AP509-2015(42900)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

EYDER PATIÑO CABRERA  

Magistrado ponente  

AP509-2015  

Radicación n° 42900  

(Aprobado  Acta No.  032)   

Bogotá D.C., cuatro (4) de febrero de dos mil  quince (2015).   

VISTOS  

Resuelve la Corte  el   recurso   de   apelación   interpuesto   por  el  defensor  de      Miguel      Orlando      Peña  Pirazan,  en  contra de la  sentencia   del   18  de  noviembre      de  2013, por medio de la cual la Sala Penal del Tribunal  Superior    del    Distrito    Judicial          de         Cundinamarca         lo   condenó   como   autor   responsable  del  delito      de      concusión,  cometido en  su    condición    de    Fiscal    Seccional    de  Funza,  imponiéndole  como   pena  principal 49  meses  de  prisión  y 33,33 salarios mínimos legales  mensuales   de   multa;   asimismo,  accesoriamente,  lo  inhabilitó  para  ejercer  derechos  y funciones públicas durante 40  meses.  Le  negó  la condena de ejecución condicional, lo mismo  que    la   prisión   domiciliaria   y,  consecuentemente,  dispuso su traslado  de  su  residencia  a  un  centro  carcelario,  tan  pronto  como se advierta la  ejecutoria de dicho fallo.   

CUESTIÓN FÁCTICA  

El  8 de enero de 2013 Cristian Andrés Godoy  Gónzalez,  interpuso  denuncia  por  el  delito  de  enriquecimiento  ilícito,  correspondiéndole  al  Doctor  Miguel  Orlando  Peña  Pirazan  en  su  condición de Fiscal 3º Seccional de  Funza-Cundinamarca.   

Lucero   Lancheros   López,   fue   citada  telefónicamente  para  que  concurriera  el 26 de marzo siguiente con el fin de  rendir  entrevista  en  relación con el mencionado asunto, ocasión aprovechada  por  el  funcionario para ponerle en conocimiento los hechos de la actuación y,  advertirle,  que  podría  ser privada de la libertad a la vez que se ofreció a  ayudarla,  proponiéndole  que se encontraran afuera de la oficina con el fin de  darle  explicaciones  al  respecto,  pero  resultó exigiéndole dinero y, entre  ellos,  acordaron  una cantidad, habiendo quedado postergada la entrega, la cual  quedó  pendiente  de  manera  definitiva,  toda  vez  que  la indiciada puso en  conocimiento de las autoridades los hechos.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

         1.-    El  24   de   abril   de  2013,   la    Fiscalía    Octava   Delegada    ante    el    Tribunal    Superior    de   Cundinamarca,  le     formuló     imputación     al   doctor  Miguel     Orlando    Peña    Pirazan         por         el   delito  de concusión, diligencia   llevada   a   cabo   en   el   Juzgado   43   Penal  Municipal  con  Funciones  de  Control   de   Garantías   de   Bogotá.   El   imputado,   a   quien   se  le  afectó   con  detención  preventiva  domiciliaria,  aceptó    los    cargos    conforme    le   fueron  dictados.   

         2.-  El 13 de  mayo   de  2013,  el  fiscal  encargado  del   asunto   presentó   escrito  de  acusación,    junto  con   los  respectivos  elementos    materiales    probatorios y evidencias físicas.   

        3.-  Asumido  el conocimiento de las diligencias por la Sala Penal  del  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca, el 25 de julio siguiente verificó el  allanamiento  y, el 12 de  septiembre,   realizó   la   audiencia   de   individualización   de   pena  y  sentencia.   

        4.-  El 18 de noviembre de 2013, fue dictado el fallo condenatorio  en     contra     de    Miguel    Orlando    Peña  Pirazan  con  imposición  de las penas indicadas en  antelación.   

SENTENCIA IMPUGNADA  

          El  Tribunal,  primeramente,  advierte  que la aceptación de cargos  realizada   en  la  audiencia  de  formulación  de  imputación  por  parte  de  Miguel Orlando Peña Pirazan,  cuya  condición  de funcionario de la Fiscalía General de la Nación, dice, no  se  presta a discusión, fue libre, voluntaria, consciente y estuvo asistido por  un  defensor.  De  esa manera, se percata que primó el respeto a las garantías  fundamentales del implicado.   

