16973(09-04-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    República de Colombia  

         

Corte Suprema de Justicia  

Proceso No 16973  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 39  

         Bogotá,   D.   C.,   nueve   (09)   de   abril   de  dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

         Contra  el  doctor  Fredy Alfonso Rivero  Razgo  cursaban  dos procesos en el Tribunal Superior  de  Valledupar  por sendos delitos de peculado culposo, los que remitidos a esta  Corporación  fueron  radicados  bajo  los números 16.973 y 18.734 y, según se  infiere  de  la  providencia  del  25  de julio de 2001 (fl. 408, C. 2, radicado  18.734), los mismos fueron acumulados.   

         Por  ello,  la  Sala  procede  a  resolver, de manera conjunta, los  recursos    de    apelación    interpuestos    por   el   doctor   Rivero  Razgo contra las providencias del  22  de  noviembre  de  1999  y 25 de julio de 2001 por las cuales el Tribunal no  declaró las nulidades solicitadas.   

ANTECEDENTES  

         1°)  Los  días  13  de  abril  y  seis  de  junio de 1997, fueron  entregadas  a  la  Fiscalía Octava Seccional de Valledupar, cuyo titular era el  doctor   Fredy   Alfonso   Rivero  Razgo,  dos  armas de fuego incautadas, respectivamente, a ISMAEL DARÍO  MELGAREJO  ZULETA  y  DANILSON  RAFAEL  JULIO  SALGADO,  sin  que  las mismas se  enviaran  en custodia a las autoridades militares o de policía y, dejadas en el  despacho    judicial,    el    24    de   julio   siguiente   se   detectó   su  pérdida.   

         En  desarrollo  de  la investigación iniciada, el 15 de septiembre  de  1999  se  profirió  resolución de acusación contra el doctor Rivero  Razgo  como autor de un concurso  de  delitos  de  peculado culposo (fl. 338, C. 2), decisión que, recurrida, fue  confirmada el 25 de noviembre de ese año (fl. 3, C. F. C.).   

         2°)  Por  su  parte,  el cinco de febrero de 1997, el señor JORGE  ELIÉCER  OÑATE  PÉREZ,  empleado de la Fiscalía, denunció la pérdida de un  revólver  que  el  28  de  junio de 1996 se recibió como elemento dentro de un  proceso  por  la  muerte  de  ARMANDO CARDOZO MORALES, objeto que, a la vez, fue  dejado  a órdenes del doctor Rivero Razgo, por entonces Fiscal 15 Seccional.   

         El  proceso  que  se  originó con esta denuncia, culminó el 27 de  mayo  de  1999  con  resolución  de  acusación  contra  el doctor Rivero  Razgo  por el delito de peculado  culposo  (fl.  414),  decisión apelada y confirmada por un Fiscal Delegado ante  esta Corporación el 18 de agosto siguiente (fl. 3, C. F. C.).   

         3°)      Las     solicitudes     de  nulidad   

         El    doctor   Fredy   Alfonso   Rivero  Razgo   elevó  sendas  peticiones  de  nulidad  que  sustentó con las siguientes razones:   

         3.1°) En el primer caso expuso:   

         a)  Se violaron los derechos al debido proceso, igualdad y defensa,  porque  la  responsabilidad  en  el  cuidado  de las armas era compartida con el  empleado  JORGE  OÑATE PÉREZ, a quien no se vinculó, con lo que se infringió  el   artículo   88   procesal,   vigente  en  ese  entonces,  sobre  la  unidad  procesal.   

         b)  Se  le  privó  de la oportunidad de demostrar su inocencia con  base  en  que  otra persona, OÑATE PÉREZ, fue la que omitió el comportamiento  que  derivó  en  la  pérdida  de  los  objetos,  pues fue quien los recibió y  guardó.   

