SP12043-2015(46390)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado ponente  

SP12043-2015  

Radicación N° 46390  

Aprobado acta No. 314.  

Bogotá, D.C., nueve (9) de septiembre de dos  mil quince (2015).   

VISTOS  

Vencido   el  término  para  promover  el  mecanismo  de  insistencia  sin  que se haya deprecado el mismo, se pronuncia la  Corte  oficiosamente  sobre  la  sentencia de segunda instancia proferida por la  Sala   Penal   del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial           de           Medellín,  el  16   de   abril    de  2015,                   confirmatoria        de  la  emitida  el  5  de  junio            de 2014 por el  Juzgado  Segundo  Penal del  Circuito  con funciones de  conocimiento   de   Bello  (Antioquia),  en  la  cual  se condenó al       procesado      JHONATAN    SOSA    LÓPEZ  como  autor  responsable  de    los  delitos   de  homicidio  y  fabricación,  tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego, accesorios, partes o municiones.   

HECHOS  

En el auto   inadmisorio  de  la  demanda  de  casación,   la   Corte   prohijó   el  siguiente  resumen  de  los mismos:   

“Sucedieron  en el municipio de Bello, en  el  sector  conocido  como  Guasimalito,  el 22 de octubre de 2012, a eso de las  nueve  y  media  de  la  noche, donde se hallaba Germán Nieto López, quien fue  atacado  por  un sujeto con arma de fuego, recibiendo ocho impactos de bala y le  causaron  la  muerte. El homicida sufrió herida en uno de sus pies y emprendió  la  huida,  pero  la  oportuna  presencia policial lo impidió, dado que previos  actos  de  rastreo  lo  hallaron  refugiado en un matorral o zona boscosa por el  sector  aledaño,  razón  por  la  cual  fue  capturado  y  se identificó como  Jhonatan  Sosa  López,  quien presentaba lesión en su talón derecho producida  por  proyectil  de arma de fuego y era portador de dos teléfonos celulares, uno  de  ellos  BlackBerry donde aparecieron registrados los mensajes Messenger dando  cuenta  de  la  labor  de  observación  y  asechanza  previa hacia la víctima,  momentos antes de ejecutar el homicidio”.   

DECURSO PROCESAL  

En  diligencias  previas celebradas el 23 de  octubre  de 2012 ante el Juzgado Primero Penal Municipal con función de control  de  garantías  de  Bello  (Antioquia),  se  legalizaron  los  procedimientos de  captura  e  incautación  de  elementos  con  fines  de  comiso,  se le formuló  imputación  a  JHONATAN  SOSA  LÓPEZ  por  la conducta punible de homicidio,  y  se  le  impuso  medida  de  aseguramiento      de      detención      preventiva     en     establecimiento  carcelario.   

No  habiéndose  allanado  el incriminado al  cargo  endilgado, la Fiscalía presentó escrito de acusación el 13 de enero de  2013,    ratificándolo,   y   adicionando   los   ilícitos   de   fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,   partes   o   municiones  y  tráfico, fabricación o porte de estupefacientes.   

La fase del juzgamiento fue impulsada por el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  con  funciones  de  conocimiento  de esa  localidad,  despacho que adelantó la audiencia de formulación de acusación en  sesiones  del  25  de  enero  y  22  de  febrero de la referida anualidad, en la  segunda   de   las  cuales  la  Fiscalía,  atendiendo  a  lo  sugerido  por  el  Tribunal1,  suprimió la incriminación por la hipótesis delictual contra la  salud pública.   

En  actuaciones del 22 de mayo y 9 de agosto  siguientes  se  llevó a cabo la audiencia preparatoria, en tanto, la diligencia  del  juicio oral se verificó en seis actos, realizados entre el 2 de septiembre  de 2013 y el 7 de mayo de 2014.   

El  juzgado de conocimiento dictó sentencia  el  5  de junio posterior, declarando la responsabilidad penal de SOSA LÓPEZ en  las  conductas  punibles  por las cuales se le acusó judicialmente. Consecuente  con  ello, le impuso la pena principal de 264 meses de prisión, y las sanciones  accesorias  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  20 años y privación del derecho a la tenencia y porte de armas  de  fuego  por  15 años. De igual modo, le negó los beneficios sustitutivos de  la   suspensión   condicional   de   la   ejecución  de  la  pena  y  prisión  domiciliaria.   