Con  la denuncia interpuesta por la afectada  Lucero  Lancheros  López,  a  la  cual dedicó gran espacio, las entrevistas de  Libardo  Montaño  Espinel  y  Luz  Mery  Sánchez,  vigilante y aseadora de las  instalaciones  de  la  Fiscalía en Funza, presenciales de la visita que hizo la  quejosa  a  esas  dependencias,  la misma que el acusado le sugirió que negara,  los  resultados  de  las  labores  de  vigilancia  y  seguimiento  a  él y a la  víctima,  en  las  que  se  cuentan  las  relacionadas  con  un  encuentro  que  sostuvieron  en  las dependencias de Compensar de la avenida 68 en esta ciudad y  el  contrato  que  la  muestra  como  vendedora  de  un  inmueble,  confirma que  Peña  Pirazan le prometió a  Lancheros  López  ayudarla  en la investigación que le adelantaba, a cambio de  una contraprestación.   

Aclara que la concusión es un delito de mera  conducta,  de  manera  que  si bien no se alcanzó a hacer la entrega del dinero  exigido   por   el   implicado,  ello  para  nada  afecta  la  consumación  del  reato.   

Estima,   que  es  tan  cierto  cuanto  ha  concluido,  que  ninguna otra alternativa distinta a la de aceptar los cargos le  quedó   al   fiscal  señalado,  en  cuyo  favor  ninguna  causal  eximente  de  responsabilidad, se constata.   

Así,  observó cumplidos los requisitos que  atañen  al proferimiento de fallo condenatorio dentro del proceso regido por la  Ley 906 de 2004.   

          Negó  el  subrogado  domiciliario con base en que la pena fijada en  la  ley  para  el  delito  de concusión, rebasa los 5 años de prisión, siendo  éste  el límite que, para la procedencia del instituto, conforme a su facultad  de  configuración  normativa,  tuvo  a  bien  determinar el legislador, sin que  pueda  afirmarse  que  esa  exigencia luce irrazonable o desproporcionada; menos  aún, transgresora del algún principio, derecho o garantía.   

          A  su  juicio,  es  evidente  la  improcedencia  de la excepción de  inconstitucionalidad  del artículo 38 del Código Penal, en cuanto al requisito  precedentemente    atendido,    tras    el    objetivo   de   que   Peña   Pirazan  pueda  acceder  a  dicho  sustituto,  lo  que  le  permitiría  ocuparse  cotidianamente  de  la menor con  discapacidad física y mental, de la cual es su padre.   

Lo ve de tal manera, en tanto que el precepto  no  se  contrapone a los cánones Superiores 1, 2, 5, 13, 40, 41, 42 y 44, ni al  bloque  de  constitucionalidad,  toda  vez que el beneficio contemplado ahí, lo  estipuló  el  legislador  esperando  que  el  sentenciado  purgara  la  pena de  prisión  en  su domicilio, siempre y cuando cumpla con lo que al efecto demanda  la  norma,  independientemente de que lo agobien problemas en su salud, la de su  familia  o  se  presente  alguna  otra  clase  de  circunstancia que merezca ser  asumida  personal  y directamente por él, pues de la solución de estos impases  se ocupa otro mecanismo jurídico.   

          Recuerda  entonces,  que  el legislativo cubrió con una protección  adecuada  los derechos de la población infantil, discapacitada y cualquier otra  que  requiera  de  especial  asistencia, al expedir la Ley 750 de 2002, en tanto  que  ésta  se  endereza a mantener en su residencia al procesado que tenga a su  cargo  personas  en  esas  circunstancias,  haciéndole más llevadera la vida a  éstas  y  ejecutando  simultáneamente  el  castigo  señalado  al  reo, siendo  imprescindible  observar  lo  deducido  en  las  sentencias SU-388 de 2005 de la  Corte  Constitucional  y  35943  del  22  de  junio  de  2011,  dictada por esta  Sala.   

