10091h

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 10091  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado Acta No.95   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe  de Bogotá, D. C., veintinueve de  junio de mil novecientos noventa y nueve.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  primero  de  agosto  de 1994, mediante la cual el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Bogotá  condenó  al  procesado  JAIME  ANDRES  PORRAS ROJAS a la pena principal de 5 años de  prisión,  como autor responsable del delito de homicidio simple en la modalidad  de tentativa.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                   El 5 de mayo  de  1992, al promediar la tarde, en el sector de la carrera 7a entre calles 13 y  14  de Santa Fe de Bogotá, Jaime Andrés Porras Rojas disparó su arma de fuego  contra  José  Rafael Romero Caicedo, causándole heridas en su mano izquierda y  la  región  malar derecha, que le determinaron una incapacidad definitiva de 40  días,  con  deformidad física permanente (fls.12,78,79,234).      

                      El mismo  día,  Sonia  Correa  Flórez,  esposa  de  la víctima, formuló denuncia penal  contra  Porras  Rojas  ante  la  Unidad  Especializada  de Policía Judicial del  Departamento  Administrativo de Seguridad, donde hizo el siguiente relato de los  hechos,  con  la  aclaración  posterior  de no haber sido testigo de ellos: “Mi  esposo  salía  de  la  oficina  y llegando o mejor saliendo del edificio, JAIME  ANDRES  se le vino y lo empezó a insultar y le pegó dos puños en la cara a mi  esposo  y  mi  esposo se defendió y así se fueron peliando como media cuadra y  al  momentico  mi  sindicado  sacó  un  revólver y le pegó un tiro en la mano  izquierda  y  otro  en  el  pómulo  izquierdo  a  mi esposo” (fls.3, 29).    

                   Oído Romero  Caicedo  en  declaración  juramentada, manifestó que ese día, al abandonar su  oficina  en compañía de Martha Alexandra Farfán Acosta, fue atacado por Jaime  Andrés  Porras  Rojas, quien inicialmente le propinó dos puños por detrás, y  luego,  al girar su cuerpo para indagar por lo que estaba ocurriendo, un disparo  en  la  cara  que  atravesó  primero  su mano izquierda, la que instintivamente  levantó  para  protegerse.  Al  recibir el impacto cayó al piso, habiendo sido  auxiliado  por  su  hermano  José  Oscar.  Como  testigo  de los hechos señala  también  a  José  Estewart  Díaz  Garnica, con quien asegura haberse saludado  instantes antes del ataque (fls.17).   

                   En términos  similares  declararon  Martha  Alexandra  Farfán  Acosta  (fls.31), José Oscar  Romero  Caicedo  (fls.39),  y José Stewart Díaz Garnica (fls.34,152). También  testificó  Nelson Raúl Sáenz Salcedo, quien sostiene que minutos antes de los  hechos,  Jaime  Andrés  Porras  Rojas se presentó a su oficina preguntando por  José  Rafael,  y al manifestarle que podía encontrarse en su lugar de trabajo,  afirmó  que “iba a buscar ese hijueputa para pegarle un tiro”. Luego se enteró  de                                  lo                                  sucedido  (fls.22).              

                           En  indagatoria,   Porras  Rojas  relató  que  los  problemas  con  Romero  Caicedo  empezaron  a raíz del negocio de una esmeralda que los dos adquirieron por doce  millones   de  pesos  y  luego  vendieron  en  Italia  por  una  suma  superior,  transacción  en  la  que  intervinieron  en condición de intermediarios Nelson  Raúl  Sáenz y Carlos Garzón. Vencidos los plazos convenidos para el pago, sin  haber  recibido  abono  alguno,  decidió  hablar  con  los últimos, quienes le  informaron  que parte del dinero le había sido ya entregado a su socio. Esto lo  molestó  bastante,  habiendo  sostenido un altercado con Romero Caicedo, que no  pasó a mayores.   

                     El día de  los  hechos,  en  la  carrera  7a  entre calles 13 y 14, nuevamente discutieron,  presentándose  un  intercambio  de puños, en cuyo desarrollo recibió un golpe  que  lo  hizo  caer  al  piso,  desde  donde  pudo  observar que José Rafael se  aprestaba  a  “sacar  un  arma”.  Entonces  se  llenó de pánico y sin pensarlo  desenfundó  y  disparó  su  revólver,  lesionándolo  en  una mano. Y agrega:  “…en  el  momento  en  que  yo me caigo yo le vi en la pretina una cacha negra  como  de  una  pistola  o revólver, RAFAEL intentó utilizarla pero yo disparé  primero  hacia  arriba”.  Es  falso que hubiera visitado esa tarde la oficina de  Nelson  Raúl  Sáenz  y  manifestado  que estaba buscando a Romero Caicedo para  pegarle un tiro (fls.45).   