Impugnado  el  fallo  por  el  defensor  del  acusado,  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Medellín  lo  confirmó  íntegramente, mediante el suyo del 16 de abril de 2015.   

En contra del proveído de segunda instancia,  el  mismo  sujeto  procesal interpuso oportunamente el recurso extraordinario de  casación y allegó la correspondiente demanda.   

Con  auto  del  29 de julio de 2015, la Sala  inadmitió  la  demanda de casación, pero al detectar una posible irregularidad  sustancial  en  el  proceso  de  dosificación  de  una de las penas accesorias,  presuntamente  violatoria  del  principio  de legalidad, dispuso que una vez tal  decisión  cobrara  ejecutoria,  el  asunto  regresara  a  estudio para hacer el  debido pronunciamiento.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En la referida decisión del 29 de julio del  corriente  año,  la  Sala encontró necesario verificar si hubo menoscabo a las  formas  propias del juicio y las garantías que le asisten al procesado JHONATAN  SOSA  LÓPEZ,  porque en el proceso de dosificación punitiva, se desconoció el  principio de legalidad.   

En  efecto,  del  recuento  objetivo  de  la  actuación  procesal  advierte  la Corporación la concurrencia de irregularidad  generadora  de  clara violación a garantías fundamentales del acusado, cual es  la  legalidad  de la pena accesoria de la privación del derecho a la tenencia y  porte  de  arma,  que  activa la facultad oficiosa de la Corte para controlar la  legalidad y constitucionalidad de la sentencia.   

Ello,  porque  en  el  fallo  condenatorio  proferido   por   el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  con  funciones  de  conocimiento  de  Bello (Antioquia), confirmado en ese aspecto por la Sala Penal  del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Medellín,  se  impuso  al  mencionado  dicha  pena accesoria por un lapso de 15 años, es decir, el máximo  posible,  sin  haber  acudido  al sistema de cuartos regulado en el artículo 61  del Código Penal.   

En  efecto,  luego  de  determinar  la  pena  principal   restrictiva  de  la  libertad,  el  juzgador  de  primera  instancia  señaló:  “Y como PENAS ACCESORIAS se le imponen la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por un  periodo  de 20 años, y la privación del derecho a la tenencia y porte de armas  de  fuego, por un término de 15 años (Ver arts. 34, 44, 49, 51, 52 y 53 del C.  Penal)”.   

Desatendió, entonces, que el artículo 51 de  la   citada   codificación,   al   regular   lo   atinente  a  la  “Duración   de   las  penas  privativas  de  otros  derechos”,  estableció  que  dicha  restricción  va de uno (1) a  quince (15) años.   

En  esa  medida,  la  Sala ha considerado en  otras   ocasiones  que  en  su  imposición  el  juzgador  debe  atender  a  las  directrices  legalmente establecidas para ello, esto es, acudiendo al sistema de  cuartos   previsto   en   el   artículo   61  Ibidem  (entre  otros,  en  CSJ  SP16880,  10 dic. 2014, Rad.  42432;  CSJ  SP17166,  16 dic. 2014, Rad. 42536; CSJ SP3441, 25 marzo 2015, Rad.  45317;    y    CSJ    SP4322,    16    abril   2015,   Rad.   45399).   

Así las cosas, para corregir el yerro de las  instancias  se  hace necesario dividir el monto de la sanción entre cuatro, con  el objeto de obtener el ámbito de movilidad punitiva.   

Por  consiguiente,  si entre el mínimo y el  máximo  hay  14  años, cada cuarto de movilidad sería de tres (3) años y (6)  meses.   

La operación respectiva arroja el siguiente  resultado:   

    

* Cuarto  mínimo:  de  un  (1)  año  a  cuatro  (4) años y seis (6)  meses.   

* Cuartos  medios:  de  cuatro  (4)  años y seis (6) meses a ocho (8)  años y de ésta proporción a once (11) años y seis (6) meses.   

* Cuarto  máximo:  de  once (11) años y seis (6) meses a quince (15)  años.     

Ahora  bien,  para establecer el monto de la  sanción  accesoria,  deben  tenerse  en cuenta los parámetros empleados por el  juzgador   A  quo,  cuando  abordó  el  tema  de la determinación de la sanción corporal para el atentado  contra la seguridad pública.   