         c)  La  resolución  de acusación omitió el mandato del artículo  254-2  del  Código  de Procedimiento Penal de 1991, porque no valoró todas las  pruebas,  al  no  considerar  que  desde  que  ordenó  abrir investigación las  diligencias  no  regresaron  a su despacho para que decidiera sobre la remisión  de  las  armas.  Tampoco  se  suministraron  las  razones  por  las  que  no  se  compartían sus alegatos.   

         d)   No  se  apreció  que  su  despacho  no  contaba  con  lugares  apropiados   para   guardar  elementos  y  que  las  directivas  de  la  entidad  certificaron  sus  esfuerzos para cambiar las cerraduras de su oficina, a lo que  no   se  accedió  por  falta  de  presupuesto.  Tampoco  fueron  valoradas  las  diligencias  realizadas  ante  el  batallón  militar  para  que  recibiera  los  objetos,  pues  se negaba a hacerlo, las versiones que daban cuenta de pérdidas  posteriores en otros despachos, ni la inspección judicial.   

         3.2°)  En  el  segundo  caso  transcribió  en  forma  literal los  anteriores argumentos, a los que adicionó:   

         a)  También  ha debido vincularse a otro fiscal, ALBERTO AROCA, y,  como   no   se   hizo,   se   violaron   el  debido  proceso  y  el  derecho  de  defensa.   

         b)  En la acusación se desconoció que eran los subalternos, no el  funcionario,  quienes  tramitaban remisiones de procesos y elementos, además de  que    había    una    empresa    de    vigilancia    privada    que   imponía  seguridad.   

         c)  Se  infringió  el  artículo  438  procesal  entonces vigente,  porque   no   se   le   notificó   de   manera   personal   la  resolución  de  cierre.   

         

LAS PROVIDENCIAS RECURRIDAS  

         Negaron  la  declaratoria de nulidad, con soporte en las siguientes  razones:   

         1°) La de noviembre 22 de 1999 expuso:   

         a)  El  peticionario  no  demostró  que  la  no  vinculación  del  empleado  JORGE  OÑATE  PÉREZ redundó en perjuicio suyo, además de que éste  rindió testimonio, el cual pudo controvertir.   

         b)  En  el  delito  de  peculado  culposo,  la violación del deber  objetivo  de cuidado de un agente no excluye la culpa de otro, pues se admite la  concurrencia de estas formas de culpabilidad.   

         c)  La unidad procesal no es de carácter absoluto y es válido que  por  separado  se investiguen otras personas en relación con la misma conducta;  además,    quien    puede   verse   afectado   en   su   defensa   es   el   no  vinculado.   

         d)  La  resolución  de  acusación sí cumplió con los requisitos  legales,   pues   respondió  sus  pretensiones  y  valoró  todas  las  pruebas  allegadas,    si    bien   en   sentido   contrario   al   doctor   Rivero   Razgo,  quien  sólo  pretende  oponer  su  criterio al del funcionario judicial, lo que no constituye motivo de  nulidad.   

         2°) La de julio 25 de 2001 argumentó:   

         a)  La  no  vinculación  de  un  partícipe  puede  invocarla como  nulidad  quien  no  tiene acceso al proceso, luego el acusado carece de interés  jurídico para hacerlo.   

         b) La culpa de un sindicado no excluye la del otro.   

         c)  Si  bien  no  se  notificó  la  providencia  de  clausura,  el  recurrente  presentó  alegatos  previos  a la calificación, se notificó de la  acusación y la impugnó, luego convalidó el yerro.   

         d)  La  nulidad  se pretexta exclusivamente para oponer su criterio  personal al de la Fiscalía sobre la incidencia de las pruebas.   