                    Resuelta la  situación  jurídica  del  procesado  y  cerrada  la  investigación (fls.106 y  183-1),  la  fiscalía, mediante providencia de octubre 26 de 1993, la calificó  con  resolución acusatoria por el delito de homicidio agravado, en la modalidad  de  tentativa,  conforme  a lo establecido en los artículos 323, 324.7 y 22 del  Código  Penal,  decisión  que  causó  ejecutoria el 16 de noviembre siguiente  (fls.200, 210 vto).   

                        En  la  audiencia  pública,  a  instancia  de  la  defensa,  el juzgado de conocimiento  recepcionó  los testimonios de José Eduardo Mendieta Buitrago y Roger Diverney  Zapata  Arboleda, quienes afirmaron conocer al procesado y haber presenciado los  hechos,  coincidiendo  en  su  relato con éste (fls.262, 268, 269).                                  

                      Mediante  sentencia  de primero de junio de 1994, Jaime Andrés Porras Rojas fue condenado  a  la  pena  principal  de  ocho  (8)  años  de  prisión,  y  la  accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término, como  autor  responsable  del  delito  de  homicidio  agravado,  en  la  modalidad  de  tentativa,  en armonía con los cargos imputados en la resolución de acusación  (fls.291).   

                   Apelado este  fallo  por  la  defensa,  el  Tribunal  Superior, mediante el suyo de primero de  agosto  de  1994,  que ahora es objeto del recurso extraordinario, desestimó la  agravante  del  numeral  7º  del artículo 324 del Código Penal, y condenó al  procesado  a  la  pena  principal  de  cinco  (5)  años de prisión, como autor  responsable  del delito de homicidio simple, en la modalidad de tentativa (fls.3  cd. Tribunal).   

                           La  demanda.   

                        Con  fundamento  en  la  causal  primera  de  casación,  cinco  cargos  presenta  el  demandante contra la sentencia impugnada.   

                      Cargo  primero:   

                  Violación  indirecta  de la ley sustancial, debido a errores de hecho por falsos juicios de  existencia  en  el análisis de las pruebas, que llevaron al Tribunal a dejar de  reconocer en favor del acusado “un error de prohibición   

(legítima   defensa  putativa,  ficta  o  subjetiva)”,  y  por  ende  a la inaplicación de los artículos 40.3 y 29.4 del  Código Penal, y 247 de Procedimiento Penal.   

                    Sostiene  que  en  la diligencia de audiencia pública, a instancias de la defensa, fueron  recibidos  los  testimonios  de José Eduardo Mendieta Buitrago y Roger Diverney  Zapata  Arboleda,  quienes en forma conteste y coherente informaron que antes de  haber  sido  disparada  el arma se presentó una confrontación verbal y física  entre  Romero  Caicedo y Porras Rojas, y después, cuando éste se hallaba en el  suelo, aquél hizo un amague de sacar algo de la cintura.   

                      Estas  declaraciones,  que  el  juez  a  quo  calificó  de oportunistas, no merecieron  consideración  alguna  del  Tribunal,  omisión  que  lo  llevó  a  tomar  una  decisión  distinta  de la que legalmente correspondía, no siendo de recibo las  argumentaciones  del  juez,  en  el  sentido de que estos testimonios “no tienen  valor alguno” por haber sido   

traídos  a  última  hora,  puesto  que la  investigación  estableció que varias personas presenciaron los hechos, y en el  desarrollo   de   la  confrontación  difícilmente  los  contendientes  podían  identificarlos.  Esta  labor  solo  vino  a  cumplirse  después, con el tiempo,  situación  que  es bien distinta de aquella en la cual aparecen sorpresivamente  personas  afirmando  que  estuvieron  presentes, no obstante haberse establecido  que no hubo testigos.   

