SP14966-2016(45692)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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Magistrada Ponente  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

SP14966-2016  

Radicación N° 45.692  

(Aprobado Acta Nº 330)  

Bogotá  D.C., diecinueve (19) de octubre dos  mil dieciséis (2016)   

VISTOS  

          Con   el   fin   de   constatar  si  satisface  las  condiciones  de  admisibilidad,  la  Corte  examina  la  demanda  de  casación presentada por el  defensor  de  ADOLFO  ROPERO  RANGEL,  contra  la sentencia del 29 de octubre de  2014,  proferida  por  la Sala Penal del Tribunal Superior del Distrito Judicial  de Cúcuta.     

I. HECHOS  

          A  las  3:10  a.m. del 30 de junio de 2007, en la vereda Tierra Azul  del  municipio  de  El  Carmen  (Norte de Santander), soldados pertenecientes al  Batallón   Contraguerrilla   Nº   98,   de   la   Brigada  Móvil  Nº  15  de  Ocaña   –Unidad  Especial Esparta 1-, dieron muerte  mediante  varios  disparos  de  fusil  al  señor Javier Peñuela. El deceso fue  reportado   como   resultado   de   un   combate  de  encuentro con subversivos del ELN, en ejecución de la  operación   Jilguero  13,  dispuesta  por  el  Comando  de  la  Brigada. En ese contexto, el soldado ADOLFO  ROPERO  RANGEL, quien integraba el convoy como contra puntero, disparó su fusil  de dotación.   

          Pese  a  que  el  prenombrado  ciudadano era un campesino-agricultor  residente  en  la  región,  que no pertenecía al mencionado grupo guerrillero,  junto  a  su  cadáver -vestido de civil- fue  hallado un fusil AK-47 con dos proveedores de 23 cartuchos cada  uno,  mientras  que  en  el  bolsillo  izquierdo  del pantalón se le halló una  granada de fragmentación.   

                     

II.      ANTECEDENTES     PROCESALES  PERTINENTES   

          Por  los  referidos  hechos  se  adelantó  investigación  ante  el  Juzgado  86  de Instrucción Penal Militar. Empero, por considerar que la muerte  del  señor  Javier  Peñuela no tuvo nexo con el servicio militar, en razón de  la  inexistencia  de  un  combate,  la  Fiscalía  73  Especializada de Cúcuta,  adscrita  a  la  Unidad  Nacional  de  Derechos  Humanos y Derecho Internacional  Humanitario,  asumió el conocimiento del caso y abrió investigación en contra  de ADOLFO ROPERO RANGEL.   

          Tras  rendir  indagatoria,  por  medio  de  la resolución del 27 de  abril  de  2012  a aquél se le definió la situación jurídica con imposición  de   detención  preventiva,  como  posible  coautor  del  delito  de  homicidio  agravado1,   en  concurso  con  fabricación,  tráfico  y  porte  de  armas,  municiones  de  uso  restringido,  de  uso  privativo  de  las Fuerzas Armadas o  explosivos.   

          Cerrada  la  instrucción,  la Fiscalía  calificó  el  mérito del sumario el 28 de enero de 2013. Profirió resolución  de  acusación  en  contra del señor ROPERO RANGEL como probable coautor de las  conductas  punibles  arriba mencionadas (arts. 31 inc.  1º, 103, 104 nums. 4º y 7º y 366 del CP).   

          Habiendo  interpuesto  el  defensor  el recurso de apelación contra  esta  última determinación, la Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de  Cúcuta,  a  través  de  resolución  del 30 de mayo subsiguiente, confirmó el  llamamiento a juicio del acusado.   

          El  juzgamiento  le correspondió al Juzgado 2º Penal Especializado  del  Circuito  de  Cúcuta,  cuyo  despacho  adjunto  de  descongestión  dictó  sentencia  el  21  de  mayo de 2014. Por estimar que no se acreditó en grado de  certeza  la  responsabilidad  del  acusado,  lo  absolvió  y, consecuentemente,  dispuso su libertad inmediata.   

          La  anterior determinación fue impugnada por el fiscal, dando lugar  al  fallo  de  segunda  instancia  arriba  mencionado, por cuyo medio se revocó  parcialmente  la  sentencia  de  primer  grado  y,  en  su lugar, se declaró la  responsabilidad  penal  de  ADOLFO  ROPERO  RANGEL,  como  coautor  de homicidio  agravado2   

. En consecuencia, el Tribunal le impuso las  penas  de  400  meses (33.3 años) de prisión y 20 años de inhabilidad para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas. Por otra parte, habiendo negado  tanto  la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena de prisión como  la  sustitución  de ésta por reclusión domiciliaria, libró orden de captura.   

         Dentro   del  término  legal,  el  defensor  interpuso  el  recurso  extraordinario  de  casación  y allegó la respectiva demanda, lo que motiva el  conocimiento del proceso por la Corte.   

III. SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

          Por      la      vía      de     la     violación     indirecta de la ley sustancial, el censor  formula  tres cargos contra la sentencia de segunda instancia, a la que acusa de  haber  sido  dictada  con  incursión  en  falsos juicios de convicción y falso  raciocinio.   

          3.1    En    desarrollo   del   primer   cargo,   por   falso  juicio de convicción, cuestiona la  valoración   que   el   ad   quem  hizo de varios testimonios.   

          La  señora  María  del  Carmen  Ascanio,  prosigue, dijo que vio a  Javier  Peñuela  a las 4:00 p.m. cuando estaba siendo llevado por cuatro o seis  soldados.  A  partir  de  esta afirmación, destaca, el Tribunal dio por probado  que  aquél  fue  retenido  en la tarde del 29 de junio de 2014 por miembros del  Ejército  Nacional, quienes lo llevaron con dirección a Ocaña, donde después  fue  dado  de  baja. Empero, alega, tal conclusión es errónea, como quiera que  la  testigo  no explica por qué ella creía que los uniformados que trasladaron  al  señor  Peñuela  eran soldados del grupo Esparta 1. En ese sentido, agrega,  no  se  descarta  que  quienes llevaban al hoy occiso hubieran sido subversivos,  por   cuanto   es   un   hecho   notorio  que en esa zona no sólo hay presencia de militares, sino también  de  grupos  armados  al margen de la ley y delincuencia común. De suerte que, a  su modo de ver, las afirmaciones de la testigo son especulativas.   