          Recurrió  a jurisprudencia constitucional (proveídos C-600 de 1998  y  T-614  de  1992),  para  explicar  que  la  aplicación  de  la excepción de  inconstitucionalidad  requiere  que  la  contradicción  entre  un precepto y la  norma  fundamental  sea palmaria y, a fin de advertir, que la disposición legal  goza  de presunción de constitucionalidad, reiterando de paso, la existencia de  una vía singular que se ocupa de la problemática del procesado.   

          Empero,   se   muestra  pesimista  de  que,  del  todo,  puedan  ser  satisfechas  sus  premisas,  toda vez que la menor específicamente no ha estado  al    cuidado    de    Peña   Pirazan   dado  que  nunca  se  ha echado de menos la asistencia maternal, que  podría  reemplazarse, en caso de que obstáculos laborales se interpongan entre  la    joven    y    su   mamá,   por   el   acompañamiento   de   los   demás  familiares.   

          En  esos  términos,  es que se resiste a dejar de lado, a virtud de  la  manida  excepción, el aparte del artículo 38 de la Ley 599 de 2000, según  se  lo  impetró  la defensa y, por lo tanto, se reafirma al denegar la prisión  domiciliaria     a     Miguel     Orlando     Peña  Pirazan.   

         

EL RECURSO  

          El  defensor  se  apartó  de  la  negativa  de conceder la prisión  domiciliaria a su asistido, inserta en el fallo de primer nivel.   

          Para  sustentar  su  postura, realiza un recorrido por los hechos de  la  acusación,  la  actuación  procesal,  lo  que  fue  su intervención en la  audiencia  que  describe el artículo 447 de la Ley 906 de 2004, con indicación  de  las  evidencias  que  incorporó allí incluso, la sugerencia de analizar la  procedencia  del  test  de  proporcionalidad.   

          Acto  seguido,  aborda  críticamente  las premisas argumentativas a  partir  de  las  cuales  el  juez  colegiado  decidió  adversamente  acerca del  instituto  citado  en  precedencia  y,  entroniza, su planteamiento referente al  acogimiento  para el caso, de la excepción de inconstitucionalidad en relación  con  el  artículo  38 de la Ley 599 de 2000, cuya aplicación debe ser parcial,  ya     que     solo     cobijaría    a    cuanto    alude    al    quantum  que  de  5 años, aparece allí  fijado.   

         

          Aduce,  asimismo, que Ana María Peña Gaspar es hija del procesado,  tiene  de  17  años  de  edad,  sufre  de  retardo  sicomotor  no progresivo, a  consecuencia  de  encefalopatía  hipóxica  isquémica y crisis generalizada de  tipo  tónico. Desde el plano de los procesos de ejecución y del criterio de la  conducta  adaptativa, corresponde, en su orden, a la de un niño de 2 años y 10  meses y de 5 años.   

         

          Agrega  que  la menor que ha sido sometida a 14 cirugías del fémur  por  crecimiento  anormal  de esta parte del cuerpo, es altamente dependiente de  su  papá  y,  así,  lo  confirmaron  las  sicólogas Claudia Caicedo Espinel y  Claudia  Gamboa  Aldana,  quienes, según el apelante, además establecieron que  de  ser  separada  de  uno  de  sus padres, padecería graves afectaciones en su  salud mental que conllevaría perjuicios a su desarrollo.   

Aun  afrontando  esa  calamitosa situación,  Oliva  Gaspar  Tovar  ninguna  posibilidad  tiene de estar todo el tiempo con su  hija,  ya  que  como  servidora  del  CTI  su  jornada  laboral  diaria  es  muy  prolongada,  y se entrega a ella en municipio diferente al de Mosquera que es en  donde  tiene  asiento la familia, pero adicional a ello, la necesidad de mayores  ingresos  para  su  hogar  hace imperiosa la dedicación a otras actividades que  incrementan el riesgo de no permanecer con su ser querido.   

Revela  que  el  hermano  de  Ana  María es  estudiante  universitario  y  su  hermanita apenas tiene 7 años de edad, siendo  ese  panorama  indicativo  de la nula asistencia que ellos le podrían brindar y  no  existe  más  familia  como para ampararse en ella. La posibilidad de que la  menor  se  acople a personas diferentes a sus progenitores, es sumamente remota,  ya que los intentos enderezados a ese fin han fracasado, señala.   