                      Cargo  segundo:   

                    Error de  hecho  por  falso  juicio  de identidad en la apreciación de los testimonios de  Nelson  Raúl  Sáenz  Salcedo,  Sonia  Correa Flórez, Martha Alexandra Farfán  Acosta,  José Stewart Díaz Garnica, José Oscar Romero Caicedo, y José Rafael  Romero  Caicedo, puesto que de estas probanzas no es dable obtener, como lo hace  el Tribunal, las siguientes conclusiones:    

                     -Que el  móvil  del  atentado  de que fue víctima Romero Caicedo lo constituyó, según  su  versión,  la  deuda contraída con Romero Caicedo con motivo de la venta de  la  esmeralda, pues el testigo en su primera versión, guardó silencio sobre la  aludida  obligación, y después, cuando aceptó su existencia, no le reconoció  tal connotación.    

                     -Que la  tardanza  en  el  pago de la obligación afectaba más al procesado que a Romero  Caicedo,  “siendo  comprensible  que  era  quien  mayor  motivación tenía para  comportarse   agresivamente”,  afirmación  que  además  de  no  tener  soporte  probatorio,  es  infundada,  porque si alguien tenía interés en matar a Romero  Caicedo,  no  podía  ser  Porras  Rojas,  toda vez que su muerte determinaba la  pérdida de su dinero.   

                     -Que el  procesado  insinuó  en  presencia de Sáenz Salcedo, que “iba a matar” a Romero  Caicedo,  cuando  lo afirmado, de ser cierta la versión de este testigo, es que  le  iba a pegar un tiro, lo cual pudo haber sido con el propósito de lesionarlo  simplemente.   

                     -Que la  víctima  no  esgrimió  arma  de  fuego  en contra de Porras Rojas, y que en el  proceso  no  obra  elemento de prueba alguno del que pueda inferirse que lo haya  hecho.   

                   Argumenta  que  Porras  Rojas jamás llegó a sostener que Romero Caicedo hubiera esgrimido  arma  de  fuego,  y  que,  por  petición de principio, no competía al Tribunal  entrar  a  desvirtuar esta aserción. Lo que siempre sostuvo, es que hallándose  en  el  piso,  Romero Caicedo “amagó llevarse su mano al cinto”, situación muy  diversa  a  decir  que  esgrimió  un  arma  de  fuego, como erradamente ha sido  extraído  de  su indagatoria. Lo planteado, por tanto, es una legítima defensa  putativa   (subjetiva),   que   debe   ser  considerada  en  el  ámbito  de  la  culpabilidad, no en la antijuridicidad.   

                       -Que  habiendo  el  procesado  tomado  la  decisión de atentar en contra de su socio,  resolvió  provocarlo  para  luego  dispararle,  y posteriormente aducir defensa  propia,  afirmación  que  va  más  allá  de  lo  que revela el proceso.    

                      Todas  estas  imprecisiones, resultado de la errada apreciación de la prueba, llevaron  al  fallador  a  desestimar  la  causal de justificación del artículo 29.4 del  Código  Penal  (no  planteada  por  el  acusado  ni  alegada por la defensa), e  inaplicar  la  eximente de culpabilidad prevista en el artículo 40.3 ejusdem, y  por  virtud  de  ello,  a dejar de reconocer la inocencia de Porras Rojas en una  decisión absolutoria.   

                    Pide, en  consecuencia,  casar  el fallo impugnado y, en su lugar, ordenar el reenvío del  proceso  al  Tribunal  Superior  para  que dicte la sentencia que corresponde, y  disponer la libertad provisional del implicado.   

                                                

                      Cargo  tercero:   

                                           Subsidiariamente,   plantea   violación   directa   de   la   ley  sustancial,  por  no  haber  el  Tribunal  tomado en cuenta que el procesado, al  disparar,  actuó  con  la convicción errada e invencible de estar amparado por  una  legítima  defensa,  como  causal  de  justificación,  y  haber  dejado de  aplicar, consecuencialmente, el artículo 40.3 del Código Penal.   

                    Sostiene  que  si bien es cierto su representado inició la discusión, también lo es que  Romero  Caicedo  respondió  con violencia, como lo sostienen los testigos José  Eduardo  Mendieta  Buitrago  y  Roger  Diverney Zapata Arboleda, haciendo que el  procesado  cayera  al piso, desde cuya posición advirtió el ademán amenazante  de  su  socio.  Esta  situación no fue considerada por el Tribunal, no obstante  aceptar  la  eventualidad  de  que Romero Caicedo pudiera estar armado, omisión  que  determina la casación de la sentencia, por violación directa, para que en  su lugar se dicte el fallo de reemplazo.   