          Por  otra  parte,  en  relación  con  los  testigos  Ulises  Tamayo  Sánchez   y   José   Alirio   Sánchez  Lindarte,  continúa,  “la  defensa  no comparte la valoración”  de   sus   declaraciones,  en  la  medida  en  que,  afirma,  sin  ser  testigos  presenciales  del  homicidio,  simplemente  relataron que Javier Peñuela fue al  pueblo  para  cumplir  una  cita  odontológica.  Mientras  que, resalta, María  Eugenia   Ballena  y  el  Cabo  Gutiérrez  Salazar  están  en  incapacidad  de  establecer  cuál fue la tropa que aprehendió al señor Peñuela el 29 de junio  de 2014.   

          El  escrutinio  aplicado  a  los  mencionados testimonios, concluye,  vulnera  el  art. 232 de la Ley 600 de 2000 (en adelante CPP), que condiciona la  emisión  de  sentencia  condenatoria  a  que se pueda establecer con certeza la  responsabilidad penal del acusado.   

          3.2                       En  segundo  término,  el  libelista censura al  Tribunal   por   haber   incurrido   en  un  error  de  hecho  por  falso   raciocinio,   derivado   de   la  infracción  de  las  reglas  “de la lógica y de la  experiencia”,  a la hora de concluir que los soldados  profesionales  obraron  en  el  contexto  de  un  aparato  organizado  de poder.   

          Sobre  ese  particular,  expone,  el  Tribunal  argumentó  que  las  versiones   libres   y   las  indagatorias  rendidas  por  los  demás  soldados  involucrados  en  los  hechos  se  ofrecen  contradictorias,  en  punto  de  las  circunstancias  de  tiempo,  modo  y lugar en que sucedieron los acontecimientos  investigados.  La  discordancia,  por  ejemplo,  sobre la hora en que se habría  desarrollado  el  combate  y  la  forma  en  que  se originó el enfrentamiento,  prosigue,  llevó  al ad quem  a  dar  por sentado que toda la tropa, incluido el soldado ADOLFO ROPERO RANGEL,  era   conocedora  de  que  la  muerte  de  Javier  Peñuela  se  trataba  de  un  “falso    positivo”.   

          Esa    “premisa   mayor”,  explica,  la  dedujeron  los  falladores  de  segunda instancia a  partir     de    tres    “indicios”:  de  presencia, de capacidad y de oportunidad. En síntesis, dice,  el   Tribunal  dedujo  la  responsabilidad  penal  del  acusado  “simplemente” de su pertenencia al grupo  Esparta  1,  que  reportó  un  combate  y  la muerte del señor Peñuela, de su  participación   en   la   operación   Jilguero  13,  de  su  presencia  en  la  vereda  Tierra Azul y de su  pericia  para  el  manejo  de  armas  de  combate. Empero, sostiene, ese razonar  contraviene  los  arts. 6º, 9º y 12 del CP, así como el art. 7º inc. 2º del  CPP.   

          En  ese  sentido,  agrega,  no  se puede aplicar el derecho penal de  autor  para  sancionar a alguien por sus condiciones personales sin prueba sobre  las  categorías  que permiten predicar la punibilidad de su conducta. Por ello,  enfatiza,  erró  el Tribunal al  establecer la responsabilidad del acusado  por  el  “simple prurito”  de ser parte de un grupo armado estatal.   

          En  esta  dirección,  puntualiza,  el  ad  quem  consideró  que  el soldado ROPERO RANGEL sabía  que  la  muerte de Javier Peñuela fue un falso positivo, debido a que era parte  de  una unidad militar, sin elementos suasorios indicativos de que participó en  la  aprehensión  y  ejecución extrajudicial de aquél. Tal aserto, resalta, lo  extrajo   el  Tribunal  de  la  simple  situación  de  ser  aquél  un  soldado  profesional,  quien  bajo  el mando del Cabo Fernández, su superior, participó  de  una  operación  militar  montada  con  fundamento  en  la  información  de  inteligencia  que  la Brigada 15 únicamente suministraba a los oficiales y no a  los integrantes rasos de la tropa.   

          De      ahí      que,     alega,     es     una     “falacia”   sostener   que  el  acusado  participó  en la ejecución de Javier Peñuela, tanto más cuanto si ello sólo  se  infiere  de la pertenencia de aquél al Ejército. El dominio del hecho para  los  aparatos  organizados de poder, expone, no se debe predicar “de   la   acción”,  sino  de  aquellos  individuos  que  tienen  el  poder de imponer a sus soldados la disciplina, esto  es,  los  oficiales  y  suboficiales.  En  ese entendido, enfatiza, los soldados  profesionales  no  pueden  ser  considerados  coautores  dentro  de  un  aparato  organizado  de  poder;  ni  siquiera  si  han  ejecutado  una  orden contraria a  derecho,   evento   en  el  cual,  dice,  a  lo  sumo  podrían  responder  como  cómplices.   

          La  acreditación de la participación del acusado en los hechos sin  contar  con  prueba  diversa  a  la  que  hizo  parte  de  la operación militar  Jilguero 13, advierte, viola  la  presunción  de  inocencia  e invierte la carga de la prueba, pues quien sea  señalado  de  pertenecer  a  un  aparato  organizado  de  poder  se  reputaría  responsable  mientras  no  desvirtúe  que no era conocedor de los hechos. Tales  conjeturas  y  especulaciones,  puntualiza,  ocultan  que  al  procesado  se  le  condenó  con  la  atribución  de una responsabilidad colectiva, no individual.  Pues,  agrega,  no  es  regla de la lógica, la experiencia ni el sentido común  “el   ser   parte  de  un  aparato  organizado  de  poder” ni que los oficiales o suboficiales militares  consulten  las  operaciones con sus subalternos, ya que son éstos quienes en el  régimen  vertical  castrense  deben someterse a las órdenes de sus superiores.   

          3.3                       En  tercer  término, el demandante formula otro  cargo  por  falso raciocinio.  A  la  hora  de  negarle  crédito  probatorio  a  la  versión del acusado, por  ofrecerse  contradictoria  internamente  y  discordante  con lo expuesto por los  demás  soldados,  dice,  el  Tribunal  infringió  las  reglas  “de  la  lógica  y  del sentido común”.   

          Con   ese  fundamento,  prosigue,  el  ad  quem  concluyó  que  el  soldado  ROPERO RANGEL quiso  tergiversar  lo  acontecido  y  ocultar  la  realidad  de  los  hechos.  Empero,  enfatiza,  “no comparte”  tal  deducción, en la medida en que las contradicciones en las declaraciones no  constituyen  ningún  indicio  cierto  ni  verídico  que permita afirmar que el  acusado  participó  en la ejecución de la conducta investigada. Ello, insiste,  de  ninguna  manera indica que aquél tuvo conocimiento previo o concomitante de  la ejecución del homicidio ni que participó en el mismo.   