LAS IMPUGNACIONES  

         El  doctor  Fredy  Alfonso  Rivero Rasgo  apeló  los dos autos, reiterando que debe declararse  la     nulidad     según    los    planteamientos    que    se    reseñan    a  continuación:   

         1°)   Respecto   de   la  providencia  de  noviembre  22  de  1999  expuso:   

         a)  Escuchar en declaración al empleado JORGE OÑATE no corrige la  irregularidad,  porque  no  es  lo  mismo  rendir  versión  bajo el apremio del  juramento  que sin él, y como a esta persona se le trasladó la responsabilidad  en  el  cuidado  de  las armas, su no vinculación afectó el derecho de defensa  del acusado.   

         b)  No  se  apreciaron  las  certificaciones  de  los directores de  Fiscalía,  del  Cuerpo  Técnico  de  Investigación  y  Administrativo  de  la  institución,  las  declaraciones  de  WILSON  SOLANO,  MARIBETH CÓRDOBA y OLGA  DOMÍNGUEZ,  ni la inspección judicial, elementos que acreditaban que por falta  de  presupuesto  no  se  atendieron  pedidos  de  cambio  de  guardas,  que  las  guarniciones  militares  no  recibían  las  armas, que existía un “armerillo”  pero  para  uso exclusivo del C. T.  I.,  y  que con anterioridad no se presentaron hechos similares. Así, se faltó  al  debido  proceso,  que  impone  la  medida  de nulidad, máxime que a ciencia  cierta    no    sabe    qué   pruebas   se   tuvieron   en   cuenta   para   la  acusación.   

         2°)  Sobre  el  auto de  julio 25 de 2001 planteó los mismos  argumentos.   

CONSIDERACIONES  

        La  Sala abordará el estudio de las providencias recurridas dentro  de  los  lineamientos  del  artículo  217  del  Código  de Procedimiento Penal  anterior  (204 del actual), esto es, se contraerá a revisar los aspectos objeto  de inconformidad.   

Del auto de noviembre 22 de 1999  

        1.  De  los  principios que orientan la declaratoria de nulidades y  su  convalidación,  reglados  en  el artículo 308 del Código de Procedimiento  Penal  derogado  (310  del  vigente)  se  desprende  que  la invalidación es un  remedio  extremo,  al  que  sólo  debe acudirse cuando no exista otra vía para  corregir  la  irregularidad.  Al  respecto,  no  debe  desconocerse  el  mandato  superior  de  la prevalencia del derecho sustancial sobre las simples formas, de  donde  surge  que  si  el  yerro no afecta las bases fundamentales de un proceso  como  es  debido  ni el derecho a la defensa, no hay lugar a anular el trámite,  como  tampoco  si  quien  se  dice perjudicado coadyuvó el acto defectuoso o lo  convalidó.   

        2.  La  primera  queja  del doctor Rivero  Razgo  radica  en que la no vinculación del técnico  judicial  asignado,  JORGE  OÑATE  PÉREZ,  y de otro funcionario que de manera  ocasional  estuvo  a  cargo  de  su  despacho,  el doctor ALBERTO AROCA VERGARA,  comporta  atentados  a  las  garantías  de defensa y debido proceso, lo cual no  tiene  soporte jurídico, pues el que se esgrime apunta al desconocimiento de la  unidad  procesal,  pero  deja  de lado que si bien existen normas procesales que  ordenan  que  por  cada  conducta  punible  debe adelantarse una sola actuación  procesal  (artículos  88  y 89, derogado y actual, respectivamente), las mismas  disposiciones  permiten  la  posibilidad de apartarse de esa regla general, como  que  dejan  a  “salvo las  excepciones  constitucionales o legales”,  dentro  de  las  cuales  cabe señalar que el legislador previó  como  causales de ruptura de esa unidad, entre otras, cuando se opte por cierres  parciales  o  la  resolución  de  acusación  no  comprenda todos los delitos o  partícipes  (artículos  90  y  92).  “La  ruptura  de  la  unidad  procesal  -dice  el  artículo  89 (88  anterior)-    no    genera    nulidad   siempre   que   no   afecte   garantías  constitucionales”.   

