueron realizados con el ánimo  de acertar, no de asustar como lo sostiene el casacionista.   

                     La otra  propuesta  de  ataque  aparece  correctamente planteada dentro del ámbito de la  causal  tercera,  pero  al  igual  que en el caso que viene de ser analizado, el  censor  no  acredita  la  existencia  de  errores  de apreciación probatoria de  índole  alguna  que hubieran podido llevar a los juzgadores a equivocarse en el  proceso  de  adecuación  de la conducta en la descripción típica, sino que se  limita  a  extraer  del  conjunto  probatorio  sus  propias  conclusiones,  para  contraponerlas  a  las de los juzgadores de instancia, olvidando que el fallo de  segundo  grado viene amparado con la doble presunción de acierto y legalidad, y  que  esto  hace  que  deba  considerársele  ajustado al ordenamiento jurídico,  mientras no se demuestre lo contrario.   

                                           Repetidamente  la Corte ha sostenido que cuando el Juez, al dictar  sentencia,  se  equivoca  en  la  calificación jurídica de la conducta, porque  adecua  los  hechos  en  un  tipo  penal  distinto  del  que  la  describe,  con  afectación  del nomen iuris, el ataque debe enmarcarse dentro del ámbito de la  causal   tercera,   pero  en  punto  a  su  demostración,  deben  seguirse  los  lineamientos  de  la primera, lo cual  supone tener que señalar las normas  de  derecho  sustancial  que  tipifican  el  hecho punible, las razones de orden  jurídico  que  sustentan  el  ataque y, en tratándose de violación indirecta,  los   errores   de   apreciación   probatoria   que  determinaron  la  indebida  calificación    de   la   conducta,   exigencias   todas   que   el   libelista  desatiende.   

                        Sus  alegaciones  se  fundan en una supuesta apreciación indebida de los dictámenes  médico  legales  aportados  al  procesado,  pero  no  precisa la clase de error  cometido,  ni alude, como acertadamente lo sostiene el Procurador Delegado en su  concepto,  a  los  demás  factores  tomados  en  cuenta  por  los juzgadores de  instancia  para  afirmar  la  intención  homicida  del  sujeto agente, como las  amenazas  proferidas  contra Luz Amparo antes de los hechos, sus afirmaciones en  el  momento  del atentado, el arma utilizada, el número de heridas causadas, su  localización,  y  el  haber cesado la agresión solo cuando la víctima fingió  hallarse  muerta,  todos  los cuales conducen razonablemente a la conclusión de  que su finalidad era causar la muerte de su ex compañera.   

                   Cierto es  que  las  lesiones  a  ella  inferidas  no  revestían el carácter de mortales,  según  se desprende del contenido de uno de los dictámenes médicos, pero este  solo  aspecto  no  puede  servir de referente para afirmar o negar el propósito  homicida.  Bien  puede suceder, como lo sostiene la Delegada, que la víctima de  un  atentado  contra  la  vida  resulte  ilesa,  o solo reciba lesiones de menor  entidad,    mas    no    por    ello    puede    afirmarse    que    no   exista  tentativa.      

                     Para la  configuración  del  delito de homicidio en esta modalidad, solo se requiere que  el  sujeto  agente  haya  iniciado la ejecución de la conducta punible mediante  actos  idóneos  e  inequívocamente  dirigidos  a  su  consumación,  y  que el  resultado  deje de producirse por circunstancias ajenas a su voluntad, no que la  acción  se  concrete  en  la  causación de un daño de naturaleza mortal, como  equivocadamente parece entenderlo el demandante.   

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Tercero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                               JORGE  ANIBAL GOMEZ GALLEGO                           

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA             CARLOS   A.  GALVEZ ARGOTE          

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO          MARIO MANTILLA NOUGUES   

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                          NILSON   PINILLA   PINILLA   

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                   

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