                      Cargo  cuarto:   

                   De manera  también  subsidiaria,  plantea  violación  directa  de  la ley sustancial, por  inaplicación   del  artículo 60 del Código Penal, no obstante haber sido  cometido el hecho en estado de ira e intenso dolor.   

                         La  investigación    estableció    que    Romero    Caicedo   se   había   negado  sistemáticamente  a cancelar la obligación contraída con ocasión del negocio  de  la  esmeralda,  actitud que llevó al procesado a buscarlo y hacer el airado  reclamo,  sobreviniendo  la reacción violenta del primero, quien incluso llegó  a  golpearlo. Esta agresión, motivó en su representado dicho estado de ánimo,  que  fue  desconocido  por  el  Tribunal,  violando  de  esta  manera,  en forma  directa,   la ley sustancial, por falta de aplicación del artículo 60 del  Código  Penal.  Por  tanto,  debe  casarse  parcialmente  el fallo para que sea  reconocida la rebaja punitiva.        

                                                            

                      Cargo  quinto:   

                        Con  carácter   igualmente   subsidiario,  plantea  violación  directa  de  la  ley  sustancial,   por  falta  de  aplicación  del  artículo  299  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  que originariamente consagraba, para casos de confesión,  una rebaja de pena de una tercera parte.   

                    Sostiene  que  en  el  original  artículo  299  del  nuevo Código de Procedimiento y las  normas   que   lo   modificaron,   no   se  establece  como  requisito  para  el  reconocimiento  de la rebaja por confesión, que sea fundamento de la sentencia,  sino  que  basta  que  la  confesión  se  presente  para  tener  derecho  a  la  diminuente.    

                     En  el  presente  caso,  el  procesado, en su primera intervención, confesó haber sido  el  autor  del disparo, reconocimiento que lo hacía merecedor a la rebaja, pero  ni  el  Juez  de  instancia  ni  el  Tribunal aplicaron el artículo 299 citado,  violando así, en forma directa, la ley sustancial.    

                    Pide, en  consecuencia,  casar parcialmente la sentencia recurrida, para que se aplique la  rebaja de pena reclamada.   

                    Concepto  del Ministerio Público.   

                         El  procurador  Segundo  Delegado  en  lo  Penal  analiza de la siguiente manera los  reparos propuestos:   

                     Cargos  primero  y  segundo: Asegura que el casacionista, en  lugar  de  demostrar  los  errores  de  hecho  por falsos juicio de existencia e  identidad  denunciados, se dedica, en indistinto criterio subjetivo, a discrepar  del  valor  otorgado por el Tribunal a la prueba, ataque que resulta inatendible  en  sede  extraordinaria,  como  quiera  que conforme a nuestro sistema procesal  penal  los medios de persuasión no están sujetos a tarifa legal, y por ende el  juzgador  está  facultado  para  apreciarlos  racionalmente  de  acuerdo  a los  dictados de la sana crítica.   

                        Con  referencia   al   primer   reproche,   afirma  que  el  censor  incurre  en  una  equivocación  adicional  al invocar la estructuración de un error de hecho por  falso  juicio  de  existencia,  originado  en  la  falta  de apreciación de los  testimonios   de  José  Eduardo  Mendieta  Buitrago  y  Roger  Diverney  Zapata  Arboleda,  y  a  renglón  seguido reconocer que el juzgado de primera instancia  los  apreció,  aunque  para  desestimarlos, puesto que olvida que los fallos de  primera  instancia  conforman  una  unidad  inescindible,  y que las pruebas que  afirma  ignoradas,  realmente no lo fueron, imponiéndose, por tanto, el rechazo  de estos dos reproches.    

                      Cargo  tercero:  Considera  que  este  reparo,  además  de  infundado,  adolece  de  inconsistencias  técnicas en su formulación. Recuerda  que  el  ataque por violación directa de la ley, impone para el casacionista la  obligación  de aceptar los hechos tal y como fueron declarados en la sentencia,  supeditándose  la controversia al campo jurídico, con abstracción del aspecto  fáctico o probatorio de la decisión.   

                         No  obstante  estas  claras directrices de carácter técnico, el censor sustenta el  reparo  en  consideraciones  fáctico  probatorias diametralmente opuestas a las  plasmadas  por  el ad quem, con manifiesta tendencia a contradecir las críticas  hechas  al  contenido  de  las pruebas, circunstancia que ab initio determina la  improsperidad del cargo.   