        3.  La  versión  del  señor JORGE ELIÉCER OÑATE PÉREZ no sólo  obra  con  la  debida antelación dentro de lo actuado, sino que su denuncia fue  la  que dio origen a uno de los procesos (radicado 16.973), de donde resulta sin  soporte  que  su  no  vinculación  afectara  el derecho de defensa del acusado,  porque  lo  que  a  esta  garantía superior interesaba era la publicidad de ese  medio  de  prueba y su posibilidad de contradicción, y, en esas condiciones, no  puede  siquiera  insinuarse  lesión  al  respecto.  Lo  propio debe decirse del  testimonio  del  doctor  JORGE ALBERTO AROCA VERGARA que desde el 25 de enero de  1999 figura en la actuación (fl. 215, C. 1, radicado 18.734).   

        4.  Carece  de lógica pretender que el derecho de defensa respecto  de  las  dos versiones citadas sólo podía ejercerse si estuvieran plasmadas en  diligencias  de  indagatoria, que no en declaraciones juradas como se allegaron,  pues  son  inadmisibles  especulaciones  alusivas  a  que  quienes rindieron los  relatos  habrían de mentir, o no, según la forma en que fueran escuchados. Por  el  contrario,  razonando en el mismo sentido del recurrente, podría concluirse  que  quien  habla  bajo  la  gravedad  del  juramento tiende a narrar la verdad,  porque  no  hacerlo  puede  significarle  una  imputación por falso testimonio,  aspectos  conocidos  por  los  señores  AROCA  VERGARA y OÑATE PÉREZ, dada su  condición de servidores judiciales.   

        5.  Ninguna  afectación  en sus garantías, por la no vinculación  de  otras  personas  que  en  apariencia  son partícipes en el delito, sufre la  persona  legalmente  vinculada,  siempre que, como en el evento en estudio, haya  contado  con  todas  las  oportunidades  de  controversia. De presentarse alguna  lesión,  ella  sólo  puede  pregonarse  sobre  quienes no han sido llamados de  manera  oportuna  a  responder  por  los  cargos en su contra; de tal manera que  quien  no  se  encuentra  en esas condiciones, carece de interés jurídico para  reclamar una solución por una irregularidad que no lo afecta.   

        6.  Nótese,  además,  que  los pliegos de cargos no se soportaron  exclusivamente  en  la  falta  de  cuidado  físico sobre los objetos dentro del  despacho  judicial, sino en la inobservancia del fiscal acusado al mandato legal  del  artículo  95  del decreto 2.535 de 1993, que le imponía el deber, a él y  no  a  su  empleado,  de  poner  las  armas  bajo  el control de las autoridades  militares  o  de  policía, según el criterio de los acusadores. Por manera que  sobre  esta  circunstancia  generadora  de  culpa, en nada habrían incidido las  explicaciones del colaborador.   

        7.  El argumento de que puede incurrirse en decisiones “antagónicas”,  ante  la orden de compulsar copias  para  investigar  por  separado  a  los  testigos, olvida que la responsabilidad  penal  es  individual,  y  que  los cargos imputados por el instructor al doctor  Rivero  Razgo derivan de su  inobservancia  del  deber  objetivo  de  cuidado  respecto  de los elementos que  fueron  dejados  a su disposición, en tanto que la de los restantes servidores,  si  fueran  hallados  culpables,  surgiría  exclusivamente  de sus particulares  deberes y personales actuaciones negligentes.   

        8.    Relaciona   el   recurrente   unos   elementos   de   juicio,  certificaciones  de  los directores Administrativo y Seccional de la Fiscalía y  declaraciones  de  FELIPE GUERRERO, EFRAÍN APONTE MARTÍNEZ, MARIBERTH CÓRDOBA  y  OLGA  DOMÍNGUEZ,  que,  dice,  no  fueron  evaluados  en  la  resolución de  acusación,  con  infracción  del  artículo 442-2 del Código de Procedimiento  Penal  derogado  (398-2  del  vigente),  por  cuanto  sobre  ellos  no  hubo una  “indicación     y  evaluación   de   las   pruebas   allegadas   a  la  investigación”.   