Recuérdese  que en ese proceso, el juzgador  estimó  ubicarse  en  el  primer  cuarto,  oscilante  entre  108 y 117 meses de  prisión,  y dentro del mismo realizó un incremento de 6 meses, correspondiente  a   las   dos   terceras   partes,   para   fijar  una  pena  de  114  meses  de  prisión.   

Aplicando idéntica regla en la tasación de  la  sanción  accesoria  de  la  privación del derecho a la tenencia y porte de  arma,  la  misma  se  fija  en  el  primer  cuarto y sobre el mínimo se hace un  incremento  de las dos terceras partes, esto es, de 28 meses, lo cual arroja una  pena definitiva de 40 meses.   

Por  lo  tanto,  la  Sala casará oficiosa y  parcialmente  el  fallo  de  segundo grado y, en consecuencia, disminuirá a esa  proporción  la  referida  penalidad  accesoria,  impuesta  al  enjuiciado  SOSA  LÓPEZ.   

DECISIÓN  

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,  administrando  justica en nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

1. CASAR de oficio y  parcialmente  la  sentencia de segunda instancia proferida por la Sala Penal del  Tribunal  Superior  de  Medellín,  el  16 de abril de 2015, confirmatoria de la  emitida  por el Juzgado Segundo Penal del Circuito con funciones de conocimiento  de  Bello (Antioquia), el 5 de junio de 2014, en el sentido de fijar en cuarenta  (40)  meses la pena accesoria de privación del derecho a la tenencia y porte de  arma  que debe purgar el procesado JHONATAN SOSA LÓPEZ, condenado como autor de  las  conductas  punibles  de  homicidio  y   fabricación,   tráfico,   porte  o  tenencia   de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones.   

2.  En lo demás se  mantiene el fallo incólume.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

SALVAMENTO DE VOTO  

          Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala, y  acorde  con  las  manifestaciones  que  expresamos  durante  la  discusión  del  respectivo  proyecto, nos permitimos reiterar que no compartimos la decisión de  casar  de  oficio  y  parcialmente la sentencia de segundo grado en razón de la  vulneración   del   principio  de  legalidad,  como  consecuencia  de  que  los  falladores  de  instancia  no  hubieran  aplicado  el  sistema  de cuartos en la  determinación    concreta    de    la    pena   accesoria   de   «privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma».   

          Las    razones    de   nuestro   disenso,   son   en   esencia   las  siguientes:   

          1.  La  decisión  que  se  adoptó por la  mayoría  tiene  como  argumento  central  que  el  juzgador  debe  atender  las  directrices  legalmente establecidas para la determinación de la pena, esto es,  acudir  al sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, del  cual  no  se  exceptúan  las  sanciones  accesorias,  como que la norma en cita  ninguna  distinción  hace al respecto, y dado que la restricción del derecho a  la  tenencia y porte de armas se establece entre dos extremos que van de uno (1)  a   quince   (15)  años,  según  el  artículo  51  ibídem.      

          2.  Sin  embargo,  en la providencia de la  que  respetuosamente nos apartamos se dejan de lado los temas relativos (i) a la  naturaleza  y  fines  de  las  penas  accesorias  y  (ii)  a razones de justicia  material,  concretadas en el principio de proporcionalidad de la sanción penal.  En  este último aspecto, sin perjuicio de lo dispuesto en el art. 61 del CP, se  ofrece  adecuado  inaplicar  el  sistema  de  cuartos en la dosificación de las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal  labor  ha  de  entenderse  como un  ejercicio   de   ponderación   motivada, delimitado por lo dispuesto en el art. 51 ídem.   

          2.1  En  cuanto  al  primer  aspecto, cabe  anotar  que las penas restrictivas de otros derechos (art. 43 C.P.) son aquellas  que   privan   o   restringen  a  su  titular  del  ejercicio  de  facultades  o  prerrogativas  distintas a la libertad personal o a su peculio. Dichas sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se consagren en el respectivo tipo penal  (art.   35   ídem)   o   accesorias,  cuando  no  obren  como  tales  (art.  34  ejusdem).       