                     Si  lo  pretendido  por  el  actor  era demostrar que el acusado actuó amparado por una  causal  de  inculpabilidad,  precisamente  la  regulada en el artículo 40.3 del  Código  Penal,  ha  debido  enderezar  el  ataque  por  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  en  tanto  esta vía le brindaba la oportunidad de  controvertir el fundamento probatorio del fallo.   

                      Cargo  cuarto:   Afirma   que   el  demandante,  en  forma  desatinada,  e  incurriendo  en  el mismo error anterior, se dedica a cuestionar  los  aspectos  fáctico probatorios de la decisión, que nada tienen que ver con  la  “causal” alegada, para terminar afirmando que se estructuran a cabalidad los  elementos   constitutivos   de  la  aminorante  del  artículo  60  del  Código  Penal.   

                      Cargo  quinto:   También   en   este  reproche  el  actor  desatiende  dictados  mínimos de técnica casacional, imponiéndose, por tanto,  su  desestimación. La invocación como vía de ataque de la violación directa,  tendría  razón  de  ser  si  el  fallo  hubiera  afirmado la existencia de los  elementos  constitutivos  de  la atenuante por confesión, y no hubiera aplicado  la  rebaja  establecida en el artículo 299 del estatuto procesal, pero es claro  que esta situación no se presentó en el caso específico.   

                   Agrégase  a  lo  dicho  que  el  procesado,  lejos de confesar, se ha dedicado a desplazar  cualquier  compromiso  de responsabilidad penal, invocando la estructuración de  una  causal  de justificación, cuando no de inculpabilidad, en contravía de la  verdad procesal.   

                                           Consecuente  con  sus  planteamientos  sugiere  a  la   Corte  rechazar   las  censuras  analizadas  y,  en  consecuencia,  mantener  el  fallo  impugnado.   

                         SE  CONSIDERA:   

                         1.  Inaplicación   del   artículo  40.3  del  Código                                                      Penal (Haber realizado el hecho con la  convicción                     errada e  invencible  de  que  está  amparado  por una                             causal de justificación).   

                         La  violación  de  esta  norma  de  derecho  sustancial,  por falta de aplicación,  constituye  el  fundamento  jurídico  de  los  tres primeros cargos. Por tanto,  serán  estudiados  dentro de este acápite, no sin dejar de advertir que en los  primeros  la  propuesta de ataque ha sido encauzada por la vía de la violación  indirecta,  mientras  en  el  último  viene  subsidiariamente  orientada por la  directa.   

                       1.1.  Falso juicio de existencia por falta de                        apreciación de los testimonios  de    José   Eduardo                               Mendieta    Buitrago    y    Roger   Diverney   Zapata.   

                         La  estructuración  de  este  yerro  es desvirtuada por el propio demandante cuando  sostiene  que  el  juez  a  quo  apreció  los  citados  testimonios,  pero  los  desestimó  por  considerar  que  no  ameritaban  credibilidad, pues esto quiere  decir  que fueron materialmente contemplados, en manera alguna ignorados como lo  propugna el actor.   

                    El error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  en  la  modalidad de omisión, se  presenta   cuando   el   juzgador    deja  de  considerar  una  prueba  que  materialmente  existe  en  el  proceso,  no  cuando  habiéndola  apreciado,  la  desestima,  porque  no  cumple  las  condiciones  legales  de  incorporación al  proceso,  o  porque  no  resulta  convincente frente a los postulados de la sana  crítica, como habría ocurrido en el presente caso.   

                  Tampoco se  estructura  cuando  las  pruebas  han sido analizadas en la sentencia de primera  instancia,  y dejado de serlo en la de segundo grado, o viceversa, pues para los  fines  del  recurso extraordinario estas decisiones forman una unidad jurídica,  cuyos  contenidos  se integran recíprocamente, no siendo técnicamente válido,  por tanto, escindir el fallo, para efectos de sustentar el ataque.   