        Si  bien  es  cierto que el pliego de cargos del 27 de mayo de 1999  (radicado  16.973)  no  enuncia  de  manera  concreta cada uno de esos medios de  convicción,  lo  cierto  es que fueron estimados para la decisión adoptada. En  efecto,  a  voces  del  recurrente, esas pruebas demostraban que no habían sido  atendidos  sus  reclamos  para  dotar  de  seguridad  a  su  despacho,  que  las  guarniciones  militares no recibían las armas y por ello resultaba necesaria la  intervención  del  Director,  para  que,  además,  acataran lo pedido y que el  sitio de ubicación era de difícil acceso al público.   

        Si  eso  acreditaban  las pruebas que el impugnante dice omitió el  pliego  de  cargos  del  27  de  mayo  de  1999,  la lectura de éste muestra la  sinrazón   del  doctor RIVERO, porque allí se enfatiza -con independencia  del  acierto  o  desacierto  de  la  afirmación-  que  la pérdida de las armas  obedeció  a  que  el  funcionario acusado no cumplió su deber legal de remitir  los  objetos  a  las  guarniciones militares o de policía, esto es, que fue esa  omisión  la  que “generó  la  situación  de  peligro  que  se concretó en el resultado conocido, sin que  exista  prueba  alguna  de  que al menos se hubiera intentado la remisión a las  autoridades,   y   que   éstas   hubieran   omitido   recepcionarla”  (fl. 421), en tanto que la falta de  seguridad  de  su  despacho  con mayor razón lo obligaba -dice la acusación- a  ordenar  la inmediata remisión. Estas explicaciones resaltan que los aspectos a  que  aluden  aquellos  elementos de juicio sí fueron apreciados y, de ellos, el  acusador  coligió  -con razón o sin razón- que se tornaba aún más imperioso  acatar el mandato legal.   

        Tampoco  es verdad que las pruebas recaudadas luego de la medida de  aseguramiento  y  las  pretensiones defensivas previas a la acusación no fueran  evaluadas  en  el calificatorio. Basta reseñar que en la acusación se lee que,  tras      esa      decisión,     se     practicaron     varias     “pruebas …, es así como se escuchan  testimonios,   se   practica   inspección   judicial,  se  allegan  documentos,  etc.”,  elementos que en  sentir    del    fiscal    a   quo   “no   varían  la  situación  jurídica  del  sindicado”  (fl. 424), para concluir que sí se  actuó  en  el  sentido  que se dice omitido, pero también cuando se agrega que  “El   imputado  en  el  escrito  hace  una  síntesis  de  la  actuación  procesal:  invoca las pruebas  practicadas  con posterioridad a la definición de la situación jurídica, para  finalmente  alegar  que  no cometió el hecho, o … (que) se encuentra amparado  por    causal    de    inculpabilidad” (fl. 425).   

        A   partir  de  las  pretensiones  del  recurrente,  el  instructor  realizó   un   análisis   que   lo   llevó   a   colegir   que   “la  causa o razón principal para que  el   arma   se   perdiera   estuvo   en   la   omisión  del  Fiscal”,       quien       “tenía  conocimiento  de  que  en  su  despacho  no  existía  un  lugar  adecuado  para  guardar armas, su oficina era  vulnerable,  en  el sentido de que resultaba fácil el acceso a ella” (fl. 425).   

        En  consecuencia, sí hubo respuesta concreta a lo planteado por el  acusado,  máxime  que  se agregó que “no   podían   generarse   consecuencias   de   orden  ‘subjetivo  que  llevaran  a  creer al  funcionario    que    ese    era    un    sitio   realmente   seguro’,     como     lo     dice     el  imputado”,  con  todo lo  cual     se     concluyó    que    “resulta  ilógico  que  hubiera  actuado amparado por la causal 4ª  del  artículo  40 del código penal, es decir, la teoría del error que en este  evento    no    tiene    aplicación”  (fl.  426),  cual  era  la  pretensión  del  doctor Rivero Razgo.   