          Del  artículo  52  de  la  codificación  citada  se  extrae que la  aludida  clase  de  pena solo puede ser aplicada por el juez (i) con ocasión de  la  imposición  de  una pena principal y (ii) siempre que entre la realización  del  delito  y  el  contenido  de  la  pena  accesoria exista una «relación   directa»,  valga  decir,  se  verifique  un  vínculo  estrecho  entre  su  contenido  y  la  conducta punible  cometida.   

          De  otro lado, si bien originalmente el legislador consideró que en  quien  recaía  una condena de prisión era indigno y, por tanto, estableció la  restricción  para  el  ejercicio  de  algunos  de  sus  derechos  políticos y,  principalmente,   para   desempeñar   cargos  públicos,  lo  cual  explica  la  existencia    de   ciertas   penas   accesorias   denominadas   obligatorias   o  «automáticas»2,   aquella  visión  evolucionó  hacia  un  concepto preventivo3,  cuyo  propósito es conjurar  el  riesgo  de reiteración de delitos que de forma directa tengan relación con  determinadas  actividades  o  derechos, finalidad que sustenta la aplicación de  las     llamadas    penas    accesorias    discrecionales    o    «facultativas»4.   

         Sobre     cómo     se     determinan  cuantitativamente  las penas accesorias, cabe destacar que dos aspectos permiten  concluir   que   en  ese  ejercicio  no  tiene  cabida  el  sistema  de  cuartos  –art. 61 C.P.–,  el cual  está  previsto para la individualización  de  las penas principales, ellos son: (i) la función  primordial  que  cumplen  las penas accesorias difiere de la que  tienen    asignada    las    penas   principales;   y,   (ii)   el   margen   de  apreciación    reglado  del    que    goza   el  sentenciador,  según se extracta de los arts. 52 inc.  1º  y 59 ídem, lo faculta  para  imponer  o  no  en  cada  caso las penas accesorias que estime necesarias,  así    como    para   fijar   el   término     de    duración    de    las  mismas.   

         2.1.1 En relación con el primer punto,  cabe  destacar  que,  en  términos  generales, en la concepción dogmática del  Código  Penal de 2000, la pena en sentido amplio cumple varias funciones, tales  como,  «prevención  general,  retribución  justa,  prevención     especial,     reinserción     social     y    protección    al  condenado»5,  por lo que puede afirmarse  que  no  se  adscribe  a una tesis en particular, valga decir, ni a las teorías  absolutas  que propenden porque el fin de la pena es únicamente la retribución  o  compensación en razón de la comisión del delito, ni a aquellas denominadas  relativas  que  consideran  a  la  pena  como un medio para conseguir un fin, es  decir,  que  tienen  propósitos  exclusivamente preventivos orientados a evitar  que  se  cometan  delitos  en  el  futuro,  sino  que  se  ubica  dentro  de las  concepciones  mixtas,  que son aquellas que buscan conciliar las dos anteriores,  aceptando  la  idea  retributiva,  pero sin desligarla del cumplimiento de fines  preventivos,   bien  sea  generales  o  especiales6.     

        Ahora,  como  se  señaló     párrafos    atrás,    las    penas    accesorias,    en   cuya   imposición e individualización   el   juez   goza   de  un  margen  de  apreciación  motivado,  no hay una determinación  legislativa  absoluta  del aspecto cualitativo. Éste  es   flexible,   al   punto   que   corresponde   al   juzgador   determinar  en  qué  casos resulta necesaria su imposición,  atendiendo  a  las  particularidades  del asunto concreto, obviamente respetando  las  pautas  establecidas  en  la ley –art.  52,  inc.  1º  C.P.–     y     considerando     que  aquéllas    tienen   una   marcada   finalidad          preventiva7,   en   tanto  que  con  su  aplicación    se    pretende    precaver  la  afectación futura de bienes  jurídicos      concretos      mediante      la  restricción de un derecho o prerrogativa, distintas  a  las  que  resultan limitadas con la aplicación de  la      sanción      principal     –con  injerencia  en la libertad    personal    y    el    patrimonio   económico–.     