Insiste  en que, de manera clara y concreta,  la  exigencia objetiva de 5 años o menos, referida en el artículo 38 de la Ley  599  de 2000 que le impide al acusado pagar la sanción privativa de la libertad  en  su  domicilio  socorriendo  a  su menor y enferma hija, se opone al interés  constitucional  de  la adolescente de desarrollar su existencia dignamente desde  su  minusvalía  mental, porque necesitando del acompañamiento permanente de su  progenitor, dicha preceptiva se lo niega.   

Por eso, menciona como normas superiores que  sufren  ese  desconocimiento,  las  relativas  a los derechos inalienables de la  persona,  protección especial a personas que por su condición física o mental  se   encuentran   en   circunstancias  de  debilidad  manifiesta,  garantía  de  protección  integral  a  la  familia, prevalencia de los derechos de los niños  sobre  los derechos de los demás, adicionando otras, del Código de la Infancia  y la Adolescencia.   

Para  el  libelista,  existe un conflicto de  mandatos  de  diferente  jerarquía  que se soluciona aplicando los de carácter  fundamental  ya  referidos,  armonizados  con  los  del  estatuto  legal  de los  infantes  y  adolescentes antes mencionado, en donde sobresalen los relacionados  con  la  garantía  del  pleno  y armonioso desarrollo de niños y adolescentes,  calidad  de  vida  de  niños  con  discapacidad,  lo  mismo  que el que lleva a  entender  que  el  interés  superior  de  niños  y  adolescentes  comporta una  justificación   integral   y   simultánea   de  todos  sus  derechos  humanos.   

Encuentra   necesario,   reconsiderar   la  constitucionalidad  parcial del preanotado canon 38 y, admitir, como corrección  al  respecto, que cuando mucho no sea de 5 años la exigencia normativa, sino de  8,  a efectos de que el acusado obtenga la prisión domiciliaria, imprescindible  para  que  la  vida  de  su hija afligida por la patología ya conocida, resulte  menos   atormentada,   pues   así   asegurará   los  cuidados  que  él  puede  brindarle.   

Critica  al  Tribunal  por  adverar  que  la  excepción  de inconstitucionalidad mal puede servir de medio para incumplir una  norma  jurídica,  pues,  señala,  en  ningún  momento se ha pensado en ello y  está  visto que Peña Pirazan  es  consciente  de que debe purgar la pena en establecimiento carcelario, mas la  situación  de  su  hija,  cuya madre está imposibilitada por razones laborales  -ya  fueron  expuestas-,  para ocuparse de ella, circunstancia que se agrava por  la  repulsa  de  la menor para adaptarse a otras personas, lo obliga a buscar la  protección constitucional.   

En  cuanto  a  las  exigencias  de  índole  subjetiva  connaturales a la prisión domiciliaria, depreca atender la evidencia  que  aportó  en  la  audiencia de individualización de pena, conformada por la  historia  clínica  de Ana María Peña Gaspar, entrevistas de los esposos Peña  Gaspar  y  de  otras  personas  que,  entre  varias  cuestiones,  corroboran  la  condición  de  la  adolescente y su dependencia en relación con su progenitor,  así  como  los efectos negativos que se le generarían a su salud mental, en el  evento  en  que  éste  fuera  a  parar  a la cárcel, aparte de las condiciones  personales,  laborales  y  sociales  del  inculpado,  haciendo  parte  de  dicha  documentación  igualmente,  los  registros  civiles de nacimiento de sus hijos,  entre otros documentos.   

Finaliza, solicitando a la Corte que revoque  parcialmente  la  sentencia  impugnada  para  en  su lugar, conceder la prisión  domiciliaria   a  su  asistido  Miguel  Orlando  Peña  Pirazan.   

CONSIDERACIONES  

          La  Sala  de  Casación  Penal de la Corte Suprema de Justicia es la  llamada  a  desatar  el  recurso de apelación contra la sentencia dictada en el  presente  caso,  conforme  a  lo  reglado por el artículo 32.3 de la Ley 906 de  2004,  ya  que  la  misma ha sido proferida en primera instancia por el Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Cundinamarca, contra un fiscal seccional por  conductas realizadas en el ejercicio de sus funciones.   