        Como  lo reprochado no es cierto, no prosperan las pretensiones del  impugnante,  y  por  ello  se  confirmará  la decisión en lo que fue objeto de  apelación.   

De   la   providencia  de  julio  25  de  2001   

        1.  Respecto de la no vinculación de otros posibles partícipes en  el  hecho,  la  Sala  se  remite  a la respuesta solicitada en  el anterior  aparte,  pues las versiones reclamadas por el recurrente obran en la actuación,  con  lo  cual ha podido ejercer controversia sobre ellas, que es lo que interesa  a  su  defensa,  y  resulta una simple conjetura, sin soporte alguno, argumentar  que  se  declara,  o  no,  la  verdad,  según  se  haga  bajo  juramento  o sin  él.   

        2.  La  mención  que,  tanto en la petición de nulidad como en el  escrito  de  apelación,  se  hace respecto de la no valoración integral de las  pruebas  es  genérica  y  se  soporta  en simples apreciaciones de que eran los  subalternos,   no   el   funcionario,  los  encargados  de  remitir  procesos  y  expedientes,   olvidando,  como  ya  apuntó  la  Sala,  que  la  deducción  de  responsabilidad  se  basó  en  no  cumplir  con  su  deber  legal de ordenar la  remisión  de  las  armas  a  una  estación militar, tarea que, se asevera, era  exclusiva del Fiscal, y no de su colaborador.   

        3.  No  es  cierto,  además,  como  se  plantea en el memorial que  postuló  la  nulidad  -no  así  en  el de sustento de la apelación, en el que  sólo  se  hicieron  enunciados genéricos- que no se valorara la certificación  de  la  Jefe de la Oficina de Asignaciones, pues el pliego de cargos alude a ese  documento,  si bien no especifica el nombre de la funcionaria (fl. 344, radicado  18.734).  Tampoco concuerda con la verdad referir que no se estimó el dicho del  Director  Administrativo  y Financiero, pues si el mismo aludió, como se lee en  la  petición  de  invalidación, a la existencia de vigilancia por parte de los  miembros  del  C.  T.  I.,  sí fue apreciado por el pliego de cargos (fl. 345),  así no se mencione a quien suministró esa información.   

        4.   Tampoco  asiste  razón  al  impugnante  respecto  de  que  la  resolución  de  acusación no atendió sus alegatos, pues, luego de una reseña  de  sus  pretensiones,  que  se  centraron  en  su no culpabilidad por cuanto su  empleado  no  cumplió sus órdenes, a ello se dio expresa respuesta a partir de  folio 341.   

         

        Cabe  precisar  que  el  pliego  de  cargos del 15 de septiembre de  1999,  como el anterior, en lo fundamental también se soportó en que no acatar  la  orden  legal de remitir el arma a dependencias militares o policivas, fue lo  que  generó  su  extravío,  excluyéndose  la  pretensión  de exoneración de  culpabilidad    alegada   por   el   doctor   Rivero  Razgo  amparado en un error de prohibición (fl. 338,  C.  2,  radicado  18.734),  argumentos en los que insistió la segunda instancia  (fl.  3,  C.  T. C.), lo cual pone de presente que sus razones sí se valoraron;  cosa  distinta  es  que  no  se  acogieran,  lo  cual  no  constituye  causal de  nulidad.   

        Se confirmará la providencia en lo que fue apelada.   

        En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

        Confirmar los autos impugnados.   

        Notifíquese y cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE E.  CÓRDOBA    POVEDA                        

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS            CARLOS A.  GÁLVEZ     ARGOTE                                                           

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ GALLEGO              ÉDGAR  LOMBANA     TRUJILLO                     

CARLOS   E.  MEJÍA  ESCOBAR                              NILSON    E.    PINILLA  PINILLA                        

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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