        En  otras  palabras,  si  bien las penas en general, principales y  accesorias,   obedecen  a  unos  específicos  fines  consagrados   en   el   artículo   4º  del  CP,  dada  la  particular  naturaleza y función     que     aquéllas    cumplen,  itérese, fundamentalmente utilitarista mediante  la  prevención  del delito,  demandan  en  su  determinación la existencia de un  estrecho  nexo  entre  el injusto penal y el derecho que se busca restringir, de  donde     se     sigue    que    su    afectación  emergerá  necesaria  solo en la medida en que surja  patente    que    la  restricción   de  los  derechos  que  conlleva  la  imposición   de  las  penas  principales,  resulta  insuficiente   para   prevenir,   en   el  caso  particular,  el  comportamiento  delictivo8.   

        Por   tanto,   sin   desconocer   que  las  penas  principales  de  prisión  y  multa,  así  como  las  restrictivas  de  otros  derechos  cuando  están   previstas   como  tales,  amén     de     la     función     de  retribución     justa     que     apareja     la  realización   del   delito,   también        cumplen        fines       preventivos       –generales  y especiales–,    bien    puede   suceder   en  determinados  casos  que  la  limitación   de   la   libertad   y   el   patrimonio,   producto   de   la  sanción principal, no sean medidas suficientes para  proteger  ciertos  bienes  jurídicos  de ulteriores  conductas  desviadas  por  parte  del  condenado.  En  tal  virtud,  la concreta  armonización     de     las     finalidades preventivas de la pena con el  principio   de   proporcionalidad  (arts.  3º  inc.  1º y 4º del CP), impone  la   necesidad   de   ampliar   esa   cobertura  con  la  aplicación de sanciones adicionales.   

        Al respecto la doctrina ha considerado que:   

[E]s     imprescindible  que  el  hecho  cometido  por  el  autor  permita  justificar la  necesidad  de  agregar  medidas  que cubran la mayor gravedad o exigibilidad del  comportamiento  inicialmente sancionado, a través de  efectos   diferentes   a   los   que  producen  las  penas  principales,  y  que  no sean contemplados por  ellas,  para  precisar una adecuada proporción entre  la  sanción  y  el  delito,  y,  en todo caso, para  brindar   una   mayor   protección  a  los  bienes  jurídicos vulnerados no protegidos directamente por  la             norma             penal.9   

      

        En  esa  medida,  resulta coherente con  las  finalidades de la pena principal, mencionadas ut  supra,   que  en  su  individualización  se acuda al sistema de cuartos previsto en el artículo  61  del Código Penal, puesto que  la   determinación  concreta  de  aquella  obedece  primordialmente  a  factores  objetivos  que  tienen  relación    con    el   injusto   típico,  siendo  su  límite el grado de  culpabilidad,  lo que explica que en la fijación del  marco  de  punibilidad  se deban tener en cuenta circunstancias modificadoras de  los    extremos    mínimo    y    máximo     de     la     sanción  prevista  para el respectivo  tipo  básico  o  especial,  tales como las causales  específicas      de      agravación    y   atenuación   punitiva,   la  tentativa,  la complicidad, la ira o intenso dolor, entre otras, que no resultan  aplicables  a los límites que fijan la duración de  las  penas  accesorias,  pues  nada  tienen  que  ver  con el propósito  que éstas persiguen.     

        En         efecto,         la        finalidad        preventivo-especial   de   las  penas  accesorias,  se  relaciona directamente con el abuso del derecho que se pretende  restringir  para evitar futuras afectaciones del bien  jurídico    protegido,    lo    cual   exige   un  análisis  diverso  en  el  que  no  tienen  cabida  factores   objetivos   como  los  atrás  enunciados  respecto   de   la  individualización  de  la  pena  principal,     sino     primordialmente     subjetivos,     relativos  a  la  persona  del  autor, pero no  desde   la  óptica  de  su  peligrosidad,  concepto  abiertamente  contrario  a  los  principios  que  orientan el derecho penal y su  consecuencia   jurídica  en  un  Estado  Social  y  Democrático  de Derecho, sino a partir de los fines  de     la     pena,  particularmente  el de prevención, según    se   desprende   del   artículo  4º    del    Código  Penal.        

        En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en el  proceso  de  individualización judicial de la pena,  el   sentenciador   tenga    como    norte    de    su   actividad,    en   general,    los   fines    de    la   pena   y,   en    particular,   un   propósito          específico,    que    en   el   caso   de   las   sanciones   facultativas  que  afectan  otros  derechos  es marcadamente preventivo-especial, según  quedó    visto,    y    a    partir    de    tal  entendimiento,    fije    la   sanción.   