          Por  las limitaciones que impone el instrumento procesal activado en  este  asunto,  solo  es  viable  para  la  Corte,  analizar la denegatoria de la  prisión  domiciliaria  que  adoptó  el fallador de primera instancia, en tanto  que   es   ese   preciso   aspecto   el   que   concita   la   discrepancia  del  memorialista.   

          La  propuesta  que  milita  en  el libelo de impugnación, es que se  acuda  al  control  constitucional  por  vía de excepción, respecto del primer  ordinal  del  inciso  primero del artículo 38 de la Ley 599 de 2000, con el fin  de  que  la  prisión  domiciliaria  ya  no  sea una opción solo de quienes han  incurrido  en  conductas  punibles reprimidas, en su linde inferior, con pena de  prisión  de 5 años o menos, sino también, de quien incursionó en delito cuya  sanción parte de 8 años de aflicción corporal.   

          La  razón  que inspiraría esa maniobra jurídica, tendría que ver  con  el  objetivo de afirmar los derechos de la adolescente hija de Miguel  Orlando  Peña Pirazan, quien sufre  una  crónica  minusvalía de carácter mental y, por ello, más que alguien que  la  cuide,  la  atienda, le haga las terapias y la estimule, requiere que sea su  padre  el  que  asuma  esas  tareas,  al  haberse generado a través del tiempo,  fuertes    lazos   sentimentales   que   lo   hacen   irreemplazable   ante   la  menor.   

          Siendo  así,  la  discusión  gira  entonces,  en  derredor  de  la  posibilidad  de aplicar en este evento un control constitucional de cariz difuso  o  concreto, es decir, el que se adopta en virtud del artículo 4 Constitucional  ante  la  incompatibilidad  o,  si  se  quiere,  abierto  desconocimiento en que  incurre  la  ley  frente  al  ordenamiento superior en pos de la reivindicación  para  el  sub judice, de los  mandatos cuya irrestricta supremacía, dimana incontrastable.   

          Pues  bien,  la  postulación del impugnante no deja de sorprender a  la  Sala,  en  tanto  que, contando con los supuestos de hecho que se emparentan  con  un  instrumento  legal  que ha sido dispuesto por el normador en procura de  atender  los  derechos de las personas que no han alcanzado la mayoría de edad,  tienen  dificultades con su salud, en fin, pero infortunadamente quien las cuida  y  ve  de  ellas,  enfrenta  la posibilidad de ir a prisión o mantenerse allí,  como  lo  es  la  reclusión  residencial del hombre o mujer cabeza de hogar, se  inclina   por  otro  cuya  teleología  se  revela  por  completo  diferente  y,  naturalmente, las exigencias que determinan su procedencia.   

          Y,  no  solo  eso,  sino  que  se  propone  e  impetra a través del  recurso,  derruir  esa  misma  norma  –dígase  el  artículo  38  del Código Penal- cuya razón de ser se  encuentra  en  demasía  distante  de la de aquella que se ocupa de aquellos que  concentran     matices     verdaderamente     muy    singulares,    verbi  gratia, el del acusado, ya que su  descendiente  tan  es  menor  de  edad  como  presa de una patología de índole  psicofísica irreversible.   

          Para  expresar  la  idea  menos  densamente:  si  como  lo advera el  recurrente,  la  hija  del  acusado,  por  cierto  menor  de  edad,  padece  una  enfermedad  que  le  resta  cualquier  esperanza  de  valerse  por sí misma, de  adquirir  un  desarrollo mental y de responder a cualquier estímulo de la forma  como  lo haría cualquier congénere suyo que no se encuentre en esas especiales  circunstancias  y, en virtud de esa situación, el acompañamiento permanente de  su  padre  es  esencial,  siendo,  por  tanto,  incompatible  con  ese  drama la  reclusión  carcelaria  de éste, es claro así, que, por lo que debió optar la  defensa  técnica  fue  por  la  prisión  domiciliaria  para personas cabeza de  hogar.   