          Las  versiones  libres y las indagatorias, asevera, no pueden servir  de  prueba para inferir que ADOLFO ROPERO hizo parte de un plan criminal, que su  aporte  fue relevante en la materialización del hecho ni que ayudó a fingir un  combate  inexistente. Nada de ello, insiste, sirve para acreditar que el acusado  participó  en  la  ideación o ejecución de la muerte de Javier Peñuela. Como  máximo,  destaca,  el  haber  admitido  en  sus  declaraciones  que  nunca hubo  enfrentamiento  armado  o  que  se  prestó  para  decir  que  participó  en un  operativo  simulado,  a  fin  de  reportar  una  baja  en  combate  inexistente,  implicaría  encubrimiento  o  “perjurio”,   pero   no   acredita   su  participación  en  el  homicidio.   

IV. CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          4.1                       De  acuerdo  con  el  art.  212-3  del  CPP,  la  admisión    de    la    demanda    de    casación   supone   su   debida            sustentación. El censor está obligado a  consignar  de  manera  clara  y  precisa  tanto  las causales invocadas como sus  fundamentos.  Ello  implica  acreditar  la  necesidad del fallo de casación, de  cara  al  cumplimiento  de  alguno  de  sus  fines,  establecidos en el art. 206  ídem    (efectividad  del  derecho  material,  respeto de las garantías de  los   intervinientes,   reparación   de  los  agravios  inferidos  a  éstos  y  unificación de la jurisprudencia).   

               Ese propósito no se consigue de  cualquier      manera.     A     voces     del     art.     213     ídem,  el libelo será inadmitido cuando  el  demandante  carezca  de  interés  o  la  demanda  no  reúna los requisitos  formales  de  rigor.  Tampoco  se  logra  tal  objetivo, como lo ha precisado la  Corte,  si  se  advierte  la irrelevancia del fallo para cumplir los propósitos  del recurso.   

          Dichas  exigencias  derivan de la naturaleza extraordinaria y rogada  del  recurso  de  casación,  características  enraizadas  en la presunción de  acierto  y  legalidad  inherente  a  los  fallos  de instancia. A partir de esta  presunción,  se  asigna al censor la carga de acreditar que con la sentencia se  causó   un  agravio,  apoyándose  para  ello  en  las  causales  taxativamente  consagradas en la ley (art. 207 del CPP).   

          En   ese   entendido,   el  libelo  debe  someterse  a  estrictas  y  específicas  reglas de postulación y bastarse a sí mismo para demostrar tanto  la  existencia  del  yerro  planteado  como  su  trascendencia. De suerte que el  recurso  extraordinario y la intervención de la Corte, conforme al principio de  limitación,  por  regla  general  se restringe a verificar dichos aspectos, sin  que  sea  dable  al  censor exponer una abierta discordancia de criterios con lo  determinado  en las instancias ni prolongar la controversia que finalizó con la  sentencia.  Pues  la  casación no es una tercera instancia del proceso penal ni  constituye  un escenario propicio para postular cualquier clase de irregularidad  en el trámite surtido.   

          De   ahí  que  la  debida  sustentación  implica  desarrollar  el  ataque  con  arreglo  a  los  requerimientos  formales  que  impone la causal planteada y la lógica del cargo  propuesto.  Así mismo, hacerlo con sujeción a los principios de autonomía, no  contradicción,  coherencia  y  razón  suficiente,  para  que  el alcance de la  impugnación  se  evidencie  nítido  y  la  Corte  pueda  dar  a  los reproches  planteados una respuesta adecuada.   

          Además,  en  conexión  con  la  exigencia  de  acreditación de la  afectación  de garantías fundamentales, la idoneidad  sustancial  de  la demanda significa que sus cargos no  sólo  han  de  estar  debidamente  sustentados desde la perspectiva formal. Los  reproches  deben  ser fundados, esto es, tener aptitud  para  propiciar  la  invalidación  total  o parcial de la sentencia,  en  el  entendido que, de no haberse materializado el yerro, otra  habría  sido  la  decisión,  o  mostrarse  idóneos para convocar a la Corte a  asumir  una  postura  jurisprudencial  unificada alrededor del tema debatido, en  cuanto  logren  evidenciar la violación de una norma sustancial o una garantía  procesal.   

          Si  el  libelo  incumple  con  las aludidas exigencias formales para  estudiarla   de  fondo  o  se  establece  de  entrada  su  falta  total  de  idoneidad  de  cara  a los fines  inherentes a la casación, la decisión debe ser la inadmisión.   

          4.2                       Como  a  continuación  se expondrá, la demanda  bajo  estudio  no  satisface los requisitos legales y jurisprudenciales para ser  admitida:  además  de  que  los cargos no son desarrollados con sujeción a las  exigencias  propias  de  las  causales  invocadas,  la censura carece de aptitud  sustancial.   

          4.2.1  De  acuerdo  con  el art. 207-1 del CPP, la casación procede  cuando  la  violación  de una norma de derecho sustancial proviene, entre otras  eventualidades,  de  errores  de  hecho  o  de  derecho  en  la  apreciación de  determinada  prueba.  Así,  la  norma  consagra  la  modalidad  de  infracción  indirecta  o  mediada de la  ley  sustancial,  por  yerros  en  la  construcción  de la premisa fáctica    del   silogismo   jurídico.   

         

          Los   errores   de   derecho  presuponen  la  violación de una norma probatoria, por la vía de  falsos  juicios  de  legalidad  o  de  convicción,  mientras  las  infracciones  de   hecho   implican  el  desconocimiento  de una situación fáctica, producto de la incursión en falsos  juicios de existencia, de identidad o falso raciocinio.   

          El  falso juicio de convicción, por cuyo medio el censor formula el  primer  cargo  contra la sentencia de segunda instancia, tiene ocurrencia cuando  el  juzgador  desconoce  el valor prefijado al medio de conocimiento en la ley o  la  eficacia  que ésta le asigna. La admisibilidad de un reproche formulado por  esa  modalidad  de  error  no  solo  exige,  de  cara  a la aptitud formal de la  censura,  señalar  las normas procesales que regulan los medios de prueba sobre  los  cuales  se  predica  el  yerro;  en lo referente a la idoneidad sustancial,  también  debe  acreditarse  cómo  se  produjo  la  transgresión y enseñar su  incidencia    en    el    sentido   del   fallo,   es   decir,   evidenciar   su  trascendencia.   

          Por  su  parte,  el falso raciocinio, hipótesis a la luz de la cual  el  demandante  presenta  los  demás  cargos  contra la sentencia, se   configura   cuando   el  Tribunal  observa  la  prueba  en  su  integridad,     pero    al    valorarla  desconoce  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, una  concreta   ley   científica,   un   principio  lógico  o  una  máxima  de  la  experiencia.   