        Sobre  el punto, el tratadista Eduardo Demetrio Crespo, en su obra  «Fines  de  la Pena e Individualización  Judicial  de  la  Pena»10,  sostiene:   

Aunque  ello sea bastante obvio a tenor de  lo  ya  dicho hasta ahora, sobre todo en el análisis  del  concepto de «factor  final          de          la         I.J.P11»,  no  es  recurrente  señalar que los  fines   de   la   pena   son   el   presupuesto  fundamental  de  la  I.J.P.  La  determinación  de  qué  fines  persigue  la  pena,  en  qué  momento  y con  qué    intensidad   en   cada   momento   de   la  intervención del sistema  penal,  es  la  clave  a  partir  de  la  cual  se  obtiene respuesta tanto a la  cuestión     de     la     dirección  valorativa  de  los factores reales que concurren en la I.P.J.,  como  a  la  del  peso  de  los  mismos  en  la pena final a imponer12. Creo que  no      es     exagerado     decir     que     la  racionalización  de  la  I.J.P.  debe  empezar  por  clarificar  la  cuestión de los factores finales de  la  I.J.P.,  ya  que dependiendo de qué   fin   de   la  pena  se  tome  como  punto  de  referencia,  la  individualización de la pena por el juez en el caso  concreto   puede   conducir   a   resultados   muy  diferentes.13        (Negrilla   y   subraya   fuera  del  texto  original)           

        Siendo  ello así, emerge razonable que  el     juzgador     disponga    de    cierta    discrecionalidad    –siempre    motivada-    en    la  determinación    cuantitativa    de   las   penas  accesorias,   en   orden   a  materializar  su  fin  primordial  de  naturaleza  preventivo-especial,  sin  estar sometido a factores  puramente    objetivos   que   en   no   pocas   ocasiones   tornan   inane   la  restricción   de   otros  derechos,  en  tanto  su  propósito   es   proteger  un  interés jurídico  específico de futuras afectaciones mediante efectos  distintos   a   los   que   produce  la  pena  principal  y  que  ésta  no  alcanza  a  cobijar;  no de otra manera se explica que la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y  funciones   públicas   (art.  43-1  C.P.)  esté  prevista  en algunos tipos  penales  como  sanción principal y en otros acceda a  ésta,   o   que   a   la   prohibición  de  consumir  bebidas alcohólicas o  sustancias  estupefacientes  o  psicotrópicas (art.  43-8   ejusdem)   el   legislador   no   le   haya  fijado  duración.          

        2.1.2   En   cuanto   a   la  segunda  cuestión,  valga  decir,  la  atinente al  ejercicio de ponderación aplicable  por   el   juzgador   en   orden  a  establecer  la  procedibilidad  de  la  pena  accesoria  en  el  asunto  particular –factor    cualitativo–,   lo   que   se   advierte   es  una    armonización  principio  de  legalidad  de  la  pena  con  el de proporcionalidad –el    cual    también  ostenta  la  categoría de principio  rector    y    garantía   fundamental14-,  habida  cuenta  que, a diferencia de lo que ocurre con las penas principales, las cuales  han   sido  reguladas  de  manera  absoluta  por  el  legislador  en  la parte especial para cada delito, frente a las primeras hay un  margen   de   apreciación  judicial  reglado  que,  atendiendo  a  los  factores  generales  previstos  en  el  inciso  primero  del  artículo    52    de    la   Ley   599 de 200015,      determina     en  qué      casos     resulta     necesaria     la  imposición    de    una   restricción   o   prohibición   de   derechos,  adicional        a        la        que        comportan        las        penas  principales.        

        Ahora,  la limitación del principio de  estricta    legalidad    de    la    pena   en   punto   de   la   elegibilidad  de  la  sanción accesoria  facultativa,  se  explica  en  que  «no en todos los  casos  es  justificado, desde el punto de vista de la  prevención,  la  proporcionalidad y la necesidad de  la   pena,   preestablecer   efectos   agregados  a  los  contemplados  por  las  penas  principales  frente  a  un  determinado hecho  punible,    sin   considerar   las   circunstancias   y   características      concretas      de      su      realización»16.   

   

        En  esa  medida, si la ley atribuye al juez la facultad reglada de  imponer    o    no    cierta   pena   accesoria,   cuando   la   restricción de otros derechos se ofrezca  necesaria     para     cumplir     sus     fines     preventivo-especiales    de  protección  del interés  jurídico,   también  emerge   razonable   que   en   su   determinación  cuantitativa  aquel  tenga  la  posibilidad,  atendidas las particularidades del  caso,   de   fijar  la  cantidad   de  sanción  que,  de  acuerdo  con  los  principios  de proporcionalidad y razonabilidad, se requiera para que se obtenga  el  propósito perseguido, sin que en esa labor deba  acudir al sistema de cuartos.   

        En   efecto,   tal   como  se  indicó  párrafos  atrás,    las    reglas    contenidas    en   los  artículos    60    y   61   del   Código  Penal  para la determinación del  marco  de  punibilidad  y la individualización de la  pena,  responden  principalmente  a  factores objetivos relacionados  con  el  injusto  típico, que no son  aplicables a las penas accesorias, pues no cabe duda  que   los   extremos   mínimo   y  máximo  de estas últimas no se modifican  porque   concurra   una   causal   específica   de  agravación o atenuación  punitiva,   que  se  predican  del  tipo  básico  o  especial,   tampoco   cuando   el   delito   es   tentado,   ni   frente  a  ellas  se   pueden   considerar       circunstancias      tales      como     la   influencia   de   profundas   situaciones   de marginalidad,  ignorancia   o   pobreza   extremas  –art.     56     C.P.–,     o     la     ira     e     intenso     dolor    –art.      57     ídem–,  entre  otras,  lo  cual  se  explica  en  que el fin  preventivo–especial de  las  sanciones  accesorias  obedece  a  factores  subjetivos de la conducta, que  corresponde  al  juez  valorar  para  fijar  el  monto  de  la  pena atendiendo,  verbi gratia, el criterio  legal  de  la  intensidad del abuso del derecho en la  realización  del  delito,  contenido  en el art. 52  inc. 1º del CP.   

        Lo  anterior  no  significa que la cantidad de sanción   accesoria  quede  librada  al  capricho  o  arbitrariedad  del  juzgador,   pues   éste,   en   todos  los  casos,  deberá    exponer    en   la   sentencia   «la  fundamentación  explícita  sobre los motivos de la  determinación  cualitativa  y  cuantitativa  de  la  pena», como lo ordena el  inciso  segundo  del artículo 52 del Código    Penal,    en   concordancia   con   el   artículo  59  ibídem,  labor  en  la cual  tendrá  especial cuidado  en  velar  porque  se  cumplan  los  principios de necesidad, proporcionalidad y  razonabilidad  que  orientan  la  imposición de las  sanciones   penales,   según  el  artículo      3º     ibídem,   y   teniendo   en   cuenta   las  circunstancias  del  caso  particular.        

        De  esa  manera se garantizan el debido  proceso  sancionatorio y el principio de estricta jurisdiccionalidad17,  según  el  cual  la  actividad  judicial  debe  ser  comprobable    y    verificable,    aspectos    que    se    reflejan    en   la  motivación   de  la  sentencia  y  que  obviamente  comprenden      la     determinación de la pena en sentido general.   

           Consecuente   con   lo   anterior,  consideramos  que  en  la  aplicación cualitativa y  cuantitativa   de  las  penas  accesorias  de  que  trata  el  artículo  52  del  Estatuto  Punitivo, debe primar el fin preventivo   especial,   así que no tiene cabida el sistema de  cuartos     que,     según    quedó   visto,   está  diseñado  para  fijar  las  penas  principales, en tanto éstas      sí      tienen      una  regulación  absoluta  en  cada tipo penal, dado los  efectos  que  de  antemano  le  señaló       el       legislador      a      la      sanción  de  la conducta punible, fundado en  razones   de  política  criminal.      

          3.  Por último, pero no menos importante,  cabe  destacar  que  la decisión mayoritaria de la cual nos apartamos desconoce  el  principio  constitucional  de  proporcionalidad,  desde  la  perspectiva del  mandato  de  protección  suficiente, el cual está relacionado con el postulado  de     vigencia     de     un     orden     justo18   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las infracciones a la ley penal, imponiendo  penas   condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.         

          De  tal  forma  que  si  como  lo  ha  reconocido esta Corporación,  «los fallos de la judicatura están inspirados en un  principio  de  justicia,  como lo ha dejado entrever la doctrina constitucional,  por     ejemplo     en     la     sentencia     C-366     de    2000»19,    dicho   postulado   se  quebranta  en  casos  como  el  presente,  donde  la  función  de  prevención    especial   que   orienta  primordialmente  la  imposición  de  las  penas  accesorias  queda  fuertemente  menguada.   

          En  efecto,  el  fin preventivo especial de las sanciones accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a  quien  es declarado penalmente  responsable  del  delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego  (art.  365  C.P.),  se le impone la pena mínima privativa de la libertad  prevista  en  la  ley  –9  años–,  en  ese  orden,  siguiendo  el  sistema  de cuartos, termina por aplicársele el extremo ídem de  la  pena accesoria, valga decir, un año de privación del derecho a la tenencia  y  porte  de  armas, sin detenerse a examinar las particularidades del caso que,  en  determinados  eventos,  verbi  gratia,  cuando  el arma que se porta ilegalmente se usa para cometer otro  delito,   aconseja   restringir   el   respectivo  derecho  en  un  quantum   superior   al   mínimo   que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en  orden  a precaver la afectación futura de bienes  jurídicos concretos.     

Con todo comedimiento,  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

Magistrado    

1 Por  auto  de  segunda  instancia  del  6  de febrero de 2013, en el que confirmó la  decisión  del  juzgado  de conocimiento en el sentido de no declarar la nulidad  de  la  actuación,  la cual había solicitado la defensa argumentando que en el  escrito  acusatorio  se  incluyeron  dos  delitos  por los cuales no se formuló  imputación.   

2 Art.  52,  inc.  3º,  C.P.;  art. 16 C. Co.; art. 163 de la Ley 685 de 2001 y art. 24  Ley 1257 de 2008.   

3  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

4 Art.  52, inc. 1º, C.P.   

5 Art.  4º Código Penal.   

6  Morrillas  Cueva  Lorenzo,  Teoría  de las consecuencias jurídicas del delito,  Madrid, 1991, pág. 18.   

7  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

8  Ídem, pág. 337.   

9  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 337.   

10  Ediciones Universidad de Salamanca, 1ª Edición: mayo de 1999.   

11  Individualización Judicial de la Pena.   

12  «Hirsch, Günter, «Vorbemerkungen…», Op.cit, p.  9;   Gribbohm,   Günter,   «Vorbemerkungen…»,  Op.cit,  p.  103».    

13  Página 73.   

14  Cfr.,  C.S.J.  SP.  27/02/13,  rad.  33254 y 24/06/15, rad. 40.382, entre otras.   

15  «Art.   52.   Las   Penas  accesorias.  Las  penas  privativas  de  otros  derechos,  que  pueden imponerse como principales, serán  accesorias  y  las  impondrá  el  Juez  cuando  tengan relación directa con la  realización  de  la  conducta  punible,  por  haber  abusado  de  ellos o haber  facilitado  su  comisión,  o cuando la restricción del derecho contribuya a la  prevención  de  conductas  similares a la que fue objeto de condena».   

16  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 339.   

17 En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho  principio  y  el  de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima  que  el  proceso  penal, en cuanto  manifestación  del  poder  punitivo  del  Estado,  se  encuentra sometido a los  principios    de    estricta    legalidad    y    jurisdiccionalidad»,  y  en  cita  de  pie  de  página añadió que «mientras  que  el  primero  de  estos principios determina que los  delitos  se  encuentren  inequívocamente  consagrados  en  una  ley  que exista  previamente  a  la  conducta  humana  que,  conforme  a  esa  ley,  se considera  delictuosa,  el  segundo requiere que las acusaciones en contra del acusado sean  sometidas  a  una  estricta  verificación  judicial  y  puedan  ser ampliamente  controvertidas    por   el   imputado.   Sobre   la  significación  y  alcance  de  estos  principios  en  el Estado democrático de  derecho  contemporáneo,  véase  Luigi  Ferrajoli,  Derecho  y  Razón, Madrid,  Trotta,     1995,     pp.    34-38,    94-97,    373-385,    603-623».   

18 SCC  T-429 de 1994 y SCC C-306 de 2012, entre otras.   

19 CSJ  SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *