SP137-2016(46865)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada ponente  

SP137-2016  

Radicación N° 46865  

Aprobado Acta No. 10  

Bogotá,    D.C.,   veinte   (20)   de   enero   de   dos   mil   dieciséis  (2016).   

VISTOS  

Derrotado  el  proyecto  presentado  por  el  Ponente  inicial,  la Sala Mayoritaria, de oficio, examina si al procesado KEVIN  ANDRÉS  ARAGÓN ROJAS, condenado en las instancias por el Juzgado 4° Penal del  Circuito  con  funciones  de  conocimiento de Cali y el Tribunal Superior de ese  Distrito  Judicial,  que  lo  hallaron  penalmente  responsable  del  delito  de  fabricación,  tráfico,  porte o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes  o municiones, se le vulneraron sus garantías fundamentales.   

HECHOS  

Aproximadamente  a las 19:05 horas del 15 de  junio  de  2014, cuando agentes de la Policía Nacional realizaban patrullaje en  el  sector  de Alto Jordán del municipio de Cali, advirtieron que KEVIN ANDRÉS  ARAGÓN   ROJAS,   al  verlos,  empezó  a  caminar  apresuradamente  hacia  una  residencia,  motivo por el cual lo interceptaron antes de que llegara al lugar y  le  solicitaron  una requisa. En ese procedimiento, le encontraron en la pretina  del  pantalón un arma de fuego de fabricación artesanal con cachas de madera y  un  cartucho  calibre 38, sin que tuviera el permiso para portarla. El ciudadano  fue capturado.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1. En audiencia preliminar llevada a cabo al  día  siguiente  ante  el Juzgado 31 Penal Municipal con funciones de control de  garantías  de  esa  localidad,  se  legalizó  la aprehensión de KEVIN ANDRÉS  ARAGÓN  ROJAS  y  la Fiscalía le imputó la autoría en la conducta punible de  fabricación,  tráfico,  porte o tenencia de armas de fuego, en la modalidad de  portar,  cargo  que  fue  aceptado  por  aquél.  El  Juez  le  impuso medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva  en  el lugar de domicilio1.   

2. El 16 de marzo de 2015, bajo la dirección  del  Juzgado  4°  Penal  del  Circuito  con funciones de conocimiento del mismo  municipio,   se   surtió   la  audiencia  de  verificación  del  allanamiento,  individualización de pena y sentencia.   

3.  En  fallo  de  esa  fecha  se condenó a  ARAGÓN  ROJAS  a  la  pena  principal   de  94  meses  y  15  días  de  prisión  y  a  las  accesorias  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas y de  privación  del  derecho a la tenencia y porte de arma, ambas por tiempo igual a  la  privativa  de  libertad.  Se  le  negó  la  suspensión  condicional  de la  ejecución  de  la  pena  y la prisión domiciliaria2.   

4. El Tribunal Superior de Cali, al resolver  la  alzada  propuesta  por  el  procesado, confirmó la decisión el 22 de junio  siguiente3.   

5. El defensor del acusado interpuso recurso  de  casación y presentó la demanda correspondiente, la cual fue inadmitida por  esta  Sala  en  proveído del 11 de noviembre del año anterior. Sin embargo, se  habilitó  el  recurso  para  examinar  la  posible  violación del principio de  legalidad de la pena.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  En  auto  del pasado 11 de noviembre, la  Sala   encontró   necesario  «analizar  la  posible  afectación  del  principio  de legalidad de la pena, en concreto, al imponer la  accesoria   de   privación   del   derecho   a   la   tenencia   y   porte   de  armas».   

2.  Tal  como  se  narró  en  el  acápite  precedente,  el  Juzgado  4  Penal del Circuito de Cali, en sentencia ratificada  por  el  Tribunal  Superior, impuso al procesado 94 meses y 15 días de prisión  –se fijó la pena en 108  meses,  esto es, el extremo inferior del cuarto mínimo, pero éste quantum  se redujo en un 12.5% por razón  del  allanamiento  a  cargos- e igual término para la  accesoria de privación del derecho a la tenencia y porte de arma.   

Al  adelantar  esa labor, se constata que el  a  quo  no  consignó  una  motivación  específica para fijar dicha sanción y, adicionalmente, no acudió  al  sistema de cuartos regulado en el artículo 61 del Código Penal4.   

2.1.  En  cuanto  al primer aspecto, la Sala  Mayoritaria  ha  sostenido  que, si bien los jueces tienen el deber de sustentar  el  monto  que  imponen  por  las  penas  principales  y accesorias -salvo   la   inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  en  los  casos  en que su duración corresponda a la de la  pena  privativa  de  la  libertad-,  lo cierto es que,  tratándose  de  la privación del derecho a la tenencia y porte de arma, cuando  se  procede  por  delitos  de fabricación, tráfico y porte de armas de fuego o  municiones  de  defensa  personal o de uso privativo de las Fuerzas Armadas, esa  obligación  se  entiende cumplida con la declaración en la sentencia de que el  procesado  fabricó,  traficó o portó armas de fuego o municiones sin   permiso   de  autoridad  competente  (CSJ SP 17166-2014, rad. 42536).   

Así  lo  corroboró  recientemente  en  CSJ  SP-2636-2015,  rad. 43881), decisión en la cual, recordando lo consignado en el  fallo acabado de citar, sostuvo:   

La  Sala  concluyó  nuevamente  que  era  necesario  recordar a los Jueces el deber de sustentar la fijación de las penas  principales  y  accesorias,  salvo  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas en los casos en que su duración corresponda a  la de la pena privativa de la libertad.   

Mayoritariamente,  a la par, se estableció  como  criterio  general  que en casos de fabricación, tráfico y porte de armas  de  fuego  o  municiones  de  defensa personal o de uso privativo de las Fuerzas  Armadas   –sea  que  se  impute   sólo  esa  conducta  punible  o  en  concurso  de  delitos—,  se  entiende cumplida la garantía  de  motivación  de  la  imposición  de la sanción accesoria de privación del  derecho  a  la tenencia y porte de armas, con la declaración en la sentencia de  que  el procesado fabricó, traficó o portó armas de fuego o municiones “sin  permiso  de autoridad competente”. En otras palabras, la declaración judicial  de  que ajustó su comportamiento a cualquiera de las conductas descritas en los  artículos  365  o  366  del  Código Penal (también al artículo 367 ibídem),  constituye   suficiente   fundamento  para  privar  del  mencionado  derecho  al  condenado.  Se  rectifica  con  este  criterio,  entonces,  el  plasmado  en  el  precedente  jurisprudencial del 16 de diciembre de 2014 (CSJ SP 17166-2014, Rad.  42536).   

No  está de más advertir que esos delitos  de  peligro  común,  que  pueden ocasionar graves perjuicios a la comunidad, se  sancionan  cada  vez con mayor severidad en cuanto se constituyen en presupuesto  obvio  de  la violencia nacional. Ese aumento de la punibilidad, a la vez, está  inscrito    –no   hay  duda—  en  políticas de  desarme  de  la población claramente orientadas a contrarrestar la criminalidad  asociada  a  la  utilización  de  armas  de  fuego  (o químicas, biológicas o  nucleares),  la  cual  se  muestra  como  uno  de  los principales problemas que  obstaculizan el desarrollo del país.   

No  resulta  sensato,  en  ese contexto, en  casos  de  condena  por  delitos  de  fabricación,  tráfico y porte de armas y  municiones,  exigir  para  la imposición de la pena de privación del derecho a  la  tenencia  y  porte  de  armas  de  fuego  una fundamentación adicional a la  declaración  de  existencia  de la conducta punible. Simple y llanamente porque  se  plantea  lógica,  necesaria y proporcional su deducción en tales casos. No  se  entendería  que  a quien se reprocha penalmente fabricar, traficar o portar  armas  de  fuego o municiones, o armas químicas, biológicas o nucleares, no se  le   despoje   del   derecho   a   poseerlas   por  el  tiempo  que  permita  la  ley.   

Por consiguiente, tal como se ha procedido en  ocasiones  anteriores  (ver CSJ SP8055-2015, rad. 45494 y CSJ SP14841-2015, rad.  45867),  en  este  caso  no se excluirá la sanción accesoria de privación del  derecho a la tenencia y porte de arma.   

2.2.  Ahora  bien,  en  relación  con  el  término  de  esa  sanción  accesoria,   esto   es,   el   de   94   meses  y  15  días,  sí  se  advierte  violación  al principio de  legalidad.   

En  efecto,  con tal proceder se desatendió  que  el  artículo  51  del  Código  Penal,  al  ocuparse  de  la  “Duración     de     las     penas     privativas    de    otros  derechos”,  estableció  que  la  restricción  de  que se trata va de uno (1) a  quince  (15)  años.  Así mismo, que esta Corporación ha considerado que, para  su  imposición, el juzgador  debe  atender las directrices legalmente establecidas para ello, esto es, acudir  al  sistema  de cuartos previsto en el canon 61 ibidem  (CSJ  SP16880-2014,  10  dic.  2014,  rad. 42432; CSJ  SP17166-2014,  16  dic.  2014,  rad. 42536; CSJ SP3441-2015, 25 marzo 2015, rad.  45317    y    CSJ   SP4322-2015,   16   abr.   2015,   rad.   45399).   