                     No  es  cierto,  por  lo  demás,  que el Tribunal haya dejado de apreciar los referidos  testimonios,  como  puede verse en los siguientes apartes del fallo, donde alude  de  manera  expresa  a  su  contenido y mérito persuasivo, dentro del análisis  conjunto  que  hizo de los elementos de prueba, y que le permitió desvirtuar la  existencia  de  la  causal  de  justificación  alegada  por  la  defensa:    

                   “Si se le  desconoce  credibilidad  a  Martha Alexandra Farfán Acosta, José Stewart Díaz  Garnica  y  José Oscar Romero Caicedo en cuanto a la manera como se desarrolló  el  incidente  investigado  y  se  llega  a  aceptar  la  versión del procesado  y de los declarantes José Eduardo Mendieta Buitrago  y  Roger  Diverney  Zapata  Arboleda  acerca  de que  PORRAS  ROJAS  disparó  hallándose  sentado  en  el  piso  tras  de recibir un  puñetazo  de Romero Caicedo, existe, a nuestro juicio, una circunstancia que de  todos  modos  desvirtúa la aserción del procesado en el sentido de que vio que  Romero  Caicedo  pretendió esgrimir un arma de fuego que portaba en la cintura:  la  de  que  nadie ha dicho que efectivamente el último haya llegado a tomar en  su  mano  la  supuesta arma, la que, por tanto, habría tenido a la vista de los  (sic)  circunstancias  en  el  momento  en  el  cual  recibió  el  disparo  que  amortiguó  afortunada  e instintivamente con su mayo izquierda y habría caído  al  piso  con  él  cuando  el  afectado  se desplomó por las consecuencias del  impacto recibido” (fls.11 cd.Tribunal. Subrayas fuera de texto).   

                   El cargo,  por  consiguiente,  resulta infundado.                                     

                       1.2.  Falsos   juicios   de   identidad  por  distorsión                                de los  testimonios  de  Nelson  Rafael Sáenz                                  Salcedo,   Sonia   Correa   Flórez,   Martha  Alexandra                       Farfán  Acosta,  José  Oscar  Romero Caicedo y José                             Rafal      Romero      Caicedo.   

                   Razón le  asiste  al  Procurador  Delegado  cuando sostiene que el actor, en el desarrollo  del  cargo, abandona su propuesta de ataque inicial para dedicarse a disentir de  la  valoración  que  los  juzgadores  de  instancia hicieron del mérito de los  elementos  de  prueba, y de las construcciones e inferencias lógicas realizadas  a  partir  de  su  contenido,  haciendo  que  la censura derive en un alegato de  crítica    libre,    propio    de    instancia,    no    procedente   en   sede  extraordinaria.   

                    El error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  originado  en  la  distorsión del  contenido  material  de  una  determinada  prueba,  imponía  demostrar  que los  juzgadores   extrajeron  de  ella  expresiones  que no contiene, y el error  derivado  de  desaciertos  en  la valoración de su mérito persuasivo, obligaba  acreditar  que  la  valoración  realizada  por  ellos no correspondía a la que  imponen  los  postulados  de la lógica, la ciencia o la experiencia, nada de lo  cual intenta probar la demanda.   

                         El  casacionista,  como  se  dejo  visto  en el resumen del libelo, se refiere a las  conclusiones  obtenidas  por  los juzgadores en el análisis y valoración de la  prueba  en  su  conjunto,  para  sostener  que  varias  de ellas no surgen de su  contenido,  pero  lo  que  realmente  hace  es  anteponer  a  los argumentos del  Tribunal,  los  suyos propios, olvidándose de una regla elemental en dogmática  casacional,  cual  es que el error susceptible de ser atacado en esta sede surge  de  la falta de correspondencia entre el contenido de la sentencia y la voluntad  de   la   ley,   no  de  la  diferencia  de  criterios  con  el  fallador,  como  equivocadamente lo entiende el recurrente.   

                   Al margen  de  las inconsistencias técnicas anotadas, debe decirse que las conclusiones de  los  juzgadores  de  instancia  sobre  la  forma como ocurrieron los hechos y la  responsabilidad  penal del procesado, encuentran sólido respaldo en la realidad  probatoria,  razón  por  la  cual,  el  cargo, además de antitécnico, resulta  infundado.   

                             

                       1.3.  Violación   directa.   

                    A partir  de  una  valoración  probatoria  distinta  de la que sirvió de fundamento a la  sentencia   impugnada,   y  con  el  entendido  de  haber  ocurrido  los  hechos  investigados  en  las  circunstancias  relatadas por el procesado y los testigos  José  Eduardo  Mendieta  Buitrago  y  Roger  Diverney  Zapata  Arboleda,  cuyas  versiones  fueron  desestimadas  en los fallos de instancia, el demandante asume  que  se violó de manera directa la ley sustancial, por falta de aplicación del  artículo 40.3 del Código Penal.   