          La  Sala  tiene dicho que quien pretenda acreditar su configuración  ha   de   señalar  la  prueba  o  inferencia  en  la  cual  recayó  el  error.  Posteriormente,   debe   identificar   el   principio  lógico,  la  máxima  de  experiencia  o  el  postulado  científico  que  el  juzgador  desconoció en el  proceso  de  valoración  probatoria,  con  indicación  clara  y precisa de las  razones  por  las  cuales su aplicación resultaba necesaria para la corrección  de  la  conclusión  cuestionada  en  el  caso  concreto.  Cualquiera  de dichas  inobservancias,   además,   debe  ser  trascendente  desde  el  punto  de vista  jurídico,    esto    es,    que    frente   a   la   valoración   conjunta  de  la  prueba realizada por el  Tribunal,  su  exclusión debería conducir a adoptar  una   decisión  sustancialmente  diversa a la recurrida.   

            En  tanto  referente  de  valoración probatoria, las reglas de la  experiencia  no  pueden  formularse de cualquier manera. La construcción de una  máxima  fundada  en  el  ordinario devenir de los acontecimientos de la vida en  sociedad  requiere  de una estructura general y abstracta, definida por la Corte  en        los       siguientes       términos3:   

[L]a  experiencia  forma conocimiento y los  enunciados     basados     en     ésta     conllevan    a    la    generalización,   lo   cual  debe  ser  expresado    en   términos   racionales   para   fijar   ciertas   reglas  con pretensión de universalidad,  por  cuanto  comunican determinado grado de validez y facticidad, en un contexto  socio histórico específico.   

En ese sentido, para que ofrezca fiabilidad  una   premisa  elaborada  a  partir  de  un  dato  o  regla  de  la  experiencia  ha   de   ser   expuesta,   a   modo   de   operador  lógico,  así:  siempre  o  casi  siempre  se  da A,  entonces sucede B.   

          Bien  se  ve,  por  lo  tanto,  que  el punto de partida formal para  analizar  la  incursión  en  falso  raciocinio,  por  desconocimiento  de  las máximas de la experiencia, es  la  formulación  de  una  proposición  con  estructura de regla, apta para ser  aplicada  en términos generales y abstractos, con pretensión de universalidad.  Sólo  a  partir  de  tal  referente  de  valoración  es dable verificar si, al  analizar  el mérito de las pruebas, el razonamiento del juzgador deviene falso.   

          De  otro lado, como lo ha destacado la Sala (CSJ AP 25.03.2015, rad.  45.235),  el  punto central de la lógica es la corrección del proceso completo  del  pensamiento. Tal disciplina comprende, entonces, el estudio de los métodos  y  principios  que  se usan para distinguir el razonamiento bueno (correcto) del  malo                   (incorrecto)4.  Los errores de razonamiento,  en  términos  de lógica formal, se denominan falacias o silogismos aparentes o  sofísticos,  los cuales no implican cualquier yerro en el raciocinio o una idea  falsa,    sino    errores   típicos   en    las    relaciones   lógicas   entre   las   premisas   y   la  conclusión5.   

          4.2.2  Pues bien, contrastada la censura con las anteriores premisas  normativas  y  jurisprudenciales, aplicables genéricamente a la casación penal  y  específicamente a la infracción indirecta de la ley sustancial, saltan a la  vista  múltiples  incorrecciones  formales  tanto  en  el  planteamiento de los  cargos como en su sustentación.   

          En  primer  lugar,  el  libelista  no  desarrolla  ningún  supuesto  constitutivo  de  falso  juicio  de  convicción.  Desatinadamente, a la hora de  sustentar  tal  reproche,  lo  que  presenta  es  una  serie de cuestionamientos  -además,  bien  subjetivos  e  inconsultos  con  la  motivación  de  la  sentencia-  a  los testimonios de  María  del Carmen Ascanio, Ulises Tamayo, José Alirio Sánchez, María Eugenia  Ballena   y  del  Cabo  Primero  Gutiérrez  Salazar,  basados  en  la  supuesta  insuficiencia  de  la  razón  de  su  dicho.  Ello,  para nada corresponde a un  problema  de  desconocimiento  del valor o de la eficacia legalmente prefijada a  las  pruebas,  lo que descarta de entrada cualquier posibilidad de configurar un  falso juicio de convicción.   

          En  segundo  término, la censura no acredita ninguna hipótesis con  aptitud  de constituir un falso raciocinio. De la argumentación expuesta por el  demandante   no   se   extrae   la  formulación,  en  concreto,  de  ninguna  regla  de  la  experiencia  ni  principio  lógico  supuestamente quebrantado por los juzgadores, sino la simple  referencia  a apreciaciones subjetivas sobre la valoración probatoria efectuada  en  las instancias. El demandante simplemente discrepa de la lectura probatoria,  efectuada   por   el  Tribunal,  advirtiendo  expresamente  que  “no  la  comparte”, al tiempo que ofrece  otros   puntos   de   vista  valorativos,  que  desde  luego  no  comportan  ninguna  eventualidad  de falso  raciocinio.   

          De   las   críticas  expuestas  por  el  censor  no  se  extrae  la  formulación  de  ninguna regla de la experiencia, principio lógico ni criterio  científico   supuestamente   quebrantado,   sino   la   simple   referencia   a  apreciaciones  particulares que, a juicio del libelista, tornan en defectuosa la  valoración  aplicada  por  los  juzgadores  de segunda instancia. Tales asertos  apenas  constituyen  reproches  formulados con una laxitud sólo admisible en el  curso  de  las  instancias,  los cuales distan mucho de los estándares mínimos  exigidos para ser estudiados de fondo en casación.    

          En  efecto,  no hay lugar a predicar la configuración de errores de  hecho  constitutivos  de  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  cuando  simplemente  se presenta una apreciación probatoria que no se comparte. La mera  disparidad  de  criterios  en  ese  aspecto  no  habilita  acudir  al recurso de  casación  (CSJ  AP  03.12.09,  rad.  27.264).  Pues  la  simple  oposición  de  apreciaciones  subjetivas contra los razonamientos probatorios efectuados por el  juez  o  la  postulación de críticas a la actividad valorativa, formuladas con  la  amplitud  propia  del ejercicio de contradicción de las instancias y sin el  debido   planteamiento  técnico,  conduce  a  la  inadmisión  del  recurso  de  casación.   