          Ese  es  el  instrumento  que,  en  materia  penal,  responde  a  la  aspiración  del  Constituyente  centrada  en  que el Estado proteja el interés  superior  del  menor  o  del  hijo  que  entraña  una  severa  discapacidad. Se  encuentra  previsto  en  la Ley 750 de 2002, destinado en un principio, apenas a  la  mujer  cabeza  de  familia,  mas  con  total acierto la Corte Constitucional  mediante  sentencia  C-184  de  2003,  lo  hizo  extensivo  a  los hombres cuyas  circunstancias,  respecto  de  hijos  menores o impedidos de alguna manera en su  salud,  se  identificaran  exactamente con las de las mujeres cabeza de familia.   

          Ahí,  en sede de prisión domiciliaria para el hombre a cargo de un  hogar,  coherente con las previsiones legales, tal y conforme ya se destacó, es  completamente  indiferente  la pena mínima adjudicada por el legislador para el  precepto  infringido,  aspecto  que, visto está, sí conlleva relevancia dentro  del  otro  sustituto  perseguido por el impugnante y que aunque se identifica en  la denominación, sus exigencias y finalidad son diferentes.   

          Eso,  demuestra  que  el  mecanismo  que dejó de lado el recurrente  ostenta  patente  benignidad y mayor sentido humanista; por ello, era el llamado  a  postular,  dadas  las  premisas  fácticas  que  singularizan  el  evento  en  análisis,  pues,  se  repite,  esa configuración legislativa fue inspirada por  circunstancias  idénticas  a  las  del  implicado,  siempre que agobiaran a las  madres  cabeza  de  familia  pero jurisprudencialmente, se acondicionó para los  varones.   

          Claro  que la demostración de los presupuestos que convierten a una  persona   en  cabeza  de  familia  no  conlleva  per  se  a  privilegiársele  con la prisión domiciliaria,  puesto  que,  para  la salvaguardia de otros derechos cuya titularidad en manera  alguna  radica  en  cabeza  del sujeto pasivo de la acción penal, el legislador  consagró   unas  exigencias  que  demandan  juicios  de  valor  por  parte  del  funcionario   judicial  y  son  de  tal  envergadura,  que  si  se  las  declara  insatisfechas  tornan  improcedente  el sustituto y, a ello, es menester agregar  que  tampoco  deja  que  se acceda a dicha forma de ejecución de la condena, la  prohibición  expresa  contenida en el tercer inciso del artículo primero de la  Ley 750 de 2002.   

          A  la  vez,  la  institución  por  la  que  propende  el impugnante  -prisión  domiciliaria  “ordinaria”-  ,  bien puede complacerse en su plano  cuantitativo   y  todavía  ser  susceptible  de  frustrarse  su  aplicación  a  determinado  caso,  de no cumplirse con los postulados de carácter cualitativo,  que  si  bien  giran  en función de objetivos diferentes a los de la Ley 750 de  2002, la verdad es que son iguales para ambos subrogados.   

          Por  eso,  resulta  claramente inoficioso y hasta carente de sentido  jurídico,  el  cometido  que demanda la defensa técnica del acusado, pues así  como  en  la ley 750 la prisión domiciliaria no depende solo de que se posea la  condición  de cabeza de familia, en la que describe el artículo 38 del Código  Penal,  tampoco  es  estarse  sólo al requisito referido a la pena mínima de 5  años para el delito ejecutado.   

          Además,  abandonó  el  compromiso  de elaborar un análisis que le  permitiera  afirmar que el desempeño personal, laboral, familiar o social de su  asistido  –todo por cuanto  abogó  al respecto, fue por tener en cuenta la documentación que le aportó al  Tribunal-,  supera  el  escrutinio  que impone la normativa, pues el cometido lo  hizo  descansar en la remoción del factor temporal, según ya ha sido puesto de  presente.   

          En  ese  orden,  se  torna  superfluo emprender un típico examen de  constitucionalidad  para  este  caso  concreto,  en  donde habría que dilucidar  ab  initio,  los  valores,  principios  y  derechos  que  se  buscan  proteger  con  el mandato legal que se  cuestiona.   Superada   esa   fase   de   la   labor,  encarar  la  ponderación  característica  de  esta  clase  de  cometidos  y, finalmente, fijar la postura  acerca  de  cuál  axiología  o  derechos deben primar: si los invocados por el  memorialista o los que subyacen en la norma atacada.   

          A  ese  respecto,  es  claro  que  en la sustentación de la alzada,  repetidamente  se  afirmó  la  vulneración de toda una constelación de normas  Superiores  y  otras  más  del Código de la Infancia y la Adolescencia, -sobre  éstas  se  hizo  recaer  la  noción  de  bloque  de  constitucionalidad-,  que  amparaban  a la hija del sentenciado y, se advirtió, que la reivindicación que  se  hacía imperiosa, lo único que la posibilitaba era la concesión del manido  sustituto  a  Miguel Orlando Peña Pirazan  , para lo cual habría de derrumbarse, por inconstitucional, parte  del artículo 38 del Código Penal.   

          Lo  llamativo  es  que  el  jurista  no  pasó  de  hacer  esa larga  enunciación,  es decir, advirtió suficiente esa metodología, sin desentrañar  el  sentido de esa vasta agrupación normativa y seguidamente, poner a prueba su  peso  frente  a  los  antagónicos valores y principios, o sea, sobre los que se  asienta la preceptiva cuya remoción pretende.   

          Por  otra  parte,  en  mucha  menor medida y sin el rigor metódico,  comparativo  y  argumentativo  propio  de  esos  trabajos orientados a afirmar o  negar  la  constitucionalidad  de  la norma legal, el mencionado sujeto procesal  aludió  simplemente  a  los  intereses del Estado y la sociedad como el soporte  del mandato del legislador que carga con el reproche del opugnador.   

          De  nada  serviría,  se reitera ahora desde otra perspectiva, optar  por  la invalidez planteada por el apelante, menos cuando la Ley 1709 de 2014 en  su  artículo  23,  estipuló la gracia en análisis para los ilícitos con pena  mínima  de  8 años o menos y, ello, coincidencial y exactamente, se identifica  con la propuesta del jurista.   

          La  inviabilidad del quehacer que estimula el defensor, se recrudece  si  a  medida que se avanza en la detección de las normas aplicables al evento,  lo  mismo  que  en  el  análisis  de  éstas,  siguen  apareciendo  obstáculos  infranqueables.   

          Efectivamente,  el  artículo  68A del Código Penal, fue modificado  por  la  Ley  1474  de  2011  y, a partir de la vigencia de esa legislación, la  prisión  domiciliaria  de  la  que  ahora se ocupa la Sala, quedó expresamente  prohibida  para  quienes  hayan sido condenados, entre otros, por delitos contra  la  administración  pública,  bien jurídico protegido con el tipo penal de la  concusión,  solo  para  citar  ese,  toda vez que obedece al que aquí importa.   

          De   suerte   que,   verdaderamente,   se   ofrece  insustancial  la  concurrencia  de  los  requisitos  de  un beneficio jurídico-penal, si el mismo  soporta la exclusión ya vista.   

          Debido  a  ello  es que los funcionarios judiciales cuando advierten  esa  clase de previsión legal, renuncian a la ponderación de los requisitos en  sí  de  la  norma que contiene la gracia y, simplemente, la niegan en virtud de  la  proscripción  que  rige  frente  a determinados delitos y, ese proceder, es  perfectamente válido.   

          Es  menester,  hacer  la  salvedad  en  el sentido de que la mentada  prohibición,  tal  y como se acaba de ver, no es una innovación de la Ley 1709  de  2014,  pues  si  lo  fuera,  mal  podría  aplicarse al presente caso que es  anterior  a  esta  normatividad.  Lo  que  acontece  es  que,  en  la acabada de  mencionar,  se  mantuvo  la desautorización en cuestión con algún matiz, pues  procede solo ante punibles dolosos de la misma naturaleza.   

          En suma, se confirmará la sentencia impugnada.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

Confirmar   la  sentencia  condenatoria  proferida  por  la  Sala Penal del Tribunal Superior de  Cundinamarca,    contra    Miguel    Orlando   Peña  Pirazan.   

         

Contra  la  presente  providencia no procede  recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

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