                       Este  planteamiento,  ab  initio, resulta contrario a los requerimientos técnicos del  recurso,  pues  cuando  se invoca esta forma de violación, el casacionista debe  tomar  los  hechos  en  la  forma  como  se  declararon probados en la sentencia  impugnada  y,  a  partir  de  allí,  demostrar  que  se  presentó  un error de  contenido  estrictamente  jurídico,  originado  en  la  falta  de  aplicación,  aplicación  indebida  o  interpretación  errónea  de  una  norma  de  derecho  sustancial,    exigencia    que    el    actor,    en    el    presente    caso,  desatiende.   

                         Su  propuesta  de  ataque, en el sentido de que los juzgadores dejaron de aplicar el  artículo    40.3    del    Código    Penal,    desconoce    los    fundamentos  fáctico-probatorios  de  la  decisión  de condena, pues se estructura a partir  del  relato  que  de los hechos hicieron los testigos Mendieta Buitrago y Zapata  Arboleda,  cuyas  afirmaciones,  como  se dejó visto, fueron desechadas por los  juzgadores.     

                         El  sustento  probatorio de la decisión impugnada lo constituyen los testimonios de  José  Rafael  Romero  Caicedo,  Martha  Alexandra Farfán Acosta, José Stewart  Díaz  Garnica  y  José  Oscar  Romero  Caicedo,  frente  a  los cuales resulta  abiertamente   impertinente   proponer   el   reconocimiento  de  la  causal  de  inculpabilidad     prevista     en     el    artículo    40.3    del    Código  Penal.        

                    El cargo  no prospera.   

                         2.  Violación  directa  por  falta  de  aplicación del                              artículo  60 del Código Penal.   

                    De nuevo  el  demandante,  con total desapego de los requerimientos técnicos de la causal  de  casación  propuesta,  y  la  forma  de violación invocada, hace derivar el  error  de  equivocaciones  en  la  apreciación  de  los medios de prueba,   concretamente  de  las  versiones de la denunciante Sonia Correa Flórez, esposa  de  la  víctima,  y el procesado, desviando de esta manera la censura hacia una  eventual    violación    indirecta    de   la   ley,   que   en   modo   alguno  demuestra.   

                     Tampoco  por  la  vía directa tiene vocación de prosperidad el ataque, pues el fallo no  reconoce  que el procesado haya actuado en estado de ira o intenso dolor causado  por  comportamiento  grave e injusto, ni de su contenido resulta posible inferir  que  lo  haya  hecho,  como para pensar que el juzgador violó la ley sustancial  por   falta   de   aplicación   del  referido  precepto,  como  lo  plantea  el  demandante.      

                         Se  desestima por consiguiente la censura.   

                         4.  Violación  directa  por  falta  de  aplicación del                              artículo  299 del Código de Procedimiento Penal.   

                        Del  contenido  de  la  sentencia  claramente  se  establece  que  los  juzgadores no  afirmaron  la presencia de los presupuestos requeridos para el reconocimiento de  la  rebaja  de  pena  prevista  en el artículo 299 del Código de Procedimiento  Penal,  ni  reconocieron  implícitamente su estructuración, razón por la cual  resulta  contrario  a  las directrices técnicas del recurso plantear violación  directa de la ley sustancial por inaplicación del citado precepto.   

                  Además de  esta  inconsistencia  en  la  selección  de la vía de ataque, la confesión no  cumple  las exigencias legales para la procedencia de la rebaja punitiva, por no  haber constituido fundamento de la condena.   

                    La Corte  en  reiterados pronunciamientos ha sostenido que este requerimiento sigue siendo  necesario  y  estructural en la regulación legal del instituto, aunque el texto  de  la  disposición  expresamente  no lo mencione, puesto que una tal rebaja de  pena  solo  es  entendible  y  justa  si  la  confesión  reporta  utilidad a la  investigación,  toda  vez  que no se trata de conceder beneficios gratuitos. Y,  en  el  caso  objeto  en  estudio,  es  claro  que la “confesión” del procesado  ningún  aporte  significó  en  orden  a  la  definición de su responsabilidad  penal.    

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Segundo Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                               JORGE  ANIBAL GOMEZ GALLEGO                           

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA           EDGAR  LOMBANA TRUJILLO          

MARIO           MANTILLA  NOUGUES          CARLOS E. MEJIA ESCOBAR   

                                   NILSON   PINILLA   PINILLA   

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                                                                                               

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