          Por  otra parte, la técnica casacional para cuestionar la prueba de  indicios  exige  identificar  con  precisión  en cuál fase de la construcción  indiciaria  se  presenta  el  supuesto  yerro,  pues de ello no sólo depende la  escogencia  de  la  causal, sino también la adecuación de la sustentación. Al  respecto,  ha  señalado  la Corte (CSJ SP 08.08.2000,  rad. 15.836):   

Como          prueba que es,  cuando  se alegan en casación defectos en su apreciación como fundamento de la  violación  de  la  ley sustancial, la vía de ataque debe ser la indirecta y en  tal  medida  es  obligación del recurrente señalar el tipo de error en el cual  se  incurrió,  su modalidad y si el mismo se predica del hecho indicador, de la  inferencia  lógica  o de la manera como los indicios se articulan entre sí, es  decir  su  convergencia,  concordancia  y fuerza de convicción por su análisis  conjunto.   

Si   la   equivocación  se  predica  del  hecho  indicador y se toma  en  consideración  que  debe  estar  demostrado  con  otro medio de prueba, los  errores    susceptibles   de   plantearse   son   tanto   de   hecho   como   de  derecho.   

De   hecho,   porque   la  prueba  de  la  circunstancia  conocida  pudo  haberse supuesto; o porque pudo haberse dejado de  apreciar  otro  medio  demostrativo que la neutralizaba o disolvía; o porque se  tergiversó  su  contenido  material  haciéndola  decir  algo  que no decía; o  porque  el  proceso  de valoración que condujo a la afirmación de la premisa a  partir  de la cual se hará luego la inferencia, se apartó de los principios de  la sana crítica.   

[…]  

Ahora bien, cuando el error se predica de la  inferencia  lógica,  ello  supone  como  condición  lógica del cargo, aceptar la validez de la prueba del  hecho  indicador,  ya  que si esta es discutida sería un contrasentido plantear  al  tiempo  algún  defecto  del juicio valorativo en el marco del mismo ataque.  Existe  la posibilidad no obstante, de refutar el indicio tanto en la prueba del  hecho  indicador  como en la inferencia lógica, sólo que en cargos distintos y  de manera subsidiaria.   

          Bajo  tales  premisas,  como el censor -se  reitera-    no    le    atribuye   al   raciocinio  aplicado  por  el Tribunal el  quebrantamiento  de  ninguna  regla  de  la  experiencia  ni la inobservancia de  algún  principio  lógico,  es claro que los cuestionamientos a las inferencias  devienen  inadmisibles  en  casación. Máxime que, como enseguida se pondrá de  presente,  bajo  el  pretexto de denunciar una valoración alejada de las reglas  de  la  experiencia,  el  demandante  realmente  se  queja es de la interpretación   errónea   de  la  ley.   

         

          De  ahí que, en tercer orden, el censor rompe la unidad lógica del  reproche  al traer a colación discusiones propias de la violación directa  de  la  ley  sustancial,  cuyos  criterios  de  acreditación  transcurren  por  senderos  diversos  a  los de la  violación   indirecta  por  errores    de    hecho    consistentes    en   falso  raciocinio.  Sobre  este aspecto, partiendo además de  una   lectura   incorrecta   de   la  motivación  de  la  sentencia  -como  más  adelante  se expondrá-, el  demandante  le  atribuye  a los juzgadores de segunda instancia una equivocada  comprensión  de  las  normas  aplicables  para  definir  la forma de intervención en la conducta punible, por  la  vía de la autoría mediata por dominio de la organización. Tal entremezcla  de  argumentos,  desde  luego,   quebranta  los  principios de autonomía y  claridad.   

          4.2.3  Adicionalmente,  la censura carece de aptitud sustancial para  lograr  la  infirmación  de  la sentencia condenatoria. Pues la declaratoria de  responsabilidad  penal  no  reposa  en la estructura probatoria que el libelista  presenta  a  la  Corte,  tildándola  de  ilegal,  sino en una realidad fáctica  construida    con    razones   diversas.  De  ahí que, como se verá, la refutación se torna desatinada e  insuficiente.   

          En   efecto,   según   se  extracta  de  la  sentencia  de  segunda  instancia6,  el  Tribunal declaró probado que la muerte de Javier Peñuela no  aconteció  en  medio  de  un enfrentamiento armado entre soldados del Ejército  Nacional  e  integrantes de alguna organización subversiva. El supuesto combate  al  que  aludieron los integrantes del Grupo Esparta, incluido el aquí acusado,  es   para  el  ad  quem  un  pretexto  para  ocultar  que el señor Peñuela era un campesino y agricultor de  la  región  sin  nexos  con  el ELN, que fue ejecutado en desarrollo de un plan  preconcebido  con  el  fin de ofrecer resultados positivos en la lucha contra la  subversión.  Para  ello,  se  dice  en  la  sentencia,  el  señor Peñuela fue  retenido  previamente  por soldados a fin de ser llevado y ejecutado en el sitio  donde  supuestamente  hubo  un  combate.  Y en esa operación, se enfatiza en el  fallo,   participó  ADOLFO  ROPERO  RANGEL,  quien  prestó  su  concurso  para  ajusticiar  a  quien  sería  presentado  como  un  guerrillero  dado de baja en  combate.   

          Tales  enunciados  fácticos  se hallan soportados en las siguientes  consideraciones probatorias:   

         

          En  primer  lugar, se lee en el fallo, la inexistencia de un combate  de  encuentro  entre  los soldados integrantes de la Unidad Especial Esparta 1 y  guerrilleros   del   ELN   puede  afirmarse,  principalmente,  a  partir  de  la  valoración  de  las  declaraciones  rendidas  por  algunos  militares. No sólo  encontró  el  Tribunal  múltiples  inconsistencias  e  incoherencias entre las  diferentes  versiones, sino que los relatos, contrastados con las máximas de la  experiencia,   fueron   estimados   inverosímiles.7   

          Al  respecto,  se reseña en la sentencia, el soldado Humberto Rojas  Triana,  el  subintendente Carlos Forero Medina y el cabo segundo Daniel Ricardo  Fernández  afirmaron  que  el  convoy  fue víctima de un ataque sorpresivo por  parte   de   un   grupo  de  individuos,  quienes  les  dispararon  mientras   ellos  se  desplazaban  en  la  madrugada,     asalto     al    cual    reaccionaron    abriendo    línea  de  fuego. Empero, destacaron los  juzgadores   ad  quem,  el  acusado     aseveró    que,    mientras    estaban  descansando,  escucharon  pasos  de  personas  y  les  advirtieron  que  eran  del  Ejército,  momento  en  el que fueron “levantados a  balín”,  lo  que los obligó a disparar hacia donde  se veían los fogonazos.   

          Junto   a   esa   relevante  discordancia,  advirtió  el  Tribunal,  concurren  otras  inconsistencias en relación con las circunstancias de modo en  que  habrían  sucedido  los  hechos:  según  relató  el soldado Jorge Andrés  Restrepo    Henao,    el   enfrentamiento   se   produjo   porque   el  grupo  Esparta  1 montó una emboscada  y,  al  lanzar  la  proclama  de  que eran del Ejército, se inició el contacto  armado,  mientras  el  cabo Daniel Fernández, sobre ese particular, dijo que la  reacción  al  ataque  del  que  fueron  víctimas  fue  inmediata,  por  cuanto  ni   siquiera   les   dieron  tiempo  de  lanzar  la  proclama.   

          A  esas  incoherencias, añaden los falladores de segunda instancia,  debe  agregarse que resulta inverosímil pensar que Javier Peñuela atacó a los  soldados,  por  cuanto no existe evidencia de que el fusil encontrado junto a su  cadáver  hubiera  sido  disparado, mientras la granada de fragmentación no fue  activada.  Si  realmente,  prosiguen,  se  hubiera  presentado  una emboscada al  convoy  militar, es absurdo pensar que aquél no hubiera utilizado el arma ni la  granada   para   atacar   a  los  soldados.  Adicionalmente,  destacan,  en  las  declaraciones  se  detectaron  más incoherencias en punto de la luminosidad del  lugar y la hora en que se habría presentado el combate.   

          Sobre  este  último  particular, llama la atención el ad  quem, sumamente trascendente se ofrece  que,  de  acuerdo con el libro de anotaciones de la Brigada Móvil Nº 15, el 30  de  junio  de  2007, a las 3:00 a.m., se reportó un combate en la Vereda Tierra  Azul,   en   cuyo   desarrollo   se   dio   de   baja   a   un   “terrorista”  con arma larga. Ello, para  el  Tribunal,  resulta  inexplicable  si  se tiene en cuenta que varios soldados  declararon  que  el  enfrentamiento  tuvo lugar a las 3:10 a.m., sin que pudiera  reportarse  una  muerte  que  no  se  había  producido.  Además,  se lee en la  sentencia,  mientras  algunos  soldados dijeron que el cuerpo sin vida de Javier  Peñuela  se  encontró  inmediatamente  después  del fin del combate, el aquí  acusado  manifestó  que  el  cadáver  se halló tan sólo a la 5:30 a.m., pues  esperaron a que amaneciera para hacer un registro del lugar.   

          Aunado  a  lo  anterior,  a  partir  del  análisis del protocolo de  necropsia,  los  falladores de segunda instancia descartaron que Javier Peñuela  hubiera  podido  ser  dado  de baja en situación de combate, como quiera que la  trayectoria   de   entrada  y  salida  de  los  proyectiles  en  su  cuerpo  son  incompatibles  con  una  situación  que  lo  ubicara como atacante.     

          En  segundo  término,  los  juzgadores ad  quem  articularon  el hecho de que no existió ningún  enfrentamiento  armado  entre  los  soldados  y supuestos subversivos, con otras  circunstancias  que  les  llevó  a afirmar la responsabilidad del aquí acusado  como  coautor  impropio del homicidio de Javier Peñuela: a saber, que éste fue  previamente  retenido  y  conducido  por militares con dirección a Ocaña, así  como  que  en  la  región  se estaban ejecutando operaciones de “falsos  positivos”,  orientadas  por la  existencia   de   una  “lista  negra”   de   ciudadanos   a  ser  ejecutados8.   

          Para  dar por probados esos hechos, el Tribunal determinó, a la luz  de  testimonios  rendidos  por pobladores de la zona, que Javier Peñuela era un  campesino  que  tenía  por  oficio el de agricultor y jornalero, sin que exista  información  de inteligencia militar que permitiera señalarlo como subversivo.   

          Y,  acorde  con  la sentencia, en el aludido listado “de     informantes,     auxiliadores     y     miembros    de    la  guerrilla”,   que   en  ese  entonces  tenían  los  tenientes  al  mando de la Unidad Especial Esparta 1, según los testimonios del  cabo  primero Néstor Guillermo Gutiérrez Salazar -quien se acogió a sentencia  anticipada-  y  de la informante del Ejército María Eugenia Ballena Mejía, se  encontraban    algunos    “falsos   positivos”,  entre  ellos  Javier  Piñuela  (sic).  De ahí que se  hubiera  declarado  probado  que  en  esa región existía un plan para llevar a  cabo       homicidios       selectivos       de       personas      sospechosas   de   tener  nexos  con  la  subversión.   

          Por  ello,  acorde  con la sentencia, es dable afirmar que la muerte  del  señor  Peñuela  fue  determinada  dentro  del  perverso  plan de ejecutar  personas  extrajudicialmente  para  hacerlas  aparecer como subversivos dados de  baja  en  combate. Y en ese contexto, el fallo da cuenta de otras circunstancias  particulares,  adicionales  al  registro del nombre del hoy occiso en la llamada  “lista  negra”, que así  permiten     corroborarlo:     pobladores    de    la    región    -Ulises   Tamayo,   José  Alirio  Sánchez  y  María  del  Carmen  Ascanio-,  a  quienes  les  constaba  que el Ejército  agarraba  gente  para  matarla sin preguntarles nada,  aseveraron  que el 29 de junio de 2007 Javier Peñuela  fue  aprehendido  por el Ejército como a las 4:00 p.m. y al otro día apareció  muerto.   

          Sin  ser  suficiente  lo  anterior,  el ad  quem  trajo  a colación que, según las declaraciones  de  la  informante  María Eugenia Ballena, dignas de crédito probatorio por su  consonancia  con las demás pruebas practicadas, en especial con lo relatado por  el  Cabo  Primero  Néstor  Guillermo Gutiérrez Salazar, éste dijo que habían  matado  a  un  guerrillero  en  Tierra  Azul,  que  había  muerto  desangrado y  “con    las   tripas   por   fuera”  -situación efectivamente documentada en  el   acta   de   levantamiento  del  cadáver  de  Javier  Peñuela-,  pese a que a  él  le gustaba que murieran instantemente. Dicha testigo, resalta la sentencia,  habiendo  sido  procesada  por  la  muerte  del  señor  Peñuela,  admitió  en  indagatoria  que  ella contribuyó a la ejecución de aquél, pues el día de la  aprehensión  ilegal,  informó  a Gutiérrez Salazar sobre las características  de Javier, a fin de que fuera aprehendido.   

          En  tercer  orden, la sentencia afirma que a ADOLFO ROPERO RANGEL le  asiste  responsabilidad  penal  a  título  de  coautor  impropio  del delito de  homicidio  agravado,  en la medida en que, el 30 de junio de 2007, participó en  una   operación   que   de   entrada   resultaba  delictiva,  por  cuanto  no  estaba  dirigida a perseguir  subversivos  del  ELN,  sino  a  ejecutar  a  Javier Peñuela, quien había sido  previamente   aprehendido  ilegalmente,  dando  apariencia  de  que fue dado de baja en combate9.   

          Pese  a que no existió ningún enfrentamiento armado, se resalta en  el  fallo,  el  acusado, como integrante del grupo Esparta, teniendo dominio del  hecho,  disparó  su  fusil  de  dotación  en  el  sector de Tierra Azul, donde  perdió  la  vida  Javier Peñuela, quien habiendo sido previamente aprehendido,  fue  llevado a ese lugar para ser dado de baja. De suerte que, para el Tribunal,  ello  permite  afirmar  la  efectiva  participación  de ADOLFO ROPERO RANGEL en  la  ejecución  de  un plan  criminal    preconcebido    de   ejecuciones   extrajudiciales.   Máxime   que,  posteriormente,  quiso  justificar su actuar explicando falazmente que el deceso  del    señor   Peñuela   fue   el   resultado   de   un   enfrentamiento   con  subversivos.   

           Por  otra  parte,  se  resalta  en  la  sentencia,  el  supuesto  combate sorpresivo es inexplicable, teniendo en cuenta  que  las  maniobras  ofensivas  de  combate  irregular en el área general de la  vereda  El  Páramo  del municipio de El Carmen (Norte de Santander), ejecutadas  por  la  Unidad  Especial Esparta 1, no se dejaban al azar ni eran improvisadas,  sino  que solían ser ejecutadas según específicas órdenes de tareas emanadas  del  Comando  de  la  Brigada  Móvil  Nº 15 de Ocaña, en el marco del plan de  operaciones   fragmentarias  Nº  81  “Jilguero  13”.  Los  hechos  se  explican, para el ad quem,   en  la  paralela  ejecución  de  un  plan  criminal  de  falsos  positivos,  ejecutado  en el contexto de un aparato organizado de poder, en cuyo  marco,  con división de tareas y concurrencia de aportes, deben responder tanto  los gestores como los directos ejecutores o subordinados.   

          Bien  se  ve, entonces, que esa estructura probatoria lejos está de  ser  refutada con atinencia y suficiencia por el demandante. Si bien en el fallo  se  aludió  a  indicios  de  presencia, de capacidad y oportunidad, a manera de  recapitulación   del   escrutinio   probatorio   efectuado   para  declarar  la  responsabilidad  del  acusado, la condena de ninguna manera se basa en la simple  presencia  de  aquél  en  la  escena de los hechos como integrante de la Unidad  Especial  Esparta.  No.  Pasa  por  alto  el  censor que lo probado fue que esta  estructura  militar,  que  solía  operar  con  fundamento  en  información  de  inteligencia  manejada  por  la Brigada Móvil Nº 15 de Ocaña, no se movilizó  para  materializar  una  operación táctica de ataque, sino a fin de ejecutar a  un  ciudadano previamente aprehendido sin justificación legal e incluido en una  “lista negra”, simulando  una  situación  de combate que pudiera justificar el homicidio. También, que a  pesar  de  haberse  descartado  un  enfrentamiento con subversivos, el procesado  disparó  su  arma de dotación, así como que en la actuación se acreditó que  la  muerte de Javier Peñuela fue una más de las producidas en desarrollo de un  perverso      plan      criminal     de     falsos  positivos.   

          Salta   así   a   la   vista   que  el  juicio  de  atribución  de  responsabilidad   en   contra   del   procesado,   a   título  de  coautor  impropio  (art.  29 inc. 2º del  CP),   estuvo  precedido  de  una  valoración  probatoria  sólida,  para  nada  arbitraria.   La   mención   de   algunos   conceptos   desarrollados   por  la  jurisprudencia10,  con  ocasión  de  la  doctrina  de  autoría mediata en aparatos  organizados  de poder, de ninguna manera constituyó una forma de suplir vacíos  probatorios  ni mucho menos se utilizó como una regla  de   experiencia,   como  lo  pretende  hacer  ver  el  libelista.  El  propósito  de  tal  alusión  fue precisamente el de mostrar la  incorrección  de  uno  de  los argumentos expuestos por la defensa -reiterado  en la demanda de casación haciendo abstracción de las  razones   expuestas   por   el   ad  quem-, según el cual, en eventos de autoría  por  dominio  de  la organización, sólo puede analizarse la responsabilidad de  los comandantes y no la de los ejecutores directos.   

          De  otro lado, quien realmente acude a especulaciones para pretender  derruir  el  mérito probatorio concedido a los testimonios de María del Carmen  Ascanio  y  Ulises  Tamayo,  quienes  presenciaron  la retención ilegal del hoy  occiso,  es  el demandante. Pues ninguno de ellos afirmó que hombres armados se  llevaron   a   Javier  Peñuela,  sino  miembros  del  Ejército. Mientras que los cuestionamientos dirigidos  a  la  valoración  de  las  declaraciones  de  María Eugenia Ballena y el cabo  primero  Gutiérrez  Salazar,  por no haber presenciado quienes aprehendieron al  señor  Peñuela,  es  del  todo  desatinada, ya que el Tribunal expresamente le  atribuyó  responsabilidad  al  acusado  por haber participado en operación que  dio lugar a la muerte de aquél, no en su ilegal retención.   

          Así,  es  claro  que  el censor incumple el deber de desarrollar un  ejercicio  de  deconstrucción  idóneo  y suficiente  de   los  fundamentos  probatorios  de  la  sentencia  confutada.  Y esa falta de refutación, además de dejar desprovistos de aptitud  sustancial  a  los  reclamos,  confluye  con  las incorrecciones formales atrás  advertidas.  Por  ello,  es innegable la indebida fundamentación de los cargos,  lo que constituye razón suficiente para inadmitirlos.   

             4.3 Por ende, ante los insalvables  defectos  de  fundamentación  que  la  Corte  no  puede enmendar por virtud del  principio  de  limitación  que gobierna la casación, se inadmitirá la demanda  estudiada.   

          4.4                       No obstante, de la revisión de la actuación se  advierte  la  palmaria  vulneración  del principio de legalidad de la pena, con  ocasión  de la aplicación indebida del incremento punitivo previsto en el art.  14  de  la  Ley  890 de 2004. En consecuencia, al amparo del art. 216 del CP, la  Sala  adoptará  los  correctivos  pertinentes  en  la  individualización de la  sanción penal.   

Como     lo    ha    clarificado    la  jurisprudencia11   

,  el  art.  14  de  la  Ley  890 de 2004 es  aplicable  exclusivamente en  procesos  adelantados  bajo las ritualidades de la Ley 906 de 2004. Por ello, en  el  juzgamiento  de  casos  en  distritos  judiciales  donde,  para  la fecha de  ocurrencia  de  los  hechos,  aún no se había implementado el esquema procesal  desarrollado  por  dicha ley, no tiene aplicación el aumento genérico de penas  contenido  en  la  Ley  890  de  2004,  que fue introducido con el propósito de  promover   los   mecanismos   de   aceptación   unilateral  o  pre-acordada  de  cargos.12  En  tales  eventos,  rigen  los  extremos  punitivos  establecidos  originalmente en la Ley 599 de 2000.   

En  el  presente  caso,  adelantado bajo los  ritos  de  la  Ley  600  de 2000, por cuanto, para la fecha de ocurrencia de los  hechos  investigados  -30  de junio de 2007-, aún no había entrado en vigencia  la  Ley  906  de 2004 en el Distrito Judicial de Cúcuta (art. 530 inc. 3º), no  podía  aplicarse  el  art.  14 de la Ley 890 de 2004. Sin embargo, a la hora de  individualizar  la pena por el delito de homicidio agravado, el Tribunal tuvo en  cuenta  el  mencionado aumento de penas y fijó los extremos punitivos entre 400  y  600 meses (33.3 y 50 años) de prisión. Ello obliga, entonces, a redosificar  la sanción penal, en los siguientes términos:   

          a) Fijación de los límites   

          De  conformidad  con lo previsto en el art. 104 del CP, los límites  punitivos  para  el homicidio agravado son de 25 a 40 años (300 a 480 meses) de  prisión.   

          b)    División    en    cuartos    y    selección   del   segmento  punitivo   

          De  acuerdo  con  los extremos arriba indicados, el ámbito punitivo  de  movilidad para el homicidio agravado es de 180 meses, que al ser dividido en  cuartos, da como resultado 45 meses:   

Mínimo                                                                                   Medios                                                                 Máximo   

300  m.               345       m.       y       1  día           390  m.             435 m. y 1  día         480 m.   

          Ahora  bien,  como  lo destacó el Tribunal a la luz de los arts. 61  inc.  2º  y 55-1 del CP, en tanto únicamente concurren circunstancias de menor  punibilidad, la pena ha de imponerse en el cuarto mínimo.   

          c) Individualización de la pena   

Como  quiera  que,  luego  de  ponderar  los  factores     previstos     en    el    art.    61    inc.    3º    ídem,  el  ad  quem  incrementó  el  mínimo de la pena en 20 meses,  equivalentes  al  40%  del monto máximo a aumentar dentro del primer cuarto (50  meses),  el  mismo  juicio  de  reproche,  en  lo  cuantitativo, se trasladará   a   los  nuevos  segmentos  punitivos   arriba   establecidos.   Por  consiguiente,  la  sanción  penal  se  incrementará   en   igual  proporción  (40%),  en  relación  con  el  nuevo tope punitivo de movilidad (45  meses).  Así,  entonces,  la Corte incrementará en 18 meses la pena mínima de  prisión.   

De  esta  manera,  la  condena  definitiva a  imponer  al  sentenciado  será  de  318 meses de prisión, mientras que la pena  accesoria,  por  disposición  del  art. 51 inc. 1º del CP, se mantendrá en 20  años.   

          En  mérito  de lo expuesto,   la  Sala  de  Casación    Penal    de    la   Corte   Suprema   de   Justicia,   administrando  justicia  en  nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada en nombre de ADOLFO ROPERO RANGEL.   

CASAR  PARCIAL  y  OFICIOSAMENTE  la  sentencia  del  29  de octubre de 2014, proferida por la Sala  Penal  del  Tribunal Superior de Cúcuta, en lo concerniente a la determinación  de        la        punibilidad.       En       consecuencia,       CONDENAR  a  ADOLFO  ROPERO  RANGEL,  como  coautor  del  delito  de homicidio agravado, a la pena principal de prisión por  318  meses  y  a  la  sanción accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  20  años.  Las  demás  determinaciones  adoptadas en el fallo impugnado permanecen incólumes.   

          Contra esta decisión no proceden recursos.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ FRANCISCO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

            1   Por   haberse  cometido  por  motivo  abyecto  o  fútil  y por haber colocado a la víctima en  situación de indefensión o inferioridad.   

            2   Calificación  jurídica   que   si   bien  se  advierte  incorrecta,  por  cuanto  los  hechos  investigados,  en  razón  del  criterio  de especialidad, deben adecuarse en el  delito  de  homicidio en persona protegida (art. 135 del CP), no será objeto de  cuestionamiento  por la Sala en respeto de la prohibición de la reforma en peor  (art.  31  inc.  2º  de  la  Constitución).  Por  una parte, debido a que ello  conllevaría  a la modificación de la punibilidad en perjuicio del acusado; por  otra,  dado  que las penas previstas para el homicidio agravado (arts. 103 y 104  del  CP),  en  todo caso, constituyen una sanción proporcionada a la luz de los  estándares   internacionales   de   derechos   humanos   y  del  derecho  penal  internacional  (arts. 1º de la CADH, 2º inc. 1º del PIDCP y 77-1 lit. (a) del  Estatuto de Roma).      

3 CSJ  SP 07.12.2011, rad. N° 37.667.   

4 COPI  M.,   Irving   y  COHEN,  Carl.  Introducción  a  la  lógica,  8ª  edición,  México,  Limusa, 1997, pp.  17-19.   

5  Al  respecto,  cfr.,  entre  otros,  ídem, pp. 125-126 y KLUG, Ulrich. Lógica   Jurídica,   Bogotá:  Temis,  1990.   

            6 Cfr. fls. 23-49 del  fallo de segunda instancia.   

            7    Sobre   ese  particular,  cfr.  fls.  10-24  de  la  sentencia  de  segunda  instancia.    

            8  A  ese  respecto,  cfr.     fls.     25-41    ídem.    

            9  En  lo  a  ello  concerniente, cfr. fls. 42-48 de la sentencia.   

            10 CSJ SP 23.02.2010,  rad.   32.805;  SP  14.09.2011,  rad.  32.000  y  SP  15.05.2013,  rad.  33.118.   

            11   Cfr.  CSJ  SP  21.03.2007,   rad.   26.065,  criterio  que  ha  sido  reiterado  en  múltiples  pronunciamientos,  entre  ellos,  SP  06.09.2007, rad. 27.549 y 06.04.2016, rad.  46.792.   

            12    Cfr.  CSJ SP 27.02.2013, rad. 33.254.      

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