En  ese  orden,  la  Corte  debe corregir el  yerro.   

Con tal propósito habrá de dividir el monto  máximo    de    la    sanción    entre    cuatro5  y  luego  sí, observando los  parámetros   empleados   por  el  a  quo  al momento de establecer la pena privativa de libertad,  ubicarse  en  el  extremo inferior del  cuarto  mínimo,  que  en  este  evento  corresponde  a  12  meses  (1 año). No  obstante,  atendiendo  que  hubo  allanamiento a cargos y que el Juez reconoció  una  rebaja  del  12.5%,  se  procederá  en  igual  sentido,  lo  que arroja un  quantum  de  10  meses y 15  días.   

Por  consiguiente,  se  casará  oficiosa  y  parcialmente  el  fallo  de  segundo  grado  para  fijar  la  pena  accesoria de  privación  del  derecho  a  la  tenencia  y  porte  de  arma  en  10 meses y 15  días.   

En  lo demás, el aludido proveído no sufre  modificación alguna.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia, administrando justica en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

Casar  oficiosa  y parcialmente la  sentencia  proferida  por la Sala Penal del Tribunal Superior de  Cali  el  22  de junio de 2015, en el sentido de fijar en 10 meses y 15 días la  pena  accesoria de privación del derecho a la tenencia y porte de arma de fuego  que debe purgar KEVIN ANDRÉS ARAGÓN ROJAS.   

En lo demás el fallo se mantiene.  

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

(Salvamento parcial de voto)  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

SALVAMENTO  PARCIAL  DE VOTO A LA SENTENCIA  SP137 de 2016(Rad.: 46865)   

Con  el  habitual respeto por la decisión  mayoritaria,     salvo     parcialmente    mi    voto    en    los    siguientes  términos:   

Aunque  estoy  de  acuerdo  con  la Sala en  cuanto   que   en   esta   ocasión   hubo   menoscabo  de  las  garantías  del  procesado   porque  en  el  ejercicio  de  dosificación  punitiva  de  la  pena accesoria de privación del  derecho  a la tenencia y porte de arma se desconoció el principio de legalidad,  toda  vez que el juzgador ha debido aplicar el sistema de cuartos, conforme a lo  dispuesto  en el artículo 61 del Código Penal, discrepo de la decisión habida  cuenta   que  la  imposición  de  esa  sanción  no  tuvo  ninguna  motivación  específica  en  las  sentencias de instancia y tampoco era posible extraerla de  la exhibida para el injusto penal.   

En ese orden, lo debido era casar oficiosa  y     parcialmente    el    fallo    de    segundo    grado    y    excluir,   de  la  condena  impuesta  a  Kevin     Andrés     Aragón    Rojas, la referida sanción.   

La  tarea  de  individualización  de  las  sanciones  ha  de orientarse por los principios de necesidad, proporcionalidad y  razonabilidad,  tal como lo ordena el artículo 3 del Código Penal. Así mismo,  por  expreso mandato de los preceptos 52 y 59 de ese estatuto, la imposición de  una  pena  accesoria  debe  estar  precedida de una justificación, es decir, de  unas  razones,  así  sean  mínimas, por las cuales el funcionario la considera  necesaria en el caso concreto.   

Si  bien  en  esta ocasión el a  quo  expresó los motivos para fijar la  pena  de  prisión,  olvidó  hacer lo propio con la accesoria de privación del  derecho  a  la  tenencia  y porte de armas, y la motivación de la primera no se  extiende  ni acredita la segunda. Así uno de los delitos por los que se proceda  sea  el  de porte de armas de fuego de defensa personal, el funcionario judicial  debe  esgrimir  por  qué impone la pena accesoria de restricción del derecho a  la  tenencia  y porte de armas. No hacerlo implica crear reglas de excepción al  deber  de  motivar  las sanciones, que no fueron previstas por el legislador, lo  que riñe con un estado de Derecho.   

La  motivación es una garantía del debido  proceso,  en  especial,  del  derecho  de  defensa,  y  permite  ejercer  el  de  contradicción.  Por  ende,  una  providencia  en  la que aquella esté ausente,  infringe  esos  derechos  y lesiona el derecho de todo ciudadano a una garantía  judicial efectiva.   

Fecha   ut  supra.   

EYDER PATIÑO CABRERA  

Magistrado  

SALVAMENTO DE VOTO  

         Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala, y  acorde   con   las  manifestaciones  que  expresé  durante  la  discusión  del  respectivo  proyecto,  me permito reiterar que no comparto la decisión de casar  de  oficio  y  parcialmente  la  sentencia  de  segundo  grado  en  razón de la  vulneración   del   principio  de  legalidad,  como  consecuencia  de  que  los  falladores  de  instancia  no  hubieran  aplicado  el  sistema  de cuartos en la  determinación    concreta    de    la    pena   accesoria   de   «privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma».   

         Las    razones    de    mi    disenso,    son    en    esencia   las  siguientes:   

         1.  La  decisión  que  se  adoptó por la  mayoría  tiene  como  argumento  central  que  el  juzgador  debe  atender  las  directrices  legalmente establecidas para la determinación de la pena, esto es,  acudir  al sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, del  cual  no  se  exceptúan  las  sanciones  accesorias,  como que la norma en cita  ninguna  distinción  hace al respecto, y dado que la restricción del derecho a  la  tenencia y porte de armas se establece entre dos extremos que van de uno (1)  a   quince   (15)  años,  según  el  artículo  51  ibídem.      

         2.  Sin  embargo,  en la providencia de la  que  respetuosamente  me  aparto  se  dejan de lado los temas relativos a (i) la  naturaleza  y fines de las penas accesorias y (ii) razones de justicia material,  concretadas  en  el  principio de proporcionalidad de la sanción penal. En este  último  aspecto,  sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 61 del C.P., se  ofrece  adecuado  inaplicar  el  sistema  de  cuartos en la dosificación de las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal  labor  ha  de  entenderse  como un  ejercicio   de   ponderación   motivada, delimitado por lo dispuesto en el artículo 51 ídem.   

         2.1  En  cuanto  al  primer  aspecto, cabe  anotar  que las penas restrictivas de otros derechos (art. 43 C.P.) son aquellas  que   privan   o   restringen  a  su  titular  del  ejercicio  de  facultades  o  prerrogativas  distintas a la libertad personal o a su peculio. Dichas sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se consagren en el respectivo tipo penal  (art.   35   ídem)   o   accesorias,  cuando  no  obren  como  tales  (art.  34  ejusdem).       

         Del  artículo  52  de  la  codificación  citada  se  extrae que la  aludida  clase  de  penas solo pueden ser aplicadas por el juez (i) con ocasión  de   la  imposición  de  una  pena  principal  y  (ii)  siempre  que  entre  la  realización  del  delito  y  el  contenido  de  la  pena  accesoria  exista una  «relación directa», valga  decir,  se  verifique  un  vínculo  estrecho  entre  su contenido y la conducta  punible cometida.   

         De  otro lado, si bien originalmente el legislador consideró que en  quien  recaía  una condena de prisión era indigno y, por tanto, estableció la  restricción  para  el  ejercicio  de  algunos  de  sus  derechos  políticos y,  principalmente,   para   desempeñar   cargos  públicos,  lo  cual  explica  la  existencia    de   ciertas   penas   accesorias   denominadas   obligatorias   o  «automáticas»6,   aquella  visión  evolucionó  hacia  un  concepto preventivo7,  cuyo  propósito es conjurar  el  riesgo  de reiteración de delitos que de forma directa tengan relación con  determinadas  actividades  o  derechos, finalidad que sustenta la aplicación de  las     llamadas    penas    accesorias    discrecionales    o    «facultativas»8.   

        Sobre  cómo se  determinan  cuantitativamente  las  penas  accesorias,  cabe  destacar  que  dos  aspectos  permiten  concluir  que en ese ejercicio no tiene cabida el sistema de  cuartos    –art.   61  C.P.–,    el    cual  está  previsto para la individualización  de  las  penas principales, ellos son:  (i)  la  función  primordial  que  cumplen las penas  accesorias  difiere  de la que tienen asignada las penas principales; y, (ii) el  margen      de      apreciación     reglado  del  que  goza el sentenciador,  según   se   extracta   de   los  artículos  52,  inc. 1º, y 59 ídem,  lo  faculta  para  imponer o no en  cada   caso   las  penas  accesorias  que  estime  necesarias,  así   como   para   fijar  el  término  de  duración de las mismas.   

        2.1.1     En     relación  con  el  primer  punto,  cabe  destacar  que, en términos   generales,  en  la  concepción  dogmática   del  Código  Penal  de  2000,  la pena en sentido amplio cumple varias funciones, tales como,  «prevención   general,  retribución     justa,     prevención   especial,   reinserción  social  y  protección       al       condenado»9,  por  lo  que  puede  afirmarse que no se adscribe a una tesis en  particular,  valga decir, ni a las teorías   absolutas   que   propenden  porque  el  fin  de  la  pena  es  únicamente la retribución  o  compensación  en razón  de  la comisión del delito, ni a aquellas denominadas  relativas  que  consideran  a  la  pena  como  un medio para conseguir   un   fin,   es  decir,  que  tiene  propósitos    exclusivamente    preventivos   orientados   a     evitar    que    se    cometan       delitos       en      el    futuro,    sino    que  se  ubica dentro de las concepciones  mixtas,  que  son  aquellas que buscan conciliar las dos anteriores,   aceptando   la   idea   retributiva,  pero  sin  desligarla  del  cumplimiento  de  fines preventivos, bien sea generales o especiales10.     

        Ahora,   como   se  señaló      párrafos     atrás,   las   penas   accesorias,   en   cuya   imposición  e  individualización el juez goza de  un  margen de apreciación  motivado,  no  hay  una  determinación  legislativa  absoluta  del aspecto cualitativo. Éste es flexible,  al   punto   que   corresponde   al   juzgador  determinar  en  qué     casos    resulta    necesaria    su    imposición,  atendiendo  a  las particularidades del asunto concreto,   obviamente   respetando  las  pautas   establecidas   en  la  ley  –art.  52,  inc.  1º, C.P.–     y     considerando     que  aquéllas    tienen   una   marcada   finalidad          preventiva11,  en  tanto  que  con  su  aplicación     se     pretende    precaver    la  afectación   futura  de  bienes  jurídicos    concretos    mediante    la  restricción  de derechos o prerrogativas, distintas  a  las  que  resultan limitadas con la aplicación de  la      sanción      principal     –con   injerencia  en  la  libertad  personal   y  el  patrimonio  económico–.     

       En   otras  palabras,  si  bien  las  penas  en  general,  principales y accesorias, obedecen a unos específicos     fines     consagrados     en     el    artículo  4º del C.P., dada la particular  naturaleza   y   función   que   aquéllas       cumplen,      itérese,  fundamentalmente     utilitarista     mediante     la     prevención      del     delito,     demandan     en     su     determinación  la  existencia  de un estrecho nexo entre el injusto penal y el  derecho    que    se    busca   restringir,   de   donde   se   sigue   que   su  afectación   emergerá  necesaria  solo en la medida en que surja patente que la restricción    de    los    derechos    que   conlleva   la   imposición  de  las  penas  principales,  resulta  insuficiente  para  prevenir,  en el caso  particular,    el    comportamiento    delictivo12.   

       Por   tanto,   sin   desconocer   que  las  penas  principales  de  prisión  y  multa,  así  como    las    restrictivas   de   otros   derechos   cuando   están     previstas     como     tales,  amén  de  la función de  retribución     justa     que     apareja     la  realización   del   delito,   también        cumplen        fines       preventivos       –generales  y especiales–,    bien    puede   suceder   en  determinados  casos que la limitación de la libertad  y  el  patrimonio, producto de la sanción  principal,  no  sean  medidas suficientes para proteger ciertos  bienes  jurídicos de ulteriores conductas desviadas  por  parte del condenado. Por tal razón, la concreta  armonización  de  las finalidades preventivas de la  pena    con    el    principio    de   proporcionalidad   (arts.   3º,  inc.  1º,  y  4º  del C.P.),  impone  la  necesidad  de  ampliar  esa  cobertura con la aplicación de sanciones adicionales.   

       Al respecto la doctrina ha considerado que:   

[E]s imprescindible que el hecho cometido  por  el  autor  permita  justificar  la necesidad de  agregar  medidas  que cubran la mayor gravedad o exigibilidad del comportamiento  inicialmente   sancionado,   a  través  de  efectos  diferentes  a los que producen las penas principales, y que no sean contemplados  por    ellas,    para    precisar   una   adecuada   proporción   entre  la  sanción  y el delito, y, en todo caso, para brindar  una  mayor protección a los bienes jurídicos   vulnerados   no   protegidos  directamente  por  la  norma  penal.13      

       En  esa  medida,  resulta coherente con las finalidades de la pena  principal, mencionadas ut  supra,   que  en  su  individualización  se acuda al sistema de cuartos previsto en el artículo  61  del Código Penal, puesto que  la   determinación  concreta  de  aquella  obedece  primordialmente   a   factores   objetivos   que   tienen   relación   con   el  injusto  típico,  siendo  su  límite el grado de  culpabilidad,  lo que explica que en la fijación del  marco  de  punibilidad  se deban tener en cuenta circunstancias modificadoras de  los    extremos    mínimo    y    máximo  de  la  sanción prevista para el  respectivo  tipo  básico  o    especial,    tales    como    las    causales  específicas      de      agravación    y   atenuación   punitiva,   la  tentativa,  la complicidad, la ira o intenso dolor, entre otras, que no resultan  aplicables    a   los   límites   que   fijan   la  duración   de  las  penas  accesorias,  pues  nada  tienen  que  ver  con el  propósito  que  éstas  persiguen.     

       En         efecto,         la        finalidad        preventivo-especial   de   las  penas  accesorias,  se  relaciona directamente con el abuso del derecho que se pretende  restringir   para   evitar   futuras  afectaciones  del  bien  jurídico   protegido,  lo  cual  exige  un  análisis  diverso  en  el  que  no  tienen  cabida  factores   objetivos   como  los  atrás  enunciados  respecto   de   la  individualización  de  la  pena  principal,  sino  primordialmente  subjetivos, relativos a la persona del autor,  pero     no     desde     la    óptica   de   su   peligrosidad,  concepto  abiertamente  contrario  a  los  principios  que  orientan el derecho penal y su  consecuencia   jurídica  en  un  Estado  Social  y  Democrático  de Derecho, sino a partir de los fines  de  la  pena,  particularmente  el  de  prevención,  según  se  desprende  del artículo 4º          del          Código  Penal.        

       En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en el  proceso  de  individualización judicial de la pena,  el   sentenciador   tenga    como    norte    de    su   actividad,   en  general,   los   fines  de  la pena y,  en        particular,        un   propósito          específico,    que    en    el   caso   de  las  sanciones    facultativas   que   afectan   otros   derechos   es   marcadamente  preventivo-especial,    según   quedó   visto,   y   a   partir   de   tal   entendimiento,   fije   la  sanción.   

       Sobre  el  punto, el tratadista Eduardo  Demetrio  Crespo,  en  su  obra  «Fines de la Pena e  Individualización  Judicial  de la Pena»14, sostiene:   

Aunque ello sea bastante obvio a tenor de  lo  ya  dicho hasta ahora, sobre todo en el análisis  del    concepto    de    «factor   final   de   la  I.J.P15»,     no     es    recurrente  señalar que los fines de la  pena  son  el  presupuesto fundamental de la I.J.P. La determinación  de  qué fines persigue la pena, en  qué  momento  y con qué  intensidad  en  cada  momento de la intervención del  sistema  penal,  es  la  clave  a  partir  de la cual  se obtiene respuesta tanto a la cuestión  de  la  dirección valorativa de los  factores  reales que concurren en la I.P.J., como a la del peso de los mismos en  la       pena       final       a      imponer16.  Creo que no es exagerado  decir  que  la  racionalización  de  la I.J.P. debe  empezar   por  clarificar  la  cuestión   de   los   factores   finales   de   la  I.J.P.,  ya  que  dependiendo  de qué fin de la  pena   se  tome  como  punto  de  referencia,  la  individualización  de  la  pena  por  el juez en el caso concreto puede conducir a  resultados      muy      diferentes.17  (Negrilla y subraya fuera  del                          texto                         original)           

       Siendo  ello así, emerge razonable que  el     juzgador     disponga    de    cierta    discrecionalidad    –siempre     motivada–  en  la  determinación  cuantitativa  de  las penas accesorias, en orden a materializar  su  fin primordial de naturaleza preventivo-especial,  sin  estar  sometido  a  factores  puramente objetivos que en no pocas ocasiones  tornan  inane  la  restricción de otros derechos, en  tanto     su    propósito    es    proteger    un  interés    jurídico  específico de futuras afectaciones mediante  efectos  distintos  a  los  que  produce  la  pena  principal y que ésta no alcanza a  cobijar;  no  de  otra  manera  se  explica  que  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas  (art. 43-1 C.P.) esté prevista  en   algunos   tipos   penales  como  sanción  principal  y en otros acceda a  ésta,   o   que   a   la   prohibición  de  consumir  bebidas alcohólicas o  sustancias  estupefacientes  o  psicotrópicas (art.  43-8   ejusdem)   el   legislador   no   le   haya  fijado  duración.          

       2.1.2   En   cuanto   a   la  segunda  cuestión,  valga decir,  la  atinente  al  ejercicio de ponderación aplicable  por  el juzgador en orden a establecer la procedibilidad de la pena accesoria en  el      asunto     particular     –factor    cualitativo–,   lo   que   se   advierte   es   una   armonización    del    principio    de    legalidad   de   la   pena      con      el      de     proporcionalidad     –el    cual    también  ostenta  la  categoría de principio  rector    y    garantía   fundamental18-,  habida  cuenta  que, a diferencia de lo que ocurre con las penas principales, las cuales  han   sido   reguladas   de   manera   absoluta   por  el  legislador  en  la  parte  especial para cada delito, frente a las primeras  hay  un  margen de apreciación judicial reglado que,  atendiendo  a  los  factores  generales  previstos  en  el  inciso  primero  del  artículo  52  de  la  Ley  599  de 200019,  determina  en  qué  casos  resulta necesaria    la    imposición   de   una  restricción      o      prohibición   de   derechos,   adicional   a  la  que  comportan  las  penas  principales.        

       Ahora,  la limitación del principio de  estricta   legalidad   de   la   pena   en   punto  de  la  elegibilidad  de  la  sanción     accesoria     facultativa,  se explica en que «no en todos los  casos  es  justificado,  desde  el  punto  de vista de la prevención,  la  proporcionalidad  y la necesidad de la pena, preestablecer  efectos  agregados  a  los  contemplados  por  las penas principales frente a un  determinado   hecho   punible,  sin  considerar  las  circunstancias  y  características  concretas de su  realización»20.   

       En  esa  medida, si la ley atribuye al juez la facultad reglada de  imponer   o   no   cierta  pena  accesoria,  cuando  la  restricción    de    otros   derechos   se   ofrezca   necesaria    para    cumplir    sus    fines    preventivo-especiales    de  protección  del interés  jurídico,   también  emerge   razonable   que   en   su   determinación  cuantitativa  aquel  tenga  la  posibilidad,  atendidas las particularidades del  caso,  de  fijar  la  cantidad  de  sanción que, de  acuerdo    con   los  principios  de proporcionalidad y razonabilidad, se requiera para que se obtenga  el  propósito perseguido, sin que en esa labor deba  acudir al sistema de cuartos.   

       En   efecto,   tal   como  se  indicó  párrafos  atrás,  las  reglas   contenidas   en   los   artículos  60 y 61 del Código Penal para la  determinación   del  marco  de  punibilidad  y  la  individualización    de    la   pena,   responden  principalmente  a factores objetivos relacionados con el injusto típico,  que  no son aplicables a las penas accesorias, pues no cabe  duda  que  los  extremos  mínimo  y  máximo  de  estas  últimas  no se modifican porque concurra una  causal    específica   de   agravación   o  atenuación  punitiva,  que  se  predican  del tipo básico o especial, tampoco cuando  el  delito  es  tentado,  ni  frente a ellas se  pueden  considerar   circunstancias   tales     como    la     influencia    de    profundas   situaciones   de  marginalidad,  ignorancia o pobreza extremas –art.     56     C.P.–,   o   la  ira  e  intenso  dolor  –art. 57 ídem–,  entre   otras,   lo  cual  se  explica  en  que  el  fin  preventivo–especial     de    las  sanciones  accesorias  obedece  a  factores  subjetivos  de la  conducta,  que  corresponde  al  juez  valorar  para  fijar  el monto de la pena  atendiendo,  verbi gratia,  el   criterio   legal   de   la   intensidad   del   abuso  del  derecho  en  la  realización  del  delito,  contenido  en    el    artículo    52,    inc.  1º, del C.P.   

       Lo  anterior  no  significa que la cantidad de sanción   accesoria  quede  librada  al  capricho  o  arbitrariedad  del  juzgador,   pues   éste,   en   todos  los  casos,  deberá  exponer  en  la  sentencia  «la  fundamentación explícita   sobre   los   motivos   de  la  determinación  cualitativa  y  cuantitativa  de  la  pena», como lo ordena el  inciso  segundo  del artículo 52 del Código    Penal,    en   concordancia   con   el   artículo  59  ibídem,  labor  en  la cual  tendrá  especial cuidado en velar porque se cumplan  los  principios  de  necesidad,  proporcionalidad  y  razonabilidad  que  orientan  la  imposición de las  sanciones   penales,   según  el  artículo      3º     ibídem,   y   teniendo   en   cuenta   las  circunstancias  del  caso  particular.        

       De  esa  manera  se  garantizan el debido proceso sancionatorio       y       el       principio       de       estricta  jurisdiccionalidad21,     según   el   cual   la  actividad  judicial  debe  ser  comprobable  y  verificable,   aspectos   que   se   reflejan   en   la   motivación    de    la   sentencia   y   que   obviamente   comprenden   la  determinación  de  la pena en sentido general.   

         Consecuente con lo anterior, considero  que  en  la aplicación cualitativa y cuantitativa de  las  penas  accesorias  de  que trata el artículo 52  del  Estatuto Punitivo, debe primar el fin preventivo  especial,  así  que  no  tiene   cabida   el   sistema   de   cuartos   que,  según   quedó  visto,  está   diseñado  para  fijar   las   penas  principales,  en  tanto  éstas  sí     tienen     una     regulación  absoluta  en  cada tipo penal, dado los efectos que de antemano  le  señaló el legislador  a  la  sanción  de  la conducta punible, fundado en  razones      de  política criminal.    

         3.  Por último, pero no menos importante,  cabe  destacar  que  la  decisión mayoritaria de la cual me aparto desconoce el  principio  constitucional  de proporcionalidad, desde la perspectiva del mandato  de  protección  suficiente,  el  cual  está  relacionado  con  el postulado de  vigencia       de      un      orden      justo22   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las infracciones a la ley penal, imponiendo  penas   condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.         

         De  tal  forma  que  si  como  lo  ha  reconocido esta Corporación,  «los fallos de la judicatura están inspirados en un  principio  de  justicia,  como lo ha dejado entrever la doctrina constitucional,  por     ejemplo     en     la     sentencia     C-366     de    2000»23,    dicho   postulado   se  quebranta  en  casos  como  el  presente,  donde  la  función  de  prevención    especial   que   orienta  primordialmente  la  imposición  de  las  penas  accesorias  queda  fuertemente  menguada.   

         En  efecto,  el  fin preventivo especial de las sanciones accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a  quien  es declarado penalmente  responsable  del  delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego  (art.  365  C.P.),  se le impone la pena mínima privativa de la libertad  prevista  en  la  ley  –9  años–,  en  ese  orden,  siguiendo  el  sistema  de cuartos, termina por aplicársele el extremo ídem de  la  pena accesoria, valga decir, un año de privación del derecho a la tenencia  y  porte  de  armas, sin detenerse a examinar las particularidades del caso que,  en  determinados  eventos,  verbi  gratia,  cuando  el arma que se porta ilegalmente se usa para cometer otro  delito,   aconseja   restringir   el   respectivo  derecho  en  un  quantum   superior   al   mínimo   que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en  orden  a precaver la afectación futura de bienes  jurídicos           concretos.     

Con todo comedimiento,  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  

    

1 Acta  obrante a folios 7 y 8 del cuaderno principal.   

2  Folios19 a 21 Id.   

3  Folios 38 a 50 Id.   

4 Folio  20   del   cuaderno   original,   correspondiente  al  fallo  de  primer  grado.   

5  Cuartos  así: primero: 12 a 54 meses; segundo: 54+1 a 96 meses; tercero: 96+1 a  138 meses y cuarto: 138+1 a 180 meses).   

6 Art.  52,  inc.  3º,  C.P.;  art. 16 C. Co.; art. 163 de la Ley 685 de 2001 y art. 24  Ley 1257 de 2008.   

7  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

8 Art.  52, inc. 1º, C.P.   

9 Art.  4º Código Penal.   

10  Morrillas  Cueva  Lorenzo,  Teoría  de las consecuencias jurídicas del delito,  Madrid, 1991, pág. 18.   

11  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

12  Ídem, pág. 337.   

13  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 337.   

14  Ediciones Universidad de Salamanca, 1ª Edición: mayo de 1999.   

15  Individualización Judicial de la Pena.   

16  «Hirsch, Günter, «Vorbemerkungen…», Op.cit, p.  9;   Gribbohm,   Günter,   «Vorbemerkungen…»,  Op.cit,  p.  103».    

17  Página 73.   

18  Cfr.,  C.S.J.  SP.  27/02/13,  rad.  33254 y 24/06/15, rad. 40.382, entre otras.   

19  «Art.   52.   Las   Penas  accesorias.  Las  penas  privativas  de  otros  derechos,  que  pueden imponerse como principales, serán  accesorias  y  las  impondrá  el  Juez  cuando  tengan relación directa con la  realización  de  la  conducta  punible,  por  haber  abusado  de  ellos o haber  facilitado  su  comisión,  o cuando la restricción del derecho contribuya a la  prevención  de  conductas  similares a la que fue objeto de condena».   

20  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 339.   

21 En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho  principio  y  el  de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima  que  el  proceso  penal, en cuanto  manifestación  del  poder  punitivo  del  Estado,  se  encuentra sometido a los  principios    de    estricta    legalidad    y    jurisdiccionalidad»,  y  en  cita  de  pie  de  página añadió que «mientras  que  el  primero  de  estos principios determina que los  delitos  se  encuentren  inequívocamente  consagrados  en  una  ley  que exista  previamente  a  la  conducta  humana  que,  conforme  a  esa  ley,  se considera  delictuosa,  el  segundo requiere que las acusaciones en contra del acusado sean  sometidas  a  una  estricta  verificación  judicial  y  puedan  ser ampliamente  controvertidas    por   el   imputado.   Sobre   la  significación  y  alcance  de  estos  principios  en  el Estado democrático de  derecho  contemporáneo,  véase  Luigi  Ferrajoli,  Derecho  y  Razón, Madrid,  Trotta,     1995,     pp.    34-38,    94-97,    373-385,    603-623».   

22 SCC  T-429 de 1994 y SCC C-306 de 2012, entre otras.   

23 CSJ  SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *